Misión e identidad de la Congregación de la Misión

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la MisiónLeave a Comment

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Autor: José Maria Ibáñez, C.M. · Año publicación original: 1987 · Fuente: XIV Semana de Estudios Vicencianos, Salamanca.
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I. Introducción: el movimiento misionero en el siglo XVII

logocm«La expansión del cristianismo alcanzó en el siglo XVII francés un vigor extraordinario que puede medirse especial­mente a través de los informes de las misiones del interior o parroquiales. Estos informes permiten localizar a los «margi­nados» del cristianismo, dirigir una mirada profunda a la «cristiandad» de entonces, comprobar la importancia que tenía la confesión dentro de la pastoral católica y, por último, adivinar el heroísmo de los misioneros. Si la Reforma católica obtuvo resultados cualitativos y cuantitativos importantes, se debe sin duda de manera primordial a la «santidad» de sus propagandistas», escribe Jean Delumeau1.

Estos propagandistas, que pertenecieron tanto a órdenes antiguas como a las nuevas comunidades religiosas o seculares, recorrieron las ciudades y los campos de Francia2.

Su objetivo, —dado que, ayer como hoy, las misiones son una forma extraordinaria y temporal de la pastoral— fue obtener el máximo de conversiones de pecadores y de herejes en un período de tiempo relativamente breve. De ahí surge una pedagogía pastoral animada por predicadores expertos en evocar el fuego del infierno o los suplicios de los condenados en razón de las exigencias de un Dios justiciero. Es cierto que la pastoral misionera, especialmente la popular, no se resume al miedo. Reconocer esto, equivale a multiplicar de hecho las cuestiones que suscita y propone el historiador. ¿Cómo se articulan entonces los diversos métodos a veces aparentemente contradictorios? ¿Qué objetivos intentan los misioneros con esta diversidad de métodos? ¿Qué concepciones del cristianis­mo subyacen en esta pastoral?

La respuesta a estas cuestiones supone un conocimiento detallado de los misioneros, tanto referente a su espiritualidad, como a las regiones y períodos en los que ejercieron su activi­dad. Cada orden y congregación utilizó sin duda sus propios métodos. Por ello no es inútil analizar por separado los proce­dimientos de cada una de ellas. Aquí no trataré más que de los sacerdotes de la Misión. De lo que no se puede dudar, es de que las misiones del «interior» o parroquiales fueron un medio de renovación espiritual. Pero además también tuvieron una influencia social e incluso económica en la «cristiandad» fran­cesa del siglo XVII.

II. Concienciación: Espíritu, fin y obras de las comunidades

Vicente de Paúl no sólo fue un eminente misionero. Tam­bién fundó la Congregación de la Misión y dio a sus discípulos una enseñanza que prolonga y formula su experiencia misio­nera.

Esta triple afirmación me lleva a clarificar el sentido y el contenido del tema que se me ha pedido en esta XIV Semana de Estudios Vicencianos: Misión e identidad de la Congregación de la Misión. Por un deseo de precisión me siento forzado a desechar un peligro constante y atenazador, introducido can­dorosamente en muchos espíritus como bella tentación: ¿no hay síntomas de esta tentación en las Comunidades religiosas y en las Comunidades de vida apostólica al proclamar bien en voz baja, bien a gritos —todo ello reflejo de una angustia—que la originalidad de las Comunidades, su especificación, su «carisma» en la Iglesia y en la sociedad se encuentran en la realización concreta de tal o cual obra, trabajo, ministerio? Puesto que dicha tentación puede llegar a convertirse en «obse­sión», me permito señalarla.

Esta sospecha y esta desconfianza mías ¿no están refleja­das, incluso, en la formulación del tema que me ha sido propuesto en esta Semana?

Para ver claro en la conciencia evolutiva de Vicente de Paúl, para eliminar esta sospecha y abandonar esta descon­fianza no hay más que dos medios: volver a las fuentes u orígenes, para descubrir la intuición e intención evangélicas de Vicente de Paúl, y admitir que la Congregación de la Misión como toda Comunidad, se define por su espíritu y no por las obras que realiza.

1. La vuelta a las fuentes

Para percibir el pasado por el que la Congregación de la Misión mantiene su carné de identidad y para cobrar concien­cia del presente e incluso del futuro, al que debe abrirse, se requiere hacer una lectura hermenéutica de la historia de los orígenes de la Comunidad. Esta lectura exige un trabajo crítico referente tanto a las coordenadas socio-culturales de la época de la fundación, como a la inspiración del Espíritu que se transmite a través de ellas. Este trabajo de investigación no se reduce solamente a escribir narrativamente o a leer la vida «edificante» del fundador, ni a entresacar el espíritu de los orígenes. Debe intentar igualmente descubrir los elementos esenciales a través de los cuales la inspiración primera y origi­nal de la Comunidad intentaba organizarse, encarnarse en la Iglesia y en la sociedad. Rehuir esta última exigencia, sería correr detrás de una abstracción. Una Comunidad no puede nacer al margen del tiempo, del lugar y de las situaciones concretas de la Iglesia y de la sociedad. Más aún estos elemen­tos sociales, culturales, políticos y religiosos constituyen en su conjunto el contexto de la fundación de la Comunidad.

La fidelidad al espíritu del fundador y a los elementos constitutivos de la Comunidad no puede, pues, prescindir del conjunto de las formas sociales y culturales en las que dicha Comunidad se desarrolla a través del tiempo, incluso cuando éstas desaparecen bajo diversos aspectos, debido a la evolución del contexto socio-cultural.

Lo que hay que buscar en los orígenes de la Congregación de la Misión no es solamente una documentación. Lo que hay que encontrar sobre todo es una inspiración, los elementos de la inspiración creadora, que permanece viva bajo la documen­tación, bajo el aparato institucional.

Esta inspiración creadora permite descubrir cómo el Evan­gelio recupera un vigor nuevo, diferente y se vuelve actual y contemporáneo. Entonces se podrá descubrir cómo la Congregación de la Misión intenta ser un modo visible y posible de vivir el Evangelio de Jesucristo, y constituye una nueva forma de vida evangélica en el contexto histórico y geográfico en que nace y se desarrolla. En vista a los desafíos (purificaciones) y a las oportunidades (renovación) actuales, la Congregación debe volver a los orígenes, a fm de descubrir la intención de la inspiración originaria, la novedad y el dinamismo de la «op­ción fundamental», aquella que se encuentra en la raíz de todas las otras. Si se vuelve a la «arqueología de la historia» de la Congregación, es para descubrir la inspiración viva para el presente.

El Concilio Vaticano II, en el Decreto Perfectae Caritatis n.° 2, ha dicho más o menos lo mismo, cuando afirma: el principio de renovación de las Comunidades se encuentra en la vuelta a las intenciones originarias del fundador y en la lectura del acontecer histórico o en el discernimiento de los signos de los tiempos. A través de este retorno y de este discernimiento estarán presentes a su tiempo, al mundo de hoy. Para asegurar esta unión, bruscamente afirmada, el Concilio utiliza el adver­bio «simul», al mismo tiempo. Es la palabra exacta. Y lo hace para señalar con claridad y profundidad que la intuición y la intención evangélica del fundador tienen valor permanente.

Esta invitación del Concilio Vaticano II a todas las Comu­nidades a determinar con precisión el carácter propio de su Institución, el espíritu de sus orígenes, el espíritu de su funda­dor, está formulada en orden a llegar a hacerles cobrar con­ciencia clara de su vocación y de su misión en el Pueblo de Dios. Y ello en razón de que toda renovación auténtica en la Iglesia exige de las comunidades y de sus miembros fidelidad a sus raíces evangélicas, base de la experiencia inspiradora del fun­dador. Esta vuelta a los orígenes equivale a «volver a formu­lar» la «forma originaria». Forma en que fue original y vital y que todavía hoy tiene que seguir siéndolo en la experiencia radical de la vida cristiana.

Para conseguirlo, se requiere que la Congregación de la Misión lea el Evangelio desde la perspectiva propia de Vicente de Paúl y lo traduzca en un lenguaje intelectualmente válido para el mundo cultural de hoy teniendo en cuentra la situación histórica de la Iglesia y de la vida social3. Y ello en razón de que nadie es testimonio de su tiempo, sin prestar atención a lo realmente significativo y sin tomar parte en el proceso de la historia. Para saber por donde anda la humanidad, es menester descubrir los caminos por donde pasa. Al mismo tiempo es menester que tenga conciencia de que el contenido doctrinal y dinámico de su espíritu gira en torno a permitir a los sacerdotes de la Misión (PP. Paúles) poder responder en cualquier situa­ción histórica y de manera sociológicamente válida a lo que es su vocación: vivir en la Iglesia y en la sociedad el «estado de caridad»4 continuando la misión de Cristo evangelizador de los pobres en un estilo de vida propio y original5.

La «opción de fondo» de la Congregación de la Misión, que de hecho orienta y da sentido al resto de sus decisiones, surge, a nuestro entender, de la decisión radical de vivir las exigencias del don a Dios en la evangelización de los pobres. Semejante opción no sólo debe orientar a la Congregación a un cambio de formas, sino también a una fidelidad a Dios vivida en su proyecto vital del compromiso con la causa de los oprimidos.

2. La Congregación de la Misión se define por su espíritu

Vicente de Paúl escribe con precisión el 17 de enero de 1634: «Una Orden exige el mismo fin, los mismos medios, y el mismo espíritu»6. ¿Tan frágil es nuestra memoria para haberlo olvidado? ¡Semejante olvido se puede pagar caro! Lo impor­tante es no sustituir el fin por los medios, no confundir el fin con las obras. No olvidar que sólo el espíritu especifica a las Comunidades7, incluso si toda comunidad es una realidad necesariamente de orden sociológico.

Para evitar caer en la tentación de confundir el fin con las obras, el espíritu con el fin, conviene recordar la distinción entre espíritu, fin de las comunidades y obras en las que aquél se ha ido encarnando al paso del tiempo. Los miembros de las Comunidades, persuadidos por la fe de la intervención de Dios en los orígenes de éstas, se encuentran recíprocamente com­prometidos en el «proyecto comunitario». Este compromiso surge en ellos porque se saben responsables de prolongar en el momento actual, teniendo en cuenta las exigencias que les llegan al ritmo y a la cadencia de los días, el «proyecto originario» de la Comunidad. La fidelidad al espíritu y a la realidad con sus desafios y oportunidades conduce a los miem­bros de la Comunidad a determinar, al paso de los días y de las generaciones, cómo seguir encarnando el espíritu en las obras. Pero hacer las obras que la Comunidad realizó en tiempo del fundador, no quiere decir necesariamente que ésta tenga hoy las mismas obras de entonces. Es poner los mismos actos, inspirados por la misma intuición e intención evangélicas, que hicieron descubri r en su tiempo al fundador los medios apropiados para la realización de los objetivos que Dios le asignaba a través de los acontecimientos y de las necesidades.

Todos los miembros de la Comunidad son responsables de esta fidelidad. En ello estriba su compromiso comunitario con relación a Dios y a la sociedad. Por eso pretender identificar el espíritu y el fin con las obras realizadas por la Comunidad y orientar la formación de sus miembros, teniendo como punto de referencia a estas obras concretas, equivaldría a hipotecar a una y a otras con un precio excesivamente caro. La situación en que se encuentran muchas Comunidades, a causa de haber dejado de ser para el mundo de hoy sociológicamente significa­tivas e intelectualmente válidas, es una prueba irrefutable del costo de dicha hipoteca.

Ahora podremos comprender más clara y más profunda­mente cómo y por qué la especificación —la identidad— de la Congregación de la Misión proviene de su espíritu, cuyos objetivos se concretan en el fin, que se realizan a través de las obras.

El espíritu de la Congregación de la Misión —expresión y encarnación concretas de la intuición e intención evangélicas de Vicente de Paúl— consiste en el don a Dios, para glorificar al Padre continuando la misión de Cristo evangelizador de los pobres con humildad, sencillez, mansedumbre, mortificación y celo, vivido en una Comunidad de vida evangélica.

El fin de la Congregación de la Misión es la gloria de Dios8 realizada a través de la continuación de la misión de Cristo evangelizador de los pobres9.

Los medios, utilizados por la Congregación de la Misión para la realización de los objetivos concretos de su espíritu y de su fin —tanto en tiempo de Vicente como hoy— son las obras. Lo que me interesa constatar ahora es que Vicente de Paúl y los primeros misioneros de la Congregación de la Misión fueron al principio los empleados de la familia de los Gondi y los artífices de una obra: la misión en las tierras de los Gondi. No obstante en la conferencia a los misioneros sobre el fin de la Congregación, el 6 de diciembre de 1658, Vicente se esfuerza en transmitir su intención evangélica manifestada y perfeccio­nada a través de su vida. Autoridad y experiencia se apoyan y se sobreponen para justificar inmediatamente ante los misione­ros la creación de cada una de las siete obras que enumera.

Esta vuelta a las fuentes y esta constatación, de que la Congregación de la Misión se define por su espíritu, nos indican algo muy claro: no son las obras las que especifican o identifican a la Congregación de la Misión. (Lo mismo se puede afirmar de todas las Comunidades). No son pues las misiones del interior o parroquiales —lo mismo se puede decir de cualquier obra— las que constituyen la identidad de la Congregación. Lo que constituye esta identidad es el espíritu, es decir el elemento doctrinal, dinámico e inventivo, en el que se constata la novedad y la energía creadora de los orígenes de la Congregación de la Misión. De ahí que sea preciso ajustar el espíritu de la Congregación al espíritu de Dios, que atraviesa el mundo para re-crearlo, a fin de que el don a Dios, vivido en la evangelización de los pobres, no se encuentre nunca en «huelga» en las existencias laboriosas y transitorias de los sacerdotes de la Misión.

Una vez exorcizada la tentación de pretender identificar las obras con la intuición e intención evangélicas de Vicente de Paúl o con el espíritu de la Compañía, nos centramos en la experiencia de Vicente de Paúl de las misiones del interior o parroquiales, en la prolongación de esta experiencia comunica­da a sus misioneros y compartida con ellos en la Congregación de la Misión, en la doctrina y técnica vicencianas empleadas en la pastoral misionera.

III. Experiencia misionera de Vicente de Paúl

Vicente de Paúl fue un excelente misionero. Su experiencia se encuentra más en la intensidad misionera de su vida que en la cantidad de misiones dadas. Se sabe que este sacerdote, profundamente evangélico, fue requerido por múltiples llama­das sociales, caritativas, religiosas. La respuesta a estas llama­das hizo de él uno de los mejores artífices de la renovación católica en Francia en el siglo XVII. Pero no se puede olvidar que es la hondura de su conciencia misionera, la que se encuentra en el origen y en el término de toda su actividad apostólica y reformadora.

Según su propio testimonio y el de su primer biógrafo Luis Abelly10, Vicente de Paúl misiona en Folleville, en la región de Picardía, durante el mes de enero de 161711. En esta primera campaña misionera vislumbra la génesis de su vocación y descubre su misión, además de encontrar el punto de origen de la fundación de la Congregación de la Misión12. En 1618, Vicente ejerce su actividad misionera en Villepreux, en la región de Ile-de-France, y en los pueblos de alrededor13. En 1619-1620 predica la misión en los pueblos que dependen de la señora de Gondi14. En 1621 le encontramos misionando suce­sivamente en Marchais, en la región de Ile-de-France15, y en Montmirail, en la región de Champaña16. Después de haber sido nombrado capellán general de las galeras del Rey, el 8 de febrero de 1619, Vicente se desplaza en 1623 a Burdeos para predicar una misión a los galeotes17. En 1626 misiona en Loisy-en-Brie, en la región de Champaña18, y en enero de 1628 lo hace en la misma región, pero en esta ocación el pueblo misionado es Joigny19. Desde noviembre de 1638 hasta enero de 1639, le encontramos de nuevo misionando en Joigny20.

La falta de documentación nos incapacita para poder dar la lista y, menos aún, el número de las misiones predicadas por Vicente de Paúl. Collet asegura que, en 1647, predica la misión de Moüi, en la diócesis de Beauvais21, y nosotros sabemos por dos de sus cartas, que, a sus 72 años, misiona en Sevran, en la región de Ile-de-France22. En una de estas cartas escribe el 3 de mayo de 1653 a Emerando Bajoue, sacerdote de la Misión en Montauban, expone con cierta emotividad la razón de su actividad misionera: «…Nos vamos diez o doce para comenzar cuatro o cinco misiones a la vez, con ocasión del jubileo que se está celebrando en esta diócesis (París). Yo seré uno de ellos; ¿verdad que tengo que hacer algo?»23. El 14 del mismo mes, en la carta que escribe a la duquesa de Aiguillon, transparenta el arraigo y la profundidad de su compromiso misionero ante Dios y ante los pobres: «Me voy a continuar la misión de Sevran, que ya he anunciado, a cuatro leguas de aquí. Dudo que pueda ausentarme de allí el viernes, para asistir a la asamblea (de las Damas de la Caridad). Me parece que ofende­ría a Dios si no hiciera todo lo posible por las pobres gentes del campo en este jubileo…»24.

Las Damas de la Caridad temen que la participación de Vicente de Paúl en esta campaña misionera dañe gravemente su salud. Así lo testifica su presidenta, la duquesa de Aiguillon, en carta dirigida al Padre Portail: «No salgo de mi asombro al saber que el Padre Portail y los demás buenos padres de San Lázaro permiten que Vicente de Paúl vaya a misionar a la campiña con el calor que hace, con los años que tiene y estando tanto tiempo al aire con este sol. Me parece que su vida es demasiado preciosa y demasiado útil a la Iglesia y para su Compañía para que se le deje prodigarla de este modo. Me permitirán que les suplique que le impidan abusar de esta manera de su salud. Perdónenme si les digo que están obliga­dos en conciencia a ir a buscarle. Se les critica mucho de que se cuidan poco de su salud. Se comenta que no conocen ustedes el tesoro que Dios les ha dado y lo que supondría su pérdida. Me siento demasiado servidora de ustedes y de la Compañía para dejar de darles este aviso»25. Vicente de Paúl no tuvo en cuenta ni los posibles consejos del padre Portail ni la inquietud de las Damas de la Caridad. La prueba se encuentra en que en 1654 todavía sigue misionando26.

Hasta el final de sus días, Vicente de Paúl alimentó en lo más íntimo de él mismo su vocación evangélica y conservó la nostalgia de las misiones populares. El gran lamento de los últimos años de su vida, aquejada por la enfermedad y desgas­tada por los años, lo centró en no poder trabajar en «la salvación de los pobres del campo27. Su carta del 17 de octubre de 1654 a un sacerdote de la Congregación de la Misión exhala lo más puro de su alma misionera y revela su deseo más genuino: «Le escribo solamente unas palabras para testimoniarle la alegría de mi corazón a propósito de las bendiciones extraordinarias que Dios acaba de conceder a sus trabajos y por los milagros que usted ha realizado en esa misión… ciertamente, padre, no soy capaz de callármelo: es necesario que le diga con toda sencillez que esto me da nuevos y grandísimos deseos de poder, en medio de mis pequeños achaques, ir a acabar mi vida en un chaparral, trabajando en alguna aldea, pues me parece que sería mucho más feliz si Dios me concediera esta gracia»28.

IV. Prolongación de la experiencia: la fundación de la Congregación de la Misión

La Congregación de la Misión, que Vicente de Paúl funda y organiza, es una institución misionera, cuyo primer objetivo en sus orígenes es dar misiones populares a los campesinos. Si Vicente de Paúl accede a prolongar su experiencia en una institución misionera, es porque Dios utilizó la voz firme y el tono amenazador de su director, el «santo y sabio señor Duval». Después de haber escuchado a su dirigido lo aconteci­do en sus campañas misioneras y la situación de ignorancia y de miseria espirituales en que se encuentran los campesinos, el fruto que producen las misiones, el director le dijo: «servus sciens voluntatem Domini et non faciens vapulabit multis». Apenas pronunciadas estas palabras, la voluntad de Dios se manifiesta a Vicente de Paúl: el debe fundar la Congregación de los sacerdotes de la Misión29.

Cuando, el 17 de abril de 1517, se firmó el contrato de fundación de la Congregación, Vicente de Paúl no tenía otra actividad que proponer, a quienes se asociaran con él, más que dar misiones en las aldeas. Los términos del contrato son taxativos: «la piadosa asociación de algunos eclesiásticos de reconocida doctrina, piedad y capacidad que deseasen renun­ciar tanto a las comodidades de las ciudades como a todos los beneficios, cargos y dignidades de la iglesia para que con el beneplácito de los prelados en sus respectivas diócesis se dedi­casen por entero y exclusivamente a la salvación del pobre pueblo, yendo de aldea en aldea a sus propias expensas, predicando, instruyendo, exhortando y catequizando a esas pobres gentes y moviéndolas a hacer una buena confesión general de toda su vida pasada, sin recibir ninguna retribución de ninguna clase, sino distribuyendo gratuitamente los dones que han recibido de la mano generosa de Dios»30.

1. Importancia de la obra de las misiones en la actividad de la Congregación de la Misión

Tanto el nombre oficial de la Congregación y la denomina­ción de sus miembros: misioneros o sacerdotes de la Misión como las razones que impulsaron a Vicente de Paúl a fundar esta Sociedad de sacerdotes, contenidas en el contrato de fundación y ratificadas en la Bula pontificia «Salvatoris nos­tri»31, señalan que el objetivo primordial de la Institución es la predicación de misiones populares o del interior.

El texto de las Reglas Comunes, impreso en 1658, declaraba explícitamente: «El nombre de misioneros o de sacerdotes de la Misión que nosotros no nos hemos impuesto, sino que orde­nándolo así la divina Providencia, nos ha sido dado por la voz común de los pueblos, muestra a las claras que la obra de las misiones debe ser para nosotros la primera y principal de todas nuestras actividades para con el prójimo. Por eso la Congrega­ción jamás debe omitirlas so pretexto de cualquier otra obra de piedad, aunque más útil por otro lado; sino que todos se inclinarán a ellas con todo el afecto de su corazón, de tal manera que estén siempre preparados para salir a misiones en cualquier momento que se lo mande la obediencia»32.

Si, al paso de los años, la Congregación se ocupó de otras obras y ejerció otros ministerios, fue en razón de la evolución que se da en todas las Comunidades. En la conciencia de Vicente de Paúl esta variedad dé obras se explica no sólo por la evolución de su experiencia de Cristo, de su sentido de la evangelización de los pobres y de su visión de los empobreci­dos, sino también por su obstinación en profundizar en lo inmediato, en ampliar el horizonte que se amplía continua­mente y en querer llegar al fondo del mal. En ese camino suyo de ahondamiento y en ese deseo suyo de solucionar los casos particulares por una organización minuciosa de personas y de obras, descubre que se requiere sanear el cuerpo sacerdotal ignorante y vicioso. Por eso Vicente de Paúl y la Congregación de la Misión se encargarán, a partir de 1628, 1631, 1633 y 1642 de la formación y santificación de los sacerdotes, ya que algunos ignoran hasta la fórmula de la absolución, muchos desconocen lo que deben enseñar a sus feligreses y demasiados viven en la disolución, en la pereza y en el vicio33. No se puede olvidar que Vicente de Paúl mantiene principalmente su es­fuerzo sobre dos sectores, que los juzga los más importantes para la vocación misionera de la Iglesia: los pobres y el clero34.

El fundador de la Congregación de la Misión tuvo que luchar más para evitar que las misiones populares dejaran de ser la obra primordial de la Compañía que para frenar esta evolución. Así lo proclama en diversas ocasiones. Y lo hace con fuerza y convicción. Por eso escribe el 20 de julio de 1650 a Philibert de Brandon, obispo de Perigueux, que le había pedi­do sacerdotes de la Misión para encargarse únicamente del seminario: «…Le suplico con todo respeto que acepte mi observación de que no basta con dos obreros para una funda­ción que esté en conformidad con sus deseos y con nuestro Instituto. Usted tiene en perspectiva el seminario, mientras que nosotros sentimos la obligación de las misiones; nuestra activi­dad principal es la instrucción del pueblo del campo, mientras que el servicio que le hacemos al estado eclesiástico es algo accesorio. Sabemos por experiencia que los frutos de las misio­nes son muy grandes, ya que las necesidades de las pobres gentes del campo son extremas; pero, como sus espíritus son rudos y mal cultivados de ordinario, fácilmente se olvidan de los conocimientos que se les han dado y de las buenas resolu­ciones que han tomado, si no tienen buenos pastores que los mantengan en la buena situación en que se les ha puesto. Por eso procuramos también contribuir a la formación de buenos eclesiásticos por medio de los ejercicios de los ordenandos y de los seminarios, no ya para abandonar las misiones, sino para conservar los frutos que se consiguen por ellas…»35.

Salvo rara excepción, como sucedió en Cahors, donde el obispo Alain de Solminihac se reservó el derecho de encomendar las misiones a los canónigos regulares de Chancelade36, Vicente se resiste a aceptar encargarse del seminario si al mismo tiempo no se admite a otros misioneros para misionar en la diócesis. De ahí que insista el 13 de mayor de 1644 al padre Bernardo Codoing, superior de la casa de Roma: «…No es conveniente que aceptemos ninguna fundación de esta clase (seminario) sin que se pueda mantener al menos a dos sacerdo­tes que trabajen en las misiones; pues de lo contrario se vendría abajo el proyecto de asistir al pobre pueblo: quod absit»37.

En 1642 Thevenin, párroco de Saint-Etienne, en el Delfina­do, escribe a Vicente de Paúl para presionarle «con un montón de razones e incluso con los juicios de Dios» para que abando­ne las misiones y se dedique exclusivamente a los seminarios, porque lo juzga más urgente. Ello lleva al fundador de la Congregación de la Misión a comunicar al padre B. Codoing, superior en esa época de la casa de Annecy, su íntima convic­ción y su compromiso eclesial: «Me urge (el señor Thevenin) para que abandonemos nuestro proyecto para seguir el que me propone, lo cual yo no tendría ninguna dificultad en hacer si fuera del agrado de Nuestro Señor. Pero, 1.° la Compañía ha sido aprobada por la Santa Sede, que goza de la infabilidad para la aprobación de las Ordenes que Nuestro Señor institu­ye, según le oí decir al señor Duval; 2.° como la norma de los santos es que, cuando una cosa ha sido resuelta delante de Dios después de muchas plegarias y después de haberse acon­sejado debidamente, hay que rechazar y considerar como una tentación todo lo que se propone en contra de ella; 3.0, final­mente, como ha querido Dios dar una aprobación universal a esta buena obra de las misiones, de forma que en todas las partes la gente empieza a gustar de ellas y a trabajar en las mismas, acompañando la misericordia de Dios a esta obra con sus bendiciones, me parece que casi sería necesario un ángel del cielo para convencernos de que es voluntad de Dios abandonar esa obra para aceptar otra, que ya se ha emprendido en otros lugares y que no ha llegado todavía a resultar bien…»38.

Vicente de Paúl no sólo tuvo que defender la preeminencia de las misiones populares sobre cualquier otra obra ante los «extraños» y ante los «prelados», que pretendieron convencer­le de lo contrario. También tuvo que hacerlo ante sus misione­ros, dado que algunos querían dedicarse a otros trabajos y abandonar las misiones en las aldeas39.

La preocupación más constante del fundador de la Congre­gación de la Misión fue, sin duda alguna, clarificar la concien­cia de sus sacerdotes para mantener vivo y dinámico en ellos el sentido de la, vocación misionera. Dejémosle la palabra. El 25 de octubre de 1643 les comunica: «…Lo más importante de nuestra vocación es trabajar por la salvación de las pobres gentes del campo, y todo lo demás no es más que accesorio; pues no hubiéramos nunca trabajado con los ordenandos ni en los seminarios de eclesiásticos, si no hubiésemos juzgado que esto era necesario para mantener al pueblo y conservar el fruto que producen las misiones cuando hay buenos eclesiásticos, imitando en esto a los grandes conquistadores que dejan una guarnición en las plazas que ocupan, por miedo a perder lo que han conquistado con tanto esfuerzo. ¿Verdad que nos senti­mos dichosos, hermanos míos, de expresar al vivo la vocación de Jesucristo? ¿Quién manifiesta mejor la forma de vivir que Jesucristo tuvo en la tierra, sino los misioneros?… ¡Oh! ¡Qué felices serán los que puedan decir, en la hora de su muerte, aquellas palabras de Nuestro Señor: Evangelizare pauperibus misit me Dominus! Ved, hermanos míos, cómo lo principal para nuestro Señor era trabajar por los pobres. Cuando se dirigía a los otros, lo hacía como de paso. ¡Pobres de nosotros si somos remisos en cumplir con la obligación que tenemos de socorrer a las pobres almas! Porque nos hemos dado a Dios para esto y Dios cuenta con nosotros…»40.

Es menester añadir que exaltar ante los misioneros la grandeza de su vocación, no tiene otra finalidad para Vicente de Paúl más que hacerles cobrar conciencia de su misión en la Iglesia. Escuchémosle: «El estado de los misioneros es un estado conforme con las máximas evangélicas, que consiste en dejarlo y abandonarlo todo, como los apóstoles, para seguir a Jesu­cristo y para hacer lo que conviene, a imitación suya… Porque ¿acaso hay algo más propio de un cristiano que ir de aldea en aldea ayudando al pobre pueblo a salvarse, como ven que se hace, con tantas fatigas e incomodidades?… ¿No está esto muy cerca de lo que vino a hacer Nuestro Señor?… El iba y venía de un sitio a otro para ganarle almas a Dios, hasta que murió por ellas. Ciertamente, no podía hacernos comprender mejor cuán­to las quiere ni convencernos con mayor eficacia para que no ahorráramos esfuerzos para instruirlas en su doctrina y lavar­las en la fuente de su preciosa sangre»41. Pero no se puede olvidar que esta misión es la continuación de la misión de Cristo y la expresión del amor de Dios a los pobres: «¡Ay, padre, le escribe a Gabriel Delespiney en 1650. ¡Qué buen servicio le hacen ustedes a Dios cuando asisten de ese modo (en misiones) al pobre pueblo que sufre, con una ayuda tan opor­tuna y tan saludable. Es una señal de la bondad de Dios sobre él y de la predestinación de muchos, cuando en lo más recio de sus miserias corporales los consuela con su palabra y les previene con sus gracias, como un pan santificante que da la verdadera vida…»42.

El elogio de las misiones populares, que Vicente de Paúl hace de palabra y por escrito ante sus misioneros, es para ponerles en frente de su responsabilidad de «hombres evangéli­cos» ante la Iglesia y la sociedad: «Según el camino ordinario de la Providencia, escribe el 6 de noviembre de 1658 a Antonio Fleury, Dios quiere salvar a los hombres por medio de otros hombres, y nuestro Señor se hizo él mismo hombre para salvarnos a todos».

«¡Qué felicidad para usted poder trabajar en lo que El mismo hizo. El vino a evangelizar a los pobres, y ésa es también su tarea y su ocupación. Si nuestra perfección se encuentra en la caridad, como es una constante entre nosotros, no hay mayor caridad que la de entregarse a sí mismo para salvar a las almas y consumirse lo mismo que Jesucristo por ellas. Y a eso es a lo que usted ha sido llamado y a lo que está pronto a responder, gracias a Dios. Con esa idea entró usted en la Compañía, que está totalmente dedicada a la imitación de Nuestro Señor, y es esa la resolución que ahora tomaría si no la hubiese tomado ya. ¡Qué buen ejemplo da con ello a tantos eclesiásticos, que son otros tantos obreros enviados a la viña del Señor, pero que no cumplen con su tarea! ¡Bendito sea Dios por la gracia que le ha concedido de escogerle entre mil para contribuir a destruir la ignorancia y el pecado que están desolando a la Iglesia…»43. Una Iglesia que, para Vicente de Paúl, ha abandonado a la pobre gente del campo.

Hoy sabemos que lenguaje y práctica, además de ser signos de un espíritu, de una experiencia interior, son la mejor traduc­ción de lo cotidiano. Quien utiliza este lenguaje y requiere semejante exigencia, es un hombre que vive y experimenta a través de todo su ser. Un místico de la acción revela lo más profundo de su existencia a través de sus consignas, de su estrategia dinámica: «Trabajemos, trabajemos, repite a sus misioneros, vayamos a asistir a las pobres gentes del campo que nos están esperando. Gracias a Dios, tenemos casas que casi siempre están trabajando, unas más y otras menos, en esta misión, en aquella, en esta aldea, en aquella otra, trabajando siempre por la misericordia de Dios».

«Me acuerdo (¿es menester que lo diga?) de que antigua­mente, cuando volvía de alguna misión, me parecía que, al acercarme a París, se iban a caer sobre mí las puertas de la ciudad para aplastarme; muy pocas veces volvía de la misión sin que se me ocurriera este pensamiento. La razón de esto es que pensaba dentro de mí mismo: Tu vuelves a París, y hay otras muchas aldeas que están esperando de ti lo que acabas de hacer aquí y allá. Si no hubiese ido a aquella aldea, probable­mente tales y tales personas, al morir en el estado en que las encontraste, se habrían perdido y condenado. Si has visto eso, y en aquella parroquia se comenten tales y tales pecados, ¿crees que no te encontrarás con los mismos pecados y que no se cometerán faltas semejantes en la parroquia vecina? Están esperando que vayas a hacer entre ellos lo mismo que acabas de hacer con sus vecinos; están esperando una misión, ¡y tu te vas y los dejas allí! Si entretanto mueren y mueren sin haberse arrepentido de sus pecados, tú serás en cierto modo el culpable de su pérdida y has de temer que Dios te pida cuenta de ello! Estos eran, padres y hermanos míos, los pensamientos que ocupaban mi espíritu»44.

En esta comunicación de su experiencia misionera subya­cen los grandes descubrimientos y constataciones de Vicente de Paúl, es decir: la prueba irrefutable, de que la Iglesia es conducida por el Espíritu Santo, se encuentra en que los pobres son evangelizados45. Puesto que la Iglesia ha abando­nado a los pobres, se requiere volver a dar a esta Iglesia su verdadero sentido, el sentido de los pobres46. Yendo a los pobres se encuentra el Evangelio de quien fue enviado a los pobres y se adquiere la visión evangélica de los desdichados47. En la actividad misionera está en juego «la gloria del Padre, la eficacia de la palabra y de la pasión de Cristo»48.

Las consignas y estrategia del fundador de la Congregación de la Misión tuvieron su influencia en los misioneros. Nadie puede asegurar, por falta de documentación, el número exacto de las misiones predicadas ni las localidades misionadas por los sacerdotes de la Misión en tiempo de Vicente de Paúl. Sabemos por Abelly que de 1625 a 1632 la Compañía predicó 140 misiones y de 1632 a 1660 solamente la casa de San Lázaro dió 70049. Más allá de las cifras y contando con las lagunas de la documentación existente, se puede afirmar que durante la vida de Vicente de Paúl la Congregación de la Misión mantiene una imagen equilibrada entre la dedicación a las misiones y a la formación y santificación del clero. La prueba la tenemos en que de las 21 casas existentes en Francia a la muerte del fundador, 9 de ellas están dedicadas a misiones y 12 están destinadas a la formación del clero. Se requiere añadir, inmediatamente,que la mayoría de los seminarios aseguran al mismo tiempo la predicación de misiones en las aldeas de las diócesis donde están implantados50. A finales del siglo XVII este equilibrio se romperá en favor de los seminarios51, e irá aumentando en la misma línea hasta 178952. Es el signo de que a un «tiempo de itinerancia reformadora se substituye progre­sivamente una Iglesia de estabilidades».

V. Objetivo de las misiones vicencianas: cristianizar a los campesinos

El objetivo de las misiones parroquiales vicencianas se centra en el siglo XVII francés en cristianizar a los campesinos «ignorantes y groseros». Hemos señalado anteriormente que, para el fundador de la Congregación de la Misión, la predica­ción de misiones a los pobres del campo es la obra primordial de la Compañía: «La principal para nosotros, repite una y otra vez, es la instrucción del pobre pueblo del campo»53. Pero esta afirmación de Vicente de Paúl ni es absoluta ni es incondicio­nada. Es cierto que él la interpreta estrictamente cuando la aplica a los trabajos apostólicos de predicar, catequizar, y confesar de ordinario en las ciudades54. Pero, cuando la refiere a dar misiones en las ciudades, el pensamiento vicenciano aparece a veces dudoso, siempre matizado. Como en otros muchos aspectos también en este la mentalidad de Vicente de Paúl aparece evolutiva: «El pensamiento, que Dios nos ha dado, de no trabajar en las ciudades no se refiere nunca a las misiones, según creo, sino sólo a predicar, tener el catecismo y confesar allí de ordinario, ni en nuestras casas ni en otras partes, para poder estar más libres y en situación de atender al pobre pueblo»55.

Nos parece que para interpretar el pensamiento vicenciano en este aspecto, se requiere no olvidar la oposición del clero de París a la aprobación de la Congregación56 y, sobre todo, las cláusulas del contrato de fundación de la Congregación de la Misión y el texto de la Bula «Salvatoris nostri». Cláusulas que, al hablar exclusivamente de los pobres del campo, o mencio­narlos expresamente, trabajan constantemente el inconsciente de Vicente de Paúl y afloran a su consciente en circunstancias muy precisas. Para sobrepasar la letra del contenido de estas cláusulas, que atenazan su espíritu —sin olvidar el temor que le causa el hecho de que sus misioneros «se aficionen» a predicar misiones en las ciudades y «se hastíen de darlas en las aldeas»— Vicente de Paúl va a utilizar dos acontecimientos, signos para él de la expresión de la voluntad de Dios. Uno de estos acontecimientos será la petición o el mandato de los obispos a la Congregación de dar misiones en las ciudades57. El otro provendrá de la ampliación de su ángulo de visión referente al mundo de los pobres. Los pobres ya no serán para Vicente de Paúl única y exclusivamente los pobres campesinos, también descubre a otros pobres, que están igualmente recha­zados y marginados por la sociedad58, aún admitiendo que aquéllos constituirán siempre para él preferente y masivamente el mundo de los desheredados y empobrecidos de la sociedad de su tiempo. Una sociedad, es preciso no olvidarlo, en la que el 80 % de sus habitantes pertenece al mundo rural.

La resistencia, que Vicente de Paúl demuestra a que los sacerdotes de la misión ejerzan su apostolado en las ciudades, está motivada por el hecho conocido de que éstas están reple­tas de sacerdotes y de religiosos. Algunos de ellos llevan trabajando desde el principio del siglo XVII en el movimiento de transformación doctrinal y de purificación moral. Movi­miento que parece estar reservado a la élite religiosa y a los grupos de parlamentarios y burgueses. Espirituales y reforma­dores les dedican lo mejor de su tiempo. Si este trabajo no produce todos los frutos esperados, abre, al menos, los espíri­tus a la riqueza de la nueva doctrina y los dispone al auténtico compromiso de su fe. Por el contrario se margina a los campe­sinos de toda la riqueza y profundidad de este movimiento de reforma doctrinal y moral.

1. La ignorancia cristiana de los campesinos

En la línea de abertura de Vicente de Paúl a los demás, hay una constante que aparece desde el comienzo de su estrategia dinámica de la misión y de la caridad: la preocupación por los más abandonados, los más desamparados, los más pobres. Cuan­do sabe que él, Vicente de Paúl, debe remediar la ignorancia de los campesinos abandonados, «la pobre gente del campo que muere de hambre y se condena por no saber las verdades necesarias para salvarse y por no confesarse» o confesarse mal59, lo hace porque los juzga los más abandonados de la sociedad, incluso aunque tengan sacerdotes en sus parroquias. Para él, lo hemos señalado, los pobres masiva y preferente­mente son los campesinos, los que no habitan en la ciudad. El ve un bloqueo psicológico de finalidad apostólica y social sobre el campesinado. Fundado en esta idea, organiza la Congregación de la Misión60 para remediar la ignorancia y la miseria moral y material mediante el anuncio del mensaje cristiano y la catequesis, la pastoral de los sacramentos y el testimonio de la caridad. Los remedios, que Vicente de Paúl y la Congregación de la Misión aportan a la situación de los campesinos, permi­ten verificar los objetivos parciales y concretos de las misiones vicencianas y los medios empleados en ellas para conseguir el objetivo general: cristianizar a los campesinos. Por eso en torno a la preparación de la confesión general las misiones no sólo intentan proporcionar una somera instrucción sino iniciar en la vida cristiana adulta y organizar una mejor catequesis.

Para Vicente de Paúl, cómo para la mayoría de los teólogos de su tiempo, la ignorancia religiosa es causa suficiente de condenación61. En la conferencia a los misioneros del 17 de noviembre de 1656, sobre la obligación de catequizar a los pobres, recuerda: «…dicen san Agustín, santo Tomás y san Anselmo que los que no conozcan explícitamente los misterios de la Trinidad y de la Encarnación no podrán salvarse. Esta es su opinión. Sé muy bien, añade, que hay otros doctores que no son tan rigurosos y que defienden lo contrario, puesto que —según dicen— es muy duro ver que un pobre hombre, por ejemplo, que haya vivido bien, se condene por no haberse encontrado con nadie que le enseñe esos misterios. Pues bien, en la duda, concluye Vicente de Paúl, será siempre un acto de mucha caridad para nosotros, si instruimos a esas pobres personas, sean quienes fueren…»62. Si en esta conferencia Vicente de Paúl deja una puerta abierta para la salvación de los ignorantes, en la conferencia del 6 de diciembre de 1658 sobre el fin de la Congregación la cierra tajantemente: «Ya saben muy bien, dice a los misioneros, cuánta es la ignorancia del pobre pueblo, una ignorancia casi increíble, y saben también que no hay salvación posible para las personas que ignoran las verdades cristianas necesarias, pues según el parecer de san Agustín, de Santo Tomás y de otros autores, una persona que no sabe lo que es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, ni la Encarnación ni los demás misterios no puede salvarse. Efecti­vamente, ¿cómo puede creer, esperar y amar un alma que no conoce a Dios ni sabe lo que Dios ha hecho por su amor? Pues bien, Dios, viendo esta necesidad y las calamidades que, por culpa de los tiempos, ocurren por negligencia de los pastores y por el nacimiento de las herejías que han causado un grave daño a la Iglesia, ha querido, por su gran misericordia, poner remedio a esto por medio de los misioneros,enviándolos para poner a esas pobres gentes en disposición de salvarse»63.

A Vicente de Paúl nadie le ha enseñado el estado de ignorancia en que se encuentran los pobres; lo ha conocido por él mismo. En 1615-1616, en el sermón que predica sobre la asistencia al catecismo64, comienza a declarar esta ignorancia de la cual medirá más tarde la profundidad, la extensión , las consecuencias morales65.

El organismo de la vida cristiana de los campesinos es de esta manera roído desde el interior por el cáncer de la ignoran­cia religiosa. Es necesario clarificar su fe, purificarla y hacerla viva, porque los actos materiales de la asistencia a la misa, a vísperas y la práctica de la confesión, no dispensan del conoci­miento de las verdades de fe66.

En semejantes condiciones, la preparación a la confesión general, expresión ésta de la conversión, requiere anteriormen­te una instrucción. Por eso cada misión vicenciana constituye una empresa excepcional de formación religiosa acelerada. Durante tres, cuatro o cinco semanas, a veces más, y cada día de la semana, exceptuando generalmente el jueves67, los misio­neros, presentes en una parroquia, multiplican en ella predica­ciones y catecismo.

2. La evangelización de los campesinos por la instrucción y la catequesis

Para enseñar a los pobres campesinos las verdades necesa­rias para salvarse y prepararles a la confesión general, para iniciarles, en definitiva, en la vida cristiana adulta, Vicente de Paúl y sus misioneros aplican la estrategia de los actos de la misión68. Preocupado por un deseo de eficacia y continuamen­te en búsqueda de nuevas formas para evangelizarlos, Vicente tratará siempre de iluminar, persuadir, convencer, ganar sus espíritus. «Buenamente, familiar y sencillamente», predicará y mandará predicar a sus sacerdotes «a lo misionero», «de tal manera que todos, hasta el más modesto, puedan entender y sacar provecho…» ¿Para qué predicar, «si no es para llevar al mundo a la salvación» y «glorificar a Dios» repetirá Vicente de Paúl? «La caridad en la predicación… obliga a acomodarse a todos para ser útil a todos». Con «el pequeño método» Vicente de Paúl y sus misioneros intentarán purificar la fe de los campesinos. Este anciano no conoce para evangelizar otro método «más eficaz, más excelente y por el que se pueda adquirir mayor honor, persuadiendo el espíritu, sin todos los clamores que no hacen más que importunar a los creyentes y provocar un poco de ruido, hacer florido el estilo y tocar la superficie»69.

Este método, tan apto para «convencer, ganar y persuadir los espíritus»70, es el que utilizan los misioneros cuando anun­cian el mensaje cristiano en la predicación de la mañana. Todos los fieles de la parroquia y de las parroquias vecinas asisten a este sermón, aunque la hora de pronunciarse sea a las cinco o a las seis de la mañana. Esta afluencia masiva de campesinos se dobla generalmente de una receptividad admi­rable. Receptividad que se traduce concretamente por los «sollozos, gritos, clamores, lamentaciones» de los oyentes has­ta llegar a veces a ahogar la palabra del predicador obligándole al silencio. Estas manifestaciones, un tanto estentóreas ¿no son el primer signo tangible de que la conversión está haciendo su obra en ellos?71.

Si las relaciones o informes de las misiones, redactados por los misioneros, nos informan de la afluencia y «avidez» con que los fieles acuden a escuchar el mensaje evangelizador, apenas nos dicen nada referente al contenido de los sermones. La única fuente que tenemos para conocer los temas de la predicación misionera son los «sermons de Saint Vincent de Paúl, de ses cooperateurs et successeurs inmédiats pour les missions des campagnes»72.

Sabemos que estos sermones, en los que a veces predomina un vocabulario abstracto, han sido elaborados a partir de una experiencia pastoral en medio rural. Y ciertas evocaciones, que se encuentran en ellos, se refieren a una realidad que todo el mundo conoce perfectamente entonces. Algunos de ellos mencionan expresamente y en términos duros y exigentes la situa­ción de injusticia que supone «tener los graneros llenos y dejar morir de hambre a las personas cristianas, sin sentirse inclina­dos a la más mínima compasión ante sus miserias»73. El sermón 40 sobre el robo o hurto debía provocar un cierto malestar en los oyentes, dada la precisión de sus términos y de las categorías de personas a las que se nombra74. Por la lista del enunciado de los sermones conocemos que «los temas más prácticos, como escribe P. Coste, y los que más fuertemente impresionaban al espíritu tenían preferencia sobre los temas simplemente curiosos: los novísimos, el, pecado, el rigor de la justicia divina, el endurecimiento del corazón, la impenitencia final, la falsa vergüenza, las recaídas, murmuraciones, envidia, enemistades, juicios temerarios, intemperancia, buen uso de las aflicciones y de la pobreza, caridad, buen empleo del tiempo, oración, confesión, contricción, satisfacción, conver­sión, misa, imitación de Nuestro Señor, devoción a María, perseverancia»75.

Los sermones se predican por la mañana, y la explicación del catecismo se hace por la tarde. El llamado «pequeño cate­cismo» está orientado a catequizar a los niños entre seis y siete años y se tiene hacia las dos de la tarde. El «gran catecismo», que se da a las seis de la tarde, es para los adolescentes que se preparan a la primera comunión y también para los adultos76.

Sabemos que la pastoral de la catequesis será siempre el método preferido de Vicente de Paúl para evangelizar a los campesinos. El da a la acción oratoria, y así pide que lo hagan los misioneros, un matiz catequístico. Matiz que se caracteriza por la claridad en la exposición, la precisión en las definicio­nes, la insistencia en lo fundamental, la utilización de un lenguaje claro, concreto, familiar, sencillo77. Hasta tal punto hace de la explicación del catecismo el centro de la acción misionera,que prefiere este ejercicio a la predicación. De ahí que escriba al padre Lamberto Aux Couteaux, el 30 de enero de 1638: «Todo el mundo está de acuerdo de que el fruto que se realiza en la misión se debe al catecismo; y afirmando esto últimamente una persona de calidad, añadió que los misione­ros se esforzaban todos en predicar bien, pero que no sabían hacer el catecismo, y dijo esto en mi presencia y en la de una buena compañía. En el nombre de Dios, padre, advierta esto a la Compañía de allí. Mi pensamiento es que los que trabajan en misiones tienen que hacer uno el gran catecismo y el otro el pequeño catecismo solamente, y hablar dos veces al día y se pueden contar en el catecismo algunas historias edificantes (moralités) para impresionar; pues, como le he dicho, se ad­vierte que todo el fruto viene de esto»78.

El convencimiento que tiene de la eficacia del método catequístico, le lleva a no permitir sustituir en las misiones el «gran catecismo» por la predicación. Así se lo escribe hacia 1657 a un misionero: «Me han advertido que usted hace demasiados esfuerzos cuando habla al pueblo y que esto le fatiga mucho. En nombre de Dios, padre, cuide de su salud y modere su palabra y sus sentimientos. Ya le he dicho otras veces que nuestro Señor bendice los discursos que se hacen hablando en tono común y familiar, ya que El mismo enseñó y predicó de esta manera: además, al ser esta forma de hablar la más natural, resulta también más fácil que la otra, que es forzada; le gusta más al pueblo y aprovecha más que la otra. ¿Me creería usted, padre, si le dijera que hasta los actores de teatro, dándose cuenta de esto han cambiado su manera de hablar y no recitan ya sus versos en un tono elevado, como lo hacían antes?… Pues bien, si el deseo de agradar más al mundo ha hecho esto en el espíritu de los actores de teatro, ¡qué motivó de confusión sería para los predicadores de Jesucristo si el deseo y el celo de procurar la salvación de las almas no tuvieran ese mismo poder sobre ellos!».

«Por lo demás, he sentido mucho saber que, en vez de tener el gran catecismo por las tardes, ha pronunciado usted sermo­nes en la última misión. No se debe hacer eso: 1.° porque el predicador de la mañana puede estar quejoso de esta segunda predicación; 2.° porque el pueblo tiene más necesidad de catecismo y es más provechoso para él; 3.° porque al hacer este catecismo, parece que de alguna manera se honra mejor el modo con que nuestro Señor Jesucristo instruía y convertía a las gentes; 4.° porque eso es lo que nosotros practicamos y ha querido nuestro Señor dar muchas bendiciones a esta práctica, en la que hay más medios de ejercer la humildad»79.

Como se ve por estas dos cartas, algunos misioneros des­cuidaban la enseñanza del catecismo, llegando incluso a susti­tuirla por la predicación de sermones, en contra de las directri­ces del fundador. Vicente de Paúl no está de acuerdo con esta manera de actuar. Y ello porque sabe que la catequesis, al ser el medio más apto para educar en la fe y purificarla, ayuda A conservarla en las naciones cristianas y a propagarla en los países de misión80.

Predicaciones y catequesis tienen una importancia clave y casi exclusiva en esta enseñanza acelerada: la pastoral de la evangelización-conversión por la instrucción es una pastoral de la palabra81. Ello se explica por el hecho de que la gran mayoría de los campesinos es analfabeta. La pastoral del escrito, y por consiguiente la instrucción por la lectura, sólo es posible allí donde los misionados saben leer. En esos casos la pastoral de la palabra es secundada por la lectura de los Ejercicios del cristiano y los Libros de oraciones que se distribu­yen por las casas durante el desarrollo de la misión.

3. La evangelización de los campesinos por la celebración de los sacramentos

El segundo objetivo parcial de las misiones parroquiales vicencianas se cifra en preparar a los campesinos para hacer una confesión general. Los informes o relaciones totales o parciales de las misiones, que conservamos82, son prolijos a la hora de hablar de los efectos de las misiones. Es cierto que el más importante, las conversiones individuales, permanece «oculto y sólo Dios lo conoce». Pero no se puede dudar de que hay signos visibles de esta conversión: las confesiones y las comu­niones, la regulación de matrimonios, las reconciliaciones y restituciones, el arreglo y/o el abandono de procesos…

a) El obstáculo de la confesión

La constatación de Vicente de Paúl: «la pobre gente del campo se condena… por no confesarse» o «confesarse mal», indica no tanto la indiferencia religiosa cuanto la repugnancia de los campesinos ante la confesión auricular, especialmente cuando tenía que hacerse con el cura de la parroquia. Y no se puede olvidar que generalmente no se podía hacer con otro sacerdote83. Como afirma con razón, J. Delumeau, «nos en­contramos aquí ante un hecho colectivo masivo que hay que integrar dentro de la historia de las mentalidades»84. Y ello porque la confesión privada obligatoria se ha vivido siempre como una presión moral que ha conducido, a veces, a los penitentes a callarse por vergüenza y por respeto humano alguno de sus pecados.

Sabemos que Vicente de Paúl, en 1617, es requerido en Gannes, cerca de Folleville, para confesar a un moribundo. Inmediatamente después de la confesión, el enfermo publica en presencia de la señora de Gondi, que viene a visitarle: «¡Ah, señora! me hubiera condenado si no hubiera hecho confesión general, a causa de los muchos pecados que no me había atrevido a confesar»85.

A la cabecera de este enfermo, Vicente de Paúl repara que los pobres campesinos se condenan porque hacen malas confe­siones. A través de la voz de la señora de Gondi, Dios interro­ga a Vicente: «¿Qué es esto? ¿Qué acabamos de oír? Los demás campesinos se deben encontrar en la misma situación. Si este hombre que pasa por bueno se encontraba en semejante estado de condenación ¿qué harán los demás que viven peor? ¡Ay! Señor Vicente, ¡cuántas almas se pierden! ¿Cuál puede ser el remedio a este mal?»86. Para desarraigar el mal, Vicente no entrevé por el momento más que instruir a los campesinos y prepararlos a la confesión general a través de las misiones. Experiencias posteriores le confirmarán que el «respeto huma­no» intervenía casi siempre en la confesión, sobre todo cuando había de hacerse al cura de la parroquia. De ahí esta constata­ción de Vicente de Paúl: «La vergüenza impide a varias de esas buenas gentes del campo confesar todos los pecados a sus párrocos, lo que las sitúa en un estado de condenación»87.

Si los misioneros insisten tanto en la confesión general, evidentemente es porque saben que son muy numerosas las confesiones «sacrílegas», es decir incompletas, hechas, antes de que ellos pasen por el pueblo, con el cura de la parroquia. Como el misionero está de paso, no plantea a los habitantes de una parroquia el mismo problema psicológico que el sacerdote del pueblo. Un anonimato común a ambas partes hace posible un diálogo y una acusación que, ordinariamente, se ven blo­queados por un conocimiento recíproco demasiado grande. Más aún, el misionero siente en lo más íntimo de él mismo la lucha, en la que se debate el penitente en el momento de la confesión. El peligro de «condenación», en que se puede en­contrar el penitente, horroriza al misionero. De ahí que éste preste al penitente durante la confesión una ayuda amigable y le ofrezca el perdón liberador.

Conscientes de la dificultad que los penitentes han podido tener de declarar algunos de sus pecados en confesiones ante­riores, los misioneros, al comienzo de la misión, hablan en las predicaciones del «poder» que tienen de «perdonar toda clase de crímenes, en cuanto a la pena y en cuanto a la culpa, incluso aquellos que están reservados al Obispo y a la Santa Sede»88. Recuerdan igualmente durante la misión que son enviados especialmente para «oír las confesiones generales de los feligre­ses de las parroquias en donde predican»89. Insisten en que «la misericordia de Dios no tiene límites»90. Y añaden: «Si hace­mos penitencia seremos salvados infaliblemente»91. El interés de los misioneros por liberar a los penitentes de la «falsa vergüenza», les lleva a declarar en la predicación: «nunca hemos dejado de consolar y tratar con ternura maternal a todos los que hemos visto con buenas disposiciones, por más pecadores que fuesen, a todos los que se han presentado a nosotros con los sentimientos de un corazón verdaderamente arrepentido»92.

A pesar del esfuerzo de los misioneros por crear un clima: de confianza en el auditorio de los próximos penitentes, la confesión para éstos sigue siendo problemática. Un «falso pudor» termina por bloquear la confesión. Este bloqueo, que dificulta al penitente la confesión de todos sus pecados, explica el empleo masivo de la «pastoral del miedo» en los misione­ros93. Unos misioneros celosos, sin duda, pero igualmente persuadidos de que numerosos cristianos se condenan porque ocultan algunos pecados en la confesión. El obstáculo, que hay que eliminar, es enorme. Los misioneros lo saben y utilizan, para conseguirlo, todos los registros. En los sermones de los sacerdotes de la Misión —dicho sea de paso menos terroríficos que los de los Capuchinos—94 la amenaza aparece con fre­cuencia. En el sermón 46, el predicador aborda finalmente el tema del Paraíso y confiesa claramente: «Bastante hemos hecho ya resonar en este púlpito los rayos y truenos de la justicia de Dios. Bastante os hemos atemorizado ya y santa­mente horrorizado con los temores de su cólera; no es necesa­rio hablaros siempre de la muerte, del juicio y de las penas del pecado; es preciso deciros algo tanto de la vida del cielo como de la del infierno… La finalidad y el objetivo de todas nuestras misiones es conducir a los pueblos al horror del pecado, al amor y a la consecución de la virtud. Hasta ahora hemos tratado de excitaros a ello por motivos de temor, representán­doos los terribles rigores de la justicia de Dios que ejerce sobre el pecado y sobre los pecadores. Hoy quiero conduciros a ello por caminos más suaves, es decir por la idea y la representa­ción de la recompensa eterna que espera en el cielo a quienes sean fieles a Dios en la tierra»95. Todavía en uno de los sermones sobre la comunión se encuentra esta advertencia terrible: «¡Ah lobo cruel, no devores a este cordero de Dios! Jesús es un cordero, ciertamente, pero se convertirá en ese león terrible, que un día sabrá vengarse de los sacrilegios que habéis cometido»96.

Se requiere añadir inmediatamente que si estos sermones son amenazadores, lo son generalmente de manera abstracta. Al estar totalmente y de antemano redactados, constituyen sobre todo un modelo estereotipado. El orador tendrá, sospe­chamos, que modificarlos y enriquecerlos de acuerdo con el auditorio concreto de cada misión. Por otra parte no nos parece verosímil que los primeros discípulos de Vicente de Paúl hayan olvidado una norma muy querida de la pedagogía vicenciana en la predicación misionera: «Trabajemos humilde y respetuosamente… con espíritu de humildad y de compasión; si no, Dios no bendecirá nuestro trabajo. Alejaremos a las pobres gentes de nosotros… Ha sido preciso que nuestro Señor haya prevenido con su amor a los que ha querido que crean en El. Hagamos lo que queramos; jamás creerán en nosotros, si no mostramos amor y compasión a quienes queramos que crean en nosotros»97. Finalmente, es preciso tener en cuenta que si el misionero emplea en sus predicaciones todos los registros para conmover el corazón del auditorio, entre otros el del miedo, en el tribunal de la penitencia, por el contrario, utiliza la indulgencia y la bondad para no desanimar al peni­tente. Por eso quizás sea más exacto decir que los misioneros en las predicaciones «moderan el temor con el amor y sostie­nen el amor con el temor», como escribirá en el siglo XVIII P. Collet, sacerdote de la Misión.

b) Sentido de las confesiones en las misiones

Hemos señalado que en la misión se intentan dos objetivos parciales concretos: la instrucción por la predicación y la catequesis y la confesión. La primera está esencialmente desti­nada a provocar la segunda y las dos no tienen otra finalidad más que ayudar a los campesinos a comprender más profunda­mente los «misterios de la fe» y los deberes que implican y a estimularles a la conversión.

Las confesiones individuales no son confesiones ordina­rias, sino «confesiones generales de toda la vida pasada». Hacer una buena confesión general, es el testimonio explícito de la conversión del penitente que a la vez rompe con su pasado, liquidándolo, y se compromete a vivir cristianamente en el futuro.

La confesión individual desemboca obviamente en la co­munión. Comunión que se recibe colectivamente el último domingo, antes de la procesión de clausura. Esta comunión general manifiesta claramente el fruto de la misión: La suma de las conversiones individuales constituye una verdadera con­versión colectiva de la parroquia y de las parroquias de los alrededores. El número de los comulgantes, signo visible y materialmente contabilizado, se anota siempre en las relacio­nes. La procesión con el Santísimo prolonga esta manifesta­ción grandiosa de masas. A veces se ve realzada por la presen­cia del obispo. Sin embargo siempre se desarrolla de manera muy sobria, de acuerdo con las consignas dadas por Vicente de Paúl98. Las reconciliaciones y las restituciones, la supresión o/y el arreglo amigable de pleitos y de procesos en curso aparecen como exigencias y efectos de la conversión, de la iniciación de la vida cristiana de la comunidad parroquial campesina. Constituye la primera manifestación de esta con­versión, de esta vida cristiana adulta. Por eso los confesores pueden imponerlas a los penitentes como condición previa a recibir la absolución. Los sacerdotes de la Misión dan mucha importancia a esta condición. Y ello, porque, en la medida que conciernen a muchas personas, no permanecen ocultas en el secreto del confesonario, sino que testimonian clara y profun­damente los resultados beneficiosos de la conversión. Además estas expresiones colectivas pueden servir de acicate a otros que tienen dificultades de reconciliarse o de restituir lo injusta­mente apropiado. Es significativo que casi todas las relaciones de misiones, que conservamos, señalan múltiples casos alusi­vos a enemigos irreductibles, finalmente reconciliados, a pro­cesos interminables concluidos en unas horas, nos ayudan a comprender con mayor exactitud la atmósfera en que vivían tantas aldeas en la Francia del siglo XVII. Una atmósfera cargada de tensiones,odios, sospechas, enemistades, vengan­zas, pleitos y procesos,que separan a vecinos, amigos, familia­res e infectan la vida social. Lo más grave es que son bastante numerosos los que viven de esta mentalidad litigiosa y pleitis­ta. Restituciones y reconciliaciones aparecen ciertamente co­mo expresiones colectivas de conversión, pero constituyen también «uno de los grandes hechos sociales» y «sorprenden­tes», uno de los resultados mayores de las misiones99.

La conversión de una parroquia a través de la misión no se traduce solamente por el establecimiento de la paz y de la concordia, allí donde reinaba la enemistad y la reyerta. Tam­bién puede traslucirse en la eliminación o disminución de todo lo que en las costumbres y comportamientos colectivos es contrario a las virtudes cristianas y a la prescirpciones episco­pales. Los bailes, las veladas nocturnas de jóvenes, la frecuen­tación de bares, las blasfemias, los excesos del carnaval, los concubinatos etc. constituyen las grandes preocupaciones de los reformadores del siglo XVII francés y de Vicente de Paúl y de sus misioneros.

Si los sacerdotes de la Misión dan tanta importancia a los actos colectivos, a las restituciones, a las reconciliaciones, a la supresión de determinados comportamientos de toda comuni­dad parroquial, es que para ellos la conversión individual, que se traduce por la confesión y la comunión de cada fiel, tiene sentido y valor cuando se inscribe en una conversión colectiva de toda la parroquia. Sólo en esta perspectiva se puede com­prender la importancia que dan a determinadas conversiones particulares. De ahí que las utilicen al máximo en razón de la resonancia, influjo y consecuencias que tienen en la vida social y cristiana de la comunidad campesina.

4. La evangelización de los campesinos por la caridad

Los sacerdotes de la Misión, además de instruir a los campesinos en la doctrina cristiana y llevarles a hacer una confesión general,se proponen básicamente un tercer objetiyo en las misiones rurales: instituir al final de éstas, después de haber obtenido el consentimiento del obispo y del párroco, una Cofradía de la Caridad100, allí donde se constata que es posible y útil101. Por ellos, así se los transmite su fundador, se trata de evangelizar la vida de los campesinos no sólo por la verdad que reclama la conversión y salva, sino también por la caridad que completa y fortifica esta evangelización. Los misionados, com­prometidos en este movimiento de caridad, intentan «honrar el amor que nuestro Señor tiene a los pobres» y «asistirlos corporal y espiritualmente». Estas Cofradías de la Caridad son una forma flexible y abierta a toda miseria que aparece, y a la que hay que remediar de manera organizada102. En definitiva es un aspecto del contenido y objeto de la evangelización vicenciana lo que aparece en ellas. La vida de caridad, vivida en profundidad, es para Vicente de Paúl y sus misioneros, el mejor medio de revelar a Dios y a Cristo a los hombres y especialmente a los pobres; es la manifestación del deseo de vivir en la pureza de la fe y en la verdad del hombre.

VI. Conclusión: inteligencia y fidelidad

Hemos dicho al principio, después de haberlo comprobado de manera material, con los textos en la mano, que Vicente de Paúl y los primeros misioneros de la Congregación de la Misión fueron al principio los empleados de la familia de los Gondi y los artífices de una obra: la misión en las tierras de los Gondi. No obstante en la Conferencia sobre la finalidad de la Congregación de la Misión, del 6 de diciembre de 1658, Vicen­te justifica ante los misioneros la creación de cada una de las siete obras que enumera. Y esto de dos formas:

1. Uniendo su obra a la evangelización comenzada por Jesucristo

«Evangelizar a los pobres no se entiende solamente por enseñarles las verdades necesarias para salvarse, sino realizar las cosas anunciadas y figuradas por los profetas, hacer efecti­vo el Evangelio»103, es decir, generador de vida.

2. Dando un criterio

«De esta manera se piensa en el mundo que esta Compañía es de Dios, porque se ve que acude a socorrer a las necesidades más urgentes y más abandonadas104. La «pura necesidad», confiesa Vicente de Paúl a los misioneros, es el camino utilizado por Dios para comprometernos en la realización de sus designios»105.

Dos observaciones nos interesa hacer constar en la evolu­ción psicológica y ministerial de Vicente de Paúl, comunicada y compartida con los sacerdotes de la Misión:

La primera consiste en señalar que, no obstante haber comenzado por una obra precisa y determinada, Vicente des­cubre que la vitalidad de dicha obra, su perfección, depende de un conjunto de elementos y de personas, de una gestión conjunta de obras.

La segunda consiste en declarar que, habiendo optado por una perspectiva muy particular —capellán que misiona las tierras de los Gondi— Vicente llega a ser un hombre de Iglesia, que responde a las necesidades de la sociedad de su tiempo. Como fecha clave, recordemos 1643, año en el que Vicente de Paúl entra en el Consejo de Conciencia.

A estas dos observaciones es preciso añadir, para compren­der la intuición evangélica de Vicente de Paúl,que la variedad de obras existentes en la Congregación de la Misión encuentra su solidaridad y perfección en el fin de la misma Compañía. Para mantener la unidad de ésta, más allá de las diferentes orientaciones adoptadas, es indispensable señalar los elemen­tos esenciales de la intención evangélica de Vicente de Paúl, encarnada en la realización concreta del «proyecto original» de la Congregación de la Misión. Estos elementos se concretan, lo hemos señalado anteriormente, en: el don a Dios, para glorifi­car al Padre continuando la misión de Cristo evangelizador de los pobres con humildad, sencillez, mansedumbre, mortificación y celo, vivido en una comunidad de vida evangélica.

En un aspecto que podríamos llamar global, el fin o finali­dad de la Congregación de la Misión se precisa en la afirma­ción siguiente: la continuación de la misión de Cristo. Misión que, tal como se define y se presenta en el Evangelio y es adoptada por Vicente de Paúl, se centra en la evangelización de los pobres106.

Vicente de Paúl y sus primeros discípulos continuaron esta misión de Cristo evangelizador de los pobres en el siglo XVII francés especialmente a través de las misiones rurales del interior o parroquiales. En ellas emplearon una doctrina y una técnica, a las que unieron un estilo de vida abnegado y austero que respondió a lo que esperaban de ellos las multitudes. Esta forma de evangelización, inserta en un movimiento general de reforma religiosa, constituyó un esfuerzo de cristianización y de renovación católica. Los pobres campesinos pudieron estar agradecidos a Vicente de Paúl y a la Congregación de la Misión —lo mismo que a otros excelentes misioneros y a diferentes comunidades sacerdotales y religiosas— por haber­los sacado de su aislamiento socio-religioso y haber trabajado para hacer de ellos cristianos más instruidos, más fieles a las exigencias de la vida cristiana adulta, más solidarios y compro­metidos con los pobres. Sería ingenuo pensar que las misiones del interior o parroquiales renovaron todo el catolicismo fran­cés, pero tampoco se puede olvidar la influencia preponderan­te y decisiva que ejercieron en el espíritu de las gentes y en la vida social de la cristiandad de esa época histórica.

  1. J. Delumeau, Un chemin d’histoire. Chrétienté et christianisation, París 1984, p. 154.
  2. Referente a las misiones del interior o parroquiales en la Francia del siglo XVII existen numerosos estudios. Véase entre otros: Missions catholiques á Pinterieur de la France pendant le XVII’ siécle, en XVII` siécle (41) 1958; M. Venard, Les Missions des Oratoriens d’Avignon aux XVII° et XVIIIe siécles, en R.H.E.F., t. XLVIII, 1962, pp. 16-38; Ch. Berthelot du Chesnay, Les missions de saint Jean Eudes, París 1967; J.-R. Armogathe, Le diocése de Mende au XVII’ siécle: perspectives d’histoire religieuse, en Revue du Gevaudan, des Causses et des Cevennes (17), 1971, pp. 91-109; J. Mauzaize, Le róle et l’action des capucins de la province de Paris dans la France religieuse du XVII’ siécle, Lille 1978, 3 vol.; L. Perouas, La mission de Poitou des capucins pendant le premier quart du XVIIe siécle, en Bulletin de la Société des Antiquaires de l’Ouest, 1964, p. 349-362; R. Sauzet, Contre-Réforme et Réforme catholique en Bas-Languedoc au XVII’ siécle, Lille 1978, 2 vol.; F. Tisserand, Les Trophées sacrés ou mission des capucins en Savoie, Lausanne 1976, 3 vol.; J. Delumeau, Un chemis d’histoire… op. cit., pp. 154-187; F. Lebrun, Les missions des Lazaristes en Haute Bretagne au XVII’ siécle, en Annales de Bretagne et des Pays de I’ Ouest, 1982, pp. 15-38; Id., La pastorale de la conversión et les mission intérieures: L’exemple des Lazaristes en Haute Bretagne au XVII’ siécle, en La conversion au XVII’ siécle, París 1983, pp. 247-255; B. Dompnier, Pastorale de la peur et pastorale de la séduction. La méthode de la•conversión des missionnaires capucins, en La conversión… op. cit., pp. 257-273. En cada uno de estos artículos o libros puede encontrarse bibliografía abundante.
  3. Esta manera de leer el evangelio constituye la intuición evangélica de Vicente de Paúl. Intuición que se articula de manera viva en torno a una idea maestra: la voluntad salvífico-liberadora de Dios en favor de los hombres que Jesucristo realiza a través de la evangelización de los pobres. Al mismo tiempo determina un estado de vida en la Iglesia: «el estado de caridad» y una función en el pueblo de Dios: la función misionera que se ejerce en la vida apostólica. Reclama una mentalidad: el amor que realiza «la confianza en Dios y la desconfianza en sí mismo». En definitiva se trata de una manera original de comprender a Dios, a Jesucristo, a la Iglesia, a los pobres.
  4. S.V. XII, 275; cf. S.V. VII, 341-342 (los números romanos colocados detrás de las siglas S.V. se refieren al tomo y los números árabes a la página o páginas de la obra Saint Vincent de Paul: Correspondance, entretiens, docu­ments, edición preparada por P. Coste, París 1920-1925, 14 vol.).
  5. Todos estos elementos: espíritu, estado de vida en la Iglesia, estilo de vida constituyen la intención evangélica de Vicente de Paúl referente a la Congregación de la Misión.
  6. S.V. I, 224.
  7. Cf. S.V. IX, 592…
  8. «Busquemos la gloria de Dios, busquemos el reino de Jesucristo… Nuestro Señor quiere ante todo que busquemos su gloria, su reino y su justicia… Si nos decidimos de una vez a buscar la gloria de Dios, estaremos seguros que el resto seguirá»: S.V. XII, 132. «Ruego a Dios todos los días dos o tres veces, que nos aniquile si no somos útiles para su gloria. ¿Cómo padres, añade Vicente de Paúl, quisiéramos estar en el mundo sin agradar a Dios y sin procurarle su mayor gloria?»: S.V. XII, 2. «Un buen medio que nos ayudará a practicar estas máximas (evangélicas) será considerar con frecuencia que la Compañía, desde el comienzo, ha tenido el deseo de unirse a nuestro Señor para hacer lo que El hizo por la práctica de estas máximas, para hacerse como El agradable a su Padre eterno y útil a su Iglesia… Los misioneros deben estar animados de manera especial por este espíritu…»: S.V. XII, 128. Este aspecto es constante en la enseñanza de Vicente de Paúl.
  9. Cf. S.V. XI, 1-2, 23-24, 74, 77, 133-136, 212; XII, 3-5, 79-83, 84, 127, 262, 264-265, 271, 366-367, 372, 379…
  10. L. Abelly, La vie du vénérable serviteur de Dieu Vincent de Paul, instituteur et premier supérieur Géneral de la Congregation de la Mission, París 1664.
  11. Cf. L. Abelly, op. cit., I, pp. 33-35.
  12. Cf. L. Abelly, op. cit., I, pp. 33-35; S.V. XI, 2-5; IX, 58-60; XI, 169­172; XII, 7-8.
  13. Cf. L. Abelly, op. cit., I, p. 53.
  14. Cf. L. Abelly, op. cit., I, pp. 55-56.
  15. Cf. L. Abelly, op. cit., 1, p. 56.
  16. Cf. L. Abelly, op. cit., I, pp. 55-56.
  17. Cf. L. Abelly, op. cit., I, p. 60.
  18. Cf. S.V. I, 26-27.
  19. Cf. S.V. I, 38.
  20. Cf. S.V. I, 536.
  21. Cf. P. Collet, La vie de Saint Vincent de Paul, Nancy 1748, 2 vol. t. I, p. 424.
  22. Cf. S.V. IV, 584, 586.
  23. S.V. IV, 584.
  24. S.V. IV, 586-587.
  25. S.V. IV, 587, nota 2.
  26. Cf. P. Coste, Le grand Saint du grand siécle, Monsieur Vincent, París 1931, 3 vol., t. III, p. 40.
  27. «Alguno podría quizás excusarse por la edad. En lo que a mí se refiere, a pesar de mi edad, delante de Dios no me siento excusado de la obligación que tengo de trabajar por la salvación de esas pobres gentes; porque ¿qué me lo podrá impedir? Si no pudiera predicar todos los días, ¡bien!, lo haría dos veces por semana; si no pudiera subir a los grandes púlpitos, intentaría subir a los pequeños; y si no se me oyese desde los pequeños, nada me impediría hablar familiar y amigablemente con esas buenas gentes, lo mismo que lo hago aquí, haciendo que se pusieran alrededor de mí como están ahora ustedes»: S.V. XI, 136.
  28. S.V. V, 203-204.
  29. La vie de Mr. André Duval, Docteur de Sorbonne, Professeur Royal de Théologie, Doyen de la Faculté et l’un des Trois premiers Supérieurs de l’Ordre de N.D. du Mont Carmel de la Reforme de Ste. Thérése en France, par Robert Duval, son neveu, Docteur de Sorbonne et Professeur Royal en Théologie. Manuscrito del Carmelo de la Encarnación de Clamart, 193 páginas, compues­to de dos partes. El texto, que nos interesa, se encuentra en la Primera Parte, cap. 8, pp. 43-45. Este texto se encuentra publicado en J. M.! Ibáñez, Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo, Salamanca 1977, pp. 339-340.
  30. S.V. XIII, 198. «Que los mencionados eclesiásticos y demás personas, que en el presente o en el futuro deseen dedicarse a tan santa obra, se entregarán por completo al cuidado de las pobres gentes del campo y para ello se obligarán a no predicar ni administrar ningún sacramento en las ciudades donde haya arzobispado, obispado, a no ser en caso de notable necesidad, o a sus domésticos, a puertas cerradas, suponiendo que tengan alguna casa de retiro en dichas ciudades.

    «…Durante los meses de junio, julio, agosto y septiembre que no son buenos para misiones, por estar entonces las gentes del campo en faenas corporales, dichos sacerdotes se ocuparán en tener catecismos por las aldeas en las fiestas y los domingos, asistiendo a los párrocos que les llamen, o en estudiar para hacerse más capaces de asistir al prójimo en adelante para gloria de Dios»: S.V. XIII, 200, 201-202. Cf. también la súplica que Vicente de Paúl dirige al Papa Urbano VIII para obtener la aprobación de la Congregación: S.V. I, 57-62. Es conveniente, igualmente, leer las instrucciones que Vicente de Paúl escribe al padre F. du Coudray, superior de la casa de Roma, para insistir en la aprobación pontificia de la Congregación de la Misión: S.V. I, 115-116.

  31. Bula de erección y aprobación de la Congregación de la Misión, por el Papa Urbano VIII, Salvatoris nostri, 12 de enero de 1633: S.V. XIII, 257­-267.
  32. Regulae Communes Congregationis Missionis, cap. XI, 10. Para com­prender perfectamente este número y no absolutizarlo, hay que conocer también el n.° 12 de este mismo capítulo XI: «Persuádanse todos de que las misiones no deben ser un pretexto para descuidar el ministerio que hay que ejercer en casa en relación con los eclesiásticos externos, en particular con los ordenandos y seminaristas, así en relación a los que hacen ejercicios espiritua­les. Hay que hacer esto sin descuidar lo otro, pues estamos obligados por exigencia de nuestro instituto a hacer lo uno y lo otro casi por igual siempre que seamos llamados a ello por los obispos y los superiores, aunque ciertamen­te hemos de preferir las misiones. Además es bien sabido por larga experiencia que apenas pueden perdurar los frutos conseguidos en las misiones sin la ayuda de los párrocos, y a su perfección contribuyendo mucho los ministerios arriba citados. Por eso nos daremos a Dios para ejercerlos bien y con convicción».
  33. Para conocer la situación intelectual y moral de los sacerdotes en tiempo de Vicente de Paúl, Cf. J. Delumeau, Le catholicisme entre Luther et Voltaire, París 1971, pp. 233, 234, 270-271, 272, 228, 231, 262, 263-265; J. Ferte, La vie religieuse dans les campagnes parisiennes (1622-1695), París 1962, pp. 145-195; M. Venard, Le prétre en France au début de XVIIe siécle, en Bulletin de Saint-Sulpice (6) 1980, pp. 197-213, especialmente pp. 197-210; S.V. II, 428-429; IV, 42-43; V, 68; VII, 462; XI, 308-309; XII, 85-86.
  34. Cf. S.V. IV, 42-43; XI, 133-135; XII, 83-84… A través de este doble esfuerzo Vicente de Paúl y su Congregación intentan oponerse «a los tres torrentes —la herejía, el vicio y la ignorancia— que han inundado la tierra», han estado a punto de «hacer desaparecer a la Iglesia de Europa» y han impedido a los herejes «verificar que la Iglesia era conducida por el Espíritu Santo»: Cf. S.V. XII, 85-86; III, 35, 153, 182; XI, 309, 352-356, 35-37.
  35. S.V. IV, 42-43.
  36. Cf. S.V. IV, 43.
  37. S.V. II, 460.
  38. S.V. II, 224-225.
  39. Francisco de Coudray, superior de la casa de Roma, comunica a Vicente de Paúl el ofrecimiento que le han hecho de «traducir la Biblia siríaca al latín». Este le responde: «…Le suplico muy humildemente… que no se detenga en la propuesta que se le hace de trabajar en la versión de la Biblia siríaca al latín. Sé muy bien que la versión serviría para la curiosidad de algunos predicadores, pero no, según creo, para el bien de las almas del pobre pueblo, al que la Providencia de Dios ha predestinado a usted desde toda la eternidad. Debe bastarle, padre, el que, por la gracia de Dios, haya empleado tres o cuatro años en aprender el hebreo y que sepa lo bastante para sostener la causa del Hijo de Dios en su lengua original y confundir a sus enemigos en este reino. Piense, pues, padre, que hay millones de almas que le tienden la mano y que le dicen así: «¡Ah, padre du Coudray, que ha sido escogido desde toda la eternidad, por la providencia de Dios, para ser nuestro segundo redentor, tenga piedad de nosotros, que estamos sumidas en la ignorancia de las cosas necesarias para nuestra salvación y en los pecados que jamás nos hemos atrevido a confesar y que, sin su ayuda, seremos infaliblemente condena­das!»… y escuche, por favor, padre, que mi corazón le dice al suyo que se siente sumamente agitado por el deseo de ir a trabajar y a morir en los Cévennes y que se marchará para allá, si no viene pronto a estas montañas, desde donde nos pide ayuda el obispo y dice que este país, que en otros tiempos era de los más devotos del reino, está ahora muriendo de hambre de la palabra de Dios;… que hay muchas aldeas en las que no hay sacerdotes, ni iglesias, que quizás esperan la salvación de usted y de mí…» S.V. I, 251-252.
  40. S.V. XI, 133-135. «Pero quizás diga alguno: «¿Y si se me encarga de los ordenandos o de los seminaristas?». Esto está bien, cuando Dios quiere que nos ocupemos de ellos y la obediencia nos lo ordena; entonces, que sea en buena hora; pero incluso entonces, por lo que a nosotros respecta, deberíamos sentirnos como en una situación violenta, ya que, como les he dicho, se trata de cosas accesorias y no principales»: S.V. XI, 135.
  41. S.V. XI, 1.
  42. S.V. IV, 13.
  43. S.V. VII, 341-342.
  44. S.V. XI, 444-445.
  45. Cf. L. Abelly, op. cit., I, pp. 54-57; S.V. XI, 35-37.
  46. Cf. S.V. III, 202; XI, 31, 392-393; XII, 79-84, 90…
  47. Cf. S.V. XI, 32; IX, 252-253, 324, 332; X, 126, 332, 610, 679-680; VI, 496-497.
  48. S.V. XI, 413; Cf. S.V. XI, 74, 77, 133-134; XII, 79, 80, 82, 84, 192-193; VII, 341.
  49. Cf. L. Abelly, op. cit., II, p. 21.
  50. Cf. D. Julia, L’expansion de la Congrégation de la Missión de la mort de Vincent de Paul á la Revolution Franpaise, en Vincent de Paul (Actes du Colloque international d’études vincenciennes, París 25-26 septembre 1981), Roma 1983, pp. 364-365.
  51. En 1690, de las 52 casas, donde está implantada la Congregación de la Misión en Francia, 36 de ellas, es decir el 70 % están destinadas a semina­rios. A la inversa las casas, dedicadas al mismo tiempo a misiones y a otras funciones, son 30, de las cuales 12 están destinadas principalmente a parro­quias y 3 a seminarios internos: Cf. D. Julia, op. cit., p. 371.
  52. De las 46 casas, que la Congregación de la Misión tiene en Francia en esta fecha, 25 están destinádas a misiones, 7 a seminarios y parroquias, 3 únicamente a parroquias.
  53. S.V. IV, 42; Cf. S.V. IV, 398; XII, 4-5; 80; XI, 133-135; P. Collet, Op. cit., t. II, p. 168…
  54. Cf. S.V. II, 76-77, 275, 367, 369…
  55. S.V. II, 369 (20 de febrero de 1643). «Creo que será conveniente, escribe el 11 de julio de 1642 al padre B. Codoing, que dé usted la misión en las ciudades donde hay obispado, por las razones que en otra ocasión le dije por escrito… ya que cuando al principio de nuestra fundación decidimos no trabajar en las ciudades donde hubiera obispado, nos referíamos a la predica­ción y a las confesiones, que es lo que hacen las demás Ordenes en sus casas y en las otras iglesias, pero que entonces no pensábamos en dejar de tener allí la misión. Acaban de darse en Alet y en LuQon>>: S.V. II, 275; Cf. S.V. II, 367. Estas afirmaciones vicencianas están literalmente en contradicción con la respuesta negativa que Vicente de Paúl da a la reina Ana de Austria, cuando ésta le pide, en 1658, que la Congregación de la Misión misione en la ciudad de Metz, cf. S.V. VII, 92, 86-87; XII, 4.
  56. Cf. S.V. XIII, 227-232, 4 de enero de 1630.
  57. Cf. S.V. IV, 373; V, 595, 605; VII, 238, 239, 630; VII, 257. Algunos de los contratos firmados entre la Congregación de la Misión y los obispos señalan que éstos pueden asignar a los misioneros las parroquias rurales o ciudadanas que deberán misionar. Así sucede en Troyes, cuando el 12 de marzo de 1638 Mons. de Breslay autoriza el establecimiento de los sacerdotes de la Misión en su diócesis. El obispo les obliga a «ejercer sus funciones allí donde él o sus sucesores les enviasen a predicar, catequizar y mandar hacer confesiones generales de toda la vida pasada al pobre pueblo, así como establecer la Cofradía de la Caridad, visitarla de vez en cuando, tratar de pacificar las disensiones existentes entre las gentes…»: F. Contassot, Mono­graphie manuscrite de Troyes, II, p. 118, Archivos de San-Lázaro, 95, rue de Sévres, París. En la misma línea se sitúa, el 28 de junio de 1654, mons. Granguier, obispo de Tréguier, cuando en el contrato firmado con la Congregación de la Misión se estipula que los sacerdotes de la Misión: «también estarán obligados a dar misiones en los lugares que les sean prescritos por el dicho señor obispo o sus sucesores de acuerdo con su Instituto, cuando se les requiera…»: F. Contassot, Monographie manuscrite de Tréguier, p. 79, Archivos de San-Lázaro, 95 rue de Sévres, París.
  58. Vicente de Paúl sabe perfectamente que la política central, instalada durante 25 años en la guerra, en el aumento de impuestos y en el despilfarro, multiplica el número de campesinos empobrecidos. Estos se ven obligados a abandonar sus tierras y sus casas, a lanzarse en bandas a los caminos y a huir a la ciudad, donde muchos de ellos terminan engrosando el amplio y diverso mundo de los mendigos marginados de y por la sociedad (cf. J. M e Ibáñez, Vicente de Paúl y los pobres… op. cit., pp. 85-113, 122-131). Ello explica que los sacerdotes de la Misión misionen en las ciudades a los campesinos refugiados en ellas (cf. S.V. IV, 398, 405-406). Se requiere añadir que también misionan a los galeotes, esos rechazados sociales (cf. S.V. II, 395), a los soldados, otra categoría de abandonados social y espiritualmente (Cf. S.V. I, 344, 346-347).
  59. «Es preciso, escribe en 1631 Vicente de Paúl al padre F. du Coudray enviado a Roma para obtener la aprobación pontificia de la Congregación, que haga entender que el pobre pueblo se condena, por no saber las cosas necesarias para la salvación y no confesarse. Si su Santidad supiese esta necesidad, no tendría descanso hasta hacer todo lo posible para poner orden en ello; y que ha sido el conocimiento que de esto se ha tenido lo que ha hecho erigir la Compañía para poner remedio de alguna manera a ello…»: S.V. I, 115.
  60. Cf. S.V. XIII, 197-202; XII, 73-83…
  61. Esta manera de pensar se remonta a la concepción agustiniana del pecado original. En efecto, para el obispo de Hipona, la ignorancia, lo mismo que la concupiscencia, forma parte del pecado. Una y otra no sólo son consecuencias del pecado sino también auténticos pecados. (Cf. San Agustín, Contra Julianum, Libro VI, cap. XVI, n.° 41, P.L. XLIV, col. 850-851).

    Creer, es adherirse a la totalidad de la revelación divina en la realidad de su misterio. Ningún cristiano está dispensado de este conocimiento. Es la condi­ción para salvarse. Por eso dice Santo Tomás de Aquino: «videtur quod sit de necessitate salutis explicite omnia credere. Eadem modo omnia ad fidem pertinent. Ergo qua ratione oportet unum explicite credere, eadem ratione, oportet et omnia» (Santo Tomás de Aquino, De veritate, XIV, a.11, sed contra 1). Sobre esta cuestión, cf. J. M. Ibáñez, Vicente de Paúl y los pobres… op. cit., pp. 310-311.

    En el siglo XVI y XVII existe toda una corriente de pensamiento que no sólo une íntimamente vicio e ignorancia sino que llega a culpabilizar a esta última afirmando de ella que lleva infaliblemente a la, condenación. Como señala con razón M. Venard «la gran idea, que ha guiado todo el esfuerzo catequético de la época moderna (católico y protestante), es que un cristiano no puede salvarse sin un mínimo de conocimiento de su religión»: M. Venard, Le cathécisme au temps des Réformes, en Transmettre la foi, París. 1980, p. 43.

  62. S.V. XI, 382.
  63. S.V. XII, 80-81.
  64. Cf. S.V. XIII, 25-30.
  65. Cf. S.V. I, 115; XIII, 490-491, 494-495; XII, 80, 82…
  66. «Se me objetará, dice Vicente de Paúl: ¿Qué interés tiene vuestro catecismo? Somos cristianos, puesto que vamos a la iglesia, asistimos a misa y a vísperas; nos confesamos en Pascua, ¿se necesita algo más?». Y el mismo Vicente responde: «No he encontrado en toda la Sagrada Escritura que sea suficiente para un cristiano el asistir a misa, a vísperas, confesarse, por el contrario he encontrado que quien no cree en todo lo que pertenece a la fe no es salvado. Y además ¿qué provecho se saca de la misa quien no sabe en qué consiste?»: S.V. XIII, 29.
  67. El día de descanso semanal se debió a la intervención del cardenal Richelieu, que rogó a Vicente de Paúl establecerlo en todas las misiones. El cardenal fue obedecido inmediatamente: Cf. S.V. I, 469, 525.
  68. Cf. S.V. I, 562, 564-565; II, 150-151; IV, 42-43; XII, 80-84; XI, 2-5…
  69. S.V. XI, 258, 272, 274, 275, 280, 286; cf. S.V. 257-287. Sobre el sentido y el contenido del «pequeño método», cf. J. Truchet, La prédication de Bossuet, París 1960, 2 vol., t. I, pp. 19-25, 28-30, 55; Ch. Berthelot du Chesnay, Les missions… op. cit., pp. 68-69, 143-144; V. Kapp, Précher selon la «petite méthode». Vincent de Paul et Péloquence de la chaire au XVII’ siécle, en Vincent de Paul (Actes du Coloque international…), op. cit., pp. 206-216; B. Dompnier, Le missionnaire et son public. Contribution á I ‘Etude de la Prédication, en Journées Bossuet. La prédication au XVII’ siécle, París 1980, pp. 105-122.
  70. S.V. XI, 260, 262.
  71. La repetición de las mismas fórmulas: llantos, suspiros, clamores de los fieles aparecen continuamente en las relaciones o informes de los misione­ros: Cf. L. Abelly, op. cit., II, pp. 20-54; F. Lebrun, Les missions des Lazaristes en Haute Bretagne… op. cit., pp. 15-38.
  72. La primera noticia, que tenemos de una «recopilación» de sermones o de predicaciones de misión, se encuentra en la carta de Vicente de Paúl al padre R. de Sergis, del 3 de febrero de 1639: «El padre Codoing está en misiones; no puede hacerle copiar sus predicaciones. Hay que esperar al verano, cuando se retire; entonces podrá hacer las copias y quizás imprimir, aunque sólo sea para la Compañía» (S.V. I, 537). El 6 de septiembre de 1658 habla de una «recopilación» de sermones de la misión: «Nos pide usted, escribe al padre J. Martín, en sus últimas cartas del 3 y del 10 de agosto una copia de los libros y de los catecismos. No se la podemos enviar, porque nos robaron este libro. Sabemos muy bien quién ha sido, y no me consta que lo haya devuelto. Y aun cuando lo hubiéramos recobrado, no resulta cosa fácil mandarlo copiar…» (S.V. VII, 256). En la conferencia del 5 de agosto de 1659, Vicente relata a los misioneros cómo se había redactado esta recopilación de sermones: «Para la predicación, al comienzo de la Compañía nos juntábamos, y asistían también los señores obispos de Boulogne y de Alet y el abate Olier. Se proponía algún tema sobre una virtud o un vicio; cada uno tomaba papel y pluma y escribía el motivo y la razón que tenía para huir de ese vicio o abrazar esa virtud, y luego se buscaba su definición y los medios, al final se reunía todo lo que se había escrito y se componía un discurso. Lo hacíamos sin ningún libro, cada uno de su cosecha. El padre Portail reunió todo lo que entonces se dijo por una parte y por otra y todo lo que después se habló en otras conferencias que se tuvieron en la Compañía, y ha compuesto un método fácil para componer útilmente sermones y explicaciones del gran catecismo, aña­diendo algo de su propia cosecha». (S.V. XII, 292).

    En 1666 el padre Alméras, viendo que esta recopilación de sermones o predicaciones de misión era demasiado difusa y que pocas personas podrían leerla con comodidad, redactó el Abregé de la méthode de précher en usage dans la Compagnie de la Mission (Cf. Recueil des principales circulaires des Supé­rieurs Généraux de la Congrégation de la Mission, 3 vol., París 1877-1880, t. I, pp. 77-83).

    Durante el Generalato del padre Jolly, las copias de los sermones antiguos comenzaron a circular de nuevo entre los misioneros, pero cambiados y anotados. De Jolly, que la Asamblea General de 1673, según escribe el mismo padre Jolly el 27 de agosto de 1763: «juzgó oportuno que se diese una nueva recopilación de predicaciones sólidas y metódicas a los nuevos sacerdotes con las que se pudiesen formar. Sería muy útil a la Compañía, añade, tener un volumen perfecto de predicaciones para las misiones. Tan pronto como Dios nos dé alguien que disponga de tiempo para ocuparse de ello, le haremos trabajar incesantemente en esto. Pero porque este trabajo no es para hacerse rápidamente, si usted (se refiere a los visitadores y superiores) tiene en casa Sacerdotes jóvenes y no experimentados, le ruego, padre, les preste, mientras tanto, las mejores predicaciones que tenga, con el fin de que hagan copias y las estudien» ( Recueil des principales circulaires… op. cit., t. I, p. 133).

    El trabajo proyectado no había sido realizado todavía en 1679, a pesar del gran interés del mismo padre Jolly (Cf. Recueil des principales circulaires… op. cit., t. I, p. 171). Incluso en 1711 estaba sin terminarse. En la circular del 1 de enero de 1712, el superior General, padre Bonnet, comunica a la Compañía: «Nuestra última Asamblea General (1711) habiéndose lamentado de que nuestros jóvenes sacerdotes predicaban en misiones sermones poco acomoda­dos a la capacidad de las pobres gentes del campo, y muy alejados de la sencillez, de la claridad y del método introducido en la Compañía por el Señor Vicente, nuestro muy honorable Padre, y nuestros primeros misioneros, he­mos trabajado, durante casi tres meses con nuestros consejeros y con los padres Duplein, Delanion, Capperon y Calos, en la revisión y corrección de unas 50 predicaciones de misión, según el estilo propio de la Congregación. Esperamos tenerlas acabadas pronto y poder enviar uno o dos ejemplares a cada casa, con el fin de que nuestros sacerdotes jóvenes puedan tener unos modelos en los que formarse en la composición de los sermones de misiones. Y quienes no sean capaces de componerlos con solidez, puedan al menos aprender de memoria un número suficiente de predicaciones para trabajar útilmente en las misiones. Esta obra no será, sin duda, totalmente perfecta, pero será sólida y proporcionada al fin que se propone la Compañía, y al alcance del pobre pueblo, sin ser, sin embargo, el nivel demasiado bajo. Esto es lo que la Asamblea nos ha pedido» ( Recueil del principales circulaires… op. cit., t. I, p. 275).

    El 16 de agosto de 1712 el padre Bonnet anunciaba a las casas de la Congregación que la obra había sido terminada y que contenía 55 sermones. Esta recopilación de sermones fue publicada en 1859 por Jeanmaire, Sermones de Saint Vincent de Paul, de ses coopérateurs et successeurs inmédiats pour les missions des campagnes, París 1859, 2 vol.

  73. Jeanmaire, Sermons… op. cit., t. II, p. 193 (Sermón n.° 38).
  74. Cf. Ibid., t. II, pp. 224, 225, 228, 230-231.
  75. P. Coste, Le grand saint du grand siécle… op. cit., t. III, pp. 33-34.
  76. Referente al «Petit cathéchisme» y el «Grand cathéchisme», cf. J. Guichard, Saint Vincent de Paul cathéchiste, París 1939.
  77. Cf. S.V. XI, 257-286; J. Calvet, Histoire de la littérature franpaise, t. V, La littérature religieuse de Franvois de Sales á Fénélon, París 1938, p. 126; J. Ferte, La vie religieuse… op. cit., pp. 206-207.
  78. S.V. I, 429.
  79. S.V. VI, 378-379; L. Abelly, op. cit., II, p. 10.
  80. Cf. S.V. XIII, 28-29.
  81. La pastoral de la palabra, como toda enseñanza oral, conlleva la dificultad de saber hasta donde penetra en las masas campesinas en el siglo XVII. Sobre todo si se tiene en cuenta que la «memorización» no significa forzosamente «comprensión».
  82. Estas relaciones, como los «registros de las misiones», en las que se relataba, como pedía Vicente de Paúl, extensa o concisamente el número de misiones dadas, las circunstancias principales en las que se habían desarrolla­do, los resultados y fracasos obtenidos y por qué… (Cf. Recueil des principales circulaires… op. cit., t. I, pp. 26-27; S.V. XI, 124; VI, 614; VIII, 389), se han perdido. Sólo dos, según nuestra información, han llegado hasta nosotros: Registre des missions données par les missionnaires du séminaire de Montauban (Archivos de San-Lázaro, 95 rue de Sévres, París). Cahier des comptes rendus des missions des Lazaristes de Saint-Méen. En este último documento se relatan las 162 misiones predicadas, entre 1645 y 1700, en la diócesis de Saint­Méen y en las diócesis de alrededor. Este manuscrito ha sido descubierto por F. Lebrun.

    L. Abelly nos presenta en la Vida de Vicente de Paúl un conjunto de datos edificantes y curiosos, extraídos de las relaciones o/y de los «registros de las misiones», hoy desaparecidos. El sentido hagiográfico de esta obra hace que los presente encadenados al hazar, sin sentido crítico-histórico y al margen del entorno socio-religioso. A pesar de todas estas deficiencias no se puede negar el valor de los datos conservados en esta fuente de documentación vicenciana. Habrá que interpretarla, en consecuencia, haciendo de ella una lectura crítica y entre línea, y completarla con la correspondencia recibida y enviada por Vicente de Paúl y las conferencias de éste a sus misioneros: Cf. L. Abelly, op. cit., II, pp. 24-54.

  83. La «Bula de la cruzada» permitía a los españoles, que la adquirían, no confesarse con su párroco durante la Semana Santa. Se podía comprar cada tres años. Este sistema ha permanecido hasta 1963.
  84. J. Delumeau, Un chemin d’histoire… op. cit., p. 173.
  85. L. Abelly, op. cit., I, p. 32.
  86. Ibid., I, p. 33.
  87. Ibid.
  88. Jeanmaire, Sermons… op. cit., t. I, p. 2 (sermón n.° 1).
  89. Ibid., t. I, p. 195 (sermón n.° 10).
  90. Ibid., t. I, p. 64 (sermón n.° 3).
  91. Ibid., t. I, p. 67.
  92. Ibid., t. I, pp. 31-32 (sermón n.° 1).
  93. Cf. J. Delumeau, La peur en Occident, París 1978; Id. Le catholicisme entre Luther et Voltaire… op. cit., pp. 280, 326-330; Id. Un chemin d’histoire… op. cit., p. 127.
  94. Cf. B. Dompnier, Pastorale de la peur et pastorale de la séduction… op. cit., 2.257-273; J. Delumeau, Un chemin d’histoire… op. cit., pp. 178-179.
  95. Jeanmaire, Sermons… op. cit., t. II, p. 461 (sermón n.° 46).
  96. Ibid., t. II, p. 461.
  97. S.V. I, 295. Hay que instruir a los campesinos «mansa y humildemen­te demostrando que lo que se les dice brota de unas entrañas de compasión, de caridad y no de indignación»: S.V. I, 429.
  98. Vicente de Paúl insiste en la sobriedad y en «huir de la pomposidad» en las procesiones y comuniones de los adolescentes: cf. S.V. XI, 104; S.V. I, 448, 457, 464.
  99. Cf. S.V. II, 52, 242-243; L. Abelly, op. cit., II, pp. 24-54; J. Delumeau, Un chemin d’histoire… op. cit., pp. 181-184; Id. La peur… op. cit., pp. 48-52.
  100. Cf. S.V. I, 127, 134… «Nuestra pequeña Compañía, escribe Vicente de Paúl a Juana F. de Chantal el 14 de julio de 1639, se ha instituido para ir de aldea en aldea… a predicar, catequizar… y hacer todo lo posible para que los pobres sean asistidos corporal y espiritualmente por la Cofradía de la Cari­dad… que establecemos en los lugares donde hacemos la misión y que lo deseen»: S.V. I, 562; Cf. Regulae Communes Congregationis Missionis, cap. I, n.° 2.
  101. Una vez obtenido este consentimiento, a partir de la segunda semana de la misión, el Director de ésta se informa para saber si se puede instituir la Cofradía de la Caridad en la parroquia misionada. Por ello habla con discreción y en particular con algunas personas caritativas y las invita a visitar y a asistir a algunos enfermos. Al final de la misión se predica un sermón sobre la caridad para con los pobres y poco después se establece la Cofradía, cf. Directoire pour les Confréries de la Charité, les prédications, missions, excercitants, etc., manuscrito n.° 632, sin fecha, hacia 1668: Archivos de San-Lázaro, 95, rue de Sévres, París.
  102. Para constatar la evolución de las Cofradías de la Caridad, cf. Reglamentos de las Cofradías de la Caridad: S.V. XIII, 417-537, 761-831.
  103. S.V. XII, 84.
  104. S.V. XII, 90.
  105. S.V. XII, 90.
  106. Cf. S.V. XII, 79-83, 84, 3-5; XI, 133-136…

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