Vicente de Paúl y la Biblia

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Andrés Dodin, C.M. · Traductor: Luis Huerga Astorga, C.M.. · Año publicación original: 1990 · Fuente: Vincentiana.
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Una triple constante determina el método para mejor conocer las relaciones de san Vicente de Paúl con la Biblia.

Las alternativas biográficas

Cuatro biografías aseguraron, durante dos siglos y medio1, el conocimiento de la vida, enseñanzas y doctrina del fundador de la Misión: la de Louis Abelly en 1664; la de Pierre Collet en 1748; la de Ulyses Maynard en 1860; y la de Pierre Coste en 1932. Fueron cuatro presentaciones destinadas a armonizar la existencia del renovador de la Iglesia con otras tantas situaciones nuevas: la muerte de Vicente de Paúl2 ; la canonización3 y el fin, o el apaciguamiento, de las polémicas jansenistas; el auge del catolicismo social; el renacimiento de la Misión tras la primera guerra mundial. Las cuatro biografías aparecieron por mandato institucional, y estaban sólidamente garantizadas, pero tenían asimismo el efecto de inmovilizar. Bastaron aun así a fecundar la imaginación de pintores, escultores, grabadores, imagineros de Epinal y de otras partes. Su poder se intensificó cuando, el año 1947, Pierre Fresnay, en el filme de Maurice Cloche, dotó a aquellas imágenes de una voz y de una movilidad extraordinarias.

La riqueza retadora de los textos

Como el alma y el dinamismo sobrenatural de Vicente de Paúl quedaban velados, era oportuno restaurar la juntura, o aun la corriente entre las efigies y las palabras del personaje. La operación dio comienzo en 1920-1925, cuando Pierre Coste editó la Correspondencia, las Conferencias y los principales Documentos en 13 volúmenes, enriquecidos por un índice, y prolongados en 1970 por un 15º volumen que contenía Cartas y Conferencias, y la bibliografía de las biografías en lengua francesa.

La mole de este acopio provocó una temerosa reverencia. Sin embargo, representaba apenas una décima parte de lo que Vicente escribió o dijo. Nada obstó el que estas 8.700 reunieran textos tan diferentes, cuales son los contratos, los informes sobre una situación, los consejos religiosos, las reglas de gobierno y las notas necrológicas. Esta diversidad revelaba simultáneamente la extensión, la variedad y la movilidad extrema de la actividad vicenciana. Al mismo tiempo, todos podían comprobar la flexibilidad extraordinaria de aquel espíritu, que cita más de 3.500 veces la Sagrada Escritura, adaptándola a las necesidades de sus interlocutores. Al escribir o – desde 1643 – dictar sus cartas, Vicente atendía antes que nada a su corresponsal, y aducía el texto bíblico apropiado. Si se dirigía a las Hijas de la Caridad4, su estilo se hacía más vivaz y pintoresco. Los preceptos se hacían más imperiosos y los personajes de la Escritura parecían presentar el mismo atuendo y las mismas reacciones que los que las Hijas de la Caridad veían diariamente en la calle o en su diminuta comunidad. Cuando hablaba a los misioneros, Vicente mezclaba la anécdota y la noticia con las enseñanzas evangélicas. Pero había releído a sus autores antes de tomar la palabra al fin del día, o bien en la meditación de la mañana. Es bien perceptible en la conferencia del 7 de marzo de 1659, sobre la conformidad con la voluntad de Dios, donde hallamos frases del capuchino Benito de Canfield, autor de la Regla de perfección5 ¿No iba a vigilar la exactitud de las citas escriturísticas delante de sus sacerdotes?

Un biblismo tardío

Una lectura crítica también revela que, antes de 1617, es decir, antes de cumplir los 36 años, Vicente no emplea la Biblia, y nos hace sospechar que la conocía poco. En 1607 le oímos hablar de la «fortuna», cuando exhuma de una teología muy escolar un Dios calculador bastante brumoso. Habla de Dios, de la Providencia, de la Virgen; pero el nombre y el rostro de Jesús aparecen por primera vez en el reglamento de la caridad de Châtillon el miércoles 23 de agosto de 16176.

La explicación de tan tardía apertura a la Biblia es muy prosaica. Subdiácono desde el 11 de diciembre de 1598, Vicente podía con facilidad hallar en su breviario los 150 salmos atribuidos David. Pero debemos plantearnos algunas cuestiones poco habituales. ¿Qué breviario se imprimía entonces? ¿Dónde se lo podía hallar y cuánto debía pagarse para adquirirlo? ¿Cómo lo llevaba uno consigo? Poseemos en efecto7 los dos tomos del breviario que se encontró en la habitación de Vicente cuando murió. Los recogió el capellán de Ana de Austria y, en 1664, se los dio a Michel Caset, sacerdote de la Misión. Al cabo de un periplo que condujo, de la biblioteca de Sens a una venta pública, los adquirió en 1850, por la suma de 1.500 francos, Sor Mazin, Superiora General de las Hijas de la Caridad, quien aquel mismo año los remitió a rue de Sévres. Esos dos paralelepípedos rectangulares8 se imprimieron en 1656, y pesan cada uno 1.550 g. Son 3,100 kg. de no fácil manejo y transporte.

Cierto que desde 1625, en el Colegio de los Buenos Hijos y sobre todo en el priorato de San Lázaro, donde habían reunido los Victorinos varios millares de volúmenes, podía Vicente consultar 101 Biblias latinas y 51 intérpretes de la Biblia9. Pero ¿dispondría de tiempo y medios para examinar aquel gran «in-folio» en su cuarto, de una desnudez ejemplar?

De haber tenido tiempo y material bíblico, su estudio habría llegado a resultados muy diferentes de los que comprobamos. La curiosidad, aquella peste que le acosaba, sólo le habría posibilitado la adquisición de conocimientos profanos y utilitarios10. Pero sobre todo, no le había alcanzado aún el Cristo que vive en los pobres, no le había capacitado para descifrar la letra de la Escritura. El espíritu de Vicente aún no compartía lo bastante el Espíritu de Jesús. Fueron precisos muchos años para preparar esta mutación profunda y liberar, ¡al precio de qué sufrimientos!, un yo preso y confinado a un angosta periferia. La especie de retiro inactivo impuesto por la capellanía de los Gondi fue un bloqueo. Gozaba además de otros cuatro beneficios: la abadía de San Leonardo de Chaumes11, el curato de Clichy12, el curato de Gamaches13, la canonjía de Ecuis14. Progresivamente percibió que todas estas riquezas eran sólo «humo», y que no eran transportables a la eternidad. Achacoso, replegado sobre su interior, empapado de tristeza, había llegado a dudar de todo, de Dios como de sí mismo15. Hasta la señora de Gondi había llamado su atención sobre aquel humor ingrato y enojoso16. Fue preciso que el Cristo de los pobres, encerrado en un agonizante de Gannes, le llamara, le hiciera señas, viniera hacia él y le diera su modo de mirar, su poder singular de «volver la medalla» y de ver las cosas como son en Dios17. Ya no era ver algo de Dios en el señor general de las Galeras, ni algo de la Virgen María en la señora de Gondi18. Todos los estados de la humanidad dibujaban ante su vista los estados del Hijo de Dios19. Vicente compendió su actitud en una sola frase: «Nada me place sino en Jesucristo20. El Cristo llegado de Gannes le puso ante los ojos algo que habría podido sospechar, que había mirado sin verlo o adivinado sin comprenderlo. Los pobres, que tenían sólo pastores mercenarios, incapaces de instruirles, de guardarles, de guiarles, estaban en peligro de perdición. Con su miseria y sufrimiento, demostraban y hacían sentir que Cristo agonizaría hasta el fin de los tiempos, que el Jesús agónico no efectúa Él solo, en un instante, en un reducto del mundo, la redención. Ésta se prolonga hasta que el mundo acabe, hasta que Dios esté todo en todos21. La Regla de perfección, que el buen Monsieur André Duval puso en sus manos probablemente el año 1610, le había convencido de que lo único necesario era unir el fondo más profundo de su ser a un Dios misterioso y trascendente. Percibía ahora cómo el Dios que le hacía partícipe de su omnipotencia, le pedía amarle dándose a Él en los pobres, sagrarios que encerraban su amor purísimo. Hay que amar, pues, verdaderamente, es decir «a expensas de nuestros brazos, … con el sudor de nuestro rostro»22. Vicente tuvo el beneficio de una evidencia inolvidable: Dios se revela a quienes se dan a Él. No se entrega más que a quienes le buscan, a quienes en esa búsqueda misteriosa e incesante, se eternizan en Jesucristo. En adelante, la mirada de Vicente se fijará en el rostro iluminador de Cristo Jesús no menos que en el rostro de los pobres, en quienes Cristo mora místicamente, y vela como un amor en la noche.

Una hermenéutica inventiva

El recurso a las realidades invisibles ilumina algo la agilidad desconcertante de la hermenéutica vicenciana. Catequista por naturaleza y por vocación, el bueno del señor Vicente tiene la preocupación casi obsesiva de lograr que los pobres conozcan bien la buena nueva del Hijo de Dios23. Jesús mismo le suministra el método mejor adaptado, y también el más fácil. Además de emplear el «pequeño método»24, el Salvador escogió las comparaciones más comunes: «¡Qué maravillas podría él haberle enseñado al pueblo! ¡Qué secretos no habría podido descubrir de la divinidad y de sus admirables perfecciones, él que era la sabiduría eterna de su Padre! Pero ya ve usted cómo hablaba de forma inteligible y se servía de comparaciones familiares: el labrador, el viñador25, el campo, la viña26, el grano de mostaza27. «Así es como tiene usted que hablar, si quiere que le entienda el pueblo, al que anuncia la palabra de Dios»28

Observándole mejor, descubrimos que el pensamiento y la expresión de este catequista bíblico explotan su reflexión y la fundamentan en una doble mediación circundante.

La primera, la de la gracia que parte del Padre, se manifiesta en el Hijo, se difunde en el Espíritu. Esta gracia, derramada por el Espíritu en los corazones, invita a unirse a Jesucristo para unirse al Padre. La segunda afianza y crea su lenguaje partiendo de los pobres. Los pobres constituyen el corazón de la Iglesia: «Es entre ellos, entre esa pobre gente, donde se conserva la verdadera religión, la fe viva; creen sencillamente, sin hurgar; sumisión a las órdenes, paciencia en las miserias que hay que sufrir mientras Dios quiera, unos por las guerras, otros por trabajar todo el día bajo el ardor del sol; pobres viñadores que nos dan su trabajo, que esperan que recemos por ellos, mientras que ellos se fatigan para alimentarnos… Vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de los pobres»29. Los pobres son los señores y los maestros30. No es sólo que Nuestro Señor considere como hecho a Él mismo lo que se hace a los pobres: es que además está en los pobres: Cum ipso sum in tribulatione31. Hablando de los pobres: «Si él está enfermo, yo también lo estoy; si está en la cárcel, yo también; si tiene grilletes en los pies, los tengo yo con él»32. J.-B. Bossuet expondrá el origen, el sentido y la garantía de la eminente dignidad de los pobres, en el sermón de fin de año, 1659, pronunciado en la capilla de las Hijas de la Providencia33.

Nadie escoge a su amo, como nadie escoge a los pobres, pues Dios ha dado a éstos el sobrenatural poder de integrarnos psicológicamente, por el corazón, el espíritu y la fe en la Iglesia de Jesús. Sin darnos lugar a duda, ellos nos asocian a la Redención, que se perpetúa en ellos más dolorosamente que en cualquier otra criatura. He ahí por qué «los pobres asistidos por ella serán sus intercesores delante de Dios; acudirán en montón a su encuentro» y el abrirán las puertas del paraíso34.

En lo más hondo de su conciencia abriga Vicente algunas convicciones inconmovibles, que él formula diversamente según las ocasiones. La primera es que el hombre nunca permanece en el mismo estado. Es algo que ha oído decir a Job35, campeón del debate, y de lo cual no cesará de servirse36. La segunda es, algo expresado por la Escritura en diferentes libros37, que Dios solo da la vida y la muerte. Él mortifica y vivifica38. La tercera es, que Dios «ha querido que todas las cosas del mundo sean inciertas y perecederas, a fin de que buscásemos sólo en él la solidez de nuestros deseos y de nuestros asuntos39. Las degradaciones de la humanidad, permitidas por Dios, están destinadas a enseñar a nuestra débil conciencia, que Dios solo hace bien todo cuanto es hecho, y que a Él corresponde, a Él solo, el acabar aquello mismo que comenzó. La una y media de la mañana del 27 de septiembre de 1660, fue el momento de su muerte: al serle pedida en aquel trance la bendición para la familia, responde: «Dios la bendiga», y dice alzando la mano, Qui coepit opus perficiet40.

Se dirige a auditorios muy diferentes: feligreses y niños de Clichy, y puede que también de Châtillon-les-Dombes; Damas de la Caridad o Hijas de la Caridad; sacerdotes o hermanos de la Misión, y Vicente entonces simplifica, actualiza su exposición. Evoca los personajes, les devuelve la vida y los hace hablar. Termina habitualmente sus pláticas con una oración dirigida directamente a Jesús y a la Virgen María. En Orar con el señor Vicente41 hemos reunido 84 oraciones. Se extrae de un remoto pasado a algunos seres, tales Adán, Noé, Abraham, Moisés, que, para convencernos, nos son presentados llenos de vida. Vicente traduce con garbo 2 Sm 2,2: «Un vistazo perdió a David»42. Nos sorprende y hace sonreír, cuando oímos que dice a las Hijas de la Caridad, Nuestro Señor «al ir a visitar a los pobres, pasaba delante de las tabernas, se reían de él, se burlaban, y tenía que escuchar las canciones indecentes y las palabras groseras que se decían en aquellos lugares»43. Afirma por las buenas que san Pedro lloraba continuamente44 y que Margarita Chétif, molesta por llevar en Arras una toca propia de la Isla de Francia, debiera imitar a Nuestro Señor, que no cambió de atuendo cuando fue a Egipto4546. La razón por la cual han de ser sobrias las Hijas de la Caridad, es que Nuestro Señor, fuera de la Pascua, cuando toma cordero, y otra ocasión en la que consume pescado, comía solo pan4748. Cuando su memoria se hace lenta o le falla, invierte el orden de las palabras, o bien atribuye a san Pablo y texto del Apocalipsis49. Al citar Sal 65,1 toma en «préstamo» el texto masorético: «El silencio es una alabanza a Dios en Sion, dice el profeta, y san Jerónimo lo repite».50 Sorprendió tal vez al padre Carlos Ozenne, su corresponsal, semejante versión, pero el padre Bernardo Codoing, superior en la casa de Roma, buscaría vanamente en el Nuevo Testamento un pasaje aducido por su superior: «Nuestro Señor sabía bien lo que decía, cuando dijo que malum pecus inficit omne pecus51, frase proveniente de las sátiras de Juvenal. Cierto es que la sentencia se había hecho proverbial, y que la Regla de san Benito52 pide la separación de la oveja infectada para que no contamine a todo el rebaño. Vicente no ignoraba la regla benedictina53.

Antiguo Testamento

Vicente no ve ruptura alguna entre Antiguo y Nuevo Testamento. La continuidad es homogénea, pues Dios va de comienzo en comienzo a través de comienzos que no tienen fin. «En la sagrada escritura no hay ninguna palabra de la que no se pueda sacar algún fruto, si se explica y se medita con cuidado54. En cualquier caso, ve diferentemente el Antiguo Testamento. Considera atentamente esa sucesión de personajes, de los que menciona a 35, y los cuales prepararon con sus palabras la venida y la revelación del Hijo único del Padre. La sucesión forma una procesión orante que camina en la penumbra hacia Cristo. Los salmos atribuidos a David suministran, no sólo las expresiones mejores de la adoración, sino que dan además las reglas de la buena conducta religiosa. Buen conocedor suyo, Vicente hace frecuente uso de ellos, y hallamos en los escritos vicencianos citas de casi todo el salterio.

Ahora bien, hay cuatro grandes figuras del Antiguo Testamento que retienen de manera particular la atención de Vicente de Paúl: Adán, Noé, Abraham y Moisés.

Adán

11 veces hace Vicente mención, entre 1641 y 1659, de la vida y de la caída de Adán: 11 veces a las Hijas de la Caridad y 12 veces a los misioneros55. Acentúa sobre todo su desobediencia y la secuelas que afectaron a todo el género humano. «Adán había dado la muerte al cuerpo y había causado la del alma por el pecado»56. A Vicente le gusta las precisiones: «Adán desobedeció a Dios, mordiendo la manzana; de allí brotaron dos males»57. «Cuando Eva sintió la tentación de comer la fruta prohibida, si se hubiera dirigido a Dios, seguramente no habría pecado; pero, en vez de descubrirse a Dios, se fue a Adán, su marido, que también se puso a desearla y comieron los dos»58. Haciendo esto, se sustrajo al amor de Dios y perdió, para él y sus descendientes, su propio dominio.

El Génesis afirma59 que Adán murió a los 930 años, afirmación que Vicente lleva aún más lejos: «hizo penitencia y lloró su pecado durante más novecientos años»60. Prosigue y glosa Sab 10, 1, según la ampliación textual de muchos santos padres: «Dios tuvo piedad de él. De Eva no nos dice nada la Escritura»61. «Dios le perdonó su pecado, no por eso se vio libre de hacer una larga penitencia»62.

Las consecuencias para la pobre naturaleza humana son que es pecado todo lo que pide: «las inclinaciones de la carne no son más que pecado; por eso hay que huir de ellas»63.

Noé

La actividad de este patriarca antediluviano es evocada 6 veces por Vicente64. El Génesis dice que era que era un varón justo, y que construyó un arca destinada a salvar del diluvio. La primera y segunda epístolas de Pedro precisan que fueron ocho las personas salvadas65.

Vicente de Paúl atiende sobre todo a dos hechos: la construcción del arca y la actuación de Noé.

Para la prudencia de Vicente es particularmente aleccionador lo que duró la construcción del arca. Se lo dice a Luisa de Marillac: «Cuando quiso salvar a Noé y a su familia, le mandó que hiciese un arca que podía haberse acabado en pocos meses, pero su construcción duró sin embargo cien años»66. Se lo recuerda a las Hijas de la Caridad el 25 de marzo de 1654: «¿Sabéis cuánto tiempo empleó Noé en construir el arca y ponerla en debidas condiciones? Cien años. ¡Oh Salvador de nuestras almas! Si para hacer el arca, hermanas mías, en la que sólo se salvaron del diluvio ocho personas, se necesitó tanto tiempo, ¿cuánto creéis que se necesita para robustecer y conservar esta Compañía, en donde se refugiarán tantas almas y se salvarán del diluvio del mundo?»67

Prolongando el texto del Génesis, añade que Noé fue profeta y predicador de la penitencia, funciones que vemos aludidas en la carta de Clemente Romano a los Corintios: Noé predicó la conversión, y los que le escucharon fueron salvos68. Esta actuación, habitualmente ausente de los escritos patrísticos, es enunciada en cambio por Tirinius en la Biblia Magna de Estius69, donde se dice que quienes sucumbieron en el diluvio, se salvaron aun así, pero fueron relegados al limbo de los justos70. Piensa el Autor que Mahoma, quien menciona la predicación penitencial de Noé en la sura 71, recurre al libro de Henoch y al libro de los Jubileos.71. La escenificación de san Vicente es particularmente animada: «Dios quiere castigar a todo el mundo; envía el diluvio universal para castigar los horribles pecados que se cometían; pero ¿qué hace? Le inspira a Noé el pensamiento de construir un arca72, y Noé estuvo construyéndola durante cien años. ¿Por qué creéis que quiso Dios que se tardara tanto tiempo en construir aquel arca, sino para ver si el mundo se convertía, si hacía penitencia y se aprovechaba de lo que Noé les decía por la ventana de su arca, gritando a pleno pulmón, según algunos autores: «Haced penitencia, pedid perdón a Dios»? Esto nos hace ver una vez más cómo, aunque parecía que Dios deseaba que todo el mundo quedase ahogado bajo las aguas, sus designios eran distintos, ya que quiso que Noé y toda su familia quedasen libres del naufragio, a fin de repoblar el mundo y para que se llevase a cabo lo que él había decidido desde toda la eternidad a propósito del nacimiento de su Hijo»73.

Abraham

Para san Vicente Abraham es nada menos que el corifeo de los obedientes verdaderos, de los perfectamente desprendidos, aquellos que han presentido y respetado el misterio de esa trascendencia divina, que desconcierta las previsiones y desbanca los raciocinios. Esta obediencia incondicional sigue paso a paso a la Providencia adorable, lo mismo dejando la propia tierra, que disponiéndose a sacrificar al hijo único74. Guiado por el autor de la Carta a los Hebreos75 : «Por la fe Abraham, obediente a la llamada divina, salió hacia una tierra que iba a recibir en posesión, y salió sin saber a donde iba»76, Vicente le vuelve a vivir, y se conmueve reviviendo la escena del sacrificio de Isaac.

«A este propósito, acordaos de Abraham, a quien Dios le había prometido poblar toda la tierra por medio de un hijo que tenía. Pero Dios le pide que se lo sacrifique. Si Abraham hace morir a su hijo, ¿cómo cumplirá Dios su promesa? Sin embargo, Abraham, que tenía su espíritu acostumbrado a cumplir la voluntad de Dios, acepta la obligación de ejecutar esta orden, sin preocuparse de nada más77. A Dios le toca pensar en ello, podía decir; si yo cumplo su mandato, él cumplirá su promesa; pero ¿cómo? No lo sé. Sólo sé que es todopoderoso. Le voy a ofrecer lo más querido que tengo en el mundo, ya que así lo quiere. ¡Pero es mi hijo único! ¡No importa! ¡Pero, si le quito la vida a este niño, ya no habrá medio de que Dios cumpla su palabra! ¡Es lo mismo! Si él así lo quiere, habrá que hacerlo. Pero, si lo conservo, mi descendencia será bendita: Dios lo ha dicho. Sí, pero también ha dicho que le dé muerte; me lo ha indicado; obedeceré, pase lo que pase, y esperaré en sus palabras. Admirad esta confianza: no se preocupa para nada de lo que puede pasar; sin embargo, la cosa le tocaba muy de cerca; pero espera que todo saldrá bien, ya que Dios se mete en ello. ¿Por qué no tendremos nosotros esa misma esperanza, si le dejamos a Dios el cuidado de todo lo que nos preocupa y preferimos lo que él nos mande?»78.

Luego, aclarando el Antiguo Testamento con el Nuevo, Vicente de Paúl recomienda: «Encerrémonos, pues, dentro de ella como lo hizo Isaac con la voluntad de Abraham y Jesucristo con la voluntad de su Padre»79.

Moisés

San Vicente evoca más de 25 veces la existencia de Moisés y su función excepcional en la constitución y evolución del pueblo de Dios. Detalle que Vicente ya no olvidará de 1638 en adelante, cuando se organizó la obra de los expósitos. También Moisés fue expósito, como Rómulo y Remo, como Melquisedec, que no tuvo padre, ni madre, ni genealogía80. Moisés ostentaba cierto parecido con Jesús, maestro de la nueva ley, que no tuvo padre carnal81. Pero sobre todo, habiendo sido Moisés el mediador que Dios eligió para transmitir la ley82, son un modelo para los superiores su actitud, su conducta, su comportamiento: «Después de consultar con Dios, como un nuevo Moisés, y de recibir de él la ley para dársela a los que va a gobernar. Acuérdese de que la forma de gobernar de aquel santo patriarca fue paciente, mansa, tolerante, humilde y caritativa, y que en Nuestro Señor estas virtudes alcanzaron su mayor perfección, a fin de que nosotros nos conformásemos a ellas»83.

A lo largo de todo su historial estuvo Moisés sostenido por el poder de Dios, y era tan poderosa su oración, que hacía triunfar a los israelitas84 : «Usted es su Moisés, que levanta las manos al cielo mientras ellos combaten contra los enemigos de Dios, y también su Josué ya que combate junto a ellos con las armas, las ayudas, el entusiasmo y los consejos que les da»85. Dios mismo se siente abrumado por la oración mental de Moisés86 : «¡Gran fuerza la de la oración mental, hijas mías, ya que era ése el ejercicio de Moisés, cuando tenía las manos elevadas al cielo sin pronunciar una palabra; y tenía suficiente eficacia para hacer que ganaran la batalla aquellos por los que rezaba! La Sagrada Escritura nos refiere también que Moisés estaba un día delante de Dios sin pronunciar palabra. Y escuchó la voz de Dios: «Moisés, me estás rompiendo la cabeza; me obligas a hacer lo que no quiero. Este pueblo es ingrato y rebelde a mi ley. Yo quiero castigarlo, pero tú quieres que lo salve. ¿Por qué me obligas? Retírate y déjame hacer mi voluntad «87, Fijaos, hijas mías, cómo Dios se ve atado por la oración, y por la oración mental, ya que Moisés no decía ninguna palabra, pero su oración era tan intensa que Dios le decía: «Me estás rompiendo la cabeza; tú quieres que haga lo que yo no quiero hacer»88.

En la historia de Israel, Moisés figuraba como legislador irrecusable, y en su función de tal, a él encomendada por Dios, le ve siempre Vicente. Legislador también él, Vicente se complace en recordar, que todos los que se opusieron a Moisés fueron duramente castigados por Dios. Para mejor inculcarlo, Vicente aduce con energía aquellos pasajes del libro de los Números que registran los castigos particularmente disuasorios sobrevenidos a los oponentes. El libro de los Números refiere cómo, a Coré, Datán y Abirón, que reclamaban para sí, en contra de Aarón, el ejercicio del sacerdocio, les fue rehusado éste, que permaneció como privilegio de los descendientes de Aarón89. Se abrió la tierra y los engulló90. «Tenemos en la ley antigua el ejemplo de Coré, Dathán y Abirón, que fueron tragados vivos por la tierra por haber murmurado contra Moisés»91. Año y medio después, cuando habla a los Hijas de la Caridad, san Vicente nos da una versión distinta y más pintoresca: «Cuando Moisés, que gobernaba el pueblo de Dios, lo conducía por el desierto, empezaron a criticar contra aquello Coré, Datán y Abirón, diciendo que Moisés era un mago y murmurando así contra él y contra las reglas que Dios le había dictado. Pues bien, por permisión divina, la tierra se abrió y se los tragó el infierno, en castigo por haber murmurado delante del pueblo. Pero no pararon aquí las cosas. Ellos fueron causa de que se perdiera la confianza en Moisés»92.

De María, hermana de Moisés, sabemos que se irguió contra su hermano porque desposó a una cusita. Pues bien, se vio contaminada de lepra, si bien luego sanó, gracias a la oración su hermano93. En julio de 1656, comienza Vicente a colorear algo el suceso: «Su propia hermana se vio contagiada de lepra por haber criticado lo que hacía»94. Dieciocho meses después se ha enriquecido la psicología de María: «Sucedió que la hermana de Moisés, que se llamaba María 4, habiendo oído lo que se decía de su hermano, al que había cuidado desde niño, empezó a pensar lo mismo al ver las obras que hacía. Y también fue castigada por Dios; pero no quiso mandarla al abismo como a los otros, sino que le envió la lepra, de modo que tuvieron que enviarla al campo por culpa de aquella lepra, en donde ya no podía ver a Moisés ni oír hablar de él. Aquel fue el castigo que recibió»95. «Moisés recibió órdenes de Dios de hacer morir a todos los que recogiesen leña en domingo; y esto se observó con toda exactitud»9697.

El 6 de diciembre de 1658 Vicente de Paúl, que sentía acercársele el fin, y deseaba asegurar la permanencia de la Reglas, como también su observancia – las había distribuido a sus discípulos el 17 de mayo anterior -, nada mejor supo hacer, que tomar en préstamo las palabras de Moisés98 : «Os advierto de ello, hermanos míos, antes de abandonaros, con el mismo espíritu con que Moisés advertía a los hijos de Israel, según se dice en el Deuteronomio99, Yo me voy, no me veréis100 ; sé que algunos de vosotros se levantarán para seducir a los demás; harán lo que os prohíbo»101.

Iluminado por Cristo Jesús, cuyo reino prepara, Moisés, mediador y legislador, suministra al fundador y legislador de la Misión un modelo de oración y de gobierno. Él le dicta discretamente su conducta y le inspira sus últimas recomendaciones.

Nuevo Testamento

Era fácil de adivinar. Más que sobre los 46 libros y 37.501 versículos del Antiguo Testamento, se apoya san Vicente sobre los 261 capítulos y 2.752 versículos del Nuevo, que aplica tanto a su vida personal, como evangelizando a pobres de toda categoría: «No hay que desanimarse si, después de haberlo leído varias veces durante un mes, dos meses, seis meses, no se siente uno tocado. Llegará alguna ocasión en que tengamos una pequeña luz, otro día tendremos otra mayor, y otra todavía mayor cuando la necesitemos. Una sola palabra es capaz de convertirnos: sólo basta una, como sólo una le bastó a san Antonio»102.

El contenido del Nuevo Testamento está bien definido: «Esta doctrina o ley de Jesucristo está contenida en el Nuevo Testamento, bien en lo que nos enseñan los apóstoles, por vía de inspiración, o bien por sí mismo, en los evangelios, donde él nos habla de viva voz. Para entenderlo mejor, hay que saber que el nuevo testamento se divide primero en la explicación de la sagrada escritura y la ampliación de la misma para instrucción y buena vida del pueblo; en segundo lugar se divide en la institución del santo sacrificio, de los sacramentos y de las órdenes que Jesucristo ha establecido; y en tercer lugar, en doctrina preceptiva, que manda, y directiva o de dirección, que aconseja, y que es lo que llamamos consejos evangélicos. De esta tercera clase de doctrina evangélica, tanto preceptiva como directiva, es de la que queremos hablar en esta charla y de la que hace mención la regla. También las llamamos máximas evangélicas»103.

Pero Vicente hace una elección: no es preciso practicar todas las máximas evangélicas, sino solamente «si no son contrarias al instituto»104.

¿Basta con leer el Nuevo Testamento para comprenderlo y beneficiarse uno de su dinamismo? ¡Claro que no! Las máximas del mundo se conocen y comprueban por la experiencia, pero de las máximas de Nuestro Señor «conocemos su infalibilidad por su espíritu, que nos da su conocimiento y que nos hace ver cuáles son sus divinas consecuencias, ya que, como nos las enseña la verdad eterna, son muy verdaderas y siempre alcanzan su efecto»105.

Sería un error leer la Escritura para enriquecer uno su arsenal de argumentos, o para ornar de flores el bancal de la retórica: «Sobre todo hay que evitar leerlo por estudio, diciendo: «Este trozo me servirá para tal predicación», sino leerlo sólo para nuestro provecho espiritual»106.

Esta intención religiosa tiene una traducción concreta en tres disposiciones particulares que Vicente enuncia el 19 de enero de 1642: «1.º de adoración, adorando la palabra de Dios y su verdad; 2.º entrar en los sentimientos con que las pronunció nuestro Señor y aceptar esas verdades; 3.º resolverse a la práctica de esas mismas verdades. Por ejemplo, cuando lea: «Bienaventurados los pobres de espíritu»107 me resolveré y me entregaré a Dios para practicar esa verdad en tal y tal ocasión. Lo mismo cuando lea: «Bienaventurados los mansos»108, me entregaré a Dios para practicar la mansedumbre»109.

Las Reglas o Constituciones que san Vicente elaboró a lo largo de treinta años, y que distribuyó a los misioneros el 17 de mayo de 1758, reafirman y precisan el modo de leer religiosamente el Nuevo Testamento, Todos los días: «Los sacerdotes y los clérigos leerán además un capítulo del Nuevo Testamento. Venerarán este libro como regla de la perfección cristiana. Y para que más aproveche, lo leerán de rodillas, con la cabeza descubierta, añadiendo al final estos tres actos: 1° adorar las verdades contenidas en el capítulo leído; 2° animarse a revestirse del espíritu con que las dijeron Cristo y los Santos; 3° proponerse imitar los consejos, normas y ejemplos de virtud que hayan encontrado en la lectura»110.

Vicente enseñaba en especial este modo de entrar en el texto y de impregnarse de él, por su modo de celebrar el santo sacrificio de la misa. Uno de los más antiguos en la Compañía observó que, en la celebración de la misa, la devoción de san Vicente era del todo singular, y esto se advertía particularmente en su manera de leer el santo evangelio. Otros observaron que, al topar con ciertas palabras pronunciadas por Nuestro Señor, Vicente las recitaba en un tono de voz más tierno y afectuoso, lo cual infundía devoción en los asistentes que le escuchaban; y en varias ocasiones se oyó a personas que no le conocían de nada decirse unas a otras: «Dios mío, un sacerdote que dice bien la misa; tiene que ser un santo varón». Y hubo quienes dijeron, que les parecía ver a un ángel en el altar. «Algunos han observado que, cuando leía en el Santo Evangelio algunos párrafos en los que Nuestro Señor había dicho, Amen, amen dico vobis, es decir, en verdad, en verdad os digo, seguía con mucha atención las palabras siguientes, como admirado de esa doble afirmación que el mismo Dios de Verdad empleaba; y, al ver que allí se encerraba un doble misterio, y que la cosa era de gran importancia, manifestaba, con un tono de voz todavía más afectuoso y devoto, la pronta sumisión de su corazón. Parecía que mamaba el sentido de los pasajes de la Escritura como un niño la leche de su madre, y sacaba de ellos el meollo y la sustancia para sustentarse de ella y alimentar su alma. Eso hacía que en todas sus acciones y palabras apareciera lleno del Espíritu de Jesucristo»111.

Mimetismo de algo que está en la Escritura112 : «comer el libro». Nuestro Señor tenía por alimento la voluntad de su Padre113, y san Vicente dice «su comida y sus delicias114. «Lo que me alimenta, me deleita y me robustece es hacer la voluntad de mi Padre»115.

Se ve con facilidad que san Vicente capta la originalidad de cada evangelista: Mateo, contable de profesión, es quien mejores máximas evangélicas suministra. A él acude Vicente para obtener formularios legislativos116. Lucas, cronista de la mansedumbre de Cristo, evoca la misericordia, la ternura, el servicio de la Virgen María y de las mujeres que acompañaban a Jesús: es una excelente autoridad, y el heraldo de la caridad logra que hable a las Damas y a las Hijas de la Caridad. Juan transmite el misterio del Hijo eterno de Dios. Unido a su padre, alimentado de su voluntad, sin enseñanza propia, está unido a su Padre de un modo tal, que ver al Hijo es ver al Padre. En cuanto a san Pablo, no tiene sustituto, único como es, cuando precisa definir sin error la nueva condición del hombre regenerado. Reduciendo a dos rasgos el retrato de Cristo Jesús, escribe san Vicente: «Las dos grandes virtudes de Jesucristo, a saber, la religión para con su Padre y la caridad para con los hombres»117. «Esa religión para con el Padre» se hacía visible de tres maneras: por la encarnación, por una vida de pobre, por la dolorosa pasión. San Vicente nunca pierde de vista la existencia itinerante del «Pobre» y desconocido. Porque es rechazado118, amenazado e injuriado119; tratado de loco120, despreciado121, desprovisto de todo122. Tal la escandalosa manera, como el Hijo eterno de Dios revelaba su amor inefable hacia el Padre. La caridad del Hijo de Dios dimana directamente de su ser divino, que se entrega a la débil humanidad. Para no asustar a los hombres, para amansarlos y evangelizarles, el amor asume un semblante pobre: Jesús aborda a la enferma, anémica humanidad con una humilde dulzura123

No olvida tampoco san Vicente que las lágrimas velaban a veces el rostro grave de Jesús: «¡Qué cariñoso era el Hijo de Dios! Le llaman para que vaya a ver a Lázaro; va; la Magdalena se levanta y acude a su encuentro llorando; la siguen los judíos llorando también; todos se ponen a llorar. ¿Qué es lo que hace nuestro Señor? Se pone a llorar con ellos 15, lleno de ternura y compasión. Ese cariño es el que lo hizo venir del cielo; veía a los hombres privados de su gloria 16 y se sintió afectado por su desgracia. También nosotros hemos de sentir este cariño por el prójimo afligido y tomar parte en su pena. ¡Oh, san Pablo, qué sensible eras tú en este punto! ¡Oh, Salvador, que llenaste a este apóstol de tu espíritu y de tu cariño, haznos decir como él: Quis infirmatur, et ego non infirmor?124 : ¿hay algún enfermo, con el que yo no me sienta enfermo?125.

San Vicente capta la existencia y condición cristianas, las examina, y experimenta inquietud, pues aparecen exactamente descritas en las cartas de san Pablo: Vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo»126. El 1 de mayo de 1635127 quedan sentados los principios fundamentales. La existencia no puede concebirse de otro modo que como continuando la misión de Jesús; continuación que, es evidente, se logra nada más empleando los medios que Él mismo empleó. Para continuar la misión de Jesucristo es preciso servirse del espíritu de Jesucristo128. Sin duda, el cristiano recibió el Espíritu de Jesús en el bautismo129 ; debe aun así hacer verídica y real en el tiempo la adopción divina, vaciarse de sí propio y unirse a Dios130, despojarse más y más del hombre viejo, para revestirse de Cristo Jesús131. Según hace sus últimas recomendaciones al joven superior Antonio Durand, Vicente insiste: «No, padre, ni la filosofía, ni la teología, ni los discursos logran nada en las almas; es preciso que Jesucristo trabaje con nosotros, o nosotros con él; que obremos en él, y él en nosotros; que hablemos como él y con su espíritu, lo mismo que él estaba en su Padre y predicaba la doctrina que le había enseñado 4: tal es el lenguaje de la Escritura. Por consiguiente, padre, debe vaciarse de sí mismo para revestirse de Jesucristo»132.

En el alma humana se han instalado, pues, la guerra y el combate. El espíritu de Jesús lucha efectivamente contra aquellas tres concupiscencias, que tres virtudes evangélicas, pobreza, castidad, y obediencia, intentan paralizar. Psicológicamente, hay que dirigir la lucha contra el espíritu propio por la sencillez, la pureza de intención, la humildad; y contra la voluntad propia por la obediencia, la indiferencia, la práctica de no pedir ni rehusar nada. De una manera que sorprendió a los contemporáneos, el Padre Vicente insistía en lo necesario de la humildad, que según decía, «el origen de todo el bien que hacemos»133. «Aquí es donde está el fundamento de la perfección evangélica y el nudo de toda la vida espiritual. Quien tenga esta virtud obtendrá fácilmente todas las demás; y el que no la tenga, se verá también privado de las que parece que tiene y vivirá en continuas preocupaciones»134. La caridad es hija de la humildad. La humildad es el centro que inspira toda la ascesis de Vicente de Paúl, al igual que el Cristo pobre ocupa el centro de sus perspectivas dogmáticas.

Conclusión

En la experiencia religiosa y la enseñanza de Vicente de Paúl, la Escritura juega un doble papel y ejerce una doble función.

Es incontestablemente mediadora: a través de ella es como san Vicente encuentra a Cristo vivo. Ella le cerciora de que está presente, y hace que disfrute apaciblemente su bondad. Se habría degradado, de no haberle descubierto así, se habría hecho más y más opaco a sí mismo, indiferente a todo cuanto no pudiese poseer, extraño a todos sus semejantes.

Pero sobre todo, la Escritura es reveladora perpetua de otro mundo más veraz, más sólido y más seguro que el mundo inconsistente conocido por los sentidos y la inteligencia, y jamás poseído de modo duradero. Aquel mundo invisible está habitado por Cristo Jesús, suavidad eterna de hombres y ángeles; y es por esta misma virtud que tenemos nosotros la posibilidad de acceder a él, de salvarnos y salvar a otros.

  1. 1664-1932
  2. 27 de septiembre de 1660
  3. 1737
  4. 1634-1660
  5. SVP, XI, 445-457
  6. SVP, X, 567-573
  7. París, 95, rue de Sèvres, sala de reliquias
  8. 185 x 120 x 75 mm
  9. cfr., Bibliothèque mazarine, ms. 4169
  10. SVP, XI, 514
  11. 17 de mayo de 1610, SVP, X, 17
  12. 2 de mayo de 1612, SVP, X, 27
  13. 28 de noviembre de 1614
  14. 27 de mayo de 1615, SVP, X, 30
  15. cfr., Abelly, III, 116
  16. SVP, XI, 725-726
  17. SVP, XI, 725
  18. SVP, IX, 27, 958
  19. Abelly, 99
  20. Abelly, 95-96
  21. 1Cor 15,28
  22. SVP, XI, 733; Abelly, 98
  23. Lc 4,18; Mt 5,3
  24. SVP, 164-187
  25. Cfr. Mt 13, 21,40
  26. Cfr. Mt 13,31.38.44; Lc 12,16.28; Jn 15,1.5
  27. Cfr. Mt 13,31
  28. SVP, XI, 239
  29. SVP, XI, 120-121
  30. SVP, IX, 42, 43, 95, 125, 211, 214, 634, 862, 863, 915, 916, 922, 1137, 1194; XI, 273, 324
  31. Sal 90,15
  32. SVP, IX, 1194
  33. Oeuvres oratoires, ed. Le Barq, revisión de Ch. Urbain y E. Levesque, París 1927, t. III, pp. 119-138
  34. SVP, IX, 241
  35. 14,2
  36. SVP, III, 571; IV, 270, 450;V, 297, 581,600; VI, 509; IX, 597; XI, 38; X, 397
  37. Re 2,6; Dt 32,39; Tob 3,12; Sab 16,13
  38. SVP, VI, 119, 465, 472, 507; VII, 17; VIII, 200, 201, 2004, 208
  39. SVP, VI, 392
  40. Flp 1, 6
  41. Paris, 1982,, pp. 84-177
  42. SVP, IX, 26
  43. SVP, IX, 797
  44. SVP, IX, 257
  45. cfr. Mt 2,13ss
  46. SVP, VI, 110
  47. cfr., Mc 3,20
  48. SVP, IX, 96
  49. Ap 14,13 atribuido a san Pablo cuando escribe a los Corintios, SVP, XI, 433
  50. SVP, V, 237
  51. SVP, II, 316
  52. c. 8, § 78
  53. SVP, X, 425
  54. SVP, XI, 432
  55. SVP, IX, 62, 652, 663, 693, 713, 714, 716, 719, 835, 1006,1206; XI, 33, 128, 131, 447, 448, 512, 522, 523, 526, 743, 788
  56. SVP, IX, 652
  57. SVP, IX, 693
  58. SVP, IX, 1006
  59. 4,1
  60. SVP, IX, 663
  61. Ibídem
  62. SVP, IX, 835
  63. SVP, IX, 1206
  64. SVP, III, 165; VIII, 257; IX, 70, 624; XI, 263, 425
  65. 1P 3,20; 2P 2,5
  66. SVP, VIII, 257
  67. SVP, IX, 624
  68. ed. Funk, 1901, p. 116
  69. París, 1643, t. IV, p. 1045
  70. cfr., D. Sidersky, Les origines des légendes musulmanes dans le Coran et dans la vie des prophètes, Paris, 1933
  71. Cfr., Ecrits intertestamentaires, 471-623, 635-810
  72. Gn 6, 14
  73. SVP, XI, 263, 15 de noviembre de 1656
  74. SVP, I, 350, 548; V, 195; XI, 89, 181, 262, 262, 436, 416, 534
  75. 11,8
  76. Heb 11, 8
  77. Gn 22
  78. SVP, XI, 436-437
  79. SVP, I, 548
  80. Heb 7, 3
  81. SVP, X, 919, 926
  82. cfr., Ex 19,24
  83. SVP, V, 401
  84. Ex 17, 8-13; Jos 5,13; 8,22
  85. SVP, V, 473
  86. Ex 32, 9­10
  87. ex 32, 9.10
  88. SVP, IX, 383
  89. 17,5-14
  90. 16,4-35
  91. SVP, X, 846, Consejo de las Hijas de la Caridad, 27 de julio de 1656
  92. SVP, IX, 995-996, 30 de diciembre de 1657
  93. Nm 12,1-5; cfr., Dt 24,9
  94. SVP, X, 846
  95. SVP, IX, 996
  96. SVP, X, 846
  97. Cfr. Nm 15, 35-38
  98. Dt 31,29
  99. Dt 31, 29
  100. Jn 16, 16
  101. SVP, XI, 396
  102. SVP, XI, 37­38
  103. SVP, XI, 418
  104. SVP, XI, 428
  105. SVP, XI, 421
  106. SVP, XI, 37
  107. Mt 5, 3s
  108. Mt 5, 4
  109. XI, 37
  110. RC, X, 5
  111. Abelly, p. 600
  112. Ap 10,9; Ez 3,3
  113. Jn 4,34
  114. SVP,XI, 365
  115. SVP, XI, 449
  116. XI, 419
  117. VI 370
  118. I, 192; III, 25; XI, 555
  119. XI, 493; IX, 797
  120. V, 135; VIII, 60
  121. I, 160; IX, 25, 402, 420, 1189; XI, 486; X, 836
  122. I, 174, 256; II, 232, 281, 291, 397, III, 92-93, 101, 423, 493; VI, 76; VII, 151, 159, 165, 462, 524; VIII, 40, 196, 221, 414; IX, 77, 78, 98, 170, 397, 399, 405, 447, 748, 761, 813, 816, 819, 820, 821, 840, 841, 847, 882, 889, 947, 1119; XI, 29, 139, 140, 155, 171, 523, 645, 648, 650, 657
  123. I, 231, 366, 408, 520, 528
  124. 2 Cor 2, 29
  125. SVP, XI, 560
  126. I, 320
  127. I, 320
  128. SVP, XI, 410
  129. Gal 3,23s; Rom 6, 3s
  130. Rom 6,12
  131. Gal 3,27; Rom 13, 14; Ef 4,22
  132. SVP, XI, 223
  133. SVP, XI, 604
  134. XI, 482-483

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