Por los caminos de Dios y de los pobres. Itinerario espiritual de San Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana, Formación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Vinícius Augusto Ribeiro Teixeira, C.M. · Año publicación original: 2010 · Fuente: Anales, Septiembre-Octubre de 2010.
Tiempo de lectura estimado:

Las numerosas ramas que componen la Familia Vicenciana, hoy esparcida por los cinco continentes, recibieron una gracia que las congrega en torno de una misión específica en el corazón de la Iglesia y del mundo. En la persona de San Vicente de Paúl, cuyos 350 años de su muerte estamos celebrando, el Espíritu suscitó una nueva manera de seguir a Jesucristo, asumiendo su misión de evangelizar y servir a los pobres. Un modo específico de experimentar el amor de Dios y comunicarlo a los hermanos y hermanas. En las sendas abiertas por Vicente de Paúl, tenemos un bello y desafiador camino de santidad, capaz de conducirnos al sentido más profundo de nuestra vida y de nuestra libertad, a través de la gratuidad y de la entrega, integrando oración y acción. Veamos, entonces, quién es este hombre de Dios y de los pobres, tan identificado con la persona de Jesús y, por eso mismo, tan sensible y solidario con los dramas y las esperanzas de la humanidad. En este ensayo, intentaremos acompañar los pasos de la peregrinación histórica de San Vicente, a partir de su manera propia de leer e interpretar los  hechos de su vida, vislumbrando las principales indicaciones de su itinerario espiritual para nosotros, hoy.

I – Una vida que interpela y atrae

1.- Una infancia como las otras

Para la mayoría de sus biógrafos, Vicente de Paúl nació el día 24 de abril de 1581, en la pequeña localidad de Pouy, sur de Francia. Investigaciones más recientes, sin embargo, sólidamente fundadas en testimonios del propio Vicente, respecto de su edad, sitúan su nacimiento en el año de 1580 (cf. SV III, 488; X, 252.283; XI,364). Era el tercero de los seis hijos de un matrimonio de campesinos. En casa, todos trabajaban para ayudar en los gastos, cada uno de acuerdo con sus capacidades. Al pequeño Vicente, le cabía la tarea de guardar el rebaño. «Soy hijo de un pobre labrador, y he vivido en el campo hasta la edad de quince años» (SV IX, 81). La permanencia en el campo marcó profundamente su modo de ser y delineó su forma de percibir el mundo, enseñándolo a vivir honestamente, a valorar el trabajo, a no acomodarse a las facilidades y a confiar en Dios. El ambiente y las circunstancias a través de los cuales una persona entra en la historia, de cierto modo, determinan su personalidad. Vicente no será una excepción.

2.- Explorando talentos

Percibiendo la habilidad de Vicente para los estudios, Juan de Paúl comenzó a hacer planes para su futuro, entreviendo la posibilidad de una carrera rentable para el hijo. La familia dispuso de sus parcos recursos para financiar los estudios del joven en un colegio dirigido por los Franciscanos, en la ciudad vecina de Dax. Habiendo asumido como propias las ambiciones paternas, Vicente se destacaba por su aplicación intelectual. Su inteligencia llamó la atención de un abogado, conocido de su familia por ser también juez en Pouy, el señor De Comet, que lo invitó a vivir en su casa, con el fin de que fuera preceptor de sus dos hijos adolescentes. Con el fruto de su trabajo, Vicente podría costear su formación, quitando un pesado fardo de las espaldas de su familia. Incentivado por el señor De Comet, iniciaba su búsqueda de ascensión socio-económica, teniendo ahora en el horizonte la promisoria carrera eclesiástica. A pesar de sus ilusiones juveniles, Vicente se sentía verdaderamente atraído por el sacerdocio. Y, como no quería ser un padre superficial y mediocre, como tantos que vivían repartidos por la Francia de su tiempo, sabía valerse de sus pretensiones como estímulo para progresar en la búsqueda del saber. Paulatinamente, sus motivaciones irían conformándose al fin último de su vocación, aún encubierto por densas nubes. Parafraseando a Shakespeare, podríamos decir que, en el futuro, su «afección definitiva» ocuparía el lugar de su «primitivo deseo».

3.- Peregrinando en torno de sí mismo

En esta primera etapa da su vida, Vicente de Paúl está volcado en sí mismo, centrado en sus ambiciones y en los intereses de su familia. Para «hacer carrera» como sacerdote, inicia su formación académica, viviendo honestamente del fruto de su trabajo, una vez que nunca se mostró liviano en la búsqueda de sus objetivos. Frecuentando la Universidad de Toulouse, decide abrir una pensión para universitarios en la ciudad vecina donde vivía. De ahí, conseguía los recursos necesarios para su propia manutención, orientando a los jóvenes en sus estudios.

En el día 23 de septiembre de 1600, Vicente recibe la ordenación presbiteral. Después de muchos esfuerzos, llega donde quería, con la esperanza de llevar una vida cómoda y ayudar a su familia, especialmente a su pobre madre que se quedó viuda. En el año siguiente, es nombrado párroco de Tilh, muy cerca de su tierra natal. La oferta parecía corresponder muy bien a sus aspiraciones: oficio remunerado y proximidad en relación a sus parientes. Pero su primer beneficio será también su primera gran desilusión. Vicente nunca tomó posesión de esa parroquia. El Concilio de Trento (1545-1563) exigía que los párrocos residiesen en sus sedes. Él, sin embargo, aún estudiaba en Toulouse. Además, la Curia Romana había nombrado otro párroco. Vicente, reacio a discusiones y aún inexperto, no quiso entrar en desavenencia. Abandonó el intento. En el mismo año, emprende su primer viaje a Roma, donde se siente envuelto en una atmósfera de santidad (cf. SV I, 114). En 1604, concluye sus estudios, recibiendo, después de siete años, el galardón de licenciado en Teología. Estaba preparado para obtener un honesto beneficio, que garantizase su bienestar y el de su familia. Prosigue, entonces, en sus búsquedas. En ese período se sitúa también la controvertida historia del cautiverio, según la cual Vicente de Paúl habría sido capturado durante un viaje y vendido como esclavo. Todo eso fue relatado por él en dos cartas (SV I, 1-17), ambas dirigidas a un hermano del señor De Comet, su antiguo protector. En 1607, hace un segundo viaje a Roma, aún a la procura de beneficios, esta vez bajo la protección de un vicelegado del Papa, que conoció en Avignon. Permanece en la «Ciudad Eterna» hasta el año siguiente, pero nada consigue. En medio de los fracasos y desilusiones de su camino, poco a poco, despierta a la necesidad de oír la voz de Dios.

Hasta ese momento, los horizontes de Vicente aún son estrechos. Por eso, él tendrá que hojear el libro de la vida y las páginas de la existencia. Con el pasar del tiempo, redescubrirá su vocación como verdadero camino de santidad, no como carrera o como trampolín para «subir en la vida». En su interior, iba haciéndose cada vez más claro que el camino de la perfección evangélica se contraponía frontalmente al de la competición, del carrerismo y de la proyección personal. Pero, para llegar a esa consciencia, Vicente precisará pasar por crisis purificadoras, enfrentar decepciones y desengaños resultantes de sus elecciones, hacer necesarias rupturas e instaurar un nuevo proyecto de vida. En efecto, los caminos de la vida no son lineales. Hay momentos en que es preciso rehacer por completo el mismo recorrido, retrocediendo para avanzar con más vigor. Pasados los años, la madura percepción de Vicente con respecto de su vocación trasparecerá en el intento de disuadir a un joven sobrino que quería conquistar status por medio del sacerdocio: «En cuanto a mí, si hubiera sabido lo que era, cuando tuve la temeridad de entrar en este estado, como lo supe más tarde, hubiera preferido quedarme a labrar la tierra antes que comprometerme en un estado tan tremendo» (SV V, 568). Y, cuando se trataba de discernimiento vocacional, Vicente se mostraba bastante juicioso, como en esta carta dirigida a un abogado que pretendía las ordenes sagradas: «Este ejemplo [el de Nuestro Señor, sacerdote eterno], junto con la experiencia que tengo de los desórdenes que provienen de los sacerdotes que no procuran vivir según la santidad de su carácter, me obliga a advertir a los que me piden consejo para recibir el sacerdocio que no se comprometan a ello si no tienen una verdadera vocación de Dios, una intención pura de honrar a Nuestro Señor por la práctica de sus virtudes y las demás señales seguras de que su divina bondad les ha llamado a ello» (SV VII,463). Hasta el final de su longeva existencia, Vicente continuará profundizando y transmitiendo esa convicción: «Es lo que le digo con frecuencia a los que pretenden el sacerdocio y lo que he dicho más de cien veces predicando a los pueblos del campo» (SV VII,463). Desde dentro de anhelos frustrados, como en una densa niebla, sus horizontes parecían turbados. Disipada, sin embargo, la neblina, vencido el torbellino de las ilusiones y cesadas las lágrimas, la mirada de Vicente alcanzará distancias mayores y vislumbrará caminos antes imprevistos.

4.- Peregrinando al encuentro de Dios y de los Pobres

Después de recorrer caminos tortuosos y oscuros en la busca de una posición social que le fuese rentable, el joven Padre Vicente llega a París. Estamos en el año  1608. Comienza un tiempo de intensas búsquedas y de nuevos descubrimientos. Así escribe a su madre, hablando de sus desventuras: «La estancia que aún me queda en esta ciudad, para recuperar la ocasión de ascenso (que me han arrebatado mis desastres), me resulta penosa por impedirme marchar a devolverle los servicios que le debo; pero espero de la gracia de Dios que él bendecirá mis trabajos y me concederá pronto el medio de obtener un honesto retiro, para emplear el resto de mis días junto a usted» (SV I, 18). Las frustraciones y desafíos enfrentados provocarán una verdadera transformación en su vida, cambiando sus perspectivas, acrisolando su fe y ayudándolo a despertar a otra forma de ser y de actuar. Su nueva visión le permitirá decir, años después, escribiendo a uno de sus Padres: «Así pues, seamos firmes en esa querida confianza en Dios, que es la fuerza de los débiles y el ojo de los ciegos. Y aunque las cosas no vayan según nuestros deseos y nuestras intenciones, no dudemos de que la Providencia las conducirá adonde es preciso para nuestro bien» (SV III, 149).

En 1609, Vicente es injusta y públicamente acusado de robo por un coterráneo suyo, con el cual dividía el alquiler de una modesta casa en la periferia de Paris. La situación no podría ser más embarazosa, tanto en lo que dice respecto a su reputación personal como en lo que se refiere a la repercusión de la noticia en su círculo de amistades. Todo se aclara después y el difamador obtiene el perdón de Vicente. Una dolorosa experiencia que dejó marcas profundas en su vida. Acusado de robo, él hace la experiencia del pobre abandonado e incomprendido, que no tiene ninguna seguridad salvo Dios. Precisó despojarse de sus vanidades e ilusiones para enfrentar la situación conflictiva que lo envolvía. Su búsqueda de ascensión socio-económica, sin embargo, continuaba latente, ahora bajo diferentes aspectos y levemente conmocionada por sus experiencias más recientes. Mucho tiempo después, podrá expresar así su nueva perspectiva de fe: «¿Por qué tiene miedo del porvenir? ¿No se cuida Dios de alimentar a los pájaros, que ni siembran ni siegan? ¡Cuánto más habrá de mostrarse bondadoso con sus servidores!» (SV VII, 157).

El año 1610 hizo a Vicente avanzar en su lento proceso de maduración humana y espiritual. Gracias a la influencia de un amigo, se hizo uno de los capellanes de la Reina Margarita de Valois, siendo encargado de la distribución de limosnas a los pobres que diariamente venían a la puerta del palacio y asumiendo la asistencia al Hospital de la Caridad, dirigido por los Hermanos de San Juan de Dios. A los 30 años, Vicente comienza a conocer de cerca el mundo de los desheredados de la historia, siempre en contraste con la opulencia de los palacios parisienses. Su corazón se queda inquieto delante de la situación de completa indigencia de aquella multitud de abandonados. En el hospital, se choca con la dura realidad del sufrimiento y de la falta de cuidado. Lentamente, su corazón se  abrirá a la interpelante presencia de Cristo en los «más pequeños de sus hermanos» (Mt 25,40): «dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre» (SV XI, 32). Para dejarse interpelar por el Señor, el joven padre tendrá que, primero, abrir los ojos a la realidad, con el fin de ver los pobres en su situación concreta, disponiéndose a recubrirles el oprobio de la indigencia con el manto de la compasión.

Bajo la sabia orientación del Padre Pierre de Bérulle, el primero de sus grandes maestros espirituales, uno de los hombres más santos que ya conociera (cf. SV XI, 139), Vicente entra en contacto con las principales corrientes de espiritualidad de Francia. Le corresponderá al Padre Bérulle despertarlo de sus ilusiones, acompañándolo en el momento de crisis más decisivo de su vida. Su segundo director espiritual fue el Padre André Duval. A él, «que era un gran doctor de la Sorbona, grande sobre todo por la santidad de su vida» (SV XI, 154), Vicente confiaba las mayores inquietudes de su conciencia, manifestando profunda identificación con la postura de Duval, hombre sabio y simple, cuyo testimonio lo impresionaba sobremanera. Con la ayuda recibida de sus maestros, prosigue en su peregrinación a Dios, avanzando en su proceso de conversión, rescatando su propia verdad y reformulando sus esquemas mentales y prácticos.

Entre los años de 1611 y 1616, aproximadamente, Vicente atraviesa el desierto de una profunda crisis espiritual. Un teólogo formaba parte de la comitiva de capellanes de la reina y convivía con Vicente en el mismo palacio. Este amigo suyo le confió sus inquietudes y angustias, resultantes de una tentación contra la fe. Más tarde, él mismo cayó gravemente enfermo. Temiendo que las tentaciones contribuyesen aún más para el agravamiento de su estado de salud o que el teólogo viniese a fallecer prematuramente en aquellas condiciones de desolación espiritual, Vicente se puso a acompañarlo en el intento de superar el problema. Pasado algún tiempo, el teólogo vio disiparse las tinieblas de la duda de su espíritu y comenzó a ver bañadas en radiante claridad las verdades de la fe, muriendo, después, en medio a una consoladora paz. Comenzó, entonces, el tiempo de la prueba para Vicente de Paúl. La proximidad en relación al teólogo despertó en él una serie de dudas y un exacerbado conflicto existencial. Ocioso, envuelto en sus ilusiones y ansiedades, pasó a cuestionar su propia fe, sin, aún así, perder de vista lo esencial. Sentía desmoronarse el edificio espiritual que venía construyendo desde la infancia. Jamás, sin embargo, titubeó en la esperanza de que Dios transformara el desierto en tierra fértil. Para eso, intensificó su vida de oración y se integró en el servicio caritativo, visitando y consolando los enfermos en el hospital. La tentación duró de 3 a 4 años. Se libró de ella cuando, bajo el influjo del Espíritu Santo, tomó la firme resolución de consagrar toda su vida a Dios para el servicio de los pobres. Bajo el peso de la probación, su espíritu fue siendo cuidadosamente lapidado. Su vocación, entretanto, aún no había adquirido una forma determinada ni una actividad específica. Estaba en búsqueda. La peregrinación tenía que continuar… Había aprendido con sus maestros que «el gran secreto de la vida espiritual es poner en sus manos todo lo que amamos, abandonándonos a nosotros mismos para todo lo que él quiera, con una perfecta confianza en que todo irá mejor» (SV VIII,255). Seguirá, hasta el fin, profundizando y comunicando ese descubrimiento.

En 1612, nuevamente por influencia del Padre Bérulle, Vicente fue nombrado párroco de la pequeña aldea de Clichy, una parroquia geográficamente extensa, pero poco poblada: 600 habitantes, cuya gran mayoría era de campesinos pobres. El celo pastoral lo consumía y realizaba. Restauró la iglesia y, con solicitud aún mayor, se puso a servicio de sus parroquianos: predicaba con entusiasmo, visitaba los enfermos, escuchaba con atención, consolaba a los afligidos, socorría a los pobres, animaba a los tristes. Otra de sus iniciativas fue reunir un pequeño grupo de jóvenes (10 o 12) que aspiraban al sacerdocio. Uno de ellos, Antonio Portail, sería el más constante de sus colaboradores, pasando toda su vida al lado del Padre Vicente. Ambos morirían en el mismo año (1660). La noticia de la dedicación de Vicente llegó a las parroquias vecinas y estimuló a otros a emprender esfuerzos semejantes en el ejercicio de la caridad pastoral con los fieles. Cada día, Vicente era más estimado por sus parroquianos. Con todo, aún precisaba ampliar sus horizontes. Una vez más, Bérulle sería la mediación de la voluntad divina, invitando a Vicente, a finales de 1613, a dejar Clichy para trabajar en el palacio de una de las más ilustres familias de Francia: los Gondi. Con profundo pesar, el buen Padre Vicente se despide del pueblo a quien tanto aprendiera a amar. Conservará, por algún tiempo todavía, el título de párroco, volviendo ocasionalmente a la parroquia. En torno de esa época, comienza a delinearse el perfil espiritual y misionero de Vicente de Paúl, conjugando armoniosamente la intimidad con Dios y la dedicación a los más pobres. Su palabra se hacía cada vez más digna de credibilidad y su persona siempre muy apreciada por todos. Con razón, a la luz de su propia experiencia, podrá afirmar, escribiendo al Padre Portail, en 1635: «Hagamos lo que hagamos nunca creerán en nosotros, si no mostramos amor y compasión hacia los que queremos que crean en nosotros» (SV I, 295).

En el palacio de los Gondi, Vicente asume la función de preceptor de dos de los tres hijos del matrimonio, trabajo que le era familiar desde los tiempos de Dax. El oficio de capellán incluía el acompañamiento de la familia en sus desplazamientos a las aldeas y poblados que componían su vastísimo territorio. Poco a poco, Vicente encontrará su campo de actuación en esas localidades rurales, visitando a los pobres y a los enfermos, escuchándolos, catequizando, predicando, exhortando a la reconciliación con Dios y con los hermanos, pacificando conflictos e infundiendo esperanza. Así, Vicente iba conquistando la simpatía de los Gondi que pasarán a ver en él un hombre providencial. Margarita de Silly, la señora de Gondi, quiso tenerlo como su director espiritual. Orientándola para las obras de caridad y ayudándola a vivir unida a Dios, Vicente la incentivaba a salir de sí misma y a conquistar una gran libertad interior.

5.- Dos experiencias emblemáticas

El año 1617 marca decisivamente la vida de Vicente de Paúl. En enero, él se encuentra en el poblado de Gannes, cerca de Folleville, donde la familia de los Gondi tenía uno de sus castillos. Un enfermo, tenido como hombre honrado y virtuoso, solicita la presencia del padre junto a su lecho. Vicente oye la confesión de toda su vida. La consolación y la alegría fueron tan intensas que el hombre llega a declarar que, sin aquella confesión, habría permanecido con su conciencia intranquila, «en estado de condenación», como se decía en la época. La señora de Gondi, sorprendida con lo que oyó, interpela a su director: «¿Que podemos hacer?» Tal preocupación se apodera del Padre Vicente, sin dejarlo descansar. Se realiza en él la sugestiva comparación de Shakespeare: «La preocupación queda de centinela en los ojos de cada hombre, allí donde la preocupación encuentra guarida, el sueño jamás es conciliado». En el día de la conversión de San Pablo, 25 de enero, predica en la iglesia de Folleville, exhortando a la confesión general. «Fue el primer sermón de la Misión» (SV XI, 5), dirá, mucho más tarde, a los miembros de su Congregación. Sus palabras tocaron de tal manera el corazón de aquella comunidad que muchas personas corrieron a su encuentro para experimentar el don de la misericordia divina, a través del sacramento de la reconciliación. La confesión se constituía en una ocasión privilegiada de evangelización. En aquella época, la asistencia a la Misa hasta podría ser un acto meramente social, pero la confesión traducía una adhesión personal de fe. Por tanto, otra circunstancia obligaba a Vicente a asumir decididamente la asistencia espiritual de aquella pobre gente. Los sacerdotes estaban concentrados en las ciudades, como hasta hoy ocurre, y los que permanecían en los campos participaban de la misma ignorancia del pueblo, conforme lo que él mismo dijo a los Misioneros, en la conferencia de 25 de enero de 1655, haciéndose eco de un lamento de la señora de Gondi: «al confesarse un día la ci­tada señora con su párroco, se dio cuenta de que éste no le daba la absolución, murmuraba algo entre dientes, haciendo lo mismo otras veces que se confesó con él» (SV XI,170). En Folleville, Vicente de Paúl se encuentra con la realidad de un pueblo hambriento de Dios, espiritualmente abandonado por la Iglesia de su tiempo. Tal situación se hacía aún más lastimosa debido a la precariedad moral y pastoral del clero, que ignoraba lo más elemental para el ejercicio de su ministerio. La gran mayoría de los eclesiásticos de su tiempo prefería vincularse a la nobleza, sometiéndose a sus caprichos para gozar de privilegios, títulos, pompas y ventajas. Lo que antes parecía atraer su interés, le causa ahora repugnancia. Los rasgos de las ambiciones de otrora comienzan a sumergirse en la oscuridad de vagos recuerdos.

De la semiente lanzada por el Espíritu en el terreno fértil del corazón de Vicente, nacerá un prometedor brote: la Congregación de la Misión, con la finalidad de evangelizar los pobres de los campos, los más abandonados de la época. Hoy, para actualizar la genialidad misionera del santo fundador, precisamos preguntarnos dónde se encuentran los pobres más abandonados, aquellos que tienen su dignidad constantemente humillada, a los cuales nadie quiere ir. Después descubriremos que ya no se encuentran sólo en los campos, sobre todo si consideramos el éxodo rural, característico de los últimos tiempos, y el consecuente crecimiento de las metrópolis, con sus marginales escenarios de exclusión, abandono y violencia.

Por fidelidad a su conciencia, deseando una mayor aproximación al mundo de los pobres y con el apoyo del Padre Bérulle, Vicente decide dejar la casa de los Gondi. Siguiendo la orientación de su director espiritual, va a la parroquia de Châtillon-les-Dombes. La situación de la parroquia «requería mucho trabajo» (SV XIII, 45). Allí, se encontró con la situación de una casa, en la que todos se encontraban enfermos, sin que hubiese uno siquiera para cuidar de los demás. La situación de la familia era el retrato de una población entera hambrienta de pan, carente de lo indispensable para una supervivencia digna. Nuevamente, Vicente toma la decisión de hablar sobre el problema en una predicación, provocando a la comunidad y convocándola a colocarse al servicio de aquella familia. El anuncio de la Palabra, para ser profético, precisa tener en cuenta las alegrías y las esperanzas, los dolores y las angustias de la comunidad, con el fin de hacerla protagonista de los procesos de transformación de su propia historia. La profecía no resuena en el vacío de las generalidades. Sobre aquel episodio, declaró, más tarde, el Padre Vicente: «Esto me tocó sensiblemente el corazón; no dejé de decirlo en el sermón con gran sentimiento, y Dios, tocando el corazón de los que me escuchaban, hizo que se sintieran todos movidos de compasión por aquellos pobres afligidos» (SV IX, 243). Toda la comunidad se movilizó para socorrer a la familia. La casa se llenó de víveres. Vicente, percibiendo la gran generosidad que había en las personas, intuye la imperiosa necesidad de una caridad organizada, eficaz y duradera. Reunió, entonces, a algunas mujeres del lugar y constituyó la primera Cofradía de la Caridad, redactándole un reglamento, aprobado el 8 de diciembre del mismo año (cf. SV XIII, 437-438). Las Cofradías se difundieron rápidamente por las tierras de los Gondi, en los lugares por donde Vicente pasaba predicando misiones (Villepreux, Joigny, Montmirail, etc). En el futuro, también los Misioneros tendrán el cuidado de fundar, visitar y animar las Cofradías, con el propósito de que la caridad consolidase los frutos de la misión. Con el paso del tiempo, Vicente percibirá que no era suficiente encender el fuego, fundando Cofradías. Además de eso, era necesario avivar la llama, manteniendo el dinamismo en las mismas. Por eso, emprenderá significativos esfuerzos para animar y alentar a las Señoras, invitándolas a salir al encuentro de las necesidades concretas de los pobres, asumiendo formas creativas y eficaces de intervención en la realidad. En todas las épocas, es necesario que surja alguien capaz de despertar las conciencias adormecidas, movilizando lo que hay de mejor en el interior de las personas y despertándoles la sensibilidad delante de los dramas de la humanidad carente de Dios, de pan y de afecto.

En Folleville y Châtillon, Vicente descubre que no puede haber efectiva evangelización de los pobres si no hay empeño en la satisfacción de sus necesidades y en la superación de su situación de abandono y miseria. Así, la caridad debería concretar el contenido de la misión y el servicio debería hacer visible y palpable la Buena Noticia anunciada a los pobres. Además de eso, el Padre Vicente descubre el lugar central de los laicos, especialmente de las mujeres, en la evangelización y en la promoción humana. Su mirada, llena de compasión y ternura, como la de Cristo, se fijó definitivamente sobre los pobres y sus necesidades. Vicente ya no corre para ocupar los primeros lugares que le garantizarían una vida tranquila y confortable. Él corre ahora para quedarse cada vez más cerca de los últimos, allá donde ellos se encuentran. Como Pablo, por causa del Evangelio, se hace todo para todos, haciéndose débil con los débiles, con el fin de demostrar que el Reino les pertenece (cf.1Cor 9,22). He aquí cómo definirá el proyecto de vida de la Congregación de la Misión: «Por tanto, un gran motivo que tenemos es la grandeza de la cosa: dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Je­sucris­to, decirles que está cerca el reino de los cielos y que ese reino es para los pobres. ¡Qué grande es esto! Y el que hayamos sido llamados para ser compañeros y para participar en los planes del Hijo de Dios, es algo que supera nuestro en­tendimiento» (SV XII, 80).

6.- Profundizando la vocación y ampliando la misión

En diciembre de aquel mismo año de 1617, después de algunas resistencias, una vez más bajo la atenta mirada del Padre Bérulle, Vicente retorna al palacio de los Gondi, requerido por Margarita de Silly, atormentada por su ausencia. Dejó Châtillon-les-Dombes con gran tristeza. Tendría, sin embargo, que ampliar su campo de actuación apostólica. Promete permanecer junto a la Señora de Gondi hasta la muerte de la misma y, en contrapartida, establece algunas condiciones: quiere mayor libertad para disponer de su tiempo y de sus energías para la realización de su proyecto misionero, evangelizar los pobres en los campos, a través de las misiones, y establecer Cofradías de la Caridad en los mismos lugares. Entre 1618 y 1625, el Padre Vicente predica misiones en más de 30 localidades de las tierras de los Gondi, contando, ocasionalmente, con la ayuda de otros sacerdotes. Villepreux, Joigny, Montmirail, Folleville, Courbon, Montreuil son algunos de esos lugares por donde pasó el intrépido misionero. En cada uno de ellos, establece la Cofradía de la Caridad para dar continuidad al trabajo de promoción humana. Es notable la presencia constante de la Señora de Gondi junto al Padre Vicente, incentivando, animando y sustentando su acción misionera, visitando a los enfermos y a los pobres, pacificando discordias e interviniendo personalmente en situaciones difíciles. La orientación del Padre Vicente, a su vez, contribuía para que esa generosa mujer adquiriese mayor madurez humana y espiritual. Como el territorio de los Gondi comprendía varias diócesis francesas, el nombre de Vicente y su celo apostólico enseguida fueron conocidos en todos los lugares. Su acción se expandía como círculos concéntricos en torno de la progresiva conciencia de haber sido escogido por Dios para seguir a Jesucristo en su misión de evangelizar y servir a los pobres. Cuanto mayor era la proximidad en relación al Padre Vicente, más intensa era la irradiación de su testimonio. Muchos hombres y mujeres, laicos y clérigos, se sentían atraídos e interpelados por su ardor misionero. Cuando hablaba a los pobres, él no lo hacía como un teórico, sino como quien los conocía por el nombre, sabía de su situación y compartía sus dolores y anhelos más profundos. Prueba de eso es la recomendación que hizo a un hermano, encargado de llevar mantenimientos a una región devastada por la guerra: «Pues bien, para distinguirlos bien, habría que ver los pobres en sus casas, para conocer de cerca a los más necesitados y a los que no lo son tanto» (SV VI, 222). Nuevamente, Shakespeare viene en nuestro auxilio para traducir esa vivencia: «No se puede hablar de lo que no se siente». Entonces, Vicente sabía lo que estaba diciendo y de quién estaba hablando.

Después de las experiencias emblemáticas de Folleville y Châtillon, conducido por la mano de la Divina Providencia, Vicente de Paúl recorre su camino, en el intento de profundizar el significado y el alcance de su vocación misionera. Sus convicciones se cristalizan, alimentando sus esperanzas, movilizando sus fuerzas y proyectando, con lucidez y vigor, su futuro. Felipe Emmanuel de Gondi era también General de las Galeras. Las Galeras eran grandes embarcaciones que posibilitaban la exploración y el dominio de otros territorios. Uno de los más poderosos instrumentos de guerra de Francia del siglo XVII. En aquella época, había dos formas de condena por graves delitos: la pena de muerte y el trabajo forzado en esos navíos, en los que la muerte era lenta y precedida de atroces sufrimientos. Visitando a los condenados, Vicente da un paso significativo en su peregrinación por el mundo de los pobres. Va al encuentro de los más abandonados, de aquellos que no eran contados, a los que, de hecho, nadie quería ir. Cuarenta años más tarde, dirá a las Hijas de la Caridad, algunas de ellas empeñadas en las mismas lides: «Yo he visto a esas pobres gentes tratados como bestias; esto fue lo que hizo que Dios me llenara de compasión. Le dieron lástima y luego su bondad hizo dos cosas en su favor: primero, hizo que compraran una casa para ellos; segundo, quiso disponer las cosas de tal modo que fueran servidos por sus propias hijas, puesto que decir una Hija de la Caridad es decir una hija de Dios» (SV X,125).

La confrontación de su vida con las exigencias del Evangelio lo llevó a  radicalizar siempre más la opción que hiciera por los últimos. Además de las visitas regulares a aquellos pobres hombres, tratados de manera deshumana y expoliados de sus derechos fundamentales, Padre Vicente no dejaba de intervenir frente al General de las Galeras para aliviar el dolor de los que encontraba en las celdas insalubres y oscuras de las prisiones y en los lechos infectos de las enfermerías de Paris y Marsella. La compasión de Vicente no era estéril: se hacía prójimo, veía el rostro concreto que se escondía por detrás del sufrimiento, se compadecía de sus dolores, infundía esperanza, promovía la libertad, derramaba sobre todos el bálsamo de la misericordia. Era su manera de hacer efectivo el Evangelio: «Los mismos condenados a las galeras, con los que estuve algún tiempo, se ganan por ese medio. Cuando en alguna ocasión les hablé secamente, todo se perdió; por el contrario, cuando me compadecí de sus sufrimientos, cuando besé sus cadenas, cuando compartí sus dolores y mostré aflicción por sus desgracias, entonces fue cuando me escucharon, dieron gloria a Dios y se pusieron en estado de salvación» (SV IV,43). El señor de Gondi rápidamente se encargó de institucionalizar, perpetuar y ampliar la actuación del Padre Vicente, creando, en 1619, el cargo de Capellán General de las Galeras y confiándoselo a aquel hombre de indescriptible sensibilidad humana. Mientras peregrinaba por el mundo de los pobres, Vicente experimentaba, en lo más íntimo de su ser, una progresiva evolución espiritual. En este camino de santidad, entre rupturas y nuevas adhesiones, la Providencia lo conducía, sirviéndose de personas y acontecimientos. Sobre todo por medio de los pobres, el mismo Cristo lo alcanzaba (cf. Fl 3,12). Así, San Vicente nos muestra que todo itinerario espiritual debe ser recorrido con los pies descalzos, soportando el polvo y los percances de las accidentadas veredas que nos conducen a Dios, pero siempre con la  cabeza erguida, con lucidez, optimismo y esperanza, contemplando la amplitud infinita a la que somos llamados. Los inevitables desaciertos no pueden enfriar los más auténticos anhelos de plenitud.

Algunos encuentros marcan decisivamente la trayectoria del ser humano. El itinerario de San Vicente está caracterizado por encuentros, confrontaciones y desencuentros. Uno de los encuentros más sobresalientes fue con Francisco de Sales, obispo de Ginebra, que lo llevó a la confrontación consigo mismo y con las exigencias de su propia vocación. Ese encuentro ocurrió entre 1618 y 1619, dejando marcas indelebles en la vida del peregrino inquieto. Vicente ya había experimentado otro tipo de contacto con el obispo de Ginebra, a través de la lectura de sus obras: Introducción a la Vida Devota (1608) y Tratado del Amor de Dios (1616). Entre los dos, se creó una profunda sintonía espiritual y una sincera amistad. Vicente se impresionó con la bondad que fluía del corazón de Francisco de Sales, tal como declaró en el proceso de beatificación del obispo de Ginebra, en 1628: «Recordaré aquí que la suavidad de su bondad se desbordaba suavemente, como un ejemplo de devoción, sobre los que gozaban de su trato; yo mismo participé de esas delicias, pues me acuerdo de que, hace unos seis años, estando enfermo en la cama, repasaba en mi interior y daba vueltas a la idea de la bondad que Dios me había manifestado: «¡Dios mío, Dios mío! ¡Cuánta tiene que ser tu suavidad, si fue tan grande la de tu siervo Francisco de Sales!» (SV XIII, 67). Francisco de Sales, a su vez, confió al Padre Vicente la orientación de un monasterio de la Orden de las Hijas de Santa María (Visitandinas), que acababa de fundar. Vicente ocupará ese cargo durante 38 años, de 1622 hasta el fin de su vida, vinculándose también a la figura venerada de la cofundadora, Santa Juana Francisca de Chantal, por quien sentía verdadera afección filial (cf. SV II, 86).

Teniendo a la vista la profundización de su discernimiento, realizó ejercicios espirituales en Soissons, en el año de 1621. En ese retiro, iluminado por la mansedumbre del obispo de Ginebra y movido por el deseo sincero de escrutar los designios de la Providencia, pidió al Señor que suavizase su carácter, con el fin de que pudiese adquirir una nueva manera de ser, de obrar e de relacionarse con los otros. El camino de Vicente de Paúl se caracterizará por esa búsqueda constante de superación de sus propios límites. No era un superhombre. Tenía plena conciencia de su humana fragilidad y de todas las ambigüedades que ella suponía. Pero nunca lo vemos pasivamente acomodado a sus imperfecciones y debilidades. En ese sentido, luchaba para vencer la rigidez característica de su temperamento. Con el paso del tempo, se hizo un hombre afable en sus relaciones y un modelo de serenidad para todos aquellos que se aproximaban de él. Nos llama la atención su indescriptible capacidad de establecer vínculos duraderos de verdadera y tierna amistad, sin fijaciones posesivas y sin blindajes con prejuicios. Como su guía espiritual, cuya suavidad era un reflejo de la bondad del Creador (cf. SV XIII, 78), deseaba ser transparencia de la ternura de Dios para todos: «Me dirigía a Dios y le pedía con insistencia cambiar este humor mío seco y repelente y me concediera un espíritu dulce y benigno y, por la gracia de Nuestro Señor, mi atención en contener los impulsos de la naturaleza hizo desaparecer un poco de mi humor sombrío» (Abelly, III, 245). En efecto, la mansedumbre será una de las cinco virtudes que Vicente presentará como rasgos esenciales de la fisonomía de la Congregación de la Misión.

Otro legado espiritual de San Francisco de Sales, del que Vicente se apropió sobradamente, consiste en el reconocimiento de la santidad como don y compromiso de todos los cristianos, no sólo de los clérigos y religiosos. De hecho, estado de perfección es la propia vida cristiana, en la legítima diversidad de sus expresiones. Más de 300 años después, el Concilio Vaticano II (1962-1965) corroboró categóricamente tal intuición: «todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, que es una forma de santidad que promueve, aun en la sociedad terrena, un nivel de vida más humano» (LG 40). La doctrina salesiana era un estímulo para Vicente, comprometido en la tarea de encontrar laicas y laicos dispuestos a asumir la acción caritativa, acariciando ya el proyecto de reunir sacerdotes para la evangelización de los pobres. Por eso, a todos recomendaba con insistencia la lectura de las obras del obispo de Ginebra.

Vicente continúa predicando misiones en las tierras de la familia de Gondi. Margarita de Silly, en 1620, le pide que se encargue de la orientación de tres herejes que vivían en el territorio de la parroquia de Montmirail, con el fin de que emprendiesen el camino de la conversión y volviesen a la comunión eclesial. Cierta vez, uno de esos hombres, el más reticente de todos, presentó la siguiente objeción: «Según usted – le dijo -, la Iglesia de Roma está dirigida por el Espíritu Santo; pero yo no lo puedo creer, puesto que, por una parte, se ve a los católicos del campo abandonados en manos de unos pastores viciosos e ignorantes, que no conocen sus obligaciones y que no saben siquiera lo que es la religión cristiana; y, por otra parte, se ven las ciudades llenas de sacerdotes y de frailes que no hacen absolutamente nada; puede que en sólo París haya hasta 10.000, mientras que esas pobres gentes del campo se encuentran en una ignorancia espantosa, por la que se pierden. ¿Y quiere usted convencerme de que esto está bajo la dirección del Espíritu Santo? No puedo creerlo». Aquella provocación despertó en el Padre Vicente un celo aún mayor por el anuncio de la Buena Nueva a los pobres. En 1621, un año después de la misión de Montmirail, pasa por algunas ciudades vecinas y cuál no es su sorpresa cuando, en una de ellas, se encuentra con aquel hombre. El hereje de otrora guardaba límpido el recuerdo del buen Padre Vicente. Vino, entonces, para escucharlo y se quedó impresionado con la humildad de aquel sacerdote tan dedicado, con la simplicidad del método adoptado, con su capacidad de adaptación a las circunstancias del lugar. Se dirigió al Padre Vicente para hablar de su deseo de volver al seno de la Iglesia: «Ahora he visto que el Espíritu Santo guía a la Iglesia romana, ya que se preocupa de la instrucción y salvación de estos pobres aldeanos. Estoy dispuesto a entrar en ella cuando usted quiera recibirme». Después de algunas otras vacilaciones y de un acompañamiento más constante, el hereje se adhirió a la fe delante de la comunidad reunida, atraído por la autenticidad del testimonio de Vicente de Paúl. Más tarde, haciéndose eco del acontecimiento, declaró el Padre Vicente a sus Misioneros: «¡Qué dicha para nosotros los misioneros poder demostrar que el Espíritu Santo guía a su Iglesia trabajando como trabajamos por la instrucción y la santificación de los pobres!» (SV XI, 37). La medida de nuestra abertura al don del Espíritu puede ser verificada en la constancia de nuestro compromiso con los pobres. Vicente vio en el servicio a los últimos una señal inconfundible de que el Espíritu Santo guía la Iglesia. Distanciarse de ellos correspondería, por tanto, a cerrarse a la acción transformadora del Espíritu. La límpida coherencia del procedimiento de Vicente nos remite a lo que dijo Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi: «Para la Iglesia, el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana, entregada a Dios en una comunión que nada debe interrumpir y a la vez consagrada igualmente al prójimo con un celo sin límites. El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio» (n.41). En todos los tiempos y lugares, las personas no están procurando alguien que les enseñe infaliblemente todas las verdades; quieren encontrar sólo alguien que les escuche y comprenda, justamente cuando ya no consiguen entender o soportarse a sí mismas.

7.- Gestación y Consolidación de sus Obras

Vicente experimenta a Dios en acontecimientos relevantes de su vida, saboreando su gracia que conforta, su fuerza que revitaliza, su presencia que encanta y su misterio que fascina.De esa experiencia derivan convicciones que van cristalizándose con el pasar del tiempo. Vicente no retiene para sí mismo el don que le es comunicado. Lo comparte a través de sus fundaciones. Ya vimos lo determinantes que fueron los episodios de Folleville y Châtillon y cómo nació la Cofradía de la Caridad, en 1617. Ocho años después, en 1625, nace oficialmente la Congregación de la Misión. Para eso, la Providencia se sirvió de dos mediaciones humanas: Margarita de Silly, la señora de Gondi, a quien se atribuye la iniciativa de formar una comunidad de sacerdotes para sustentar y ampliar la actividad apostólica de Vicente de Paúl entre los pobres de los campos; y el Padre AndréDuval, que orientó, con prudencia y sabiduría, el discernimiento de Vicente, haciendo que él captase las llamadas que Dios le hacía por medio de su propia conciencia, de los acontecimientos y de las personas. Seducido por el Dios de los pobres, por los pobres de Dios, interpelado por la propuesta que la señora de Gondi le hiciera y conducido por el Padre Duval, Vicente resolvió aceptar el desafío. Lentamente, procuró llevarlo a buen término, ya que no quería «adelantarse a la Providencia». Más tarde revelará el secreto de su prudencia, escribiendo a un cohermano: «Siento una devoción especial en ir siguiendo paso a paso la adorable providencia de Dios» (SV II, 208). El día 17 de abril,firma el contrato de fundación con los Gondi, asumiendo el compromiso de dedicarse enteramente a la salvación de los pobres de los campos, con la ayuda de otros sacerdotes que deberían formar con él una comunidad misionera. La familia de Gondi, a su vez, asumiría la tarea de mantener financieramente el trabajo del Padre Vicente y de aquellos que él tendría que reunir en torno de la misión de evangelizar a los pobres. La finalidad de la Comunidad estaba muy clara desde el inicio: «Ellos se dedicarán entera y exclusivamente a la salvación del pobre pueblo, yendo, a expensas de su bolsa común, de aldea en aldea, para predicar, instruir, exhortar y catequizar a todos, llevándolos a hacer una buena confesión general de toda la vida pasada» (SV XIII,197). A los 45 años, Vicente de Paúl, seguro de la voluntad de Dios con respecto a él, se sentía preparado para asumir los desafíos y tareas que lo esperaban en el mundo de los pobres. Es el tiempo de la madurez creadora.

Un acontecimiento inesperado:dos meses después de la firma del contrato, el 23 de junio de 1625, fallece Margarita de Silly, a los 42 años de edad. El Padre Vicente procurará mantener viva su memoria, refiriéndose a ella como «nuestra fundadora» (SV III, 399). Llegaba al fin la misión de Vicente junto a los Gondi. Se trasladó, entonces, con su incipiente Comunidad, al Colegio de Bons-Enfants, oferta del arzobispo de Paris, Juan Francisco de Gondi, hermano del General de las Galeras. El 24 de abril de 1626, la Congregación de la Misión recibe la aprobación del referido arzobispo. El día 4 de septiembre, Vicente de Paúl, Antonio Portail, Francisco Du Coudray y Juan de la Salle firman el Acta de Asociación. Y, el día 12 de enero de 1633, la Congregación recibe la aprobación pontificia, por medio de la bula «Salvatoris Nostri», del Papa Urbano VIII. El empeño en «revestirse del espíritu de Cristo», conforme a recomendación paulina (Rm 13,14), será siempre el eje dinamizador de la vocación y misión de la Compañía: «Así, pues, dice la Regla, para hacer esto, lo mismo que para tender a la perfección, tenemos que revestirnos del espíritu de Jesucristo. ¡Cuán importante negocio es este de revestirnos del espíritu de Jesucristo! Eso quiere decir que, para perfeccionarnos y para atender útilmente el pueblo, tenemos que esforzarnos para imitar la perfección de Jesucristo y procurar llegar a ella. Esto significa también que no podemos nada por nosotros mismos. Tenemos que llenarnos y dejarnos animar por este espíritu de Jesucristo» (SV XII,107-108).

Ocho años después de la fundación oficial de la Misión, nace la Compañía de las Hijas de la Caridad. Nuevamente, la Providencia se sirvió de mujeres para revelar sus designios a Vicente de Paúl. La primera de ellas fue Luisa de Marillac.Alrededorde 1624, el Padre Vicente asume la dirección espiritual de esa viuda inquieta y de grandes cualidades, que han de ser explotadas. Entre ambos habrá siempre una permuta de dones: Vicente procurará potenciar las virtudes y los talentos de Luisa, dirigiendo su dinamismo y su creatividad para el servicio de los pobres. Luisa, a su vez, será la más indispensable de las colaboradoras de Vicente de Paúl en las tareas de la caridad, ayudándolo, con su notable sensibilidad, a descubrir caminos y a emprender nuevos proyectos. El segundo instrumento de la Providencia fue Margarita Naseau. En 1630, Vicente encuentra a esa joven campesina, llena del más vivo deseo de dedicar toda su vida al servicio de los pobres. En el testimonio de Margarita, el Padre Vicente vislumbrará la más nítida inspiración para la fundación de la Compañía. Hubo, además, otra señal: la percepción de que las Cofradías de la Caridad, iniciadas en Châtillon y, desde 1629, implantadas en Paris, comenzaban a presentar grandes lagunas en la atención a los pobres. Después del entusiasmo inicial, las Señoras de la capital comenzaron a considerar demasiado extenuante el servicio prestado. Pasaron a confiar sus tareas a sus empleadas que, a su vez, realizaban el trabajo con impresionante celo, habilidad y dedicación. Haciendo lo posible para reestructurar las Caridades, Vicente ensanchó sus horizontes: empezó a pensar en un grupo de jóvenes que se consagrasen enteramente a Dios para el servicio desinteresado y humilde a los más abandonados. Como siempre, permaneció a la espera de las señales de la Providencia. Después de Margarita Naseau, vinieron otras jóvenes atraídas por su ejemplo. Cuando llegaban a Paris, eran confiadas a Luisa de Marillac, que les ofrecía sólida formación humana, espiritual y apostólica. Poco a poco, iba constituyéndose una comunidad de mujeres consagradas a Dios para el servicio de los pobres, estimuladas por la caridad de Jesucristo (cf. 2Cor 5,14). Debidamente preparadas, colaboraban con las Señoras de la Caridad en las parroquias. Estaban, inicialmente, vinculadas a las Cofradías, por no tener aún autonomía jurídica. Mientras tanto, Luisa de Marillac se encargaba de seleccionar y orientar a las jóvenes que irían a constituir la Compañía. El 29 de noviembre de 1633, un pequeño grupo se instaló en la casa de Luisa para dar inicio a la Comunidad que tendría como eje fundamental: Darse a Dios para el servicio de los pobres. «El fin principal para el cual Dios llamó y reunió a las Hijas de la Caridad es honrar y venerar Nuestro Señor Jesucristo como manantial y modelo de toda caridad, sirviéndolo corporal y espiritualmente en la persona de los pobres» (RC I, 1). La originalidad de la intuición fundacional reside, sobre todo, en la ruptura con un modelo de vida religiosa agotado y contraproducente, contaminado de formalismos estériles que cercenaban el dinamismo apostólico, aislando a las religiosas en la austeridad de los claustros. En la vanguardia de una nueva auto-comprensión de la vida consagrada, el fundador no dudó en delinear el perfil de la Compañía, señalando la Caridad como eje definidor de su identidad: «Tendrán, ordinariamente, como monasterio las casas de los enfermos; por celdas, cuartos de alquiler; por capillas, las parroquias; por claustros, las calles de la ciudad o las salas de los hospitales; por clausura, la obediencia; por rejas, el temor de Dios; y por velo, la santa modestia» (RC I,2). Margarita Naseau falleció algunos meses antes de la fundación de la Compañía, el día 24 de febrero de 1633, víctima de su compasión heroica, por haber compartido su lecho con una pobre mujer afectada por la peste. Con razón fue llamada por San Vicente: «la primera Hija de la Caridad» (SV IX,77). Lo que fueron la confesión de Gannes y el sermón de Folleville para la Congregación de la Misión fueron el testimonio de Margarita Naseau y la experiencia de Châtillon para las Hijas de la Caridad. Para Vicente de Paúl, todo acontecimiento es lugar de la manifestación  de Dios: «No podemos conocer mejor la voluntad de Dios en todos los acontecimientos que cuando ocurren sin nuestra intervención o de una forma distinta de como lo pedíamos» (SV V, 453). Penetrar el inagotable misterio divino que se va desvelando en la historia será siempre la ventura y la aventura de la existencia humana.

Vicente estaba convencido de que, en el origen de cada una de sus Comunidades, estaba la moción del Espíritu. Nunca atribuyó a sí mismo la iniciativa de ninguna de ellas (cf. SV IX, 232). Él contemplaba sus fundaciones como obras del amor de Dios por los más pobres y recomendaba a los Misioneros y a las Hermanas una correspondencia libre y generosa a la iniciativa del Señor «que ama a los pobres y a aquellos que los sirven» (SV XI, 392). Cierta vez, como en tantas otras ocasiones, aseguró a las Hijas de la Caridad: «Puede decirse que, en verdad, fue Dios quien hizo su Compañía» (SV IX, 202). Quería ofrecer a la Iglesia hombres y mujeres profundamente enraizadas en Dios y llenas del más vivo amor por los pobres. Su perspectiva vocacional trasparece en la bella oración que brotó de su corazón en un coloquio con los Padres y Hermanos de la Misión: «Señor, envía buenos operarios a tu Iglesia, pero que sean buenos de verdad; envía buenos misioneros, tal como deben ser, para trabajar bien en tu viña; personas, ¡oh Dios mío!, que sean desprendidas de sí mismas, de sus propias comodidades y de los bienes de la tierra, que sean buenos de verdad, aunque sean en menos número. Señor, concede esta gracia a tu Iglesia» (SV XI, 357).

8.- Formador del Clero

El Concilio de Trento se propuso redefinir la vida y la misión de la Iglesia frente a los desafíos de la modernidad en emergencia. En ese período, despuntaron varios reformadores, hombres compenetrados de profunda sensibilidad eclesial, que intuyeron la urgente necesidad de formar adecuadamente al clero, de acuerdo con el espíritu del Concilio, ofreciendo a la Iglesia pastores de considerable envergadura espiritual y apostólica. Entre ellos, merecen ser destacados: P. de Bérulle, A. Bourdoise, J.J. Olier, J. Eudes y Vicente de Paúl, todos fundadores de comunidades dedicadas a la formación de buenos sacerdotes. Para Vicente, se trataba de una tarea indispensable para que la evangelización adquiriese su eficacia y produjese frutos de vida y santidad entre los pobres. En el sentir de San Vicente, la evangelización de los pobres sólo sería verdaderamente eficaz y duradera si hubiese buenos pastores que, permaneciendo al lado del pueblo, diesen continuidad al trabajo iniciado por los Misioneros. Por causa de los pobres, su primer amor, asume el gigantesco desafío de la formación de sacerdotes celosos, santos y sabios: «Ahora bien, trabajar por la salvación de la pobre gente del campo, eso es lo capital de nuestra vocación, y todo el resto no es sino accesorio; pues jamás hubiésemos trabajado con los ordenandos, en los seminarios de los eclesiásticos, si no hubiésemos juzgado que era necesario para sostener al pueblo y conservar el fruto que dan las misiones cuando hay buenos eclesiásticos» (SV XI,133).

Un acontecimiento más le sirve de señal indicativa de la voluntad de Dios: en 1628, se encuentra con el obispo de Beauvais, que llama su atención sobre la necesidad de preparar convenientemente a los que se presentaban para abrazar el ministerio ordenado. La primera experiencia fue un retiro para los que serian ordenados, experiencia que luego se irradió por otras diócesis da Francia. En 1631, el arzobispo de Paris confía a Vicente de Paúl la preparación de sus candidatos a las órdenes. Nacen, entonces, los Ejercicios para los Ordenandos, primera gran iniciativa de Vicente en favor de la reforma del clero. En Paris, los Ejercicios duraban 11 días y contaban con la participación de 70 a 90 clérigos. Ese fue el primer paso de un titánico empeño, cuyo punto de partida no era otro sino el continuo redescubrimiento de la excelencia de la vocación sacerdotal y de sus exigencias intrínsecas, como, por ejemplo, una preparación consistente, juiciosa e integradora. En todos los lugares donde la Congregación se establecía, los Misioneros eran encargados del acompañamiento espiritual de los ordenandos. En los años posteriores, los Ejercicios habrían de convertirse en un largo y cuidadoso proceso de formación. Perdurarán hasta 1643, cuando se da la estructuración de los primeros seminarios diocesanos.

La segunda gran iniciativa de Vicente, en el ámbito de la formación del clero, fueron las Conferencias de los Martes (1633), destinadas asacerdotes que habían participado de los Ejercicios y sentían la necesidad de profundizar en la formación recibida, reflexionando sobre la naturaleza del ministerio y sus implicaciones morales, espirituales y apostólicas. En San Lázaro, gran priorato que los Misioneros recibieron en 1632,  como donación de una comunidad de canónigos en vías de extinción, los sacerdotes rezaban, compartían convicciones y oían las instrucciones del Padre Vicente. Obispos y figuras eminentes del clero francés tomaban parte en esos encuentros. A la profundización espiritual, se unía la formación apostólica: los participantes de las Conferencias deberían asumir algún servicio en favor de los pobres, desde la asistencia espiritual al Hospital General de Paris hasta las visitas a los encarcelados y a sus familias. También deberían ocuparse de las misiones en las ciudades, preparándose para los desafíos pastorales de sus propias diócesis, como conviene al ministerio que abrazaron, mientras los Padres de la Misión cuidaban de los campos. Varios grupos fueron fundados en diferentes localidades de Paris, así como en otras diócesis de Francia, con el propósito de promover entre los presbíteros una continua profundización en su vocación y misión de hombres de Dios y humildes servidores de su pueblo.

Además de las dos iniciativas que acabamos de citar, Vicente apoyó la creación de los seminarios, manteniendo, sin embargo, algunas restricciones con respecto de la admisión de candidatos adolescentes. Siempre ponderado y juicioso, prefería acoger a jóvenes que se mostrasen maduros en la decisión de caminar por ese camino: «Hay que respetar las órdenes del concilio como venidas del Espíritu Santo. Sin embargo, la experiencia hace ver que la forma como se lleva a cabo respecto a la edad de los seminaristas no da buenos resultados ni en Italia ni en Francia, ya que unos se retiran antes de tiempo, otros no tienen inclinación al estado eclesiástico, otros se van a las comunidades y otros huyen de los lugares con los que están ligados por obligación por haber sido educados allí y se ponen a buscar fortuna por otro lado» (SV II, 459). A partir de 1642, Vicente comienza a acoger seminaristas entre 20 y 25 años. En las diócesis, varios seminarios fueron fundados, gracias a su influencia, cada vez más apreciada y requerida. Proseguía, así, bajo la clarividente orientación del Padre Vicente de Paúl y de otros reformadores, un significativo esfuerzo de auténtica formación presbiteral en la Francia del siglo XVII. En la misma estela, muchas comunidades comenzaron a interesarse por la reforma del clero, a partir de los seminarios (Sulpicianos, Eudistas, etc). Con razón, dirá el fundador a los primeros cohermanos: «Tenemos el consuelo de ver que nuestras pequeñas ocupaciones han servido de emulación a muchos buenos obreros que se ponen a trabajar, no sólo en lo referente a las misiones, sino también en cuanto a los seminarios, que se multiplican mucho en Francia. Incluso se celebran los ejercicios para los ordenandos en varias diócesis. Pidámosle a Dios que santifique a su iglesia cada vez más» (SV VIII, 310). La fecundidad del empeño de Vicente de Paúl en la formación del clero se irradió a lo largo de la historia, a través del trabajo realizado por sus Padres y Hermanos en muchos países. Hoy, en tiempos de acentuada y oportuna preocupación con una adecuada formación presbiteral, a contramano de un clericalismo desprovisto de contenido, autenticidad y sentido crítico, revelador de un gran vacío existencial, acariciamos la esperanza de ver florecer en nuestra Iglesia pastores constantes en la oración, valientes en la profecía, generosos en el servicio, despojados en la entrega y celosos en la construcción del Reino; pastores que concretan el amor incondicional al Señor en el cuidado de los pequeños y los pobres.

9.- Ampliando el radio de su actuación

Vicente dedicaba sus mejores energías al desarrollo de las Comunidades que fundó. Ambas prolongaban y ampliaban su inmensa actividad misionera y caritativa. En 1638, orienta las Hijas de la Caridad a asumir la obra de los niños abandonados, en colaboración con las Cofradías y con el apoyo de los Misioneros. En ese período, comienzan a llegar a San Lázaro desoladoras noticias de provincias devastadas por las guerras y por las pestes, donde la miseria alcanzaba proporciones inimaginables. Empiezan, entonces, los socorros a esas provincias (Lorena, Picardía, Champaña), a las que el fundador envía Misioneros y Hermanas. Además, denuncia la situación a las autoridades civiles y eclesiásticas y se esfuerza por obtener apoyo financiero de instituciones y particulares, presentando cuentas, puntualmente, de todas sus actividades. Insiste tenazmente en la necesidad de unir la asistencia espiritual a la corporal, dando precedencia a una o a otra, conforme las circunstancias. Durante la guerra civil de la Fronda (1648-1553), Vicente tiene ocasión de manifestar el mismo celo caritativo, esta vez oficialmente comisionado por las autoridades para la asistencia a las víctimas. Una vez más, se deja interpelar por las necesidades urgentes de los pobres, en las que escruta la llamada de la Providencia. La actividad del Padre Vicente adquiere carácter nacional y nadie le extraña verlo en la cabecera del rey Luís XIII en el momento de su fallecimiento, el 14 de mayo de 1643. Después de la muerte del rey, la reina Ana de Austria forma el Consejo de Conciencia e incluye al Padre Vicente en su cuadro. Con ese nombramiento, su actividad adquiere una dimensión y un ritmo nunca antes vistos. Pero la importancia que le daban nunca oscureció su verdad. Siempre comprometido con la defensa de los pobres, no acepta la connivencia con los desmanes de la corrupción. Por eso, se atrae adhesiones y hostilidades. De 1643 a 1653, Vicente interviene en la distribución de beneficios, en la superación de conflictos y en la denuncia de intrigas políticas, cuyos perjuicios recaían sobre los pobres. Para eso, precisaba conciliar determinación y firmeza con sensibilidad y ternura. Dando continuidad a su trabajo en la formación del clero, velaba por la elección de hombres íntegros para el episcopado. Permanece siempre en la línea de su proyecto misionero: los pobres y el clero. Vicente de Paúl fue profeta dentro y fuera de los límites de la Iglesia, denunciando toda forma de injusticia y exploración que mantenía a gran número de personas en la indigencia y en la ignorancia, anunciando la radical solidaridad de Dios con sus dramas y esperanzas, rompiendo con el conformismo y promoviendo acciones transformadoras en vista del cambio de las estructuras generadoras de pobreza. La caridad experimentada y asumida como regla suprema y tarea inaplazable traspasaba todas las horas de su día, todos los días de su vida, constituyéndose como senda luminosa que lo conducía a los pobres, a sí mismo y a Dios.

La mirada del Padre Vicente llegaba cada vez más lejos. Después de enviar las Hermanas a las provincias devastadas, amplía aún más la acción de sus Misioneros. A partir de 1645, los manda al norte de África, donde muchos cristianos eran esclavizados. Poco después, en 1648, envía otros cohermanos a Madagascar. Dos años antes, a petición del Papa, los Misioneros habían partido a Irlanda, para ayudar a los católicos perseguidos. En 1651, llegan a Escocia y a Polonia. Muchos murieron en sus puestos de misión o incluso en el transcurso del viaje, mientras navegaban por los mares. San Vicente se conmueve con la muerte prematura de sus hermanos y rápidamente los substituye. Los pobres merecen lo mejor de nuestra pobreza y no pueden esperar. Para esos trabajos exigentes y desafiadores, el fundador destina a Misioneros virtuosos, inteligentes y desprendidos, pero no deja de alertar que todos en la Compañía deberían sentir como dirigida a sí la llamada de los pobres de los países distantes. Para él, todos deberían vivir en permanente tensión misionera, cultivando una constante disponibilidad en relación a las necesidades de la Iglesia, de donde quiera que vengan. Quería ser el primero en dar testimonio de eso: «Yo mismo, viejo y enfermo como estoy, no debo dejar de tener esa disposición en mí mismo para ir incluso a las Indias, con el propósito de ganar allí almas para Dios, aunque que tuviese que morir en el camino o en el barco» (SV III, 285). También el martirio, entendido como máxima conformidad con la vida y la misión de Jesús, debería permanecer siempre en el horizonte: «¡Quiera Dios, mis queridísimos Padres y Hermanos, que todos los que vengan a entrar en la Compañía acudan con el pensamiento del martirio, con el deseo de sufrir en ella el martirio y de consagrarse por entero al servicio de Dios, tanto en los países lejanos como aquí, en cualquier lugar donde Él quiera servirse de esta pobre y Pequeña Compañía! Sí, con el pensamiento del martirio. Deberíamos pedirle muchas veces a Dios esta gracia y esta disposición, de estar dispuestos a exponer nuestras vidas por su gloria y por la salvación del prójimo, todos los que aquí estamos, los hermanos, los estudiantes, los sacerdotes, en una palabra toda la Compañía» (SV XI,371). Su deseo era ver florecer Misioneros diáfanos, íntegros, desprendidos, impregnados del vigor y de la dulzura del espíritu de Cristo.

En Vicente, todos veían un trabajador incansable. Abrasado por la caridad, se consumía enteramente por los otros y jamás perdía el tiempo con lo que no fuese verdaderamente útil. Su realización humana estaba íntimamente asociada al cumplimento de la misión que le fuera confiada como participación en la Misión de Cristo. Su vida se desarrolla como un verdadero itinerario de humanización, en el que lo que importa es no dejar enfriar el ánimo en la búsqueda permanente de la santidad. Para él, terminó valiendo más el riesgo fascinante de las utopías peregrinas que la comodidad de las seguridades estáticas: «La perfección consiste en la perseverancia invariable por adquirir las virtudes y progresar en ellas, ya que en el camino de Dios el no avanzar es retroceder, pues el hombre no puede nunca permanecer en el mismo estado» (SV II, 129). Así, Vicente descubrió que Dios nos habla en los transcursos de nuestras búsquedas sinceras, en los trámites de nuestra historia personal y comunitaria, en los surcos de las experiencias que nos hacen más humanos.

10.- Rumbo a la Misión del Cielo

El año de 1660 marcaría profundamente a la Familia Vicentina. El día 14 de febrero fallece el Padre Antonio Portail, operario de la primera hora en la viña de la Misión. Un mes después, el 15 de marzo, Luisa de Marillac entra en la Patria Celeste. En el amanecer del día 27 de septiembre, sentado en su silla, cerca de la chimenea, Vicente de Paúl oye la llamada definitiva de Aquel a quien ha consagrado toda su vida: «Muy bien, siervo bueno y fiel! Ven a alegrarte con tu Señor» (Mt 25,21). Llegaba a su destino último una vida tejida por el hilo del amor compasivo y operativo, al que todo ser humano aspira, amor que se concreta en el don total de sí mismo y que se esparce por la eternidad, volviendo a su fuente: el corazón de Dios, cuya fidelidad transciende los límites de la historia. Y, en aquel día, los pobres se alegrarán en el Cielo, recibiendo con los brazos abiertos a quien tanto les sirvió. Se hizo, entonces, realidad lo que Vicente apenas intuyera, muchos años antes, escribiendo a uno de sus amigos: «No podemos asegurar mejor nuestra felicidad eterna que viviendo y muriendo en el servicio de los pobres, en los brazos de la Providencia y en una renuncia actual a nosotros mismos, para seguir a Jesucristo» (SV III, 392).

En la celebración de los 350 años de la muerte de San Vicente de Paúl, dejemos resonar en nuestros corazones las palabras dirigidas por el Papa Juan Pablo II a los miembros de la Congregación de la Misión en 1986: «Asimismo dirigimos nuestros espíritus y nuestros corazones hacia San Vicente de Paúl, hombre de acción y oración, de organización e imaginación, de mando y humildad, hombre de ayer y de hoy. ¡Que este vecino de Las Landas, convertido por la gracia de Dios en un genio de la caridad, nos ayude a poner nuestras manos en el arado sin mirar jamás hacia atrás, de cara al único trabajo que cuenta: ¡El anuncio de la Buena Nueva a los pobres!». Entonces, aprenderemos a ensanchar las fronteras de nuestro corazón para que en él encuentren cobijo el amor sin cobro, la entrega sin cálculos, la bondad ilimitada, la veracidad humilde, la constancia de la delicadeza, la amistad desinteresada, y el regocijo de la gratuidad.

II – Una espiritualidad que entusiasma y desinstala

En íntima unión con Jesucristo, Verbo encarnado en la pobreza de nuestra humanidad, revestido de su espíritu e impregnado de sus sentimientos, Vicente de Paúl procurará recorrer el camino de la santidad en la búsqueda incansable de la voluntad de Dios, en el esfuerzo cotidiano de superación de sus propios límites y en el don total de sí mismo a los más pequeños de los hermanos de Jesús. Ser santo, para él, consiste fundamentalmente en «hacer la voluntad de Dios en todas las cosas», como escribió, en una ocasión, a Luisa de Marillac (SV II, 36). Y a quien pretendiese eximirse de la libre correspondencia de esa gracia comprometedora, repetiría el Padre Vicente: «Si queremos, podremos hacer siempre la voluntad del Padre. ¡Oh! ¡Qué felicidad hacer siempre y en todas las cosas la voluntad de Dios! ¿No es hacer lo que vino a hacer en la tierra el Hijo de Dios? (…). El Hijo de Dios vino a evangelizar los pobres. ¿Nosotros, Padres, no somos enviados para hacer la misma cosa? Sí, los Misioneros son enviados para evangelizar los pobres. ¡Oh! ¡Qué felicidad! Hacer en la tierra lo mismo que hizo Nuestro Señor» (SV XI, 315).

El núcleo de la experiencia espiritual de Vicente de Paúl reside, por tanto, en el seguimiento de Jesucristo, enviado para evangelizar y servir a los pobres (cf. Lc 4,18), asemejándose a él en su fidelidad incondicional al Padre para continuar su misión en medio a los desafíos de la historia. La espiritualidad vicentina es como un río caudaloso y cristalino que corre entre dos márgenes: la identificación dinámica con la persona de Jesús y una radical opción por los más pobres. Toda espiritualidad auténtica se desdobla en una misión específica. Así el camino de santidad propuesto por San Vicente está íntimamente unido al cumplimiento de la misión que mejor le corresponde. «Amemos a Dios, mis hermanos, amemos a Dios, pero que sea con la fuerza de nuestros brazos y con el sudor de nuestro rostro» (SV XI, 40).

1.- Revestirse del espíritu de Cristo

Toda espiritualidad cristiana tiene a Jesucristo como su punto de partida y la fuente de su dinamismo. Considerando los desafíos del continente latino-americano y caribeño, la Conferencia de Aparecida no dejó de ratificar el carácter original y decisivo del encuentro con Cristo en la experiencia de los discípulos misioneros. Él, en efecto, es quien nos revela «el amor misericordioso del Padre y la vocación, dignidad y destino de la persona humana» (DA 6). Por eso, «conocer a Jesucristo por la fe es nuestro gozo; seguirlo es una gracia, y transmitir este tesoro a los demás es un encargo que el Señor, al llamarnos y elegirnos, nos ha confiado» (DA 18). En conformidad con Cristo, la vocación, la libertad y la originalidad de cada persona son redescubiertas como dones de Dios para el servicio del mundo, la defensa del derecho de los más débiles y la promoción de vida digna para todos (cf. DA 111-112).

Para San Vicente, Jesucristo constituye la vida de su vida y la única pretensión de su corazón (cf. SV VI,562), el amor que nutre y fortalece (cf. SV VIII,15), la regla fundamental y primera de la Misión (cf. SV XII,130), «nuestra madre, nuestro padre y nuestro todo» (SV V, 534), «el modelo de todas las virtudes» (cf. SV VIII, 231), a lo que debemos «conformar nuestras acciones» (SV XI,212). Continuar la misión de Jesucristo, enviado por el Padre para evangelizar y servir a los pobres, es tarea tanto de los Misioneros como de las Hijas de la Caridad (cf. SV XII, 80; SV IX,15). Según Vicente de Paúl, la voluntad de Dios se manifiesta en la palabra y en el obrar de Jesús y su realización consiste en conformarse, lo máximo posible, a él, asimilando sus valores y actitudes para continuar su obra salvífica. Sirviéndose de la imagen joánica de la vid (cf. Jn 15,5), el fundador exhorta a los miembros de su Congregación: «Fue un gran favor que Dios concedió a esta pequeña y miserable Compañía, la felicidad de imitar a Jesucristo. Como las ramas de la vid unidas al tronco, continuamos la misión de Jesucristo» (SV XI, 344). Una de las más elocuentes exhortaciones de Vicente, dirigida al Padre Portail, su compañero de la primera hora, no nos permite dudar de su progresiva identificación con Cristo, cotidianamente profundizada en la contemplación y en la acción: «Acuérdese, Padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo» (SV I,295).

Bajo la orientación de sus maestros espirituales, manteniendo los ojos fijos en el Señor (cf. Hb 3,1), Vicente seguirá su camino, impregnándose siempre más del espíritu de Cristo, a través de dos actitudes fundamentales (cf. SV IV,393): el amor y la reverencia con el Padre, contemplando a Jesús como aquél que no encontraba satisfacción en otra cosa distinta del cumplimiento fiel de la voluntad de Aquél que lo envió (cf. SV XII,164); y la caridad compasiva y operativa con los pobres, sin la cual nos deshumanizaríamos (cf. SV XII,261) y no podríamos amar a Dios concretamente (cf. SV XII,261). A esos dos principios estructurantes de la espiritualidad vicentina, se vincula la docilidad con la Divina Providencia que, en el sentir de Vicente, tiene incluso rasgos maternos: «Debemos tener, pues, la misma confianza en la Divina Providencia, viendo cómo cuida de todo lo que nos merece respeto, como una madre cuida de su niño» (SV X, 503). A lo largo de su vida, San Vicente se dejó fascinar por la proximidad del Señor. Sabía que una mirada providencial de Dios velaba por él, por sus fundaciones y, sobre todo, por los más pobres. Esa experiencia fortalecía su fe, confirmaba su vocación y rejuvenecía su empeño misionero. «La gracia tiene sus momentos», le gustaba decir (SV II, 453). Él se mostraba íntimamente convencido de que Dios camina con nosotros (cf. SV II, 226) y «sus verdades jamás engañan» (SV IX, 240). Vicente habla de la Providencia con mucha frecuencia. Dice a Luisa de Marillac: «Siga la orden de la Providencia. ¡Oh, cómo es acertado dejarnos guiar por ella!» (SV I, 241). Él tiene una comprensión concreta y práctica del amor de Dios, cuya voluntad buscaba en lo cotidiano y acogía en los acontecimientos, siguiéndola paso a paso, con confianza y familiaridad, para colocarse en sus manos como instrumento de su predilección por los pobres.

Tal como hizo Jesús, en diferentes circunstancias de su caminar por la historia (cf. Mc 7,24-30), Vicente procurará mantener aquella permanente disposición de escucha atenta de las llamadas de Dios en la realidad que lo cerca, en los clamores de los pobres, en los acontecimientos y en las personas que con él interactúan (cf. SV I, 241). Para secundar la acción del Espíritu, su discernimiento era traspasado por aquella pregunta inquieta del apóstol Pablo en el camino de Damasco: «¿Qué debo hacer, Señor?» (Hch 22,10). Con base en esa gradual asimilación del misterio de Cristo, Vicente de Paúl recomendará a un joven padre de su Congregación, que, a los 27 años, acababa de ser nombrado superior de una comunidad local: «Cuando se trata de hacer alguna buena obra, decid al Hijo de Dios: ‘Señor, si estuvieses en mi lugar, ¿cómo obrarías en esta ocasión?’» (SV XI, 348). Se trata, pues, de asumir el desafío de seguir a Jesús, viviendo como él en la libertad del Espíritu, en conformidad con el proyecto del Padre y en estado de vigilancia activa frente a los señales de los tiempos. «Hoy contemplamos a Jesucristo tal como nos lo transmiten los Evangelios para conocer lo que Él hizo y para discernir lo que nosotros debemos hacer en las actuales circunstancias» (DA 139).

El transcurso de San Vicente está delimitado por el Evangelio. Se sirve de él para exponer sus convicciones, confirmando su fe y su experiencia. En las Reglas Comunes de la Congregación de la Misión (1658), fermentadas a lo largo de 33 años en los odres de la Comunidad naciente, escribe el santo fundador: «Ante todas las cosas todos se esforzarán por fundarse en esta verdad, a saber, que la doctrina de Jesucristo nunca puede engañar (…). Por eso, la Congregación hará profesión de obrar siempre según las máximas de Jesucristo, y nunca según las del mundo» (RC II, 1). En la espiritualidad vicentina, revestirse del espíritu de Cristo, firmarse en su doctrina, imprimir en el corazón y expresar en la vida sus valores, asimilar sus actitudes más profundas, asumir como propia su opción fundamental por el Reino y nutrirse de su amor son las condiciones que posibilitan cualquier empresa misionera. Es lo que dice Vicente de Paúl, en plena madurez humana y espiritual, dirigiéndose a los Padres y Hermanos de la Misión: «El propósito de la Compañía es imitar Nuestro Señor, en la medida en que pueden hacerlo personas pobres y malas. ¿Qué quiere decir eso? Que ella se propone conformarse a él en su comportamiento, en sus acciones, en sus tareas y en sus fines. ¿Cómo puede una persona representar a otra, si no tienen las mismas características, los mismos rasgos, las mismas proporciones, modos y forma de ver? Es imposible. Por tanto, si nos propusiésemos hacernos semejantes a este divino modelo y sentimos en nuestros corazones este deseo y esta santa afección, es necesario procurar conformar nuestros pensamientos, nuestras obras y nuestras intenciones a las suyas» (SV XII, 75).

2.- Solicitud con los Pobres

Recorriendo el Camino, Vicente asume para sí la petición hecha al apóstol Pablo en la Asamblea de Jerusalén: «Pidieron sólo que nos acordásemos de los pobres, lo que he procurado hacer con diligencia» (Gl 2,10). Los pobres están en el centro de su vocación y misión. De ellos, depende la definición de su propia verdad y de la identidad de sus fundaciones. En la conferencia de 6 de diciembre de 1658, San Vicente dejó brotar de su corazón sus más íntimas convicciones al respecto de la inequívoca dedicación a los pobres de sus Misioneros: «No somos nosotros los únicos que instruimos a los pobres; ¿no es eso lo que hacen los párrocos? ¿Qué otra cosa hacen los predicadores, tanto en las ciudades como en el campo? ¿Qué es lo que hacen en adviento y cuaresma? Predican a los pobres y predican mejor que nosotros. Es verdad, pero no hay en la Iglesia de Dios una Compa­ñía que tenga como lote propio a los pobres y que se entre­gue por completo a los pobres para no predicar nunca en las grandes ciu­dades; y de esto es de lo que hacen profesión los Misioneros; lo especial suyo es dedicarse, como Jesucristo, a los pobres. Por tanto, nuestra vocación es una continuación de la suya o, al menos, puede relacionarse con ella en sus circuns­tancias. ¡Qué felicidad, hermanos míos! ¡Y también cuánta obli­gación de aficio­narnos a ella!» (SV XII, 79-80).

De hecho, la opción por los pobres es común a toda la Iglesia como un imperativo bíblico-teológico. El Documento de Aparecida retoma esa convicción fundante, presentando el pobre como lugar privilegiado del encuentro con Cristo y la opción por los desheredados de la historia como una exigencia intrínseca de la fe cristológica: «También lo encontramos [Jesucristo] de un modo especial en los pobres, afligidos y enfermos (cf. Mt 25,37-40), que reclaman nuestro compromiso y nos dan testimonio de fe, paciencia en el sufrimiento y constante lucha para seguir viviendo. ¡Cuántas veces los pobres y los que sufren realmente nos evangelizan! En el reconocimiento de esta presencia y cercanía, y en la defensa de los derechos de los excluidos se juega la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo. El encuentro con Jesucristo en los pobres es una dimensión constitutiva de nuestra fe en Jesucristo. De la contemplación de su rostro sufriente en ellos y del encuentro con Él en los afligidos y marginados, cuya inmensa dignidad Él mismo nos revela, surge nuestra opción por ellos. La misma adhesión a Jesucristo es la que nos hace amigos de los pobres y solidarios con su destino» (DA 257).

En la perspectiva de fe adoptada por Vicente de Paúl, la opción por los pobres se reviste de un carácter visceral, referida a lo que hay de más esencial en sus fundaciones. En esta opción, se encuentra «una manera particular de ser como Jesucristo», es decir, un modo característico de seguirlo. San Vicente descubrió a Cristo en los pobres y los pobres en Cristo: «dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre» (SV XI, 32). Estaba convencido de que los pobres «son nuestros hermanos, a quien Dios nos manda asistir» (SV VII, 98). Por eso, «el servicio de los pobres debe ser preferido entre todos los otros» (SV IX, 208). Hay una identificación profunda entre Cristo y los pobres. Por medio de ellos, el Señor interpela la sensibilidad humana, «considerando como hecho a sí lo que se hace por los pobres, ya que ellos son sus miembros» (SV IX, 324). Por tanto, dirá el santo fundador a las Hijas de la Caridad, «sirviendo a los pobres, se sirve a Jesucristo. ¡Oh hijas mías, como eso es verdad! Vosotros servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y eso es tan verdadero, como el hecho de estar aquí. Una Hermana irá, diez veces por día a ver los enfermos y, diez veces por día, encontrará a Dios en ellos (…)» (SV IX, 251). Ahí está el sentido pleno de la caridad: dirigir al pobre el amor recibido de Dios en Jesucristo (cf. SV IX, 591).

Vicente aprendió también a ver a los pobres como Cristo los veía, reconociéndoles la dignidad y dejándose evangelizar por ellos, por su modo de ser y de actuar, porque es el que mejor corresponde al estilo de vida requerido por el Reino, estilo de vida asumido por Jesús de Nazaret y recomendado por él a los suyos. El misterio de la Encarnación constituye la fuente más segura de la legitimidad del modo de ser persona del pobre: «En efecto, conocéis la generosidad de Nuestro Señor Jesucristo, que por causa de vosotros se hizo pobre, aunque era rico, para enriqueceros con su pobreza» (2Cor 8,9). Si Jesús quiso ser pobre, actuando siempre a partir de los  pobres y escogiendo medios pobres, fue para indicar un camino a sus seguidores. Seguirlo, por tanto, consiste en vivir y actuar como él. En el espíritu de las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3), San Vicente nos garantiza: «Lo que me queda de la experiencia que tengo, es el juicio que siempre me he hecho: que la verdadera religión, hermanos míos, la verdadera religión está entre los pobres. Dios los ha enriqueci­do con una fe viva: ellos creen, palpan, saborean las palabras de vida» (SV XII, 170-171).

El cuidado por los pobres es la gracia por excelencia de las Comunidades Vicentinas: «¡Ah, hijas mías! Si supieseis de la gracia que es servir a los pobres, ser llamado por Dios para eso (…). Cuando una buena Hija de la Caridad entrega toda  su vida al servicio de Dios, habiendo dejado todo y sin tener en el mundo nada para ella, ni padre, ni madre, ni bienes, ni posesiones, ni conocimientos, sino sobre Dios y para Dios; tenemos gran motivo para creer que esa Hija será feliz un día» (SV X,337). Se trata, pues, de un don, cuya acogida se da mediante la correspondencia humilde, creativa y entusiasta de la libertad humana: «Así pues, hermanos míos, va­yamos y ocupémonos con un amor nuevo en el servicio de los pobres, y busquemos incluso a los más pobres y abandonados; reconozcamos delante de Dios que son ellos nuestros señores y nuestros amos, y que somos indignos de rendirles nuestros pe­queños servicios» (SV XI,56).

En este camino, es preciso mantener siempre unidas la dimensión espiritual y la corporal, asegurando a los pobres un servicio de promoción humana integral y haciéndolos protagonistas de su propia historia. Es lo que recomienda el fundador  a las Hijas de la Caridad, evidenciando el aspecto apostólico de su vocación, intuición audaz en un contexto eclesial que privaba a la mujer de la necesaria profundización de la fe, limitando su actuación, con honrosas excepciones, al silencio de los coros y a las fatigas del trabajo manual: «¿Creéis, hijas mías, que Dios espera de vosotras solamente que les llevéis a sus pobres un trozo de pan, un poco de carne y de sopa y algunos remedios? Ni mucho menos, no ha sido ese su designio al escogeros para el servicio que le rendís en la persona de los pobres; él espera de vosotras que miréis por sus necesidades espirituales, tanto como por las corporales, necesitan el maná espiritual, necesitan el espíritu de Dios; ¿y dónde lo tomaréis vosotras para comunicárselo a ellos? Hijas mías, en la santa comunión; los grandes y los pequeños, hijas mías, tienen necesidad de ello» (SV IX, 591). A los Misioneros, empeñados, sobre todo, en la evangelización, entendida como respuesta al mandato misionero de anunciar la buena noticia del Reino (cf. Mc 16,20), San Vicente advertía sobre los riesgos de un anuncio que no se consolidase en la acogida, en la compasión y en el cuidado, señales que evidencian la presencia del Reino en la historia: «Si hay algunos entre nosotros que crean que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás, si queremos oír esas agra­dables palabras del soberano Juez de vivos y de muertos: «Venid, benditos de mi Padre; poseed el reino que os está pre­parado, porque tuve hambre y me disteis de comer; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me cuidasteis»(Mt 25,34-36). Hacer esto es evan­gelizar de palabra y de obra; es lo más perfecto; y es lo que nuestro Señor practicó y tienen que practicar los que lo repre­sentan en la tierra, por su cargo y por su carácter, como son los sacerdotes» (SV XII, 87-88).

Lo que Vicente de Paúl propone a los suyos, por tanto, es un verdadero itinerario de humanización, cuyas sendas él mismo recorrió a lo largo de su vida. Tal itinerario pasa necesariamente por las laderas del mundo, donde la vida se encuentra herida y la dignidad humana vilipendiada: «¡Cómo! ¡Ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Eso es no tener cari­dad; es ser cristiano en pintura; es carecer de humanidad; es ser peor que las bestias» (SV XII, 271). Se trata, entonces, de entrar en el movimiento de la misericordia, a la luz del ejemplo del samaritano (cf. Lc 10,33-35), como explicita San Vicente: «Cuando vayamos a ver a los pobres, hemos de entrar en sus sentimientos para sufrir con ellos y ponernos en las disposicio­nes de aquel gran apóstol que decía: ‘Omnibus omnia factus sum’ (1Cor 9,22), ‘me he hecho todo para todos’ (…). Para ello es preciso que sepamos enterne­cer nuestros cora­zones y hacerlos capaces de sentir los sufrimien­tos y las mise­rias del prójimo, pidiendo a Dios que nos dé el verdadero espíri­tu de misericordia, que es el espíritu propio de Dios» (SV XI, 340-341). En la perspectiva vicentina, santidad es participación en la vida del Dios de Jesús, cuyo corazón, siempre inclinado hacia los pequeños y pobres, se complace únicamente en amar misericordiosamente. «¡Oh, Salvador! ¡Oh, hermanos míos! ¡Cuán felices somos al encon­trarnos en el camino de la perfección! Salvador, danos la gracia de caminar directa­mente y sin descanso hacia ella» (SV XII, 77).

III – Concluyendo

Los santos jamás envejecen. No nos basta, por tanto, contemplar la trayectoria de aquellos que nos precedieron en las sendas de la fe. El desafío mayor consiste en tomarlos como fuentes de inspiración en el seguimiento de Jesucristo, para que germinen en nosotros las mismas semientes que en ellos florecieron a la vida del mundo. Celebrando el 350º aniversario de la muerte de San Vicente de Paúl, y no podemos limitarnos al mero recuerdo de su eminente personalidad histórica y a la justa consideración de sus hechos heroicos. Esta debe ser una ocasión privilegiada de redescubrimiento de la experiencia fundamental que lo llevó a consagrar toda su vida a Dios, colocando al servicio de los pobres la enorme variedad de dones con que fue premiado por el Creador: el encuentro con Jesucristo que lo transformó en mensajero incansable del Evangelio de la vida y de la esperanza.

Bibliografía

  • CPAG-80. A experiência de São Vicente e a nossa. Curitiba: Vicentina, 1977.
  • DODIN, André. São Vicente de Paulo e a Caridade. Curitiba: Vicentina, 1980.
  • Initiation à Saint Vincent de Paul. Paris: Du Cerf, 1993.
  • MALONEY, Robert. O caminho de Vicente de Paulo. Uma espiritualidade para nossos tempos a serviço dos Pobres. Curitiba: Vicentina: 1998.
  • MEZZADRI, Luigi. La sete e la sorgente. Introduzione agli studi vincenziani. Roma: CLV, 1992. São Vicente de Paulo e o carisma da Caridade. Curitiba: Vicentina, 2004.
  • NARANJO, Gabriel. São Vicente de Paulo e a Antropologia do Pobre. Semana de Estudos Vicentinos – 2000. Rio de Janeiro: SSVP-CNB, 2000, p. 1-15.
  • ORCAJO, Antonino; PEREZ FLORES, Miguel. San Vicente de Paúl (II): espiritualidad y selección de escritos. Madrid: BAC, 1981.
  • ROMÁN, José María. San Vicente de Paúl (I). Biografía. Madrid: BAC, 1981.
  • SAMPEDRO NIETO, Francisco. San Vicente de Paúl: la espiritualidad de la acción. Santiago: Andes, 1996.
  • UBILLÚS, José Antonio. Vincent de Paul: un appel à la sainteté. In: Actes du Colloque organisé à l’occasion du 4e. centenaire de l’ordination sacerdotale de Saint-Vincent-de-Paul. Toulouse: Animation Vincentienne, 2000.
  • VV.AA. Monsieur Vincent: temoin de l’Evangile en son temps et pour aujourd’hui. Toulouse: Animation Vincentienne, 1990.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.