El seguimiento de Jesús en la vida de San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Nélio Pereira · Año publicación original: 2004 · Fuente: CEME.
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1. Los orígenes y la llamada al seguimiento (1581-1617)

seguimiento3Para el estudio de la trayectoria de vida de Vicente de Paúl se impone, en primer lugar, la necesidad de establecer una distinción entre dos etapas. La primera, de 1581-1617, comprende todo el período de su infancia y de los diecisiete primeros años de sacerdocio; a la segunda, de 1618 a 1660, corresponde la etapa de la madurez creadora y sus años últimos de vida.

Por ahora, nos ocuparemos de la primera etapa. En ella, en términos generales, Vicente es autosu­ficiente y elabora sus propios proyectos en vista de sus necesidades y de sus deseos mundanos. Cierta­mente que era un joven piadoso, que confiaba, a su manera, en Dios, pero, como casi todos los sacerdotes de la tradición pretridentina, vivía obsesionado por los beneficios inherentes al ejerci­cio de su ministerio. A través de los acontecimien­tos imprevistos e imprevisibles, Dios fue transfor­mando el corazón del joven sacerdote. Con el avanzar de los años y en la sucesión de fracasos, Vicente fue descubriendo la voz de Dios que le invitaba a cambiar de actitud. La «purificación pasiva» que Dios realiza en el hombre mediante el lenguaje del silencio o bien a través de los aconte­cimientos, opera en Vicente el tránsito de la auto­suficiencia a la dependencia total de Dios. Veamos la primera etapa.

1.1 La infancia en su tierra

Mientras que los grandes reformadores reli­giosos del principio del siglo XVII —Bérulle, Olier, Francisco de Sales— son de origen aristócrata, san Vicente procede de un medio pobre. Gracias a sus humildes orígenes él será un hombre más sensible al drama de los pobres, valorará el trabajo como forma de escapar a la miseria y, como los campesinos, aprenderá a entregarse confiadamente en las manos de Dios después de haber cumplido con su misión.

Vicente nació en 1581 en un pueblecito lla­mado entonces Pouy, en el sur de Francia. Él es el tercer hijo de una familia de campesinos que con­taba con cuatro varones y dos mujeres. Sus padres, a pesar de pertenecer al escalón más bajo de la sociedad, eran campesinos modestos, pequeños propietarios que, según nos cuenta Abelly, cum­plían el mandato divino de «ganar el pan con el sudor de su rostro».

Es en su familia y en sus vecinos donde Vicen­te tiene el primer contacto con los pobres. Como subraya J. Morin, es su primera «mirada de pobre sobre los pobres», que él conservará para siempre y condicionará su vida. Ya anciano, a las Hijas de la Caridad, les propone como ejemplo la actitud de las aldeanas de su pueblo que:

Vuelven de su trabajo a casa, para tomar un ligero descanso, cansadas y fatigadas, mojadas y llenas de barro; pero apenas llegan, tienen que ponerse de nuevo a trabajar, si hay que hacer algo; y si su padre y su madre les mandan que vuelvan, en seguida vuelven, sin pensar en su cansancio, ni en el barro, y sin mirar cómo están arregladas. Así es como tie­nen que hacer las verdaderas Hijas de la Caridad.

Sus coterráneos son las referencias de las que en diferentes circunstancias él se sirve para ejemplifi­car una actitud de total confianza en Dios:

¿Habéis visto jamás a personas más llenas de con­fianza en Dios que los buenos aldeanos? Siembran sus granos, luego esperan de Dios el beneficio de su cosecha; y si Dios permite que no sea buena, no por eso dejan de tener confianza en Él para su alimen­to de todo el año. Tienen a veces pérdidas, pero el amor que tienen a su pobreza, por sumisión a Dios, les hace decir: «¡Dios nos lo había dado, Dios nos lo quita, sea bendito su santo nombre!» Y con tal que puedan vivir, como esto no les falta nunca, no se preocupan por el porvenir».

Hasta los quince años, Vicente permanece en su pueblo, junto con su familia, donde, según su propio testimonio, fue «pastor de ovejas, de vacas y de cerdos». Después, logra escapar a la fatali­dad del medio consiguiendo, por influencia de terceros, permiso de su padre para estudiar en la ciudad cerca de su pueblo, Dax. Como Abelly hace notar, ciertamente que su padre también pensaba en «las modestas ventajas que podría sacar para su familia» con los estudios del hijo.

1.2 Primeras ambiciones (1596-1609)

La nueva etapa de su vida es bastante variada y rica en acontecimientos: estudiante, preceptor, sacerdote y viajero. No obstante la variedad de situaciones, hay un deseo que permanece: huir de la pobreza a que estaría condenado si permanecie­ra en su pueblo y conseguir un «honesto retiro» que le garantice una vida cómoda.

Como tantos otros y a pesar de su poca edad, Vicente sabe que la forma más fácil de alcanzar un lugar privilegiado en la sociedad es ingresar en el estamento clerical. Con este objetivo, ingresa en 1595 en el colegio de los Franciscanos. Al mismo tiempo que estudia, es también encargado de la formación de los hijos de su bienhechor, el juez de Pouy, el señor de Comet.

1.2.1 Ordenación

Cinco años después, en 1600, el joven pide y recibe el sacramento del Orden de manos del viejo obispo Francois de Bourdeilles. Vicente cuenta sólo con diecinueve o, a lo máximo, veinte años. El hecho de haber sido ordenado tan pronto, en Peri­gueux, por el anciano obispo de ochenta y cuatro años, que moriría apenas un mes después de la cere­monia, y no en su diócesis, Dax, tiene su expli­cación. En su diócesis, corrían ya ciertos aires de reforma. El nuevo obispo había puesto un progra­ma de restauración cristiana y sacerdotal inspirado en el concilio de Trento. Vicente, impaciente, sabien­do las novedades introducidas por el nuevo obispo, Mons Dussaul, no dudó en recurrir al casi mori­bundo obispo franciscano. La ambición del joven le hace pasar por encima de todas las normas».

Antes de la aplicación de los decretos conciliares en Francia, era una práctica común la ordena­ción de personas mal preparadas. En una etapa posterior de su vida, consciente de las responsabi­lidades del ministerio y empeñado en la reforma del clero, reconocerá que «si hubiera sabido lo que es el sacerdocio, cuando tuve la temeridad de en­trar en ese estado, como lo supe más tarde, hubie­ra preferido quedarme a labrar la tierra».

1.2.2 Los primeros proyectos

Vicente es ahora un pastor de la Iglesia y, como tal, desea tener sus ovejas. Fue nombrado párroco de un pueblo, Tilh, cercano a su aldea natal. Pero la suerte no acompaña al joven sacerdote, que ve arrebatada su parroquia por un candidato más tenaz». Vicente sufre la primera frustración.

Con la intención de obtener el disputado cura­to de Tilh, en 1601, el joven cura va a Roma, donde ve al Papa Clemente VIII y visita la tumba de los Apóstoles. Según su propio testimonio, el ambiente de la Ciudad Eterna le «conmueve hasta las lágrimas». Sin embargo, los proyectos poste­riores nos llevan a concluir que esas lágrimas no fueron las de una sincera conversión, como fueron las de san Pedro arrepentido. En adelante, aún muy joven, es todavía notoria la vulgaridad de sus ambiciones y el deseo de autoafirmarse.

El viaje a Roma es breve. En Francia, retoma los estudios teológicos en Toulouse y, pasados cua­tro años, obtiene un triple certificado: el que le acredita siete años de estudios, el de bachiller en teología y el que le autoriza a explicar el segundo libro de las Sentencias de Pedro Lombardo.

1.2.3 Un proyecto «cuya temeridad no me permite nombrar»

Con los certificados en las manos, el joven sacerdote ya no aspira a una parroquia rural como antes, sino a algo distinto, reservado a pocos, algo raro que él más tarde ni osará referir. Esa aspira­ción, probablemente un obispado, se desvanecerá como la primera.

Entramos en una etapa de su vida que ha sido motivo de largas especulaciones por parte de los estudiosos. El hecho es que en 1605 Vicente desa­parece de la escena y sólo reaparece dos años más tarde, en 1607. En este año, y en el siguiente, en dos cartas dirigidas a su bienhechor, justifica su ausencia: había intentado recuperar la herencia dejada a su nombre por una anciana y, en un viaje, de regreso de Marsella, por el mar, los piratas lo capturan y lo venden como esclavo.

En 1608, dato cierto, Vicente está de nuevo en Roma, viviendo a la sombra de Mons. Montorio de quien espera un «decoroso beneficio». Mientras tanto, aprovecha para estudiar y, lo más importan­te para su vida, entra en contacto con piadosas asociaciones que se dedicaban a los cuidados de los pobres. La cofradía de la Caridad del hospital del Santo Espíritu y la cofradía parroquial de San Lorenzo en Dámaso, serán sus referencias a la hora de fundar su primera asociación caritativa.

A finales de ese año, sin haberse beneficiado de la promesa de Mons. Montorio, Vicente entra por vez primera en París. El cambio de escenario no significa un cambio de actitud, pues en los prime­ros años de su estancia en la capital, Vicente man­tiene sus viejos proyectos. Pero, otra vez, los desdi­chados acontecimientos se suceden para desgracia del joven Vicente. Como subraya Redier, él era entonces «un muchacho apurado, sin excesivos escrúpulos en materia de dinero». Por eso, la acusación de robo que, como veremos, recayó sobre él, demuestra que, si «se osaba sospechar de él, era que no debía de haber dado todavía prue­bas de gran virtud».

1.3 Las duras pruebas – la «conversión» (1610- 16 16)

En las páginas que siguen intentaremos descri­bir sucintamente los acontecimientos que provo­can un cambio de actitud en la vida de Vicente. Los autores suelen hablar de esta fase bajo el título de «conversión». Al contrario de algunos autores que sitúan el momento del viraje en un aconteci­miento concreto, nosotros juzgamos, en sintonía con otros autores28, que la «conversión» de san Vicente fue un proceso gradual.

1.3.1 «Dios sabía la verdad»

En París, casi sin dinero, Vicente alquila una ha­bitación que comparte con un juez, paisano suyo. Cierto día, Vicente se siente indispuesto y tiene que quedarse en casa. En ausencia del juez, Vicente pide ayuda a un joven para conseguir las medicinas que necesitaba para su recuperación. Pero el mancebo de la botica, sin escrúpulos, aprovecha la oportuni­dad para enriquecerse rápidamente apropiándose indebidamente de los ahorros del juez. Sobre el enfermo recaen las sospechas. Difamado pública­mente y víctima de un monitorio, Vicente, según el primer biógrafo, no se defiende, sino que se limi­ta a decir mansamente que «Dios sabía la verdad»

Meses después de lo sucedido, en febrero de 1610, Vicente, en tonos melancólicos, escribe a su madre, quejándose de su mala suerte y alimentan­do aún el deseo de favorecer a la familia.

…la estancia que aún me queda en esta ciudad [París] para recuperar la ocasión de ascenso (que me han arrebatado mis desastres), me resulta penosa por impedirme marchar a devolverle los servicios que le debo; pero espero de la gracia de Dios que él bende­cirá mis trabajos y me concederá pronto el medio de obtener un honesto retiro, para emplear el resto de mis días junto a usted. […] Me gustaría también que mi hermano hiciese estudiar a alguno de mis sobri­nos. […] que se imagine que el presente infortunio puede presuponer una suerte en el porvenir.

Vicente es un san Pablo en el camino de Da­masco. El joven que por iniciativa suya se había ordenado y que en sus diez años como sacerdote había experimentado sucesivas frustraciones, toda­vía seguía esperando de Dios los medios para «obtener un honesto retiro». Pero la desgracia, o la Providencia, se encargaría de arruinar los ambicio­sos proyectos del joven.

Si la llegada a París le había reavivado las espe­ranzas de concretar sus primordiales anhelos, el episodio del juez le insinuaba un cambio de actitud. Pero su corazón no está aún predispuesto para acoger y obedecer a la voz de Dios. Sin esperar y sin que alguna vez él lo hubiese programado, será en el disfrute de los tan anhelados beneficios donde Vicente descubrirá la trivialidad de sus pro­yectos. En este sentido, París proporcionará a Vicente los elementos necesarios para el cambio de actitud y, además, el descubrimiento de su vocación, su forma peculiar de seguir a Jesús.

1.3.2 «El honroso beneficio»

Retornemos al año de 1610, año en el que Vicente escribe a su madre. En la capital, en el mismo día en que ponían fin a la vida de rey Enri­que IV, 14 de mayo, Vicente firmaba un contrato por el que recibía la abadía de San Leonardo de Chaume, en la diócesis de Saintes, con todos sus títulos, rentas y obligaciones. Inicialmente le pare­cía que el negocio resolvería su problema existen­cial, pero la abadía resultó ser una ruina y una fuente de procesos y litigios contra diversos deten­tadores y usurpadores de los dominios de dicha abadía. Pasados seis años, Vicente se desprenderá de la ruinosa adquisición sin haber alcanzado su deseado beneficio.

En el mismo año de 1610 lo encontramos tam­bién empleado como limosnero y capellán en el palacio de la ex-reina Margarita de Valois. Vicen­te estaba entonces en la fuerza de los treinta años y su trabajo se limitaba a celebrar la misa en su turno y distribuir limosnas. El mundo extravagan­te de la reina Margot, «la típica vieja coqueta dis­puesta a reformarse», favorecía la ociosidad. En este contexto, el joven que había corrido en busca de la fortuna, entra en crisis.

1.3.3 La «noche oscura»

Es Vicente en persona quien nos lo cuenta: un célebre doctor, que por «no predicar ni cate­quizar, se vio asaltado, en medio de la ociosidad en que vivía, por una fuerte tentación contra la fe». El doctor experimentaba impulsos violentos de blasfemar contra Jesucristo y se sentía incli­nado a poner término a su vida. Vicente lo escu­cha y le aconseja. Cumplidas las orientaciones del capellán, «Dios tuvo piedad al fin de este desdichado doctor, quien, estando enfermo, fue liberado en un momento de todas sus tentacio­nes».

Vicente no nos cuenta todo. Según la versión de Abelly, el hombre sólo se quedó libre cuando Vicente pidió a Dios que traspasase a su propia alma las tribulaciones del pobre hombre35. En len­guaje sanjuanista, diríamos que la «noche oscura» anegó el alma del samaritano que anduvo, aproxi­madamente hasta finales de 1613, acosado por duros asaltos contra su fe. Para librarse de ella, prosigue Abelly, puso en práctica los medios que creyó más apropiados: el primero fue escribir en un papel el símbolo de la fe y ponerlo sobre su corazón. Convino con Dios en que cada vez que se llevase la mano al pecho renunciaba a la ten­tación, aunque no pronunciase una sola palabra. El segundo remedio consistió en la práctica de la caridad, visitando y consolando a los enfermos del hospital de San Juan de Dios. Vicente sólo quedó libre de la tentación cuando, bajo la inspiración de la gracia, tomó la firme e irrevocable resolución de «honrar aún más a Jesucristo, y de imitarlo con mayor perfección que hasta entonces y fue entre­gar toda su vida, por su amor, al servicio de los pobres».

El relato edificante de Abelly debe ser leído con reservas. Hemos de reconocer que no sabemos lo que realmente ha pasado al capellán Vicente durante esos tres o cuatro años. Juzgamos, sin embargo, que Abelly se sirve de un hecho real» idealizándolo con la intención de destacar las virtudes del candidato a los altares. Para nuestro objetivo, importa subrayar que su actitud pos­terior nos hace creer que este fue un tiempo de cambio fundamental. Vicente fue sometido a una crisis de fe, que le purificó las intenciones y le obligó a reorientar su vida. La prueba le propor­ciona la experiencia que fundamenta su doctrina posterior. La tentación «contra la fe» fue superada cuando él toma la resolución de entregarse al servicio de los pobres.

Otros factores contribuyeron a ese cambio. La lectura de la Regla de perfección del capuchi­no Benito de Canfield y la orientación espiritual del gran maestro, Pierre de Bérulle, fueron deci­sivas».

1.3.4 Conversión y vocación

Como ocurre en la vida de la gran mayoría de los santos, también en la de Vicente podemos veri­ficar cómo se halla fraccionada en dos mitades. En la primera, anteriormente descrita, Vicente espera que Dios le ayude a hacer lo que él ha planeado por su cuenta y riesgo, sin preocuparse por saber de antemano si es eso lo que Dios quiere o no. Durante esta etapa, Dios no era la fuerza motriz que, como veremos más adelante, condicionará todas sus actitudes.

Recordemos aún, antes de adentrarnos en la fase clave de su vida, que la «conversión» y «voca­ción» son realidades correlativas. La conversión, entendida como irrupción de la gracia divina que gradualmente transforma el corazón del hombre, exige una ruptura con el pasado y postula un nuevo modo de vivir y pensar. Bajo la acción del Espíritu Santo, el sujeto es llamado a un «nuevo comienzo», para lo cual su voluntad debe estar animada por el deseo de descubrir y cumplir la voluntad de Dios en su vida.

Con el pasar de los años, Vicente de Paúl aprenderá a escuchar la llamada al seguimiento en los acontecimientos concretos de su vida. Com­prenderá que seguir a Jesús significa, sobre todo, someterse a la divina voluntad. En la segunda etapa, una vez superado el umbral del egoísmo, su deseo de vivir en conformidad con los planes de Dios o, como él tantas veces repite, vivir en «acti­tud de confianza en la Providencia», se traducirá fundamentalmente en un amor incondicional al prójimo, particularmente a los más necesitados. Pero antes de adentramos en esa etapa final, vea­mos los acontecimientos del año central de su vida.

1.4 El año decisivo: 1617

El año de 1617 es referido por los biógrafos del santo como el año crucial y más decisivo en el descubrimiento de su vocación. Hemos visto que a partir de 1610, Vicente, ayudado por Bérulle, había empezado un proceso de conversión, pero todavía no tenía un proyecto de vida al cual dedi­carse plenamente.

Después de haber ejercido, por mandato de Bérulle, el cargo de párroco de Chichy, entre 1612 y 1613, Vicente entra, por sugerencia de su direc­tor, al servicio de una de las familias más nobles del país: los Gondi. En casa de Felipe-Manuel de Gondi, general de las galeras del rey, Vicente se ocupa de la formación de sus hijos y, posterior­mente, es el director de la escrupulosa esposa de este señor, Margarita de Silly. Sin embargo, según sus biógrafos, el género de vida que él llevaba no le satisfacía. Vicente tenía entonces 36 años; es un hombre maduro, piadoso, pero vive inquieto y desasosegado.

En esas circunstancias se producen dos acon­tecimientos determinantes en su vida que serán interpretados por él como signos de la Providen­cia. Veamos, sucintamente, cada uno de ellos.

1.4.1 Folleville

Como los Gondi eran señores de extensas pro­piedades, Vicente, en diferentes ocasiones, tuvo que acompañar a la familia en las visitas a sus tierras. Cierto día, en enero de 1617, estando en el castillo de Folleville, es llamado para ir a Gannes a confesar a un campesino. El moribundo, que «pasaba por hombre de bien», se abre a su confesor, manifestán­dole los pecados que, con el paso del tiempo, nunca había sido capaz de revelar. Hecha la confesión gene­ral, apaciguada la conciencia, lleno de gozo, confiesa públicamente que se «hubiera condenado de no haber hecho una confesión general». La piadosa señora de Gondi se escandaliza con la cruel realidad y comenta con su director de conciencia: «¿Qué es lo que acabamos de oír? Esto mismo les pasa sin duda a la mayor parte de estas gentes […] ¡Cuántas almas se pierden! ¿Qué remedio habrá para esto?».

Para remediar la situación y tranquilizar la ator­mentada conciencia de la señora, que de un día a otro descubre que sus campesinos vivían en estado de condenación, Vicente se propuso predicar en la iglesia de Folleville un sermón sobre la confesión general y la manera de hacerla bien. En la fecha establecida, 25 de enero, día de la conversión de san Pablo, la iglesia se llenaba de campesinos, hombres y mujeres marcados por la rudeza del trabajo, rostros curtidos por la dureza de la vida, gente que, como en su aldea natal, trabajaba para sobrevivir. Dejemos que san Vicente nos cuente lo sucedido:

Así lo hice: les hablé de su importancia y utilidad [de la confesión general], y luego les enseñé la ma­nera de hacerlo debidamente. Y Dios […] bendijo mis palabras y todas aquellas gentes se vieron tan tocadas de Dios que acudieron a hacer su confesión general. Seguí instruyéndolas y disponiéndolas a los sacramentos, y empecé a escucharlas en confesión. Pero fueron tantos los que acudieron….

El acontecimiento narrado, aparentemente no tiene nada de extraordinario. Sin embargo, para Vicente, que se sentía insatisfecho con la vida que llevaba e inquieto en cuanto a su vocación, los hechos de Folleville tendrán el alcance de una revelación. En la adhesión de los campesinos, él reconoce la voluntad de Dios que le llama a pre­dicar el Evangelio en otras aldeas. De este modo, Folleville será el acontecimiento decisivo, pues como dirá más tarde: «Aquel fue el primer sermón de la Misión».

1.4.2 Chátillon-les-Dombes

Unos meses después, en la cuaresma del mismo año, encontramos a Vicente como párroco de una aldea llamada Chátillon-les-Dombes45. Sentía aún las resonancias de la voz de Dios en los recuerdos de Folleville y no podría acallarla retomando una vida en todo igual a la que tenía antes.

Libre de los cuidados de la formación de los hijos del matrimonio y lejos de la absorbente seño­ra, Vicente se encuentra de nuevo con el pueblo campesino. En Chátillon reforma la parroquia, ani­ma al pueblo, motiva a los demás sacerdotes para que se empeñen en el ejercicio digno de sus fun­ciones y convierte a algunos hugonotes. Pero lo más importante de Chátillon-les-Dombes, y que que­dará para la historia, fue el descubrimiento del se­gundo elemento capital de su vocación: el alivio de las miserias corporales de los pobres mediante la caridad organizada. De nuevo, la realidad es inter­pretada como una manifestación de la voluntad de Dios. Veamos el episodio. El propio Vicente, en diferentes ocasiones, lo presenta como revelador.

Un domingo, mientras se revestía para la misa, una señora en la sacristía le expone el caso de una familia que yace toda ella enferma y en estado de ex­trema necesidad. Vicente no se queda indiferente:

Esto me tocó sensiblemente el corazón; no dejé de decirlo en el sermón con gran sentimiento, y Dios, tocando el corazón de los que me escuchaban, hizo que se sintieran todos movidos de compasión por aquellos pobres afligidos.

Por la tarde de ese día, Vicente se dispone a visi­tar a la pobre familia y, por el camino, se encuen­tra con una multitud de personas que iban o ve­nían con las mismas intenciones. Llega a la casa y, comprobadas las necesidades de los enfermos, administra los sacramentos a los más graves y refle­xiona sobre la generosidad de sus feligreses. Se da cuenta de que es necesario organizar la buena vo­luntad, pues parte de lo que los pobres enfermos habían recibido de golpe, se estropearía y «después volverán a caer en su primera necesidad».

Pasados tres días, 23 de agosto de 1617, Vicen­te reunía un grupo de piadosas señoras del pueblo con las cuales se fundaba la primera Cofradía de la Caridad. Para su reglamento Vicente se inspira en el reglamento del Hospital de la Caridad de Roma. En las normas de la «pía asociación» se revela tam­bién el corazón de Vicente, su talento organizador, su ternura con los pobres. Todo es tenido en consi­deración: desde la organización interna del grupo hasta la descripción pormenorizada del modo como se debería atender a los enfermos».

2. Seguimiento de Jesús por los pobres (1618-1660)

Sobre los acontecimientos de 1617, el historia­dor J. M. Román destaca cómo pocos episodios de la vida del Santo han merecido, por parte suya, tan larga serie de alusiones en sus conferencias a Padres y Hermanas. Concluye el autor, que «si Vicente vuelve tantas veces sobre uno u otro de los episodios de aquel año es, sin duda, porque habían quedado grabados en su conciencia como decisivos para su biografía personal y para la historia de sus dos Con­gregaciones»49. De este modo, Folleville y Cháti­llon-les-Dombes tienen para Vicente el alcance de acontecimientos fundantes de una nueva realidad que, como veremos, es marcada por el seguimiento de Jesús, traducido en el servicio a los más pobres.

Vicente ya no es el joven que busca su propio interés, sino que es alguien que escucha la invita­ción al seguimiento a través de acontecimientos concretos. A partir de 1617, su principal misión será una prolongación de la experiencia de Folle­ville y Chátillon-les-Dombes. Dar continuidad a esos dos episodios fundantes, significaba, en su con­texto, trabajar en una doble dimensión: la espiri­tual, manifestada en la predicación de la Buena Noticia, en la instrucción de los pueblos rurales y en la administración de los sacramentos; y la dimensión humanitaria, traducida en la asistencia y promoción de los necesitados. Sin estas dos ver­tientes, que son dos caras de la misma moneda, Vicente sabe que no responde a la llamada del seguimiento.

Por otra parte, como hemos dicho en el primer capítulo, el seguimiento es una tarea de toda la vida y, por eso, como subrayaremos en seguida, en su vida se opera una progresiva identificación con la persona de Jesucristo. Seducido por el deseo de asemejarse a su maestro y Señor, él intentará des­prenderse de todo lo que le impida cumplir ple­namente la voluntad de Dios.

2.1 Configuración y vida «en Cristo»

Al intentar dar un nuevo sentido a su existen­cia, Vicente no es todavía un santo, como su pri­mer biógrafo, en algunos pasajes, parece sugerir. Él inicia una nueva etapa y, ahora, como todos los cristianos conscientes de sus deberes, sabe que tiene la ardua tarea de configurar su vida con los criterios evangélicos. Un objetivo nada fácil para quien estaba dotado de un «mal humor» y de un «espíritu agresivo».

2.1.1 Del temperamento repulsivo a la mansedumbre

Como nos relata Abelly, en casa de la señora del General de las galeras, Vicente se «dejaba llevar un poco de vez en cuando de su temperamento bilio­so y melancólico». Un carácter que en nada le favorecía en el trato con los pobres ni en las rela­ciones comunitarias con otros sacerdotes, sus com­pañeros de misión. La señora de Gondi sufre con el temperamento colérico de su capellán y teme que se marche. Vicente reconoce que necesita cambiar. En retiro, en Soissons, 1621, evoca la ayuda divina en esa lucha contra su naturaleza. Él mismo, años después, habla del empeño que puso en librarse de tales modos:

Me dirigí a Dios —dijo— y le rogué con insistencia que me cambiara aquel humor seco y repulsivo, y me diera un carácter manso y benigno; y por la gracia de Nuestro Señor, con un poco de atención que puse por mi parte para reprimir los hervores de la naturaleza, he quitado un poco de mi humor agresivo.

En ese proceso de transformación le sirve de ayuda y ejemplo san Francisco de Sales, un hombre que fue para Vicente el «más manso y afable» que él había conocido.

2.1.2 Desprendimiento de los lazos familiares

Un episodio revelador de la personalidad de Vicente y de su determinación de seguir a Jesús libre de todas las ataduras ocurrió en 1623. Pasan­do cerca de su tierra, al regresar de una misión, Vicente visita a sus parientes. Allí permanece ocho o diez días, lo suficiente «para hablarles del cami­no de su salvación y apartarles del deseo de poseer bienes»55. A la hora de marcharse, se compadece de sus pobres parientes y llora durante el camino. Siente el deseo de ayudarles a mejorar su condi­ción y de «darles a este esto y aquello al otro». Mientras viaja, se imagina repartiendo «lo que tenía y lo que no tenía». La nostalgia le invade ya llegado a París. La tentación de dedicarse pri­vilegiadamente a los suyos permanece, como él nos cuenta:

Estuve tres meses con esta pasión importuna de mejorar la suerte de mis hermanos y hermanas; era un peso continuo en mi pobre espíritu. En medio de todo esto, cuando me veía un poco más libre, le pedía a Dios que me librase de esta tentación; se lo pedí tanto, que finalmente tuvo compasión de mí; me quitó estos cariños por mis parientes; y aunque andaban pidiendo limosna, y todavía andan lo mismo, me ha concedido la gracia de confiarlos a su providencia y de tenerlos por más felices que si hubieran estado en buen acomodo.

De esta forma, a partir de 1623 Vicente se independiza totalmente de sus lazos familiares, obedeciendo al mandato del Señor que invita al seguidor a dejar padre y madre por causa del reino. Ahora, libre de toda atadura, está dispuesto a dar continuidad a la misión de Cristo, evangelizador de los pobres.

2.2 Participación en la misión de Jesús al servicio de los pobres

Habiendo descubierto su vocación y empeñán­dose con más determinación en progresar espiri­tualmente, Vicente reconoce que la única forma de ser fiel al llamamiento de Jesús es dedicarse a los más pobres. Nos parece que el seguimiento, en ese contexto, no podría ser radicalmente vivido de otra forma.

Los estudiosos del siglo XVII señalan que la mayor parte de la población, particularmente la rural, estaba condenada a vivir en la pobreza. Sabemos, por ejemplo, que las pésimas condicio­nes de vida (las epidemias, las guerras, la falta de higiene, de alimentos) contribuían a que la media de edad en esa época fuese tan sólo de 35-40 años. Vicente conocía personalmente esta cruel reali­dad. Él sabía, además, que el pueblo estaba aban­donado espiritualmente, pues, como en otros tiempos de su vida, gran parte del clero perseguía sus honrosos beneficios y no se comprometía con el pueblo. Él mismo se había dado cuenta de que algunos sacerdotes no sabían cosas básicas como, por ejemplo, la fórmula de la absolución59. En una sola frase solía resumir esta realidad: el pobre pue­blo pasa hambre y se condena por no saber las cosas necesarias para la salvación. Otro aconteci­miento le serviría de señal de que debía dedicar su vida en favor de los más desfavorecidos.

2.2.1 Objeción de un calvinista en Montmirail (1620)

Las extensas tierras de la familia Gondi fueron, a partir de 1617, el horizonte inmediato de la acción misionera de Vicente. Ayudado material­mente por la noble familia, y con la colaboración de otros misioneros, lo encontramos en diferentes aldeas instruyendo a los campesinos mediante las misiones y aliviando sus miserias por medio de la fundación de las caridades.

En 1620, durante una misión en Montmirail, a petición de la señora de Gondi, Vicente instruye a tres hugonotes que parecían dispuestos a la con­versión. Pasada una semana de intensa formación, a dos de ellos «Dios abrió los ojos del alma y tocó el corazón para conocer la verdad y así abrazarla». Pero el tercero, «rebelde a toda la argumentación», afirma que la Iglesia de Roma no está conducida por el Espíritu Santo, porque ella abandona a los pobres. Con una argumentación simple, apoyada en los hechos, el hugonote denuncia las causas que motivan su increencia:

No lo puedo creer, porque, por un lado, vemos a los católicos del campo abandonados a pastores vicio­sos e ignorantes, que desconocen sus obligaciones, y la mayor parte de ellos no saben lo que es la reli­gión cristiana; y, por otra parte, vemos las ciudades llenas de sacerdotes y de frailes que no hacen nada (quizás en París haya hasta diez mil), y que aban­donan a la pobre gente del campo en una ignoran­cia espantosa, y por ella se pierde. Y ¿querría usted persuadirme que esto está guiado por el Espíritu Santo?: no lo creeré nunca.

Vicente se siente afectado por la objeción del hugonote. Intenta justificar, contra-argumenta, pero reconoce que aquel tiene su parte de razón. La objeción del calvinista puso en evidencia la idea que desde 1617 le venía royendo el corazón. La Iglesia de los pobres, la Iglesia de Cristo parecía olvidada. Era necesario emprender un trabajo pro­fundo en la evangelización del pobre pueblo.

En el año siguiente, Vicente, en compañía de algunos sacerdotes, trabaja en una misión en un pueblo llamado Marchais, cerca de Montmirail. En la misión, según nos describe Abelly, el calvi­nista asiste a «las predicaciones y a la catequesis, y vio el esmero con que se instruía a los que estaban en la ignorancia de las verdades necesarias para su salvación». Impresionado por la dedicación de los misioneros, se acerca a Vicente y le dice:

Ahora sí que veo que el Espíritu Santo dirige a la Iglesia Romana, porque se preocupa de la instruc­ción y de la salvación de los pobres aldeanos. Estoy dispuesto a entrar en ella, cuando le plazca reci­birme.

Para Vicente, la conversión del calvinista quedó como una de las referencias históricas más impor­tantes. La evangelización de los pobres, la acción misionera, la vivencia de la itinerancia como los primeros seguidores, son los mejores argumentos que prueban la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia. Más tarde, Vicente recuerda este episodio para motivar a sus misioneros a la misión y co­menta: «¡Qué dicha para nosotros los misioneros, poder demostrar que el Espíritu Santo guía a su Iglesia, trabajando como trabajamos por la ins­trucción y la santificación de los pobres».

2.2.2 Fundación de la Congregación de la Misión

El episodio de la conversión del hugonote se quedó grabado en la mente de Vicente. Con él, Vicente confirmaba su convicción de que el aban­dono espiritual de los pobres, la ignorancia y la falta de celo de muchos sacerdotes eran las dos grandes plagas de la Iglesia. Posteriormente, una vez más, la realidad es interpretada como una lla­mada de Dios, una invitación a trabajar no sólo en la instrucción de los campesinos, sino también en la reforma del clero.

El reto del contexto viene al encuentro del deseo de la señora de Gondi, que pretende dar a la actividad misionera ocasional de Vicente y sus compañeros un carácter permanente. En los dominios de la noble familia, Vicente, año tras año, se dedicaba preferentemente a la predicación de misiones y, desde 1619, había sido nombrado a invitación del esposo de la referida señora, Felipe- Manuel Gondi, capellán general de las galeras, una «vasta parroquia que nunca había tenido titular». A sus pobres feligreses, en 1623, ya les había pre­dicado una misión. Ahora, a petición de la señora, se trataba de dar carácter institucional al proyecto y, de esta forma, garantizar la evangelización de los pobres que vivían bajo sus dominios.

La buena señora pide a Vicente que lidere un grupo que lleve a buen término sus proyectos. Vicente tarda en decidirse. En retiro, pide a Dios que «le quite el gusto y la prisa» y duda que esa sea verdaderamente la voluntad de Dios. Procura el consejo de su maestro, Andrés Duval, que le res­ponde: «el siervo que conoce la voluntad del Señor y no la cumple recibirá muchos azotes»69. En la voz de su maestro y amigo reconoce el mandato divino que estaba buscando. Ahora, con nueva determinación, proyecta preparar intelectual y espiritualmente un equipo de sacerdotes con vistas a formar «una compañía que tenga por herencia a los pobres y que se dé enteramente a ellos».

El 17 de abril de 1625, Felipe-Manuel Gondi, Margarita de Silly, su esposa, y Vicente de Paúl fir­man el contrato que dotaba de un capital social (37.000 libras) la nueva institución, cuyos moldes aún no estaban bien definidos. De esta forma, bajo el lema lucano: Pauperibus evangelizare misit me (4,18), nacía la Congregación de la Misión.

2.2.3 Desarrollo de las Caridades

La Cofradía de la Caridad, fundada en 1617, en pocos años se consolida en casi todas las dióce­sis de Francia. En general, todas ellas adoptaron el reglamento estipulado en Chátillon, en 1617. Pero muy pronto, se impuso la necesidad de dar una respuesta a los problemas de la institución en crecimiento. Era necesario que alguien las visitase, que velase por poner orden o motivar a sus miembros. Además, surgían nuevas formas de pobreza, a las cuales las Damas de la Caridad no siempre estaban en condiciones de socorrer. Algunas de ellas, de noble linaje, estaban inicialmente muy interesadas en la obra, pero en la práctica, se aver­gonzaban de llevar por sí mismas la olla a los enfermos y de recorrer las calles donde eran cono­cidas, haciéndose reemplazar en tal menester, juz­gado vulgar, por sus sirvientes. Otras, más absor­bidas por sus obligaciones familiares y sociales, delegaban en sus criadas la misión de visitar a los enfermos. De este modo, se fue imponiendo la convicción de que sólo los pobres podían socorrer a los pobres.

Sin que nunca se hubiese programado, el re­ducido número de jóvenes que apoyaban a las Damas de la Caridad se fue gradualmente inde­pendizando. Ellas estaban bajo la dirección de Luisa de Marillac. En 1633, con esta mujer, Vicente de Paúl funda la Compañía de las Hijas de la Caridad, «las pobres jóvenes, completamente entregadas a Dios para el servicio de los pobres», las aldeanas, «religiosas» sin velo, sin hábito y sin votos solemnes, motivadas para el servicio de los pobres.

La nueva Compañía ha tenido que luchar para ser reconocida en la Iglesia. Su configuración novedosa rompía los moldes de las instituciones femeninas hasta entonces existentes. Vicente con Luisa fueron constantes en esa cruzada, porque estaban convencidos de ser esa la voluntad de Dios. Una y otra vez, dirá san Vicente: «fue Dios quien comenzó esta obra; por tanto esta obra es de Dios».

2.3 Actividad en el ámbito nacional

Desde 1633, Vicente se dedica, por una parte, a apoyar sus fundaciones y, por otra, a solucionar problemas en distintas áreas. Él es el rostro de la Congregación de la Misión, el formador de las Hijas de la Caridad, el director de conciencia de santa Juana Chantal y el sucesor de Francisco de Sales en la dirección de las Visitandinas, el reformador del clero francés, el capellán general de las galeras, el adversario de cardenal-ministro Maza­rino, el miembro del Consejo de Conciencia del Estado, el guardián de la fe, el auxiliador de los pobres, los niños expósitos» y las victimas de las guerras». El «señor Vicente es siempre el señor Vicente», dicen las personas que reconocen su per­sistente determinación de servir a los demás.

2.4 En el ámbito internacional

La institución que, en 1625, nacía bajo la mirada de la señora de Gondi, en poco tiempo pasa del ámbito local al nacional y, luego, de este al internacional. Lo mismo sucedió con las demás fundaciones: «modestas en sus comienzos, fun­dadas de ordinario por un incidente aparentemen­te casual, se despliegan finalmente en abanico, abriendo, a medida que avanzan, nuevas y grandes avenidas.

Por ser la cabeza de la cristiandad, Roma fue la primera ciudad europea que acogió una comu­nidad de miembros de la Congregación de la Misión. En Roma, los primeros misioneros fueron fundamentalmente los legados de Vicente en las cuestiones de orden jurídico. Poco tiempo después, la «pequeña compañía» también se instaló en las ciudades de Génova y Turín. Años más tarde, a finales de 1646, a petición de la Sagrada Congrega­ción de Propaganda Fide83, parten para Irlanda los primeros misioneros. La historia se repitió en otros países de Europa. La Congregación de la Misión había asumido la vocación personal de Vicente y sus fines eran la evangelización de los padres y la formación del clero.

2.4.1 Madagascar

Fuera de Europa la misión que más energías consumió a Vicente ya anciano, fue la isla de Madagascar. La presentamos sucintamente porque la juzgamos reveladora de una «espiritualidad del seguimiento» que él vivió e intentó que los miem­bros de sus congregaciones viviesen.

Fiel a su principio de que la vocación de la Congregación de la Misión no consistía en ir a una sola parroquia o diócesis, sino «a toda la tierra […] para hacer lo que hizo el Hijo de Dios»84, Vicente accedió a la petición del Nuncio de que enviara sus misioneros a Madagascar. Al revés de otras misiones fuera de Europa, en ese sitio aleja­do Vicente pedía a los suyos que tratasen con los colonos «sin traicionar la conciencia», pero pre­firiesen la acción entre los «pobres indígenas» que desconocían las verdades de fe. La misión, sin embargo, iba a debatirse en un conjunto de difi­cultades que harían de ella una misión imposible.

El primer problema era la distancia: llegar a la isla, también llamada de San Lorenzo, por nave­gación normal, llevaba cinco o seis meses. Desde 1648 hasta su muerte en 1660, Vicente envió, en distintas fases, veinte misioneros, pero sólo siete llegaron a poner pie en la isla. Los siete que ha­bían sobrevivido al viaje, acabarían por fallecer, prematuramente, por enfermedades, debido a la inadaptación al clima exótico.

La postura de los colonos constituía también un obstáculo para la evangelización. Eran, en ge­neral, hombres aventureros que no reparaban en medios para enriquecerse rápidamente. Por eso, trataban a los nativos como salvajes. De este modo, las fricciones entre ambos poderes eran inevitables y frecuentes.

Por otro lado, la religión tradicional y las aña­didas influencias del islamismo, las costumbres paganas y las antiguas tradiciones, hicieron que la población se resistiese al nuevo mensaje, total­mente distinto, que parecía inevitablemente aso­ciado al pueblo opresor.

El drama de la misión de Madagascar reper­cutía en el corazón de Vicente y en la vida de la Compañía. Ante las calamidades de la empresa, surgen voces críticas que reclaman el fin del envío de misioneros. En este contexto, Vicente, ya con sus setenta y siete años, presintiendo su fin, dirige a los suyos una alocución en tonos proféticos:

¿Será posible que seamos tan cobardes de corazón y tan poco hombres que abandonemos esta viña del Señor, a la que nos ha llamado su divina Majestad, solamente porque han muerto allí cuatro o cinco o seis personas? […] ¡Bonita compañía sería la de la Misión si, por haber tenido cinco o seis bajas, aban­donase la obra de Dios! ¡Una compañía cobarde, apegada a la carne y a la sangre! No, yo no creo que en la compañía haya uno solo que tenga tan pocos ánimos y que no esté dispuesto a ir a ocupar el lugar de los que han muerto. No dudo de que la natura­leza al principio temblará un poco; pero el espíritu, que es más valiente, dirá: «Así lo quiero; Dios me ha dado este deseo; no habrá nada que pueda hacerme abandonar esta resolución».

El texto citado es, a nuestro entender, una actua­lización de la llamada de Jesús a sus contempo­ráneos. Vicente recuerda a los suyos el deber de seguir a Jesús con todas las consecuencias y los motiva a que se desarraiguen de su tierra, de todas sus seguridades por causa del Evangelio. El texto deja también traslucir la dialéctica interior del que se siente llamado al seguimiento: la atracción, el deseo de prolongar la misión de Jesús y, al mismo tiempo, las resistencias de la carne. Ya no se trata sólo de un «dejar padre y madre», ni siquiera de una «simple participación en la misión de Jesús», sino de acoger incondicionalmente la invitación, predisponiéndose a «perder su vida» por causa del Reino de Dios.

En la primera expedición a Madagascar, Vicente había manifestado deseos de «servir de compañero al primer misionero»86. Ahora, más cerca del encuen­tro con el Señor de la Vida, los suyos, a pesar de los fracasos, mantuvieron la misión: Vicente y su suce­sor en el gobierno de la Compañía enviaron aún más de una decena de hombres. La obediencia de los misioneros es, a nuestro entender, un reconocimien­to de los suyos al anciano fundador, un hombre que tenía plena autoridad para invitar a otros hombres a que vivieran en actitud de seguimiento.

2.5 «Ya basta»

El itinerario biográfico de Vicente, a partir de 1617, quedaría señalado por un conjunto de inicia­tivas llevadas a cabo en el ámbito nacional y mundial. A pesar del considerable número de cartas, conferencias y documentos que hoy se acumulan en catorce volúmenes con un total de 8.000 pági­nas87, el «señor Vicente» no fue un teorizador, sino un hombre de acción. Sus obras son reveladoras de su determinación de seguir e imitar a Jesús soco­rriendo material y espiritualmente a los más nece­sitados». Para los lectores de sus escritos, es evi­dente que su actividad estaba apoyada en largos ratos de comunión con Dios. «Estar con Jesús» en la oración y «participar en su misión» con «el esfuerzo de los brazos y con el sudor de la frente»» definen su seguimiento.

Al contrario de la gran mayoría de su contem­poráneos, Vicente tuvo una vida larga. En el últi­mo año de su vida, en 1660, debilitado por las enfermedades, se ve privado de salir de casa y, en los últimos días, de su habitación. Sin embargo, se muestra activo hasta los límites de sus fuerzas. Diez días antes de morir, escribe la última carta en que manifiesta preocupación sobre la campaña bélica para liberar a los miles de esclavos franceses en Argel.

Los últimos días de Vicente fueron pormenori­zadamente anotados en un diario por un padre de la compañía, el P. Giguel91. En su última noche, hay un episodio que nos llama la atención y que nos parece significativo. Nos cuenta el P. Giguel que después de recibir los sacramentos, los padres que le acompañaban le sugerían piadosas jacula­torias o sentencias evangélicas. Durante horas, el moribundo repetía las palabras de su compañeros: credo in Deum Patrem; credo in Jesum Christum; credo in Spiritum Sanctum…. En cierto momento, como el P. Giguel le decía con mucha insistencia: Deus in adjutorium…, Vicente aún tiene la fuerza y lucidez para responderle: «ya basta». Indicaba, así, que ya estaba preparado para presentarse ante el Señor al que había servido y amado. Horas después, en la madrugada de 27 de septiembre, Vicente daba el último suspiro.

Las exequias del santo de la caridad fueron seguidas por las autoridades civiles y eclesiásticas. Pero en ellas participaron, sobre todo, los miles de pobres que, día a día, habían sido beneficiarios de la ayuda y atención del santo.

3. El seguimiento según Vicente de Paúl

Después de recorrer el itinerario biográfico de Vicente de Paúl señalando las diferentes etapas en el proceso de identificación con la persona de Jesús, en las páginas siguientes intentaremos responder a la cuestión ¿en qué consiste el segui­miento según san Vicente? Para responder a esta cuestión procuraremos, en primer lugar, aclarar las especificidades de los textos que nos servirán como fuentes para el estudio. Seguidamente, nos detendremos en la concepción cristológica subya­cente al pensamiento y a la acción de nuestro per­sonaje. Un tercer paso será caracterizar los medios que Vicente juzgó necesarios para que el seguidor alcance las «inclinaciones y disposiciones» de Jesús. Finalmente intentaremos presentar, de una forma sucinta y más sistemática, los rasgos que consi­deramos definidores del seguimiento en Vicente de Paúl.

3.1. Observaciones preliminares

El hecho de que Vicente de Paúl no haya escri­to un tratado espiritual no significa que no hubie­se tenido actividad literaria. Cualquier interesado en la materia puede estudiar los rasgos caracteriza­dores de su personalidad, su pensamiento, su espi­ritualidad en una parte de esa producción literaria que ha llegado a nosotros y a la que ya hemos hecho referencia’. Antes de analizar los textos, juz­gamos pertinente hacer algunas observaciones de carácter metodológico. Para eso, intentaremos res­ponder a las siguientes cuestiones: ¿qué género de texto tenemos como objeto de estudio? y ¿cuál es la terminología que Vicente utiliza para expresar la idea de seguimiento?

3.1.1 «Cosas comunes»

La opinión generalizada de los estudiosos es que Vicente no fue un hombre con la capacidad especulativa de Bérulle, ni con la originalidad de un Francisco de Sales. Como destaca A. Dodin, experto en los estudios vicencianos, en la intro­ducción a las conferencias a los misioneros, la enseñanza de Vicente «no consiste en un desarro­llo a partir de unas nociones o definiciones: es un esfuerzo por hacer compartir una experiencia». Por eso, quien se acerca a las obras completas de Vicente de Paúl con la intención de estudiar un tema, podrá desilusionarse porque el santo en sus cartas o conferencias no hace grandes teorías. En sus conferencias, expone un tema, a veces de forma poco sistemática, lo cual tiene por funda­mento su vivencia personal, enriquecida por los datos de la revelación. Más que las ideas de otros autores, más que originalidades doctrinales, Vicente «repite» el Evangelio para las personas de su tiempo, motivándolas para la vivencia de las virtudes cristianas.

Para confirmar esta idea, tenemos el comenta­rio del Hermano Ducournau, uno de los trans­criptores de las pláticas de san Vicente. Para él, Vicente «no dice de ordinario más que cosas comunes», pero lo peculiar de esas cosas es que las «dice con una fuerza poco común». Partiendo de este presupuesto, nos proponemos analizar el con­tenido de las «cosas comunes» referentes al tema del seguimiento de Jesús.

3.1.2 Seguir e imitar en Vicente de Paúl

El verbo seguir y sus derivados aparecen apro­ximadamente 700 veces a lo largo de sus cartas, conferencias y documentos. Su uso es bastante variado y pocas veces tiene el sentido de «caminar con Jesús», «estar con él», «participar en su misión» y «aceptar un destino semejante al suyo». Para el hombre del siglo XVII el vocablo que mejor expresa esta realidad es «imitar». Este verbo y sus variaciones aparecen casi siempre en referencia a Jesús.

Uno de los estudiosos de san Vicente, François Garnier, se ha ocupado en clasificar sus temas de espiritualidad a partir de los escritos que hoy conocemos. Bajo el epígrafe general de imitación de Jesucristo, encontramos 45 conceptos, con más de 400 citas. Vicente aconseja imitar a Jesucristo en todas las vertientes de la vida teologal: el pade­cimiento, el trabajo, la obediencia, la pobreza, la humanidad, la evangelización de los pobres, etc.

Ya hemos dicho en el primer capítulo que la imitación del que llama es una actitud común por parte del que acepta el reto del seguimiento. En la historia de la espiritualidad abundan ejemplos que confirman este dato. Sin duda que entendemos por imitación no una reproducción material de los gestos y palabras de Jesús, sino más bien de su acti­tud fundamental. De este modo, Vicente no imitó ni propuso a la imitación aspectos como el idioma o el vestuario de Jesús, sino que propuso a Cristo como código regulador de vida y modelo de todas las acciones. En síntesis, para él, como veremos más adelante, lo que hay que imitar es fundamen­talmente su «espíritu». En este sentido, compren­demos la imitación como una actitud natural por parte de quien sigue radicalmente a Jesús.

3.1.3 Las fuentes

El único texto que Vicente escribió y publicó en vida fue el de las Reglas o Constituciones de la Congregación de la Misión. Durante 30 años, las reglas fueron ensayadas y adaptadas a las cir­cunstancias hasta que, en 1658, fueron defini­tivamente impresas. Sin embargo, Vicente tam­bién comunicó su pensamiento a otros niveles y a través de diversos modos de expresión. Aunque haya publicado sólo la referida regla, él escribió e hizo escribir mucho. La diversidad de los textos contenidos en las obras completas, la desigualdad de su valor y la diferencia de nivel del pensa­miento expresado, nos obligan a detenernos un poco para aclarar la peculiaridad de cada fuente. Por eso, a continuación describimos, sumariamen­te, las diferentes categorías de las fuentes del estu­dio en cuestión.

3.1.3.1 Las cartas

No sabemos exactamente cuántas cartas escri­bió o solamente firmó san Vicente. La opinión general es que habría escrito o «dictado» alrede­dor de 30.000. De ellas se conservan hoy 2.747, recogidas y publicadas por Pedro Coste. Sabemos que hasta 1645 todas las cartas fueron escritas de su propio puño. Al ser nombrado miembro del Consejo de Conciencia del Reino (1643-1653), Vicente tuvo que multiplicar su corresponden­cia. Para eso se sirve de dos hermanos: Bertran Ducourneau y Louis Robineau. A veces coope­raban con ellos otros secretarios, sobre todo cuando había que expedir alguna circular. De esta forma se explica la diversidad de estilos. Por eso, subraya Giuseppe Coluccia, «hay cartas cuya redacción no es de Vicente, pero que van ava­ladas con su firma; en algunas ha introducido correcciones, o bien añadiduras. La fecha puede ir al comienzo o al fin, o faltar del todo, especial­mente cuando escribe a Luisa».

Para nuestro estudio privilegiaremos las que él ha escrito personalmente, aunque la globalidad de las cartas es fundamental para la comprensión «del talante humano y vigor espiritual del genial y rea­lista san Vicente».

3.1.3.2 Conferencias a las Hijas de la Caridad

En número inferior a las conferencias a los misioneros, actualmente sólo se conservan 120 conferencias a las Hijas de la Caridad. Su origen se debe al cuidado de las primeras hermanas, de Luisa de Marillac en particular, que tomaban notas de las «pequeñas conferencias». Después, terminada la sesión, se acercaban a él y con el esquema que él había usado, reconstruían el texto. Más aún, consta que él muchas veces echaba una mirada a lo que las Hermanas habían escrito. De ese modo, las Hermanas que vivían lejos de la casa Madre podían conocer con fidelidad el pen­samiento y las directrices dadas por el superior general.

Las conferencias son básicamente instrucciones que enseñan y motivan a las oyentes a la vivencia de las virtudes cristianas desde la perspectiva del santo. A veces, él se detiene en comentarios sobre las reglas. Su tono es coloquial, cercano y, en cier­tas ocasiones, las conferencias son dialogadas.

La edición Pedro Coste, de que nos servimos, recoge las únicas 120 conferencias de los manus­critos originales que hoy se conocen.

3.1.3.3 Conferencias a los misioneros

Al revés de lo que sucedió con las Hijas de la Caridad, con los misioneros, Vicente de Paúl no consintió que se registrasen sus palabras, excepto en ocasiones muy puntuales. Sin embargo, sin que el santo se enterase, los Hermanos Beltrán Ducourneau y Robineau procuraron poner por escrito lo que él les decía. De las anotaciones del Hermano Ducourneau surgieron los textos que constituyen un resumen sustancial de las palabras de san Vicente. El texto al que hoy tenemos acceso es también una reconstrucción del ambiente que se vivía en las conferencias, porque el Hermano Ducourneau no sólo se detiene en registrar el pen­samiento y las expresiones verbales del santo, sino también los movimientos físicos de su expresión.

Desgraciadamente casi todos los originales ma­nuscritos se perdieron en la revolución de 1789.

En la introducción a las obras completas de san Vicente, en lengua castellana, J. M. Ibáñez hace referencia a las restantes fuentes recogidas por Pedro Coste.

Según A. Dodin, las conferencias a los misio­neros nos presentan las enseñanzas más sustan­ciales y mejor construidas del santo. Vicente sabía que se dirigiría a un auditorio donde no faltaban teólogos y espíritus cultivados, por eso revisaba sus autoridades y sus argumentos. Los temas de las con­ferencias son tan variados como ocasionales: virtu­des, deberes de estado, explicación de las Reglas y enseñanzas de las fiestas a lo largo del año16.

3.1.3.4 Documentos

En la edición francesa de Pedro Coste, el tomo XIII recoge un considerable conjunto de docu­mentos de gran importancia para el estudio de la historia y espiritualidad vicenciana. El tomo X de la edición española recoge todos esos docu­mentos y añade aún otros muchos que proceden de revistas de estudios tales como: Annales de la Congrégation de la Mission et des Filies de la Cha­rité, Annali della Missione, Mission et Charité y Vincentiana.

El referido tomo está subdividido en cinco par­tes con un total de casi mil páginas. La parte pri­mera contiene los documentos relativos a san Vicente; la segunda los relativos a la Congrega­ción de la Misión; la tercera los relativos a las Cofradías de la Caridad; la cuarta los relativos a las Hijas de la Caridad y, finalmente, la quinta parte, los relativos a las Damas de la Caridad. Además de los referidos documentos, hay otros tantos relacionados con san Vicente que fueron, a finales de la década de los 70, recogidos en otros estudios».

J. M. Ibáñez señala en la introducción a las obras completas, versión castellana, que «estos documen­tos nos proporcionan elementos de referencias cronológicas seguros y oficiales, permitiéndonos cons­truir un plan de exposición y señalar las etapas de una evolución»19. Por lo tanto, son fuentes indis­pensables para el estudio que nos proponemos.

3.2. Comprensión cristológica

De la lectura de las cartas, conferencias y do­cumentos de Vicente podemos concluir que su doctrina se vertebra sustancialmente en torno a la persona de Jesucristo. Para comprender la peculia­ridad de su seguimiento intentemos, en primer lugar, determinar la visión cristológica del santo respondiendo a las cuestiones: ¿qué imagen de Jesucristo subyace en el pensamiento de Vicente de Paúl?; ¿qué Cristo hay que seguir?

3.2.1 Jesucristo el enviado del Padre

En consonancia con la formulación del Credo, Jesús desciende del Padre y se encarna, por obra del Espíritu Santo, en el seno de Maria21. Es Dios, uno y trino, el origen de la creación y de la encar­nación, momento culminante de la economía sal­vífica22. El Dios Trinidad subyace a la actuación del Hijo: es el Padre quien envía al Hijo, el cual, a su vez, actúa bajo la guía del Espíritu Santo.

En diferentes ocasiones y de diversas formas, Vicente secunda el esquema paulino del himno cristológico de la Carta a los Filipenses: Cristo se despojó de su condición divina, asumiendo la condición humana (cfr. Fil 2,6-7). La misma idea es sustentada, por ejemplo, en una repetición de oración, en noviembre de 1657:

¿Hay algo que sea más conforme con lo que hizo nuestro Señor, bajando a la tierra para redimir a los hombres de la cautividad del pecado y del demonio? ¿Qué es lo que hizo el Hijo de Dios? Dejó el seno de su Padre eterno, lugar de su reposo y de su gloria. ¿Y para qué? Para bajar aquí, a la tierra, entre los hom­bres, para instruirles por medio de sus palabras y de su ejemplo, para librarles de la cautividad en que estaban y redimirles. Para ello, llegó a dar su propia sangre.

Algunas de las expresiones que Vicente utiliza, como las que encontramos en el citado texto, defi­nen su cristología como «descendente». Se desta­ca el misterio de la encarnación como el culmen de la historia salvífica: la segunda persona de la Santísima Trinidad participa en la dimensión his­tórica de los hombres, asume la naturaleza huma­na para «librarlos de la cautividad» o, dicho de otro modo, para restaurar la condición de hijos de Dios perdida por el pecado. Sin embargo, si es el Hijo, que procede del Padre, quien lleva a cabo la redención del hombre, es al Padre al que corres­ponden las iniciativas divinas.

Por otra parte, Vicente define, sucintamente, la actitud del Hijo encarnado en dos rasgos o movi­mientos. Eso lo expresa en una carta a un sacerdo­te de la Misión, en agosto de 1657, cuando afirma que las dos grandes virtudes de Jesucristo son «la religión para con su Padre y la caridad para con los hombres»26. Veamos más detenidamente cada uno de esos movimientos.

3.2.1.1 «La religión para con su Padre»

Una de las notas peculiares de la cristología de Vicente se encuentra en las actitudes permanentes del Hijo con relación al Padre. En la conferencia de 13 de diciembre de 1658 a los misioneros, Vi­cente repite que el espíritu de Jesús «es un espíritu de perfecta caridad, lleno de una estima maravillo­sa a la divinidad y de un deseo infinito de honrar­la dignamente, un conocimiento de las grandezas de su Padre, para admirarlas y ensalzarlas incesan­temente». Partiendo del texto de esta conferen­cia, destacamos tres notas que, para san Vicente, definen la actitud de Jesús con relación al Padre. Veamos cada una de ellas con el texto respectivo:

1. La estima para con el Padre:

Jesucristo tenía de él una estima tan alta que le rendía homenaje en todas las cosas que había en su sagrada persona y en todo lo que hacía; se lo atribuía todo a él; no quería decir que fuera suya su doctrina, sino que la refería a su Padre: Doctrina mea non est mea, sed ejus qui misit me Patris (Jn 7 ,16).

El anonadamiento expresión del amor:

¿Podía acaso tener un amor más grande, hermanos míos, que anonadarse por él? Pues san Pablo, al hablar del nacimiento del Hijo de Dios en la tierra, dice que se anonadó (Flp 2,7). ¿Podía testimoniar un amor mayor que muriendo por su amor de la forma en que lo hizo? (Jn 15,13). ¡Oh, amor de mi Salvador! ¡Oh, amor! […] Sus humillaciones no eran más que amor; su trabajo era amor, sus sufri­mientos amor, sus oraciones amor, y todas sus ope­raciones exteriores e interiores no eran más que actos repetidos de su amor».

Conformidad con la voluntad divina:

Jesucristo estaba tan lleno de él [su Padre] que no hacía nada por sí mismo ni por buscar su satisfac­ción: Quae placita sunt ei, facio semper (Jn 8,29); hago siempre la voluntad de mi Padre; hago siem­pre las acciones y las obras que le agradan.

La estima, el amor y la dependencia que carac­terizan el «espíritu del Hijo» se traducen en com­portamientos prácticos de adoración, de caridad y de seguimiento de la voluntad divina.

Sin embargo, como veremos en seguida, la cris­tología de Vicente se centra fundamentalmente el Jesucristo histórico, prepascual. A pesar de estar influido por Bérulle, Vicente no se queda con el modelo del gran maestro de la escuela de espiri­tualidad francesa: el Verbo encarnado abismado en la adoración del Padre. El Jesucristo de Vicen­te es, sobre todo, el Jesús pobre que vivió con los pobres. En este sentido, veamos el segundo movi­miento definidor del «espíritu de Jesús».

3.2.1.2 «La caridad para con los hombres»

Vicente contempla a Jesús preferentemente co­mo el enviado del Padre que recorre los caminos de Palestina repartiendo pan, curando enfermos, expulsando demonios y anunciando la salvación. Es el Jesús de los sinópticos, el ungido por el Espí­ritu del Señor «para anunciar a los pobres la Buena Noticia» (Lc 4,18); es el hijo de María que mani­fiesta el rostro misericordioso de Dios; el hombre manso y humilde que camina en compañía de sus apóstoles, obediente al Padre y casto por causa del reino; es, en síntesis, el Dios cercano y solidario con los más desfavorecidos.

En este sentido, podríamos decir que su cristo­logía es también y, sobre todo, «ascendente»: Jesús es Dios hecho hombre, su humanidad es el lugar del encuentro de Dios con el hombre y del hombre con Dios. En su santa humanidad el hombre encuentra el camino y la puerta para acceder a Dios.

En reiteradas ocasiones, en sus cartas y confe­rencias, él hace referencia a ese Jesús, el hombre de Nazaret, que en la tierra asumió el partido de los más pobres. Para él, es ese Jesús el que ha de ser seguido. Veamos algunos ejemplos:

Nuestra vocación es conforme con la vida que el Hijo de Dios llevó en la tierra.

Para ser verdaderas Hijas de la Caridad hay que ha­cer lo que hizo el Hijo de Dios en la tierra.

Por el servicio a los pobres honramos lo que el Hijo de Dios hizo en la tierra y su santa humanidad. Tenemos muchos motivos para humillarnos en este punto, al ver que el Padre eterno nos destina a lo mismo que destinó a su Hijo, que vino a evangeli­zar a los pobres.

Vicente se sirve de la imagen del Jesús histórico para motivar a los hombres y las mujeres de su tiempo a ser continuadores de la obra liberadora de Jesús. Sólo en referencia a este Jesús humano y cercano se comprende su peculiar forma de seguimiento.

3.2.2 Jesús está en el pobre

Sin embargo, el Cristo de Vicente no sólo es el enviado del Padre que invita al seguidor a prolon­gar su misión en la historia. Para Vicente, Jesús, al asumir un estilo de vida pobre, se identificó con los pobres de todos los tiempos y de todas las razas. Los desfavorecidos de la sociedad, los últimos y excluidos son, por consiguiente, iconos suyos. A este propósito, en la conferencia a las Hijas de la Caridad del 13 de febrero de 1646 dice:

Hijas mías, ¡cuánta verdad es esto! Servís a Jesucris­to en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios. […] Id a ver a los pobres condenados a cadena perpetua, y en ellos encontraréis a Dios; servid a esos niños, y en ellos encontraréis a Dios. ¡Hijas mías, cuán admirable es esto! Vais a unas casas muy pobres, pero allí encon­tráis a Dios. […] Sí, Dios acoge con agrado el servi­cio que hacéis a esos enfermos y lo considera […] hecho a él mismo.

La interpretación literal de la parábola del últi­mo juicio de Mt 25, 31-46 lo lleva a subrayar una y otra vez que Jesús está en el pobre. En la con­ferencia a las Hijas de la Caridad de 16 de marzo de 1642, por ejemplo, Vicente afirma que los pobres tienen el honor de representar a los miembros de Jesucristo. Los servicios que se les hacen son hechos a él mismo. Una hermana, animada por esos pensamientos, observa que el enfermo acostado en su cama, es como Jesús cla­vado en la cruz».

Los pobres son, por consiguiente, una «presen­cia real» de Jesús. Por eso, su servicio es una especie de culto tributado al Hijo de Dios, una verdadera «devoción», la cual lleva consigo el res­peto cordial, como él declara a las Hijas de la Cari­dad el 11 de noviembre de 1657:

Así pues, esto es lo que os obliga a servirles con res­peto, como a vuestros amos, y con devoción, por­que representan para vosotras a la persona de Nues­tro Señor, que ha dicho: «Lo que hagáis al más pequeño de los míos, lo consideraré como hecho a mí mismo». Efectivamente, hijas mías, Nuestro Señor es, junto con ese enfermo, el que recibe el servicio que le hacéis. Según eso, no sólo hay que tener mucho cuidado en alejar de sí la dureza y la impaciencia, sino además afanarse en servir con cordialidad y con gran dulzura, incluso a los más enfadosos y difíciles, sin olvidarse de decirles algu­na buena palabra.

La palabra «devoción» empleada por Vicente, en su sentido original, etimológico, significa «estar dedicado» a alguien, «estar consagrado» a su servi­cio y a su honor. Subrayando este sentido, en algu­nos pasajes, Vicente pone en igualdad el culto de Nuestro Señor en la liturgia que se tributa en la Eucaristía, y el culto en la persona de los pobres. Ese es el sentido del artículo 1.° de las Reglas Co­munes de las Hijas de la Caridad, porque «honrar» quiere decir tributar culto y ese culto se realiza sirviéndolo en los pobres:

El fin principal para que Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad es para honrar y venerar a Nuestro Señor Jesucristo como el manantial y mo­delo de toda caridad, sirviéndole corporal y espi­ritualmente en la persona de los pobres enfermos, Niños, encarcelados, y otros que por rubor no se atreven a manifestar sus necesidades.

De este modo, para Vicente el servicio a los pobres es una verdadera experiencia espiritual. Más allá de un mero compromiso ético de solida­ridad con los necesitados, este servicio es un culto prestado a Dios. En este sentido, se comprende la vivencia espiritual, no tanto como una expe­riencia individual, subjetiva, caracterizada por una búsqueda de unión mística con Dios, sino más bien como comunión con él y con Jesús al servicio de los pobres. Evidentemente, el encuentro con el Jesús pobre no es tan fácil ni agradable como estar delante de un sagrario. Por eso, Vicente advierte a los suyos la necesidad de dar la «vuelta a la medalla» y mirar con los ojos de la fe para, de este modo, reconocer en el rostro del pobre la persona de Jesús».

Partiendo de estos presupuestos, resulta claro que para Vicente la actitud fundamental de aquel que acepta seguir a Jesús es precisamente la de ser­virlo en los pobres. La evangelización, en este sen­tido, no se queda en el ámbito del anuncio de la Buena Noticia, sino que postula un compromiso personal en favor de la liberación integral de los crucificados de este mundo. Se trata, en defini­tiva, de bajar de la cruz al Cristo que, en los nece­sitados, sigue agonizando. Bajar de la cruz es libe­rarlos de las estructuras causantes de opresión y hacerles recuperar su dignidad divino-humana. Esta actitud debe ser llevada a cabo con el mismo «espíritu de Jesús»47. Su cristología tiene, por con­siguiente, un peculiar cariz apostólico y el segui­miento se entiende sobre todo como servicio a los más pobres.

3.3. Ser seguidor

Presentado el modelo cristológico propuesto por san Vicente a los suyos, veamos ahora cómo lograr la gracia de ser seguidor. Partiendo de los textos del santo, intentemos caracterizar los me­dios necesarios para que el hombre y la mujer pue­dan seguir a Jesús.

3.3.1 «Revestirse del espíritu de Jesucristo»

Los aspectos anteriormente expuestos como caracterizadores del espíritu de Jesús, sintetizados en el pasaje «religión para con el Padre y caridad hacia el prójimo», son, en diferentes ocasiones, presentados por el santo como el ideal que el cris­tiano debe perseguir. Es de ese espíritu que el lla­mado es invitado a revestirse.

¡Qué negocio tan importante este de revestirse del espíritu de Jesucristo! Quiere esto decir que […] hemos de esforzarnos en imitar la perfección de Jesucristo y procurar llegar a ella. Esto significa también que nosotros no podemos nada por noso­tros mismos. Hemos de llenarnos y dejarnos ani­mar de este espíritu de Jesucristo».

Por consiguiente, subraya Vicente en una con­ferencia sobre las máximas evangélicas, «hemos de tener siempre este divino cuadro ante los ojos»49. A fuerza de mirarlo y reflexionar sobre su divina palabra, el seguidor aprende a representarle en la tierra con «las mismas líneas, proporciones, moda­les y forma de mirar», porque «si nos hemos pro­puesto hacernos semejantes a este divino modelo y sentimos en nuestros corazones este deseo y esta santa afición, es menester procurar conformar nuestros pensamientos, nuestras obras y nuestras intenciones a las suyas».

El término «revestirse», como otros de signi­ficado semejante que Vicente utiliza —»entrar» y «armarse del espíritu de Jesucristo»—, no se con­funde con un ropaje externo de simples aparien­cias, sino que es «el amor de Dios que se derrama en nuestros corazones por el Espíritu Santo» (Rom 5,5). Revestirse del espíritu de Jesucristo es dejar­se transformar por la tercera persona de la Santísi­ma Trinidad y realizar las mismas acciones que hizo el Hijo de Dios.

Por lo tanto, para Vicente, en la tarea de reves­tirse del espíritu de Jesús, juega un papel determi­nante la acción del Espíritu Santo. Es la tercera persona de la Santísima Trinidad quien habita en el seguidor, le dota de las «mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y estas le hacen obrar, no […] con la misma perfec­ción, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu»51. El Espíritu Santo actúa, con su gracia y con sus dones, configurando al seguidor según la imagen del «modelo soberano». De esta forma el que acoge la llamada y se libera de las ata­duras del mundo, es invitado a revestirse de Jesús, viviendo como él vivió, asumiendo su misión y el destino que ella puede acarrear.

3.3.1.1 Conformidad con la voluntad de Dios

Luis Abelly, en su biografía, caracteriza la espi­ritualidad de Vicente de Paúl con dos fórmulas: Imitación de Jesucristo y conformidad con la voluntad de Dios. Imitar y vivir en conformidad son dos aspectos del proceso del seguimiento de Jesús: sólo el que vive en conformidad con la divina voluntad es imitador de Jesús y sólo el que lo imita, procura en todas las circunstancias someter su voluntad a la de Dios. En este sentido, la regla básica para Vicente es preguntar al Señor: «si tú estuvieras en mi lugar, ¿qué harías en esta oca­sión?» o «¿qué hizo durante su vida?, ¿qué ejem­plo nos dio?».

Para vivir en conformidad con la divina volun­tad no es suficiente aceptar el reto de la llamada, ni tampoco basta con poseer un efímero deseo de seguir a Jesús, como el joven rico del evangelio que, no obstante desearlo mucho, no se liberó de las ataduras que le impedían «ir en pos de». Para Vicente, como para otros maestros espirituales, es necesario que el hombre «muera en Cristo» para que «con él» pueda vivir56.

Esta «muerte mística» significa someterse a un proceso ascético que se traduce en un esfuerzo per­sonal, en el sentido de evitar la tendencia al pecado, haciéndose disponible para acoger los planes de Dios. Dicho de otra forma, el hombre, seducido por la invitación al seguimiento, ha de mortificar su voluntad o, en palabras del santo, ha de «vaciarse de sí mismo para revestirse de Jesucris­to». Vaciarse, repite en diferentes ocasiones en sus conferencias, significa desprenderse o vivir en actitud de indiferencia. Significa, sobre todo, asemejarse a Jesucristo anonadado y obediente a la voluntad de su Padre.

Incendiemos nuestra voluntad diciendo y cumplien­do estas divinas palabras de Jesucristo: «Mi comida es hacer su voluntad y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34). Tu gusto, Salvador del mundo, tu ambro­sía y tu néctar es cumplir la voluntad de tu Padre. Nosotros […] nos ponemos en tus brazos para seguir tu ejemplo; concédenos esta gracia.

Como no podemos hacerlo por nosotros mismos, te lo pedimos a ti, lo esperamos alcanzar de ti, pero con toda confianza y con un gran deseo de seguirte. Señor, si quieres darle este espíritu a la Compañía, ella trabajará por hacerse cada vez más agradable a tus ojos y tú la llenarás de ardor para que sea seme­jante a ti; y este anhelo la hace ya vivir de tu vida, de modo que cada uno puede decir como san Pablo: «vivo, pero ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20). ¡Qué dicha poder compro­bar en nosotros estas palabras!.

El llamado se hace seguidor en la medida que imita a Jesucristo participando en el movimiento de la encarnación. Ayudado por el Espíritu Santo, apoyándose en Dios y no en sí, el discípulo deja de vivir para sí mismo, con el fin de vivir, a ejemplo de Jesucristo, en función de los demás. Por consi­guiente, como destaca J. M. Ibáñez, el anonada­miento y el don del Espíritu Santo crean un «espa­cio abierto donde Dios se hará presente y actuará en el hombre, con el hombre, a través del hombre y este no tendrá otra pretensión, otra ambición más que buscar el agrado de Dios».

3.3.1.2 El reino de Dios y su justicia

Una vez asumida una actitud kenótica semejan­te a la de Jesús, el seguidor ha de asumir la tarea de prolongar su misión en el contexto histórico en que se inserta. Si Jesús en todo fue obediente al Padre, y si su acción se caracterizó esencialmente por una labor en favor de los más desfavorecidos, es también voluntad de Dios que el discípulo se empeñe en la salvación-liberación terrena de los pobres.

En este sentido, nos parece significativo que Vicente haya afirmado que la «perfección no con­siste en éxtasis, sino en cumplir bien la voluntad de Dios». Contrariando la moda de la época, que privilegiaba los fenómenos místicos como cum­bres de la experiencia religiosa, Vicente aconseja a las Hijas de la Caridad la práctica de una oración «sin éxtasis», pero eficaz: que las lleve a servir a los necesitados por amor a Jesucristo. Eso es, para Vicente, ser perfecto; eso es cumplir la voluntad de Dios. El servicio a los pobres constituye, por consiguiente, la nueva «regla de perfección».

El discípulo, participando en la misión de Jesús, debe asumir prioritariamente la tarea de ser diácono de los hermanos necesitados. Consciente de los horizontes ilimitados de la viña del Señor, Vicente exhorta al seguidor a no detenerse en con­solaciones espirituales que le impidan estar al ser­vicio del reino:

Se dice que hay que buscar el reino de Dios. Eso de buscarlo no es más que una palabra, pero me pare­ce que dice muchas cosas; quiere decir que hemos de obrar de tal forma que aspiremos siempre a lo que se nos recomienda, que trabajemos incesante­mente por el reino de Dios, sin quedarnos en una situación cómoda y parados, prestando atención al interior para arreglarlo bien, pero no al exterior para dedicarnos a él. Buscad, buscad, esto dice, preocupación, esto dice acción.

El reino de Dios exige el esfuerzo humano. Exige, además, dejar la preocupación por el bienestar personal e, incluso, la preocupación por la propia salvación para dedicarse a la salvación inte­gral de los hermanos. Por eso, en determinadas ocasiones, es legítimo prescindir de los preceptos religiosos para socorrer a los necesitados, pues, para el santo, «si fuera voluntad de Dios que tuvieseis que asistir a un enfermo en domingo, en vez de ir a oír misa, aunque fuera obligación, habría que hacerlo. A eso se le llama dejar a Dios por Dios».

A la persona que deja a Dios por Dios, Vicente aconseja que lo haga con alegría y sin la angustia de haber infringido la regla, pues deja «una obra de Dios para hacer otra, o de más obligación o de mayor mérito».

La legitimidad de «dejar a Dios por Dios» tiene por fundamento la ya referida convicción de que «al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo». Jesús es el modelo en un doble sentido: como enviado del Padre que recorre las aldeas anunciando la Buena Noticia y como Verbo encarnado que asu­me la condición de los más débiles. Del mismo modo, para Vicente, Jesús es, por una parte, el misionero que invita al seguimiento y, por otra, el Dios anonadado que sigue vivo en la persona de los pobres. Con la mirada de la fe, ellos no son los miserables repugnantes, sino «nuestros señores y nuestros amos», portadores de nuestra salva­ción, aquellos por quienes deberíamos dejarnos evangelizar.

Resumiendo, en Vicente el seguimiento no se caracteriza por la repetición mimética de los gestos de Jesús, ni por una contemplación abstracta, ni por la simple valoración de los estados de Cristo al estilo beruliano, ni por el interiorismo inoperante de los devotos, sino por la actualización, a imagen de Jesús, de la profecía de Isaías (61,1-2) y por el servicio efectivo a los representes de Cristo cruci­ficado en el mundo. Se trata, en definitiva, de revi­vir, en la historia, la vida del Hijo de Dios, defen­diendo hasta las últimas consecuencias los valores del reino que él, con su sangre, ha defendido.

3.3.1.3 Ser seguidor es ser un hombre de oración

La oración «sin éxtasis» sugerida por Vicente a las pobres aldeanas, ahora Hijas de la Caridad, no es, en modo alguno, una desvalorización de esos momentos sagrados de encuentro con el Señor. Para Vicente, la visión del pobre como icono de Cristo y la labor que el seguidor es llamado a reali­zar sólo tiene sentido en referencia a Dios. A seme­janza de Jesús, es la «religión con el Padre» la que sostiene esta mirada de fe y alienta al discípulo.

Por eso, a los suyos, Vicente aconseja juntar el ofi­cio de «Marta con el de María».

Si Marta expresa la dimensión activa del segui­miento, la labor que debe ser realizada por el seguidor, bajo el nombre evangélico de María, Vicente destaca la oración como el primer deber del misionero: El tiempo dado a ella tiene prio­ridad sobre el estudio. Por fidelidad a ella, el seguidor no actúa por su propia voluntad, sino al «paso de la Providencia». Ella es, en definitiva, una dimensión fundamental del seguimiento, ya que ser fiel a la oración es «estar con él» e imitarlo en su comunión con el Padre.

3.4. Rasgos de la espiritualidad del seguimiento según Vicente de Paúl

Para finalizar el capítulo, considerando los as­pectos caracterizadores del seguimiento de Jesús presentados en el primer capítulo, intentamos ahora exponer de forma más sistemática los rasgos que juzgamos definidores de la espiritualidad del seguimiento según Vicente de Paúl.

3.4.1 Cristocentrismo

En primer lugar, hay que destacar que la espiri­tualidad de Vicente es nítidamente cristocéntrica.

Cristo es la referencia absoluta: «nuestro padre, nuestra madre, nuestro todo», «la regla de la misión», la norma normans que el discípulo ha de tener siempre ante los ojos. Como hemos subrayado, ese Cristo es Jesús de Nazaret, el Dios- hombre que en la tierra practicó con ahínco la evangelización liberadora de los pobres, aquel que realizó la voluntad salvífica del Padre entregando su vida en la cruz. Es él quien invita al misionero a continuar su misión de evangelizador de los pobres (cfr. Lc 4,18), pero al mismo tiempo, es él quien sigue clavado en la cruz en los pobres del mundo (cfr. Mt 25,40).

Por otra parte, basándose en la doctrina pau­lina sobre el bautismo, Vicente concibe todo el desarrollo de la santidad cristiana y lo encuadra dentro de la participación de la muerte y resurrec­ción del Señor. A este propósito, a uno de sus mi­sioneros escribe:

Acuérdese, padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo».

El seguidor, según san Vicente, está llamado a revestirse del espíritu de ese Jesús para actuar con las mismas disposiciones o, como hemos señalado en el primer capítulo, para vivir según la forma Christi. Para Vicente, esa tarea de configurarse con el divino modelo es una obligación para todos los cristianos y no solamente para los que viven en «estado de religión». Contrariando la mentalidad de la época, él subraya que el deber de seguir a Jesús, de ser perfecto, es común a todos los bau­tizados, no siendo el estado religioso una garantía de mayor santidad o de mayor perfección.

3.4.2 Dinamismo de la encarnación

Hemos señalado en el primer capítulo que por encarnación se entiende la actitud del Verbo que asume y participa de la identidad e historia de un pueblo concreto, de sus necesidades, de sus aspi­raciones, de su cultura. Impregnado por este dinamismo, Vicente da a sus fundaciones un carácter secular. A las Hijas de la Caridad, por ejemplo, no les fue fácil mantener esa identidad en un con­texto nada acostumbrado a ver mujeres de hábito, fuera de los conventos. Una y otra vez, Vicente repite: vosotras no sois religiosas, porque ese esta­do no es compatible con vuestra vocación: el ser­vicio de los pobres en el mundo.

Por su carácter secular, las Hijas de la Caridad no viven en un estado religioso, sino en un «esta­do de caridad»; no profesan los consejos evangé­licos, sino que se ofrecen a Dios para el servicio de los pobres. Vicente considera que es un estado de vida inferior, pero sus miembros tienen la obliga­ción de vivir en tanta o mayor perfección y virtud que aquellas que viven en su convento.

Por otra parte, Vicente quiso que las «siervas de los pobres» tuviesen el espíritu de las campesinas y que compartiesen la situación de los pobres a quienes servían. En una carta a una hermana supe­riora de una casa, Vicente expone algunos criterios exigidos a las que pretendían ingresar en la Com­pañía. El segundo aspecto que él presenta es que «las Hijas de la Caridad, por ser sirvientes de los pobres, van también vestidas y alimentadas pobre­mente».

Las exigencias de Vicente sólo pueden ser enten­didas desde el deseo y el compromiso de seguir a Jesús, pues de lo contrario podrían ser manifestaciones de un sospechoso masoquismo. Se trata de dar continuidad al misterio de la encarnación expresado en la participación en la suerte de un pueblo que Vicente, a la luz de la fe, consideraba representante de Jesús.

3.4.3 Misión: «hacer efectivo el evangelio»

Vicente concibe su misión y la misión de los institutos que él ha fundado como una continua­ción de la misión de Cristo evangelizador y servi­dor de los pobres. El lema de los misioneros y de las Hijas de la Caridad expresa el compromiso de fidelidad a la llamada de Jesús haciendo efectivo su mensaje liberador. Por eso, Vicente reiteradamen­te repite que no basta el amor afectivo que hace que amemos a Dios con cariño y con alegría, sino que es necesario juntar a este un amor efectivo:

Hay que pasar del amor afectivo al amor efectivo, que consiste en el ejercicio de obras de caridad, en el servicio a los pobres emprendido con alegría, con entusiasmo, con constancia y amor.

En esta línea de pensamiento, nos parece opor­tuno destacar que la espiritualidad de san Vicente suele ser caracterizada como una espiritualidad de acción. De hecho en algunos pasajes él se revela crítico para con los que alimentan grandes devo­ciones, cuidan excesivamente de su vida interior, manifiestan un gran amor afectivo a Dios, pero en la práctica, cuando «se trata de trabajar por Dios, de sufrir, de mortificarse, de instruir a los pobres, de ir a buscar a la oveja descarriada, de desear que les falte alguna cosa, de aceptar las enfermedades o cualquier cosa desagradable, ¡ay!, todo se viene abajo y les fallan los ánimos» Para Vicente, este amor afectivo, en definitiva, no tiene sentido cuando no se traduce en un compromiso a favor de los necesitados. Por eso, decía a los suyos: «Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente».

Impelido por el amor a Cristo crucificado en los pobres, la acción del discípulo según san Vicente se debe desarrollar, como ya hemos dicho, en una doble dimensión: en el alivio de las mise­rias corporales y en la instrucción de los conte­nidos fundamentales de la fe, para que, de este modo, se garantice la salvación. Los cuidados corporales y espirituales de los pobres están con­templados en los fines de sus tres principales fundaciones: las Damas de la Caridad, las Hijas de la Caridad y la Congregación de la Misión.

Se trata, por lo tanto, de una acción orientada a la liberación total del hombre esclavizado por el pecado de la injusticia, que lo hace vivir en la miseria y, en definitiva, a una recuperación de la dignidad de hijo de Dios perdida por el pecado y por la ignorancia». Eso es, para Vicente, «hacer efectivo el evangelio».

3.4.4. Participar en el destino de Jesús: consumirse por los pobres

En las páginas anteriores, hemos señalado que la participación en el mismo destino de Jesús es uno de los rasgos peculiares del seguimiento. Recordamos que los primeros cristianos, a imita­ción de Jesús, también se predisponían a derra­mar su sangre. Para Vicente, el servicio dedicado a los pobres, con el mismo espíritu de Jesús, es también un martirio. En una conferencia sobre la confianza en la Providencia, en agosto de 1656, comenta:

¿Creéis acaso que no hay más mártires que los que derramaron su sangre por la fe? Por ejemplo, esas hermanas que ha llamado la reina son unas márti­res, pues, aunque no mueran, se exponen al peligro de muerte; lo mismo que tantas buenas hermanas que han dado su vida por el servicio a los pobres; eso es un martirio. Y creo que, si hubieran vivido en tiempos de san Jerónimo, él las habría puesto en las filas de los mártires.

A cuatro Hermanas que iban a ser enviadas a una provincia para sustituir a una hermana falleci­da y otras enfermas, Vicente destaca que su fideli­dad a Cristo ha de ser llevada hasta el extremo de dar su vida por sus señores, los pobres:

Vais a ocupar el lugar de la que ha muerto, vais al martirio, si Dios quiere disponer de vosotras. En cuanto a nuestra querida hermana, estoy seguro de que actualmente recibe la recompensa de los márti­res; y vosotras tendréis esa misma recompensa, si tenéis la dicha de morir con las armas en la mano, lo mismo que ella. Hijas mías, ¡qué dicha para vosotras!

El servicio a los pobres asumido con todas las consecuencias por amor a Jesús es, de este modo, la suprema forma de seguirlo, de ser discípulo perfecto. En la misma conferencia a las cuatro her­manas, Vicente les recuerda que el martirio es la mejor manera de manifestar el amor a Dios.

Resumiendo, Vicente entendió el servicio a los pobres como una participación en la misión y en el destino de Jesús. Su preocupación por hacer que «ellos vivan bien» fue una respuesta a la llamada de Dios y no una actividad desarrollada por moti­vaciones meramente humanas. Por consiguiente, las Hijas de la Caridad, así como los misioneros y las damas de las cofradías, al dar sus vidas por causa de los pobres, asumiendo los riesgos que esa actividad acarreaba, actualizaron, en la historia, el seguimiento de Jesús en su forma más radical.

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