San Vicente de Paúl. Su vida, su tiempo; sus obras, su influencia. Libro 7, capítulo 1

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Abate Maynard, Canónigo de Poitiers · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1880.
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LIBRO VII: Las Hijas y las Damas de la Caridad.2 Los Hospitales

Capítulo Primero: Las Hijas de la Caridad.

Hemos advertido más de una vez que, en todas sus Misiones, Vicente y sus hijos dejaban siempre una cofradía de la Caridad como monumento de su paso. Durante algunos años, el santo pudo visitar estas piadosas asociaciones, por sí mismo o por alguno de los suyos, para mantener en ellas el primer espíritu y velar la observancia del reglamento. Pero se multiplicaron en número tan prodigioso, sus trabajos, los de sus sacerdotes, se incrementaron en masa tan creciente, que estas visitas fueron en primer lugar más raras, luego imposibles. Por ello, era de temer que las cofradías, abandonadas a ellas mismas, perdiesen poco a poco de su fervor primitivo; que sus miembros se dejasen ir según sus caprichos más que dirigir por la regla; que el lazo de asociación, que constituía su fuerza, se relajase y rompiese pronto y que, por consiguiente, los pobres volviesen a caer en todas partes en ese estado miserable del que su caridad organizadora loes había sacado.

Llamaba pues con todos sus deseos y todas sus súplicas a alguna persona que le sirviera de lugarteniente y de embajador, allí adonde él no podía ni acudir, ni residir él mismo, quien recorriera en su nombre las ciudades y los campos, para suscitar allí el espíritu de caridad o mantenerlo, para animar y dirigir las obras, para velar por la observancia de las reglas prescritas, para ejercitar en su práctica y en el servicio de los enfermaos.

Además, un instinto secreto le decía que la familia caritativa que había creado no estaría completa sino con la condición de se ser de ambos sexos, como la primitiva humanidad1; que él mismo para tener toda su fuerza necesitaba de un ayudante parecido a él2; que a los pobres ya provistos de un padre les hacía falta una madre también.

Encontró una cosa y la otra en la señorita Le Gras.

I. La Señorita Le Gras.

Nacida en París el 12 de agosto de 1591, Luisa de Marillac, descendía de una familia originaria de Auvergne, ilustrada en las finanzas, la magistratura y las armas. Era sobrina nieta de Carlos de Marillac, arzobispo de Vienne, al más hábil negociante de su tiempo, de Gabriel de Marillac, abogado general en el parlamento de París, y de Gilbert de Marillac, autor de una historia de la casa de Bourbon, los tres salidos del controlador general de las finanzas del duque de Bourbon, Guillermo de Marillac; era sobrina de Michel de Marillac, ministro de justicia de Francia, y del mariscal Louis de Marillac, los dos envueltos en el día de los Inocentes y víctimas de la venganza de Richelieu, uno en el cadalso, el otro en prisión. Fue en su prisión, en la que murió, dos meses después de su desdichado hermano, el 7 de agosto de 1632, cuando Michel de Marillac entregó una edición nueva de su traducción de la Imitación. En esta época, Luisa de Marillac, siete años ya bajo la dirección de san Vicente de Paúl estaba de lleno en sus buenas obras3.

Privada de madre desde su primera infancia, Luisa fue educada cuidadosamente, primero en casa de las religiosas de Poissy, donde tenía algunas parientes, luego en casa de su padre, Luis de Marillac, señor de Ferrières. Dotada de un espíritu capaz de toda clase de instrucción, recibió una educación viril, al propio tiempo que la de su sexo: fue dedicada a las artes por pura iniciativa y a las ciencias más elevadas, al dibujo y a la pintura, que cultivó toda su vida, y al estudio del latín y de la filosofía, de manera que formó el gozo y el orgullo de su padre quien, en su testamento, dejó de ella este testimonio: «Ella ha sido mi mayor consuelo en el mundo, y creo que Dios me la ha dado para mi reposo de espíritu en las aflicciones de la vida.»

La muerte se llevó a su padre, en 1604, a la edad en que ella debía elegir estado. su piedad y su desprecio del mundo la habían inclinado primeramente hacia las religiosas capuchinas, pero Dios que la reservaba para cosas más altas, permitió que su familia la empujara al matrimonio. El mes de febrero de 1613, se casó con Antonio Le Gras, secretario de negocios de María de Médicis, procedente a su vez de una familia originaria de Auvergne, que se había destacado por ese años a los pobres, de lo que la joven iba a ser bien pronto una viva encarnación.

La Señorita Le Gras, -como la llamaremos en adelante4-, cumplió en primer lugar con todas las obligaciones de esposa, y pronto de madre, pero todo el tiempo que le dejaban se lo dedicó a los pobres y a Dios. Visitaba asiduamente a los enfermos de la parroquia de Saint-Gervais. Les presentaba en persona el alimento y las medicinas, les cambiaba la paja con frecuencia fétida, y no retrocedía ante ninguno de los servicios más repelentes que hacerles. Se ocupaba sobre todo de su servicio espiritual: instruía su ignorancia, disipaba sus prejuicios, consolaba sus penas, adormecía sus dolores y, mediante la buena recepción de los sacramentos, los preparaba a una vida mejor o a una muerte cristiana. Muertos, no los dejaba todavía, y consideraba una devoción enterrarlos con sus manos

El servicio de los enfermos a domicilio muy pronto le resulta insuficiente a su insaciable caridad; ella fue a visitarlos en los hospitales, por entonces mucho menos organizados de lo que lo serán más tarde por san Vicente de Paúl, por ella y por sus Hijas. En ellos ella añadía también a su alimentación ordinaria todas las dulzuras que le permitía su fortuna, y les prestaba, en su cuerpo y en su alma, la más caritativa asistencia

Para iniciarse y ejercitarse poco a poco en el papel al que la Providencia la destinaba, ella comprometió a varias damas, con sus consejos y sus ejemplos, a compartir con ella el honor de este servicio. En estas damas encontró a las primeras compañeras de las tareas caritativas que emprenderá bajo la dirección de san Vicente de Paúl, y como el núcleo de las dos compañías de mujeres, cuya fundación y dirección compartirá con él. Por lo demás, como lo demuestra un escrito suyo al que acudiremos más tarde, tenía ya por entonces la idea de una compañía de hijas sirvientes de los pobres

De esta forma, todavía en medio del mundo, la Señorita Le Gras guardaba ya «esta religión pura y sin tacha» de la que habla el Apóstol, que consiste «en visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y en conservarse puro de la corrupción del siglo5.

Tampoco se mezclaba en sus vanidades ni en sus placeres. Muchas veces al año, y en particular en los días de desorden que preceden a la cuaresma, se retiraba a aquel monasterio de las Capuchinas donde había querido enterrar su infancia, y al que entregaba al menos lo que le permitía su vida de mujer del mundo

Para la Señorita Le Gras, la transición entre la vida secular y la vida del claustro debía ser insensible ya que, al ver la modestia y la sencillez de sus hábitos, al seguirla en sus recorridos piadosos o caritativos, en el retiro de su casa, en sus costumbres devotas y regulares, se habría dicho más bien que se trataba de una virgen consagrada a Dios que de una mujer comprometida en los lazos del siglo. Nada en ella que no fuera extraño en la vida y en las máximas del mundo. Jamás una vivita frívola, un paseo de placer, una recreación concedida a la vanidad y a los sentidos. Libre de los deberes de su casa, se inclinaba espontáneamente, por el peso de su naturaleza cristiana, hacia los ejercicios de la piedad, o más bien se elevaba a Dios y se unía a él por la oración

Para mantenerse en el estado de unión con Dios, se desprendía cada vez más de todo aquello que en ella y alrededor de ella podía rebajarla a la tierra. Si se ocupaba de los asuntos temporales de su casa, no era más que por obediencia a sus obligaciones de esposa y de madre, por la vista severa del deber y no por el atractivo de las fortunas y del bienestar. Ya que, al mismo tiempo, ella reprimía sus sentidos y reducía su cuerpo a servidumbre. Aquel cuerpo relativamente tan débil y encima debilitado por los trabajos tan penosos y continuos de su caridad, ella lo domaba con los ayunos y las vigilias, con el cáliz y la disciplina. En esto también, será precisa la intervención de san Vicente de Paúl para poner medida y discreción.

A esta alma, como a todas las almas llamadas a una vida perfecta, Dios aplica la conducta ordinaria de su Providencia, y la prueba con penas espirituales. Inaccesible a la perturbación de las pasiones, libre de todos los afectos y de todos los compromisos del mundo, ella no era atacable, de ninguna manera, más que en su virtud. Fue en su virtud, efectivamente, donde ella se vio atormentada por una delicadeza excesiva de conciencia. todo en su conducta le parecía pecado, y sus faltas tan ligeras, que escapaban a la debilidad de las almas más inocentes, tomaban en ella las proporciones del crimen. Ella no podía ver ya otra cosa. . sin cesar, inclinada sobre sí misma, se perdía en un abismo quimérico que le ocultaba la vista de Dios. Desde entonces, para ella ya no había paz, gozo, sino temores y turbaciones que le eran un infierno

Del abismo del escrúpulo, de la duda sobre sí misma, cayó en la duda del estado que debía abrazar, sobre la dirección que debía seguir, e incluso sobre los dogmas primero y último de toda religión, en la existencia de Dios e inmortalidad del alma. Era en 1623. El 4 de mayo de aquel año, fiesta de santa Mónica, había hecho el voto, que renovó en adelante todos los años, de abrazar, si Dios le quitaba a su marido, el estado de santa viudedad descrito por el apóstol. Algunos días después, desde la fiesta de la Ascensión a la de Pentecostés, sintió la tentación de dejar a su marido para reparar un primer voto que había hecho probablemente antes de su matrimonio, y para tener más libertad de servir a Dios y al prójimo. Así el pretexto de la caridad, del servicio de Dios y de los pobres, se mezclaba también con las ilusiones de esta alma que se debía dedicar a ello por completo. Además, no conforme con su confesor, y sintiendo instintivamente que no tenía en él al guía de su vida, vacilaba en abandonarlo. Finalmente, y esto acabó de abatirla, fue asaltada por dudas respecto de la vida futura. «Estas tres incertidumbres, ha dejado escrito, tuvieron a mi alma en medio de penas que me parecen no ser imaginables.» Pero el día de Pentecostés, el Espíritu Santo, por quien elle debía sentir más tarde una devoción tan grande, la iluminó de repente. Aquel día, asistiendo a la misa en San Nicolás de los Campos, fue aconsejada interiormente que siguiera con su marido, y le fue dicho que llegaría un día en que ella estaría en disposición de hacer los votos de pobreza, de castidad y de obediencia, y que viviría en ese tiempo con personas que se encadenarían con los mismos lazos. Se creyó entonces transportada a un lugar desconocido para servir con ellas a los pobres; pero, al ver a sus compañeras ir y venir sin guardar claustro, no comprendía cómo este servicio era compatible con la vida religiosa que implicaban los tres votos. Primera revelación del Instituto de las Hijas de la Caridad! Primera objeción de este Instituto inaudito, y que los hechos habían de resolver tan admirablemente.

«Permaneced en paz en cuanto a vuestro director, escuchó también: un día Dios os dará el que os prepara, pero no debéis cambiar por el momento». Y este director Dios se lo mostró, al igual que, años antes, le había mostrado a san Francisco de Sales a santa Chantal. Pero, cosa admirable, en lugar del gozo que santa Chantal experimentó en la visión misteriosa del santo obispo de Ginebra, ella sintió repugnancia en aceptar a este director, a este Vicente de Paúl que le debía ser tan querido y tan sagrado! Se conformó no obstante con la voluntad de Dios, y esta generosa entrega la liberó al propio tiempo de todas sus tentaciones de incredulidad. «Es Dios, se dijo, sólo Dios quien ha podido hablarte ahora mismo y revelarte el porvenir. Existe pues un Dios, y si hay un Dios tú no debes dudar ya de lo demás: la vida futura es una consecuencia necesaria de su existencia.

Ella creyó siempre haber obtenido esta gracia por los méritos del bienaventurado obispo de Ginebra, a quien había deseado vivamente comunicar esta pena antes de su muerte. Había conocido a san Francisco de Sales, cuando vino a Paría, en 1618, para acompañar al cardenal de Saboya; y, enferma por entonces, había sido favorecida con varias de sus visitas. Cuando el santo murió en 1622, ella no dudó de su gloria, y se habituó a sentir por él una gran devoción. «He recibido por su medio muchas gracias», escribía también en 1623, sin sospechar entonces que debería recibir pronto por él una gracia más grande todavía en la dirección de san Vicente de Paúl quien, con su virtud propia, iba a recordarle con tanta frecuencia al obispo de Ginebra6.

Desprendida de sus dudas y de sus tentaciones, fija en el presente y tranquilizada sobre el porvenir, la señorita Le Gras volvió con valor al santo yugo de sus deberes de esposa, de madre y de ama de casa. Veló por sus criados como por su hijo para alejarlos del mal y llevarlos a la virtud.

Pero, en estos últimos años de su matrimonio, se prodigó sobre todo con su marido, cuyas frecuentes enfermedades ensombrecían el humor y el carácter.

Esta futura madre de las que se debían llamar sirvientas de los pobres enfermos ejercitada ya en su caritativo empleo al lado de los pobres de las buhardillas y de los hospitales, acabó su santo aprendizaje a la cabecera de su esposo. Al testimoniarle a éste una entrega más tierna, una bondad más complaciente, un amor más condescendiente, consiguió calmar su espíritu, suavizar sus penas y sus dolores. Por ahí sobre todo conquistó su corazón y le hizo entrar en las disposiciones cristianas con las que él murió

Ella había estado hasta entonces bajo la dirección de Jean-Pierre Camus, ligado a su familia, con nueve años más que ella. Le había conocido en todo el esplendor de su reputación, cuando una elocuencia precoz le valía la admiración de todo París y el favor de Enrique IV. En 1608, este monarca, siempre atento a recompensar los méritos, aprovechó la ocasión de la vacante de la sede de Belley, para nombrar a ella al brillante predicador de 26 años. Al año siguiente, Camus era consagrado en la catedral de Belley por san Francisco de Sales, y sus relaciones con el bienaventurado obispo de Ginebra, los rasgos encantadores que de él nos ha conservado, nos han bastado para librar de un olvido, en el que su memoria habría merecido, por lo demás, quedar sepultada con sus romances y su diatribas contra los monjes. Tan antipático con la vida religiosa, llevado con demasiada frecuencia más allá de la prudencia por una imaginación ardiente y desbordada, desprovisto de mesura, de tacto y de juicio, Camus no era por cierto el prudente director que convenía a la señorita Le Gras, y que ella debía encontrar pronto en san Vicente de Paúl. Pero, obligado a residir en su diócesis y no practicando sino raras estancias en París, Camus no podía ya ejercer sobre ella sino una acción pasajera; y por otra parte, él mismo padecía en esos años la dulce y fuerte acción de Francisco de Sales, cuyo beneficio difundía entre las almas que debía dirigir

Cuando se vio obligado a renunciar absolutamente a la dirección de la señorita Le Gras, le buscó un director digno de ella. Por Francisco de Sales, él conocía a Vicente de Paúl como el mejor sacerdote de París: y fue en Vicente sobre quien puso los ojos. De esta forma Francisco de Sales, esta alma tan amable y tan amante, fue la relación de caridad que unió a los dos más grades sirvientes de los pobres que Jesucristo, en aquel tiempo, haya suscitado en su Iglesia

Vicente, que había resistido durante tanto tiempo a las peticiones de la señora de Gondi, que retrocedía ante las direcciones ilustres, para no pertenecer más que a los pobres, se asustó en primer lugar y se negó. Pero habiendo hecho hablar Camus al recuerdo venerado de san Francisco de Sales, acabó por obedecer. Al cabo de algunas conversaciones, la señorita Le Gras conoció todo el precio de su nuevo director, verdaderamente elegido entre diez mil, según la doctrina del bienaventurado obispo de Ginebra; y para estar más al alcance de sus consejos, ella dejó la parroquia de San Salvador que habitaba entonces, y vino a alojarse en la parroquia de San Nicolás del Chardonnet, en la vecindad de los Buenos Hijos, del que Vicente no hacía mucho que había tomado posesión

Quería despojarse de todos sus bienes a favor de su hijo; san Vicente se lo impidió. Él no condenó menos sus excesos de ternura y de piadosa inquietud. «Si sois valiente mujer, le escribía, os pondréis a salvo de vuestras pequeñas diversiones y ternezas maternales, y fortaleceréis el cuerpo y el espíritu a la vista de tantas ocasiones de hacer el bien. Nunca he visto a una madre tan madre como vos. No sois casi mujer en otra cosa. En el nombre de Dios, Señorita, dejad a vuestro hijo a los cuidados de Jesucristo su padre, que le ama más que vos. Sólo pertenece a él dirigir a estas pequeñas y tiernas almas. Hay también más interés que vos, Por lo demás, podéis esperar que está bajo la protección especial de Nuestro Señor y de su santa madre por la cantidad de dones y ofrendas que habéis hecho. Tened la plena confianza que aquellas a quien Nuestro Señor ha dado tanta caridad por los hijos del prójimo merecerá que Nuestro Señor tenga una muy especial por el suyo7.

Las solicitudes de la señorita Le Gras se redoblaron, cuando hubo que pensar en la educación de su hijo y en la elección de un estado. se había pensado primeramente para él en el estado militar, pero el joven renunció muy pronto a la espada. Quedaban la Iglesia y la magistratura, entre las cuales titubeó por largo tiempo. Para una o para la otra de estas dos vocaciones, se necesitaban estudios primeramente. Estudió en San Nicolás y en los Buenos Niños, y hasta por un instante en los Jesuitas. San Vicente ayudaba con todas sus fuerzas.: «todo es vuestro y de él», escribía a la madre. A pesar de todo, no aconsejaba que se le inclinara hacia el estado eclesiástico, menos aún a la recepción rápida de las sagradas órdenes. El joven mantuvo sus primeras tesis de filosofía, y siguió los cursos de Sorbona. Pero, sea por debilidad de salud, sea por deficiencias juveniles, no perseveró. La madre se desolaba. San Vicente le escribía durante las enfermedades del joven: «Yo participo de vuestro dolor. Hay que esperar que Nuestro Señor le conserve, y así lo pido con todas mis fuerzas, y que os haga participar de la generosidad de que su divina bondad daba a nuestra digna Madre de Chantal en parecidas ocasiones. O mejor todavía, honrad el dolor de la santísima Virgen, que sintió al ver a su Hijo en el sufrimiento y añadid a este honor el del beneplácito del Padre eterno a la vista de los sufrimientos de su único Hijo, y espero que os haga ver y conocer qué obligada os sentís a su divina majestad al honraros con la relación de vuestros sufrimientos con los suyos, y cuánto os alejan el carne y la sangre de la perfección del verdadero amor que el Padre eterno y la santísima Virgen sentían por su Hijo. Pensad en ello, mi querida hija, y consolaos.» La pena de la señorita Le Gras era mucho más viva todavía en las enfermedades morales de su hijo, y san Vicente lr escribía entonces: «¿Quién soportará a l niño sino la madre? Y a quién corresponde poner a cada uno en su deber, sino a Dios?» Lo que afligía más cruelmente a la piadosa madre es que ella se imputaba los desórdenes de su hijo, y Vicente tenía que reprender esta humildad excesiva: «No vi nunca, le decía él, a una mujer como vos, ni que lleve las cosas tan por la tremenda. Ciertamente, os equivocáis en dar paso a estos pensamientos, y más todavía en decirlo. Ya os he pedido en otras ocasiones que no habléis más así. en el nombre de Dios, Señorita, corregíos, y sabed de una vez por todas que estos pensamientos amargos son del maligno, y que los del Señor son dulces y suaves, y recordad que los defectos de los hijos no son siempre imputables a los padres, en particular cuando ellos los han hecho instruir y les han dado buen ejemplo, como vos lo habéis hecho, a Dios gracias; y que Nuestro Señor permite, por su providencia admirable, que padres santos y madres santas se vean desgarrados en sus entrañas: Abrahán lo fue por Ismael, Isaac por Esaú, Jacob por la mayor parte de sus hijos, David por Absalón, Salomón por Roboam, y el hijo de Dios por Judas, y por la gracia de Dios, no es este vuestro caso.

Por último, la señorita Le Gras se desprendió de sus excesos de ternura y de solicitud, y no conservó más que un santo deseo de la suerte y salvación de su hijo. el joven, habiendo renunciado al estado eclesiástico, pensó en el matrimonio. Delicado asunto, a causa de la falta de fortuna. Se acusó en primer lugar a la señorita Le Gras de haber descuidado los deberes de madre y los intereses de su hijo, y encontró acusadores hasta en su familia. Por ello escribió al P. de Attichy8: «Todo lo que advierto haber omitido en el deber de buena madre para con mi hijo es de no haberle hecho saber que mi difunto marido lo había consumido todo, su tiempo y su dolor al cuidado de los asuntos de vuestra casa, descuidando por completo los suyos propios.» El P. d’Atticgy se entregó entonces a des Noyers, que había visto a menudo a Luisa de Marillac en el ministerio de justicia, y fue secundado en su intervención caritativa por san Vicente de Paúl. La señorita Le Gras halló también protectores en el conde y la condesa de Maure9. Fue al conde de Maure a quien ella expresó más vivamente su profunda aflicción en el asunto del matrimonio de su hijo. «Pero, añadía ella, como cristiana, debo amar el desprecio que sigue de ordinario a la pobreza.» La caridad de Vicente de Paúl hizo desaparecer los últimos obstáculos. Hizo del joven Le Gras un juez de San Lázaro y le procuró un cargo de consejero en la corte de las monedas. Miguel Antonio Le Gras se casó, al comienzo de 1650, con Gabriela Le Clerc. De este matrimonio nació una hija, quien volveremos a ver, en 1680, en la exhumación de su abuela

La señorita Le Gras no había esperado esta última liberación de los cuidados del mundo para darse por entero a su vida de caridad. Desde su entrada en esta vida nueva, ella quiso hacer de sí misma una consagración más absoluta que nunca a Dios en las manos de su director, y escribió el acta siguiente, de la que sus Hijas conservan cuidadosamente la autografía10.

Yo firmo, en la presencia de Dios eterno, habiendo considerado que, el día de mi sagrado bautismo, fui prometida y dedicada a mi dios para ser su hija, y que no obstante he ofendido tantas y tantas veces contra su santísima voluntad; considerando también la inmensa misericordia del amor y dulzura con los que este mi buen Dios me ha mantenido en el deseo de servirle, no obstante mi resistencia casi continua de lo que soy gravemente culpable, y de haber descuidado toda mi vida e ignorado las gracias que su bondad me ha hecho, que han sido muy grandes por mi parte, indigna y pequeña criatura como soy.

Por último, volviendo a mi misma detesto con todo mi corazón las iniquidades de toda mi vida pasada que me hacen culpable de lesa majestad divina y de la muerte de Jesucristo, tanto que merezco ser condenada más que Lucifer; pero confiándome a la infinita misericordia de mi Dios, le pido perdón de todo mi corazón con entera absolución de los pecados acusados como de aquellos de los que no me acuerdo, y en particular del abuso que he hecho de los santos sacramentos, lo que no ha podido ser sin un gran desprecio de su bondad, de lo que me arrepiento nuevamente de todo corazón, apoyándome en el mérito de la muerte del Salvador de mi alma, como en el único fundamento de mi esperanza , en virtud de la que renuncio y renuevo la sagrada profesión hecha por mi parte a mi Dios en mi bautismo, y me resuelvo irrevocablemente a servirle y amar con mayor fidelidad, entregándome toda a él; y, para este fin, renuevo también el voto que he hecho de viudedad y las resoluciones de practicar las santas virtudes, de humildad, de obediencia pobreza, sufrimiento y caridad para honrar estas mismas virtudes en Jesucristo, las cuales con tanta frecuencia me ha inspirado por su amor.

«Protestando también nunca volver a ofender a Dios con ninguna parte de mi ser y entregarme enteramente al plan de su santa Providencia para el cumplimiento de su santa voluntad en mí, a la que me dedico y sacrifico para siempre, eligiéndola como mi soberano consuelo

«Que si, por debilidad ordinaria, me sucediera obrar en contra de estas santas resoluciones, , lo que no quiera Dios permitir por su bondad, imploro aquí mismo la asistencia del Espíritu Santo para que me dé enseguida la gracia de convertirme, no queriendo ya nuca permanecer un instante desagradando a Dios. Ésta es mi voluntad irrevocable que conformo en la presencia de mi Dios, de la santísima Virgen, de mi buen ángel y de todos los santos, en la faz de la Iglesia militante que me escucha, en la persona de mi Padre espiritual, quien, ocupando para mí el lugar de Dios en mi favor, si así le agrada, me debe, por su caritativa dirección, ayudar a realizar estas mismas resoluciones, y a hacerme cumplir la santísima voluntad de Dios, y a obedecerle en todo esto

«Que tengáis a bien, oh Dios mío, confirmar estas santas resoluciones y consagraciones y aceptarlas en olor de suavidad; y como habéis querido inspirarme a hacerlas, dadme la gracia de ponerlas en práctica, Dios mío. Vos sois mi Dios y mi todo, así os reconozco y adoro a vos único y verdadero Dios en tres personas, ahora y eternamente. ¡Viva vuestro amor y Jesús crucificado!

«Luisa de Marillac.»

La señorita Le Gras no se contentó con escribir y firmar esta acta de su mano; hizo con ella un marco para tenerla siempre a la vista como la regla invariable de su conducta. Ya que, sin la menor duda, a ello hace referencia el billete siguiente de Vicente de Paúl: «Me parece que será suficiente poner en vuestro marco las mismas palabras del original; y yo conservaré en mi corazón las que me escribís de vuestra generosa resolución de honrar la admirable vida oculta de Nuestro Señor, como os ha dado el deseo de ello desde vuestra juventud. Oh, qué lejos está este pensamiento de la carne y de la sangre! Pues bien, es el estado que conviene a una querida hija de Dios. aguantad ahí, Señorita, y resistid valerosamente a todos los sentimientos que os lleguen contrarios a éste, y aseguraos de que estéis de esta forma en el estado que Dios pide para haceros pasar a otro para su mayor gloria, si él lo juzga conveniente; de otra manera, estaréis siempre segura de que haréis siempre incesantemente la santa voluntad de Dios en éste, que es el fin al que tendemos, y al que han tendido los santos, y sin el que nadie puede ser feliz.»

El primer espectáculo que ofreció a la señorita Le Gras la comunicación con el santo sacerdote fue el espectáculo de la caridad, y su primer movimiento fue el de asociarse, con su persona y su fortuna, a tantas grandes empresas. Pero a Vicente no le gustaba la precipitación, ni siquiera en las obras santas: «Rogad, dijo a su penitente, la oración es la fuente de los buenos consejos; comulgad con frecuencia, la Eucaristía es el oráculo de los pensamientos caritativos.»

Antes de abrirle la carrera de la caridad, él quiso formarla en la piedad de los perfectos. Le pidió en primer lugar la santa indiferencia y el abandono filial a su dirección. «Estoy seguro, le escribió él, de que queréis y no queréis lo que Dios quiere y no quiere, y de que estáis en el estado de querer y no querer más que lo que os diremos que nos parece que dios quiere y no quiere… Ese es vuestro centro, y lo que pide de vos por ahora y el futuro por siempre. Si la divina majestad no os da a conocer de la manera que no pude engañar que quiere algo de vos, no penséis ya ni os ocupéis vuestro espíritu en aquella otra cosa. Comunicádmelo a mí. Me intereso bastante por los dos.» La culpaba a la vez y la consolaba en sus inquietudes y sus penas espirituales, y le decía, «Reflexionáis demasiado sobre vos misma; es preciso caminar buena y sencillamente Entregaos toda a la santa dilección, que opera la confianza en Dios y la desconfianza de sí, os lo suplico; y dejad ese miedo, que me parece a veces un poco servil, a los que Dios no ha dado los mismos sentimientos de él más que a vos. Permaneced pues en reposo.» La felicitaba en sus piadosas alegrías y cómo usar de ellas para inmunizarla contra la vuelta del sufrimiento: «Bendito sea Dios, Señorita, por las caricias con las que su divina majestad os honra. Hay que darle gracias con respeto y devoción, y a la vista de alguna cruz que os va preparando. Su bondad tiene por costumbre avisar de esta manera a las almas que ama, cuando desea crucificarlas. Oh qué dicha tener una providencia tan paternal de Dios sobre sí. Y esto os debe aumentar la fe, la confianza en Dios y en amarle más que nunca.» Le ponía orden y la moderaba en sus mortificaciones y sus disciplinas. Le redoblaba los consejos dulces, moderados, afectuosos, en sus retiros. Después de señalar el orden de su lecturas, el número de sus oraciones, no dejaba nunca de añadir, de repetir sin cesar: «Tratad sobre todas las cosas de no apresuraros, sino hacedlo todo moderadamente, de la manera que podéis imaginaros cómo lo hacía nuestro bienaventurado Padre, monseñor de Ginebra… No os sobrecarguéis de reglas, de prácticas; sino afirmaos en hacer bien las que tenéis, vuestras acciones diarias, vuestros oficios, en una palabra, que todo se reduzca a hacer bien lo que hacéis. No deis cabida tampoco a los pensamientos de singularidad: es un cambio que el maligno espíritu os querría dar. Y aquí concluyo con la petición que hago a Nuestro Señor que sea él mismo vuestra conducta en vuestro retiro y su santa Madre también. No os pido que os acordéis de mí en vuestras oraciones, pues no me cabe la menor duda que, después de al pequeño Le Gras, me pongáis en primera fila; no porque yo lo merezca sino el conocimiento que tenéis de de la necesidad que tengo de ello y la caridad que nuestro Señor os ha dado por mí, me lo hace esperar. Adiós pues, Señorita.» Acabado el retiro, fuera el que fuese el resultado,, la invitaba a alegrarse y a bendecir a Dios. «Sí, Dios sea bendito, exclamaba él, por la gracia que os ha dado. Debéis poner en claro los pensamientos y buenas resoluciones que su bondad os ha sugerido, aunque os parezca que no hayáis hecho nada que merezca la pena. Vaya por Dios, si no habéis salido contenta de vos misma: es tal vez una señal de que habéis contentado a nuestro buen Dios.»

Tal fue el noviciado de la señorita Le Gras. Ella entró en él con tal sumisión, siguió la práctica, y salió de él con tanto fervor y ánimo, que Vicente creyó deber asociarla por fin a sus Misiones para la asistencia de los pobres. a una nueva petición dirigida a él por la señorita Le Gras para entregarse a su servicio, él respondió, por fin: «Sí ciertamente, Señorita, ya lo creo. ¿Por qué no? pues Nuestro Señor os dado este santo sentimiento. Comulgad mañana y preparaos para la saludable revisión que os proponéis; y, después de eso, comenzaréis los santos ejercicios que habéis planeado. No podría expresaros qué ardientemente ansía mi corazón ver el vuestro, para saber cómo ha ocurrido en él. pero mortificarme por el amor de Dios, en el que solo deseo que el vuestro se ocupe… Oh cómo os habéis presentado hoy ante los ojos de Dios como un hermoso árbol, ya que por su gracia habéis producido un excelente fruto. Le suplico que haga, por su infinita bondad, que seáis para siempre un verdadero árbol de vida que produzca frutos de verdadera caridad.»

¿Qué más habría esperado Vicente? ¿No se había mostrado la señorita Le Gras esta viuda verdaderamente viuda de la que habla san Pablo, «acreditada por sus buenas obras, haber ejercitado la hospitalidad con los peregrinos, haber lavado los pies a los santos, haber socorrido a los atribulados, haber practicado toda clase de obra buena»?11

Fue en 1629 cuando Vicente comenzó a emplear su celo en la visita de las Cofradías de la Caridad. Le remitió una instrucción escrita de su mano sobre el modo de conducirse; luego le escribía también el 6 de mayo de 1629: «Id pues, Señorita, id en el nombre de Nuestro Señor! Pido a su divina bondad que os acompañe, que sea vuestro soulas (consuelo) por el camino, vuestra sombra contra el ardor del sol, vuestro cobertizo en la lluvia y el frío, vuestro lecho mullido en vuestro cansancio, vuestra fuerza en vuestro trabajo, y que al fin él os lleve en perfecta salud y llena de buenas obras. Comulgaréis el días de vuestra partida, para honrar la caridad de Nuestro Señor y los viajes que hizo con este mismo fin, y la misma caridad, penas, contradicciones, cansancios y trabajos que realizó; y a fin de que tenga a bien bendecir vuestro viaje, daros su espíritu y la gracia de obrar siempre con el mismo espíritu y soportar vuestras penalidades como él soportó las suyas.» Y por último, la mañana de la partida, le dio la comunión, para comunicarle una parte más abundante de la caridad del Salvador, un consejero, un protector, un guía y también un viático más rico que las limosnas que llevaba consigo..

Su primer viaje tenía por meta Montmirail, en la diócesis de Soissons, tierra de la familia de Gondi. sabemos cómo transcurrió éste por todos los ostros que realizó en lo sucesivo. Acompañada de algunas mujeres piadosas, principalmente de las señoritas Dufaï, Du Fresne y Guérin, que se asociaban a su caritativo apostolado, hacía la ruta en malos carruajes, se alojaba y dormía en hostales míseros, para hacerse más sensible con la miseria de los pobres compartiéndola. Llevaba consigo un gran provisión de ropas y toda un farmacia; limosnas, gastos de ruta, todo se hacía a sus cargo. Llegada a un pueblo, comenzada por pedir la venia del párroco, a falta del cual pasaba inmediatamente a otro; luego, reunía a las señoras de la cofradía, las instruía, las animaba, trataba de aumentar su número; en una palabra, lo repasaba todo, personas y cosas, devolviéndolo al estado y al espíritu en que el santo las había fundado.

Para predicar también con el ejemplo, ella llenaba con sus dádivas el tesoro de los pobres, con demasiada frecuencia agotado; sobre todo, se mostraba caritativa menos todavía con sus dones que con su persona. Visitaba y servía ella misma a los enfermos, reunía a las jóvenes para enseñarles los elementos de la fe, formaba en su oficio a la maestra de la escuela, y no dejaba el lugar hasta haber provisto a todas las necesidades de los pobres y de los pequeños.

De regreso a París, descansaba visitando igualmente las Caridades de las parroquias, cuyo número seguía multiplicando. Así, en 1630, formó una en la parroquia de San Nicolás del Chardonnet, que inauguró con un acto de heroísmo. Hallándose enferma de la peste una joven, no temió visitarla varias veces con peligro de su propia vida. Enseguida Vicente de Paúl se apresuró a escribirle: «Os confieso, Señorita, que en primer lugar que eso me ha enternecido tanto el corazón que, si no hubiera sido de noche, habría partido en el mismo instante para ir a veros. Pero la bondad de dios sobre las personas que se entregan a él por el servicio de los pobres en la cofradía de la Caridad, en la que ninguna hasta hoy ha caído víctima de la peste, me hace ver una muy perfecta confianza en él que no os ocurrirá nada malo. ¿Creerías, Señorita, que solamente visité al Sr. subprior de San Lázaro que murió de la peste, pero que llegué hasta oler su aliento? Y sin embargo, ni yo, ni nuestra gente que le asistieron hasta el final, tuvimos ningún mal. No, Señorita, no temáis, Nuestro Señor quiere servirse de vos para algo que tiene que ver con su gloria y pienso que os conservará para ello.»

Dios la conservó, en efecto; salió de este peligro como el soldado del campo de batalla, más valiente y más generosa. Pronto recobró sus viajes caritativos y visitó sucesivamente las cofradías de Saint-Cloud, de Villepreux, de Villiers-le-Bel, de Beauvais. etc. Bien de salud, Vicente alababa a Dios por la salud que le daba para la salvación de tantas personas; enferma, él le escribía: «¿Acaso no se ha alegrado vuestro corazón al ver que ha sido encontrado digno delante de Dios de sufrir sirviéndole? Por supuesto que le debéis un agradecimiento particular. Haced lo que podáis para serviros bien de la situación y pedídselo.» Entretanto, la obligaba siempre a cuidar de su salud por el amor de Nuestro Señor y de sus pobres miembros, no siendo ya, decía él, «una persona particular, sino una en cuya conservación muchos estaban interesados.» Y él le escribía entonces: Haced todo lo que podáis por vuestra salud. No puedo expresaros cuánto necesita el pobre pueblo que viváis largo tiempo…Cuidaos de no pasaros en la tarea. Es una trampa del diablo, en la que hace caer a las almas buenas, incitándolas a hacer más de lo que pueden, para que no puedan hacer más, y el espíritu de Dios incita suavemente a hacer el bien que razonablemente se puede, para hacerlo perseverante y largamente. Hacedlo así, Señorita, y obraréis según el espíritu de Dios12.» –Y, en otra ocasión, , le escribía también: «Me parece que sois asesina de vos misma por el poco cuidado que tenéis de vuestra salud. Sed muy alegre, os lo pido. ¡Oh cuántas personas de buena voluntad lo necesitan! Me produce dolor lo que me contáis. Oh Jesus, Señorita, no es hora (de morirse); Señor Dios, le hacéis demasiada falta al mundo, en nombre de Dios, haced lo posible por vuestra salud, y trataos mejor.»

Pero la precavía contra los ataques de la vanidad mucho más que contra los peligros de la enfermedad, cuando se enteraba de los honores tributados a su virtud: «Unid vuestro espíritu a las burlas, a los desprecios y al mal trato que el Hijo de Dios ha sufrido. Cuando seáis estimada y honrada, mostrad, Señorita, un espíritu verdaderamente humilde y humillado, tanto en los honores como en los desprecios, y haced como la abeja que hace su miel, tanto del rocío que cae sobre el ajenjo como del que cae sobre la rosa. «Así le escribía el 10 de diciembre de 1630, a Beauvais, donde había recibido, como premio de siete Caridades establecidas, aplausos extraordinarios no sólo de las damas, sino de los hombres que acababan de escuchar furtivamente sus palabras. Dios mismo pareció querer autorizar estos honores por un fervor que tiene algo de milagro. Cuando ella salía de Beauvais para regresar a París en medio del gentío y de las bendiciones de todo el pueblo, un niño se cayó debajo de una rueda de su carricoche que le pasó por medio del cuerpo. Advertida por el grito de la gente, hace una súplica: al punto el niño se levanta sin herida y camina libremente.

El año 1631 transcurrió en Champaña, donde las tierras del R. P. de Gondi, el antiguo general de las galeras, ingresado entonces en el Oratorio. Por consejo de su director ella fue en primer lugar a saludar al obispo de Châlons, para entregarse a sus disposiciones. «Ahí es donde se halla el espíritu de Dios, le había escrito Vicente; yo no encuentro otra bendición más que ésa. Debéis mirarle como intérprete de la voluntad del Señor en lo que se va a hacer. Que si le parece que cambiéis algo en vuestra manera de actuar, hacedlo exactamente, por favor; si ve bien que os volváis, hacedlo tranquila y alegremente, ya que cumpliréis la voluntad de Dios.»

Ella tuvo que volverse, en efecto, y recibió de su santo director esta carta de consuelo: «Vos no dejaréis de tener la recompensa que tendríais, si hubierais instruido a todas las jóvenes de esos barrios…Nuestro Señor tendrá tal vez más gloria por vuestra sumisión que por todo el bien que podríais hacer. . un hermoso diamante vale más que toda una montaña de piedras, y un acto de virtud de consentimiento y de sumisión vale más que cantidad de buenas obras que se practican con los demás… Oh qué suerte la vuestra por pareceros en esto al hijo de Dios, por haberos visto como él obligada a retiraros de una provincia donde, a Dios gracias, no hacíais nada malo! El R. P. de Gondi os agradecerá aquí por el dolor que habéis sentido, y os testimoniará el sentimiento que tiene por ello; y una cosa os pido que no se os ocurra pensar que ha sido culpa vuestra. No, no es eso, sino una pura disposición de Dios para su mayor gloria y mayor bien de vuestra alma. Lo que más se destaca en la vida de san Luis es la tranquilidad con la que regresó de Tierra Santa sin haber logrado sus planes. Y talvez que no volváis a tener una ocasión en la que podáis dar más a dios que en ésta. Aprovechadla según la medida de la gracia que nuestro Señor ha hecho aparecer en vos.»

Tales fueron las primeras armas de la señorita Le Gras en los santos combates de la caridad, bajo la dirección y bajo las órdenes de Vicente de Paúl; estaba ya madura y era capaz, siendo siempre dirigida y obediente, de formar y mandar a todo un ejército caritativo.

Pero, quede bien claro, -pues esto es característico- que ella era buena para mandar como segunda. Escribía a san Vicente de Paúl; No se ha de esperar nada de mí en absoluto, más que lo que me mandéis hacer.» Así fue, en efecto, por naturaleza y por educación, la señorita Le Gras; como santa Chantal, una de esas mujeres espontáneas y maestras, capaces de fundar, de dirigir solas una Orden, y de transmitir tras ellas, a una superiora general que las reemplace, su espíritu de dirección y de autoridad; pero una mujer ágil y flexible para todo lo bueno, instrumento inteligente y dócil en una mano más fuerte que la suya, teniendo eminentemente lo que Richelieu reprochaba en Corneille lo que no tenía: el espíritu de seguimiento. En algunas circunstancias graves, ella tuvo, al lado del humilde Vicente, el don de iniciativa; pero, en general, ella esperó siempre un impulso extraño, y no supo actuar más que en la línea y en la medida de lo que le era ordenado. Virtud y calidad providenciales en la cofundadora y primera superiora de las Hijas de la Caridad, que debían estar subordinadas y sometidas a la dirección de los sucesores de san Vicente de Paúl!

II. Origen de las Hijas de la Caridad.

A la par que las Cofradías de la Caridad se cerraban en los pueblos, ellas se componían, en general, de mujeres que, entregadas por su nacimiento y sus costumbres a toda clase de trabajos, servían ellas mismas a los enfermos y hacían al lado de ellos todos los oficios de misericordia

Pero cuando entraron en las ciudades, y sobre todo al establecerse en París, se llenaron de damas de condición que habían cedido bien a las prácticas de la moda bien a motivos más puros. Al principio, siguiendo las reglas de la asociación, todas sirvieron a los pobres en persona. Pero pronto, unas y otras, fuera la que fuese la causa primera de su inscripción, cesaron de contribuir a su asistencia de otra forma que con sus diezmos. Bien se trataba de los maridos que, temiendo la introducción en sus casas del mal aire y de la enfermedad, se oponían al comercio de sus mujeres con los enfermos; bien se trataba de las propias mujeres que, educadas en la delicadeza, en el horror al mal y a la muerte, no querían exponerse al contagio. Ya que, entre las personas mismas, haciendo profesión de piedad, no eran raras las mujeres que, como la marquesa de Sablé, temían el mal aire, y que, muy lejos de ir a impregnarse entre los pobres, buscaban guardarse en sus casas por las precauciones más minuciosas. Muchas, además encontraban en por encima de sus fuerzas o de su valor subir las escalera innumerables que las debían llevar a la buhardilla del pobre; casi ninguna miraba como conveniente a su rango y a su dignidad rebajarse a su lado en ciertos oficios viles y repugnantes, de los que se compone casi exclusivamente el servicio de los enfermos

Pensaron pues en hacerse sustituir al lado de ellos. En primer lugar enviaron a sus criados. Pero ellos ¿no podían traer consigo el contagio? Luego, amas sobornables en su mayor parte, personajes torpes, no tenían ni el afecto, ni la habilidad ni la delicadeza necesarios para este empleo caritativo. A falta de siervos, este admirable servicio de los pobres, organizado en las Cofradías de la Caridad, padecía ya, pronto iba a desaparecer

Se pensó entonces que se necesitaban sirvientas consagradas a por profesión al cuidado de los pobres. pero, estas sirvientas, ¿dónde encontrarlas? Y, una vez halladas, ¿cómo formarlas para funciones que pedían tanta capacidad y virtud

Consultado sobre este asunto, san Vicente lo pensó ante Dios. entonces se acordó que, en el curso de sus misiones, se había encontrad a veces con jóvenes buenas llenas de entrega, una entre otras, a una joven de Suresnes, de quien ha hablado en muchas ocasiones en sus conferencias13. Se llamaba Margarita Naseau. Esta joven pobre había aprendido casi sola a leer mientras guardaba las vacas: pedía a los caminantes que le enseñaran las letras y le ayudaran a juntarlas; luego al mismo tiempo que el rebaño pastaba la hierba del prado, ella rumiaba su lección. Cuando supo leer, se entregó a Dios para instruir a su vez a los niños de Suresnes. Muy pronto fue de pueblo en pueblo para instruir a las jóvenes, y se ganó a dos o tres de sus alumnas que abrazaron con su ejemplo este humilde apostolado. Ella instruyó incluso a algunos jóvenes, a quienes alimentó en muchos casos, y que llegaron a ser buenos sacerdotes. Todo ello se hizo sin recursos, sin dinero, sin otros fondos que el de la Providencia. La pobre Margarita ayunaba días enteros, no vivía con frecuencia más que entre ruinas, sin recibir sin recibir a veces otra cosa que burlas como recompensa, pero esto sólo lograba aumentar su celo por su obra santa. En ello pasaba los días y las noches, olvidándose de sí misma, pero no olvidada de Dios. ella misma ha contado que, habiendo pasado unos días sin pan, y sin decir nada a nadie, una mañana, al volver de la misa, encontró en casa provisiones para mucho tiempo

Un día, se encontraba en Villepreux. Vicente llegó a dar la Misión. La buena joven le contó su historia, y le preguntó si agradaría a Dios continuando instruyendo a los pequeños campesinos. El santo sacerdote la confirmó en su plan. Pero sucedió que se estableció la Cofradía de la Caridad en Villepreux: la joven se siente presa del deseo de servir a los pobres enfermos y ya se ejercita en ello. muy pronto, en 1630, la Cofradía se funda en la parroquia de San Salvador en París . esta joven se entera, y de que las damas asociadas buscan sirvientas para llenar al lado de los enfermos los trabajos más duros. Desea ser una de ellas, y encuentra el medio de hacérselo saber a Vicente. Éste la hace venir y se la da a la señorita Le Gras quien le enseña pronto lo más necesario y la coloca en la parroquia de San Salvador bajo la dirección de las damas de la Cofradía. Allí hace maravillas. De allí la envían a San Nicolás del Chardonnet. Allí lleva la caridad hasta compartir el lecho con una pobre apestada. El contagio se apodera de ella y muere en el hospital de San Luis.

Ésa fue la primera Hija de la Caridad, joven de pueblo como casi todas, en particular en los comienzos de la compañía, joven heroica como casi todas todavía, y que inauguró con una especie de martirio el santo apostolado del servicio de los pobres. Aquí, una vez más, Dios se escogía lo que tenía de más débil para llegar a milagros de fuerza. Vicente se acordó de algunas otras jóvenes que no sintiendo ni atractivo por el matrimonio, ni suficientes bienes para entrar en religión, le habían parecido dispuestas e entregarse, por el amor de dIos, al servicio de los pobres enfermos no era ya tiempo tal vez de volverlas a encontrar. Pero las Misiones que siguieron inmediatamente proporcionaron dos llenas de buena voluntad. Fueron puestas por algún tiempo bajo la dirección de la señorita Le Gras quien, por sí misma, y sin poder consultar a su director enfermo, redactó enseguida un reglamento de vida que ellas debían seguir en común. ella se lo envió a continuación a Vicente, que le respondió: «Bendito sea Dios por todo cuanto ha tenido a bien hacer de vos con vuestro reglamento, y porque me ha privado del consuelo de veros en él. Ando bastante bien, a Dios gracias, y en estado de ofrecer mañana a Nuestro Señor en el nuevo estado interior y exterior en el que el divino amor os ha situado. Él suple y hace divinamente lo que los hombres no pueden hacer humanamente. Quizás ha permitido expresamente que yo no os haya visto, para no meter mi hoz en su cosecha. Le pido que os anime en todo con su espíritu, y a vuestras dos jóvenes también,, junto con vuestros enfermos.

Las dos jóvenes fueron rápidamente ocupadas en el servicio de los pobres; una fue colocada en la parroquia de San Salvador, la otra en la de San Benito. Pronto acudieron más, y fueron distribuidas en San Nicolás del Chardonnet y diferentes parroquias

Pero, sin relación, sin correspondencia entre ellas, sin noviciado previo, sin superiora que dirigiera sus vidas, provistas tan sólo de algunos avisos pasajeros de Vicente o de la señorita Le Gras, a estas jóvenes les faltaba capacidad y piedad. Ni regla, ni uniformidad ni reclutamiento posibles. Todo iba al azar, y cuando había que cambiar a algunas, no se tenía a mano con qué sustituirlas para el servicio de los pobres. Un número suficiente de jóvenes formadas primeramente en el cuidado de los enfermos y en los ejercicios de la vida espiritual, luego ligadas a su obra y entre ellas por el elemento religioso veladas sin cesar y dirigidas, eso es lo que se reconoció muy pronto necesario

La señorita Le Gras se ofreció al punto para esta obra. quiso incluso comprometerse por un voto irrevocable. Pero Vicente, siempre fiel a la lentitud del Dios eterno, encadenó su celo durante dos años. «Os suplico una vez por todas, le escribía, que no penséis en este empleo, hasta que nuestro Señor dé a entender que lo quiere; pues se piden con frecuencia muchas cosas buenas con un deseo que parece ser según Dios, y sin embargo no lo es siempre. Pero él permite estos deseos para la preparación del espíritu a ser según lo que su Providencia misma desea. Saúl buscaba asnas y encintró un reino; San Luis pretendía la Tierra santa, y logró la conquista de sí mismo y de la corona del cielo. Vos buscáis ser la sirviente de estas pobres jóvenes, y Dios quiere que seáis la suya, y tal vez de más personas de las que seríais de este modo. En cuanto a Dios, Señorita, que vuestro corazón honre la tranquilidad del de Nuestro Señor y estará en estado de servirle. El reino de Dios es la paz en el Espíritu Santo: él reinará en vos, si estáis en paz. Estadlo pues, por favor, y honrad soberanamente al Dios de paz y de dilección.

Por último, en 1633, el 29 de noviembre, víspera de san Andrés, Vicente, en medio de un número de jóvenes que se habían presentado, eligió a tres o cuatro que puso en manos de la señorita Le Gras. Ésta las recibió, las alojó, las mantuvo en su casa, las formó en el gran arte de la caridad, en el que ella era maestra consumada. Dios procede lentamente de ordinario; pero a veces hace en un instante su obra. Al cabo de pocos meses estas jóvenes, a quienes las necesidades urgentes de los pobres no permitían guardar por más tiempo se hallaban ya provistas de todas las aptitudes y de todas las virtudes de su caritativo estado. Atraídas por su ejemplo, otras jóvenes, más numerosas, acudieron a reemplazarlas en el noviciado de San Nicolás. Evidentemente Dios lo quería y la señorita Le Gras había encontrado por fin la vocación que le había sido desde hacía tanto tiempo y tantas veces anunciada. También volvió a su primer plan de comprometerse a ello con un voto irrevocable, y de renovar al mismo tiempo su voto de viudedad. La hora de Dios había llegado: esta vez, Vicente, lejos de oponerse, dio ánimos, y el 25 de marzo de 1634, la señorita Le Gras pronunció la fórmula de su consagración

El 25 de marzo, fiesta de la Anunciación de la santísima Virgen, será en adelante para las Hijas de la Caridad, lo que era ya para los sacerdotes de la Misión, el 25 de enero, fiesta de la conversión de san Pablo; día de la fundación y del nacimiento, día de renovación y de consagración repetida. A partir de este feliz día, la señorita Le Gras ofreció, cada mes, a Dios, una de sus comuniones para darle gracias por haberse dignado llamarla a un estado en que todos los momentos de su vida estaban consagrados a su gloria y a su amor.

Las cosas anduvieron así durante doce años. Las Hijas de la Caridad aumentaron, como también sus empleos. En un principio era tres o cuatro: se las contó pronto por centenares y por miles. De esta humilde casa de la parroquia de San Nicolás, de La Chapelle más tarde, o del barrio de Saint Denis, como de una colmena inagotable, se fueron extendiendo por enjambres cargadas de la más pura miel de la caridad por toda Francia, por toda Europa, por todo el mundo. No estaban primitivamente destinadas más que a cuidar a domicilio, en nombre de las Caridades de las parroquias, a los pobres a quienes el no hay sitio o la repugnancia cerraba la entrada en los hospitales: pronto, por derecho de caritativa conquista, se apoderaron de los hospitales mismos, sirvieron de madres a los niños expósitos, de maestras a las jóvenes pobres, de ángeles consoladores a los forzados, de providencia a todas las miserias.

Y sin embargo no formaron todavía cofradía propiamente dicha y no tenía reglas dictadas. Fiel a la máxima que había aprendido de Jesucristo y que le hemos visto aplicara su Congregación de Misioneros, Vicente quiso hacer antes de enseñar; antes de formular las reglas por escrito, quiso que tomaran cuerpo y vida en la práctica y en la experiencia. Y aquí, más todavía que para los Misioneros, los hechos le dieron la razón. ¿Quién podía prever, en un principio, semejante progreso, una multiplicidad tal de empleos?, y se les hubieran dado inmediatamente reglas, estas reglas, aplicables tan sólo al servicio de las parroquias, no lo habrían sido al servicio de las escuelas, de las prisiones, de los hospitales. porque pronto ya no se trataba de una congregación homogénea, dedicada a un solo objeto, que constituir, sino de muchas congregaciones en una que llevar hacia un centro vital y que hacer irradiar a los diversos puntos de una circunferencia vasta como la caridad y la miseria humana; es decir que a reglas comunes destinadas a unir a todos los miembros en un mismo cuerpo y hacerles vivir de una misma vida, era preciso añadir, sin romper el concierto, reglas particulares, tan numerosas y diversas como sus funciones. Una vez más, una larga práctica, experiencias multiplicadas podían por sí solas conducir a buen fin a tales constituciones.

Cuando Vicente se creyó suficiente instruido y preparado, esperó aún para actuar una señal exterior. La señal le llegó de la señorita Le Gras, quien le escribió la carta siguiente14:

«Mi muy respetable Padre, el modo como la Providencia me ha hecho hablaros en todas las ocasiones hace que en ésta en la que se trata de los sentimientos que creo que Dios me ha dado para el cumplimiento de su muy santa voluntad os hable con toda sencillez y verdad de las necesidades que la experiencia nos ha dado a conocer para el fortalecimiento de la Compañía de las Hijas de la Caridad, tan es así que Dios no os ha hecho oír odiar la destrucción entera, por las faltas generales y particulares de que allí se ven más claramente desde hace algunos años, de las que yo creo, en verdad y ante dios, ser la principal causa, bien por mis malos ejemplos como por mis negligencias y poco celo por la fidelidad de cumplir con mi deber. Y ésta es una de las principales necesidades: Proveer en el futuro de una persona de mejor ejemplo». Una segunda necesidad le parecía ser la redacción por escrito de su modo de vida; una tercera su erección en cofradía bajo la dirección de Vicente: «Es de creer, decía ella, que la debilidad y ligereza de espíritu de las jóvenes necesitaría ser ayudada por alguna fundación, para superar las tentaciones que se les presentan contra la vocación a causa de ello. Y el fundamente de esta fundación, sin el cual es imposible que pueda subsistir ni que Dios saque de ello la gloria que declara querer sacar, es la necesidad que dicha Compañía tiene de ser erigida, sea con el título de Compañía o el de Confraternidad, totalmente sometida y dependiente de la dirección venerable del muy honorable general de los Señores sacerdotes de la Misión, del consentimiento de la Compañía, para que, una vez admitidas, sean partícipes del bien que en ella se realiza, de manera que dándoles parte la divina bondad en el mérito de su acciones, sacrificios y oraciones, unidas a las de su Hijo, tenga misericordia de ellas. Esto es, mi muy honorable Padre, cuanto me había propuesto exponer a nuestras Hermanas antes de decíroslo; pero puedo asegurar que sería la muy humilde petición que hace la más indigna de todas las Hermanas de la Caridad.»

Tal era precisamente el pensamiento de Vicente mismo. Por eso redactó al momento una Memoria para el arzobispo de París, que envió primeramente a la señorita Le Gras, diciéndole: «He suprimido cantidad de cosas que hubiera podido decir con respecto a vos: dejemos a Nuestro Señor que se lo diga todo el mundo, y ocultémonos entre tanto».

III. Institución de las Hijas de la Caridad.

En la Memoria dirigida, en 1646, a Juan Francisco de Gondi, con el fin de obtener la erección de las hijas de la Caridad en cofradía, Vicente recuerda primero al arzobispo las Cofradías de la Caridad tan numerosas, establecidas, bajo su autoridad en las parroquias de París y en otros lugares de su diócesis. Pero las damas que las componen, siendo en su mayor parte de condición, no pueden realizar convenientemente las funciones más bajas y más viles. Ellas han tomado pues a algunas buenas jóvenes de los campos a quienes Dios ha infundido el deseo de asistir a los pobres enfermos, para sustituirlas. Estas jóvenes han sido educadas en primer lugar para este trabajo por una virtuosa viuda, la señorita Le Gras, quien las mantenido en su casa con las limosnas de damas caritativas. Y al cabo de trece o catorce años que comenzó la obra, Dios la ha bendecido de tal manera que hay en cada parroquia dos o tres jóvenes ocupadas, ya en la asistencia de los enfermos, ya incluso en la instrucción de las jóvenes pobres. viven allí a expensas de las cofradías de las parroquias, pero tan frugalmente que, con 100 libras, y unos 25 escudos al año les basta para alimentarse y vestirse. Tres están empleadas por las Damas de la Caridad del Hôtel-Dieu; diez o doce en el hospital de los Niños expósitos; dos o tres en la asistencia de los forzados; sin contar las que han sido enviadas para llenar las mismas funciones a Angers, a Richelieu, a Saint Germain en Laye, a Saint Denis, y a otros lugares del campo. Y como las llaman de todas partes, la señorita Le Gras está educando a otras en su casa, por lo general en número de más de treinta, que ella ocupa, mientras tanto, a unas en instruir a las niñas pobres que llegan allí a la escuela, a las otras en la asistencia a los enfermos de dentro o de fuera; a éstas en instruirse a sí mismas, aquéllas en los diferentes oficios de la casa. las mantiene con la ganancia del trabajo de su tiempo libre, con las limosnas de las damas y otras personas caritativas, «particularmente con la renta notable que el rey y la reina como también la señora duquesa de Aiguillon les han dado caritativamente a perpetuidad, que asciende a más de dos mil libras al año. Lo que recomienda también a estas jóvenes es, aparte de la asistencia corporal, la asistencia espiritual que dan a los enfermos y a los moribundos; «y Nuestro Señor bendice de tal manera este pequeño socorro que ellas aportan en su sencillez, que hay motivo de darle gracias por los efectos que resultan de ello, de forma que se ve claramente cumplir en ellas el dicho de la Escritura, que Dios se complace en comunicarse con los sencillos y humildes y en servirse de las más pequeñas y bajas para hacer de ellas grandes y altas.» Es él quien las llamó, las aprobó e inspiró como lo proclama la voz del pueblo que es la voz de Dios. Por otra parte, ellas no han hecho nada más que en virtud del mandamiento y el permiso del prelado,»la señal más clara de una verdadera vocación y buena obra.»
«Pero como las obras que se refieren al servicio de Dios acaban de ordinarios en los que las comienzan, si no existe alguna relación espiritual entre las personas que trabajan en ello», es de desear que el prelado eleve a astas jóvenes a cofradía y apruebe el reglamento según el cual han vivido hasta el presente y se proponen vivir en el futuro bajo el nombre de hijas y viudas sirvientes de los pobres de la caridad

Seguía este reglamento, que nosotros daremos a conocer ahora. Juan Francisco de Gondi legitimó esta petición el 20 de octubre de 1646, y el rey otorgó sus letras patentes. Pero el secretario de Méliand, procurador del Parlamento, habiendo extraviado estos documentos constitutivos de la fundación, hubo que realizar una nueva petición ante el arzobispo de París, que entonces era Juan Francisco Pablo de Gondi, el famoso cardenal de Retz

En el intervalo, la señorita Le Gras había reflexionado sobre el sentido de la primera petición y de la primera aprobación. Se recuerda con qué insistencia en su carta antes citada de 1646 reclamaba como fundamento esencial de la Compañía, la dependencia y dirección del superior general de la Misión. Pues en el proyecto de estatutos y reglamente que él había puesto a la aprobación del arzobispo de París, Vicente, siempre humilde, siempre enteramente sumiso a los prelados de la Iglesia, había remitido la dirección de la Compañía que él había fundado y dirigido solo hasta ese día con la señorita Le Gras, a la discreción del arzobispo. En efecto, allí se había dicho que la asamblea para la elección de la superiora estaría presidida por un eclesiástico diputado de Mons. de París para la dirección de dichas jóvenes y viudas»; que la superiora tendría la entera dirección de la cofradía, «con el susodicho eclesiástico»; que, para admitir o despedir a hermanas, ella debería tomar consejo y consultar con él ; que todas finalmente estarían obligadas «a rendir obediencia en lo que tocara a su dirección, al eclesiástico diputado para la dirección de la compañía.

Juan Francisco de Gondi, o más bien el cardenal de Retz, que había concedido la primera aprobación como coadjutor y vicario general de su tío, había nombrado naturalmente al santo fundador director de la Compañía vitalicio. Pero si el nombramiento del director quedaba entregada a la voluntad del arzobispo de París, éste no podía acaso, después de la muerte de Vicente, romper su familia espiritual, separar a las hermanas de los hermanos, en una palabra sustraer a las Hijas de la Caridad a la dirección del superior de la Misión? Y entonces, arrancadas a la cuna en que habían tenido nacimiento, donde habían bebido durante tanto tiempo la vida, ¿no acabarían, como un riachuelo desviado de su fuente, por secarse o, al menos, por tomar otras aguas y una dirección diferente, para gran detrimento de ellas mismas y de los pobres

La señorita Le Gras se lo temió, y ella reclamó inmediatamente en sus frecuentes conferencias con Vicente. En el mes de noviembre de 1647, ella le escribía: «Me ha parecido que Dios ha puesto mi alma en una gran paz y sencillez en la oración muy imperfecta por mi parte que he hecho sobre el asunto de la necesidad que la Compañía de las Hijas de la Caridad esté siempre sucesivamente bajo la dirección que la divina Providencia les ha dado, tanto en lo espiritual como temporal, en la que yo pienso haber visto que sería más ventajoso a su gloria que la Compañía desapareciera por completo que tener otra dirección, ya que parece que sería contra la voluntad de Dios. las señales son que hay motivo de creer que Dios inspira y da a conocer su voluntad por la perfección de las obras que su bondad quiere hacer al principio que hace conocer sus designios; y vos sabéis, Señor, que al comienzo de éste, se propuso que lo temporal de de dicha Compañía, si llegase a faltar por malversación, volvería a la Misión, para que se utilizara para la instrucción del pueblo del campo. Me parece que si vuestra caridad ha comprendido lo que me parece haberos dicho en la persona de san Pedro, que era sobre ella sobre la cual él quería edificar esta Compañía, que perseverará en el servicio que ella le pida para la instrucción de los pequeños y el alivio de los enfermos.

Algunos años más tarde, en 1651, cuando se trató de dirigir una segunda demanda, la señorita Le Gras volvió a la carga y escribió también: «El término tan absoluto de dependencia de Monseñor ¿no nos puede dañar en el porvenir, dando libertad de salirnos de la dirección del superior general de la Misión? ¿No es acaso necesario, Señor, que, por esta fundación, nos sea dad vuestra caridad como director perpetuo? Y estos reglamentos que nos deben ser dados, ¿es intención de Monseñor que sean los señalados después de la demanda?. Eso pide un acta aparte, o bien se quieren formar otras, puesto que hace mención de ello por separado? En nombre de Dios, Señor, no permitáis que se apruebe nada que pueda favorecer siquiera levemente sacar a la Compañía de la dirección que Dios le ha dado, ya que tened por seguro que al momento ya no sería lo mismo, y los pobres enfermos no serían socorridos más, y así yo creo que la voluntad de Dios no estaría más con nosotras.

Impresionado por la sabiduría de estas observaciones, Vicente va a redactar en este sentido su segunda demanda. Pero notemos antes de nada el servicio inmenso, ignorado de las Hijas de la Caridad mismas, que les hizo la señorita Le Gras en sus orígenes. Por ello tan sólo, independientemente de sus lecciones, de sus ejemplos y de su larga dirección, ella merecería ser considerada por ellas como su verdadera fundadora; o, al menos, ya que el primer honor pertenece siempre a Vicente, como la segunda fundadora de esta Roma de la caridad

Así pues, Vicente, en su segunda petición15, suplicó al cardenal de Retz, con una aprobación nueva de la Compañía y de sus estatutos y reglamentos, que le diera el poder, a él y a sus sucesores, generales de la congregación de la Misión, de dirigirla, bajo la autoridad de los arzobispos de París16.

En consecuencia, el 18 de enero de 1655, el cardenal de Retz, entonces en Roma, «queriendo dar medio a las Damas de la Caridad y a las pobres viudas y jóvenes sirvientas de los pobres enfermos de hacer una buena obra que es para la gloria de Dios y la edificación del pueblo»; erige a las Hijas de la Caridad en cofradía, aprueba sus reglamentos con la condición de que la cofradía estará y seguirá a perpetuidad bajo su autoridad y dependencia, y de sus sucesores arzobispos de París. pero añade: «Y visto que Dios ha bendecido el cuidado y trabajo que nuestro querido y bien amado Vicente ce Paúl se ha tomado para hacer realidad este piadoso designio, nos le hemos confiado de nuevo y encomendado, y por estas presentes confiamos y encomendamos el mando y la dirección de dicha sociedad y cofradía de por vida, y después de él a sus sucesores generales de dicha congregación de la Misión».

En el mes de noviembre de 1657, el rey, deseando apoyar con su autoridad todas las buenas obras y todas las fundaciones de su reino para la gloria de Dios, «y en particular la de dicha sociedad y cofradía que ha tenido un comienzo tan lleno de bendiciones y un progreso tan abundante en caridad, tanto con respecto a los pobres enfermos como a los pobres niños expósitos, pobres forzados y jovencitas, y hasta pobres jóvenes que se presentan para servirles, las cuales, por este medio, tienen una hermosa y santa ocasión de darse a Dios y servirle en la persona de los pobres», aprueba, en los mismos términos, la sociedad, la autoriza a extenderse por todos los Estados de su obediencia para desempeñar en ellos las mismas funciones que en París, la toma, a ella y a sus bienes, bajo su salvaguardia y protección especial y de sus sucesores reyes, le permite recibir todos los legados y donaciones, y finalmente, le otorga las exenciones y los privilegios más amplios

Estas letras patentes fueron registradas en Parlamento el 16 de diciembre de 1658; y diez años después el 8 de junio de 1668, a petición de la superiora, oficiales y de toda la comunidad, la Congregación de las hijas de la Caridad recibió aprobación y confirmación de la autoridad apostólica en virtud de cartas entregadas por luis de Vendôme, legado de la Santa Sede en Francia. Ana de Austria, según una carta de ella que se nos ha conservado17, había intervenido ante la Santa Sede para hacer a los superiores generales de la Misión directores perpetuos de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

IV. Estatutos y reglamentos de la Compañía.

Éstos son los estatutos y reglamentos de la Compañía tal y como fueron aprobados por el arzobispo, el rey y la Santa Sede; asimismo tal y como fueron reconocidos por decreto imperial del 8 de noviembre de 1809, con ocasión de su restablecimiento solemne en Francia.

«La Cofradía de la Caridad de las Sirvientas de los pobres enfermos de las parroquias ha sido instituida para honrar la caridad de Nuestro Señor patrón de ella asistiendo a los pobres enfermos de las parroquias y de los hospitales, los forzados y los pobres niños expósitos, corporal y espiritualmente: corporalmente, administrándoles el alimento y los medicamentos; y espiritualmente, procurando que los pobres enfermos que se acerquen a la muerte partan de este mundo en buen estado, y que los que se curan hagan resolución de no ofender a Dios nunca con la ayuda de su gracia, y que los niños expósitos sean instruidos en las cosas necesarias a la salvación. Está compuesta de jóvenes y de viudas, las cuales elegirán a una superiora de entre ellas cada tres años, por la mayoría de votos18, al otro día de Pentecostés, y en presencia del superior general de la Misión, o de un sacerdote de dicha Misión que será diputado por su parte para su dirección; la cual podrá ser continuada por otros tres años solamente; ellas elegirán además a otras tres oficialas todos los años en día parecido, una de las cuales será asistenta, la otra tesorera y la otra despensera.

«La superiora tendrá la dirección de dicha cofradía con el superior general o aquel que sea diputado de su parte; ella será como el alma que anime el cuerpo; hará observar el presente reglamento, recibirá en dicha Compañía a aquellas que encuentre idóneas según el parecer del dicho director y el de las demás oficialas y las formará en todo lo que se refiere a sus empleos, pero en particular en la práctica de las virtudes cristianas y propias de su estado, instruyéndolas más bien con su ejemplo que de palabra; las enviará, llamará y empleará en todo cuanto se relacione con el fin de la cofradía, no solamente en la parroquia donde dicha cofradía esté establecida, sino también en todos los lugares a los que las envíe, todo según el parecer del dicho director

«La segunda oficiala será la asistenta de dicha directora, le servirá de consejo y la representará en su ausencia; y todas la obedecerán como a la superiora en ausencia de ésta

«La tercera servirá de tesorera, hará los recados y guardará el dinero en un cofre con dos cerraduras diferentes, de las cuales la superiora tendrá una llave y ella la otra, con la excepción que ella podrá tener en mano la suma de cien libras para atender al corriente de la despensa, y dará cuenta todos los meses a la superiora, y todos los años al director, en la presencia de todas las oficialas. Ella representará también a la superiora y a la asistenta en sus ausencias y les servirá de consejo

«La cuarta hará la despensa y proveerá a las necesidades comunes de la Compañía, dará cuenta todas las semanas a la superiora, representará a la misma superiora en la ausencia de ésta y de las demás oficialas y les servirá igualmente de consejo.

«Tanto las jóvenes como las viudas de dicha cofradía estarán sometidas y obedecerán a la dicha superiora, y en su ausencia a las otras oficialas y a todas aquellas que sean diputadas por su parte, representándose que ellas obedecen a Dios en sus personas, y ejecutarán de buena gana y puntualmente el presente reglamento y las laudables costumbres de su Instituto, sea en las parroquias donde están establecidas, sea en otras partes adonde sean enviadas.

«Ellas rendirán también obediencia en lo que se refiere a su conducta a dicho director y superior.

«Las que deseen ser recibidas en dicha Compañía se presentarán a dicha superiora quien, después de probar su vocación y de hablar con el director, y de acuerdo con el consejo de las demás oficialas, las recibirá, las educará en sus funciones por algún tiempo, y después, según que las juzgue capaces las empleará en los ejercicios que hemos dicho.

«Al ser enviadas a algunas parroquias, ellas irán a recibir la bendición de los sres. párrocos, a quienes recibirán de rodillas, y mientras estén en sus parroquias, les tributarán toda suerte de honor, respeto y obediencia, con respecto a la asistencia de los enfermos.

«También obedecerán en todo a las damas oficialas de la Caridad de las parroquias, y a los médicos en lo que concierne al cuidado de los enfermos.

«Su principal cuidado será servir bien a los pobres enfermos, tratándolos con compasión y cordialidad, y esforzándose en edificarlos, consolarlos y disponerlos a la paciencia, preparándolos a hacer una buena confesión general, y sobre todo procurando que reciban sus sacramentos.

«Aparte de eso, cuando sean llamadas a otros oficios, como a asistir a los pobres forzados, a educar a los pequeños expósitos, a instruir a las niñas pobres, se portarán con un afecto y diligencia particular, pensando que al hacer esto rinden servicio a nuestro Señor, como niño, como enfermo, como pobre, como prisionero

«Ellas se apreciarán y respetarán como hermanas a quienes Jesucristo a unido por su amor, asistirán al entierro de las que fallezcan, comulgarán a su intención, encargarán una misa mayor por cada una de ellas; asistirán también al entierro de los pobres a quienes hayan servido, si la comodidad se lo permite, y rogarán a Dios por el descanso de sus almas

«Y para que, sirviendo a los pobres, ellas no se olviden de sí mismas y la caridad que ejercen con ellos esté bien ordenada, y puedan recibir las recompensas que Nuestro Señor les promete en este mundo y en el otro, tendrán un cuidado particular de mantenerse siempre en estado de gracia con la ayuda de Dios, y para ello, detestarán y huirán del pecado mortal más que de el demonio, y se guardarán incluso, mediante la gracia de Dios, de no cometer ningún venias a sabiendas, en particular en todo lo que se refiere a la castidad, empleando todas las precauciones posibles para conservarla

«Harán lo posible por ajustarse al empleo del día que se ha practicado hasta ahora, señaladamente en cuanto a las horas del levantarse y del acostarse, de la oración, de los exámenes tanto particulares como generales, de las lecturas espirituales, confesiones y comuniones, y del silencio entes de la oración de la mañana

«Tendrán buen cuidado de guardar la uniformidad, en cuanto puedan, en cuanto al vivir, vestir, hablar, al servicio de los pobres y en especial a su peinado.

«Si ahorran algún dinero, lo pondrán en la bolsa común que les servirá para proveerse de ropas y demás necesidades a su tiempo

«Y para honrar mejor a Nuestro Señor su patrón, tendrán una recta intención de agradarle en todas sus acciones, y se esforzarán en conformar sus vidas a la suya, en especial su pobreza, su humildad, su dulzura, su sencillez y sobriedad

«Y para salir al paso de muchos inconvenientes, no recibirán nada de nadie y no darán ninguna cosa a quien quiera que sea, sin decírselo a la superiora. No harán ninguna visita fuera de la de los enfermos y no permitirán que se las hagan, señaladamente los hombres, a los que no dejarán entrar en sus habitaciones.

«Por la calle, caminarán con modestia y la vista baja, no se detendrán para hablar con nadie, sobre todo de distinto sexo, si no hay gran necesidad, y en todo caso, deberán cortar por lo sano y despachar pronto

«No saldrán de la casa sin el permiso de la superiora u otro que esté señalado y al regreso le darán cuenta de su viaje

«No enviarán cartas, ni abrirán las que les escriban sin el permiso de su superiora.

«No se divertirán charlando a la puerta con los externos, ni tampoco en las casas, sin permiso

«Tendrán cuidado en ir al menos todos los meses a la casa de la comunidad para comunicar con la superiora sobre todos sus empleos, y acudirán allí siempre que sean llamadas, dejando bien servidos a los enfermos

«Se acordarán que se llaman Hijas de la Caridad, es decir jóvenes que hacen la profesión de amar a Dios y al prójimo, y partiendo de que. aparte del amor soberano que deben sentir por Dios, tienen que sobresalir en la dilección del prójimo, en particular de sus compañeras; según eso, huirán de toda frialdad y aversión con ellas como también de las amistades particulares y afectos hacia algunas de ellas, por ser estos extremos viciosos las fuentes de la división y de la ruina de una compañía y de los particulares, que las mantienen y las disfrutan; y si sucede que ellas se hayan dado motivo de mortificación una a la otra, ellas se pedirán perdón lo más tarde por la noche antes de acostarse. Además, ellas se representarán que se las llama sirvientas de los pobres que, según el mundo, es una de las más bajas condiciones, a fin de tenerse siempre en la baja estima de sí mismas, rechazando con prontitud el menor pensamiento de vanagloria que les pasara por la mente para haber oído hablar bien de sus empleos, persuadiéndose que es a Dios a quien es debido todo honor, ya que él solo es el autor

«Y como sus oficios son la mayor parte muy penosos, y los pobres a quienes ellas sirven un poco difíciles, hasta el punto que a veces ellas pueden recibir reproches por ello, incluso cuando mejor lo han hecho por ellos, tratará, con todas sus posibilidades de hacer buena provisión de paciencia, y pedirán todos los días a Nuestro Señor que se la dé en abundancia y les haga participar de aquella que él ejerció con los que le calumniaban, azotaban, flagelaban y crucificaban

«Serán muy fieles y exactas en observar el presente reglamento, y junto con las laudables costumbre en el modo de vivir que han conservado hasta ahora, particularmente las de su propia perfección

«Se acordarán sin embargo que hay que preferir siempre a su práctica de devoción el servicio de los pobres, cuando la necesidad o la obediencia las llaman a él, pensando que al hacerlo ellas dejan a Dios por Dios

«Y a fin de que Dios quiera darles la gracia de cumplir todo esto, se confesarán y comulgarán todos los domingos y principales fiestas del año, en las parroquias u hospitales en que se encuentren, y harán los ejercicios espirituales todos los años en la casa de su comunidad, mientras lo puedan.

A estos estatutos se ha de añadir que las Hijas de la Caridad, no sólo no hacen votos solemnes, pero ni siquiera votos simples a perpetuidad. Ésta es la razón, independientemente del claustro al que sus funciones caritativas les impiden obligarse, nosotros comprenderemos a san Vicente repitiendo tan a menudo que no son religiosas, sino jóvenes unidas en compañía secular. Sus votos sólo son anuales e interiores. Los hace por primera vez después de cinco años de prueba, y los renuevan el 25 de marzo día en que la señorita Le Gras pronunció su consagración, sobre la propuesta de la superiora general, y sobre el permiso del superior general de la congregación de la Misión. Cada año, el 25 de marzo, todas se levantan pues libres; pero todos se apresuran a imponerse el santo yugo del servicio de Dios y de los pobres, y la negativa que se haría a alguna del permiso de renovar sus votos sería para ella la más cruel de las penitencias. A los tres votos ordinarios de religión añaden un cuarto voto de estabilidad, es decir el voto de seguir al servicio de los pobres en la compañía a la que Dios las ha llamado.

V. Sesión de fundación.

El mes de mayo de 1655, casi inmediatamente después de la erección de las Hijas de la Caridad en cofradía y la aprobación por el ordinario de sus estatutos y reglamentos, Vicente juzgó oportuno hacer acta de fundación. En consecuencia, convocó en asamblea general a todas las Hijas que se encontraban en París, tomó los nombres de las que habían sido ya recibidas y de las postulantes; después les dirigió poco más o menos estas palabras:

«Mis buenas hijas, la Providencia os ha reunido a todas aquí, y parece que con el designio de que honréis la vida humana de Jesucristo en la tierra. Oh, qué ventaja tiene estar en una comunidad. Porque cada particular participa del bien que hace todo el cuerpo, y recibe, por este medio, una gracia más abundante. Nuestro Señor nos lo ha prometido al decir: ‘Cuando estéis reunidos dos o tres en mi nombre, yo estaré en medio de vosotros’; con mayor razón cuando seáis muchos de un mismo plan de servir a Dios, mi padre y yo vendremos a hacer nuestra morada en vosotros. Las personas que tienen un mismo espíritu aspiran unas y otras a honrar a Dios; y para eso rogó su Hijo en la última oración que hizo antes de su pasión, diciendo: ‘Padre mío, yo pido por los que me has dado: que sean uno como vos y yo somos uno.

«Y sin embargo, aunque reunidas para vivir en común, no habéis tenido todavía reglamento para vuestro modo de vida, Y, en esto, la divina Providencia os ha conducido como lo hizo con su pueblo, que estuvo más de mil años sin ley. Nuestro Señor hizo lo mismo en la primitiva Iglesia, ya que mientras estuvo en la tierra, no hubo ley escrita, y fueron los Apóstoles los que, después de él, recogieron sus enseñanzas y ordenanzas19.

«Pero importa que yo os dé una regla antes de que me vaya. Algunos os han dicho quizás que piensan que, mientras yo viva, vuestra comunidad no faltará, pero que después habrá que dejarlo todo20. Os diré, mis queridas hermanas, que esto no pasa nunca con las obras de Dios. Aunque tuvierais un pobre apoyo como éste de una pequeña criatura, vuestra firmeza debe estar en la santa Providencia; ya que es ella la que ha puesto a vuestra Compañía en pie donde está. Pues ¿quién ha sido, os lo suplico? No podría imaginármelo. A nosotros no se nos ocurrió nunca el proyecto. ¿Quién habría pensado que debiera haber Hijas de la Caridad, cuando las primeras vinieron para servir a los pobres en algunas parroquias de París? Yo pensaba todavía hoy y me decía: ¿Eres tú quien ha pensado en hacer una compañía de Hijas de la Caridad? Oh, de ninguna forma! ¿Es acaso la señorita Le Gras? Tampoco. ¿Y quién se habría podido formar este designio de procurar a la Iglesia una compañía de hijas de la Caridad con hábito secular? No habría parecido posible, aun cuando sea verdad que Dios haya tenido a bien servirse de nosotros para establecer las cofradías de las parroquias. Oh hijas mías, yo no pensaba en ello, vuestra hermana sirviente no pensaba en ello, lo mismo el Sr. Portail. Es pues Dios quien pensaba en ello por vosotras; es entonces él a quien podemos llamar el autor de vuestra Compañía, ya que verdaderamente nosotros no podríamos reconocer a otro. Oh bendito sea Dios porque se lo debéis a su bondad el haber sido elegidas, aunque pobres jóvenes de pueblo en la mayor parte para formar una compañía que, mediante su gracia, le servirá fielmente! –Y ¿qué fundamento pensáis que haya dejado Nuestro Señor para la fundación de su Iglesia? Había cantidad que le seguían, y hacia el final no quedaron más que doce que fueron todos sometidos a suplicio. Las obras de Dios no son como las de los hombres. Los padres del Oratorio estaban lo mismo a la muerte del P. de Bérulle, y también los hijos de san Francisco. Pero ¿a dónde voy yo, miserable pecador? No hay comparación! No, hermanas mías, no temáis; Dios no os faltará, si le sois fieles. Trabajad pues sólo en perfeccionaros sirviendo a los pobres21»

Pero es una necesidad que cada compañía o comunidad tenga una regla o modo de vida conveniente al servicio que Dios quiere sacar de ella. Eso está muy claro, y vosotras veis también que todos los religiosos y todas las demás comunidades tienen una que les es propia. Y nosotros que no somos religiosos y no lo seremos nunca, porque no lo merecemos, nosotros tenemos una. Los padres del Oratorio a quienes debía nombrar los primeros, tienen una. Y es difícil y hasta imposible que las comunidades se mantengan sin ello en la uniformidad. Y qué desorden sería que unas se levantasen y quisiesen levantarse a una hora, las otras a otra! Sería desunión más que unión.

«Hasta hoy, hijas mías, habéis trabajado por vosotras mismas, y sin otra obligación por parte de Dios que dar cumplimiento a la orden que se os había dado. Hasta hoy, no habéis sido un cuerpo separado del de las Damas de la Caridad. Pero ahora, hijas mías, Dios quiere que seáis un cuerpo particular que, sin estar separado del de las Damas, no deja de tener sus ejercicios y sus funciones particulares.

«Hasta el presente habéis trabajado sin otras obligaciones que ésas; y ahora Dios os quiere unir más estrechamente por la aprobación que ha querido que tenga lugar de vuestro estilo de vida y de vuestras reglas por monseñor el ilustrísimo y reverendísimo arzobispo de París.

Aquí Vicente dio lectura a unos documentos analizados anteriormente, después procedió a la elección de las oficialas

«El primer artículo de vuestros estatutos dice pues que la Compañía estará compuesta de viudas y de jóvenes que elegirán a una de entre ellas para ser su superiora durante tres años; que ésta misma podrá también ser continuada otros tres años consecutivos, pero no más. Eso, entiéndase bien, no tendrá lugar más que después del fallecimiento de la Señorita.»

Aquí la señorita Le Gras se puso de rodillas y suplicó a Vicente que fuera desde ese momento. No, Señorita, respondió el santo. Vuestras hermanas y yo debemos pedir a Dios que os conserve la vida durante largos años. Él conserva de ordinario por medios extraordinarios a los que son necesarios para el cumplimiento de su obras, y si tenéis el debido cuidado, Señorita, hace más de diez años que no vivís ya, al menos de una manera ordinaria»22.

En cuanto a las otras tres oficialas, bien que en virtud del reglamento, la elección debiera hacerse por la mayoría de sufragios, sin embargo, por la primera vez, él creyó que correspondía al fundador nombrarla él mismo. Así, él nombró primera asistenta a Juliana Loret, tesorera a Mathurine Guérin, y despensera a Juana Gressier. Acta de este nombramiento fue levantada y firmada de todos los miembros de la asamblea. Vicente no quiso firmar más que el último, y él hizo pasar delante, no sólo a la señorita Le Gras y a las oficialas, sino a todas las hermanas presentes

La primera elección regular, es decir conforme a los estatutos, no se hizo hasta el 22 de mayo de 1657, martes de Pentecostés. Después de una conferencia sobre la importancia de elegir a buenas oficialas, sobre las cualidades requeridas en ellas y sobre el modo de proceder bien en la elección. Vicente, conformándose al modo de elección seguido por los Apóstoles para reemplazar a Judas, escogió dos nombres para cada oficio que sometió a los votos de todas las hermanas que tenían cuatro años al menos de vocación (exigió ocho años en lo sucesivo). Y antes de que cada una viniera a decirle en voz bajita la que ella había elegido, él pronunció esta oración: «Oh Jesús, señor de nuestras almas. Que sois quien ha escogido desde toda la eternidad a las hermanas que deben ser nuestras oficialas, concédenos la gracia de conocerlas. Oh Salvador, ellas han sido oficialas en vuestra vida eterna: dignaos acordaros de que son vuestras oficialas a las que vos os habéis elegido para el bien de esta Compañía. No os contentasteis con haberos formado una compañía para educaros a esposas, sino que habéis inspirado, además, dar oficialas que, con vuestra gracia, cooperen a su santificación. Bendito seáis por serviros de ellas así! Dignaos pues, oh Señor, que nos dirijamos a vos, como en otro tiempo los Apóstoles, con motivo de la elección de una persona para ser apóstol; ellos os suplicaban que les dierais a conocer vuestra voluntad de esta manera: ‘Oh Señor, mostradnos al que habéis escogido para este ministerio’! Hermanas mías, elevaos a Dios conmigo para pedirle la misma gracia; daos todas a él para no ver en esta acción más que su santa voluntad, y para dar vuestro voto a las que querríais habérselo dado a la hora de vuestra muerte.»

Luego él recogió los votos y proclamó el resultado de la elección: la hermana Juana de Lacroix era asistenta, la hermana Genoveva Poisson tesorera, y la hermana Magdalena Mesnage despensera.» Quiera la bondad de Dios, añadió Vicente, recibir con agrado esta elección, y concederles la gracia de desempeñar bien sus obligaciones para la gloria y utilidad del prójimo!

Aquí, una de las oficialas se puso de rodillas y pidió perdón por las faltas que había cometido en su cargo, y por el escándalo que había dado a la comunidad. Dios os bendiga, hija mía, le dijo Vicente. La señorita Le Gras acaba de darme buenos informes de vos y de vuestra conducta, como así de las otras dos, de lo cual sea dada gloria a Dios! Pero tenéis razón en pedir perdón a nuestras hermanas por los malos ejemplos que pensáis haber dado durante la administración de vuestro cargo, ya que es difícil hacerlo tan bien que no se deslice siempre algo que enmendar. Es la práctica de las hijas de Santa María que la emplean con las que salen del cargo; y también se les da alguna penitencia; por eso pienso que es conveniente que hagamos lo mismo. Dios ha dado el pensamiento a esta hermana de hacer este acto para que nos acordemos de ello, en lo cual yo no pensaba. Dios os bendiga, hermana!

Habiendo seguido el ejemplo de la primera las otras dos oficialas salientes, el santo les impuso a todas de penitencia, y para obtener de Dios las gracias que necesitaban las hermanas recién elegidas, decir las letanías del santo nombre de Jesús, y oír al día siguiente la santa misa con la misma intención

VI. Las constituciones.

Volvamos a las asambleas de mayo de 1655. Nombradas las oficialas, Vicente de Paúl pensó en nombrar a un director para las Hijas de la Caridad. Es verdad que no quería desprenderse del todo de su dirección, y le veremos, el resto de su vida, ocuparse de ellas como de su obra predilecta. Pero su edad avanzada y sus ocupaciones siempre crecientes no le permitían dirigirlas con entera regularidad, dio como director ordinario a estas hijas queridas al más antiguo y más querido de sus discípulos, Antonio Portail, el más penetrado del espíritu, de la prudencia y de la caridad del santo fundador

La Compañía así constituida en todas sus partes y en su gobierno, dio lectura de las reglas, comunes y particulares, de las que éste es un breve análisis:

I. –Del fin y de las virtudes fundamentales de su Instituto. Este fin es honrar a Nuestro Señor Jesucristo como la fuente y el modelo de toda caridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres, sea enfermos, sea niños, sea prisioneros o demás, quienes, por vergüenza, no se atreven a aparecer como necesitados. Para corresponder dignamente a una vocación tan santa e imitar a un modelo tan perfecto, deben tratar de vivir santamente y trabajar con gran esmero en su propia perfección, uniendo los ejercicios interiores de la vida espiritual a los oficios exteriores de la caridad cristiana.

Aunque no estén en una religión, no siendo este estado conveniente a los oficios de su vocación, no obstante, como están mucho más expuestas en el exterior que las religiosas, no teniendo de ordinario por monasterio más que las casas de los enfermos, por celda una habitación de alquiler, por capilla la iglesia de la parroquia, por claustro las calles de la ciudad o las salas de los hospitales, por clausura la obediencia, por reja el temor de Dios, y por velo la santa modestia, se ven obligadas por esta consideración a llevar, por fuera o por dentro, una vida tan virtuosa, tan pura, tan edificante, como verdaderas religiosas en su monasterio.

Ente todo, tendrán en mayor estima la salvación de su alma que todas las cosas de la tierra; huirán del pecado mortal más que de la muerte y del pecado venial con todas sus fuerzas, y para merecer la recompensa prometida por Nuestro Señor a los sirvientes de los pobres, se dedicarán a adquirir las tres virtudes cristianas de humildad, de sencillez y de caridad, que son como las tres facultades de todo el cuerpo y de cada miembro, y como el alma propia de su Compañía.

Por otra parte, horror de las cosas del mundo, amor de las máximas de Jesucristo: por consiguiente, amor de la mortificación; desprecio de sí misma y de las cosas de la tierra; preferencia de los oficios bajos y repugnantes, del último lugar y del rechazo de los demás; desprendimiento de los lugares, de los oficios y de las personas, incluso de los padres y de los confesores; disposición a dejarlo todo a la voz de la obediencia; paciencia amorosa en las incomodidades, las contradicciones, las burlas y las calumnias; gran confianza en la Providencia, abandono a ella como niño a su nodriza.

II. –Sirvientas de los pobres, honrarán la pobreza de Nuestro Señor viviendo ellas mismas pobremente. Lo pondrán todo en común a ejemplo de los primeros cristianos y ninguna podrá disponer de los bienes de la comunidad, menos aún del bien de los pobres sin el permiso de la superiora en cosas ordinarias, del superior en cosas excepcionales23. No pedirán ni rechazarán nada para ellas, remitiéndose en sus necesidades a la solicitud de las oficialas. De cerca y de lejos, ellas vivirán y vestirán de una manera uniforme y según el modelo de la casa principal. Enfermas, se contentarán en todo con lo ordinario de los pobres; ya que las criadas no deben ser mejor tratadas que sus señores.

III. –Ellas pondrán todos los medios, tanto interiores como exteriores, para poner su castidad a salvo no sólo de toda mancha, sino hasta de toda sospecha, ya que la sola sospecha, aunque mal fundada, será más perjudicial para su Compañía y para sus santos oficios que todos los demás crímenes que les sean falsamente imputados. Así pues, gran modestia, vista baja, en particular en el exterior, en las calles, en las iglesias; gran modestia incluso dentro de la casa, en sus recreaciones, en sus relaciones mutuas; vida ocupada hasta en sus momentos de descanso; -ninguna visita activa o pasiva, sino en caso de necesidad y con permiso, sino en compañía o a la vista de sus hermanas, con visita a Nuestro Señor al salir y al regreso; nunca en casa de personas sospechosas, ni siquiera so pretexto de caridad; nunca en el interior de su casa ni sobre todo de sus propias habitaciones, a no ser en caso de enfermedad; nunca visita de los confesores ni de los confesores a ellas, a no ser en el mismo caso y con las precauciones ordinarias; siempre gran recato en las palabras y en todo el exterior, conversaciones breves y edificantes; -gran sobriedad; -ayunos, exceptuadas las enfermas y las sirvientas de los enfermos; todas las vísperas de fiestas inhábiles de Nuestro Señor y de la santísima Virgen, menos el tiempo pascual; abstinencia todo los miércoles de Adviento, y el lunes y martes de quincuagésima; no más mortificaciones exteriores, incompatibles con sus trabajos, si no es con permiso, pero mortificaciones interiores siempre.

IV. –Obedecerán con sumisión de juicio y de voluntad, en todas las cosa en las que no se vea pecado, a los obispos en la diócesis en la que estén establecidas; al superior general de la Misión, superior de su Compañía, y a sus diputados; a la superiora, a las hermanas sirvientes24 y demás oficialas, tan imperfectas y desagradables como agradables y perfectas, la obediencia dirigiéndose menos a las personas que a Jesucristo; a los párrocos de quienes recibirán la bendición de rodillas; a los confesores y eclesiásticos de sus parroquias; a los administradores y a los médicos de los hospitales; a todos los puntos de la regla, al primer sonido de la campana, voz de Nuestro Señor que las llama.

V.– Hijas de la Caridad, amarán a Dios y al prójimo, se estimarán y respetarán como hermanas a quienes ha unido Nuestro Señor para su servicio; por lo tanto, ni sentimientos de aversión y de envidia, ni palabras rudas ni molestas; apoyo mutuo en las imperfecciones, condescendencia con los caracteres y sentimientos contrarios, salvo en la ley de Dios y en la regla; en caso de ofensa, perdón pedido y recibido de rodillas en es mismo instante y lo más tarde por la noche; gran cuidado de las enfermas, consideradas como sirvientas de Jesucristo en su calidad de sirvientas de los pobres, sus miembros, como hermanas en tanto que hijas de un mismo Padre que es Dios, y de una misma madres que es su Compañía; asistencia a los funerales de las difuntas y, independientemente de las oraciones públicas, ofrenda a su intención de tres comuniones y de nueve rosarios.

VI.– A pesar de esta caridad mutua, huida de las amistades particulares más que de las antipatías; en lo demás cortar con la fuente ordinaria de las murmuraciones controlando la curiosidad sobre la dirección de la Compañía, de la comunidad o de las particulares; horror a la maledicencia como al silbido de una serpiente; observancia rigurosa del silencio en todos los tiempos prescritos; medios eficaces para guardar la caridad y la unión

VII.– Siendo su principal oficio servir a los pobres enfermos, ellas los servirán como a Jesucristo mismo, con tanta cordialidad, respeto y devoción, incluso a los más molestos y más repugnantes. Este servicio lo preferirán incluso a sus ejercicios espirituales. Tendrán cuidado del alma como del cuerpo de los pobres. en cuanto a los cuidados materiales y a las distribuciones de limosnas, se atendrán a las prescripciones que les hayan sido dadas o a la voluntad de los donantes. No prestarán ningún cuidado a los ricos, sino en caso de absoluta necesidad, y entonces, según su instituto, lo harán de forma que los pobres sean los primeros servidos

VIII.– Ellas no omitirán ni desplazarán sus ejercicios espirituales, sino a favor del servicio de los pobres, nunca por negligencia ni por inclinación a las cosas exteriores. Confesión de los sábados y vísperas de fiestas sólo con los confesores nombrados o autorizados por el superior; retiro y entrega de cuentas mensual; gran retiro anual; comunión de los domingos y de las fiestas; conferencia semanal. Tales son los ejercicios espirituales de la Compañía, a los que se han de añadir las prácticas de cada día

IX.– El último capítulo ordena el empleo del día. Se levantan a las cuatro, se acuestan a las nueve. En este intervalo dos meditaciones, dos exámenes particulares, un examen general, una lectura espiritual; el resto del tiempo se emplea en el servicio del prójimo o en trabajos manuales, reemplazados el domingo por ejercicios espirituales y el cuidado de la propia instrucción.; dos horas de conversación edificante, durante las cuales una hermana, dedicada a ello, dice de vez en cuando; «Acordémonos de la presencia de Dios!

A estas reglas comunes, practicadas por largo tiempo, antes de quedar codificadas, san Vicente añadió reglas particulares para las hermanas de las parroquias, las maestras de escuela, las hermanas de los pueblos, y las hermanas de los Hötels-Dieu y hospitales

El reglamento de las hermanas de las parroquias se parece necesariamente mucho al reglamento de las Cofradías de la Caridad. El santo les recomienda en particular el desinterés y la humildad. «Ellas tendrán mucho cuidado de no pensar, dice él, que los pobres les estén muy obligados por los servicios que ellas les hacen; sino que, por el contrario, ellas deben persuadirse de que ellas son las que les quedan muy obligadas, ya que por una pequeña limosna que les hacen, no ya de su propios bienes, sino tan sólo por un poco de cuidado, ellas se hacen amigos que tienen derecho a darles un día la entrada en el cielo; e incluso, en esta vida, reciben por ellos más honor y verdadero contento del que jamás se hubieran atrevido a esperar en el mundo; de lo que no deben abusar, sino entrar en confusión a la vista de su indignidad.

El reglamento de la maestra de escuela habla más, se presiente, de la instrucción cristiana de los niños y de la formación de sus costumbres, que de la instrucción humana, si bien ésta no está descuidada. A ella se le encomienda también no admitir a las niñas de los ricos sino en caso de necesidad, por ejemplo, si no hubiera otra maestra de escuela. Pero aun en ese caso, la maestra «actuará de manera que las pobres sean siempre preferidas a las ricas, y que éstas no desprecien a las demás.

Las hermanas encargadas del cuidado de los pequeños, al entrar por la mañana en su sala, deben ponerse de rodillas para ofrecer a Dios todos los servicios que van a hacer a la infancia de Nuestro Señor en la persona de estos pequeños, darles agua bendita, sugerirles actos de adoración, de agradecimiento y de amor, vestirlos con limpieza, hacerles arrodillarse para orar a Dios, y renovar por la tarde los mismos piadosos ejercicios25.

Las hermanas de los pueblos, en número de dos por lo común, más aisladas que las demás, se deben amar y ayudar unas a otras más. Sus funciones son múltiples. Allí donde se encuentra una cofradía de la Caridad, entran con categoría de las hermanas de las parroquias; también dan escuela, pero escuela individual, nómada, de modo diferente, ya que instruyen a los mendigos de paso, ellas van a buscar a las pastoras a los campos, y les dan la lección mientras están ocupadas con el cuidado de sus rebaños o cuando los traen a los corrales

Las hermanas de los hospitales y Hötels-Dieu, dependen, en lo espiritual, del superior general de la Misión; en lo temporal, de los administradores. Ellas se ocupan únicamente de sus servicio. Son alimentadas y mantenidas a expensas del hospital. Enfermas o caducas, siguen allí, como hijas de la casa; muertas, ellas son enterradas según su costumbre. No deben cuenta de sus servicios más que a los administradores. La hermana lleva nota de las entradas y de las salidas; es ella quien distribuye los oficios a las hermanas; si la comunidad está encargada de mantener el hospital, ella da cuenta a los administradores cuantas veces se lo pidan

En general las hermanas hospitalarias deben hacer concordar sus reglas comunes y oficios del día con el servicio espiritual y corporal de los enfermos, posponiéndolo todo no obstante al de Dios. Por lo demás, cada una tiene su oficio y por tanto sus reglas particulares; la hermana sirvienta o superiora, las hermanas encargadas de recibir y colocar a los enfermos, o de dar el pan y el vino, o de servir a los débiles, , o de cuidar de la vajilla,, las hermanas vigilantes, las del lavadero, las encargadas del hábito de los muertos, las sepultureras, a cada una, aparte de las reglas de conducta de alguna forma materiales, Vicente da avisos cristianos para sobrenaturalizar su oficio. Así, la sepulturera debe acordarse de Nuestro Señor que quiso ser sepultado él mismo; la panadera, de la Providencia que alimenta a los hombres, y de la multiplicación de los panes; la vigilante de las velas de Nuestro Señor, en el Huerto de los Olivos

Acabada esta lectura, Vicente continuó; «Hemos querido, hijas mías, que se dijera de vosotras lo que se dijo de Nuestro Señor, que él comenzó a hacer y luego a enseñar. Lo que acabáis de oír, hijas mías, ¿no es acaso lo que hacéis hace veinticinco años? ¿Hay algo que no hayáis hecho? No, por la misericordia de Dios; y lo habéis hecho antes de que se os mandara, al menos de una manera expresa; ya que el difunto papa me lo había encarecido; pero ahora lo haréis porque se os impone

«Cuando Nuestro Señor vino al mundo a traer su ley, hacía mucho tiempo que Dios había enviado a Moisés, a quien había dado una ley que era la figura de la de Jesucristo. El pueblo judío la observó siempre. Pero cuando nuestro Señor dio la suya, todos la acogieron, no porque Nuestro Señor haya destruido la primera, ya que los mismos mandamientos que estaban en la antigua están en la nueva, pero él la perfeccionó

«Pues bien, hijas mías, ved unas reglas que, por la misericordia de Dios, estando aprobadas, os convierten en una cofradía de la Caridad separada de la cofradía de las Damas, a las que estabais siempre ligadas hasta hoy. Ellas no os apartan de la de las Damas, a las que estáis siempre sometidas en lo que concierne al servicio de los pobres enfermos; pero os hacen diferentes en vuestro modo de vivir, de manera que la cofradía que teníais con las Damas no es para vosotras más que como la ley de Moisés es con relación a la ley de Nuestro Señor Jesucristo. Y debéis considerar estas reglas como dadas por la mano de Dios mismo, ya que es por la orden de Monseñor el arzobispo de quien dependéis

«Qué consuelo para vosotras, hijas mías, ver tales efectos de la conducta de dios sobre vosotras! Devolvedle el favor observando estas reglas, y también sintiéndoos obligadas más estrechamente a observarlas, ya que ha sido del agrado de su divina bondad que se os dieran, para testimoniaros y aseguraros de que las acepta. Que vuestra primera comunión sea para agradecérselo; y hasta vuestras tres comuniones próximas se hagan a esta intención, y también para agradecerle la gracia singular de vuestra vocación, y pedirle nuevas gracias para trabajar con nuevas fuerzas por su gloria y por el cumplimiento de su obra

«Cuando Moisés hubo entregado la ley al pueblo de Israel y visto el deseo que tenía de seguirla, él le dijo: «Pueblo, esta ley os es dada por Dios; si la observáis, os prometo de su parte mil bendiciones en todas vuestras obras: bendiciones cuando estéis en vuestras casas, bendiciones cuando salgáis; bendiciones en vuestro trabajo, bendiciones en vuestro descanso; bendición en lo que hagáis, bendición en lo que no hagáis; en una palabra, todas las bendiciones abundarán sobre vosotros y en vosotros. Si, en lugar de guardarle, la despreciáis, os prometo todo lo contrario de lo que yo acabo de deciros; porque tendréis maldiciones en vuestras casas, maldiciones afuera; maldiciones en todo lo que hagáis, maldiciones en lo que no hagáis; en una palabra, todas las maldiciones vendrán a vosotras y sobre vosotras

«Lo que Moisés dijo al pueblo de Israel, os lo digo yo, hijas mías, Éstas son las reglas que se os han enviado de parte de Dios. que si las observáis fielmente, todas las bendiciones del cielo se derramarán sobre vosotras: tendréis bendición en el trabajo, bendición en el descanso, bendición al entrar, bendición al salir; bendición en la que hagáis, bendición en lo que no hagáis, y todo se llenará de bendiciones para vosotras. Que si, –no lo quiera Dios- hubiera alguna que no entrara en este plan, yo le digo lo que Moisés a los que no cumplieran la ley que les enseñaba de parte de Dios: tendréis maldición en la casa, maldición afuera, maldición en lo que hagáis, maldición en lo que no hagáis; en una palabra, todo estará lleno de maldiciones para vosotras

«Os dije en alguna ocasión, hijas mías, que quien sube a un barco para realizar un largo viaje debe someterse a todas las leyes de la navegación ; de otro modo está en grave peligro de perecer. Sucede lo mismo con las personas que son llamadas por Dios a vivir en comunidad: ellas corren un gran riesgo de perderse, si no observan las reglas. Por la misericordia de Dios, creo que no hay una entre vosotras que no esté en el proyecto de practicarlas. Pero ¡es verdad, estáis todas en esta disposición?

– Sí, Padre mío.

«Cuando Moisés dio la ley al pueblo de Israel, este pueblo estaba de rodillas como yo os veo ahora .Espero que su misericordia infinita secundará vuestros deseos, concediéndoos la gracia en cumplir lo que pide de vosotras. Hijas mías, ¿no os entregáis de todo corazón a él para vivir en la observancia de las s antas reglas que ha querido daros?

«- Sí, Padre mío.

«No queréis de todo corazón vivir así y así morir?

«- Sí, Padre mío.

«Pido a la soberana bondad de Dios que quiera por su infinita misericordia, derramar abundantemente toda clase de gracias y bendiciones sobre vosotras, para que podáis cumplir a la perfección en todo el deseo de su santa voluntad en la práctica de vuestras reglas. Pido a la santísima Virgen que interceda ante su querido Hijo por todos nosotros u y nos dé las gracias necesarias para ello. Virgen santa, que habláis por los que no tienen lengua y no pueden hablar, nosotros os pedimos, estas buenas mujeres y yo, que asistáis a esta pequeña Compañía. Continuad y acabad una obra que es la más grande del mundo. Yo os lo pido por las presentes y por las ausentes; y a vos, Dios mío, os hago esta petición por los méritos de vuestro Hijo Nuestro Señor Jesucristo. Acabad la obra que habéis comenzado; continuad vuestra santa protección con la que habéis querido culminarla hasta el presente. Conceded, os rogamos, a todas estas buenas hijas la gracia de la perseverancia final, sin la cual ellas no podrán nunca gozar del mérito que yo espero, Dios mío, que vuestra bondad dará a las que sean fieles a su vocación.»

Entonces muchas hermanas pidieron perdón por las faltas que habían cometido contra las reglas; después de lo cual el santo añadió:

«Pido a Nuestro Señor de todo corazón, hijas mías, que os perdone todas las faltas que hayáis cometido. Y yo miserable, que no guardo las mías, yo le pido perdón también, y a vosotras, hijas mías, Cuántas faltas he hecho respecto de vosotras en lo que concierne a vuestra obra! Os ruego que pidáis a Dios que me perdone. Y para eso, rogaré a Nuestro Señor Jesucristo que os dé él mismo su santa bendición, y no pronunciaré hoy sus palabras, porque las faltas que he cometido contra vosotras me hacen indigno de hacerlo. Pido pues a Nuestro Señor que sea él.»

Aquí el santo se prosternó y besó el suelo A estas palabras y a la vista de esto,, la señorita Le Gras y todas las hermanas, vivamente afligidas porque su Padre se negaba a darles su bendición, se unieron para arrancársela con una santa violencia. Después de persistir en su negativa por mucho tiempo más, Vicente dijo por fin: «Vosotras lo queréis, hijas mías. Pedid pues a Dios que no se fije en mi indignidad ni en los pecados de los que soy culpable, sino que, compadeciéndose de mí quiera derramar sus santas bendiciones sobre vosotras al mismo tiempo que yo pronuncio las palabras: Bendictio Dei Patris, etc.»26

Esta gran escena, digna de la que hemos descrito al contar la entrega de las reglas a los sacerdotes de la Misión, el 17 de mayo de 1658, nos hace asistir a las conferencias entre san Vicente y las Hijas de la Caridad, en las que el abandono no restaba nada al respeto, la familiaridad en lo sublime, el drama, el diálogo, a la autoridad y a la conducta del venerado director. Se ve también cuál era la naturaleza de estas reuniones y el orden que se observaba en ellas. Vicente señalaba por adelantado el tema que se debía tratar. Todas pensaban en él durante la oración. Llegado el día, él comenzaba por preguntar a un gran número: cada una respondía con sencillez, a veces con aquella elevación de pensamientos que Dios se complace en comunicar a los sencillos. Vicente alababa, comentaba las respuestas; después tomaba la palabra en su nombre, y con un discurso seguido trataba el asunto del día. Estas jóvenes acudían de todas los puntos de Paría a oírle, le escuchaban con avidez y recogían todas sus palabras. De esta forma nos han conservado más de cien de estas conferencias, que existen todavía hoy, después de la sagrada Escritura, la Biblia de las Hijas de la Caridad.

VIII. Explicación de las reglas. A partir de la memorable sesión del 30 de mayo de 1655, hasta la víspera de su muerte, Vicente, ya octogenario, explicó sus reglas casi todas las semanas en su conjunto y en sus detalles, en su alcance general y en cada uno de sus artículos

Muchas veces ya, desde el año 1654 y hasta este año de 1655, había dado explicaciones sumarias, a la espera de redactarlas por escrito y remitírselas a cada casa para servir de continua lectura y de objeto ordinario de meditación. Repitió estas charlas de una manera más seguida y más detallada a partir de su redacción definitiva

Habló primero de la necesidad de las reglas, necesidad de toda compañía, medio de agradar a Dios; y expuso los motivos de ser fieles a ellas. de esta fidelidad, conservada o violada, depende la salvación o la condenación, no solamente de las hermanas, sino de un gran número de pobres al servicio de los cuales serán asignadas, depende también el futuro de la Compañía. Las primeras hermanas son el comienzo de un gran bien que iré en aumento y durará a perpetuidad, y al contrario declinará y acabará por aniquilarse, siguiendo el ejemplo y la forma que ellas den a las que vengan detrás de ellas, Cual es el fundamento, tal el edificio. «Cuando Salomón quiso edificar el templo de Dios, puso en los fundamentos piedras preciosas, para dar a entender que lo que quería hacer era muy excelente. La bondad de Dios quiera concederos la gracia, a vosotras que sois el fundamento de esta Compañía, de ser eminentes en virtudes, pues no podría persuadirme que quisierais causar un daño a las os seguirán; y que como los árboles no dan frutas más que según su especie, todo parece indicar que las que vengan detrás de vosotras no aspirarán a una mayor virtud que la que hayáis practicado vosotras. Si es del agrado de Dios dar su bendición a este comienzo, sed también más virtuosas27.

Estas reglas por otro lado son de Dios, porque es él quien ha hecho la Compañía. «Qué obra, hijas mías, existe que él haya hecho más que la vuestra? ¿Quién, en el mundo, hubiera sabido hacerla como él la hizo? y ¿cómo habría podido Dios mismo hacerla mejor? En primer lugar él recogió a jóvenes pobres del campo, y si hubiera recogido a ricas, habrían hecho ellas lo que hacéis vosotras? ¿habrían servido a los enfermos en los servicios más bajos y más penosos? ¿se habrían prestad a llevar una marmita por la ciudad y un cuévano al mercado para las provisiones? Y, si bien, por la gracia de Dios, las haya entre vosotras quienes de bastante buena condición, ¿es fácil de creer que habrían abrazado vuestro estilo de vida del principio? Después de esto, ¿podía Dios hacerlo mejor que poner entre vosotras la frugalidad que se observa? ¿No es acaso una señal sensible de que él ha hecho él ha hecho vuestra obra? Puesto que, hijas mías, si hubierais estado bien alimentadas y hubierais sido tratadas con carnes delicadas, oh la naturaleza, que busca siempre sus comodidades, no se habría preocupado de ir a socorrer a los demás; vosotras os habríais pasado holgazaneando con buena comida, y además no os habrían deseado ni querido en ningún lugar. ya veis, hijas mías, cómo convenía que hicierais poco gasto para no servir de carga a los lugares de donde os pidieran. Ha sido preciso necesariamente que tuvierais esta frugalidad de vida que os sirve de señal muy segura que vuestra obra es la de Dios28

«…Oh qué motivos tan grandes tenéis de humillaros a la vista de los designios que parece tener sobre vosotras! Si supierais…¿os lo diré, hijas mías? Dudo que deba hacerlo, por temor a que algunas se enorgullezcan: es sin embargo muy propio para animaros, ya que es para su gloria. Sí, mis queridas hijas, los designios que Dios parece tener sobre vosotras son todos para su gloria.

«Hablaba pues uno de estos días a un gran siervo de Dios, y me dijo que no veía nada más útil en la Iglesia que vuestra Compañía. Bueno pues, ¿qué pensáis que os ha conseguido en el espíritu del mundo esta gran reputación de la que disfrutáis? Es, hijas mías, la práctica de vuestras reglas, y ella sola podrá conservárosla. Manteneos en ello firmes, y no faltéis ni en un solo punto; todo abandono en este sentido os sería muy perjudicial

«Sin duda que habéis oído hablar de los navegantes cuando están en alta mar, y a veces a más de quinientas leguas de tierra. Pues bien, están en perfecta seguridad mientras observen las reglas de la navegación; pero si se equivocaran, o las velas anduvieran a destiempo, entonces correrían gran riesgo de perderse. Lo mismo sucede, hijas mías, en todas las comunidades, y en particular en la vuestra. Es una pequeña embarcación que navega en pleno mar, pero en un mar muy peligroso y en el que los peligros son múltiples. Vuestra fidelidad a vuestra vocación, vuestra buena conducta y la práctica mantenida de vuestras reglas constituyen toda vuestra seguridad. No temáis pues, que estáis en la misma embarcación donde Dios os ha hecho entrar mediante su inspiración; un buen piloto os es necesario para que vigile por vosotras mientras dormís

«Y ¿quiénes pensáis que sean los pilotos tan necesarios para conducir vuestra nave? Vuestros superiores, hijas mías, que deben avisaros de todo lo que tenéis que hacer para llegar felizmente al puerto. Tendréis este honor si les obedecéis puntualmente y si sois fieles a la práctica de vuestras reglas29.

Otros motivos de fidelidad, es que están conformes al Evangelio, puesto que, como él, descansan sobre la pobreza, el desprendimiento, el desprecio de sí misma; que es difícil perseverar en su vocación cuando se tiene la desgracia de menospreciarlas; que son a la vez meritorias y satisfactorias; que son a la vez meritorias y satisfactorias; que son fáciles ya en el empleo del día, ya en la práctica de sus prescripciones, fáciles en cuanto tienen de precepto, en lo que tienen de consejo; fáciles sobre todo en comparación con las reglas mucho más duras de las Carmelitas o de las Hijas de Santa María; es que por último son necesarias para llegar a la perfección, tan necesarias como al ave las alas para volar

«Advertid bien esto, hijas mías, que vuestras reglas os servirán de alas para volar a Dios, como las aves se sirven de las suyas sin que les pesen. Lo mismo sucede con las Hijas de la Caridad: tienen sus reglas, y sus reglas son las alas de las que se sirven para volar a Dios cuando tienen la suerte de de practicarlas con fidelidad. Si pues una Hija de la Caridad no tiene sus alas, es decir sus reglas delante de sus ojos para practicarlas exactamente, oh se puede decir que es una hija pedida. Y así pues, es de desear que vosotras y yo, hijas mías, tengamos siempre los pensamientos y los sentimientos del bienaventurado Juan Berckmans a quien tengo por santo: ‘O morir o guardar mis reglas’, decía; tan recomendables eran para él30.

Los medios para observar las reglas son la oración, la resolución firme, su lectura meditada; » Así como es agradable mirar un bello jardín lleno de todas clases de flores, así os debe gustar pensar a menudo en vuestras reglas, que son otras tantas flores como en el jardín de Nuestro Señor, vuestro Esposo,; él os invita a recogerlas, y esto es lo se hace por el pensamiento; pues, como una persona que se deleita en considerar las flores de un jardín las traslada así misma, así las Hijas de la Caridad que tengan el gusto de considerar sus reglas harán que sus pensamientos en este asunto sean otras tantas flores que trasladarán a sí mismas, que las harán agradables a Dios, y les facilitarán los medios de guardarlas.» Estos medios son también el retiro anual y mensual, y particularmente el amor a la corrección, el deseo de ser avisada de todas sus faltas. «En cuanto a mí, decía el santo, yo estoy a cargo del Sr. d’Horgny, y a él le corresponde avisarme de las faltas que yo pueda hacer.» Y citaba a una buena Hija de la Caridad que había pedido a una de sus hermanas que le contara todas sus falta a la Señorita (Srta. Le Gras, como se la llamaba), en nombre de una pequeña imagen de la Virgen que le enviaba; y añadía: «tales son, hijas mías, los sentimientos de una de entre vosotras. Ah ¿qué os parece? Acaso puede ella pedir algo que crea serle muy útil con mayor insistencia? Contadle todas mis faltas a la Señorita, y para obligaros, mirad, dijo, una imagencita de la Virgen que os mando y que os convidará por los méritos de su Hijo. Pero notad sobre todo que ella da para obligar a una persona a contar sus faltas, y da una imagencita de la Virgen, a la que talvez se sentía muy apegada, para que, si su hermana se olvidara de su petición, esta imagen al menos se lo recordara. Oh que Dios la bendiga!31

Después de estos aviso generales, el santo comenzó la explicación detallada de las reglas

«Primeramente se ha creído conveniente, hijas mías, que siguierais con el nombre de cofradía o sociedad y, como acabáis de oír leer, Monseñor el arzobispo lo ha ordenado así, por temor a que si os hubiera dado en su lugar el nombre de congregación, se encintrarían algunas de vosotras, en lo futuro, que quisieran cambiar la casa en claustro y hacerse religiosas, como lo han hecho las Hijas de Santa María32.

«Dios ha permitido que unas jóvenes pobres sucedieran a estas Damas; y como es de temer que con el tiempo se encontrara algún espíritu mal hecho quisiera introducir cambio en vuestra Compañía, sea en vuestros hábitos sea en vuestro estilo de vida, en vuestra toca, por ejemplo, diciendo:’Qué, cubrirnos de esta forma para ir a ver a los pobres! de verdad, es ridículo, necesitaríamos otra toca y un pañuelo al cuello para cubrirnos mejor!’ O hijas mías, si quisieran alguna vez persuadiros de semejantes cosas, rechazadlas muy lejos de vosotras, y responded valientemente que queréis tener la corona que Dios había prometido a las a las Hijas de Santa María. No consintáis nunca cualquier cambio, y tomad toda propuesta que se os haga como un veneno capaz de perderos. Decid siempre, y decidlo con calor, que el nombre de Sociedad o de Cofradía os ha quedado, para que seáis estables en el espíritu que Dios os ha dado desde su cuna. Oh os lo suplico con todo el afecto de mi corazón. En los comienzos los religiosos de san Francisco hacían como vosotras y se ganaban la vida. Cierto día, san Francisco, contento y admirado por las grandes bendiciones que Dios derramaba sobre su orden, el diablo se le presentó y dijo: «Yo echaré por tierra tu orden, colocaré en ella a gentes de condición y a gentes sabias que la echarán abajo y abolirán todas las buenas máximas que se observan»; y, en efecto, se necesitó reformar esta orden; esto os hace ver , hijas mías, que allí donde debe observarse una verdadera pobreza, las gentes de condición son muy peligrosas, ya que esta pobreza es muy contraria a su nacimiento

«Yo sé sin embargo que hay ya entre vosotras algunas de esta extracción, pero sé también que ellas cumplen muy bien su deber. Dios sea bendito por ello! Por lo demás, hijas mías, no las recibáis nunca si no tienen buena voluntad de vivir según las reglas y máximas de vuestra Compañía33.

Vuestros estatutos dicen también que seréis una cofradía que lleve el nombre de Hermanas de la Caridad, sirvientas de los pobres enfermos… Oh qué hermoso título, Dios mío, el hermoso título, la hermosa cualidad! Oh hijas mías, ¿qué habéis hecho por Dios, para merecer el título glorioso de sirvientas de los pobres? Oh es tanto como decir sirvientas de Jesucristo, ya que toma como hecho a él mismo todo lo que se hace a sus miembros. Él no ha hecho por otra parte otra cosa que servir a los pobres. Conservad pues, hijas mías, conservad el hermoso título que él os ha dado, es el más hermoso y el más favorecedor que nunca pudierais tener

«No se si os he dicho ya cuál es el título o la calidad que toma el papa: la más hermosa y la mas venerable de las que se sirve en la expedición de los asuntos importantes es la de siervo de los siervos de Dios. Él firma Clemente o Urbano…siervo de los siervos de Dios; y vosotras, hijas mías, vosotras firmaréis: sirvientas de los pobres enfermos, que son los amados de Jesucristo

Cuando san Francisco dio su regla, tomó el nombre de Menor, que quiere decir pequeño. Bueno pues, si este gran patriarca se dice pequeño, ¿no debéis vosotras tener en gran honor imitarle y llamaros las sirvientas de los pobres?34

«…Oh qué afortunadas sois, hijas mías, que dios os haya destinado a una ocupación tan grande y tan santa! Los grandes del mundo se creen felices cuando pueden emplear en ello una pequeña parte de su tiempo; y vosotras sois testigos, vosotras en particular, nuestras hermanas de San Sulpicio, con qué celo y qué fervor sirven a los pobres estas buenas princesas y estas grandes damas a quienes acompañáis. Oh hijas mías, cómo debéis estimar vuestra condición, ya que todos los días y a todas horas tenéis ocasión de practicar las obras de caridad que son los medios de que Dios se ha servido para santificar a muchas almas. Un san Luis, hijas mías, con una humildad verdaderamente ejemplar, ¿no ha ejercido el servicio de los pobres en el Hôtel-Dieu de París, lo que ha contribuido mucho a su santificación? ¿Acaso no han buscado todos los santos y tenido como buena obra prestar el mismo servicio a los pobres? Humillaos pues cuando la ejercitáis esta misma caridad, y pensad a menudo, hijas mías, que Dios os ha dado una gracia por encima de vuestros méritos. Si es por esto por lo que el mundo os quiere y honra, cuánto más debéis admirar lo que Dios hace por vosotras! Acabo de ver a la reina quien me ha hablado de vosotras muy favorablemente; lo que me sugiere, hijas mías, los motivos que tenéis para temer ser infieles a Dios y a sus gracias, si no hacéis todos vuestros esfuerzos para practicar las reglas que os manda entregar35.

De esto, el santo pasó a la explicación del fin de la Compañía

«Ahora bien, es preciso que sepáis, hijas mías, que entre todas las compañías que sirven a Dios más particularmente, cada una tiene su fin principal, como en un reino cada profesión tiene su oficio particular

«Los cartujos, por ejemplo, tienen por fin particular una gran soledad… una continua prisión por el amor de Jesucristo; los capuchinos, la pobreza de Nuestro Señor, que practican en sus hábitos, su calzado y demás; las carmelitas, una gran mortificación, para agradar a Dios, para hacer penitencia y rogar por la Iglesia; las Hijas del Hôtel-Dieu, la salvación de los pobres enfermos

«Vosotras, hijas mías, vosotras os habéis entregado a Dios principalmente para ser buenas cristianas, para ser buenas Hijas de la Caridad, para asistir a los pobres enfermos, no a algunos y en una casa solamente, como las del Hôtel-Dieu, sino acudiendo a encontrarlos en su casa y asistiéndolos a todos con gran esmero, como hacía Nuestro Señor, sin acepción, porque asistía a todos los que acudían a él. Lo que viéndolo Dios, dijo:’Estas hijas me placen, qué bien han cumplido este oficio, quiero darles un segundo’, y es el de los pobres niños expósitos, que no tenían a nadie que los cuidar. Y como vio que habíais abrazado este empleo con caridad, dijo: ‘Yo quiero darles otro más’; sí hijas mías, y Dios os le ha dado sin que sin que hubieseis pensado en ello, ni la señorita Le Gras, no más que yo. Pero ¿cuál este otro empleo? Es la asistencia a los pobres forzados. Oh hijas mías, qué dicha para vosotras servirlos, a ellos que están abandonados en manos de personas que no sienten ninguna piedad. Yo los he visto, a esta pobre gente, tratados como bestias. Otro empleo que ha querido daros también es el de asistir a estos pobres ancianos en nombre de Jesús y a esta pobre gente que ha perdido los ánimos36. Qué suerte y qué gran favor! Sabéis, hijas mías, que Nuestro Señor quiso experimentar en su persona todas las miseria imaginables; pues la Escritura dice que quiso pasar como escándalo para los Judíos y locura para los gentiles, con el fin de mostraros que le podéis servir en todos los afligidos. Es necesario que sepáis que él está en estos pobres extenuados, privados de la razón, como en todos los demás pobre, y que digáis cuando vais a verlos: ‘Voy a estos pobres para honrar en ellos la sabiduría increada de un Dios que ha querido ser tratado de insensato’

«Estos son vuestros fines, hijas mías, hasta el presente: No sabemos si viviremos lo suficiente para ver si Dios da nuevos empleos a la Compañía; pero sabemos bien que si vosotras vivís de conformidad con el fin que nuestro Señor pide de vosotras, si desempeñáis como es debido vuestras obligaciones, en cuanto al servicio de los pobres como a la práctica de vuestras reglas. Oh Dios bendecirá cada vez más vuestros ejercicios y os conservará

«Para llegar a vuestro fin, debéis preguntaros con frecuencia a vosotras mismas, a ejemplo de san Bernardo: ¿Por qué ha instituido Dios la compañía de las Hijas de la Caridad? ¿Por qué me ha llamado a mí?’ y luego responderos: ‘Para honrar a Nuestro Señor, para prestarle servicio en la persona de los pobres, y para hacer todo en lo que Dios ha resuelto emplearme

«Así es como conviene que os portéis para ser buenas Hijas de la Caridad y para ir por todas partes donde Dios quiera, y por todas partes adonde os llamen, sea en África, sea en las Indias, sea en los ejércitos. Nuestro Señor no ha hecho otra compañía para servirle en la persona de los pobres enfermos, de la manera que vosotras estáis obligadas a hacerlo; elle debe pues ser más de él que de vosotras mismas; lo que hace que os llamen hijas de la Caridad, es decir hijas de Dios. humillaos, rebajaos por debajo de todo el mundo, al ver que Dios quiere servirse de jóvenes pobres de pueblo para realizar tan grandes cosas. Humillaos delante de Dios, y estad listas a abrazar todos los empleos que su divina Providencia os prepare: es lo que yo no puedo recomendaros demasiado, ya que ése es el fin de vuestra Compañía y que, cuando faltéis, adió a la caridad.»

Bien aclarado el fin de la Compañía, Vicente determina su verdadero estado: «Hijas mías, vosotras no sois religiosas, y si se encontrara entre vosotras algún espíritu embrollón que dijera: ‘Habría que ser religiosas, es mucho más hermoso’; ah, hermanas mías, la Compañía estaría en la extremaunción. Temed, hijas mías, y mientras viváis no permitáis este cambio; llorad, gemid, y ponédselo bien claro a los superiores, no lo consintáis de ninguna forma, porque quien dice religiosas dice un claustro, y las Hijas de la Caridad deben ir a todas partes

Pero aunque no seáis religiosas, debéis ser tanto o más perfectas que ellas. ¿Y eso cómo? Así, mirad: las disposiciones de cada uno deben tener relación con las gracias que recibe de Dios. ¿Hay religiosas que hayan sido tan favorecidas como vosotras? Las Hijas del Hôtel-Dieu sirven a las enfermas en sus casas; las ursulinas instruyen a jóvenes escolares, de ordinario de condición; pero vosotras, vosotras servís a los enfermos en todas partes; instruís no sólo a los ricas, sino a las pobres; no sólo en vuestras escuelas, sino en todas partes donde las encontráis. Yo lo digo pues con todo el respeto que debo a estas grandes religiones que estimo mucho; ; debéis tener más virtud que ellas, porque Dios pide más de vosotras. ¿Por qué más? Es que hallándose enclaustradas, no tienen las ocasiones de hacer el mal, y que incluso, si quisieran hacer el mal, la reja, que está siempre cerrada, se lo impediría; en cambio no hay nadie que ande por el mundo como las Hijas de la Caridad, ni que tenga tantas ocasiones de perderse como vosotras, hermanas mías; si no se necesita más que un grado de perfección a las religiosas, a las Hijas de la Caridad les hacen falta dos37.

He ahí su fin y su estado. Para cumplir uno y otro les hace falta, en todas sus acciones, humildad, sencillez y caridad, en las visitas, en la oración, en la mesa como en otras partes.»Ay, Dios mío, se deben de decir, yo no merezco ir a comerme el pan de los pobres ni estar en la compañía de mis hermanas, ya que ellas sirven a los pobres mucho mejor que yo que no valgo para nada.» Conviene sin embargo después de hacer esta reflexión sobre su indignidad, despertarse enseguida con un acto de amor de Dios, y decirse: «Aunque no sea digna de hacer tal cosa, la haré a pesar de todo porque Dios lo quiere, para agradarle y porque desea que lo haga.

De la misma forma, cuando se va a ver a los enfermos, decirse en sí misma: «Ah, qué miserable soy, ¿cómo me atrevo a ir a este pobre, yo que estoy más enferma delante de Dios que él? Si tantas almas santas tuvieran el poder de hacerlo, ellas se despacharían mucho mejor que yo»; después de lo cual, levantar el ánimo con el pensamiento siguiente: «Voy allá por el amor de Dios. Oh qué suerte haber sido elegida para un oficio tan santo!

Sí, es la intención la que eleva y vivifica todas las obras. «Se dice de cierta piedra que llaman filosofal, que lo que toca se convierte en oro. Mis queridas hermanas, todo lo que hagáis, si lo acompañáis de estas tres virtudes, se cambiará también todo en oro; y así todas vuestras acciones serán agradables a Dios y a los ángeles38.

Además. horror a las máximas del mundo, amor a las de Jesucristo. «Por ejemplo, una joven que tiene espíritu, que es sensata, gentil, agrada al mundo, porque el mundo estima y ama todas estas cualidades. Los hijos de Nuestro Señor, por el contrario, las deben despreciar, porque Nuestro Señor mismo no les hace ningún caso. Eh, ¿cómo iba a estimar el Hijo de Dios la belleza del mundo, él que no ha valorado la suya, aunque fuera la belleza misma? … Un día hablando a una religiosa me contó que algunas personas le habían dicho que tenía unas manos bellas; eso le producía gran pena: ‘Me temo, dijo ella, que el diablo me las haya dado para perderme.’ Ved, hermanas mías, qué sentimiento tenía esta joven de sus manos y la estima que hacían de su belleza! Ella estaba muy lejos de pensar como las que hacen todo lo que pueden para blanquearlas. A ejemplo suyo, pues, cuando nos alaben de lo que sea, temamos que sea el diablo el que quiera perderos, despreciemos semejantes lisonjas39.

Así huida de la pobreza y de la miseria, de la búsqueda de las comodidades de la vida y de las compañías, de su propia satisfacción en todo, y hasta en la virtud: tantas máximas del mundo que llevan al mal y estropean el bien. Muy otras son las máximas de Jesucristo expresadas en las ocho bienaventuranzas, máximas de mortificación interior y exterior, de la curiosidad de los sentidos y de la mente, de la memoria y de la voluntad; máximas del desprendimiento de todo y de todos, de indiferencia general en hechos y en deseos. Imaginaos a un hombre fuertemente atado a un árbol y de pies y manos. No puede ni librarse él mismo, ni tratar de salvar la vida; de manera que se va a morir de hambre o ser devorado por bestias feroces. Imagen de una joven atada a un oficio, a una compañera, a una toca, a unos puños que asoman un poco para que se vean. Piensa en ello día y noche, y no puede deshacerse de ellos; no va a buscar a nadie que pueda liberarla y devolverle la vida; ya está fuera del rebaño y de las prácticas de la Compañía, en gran peligro de ser devorada. ‘Oh Salvador, ¿es posible que no nos esforcemos en librarnos de todos estos lazos? Qué, hijas mías, un pajarito atrapado en una red se debate día y noche para escapar, y vosotras, seréis presa de un mal apego y no trataríais de salir de él! El ejemplo de este pajarito os condenará en el tribunal de Dios!40’ No debemos apegarnos más que a Dios solamente, y a nuestro Señor, nuestro único Esposo. Todo otro apego es una especie de idolatría y de adulterio. A una joven no desprendida Dios no podría unirse más que una persona viva aun cuerpo muerto; ella no forma ya parte de la Compañía, pues «la Compañía es como el mar que acostumbra a rechazar los cuerpos muertos y en general lo que podría infectarla41.» – Máximas de paciencia en las incomodidades, las contradicciones, las burlas, y las calumnias. Dios no es un tirano, no hace sufrir a quien le sirve sino por su bien, a una Hija de la Caridad. Fijaos en el escultor que quiere hace una bella estatua de una piedra tosca. Empuña su martillo, golpea con grandes golpes, de manera que al verlo se diría que la va a partir por medio. «Luego, cuando ha quitado lo más grueso, usa un martillo más pequeño, y después el cincel, para comenzar la figura con todas sus partes. cuando está formada, se sirve de otros útiles más delicados para dejarla en la perfección en la perfección que ha pensado darle. Así hace Dios. Veamos a una pobre hija de la Caridad, o a un pobre Misionero: cuando Dios los aparta de la masa corrompida del mundo, se hallan todavía en la rusticidad y la brutalidad, son como piedras toscas. Dios quiere sin embargo hacer de ellos imágenes bellas, y para ello, se pone a trabajar dando fuertes martillazos; que cómo lo hace, pues haciéndoles sufrir el calor el frío, luego yendo a ver a los enfermos en el campo, donde el viento azota en invierno, y donde no se puede dejar de ir por el mal tiempo. Pues bien, vaya martillazos que descarga Dios sobre una pobre Hija de la Caridad; y quien se fijara en las apariencias, diría que esta hija es una desdichada; pero si se ponen los ojos en los planes de Dios, se verá que todos estos golpes no son sino para formar a esta hermosa alma. Y cuando después de enviarle grandes penas, tanto de cuerpo como de espíritu, y ve que todo lo que había de tosco en esta alma ha desaparecido por medio de la paciencia que ha puesta en práctica; oh, en ese momento, agarra el cincel para perfeccionarla; y comienza ha trazar los rasgos de la cara, la aliña y la embellece, se deleita embelleciéndola con sus gracias, y no cesa jamás hasta hacerla perfectamente agradable.

Así que, abandonarse a la dirección de la Providencia, como el niño en su nodriza, dice la regla: «Que la nodriza pone al niño en su brazo derecho, él se siente contento; que se lo pasa a la izquierda, no le preocupa, y, mientras esté mamando, está satisfecho… Oh, ya sé que hay entre vosotras quienes no piden otra cosa, y que dicen: ¿Dios es mi padre; que me coloque a la derecha , es decir a mis anchas, o al lado izquierdo, que significa la cruz, , poco importa; él me fortalecerá, eso espero42.

El santo continuó de esta manera explicando todos los artículos de las reglas. Insistió naturalmente sobre el servicio de los pobres. «Vuestro principal cuidado, hijas mías, dijo, después del amor de Dios y el deseo de haceros agradables a su divina majestad, debe ser servir a los pobres con gran dulzura y cordialidad, compadeciendo su mal y escuchando sus pequeñas quejas como lo debe hacer una buena madre, porque ellas os tienen como a sus nades nutricias, como personas enviadas para ayudarlos, destinadas para representar la bondad de Dios para con ellos. Pues, como esta bondad se comporta con los afligidos de un modo dulce y caritativo, es conveniente que tratéis vosotras a los pobres enfermos, con mansedumbre, compasión y amor, por ser vuestros señores y dueños, y los míos también. Vaya si son grandes señores en el cielo! Serán ellos quienes abran la puerta, como se dice en el Evangelio. Esto es lo que os obliga a servirles con respeto como a vuestros señores y con devoción como representando la persona de Nuestro Señor. No debéis olvidar tampoco decirles algunas buenas palabras como éstas: «Y bien, ¿cómo pensáis hacer viaje al otro mundo? » luego a otro: «Y bueno, hijo, ¿no queréis ir a ver a Nuestro Señor? » y otras parecidas. No se debe sin embargo decir mucho a la vez sino dales la instrucción que le es necesaria, como veis que se da de beber poco a poco a los niños durante la lactancia. Y si son grandes personajes, no son más que niños en la devoción; una palabrita que sale del corazón y que se dice como se debe les bastará par llevarlos Dios

«Como veis, hermanas mías, es algo para asistir a los pobres en cuanto al cuerpo, pero de verdad ese no ha sido nunca el plan de Dios, al hacer vuestra Compañía, que os cuidéis del cuerpo solamente, ya que no faltará nadie para ello; sino la intención de Nuestro Señor es que asistáis el alma de los pobres enfermos. Esa es vuestra hermosa vocación. ¡Qué!, dejar todo lo que se tiene en el mundo, padre, madre, hermanos, hermanas, parientes, amigos, los bienes, si se tienen, así como su país, y ¿por qué? para servir a los pobres, para instruirlos y ayudarles a ir al paraíso! Ay nada más hermoso y más estimable? Si viéramos a una hija formada así, veríamos brillar su alma como un sol; no podríamos siquiera vislumbrar su belleza sin quedar deslumbrados. Daos pues a Dios para la salvación de los pobres a quienes servís43.

El servicio de los pobres es de tal forma la vocación principal de la Compañía, que el santo quiere que se deje todo por ellos, si es necesario, , todos los puntos de la regla, incluso la oración y la misa; ya que, como repetía muy a menudo, «era dejar a Dios por Dios –Pensaríais pues, decía él, que Dios fuera menos razonable que un dueño quien, después de encargar hacer tal cosa, y antes de hacerla le encargue otra la que exige a la misma hora? Oh, este dueño no puede ver mal que su criado deje la primera; al contrario, debe estar más contento de él. es lo mismo con Dios: él os ha llamado a una Compañía para el servicio de los pobres y, para hacer que vuestro servicio sea agradable, ha hecho que se os den reglas; pero si, a la hora de practicarlas os llama a otra parte, acudid al instante, y no dudéis entonces de que estáis haciendo su muy santa voluntad… Oh, qué consuelo para una buena Hija de la Caridad pensar y decirse a sí misma: ‘En lugar de hacer mi oración, mi lectura, voy a asistir a mis pobres enfermos que urgen, y sé que Dios tendrá por agradable mi acción.’ Oh, con este pensamiento una hija va alegremente adonde Dios la llama44.

En estas admirables conferencias, el santo ponía todas las enseñanzas que las circunstancias le podían sugerir. Animaba a sus hijas con los ejemplos de entrega que se daban unas a otras; y mientras las llevaba sin cesar a la humildad, no temía citarles los rasgos de heroísmo que encontraban en su propia familia. Así pues un día les habló de su buena hermana Andrea, a quien acababa de asistir a la hora de la muerte. La hermana Andrea estaba a punto de expirar. É le preguntó: «¿No tenéis, hermana mía, pena ni remordimientos de conciencia? –Nada de eso, padre mío, En ello he encontrado demasiada satisfacción. Ya que cuando iba por los pueblos a ver a aquellas buenas gentes, me parecía que no andaba, sino que tenía alas y volaba, tal era el gozo que experimentaba en servirlas. –Morid en paz, hermana mía, ¡» «Oh, exclamó una de las damas presentes, – ¿Se ha oído decir algo semejante de algún santo?45

Otro día, era Juana Dallemagne, a quien preguntaba, en el artículo de la muerte: » Y bueno, hermana mía,, dígame ahora: qué preferiríais haber sido en la vida, o una gran Dama, o una Hija de la Caridad?» Y la buena hermana, sin poder casi hablar ya, exclamó no obstante: «Hija de la Caridad!» A lo cual el santo, al contar esta escena, añadía: «Oh, hermosa palabra, que nos demuestra, hermanas mías, que la condición de Hija de la Caridad es más grande que todas las grandezas del mundo. Y ¿quién lo pondría en duda, pues ser Hija de la Caridad es ser Hija de Dios? Oh, hijas mías, ¿quién no preferiría esta cualidad a ser hija de un rey?46

Otro día, era una protección de la Providencia sobre alguna de ellas la que le servía de tema de instrucción. Así una hermana había salido sana y salva de las ruinas de una casa derrumbada. En la conferencia del 13 de febrero de 1646, interrogó a esta hermana misma, que acababa de escapar milagrosamente a la muerte. «El último sábado del carnaval, dijo ella, subía a una casa con una marmita para llevar la porción a un enfermo, y me encontraba en los escalones entre el primer piso y el segundo, cuando un aguador, que me precedía, exclamó: «Estamos perdidos ¡» y al instante la casa se desplomó. Muy asustada, me recosté en un rincón de la escalera. Entretanto los vecinos de , asustados como yo, corrieron por los sacramentos para que se los administraran a los que fueran capaces; pero todos aparecieron muertos, hasta un número de treinta y cinco o de cuarenta, bajo las ruinas de la casa, con la excepción de un niño y de mí, que me quedé en el tramo con mi marmita. Yo coloqué la marmita en el gancho de una pértiga que me tendieron desde la calle y luego, abandonándome a la misericordia de la Providencia, me arrojé sobre unos abrigos que estaban colgados, y me vi fuera de peligro en la calle sin saber cómo. Pero, aunque llena de espanto y temblando, no dejé de continuar llevando la comida a los enfermos que me faltaban.»

Ante este relato, el santo, dirigiendo en primer lugar el pensamiento hacia las pobres víctimas, levantó las manos al cielo y exclamó: «Oh Dios, si la caída de una sola casa es causa de tanto horror, cómo será el día del juicio!, el día del juicio, hijas mías, cuando se vea a un número incontable de almas ser precipitadas, por una eternidad, a los infiernos! Oh Dios, qué será eso! Oh, Dios sea bendito!» Y sacando de ello una lección sobre la confianza en la Providencia, añadió: «¿Pude Dios mostraros mejor que acepta el servicio que le hacéis en la persona de los pobres? ¿Hay algo más evidente que esto? Una casa nueva se cae, treinta y cinco o cuarenta personas se encuentran aplastadas bajo los escombros, y no le ocurre nada a esta joven que estaba en la misma casa, con su marmita, en un rincón de la escalera que la Providencia parece proteger de un modo especial para perdonarla, y sale de este peligro sana y salva! Hay que creer que son los ángeles los que la sacaron de allí; porque, ¿qué señal hay de que fuesen los hombres? Sí que echaron una mano, pero ha sido preciso que la hayan sostenido los ángeles. Oh qué protección! ¿Creéis, hijas mías, que haya sido sin ningún plan que Dios haya permitido que esta casa nueva se haya caído así? Pensáis que es por casualidad que se cayera en el momento que nuestra hermana estaba allí? ¿Creéis también que sea buena suerte haber salido sin ningún daño? Oh, nada de eso, todo eso es milagroso; Dios lo había ordenado todo para dar a conocer a vuestra Compañía el cuidado que tiene de ella.

Y él apoyó este ejemplo trayendo a cuento un piso que se había roto en la casa de las hermanas, precisamente cuando no había nadie ni arriba ni abajo. Algunos minutos antes, la señorita Le Gras estaba en el apartamento, cuando una hermana llegó a avisarla del crujido de la viga. En un principio no lo tuvo en cuenta; pero habiendo venido una hermana más mayor a renovar el aviso, cedió a su edad y salió. Había dado tres pasos cuando todo se hundió

Bueno pues, para colmo de suerte providencial, Vicente habría tenido que encontrase en esa misma sala, en el momento de la caída, para celebrar allí una asamblea con las Damas, pero un asunto imprevisto, y evidentemente suscitado por Dios, se lo había impedido. «Démosle gracias por todo eso, hijas mías, añadió el santo. Que vuestra primera comunión sea por esta intención. Yo ya he dicho la misa por ello nada más enterarme de la notica; y ahora que lo sé más particularmente, la diré otra vez, si Dios quiere. Oh, que su santo nombre sea bendito por siempre!

Estas enseñanzas paternales, la señorita Le Gras se las repetía, las comentaba, las multiplicaba con su rol de madre, bien en sus conferencias particulares, bien en sus adiós a las hermanas que partían para alguna misión, bien en sus innumerables cartas. En las conferencias mismas dadas por Vicente de Paúl, el santo la interrogaba con preferencia, y le pedía siempre su consejo sobre la materia escogida y sobre las prácticas que introducir en la Compañía. Ella misma designaba a veces el asunto de la conferencia. Con la mayor frecuencia pedía a su santo director esquemas para las mismas conferencias que debía dar a sus hermanas. La Compañía formada así, así provista de instrucciones, de virtud y de caridad evangélica, Vicente la puso al servicio de todas su obras.

VIII. Funciones y fundaciones de las Hijas de la Caridad en vida de San Vicente de Paúl. Fue primero la asistencia de los pobres y de los enfermos a domicilio el primer fin, en fecha y en importancia de su institución.. Gracias a ella, El Hôtel-Dieu se vio pronto descargado de los dos tercios de sus pobres: se realizó el cálculo. El Hôtel-Dieu, multiplicado al infinito, estaba a partir de entonces en todo pobre buhardilla donde entraba una hija de la Caridad.

Casi al mismo tiempo, las hermanas eran llamadas a servir de madres a los niños expósitos. El padre de los huérfanos empleaba su lenguaje más tierno para inspirar a estas madres vírgenes sentimientos dignos de su dulce vocación. «Jesucristo amó a los niños, les decía. Prometió su reino a los que se les parecieran, y dijo que sus buenos ángeles ven siempre el rostro de Dios su Padre en el cielo.» Él se los recomendaba en general, y a veces en particular cuando uno de estos niños abandonados le era presentado á él mismo. Un día escibía a la señorita Le Gras: «¿Tomaríais a un niño abandonado que nos trajeron ayer gente de calidad que le encontraron en un campo que depende de esta casa. Sólo tiene dos o tres días; fue bautizado ayer por la tarde en San Lázaro, Siendo de la condición de los niños expósitos, no tengo nada que más que decir, sino que no lo llevéis a la Couche ni al Hôtel-Dieu. Si se piensa que sea conveniente hacer esta ceremonia, se hará. Os suplico sin embargo que lo recibáis, Señorita, y recomendéis a la nodriza, Buenos días, Señorita.

Con los niños, las Hijas de la Caridad adoptaron también a una familia que pedía de ellas más dedicación y coraje: la familia de los pobres forzados47. Y sin embargo con qué entusiasmo y corazón la sirvieron, se puede adivinar por la carta siguiente de la señorita Le Gras a san Vicente de Paúl; jamás madre alguna expresó más tiernas inquietudes para sus propios hijos

«Nuestra hermana de las galeras vino ayer a verme llorando por no tener ya pan para sus pobres, tanto porque se debe mucho al panadero, como por la carestía del pan. Ella pide prestado y mendiga por todas partes toda angustiada y, para colmo de su dolor, la duquesa de Auiguillon quiere que le haga una memoria de los que cree que se pueden despedir, en lo que veo tres grandes dificultades: una que no puede saber que por el trato que les dan, sean los que loa injurian o los alaban, y así las cosas, puede cometer injusticias. Otra dificultad es que algunos ofrecen dinero a su capitán y al conserje, los cuales ya han comenzado a quejarse y acusarla de ser la causa de su desorden; – y la tercera dificultad es que los que sigan en la cadena creerán que ella es la causa; vos sabéis, mi honorable Padre, lo que estas personas podrán decir y hacer: He dicho a esta hermana que difiera hacer esta memoria, hasta que yo tenga la orden de vuestra caridad de lo que ella tendrá que hacer.»

Esta hermana era Barbe Engibou, santa joven dotada de una paciencia igual a su caridad. Con frecuencia los galeotes arrojaban al suelo el alimento que les daba, y la acogían con horribles injurias. Barbe lo sufría todo sin decir nada, recogía tranquilamente el pan o la carne, se lo ofrecía de nuevo con el mismo rostro dulce, y no se vengaba sino impidiendo a los guardas que los castigaran

Como los Misioneros en San Lázaro y en los Bons Enfants, las Hijas de la Caridad admitieron a las personas de su sexo a hacer ejercicios espirituales en su casa. La señorita Le Gras era su directora hábil y celosa, pero siguiendo las instrucciones de su venerado padre. Éste le escribía un día: «La señora presidenta Goussault y la señorita Lamy van a ir a vuestra casa para hacer el pequeño retiro. Os ruego que las sirváis en ello, que les deis el departamento del tiempo que yo os he puesto en mano, que les señaléis los temas de sus oraciones, que escuchéis el relato que os hagan de sus buenos pensamientos en presencia una de la otra, y hagáis que se tenga la lectura de mesa durante su comida, al salir de la cual se podrán distraer de manera alegre y modesta. El asunto podrá ser de las cosas que les hayan ocurrido durante su soledad, o que hayan leído de las historias santas, Y se hace buen tiempo después de cenar, podrán dar un breve paseo; fuera de estos dos tiempos, observarán el silencio. Bien estará que escriban los principales sentimientos que hayan tenido en la oración, y que ellas dispongan su confesión general… La lectura espiritual podrá ser de la Imitación de Jesucristo de Tomás de kempis, deteniéndose un poco a considerar cada periodo: como también algo de Granada, en relación con el asunto de su meditación. Podrán también leer algún capítulo de los Evangelios. Pero será bueno que, el día de su confesión general, les deis la oración del Memorial de Granada, que es para excitar a la contrición. Por lo demás, vigilaréis para que no se apuren demasiado en estos ejercicios. Ruego a Nuestro Señor que os dé su espíritu para esto.

A las mujeres como a los hombres, Vicente recomendaba las resoluciones particulares, las generales le parecían poco útiles. Escribió también a la señorita Le Gras: «Os envía las resoluciones de la señora N. que son buenas, pero me parecerían aún mejores, si descendiera un poco a lo particular. Sería bueno ejercitar en ello a las que hagan los ejercicios del retiro en vuestra casa. Lo demás no es más que producto del espíritu, el cual una vez encontrada alguna facilidad y hasta dulzura en la consideración de una virtud, se complace en el pensamiento de de ser muy virtuoso; no obstante, para serlo sólidamente, conviene hacer buenas resoluciones de práctica sobre los actos particulares de las virtudes, y ser fieles después en cumplirlas; sin ello no se es más que por la imaginación.

El capítulo tercero de este libro contará lo que las Hijas de la Caridad hicieron por los hospitales de París. digamos tan sólo aquí, no debiéndose presentar más la ocasión, que no retrocedieron ante el servicio repelente y peligroso de los locos. En 1645, a petición de la gran oficina de los pobres, entraron en el hospital de las p>etites-Maisons donde, con los alienados, cuidaron también en sus enfermedades a los numerosos ancianos que allí eran recibidos. El renombre de su desarrollo, de sus cuidados hábiles y desinteresados se difundió pronto por las provincias, y muchas ciudades de Francia se las pidieron a su santo fundador

Su primer establecimiento fuera de la capital fue en Saint-Jean d’Angers, uno de los tres hospitales magníficos construidos por Enrique II en expiación por el asesinato de san Tomás de Cantorbery

Era en el mes de diciembre de 1639. la estación era rigurosa y la salud de la señorita Le Gras muy delicada. Partió sin embargo para dirigir e instalar a sus hijas en el hospital Saint-Jean. Pero apenas llegada a la casa del abate Vaux, vicario general de la diócesis, quien le había ofrecido su casa, , ella cayó enferma. Ante esta noticia, Vicente alarmado le escribió el 31 de diciembre: «Ya estáis enferma, Señorita, por orden de la Providencia de Dios. Sea bendito su santo nombre! Espero de su bondad que se glorificará una vez más en esta enfermedad como lo ha hecho en las demás, y es lo que hago pedirle de continuo, aquí y en todas partes donde me encuentre. Oh, cómo desearía que Nuestro Señor os hiciera ver con qué entusiasmo se hace, y la ternura de las oficialas del Hôtel-Dieu para ello.

El mismo día escribía al abate de Vaux por quien conocía las atenciones hacia su querida enferma: «No ‘puedo agradeceros con suficiente afecto ni humildad, a propósito de la señorita Le Gras y mío, por la caridad, sin igual, ejercéis con ella y con sus hijas. Os lo agradezco de la forma que puedo, monseñor, y pido a Nuestro Señor, por cuyo amor hacéis todo eso, que él mismo sea vuestra gratitud y recompensa, y os ofrezco todo lo que puedo en la tierra para el cielo, y todos los agradecimientos que me son posibles ante Dios y ante el mundo. Ahí la tenemos pues enferma a esta buena señorita! In nomine Domini! Hay que adorar la sabiduría de la Providencia divina en todo eso. No os la encomiendo, Monseñor; vuestra carta me hace ver cómo os preocupáis por ella, y por la que ella me escribe también. Yo querría estar ahí para liberaros del cuidado que vuestra bondad le prodiga, y de la pena que ella siente. Nuestro Señor quiere añadir el florón de este mérito a la corona que él os va preparando. Yo le escribo unas palabras, os ruego , Monseñor, que le hagáis llegar mi carta, y tenerme como a una persona que Nuestro Señor os ha dado48.

Entrada en convalecencia durante el mes de enero 1640, la señorita Le Gras realizó el establecimiento de sus Hijas en el hospital Saint-Jean, según la forma que el santo, en sus cartas de todas las semanas, le había escrito.. Luego ella propuso a las damas, reunidas a este efecto, el método y los reglamentos seguidos en el Hôtel-Dieu por las Damas de la asamblea de París y las exhortó a introducir su práctica en el hospital de Angers

El 1º de febrero siguiente, se preparó y firmó un acta, con anuencia reservada de Vicente de Paúl, entre ella y los administradores del Hôtel-Dieu. Como este reglamento, el primero de todos, se convirtió en la forma casi invariable de todas las fundaciones de las Hijas de la Caridad en los hospitales, estaría bien hacer un análisis

Las Hijas de la Caridad, se dice en él, dependerán siempre del superior general de la Misión o de sus diputado, y los administradores les darán toda la libertad de vivir según su regla, la cual no obstante las obliga a dejarlo todo cuando la necesidad y el servicio de los pobres lo requieren siendo ello su primera y principal obligació.

En cuanto a lo temporal, estarán totalmente bajo la autoridad de los administradores, a quienes obedecerán con exactitud

Ellas solas tendrán a su cargo, sin que se les pueda asociar ninguna mujer o joven, de los pobres, a fin de que, por la unión y relación que existe entre ellas, estén mejor servidos

Serán alimentadas y mantenidas, en salud y enfermedad, a expensas del hospital sin que se les pueda cambiar la tela, el color y la forma de sus hábitos; en todo serán consideradas como hijas de la casa y no como mercenarias

No serán obligadas a velar a los enfermos fuera de las salas del hospital, a excepción de las mujeres que residan en el cercado

Ellas no darán cuenta de su servicio más que a los administradores. Éstos, teniendo en cuenta que si no son apoyadas por ellos ante los oficiales y sirvientes de la casa como ante los enfermos, , ellas no podrán hacer el bien, las defenderán con su autoridad, las avisarán en particular, y nunca en voz alta ni en público, de sus faltas, de las que se corregirán mediante la gracia de Dios

Ocurriendo el fallecimiento de una hermana, los administradores, viendo que ella está consagrada al servicio de Dios y de los pobres, permitirán a sus hermanas que la entierren decentemente según su costumbre.

El superior general de París podrá, cuando bien le parezca retirar o reemplazar a aquellas hermanas que juzgue necesario, como de igual forma, los administradores podrán despedir a aquellas que no encuentren idóneas, después de ensayar no obstante un año o dos, y pedir otras; todo a expensas del hospital, y aviso dado de antemano al superior general, para que tenga tiempo de enviar alguna en su lugar

Continúa el reglamento espiritual de las Hermanas

Ellas permanecerán en el hospital de Saint-Jean-l’Évangeliste d’Angers, para honrar en él a Nuestro Señor, padre de los enfermos pobres, corporal y espiritualmente.

Lo primero que Nuestro Señor pide de ellas es que le amen soberanamente y lo hagan todo por amor a él; y lo segundo, que se amen entre ellas como hermanas que él ha unido con el lazo de su amor, y a los enfermos pobres como a sus señores, ya que Nuestro Señor está en ellos, y ellos en Nuestro Señor.

Estarán infinitamente agradecidas por la gracia de ser sacadas de la vida de las hermanas y las viudas, y llamadas a Dios en un estado divino, que han buscado los reyes y las reinas, y donde ellos han encontrado su satisfacción

Ellas se esforzarán por tener como desprecio lo que el mundo estima, y estimarán lo que el mundo desprecia, prefiriendo las ocupaciones viles y abyectas a las honrosas, y renunciando al afecto carnal de sus padres y de su país

Serán fieles a la observancia de su reglamento y estilo de vivir propio de su pequeña compañía.

Guardarán exactamente la pobreza, escogiendo cada una para sí lo que sea más pobre, no teniendo dinero ni nada como propio, no recibiendo ni dando ningún regalo, contentándose con el vivir, el vestir, y el dormir que les sea dado; en una palabra, ellas se acordarán de que han nacido pobres y que deben vivir como pobres, por amor al padre de los pobres Jesucristo Nuestro Señor

Usarán de todas las precauciones imaginables para conservar su castidad

Obedecerán a sus superiores de París en cuanto a dirección y disciplina interior, a los administradores en cuanto a la asistencia de los pobres, a la superiora de entre ellas para la ejecución de sus reglamentos y su obediencia será pronta, alegre, total, constante y perseverante, con sumisión a su juicio y a su voluntad.

Estarán contentas si avisan a la superiora de sus faltas, y ellas miasmas dirán todas noche sus faltas del día, buena , humilde, y sencillamente, y recibirán la penitencia debida.

Sus ejercicios de piedad serán los de la comunidad

Levantándose a las cuatro, a las seis estarán en la sala de los enfermos para prestarles los primeros servicios corporales y espirituales. Tendrán mucho cuidado de hacerse con todo lo que van a necesitar, sus comidas a las horas acostumbradas, de beber cuando lo necesiten, y de vez en cuando algún dulce en la boca. En todo, ellas se conformarán a su estado de salud y a las prescripciones de los médicos.

Se relevarán una a la otra ante los enfermos, no dejándoles nunca solos, y todas las que no tengan nada que sea urgente, estarán en la enfermería para instruir a los ignorantes, disponer a los recién llegados a los sacramentos, consolarlos, alegrarlos por la conformidad a las atenciones de Dios

Y así hasta la tarde, hasta la hora de su retirada. Ellas dejarán entonces a una de entre ellas en la enfermería para velar y asistir a los más enfermos, y ayudar a los moribundos a bien morir.

Y a fin de que Dios quiera hacerles la gracia de cumplir todas estas cosas, se lo pedirán frecuentemente, se confesarán y comulgarán con esta intención, caminarán en su presencia, tendrán por patrones e intercesores ante él a la santísima Virgen, san José, san Luis, santa Genoveva, santa Margarita reina, san Juan Evangelista patrón del hospital y, finalmente, contemplarán la felicidad de su condición; que sirvan a Nuestro Señor en la presencia de los pobres, que él reconocerá como hecho a sí mismo el servicio que ellas les hacen; que cumplan por completo la ley de Dios, desempeñando su oficio, y que ellas estén siempre en Dios t Dios en ellas mientras ellas permanezcan en la caridad49.

Esta acta levantada y firmada, la señorita Le Gras se quedó algún tiempo en Angers, para reformar los abusos, los desórdenes constatados en un informe de los administradores, y dejar las cosas en marcha. Su estancia se prolongó tres meses. El 27 de enero, Vicente le escribía, para acelerar su regreso:» Oh, que vuestra presencia aquí es necesaria, Señorita, no sólo por vuestras hijas, sino también por los asuntos generales de la caridad. La asamblea general de las Damas del Hôtel-Dieu tuvo lugar el jueves pasado. La Señora Princesa y la duquesa de Aiguillon la honraron con su presencia; nunca he visto a la Compañía más grande ni reunida con tanta modestia. En ella se resolvió recibir a todos los niños expósitos. Podéis pensar, Señorita, que no nos olvidamos de vos.

Tan pronto como de enteró de la completa fundación, volvió a escribirle:»Os será fácil pensar el gozo de mi alma, pero no sentirlo. Oh Jesús, cuántas gracias doy a Dios porque os sentís mejor, y le pido que os devuelva las fuerzas para que volváis pronto…Oh, seréis bienvenida, y se os espera con gran deseo!»50 Y la suplicaba que no mirara ahorro ninguno, por mucho que costara, para hacer cómodo el viaje.

La señorita Le Gras dejó por fin a sus hijas de Angers para regresar a París, pero las dejó instruidas y formadas en su santo empleo hasta el heroísmo. Habiendo estallado la peste al año siguiente, ellas la desafiaron y cuidaron de los apestados con la misma facilidad que de los enfermos ordinarios. «Al parecer, contaba Vicente en la conferencia del 16 de agosto de 1641, este mal las respeta. Bendito sea Dios, hijas mías, bendito sea Dios! Qué bueno es reconocer la caridad del Espíritu Santo nos enseña, cuando dice que no existe amor más grande que poner en juego el alma, es decir dar su vida por amor y socorro del prójimo! Oh mis queridas hijas, qué santa es vuestra condición. Pues ¿no es cierto que la mayor felicidad que podamos tener es ser amados de Dios? Pues bueno, nada nos tranquiliza tanto, hijas mías, como el ejercicio que requiere vuestra condición y que practicáis con celo y valor, y puesto que no puede haber mayor caridad que la de exponer la vida por su prójimo, ¿acaso no es lo que hacéis cada día con vuestro trabajo? Oh qué suerte la vuestra! Estad, pues, hijas mías, muy agradecidas por esta gracia y muy cuidadosa en conservarla.»

Apenas de regreso a París, la señorita Le Gras pensó en dejar La Chapelle, que habitaba desde el mes de mayo del año 1636. Allí, en el intervalo de sus misiones, se había dedicado, los domingos y las fiestas, a dar el catecismo a las personas de su sexo, y a instruir en su casa a las jóvenes que ella había sustraído, mediante indemnización, a la dirección peligros de un maestro. Este tiempo de La Chapelle le había agradado en un principio, porque en aquel pueblo podía formar a sus hijas en la vida humilde sencilla y laboriosa de los campos. Pero, si bien más próxima entonces a su director de lo que lo estaba en Saint-Victor, se veía demasiado alejada aún, y en 1641 vino a establecerse con su comunidad frente por frente de la iglesia de San Lázaro, en una casa que ella tomó en primer lugar en alquiler, luego compró de los Misioneros mismos, por el precio de 18.400 libras recibidas de la presidenta Goussault. El contrato firmado entre Vicente de Paúl y sus sacerdotes, por una parte, y la señorita Le Gras y sus hermanas por la otra, existe todavía; es del 1º de abril de 165351.

Alojadas de cualquier manera en una tienda hasta ese día, como los hijos de Israel, las hijas de la señorita Le Gras habían hallado por fin una morada y la Sión de la caridad. Allí, en efecto, fueron a parar todas las limosnas y todas las miserias de París. medicamentos, alimento se distribuyeron constantemente allí a los pobres, a menudo a costa de la escasez de la comunidad. Allí también se estableció un seminario en el que se educaban las jóvenes destinadas a una serie de casas de París, de la provincia y del extranjero. Desde este establecimiento, había que dar a casi todas las parroquias de París, y a los hospitales y a las prisiones. En 1646, Nantes, conocidos los servicios que prestaban en Angers, las pidió para su hospital, y la señorita Le Gras tuvo que volverse a poner en ruta para llevar allí a ocho hermanas. Después de recibir, como siempre, las instrucciones de Vicente, que no dejaba nunca, en caso parecido, de reunir a la pequeña colonia y de dirigirles una conmovedora alocución, ella se puso en camino el 26 de julio, y llegó a Nantes el 8 de agosto. Según su costumbre, escribió a su director el diario de su viaje, donde todo respira piedad y caridad. Al gusto de esta verdadera cristiana, este viaje fue más feliz todavía que el precedente, porque ella tuvo que sufrir más. Escribió: «Tuvimos el honor en el Pont-de-Cé de ser expulsadas de la hostería, a la que llegamos el jueves muy tarde; pero, al salir de esta querida casa, nos encontramos con una buena señora que nos recogió benignamente.»

Aunque se hubiera callado el día de su llegada, para escapar a la ovación acostumbrada, salieron a presentarse a ella. De la ciudad y hasta de los campos, todas las damas vinieron a visitarla, así como una cantidad de superiores de religiones reformadas, y tuvo que trasladarse a varias comunidades religiosas para satisfacer el deseo que tenían de ver a sus hermanas y el hábito.

Desde el día siguiente, las Hijas de la Caridad entraban en funciones y, al cabo de pocos días, se operó en el hospital un cambio que todo el mundo se trasladaba allí para verlo. Había en las comidas de los pobres tal afluencia que no se podía casi acercar a las mesas ni a los lechos de los enfermos.

La señorita Le Gras estableció también entre las Damas de Nantes la caridad que se practicaba en el Hôtel.Dieu de París; ella lo regularizó todo con los administradores, dejó a sus hermanas en las mejores disposiciones, y se volvió otra vez llena de consuelo y de esperanza.

Comenzada bajo tan felices auspicios, la fundación de Nantes tuvo sin embargo que sufrir dificultades por parte de los administradores, que quisieron incluso sustituir a las Hijas de la Caridad por religiosas hospitalarias. Siempre desinteresado, Vicente les escribió enseguida que sabía muchas cosas buenas de estas religiosas y que, si querían despedir a las Hijas de la señorita Le Gras, les rogaba humildemente hacerlo sin escándalo. Por medio de hermanas nuevas enviadas en 1653, se pudo sostener el establecimiento. No pasó lo mismo con el hospital de le Mans, del que habían tomado posesión las hijas de la Caridad hacia 1645; les fue preciso retirarse al cabo de algunos años, para sacarlas de una administración muy poco benevolente.

Por lo demás, aparte de que Vicente tenía por principio no buscar ninguna fundación para sus hijas como para sus Misioneros, y no contestar nunca para mantenerlas allí donde se habían situado, las llamó tanto más contento cuanto que él no podía satisfacer a las peticiones que le hacían de todas partes. No era suficiente con sus hospitales, sus escuelas, sus casas parroquiales, y la reina las llamó en 1654, 1656, y 1658 para cuidar a los soldados heridos y enfermos. El año 1658 fue particularmente memorable. Después de la toma de Dunkerque y la batalla de las Dunas que la había traído, se transportaron a Calais a seiscientos o setecientos soldados, unos cubiertos de heridas, otros agotados por los trabajos del asedio y las emanaciones fétidas que habían respirado. Luis XIV mismo, apostado en Mardick para vigilar las operaciones militares, había contraído, al visitar las fortificaciones de esta plaza, una enfermedad peligrosa. Ana de Austria, que estaba por aquellos lugares, tuvo piedad de aquellos valientes soldados, cuya victoria ponía fin al mismo tiempo a la guerra de la Fronda y a la guerra con su querida España y, para conservarles la vida, pidió a Vicente Hijas de la Caridad. Vicente eligió a cuatro y, en el momento de su partida, les dirigió este discurso: «Y ahora la reina os llama para ir a Calais a vendar a los pobres soldados heridos. Eh qué motivo de humillaros, hermanas mías, viendo que Dios quiere servirse de vosotras para tan grandes cosas. Oh Salvador! Los hombres van a la guerra para matar a los hombres, y vosotras, Hijas mías, vosotras vais para reparar el mal que hacen. Oh qué bendición de Dios! Los hombres matan el cuerpo y muy frecuentemente el alma; y vosotras, vosotras vais para devolver la vida, o por lo menos ayudar a conservarla en aquellos que queden, por los cuidados que les deis, tratando por vuestros buenos ejemplos como por vuestras instrucciones, de hacerles pensar que deben conformarse a la voluntad de Dios en su estado… Cuando os halléis en medio de los ejércitos, no temáis que os ocurra ningún mal. ¿Les ha sucedido alguno a las que ya han estado allí? ¿Le ha sucedido a alguna, o bien ha muerto alguna? Y aunque hubiera perdido la vida, oh sería un bien para ella, ya que habría muerto con las armas en la mano …Tengo que deciros que he oído que estos pobres soldados sienten una gran gratitud por la gracia que Dios les da que, viendo que vais a estar entre ellos para asistirlos, sin otro interés que el amor de Dios, ellos dicen que ven claro que Dios es el protector de los desgraciados. Pues bien, ahora ved, Hijas mías, el bien que hacéis, ya que ayudáis a esta gente valiente a agradecer la bondad de Dios y a pensar que es él quien les hace prestar este servicio. Entrando entonces en los grandes sentimientos de piedad, ellos exclaman: «Dios mío, ahora nos damos cuenta de lo que oímos predicar en otro tiempo, que vosotras os acordáis de todos los que necesitan ayuda, y que no abandonáis nunca a quienes se hallan en el peligro. Puesto que tenéis cuidado de nosotros, pobres miserables, que hemos ofendido tanto a vuestra bondad… » Jóvenes tener el valor de ir a los ejércitos, ir a visitar a pobres heridos, no sólo en Francia, sino hasta en Polonia! Ah hijas mías, ¿hay nada parecido a esto? ¿Habéis oído alguna vez decir que se ha hecho cosa parecida? En cuanto a mí, yo no lo he visto, y que yo sepa que se haya visto a una compañía que haya hecho las obras que Dios hace por la vuestra… Mirad, hermanas mías, se conoce a los grandes en el mundo por sus éxitos y por el gran número de gente que los acompaña. Ahora bien, la verdadera nobleza y grandeza consiste en la virtud, y cuando las almas que han trabajado mucho por Dios van al cielo después de esta vida, todas sus buenas obras los siguen, y cuanto más excelentes son y en gran número más manifiestan la grandeza de estas almas: se trata de sus Damas de honor!»52

Una de estas jóvenes, Glaude Muset, ha declarado en el proceso de canonización, que ella sentía al principio gran repugnancia para este oficio; pero que después de este discurso de Vicente, ella sintió su repugnancia cambiarse en atractivo y que, protegida con la bendición del santo, partió gozosa de París. las cuatro eran de las más fuertes de su compañía. Después de unos días, dos habían sucumbido por fatigas excesivas. A petición del párroco y a los gastos de la reina, se le construyó una tumba, sobre la cual se inscribió su nombre y el de Vicente de Paúl, su Padre, para ser uno y otro en perpetua memoria53.

Dos acababan de morir en la brecha; a la voz de la reina y de Vicente de Paúl, veinte se presentaron para reemplazarlas. Impresionado por tal heroísmo, en la próxima conferencia dice a sus sacerdotes: «Encomiendo a sus oraciones a las Hijas de la Caridad que hemos enviado a Calais para asistir a los pobres soldados heridos. De cuatro que estaban, hay dos fallecidas, que eran las más fuertes y robustas de su compañía; sin embargo han sucumbido bajo el peso. Imagínense, Hermanos míos, lo que es cuatro jóvenes entre quinientos o seiscientos soldados heridos y enfermos. Ved la conducta y la bondad de Dios, de haberse suscitado una compañía así en estos tiempos, ¿Y para qué? Para asistir a los pobres corporal y también espiritualmente, diciéndoles alguna palabra que puedan llevarlos a pensar en su salvación.; en particular a los moribundos, para ayudarlos a bien morir, haciéndoles actos de contrición y de confianza en Dios. de verdad, Señores, es conmovedor. ¿No les parece que es una acción de gran mérito ante Dios, el que unas hijas se vayan con tanto valor y resolución entre soldados, a aliviarlos en sus necesidades y a contribuir a salvarlos, que vayan a entregarse a tantos trabajos, e incluso a molestas enfermedades, y por fin a la muerte, por esta gente que se han expuesto a los peligros de la guerra por el «Vemos pues qué llenas están estas pobres hermanas del celo de su gloria y del asistencia al prójimo. La reina nos ha concedido el honor de escribirnos para decirnos que enviemos otras a Calais, para asistir a estos pobres soldados. Y ya van a salir cuatro hoy. Una de ellas a la edad da casi cincuenta años, me vino a ver el viernes pasado al Hôtel-Dieu donde yo me encontraba, para decirme que se había enterado que dos de sus hermanas habían muerto en Calais, y que venía a ofrecerse a mí, para ser enviada en su lugar, si me parecía bien. Yo le dije: hermana mía, ya lo pensaré. Y ayer vino aquí para saber la respuesta que tenía para ella. ved, hermanos míos, el valor al ofrecerse de esta manera, y ofrecerse a exponer su vida como víctimas, por el amor de Jesucristo y el bien del los demás. ¿No es esto admirable?. En cuanto a mí, no sé qué decir de ello, sino que estas jóvenes serán mis jueces en el día del juicio. Sí, ellas serán mis jueces, si nosotros no estamos dispuestos como ellas a. exponer nuestras vidas por Dios. pero con qué santa confianza comparecerán el día del juicio, después de tantas obras de caridad que habrán hecho! Ciertamente me parece que las coronas y los imperios de la tierra no son más que barro, en comparación del mérito y de la gloria del que debemos esperar que se verán coronadas un día. Como nuestra congregación tiene algo en común con la compañía, y Nuestro Señor se ha querido servir de la de la Misión, para dar comienzo a la de estas pobres hijas, tenemos también la obligación de agradecer a Dios por todas las gracias que les ha dado, y pedirle que les continúe por su infinita bondad las mismas bendiciones en lo futuro»54

Tales fueron las primeras armas de las Hijas de la Caridad al servicio de los soldados. De entonces a hoy, los campos y las ambulancias han sido sus puestos de honor. Durante la expedición a Crimea, se las vio llevar hasta diez hospitales militares, sin contar dos hospitales de la marina, demasiado poco numerosas todavía entre tantas víctimas del cólera o de la guerra. Pero la presencia y el ejemplo de estas hermanas es un estimulante para los hombres a quienes el precio del mercenario no ha hecho vencer la repugnancia de un empleo así.. En Pera, en Dolma Rachtchét, en la Escuela politécnica, en Levend y en Rami Tchiflik, en Maltepé, en Daoud Pachá, en Guihané, en Kaudlidjé, en el Palacio de Russie, en Kalkis, en la escuela preparatoria; en todas partes es un heroísmo de entrega que sorprende a los mismos valientes. Ni los rigores del invierno, ni el cólera y el tifus, ni las plagas gangrenosas, ni un servicio por encima de las fuerzas humanas, nada las asusta, nada las desanima. Ellas se enfrentan a todo, ni siquiera las llamas, a las que, en el incendio de la Escuela politécnica, ellas arrebatan a todos sus queridos enfermos y hasta su pobres muertos de la víspera..

Antes de encargarse de las grandes ambulancias, ellas habían sido llamadas a los hospitales del Pireo, de Gallipoli y de Varna, llenas de contagiados de cólera. Los enfermeros, diezmados ellos mismos por la plaga, no se atrevían a abordar ya a los enfermos. Apenas se vieron las hermanas dirigirse hacia el hospital, con el rostro alegre, el corazón forme y contento, cuando renace el valor y la esperanza.

Al servicio de las ambulancias y de los hospitales, ellas juntaron todavía la visita frecuente de los prisioneros de todas las naciones y, la visita de bienvenida, esperando el desembarco, a los navíos cargados de enfermos y heridos que llagaban de Crimea. Que aprecie la alegría de estos desdichados, amontonados también en el entrepuente, deshechos por una dura travesía, a la vista de esta hermana que se presentaba a ellos, un poco de caldo, o unas gotas de vino en la mano, la sonrisa en los labios, y la caridad en el corazón. La costa extranjera les parece ya la patria y, en el hospital, creen volver a ver a la familia bajo la figura de esta hermana que les recuerda todo lo que más los ha amado. Todos hubieran podido decir con uno de ellos «Hermana mía, venga a visitarme a menudo; que cuando viene, creo ver Francia y a mi madre!» En la hermana veían felices mucho más: veían a un ángel, una aparición de la dulce Providencia, que casi siempre los llevaba a la fe, a las prácticas religiosas. Y con ello a menudo a la salud. El alma curada y fortalecida reaccionaba sobre el cuerpo; una oración dictada por la hermana hacía más que una ordenanza médica, y ni un vendaje valía lo que una medalla de la virgen. Así, en los tres ejércitos turco, inglés y ruso desprovistos de la verdadera fe y de la verdadera oración, las curaciones eran tan raras como frecuentes eran en el nuestro, eso mismo sucedía con los pobres Irlandeses católicos, tratados sin embargo de un modo tan poco privilegiado por la administración protestante de su país. Cuántos hombres han debido a estas santas hermanas la salud y la patria! ¡Cuántos más, más numerosos todavía, les deberán el cielo!

A la vez envidioso y ciego, el protestantismo inglés quiso tener sus hermanas de caridad. Laudable por la parte de las que lo emprendieron, este ensayo no fue, como se sabe, más que una parodia impotente. Esta vez tampoco el protestantismo no había podido responder al desafío que le lanza el catolicismo desde hace tres siglos, hacer una Hija de la Caridad, y no comprende que le faltan para ello dos cosas que no tendrá nunca: un voto y una práctica, la castidad y la comunión.

Hasta nuestros días, no había sido dado a las Hijas de la Caridad aparecer i ejercer su celo al mismo tiempo en los dos campos enemigos. Este espectáculo lo han dado en Italia. Mientras que las Hijas de la Caridad francesas e italianas se entregaban al alivio de los heridos franceses e italianos, las hIjas de la Caridad austriacas ejercían la misma entrega a los heridos austriacos. Éstas fueron sublimes en el desinterés y y en la humildad. Como se acababa de anunciar a la hermana Rafaela Herschitsch, hermana sirviente de Verona, que el emperador de Austria le había concedido el distintivo de la cruz de oro: «Os lo suplico, no me habléis de ello, dijo al mayor del hospital que la felicitaba; ya que no lo aceptaría a ningún precio. Me avergonzaría recibir semejante recompensa. Sólo Dios puede pagar los servicios de una Hija de la Caridad que da su vida por sus semejantes. –Pero el emperador se enfadará do sepa que nosotras sacrificamos nuestra vida alivio de sus soldados por amor a Dios sin pretender recompensa alguna. Al renunciar al mundo para consagrarnos al servicio del Señor, hemos renunciado con ello a estas clases de honores. Al aceptarlos, sería como colocarnos bajo su yugo. Nuestros superiores, por lo demás, sabrán muy bien agradecerle por su benevolente atención a la comunidad. –Pero estos Señores van a venir a traéroslo. –s pido, Señor mayor, decidles que me perdonen el dolor de un rechazo.» Ya ausente el mayor, la buena hermana se puso en oración con sus dos compañeras enfermas, y permaneció así todo el día, a fin de que, decía ella, no vinieran a molestarla con aquella cosa . Humilde oración que fue escuchada, pues no se insistió más someterla a este nuevo suplicio de la cuz.

En el mismo tiempo, las Hijas de la Caridad daban este mismo ejemplo en México y en Chile, donde socorrían y consolaban indistintamente a los a los heridos de los partidos que se batían sin cesar; hacían de alguna forma la vela de la caridad en el litoral de España, esperando a los enfermos y a los heridos que debían traerles de la guerra de Marruecos.

En la alocución dirigida más arriba por Vicente a las hermanas que partían para Calais, se ha advertido una alusión a las hermanas de Polonia. En efecto, la reina Luisa, que había formado parte en París de la asamblea de las Damas, que había visto en el trabajo a la señorita Le Gras y a sus hijas, las pidió el año 1652. tres partieron en primer lugar con un recado de Vicente del 6 de setiembre. Atravesaron Alemania y los países protestantes respetadas en todo lugar por sus virtudes, su valor y su hábito. La reina las acogió con alborozo. Las dejó unos días respirar el aire del país y estudiar un poco la lengua, luego les dijo: «Vamos, hermanas mías, es tiempo de comenzar a trabajar. Sois tres; quiero quedarme con una a mi lado, y sois vos, mi querida Margarita; las otras dos irán a Krakovia a servir a los pobres. –Ah Señora, respondió la hermana, ¿pero qué decís? Sólo somos tres para servir a los pobres, y vos tenéis en el reino a tantas personas más capaces que nosotras para servir a Vuestra Majestad! Permitidnos, Señora, hacer lo que Dios pide de nosotras, y lo que hacemos en otros lugares.» La reina insistió; la hermana no respondió esta vez más que con sus lágrimas; al verlo la reina: «Qué, hermana mía, dijo, ¿os negáis entonces as servirme? –Perdonadme, Señora, pero es que nosotras nos hemos entregado a Dios para servir a los pobres55

La hermana Margarita Moreaux y sus dos compañeras tenían algo mejor que hacer que servir a la reina; tenían que servir a los enfermos de la peste que desolaba entonces Varsovia, y la hermana Margarita tenía que morir en esta obra de heroica caridad. La reina LUisa se sintió arrastrada por su ejemplo. Visitó los hospitales, cuidó de los enfermos con sus manos, y pagó con sus limosnas cuando no podía pagar con su persona. A petición suya, otras tres hermanas nuevas salieron de Francia portando una carta de la señorita Le Gras para sus hermanas de Polonia: Las hemos dejado partir con dolor, decía la santa institutriz, separándonos de ellas; y con regocijo por la seguridad que tenemos de que ellas van a hacer la voluntad de Dios, y a unirse a vos para cumplir sus santos designios en el reino de Polonia. Oh mis queridas hermanas, que son muy altos. Suplico a la bondad de Dios que os los dé a conocer, con la seguridad que este conocimiento operará en vosotras una gran humildad y una justa confusión al veros elegidas para un trabajo así, y para que os conceda la voluntad de no ser indignas de ello.»

Estas nuevas hermanas debieron interrumpir el viaje y regresar a Francia, ante la noticia que la reina se había visto obligada a buscar contra la guerra un refugio en Alemania con las hermanas polacas. En este exilio, la reina empleó a las hijas de la Caridad en el servicio de los soldados enfermos. De regreso a Varsovia, , las puso a la cabeza de un hospital de huérfanos, cerca del cual arregló un edificiopara los sirvientes enfermos y los pobres pasajeros.

Volveremos a encontrar a las Hermanas de la Caridad en los hospitales fundados por Vicente de Paúl, en las provincias desoladas por la guerra que él alivió durante tantos años. Ellas fueron siempre las celosas colaboradoras de todas sus obras. Por todas partes, a pesar de su celo, su demasiado exiguo número las colocaba por debajo de su tarea. «Señor, le escribía una de ellas, estamos agobiadas de trabajo y sucumbiremos en él si no nos ayudan. Me veo obligada a escribiros estas breves líneas por la noche mientras vigilo a nuestros enfermos, por no tener ningún descanso por el día; y mientras escribo tengo que exhortar a dos moribundos. Voy dentro de poco a uno y le digo: ‘Amigo mío, eleve el corazón a Dios, y pedidle misericordia;’ hecho esto, vuelvo a escribir una o dos líneas, y luego voy corriendo a donde el otro gritando: ‘Jesús María, Dios mío, yo espero en vos; ‘ y luego vuelvo otra vez a mi carta; y así voy y vengo, y os escribo a ratos y con el espíritu todo dividido. Es para suplicaros muy humildemente que nos enviéis otra hermana más.»

Enviar otra hermana más era con frecuencia algo difícil ya que, decía Vicente a sus sacerdotes: «Ustedes no podrían creer cómo bendice Dios en todas partes a estas buenas Hijas y en cuántos lugares están esperándolas. Monseñor de Tréguier pide ocho para tres hospitales que ha fundado en Cahors, monseñor d’Agde me pide por otra parte, y su señora madre me habló también hace tres o cuatro días y me dijo que era urgente. ¡Y qué!, no hay otro remedio, no tenemos suficientes. Preguntaba estos días pasados a un párroco de esta ciudad, que las tiene en su parroquia si se portaban bien. –Ah Señor, me dijo, tan bien se portan por la gracia de Dios que… En fin, Señores, no me atreveré a contarle lo bien que me ha hablado de ellas. en Nantes, donde hay, les ocurre lo mismo, una vez que han reconocido la sencillez de estas buenas Hijas. Sucede lo mismo en otros lados, quien más quién menos. Y no es que no tengan defectos. Ay, ¿quién no los tiene? Pero ellas no dejan de ejercer la misericordia, que es esta virtud de la que se dice que lo propio de Dios es la misericordia. Por nuestra parte, nosotros la ejercemos también, y la debemos ejercer toda nuestra vida: misericordia corporal, misericordia espiritual; misericordia en los campos en las Misiones, misericordias dentro de casa con los ejercitantes y los pobres; por último debemos ser siempre gente de misericordia, si queremos hacer en todo y en todas partes la voluntad de Dios.»56

A pesar de su penuria de sujetos, Vicente pudo, mientras vivió, hacer, fuera de París, veintiocho fundaciones de hermanas: hospitales, casas de escuela o de caridad. Una de las más destacadas fue la Casa de la Providencia de las jóvenes huérfanas de San José, fundada en 1658, en Cahors por el santo obispo Alain de Solminihac. Era para las hermanas de la caridad un empleo totalmente nuevo. También Vicente, que variaba sus consejos conforme a los empleos, los lugares y las personas, dirigió instrucciones muy particulares a las primeras hermanas que fueron enviadas, y la señorita Le Gras les dio, para ellas y para sus huérfanas, reglamentos admirables57. Esta casa se anticipaba, para las huérfanas del pueblo, a lo que Saint-Cyr iba a hacer más tarde para las jóvenes de la nobleza pobre. Las huérfanas eran educadas hasta que pudieran ser colocadas en religión o en el mundo, y se aseguraba una dote a las que habían dado plena satisfacción.

Las primeras hermanas enviadas por san Vicente a Ussel, en 1655 o 1656, al encontrase sin socorros, para ellas y para y para sus pobres, en esa región aislada, tomaron la decisión de volverse a Paris. Se encontraron en Moulins con su santo fundador quien para animarlas les dijo: «Regresad, hijas mías, regresad a Ussel, la Providencia cuidará de vosotras. Ellas se volvieron allí en efecto y, al entrar en su pobre hospicio, encontraron un carro de trigo y otras provisiones enviadas por personas caritativas. A partir de entonces, a las hermanas de Ussel nunca les ha faltado lo necesario. En 93 incluso, ellas han podido seguir en paz al servicio de sus pobres enfermos; y hoy, el hospicio, aunque siempre pobre, se halla en un estado próspero y pasa por uno de los mejor establecidos de la Corrèze.

Después de la muerte de san Vicente, el crecimiento del grano de mostaza y su multiplicación fueron mucho más prodigiosos aún. Establecidas en 1649, a petición de la reina, en la casa real de Fontainebleau, las Hijas de la Caridad fueron llamadas en número de treinta, el 15 de febrero de 1676, en el hotel real de los Inválidos. Cocina, botica, lencería, vestuario, enfermería y cuidado de los enfermos día y noche, cuidado de los locos, ellas se encargaron de todo y no retrocedieron ante nada. El acta de fundación se realizó, el 20 de marzo siguiente, entre el marqués de Louvois, gobernador de los Inválidos, y Nicole Haran, superiora general, y de sus oficialas, con el consentimiento de Jolly, tercer general de la Misión. Renovada en 1769, entre el duque de Choisseul-Amboise y los superiores de las Hijas de la Caridad, el convenio recibió un revés en 1772, a consecuencia de una patente que establecía en los Inválidos a un boticario-mayor y desposeía a las hermanas de la botica. Pero en una memoria dirigida a la señora Adélaïde , a las hermanas no les costó mucho demostrar que las quejas intentadas contra ellas no tenían otro fundamento que la envidia y la ambición, y que una medida así supondría una daño inmenso a los cuatrocientos establecimientos que poseían entonces en Francia. Por ello, el 31 de diciembre de 1774, intervino un decreto real que, rindiendo homenaje a los cuidados, a la vigilancia, a la exactitud, al celo de las hermanas, y reconociendo que la fundación de un boticario-mayor era una novedad tan contraria a los compromisos pasados para con ellas como inútil al bien del servicio, restablecía todas las cosa sobre las antiguas bases.

IX. Las Hijas de la Caridad después de la muerte de san Vicente. No podría entrar en nuestros pensamientos contar la historia, indicar siquiera la fundación de todos los establecimientos de las Hijas de la Caridad en París y en Francia, en Europa y en ultramar, desde hace más de dos siglos. En vida de san Vicente de Paúl, ellas no habían salido de Francia más que para ir a Polonia; pero como el santo hablaba a menudo de enviarlas a todas partes al igual que a sus Misioneros, a Europa y hasta a África y a las Indias, quizás sea bueno indicar algo sobre la realización posterior de estos diversos proyectos.

Dos jóvenes, animadas por su párroco, habían venido a establecerse cerca de Montanaro en el Piamonte, para dar escuela a las pobres niñas de su sexo. En 1778, habiéndose ganado a algunas compañeras y puestas bajo la dirección de un misionero, formaron en Montanaro una pequeña comunidad, recibieron las reglas, el hábito, el nombre y las funciones de Hijas de la Caridad. Autorizadas en 1779 por las letras patentes de Amédée III, ellas pidieron y obtuvieron ser agregadas a la comunidad de Francia. Atravesaron como pudieron los días malos, y renovaron su agregación en 1822, cuando los Misioneros se establecieron en Turin. En 1831, abrieron un seminario que pudo surtir de hermanas a los pequeños hospitales de Rivarola, de Ivrea, de Santo-Benigno y de Sommariva, esperando que se estableciera en Turin un seminario, lo que tuvo lugar en 1833, con las limosnas de Charles-Albert y el concurso de las hermanas francesas. Desde entonces figuraron a la cabeza de los hospitales de Turin, de Carignan, de Génova y de Oneglia, donde fundaron también escuelas, así como en Castellamonte. Su dirección heroica durante el cólera de 1835 les valió nuevos establecimientos, hospitales para enfermos o niños expósitos, escuelas, talleres, asilos, en Turín, en Niza, en Racconis, en Génova, en Savone, en Plaisence, en Acqui, en Grugliasco, en Siena, en Parma, en Mondovi, en Alesandria, en Saluces, en Lugano, en Florencia,, en Fermo, en Chieri, en Rondisson. Ellas salían así del Piamonte para extenderse por los ducados y llenar a Italia como a Francia. Fundaban en Nápoles en 1843; en Macerata, en los Estados pontificios, en 1846, y en Roma, en 1850.

Así se cumplía , aunque algo tarde, un deseo del venerable Pío VII. En una audiencia de despedida que había otorgado, el 26 de noviembre de 1816, al señor Artaud, nombrado primer secretario de embajada en Viena, la conversación recayó sobre las religiosas hospitalarias. El santo Pontífice le dijo: «Nos habéis hablado de las religiosas de Francia, y sobre todo de estas hijas del Ave María , que fueron a la muerte cantando el Veni Creator. Se escuchaban menos voces según caían las víctimas. Nos otorgaríamos todos los favores que se solicitaran para una orden semejante. Pero hablemos también de las hermanas grises. Escuchad: esto es lo que hemos hecho: hemos tratado de introducirlas en toda la catolicidad, y en particular en Italia, en Alemania y en Irlanda. Nos han dicho:’Delante de los enfermos, la mujer italiana no tiene el valor suficiente y fuerza moral para someterse a tantas fatigas; la Alemana tiene algo de demasiado sumiso y demasiado fácil; a la Inglesa no le falta ni humanidad, ni exaltación, pero es demasiado sostenuta (demasiado gazmoña); la mujer francesa posee la habilidad, la seguridad, la resolución, el dominio dulce, la piedad severa, indispensables en tal estado.‘ Sin embargo nos no renunciamos al deseo de mejorar en esto el servicio de nuestros hospitales.»58

Esta estima, este afecto por las Hijas de la Caridad es, de alguna manera, tradicional en la sede apostólica. En su bula del 18 de las calendas de setiembre de 1840, el papa Gregorio XVI, enumerando los dolores y los gozos de la Iglesia, sus temores y sus esperanzas, dijo: «Es, entre otros, un espectáculo consolador para el mundo católico, y es para los no-católicos mismos un motivo de admiración, que estas sociedades tan multiplicadas y tan extendidas de mujeres piadosas que, viviendo en común bajo la regla de san Vicente de Paúl o bajo la de otros institutos aprobados, y notables por sus virtudes cristianas, se entregan por completo o a retirar del sendero de la perdición a las mujeres extraviadas, o a formar a las jóvenes en la religión, en una piedad sólida y en los trabajos de su estado, o a aliviar de todas las formas posibles los infortunios de los demás, sin ser apartadas ni por la debilidad natural de su sexo, ni por el miedo a ningún peligro.»

Los tristes acontecimientos de 1848 expulsaron a la hijas de la Caridad, acabando con su tranquilo género de vida, de Génova, de Siena, de Parma y de Florencia, a donde ellas han regresado después.

En 1790, seis hermanas partieron de París para España. En 1810, las Hijas de la Caridad se establecieron en Ginebra; estaban en Suiza, en Saconen, desde 1750. Entraron en Bélgica en , en Namour, en 1834, y, en 1852, en las provincias Renanas.

En 1851, una comunidad de religiosas hospitalarias de Gratz se sintió inspirada a pedir su incorporación a las Hijas de la Caridad de París. La fundadora y superiora se encontraba, por su familia, tener lazos que la unían a la de san Vicente; su tía abuela, la condesa de Brandis, había sido, el siglo pasado, una bienhechora insigne de la casa principal de Nápoles donde, en esta calidad, había obtenido su sepultura. La hermana de Brandis vino en persona, con una de sus compañeras, a pasar cerca de dos años en la casa madre de París. A su regreso a Gratz, adoptaron con ella el hábito y las reglas de las Hijas de la Caridad y, con el consentimiento del ordinario, se pusieron bajo la dirección y autoridad del superior general de la Misión. Fue el inicio de la doble familia de san Vicente de Paúl en Austria. Los Misioneros debían seguir pronto a las hIjas de la Caridad. En 1857, la casa de Gratz se había desarrollado de tal manera que trescientas hermanas habían salido ya para extenderse por las diferentes partes del Imperio con la autorización del gobierno que desea conferirles todos sus establecimientos caritativos.

Desde hacía mucho los Misioneros de las Islas Británicas reclamaban a sus hermanas de la caridad. Cuatro son enviadas a Brogheda en 1855. En 1857, el Sr. Étienne, superior general, lleva él mismo a diez a Dublin para formalizar allí dos fundaciones. Por estas dos ciudades, ellas circulan libremente con su santo hábito, visitan a los enfermos y dirigen las escuelas. Ellas han conquistado la admiración de los mismos protestantes. En Sheffield, en Inglaterra donde se establecen también en 1857, la misma libertad, cuidados, simpatías.

Lisboa había sido cruelmente probada por el cólera en 1856. Todos los niños a los que la epidemia había hecho huérfanos habían sido confiados a los cuidados de la sociedad consoladora de los afligidos que, por no poder recogerlos a todos, llamó en su ayuda a las Hijas de la Caridad. Se reciben informaciones, se consulta a la autoridad patriarcal y, en febrero de 1857, se forma un decreto real que aprueba y autoriza la entrada en Portugal de las hermanas de la Caridad, y de dos Misioneros que estarán encargados de la dirección espiritual de las hermanas y se pondrán ellos mismos al servicio de la asociación. En junio de 1857, siguiendo los deseos expresados en la ordenanza real, el Sr. Étienne, superior general, parte para Lisboa con el fin de prepararlo todo. Alojado en el palacio mismo de la tía del rey, promotora de la obra, bien acogido por el rey, los ministros y del cardenal arzobispo, se siente lleno de esperanzas. Para colmo de satisfacciones, ha incorporado a la casa madre una comunidad de veintiuna hermanas, últimos restos de la Revolución que, separada desde hacía treinta y ocho años, había quedado estéril. Él regresa a Francia. De pronto, la fiebre amarilla estalla en Lisboa y multiplica el número de los huérfanos. Llaman a las hermanas a todo grito. Ellas no lo dudan y, en el mes de octubre de 1857, cinco de ellas, conducidas por los Misioneros Sipolis y Miel, llegan a Lisboa en medio de los muertos y moribundos. «Miradlas que poco miedo tienen», dice el pueblo a la vista de su arrojo. Se ponen enseguida a la obra, y pagan su bienvenida inaugurando su ministerio caritativo con la muerte de una de ellas. Seis nuevas hermanas llegan el mes de diciembre. La Infanta Isabel les da su palacio de Ajuda para servir de hospicio a los huérfanos. El rey, la reina, las infantas , lo selecto de la nobleza y del pueblo las visitan, las admiran y las sostienen con sus limosnas y su protección. Así transcurren nueve meses. De pronto, como una consigna, salida probablemente de Inglaterra, un concierto de declamaciones en la prensa liberal, que finge ver en todo al monstruo de la reacción religiosa, del jesuitismo, de la inquisición, etc. bajo la blanca corneta de las hermanas de la Caridad; es, en las calles, una conspiración cobarde de ultrajes y de tratos infames contra estas santas hermanas. No obstante las interpelaciones, las peticiones en sentido contrario se cruzan en la tribuna de las cámaras. El gobierno del ministro francmasón Loulé se calla, o incluso protege estas infamias; luego recurre a una de estas miserables transacciones que no satisfacen a nadie y sacrifican siempre el buen derecho. Un decreto del 3 de setiembre de 1858 quita a las hermanas la enseñanza literaria y religiosa, para no dejarles irrisoriamente más que sus ejercicios piadosos y caritativos. Esto no es suficiente para el liberalismo impío; hay que arrancarlas a sus huérfanos de Ajuda. Inútiles esfuerzos! Las instituciones cristianas se multiplican siempre bajo la persecución y pronto las hermanas cuentan en Portugal una casa más ; augurio tal vez del restablecimiento definitivo de las dos congregaciones de san Vicente en el reino!

Cobarde venganza de Inglaterra por el fracaso de sus armas en Crimea; y sobre todo de sus parodias de las instituciones caritativas del catolicismo!

África hecha francesa, África, este primer teatro de la Caridad de Vicente de Paúl, debía atraer bien pronto a su hijas. En 1842, a petición del obispo y del gobierno francés, se realizaron en Argel dos fundaciones de Hijas de la Caridad: se encargaron de la dirección del hospital civil y abrieron una casa para la asistencia de los enfermos a domicilio, la instrucción de las niñas pobres y la educación de las huérfanas.

Desde hacía tiempo los Misioneros del Levante, incapaces de desarmar el odio feroz del Turco y de demostrar al hereje la verdadera Iglesia, llamaban en su ayuda a las Hijas de san Vicente de Paúl para hacer a mar a uno el cristianismo en una de sus más amables personificaciones, y mostrar al otro la caridad activa, carácter exclusivo del catolicismo. Se pensaba en responder a esta llamada, cuando dos protestantes convertidas, las señoritas Tournier y Oppermann, que solicitaban, a pesar de edad demasiado avanzada, su admisión en la compañía de las Hijas de la Caridad, recibieron la promesa de una dispensa a su favor, con la condición de que ellas irían a abrir, bajo la dirección de los Misioneros, una escuela de jóvenes en Constantinopla. Aceptada la condición con rapidez, partieron el 1º de julio de 1839, y el éxito fue tal que, el 21 de noviembre del mismo año, se embarcaron hermanas para ir a formar dos casas de Hijas de la Caridad, una en Constantinopla, la otra en Esmirna. Llegadas el 4 de diciembre, recorrían desde el día siguiente las calles para la visita de los enfermos a domicilio, y eran recibidas por los Turcos, los herejes y los cismáticos, con las mismas demostraciones de admiración y de gratitud que por los católicos. El 21 de enero siguiente, sus clases y sus talleres estaban en plena actividad y contenían a más de cien jóvenes59. Las hermanas de Constantinopla, llegadas el 8 de diciembre, comenzaron a dar a las señoritas Topurnier y Oppermann la recompensa prometida, a saber el hábito de las Hijas de la Caridad, luego recogieron a sus huérfanas y a sus jóvenes escolares. Gracias a los numerosos refuerzos que les enviaron de Francia, las hermanas de Esmirna y de Constantinopla pudieron en los años siguientes dar a sus obras un desarrollo maravilloso. En Constantinopla tan sólo, en el espacio de un solo año, las Hijas de la Caridad han socorrido a más de veinte mil pobres, vendado o visitado a más de cuarenta mil enfermos, a veces hasta quinientos por día, vestido a más de ciento cincuenta niñas pobres, y gastado, sacadas las cuentas, más de sesenta mil piastras turcas.

En el mes de abril de 1841, ellas enviaron incluso a una colonia de cinco de ellas a Grecia, en la Isla de Santorin, a la entrada del archipiélago, donde fueron fundadas las primeras escuelas católicas del reino griego; fueron autorizadas oficialmente por el gobierno griego.

Existe en Alejandría de Egipto un hospital fundado por las naciones europeas. En 1844, siete hijas de la Caridad iban a hacerse con su dirección. Organizaron también clases para las jóvenes, esperando que les construyeran una casa amplia y apropiada para sus diversas funciones caritativas.

En pocos años, han entrado en Persia. En 1856, algunas se establecieron en Khosrova.

El 23 de octubre de 1847, doce hijas de la Caridad se embarcaron en Marsella para China. El clero y el pueblo de la ciudad daban las señales del más piadoso interés a estos misioneros de nueva clase y saludaban su partida. una misa solemne pontifical se celebraba en el puerto y sobre la embarcación. El 24 de junio del año siguiente, la santa colonia abordaba en Macao. Se cumplía un voto dos veces secular de san Vicente! –Voto parecido del santo y de nuestros heroicos Misioneros de Madagascar realizado en 1859: Hijas de la Caridad han salido para Bourbon.

En 1844, diez hijas de la Caridad partían de España, y el 4 de noviembre arribaban a la tierra de Veracruz. El 15, estaban en México. Se ponen inmediatamente a la obra y comienzan por una escuela de niñas. La hermana Inés Cabre muere enseguida para inaugurar la misión, y en cumplimiento de la ofrenda que ha hecho en el mar de su vida por la conservación de la de sus compañeras que se muestran aguerridas, estalla entonces la revuelta de Pareden. Ellas se trasladan al campo de batalla de Puebla, su primer campo de batalla. En el bloqueo de Puebla, invitadas por Santana a cuidar los heridos, ellas aceptan con la condición de cuidar a los heridos de los dos bandos. Se aprueba la condición. Pero esta vez, ellas no pagan más que con buena voluntad; antes de su llegada a Puebla el sitio se había levantado. Ellas regresan entonces a sus funciones ordinarias. Hacia finales de enero de 1855, abren un seminario interno en México y se instalan en el hospital de San Juan de Dios. pronto cuentan con cinco establecimientos en México: su casa central (seminario y pensionado), tres hospitales y una casa de mujeres alienadas. Fuera de la capital, se establecen sucesivamente en Lilâo y en Lagos, donde dirigen hospitales y escuelas; en Guanaxuato y en la Colonia de los Ángeles, para el cuidado de los hospitales de Nuestra Señora de Belén y de San Pedro; por último, en Monterrey, donde tienen una casa de Caridad. –El 3 de diciembre de 1847 se embarcan seis hermanas en Cádiz y, el 8 de enero siguiente, tomaban posesión del hospicio de la Habana, donde tienen hoy ocho casas, tanto hospitales como escuelas y orfanatos.

En 1849 y 1850, la Compañía conquistaba en un solo día todo el territorio de los Estados Unidos, agregándose a más de cuatrocientas religiosas de San José, fundadas en Baltimore, a principios de este siglo, por una americana, señora Seton.

Ya en1847, ella se había establecido en Marianna, en Brasil, para tener un pensionado y un pequeño hospital, y en adelante se asociará a la obra de los Misioneros.

En 1853, en Río de Janeiro, tomaba posesión del gran hospital de la Misericordia, el más hermoso del mundo; del hospital menos importante, aunque magnífico todavía de Pedro II; del asilo de los alienados, de diversas casas de educación : el colegio de la Inmaculada Concepción, la Casa Francesa, la Providencia y el Orfanato.

Al entrar en el hospital de Río Janeiro, ellas son recibidas por la fiebre amarilla, y le pagan con seis de ellas una terrible bienvenida. La hermana Despiau se apresura a escribir a su superiora en París: «Viva la Cruz y la hermosa misión de Río de Janeiro, donde se gana tan pronto la corona de la vida eterna! Seis de vuestras hijas, mi buena madre, han recibido ya la recompensa de su entrega; una séptima está a la puerta del Paraíso, y probablemente antes de que salga mi carta tendré que deciros que ha ido a reunirse con sus compañeras.» Se las quiere forzar a dejar el hospital y retirarse al campo. Todas responden que quieren acabar con las armas en la mano y morir con honor en el campo de batalla. Se insiste. Entonces la hermana Despiau invoca el tratado que les da cuatro meses para ejecutar su retiro después de la notificación dada y, en el nombre de este tratado, reclama para ella y para sus hermanas el derecho de morir en su puesto!

Siempre en 1853, las Hijas de la Caridad se establecen en Bahia, donde abren un pensionado, antes de encargarse de un orfanato y de un hospital.

En 1856, siete Hermanas son puestas al frente del hospital de Nuestra Señora del Exilio, capital de la Isla y provincia de Santa Catalina. Finamente, en 1857, se llama a una quincena al hospital de Pernambuco, al puesto que la caridad profética de su padre les había asignado hacía ya doscientos diecisiete años!

El 17 de noviembre de i857, las primeras Hermanas chilenas, treinta en número, partían de Burdeos y, después de una larga navegación de cuatro meses, el 16 de marzo de 1858, abordaban en Valparaíso. El 29, eran recibidas en triunfo en Santiago y, pronto después, ocho de ellas entraban en el hospital de las mujeres de San Francisco de Borja, y las otras se repartían entre el hospital de los hombres de San Juan de Dios, el hospicio de los niños expósitos y la casa central o seminario interno.

En 1859, con ocasión de una de estas revoluciones, tan frecuentes en Chile, las hermanas de Santiago, a invitación del gobierno, se fueron cuatro a San Felipe, cinco a la Serena, bajo la dirección del Sr. Benech, su directo, para prodigar allí sus cuidados a las víctimas de la guerra, sin excepción de partido. En todas las épocas y bajo todos los climas, las Hermanas de la Caridad son fieles a la hermosa misión inaugurada, hace cerca de doscientos cincuenta años, por las cuatro pobres jóvenes enviadas a Calais por san Vicente de Paúl.

En el año 1857, el gobierno de Perú y el arzobispo de Lima pidieron una casa de Misioneros y tres de Hijas de la Caridad; y el 16 de setiembre, un navío decorado con el nombre de San Vicente de Paúl, partía de Burdeos, llevándose a cincuenta hermanas y a dos Misioneros. Cinco Hermanas debían quedarse en Valparaiso, para el servicio del hospital; el resto iban destinadas a Lima.

Por último, dos años después, las Hijas de la Caridad acababan con la Plata su conquista caritativa de América del Sur, y se establecían en Buenos Aires.

Ya las tenemos pues casi tan difundidas como el catolicismo mismo. Ellas llenan Francia y Argelia. Están en Bélgica y en Suiza; en todos los Estados italianos; en España y en Portugal; en Inglaterra y en Irlanda; en la Polonia rusa, prusiana o austriaca; en Prusia y en Austria; en Turquía y en Grecia; en Egipto y en Persia; se han extendido en pocos años por casi todos los estados de América del Norte y del Sur; y se las encuentra colocadas en los extremos de África y de Asia, en China y en Bourbon.

Se cuentan por miles y sus establecimientos por centenares. Tan variados como numerosos, estos establecimientos abrazan todas las edades, todas las necesidades, todas las miserias de la vida humana. Hay pesebres para el recién nacido, hospicios para el anciano; asilos para la infancia, para los criados, para los ciegos, para los alienados, y últimamente en la Teppe, cerca de Tain (Drôme), se ha formado gracias a la generosa iniciativa del conde de Larnage, un asilo para epilépticos; hay casas de niños expósitos, orfanatos de chicas y de chicos: escuelas de jóvenes y de adultas y de sordo mudos; talleres y casas de patronato; hay conservatorios donde las jóvenes del pueblo son educadas hasta su matrimonio, como las hijas de la nobleza pobre lo eran antes en Saint-Cyr, y dispensarios donde el pobre viene a buscar, de donde las Hermanas llevan socorro al pobre; existen esos innumerables puestos en que la caridad vigila, y donde, después o sin llamada va a visitar y socorrer la enfermedad y la pobreza a domicilio. Se encuentran Hijas de la Caridad en las colonias agrícolas , en los depósito de mendicidad, en las prisiones; ellas están a la cabeza de todas las casas hospitalarias, hospicios, hospitales civiles o militares. Al soldado, ya lo hemos visto, desde su origen le siguen y le cuidan en todas partes, en medio y fuera de la batalla; eso mismo, en las enfermerías de las escuelas, en los Inválidos, son ellas también quienes están allí.

Todas estas funciones bendecidas de los hombres, Dios mismo parece haber querido autorizarlas y consagrarlas con gracias privilegiadas, con visiones milagrosas que, recompensa primero por tanta caridad, han influido luego poderosamente en estos días sobre el desarrollo de la piedad católica.

En setiembre de 1830, una hermana joven del seminario de las Hijas de la Caridad vio, durante la oración un cuadro que representaba a la Virgen santísima, tal como se pinta comúnmente bajo el título de Inmaculada, de pie, revestida de un vestido blanco y de un mantón bien bordado en plata, con un velo aurora, los brazos entreabiertos y extendidos hacia el suelo. Sus manos estaban cargadas de diamantes de los que escapaban haces de rayos resplandecientes que se dirigían hacia el globo, y con mayor abundancia sobre cierto punto. Ella oyó al mismo tiempo una voz que le decía: «estos rayos son el símbolo de las gracias que María obtiene a los hombres; y el punto del globo sobre el que caen con mayor abundancia es Francia.» En torno al cuadro leyó la advocación siguiente, escrita en caracteres de oro «Oh María concebida sin pecado, rogad por nosotros, que recurrimos a vos!» Algunos momentos después, el cuadro se giró y en el reverso, vio la letra M coronada de un cruz pequeña, y por debajo los sagrados corazones de Jesús y de María. Y ella oyó la misma voz que le decía: » Hay que acuñar una medalla sobre este modelo, y las personas que la lleven indulgenciada, y que hagan con piedad esta breve oración, gozarán de la protección muy especial de la Madre de Dios.» Ella contó esta aparición a su director quien no vio de momento más que una ilusión piadosa. Pero habiéndose reproducido la aparición otras dos veces, en algunos meses de intervalo, acompañada de tiernos reproches de María, el director reconoció su realidad y, animado por Mons. de Quélen, arzobispo de París, y devoto de la santísima Virgen hizo acuñar la medalla en junio de 1832. Desde entonces, esta medalla se ha propagado por miles y miles, y los numerosos prodigios de los ha sido instrumento le han valido el título de milagrosa. ella es la que en 1842, en Roma, ha convertido a Alfonso Ratisbona. Ella es la que se ve hoy como un signo de honor y una santa coraza, sobre todos los pechos cristianos, y la que nuestros soldados no hace mucho se gloriaban en llevar en los campos de batalla. Ninguna devoción ha preparado mejor al mundo católico a la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción., y ninguna familia religiosa, por consiguiente, a contribuido más que las hijas de la Caridad a esta nueva gloria de María. Este culto de la Virgen Inmaculada lo habían recibido ellas de san Vicente de Paúl, que se complacía en saludar a María bajo este título tanto tiempo antes de la definición dogmática. Y, desde su origen, ellas tenían la costumbre de consagrarse solemnemente a la santísima Virgen el 8 de diciembre, y de recitar cada día, en todas las decenas del rosario, esta profesión de fe: «Santísima Virgen, yo creo y confieso vuestra santa e inmaculada Concepción, pura y sin mancha. Oh santísima Virgen, por vuestra pureza virginal, por vuestra Concepción inmaculada y vuestra gloriosa calidad de Madre de Dios, alcanzadme de vuestro querido Hijo la humildad, la caridad, una gran pureza de corazón, de cuerpo y de espíritu, la perseverancia en el bien, el don de oración, una buena vida y una buena muerte!» A esta emocionante llamada de una piedad más de dos veces secular, la santísima Virgen ha respondido ella misma proclamándose concebida sin pecado, luego la Iglesia al proclamar esta gloriosa prerrogativa, y mencionar la aparición de la medalla milagrosa en la bula de definición60.

La noche de la octava de san Vicente de Paúl, 26 de julio de 1646, habiendo subido una Hermana de la Caridad a la capilla de su venerado Padre, creyó ver a nuestro Señor llevando en la mano derecha un escapulario escarlata, prendido de dos cintas de lana del mismo color, Por un lado, estaba representado crucificado con los instrumentos de la Pasión y esta leyenda: «Santa Pasión de nuestro Señor Jesucristo, salvadnos!» En el otro extremo de la cinta, la misma tela estaba recubierta con la imagen de los dos sagrados corazones de Jesús y de María, de entre los cuales parecía escaparse una cruz con esta leyenda: «Sagrados corazones de Jesús y de María, protegednos!» Esta aparición se repitió varias veces, y la Hermana creyó oír estas palabras: «Todos aquellos que lleven este escapulario recibirán cada viernes un gran aumento de fe, de esperanza y de caridad!» Sobre la exposición que le fue hecha, el soberano Pontífice Pío IX autorizó a todos los sacerdotes de la Misión a bendecir y a distribuir el escapulario de la Pasión de Jesucristo, y enriqueció esta devoción con un gran número de privilegios y de indulgencias61.

Así es como ha querido la Providencia servirse de las hijas de la Caridad para excitar y difundir la piedad católica en sus dos grandes objetos: la Virgen inmaculada y Jesús sufriente. Así es también como ella las ha asociado a la obra de los Misioneros, y cómo ella las ha hecho Misioneras a sí mismas, añadiendo una especie de apostolado dogmático al apostolado de acción y de caridad que ejercían desde hace más de dos siglos.

Éste sin embargo sigue siempre su propio y verdadero patrimonio. Por ahí es por donde ellas han invadido la tierra, por este fuego divino con el que la han abrasado. Por ahí es por donde han resistido a todas las revoluciones, sobrevivido a tantos muertos de familias religiosas, que han salido más jóvenes, más fuertes que nunca de tantas ruinas donde tantas cosas han quedado enterradas. Es por ahí, por último, como pedían respeto y amor a nuestro siglo sensual y ambicioso, con demasiada frecuencia incapaz de comprender la religión de otra forma como en los ejercicios prestados a los dolores físicosy a las miserias. «San Vicente, ha dicho el cardenal Wiseman, había comprendido que solas las mujeres podrían suplir a las madres y a las hermanas al lado de los enfermos y de los moribundos, que ellas solas podían reemplazar a la familia para los pobres huérfanos y para loa ancianos que han perdido a sus amigos y a sus hijos. Ya hace más de dos siglos que esta institución se ha establecido y ha estado siempre en desarrollo en el mundo católico. Francia, donde tuvo nacimiento, ha visto desde esa época, muchas revoluciones; la religión ha sido perseguida y, sin embargo, en el momento que llegaba un poco de calma, las Hermanas de la Caridad reemprendían sus obras caritativas, y los pueblos se apresuraban a acogerlas y a honrarlas62» Las comunidades entregadas a la oración y a la contemplación, esos pararrayos misteriosos de la cólera celestial de donde se difunde por el mundo el oro de la gracia, el siglo ni los conoce ni los disfruta. El sacerdote, demasiado frecuentemente, le tiene más miedo que amor, lo persigue más de lo que lo practica. Estos religiosos mismos que son como la santa democracia de la Iglesia, entregados como el pueblo bajo a la pobreza y al trabajo, no los ha levantado todavía de la sentencia de estúpido desprecio dictada contra ellos por la burla volteriana. Pero, una vez más, de estas burlas, de estos odios, de estas proscripciones, exceptúa siempre a la hija de la Caridad. Echaría por tierra a todas las instituciones católicas, pero se detendría, parece ser, ante ésay su ola destructora vendría a morir delante de esa corneta blanca, como el mar delante del grano de arena del libro de Job.

¿Y acaso no es porqué ha mantenido la Providencia y multiplicado a estas Hermanas, siempre puras, devotas, , sublimes, fuera de todas las condiciones ordinarias de la vida religiosa, sin votos, sin clausura, en medio de los peligros y de las corrupciones que atraviesan sin contagio y sin mancha? Lo que había sido para los mayores santos un problema insoluble, una tentativa quimérica, , a saber el ascetismo en la vida activa, la soledad en el mundo, el recogimiento en el tumulto, la humildad en el honor y la simpatía universal, la pureza en el contacto con todos los lodos: eso es lo que se ha convertido en una realidad viva, inmortal!

Y ¿no es acaso por último lo que había previsto san Vicente de Paúl? ¿No es acaso esto lo que explica la diferencia de su lenguaje, cuando habla ya a sus sacerdotes, ya a sus Hijas de la Caridad. A sus sacerdotes no les habla más que la lengua del desprecio y del anonadamiento; no les llama más que pequeña, la despreciable, la miserable compañía; «nuestra pordiosería», dice también; en una palabra, para ellos agota el vocabulario de todos sus términos más envilecedores. En cuanto a sus Hijas de la Caridad, ah, sin duda, él las provoca al desprecio de sí mismas y les sermonea sin cesar sobre su querida humildad; pero al mismo tiempo no les habla más que de lo sublime de sus funciones, de su institución maravillosa, del caso que el mundo hace de ellas, y les repite todos los días que nada parecido se había visto en la Iglesia de Dios.

¿De dónde salen estos dos lenguajes? Amaba a sus sacerdotes y estimaba sus servicios; pero, evidentemente, las Hijas de la Caridad eran su obra predilecta. Es que él presentía la diferencia de destino y de necesidad de las dos porciones de su gran familia.

En su día y a su hora, al comienzo del siglo XVII, cuando no existían ni instituciones ni, ni educación eclesiástica, ni instrucción para el pobre pueblo, los Misioneros respondían a una necesidad indispensable de la iglesia de Francia. Lo suyo era evangelizar los Campos, preparar buenos sacerdotes mediante los ordenandos, las conferencias, los retiros, los seminarios. Después, y también en nuestros días, continúan todo eso; han recuperado uno a uno, en el campo de la Iglesia los surcos a los que la desgracia de los tiempos los había arrancado; ellos difunden incluso, en cierto modo, su santa cultura, y sus misiones extranjeras abrazan regiones más vastas que nunca. No obstante, ¿no se puede decir que su principal gloria, digna de los discípulos del humilde Vicente de Paúl, ha sido de trabajar siempre para hacerse inútiles? Ejercicios de los ordenandos, conferencias y retiros eclesiásticos, seminarios, todo eso existe hoy por todas partes, por ellos y por si iniciativa, pero existiría en adelante sin ellos. Sin duda, al desaparecer, dejarían un gran vacío en la Iglesia, en los seminarios, en las Misiones; vacío también privándola de una compañía de sacerdotes, existiendo siempre, por su fidelidad al espíritu del mayor santo sacerdote de los tiempos modernos, la forma del rebaño sacerdotal; pero vacío a pesar de todo que no sería absolutamente imposible de llenar.

Al contrario, ¿se imagina uno la desaparición súbita de varios miles de Hijas de la Caridad? Qué vacío, que nada llenaría nunca? Nada parecido antes de ellas; nada después, sin duda alguna, podría emprenderse, ya que una familia así no puede nacer más que del matrimonio espiritual, matrimonio único, de un Vicente de Paúl y de una señorita Le Gras. Pues, para comprender la extensión de una desgracia semejante, basta con acordarse, basta con ver el lugar que las Hijas de la Caridad ocupan hoy en la Iglesia y en el mundo.

Pero aquí vuelve a aparecer, bajo otro aspecto, la utilidad, la necesidad de los Misioneros. las instituciones, como los individuos, no se conservan sino por los mismos principios que les han dado nacimiento: nacidas de la congregación de la Misión, es por la Misión como las Hijas de la Caridad se mantienen y mantendrán en su espíritu y en su esencia. Lo que deben a los Misioneros, la vida y la conservación, se lo devolverían así en caso de necesidad; aunque ellas no tuvieran otra razón de ser, los Misioneros vivirían por y para las Hijas de la Caridad.. Admirable intercambio de servicios y de vida entre las dos porciones de la familia de san Vicente de Paúl! Indivisible herencia, indisoluble unión entre los hermanos y hermanas!

  1. Masculum et feminam creavit eos(Gen. I, 27.)
  2. Adjutorium simile sibi (Gen, II, 20.)
  3. En la catástrofe de su familia, ella pidió consuelos a su santo director, quien le respondió en términos en los que se puede ver una condena de la política inmisericorde de Richelieu y una justificación del mariscal de Marillac: «Lo que me enviáis, le escribía él, del Sr. mariscal de Marillac me parece digno de gran compasión y me aflige. Honremos en ello la buena voluntad de Dios y la felicidad de los que honran el suplicio del Hijo de Dios por el suyo. No nos importa de qué manera van hacia Dios nuestros parientes, con tal de que vayan. Pues bien, el buen uso de esta clase de muerte es de los más seguros para la vida eterna. No lo lamentemos pues en absoluto, conformémonos con la adorable voluntad de Dios». Él la consoló también en la muerte de la mariscala de Marillac.
  4. En esta época, había que ser mujer de un barón o de un caballero para merecer el título de madame. Luisa no habiéndose desposado más que con un simple escudero no podía llamarse más que señorita .
  5. Sant. I, 27.
  6. Mss. de la señorita Le Gras, archivos de la Misión.
  7. Extractos de varias cartas a la señorita Le Gras.
  8. El P. de Attichy, de la orden de los Mínimos, sucesivamente obispo de Riez y de Autun, era de una familia en la< que había entrado la tía de la señorita Le Gras, Valence de Marillac, hermana del mariscal, que había desposado a Octavien Doni, señor de Attichy, intendente de las financias de Francia y de la casa de la reina-madre.
  9. La condesa de Maure, nacida Anne Doni d’Attichy, era hija de Valence de Marillac. A la muerte del mariscal, la señora de Aiguillon, relacionada con ella por amistad cuando eran una y otras damas de honor en casa de la reina-madre, envió a saber noticias suyas, sin atreverse, insegura de la recepción que le harían, a venir a buscarlas ella misma. La señorita d’Attichy
  10. Esta pieza fue corregida por san Vicente, cuyas anotaciones indicamos aquí en cursiva.
  11. I Tim., V, 10.
  12. Carta del 4 de diciembre de 1630, dirigida a Beauvais.
  13. Conf. a las Hijas de la Caridad de los 22 de enero de 1645, 13 de febrero de 1645, 25 de diciembre de 1648, 24 de febrero de 1653.
  14. Esta carta, cuyo original todavía poseemos, está sin fecha, pero los hechos que se van a recoger demuestran que es de principios de 1646.
  15. No se dispone ya de esta petición, que no nos es conocida más que por la mención que de ella se hace en la aprobación del cardenal de Retz.
  16. Una de las razones, tal vez, que habían llevado primero a Vicente a no retener, para él y para sus sucesores, la dirección de las Hijas de la Caridad, es que tenía por principio no encargarse con la dirección de las religiosas y no permitir que los suyos se encargaran. Pues bien él temía que la infracción de este principio viniera precisamente de una excepción hecha a favor de las Hijas de la Caridad. Lo que en efecto sucedió, como lo sabemos por una carta al Misionero de la Fosse, del 1º de febrero de 1660. A la prohibición que se le había hecho de confesar a las religiosas, de la Fosse objetaba a las Hijas de la Caridad. Vicente le responde en primer lugar que estas Hijas no son religiosas sino jóvenes seculares, personas de parroquias bajo la dirección de los párrocos en todos los lugares donde estén establecidas. «Y si nosotros, prosigue él, tenemos la dirección de la casa en la que han sido educadas es porque la conducta de Dios para dar nacimiento a su pequeña compañía se sirvió de la nuestra, y usted sabe que de las mismas cosas que Dios emplea para dar el ser a las cosas se sirve para conservarlas. 2º Nuestra pequeña Compañía se ha entregado a Dios para servir al pueblo pobre corporal y espiritualmente, y ello desde un principio; de suerte que al mismo tiempo que ha trabajado por la salvación de las almas por las Misiones, ella ha establecido un medio de aliviar a los enfermos por las cofradías de Caridad, lo que la Santa Sede ha aprobado por las bulas de nuestra institución. Ahora bien, la virtud de misericordia teniendo diversas operaciones, ha llevado a la Compañía a diferentes modos de asistir a los pobres: testigo el servicio que hace a los forzados de las galeras y a los esclavos de Berbería; testigo lo que ha hecho en Lorena en su gran desolación y luego por las fronteras arruinadas de Champaña y de Picardía, donde tenemos todavía (1660) a un hermano incesantemente dedicado a la distribución de las limosnas. Usted mismo es testigo, Señor, de los socorros que ha llevado a los pueblos de los alrededores de París, abrumados de hambre y de enfermedad, como consecuencia del paso de los ejércitos. Usted ha tenido su parte en este enorme trabajo, y ha pensado morir igual que muchos que han dado sus vidas para conservársela a los miembros sufrientes de Jesucristo, el cual es ahora su recompensa y será la vuestra. Las Damas de la Caridad de París son todavía otros tantos testigos de la gracia de nuestra vocación para contribuir con ellas a cantidad de buenas obras que hacen dentro y fuera de la ciudad.

    «Sentado esto, habiendo entrado en el orden de la Providencia las Hijas de la Caridad como un medio que Dios nos da de hacer por sus manos lo que nosotros no podemos hacer por las nuestras en la asistencia corporal de los pobres enfermos y decirles por su boca algunas palabras de instrucción y de ánimo para la salvación, tenemos también obligación de ayudarlas a su propio adelanto en la virtud, para dsempeñar bien sus ejercicios caritativos.

    «Existe pues esta diferencia entre ellas y las religiosas, que las religiosas no tienen otro fin que la propia perfección, en lugar de que estas jóvenes están dedicadas como nosotros a la salvación y alivio del prójimo; y si digo con nosotros, no diré nada contrario al Evangelio, sino muy conforme a la costumbre de la primitiva Iglesia, ya que Nuestro Señor se preocupaba de algunas mujeres que le seguían, y vemos en el canon de los Apóstoles que administraban los víveres a los fieles, y se relacionaban con las funciones apostólicas.

    «Si se dice que hay peligro para nosotros en conversar con estas jóvenes, respondo que lo hemos previsto en cuanto se podía hacer, estableciendo esta orden en la Compañía de no ir a visitarlas en sus casas en las parroquias; y ellas miasmas tienen por regla hacer su claustro de su habitación , de no dejar entrar nunca a los hombres, singularmente a los Misioneros; de manera que si yo mismo yo me presento para entrar, que me cierren la puerta, lo que se observa exactamente por ambas partes, gracias a Dios,.

    «Que si ellas vienen aquí en su casa todos los meses a dar cuenta de su interior y a confesarse con uno de nuestros sacerdotes, ya sabe usted que hay dos o tres destinados para oírlas, y que la gracia y la virtud están por encima de todo temor; y si nosotros enviamos a otras a los dos hospitales cerca de aquí no es tanto por razón de estas jóvenes que ahí están empleadas sino de las demás personas que allí habitan, las cuales Dios ha confiado a los cuidados de la Compañía para el alma y para el cuerpo.» Era preciso citar toda esta carta que arroja nueva luz sobre la naturaleza y las obras tanto de la Misión como de las Hijas de la Caridad Una vez decidido a guardar para sí y para los suyos, a perpetuidad, la dirección de estas jóvenes, san Vicente tomó todas las medidas para que esta orden no se cambiara más. De esta forma en el capítulo XI, artículo xi de sus reglas comunes, él recomendó esta dirección a los Misioneros como una de sus obligaciones principales. –Se hallan las mismas ideas en la conferencia del 6 de diciembre de 1658.

  17. Archivos de la Misión
  18. Vicente dudó mucho , y hasta finales del año 1654, sobre la directriz que dar a las Hijas de la Caridad. ¿Sería un de entre ellas o una de las Damas del Hôtel-Dieu? Después de pesar las razones de las dos partes, se decidió a hacer dirigir la Compañía por una de las hermanas, como nos lo demuestra la carta siguiente escrita a Ozenne, en Polonia, el 20 de noviembre de 1654:

    «En cuanto a la dificultad que ninguna de ellas asea capaz de dirigir a las otras, le diré, Señor, que hace tiempo que pienso sobre este asunto, y he sometido a discusión saber qué dirección será la mejor, sea una de la misma compañía, o la de las Damas de la Caridad o de alguna de entre las Damas. Pues bueno, me ha parecido dificultad en una y otra manera: en la primera, que es la de una Hija de la Caridad, a causa de su sencillez respecto de las Damas en general, a causa de la diversidad de los espíritus que se encuentran; y en cuanto a una de entre las Damas, ella no podrá continuar el espíritu que Nuestro Señor ha puesto en dicha Compañía, por no haberle recibido por ella misma; de manera que, sopesadas todas las cosas y consideradas, hemos estimado – – , es decir celebrar elecciones para la mayoría de los votos, de aquella que la Compañía juzgue la más idónea de ellas para este efecto, la cual estando ayudada y dirigida por el superior general de la Compañía, hay motivos para esperar que Dios bendecirá la cosa y que se constituirá él mismo en director; Lo que parece absolutamente necesario a causa de la extensión de su Compañía en cantidad de lugares de este reino, que son estas razones y otras más que le refiero breve y confusamente las que han hecho que tras muchas oraciones y consejos que se han tomado, y asambleas que se han celebrado para este fin se ha pensado que era mejor elegir a una Hija de la Caridad para dirigir a todas las demás, según el consejo que he dicho, que dar la dirección a otras apersonas que no son del cuerpo.»

  19. Conf. del 31 de julio de 1634. componemos este discurso con fragmentos de diversas fechas. Así lo haremos en adelante escogiendo lo que hay de más relieve en las lecciones de Vicente de Paúl. Dirigiéndose a un auditorio que la muerte y las necesidades de la caridad renovaban sin cesar, el santo ha tenido que repetirse a menudo en el transcurso de los años; y por eso, aquí también, hemos creído tener que preferir el orden lógico de de las ideas al orden cronológico de las conferencias.
  20. La señorita Le Gras misma, acostumbrada a apoyarse, ella y su Compañía, en el santo director como en un fundamente, temblaba en cada una de sus enfermedades, como si su muerte debiera llevar consigo la ruina del edificio. Por ello él le escribía una vez: «Yo os veo siempre y un poco con unos sentimientos humanos, pensando que todo está perdido nada más que me veis enfermo. ¡Oh mujer de poca fe! que no tenéis más confianza y conformidad en la conducta y el ejemplo de Jesucristo. Este Salvador del mundo se dirigía a Dios su Padre por el estado de toda la Iglesia: y vos por un puñado de jóvenes a las que su Providencia ha suscitado visiblemente y reunido, vos pensáis que os abandonará! Vamos, Señorita, humillaos mucho delante de Dios.»
  21. Conf. del 6 de enero de 1642.
  22. Estas palabras se explicarán más tarde a propósito de las cartas del santo sobre la salud de la señorita Le Gras. –Conf. del 30 de mayo de 1655..
  23. Los bienes de familia se quedan para las familias: la comunidad no tiene ningún derecho sobre el fondo, ni sobre las rentas.
  24. Se llaman hermanas sirvientes en la Compañía a las superioras de los establecimientos particulares, estando el título de superiora reservado a la única superiora general. esto se remonta al 20 de junio de 1642. En la conferencia de ese día, Vicente se acordó de haber oído, en el monasterio de las Anunciatas, -fundadas por santa Juana de Valois- llamar a la superiora Ancelle (del latín Ancilla): «Esto me hizo pensar, dice a sus hijas, que vosotras no llamaríais nunca en adelante a vuestras superioras con el nombre de superioras, sino que las llamaríais sirvientas. ¿Qué os parece? » Todas aprobaron. «es el nombre que adopta el Papa, añadió Vicente, quien se llama el siervo de los siervos de Dios. Al parecer las superioras de la Compañía del Hötel-Dieu, al principio de su fundación tomaban el nombre de sirvientas según el deseo de la buena señora Presidenta Goussault.» –Por lo demás, en toda circunstancia, el santo provocaba a las hermanas a practicar la santa igualdad cristiana. Así, en uno de sus consejos,.les dijo un día: «Hace mucho tiempo que deseo y querría que nuestras hermanas hubieran llegado a un acuerdo de respeto entre ellas, que el mundo del exterior no pudiera nunca saber qué hermana es la hermana sirviente. Ya que, fíjense, hijas mías, como Dios es uno en sí hay tres personas sin que el Padre sea más grande que el Hijo, ni el Hijo más que el Espíritu Santo; es necesario igualmente que las Hijas de la Caridad, que deben ser la imagen de la Santísima Trinidad, aunque sean muchas, no sean sin embargo más que un corazón y un espíritu, y que, como también, en las sagradas personas de la Santa Trinidad las operaciones, aunque diversas y atribuidas a cada una en particular tienen relación una a la otra, , sin que, para atribuir la sabiduría al Hijo y la bondad al Espíritu Santo, se entienda que el Padre esté privado de estos dos atributos, ni que la tercera persona no tenga el poder del Padre ni la sabiduría del Hijo, lo mismo es preciso entre las Hijas de la Caridad, la que sirve a los obres tenga relación con la que sirve a los niños, y la de los niños con la de los pobres. y yo querría también que nuestras hermanas se conformaran en esto a la Santísima Trinidad, que como el Padre se da todo a su Hijo y el Hijo todo a su Padre, de donde procede el Espíritu Santo, así ellas sean todas una de la otra para producir las obras de caridad que se atribuyen al Espíritu Santo, para tener relación con la santísima Trinidad. Porque, fíjense, hijas mías, , quien dice caridad dice Dios; vosotras sois Hijas de la Caridad: por tanto debéis, en todo lo posible, conformaros a la imagen de Dios; que es eso donde tienden todas las comunidades que aspiran a la perfección. Y ¿qué hay en Dios? Hay, hijas mías, igualdad de personas y unidad de esencia. Eh, qué nos enseña esto sino que todas debéis mientras seáis no ser más que una e iguales. Que debe haber una superiora, una sirviente, oh, esto debe ser para dar un ejemplo de virtud y de humildad a las demás, para ser la primera en hacerlo todo, la primera en echarse a los pies de la hermana, la primera en pedir perdón y la primera en dejar su opinión para seguir a la otra.» –Se ha advertido también, en este discurso, el culto del Espíritu Santo tan recomendado por Vicente. Es también hoy una de las principales devociones de las Hijas de la Caridad: comentario práctico del texto de san Pablo: Charitas Dei difusa est in cordibus nostris par Spiritum Sanctum qui datus est nobis (Rom. V. 15). Antes de dársela a las hijas, Vicente se la había inspirado a la madre; la señorita Le Gras tenía un culto particular por la fiesta de Pnetecostés, a la que se preparaba cada año con un retiro de diez días. «Siento, decía ella, un afecto muy particular por esta gran fiesta; su espera me es muy querida. Hace algún tempo que recibí un gran consuelo, enterándome de un predicador que fue en ese día cuando Dios entregó su ley escrita a Moisés, y que en la ley de gracia había dado en ese mismo día a su Iglesia la ley de su amor y el poder de lograrlo. Y como en este mismo día ha querido Dios poner en mi corazón una ley que no ha salido de él nunca, yo desearía con toda el alma, si me fuera permitido, que en este mismo día me hiciera oír los medios de observar esta ley según su santa palabra.»
  25. Arch. del Estado, S. 6170.
  26. Conf. del 30 de mayo de 1655.
  27. Conf. del 31 de julio de 1654.
  28. Conf. del 30 de mayo de 1647.
  29. Conf. del 22 de enero de 1645.
  30. Conf. del 30 de mayo de 1637, 1º y 8 de agosto de 1865.
  31. Conf. del 18 de octubre de 1654.
  32. Una palabra para explicar las continuas alusiones del santa a las hijas de Santa María. El primer pensamiento de las hijas de la Caridad le vino a san Francisco de Sales, cuando pensaba echar los fundamentos de su orden de la Visitación,él quería que sus Hijas no estuviesen sometidas a la clausura, que salieran al exterior para el servicio de los enfermos y de los pobres, juntando así la vida de Marta con la de María, las obras exteriores de la caridad con el descanso de la contemplación. «Mi designio, decía él más tarde, había sido siempre unir estas dos cosas por un temperamento tan justo que en lugar de destruirse ellas se ayudarían mutuamente, que una mantuviera a la otra y que las demás hermanas trabajando en su propia santificación, procuraran al mismo tiempo el alivio y la salvación del prójimo» Pero su amigo de Marquemont, arzobispo de Lyon, creyó que para fundar en nuevo instituto sobre fundamentos sólidos era preciso absolutamente ordenar la clausura, prescribir votos solemnes, y erigir la congregación en orden religiosa. «Actualmente, decía él, no se podría desear más fervor, pero es tal la debilidad y la inconstancia humana que no se puede esperar una perseverancia duradera en un estado en un estado en que la naturaleza sufre y se siente incómoda; que hay por, el contrario, que temerlo todo que la libertad de salir introduzca la disipación y el relajamiento, tal vez hasta la licencia y el desorden, y que los votos simples no sean lo suficiente fuertes para detener la inclinación natural hacia el cambio. » Francisco el más dulce y el más dócil de los hombres, sacrificó su primer plan a los consejos del arzobispo, lo cual, en lo sucesivo, le hacía decir con su agrado ordinario: «Me llaman el fundador de la Visitación, , ¿hay algo menos razonable? He hecho lo que no quería hacer, y he deshecho lo que quería hacer.» –Vie de saint François de Sales, por el Sr. Hamon, párroco de Saint Sulpice, t. II, p, 73-

    Pero la Iglesia debía enriquecerse así con una nueva orden religiosa, sin que los pobres perdieran nada en ello. admirable economía de la Providencia! Fue Vicente, a quien Francisco de Sales encargó de dirigir la Visitación de París, y fue Vicente quien recogió el proyecto de Francisco de Sales –y con qué éxito- en la institución de las Hijas de la Caridad.

  33. Conf. de los 1º y 8 de agosto de 1655.
  34. Conf. del 30 de mayo de 1655.
  35. Conf. del14 de junio de 1643.
  36. Se hablará más tarde de todos estos empleos.
  37. Conf. del 2 de noviembre de 1655.
  38. Conf. del 18 de octubre de 1655. –Decía también de la intención: «Los hábito de los príncipes no son de ordinario tan estimados por la tela de que están hechos como por los hilos de oro y la riqueza de bordado, perlas y piedras de que van adornados. Igualmente, no hay que contentarse con hacer buenas obras, sino que hay que enriquecerlas y elevarlas por el mérito de una muy noble y muy santa intención, haciéndolas únicamente para agradar a Dios y para glorificarle.»
  39. Conf. del 2 de setiembre de 1653.
  40. Conf. del 6 de junio del 1656.
  41. Conf. del 23 de julio de 1656.
  42. Conf. del 23 de julio de 1656.
  43. Conf. del 11 de noviembre de 1657.
  44. Conf. de los 29 de enero de 1645 y 30 de mayo de 1647.
  45. Conf. del 24 de mayo de 1654.
  46. Conf. del 13 de marzo de 1644. –Como para sus Misioneros, el santo daba una o varias conferencias, sobre las virtudes de las hijas de la Caridad que acababan de morir: «Como todo el mundo que ve un cuadro, decía él, no da la alabanza al cuadro, qe ha sido su obrero, así, Hijas mías, al ver las virtudes de nuestras hermanas, nosotros le daremos toda la gloria a Dios, porque no son tantas sus virtudes como las virtudes de Dios en ellas. «Al mismo tiempo, él consolaba a la señorita Le Gras, desolada como una tierna madre, más desolada como una humilde cristiana y culpándose siempre de la muerte de sus Hijas: «Consolaos, le escribía él, en la conformidad con el adorable buen plan de Dios. Confieso que es fácil de decir, pero las lágrimas de Nuestro Señor sobre Lázaro nos muestran lo difícil que es. Si lloráis, que sea poco; pero luego, fortaleceos. Admiro a veces la composición firme de los buenos religiosos y religiosas en el fallecimiento de los suyos. Oh quién nos diera participar de la disposición de la santísima Virgen en la muerte de su Hijo! …Me parece que sentís opresión de corazón. Teméis que sea Dios quien os lleva a vuestras hijas. Ni mucho menos: es una señal que las quiere, ya que obra de esa manera, pues os trata como a su querida Esposa la Iglesia, al comienzo de la cual no sólo dejaba morir a la mayor parte de muerte natural, sino también por suplicio y los tormentos. ¿Quién no hubiera dicho al verlo que estaba encendido de cólera contra aquellas jóvenes y santas plantas? No lo creáis pues, sino lo contrario.»
  47. Ellas se ocuparon de ello sobre todo a partir de 1639, a petición de la señorita Cornuel, cuyo padre había legado en testamento una suma considerable para ser empleada en el socorro de estos desdichados.
  48. El original de esta carta está en manos de las hermanas del Hôtel.Dieu de Angers. Fue publicada por primera vez en 1854, en la Revue d’Angers.
  49. Archivos del Estado, 8. 6160.
  50. Cartas de los 4 y 10 de febrero de 1640.
  51. Archivos del Estado, S. 6157 y 6608, original y copia.
  52. Estas últimas palabras pertenecen a la alocución del 20 de julio de 1654, dirigidas a las hermanas que iban a Sedan para el mismo ministerio.
  53. Summ., p. 231..
  54. Rep. de or. del 4 de agosto de 1658.
  55. Conf. de los 2 de febrero, 3 de junio de 1653, y 25 de mayo de 1654. –Ocurría en Francia como en Polonia, en todas tartes, que las hijas de la Caridad preferían servir a los pequeños y a los pobres al servicio de los ricos y de los grandes. Una de ellas, María Denise, debía ser colocada por Vicente al lado de la señora de Comvalet, la futura duquesa de Aiguillon»Perdón, Señor, le objetó ella; he dejado padre y madre para darme al servicio de los pobres por amor de Dios, y no para ir a servir a una gran dama.» Otra, Barbe La Grande, a quien le fue hecha su misma propuesta por el santo, se echó primero a llorar, luego consintió y fue confiada a una señorita de la señora de Combalet. Pero, seguidamente, se presentó ante Vicente, que se hallaba en las proximidades, y le dijo: «Yo no podría vivir, Señor, en medio de este lujo, y os ruego que me lo quitéis, Nuestro Señor me ha dado a los pobres, devolvedme a ellos. » Vicente, si bien impresionado, la devolvió a la señora de Comvalet, diciéndole que, si ella no se encontrara bien, él la llamaría dentro de cuatro o cinco días; cosa que tuvo lugar. «¿Qué os parece, Señorita? escribía el santo, relatando este hecho a la digna madre de estas humildes y sublimes sirvientas de los pobres. ¿No os sentía encantada al ver la fuerza del espíritu de Dios en estas dos pobres hijas, y el desprecio que las lleva a hacer del mundo y de sus grandezas? No os podríais imaginat el aliento que me ha dado por la caridad(Carta del 127 de mayo de 1656).»
  56. Rep. de or. del 2 y 3 de noviembre de 1656.
  57. Arch. del Estado, S. 6160 y 6163.
  58. Hist. du pape Pie VII, por el Sr. le Cheve. Artaud, 2 vol. in-8, Paris, 1836, t. II, p. 460.
  59. Fue en Esmirna donde se formó la nieta de Hossein, último dey de Argel. Admirable golpe de esta Providencia que, dijo Bossuet (Orac. fún. de Enriqueta de Inglaterra) que mueve a todo un Estado par liberar a sus elegidos de las leyes del error, ya que ella pone a las almas a este precio! El derribo del Estado paterno arroja a esta joven a Esmirna, donde se hace cristiana, y de ahí, en lugar de ir a habitar un harem oriental, viene a París, donde está todavía, a expiar en una casa y bajo el hábito de las Hijas de la Caridad, los crímenes de su raza, de los que ella es llamada tal vez a ser la redentora! Optimam partem elegit!
  60. Noticia histórica sobre el origen y los efectos de la nueva medalla…, conocida con el nombre de medalla milagrosa…, por M•••, sacerdote de la congregación de la Misión de San Lázaro, 8ª edic., in-18, Paris, 1842.
  61. El escapulario de la Pasión de Jesucristo, etc. in-18, Paris, 1853.
  62. Discurso pronunciado en la iglesia de Fawon Street en 1857..

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