San Vicente de Paúl. Su vida, su tiempo; sus obras, su influencia. Libro 3, capítulo 1

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Abate Maynard, Canónigo de Poitiers · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1880.
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Libro Tercero. Las galeras y la berbería

Capítulo Primero: Obra de las galeras. Extensión de la obra a todo el reino. Cautividad voluntaria. Misiones en Marsella y en Burdeos. Establecimiento fijo de la obra de los forzados en París. Proyecto de un hospital de forzados en Marsella. Misión en Marsella. Fundación de la duquesa de Aiguillon. Letras patentes del rey a favor del hospital de Marsella. Trabajos diversos de la Misión.

I. Comienzos en París.

La estancia de Vicente en la casa del general de las galeras, los frecuentes relatos que fue oyendo del embrutecimiento físico y moral de los desdichados forzados, pusieron en alerta su caridad y le inspiraron una obra admirable. Estos forzados ¿no estaban acaso, lo mismo que los campesinos de Folleville, de Joigny, de Montmirail, bajo su jurisdicción, ya que dependían de la casa a la que él se había entregado? Por último, al regreso de sus misiones, entonces tan frecuentes y tan penosas, necesitaba de algún descanso. Ahora bien, el descanso del caritativo sacerdote era el ejercicio de la misericordia. Visitaba pues los hospitales y las prisiones y, por sí mismo o por sus amigos, prestaba a los pobres enfermos y a los desdichados detenidos todos los servicios posibles. Impresionado por el pensamiento de los forzados, quiso primeramente saber cómo eran tratados aquellos que se guardaban por algún tiempo en París, antes de conducirlos a Marsella. Se hizo pues abrir la Conciergerie y las demás prisiones, y descendió a sus calabozos. ¡Qué espectáculo! Sobrepasó incluso lo que se esperaba este hombre, que tan sólo soñaba con las más horribles miserias para animarse a curarlas. En una clase de cavernas profundas, oscuras e infectas, se encontró con desgraciados, algunos de los cuales yacían allí desde hacía tiempo, roídos de miseria, extenuados de languidez y de pobreza, mas abandonados todavía en sus necesidades espirituales que en sus sufrimientos físicos. Ante esta vista, se le estremeció el corazón y le brotaron las lágrimas. ¿Qué hacer? ¿no eran estos desgraciados hermanos suyos, rescatados como él con la sangre de Jesucristo? Pero eran también criminales a quienes la justicia divina golpeaba con el brazo de la justicia humana, azotes de la sociedad de lo que había que disuadir a los imitadores. Este conflicto entre la justicia y la misericordia, entre el interés del individuo y el de la sociedad, que está en el fondo de todo problema penitenciario, no confundió por mucho tiempo al santo sacerdote, y resolvió conciliarlo todo por la regeneración moral de los forzados que, haciendo alejarse el peligro, permitiría aligerar sus penas, que al menos les haría aceptar estos castigos en expiación por sus crímenes, y por las mismas se los haría soportables y dulces.

Al salir de la Cociergerie, va a ver al general de las galeras: «Señor, le dice temblando de emoción, acabo de visitar a los forzados y lo he encontrado abandonados en su cuerpo y en su alma. Esta pobre gente os pertenece, y vos responderéis por ellos ante Dios. Mientras son llevados al lugar de su suplicio, es cosa de vuestra caridad no permitir que sigan sin auxilio y sin consuelo.» Conmovido él mismo por el reato que se le hizo, agitado por el doble sentimiento de la caridad y del deber que acababa de impresionar a su alma virtuosas, el general se mostró preparado para todo, pero preguntó solamente cómo se podría remediar una mal que parecía incurable. Hombre eminentemente positivo, hombre de acción y de organización, Vicente propuso enseguida un plan, que el general, con la confianza completa que tenía en él, se apresuró a adoptar.

Provisto de plenos poderes, Vicente se puso inmediatamente a la obra, alquiló una casa en el barrio Saint-Honoré, en las proximidades de la iglesia de Saint-Roch y la hizo preparar con toda diligencia. Una vez que la vio cómoda y segura, mandó trasladar allí a todos los forzados dispersos por las diferentes prisiones de París, y los reunió allí baja su mano para poder fácilmente aliviarlos. Según su costumbre, pensó primeramente en remediar los sufrimientos corporales. Pero le faltaban los recursos. Después de invocar a la Providencia, se dirigió a aquellos amigos suyos que podían dar algo y los puso a contribución. Era demasiado poco todavía. Entonces fue a ver a Enrique de Gondi, obispo de París y, con respeto y su insistencia ordinaria, le expuso la obra de los forzados, no sólo como una obra de humanidad y de religión, sino también como un asunto de familia. Enrique de Gondi se prestó a su piadoso deseo y, en un mandamiento del  1º de junio de 1618, mandó a los párrocos, a los vicarios y a los predicadores de París que exhortaran a los pueblos a favorecer una empresa tan santa y tan grande. esta orden constata que estaba ya adelantada y en vías de feliz ejecución, ya que dice que los forzados «comienzan a alimentarse bastante honradamente en el barrio de Saint-Honoré.»

Después de aliviar las necesidades más urgentes del cuerpo, Vicente se volvió al alma de estos infortunados. Los visitaba todos los días, los abordaba con una gravedad afable, con un respeto templado de bondad; se informaba de su estado, de sus necesidades y de sus sufrimientos y, una vez dentro de su corazón mediante este exordio práctico y caritativo, les hablaba de Dios y de su alma, de las verdades de la fe y de sus obligaciones. «Mis buenos amigos, les decía, por muy forzadas que sean vuestras penas, ¿quién os impide que las aceptéis con una resignación que las haga meritorias? Además, esta aceptación perfecta, esta sumisión a la voluntad de Dios suavizará su amargura. Después de todo, durarán poco ya que, para los de peor suerte entre vosotros, se acabarán con la vida, que no es nunca larga. Por último, mirándolo bien, no hay mal verdadero más que el pecado, verdaderas penas que las penas eternas, de las que Dios os guarde.»

Estas palabras, para ellos inauditas hasta entonces, producían una profunda impresión en estos hombres. La estima que se les demostraba les devolvía la estima de ellos mismos, y loa animaba a mostrarse dignos de ella. Sobre todo, tanta paciencia, dulzura, caridad tocaba hasta las lágrimas a unos desdichados que no se habían visto nunca sometidos más que al  régimen más duro y más despiadado. Ellos, los desheredados de la familia y del mundo, ellos tenían pues un padre, un amigo, o más bien, en Vicente ellos no veían más que al hombre del buen Dios, al ángel de la misericordia. Este infierno se convirtió pronto en un cielo. El furor en él cedió a la paciencia, la desesperación a la resignación, la blasfemia a la oración. La luz religiosa se hizo en aquellas inteligencias en las que no había entrado más que el pensamiento del crimen; el arrepentimiento penetró en su corazón; todos hicieron confesiones generales y, unos por primera vez, los demás, después de una interrupción de varios años, se acercaron a la santa mesa, con un temor mezcla de amor y de gratitud, con disposiciones que los más piadosos habrían podido envidiar, y que hacían repetir al humilde Vicente su palabra acostumbrada: que era mayor pecador que ellos, el mayor pecador de la tierra.

En la ciudad y en la corte no se hablaba de otra cosa que de un cambio tan maravilloso. ¿cómo un solo hombre, pobre y sin recursos, había podido atender a las necesidades de tantos infortunados? ¿cómo había encandilado a aquellos tigres, santificado a aquellos demonios? Vicente debía dar al mundo muchas otras sorpresas así. Entretanto dejaba hablar y actuaba. No se contentaba con sus visitas cotidianas a sus queridos forzados: para estar más tiempo con ellos, más al alcance de prestarles servicio, se retiraba a veces a su prisión durante varios días, lo que hizo en particular durante una enfermedad contagiosa cuya peligrosidad quiso compartir. Habría deseado no salir de allí nunca; pero los numerosos asuntos a su cargo de sus misiones y del servicio de la familia de Gondi le llamaban a otro lugar, y entonces se hacía reemplazar con los forzados de dos sacerdotes virtuosos: Belin, capellán de la casa de Gondi en Villepreux , y Antonio Portail, su primer discípulo, a quien veremos en adelante unido a su persona y asociado a sus obras. Estos dos sacerdotes se alojaban en el nuevo hospital de los forzados, allí celebraban la santa misa, allí administraban los sacramentos y, llenos de las lecciones y del espíritu de su maestro, allí cultivaban los gérmenes que había sembrado. Además, él volvía con frecuencia a instruirlos y a compartir sus trabajos. ¡Había en esa casa tantos sufrimientos y miserias! Allí estaba pues su tesoro, allí estaba su corazón.

II. Extensión de la obra a todo el reino.

Manuel de Gondi, edificado a la vez que sorprendido de un bien cuya esperanza no le habían podido inspirar su confianza en los méritos de Vicente, resolvió extenderlo a todas las galeras del reino. Se dirigió a Luis XIII, y ofreció a este piadoso monarca una idea tal de la capacidad y del celo de Vicente, un deseo tal de contribuir a una obra tan excelente que obtuvo de él al momento una patente que investía al santo sacerdote del cargo de Capellán real de todas las galeras de Francia. Ésta es la patente:

«Hoy octavo de febrero de 1619, estando el rey en París, sobre lo que el señor conde de Joigny, general de las galeras de Francia, ha demostrado a  Su Majestad que sería necesario para el bien y alivio de los forzados, estando y estarán aquí dichas galeras, hacer elección de alguna persona eclesiástica de probidad y suficiencia conocida, para revestirle del cargo de capellán real y que tenga relación y dominio sobre los demás capellanes de las dichas galeras, dicha Majestad, sintiendo compasión de los forzados, y deseando que se aprovechen espiritualmente de sus penas temporales, ha otorgado y hecho presente de dicho cargo de capellán real a Sr. Vicente de Paúl, sacerdote, bachiller en teología, según el testimonio que dicho señor de conde de Joigny ha hecho de sus buenas costumbres, piedad e integridad de vida para tener y ejercer dicho cargo con paga de seiscientas libras por año, y los mismos honores y derechos de los que disfrutan los demás oficiales de la marina del Levante.

Queriendo Su Majestad

Que el dicho de Paúl, en dicha calidad de capellán real, tenga en adelante consideración y autoridad de dichas galeras, y que en esta calidad sea alojado y empleado en el estado de sus galeras en virtud de la presente patente que ha querido firmar de su mano y ser contrafirmado por mí consejero de su consejo de Estado y secretario de sus comandos.

Firmado LUIS.

Y más abajo. PHELIPPEAUX .

Cuatro días después, 12 de febrero, como queda confirmado al dorso de la patente anterior, Vicente prestó el juramento que debía en razón de su cargo y de «manos de Mons el conde de Joigny, lugarteniente general por Su Majestad de los mares del Levante.» Veinticinco años más tarde, esta patente será renovada por el joven Luis XIV, en términos más honrosos todavía para Vicente.

Promovido así a la capellanía general de las galeras, Vicente no vio en ello ni un simple título honorífico, ni una fuente de rentas –baja por cierto-, sino una misión que le confería el cuidado de la salvación de todos los forzados del reino. Por ello, en 1622, tan pronto como pudo librarse de sus ocupaciones caritativas de París y del campo, se dirigió hacia Marsella donde estaban entonces reunidos en mayor número. Allí, como en París, quiso primeramente medir la extensión del mal para aplicarle luego el remedio conveniente y permanente. El mal era con mucho mayor que en la capital. En París no había tenido que vérselas más que con hombres novicios todavía en el crimen , recién condenados, y que no habían tenido el tiempo de irritarse y pervertirse más por la duración del suplicio; en Marsella, veteranos de los presidios, en la cúspide de la insolencia y del furor por el exceso del castigo; viendo en la pena no una expiación, sino un título para una revancha futura contra la sociedad; entre tanto, vengándose contra Dios con blasfemias por los sufrimientos infligidos por los hombres; privados así de las esperanzas del cielo como de los consuelos de la tierra; más todavía que en París, objetos de horror y de cólera, todo lo más por una curiosidad sin simpatía y sin compasión; verdaderos ángeles malditos, ha escrito una historiador, cambiando de lugar y de clima, sin cambiar nunca de situación, porque llevaban a todas partes sus prisiones, sus cadenas y sus pensamientos criminales.

A la vez para escapar a los honores ligados a su cargo que le aseguraba la patente de Luis XIII, y para estudiar con mayor libertad y más a fondo el estado de las cosas a favor del incógnito, Vicente no se quiso dar a conocer al llegar a Marsella. Las miras de su humildad y de su caridad estaban de acuerdo, aquí también, con los planes que tenía con él la Providencia. Destinado, como el Salvador, a hacer la experiencia personal de todos los males antes de curarlos, necesitaba llevar por algún tiempo la vida del forzado como había llevado la del esclavo, y a la prueba de la servidumbre inocente juntar la prueba de la servidumbre culpable. Pero, siempre como el Salvador, y lo debía hacer sin crimen: Tentatus per omnia pro similitudine absque peccato; lo que no podía obtener sino por la cautividad voluntaria.

III. Cautividad voluntaria.

Un día que, en sus correrías de caridad pasaba por la orilla del mar, vio a una anciana que lloraba desconsolada. Habiéndole preguntado cuál era la causa de su dolor, se enteró de que ella lloraba a un hijo, mas desdichado que culpable, a quien se acababa de conducir en el mismo instante en una galera del puerto. Se traslada allí el punto y, a la vista de un joven forzado anonadado en la desesperación en medio de sus compañeros entregados a transportes infernales, no le cuesta mucho reconocer al hijo de la pobre viuda, se acerca, le interroga a su vez y trata de consolarle. Vano esfuerzo, el joven forzado lloraba no sólo a su anciana madre, sino a una joven y a unos niños a quienes su ausencia iba a reducir a la más extrema miseria. Enternecido, Vicente se inclina para llorar sobre las cadenas de este desdichado, luego alza sus ojos al cielo para buscar consejo. Ni en el cielo ni en su corazón, tan fecundo por otra parte en expedientes caritativos, no encuentra para empezar un remedio proporcionado a un tan grade infortunio. Mas muy pronto, impresionado por una iluminación súbita y movido por un transporte sublime, exclama él también: «¡Ya lo he encontrado!» Acaba de ver al oficial de abordo que ha sido testigo de toda esta escena, y ha sorprendido en él un enternecimiento que promete una infracción a la ley implacable del deber. Se dirige a él y le suplica que tenga a bien que tome el lugar del  pobre forzado. No se verá recompensado el oficial  y si el piadoso fraude se descubre, quién se atreverá entonces a condenarle? El oficial no responde más que con sus lagrimas y, sin esperar un consentimiento más explícito, Vicente se precipita sobre las cadenas del forzado, las suelta, las besa, se las pasa él mismo al pie y despacha a toda prisa al joven a su familia. Quiso Nuestros Señor señalar a algunos santos con los estigmas de su pasión. Vicente conservará toda su vida los estigmas de su heroico sacrificio, de los que la hinchazón y las heridas de sus pies serán testimonios en adelante hasta su extrema ancianidad. ¡Sustitución maravillosa, inverosímil incluso, pero no inaudita sin embargo en los fastos de la caridad cristiana! «Nos conocemos a muchos entre vosotros, decía el papa san Clemente (Epís. II, nº 10) que se han arrojado a las cadenas para rescatar a sus hermanos, que se han entregado a  la servidumbre para alimentarlos con el precio de su libertad.» San Gregorio el Grande cuenta expresamente una entrega semejante de parte de san Paulino, y dom Gervasio, en su Vida del gran Obispo de Nola, ha vengado la verdad del hecho contra los ataques del escéptico Baillet. San Pedro Nolasco, fundador con san Raimundo de Peñafort de la orden de la Redención de los cautivos, aparte de los tres votos ordinarios de religión, impuso un cuarto por el que todos los miembros del nuevo Instituto se obligaban a comprometer sus bienes y, en caso necesario, sus propias personas por la liberación de los esclavos cristianos. Y, en efecto, san Raimundo Nonné (Nonnato),1 uno de los primeros miembros de esta orden, habiendo consumido en África todo el dinero que había llevado para el rescate de los cautivos, se ofreció él mismo en prenda para liberar a los demás.

La inverosimilitud de un hecho no hace nada al hecho mismo, si está suficientemente constatado. Pues bien, aquí, los testimonio abundan. A pesar de todos los ingeniosos artificios de la humildad de Vicente, su entrega fue pronto conocida, y más de veinte años después, en 1643, era todavía de notoriedad pública en Marsella: el superior de los sacerdotes de la Misión que los estableció allí entonces asegura habérselo oído a varias personas. Así habla también Dominique Beyrie, pariente de nuestro santo quien, en un viaje por Provenza, posterior en algunos años al de Vicente, fue informado en este sentido por un eclesiástico, al propio tiempo que de la esclavitud en Túnez.2 Abelly publicó la vida del siervo de Dios cuatro años tan sólo después de su muerte, es decir en un tiempo en que aún existían los testigos de los hechos que cuenta; escribió a Paría a la luz de la verdad viva, en medio de todas las contradicciones posibles, si la había alterado lo más mínimo: Abelly merece pues toda nuestra confianza, al menos en todos aquellos de sus relatos que no han suscitado objeciones. Pues bien, cuenta, sin haber sido nunca contradecido, la cautividad voluntaria de Vicente ; él la vuelve a contar según los testimonios de todos los contemporáneos; más aún según el testimonio implícito del propio Vicente. Escribe, en efecto, que uno de sus sacerdotes habiéndole preguntado si efectivamente había ocupado en otro tiempo el lugar de un forzado, y si de ahí provenía la hinchazón de sus piernas «el siervo de Dios cambió de conversación sonriendo, sin dar respuesta alguna a esta pregunta.» Para quien conoce la humildad de Vicente, su diligencia escrupulosa en alejar de sí toda alabanza, toda sospecha honrosa, esa sonrisa y ese silencio son una confesión y una demostración perentorias.

No nos extrañemos de que el hecho de la cautividad voluntaria de Vicente de Paúl haya sido admitido en la congregación de los ritos, cuando el proceso de canonización, con la aprobación del promotor de la fe y consignado en el informe oficial del reportero de la causa. En el proceso impreso en Roma en 1737, y que completa cuatro volúmenes in-folio, se encuentra en el tomo segundo una memoria titulada así: Memoriale, cum restrictu probationum, actus heroicae virtutis, quâ servus Dei Vincentius de Paulis motus se supposuit in locum damnati ad triremes, ut ipsum kiberaret. Pues, en este compendio de las pruebas, sacadas de los diversos procesos particulares hechos por la autoridad del ordinario o por la autoridad apostólica, se leen testimonios incontestables. Es Gaset, sacerdote de la Misión y superior del seminario de Toul quien, en una carta escrita inmediatamente después de la muerte del siervo de Dios, se expresa poco más o menos de esta manera: «Habiendo dado, él se dio a sí mismo, de un modo no menos perfecto que lo había hecho san Paulino, quien se vendió para rescatar  de la servidumbre al hijo de una pobre viuda.» Y después de jugar un poco con la semejanza de los nombres: Paulino, de Paúl , cuenta el hecho como lo hemos expuesto nosotros mismos. –Es Réné Thieulin, también sacerdote de la Misión, de edad por entonces de setenta y seis años, que expone que el señor Bernier, tesorero de Francia, residente en Caen, personaje de una gran reputación de santidad, exhortándole a seguir su plan de entrar en la congregación de la Misión, le animó a ello, entre otros motivos, por el de la inmensa caridad que había hecho tomar al siervo de Dios la cadena de un galeote. _Es el hermano Simplicien, doce Nicolás Chaperon, religioso de la orden a de la Merced, de dad de ochenta y cuatro años quien. habiendo vivido por algún tiempo en San Lázaro con Vicente, declara que la opinión general en San Lázaro atribuía la debilidad de sus piernas a su cautividad voluntaria. –Es Felipe Ignacio Boucher, sacerdote de Arras, de setenta y cuatro años de edad, habiendo vivido también con el siervo de Dios y habiendo sido admitido también por el en su congregación, quien nos refiere la circunstancia impresionante de la madre hallada en lagrimas a la orilla del mar. –Por último, es Nicolas Bouthillier, sacerdote de la diócesis de Noyon,  doctor en teología, director del colegio Beauvais en París, quien da fe de los mismos hechos por notoriedad pública.

Sin duda, en todos estos testimonios, no los hay oculares, lo que era imposible, al cabo de cerca de cien años que habían transcurrido entre el hecho y el proceso de canonización; pero no constituyeron por ello menos una demostración incontestable a los ojos de la congregación de los ritos y del promotor de la fe. Cuando se probó a Próspero Lambertini que Vicente había llevado las cadenas de un forzado, para devolverlo a su familia desolada: «No se necesitan milagros, exclamó el futuro Benedicto XIV: Erigantur altaria!» El papa Cemente XII, en la bula de canonización del 16 de julio de 1737, no temió escribir: «Se cuenta que Vicente de Paúl a ejemplo de San Rymond (Ramón)  Nonné, se entregó a las cadenas;  que habiendo visto a uno de sus compañeros de esclavitud tristemente hundido bajo el duro peso de sus hierros y, no teniendo nada que dar para aliviar las angustias de este desdichado, se entregó él mismo a los lazos de la servidumbre, para rescatarle de la cautividad, a expensas de su propio cuerpo.»

Para todo hombre razonable, este pasaje de la bula pontificia, aunque no sea absolutamente afirmativo, es una sanción suficiente de la vedad de los testimonios alegados anteriormente. Produce extrañeza que no haya además completo acuerdo con estos mismos testimonios. Si lo tomamos a la letra, Vicente habría liberado a uno de los compañeros de su propia cautividad, lo que llevaría esta entrega a la época en que estaba esclavo en Berbería. Pues bien, constantemente esclavo él mismo durante los tres años que pasó en Túnez, nunca pudo enajenar su libertad en favor de otro.

Se ve que si el hecho es incontestable en sí mismo, no sucede lo mismo con el tiempo y las circunstancias. De todas las declaraciones consignadas en el proceso de canonización como del resto de los testimonios, quedó claro sólo que este acto heroico de caridad tuvo por teatro las galeras de Marsella. Pero ¿en qué año? Abelly dice: «mucho antes de la institución de la Congregación»; como esta institución tuvo lugar en 1625, deberíamos retrotraerlo algunos años más cerca de 1622, año en el que Vicente hizo su viaje a Marsella como capellán general de las galeras. En Efecto, el Memoriale del proceso de canonización dice, en el preámbulo, que las heridas de sus piernas, atribuidas a su cautiverio voluntario, le afectaron durante cuarenta y cinco años, lo que nos remite al año 1615, ya que murió en 1660. Es también hacia 1615 cuando se relata el hecho en un opúsculo titulado: Ristretto cronologico de la vita, virtù e miracoli di san Vincenzo de Paoli,(Compendio…), opúsculo impreso en Roma en 1729, para ser distribuido en medio de la canonización, y dedicado a Benedicto XIII. La misma fecha ha sido adoptada en otro compendio cronológico de la vida del santo, por el Sr. de La Tour, impreso en Turín en 1738.

A pesar de todos estos testimonios, y aunque sea absolutamente posible que Vicente haya acompañado al general de las galeras a Marsella en 1615, época de su primera estancia en la casa de Gondi, y que se haya sentido inclinado entonces a este acto de caridad sublime, parece mejor hacer descender la fecha al año 1622, que coincide a la vez con su obra de las galeras y con su visita a Marsella. Y para concordarlo todo, se puede decir que la debilidad de sus piernas tuvo por causa primera su esclavitud en Túnez, que se le envenenó hacia 1615, época de la grave enfermedad determinada por las fatigas de sus misiones, y que finalmente se transformó en úlcera incurable después de su cautividad voluntaria. Tal parece ser el sentimiento del Ristretto, que la atribuye o a los golpes o a los hierros de su esclavitud, o a las cadenas que se impuso para la liberación del forzado; tal es sobre todo el sentimiento de Collet, el más instruido y el más exacto de sus historiadores.

Así las cosas, el hecho en sí mismo, repitamos, escapa a los ataques de toda crítica que no se ha formado una ley del escepticismo en la discusión de las maravillas de la vida de los santos. Por eso, desde que Collet estableció la prueba en su inmensa Vida, en 1748, que la habría tratado como incontestable en el Resumen de esta obra y celebrado en su panegírico de san Vicente de Paúl, nadie pensó en ponerlo en duda. Maury pudo pues hacer de ello el objeto de uno de sus más hermosos recursos oratorios en el famoso panegírico de 1785:  «Ahí le tenemos pues, cristianos, exclamó, confundido con los forzados, cargado de cadenas, con un remo en la mano, bajo las apariencias humillantes de una víctima de las leyes, ¡víctima voluntaria de la caridad! ¡qué grande es, qué augusto en su abyección! ¡Oh Dios mío! contemplad, desde lo alto del cielo, este espectáculo verdaderamente digno de vuestras miradas, y que todos los coros de los ángeles os bendigan en este instante por tener en los tesoros de vuestra misericordia, recompensas eternas para pagar un sacrificio tan grande!» Después, imitando un hermoso recurso de san Juan Crisóstomo sobre las cadenas de san Pablo, añade: «Hierros honorables, sagrados trofeos de la caridad, que no estéis suspendidos de las bóvedas de este templo como uno de los más bellos monumentos de la gloria del cristianismo! Adornaríais con toda dignidad los altares de Vicente de Paúl, recordando a la sociedad los ciudadanos que le da la religión de Jesucristo; y la vista de estas cadenas con justicia reverenciadas cono un objeto de culto público, ayudaría, un siglo tras otro, a nuestro ministerio a formar otros parecidos.»

El Sr. de Buologne el primero, en un panegírico compuesto en 1789, mas pronunciado por primera vez con ocasión del restablecimiento de las Hijas de la Caridad en 1803, y por la última el 21 de octubre de 1822, en presencia de la duquesa de Berry, en la capilla de la Enfermería de María Teresa, fundada por la señora de Chateaubriand, se atrevió a arrojar una duda sobre este sacrificio heroico: «No diremos aquí que Vicente haya llevado las cadenas de un forzado a quien quería devolver a su familia. ¿Por qué hechos dudosos en un discurso en el que el orador sucumbe bajo el peso de unas maravillas auténticas, y en que para ser para ser elocuente no necesita más que ser verdadero?» Y en una nota del panegírico impreso, la duda va hasta la negación: «El hecho de que el abate Maury se haya complacido tanto en hacer valer en su panegírico de san Vicente de Paúl, no solamente es más que inverosímil, es moralmente imposible; y, en el supuesto mismo de que el santo sacerdote hubiera querido llevar hasta este punto una humanidad exagerada, no habría sido el dueño de ello, todo un capellán general de las galeras como era. Tampoco la congregación de los ritos ha hecho uso de ellos para su beatificación, y el orador habría podido muy bien prescindir de ellos en su panegírico. No ignoramos que en muchas vidas de san Vicente de Paúl, este hecho se presenta, sino como probado, al menos como muy verosímil; pero nosotros confesamos que las razones en las que se apoyan estos historiadores no nos han parecido perentorias(concluyentes): y aunque el hecho fuera verdadero, nuestras reflexiones sobre la materia no nos parecerían menos concluyentes.» Inútil poner de relieve la ignorancia de esta nota: El Sr. obispo de Troyes no conocía evidentemente ni el proceso ni la bula de canonización. Nada que decir tampoco de esta exageración de humildad que encontraría en la cautividad voluntaria de Vicente de Paúl, si fuera verdadera, sino que semejante expresión es al menos singular en palabras de un obispo.

Sea lo que sea, el rumor de este panegírico pronunciado casi todos los años desde 1803 al 1822, llegó a los oídos del cardenal Maury, por entonces obispo de Montefiascone; y el 13 de agosto de 1803, escribió al Sr. Brunet, vicario general de la congregación de la Misión,, con residencia en Roma en la casa de los Lazaristas de Monte-Citorio. En esta época, Maury pensaba imprimir su panegírico, cuya publicación le decían, en las circunstancias presentes, no sería tal vez inútil en Francia para la religión.  «No puedo resistir, dijo él,  a este último motivo, que será siempre omnipotente en mi alma.» Y, después de hablar del acto de entrega celebrado por él en panegírico, añade: «El espíritu de crítica, dispuesto sin cesar a defenderse contra su propia admiración, y la extraña debilidad de algunos oradores que se han permitido negar este sublime sacrificio, suponiendo contra la evidencia que los historiadores de san Vicente de Paúl nunca habían hablado de ello, y admitiendo el método de Voltaire que somete la verdad histórica a las reglas de lo verosímil, me imponen del deber de probar que lo verdadero puede a veces no ser verosímil, y de subyugar el asentimiento de mis lectores por una nota que triunfa de su pirronismo(escepticismo). Me halaga lograrlo.» Y no se jactó de por ello en vano. Léase esta nota en las obras de Maury, y no quedará ya duda alguna más que sobre las circunstancias del hecho, no sobre el hecho en sí mismo.

IV. Misiones en Marsella y en Burdeos.

Mientras tanto la desaparición repentina de Vicente había alarmado a sus amigos. Transcurrieron algunas semanas. Extrañada de no recibir noticias suyas, la condesa de Joigny mandó hacer investigaciones, y se descubrió al fin al santo sacerdote en los bancos de los forzados.

Vicente había aprovechado su estancia en Marsella. No se había contentado con experimentar por sí mismo la suerte de estos desdichados; él los había preguntado a unos después de los otros, escuchando sus quejas, compadeciendo sus penas, consolándolos con sus limosnas, y haciéndoles al menos obsequio de sus lágrimas cuando su bolsa se encontraba vacía. Al verlos irritados por los malos tratos que se añadían al suplicio ordinario, intervino ante los oficiales y los administradores de los calabozos y les dio a entender cuán contrario era a la humanidad y al cristianismo agravar más sufrimientos tan pesados. Con más clemencia por tuna parte, más paciencia por otra, las disposiciones de estos desafortunados se ablandaron, y Vicente pudo pensar en su alma, más cargada por las cadenas del demonio que su cuerpo por los hierros de la justicia humana. Secundado por los capellanes ordinarios que, por primera vez, podían acercarse a ellos sin ser recibidos con injurias y maldiciones, les hizo oí la divina palabra, les administró los sacramentos, logró incluso reconciliar a los herejes y convertir a algunos mahometanos. En una palabra, consiguió pronto hacer de esta guarida de todos los vicios un templo en el que se oían sin cesar alabanzas de Dios en bocas antes entregadas a la blasfemia.

Bien habría querido llevar más lejos sus conquistas, pero la partida del conde de Joigny y el movimiento continuo de las galeras, que no tenían entonces descanso fijo, le obligaron a regresar a París. Al año siguiente (1623), recuperó el plan que había ideado en Marsella, y emprendió una gran misión en las galeras. Partió pues para Burdeos donde, el año precedente, el conde de Joigny había reunido diez de las galeras de Marsella. Iba a encintrarse con varios de los forzados a los que ya se había ganado para Dios, además de un gran número de otros que habían sido trasladados a ese puerto, con ocasión de la guerra contra los Calvinistas. En 1622, efectivamente, los hugonotes habían desatado las hostilidades. Mientras el duque de Rohan trataba de sublevar el Languedoc, y resistía con dificultades, ya las envidias de su partido, bien los ejércitos del mariscal de Lesdiguières y de los duques de Guisa y de Montmorency, su hermano, el duque de Soubise, tenía, en la guerra marítima, mejores éxitos. Dueño de Royan, se había dirigido a La Rochelle, de donde dominaba el mar y hacía expediciones hacia la desembocadura del Garona o a  as costas del bajo Poitou. Para resistirle, se hizo venir de Normandía, de Bretaña y de provincias, todas las embarcaciones que se pudieron reunir y acabaron expulsándole de la isla de Ré y rechazarle vergonzosamente a La Rochelle, donde el joven conde de Soissons fue asediarle. Al propio tiempo el rey en persona se apoderó de Royan y llegó a ocupar la ciudad con sus tropas. De allí, Luis XIII se dirigió al Languedoc, tomó en las puertas de Montauban la pequeña ciudad de Négrepelisse, donde pasaron a cuchillo a todos los habitantes masculinos para castigarlos por haber masacrado, el invierno anterior, a la guarnición real; forzó la ciudad de Saint-Antolin, tras algunos días de resistencia en la que hasta las mujeres tomaron parte, armadas de hoces y de alabardas, hizo prender a diez burgueses con un ministro apóstata, e impuso al resto de los habitantes un fuerte rescate; prosiguió su marcha hacia Monpellier, sometió todas las plazas que se hallaban a su paso, e hizo que se le abrieran las puertas. Tanto éxito, tantos rigores excesivos, sin duda, pero saludables, habían abatido el partido de los reformados, y el duque de Rohan mismo había tenido que determinar a Montpellier a rendirse. Sólo quedaba guerra en torno a La Rochelle, donde el duque de Guisa con todas las galeras que se habían podido juntar había llegado en auxilio del conde de Soissons, y donde había vencido a Soubise ante la isla de Ré. La paz, firmada ya en Montpellier, fue general.

Es la ocasión favorable de esta paz, de las victorias del ejército real, la que quiso aprovechar Vicente para llevar a cabo con mayor facilidad su proyecto de misión en las galeras. Como ya hemos dicho, seguían todas reunidas en gran cantidad en el puerto de Burdeos. Llegado a esta ciudad, fue primero a saludar al arzobispo, Francisco de Escoubleau, cardenal de Sourdis. Ya le había conocido con ocasión de su primer viaje, y ambos se habían marchado de allí en 1606, uno para Roma, donde contribuyó a la elección de los papas León XI y Pablo V, el otro para Toulouse, Marsella y a su esclavitud en Berbería.3

Ante un prelado con semejantes virtudes episcopales, Vicente no necesitaba ni de la autoridad de la que el rey le había revestido, ni de la recomendación del conde de Joigny; le bastaba con su caridad cuya reputación se había extendido hasta los confines del reino. Por ello se apresuró el cardenal de Sourdis a secundar su piadoso plan, y le otorgó, a su elección, veinte religiosos de entre las diferentes órdenes tan numerosas entonces en Burdeos. Vicente distribuyó a sus operarios de dos en dos en cada galera. En cuanto a él, a la par que guardaba la dirección general, se multiplicó, yendo sin cesar de acá para allá a todas partes donde era más necesario asustar a los pecadores, consolar a los afligidos e instruir a los infieles. Por lo demás, animados por su ejemplo y sostenidos en sus fatigas por sus exhortaciones, sus colaboradores hicieron, por su parte, maravillas, y la misión tuvo un éxito increíble. Por su parte, Vicente convirtió a un mahometano. Le llamó Luis en el bautismo para atraer sobre él el favor real, y obtuvo su libertad del general de las galeras. En agradecimiento, el Turco convertido se sintió muy cerca en adelante del santo sacerdote a quien siguió por todas partes, honrándole como a sus padre y no dándole otro nombre. Vivía todavía en 1664, cuando Abelly publicó su Historia; y ésta fue para él la ocasión de expresar de nuevo su gratitud y su admiración, y de repetir que después de Dios, debía a Vicente su conversión y su salvación.

V. Establecimiento fijo de la obra de los forzados en París.

Regresado a París, y ya en posesión del priorato de San Lázaro, Vicente de paúl pudo dar a su caridad más libertad y extensión, y los forzados fueron de los primeros en sacar provecho de su nueva fortuna. En el intervalo, había continuado visitándolos y prestándoles servicios, por él mismo o por los suyos, en el hospicio provisional que les había abierto cerca de la iglesia de Saint-Roch. Pero no tenía otra casa que alquilar, y temía que, en caso de evicción, vería a estos miserables volver a su primer estado de abandono y de indigencia. Ante todo, necesitaba una casa exclusiva y especialmente destinada a los galeotes. Había entonces entre la puerta de San Bernardo y el Sena, en la parroquia de San Nicolás del Chardonnet, una antigua torre que le ofrecía todos los elementos de seguridad y de comodidad para la obra permanente que proyectaba. Hecha la elección, se dirigió directamente a Luis XIII, que conocía desde hacía tiempo su caridad y sus obras, se había comprometido, de alguna forma, a secundar la obra de las galeras nombrándole capellán general, y acababa de darle letras patentes para la entrada a disfrutar del priorato de San Lázaro. Llegó a interesar vivamente en este proyecto la piedad del monarca y, mediante las súplicas de poderosos amigos, obtuvo su consentimiento. Actuó luego por sí y por otros ante los magistrados de la ciudad, y una vez resueltos los problemas por esta parte, hizo trasladar a los forzados e la torre de  Saint-Bernard. Era en 1632. Absorto entonces en los trabajos de la superioridad general de la congregación que había fundado anteriormente, no podía hacer a los forzados, sobre todo a esta distancia, más que raras visitas; pero se sustituyó por aquellos de sus sacerdotes que había colocado en el colegio de los Bons-Enfants, en la vecindad del nuevo hospicio, y les encargó que llevaran con frecuencia consuelo, que dijeran cada día allí las misa y ejercieran el ministerio espiritual. Además, entre él y sus sacerdotes había un intermediario de elite en esta mujer admirable que encontraremos mezclada en adelante en todas sus santas empresas. La Señorita Le Gras, entonces superiora de la cofradía de la Caridad de la parroquia de San Nicolás del Chardonnet, abrazó con ardor la obra de los forzados. Iba con frecuencia a verlos de parte de Vicente, les prestaba toda clase de ayudas, y los ayudaba bien con sus propias limosnas bien con las limosnas que recogía en su nombre. Vicente sostenía y alentaba su celo. «La caridad con estos pobres forzados, le escribió un día, es de un mérito incomparable ante Dios. habéis hecho muy bien en ayudarlos, y haréis bien continuando de la manera que podáis, hasta que yo tenga la suerte de veros, que será dentro de dos o tres días. Mirad a ver si vuestra Caridad de San Nicolás quisiera encargarse, al menos por algún tiempo. Vos los ayudaréis con el dinero que os queda. Ya lo sé, que es cosa difícil, lo que me hace colocar esta idea en vuestro espíritu a la buena de Dios.» Por su parte, en sus correrías y en sus colectas caritativas, él no los olvidaba, y sabía tan bien tocar en su favor la piedad y la condición de las personas con quienes se relacionaba cotidianamente que, sin recurso fijos ni seguros, pudo durante cerca de diez años proveer solo a su mantenimiento y a su alimentación.

La obra vivía de esta manera desde hacía tiempo con el fondo y al día de la Providencia, cuando una persona rica le legó al morir seis mil libras de renta. Esta suma debía quedar hipotecada en un fondo asignado por la hija y heredera única de la difunta, luego aplicada, según el consejo de Vicente o de algún eclesiástico, al alivio de los galeotes. Era asegurar el éxito y la perpetuidad de la obra. Pero el marido de la heredera se negó a cumplir esta cláusula del testamento. En vano el siervo de Dios multiplicó los esfuerzos, haciendo valer los motivos de caridad y de justicia que debían llevarle a cumplir una intención sagrada: no recogió más que injurias y negativas durante un tiempo. Las negativas entristecían su amor por los pobres forzados;  las injurias encandilaban su humildad y la atraían a nuevos intentos. Vencido al fin por tanta paciencia y santa obstinación, el gentilhombre aceptó la mediación del procurador general Molé, y se convino que un fondo se entregaría para asegurar la renta. Libre de la opresión de su marido, la heredera, cuyo corazón se había visto impresionado con los discurso de Vicente por la exposición que le había oído hacer de tanta miseria, de la excelencia de la obra y de la necesidad de perpetuar su beneficio, dio libre curso a su celo y se prestó a todos los deseos del santo sacerdote. Quiso que el procurador general tuviera a perpetuidad la administración temporal del nuevo hospicio, que las Hijas de la Caridad fueran encargadas del servicio de los forzados, en particular, en sus enfermedades, y que por último los sacerdotes de San Nicolás del Chardonnet llevara el ministerio espiritual. Este último punto solo pasó por algunas dificultades. Los sacerdotes de San Nicolás parecían hacer gratuitamente este servicio, ya que los forzados se habían convertido en sus parroquianos; pero Vicente y varias damas de la Caridad expusieron que el cargo era pesado y parecía pedir alguna retribución suplementaria. En consecuencia, se les otorgaron trescientas libras de renta, con la condición de que prestarían a los forzados todos los servicios religiosos que les habían hecho hasta entonces los sacerdotes de la Misión.

Después de asegurar la ayuda espiritual y material a estos infortunados, Vicente no se creyó libre totalmente de toda obligación para con ellos. Continuaba visitándolos; de vez en cuando seguía dándoles misiones, sobre todo cuando eran en gran número y a punto de ser trasladados a las galeras, creyendo con razón que entonces era cuando más necesitaban consuelo y una especie de viático religioso para sostenerse en su dura carrera.

VI. Proyecto de un hospital de forzados en Marsella. –Richelieu y la duquesa de Aiguillon.

Pero su pensamiento se trasladaba siempre hacia la cita general de estos desgraciados, hacia estas galeras de Marsella de las que conservaba un recuerdo tan punzante. Recordaba con una más viva angustia a los pobres forzados enfermos que había visto allí privados de todo socorro del cuerpo y del alma. A pesar de su estado, allí seguían amarrados por sus cadenas al banco de la galera, como a la tabla de su ataúd, roídos por los gusanos, apestados, cadáveres vivientes antes de tiempo en descomposición, y sentían también todos los horrores de la descomposición sepulcral.

Se necesitaba un hospital para retirar allí a estos enfermos, con sus enfermedades, de su lugar de suplicio y sufrimientos. Desde su viaje a Marsella se había imaginado el plan y había decidido a Felipe de Gondi, general de las galeras, a echar las bases. Pero los disturbios del reino, la guerra civil y la guerra extranjera, las querellas de los príncipes y de los grandes, habían absorbido todos los recursos, y el monumento no había podido levantarse. Sin embargo la Journée des Dupes (de los Engaños) acababa de echar por tierra la camarilla de las dos reinas, el partido de España y el partido de Monseñor, y Richelieu, más poderoso que nunca, se veía dueño de sus enemigos y del rey, dueño de Francia.

En semejantes circunstancias, que él creyó favorables, Vicente se dirigió a Richelieu que conocía ya y amaba su caridad. Además la empresa venía directamente de la jurisdicción del cardenal, desde que había hecho entrar dentro de su vasto poder a la marina de Francia. Efectivamente, hacia finales de 1626, queriendo destruir todos los cargos que participaban en la tierra y mar de la autoridad real, abolió a la muerte de Lesdiguières el cargo de condestable y forzó al duque de Montmorency, el mismo a quien hizo subir más tarde al  cadalso de Toulouse, a vender por el precio de 1.200.000 libras su cargo de almirante, que quedó igualmente suprimido por un edicto solemne. Mas como era necesario que alguien se cuidara de la marina, bien por el comercio como por la guerra, se hizo otorgar por el rey, el año siguiente, el título y el poder de «gran señor, jefe y superintendente general de la navegación y comercio de Francia,»  es decir, con otras palabras, el poder mismo de almirante, con la sola excepción de que no era ya el jefe obligado de los ejércitos navales, cuyo mando podía confiar el rey a su gusto.4 Muy pronto después, habiéndose retirado al Oratorio Felipe de Gondi, entregó el cargo de director general de las galeras a su sobrino, Francisco de Wignerod de Pont-Courlay.

Era pues a él más que al rey mismo, por razón de su total poder general y de su jurisdicción especial sobre las galeras, a quien Vicente debía dirigirse para el asunto del hospital de Marsella. No representó ante Richelieu más que los impresionantes motivos de la caridad cristiana, y no le expuso otro cuadro que el del estado horrible de los pobres forzados. El gran político vio el asunto no desde un punto de vista alto, sino desde otro muy diferente. Al mismo tiempo que asunto de piedad y caridad, era para él asunto de Estado: ya que la estancia de los enfermos en las galeras, sin que se los pudiera separar de los demás forzados, extendía a menudo el contagio y sucedía a veces que al debilitarse las chusmas por una grande mortandad, los navíos resultaban inútiles al servicio del Estado.

Richelieu no necesitaba pues para determinarse de ninguna intervención extraña. Vicente se buscó a pesar de todo, para solicitar al ministro, a Jean-Baptiste Gault, obispo de Marsella, y al caballero de Simiane, piadoso gentilhombre de Provenza, que jugarán uno y otro un papel heroico en la obra de las galeras.

Impresionado lo suficiente por la grandeza de este plan que interesaba a la vez el bien del Estado y la piedad cristiana, Richelieu se fue a ver a Luis XIII, de quien no le costo mucho conseguir el beneplácito, y comenzó pronto la construcción del hospital sobre las bases mismas que había echado Felipe de Gondi. Pero se murió antes de acabar su obra. en su testamento legó su cuidado, lo mismo que de las demás obras de pías, a su sobrina querida, la duquesa de Aiguillon.

Y aquí, detengámonos ante esta mujer cuyo nombre y acción van a encontrase tan unidas a nuestro relato. Mujer admirable entre todas estas mujeres abnegadas, tan numerosas en la mitad de este siglo y que, después de la señora de Joigny y la señorita Le Gras, contribuyó más a todas las instituciones de san Vicente de Paúl.

Marie-Madeleine de Wignerod había nacido en 1604 de René de Wignerod, señor de Pont-Courlay, y de Françoise du Plessis, hermana del cardenal de Richelieu. Se casó en 1620 con un sobrino del duque de Luynes, Antoine Grimoard du Roure de Combalet, quien murió dos años después en el sitio de Montpellier. Viuda a los dieciocho años, viuda sin hijos, y en una época en que Richelieu había llegado a la cumbre de su fortuna, podía aspirar a una alianza nueva y más honrosa todavía; pero rechazó constantemente contraer otras nupcias, incluso con el conde de Soissons, nieto del príncipe de Condé y llegó hasta tomar, aunque dama de compañía de María de Médicis, el hábito de Carmelita. Por siete años seguidos renovó sus votos; y, obligada por su tío a recobrar las costumbres y vida del mundo, por lo menos fundó una bolsa para una religiosa destinada a ocupar su lugar en el convento, y se cubrió también con el ropaje de estameña para morir. Quiso habitar muerta este convento que no había podido habitar en vida. Se lee en su testamento tan cristiano: «Deseo ser enterrada enseguida después de mi muerte, sin ser abierta y sin ninguna ceremonia ni ningún teñido, en el gran convento de las Carmelitas de la Encarnación, en el lugar que la Madre Priora ordene, como se hace con las religiosas. Sé muy bien que no habiendo sido digna de pasar allí mi vida como lo había deseado tanto, no merezco ser recibida en el convento después de mi muerte; pero como estoy segura de que la caridad de sus santas religiosas no me negará esta gracia, me atrevo a suplicarles, para tener al menos este consuelo de esperar en su santa casa, con ellas, el gran día de la resurrección.»5 Es en las Carmelitas de la calle Chapon donde Fléchier pronunció, el 12 de agosto de 1675, su oración fúnebre, brillante elogio de su vida y de sus obras. «No ha sido grande, dijo el orador, sino por servir a Dios noblemente; rica, sino  por asistir liberalmente a los pobres de Jesucristo; viva, sino para disponerse con seriedad a bien morir.» Fue grande y rica, sobre todo a partir de 1638, cuando Richelieu le hubo comprado la ciudad y las tierras de Aiguillon, en Guienne, con los derechos y título de ducado y par. Pero, como dijo también Fléchier, usó «de la grandeza con moderación, y de las riquezas con misericordia.» Viviendo con su tío, mientras que el gran ministro se entregaba a los asuntos del Estado, ella se había apropiado «el ministerio de sus liberalidades y de sus limosnas.» Mujer de un gran espíritu, protegió también las letras. Tuvo el honor de defender al Cid contra Richelieu , Corneille le declaró su agradecimiento en una epístola dedicatoria. Pero protegió mucho más todavía las obras de la caridad cristiana. Desde muy temprano se había puesto bajo la dirección de san Vicente de Paúl, y la veremos el alma de sus asambleas de caridad, de sus misiones, de su fundaciones piadosas; todo ello con esa sencillez que añade encanto a la grandeza, y con esa piedad que hace ante Dios el mérito de las obras. Se apartaba con frecuencia de las pompas del mundo para ir a hacer ejercicios en una humilde celda de las Carmelitas; se apeaba del carruaje para acompañar a pie al Santo Sacramento hasta los reductos más pobres, y a veces se pasaba noches enteras en la iglesia de San Sulpicio, prosternada ante Dios.

La muerte y el testamento de su tío la pusieron en condiciones de dar libre curso a su generosidad y a su proselitismo.

En virtud de este testamento, fechado el 23 de mayo de 1642, la duquesa de Aiguillon y el secretario de Estado des Noyers debían cobrar el dinero que dejaba el cardenal en su muerte, y emplearlo, pagadas las deudas, y después de una donación de 1.500.000 libras hacha al rey, «en obras de piedad útiles al público,» sin estar obligados a rendir cuentas a sus herederos. Además, la duquesa de Aiguillon disponía, durante tres años, de las dos terceras partes de la renta de todos sus bienes, «para ser, dichos dos tercios, empleados en el pago de lo que pudiera quedar por liquidar» de sus deudas, de sus legados, y del gasto de loe edificios y fundaciones que él había ordenado. Entre estas edificaciones y fundaciones, el testamento no designa más que el hotel de Richelieu, el colegio y la iglesia de Sorbona donde el cardenal había escogido su sepultura, y por último la casa de Misión que él había fundado en el lugar de su título ducal.

Pero existían otras obras que él había «hecho oír» a la duquesa de Aiguillon y al secretario de Estado des Noyers así como a su confesor Lescot, nominado recientemente al obispado de Chartres. Una de esas obras era la continuación del hospital de Marsella. La duquesa de Aiguillón se prestó a la ejecución de este gran proyecto y, con el permiso del rey, levantó sobre el emplazamiento de dos arsenales contiguos, inútiles para el servicio, edificios propios para recibir a los forzados enfermos y alojar a las personas relacionadas con su socorro corporal y espiritual.

VII. Misión en Marsella. –J.-B. Gault y el caballero de Simiane.

Inmediatamente después de la muerte del cardenal, Armand de Wignerod, heredero de la mayor parte de sus bienes y de su título de duque de Richelieu, había sido provisto del generalato de las galeras, que le habían quitado a su padre de Pont-Courlay. Ahora bien, siempre en virtud del testamento del cardenal, la duquesa de Aiguillon disponía, hasta su mayoría, «de la administración y dirección tanto de su persona como de los bienes» que le había legado su tío. Lo que le fue un nuevo motivo para acelerar la terminación de la obra del hospital y de las galeras. Desde principios de 1643, todo estaba listo para recibir a los forzados y l los Misioneros destinados a trabajar en su salvación. Entonces la duquesa pidió a Vicente que le enviara a Marsella a algunos de sus sacerdotes. El mes de febrero, Vicente hizo partir a cinco, a la cabeza de los cuales puso a Francisco du Coudrai, uno de sus primeros compañeros. Distinguido por su vasto conocimiento de las lenguas orientales, du Coudrai lo era todavía más por su celo, su mortificación, por todas las virtudes y todos los talentos del Misionero. Sus éxitos fueron pues completos y rápidos y, el 6 de marzo siguiente, apenas un mes después, el obispo de Marsella podía escribir a la señora de Aiguillon:

«Aunque no haya transcurrido mucho tiempo desde que os escribí a la llegada de los Señores de la Misión que tuvisteis a bien mandarnos aquí para trabajar en las galeras, no obstante no puedo demorarme más en daros cuenta de lo que allí ocurre, y del consuelo que reciben cuantos están empleados en este duro trabajo, y yo con ellos… Hemos comenzado al propio tiempo a dar la misión en siete galeras, haciendo venir a ocho Misioneros de los que están en Provenza,6 para trabajar en cuatro, y hemos distribuido en las otras tres a los que nos han enviado de París. Les echo una mano a unos y a otros cuando lo necesitan, sobre todo tratándose de los Italianos que son en gran número en las galeras. El fruto ha sobrepasado absolutamente todo lo esperado. Es verdad que nos hemos encontrado desde un principio con espíritus no sólo ignorantes, sino también endurecidos en sus pecados y que, amargados hasta no más contra su miserable condición, no querían oír hablar de Dios. pero poco a poco la gracia de Dios, por la mediación de estos eclesiásticos, ha ablandado de tal forma sus corazones, que ahora demuestran tanta contrición como grande había sido su obstinación. Os maravillaríais, Señora, si supierais los que han pasado los tres, cuatro, cinco y diez años sin confesarse. Los ha habido que habían pasado veinticinco años en ese estado, y que protestaban no querer saber nada mientras se hallaran en cautividad. Pero al final Nuestro Señor se ha hecho el dueño, y ha expulsado a satán de estas almas, sobre las que había usurpado un imperio tan grande. alabado sea Dios por haberos dado esta voluntad. Ha sido la venida de estos Misioneros la que me ha decidido por completo a esta misión, que yo habría diferido tal vez para otro tiempo; y sin embargo habría podido suceder que muchos de ellos se hubieran muerto en el mal estado en que se hallaban. Espero que se recojan los mismos frutos en las demás galeras. No puedo expresaros, Señora, cuántas bendiciones dan estos pobres forzados a quienes les han procurado un socorro tan saludable. Busco los medios para actuar de manera que las buenas disposiciones en que están puedan continuar. Me voy sin dar la absolución (¿) a cuatro herejes que se han convertido en las galeras. Hay todavía más que tienen el mismo plan, ya que estas cosas extraordinarias los impresionan mucho.»7

De esta carta se deduce que todos tomaron una parte laboriosa en la misión: Misioneros de Provenza, Misioneros de Vicente de Paúl, y a la cabeza de todos el obispo de Marsella. En efecto, este obispo, Jean-Baptiste Gault, fue uno de los más santos prelados de su tiempo. Había sucedido en la sede, en 1642, a su hermano Eustache, que había muerto en e639, dos días después de recibir sus bulas. Los dos, nacidos en Tours, habían entrado primero en la congregación del Oratorio donde habían desempeñado con honor diversos empleos. Convertido en obispo de Marsella, Jean-Baptiste marcó la breve duración de su episcopado con los mayores rasgos de entrega y de caridad. Imitó hasta el final a san Carlos Borromeo a quien había tenido por modelo, porque murió en el ejercicio de su celo, llevado a los cuarenta y ocho años, el 23 de mayo de 1643 que le habían costado los trabajos excesivos de la misión. La víspera de su muerte, según nos cuenta una carta de Francisco du Coudrai, dio a los Misioneros «su bendición para ellos y para los pobres galeotes.» Dejó tal reputación de santidad que la asamblea del clero de 1646 escribió a Inocencio X para pedir que se hicieran informes sobre sus virtudes, lo que se renovó más tarde sin llegar más allá.8

Entre los hombres sobre los que recae una buena parte del mérito en el éxito de esta misión de Marsella, se ha de citar a un laico, al caballero de Simiane, desconocido para la gente del mundo que no saben más que su nombre, llevado más tarde por Pauline de Grignan, nieta de la señora de Sévigné. Gaspard de Simiane de la Coste, nacido en Aix en 1607, fue destinado a la orden de Malta, y pasó vatios años en esta isla. Apartado de repente de la disipación y de los placeres por la muerte imprevista de una persona querida, pensó primeramente en pasarse a los Turcos para socorrer a los cristianos cautivos. Al serle imposible ejecutar este proyecto, volvió su celo hacia los protestantes. Vino a París para estudiar la controversia con el célebre Padre Veron, sostuvo conferencias contra los ministros de Charenton, pasó incluso a Inglaterra, donde confundió a los más célebres doctores de la Iglesia anglicana y, de regreso en Provenza, recorrió los cantones que había infectado el protestantismo, discutiendo siempre con el mismo éxito, abriendo en muchas ciudades casas a los protestantes que querían instruirse, y en Aix un asilo para recibir a las protestantes convertidas. Pero, entre sus buenas obras casi incontables, no tenemos que apuntar aquí más que lo que hizo por los forzados de Marsella. Fue él quien comenzó a establecer el orden entre ellos. Contribuyó a procurarles los sacerdotes de la Misión y concurrió con sus trámites, con sus dineros y sus limosnas que recogió para la construcción del hospital, del que fue uno de los primeros administradores. En 1645, vino a París para solicitar la expedición de las letras patentes del rey, y una vez obtenidas por la recomendación de Vicente, le escribió a sus regreso a Marsella: «Os escribo para daros a conocer el progreso del hospital, en cuyo establecimiento habéis contribuido tanto. Ya sabréis por mi última que, después de mucha resistencia, con la ayuda de Nuestro Señor, nos han entregado a los enfermos de las galeras. En verdad, no sabría expresaros la alegría que reciben estos pobres forzados, cuando se ven trasladados de ese infierno al hospital que llaman un paraíso. Sólo con entra se les ve sanar de la mitad de su mal, porque se los libra de la miseria de que vienen cubiertos, se les lavan los pies, luego se los lleva a una cama un poco más blanda que la madera en la que solían dormir. Y encantados al verse alojados, servidos y tratados con un poco más de caridad que en las galeras, adonde hemos enviado a un gran número de convalecientes que se habrían muerto allí. De verdad, Señor, podemos decir que Dios ha bendecido esta obra, lo que se ve no sólo en la conversión de los malos cristianos, sino también de los Turcos que piden el santo bautismo.» Habiendo asegurado así la fundación del hospital, el caballero de Simiane no se creyó en paz con los forzados: pero, pagando con su persona lo que es propio de la caridad cristiana, pasó allí sus últimos años, entregado a las funciones más humildes, exhortando, consolando a los enfermos y llevándolos a Dios con sus cuidados y su dulzura. Como su obispo, murió mártir de su caridad, y más joven aún, ya que contrajo en el ejercicio de su celo una enfermedad que se lo llevó a los cuarenta y dos años, el 24 de julio de 1649.9

Herido el pastor, no se dispersó el rebaño de los Misioneros. Después de algunos días dedicados al dolor y al abatimiento, todos volvieron a su trabajo con nuevo entusiasmo y nuevas bendiciones. Las conversiones se multiplicaron entre los protestantes. Treinta de ellos hicieron su abjuración. Los mismos turco se impresionaron. Ya el obispo de Marsella había bautizado a siete antes de morir. La gracia continuó ganándose a los musulmanes. Uno de ellos debió ser bautizado en la galera, por razón de enfermedad; pero los otros nueve lo fueron con toda solemnidad en la iglesia catedral, adonde había sido conducidos como en triunfo por un pueblo inmenso que bendecía a Dios. Un espectáculo así forzó a muchas dudas, y otros muchos musulmanes vinieron a implorar el bautismo.

VIII. Fundación de la duquesa de Aiguillon. –Misión permanente.

Impresionada por los grandes bienes que había producido la misión en las galeras, la señora de Aiguillon pensó en hacerla permanente. El 25 de julio de ese mismo año 1643, se celebró un convenio entre «Marie de Wignerod, duquesa de Aiguillon, par de Francia, condesa de Agenois,» y «venerable y discreta persona» Vicente de Paúl, a quienes se juntaron Antonio Portail, Francisco du Coudrai, René Almeras y Emerando Bajoux, primeros sacerdotes de la Misión. En este convenio la señora de Aiguillon hizo donación de una suma de 14.000 libras, con cargo para los donatarios y sucesores a perpetuidad, de establecer, alimentar, alojar y mantener en Marsella a cuatro sacerdotes de su congregación. estos sacerdotes, «según la voluntad e intención del rey, ostentarán la superioridad de los capellanes y eclesiásticos,» que podrán quitar o reemplazar, «si la encuentran más útil para la gloria de Dios.»los capellanes y eclesiásticos darán el catecismo y las instrucciones a los galeotes, les administrarán los sacramentos; los Misioneros pasarán cada cinco años por cada una de las galeras de Marsella y demás puertos del reino, «para catequizar e instruir en el amor y caridad de Dios a los pobres forzados y demás personas de dichas galeras, interrogar a los capellanes y eclesiásticos,» destituir y reemplazar a los incapaces. Tendrán a su cargo también el cuidado del hospital de los pobres galeotes de Marsella. Además, los sacerdotes de la Misión, a perpetuidad, «siempre que lo juzguen oportuno,» enviarán a Misioneros a Berbería, para consolar e instruir en la fe a los pobres cristianos cautivos en la fe, el amor y temor de Dios,» y hacer allí  sus ejercicios espirituales ordinarios. Por último, la duquesa pedía dos misas rezadas al año y a perpetuidad: «una de Requiem por el descanso del alma de Monseñor el gran cardenal duque de Richelieu, su muy honorable tío y bienhechor, y obtener la bendición de Dios sobre toda la casa de su Eminencia;» la otra por la donante; «todo para honrar la vida laboriosa de Nuestro Señor Jesucristo en la tierra, su conversación y sus milagros.»10

Para la ejecución de la voluntad de la señora de Aiguillon y el cumplimiento de los cargos impuestos a la Misión era necesario que el título de capellán real de las galeras fuera adjudicado a perpetuidad al superior general de la congregación, y que el superior particular de la casa de Marsella pudiera ser sustituido por él en su poder y sus derechos, a lo que se proveyó por patente del 16 de enero de 1644, firmado por Luis XIV niño, y entregado a requerimiento, menos sin duda del joven general de las galeras que de la duquesa de Aiguillon, o incluso de la reina madre, quien ya, en esta época, había introducido a Vicente en su consejo de conciencia. Véase esta nueva patente, más honrosa todavía que la primera a la memoria del santo sacerdote.

«Hoy seis de enero de 1644, hallándose el rey en París, sobre lo que el señor duque de Richelieu, general de las galeras de Francia, ha expuesto a Su Majestad, que visto el gran fruto y ventaja que se ha recibido, tanto para gloria de Dios como para la instrucción, edificación y salvación de las almas de todos los que sirven en dichas galeras, por la excelente elección que antes se ha hecho de la persona  del señor Vicente de Paúl, superior general de los sacerdotes de la congregación de la Misión, para el cargo de capellán real de dichas galeras, del que se había visto en provisión por patente de dieciocho de febrero de 1619, con superioridad de los demás capellanes de galeras; y atendido también que a causa de sus grandes ocupaciones, tanto cerca del rey como de la reina regente su madre, que le llaman con frecuencia a su consejo, que a su cargo de superior general de dicha congregación, es imposible que pueda estar siempre en Marsella para ejercer dicho cargo de capellán real de las galeras, se necesitaría darle poder de encomendar en su ausencia al superior de los sacerdotes de la Misión de Marsella, y unir este cargo para siempre al superior general de dicha congregación de los sacerdotes de la Misión, presente y por venir: su dicha Majestad teniendo por agradable la propuesta de dicho general de las galeras, del parecer de la reina regente su madre, ha confirmado al dicho señor Vicente de Paúl en el dicho cargo de capellán real de dichas galeras; y aparte de eso, le ha dado poder de distribuir a los capellanes que encuentre más aptos, y de poner a otros en sus lugares; como también de encomendar en su ausencia al superior de los sacerdotes de la Misión de Marsella para disfrutar con parecidas funciones de la autoridad, gajes, honores y derechos, y ha unido para siempre dicho cargo de capellán real de dichas galeras de Francia, con parecido poder y autoridad, al superior general de la congregación de la Misión, presente y por venir; queriendo su dicha Majestad que en esta calidad sea alojado u empleado en el estado de las galeras, en virtud de las patentes que le serán expedidas, en consecuencia de ésta, que su dicha Majestad ha querido firmar de su propia mano, y contrafirmar por mí consejero en su consejo de Estado y secretario de sus mandatos.»

firmado LUIS.

Y más abajo DE LOMENIE.

IX. Letras patentes del rey a favor del hospital de Marsella. –Reglamentos administrativos y espirituales.

Quedaba por asegurar la existencia y el mantenimiento del hospital así como de la Misión de Marsella. Es una gloria que Vicente reservó al joven Luis XIV. Desde hacía tiempo hablaba de ello a la reina regente; Por fin, el mes de julio de 1646, obtuvo del joven rey hermosas letras patentes que evidentemente las inspiró él. tanto como a la caridad de Vicente hacen honor estas letras a su elocuente redactor, y también a esta vieja realeza francesa de ordinario tan magnífica en sus actos y su lenguaje. Éste es su hermoso comienzo:

«Los reyes nuestros predecesores no solamente han adquirido el título glorioso de rey cristianísimo por haber combatido a los enemigos de la fe, protegido a la Iglesia oprimida, y conservado, por toda clase de cuidados, la religión dentro y fuera de este Estado, sino también por el gran bien que han hecho a la Iglesia mediante la fundación y dotación de muchas casas destinadas al servicio de Dios y de sus súbditos; y sobre todo han tenido en singular recomendación a los pobres y a los enfermos, para el alivio de los cuales han fundado muchos hospitales, para que fueran alojados, alimentados, medicados y ayudados espiritual y corporalmente; y su previsión ha sido tan grande y tan general para esto que se puede decir que ha habido pocas enfermedades y miserias, para cuyos socorros no hayan encontrado medios convenientes y empleado grandes sumas para remediarlas.» Solos los forzados se habían visto privados hasta aquí de esta caridad universal; no ha habido hospital fundado ni dotado para ellos, «aunque su cautividad y fatigas ordinarias les hagan estar más sujetos a las enfermedades y más dignos de compasión.» Después de recordar y aprobar cuanto habían hecho ya el cardenal de Richelieu y la duquesa de Aiguillon, el rey reclama para él el derecho y el honor de tal empresa, pues se trata de una obra pública levantada en el fondo de su dominio; se trata de reunir en ellos a personas afectas al servicio de sus galeras, cuyo socorro tiene que ver principalmente con sus cuidados caritativos y su autoridad real. Además, para su conservación y su progreso, la fundación necesita de una protección a la que sus administradores pueda recurrir siempre, privilegios, rentas en proporción con su dignidad y sus cargos; todo lo que habla bien de la munificencia real. «A estas causas y por consejo de la reina regente, nuestra muy honorable señora y madre, y por nuestra regular ciencia,11 pleno poder y autoridad real, hemos dicho y declarado, decimos y declaramos que entendemos, y nuestra voluntad es que nosotros y nuestros sucesores reyes sean fundadores y dotadores de dicho hospital de los galeotes de nuestra ciudad de Marsella, queremos que esté en nuestra especial protección, y se llame real hospital para los forzados, consagrado y dedicado al Salvador del mundo.» El joven rey autoriza entones al hospital a recibir donaciones y legados testamentarios, le inviste de todos los privilegios de las fundaciones piadosas, le hace gracia de todos los arsenales sobre el terreno del cual ha sido construido, entra en detalles conmovedores sobre la visita médica de las galeras, la admisión y cuidado de los forzados enfermos, la puesta en libertad de los inválidos o incurables; reglamenta la administración temporal y confía la espiritual al capellán  real con todas las cláusulas y privilegios de la patente de 1644 y de cristianas recomendaciones y prescripciones referentes al servicio religioso de las galeras y del hospital; por último expresa la dotación anual de 6.000 libras, sin perjuicio de los tres céntimos por día otorgados por cada forzado de las galeras (l libra/franco = 20 céntimos o sueldos); con el encargo que se diga todos los años un misa solemne el día de San Luis, a fin de pedir a Dios la continuación de sus gracias para nuestra persona y nuestro reino, así como nosotros entendemos que en dicho hospital se diga cada día un Exaudiat con la misma intención.»

Estas cartas, firmadas: «Luis, rey de Francia, conde de Provenza, Forcalquier y tierras adyacentes,» fueron confirmadas en septiembre de 1648 por el mismo Luis XIV, quien, después de aumentar, el año precedente, en 3.000 libras de donación anual del hospital, la elevaba a 15.000, que se reciben en este caso de los fondos de las gabelas y graneros de sal de Provenza, porque las rentas de la marina, sobre las que descansaba la dotación primera, eran demasiado inseguras, y él no quería «que un mantenimiento tan útil y tan necesario como es el de dichos forzados enfermos, pudiese ser abandonado por falta de un fondo cierto y asegurado.» Su voluntad no fue pues, según parece, plenamente ejecutada, ya que, el mes de enero de 1651, debió dar nuevas letras patentes, por las que asignaba sobre las gabelas dos sumas separadas : una de 12.000 libras para el mantenimiento del hospital; la otra de 4.600 libras para los sueldos de los capellanes quienes, mal pagados, descuidaban su servicio.12

Fue entonces cuando Vicente pudo hacer en Marsella una fundación fija a favor de los pobres forzados sanos o enfermos. La donación de la duquesa de Aiguillon no le obligaba a enviar más que a cuatro sacerdotes; hizo marchar a cinco, con la idea que serían así y todo inferiores al trabajo, sobre todo el principio de la obra. Fue clara previsión por su parte, pues el más joven de estos Misioneros, llamado Robiche, se murió muy pronto, a la edad de treinta y cinco años, mártir de su celo y de su caridad. Vicente nos ha dado él mismo detalles ingenuos y emocionantes de sobre sus funerales. Era costumbre del santo sacerdote hacer en sus cartas una especie de oración fúnebre de todos los suyos muertos en el servicio de Dios y del prójimo; después, en San Lázaro, según la importancia del sujeto, de tenían una o varias conferencias  sobre sus virtudes. Leemos en esta carta del 3 de mayo de 1645, con motivo de los funerales de Robiche: «L a caridad que había ejercido con los pobres galeotes enfermos se había ganado tan bien el corazón de los Marselleses, que aunque no se pensaba en hacer una gran ceremonia en su entierro, y no se había rogado más que a los amigos de la casa, acudieron sin embargo en tan grande afluencia que se temió que cedieran los pisos con el peso, de manera que se vieron obligados a bajar el cuerpo de la habitación donde había fallecido para colocarlo en la capilla del salón de abajo, para que todos tuvieran la satisfacción de verlo. Una vez que le habían visto, levantaban los ojos y las manos hacia el cielo diciendo: Oh, qué hermosa alma, el bienaventurado!Y aunque la sala fuera muy espaciosa, y le pudieran ver más de cien personas a la vez, no obstante unos trepaban por las ventanas, otros subían por escalas y trozos de madera que encontraban. Ocurrió allí algo notable entre otras cosas: que un hombre de condición agarró un cojín y lo desgarró con los dientes para tener la sangre que había caído en él. Los demás raspaban la silla en la que estaba sentado; otros se apoderaban de la cera que corría de los cirios, de forma que si se les hubiera dejado las manos libres, se habrían llevado y roto todo lo que le servía, hasta romper las estampas que había por allí. En una palabra todo el mundo trataba de conseguir algo de él como reliquia. –Al bajarle de su habitación, todos se ponían de rodillas y se amontonaban para besarle los pies, y es cosa común en la ciudad que es un beato, y quieren saber el lugar donde le han enterrado para ir a rezarle con toda devoción.» Era inaugurar maravillosamente la Misión de Marsella.

Las cartas de Luis obligaban a los sacerdotes de la Misión a tener su residencia en el hospital, para que los enfermos estuvieran mejor atendidos. Esta Cláusula fue pronto mal interpretada por los administradores, que quisieron forzar a la Compañía a mantener allí a dos sacerdotes. Pero Vicente respondió que tal carga no le era imposible por la dotación de la duquesa de Aiguillon; que la renta era insuficiente para ello; que su instituto no tenía más que dos fines principales, a saber la instrucción del pobre pueblo del campo y los seminarios; que la dirección de los hospitales no era para él más que accesoria; que si había emprendido la dirección del hospital de Marsella, era con la idea de emplear a sacerdotes externos cuando los suyos no fueran suficientes como hacía en las misiones mismas, y que en consecuencia se reservaba en este punto sus derechos y su libertad.13

Así era, en efecto, el texto mismo de la donación de la señora de Aiguillon y tal el espíritu de las cartas de Luis XIV. Pero, según la misma carta, los administradores tenían «proyecto de predominar en todo.» Por eso les urgía dar reglas al hospital. Vicente, al contrario, tenía por máxima diferir lo más posible el reglamento de sus obras, porque, decía, «la experiencia demuestra que lo que es factible al comienzo es a veces dañoso más tarde, o sometido a inconvenientes molestos.»14

A pesar de ello, los administradores del hospital, usando del privilegio que les daban las letras patentes de 1646, confeccionaron los estatutos y los reglamentos «debiendo servir a perpetuidad para el orden, política y economía de dicho hospital, todo para mayor gloria de Dios, el servicio del rey y socorro de los pobres forzados enfermos.» Estos estatutos y reglamentos se expresan sobre la elección y recepción de los nuevos administradores, determinan sus funciones generales y las funciones de todos en particular, prescriben los ejercicios diarios de los oficiales del hospital, fijan sus diversos empleos y ordenan el régimen de los forzados enfermos. Están llenos de un espíritu de fe y de piedad, y hasta en sus expresiones se encuentran vestigios de los reglamentos dados por san Vicente a las cofradías de la caridad. Lo más probable es que le fueron sometidos antes de ser publicados definitivamente; y además el caballero Simiane de la Coste, uno de los primeros administradores, que había tomado anteriormente sus inspiraciones y conocía la obra de las cofradías, fue sin duda su principal redactor.

Los capellanes una vez colocados por las letras patentes del rey bajo la jurisdicción del ordinario, el obispo de Marsella, Étienne de Puget, les dio, por su parte, el 20 de febrero de 1647, reglamentos sobre el ejercicio de sus funciones espirituales. Pero, siempre por falta de retribución suficiente, no las cumplieron a perfección. Hay que decir también que los oficiales los molestaron en su ministerio, y que ellos mismo introdujeron en las galeras, con perjuicio de los derechos del capellán real, a sacerdotes poco convenientes. Al cabo de un año, los capellanes dejaron también, al contrario de lo que indicaban las letras patentes, de vivir en común bajo la dirección del superior de la Misión de Marsella. Por otro lado, de 1649 a 1655, habiendo sido retiradas las galeras, para huir de la peste, a Toulon, los capellanes debieron seguirlas con un Misionero para asistir a los enfermos; y a su regreso, a pesar de una ordenanza real del 29 de mayo de 1650, que prescribía construirles una casa, ellos no volvieron a la vida en común.

Tal estado de cosas debía atraer la atención de Vicente. por eso, el 9 de julio de 1650, hubo, tras largas negociaciones, resoluciones tomadas respecto de la Misión y el hospital de Marsella. Se trataba de decidir si se confiaría lo espiritual y lo temporal a los hermanos de la Caridad o si se lo dejaría en su estado actual. Vicente, Portail, la duquesa de Aiguillon y Bausset, uno de los administradores del hospital, convinieron que se mantuviera la primera organización. Mas, para remediar los abusos, se añadió que dos sacerdotes, al menos, Misioneros o externos, con la voluntad de Vicente, se establecieran allí y vigilaran todo cuanto se prescribía en las letras patentes y los reglamentos establecidos por los administradores y «el difunto Sr. de la Coste»; que las economías hechas sobre la dotación  de 15.000 libras serían empleadas en acabar el hospital y en construir una habitación para los sacerdotes de la Misión y los capellanes; por último, que el superior de la misión de Marsella asistiría, con los administradores, a todas as conferencias en que se trataran asuntos espirituales y temporales del hospital, y que tendría en ellas voz deliberativa.

En efecto, los Misioneros, después de alojarse primero en el hospital, luego en diversos lugares, hicieron construir una residencia definitiva donde podían recibir a los capellanes.15

X. Trabajos diversos de la Misión. –La marquesa de Vins.

La Misión estaba por fin  constituida y presente en las galeras de Marsella y de Toulon.- Aunque no trabajara allí él mismo, Vicente encontraba no obstante el medio de prestar servicios personales a los pobres forzados. Cuando pasaban por delante de la puerta de San Lázaro. Los detenía para decirles algunas palabras de Dios y les daba a cada uno una limosna de cinco sueldos. Continuaba velando por ellos en la torre de la puerta de San Bernardo, durante la parada provisional que hacían allí, antes de ser dirigidos a Marsella o a Toulon. Les servía de intermediario con sus pobres familias. En sus manos estaba que los parientes vinieran a depositar las pequeñas cantidades que les destinaban para dulcificar sus males. En un gran número de cartas dirigidas al superior de Marsella y que su extrema ancianidad le forzaba a dictar a un secretario, se lee con emoción, al final de cada una, un postscriptum de una escritura temblorosa, donde el caritativo santo enumera, con su exactitud acostumbrada, todas las sumas que le han sido entregadas y los nombres de los pobres forzados a quienes van destinadas; dando orden de distribuirlas y cargarlas en su cuenta. A menudo también sostiene y anima el celo de sus Misioneros y les agradece, con un acento muy personal de gratitud, por el bien que hacen a los pobres forzados, sobre todo en los tiempos de extraordinarios sufrimientos. «Dios sea alabado, escribe a Get, el 8 de marzo de 1658; Dios sea alabado por la caridad que la ciudad de Marsella ejerce para con los pobres en la necesidad en que se encuentran, y por la ayuda que habéis procurado a los forzados en la ocasión  oportuna del frío y de la indigencia. Que Dios nos conceda la gracia, señor, de enternecer nuestros corazones con los miserables, y de estimar que al ayudarlos, practicamos la justicia y no la misericordia. Son nuestros hermanos a quienes Dios nos manda socorrer. Pero hagámoslo como hecho por él y de la manera que él lo entiende por el evangelio. No digamos más: soy yo quien ha hecho esta buena obra ; ya que todo bien debe hacerse en nombre de Nuestro Señor Jesucristo.»

Aunque la Misión de Marsella tuviera por deber particular y especial el servicio de los forzados, ella prestaba su ministerio a otras buenas obras. Para eso, había en Marsella un convento de San Víctor, de la orden de San Benito, que el prior soñaba con devolver a la observancia de las reglas- el gran medio que quería aplicar era la formación de la juventud en la disciplina religiosa. En este plan, se dirigió primero a Get, superior de Marsella, quien se lo expuso a Vicente, pero después comprometerse demasiado. Vicente consintió sólo por condescendencia y para no retirar las promesas dadas, ya que no veía, según su grande prudencia y experiencia, que el proyecto, aunque muy bueno, debiera llevarse a cabo. Los jóvenes religiosos, la mayor parte de Marsella, vinieron a alojarse en la Misión como pensionistas, y compusieron una especie de seminario menor, donde se los instruía en las letras humanas, a la vez que se los formaba en la vida religiosa. Pero la mayor parte no tenían otra vocación que la voluntad de sus padres quienes deseaban descargar sus casas y dirigirlos a los beneficios. Por eso eran libertinos, granujas, que no buscaban otra cosa que contentar sus sentidos: de manera que al año de prueba, los misioneros, no esperando nada, debieron forzar al prior y a los padres a retirarlos, a pesar de todas las súplicas que les fueron hechas para sufrirlos unos años más.16 Fueron confirmados en sus negativas por Vicente, que escribió a Get, el 10 de mayo de 1658: «Hará usted bien en mantenerse firme para no cargarse con los novicios de San Víctor, pongan la cara que pongan y por las presiones que sus superiores y sus padres puedan hacer. Ya que, como Dios no le ha dado gracia en el primer ensayo para corregirlos, aunque haya hecho de su parte todo lo que se podía hacer, hay poderosos motivos para dudar que la tenga en el segundo. Y lo que me quita toda esperanza es que no tenemos vocación para los colegios, sino al modo que sabe para los eclesiásticos seculares y no para los religiosos.»

De Marsella, Vicente envió todavía una colonia a Montpellier para probar la dirección del seminario. Get, superior de la Misión de Marsella, con otro Misionero, un hermano y un criado, duró allí un año, viviendo con cien libras al mes, que les daba el obispo de Montpellier; pero no habiendo podido el obispo proporcionar este fondo a perpetuidad, Vicente debió retirarlo, con gran sentimiento del prelado, y se volvió a Marsella.

Una obra que tuvo mejor éxito fueron las misiones entre los pueblos del campo. Los sacerdotes de Vicente de Paúl no se podían olvidar de que tal era uno de los principales deberes de su Instituto, y que el cuidado de los forzados no les debían eximir de ellas. así que las multiplicaron alrededor de Marsella con admirables bendiciones, ayudados en esto por el concurso y la liberalidad de las más nobles familias de Provenza. Entre los más generosos bienhechores de esta obra, se debe citar a la marquesa de Vins, quien legó al morir 18.000 libras a la Misión de Francia, –así se llamaba la misión de Marsella, -para el mantenimiento de dos o tres sacerdotes, encargados de dar, durante tres meses al año misiones en los lugares de la diócesis de Marsella designados por el obispo, de manera no obstante que las parroquias de sus tierras, tanto de la diócesis de Marsella como de las diócesis vecinas, a diez, doce y catorce leguas, serían visitadas de cinco en cinco años. Los Misioneros debían también recibir gratuitamente cada año a los párrocos de las mismas parroquias para darles durante ocho o diez días el retiro y los ejercicios espirituales.17

Lorenza de Veyrat de Paulian, baronesa de Castelnau, viuda de Melchor de Vins d’Agoust de Montauban, caballero, marqués de Vins, mariscal de los campos y ejércitos del rey, vivía de ordinario en el castillo de Vins, en Provenza. Pero cuando hizo este testamento, ella vivía en París, calle de la Harpe, donde murió a finales de febrero de 1659. Ella no conocía entonces ni a Vicente, ni a ningún sacerdote de la Misión, y la buena obra le fue aconsejada por su confesor; en cambio, conocía los grandes bienes operados en la Iglesia de Dios por la Compañía, tanto con respecto a los eclesiásticos como a la pobre gente del campo, y deseaba ser ella misma participante y darle medios de extenderlos más.

El testamento fue secreto durante los cuatro últimos años de la vida de la señora. El 21 de febrero de 1659, Vicente iba a dar una conferencia sobre la Providencia, cuando un muchacho llegó a San Lázaro y pidió hablar con él. Le dijeron que no podían recibirle; pero insistió y llegó hasta la habitación del santo: traía la noticia de la muerte de la señora de Vins y del legado hecho a la Misión. Algunos instantes después, la noticia era comunicada por el párroco de Saint-Nicolas-du-Chardonnet, confesor de la señora. Conviene leer los transportes de gratitud hacia Dios y a la generosa donante, que le dedicó Vicente al final de s conferencia. Y como la señora había ordenado también que todos los sacerdotes de San Lázaro dijeran la misa por ella el día de su fallecimiento, luego, informados todos los sacerdotes de la Compañía, se apresuró a escribir en términos conmovedores a todas sus casas para invitarlas a cumplir este deber de gratitud y de caridad; y si bien la suma legada fuera satisfecha con dificultades, hizo cumplir siempre con escrúpulo religioso todas las demás intenciones de la señora.

La Compañía se afianzó y se extendió cada vez más por Marsella. Doce años después de la muerte de Vicente, el rey, a petición del obispo Toussaint de Forbin-Janson, permitió a los sacerdotes de la Misión tomar la dirección del seminario y,  el 20 de febrero de 1673, se firmó el acta de fundación.18

  1. Recibió este sobrenombre, porque contra la ley común de la naturaleza, fue sacado de los flancos de su madre muerta.
  2. Mass. intitulado: Généalogie, etc., p.14, fol, verso.
  3. No se ha de juzgar al cardenal de Sourdis por las bromas de L’Estoile ni por los relatos de de Thou quien, si bien su pariente, no le ha perdonado en su Historia, tan llena de prevenciones anticatólicas. El cardenal de Sourdis fue uno de los más grades y de los más santos prelados de su tiempo, uno de esos hombres suscitados por Dios para la reforma de las costumbres y de la disciplina eclesiástica. El mayor de su casa, había abandonado tempranamente el mundo, los cargos y los favores a los que le llamaba su ilustre nacimiento y, una vez arzobispo de Burdeos, se consagra por entero a los deberes de su ministerio. Pronto no se le llamó más que el Carlos Borromeo de la Guayana; y, en efecto, se había propuesto por modelo al gran arzobispo de Milán, cuyos reglamentos publicó en su diócesis. Lleno de celo por las fundaciones religiosas, secundó a la señora de Lestonnac, sobrina de Montaigne,, en la fundación del Instituto de las Hijas de Nuestra Señora, favoreció a las Ursulinas, cuatro casas de las cuales se elevaron en su diócesis antes de multiplicarse, en número casi infinito, tanto en Francia como en el extranjero; por su influencia y por sus favores, los Franciscanos, los Mínimos, los Capuchinos, los Carmelitas, los Jesuitas y las Carmelitas se establecieron en Burdeos; fue él también quien contribuyó a construir el convento de los Celsstinos en Nuestra Señora de Verdelays, y quien construyó él mismo con magnificencia la Gran Cartuja en medio de las Marismas de Cascuña. Pero lo que tomó más a pecho fue el restablecimiento de la disciplina en su clero y de la libertad de la Iglesia. De donde el famoso concilio provincial que celebró en Burdeos el año que siguió al viaje de san Vicente de Paúl; de ahí sus luchas continuas contra el Parlamento. Son aquellas luchas en las que el papa y el rey le dieron casi siempre la razón, aquellas luchas emprendidas para defender las inmunidades eclesiásticas y emancipar su jurisdicción de las usurpaciones parlamentarias, que le han valido, como a los grandes papas y a los más santos obispos, las calumnias de la historia. La verdad está en ese retrato tan parecido que hizo de él el Mercure français (Tom. XIX, p. 925): «Prelado de buena y santa vida, irreprensible en sus costumbres, y que hacía honor a su púrpura, tanto por el mérito de sus virtudes como por el esplendor de su familia; pastor vigilante en su cargo, y entero en sus acciones; por lo demás, un espíritu de mal conformar con cuanto se hacía en perjuicio de su jurisdicción, y que no podía tolerar menoscabo en el esplendor de la Iglesia; en una palabra residente, liberal, devoto y valiente.»
  4. Mémoires de Richelieu, L. XVII y XVIII, (1620 a 1627), –Collection Michaud, 2ª serie, tom. VII, pp. 424 y 437.
  5. Archivos del Estado, S. 6716.
  6. Eran los Misioneros de Christophe Authier de quienes se hablará más adelante.
  7. Se encuentran semejantes detalles en otra carta del obispo de Marsella al padre d’Arcy, del oratorio, del 5 de mayo de 1643. Quería entenderse con la Sra. de Aiguillon para reemprender la construcción del hospital sobre las bases puestas por el R. P. de Gondi
  8. Tenemos la vida de los dos hermanos Gula; hay incluso dos de Jean-Baptiste: una por Augery, Aix, 1643, in-8; la otra por Senault, 1547, in-8.
  9. Vie du chevalier de la Coste, 1659, in-12.
  10. Archivos del Estado, S. 6707. este convenio fue firmado en el hotel mismo de la señora de Aiguillon, el pequeño Luxemburgo y, tres días después, las 14.000 libras donadas por ella eran transformadas en una renta anual de 1.400 libras sobre los coches de Rouen en virtud de una transacción hecha entre los destinatarios y Barthélemy Buttin, «secretario ordinario de la cámara del rey, propietario por compromiso de los coches y carrozas de Rouen y fundaciones que hacer en Normandía con los coches y carrozas de Flandre, Países Bajos;» transacción recibida y firmada ante los notarios del Châtelet, el 23 de setiembre siguiente. –De las 14.000 lib donadas por la duquesa de Aiguillon, 13.824 libras 14 céntimo fueron solas dedicadas a la compra de la renta de 1.400 libras , quedando el resto para viajes y otros gastos. Esta renta nunca fue pagada por entero a la Misión. En los años 1652, 1653 y 1654 no se recibieron más que 777 con 15 céntimos; disminución que proviene del don que había hecho el rey sobre los coches a la duquesa de Aiguillon, quien encontró sin duda un medio de compensación en su inagotable generosidad. En 1664, tan solo 1.000 libras fueron contables a la Misión que, en 1665, debió incluso ceder al granjero del plazo fracasado por causa de las pérdidas que había sufrido por la disminución del comercio y de los transportes, ocasionada por la guerra con Inglaterra y la peste de Londres.
  11. Expresión de forma, pero singular en la boca de un niño de ocho años.
  12. Archivos del Estado, S. 6707.
  13. Carta a Portail del 14 de febrero de 1647.
  14. Carta del 14 de febrero de 1647,
  15. Archives imperiales, S. 6707.
  16. Relation manuscrite d’un Missionnaire de Marseille;  archivos de la Misión..
  17. Véase este testamento del 29 de mayo de 1655, archivos del Estado, S. 6707.
  18. Archives de l`Etat, MM. 534, fol. 243 y 244.

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