San Vicente de Paúl. Su vida, su tiempo; sus obras, su influencia. Libro 6, capítulo 2

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Abate Maynard, Canónigo de Poitiers · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1880.
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Capítulo II: Misiones de Francia.

I. Misiones en los alrededores de París y en el ejército.

A partir del año 1627, Vicente y sus hijos habían evangelizado ya cuatro grandes provincias, entre otras la provincia de Lyon. Al mismo tiempo, multiplicaban sus Misiones en torno a París. Estas Misiones, de todas tal vez las más numerosas, son las menos conocidas, porque o dadas por Vicente mismo, no se le enviaba ningún informe o, dadas por sus sacerdotes, los reportajes le llegaban de viva voz. No tenemos de ellas más que detalles por sus conferencias, como por ejemplo, aquella reconciliación entre los parroquianos y su párroco, de la que decía: «¿Quién ha hecho esto, Señores, sino Dios solo? ¿Estaba en el poder de los hombres hacer esta reunión? Ciertamente, aunque todo un parlamento se hubiera propuesto un arreglo tan difícil entre gentes tan alienadas, apenas habrían logrado el trabajo de la policía exterior.»1

Todo lo demás que sabemos es el orden general seguido por los Misioneros en sus Misiones cerca de París. escogían de ordinarios a trescientos o cuatrocientos pobres , a los que daban una señal particular de para reconocerlos en el curso de os santos ejercicios. Llegado el día de la Misión, los pobres eran reunidos en una iglesia. Un Misionero se subía al púlpito y les dirigía una exhortación general en forma de catecismo; después de lo cual, sus cohermanos se los repartían en cinco o seis equipos. Cada uno tomaba el suyo, se lo llevaba a un sector apartado de la iglesia, le repetís la instrucción que acaba de oír, y le hacía recitar, distinta y pausadamente, las oraciones esenciales del cristiano.

Eso era el ejercicio de la mañana. Las personas de calidad, que ordinariamente asistían en gran número, proveían después en la comida de los pobres, y dos horas después comenzaba una segunda instrucción, seguida de una repetición como la primera. Una limosna de cinco sueldos entregada a cada pobre terminaba el día.

Al día siguiente los mismos ejercicios, y eso durante ocho días o más, hasta que todos estuviesen suficiente mente instruidos, y preparados para le recepción de los sacramentos. La misión se cerraba y coronaba con una comunión general, presidida con la mayor frecuencia por un prelado o alto dignatario de la Iglesia. el altar se preparaba con magnificencia, y los pobres revestidos de sus mejores galas recibidas por la caridad. Después de una ferviente exhortación, se los dividía otra vez, para ir a las santa mesa, en varios grupos, a la cabeza de los cuales se daban el honor de marchar las personas de la primera distinción. Espectáculo para regocijar al cielo y la tierra, triunfo de la igualdad y de la fraternidad cristiana. Tal equipo, ayer harapiento, de hombres o de muchachos era conducido al Dios de los pobres por un marqués o un conde, un presidente o un miembro del Consejo; tal equipo de mujeres o de jóvenes, por una duquesa, o incluso una princesa de la sangre: aquí los ricos y los grandes no se reservaban otros privilegios que los de la caridad y del buen ejemplo.

La comunión era seguida de una procesión general del Santísimo Sacramento que acompañaban todos los pobres, de dos en dos, con un cirio en las manos. De vuelta en la iglesia, un Misionero dirigía un último discurso, exhortación a la acción de gracias y a la perseverancia. Llegaba por fin la cena del adiós, verdadero ágape cristiano. Señores, grandes damas, se repartían en torno a las mesas de los pobres, los servían con sus manos y les distribuían en forma de postre, una abundante limosna. El recuerdo de tantas instrucciones y de piadosos ejercicios, de tanta caridad practicada en bien de su cuerpo y de su alma quedaba grabada de ordinario en estos pobres, y mucho después se los distinguía de los que no habían seguido la Misión..

Los éxitos de los Misioneros en torno a París atrajeron la atención sobre ellos, y los llevaron escoger por Misiones de una nueva especie, Misiones en el ejército.

Entonces empezaba el periodo francés de la guerra de los Treinta años. Mientras que el cardenal de La Valette, el duque de Weimar y el vizconde de Turenne operaban en el Rin contra los imperiales, que el príncipe de Condé invadía el Franco-Condadio y asediaba Dôle, los Españoles, a quienes se creía retenido en los Países Bajos, se preparaban a penetrar en Francia por la Picardía, cuyas fronteras estaban mal protegidas. Dos cuerpos de ejército mandados uno por Piccolomini, el otro por Juan de Wert, emprendieron camino derecho para Francia en julio de 1636, y se plantaron a las puertas de La Capelle. En vano el conde de Soissons fue llamada a toda prisa de la Champaña para unirse en Picardía a duque de Chaulnes y al mariscal de Brézé; el enemigo tomó (9 de julio- a 4 de agosto) La Capelle, Fonssomme, Fervaques, Le Câtelet, pasó el Somme, después de un breve combate y entró en Roye sin dificultad. Hubo entonces en París un terror, cuyo recuerdo duró largos años. Los Parisienses, desde mucho tiempo habituados a no tomar parte en la guerra sino en las alegrías de la victoria, creyendo ya ver al enemigo a sus puertas, y todos los días tomaban para él a bandas de fugitivos que, expulsados por su vanguardia, venían a buscar refugio en sus murallas. No pronunciaban sobre todo sino temblando el nombre de Juan de Wert, de aquel soldado de fortuna que, llegado al mando supremo a fuerza de valor y de servicios, conservaba en este alto rango la brutalidad de su primera condición.

Richelieu se apresuró en venir a tranquilizarlos; el rey mismo abandonó Saint-Germain y vino a hospedarse en el castillo de Madrid ; luego los dos explotaron el terror general a favor de Francia y pidieron a los Parisienses dinero y tropas.

Todos los cuerpos y comunidades se apresuraron a contribuir a la defensa común. Todos aceptaron la tasa sin chistar. Los que estaban exentos del pecho debieron montar a caballo y reunirse en Saint-Denis. Otros burgueses se armaron y se distribuyeron los puestos para impedir a los ricos ahuecar el ala y emigrar hacia el Loira. Los artesanos mismos cedieron a sus obreros para hacer de ellos soldados, y los dueños de taller recibieron prohibición de guardar más de un aprendiz en su tienda. Los lacayos y gente de trabajo fueron enrolados en la infantería, y los cocheros formaron la caballería o engancharon sus caballos de alquiler o de lujo a los equipos de cañones. Se formó así a la carrera un ejército de veinte mil hombres, a los que no se sabía donde alojar. San Lázaro, en la ruta de Saint-Denis y en la puerta del norte, desde la que se debía en primer lugar ver venir al enemigo, pareció admirablemente situado para servir de lugar de armas y de ejercicios militares. Se amontonó allí pues a los nuevos reclutas. Establos, leñeras, salas de conferencias, pasillos, antiguo claustro de los religiosos, todo fue invadido. «Aquel santo día de la Asunción (1636), escribía Vicente a Portail, ocupado entonces con Olier en Auvergne; ese santo día no está exento de ese apuro tumultuoso. El tambor comienza a batir aunque sólo sean las siete de la mañana, de manera que durante ocho días se han adiestrado aquí setenta y una compañías. Pues bien, aunque sea así, toda nuestra Compañía no deja de hacer su retiro, menos tres o cuatro que están a punto de partir y de marcharse lejos.»Cosa admirable esta paz en medio de este tumulto, estros piadosos ejercicios en medio del ruido de las armas.

El mismo día que escribía Vicente esta carta, los españoles se apoderaban de Corbie, pequeña ciudad sobre el Somme, a cuatro leguas de Amiens. Esta caída puso en su colmo el espanto general. todas las tropas reclutadas en París, todas las que se habían hecho venir de las provincias, fueron a ocupar posición a las orillas del Oise, convertido en ese momento en el foso de París. El ejército nuevo alcanzaba entonces los treinta mil hombres de a pié y doce mil caballos. El duque de Orléans, hermano del rey, recibió el mando, con el conde de Soissons, los mariscales de la Force y de Châtillon a sus órdenes. El rey mismo dejando a la reina gobernante en París, quiso ir a visitar las tropas. Pero antes de partir, el religioso monarca pensando en su santificación tanto como en el éxito de sus armas, deseó que los soldados y los Misioneros continuasen en el campo la vida común comenzada en San Lázaro, cuyos buenos efectos se habían dejado ver ya. Encargó pues a su canciller que pidiera a Vicente a veinte de sus sacerdotes para el ejército. Como un buen número de Misioneros se encontraban a la sazón ocupados en todos los rincones del reino, Vicente no pudo proporcionar más que quince, los tres o cuatro de quienes nos hablaba hace un momento, a los que vinieron a juntarse once de sus cohermanos2. A la cabeza de esta pequeña compañía, se puso el propio Vicente en campaña, y vino a Senlis a ofrecérsela al rey, quien tuvo a bien dar su conformidad, a pesar de la reducción de su cuadro.

Antes de separarse de ella y abandonarla su valor, el pacífico capitán no olvidó de dejar le un plan de campaña.

Los Misioneros, decía en él, tendrán presente que Nuestro Señor los ha llamado a este trabajo: 1º para ofrecer sus oraciones y sacrificios a Dios por el feliz éxito de los buenos planes de rey y por la conservación de su ejército; 2º para ayudar a la gente de guerra que están en pecado a apartarse de él, a los que están en estado de gracia a mantenerse en él; por último a los que mueran a salir de este mundo en estado de salvación.

Tendrán, para este efecto, una devoción particular al nombre que Dios se da en la Escritura, de Dios de los ejércitos, y al sentimiento que tenía Nuestro Señor cuando decía: Non veni pacem mittere, sed gladium; y eso para darnos la paz, que es el fin de la guerra.

Se imaginarán que si no pueden quitar todos los pecados del ejército, tal vez Dios les dará la gracia de disminuir su número; lo que es hacer que Nuestro Señor, teniendo que ser crucificado de nuevo cien veces no lo sea tal vez más que noventa, y que de mil almas que debían condenarse, muchas, con su ayuda y la misericordia de Dios, no lo serán.

Tendrán gran necesidad de las virtudes de caridad, de fervor, de mortificación, de obediencia, de paciencia, de modestia, de sumisión a la voluntad de Dios: por eso han de hacer una continua práctica, tanto interior como exterior.

A este efecto, celebrarán la misa o comulgarán todos los días.

Observarán con la mayor exactitud posible los pequeños reglamentos de la Misión, en especial lo que se refiere al levantarse y acostarse, la oración, el oficio divino, la lectura espiritual y los exámenes.

Tendrán a menudo conferencias, después de pensarlo delante de Dios, sobre los deberes de su posición, por ejemplo, sobre la importancia y de la necesidad de la asistencia a los ejércitos, sobre su naturaleza y sobre sus medios; y, siguiendo el mismo método, sobre la asistencia a los enfermos, sobre la conducta que se ha de guardar durante las batallas, sobre las virtudes y prácticas requeridas de los Misioneros en los ejércitos.

Honrarán el silencio de Nuestro Señor en las horas acostumbradas, y se callarán siempre en los asuntos del Estado; no declararán sus penas más que a su superior.

El superior distribuirá a cada uno su oficio: a éste la sacristía, a aquél la confesión de los Misioneros y la lectura de la mesa; a un tercero el cuidado de los enfermos, a otro la economía, la alimentación, la tienda y los muebles; todos se emplearán en la predicación y confesiones de los soldados.

Para no exponerse inútilmente y emplearse en el servicio del prójimo, no oirán más que de lejos, y con las precauciones necesarias, las confesiones de los apestados, y dejarán a otros la asistencia corporal de todos los enfermos.

Aunque distribuidos por regimientos, tratarán de alojarse y de vivir juntos. Si se los emplea en diversos lugares, como en vanguardia, en retaguardia o en el cuerpo de ejército, el superior, en cuanto posible, velará para que se alojen bajo tiendas.

Y, en efecto, Vicente, no menos cuidadoso de la salud que de la salvación de los suyos, mandó comprar una tienda para uso, les envió muebles y víveres, les procuró una carreta y un mulo para el transporte de sus personas y pequeño bagaje; después de lo cual, los bendijo y regresó a San Lázaro.

Pero se cuidó de dejar a uno de ellos, a de Sergis, junto al rey y al canciller, bien para recibir las órdenes del príncipe y transmitírselas, como para velar por el bienestar de sus cohermanos y del cumplimiento de sus deberes. Era a la vez su lugar teniente y su ayuda de campo.

Y con esto, los Misioneros se pusieron en marcha con el ejército. Acompañaron a la reconquista de Roye, al ataque Peronne, en toda la línea del Somme y, en particular, en el asedio de Corbie. El rey se había dirigido allí en persona con el cardenal de Richelieu y todo el consejo. Este sitio se convirtió en el gran acontecimiento de la campaña y fue llevado con gran actividad y, con todo, duró mucho. La estación mala se acercaba; enfermedades contagiosas habían caído en las tropas; Richelieu forzó al rey a dejar el ejército y retirarse a Chantilly, mientras él mismo vigilaría el sitio. Fue entonces cuando los Misioneros tuvieron que multiplicarse y redoblar el celo. Extendiendo la peste sus estragos y muchos sintiéndose afectados, Vicente se vio obligado a enviar auxilios; y como disponía de pocos obreros, no temió quitarle al rey al sacerdote que le acompañaba. «La peste está en el ejército, le escribía: id pues, Señor, id con el mismo espíritu que san Francisco Javier fue a las Indias, y alcanzaréis como él la corona que Jesucristo os ha merecido con su sangre preciosa, y que os dará si honráis su caridad, su celo, su mortificación y su humildad (setiembre de 1636).»

Ni las fatigas, ni la peste, ni la muerte, nada detenía a los Misioneros. Al cabo de algunos días, uno de ellos había confesado él solo a tres cientos soldados y Vicente le escribía todo emocionado: «Bendito se Dios por la bendición que da a vuestro trabajo. Oh Jesús, Señor, qué grande me parece! Bueno, haber procurado por vuestra parte el buen estado de trescientos hombres que han comulgado tan devotamente, y soldados que van a la muerte. Solamente el que conoce el rigor de Dios en los infiernos, o quien sabe el precio de la sangre de Jesucristo derramada por un alma, pueda comprender la grandeza de este bien. y aunque yo conozca mal el uno y el otro, su bondad se complace en darme un rayito de luz y una estima infinita del bien que habéis hecho a estos tres cientos penitentes. El martes pasado, había ya más de novecientas confesiones hechas en todas las demás Misiones del ejército, sin contar las vuestras, aparte de lo que se ha hecho después. Oh Dios, Señor todo esto está por encima de lo que yo esperaba. Hay que humillarse, alabar a Dios, continuar con valor, y seguir, si no recibís otra orden.»

Algunos días más tarde, el 20 de setiembre, no eran ya centenares, sino miles los penitentes que se contaban; ya que ese día, Vicente escribía a Portail a excusarse por no enviar a Auvergne a los Misioneros que había prometido y que Acababa de despachar para el ejército: «Cuatro mil soldados ya han cumplido con su deber en el tribunal de la penitencia con gran efusión de lágrimas. Espero que Dios hará misericordia con muchos por esta pequeña ayuda, y que tal vez no perjudique al buen éxito de los ejércitos del rey.» Así es como el santo sacerdote, que sabía que los soldados cristianos son los más valientes y los más fieles, encontraba al propio tiempo la cuenta de su celo por la salvación de las almas y de su patriotismo.

Entretanto la campaña seguía su curso. Conformándose a los movimientos de las tropas, los Misioneros acampaban y se levantaban casi todos los días con sus regimientos. Su apostolado, lejos de aflojar, se multiplicaba durante las marchas, ya que, al paso del ejército acudían una multitud de personas de las diócesis que atravesaba, y al mismo tiempo que a los soldados, los Misioneros los distribuían, en el intervalo de un campamento y con el permiso de los obispos, el pan de la palabrea santa y el don de la reconciliación. La peste, sí, continuaba sus estragos, bien entre las tropas, bien entre los Picardos refugiados en sus filas; se morían muchos de ella, pero ninguno sin recibir los sacramentos de la Iglesia.

Aunque diezmadas por la plaga, novicias en materia de la guerra, las tropas fortalecidas por el auxilio de lo alto, hicieron maravillas. El asedio de Corbie fue llevado con nuevo vigor. El mariscal de Châtillon había pedido un mes para hacerse dueño de la plaza, y le habían tachado de presuntuoso: Al cabo de diez días ofrecía capitulación, y el 14 de noviembre era devuelta al conde de Soissons. Fue el final de la campaña. Abrumados todos de cansancio, atacados algunos por la enfermedad contagiosa, los Misioneros volvieron unos tras otros a París; ninguno sucumbió después de todo; Dios se los reservaba para otros servicios.

Así fue como san Vicente inauguró las misiones en los ejércitos; hasta él se remonta la institución de los capellanes militares. Hemos visto ya lo que hizo por el servicio religioso de la marina. Esta última obra fue completada en 1683 por la fundación en Rochefort de un seminario para los capellanes de navío y el hospital real de los marinos. Todos los capitanes estaban obligados a recibir como capellanes a los eclesiásticos formados en este seminario y presentados por el superior y apoyarlos en el ejercicio de sus funciones, principalmente para impedir los pecados y los escándalos. Cuando partía una embarcación, un Misionero debía subir a bordo o encargar a otro capellán en su lugar. así quedaba asegurado el servicio de la marina real3. Tan verdad es, una vez más, que no hay obra santa cuta iniciativa no hayan tenido Vicente o los suyos, a su ejemplo, o cuya práctica no hayan extendido o perfeccionado. Lo que habían hecho en el siglo XVII, los Misiioneros lo han renovado a nuestros ojos en las guerras de Oriente y de Italia. En Oriente, eran quince Franceses en las ambulancias, y todos los capellanes del ejército piamontés pertenecían a su Compañía. En Italia, se encontraban en los tres ejércitos con las Hijas de la Caridad de cada nación. Estaban casi exclusivamente encargados de las ambulancias italianas.

II. Misiones en Saint-Germain y en las casas reales.

Dos años después de la Misión que acabamos de contar, en enero y febrero de 1638, hallándose el rey en Saint-Germain con toda la corte, pidió a Vicente algunos sacerdotes para predicar en ella una Misión. El humilde superior puso grandes dificultades para enviarlos al menos durante la permanencia de la corte. Acumuló objeciones sobre objeciones, oponiéndose tanto a los reglamentos de la Compañía, tanto a su ignorancia, la rudeza de su lenguaje, en tan poca armonía con los gustos de un auditorio tan enamorado de los pensamientos altos y de las bellas palabras. «Yo lo deseo así», se contentó con responder Luis XIII, y hubo que obedecer. Vicente escogió a sus obreros. «¿Acaso debemos, le preguntaron éstos, hablar con tanta sencillez delante de la corte como en los campos? –Sin ninguna duda, respondió Vicente, hay que el espíritu del mundo no se destruye sino con las sencillez y humildad, que son contrarias a su vanidad y a su orgullo.»4

Los Misioneros comenzaron pues su obra con toda la sencillez, y con toda libertad cristiana. Desde el principio, tronaron contra las desnudeces de cuello, más escandalosa quizás entonces que en nuestros días, como se puede deducir por las pinturas del tiempo, y levantaron en contra suya los clamores de la vanidad y de la licencia o las burlas de la canción. Gritaron cien veces más fuerte y, uniendo las obras a las palabras, negaron sin miramientos la absolución a todas las mujeres que continuaban ofendiendo la modestia y tendiendo así lazos a la pasión.

Hubo que ceder a la santa obstinación de este celo. Algo maravilloso, las mujeres mismas que habían arrojado en un principio los mayores gritos, es decir las hijas de la reina, hicieron la conversión más sonada. Se asociaron a la cofradía de la Caridad, no sólo con sus limosnas, sino con sus personas. Sirvieron a los pobres cada una a su turno y, distribuidas en cuatro equipos, recorrieron las calles de Saint-Germain para solicitar la caridad de los fieles.

El piadoso Luis XIII quedó impresionado por estos éxitos y dijo a Pavillon, el futuro obispo de Alet, quien esta vez también se había asociado a los hijos de Vicente: «Estoy muy satisfechos por todos los ejercicios de la Misión; así es como se ha de trabajar; lo dirén todas partes.»5

La reina no quedó menos agradecida. Se encontraba en los primeros meses de su embarazo, y el 5 de setiembre siguiente, tras veintidós años de esterilidad, daba a Francia al que debía ser Luis XIV.

Queriendo dar gracias a Dios con piadosas liberalidades, no se olvidó ni de Vicente con quien la unían lazos de amistad estrecha, ni de San Lázaro que había proporcionado los Misioneros de Saint-Germain. Envió entonces a la sacristía, por entonces muy pobre, de esta casa un ornamento en tejido de plata. Estaba próxima la Navidad, y había alborozo en San Lázaro por ver a Vicente, que debía oficiar en esta solemnidad, revestirse el primero, pero su amor a la pobreza se sobresaltó a la vista de ornamentos tan ricos, y fue preciso absolutamente dárselos más ordinarios.

Ana de Austria no se había olvidado pues de la Misión de Saint-Germain. Asimismo, algunos años más tarde, en setiembre y octubre de 1641, pidió una segunda en el mismo lugar y en las mismas circunstancias. Es verdad que ella tenía a la vista ante todo y principalmente la salvación de los numerosos obreros que trabajaban entonces en las edificaciones del castillo; pero toda la corte se aprovechó de ella, ya que hubo varias misiones en una. Mientras se evangelizaba a los obreros, se daban conferencias de piedad cada año en el castillo mismo a las hijas de la reina, y cada noche, Ana de Austria con su corte asistía con aplauso a los discursos de una de los Misioneros que tenía un gran talento para la predicación. No hubo hasta el delfín, por entonces de algo más de tres años, quien no tuviera su misión particular; la reina quiso de todas formas que se le diera el catecismo, fue uno de los hijos del pastor de las Landas quien puso los primeros gérmenes de la fe y de la piedad cristiana en el corazón del futuro Luis el Grande.

Allí no acabaron, aparte incluso del consejo de conciencia, las relaciones de San Lázaro con la corte. en 1661, un años después de la muerte de Vicente de Paúl, diez Misioneros fueron establecidos por el rey en Fontainebleau, e investidos, con el permiso de Henri de Giondrin, arzobispo de Sens, de la parroquia que el príncipe acababa de erigir allí para la comodidad de la corte y de los particulares, así como en agradecimiento por la paz general, la paz de los pirineos y el nacimiento del delfín. –En 1674, al quedar vacante la parroquia de Versalles por la dimisión del titular, fue unida a la Misión por François de Harlay, arzobispo de París, quien era su provisor, según la intención de rey y las bulas de Inocencio XI; y en 1682, los Misioneros seguían encargados del servicio de la capilla real del castillo. –En 1675, se firmó un contrato por Edme Jolly, tercer superior general de la Misión, y sus asistentes, de una parte, Ch. Maurice Letellier, arzobispo de Reims, actuando en nombre de su hermano Louvois, gobernador de los Inválidos, por otra parte, para fundación en esta residencia real de doce sacerdotes encargados de celebrar en ella las funciones curiales, bajo la protección del rey y la aprobación del arzobispo de París, contrato que fue renovado, en 1680, entre el mismo Jolly y Louvois en persona, con la estipulación de un aumento de ocho sacerdotes.

Por último, cuando hubo que aplicar la reforma en Saint-Cyr, donde se había introducido el espíritu mundano con la corte que llegaba a asistir a las representaciones de Esther y Athalie, se pensó en darle a sacerdotes regulares como capellanes y confesores. Paul Godet Des Marais, obispo de Chartres y superior de la casa, aconsejó a la Sra. de Maintenon que siguiera el ejemplo del rey, que había confiado a los sacerdotes de San Lázaro del servicio de Versailles, de Fontainebleau y de los Inválidos, y les confiara también el servicio religioso de Saint-Cyr. La regularidad, la prudencia, la modestia de estos sacerdotes, su pasión por la oscuridad, conocidas desde entonces en toda Francia, eran precisamente las virtudes que convenían a las disposiciones presente y a los designios de la Sra. de Maintenon y por eso siguió los consejos del obispo de Chartres. Pero los hijos de Vicente rechazaron en un principio la dirección de las religiosas, que su padre les había prohibido, y se alarmaron, los destinados únicamente a los pobres de los campos, ante la dirección de las hijas de la nobleza. Sin embargo, habiéndolo ordenado el rey, ellos obedecieron. Se firmaron tres contratos sucesivos, de 1692 a 1698 entre las damas de San Luis, representadas por las Sras. de Loubert, de Fontaine y du Férou, superioras, y la congregación de San Lázaro. Según estros contratos y un reglamento trazado por Godet Des Marais, el superior general de San Lázaro, era en adelante y a perpetuidad el superior espiritual de Saint-Cyr, bajo la autoridad el obispo de Chartres; seis sacerdotes primero, ocho después, de edades al menos de treinta años, con cuatro hermanos para servirlos, se establecían en Saint-Cyr para desempeñar allí el servicio divino, educara a algunos jóvenes en una especie de seminario menor que el obispo trasladó posteriormente a Chartres, y dar incluso misiones en las tierras de las damas y la diócesis de Chartres. Se les asignaba 400 libras de pensión a cada uno, y se los alojaba en un gran edificio construido para ellos. Que iba de la iglesia del exterior al pabellón del obispo de Chratres, al lugar donde se hallaban los establos de la Sra. de Maintenon y residencia de los jardineros. Detrás de este edificio, se preparó un pequeño jardín que daba al cementerio; y como lugar de paseo, les dieron una casa con jardín sita en Fontenay-le-Fleury, poblado a un cuarto de legua de Saint-Cyr, en una situación solitaria y pintoresca. Completamente separados de las damas y de las doncellas, los sacerdotes de la Misión no las veían nunca más que en el confesionario, y dirigían siempre a la regla y a la superiora todo cuanto no tenía que ver únicamente con el gobierno de las conciencias. El reglamento del obispo de Chartres fijaba también las oraciones oficiales y las intenciones de misas. Cada día, después de la misa de las 8, se cantaba un Exaudiat por las damas y las señoritas, y seguido de una oración por el rey, cantada por el sacerdote oficiante. Se había fundado una misa a perpetuidad por la Sra. de Maintenon, otra por los reyes predecesores del Luis XIV y por la reina Marie-Thérèse, otra por último por Luis XIV mismo, «para dar gracias a Dios, decía el contrato de fundación, por las gracias que otorga incesantemente a la casa real y pedirle que sea del agrado se su divina Majestad dar a los reyes de Francia las gracias necesarias para gobernar bien su Estado y exaltar la Iglesia católica en el reino.» Gracias a estos reglamentos, y más aún al espíritu de su instituto, los Misioneros continuaron en Saint-Cyr hasta la Revolución, en una santa oscuridad, conocidos tan sólo por su celo sacerdotal y sus piadosos ejemplos6.

III. Misiones de Montauban, de Mende, de Saint-Flour, etc.

Entretanto, la Misión multiplicaba sus fundaciones y sus obras, pues los obispos le reclamaban de todas partes a sus obreros. Desde 1629, y mientras que estaba todavía en Bons-Enfants, había tenido que conceder dos a instancias de Anne de Murvieil, obispo de Montauban. Después del gran éxito sobre La Rochelle, Richelieu acababa de apoderarse de esta ciudad en una carrera victoriosa a través de Languedoc, y hacer allí una entrada solemne(21 de agosto de 1629). Había restablecido allí al obispo, expulsado por los hugonotes, instituido conventos de jesuitas y de capuchinos, y dado órdenes para reconstruir la iglesia destruida por la herejía. Era el fin del partido reformado y el momento favorable para trabajar en una resurrección católica. Los Misioneros llegaron a Montauban en 1630 y trabajaron en la diócesis dos años enteros. Entre los grandes bienes que hicieron, abolieron la magia y el sortilegio, que nacían por toda Francia al paso de las herejías. Si bien enviados a socorrer a los católicos, que se hallaban en peligro de perder la fe, convirtieron todavía a ochenta calvinistas.

Los mismos trabajos, los mismos éxitos, hacia 1635, en los Cévennes, es decir en las diócesis de Alais y de Uzès, de Mende, y en una parte del Vivarais. Por la toma de Privas, en 1629, el rey se había abierto el camino por estas regiones montañosas, que era el semillero, el retiro y el paso de los ejércitos rebeldes desde el comienzo de las guerras civiles; y el duque Rohan que lo defendía, había tendido que presentar su sumisión y consentir en la demolición de todas las fortalezas. No sólo los ejércitos, sino los ministros del protestantismo, estaban acantonados en estas montañas, de done descendían a las llanuras vecinas para conquistar a los católicos al error. Tan pronto como la región fue sometida al rey, Sylvestre de Crusy de Marcillac, obispo de Mende, expuso a Vicente la situación de su rebaño y le pidió auxilio, Vicente no tenía entonces a nadie disponible; pero incapaz de resistir las súplicas del obispo de Mende, se sentía obligado a partir él mismo a trabajar en aquellas montañas hasta el último suspiro7, cuando nuevos problemas y una caída peligrosa le retuvieron en París. Pronto pudo enviar en su lugar a dos de sus sacerdotes, que tuvo que sostener primero contra enormes dificultades. Él los felicitaba por ello, en lugar de compadecerlos pues, les escribía, un sacerdote de Jesucristo ¿debe acaso, a su ejemplo, pretender otra cosa de sus trabajos, que la vergüenza, la ignominia y la muerte misma? Además, los consolaba diciéndoles que las Misiones más fructuosas tenían siempre dolorosos principios; y, a la espera, los exhortaba a la paciencia, a la dulzura con los herejes culpando severamente a uno de ellos por haber llegado hasta su predicación a provocarlos a la disputa8.

Estos dos sacerdotes y demás obreros que Vicente siguió enviando a estas espantosas montañas, merecieron pronto esta declaración que el obispo de Mende les tributó en una carta a Vicente 1642: «Aprecio más el trabajo que los vuestros hacen en estos momentos en mi diócesis que cien reinos.» Ellos sembraban y el obispo no tenía más que ir detrás de ellos para cosechar. Al año siguiente en el curso de estas visitas pastorales, recibió la abjuración de treinta a cuarenta hugonotes, y un número igual, siempre preparado por los Misioneros, estaba a punto de entrar en el seno de la Iglesia.

Al mismo tiempo, otros Misioneros recorrían el Velay y el Valentinois, trabajando codo con codo de Francisco Régis, el apóstol de estas provincias, pero en el más perfecto acuerdo y sin ninguna envidiosa emulación. Otros también trabajaban en la diócesis de Burdeos (1634), a las órdenes de Henri de Escoubleau, hermano y sucesor de aquel cardenal de Sourdis, con quien hemos visto a Vicente en estrecha relación. En 1634 también, y diez años antes de su establecimiento definitivo, habían sido empleados de alguna manera a prueba por Jacques Raoul, obispo de Saintes; ensayo que resultó bien hasta el punto que pronto el obispo suplicó a Vicente que concediera a su pueblo un ayuda fija y permanente; lo que tuvo lugar en 1644. el éxito de los Misioneros en particular con los herejes, muy numerosos en esta diócesis, era debido a su método, que consistía en exponer a los pueblos, sin disputas, la belleza de la religión católica. Los hugonotes acudían a ellos, decían, como a operarios de la primitiva Iglesia, y los más endurecidos, de los ancianos, movidos por su conducta y vencidos por sus oraciones, venían a ellos a abjurar de la herejía. Qué autoridad tenían sobre los pueblos, podían aparecer hasta en las plazas públicas y romper delante de todos el instrumento de danzas lascivas. Qué dolor a su partida de una parroquia, entonces eran las lágrimas y los lamentos, y no les dejaban salir sin producir una especie de violencia.

En 1635 también, los hemos visto establecidos en Toul9; en 1636, cinco o seis de entre ellos trabajaban con Olier, abate de Pébrac, en la diócesis de Saint-Flour. Portail, el más antiguo, el más considerado de todos, tuvo la superioridad de esta Misión por su edad y experiencia10. Aunque el celo y los logros de los Misioneros hubieran atraído hacia ellos a muchos sacerdotes de los alrededores, pronto no pudieron cubrir la tarea, y Olier debió escribir a san Vicente y a los eclesiásticos de la conferencia, tanto para rendir cuentas, según la costumbre, de sus trabajos, como para pedir nuevos obreros. Su carta, con fecha de Vieille-Brioude, el día de San Juan, 24 de junio de 1636, ya conocida en parte por Abelly, ha sido contada por entero por su último historiador11:

«Señor,

«No puedo estar por más tiempo ausente de vuestra compañía sin informaros de nuestros trabajos. La Misión comenzó el domingo después de la Ascensión, y duró hasta el 25 de este mes. Ese día, que era la fiesta patronal del lugar, se quiso que por la noche, en presencia del Santísimo Sacramento, yo diera el adiós al pueblo, lo que se hizo con toda reverencia por la majestad del Dios que presidía, y también con tantas lágrimas y suspiro que habría que verlo, pienso yo, para creerlo. Dios sea bendito. Lo mismo había pasado cuando hicimos la procesión de los niños, y en el momento de su comunión.

Al principio, el pueblo venía según lo deseado, es decir tantos como podíamos oír en confesión; y eso, Señores, con tales manifestaciones de gracia que, por todas partes, era fácil saber dónde se confesaban los penitentes; los suspiros y sollozos de éstos se dejaban oír con facilidad. Pero, hacia el final, el pueblo nos presionaba tan insistentemente, y la multitud era tan grande, que necesitábamos a veces doce o trece sacerdotes para satisfacer el ardor de este celo. Se veía a esta buena gente permanecer en la iglesia sin beber ni comer, desde el amanecer hasta la última predicación, a pesar del color que era extraordinario, esperando la comodidad de confesarse. Alguna vez, en favor de los que venían de lejos, nos veíamos obligados a tener dos horas, o más, de catecismo, y todos salían de él con las mismas ganas que cuando entraban; esto nos dejaba muy confusos. Había que dar el catecismo desde el púlpito del predicador, por no haber lugar en la iglesia, y hasta los alrededores del cementerio, las puertas y las ventanas estaban cargadas de gente; lo mismo se veía en el sermón de la mañana y en el de la tarde que se llama el gran catecismo; sobre lo cual no puedo decir otra cosa que sino estas palabras: Benedictus Deus! Benedictus Deus! Bendito sea Dios, que se comunica tan liberalmente a sus criaturas, y sobre todo a los pobres. Ya que, Señores, hemos advertido que en ellos es donde reside particularmente y para ellos nos pide nuestros servicios, a fin de realizar por nuestro ministerio lo que él no acostumbra a hacer solo, quiero decir la instrucción y la conversión de estos pueblos. Señores, no nieguen este auxilio a Jesús, hay demasiada gloria en trabajar con él, y en contribuir a la salvación de las almas, y a la gloria que debe sacar de ello para toda la eternidad. Ustedes han comenzado felizmente, y sus primeros ejemplos me han hecho dejar París; continúen en estas ocupaciones divinas, puesto que es cierto que, en la tierra, no hay nada semejante. París, oh París, tu diviertes ahombres que convertirán a muchos mundos. Ay, en esta gran ciudad cuántos buenos obreros sin frutos, conversiones falsas, santos discursos perdidos, falta de disposiciones que Dios comunica a los sencillos!.Aquí una palabras es una predicación, los pobres de estas comarcas no han despreciado la palabra de los profetas, como se hace en las ciudades; y por eso, Señores, con muy poca instrucción, se ven llenos de bendiciones y de gracias; es lo que puedo desearles en el Señor, ya que, en su amor, soy, Señores, su muy humilde, obediente y agradecido cohermano.»

Las necesidades del ejército impidieron a Vicente enviar a Olier los Misioneros que le había prometido. Pero muchos de los amigos de Olier vinieron a unirse a él, entre otros el abate de Foix, Caulet, el futuro obispo de Pamiers; y Meyster, uno de los más célebres Misioneros de su tiempo. Meyster tenía un talento particular para conmover a los pecadores. El género de sus discursos, su acento, su sola mirada, decían, todo en él concurría a producir las impresiones más vivas12. Siendo tan sólo subdiácono, hacia finales del año 1634, había venido para entregarse a Vicente de Paúl, pero lo dejó pronto y se puso bajo la dirección del P. de Condren. Fue el P. de Condren quien se lo envió a Olier en Auvergne13.

Secundados por este grupo de refresco, los Misioneros reemprendieron sus trabajos entre los católicos y entre los protestantes. Uno de ellos, muy hábil controversista, desafió en público a un ministro muy acreditado en la región. El ministro no se atrevió a aceptar, o mejor esperó la ausencia de este Misionero para desafiar él mismo a los demás a su vez; pero asustado de su propia audacia, dio marcha atrás cuando se dirigía a la conferencia y entró en su casa14.

Al año siguiente, el 10 de febrero de 1637, Olier escribía otra vez a Vicente y a los eclesiásticos de la conferencia de San Lázaro:

«La cuarta de nuestras misiones se celebró hace quince días, en la que se hicieron más de dos mil confesiones generales, aunque no fuésemos más que seis obreros, y al final, ocho. Nos veíamos abrumados de gente, que recorrían de siete a ocho leguas de camino, que es un verdadero desierto. Esta buena gente traían sus provisiones para tres o cuatro días, y se retiraban a las granjas; se los oía allí conversar entre juntos de lo que habían oído en la predicación y en el catecismo. Y hoy se ven aquí los campesinos y sus mujeres dar la misión ellos mismos en sus familias ; los pastores y labradores cantan los mandamientos de Dios por los campos y se hacen preguntas unos a otros sobre lo que han aprendido durante la Misión. Por último, la nobleza para la que parecía que no hablábamos, sirviéndonos de un lenguaje tan ordinario como lo hacemos, después de cumplir cristiana y ejemplarmente con su deber, no nos ha podido dejar partir sin prorrumpir en lágrimas. Cinco hugonotes han abjurado su herejía en esta última Misión, cuatro de los cuales, que nos rehuían al principio, han venido por sí solos a vernos; y esto, Señores, para decirnos, como vos me los habéis enseñado más de una vez que las conversión de las almas es la obra de la gracia, a la que ponemos con frecuencia impedimentos por nuestro propio espíritu, y que Dios quiere operar siempre, o en la nada, o por la nada, es decir en aquellos y por aquellos que reconocen y confiesan su incapacidad y su inutilidad.»

IV. Misión de Agen, de Richelieu, de Luçon, etc.

Durante este año de 1637, la Sra. de Aiguillon, por acta del 18 de agosto, dio 22.000 libras al efecto de fundar para siempre y a perpetuidad una Misión de al menos cuatro sacerdotes en la ciudad de su título ducal, de donde ellos debían evangelizar también cada año las demás ciudades, burgos, pueblos, aldeas y demás lugares del ducado, en las cuatro fiestas de Pascua, de Pentecostés, de Todos los Santos y de Navidad, y con el cargo de una misa diaria a la intención de la donante mientras viva, y después de su muerte, por el descanso de su alma y de la de los suyos.

.En 1642, el 4 de julio, la duquesa de Aiguillon «para de alguna forma agradecer las grandísimas gracias, bendiciones y protecciones que Dios ha querido por su bondad y misericordia infinita, hacer a Monseñor el eminentísimo Armando, cardenal duque de Richelieu, su tío, y en particular en su última enfermedad, y para pedirle la continuación de sus gracias bendición y protección sobre dicho señor cardenal y sobre dicha dama duquesa y que tenga a bien otorgarles la gracia de cumplir en este mundo su santa voluntad. Y a la hora de su muerte tenga misericordia de ellos», da también 13.500 libras, para tres sacerdotes de más que den Misión en toda la extensión del Agénois y del Condomois, pertenecientes a la duquesa, como lo han hecho ya en el ducado de Aiguillon; y además con el cargo de continuar la instrucción de los ordenandos de estas dos regiones si el obispo les proporciona lo necesario.

Por esta segunda acta queda además especificado que la iglesia y casa de la primera fundación estarán dedicadas a honrar a Nuestro Señor Jesucristo que residió en la Virgen durante nueve meses que estuvo en ella; que tal será también la intención de la misa cotidiana, con memoria de la santísima Virgen y de los santos ángeles; que después de la muerte de la muerte de la duquesa y del cardenal se celebrará una misa aniversario por ellos a perpetuidad. Por último, que la sede del establecimiento estará, ya no en la ciudad de Aiguillon, sino en Notre Dame de la Rose, cuya capilla se había unido, el 14 de junio de 1640, a la congregación de la Misión por Barthélemy d’Elbène, obispo de Agen15.

En 1633, el cardenal de Richelieu quiso también establecer a los sacerdotes de la Misión, no sólo en la ciudad de su título ducal, sino también en la diócesis de Luçon, de la que había sido obispo16. Por acta del 4 de enero pasado en Ruel, insinuada y aceptada en el archivo del Châtelet, escribanía de la instrucción y sede de apelación de Tours y de Loudun, en curso del mismo año, obtenía de Vicente siete sacerdotes que debían ser enviados a Richelieu a partir del mes de febrero siguiente, y a los que, en el espacio de diez años, debían juntarse otros tres. Cuatro de ellos, decía el acta, permanecerán en Richelieu para desempeñar allí las funciones de la Misión; otros tres serán enviados cada cinco años, con el mismo fin, a cada ciudad y pueblo del ducado y, a la espera de volver a empezar, darán la Misión en la diócesis de Poitiers o demás lugares circunvecinos, siempre de conformidad con Su Eminencia, Los tres últimos serán enviados a Luçon con los mismos fines, y unos y otros se pondrán en campaña cuatro veces al año, en las estaciones más convenientes y trabajarán durante seis semanas cada vez. Uno de los cuatro sacerotes residentes atenderá el curato de Richelieu, con tantos vicarios como se necesiten. En la casa de Richelieu serán recibidos gratuitamente, y durante doce días, los ordenandos de la diócesis de Poitiers, en las cuatro estaciones del año, y durante quince días, los sacerdotes que el obispo de Poitiers envíe para hacer los ejercicios espirituales. –Por su parte, el cardenal se comprometía a mandar construir y amueblar una casa cómoda y a lograr la anexión del curato a la Misión; entregaba los archivos de Loudun, plazas de clérigos, moneda parisiense y otros derechos anexos de su pertenencia, arrendados 4.550 libras17.

Todas las cláusulas de este contrato fueron cumplidas inmediatamente. El curato de Notre Dame de Richelieu fue fundado el 15 de marzo de 1648, erigido por el obispo de Poitiers, y confirmado por una bulla de Urbano VIII, con fecha del 7 de los idus de enero de 1639. El cardenal puso el mayor interés en esta fundación y, para ahorrar las fuerzas de los Misioneros, ordenó a Vicente que les concediese un día de vacación a la semana; costumbre que desde Richelieu se extendió a toda la Compañía. Él acababa de pedir diez sacerdotes más, que habían sido enviados al punto, y había redactado a su favor un proyecto de contrato de fundación, cuando falleció el 4 de diciembre de 1642. El 25 del mismo mes, Vicente escribió a Roma: «La Providencia ha permitido que Richelieu no sea fundada.

El difunto Su Eminencia había vendido los archivos de Loudun , con la intención de apreciar los fondos de tierra, como lo hizo, pero falleció antes de hacernos la cesión, del que me envió el proyecto dos o tres días antes de su muerte, que no firmó. Hay que alabar a Dios por ello. Veremos qué piensan sus herederos ahora… Hemos hecho dos servicios solemnes y dicho varias misas por él.»

En la fecha de esta carta, Vicente ignoraba el testamento del cardenal en el que se lee: Yo le pido también (a Noyers) que mande reparar, acomodar y adornar la casa de los padres de la Misión que he fundado en Richelieu , y hacer que compren un jardín en el cercado de la ciudad de Richelieu lo más cerca posible de su casa, del tamaño que he mandado;…y, aunque yo haya fundado lo suficiente en dicho Richelieu a los dichos Padres de la Misión, para mantener a veinte sacerdotes, para emplearse en las Misiones dentro del Poitou, según su instituto, les doy además la suma de 60.000 libras, de manera que tengan los suficientes medios para dedicarse a dichas misiones y que estén obligados a pedir a Dios por el descanso de mi alma, con el encargo de emplear dicha suma de 60.000 libras en la compra de heredades, para estar a la altura de los demás bienes de la fundación.»18

Este testamento había sido hecho en el hotel del vizcondado de Narbona, el 23 de mayo de 1642. En esta época el cardenal había enajenado y convertido en fondos de tierra los archivos de Loudun, como Vicente acaba de decirnos, y tenía el proyecto de hacer la fundación de Richelieu; pero la muerte le sorprendió..Habiendo cesado la venta de los archivos, sin haber sido reemplazados por otra, la casa de Richelieu, sobrecargada recientemente con diez sacerdotes, se encontraba en apuros. Pero la duquesa de Aiguillon, que se enteró por Vicente de Paúl y por el testamento de las intenciones de su tío, quiso darles cumplimiento. Por acta del 2 de setiembre de 1643, hecha en el nombre del joven duque de Richelieu su pupilo, dio a la Misión, en forma de reemplazo y pago de la sucesión, el dominio de San Casiano y las casas de Richelieu pertenecientes al difunto cardenal. Por la misma acta impone misiones más, en las que los misioneros deben hacer «pedir a Dios por el alma del difunto señor cardenal, y para que tenga a bien bendecir mostrase misericordioso con toda su casa, y que todos los días digan una misa con ese fin, como también todos los jueves de cada semana, al finalizar dicha misa en la iglesia de Richelieu, canten un libera por el alma de dicho difunto.» La duquesa confirmaba por fin la unión del curato a la Misión. Unión en la que consintió del duque de Richelieu, el 23 de diciembre de 1645, con la condición de una misa de aniversario por el cardenal, el 4 de diciembre.; lo que fue aprobado, el 2 de abril de 1646, por Henri Louis Chasteigner de la Rochepozay, obispo de Poitiers19.

De Richelieu y de Luçon, los Misioneros, apenas establecidos se extendieron por el alto y bajo Poitiers. Encontraron más dificultades, al principio, en la diócesis de Poitiers que en la diócesis de Luçon; pero todos al final, católicos y herejes, cedieron a sus esfuerzos. El obispo de Luçon, Pierre de Nivelle, se lo agradeció a Vicente y a la memoria del cardenal.

Después de evangelizar los pueblos a los que se debían, los Misioneros, incansables al tos trabajos apostólicos, ni hartos de santas conquistas, hicieron una excursión por el Angoumois. El burgo de Saint Amand, al que los había llamado una piadosa dama de quien era el señorío, fue su centro de irradiación a través de treinta o cuarenta parroquias vecinas. Testigo de sus éxitos, el duque de la Rochefoucauld quiso tenerlos en sus tierras de Verteuil y de Marsillac. El obispo de Angoulême, Jacques Du Perron, , sobrino del célebre cardenal, se unió, en 1643, a los miembros de la pequeña conferencia eclesiástica de la que ya se ha hablado para expresar a Vicente de Paúl su vivo resentimiento, y añadía: «Mi consuelo sin embargo será siempre imperfecto, Señor, hasta que vos hayáis colmado mi felicidad, que tan solo es pasajera, con una Misión estable y permanente en esta diócesis, que tiene mucha más necesidad de ello que las otras.» Este voto no debía ser cumplido hasta 1704, casi medio siglo después de la muerte del santo sacerdote.

Entre tanto, Richelieu, gracias al recuerdo y a los dones del cardenal, fue uno de los principales puestos de la Misión en Francia. La corte de los príncipes o princesas de la sangre se pararon allí más de una vez, en particular en 1650, cuando la corte partió para la Guyenne, que la princesa de Condé acababa de sublevar para vengar el encarcelamiento de su marido. Durante este viaje que duró todo un mes, la corte debía detenerse en Richelieu, y Vicente consultado por el superior sobre la manera de recibir al rey, respondió así, el 17 de julio:

«Iréis, por favor, a saludarle en el castillo con tres o cuatro de vuestros sacerdotes. A él no le gustan las arengas; por lo que así él no la tendrá que hacer; pero le diréis que habéis ido para presentar a Su Majestad los servicios de la Compañía, y para asegurarle sus oraciones, para que Dios quiera bendecir a su persona y sus armas, y conservarle un siglo entero; que le dé la gracia de domar a los rebeldes y de extender su imperio hasta los confines de la tierra; por último para que haga reinar a Dios en sus Estados. Luego habrá que dirigirse a la reina regente y decirle algo parecido, y no al Señor20; y, al salir, tratad de ve a monseñor el cardenal (Mazarino), para hacerle la reverencia, las ofrendas, los deseos, etc., muy brevemente. Sobre todo, Señor, guardaos de no pedir nada ni quejaros de nada. Y en caso de que os pregunten si estáis satisfecho de vuestros parroquianos, decid que sí, que son buena gente que temen a Dios, ya que se puede decir en general, que son buenos servidores del rey, y que han tenido un señor (Richelieu), y tienen una señora (la Sra. de Aiguillon) que les han dado este ejemplo, etc. Es suficiente con unas palabras así para mover a Sus Majestades y hacerles alguna gracia, como confirmar sus privilegios.» Después de algunos consejos sobre la recepción del rey en la iglesia, de sus capellanes en la casa de la Misión, Vicente recomienda no escatimar nada, y concluye: «Si hay algún domingo antes de la llegada del rey, prudentemente exhortaréis a la ciudad a acogerle bien, a demostrarle gran júbilo y gran afecto, con aclamaciones y alabanzas a Sus Majestades, de todas las maneras que se pueda.»

Qué mezcla de habilidad, de comportamiento, de política, de respeto, de caridad, en esta carta!

La cuestión se volvió más delicada en 1655, en relación con la Señorita, quien desde el cañón de la Bastilla no había tenido todavía su reconciliación con la corte. la Señorita estaba entonces en Champigny, tierra que ella disputaba, en un proceso que ganó, al duque de Richelieu21. Vicente sin embargo fue del parecer de ir a cumplimentar: «Sí, Señor, escribió al superior de Beaumont el 3 de octubre, creo que vuestra casa debe rendir homenaje a la Señorita de d’Orléans cuando esté en Champigny; que vayan dos sacerdotes; será bastante con vos y otro; y que le digáis con todo respeto y modestia: «Señorita, nosotros somos dos sacerdotes de la Misión de Richelieu, que hemos recibido orden del Sr. Vicente de venir saludar a Vuestra Alteza para ofrecerle nuestros muy humildes servicios y nuestras oraciones. Y lo hacemos, Señorita, con todo el respeto y la sumisión que debemos a Vuestra Alteza. Si ella os habla, habrá que escucharla sin interrumpirla, y según las preguntas que os haga, darle vuestras respuestas.» Qué prudencia!

Vicente había querido visitar, desde 1538, la casa de Richelieu, donde era necesaria su presencia al principio de una fundación como ésta. Estaba a punto de partir, y había anunciado su viaje, cuando el arzobispo de París que le empleaba sin cesar en algunas obras, le dio mandato de visitar una casa religiosa. Previendo en ello grandes y largos problemas, él habría deseado que el encargo fuera dado a otro; pero prefirió obedecer, y el 1º de octubre de 1638, escribió a Lamberto, superior de Richelieu, para anunciarle este contratiempo: » Pues además, soy hijo de obediencia; me parece que si Monseñor me mandara que fuera al cabo de su diócesis y quedarme allí por toda la vida, que lo haría como si me lo mandase Nuestro Señor, y que esta soledad o el empleo que me señalara, sería el paraíso anticipado, estaría cumpliendo la voluntad de Dios.» Después animaba, mientras tanto, a sus sacerdotes, los felicitaba por sus trabajos, y añadía: «Y es que soy un miserable pecador, que no hago más que mal en la tierra, y que debo querer que me aparte pronto, como lo espero de su bondad, y que tenga misericordia de mí.» No se olvidó de ir luego a Richelieu, pero en la peor estación del año, lo que aumentó más el precio de su obediencia y debió empujar más a sus hijos a seguir tan bello ejemplo.

V. Misiones de Champaña, de Normandía, deBretaña, etc. –Las Misiones hasta nuestros días.

El año de 1638 fue cuando comenzó a establecerse la Misión en Champaña. El 12 de marzo, un acta de fundación fue aprobada por René de Bresles, obispo de Troyes, y François du Coudray, actuando en nombre de Vicente de Paúl, por la que el obispo daba una gran casa y 6.000 libras de Tours a los Misioneros, con el encargo para éstos de tener en ella a seis sacerdotes y dos hermanos, para dar al clero y a los pueblos todos los ejercicios. El obispo declaraba también que actuaba en consideración de los bienes ya hechos por los Misioneros, y siguiendo la promesa que había hecho al comendador de Sillery quien, en efecto, como comendador de Troyes, contribuyó a esta fundación. Otras Misiones fueron fundadas posteriormente en Arcis-sur-Aube, en Bar-sur-Seine, en Nogent, en Montmirail y diversos lugares de la diócesis de Troyes, La Misión de Montmirail, uno de los primeros teatros de los trabajos apostólicos de Vicente tuvo por fundadores (1643) al duque de Rets, el mayor de sus alumnos, con consentimiento de François Malier, obispo de Troyes. Pero las guerras echaron de allí muy pronto a los Misioneros, que no pudieron volver hasta 167822.

Siempre en Champaña, y en la diócesis de Sens, los Misioneros, establecidos temprano, se señalaron por los mismos trabajos y los mismos éxitos, sobre todo en Saint-Cyr, cuyo señor escribió en 1642, a Vicente: «Los cuidados de los señores vuestros sacerdotes, junto con el ejemplo de su piedad, han producido en mis campesinos tales cambios de vida, que sus vecinos apenas los reconocen. En cuanto a mí, confieso que no los conozco ya, y no puedo menos de persuadirme que Dios me ha enviado a una nueva colonia para poblar mi pueblo.»

En Joigny, la asiduidad de las gentes era tan grande que, «aunque la predicación sonara a veces a las dos después de medianoche, escribía un Misionero, la iglesia no obstante estaba completamente llena.»

La voz de estos éxitos llegó hasta Châlons-sur-Marne, y Félix de Vialart, que era su obispo, quiso también tener Misioneros. no solamente los empleó en varios lugares de su diócesis, sino que obligó a sus párrocos a seguir y a estudiar el método de la Compañía, para poder aplicarlo a u vez; y efectivamente algunos se lo aprendieron tan bien que, incluso con escasas disposiciones para hablar en público, se hicieron pronto obreros útiles del Evangelio.

En la diócesis de Reims, el rey y el arzobispo d`Estampes de Valençay se entendieron para fundar la Misión de Sedan. Esta ciudad acababa de entrar en los dominios del rey. El duque de Bouillon, hermano de Turena, envuelto en la conspiración de Cinq-Mars, y encarcelado en la prisión de Pierre-Encise como cómplice, había salido de su prisión y del proceso por un tratado y, llevado por el hábil Mazarino, a quien Richelieu había encargado de negociar el asunto, había entregado esta plaza importante como rescate por su libertad y su vida.

A penas entró Luis XIII en posesión de Sedan, cuando quiso que Vicente enviara a sus sacerdotes allí. Las necesidades de la religión eran por cierto bien acuciantes; ya que por razón de su comercio continuo con los hugonotes, los católicos disminuían en número día a día, y la verdadera fe iba a apagarse en ella. La parroquia de Sedan fue en un principio unida a la Misión por el arzobispo, con el consentimiento del abad de Mouzon y de los religiosos de esta abadía, y Luis XIII dio para la administración del curato y mantenimiento de los Misioneros 2.500 libras de renta. Aparte de un sacerdote para atender Balan, debía tener en Sedan a un párroco, siete sacerdotes y dos hermanos. Cuatro sacerdotes al menos quedaban encargados de las funciones curales y otros cuatro debían evangelizar las soberanías de Sedan, Raucourt y saint-Manges.

Luis XIII dejaba además para esta obra un fondo considerable que no fue conocido hasta después de su muerte; era de 64.000 libras expresas en su testamento, de las cuales 24,000 estaban destinadas a Sedan y 40.000 a otras Misiones, según se conviniera entre el P. Dinet, su confesor, y Vicente de Paúl. El P. Dinet dejó toda la dirección a Vicente. Ana de Austria, en nombre de su hijo, informada del bien hecho ya en Sedan, quiso que la suma destinada en un principio para diez años solamente sirviera para una Misión perpetua y fuera empleada en compra de heredades, cuya renta alimentaría a los Misioneros. trece casas fueron, en efecto adquiridas cerca de San Lázaro y una parte de la renta fue dedicada a la Misión de Sedan. Esta Misión se incrementó con tres sacerdotes, en 1680, ya que desde su fundación en 1644, el número de los comulgantes se había incrementado en dos tercios. Pronto, sobre más de diez mil habitantes, entre los cuales no se contaba al principio más que con mil quinientos católicos, apenas una tercera parte se quedó implicada en la herejía. De esta forma pudo el rey, sin inconveniente, apagar el colegio o academia del protestantismo, y aplicar la renta de 4.500 libras a un seminario que fue fundado en 1681 por mandato del consejo. Los jóvenes eclesiásticos debían estudiar en él la filosofía dos años, luego ser transferidos a Reims para sus estudios teológicos23.

Debido a su método, los Misioneros disminuyeron el número de los protestantes y aumentaron tan sorprendentemente el número de los católicos. Antes de ellos, los púlpitos de Sedan sólo retumbaban con controversias, que afirmaban a los herejes en el error por la obstinación de la lucha, y dejaban a los católicos en la más profunda ignorancia de las creencias y de las prácticas de su fe. Por su método de exposición, los Misioneros lograron desarmar a unos e instruir sólida y prácticamente a los otros. Al mismo tiempo se extendieron por los pueblos junto a Sedan, casi todos despoblados por la guerra, que ellos socorrieron de palabra y con sus limosnas; su caridad vino también en ayuda de su predicación, y acabó por ganarse los corazones de los extraviados. En Sedan como en otros lugares, asistían a los protestantes de igual manera que a los católicos. Testigo este buen hermano Sirven, de quien hace Vicente el elogio en su carta a Laudin, en Mans, del 7 de agosto de 1660: «Toda la ciudad y sus alrededores le echan mucho de menos, aun los herejes, que estaban edificados por su modestia y asistidos con su caridad.»

Otra fundación real, que precedió incluso a la de Sedan, fue Crécy, en la diócesis de Meaux. «Los favores extraordinarios, decía Luis XIII en sus letras patentes de abril 1641, que hemos recibido de la mano liberal de Dios desde nuestro advenimiento a la corona, nos obligan a una gratitud infinita por sus bondades, que no podemos testimoniarle mejor que con el cuidado y el celo por las cosas que conciernen a su servicio, el culto y el respeto de la religión; y para ello, después de restablecer la disciplina eclesiástica y reparar los desórdenes y la depravación que la guerra y la herejía habían causado en muchos lugares, nos habemos, aparte de la reforma de las órdenes, erigido y fundado en nuestro reino diversas congregaciones; una de las cuales y más útiles ha sido la de los sacerdotes de la Misión.» En consecuencia, el rey erigía en Crécy una casa de la Compañía, compuesta de ocho sacerdotes y dos hermanos, bajo la autoridad del obispo de Meaux para misiones en la diócesis y ejercicios de los ordenandos; y con este fin le daba el castillo de Crécy, 4.000 libras de renta y una suma de 31.000 libras a percibir sobre el granero de sal de Lagny-sur-Marne. Dos misas rezadas debían decirse a la semana: una por la intención del rey y de toda la casa real; la otra, del obispo, del canciller y del ministro de justicia de Francia, de los superintendentes de las finanzas y demás señores de Crécy; y, a la muerte del rey, y de cada uno de sus sucesores, de las reinas e hijos de Francia, del obispo y de los oficiales citados debía ser celebrado un número de misas, proporcionado a la dignidad de cada uno. Aprobada por Dominique Séguier, obispo de Meaux, el 12 de abril de 1641, esta fundación fue protegida y aumentada por sus sucesores, y en 1702, Bossuet escribirá a Clemente XI: «En cuanto a nosotros, santísimo Padre, conservamos del venerable Vicente de Paúl un recuerdo tanto más querido y más duradero por verle vivo todavía en su congregación y en nuestra diócesis. Vivimos con sus discípulos, nuestros hermanos en el sacerdocio, trabajamos con ellos y nos alegramos en el Señor al verlos alimentar el rebaño a nos confiado con su doctrina y sus ejemplos, con un celo incesante e infatigable.»

En todos los puntos y en todos los extremos del reino, los podríamos seguir d esta manera: en Toulouse, en Tours(1640); en Ginebra(1640), donde el obispo Juste Guérin agradece al cielo por haber inspirado tanta caridad a Vicente y al comendador de Sillery; en la diócesis de Rouen, donde se le habían preparado las vías por Louis Calon, doctor de Sorbona. Celoso por las Misiones, Calon no se contentó con trabajar en ellas con su persona, primero en solitario, luego con los hijos de Vicente en las diócesis de París, de Rouen, de Meaux, de Chartres y de Senlis, quiso contribuir con su persona. A sus expensas comenzó a evangelizar la región de Caux: dio una suma bastante considerable a la Compañía, y acabó por fundar una Misión en Aumale, lugar de su nacimiento. Agotado de trabajos, de penitencias, de mortificaciones más que por los años, se retiró a Vernon, en casa de los hijos de san Francisco, que le recibieron como a un apóstol y como a un émulo de su pobreza. Apenas un año antes de su muerte, el 28 de agosto de 1646, que se enteró de su indigencia y el deseo que tenía de venir a San Lázaro, le escribió:

«Doy gracias a Dios por la que nos hacéis de esperar venir pronto a descansar después de vuestros grandes trabajos. Oh Señor, seréis muy bienvenido, y con qué gusto os daré un abrazo. Venid pues, y no tardéis, por favor, Señor; yo os aseguro que tendremos un cuidado muy especial de vuestra salud, y que seréis el amo de la casa para decir y hacer cuanto os agrade, y particularmente el mío, que siempre os he apreciado con más ternura que a mi propio padre. Que suponiendo que necesitéis de las 4.000 libras que habéis dado a renta y asignado a la Misión, de buena gana os haremos la retrocesión, cosa justa, me parece a mí, que un fundador que se halla en necesidad se ayude con la renta de la fundación que ha hecho; y haremos más ya que, si necesitáis del fondo para sobrevivir en vuestra vejez, nosotros os lo trasladaremos, como lo hemos hecho con el Sr. párroco de Vernon quien, habiéndonos dado 600 libras de renta y pedido después, creyendo necesitarlas, le hemos devuelto la renta y el fondo; pero, si no las necesitáis, disfrutad de todas formas de la renta, Señor, como lo habéis hecho hasta hoy, y nosotros continuaremos las Misiones que habéis comenzado y continuado con tanta bendición.» Pero los hijos de san Francisco no quisieron que Calon recurriera al desinterés del santo sacerdote; le guardaron en casa con felicidad, le cerraron los ojos y escribieron a Vicente una larga carta, en la que le decían cuán bien pagada quedaba su caridad con los ejemplos de su vida y la edificación de su muerte.

Vicente actuó siempre así con los fundadores de sus establecimientos y los bienhechores de su Compañía. En el mes de setiembre de 1654, escribía a uno de sus sacerdotes: «Nunca podríamos mostrar suficiente reconocimiento y gratitud para con nuestros fundadores. Dios nos ha hecho la gracia estos días pasados de ofrecer al fundador de una de nuestras casas el bien que nos ha dado, pues yo pensaba que le hacía falta; y me parece que si lo hubiera aceptado, yo habría recibido un gran consuelo. Y pienso que en este caso la divina bondad se convertiría ella misma en nuestra fundadora, y que nada nos faltaría. Pero aunque no sucediera, qué dicha no sería, Señor, empobrecernos para comodidad de quien nos hubiera hecho un bien. Dios nos ha dado la gracia ya de hacerlo una vez, devolviendo efectivamente a un bienhechor(al párroco de Vernon) lo que nos había dado; y cada vez que lo pienso, siento un consuelo que no puedo expresar.» –Escribía a un bienhechor personalmente a quien suponía necesitado: «Os suplico que uséis del bien de nuestra Compañía como del vuestro; estamos dispuestos a vender todo lo que tenemos por vos, y hasta nuestros cálices, en los que haremos lo que los santos cánones ordenan, que es devolver a nuestro fundador en necesidad lo que nos ha dado en su abundancia. Y lo que yo os digo, Señor, no es por ceremonia, sino en la presencia de Dios y como lo siento en el fondo del corazón.»

Habiéndose opuesto durante largo tiempo personas poderosas a la Misión de Aumale, no pudo reanudar hasta 1656. pero entonces Vicente pagó su deuda con usura, ya que sus hijos trabajaron no sólo en Aumale, sino en Chaumont, en Magni, en Saint-Clair, en Longueste, en Meulan, en todo el gran vicariato de Pontoise, y en todas partes desplegaron un celo del que François de Harlay de Champvallon, por entonces arzobispo de Rouen y más tarde de París, hizo a Vicente una exposición brillante.

De sus puestos de Saint Méen y de Tréguier(1654), se extendieron por toda la Bretaña religiosa. En Mauron los criados dejaban a sus amos y renunciaban a sus pagas, cuando no les permitían de otra forma seguir los ejercicios de la misión, y madres, después de seguirlos ellas mismas, remplazaban a sus hijas para procurarles el mismo provecho. Hubo días en que la multitud fue tan grande que hubo que dar la comunión hasta las siete de la tarde. En Plaissala, más de quinientas personas esperaron diez días enteros en la iglesia el momento de poder confesarse.

En Angers, en 1657, un grupo de Misioneros enviados a Henri Arnauld, sobrino del célebre doctor, preparó una fundación que fue terminada en 1674, por las liberalidades de Pierre Chomel, antiguo consejero clérigo del parlamento de París. unos años antes, en 1668, Chomel había fundado también en Lyon una casa de Misión, a la que se unieron, el año siguiente, los sacerdotes catequistas de Saint-Michel.

Imposible enumerar todas las demás fundaciones de Misión que tuvieron lugar en vida de Vicente de Paúl, o que siguieron a su muerte24. En una palabra, encontraríamos más de cuarenta casas de Misión y doce parroquias.

Cuántos más establecimientos se quedaron tan sólo en proyecto o no tuvieron más que un comienzo de ejecución, no se podría decir. Citemos al menos el de Bétharam.

Hubert Charpentier, licenciado de Sorbona, nacido en la diócesis de Meaux en 1565, había formado varios establecimientos escolásticos, con el deseo de honrar a Jesús crucificado y predicar la fe católica a los protestantes del Béarn. El primero es la peregrinación célebre de Notre Dame de Garaison, en la diócesis de Auch, al pie de los Pirineos; el segundo es de los Misioneros de Nuestra Señora de Bétharam, en la diócesis en Lescar, al pie de una montaña llamada el Calvario. Se le debe también la congregación de los sacerdotes del Calvario, establecida sobre el Mont-Valérien, cerca de París, bajo la invocación de Jesús crucificado.

Esta última fundación fue hecha a petición de Luis XIII, que había autorizado(1633) con sus letras patentes. Notre Dame de Bétharam se convirtió bien pronto en un lugar de devoción célebre, y sino «el segundo, dice Vicente en una carta, al menos el tercero más frecuentado del reino. Tienen lugar en él milagros con frecuencia», añade. Muy temprano, lo más tarde hacia 1639, Charpentier quiso llamar allí a los Misioneros de San Lázaro: «Hace más de veinte años, sigue escribiendo Vicente en la misma carta, del 19 de julio de 1659, que este buen siervo de Dios nos quiso establecer allí, y de vez en cuando me ha hablado de ello; pero Dios no ha llevado nunca este proyecto al punto en que está.» En la fecha de esta carta Charpentier llevaba ya muerto varios años25. Pero, hacia finales de 1658, se hicieron nuevas propuestas a San Lázaro por un canónigo de Tarbes, en nombre de las dos autoridades eclesiástica y laica. Vicente respondió, el 29 de enero de 1659, con toda clase de objeciones: la pequeñez de su Compañía, por razón del número, la calidad y la virtud; las veladas de noche en la iglesia, incompatibles con sus reglas y sus trabajos de día; el apego a un santuario particular no menos irreconciliable con las excursiones de los Misioneros: «Estos Señores de Bétharam, decía él, esperan a los penitentes; nosotros vamos a buscarlos.» Por otra parte, sobre los sacerdotes de Bétharam, tres solamente consentían en ceder sus puestos; otros cuatro se negaban, y se trataba de entenderse con éstos, como lo había hecho con los religiosos de San Lázaro. Algunos meses más tarde, todas las dificultades parecían allanadas, y Vicente, en la carta citad del 19 de junio, dirigida a Corwel, a quien quería hacer superior del nuevo establecimiento, escribía también: Somos llamados allí por Monseñor el obispo de Lascar y el parlamento de Navarra. Hay en esta ciudad (París) un gentilhombre diputado del Béarn que ha sido encargado de hacernos la propuesta. Hay ocho sacerdotes que han consentido en cedernos sus puestos…Estamos en condiciones de enviar cuatro sacerdotes y un hermano. Dicen que hay 4.000libras de renta. De los sacerdotes que atienden la capilla, cuatro se quedan, y los otros se irán. Los empleos de los demás serán de predicar y de confesar en la casa, cuidar de un seminario y dar misiones en la diócesis.» A pesar de las ventajas de un establecimiento así, cuya resolución parecía venir de Dios, Vicente se lo perdió, sin duda por las mismas razones que estuvieron a punto de malograr el de San Lázaro26.

Hoy, independientemente de las tres misiones y de las dos parroquias, de Argelia, de una Misión y de una fundadas en 1858, en Marche-les-Dames, diócesis de Namur, los Lazaristas poseen unos quince establecimientos en Francia27: es poco más o menos, relativamente a sus establecimientos anteriores a la Revolución, la misma proporción que hemos notado entre sus seminarios de otra tiempo y sus seminarios actuales.

Documentos justificativos

Nº 1. –Carta de Saint-Cyran a Vicente de Paúl.

«Señor, desde la última vez que tuve el honor de veros, he seguido enfermo, todo un mes, de una impresión maligna que me había hecho, creo yo, una persona moribunda a quien asistí toda una noche. Sin saber cuándo se terminaría mi mal, que pasé sin guardar cama, he tenido diversos pensamientos, en caso de que dios quisiera llevarme a las puertas de la muerte; y como tenía entonces en mente los últimos discursos que mantuvisteis conmigo, pensaba en haceros saber por escrito que, por la gracia de Dios, que no me pesaban en el corazón las cuatro cosas que vinisteis a decirme en mi casa, y que tenía otras en mi espíritu que ignoráis, por las cuales tengo motivos para temer los juicios de Dios, que reciben cierto alivio a la acusación de estas verdades católicas, que pasaban por mentiras y falsedades entre las personas que prefieren la luz tenue u el resplandor a la luz de la verdad de la virtud. La disposición de humildad que tenéis en el fondo del corazón para creer lo que se os hiciera ver en los libros santos, me hace conocer lo suficiente que no había nada más fácil que haceros consentir, por el testimonio mismo de vuestros ojos, en lo que detestáis ahora como errores. Pero al oíros después en la fraterna admonición, encontrar malo, y añadir este quinta corrección a las otras cuatro, de lo que en otros tiempos os había dicho en particular que yo sentía ganas de que os dieran un buen oficio, y a toda vuestra casa, pensé que no era el momento de defenderse, y aclararos con pruebas incluso sensibles e inartificiales, de estas cosas que encontráis malas, hasta condenarlas atrevidamente sin entenderlas. Fue la razón de que yo me viera como en una pendiente, en la gran pasión y agitación que sentía tener al hablaros y haceros ver la falsedad de las cosas que me reprocháis más bien para excusaros de haberme abandonado en el tiempo de una persecución, como a un criminal, que por ninguna mala opinión que tuvierais en efecto de mí. He sobrellevado fácilmente eso de un hombre que me habían honrado desde hace mucho con su amistad, y que gozaba en París de una fama de un hombre perfecto de bien, la que no se podía tocar sin herir la caridad. Sólo me queda esta admiración en el alma, que vos, que hacéis profesión de ser y tan contenido en todo, hayáis dado importancia a un alboroto que se ha formado contra mí por una triple cabala y por intereses bastante conocidos, al decir de mí cosas que nos os habrías atrevido a pensar antes; y que así, en lugar de tener que esperar consuelo de vos, os hayáis atrevido, contra vuestra inclinación y costumbre, a uniros a los otros para acabar conmigo; añadiendo además a los excesos de los demás que habéis tratado de venir a decírmelo en persona, y a mi propia casa, cosa que ninguno de los otros se habría atrevido a hacer.

«He pensado que no faltaría a la franqueza de la amistad, ni a la caridad del Evangelio si, después de dejar pasar el tiempo necesario para evaporar el calor que se me había subido a la cabeza, no os presentara a vos solo esta queja desde dentro de la casa de un excelente obispo de quien os escribo y que dará testimonios bien otros de mí, si es preciso, a toda Italia donde es conocido, sin hablar de Francia donde, por la gracia de Dios, no lo necesito; ya que cuando la facción no exista más, y los intereses comunes, fuente de las pasiones y de los discursos que se han tenido sobre mí hayan pasado, yo seguiré en ese lado tan limpio e irreprochable delante de los hombres como lo pretendo estar delante de Dios que, siendo la verdad esencial, tiene una oposición particular en toda clase de ignorancia y falsedad que de ahí procede. Lo que la señora duquesa de Longueville, a quien habían levantado contra mí, me da pie a decir, sin adularme por la reparación abundante que me ha hecho, un mes antes de su muerte, ante una persona de nombre que está sobre muchas otras, que no os son desconocidas; y después de ella, Monseñor el cardenal de la Valette quien, habiendo sido informado al pormenor de estas acusaciones, se ha burlado de ello y ha dado, sin que yo me haya mezclado, un testimonio de mí y de lo que se me imputa, tan favorable que sentiría vergüenza decirlo. Prefiero indicaros a uno de vuestros amigo a quien se lo ha contado, cuando os entren ganas de saberlo; y me atrevo a deciros que no hay ninguno de estos prelados que husmean por vuestra casa con quien yo no esté de acuerdo y a quienes yo no haga pasar y autorizar con sus apoyos todas mis opiniones, cuando quiera hablarles de ellas. ya que siendo luminosos como ellos los son, y la verdadera fuente, por sus predecesores, de toda la disciplina que se ha de guardar con las almas; no es que se opongan, sino al contrario estarán encantados y me darán las gracias. Lo que os digo tan sólo para haceros ver con qué seguridad hablo, sin que tenga ningún designio de inquietaros por el honor que os tributan y el reposo del que gozáis en su charla y conversación. Porque mirando a vuestra casa habéis creído prestarle un buen servicio impidiendo el que yo quería hacerle; muy al contrario de enfadarme, os agradezco afectuosamente haberme librado de este cuidado, sin tal vez disminuir para ello el grado que a Dios le plazca por la buena voluntad que me había dado de serviros tanto en lo espiritual como en lo temporal, si bien sabéis que he hecho, sin mezclarme en los principios por los que vos os habéis establecido en los lugares en los que estáis en los que yo no habría querido por nada del mundo tomar ninguna parte. Lo que debía haceros conocer más que otra cosa qué poco apegado estoy a mi sentido y dispuesto a andar con rodeos con mis amigos, ya que, contra el juicio de mi conciencia que no me permitiría nunca hacer de tales cosas, yo las he sostenido en una propuesta pública hasta hacer cambiar de parecer por fuerza de razón y de importunidad, a aquel a quien debéis satisfacción. Yo no alego que por necesidad y en este solo encuentro, para dejaros un recuerdo de mi condescendencia y haceros caer de la opinión que los demás os han dado de mi rigidez y severidad. Pues tengo la osadía de decir que merezco tan poco esta reputación a juicio de los que me conocen y de la verdad que si propusiera a este mismo personaje y a su colega los cuatro o cinco reproches que vos me habéis hecho, se reirían y de esa forma apaciguarían sin decir palabra toda la cólera que me habría entrado. Tengo una buena razón, Señor, para perdonaros y deciros en mi corazón una parte de las palabras que el Hijo de Dios dijo a los que le maltrataban. Espero, y lo digo con confianza que no será eso lo que me haga enrojecer ante su juicio, y que por el contrario espero algún favor de su misericordia, si persisto en mantener y adorar en mi corazón lo que la sucesión de la doctrina apostólica, por la que minamos a los herejes, y sin la cual la Iglesia no puede subsistir, me ha enseñado por el órgano de la misma Iglesia universal y católica, desde hace veinticinco o treinta años.

«Os ruego que aceptéis que lo antes que he podido, y al cabo de una dolorosa enfermedad que me agarró en Cléry y que me dura aún, os haya dicho lo que tenía en el corazón, con el fin de trataros como amigo y cristiano y no dejar nada amargo en el fondo del alma que pudiera alterar por poco que fuese la amistad que os quiero conservar hasta el fin de mi vida. Ya os he dado un testimonio de ello, desde aquel sensible desagrado por la carta que escribí a Monseñor el obispo de Poitiers, y os habría dado uno mayor, si me hubiera sentida acercarme a la muerte, dirigiéndoos artículos sobre lo que encuentro que decir en vuestro instituto, a fin de daros a conocer, por lo menos después de mi muerte, las razones que tenía de prestaros mis servicios, que en tan poco habéis estimado, que habéis tomado la simple propuesta que os hice para una prueba de la verdad de las cuatro cosas de las que me habéis acusado. Con que Dios no me acuse de ello, tengo demasiada suerte, y que acepte como suya la caridad con la que pretendía quitaros ciertas prácticas que siempre he tolerado en vuestra disciplina, viendo el apego que teníais a ella, con una resolución tanto mayor de manteneros en ella por estar autorizada por consejo de grandes personajes a quienes consultáis. No me cuido después de eso de decir el pensamiento que tenía, que Dios a mi parecer no lo ve con agrado, ya que no hay más que una verdadera sencillez en la cual se las pueda tener, que es más raro que la gracia común de los cristianos; y tan raro que me atrevería a decir de ella lo que un bienaventurado de nuestro tiempo ha dicho de los directores de las almas de este tiempo, que diez mil que hacen profesión de ello, a penas se puede encontrar uno que las haga excusables ante Dios. yo tendré sin embargo la paciencia que él mismo tiene de dejaros hacer y pediré con la misma voluntad que os he demostrado de serviros en ello por condescendencia , si no lo puedo por una entera aprobación, dejando aparte la calidad del maestro para tomar la de …etc. »

2º. Carta de la madre Anne de Lage a Saint Cyran.

«Ya que me habéis mandado escribiros mis pequeñas dificultades sobre el asunto de la confesión, lo haré con toda claridad. La primera es cobre los que habéis dicho que la absolución no es más que una señal del perdón otorgado, y no confiere la gracia, sino declara tan sólo que el alma ha vuelto a ella por el dolor de penitencia. Ya que parece que si es una declaración del perdón ya otorgado, que la absolución sería de alguna forma inútil, si no sirve de nada más que para declarar que Dios perdona la falta. El catecismo del cardenal Belarmino, publicado por mandato del papa Clemente VIII, dice expresamente que Dios interiormente, por las palabras del sacerdote, deshace en nudo que tenía al alma atada, y le da la gracia; de manera que, según su opinión, la gracia va unida a las palabras de la absolución, suponiendo la disposición del penitente. Le he dicho, Señor, otra dificultad sobre el tema de la atrición, a lo que no habéis respondido más que era un abuso creer que en la confesión el penitente de atrito se volviera contrito; de suerte que creo que es muy razonable, e incluso necesario, que el alma se disponga por un más largo tiempo a la penitencia y al dolor de sus faltas antes de recibir la absolución, visto que se encuentra raras veces que el alma esté en la disposición de un verdadero arrepentimiento, en el tiempo de una corta confesión. Pero lo que me sorprende en esto, es cómo puede ser que una verdad tan necesaria y tan importante esté universalmente oculta, no sólo a los que han introducido esta novedad en la Iglesia, sino también a tantos a tantos grandes y sabios prelados y doctores, que no pueden estar en ella cegados por su interés, y que han podido, por su saber y el conocimiento de la antigua disciplina de la Iglesia, conocer esta verdad, y haber advertido el origen de este cambio tan grande y tan importante que se haya realizado a la vista de la Iglesia, sin que ella haya puesto remedio.

«Yo había tenido alguna dificultad sobre lo que significaría diferir por mucho tiempo la absolución, porque me parecía haber oído decir que la penitencia que se hacían en la antigua Iglesia durante muchos años por un pecado mortal era tan sólo para satisfacer por la pena, y no que se difiriera la absolución; pero yo he encontrado la misma cosa que me habéis dicho en un libro, y he visto que estaba equivocada. Veo bien, Señor, que el diablo me ha querido el espíritu poniendo en él confusamente muchas dificultades que se han desvanecido casi todas y sin que me hayáis pedido que os las diga. Creo que las que os he presentado se hayan hecho humo después de las otras, fuera de las de la sorpresa en que me hallo, al ver como casi todo el mundo ignora esta verdad. La discreción me debería impedir deciros una de las que me confundió más al principio, pero la perfecta confianza que tengo en vos, Señor, me impide que os la oculte. Es que me han entrado muchos pensamientos para apartarme de la creencia que debo a lo que me habéis dicho, casi todos fundados en esta creencia general de lo contrario que he visto en todos aquellos con quienes he tratado. Ello me ha obligado a buscar algo con que apoyar lo que me habéis dicho. Pero como no tenemos libros que traten de esto, he llegado a descubrir casi lo contrario en todas partes,, excepto en una biblia que es de mi hermana d’Abain, en la que hay al final un tratado de los pasajes falsificados por los herejes, y anotaciones en cada página sacadas de los santos Padres. He hallado, en algunas de ellas que hablan de la penitencia, la confirmación de lo que me habáis dicho. Lo que me lleva a declararos, Señor, que os profeso una confianza completa, al deciros todo eso; ciertamente, la siento mayor en mi corazón que la que tendría una hija en su padre, y os suplico humildemente, Señor, que me permitáis llamaros en adelante con este nombre, como más conveniente a la entera sumisión que deseo prestar a vuestros consejos.

«Os ruego que de deis uno sobre lo que yo había tenido en otro tiempo ganas de tener el Compendio de la historia de la Iglesia del cardenal Baronio, que me han dicho que está en francés. Si pensáis que podría sacar provecho, trataría de conseguirla. He oído decir que había alguna cosa que no sería propia para las jóvenes: las mandaré señalar para no leerlas. Me gusta el primer estado de la Iglesia, y esa perfección de los antiguos cristianos. Me parece que siento más devoción hacia aquellos santos sucesores de los apóstoles que han adornado a la Iglesia con su sangre y sus escritos que a los demás.

«Se escribe mucho en este siglo, pero todo lo que la mayoría de la gente escriben no son más que palabras, con tan poca solidez que de verdad, aparte de los libros de nuestro bienaventurado padre, apenas encuentro ninguno de los de este momento de mi gusto. Os pido también me digáis si pudiéramos encontrar un libro de salmos en el que el francés y el latín estuvieran impresos juntos, como en la Biblia, porque así podríamos entender el sentido de lo que se dice en el oficio. Es uno de los libros de la sagrada Escritura del que me parece que se puede sacar más devoción, incluso para el ejercicio de la penitencia; pero no los quiero en periodo ni en verso; me parece que la traducción me es más útil.

«Yo haré, Padre, lo que me digáis con la ayuda de Dios, me abandonaré a sus cuidados del todo, tomando tan sólo el de satisfacerle lo que pueda por mis pecados. No he podido responderos por otro hombre, pues he tenido que leer vuestra carta más de una vez para entenderla, y hacer tiempo para responderla. Os ruego muy humildemente que deseéis que os honre por la calidad de vuestra muy humilde y obediente hija y sirviente.»

Nº 3. Testimonio del Sr. Vicente.

Sobre el asunto del abate de Saint-Cyran, del 31 de marzo y ? antes de 1639. Yo Vicente de Paúl, superior de la congregación de los sacerdotes de la Misión, de edad de cincuenta y nueve años o cerca, después de jurar decir la verdad sobre mis santas órdenes, reconozco que estos son los hechos y las respuestas que he hecho luego delante del Sr. de Lescot, doctor en teología y profesor del rey en ésta, y diputado por Monseñor el eminentísimo cardenal duque de Richelieu, en virtud de la comisión hecha a su Eminencia por monseñor Ilustrísimo y Reverendísimo Jean-François de Gondi sobre el asunto del proceso que se lleva contra el Sr. abate de Sint-Cyran detenido prisionero en el castillo del bosque de Vincennes, a causa de las opiniones particulares y contrarias a la Iglesia que se le acusa tener.

1, Reconozco que la carta que me ha sido representada por dicho señor Lescot, y la que he firmado y rubricado de mi mano, es la misma que me ha sido escrita y enviada por dicho señor Saint-Cyran fechada de París el 20 de noviembre de 1637, suscrita con el nombre del abate de Saint-Cyran, y comprendida en cuatro páginas y media.

Item digo que conozco a dicho señor de Saint-Cyran hace quince años o así, y que durante ese tiempo de quince años, he tenido bastante grande comunicación con él, y he reconocido a uno de los mayores hombres de bien que haya visto nunca.

Que hacia finales del año de 1637, y que por el mes de octubre, fui a ver a dicho señor de SC en su casa en París frente a los Cartujos, y le aconsejé sobre los ruidos que corrían sobre él, a saber de algunas opiniones o prácticas contrarias a la práctica de la Iglesia, que decían que él tenía, y no me acuerdo del número sino solamente de una: que mandaba hacer penitencia a algunas personas tres o cuatro meses antes de darles la absolución, y de otras más que siguen.

Recibió este consejo con bastante tranquilidad, y no recuerdo la respuesta claramente que me dio por entonces, lo que pasó entre dicho señor SC y yo solamente y sin que ninguna otra persona estuviera presente.

Que me parece que el abate Olier, el Sr. abate Caulet, el Sr. abate de Prières, me habían dicho que el Sr. de SC, tenía la práctica dicha, y me habían dicho otra cantidad de cosas de él que no recuerdo ahora.

Que el Sr. abate Caulet habiéndome dicho que había comunicado con el Sr. abate de SC, y que ciertas opiniones le habían parecido particulares en él, y al preguntarme, por lo que me parece, si debía tomar dirección de él, dije a dicho Sr. Caulet que, ya que encontraba dificultad en las dichas opiniones, no se sometiera a dicha dirección, no sé si le dije que no le visitara.

No sé en qué tiempo recibí la susodicha carta ni por quién me llegó.

Nunca me dijo lo que tenía que criticar en nuestra congregación, ni de los defectos de los que habla en su carta.

No me acuerdo de prohibir a los de nuestra congregación tratar a dicho señor SC.

No sé lo que quiere decir por su carta de culpar a los comienzos por los que nuestra congregación se estableció en los lugares donde está; ni tampoco cuál es este rechazo público que dice haber tenido en su carta, y haber hecho cambiar de parecer por fuerza de razones con quien estamos en deuda en dicha fundación, si no oye hablar del proceso que hemos tenido contra los de Saint-Victor, y de la ayuda que nos ha prestado en él.

No sé tampoco cuál es esta persecución que dice en la misma carta haber tenido, y en la que dice que yo le he abandonado; ni cuál es esta sublevación, ni esta triple cábala

Que dice que se ha formado contra él.

No sé tampoco cuál es ese buen oficio que dice haber querido dar a nuestra congregación, y habérselo impedido yo, a no ser que hable de que no he querido seguir sus consejos en cuanto a nuestra congregación. pues no me ha dado ninguno nunca respecto a la dirección de la Compañía.

I una vez al Sr. SC en su morada en parís después de su regreso, en la que no hablamos en absoluto del contenido de la carta, a no ser cuando le dije que le agradecía porque se había comunicado conmigo; con ello me refería a la carta por el disgusto que había tenido.

No me acuerdo haber dicho a nadie lo de la carta, y que la guardase, sino al Sr. Dauzenat, que entonces era capellán de la señora duquesa de Aiguillon, y ahora financiero del señor el cardenal.

He conservado dicha carta para demostrar que yo no participaba en la práctica de dicho señor SC, ni de las opiniones de que se le acusaba, en caso de ser investigado.

Desde que el Sr, de Laubardemont me hablara de la carta por parte del señor cardenal, o dos días después, se la llevé a Su Eminencia.y se lo dije al señor Lescot el mismo día que la tenía.

El Sr. Barcos ni el Sr. Singlin, ninguno vino a verme para rogarme que no dijera nada contra el Sr. de SC.

Nunca he llamado al Sr. SC. mi maestro. No sé por qué la carta nunca estuvo cerrada, y bien recuerdo yo que estaba en un sobre de papel sellado, sin otra carta que la acompañase.

Me enteré tres días después por un tal Sr. Tardif que se había hallado entre los papeles de dicho señor SC. una copia de dicha carta y que estaba escrita de mano de la superiora de la Visitación de Poitiers, y pienso que él añadió que el original me había sido enviado, por dicha superiora, pero no sé nada.

Yo nunca he recibido carta alguna de dicha superiora respecto de las opiniones y prácticas que se imputan a dicho señor SC., ni siquiera de ninguna carta, ni tampoco sobre ningún otro asunto, sino una o dos que recibía hace cuatro años o algo así sobre la fundación de la casa de la visitación en Poitiers, en la que atendí al señor SC. para escribir a Monseñor de Poitiers.

Es todo lo que se de esa carta.

En cuanto a algunos otros artículos sobre los que se me ha interrogado por dicho seños Lescot, digo sobre aquel que se refiere a si yo no he oído al señor de SC. que Dios destruye a su Iglesia desde hace quinientos o seiscientos años, alegando estas palabras de Salomón, Tempus destruendi, y que la corrupción se había deslizado hasta en la doctrina:

Respondo haberle oído decir una vez tan sólo estas palabras, que Dios destruye a su Iglesia y también que, según eso, parece que los que la sostienen obren contra su intención. Decía esto, me parece, a consecuencia de algunos discursos de los juicios de Dios, de la corrupción de las costumbres. Y en primer lugar esta proposición me causó dolor; pero he pensado después que él lo decía en el sentido que se dice que del papa Clenmente VIII decía que lloraba porque veía que mientras que la Iglesia se extendía a las Indias le parecía que se destruía por este lado; y sobre lo que dice que parece que los que la sostienen actúen contra la intención de Dios, pienso que se debe explicar por los actos de la vida de dicho señor SC., que eran la mayor parte para sostén de la Iglesia, testigos sus escritos y lo que hacía hacer para la salvación de las almas. Y del resto del artículo no le he oído hablar nunca.

Sobre la pregunta de si no le he oído decir que el papa y la mayor parte de los obispos… no hace la verdadera Iglesia, hallándose desprovistos de la vocación y del espíritu de la gracia:

Respondo no haberle oído decir lo que se contiene en la pregunta, a no ser una vez tan sólo, que muchos obispos eran hijos de la curia, y no tenían vocación. Nunca sin embargo he visto a nadie estimar más al episcopado que él, ni algunos obispos, como el difunto Sr. de Comminges. Tenía gran estima también del difunto Francisco de Sales, obispo de Ginebra, y le llamaba Bienaventurado.

Requerido si no le he oído decir que el concilio de Trento ha cambiado y alterado la doctrina de la Iglesia, y no es un concilio legítimo;:

Respondo no haberle oído decir eso: sí que había habido intrigas en dicho concilio.

Interrogado si no le he oído decir que es un abuso dar la absolución incontinenti después de la confesión, según la práctica ordinaria, y que hay que satisfacer con antelación:

Respondo no haberle oído jamás decir que fuera un abuso hacerlo como lo dice la pregunta. Sí que le oí hablar de la penitencia antes de la absolución, pero no recuerdo en qué términos. Pero la experiencia hace ver cómo entendía él lo que se contiene en dicha pregunta, porque nos hizo dar la Misión en las parroquias que dependen de su abadía de Saint-Cyran, y nos ha ofrecido repetidas veces un priorato que tiene cerca de Poitiers, para hacer lo mismo en el obispado de Poitiers, y todo el mundo sabe que hacemos el contenido de lo que dice el artículo.

Cuestionado si no le he oído decir que el justo no debe tener otra ley que los movimientos interiores de la gracia para vivir en la libertad de los hijos de Dios, y que los votos son imperfectos, oponiéndose a esta libertad de los hijos de Dios.

Respondo que nunca le oí decir las palabras que el justo no debe tener otra ley que los movimientos interiores de la gracia para vivir de la libertad de los hijos de Dios. recuerdo muy confusamente que le oí hablar alguna vez favorablemente de los movimientos interiores de la gracia, y alegar estas palabras de san Pablo: Justo lex non est posita. Pero no me acuerdo en qué términos hablaba, a favor de los movimientos de la gracia, ni con qué fin traía a cuento las labras de san Pablo. Y de los votos, dudo si le oí decir dichas palabras de la pregunta. Sin embargo sé que asistió a un sobrino suyo para hacerse capuchino en la provincia de Toulouse, llevó él mismo al hijo de uno de sus amigos a los Carmelitas reformados.

Preguntado si no había dicho que los jesuitas y demás religiosos nuevos que se mezclan en funciones clericales, deben ser destruidos:

Respondo haberle oído censurar algunas opiniones de los jesuitas, señaladamente sobre la gracia, y me parece haberle oído decir que si estuviera en su poder arruinar a los jesuitas, o a algunos de ellos, lo haría, aunque yo le haya oído decir grandes alabanzas de los primeros de su orden, y me parece además haberle oído decir que él no quería mal a la Compañía de dichos jesuitas, y que daría la vida por ella y por cada uno de ellos; lo que hace que yo aprecie que él quería decir por arruinar a los Jesuitas, que si dependiera de él, les quitaría la facultad de enseñar la teología; pero en cuanto al resto del artículo, no sé de qué se trata..

Respecto de otros muchos artículos, como si la contrición perfecta es absolutamente necesaria en el sacramento de la penitencia, si no se puede dar la absolución sacramental más que a los que están verdaderamente contritos, que la absolución no perdona el pecado, sino que declara tan sólo que ya está perdonado, a saber en virtud de la contrición, que ha precedido y de be preceder a la absolución; que los pecados veniales no son materia suficiente de la absolución sacramental; que no es necesario confesar el número de los pecados mortales, ni las circunstancias que cambian la especie del pecado; que la verdadera fe no se distingue de la caridad; que la Iglesia de los seiscientos últimos años no es la verdadera Iglesia; tocante a estos artículos, dije, y muchos otros, sobre los que se me pregunta por dicho señor Lescot:

Respondo no haber nunca oído hablar a dicho señor SC. Que es todo cuanto sé sobre dicho señor SC. He escrito todo lo anterior de mi propia mano, y después releerlo, persisto en ello y firmo.

VICENTE DE PAÚL, con rúbrica.

Nº 4. Compendio del método de predicar.

La predicación tiene tres partes: el Exordio, el Cuerpo del discurso, y el Epílogo o peroración .

Primera parte. El Exordio.

Contiene cuatro puntos: el Texto, la Proposición del asunto, la División y la Invocación.

El Texto debe ser : 1º sacado de la Sagrada Escritura, del Antiguo o de Nuevo Testamento;

2º corto, como Qui se humiliat exatabitur, etc.; 3º claro y sin equívocos u oscuridad; 4º repetido varias veces en el curso de la predicación, y en todo debe convenir al asunto de que se trata; y si encierra algunos motivos o medios o algunos efectos de la cosa de que se habla, no dejar de servirse de ellos y hacerles valer.

2º. La proposición del tema se hace de ordinario exponiendo la razón que tenemos de hablar de ese asunto, porque el Espíritu Santo nos invita por las palabras dichas en el o algunas razones, lo que debe hacerse brevemente, es decir en tres o cuatro líneas, la experiencia nos enseña que los exordios demasiado largos no sólo son inútiles, sino hasta perjudiciales por el aburrimiento que producen en los oyentes.

3º. La división contiene casi siempre tres partes, según nuestro método y a veces solamente dos.

Los tres puntos son: 1º los Motivos; 2º la Definición; 3º los Medios de adquirir aquello de lo que se va a hablar, con la respuesta a las objeciones.

Los Motivos. –Aquí hay que advertir que se debe diversificar las palabras o el modo de proponerlas, diciendo, por ejemplo: las razones que nos obligan, -los motivos que nos llevan, -lo que nos debe mover, -la importancia, la necesidad, las ventajas que hay, -las obligaciones que tenemos, etc.

La Definición. –En esto hay que diversificar también las palabras o el modo de expresarlas, diciendo, por ejemplo: «En el segundo punto, les mostraré en qué consiste tal cosa, o su naturaleza y sus propiedades; » o: «Les explicaré lo que es, -sus cualidades, etc.»

Los Medios. –Sobre esto se distinguen las palabras, por ejemplo: «Yo les diré los medios, -yo les enseñaré el secreto o la manera de adquirir, de practicar, etc.; » o bien:» yo les referiré las disposiciones con las que se debe hacer, etc.; o los remedios que se deben poner a este mal, etc.»

La División no contiene más que dos puntos cuando la cosa de la que se habla es bastante conocida; como cuando se trata de la perseverancia o de la recaída en el pecado, no es necesario ni siquiera oportuno en qué consisten la recaída y la perseverancia; pero se ha de pasar a los dos puntos, tomando tan sólo los motivos y los medios, con la respuesta a las objeciones.

4º La Invocación consiste en pedir el auxilio del Espíritu Santo por intercesión de la santísima virgen, diciendo el Ave.

En Italia se empiezan las predicaciones de otra forma, y allí se seguirá la costumbre del país en ello.

Segunda parte. El cuerpo del discurso. Hay de ordinario tres puntos: 1º los Motivos; 2º la Definición; 3º los Medios, con la respuesta a las Objeciones. Se ha de notar que inmediatamente después de la invocación que se ha hecho en el exordio, se debe entrar en los motivos sin otro preámbulo, lo que no serviría más que para prolongar inútilmente la predicación.

Los Motivos.-Se sacan o de un bien honesto o de un bien útil, o de un bien deleitoso, o de sus contrarios, a saber: del deshonesto e infame, del perjudicial y molesto, a estos grupos se refieren lo necesario y lo fácil, con sus contrarios. Estos motivos se prueban por la autoridad, o por la razón o por el ejemplo

Por la autoridad: 1º de la Escritura santa; 2º de los concilios; 3º de la tradición; 4º de los Padres, sobre todo de los más antiguos; 5º a veces también, pero raramente de los autores profanos. En esto se ha de tener en cuenta que los pasajes que se alegan deben: 1º ser cortos; 2º si son un poco largos se han de dividir en varias partes apoyando las palabras que refuerzan el tema; 3º fortalecerlos con la autoridad de los Padres, de donde han sido tomados, y con las circunstancias en que han sido escritos; 4º si son de algunos profanos, se les ha de añadir la autoridad de algún Padre.

2º Por la razón que se sacará de la naturaleza de la cosa, o de las propiedades, o de sus efectos, o de sus circunstancias , añadiendo, en cuanto se pueda, alguna buena comparación, como hacen Nuestro Señor en el Evangelio y, después de él san Crisóstomo y san Francisco de Sales en sus obras.

3º Por los ejemplos, que serán: 1º hermosos; 2º auténticos y tomados, si se puede, de la Sagrada Escritura, o de los santos Padres, o de la historia eclesiástica, o de algunos graves autores; 3º bien elegidos y propios a su auditorio, se ha de notar sobre este primer punto que es conveniente no detenerse tanto, a fin de tener más tiempo para extenderse más en el segundo que contiene la instrucción y el esclarecimiento de lo que tiene más necesidad el pueblo y, a este efecto, no se deben aportar más que dos motivos; a veces con uno será suficiente, cuando es de por sí urgente y eficaz, y está bien traído.

La Definición. – Hay que notar sobre la definición: 1º que es bueno a veces decir lo que no es antes de decir lo que es la cosa de que se habla.; 2º que no es necesario que esté hecha con el rigor de escuela, basta con una bella descripción; 3º que este punto no es tan seco como pudiera parecer, porque no consiste en dar la definición limpia, sino que además se debe: 1º proponer las principales definiciones del tema; sobre todo si son necesarias para entender el tema; expresar las palabras y las principales partes de dicha definición; 3º mezclar motivos que sean más intrínsecos a la cosa, sin decir sin embargo que son razones que damos. Es también muy conveniente entrar en lo particular aportando los actos principales de la virtud o del vicio del que se habla, y las ocasiones principales en las que se debe practicar esta virtud y huir de este vicio.

Además, se deben dar señales por las que se puede conocer si se tiene esta virtud o si se está manchado con este vicio. Cuando la cosa es bastante común y se quiere tratar un segundo punto, como si se habla de las miserias de esta vida, o del modo de sufrirlas, no es necesario explicar lo que son estas miserias; es suficiente referir las diversas clases de males que se pueden sufrir. Si se dice que no se ha de abusar de las gracias de Dios, se debe tratar estas gracias, por ejemplo, la vocación al cristianismo, a la religión, etc.

Los Medios. – Sobre los medios adviértase que es preciso: 1º mostrar que los que aducimos son verdaderamente medios que nos pueden llevar a la cosa de que se trata, lo que muchos no hacen; 2º … 3º Dar los más generales los primeros. Ahora bien, estos medio son de consideración o de práctica: los primeros consisten de ordinario en la consideración o reflexión sobre los motivos o sobre la cosa misma y deben preceder a los medios de práctica; los más generales deben preceder también a los que son particulares; pero se deben seguir de los medios particulares y de práctica, y raramente de los generales y de consideración. Nótese que es bueno, de vez en cuando, tener como fin una historia que haga ver la felicidad o la desgracia que resultan de la cosa de que hablamos; pero, es oportuno, 1º que venga bien al tema de que se trata; 2º que sea bien moral; 3º tomada de los autores; 4º no muy larga.

Las Objeciones, -1º No deben ser más fuertes que las repuestas; 2º se pueden dar varias respuestas; 3º se puede también a veces replicar con fuerza a las objeciones; 4º cuando se encuentran varias respuestas de Nuestro Señor o de un santo Padre a una objeción parecida, está indicado servirse de ella y decir que es Nuestro Señor mismo, o un tal Padre quien responde bien a esta objeción; 5º se las puede colocar a veces por delante de los medios.

Tercera Parte. La peroración. Consiste en una recapitulación de todo lo que se ha dicho, como también en algunos afectos como para animar a los oyentes a hacer lo que se les ha propuesto, y para dejarlos con un sentimiento de devoción. Aquí se debe acentuar: 1º que debe ser muy breve, y no como segundo sermón; 2º que es bueno mezclar también algunos motivos; 3º que también es bueno, de vez en cuando, concluirla dirigiéndose a Nuestro Señor, pidiéndole su gracia y su auxilio para cumplir las cosa que se acaban de oír.

Tres cuestiones importantes en la predicación.

1º De los afectos. Son propios para conmover, y se deben producir casi en toda la predicación, pero principalmente al fina de cada punto.

Se pueden hacer, 1º en forma de pregunta, por ejemplo: «Nos lo habríamos imaginado alguna vez…Lo habéis pensado? etc.» Y después de dar la definición de la contrición o de otra cosa: «Y bueno, ¿tenemos nosotros esta contrición, esta virtud?» Después de exponer señales de algún vicio o virtud: «¿vemos nosotros esta señales en osotros, con las manos en la conciencia, no se sienten algunos culpables de este vicio o de este pecado? ¿Han sido buenas todas nuestras confesiones anteriores, no es verdad que…? etc. «Estas clases de preguntas despiertan de maravilla al oyente y producen de ordinario mucha impresión en las mentes.

2º Por exclamaciones: «Ah, qué desdichados somos, qué hemos hecho ofendiendo a un Dios tan bueno, oh, si lo supiéramos, si lo pensáramos un poco…!»

3º Por admiración: ¿»Es posible que…? etc.»

4º Por quejas a Nuestro Señor: «Ay, qué miserables somos al ofenderos! etc., por qué lo habéis permitido, es preciso…? etc. »

5º Con peticiones a Nuestro Señor y a los santos: «Dadnos, Dios mío, etc.»

6º Con invectivas contra el pecado, el diablo y el mundo: «Vete de ahí, engañador, que tratas tan mal a los que se fían de ti..! etc. Vete de aquí, tú que precipitas en el infierno a los que te siguen!»

7º Con actos de compasión: «Oh pobre pecador, qué desdichado si te vas a perder! A cuántas miserias te entregas! etc.

De las transiciones. Es acertado y de alguna manera necesario unir los puntos del sermón con algunas transiciones. Así, para entrar del primer punto, que trata de los motivos, al segundo que es la definición, conviene decir: «Éstos son los motivos que nos hacen ver cuánto importa tener, por ejemplo, la contrición; veamos ahora qué es esta contrición; » o bien: «Me diréis que veis bien que es necesario tener esta contrición, pero no sabéis en qué consiste y cómo se consigue; pues esto es lo que voy a deciros en mi segundo punto,» –o parecida transición.

Se puede hacer lo mismo para pasar al tercero, por ejemplo: «Me parece que me estáis diciendo: Vemos cuánto importa tener tal virtud y lo que es; confesamos también que no la tenemos y deseamos abrazarla; pero tenemos en ello muchas dificultades, y estamos deseando conocer los medios de adquirirla; estos medios yo os los voy a enseñar; escuchadlos bien, es mi tercer punto.»

Después de los medios, se puede decir: «Bueno, qué nos falta. A qué se debe que no hagamos esto o aquello. Vemos su necesidad, sabemos lo que es; hemos visto los medio de conseguirlo; me parece sin embargo oír a alguien que me dice.., etc.» Aquí conviene formar las objeciones, si hay que hacerlas, responderlas, luego añadir, por ejemplo; «Ahora bien, ya no hay impedimentos a la práctica de tal virtud, etc.»

Se ha de notar que no se deben hacer siempre estas transiciones de la misma manera sino cambiarlas en cuanto a los términos y alguna vez en cuanto al modo

Y en cuanto a pasar del exordio al primer punto, véase lo que se dijo al principio, y saber que después del Ave Maria no se debe hacer segundo exordio o preámbulo, sino ir a los motivos directamente, no claramente diciendo primero: «Mi primera razón o mi primer motivo es , etc.» sino más bien: «El primer punto de mi discurso, como acabo de decir es daros los motivos que tenemos para evitar, por ejemplo, el pecado a todo precio, y el primer motivo que adelanto es…etc.»

3º. De la pronunciación. 1º Todo discurso debe ser pronunciado con un tono natural y familiar, con las inflexiones de voz convenientes, evitando la monotonía y lo que huele a canto y declamación, no causando lo mejor del mundo impresión alguna cuando se pronuncia de esta forma.

2º No se debe tampoco hablar más alto de lo que pide el auditorio y la nave, gritar mucho no sólo daña el pecho del predicador sino que hiere el oído de los oyentes.

3º Hay que hablar claramente y reposadamente, deteniéndose y respirando con calma al final de los periodos, y también al final de cada motivo y de cada medio.

Nota. Se debe evitar cuidadosamente la duración, que no hace más que aburrir y cargar la cabeza del pobre pueblo, el cual, sintiéndose cansado al final del discurso, se aprovecha menos de todo lo que se ha dicho anteriormente; no se debe hablar más de tres cuartos de hora más o menos, los días de trabajo; y cuando se pueda, las fiestas y domingos, llegar hasta la hora, no se debe nunca pasar de ahí.

  1. Véase también la carta a Ozenne en Polonia, del 9 de abril de 1655, que da la fecha y los detalles de esta Misión, de la que fue director Tholard.
  2. Entre los que se nombran en las cartas de san Vicente: Du coudray, Lambert, Gresnu, Mulan y el hermano Alexandre.
  3. Arch. del Estado, MM. 535-539.
  4. Summ. p. 349.
  5. Todos estos detalles nos son conocidos por una carta de san Vicente a Lucas, Misionero de Montmirail, del 21 de febrero de 1638.
  6. Archi. de l’État, MM. 535-538. –Histoires de la maison royale de Saint-Cyr, por Théophile Lavallée, gr. in-8º, Paris, 1855. pp. 103, 104. –Mémoires de Languel de Gergy, publicadas por el mismo, in-8º, Paris, 1863, p. 334.
  7. Carta a du Coudray, del 10 de febrero de 1634.
  8. Cartas de los 1º de mayo y 28 de junio de 1635.
  9. Véase la Misión de Metz, aquí arriba, p. 109.
  10. M. Faillon (Vie de M. Olier, t. I, p. 156) dice que Portail era probablemente uno de los compañeros de Olier en estas misiones de Auvergne, ciertamente hay que decir, como lo prueban las cartas citadas más arriba de Vicente este Misionero durante las misiones en el ejército.
  11. Vida…t. I, p. 162.
  12. Essai de l’ìnfluence de la religion en France, etc., t. I p. 275.
  13. Vie de…, t. I, pp. 164 y 190.
  14. Ibid., p. 169.
  15. Archiv. de l’État, MM. 534.
  16. El establecimiento de Luçon no se hizo definitivamente hasta 1645, a petición del obispo Pierre de Nivelle.
  17. Archiv. del Estado, MM. 534.
  18. Memorias para servir a la hist. de Francia, colec. Michaud, 2ª serie, t. IX, p. 360.
  19. Arch. de l’État, MM. 534.
  20. Sabia restricción!, ya que durante esta segunda Fronda, Gaston de Orléans tuvo, como siempre, una conducta muy incierta, y después de dar las manos al encarcelamiento de los príncipes, se pasó a los frondistas contra Mazarino
  21. Memorias de la Señorita, 2ª parte, hacia el año de 1655, en las Memorias para servir a la hist. de Francia, colec. Michaud, 2ª serie, t. IV, p. 189.
  22. Archiv. de l`État, MM. 534.
  23. Archi. del Estado, MM. 534, fol. 281.
  24. Cahors (1643 y 1684), Misión y parroquia; Le Mans(1645), Misión y parroquia; Montauban(1642); Amiens (1682); Narbona(1671); Fontenay le Comte(1676), por Henri Laval, obispo de La Rochelle; Beziers y Alet(1678); Burdeos y Dijon(1682; Sarlat y Boulogne(1683) Notre-Dame-de-la-Délivrande(1692), por François de Nesmond, obispo de Bayeux, para retiros y ejercicios de jóvenes sacerdotes; Notre-Dame- de Buglosse(1706), Misión y parroquia; Toulouse (1707), por Jean-Baptiste-Michel Colbert; Montuzel y Bourg-en-Bresse)1708); Valfleury(1709)(Misión y parroquia; Châlons-sur-Marne(1711); Auxerre(1714); diversas tierra del Berry y del Bourbonnais(1718), por Pierre-Georges d’Entraigues; Villefranche(1722); Notre-Dame-de l`Épine(1725), Misión y parroquia; Figeac, parroquia(1738); Fongombault(1742), Misión y parroquia; Nancy(1779), etc, etc.
  25. Murió en París, el 10 de diciembre de 1650.
  26. Véase, sobre el mismo asunto, una carta al obispo de Lescar, del 11 de agosto de 1660.
  27. Valfleury(1801), Misión y parroquia; Amiens, Misión y parroquia igualmente(1823 y 1827); Tours(1827) ; Aurillac(1872) ; Daz (1845) Gegy(1847), Misión y parroquia; Montargis(1852); Evreux y Carcassonne(1856); Saintes( 1857); Loos(1857), Misión y parroquia; Châlons-sur-Marne y Vichy(1858); Angers(1860).

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