San Vicente de Paúl. Su vida, su tiempo; sus obras, su influencia. Libro 8, capítulo 2

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Abate Maynard, Canónigo de Poitiers · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1880.
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Capítulo Segundo: San Vicente de Paúl en la política

I. Movimiento católico detenido por Richelieu.

El 4 de diciembre de 1563, después de un trabajo de veinte años, seguido con una santa perseverancia en medio de las luchas de las opiniones, de los ataques de la herejía y de los engorros de la política de los príncipes, el concilio de Trento había terminado su obra. el dogma católico estaba separado de las opiniones protestantes, y fijado para siempre; la santa jerarquía estaba fundada teóricamente por los cánones sobre la ordenación, y prácticamente por los cánones de reforma. Los fieles estaban sometidos a la disciplina, las parroquias reglamentadas, los obispos investidos de la vigilancia del clero y encargados de su reclutamiento por los seminarios. Ellos mismos se habían sometido solemnemente a la observancia de los decretos del concilio, y ligado al papa por una profesión de fe particular, que habían firmado y jurado. Así el poder papal había salido de la lucha más extensa y más fuerte. Interpretación de los cánones del concilio, reglas de vida como reglas de fe, dirección de la disciplina: todo en adelante procede de Roma.

Terminado el concilio, la felicidad de la Iglesia fue ser dirigida por un papa, personificación viva de la reforma y de la rigidez religiosas, Miguel Ghislieri, san Pío V, quien, sobre el trono pontificio, continuó viviendo con la dura sencillez de un monje. Comenzó por reformar la curia y los Estados de la Iglesia, difundió la renovación de la Iglesia entera y salvó a la cristiandad por Lepanto.

Instalada en posesión de sí misma, la Iglesia pudo no sólo defenderse de la herejía, sino retomar la ofensiva contra ella. Mientras que España e Italia estaban protegidas por la inquisición, los Estados incluso los amenazados o invadidos por el protestantismo le estaban cerrados o se purificaban. «Hace pocos años, exclamaba el nuncio de Varsovia en 1598, se hubiera creído que la herejía acabaría destruyendo el catolicismo en Polonia; hoy el catolicismo entierra la herejía.» Otra reforma se operaba también en Alemania por los jesuitas. El catolicismo quedaba restablecido en los Estados hereditarios. Una parte de Suiza quedaba fiel. La lucha era más incierta en Francia, donde los protestantes, por el edicto de Nantes, «recibieron una independencia tan amplia, que se podía cuestionar si no entraba en contradicción con el principio mismo de la existencia del Estado.»1 No obstante, la política de Enrique IV , en un principio titubeante entre los dos partidos, se inclinó cada vez más al catolicismo, y la Iglesia se aprovechó para trabajar , como ya hemos visto, en su reforma interior. Al cabo de unos años, hubo una transformación de todo el reino, arrastrado en una único dirección de fe y de doctrina.

Todo este movimiento fue detenido por la política de Richelieu. La guerra de los Treinta años se abría por el periodo palatino. El protestantismo europeo estaba entonces representado en particular por el príncipe electoral Federico del Palatinado. Su mujer, hija del rey de Inglaterra, sobrina del rey de Dinamarca, era pariente del duque de Bouillon, el menos pacífico de los cabezas del protestantismo francés. Pues bien, a este príncipe, el mismo de la unión alemana, a quien la Francia católica, por odio a Austria, otorgó todas sus simpatías! Si los católicos hubieran permanecido entonces unidos, había sido el fin del protestantismo alemán. Pero se dividieron o más bien hicieron causa común con el protestantismo para combatir la independencia y el poder de la casa de Austria. La dos ramas de esta casa se relacionaban por los desfiladeros de los Alpes. La política, primando la religión, no quiso ver que era a favor del catolicismo. Los pequeños Estados italianos se echan a temblar los primeros. Francia y España se remiten a Gregorio XV, quien manda ocupar por sus tropas los desfiladeros de la Valteline. El diferendo iba a quedar vacío cuando muere el papa. Urbano VIII, quien también teme a España, se aparta de ella. y se une a Francia. Escisión desdichada en el mundo católico. Richelieu se acerca a los Ingleses para hacer fracasar el matrimonio del príncipe de Gales con la infanta, renueva la alianza holandesa pata atacar a España por todos los costados al otro lado del mar como de este lado. A favor de estas circunstancias, animados además por Santiago de Inglaterra, los Tuircos se ponen en movimiento y amenazan con invadir Hungría. El golpe principal lo da en Alemania el rey de Dinamarca; golpe dirigido evidente mente a detener los progresos del catolicismo. El protestantismo debía recoger los frutos por todas partes, en especial en Francia, donde los hugonotes y los adversarios de Richelieu recobraron alientos y volvieron a la guerra. De esta suerte a Richelieu le había faltado no sólo espíritu cristiano, sino prudencia. Aunque a favor de los intereses franceses, Urbano VIII culpó a estas alianzas protestantes y toda clase de oposiciones se alzaron contra Richelieu. Asustado, el cardenal utilizó a sus nuevos aliados contra los hugonotes de Soubise; luego los abandonó y Dinamarca fue derrotada. El movimiento protestante fue una vez más aplastado en Alemania, y Austria católica volvió a levantar la cabeza. Las iglesias fueron restituidas al culto, las ciudades volvieron al catolicismo; se trató incluso de la conversión de los príncipes protestantes. La buena inteligencia se restableció un instante entre España y Francia, y Urbano VIII pensó en el ataque de Inglaterra. Ésta se adelantó, y Buckingham vino en ayuda de La Rochelle. La caída de la principal fortaleza del protestantismo hizo volverse a favor de la causa católica lo que había parecido deber arruinarla. Se negoció entre España y Francia un ataque contra Inglaterra; era la reconciliación de las potencias católicas, que reemplazaba la coalición protestante,. Por desgracia la coalición se rompió de formarse del todo. Dos impulsos contrarios, el de la religión y el de la política, se habían establecido en adelante en el seno del catolicismo; el impulso político se ganó la partida, con gran detrimento de la restauración católica en Francia y en Alemania. Con ocasión de la sucesión de Mantua, las dos monarquías preponderantes de la cristiandad se encontraron nuevamente en armas una contra la otra, y Richelieu resucitó sus proyectos más atrevidos contra el poder hispano-austriaco,. Trató con Suecia dando así una espada al protestantismo. En efecto, la expedición del Gustavo Adolfo sirvió los intereses protestantes y detuvo todos los progresos católicos en Alemania. El resto incluso de Europa, ha dicho Ranke (t. III, p.117), fue trabajado por un impulso que rompió toda la unidad; la fuerza expansiva del elemento religioso entró en vías de retroceso, el mundo quedó en manos de exclusivamente de confederaciones del orden político. Pues no se ha de pensar que los protestantes hayan llegado a salvarse por sí mismos; si lograron mantenerse fue debido ante todo a la escisión que estalló en el seno del catolicismo. El término de esta política fue el tratado de Westphalia que consagró la subordinación del interés religioso al interés humano; que rompió la unidad de la sociedad católica, e introdujo en él, a base de una igualdad fatal, a los protestantes por tanto tiempo rechazados de su seno; el que, por último, a colocado a los pueblos, en su fe como en sus derechos civiles, baja la dirección y el control absoluto de los soberanos, reyes o asambleas.

No nos dé miedo decirlo, nada era, no solamente menos católico, sino menos francés. A finales del siglo XVI y a comienzos del XVII, había entre nosotros, desde el punto de vista del protestantismo, dos Francias políticas, dos Francias religiosas. El largo trabajo de los siglos, trabajo de unidad y de expansión, parecía amenazado. No se ha reflexionado lo suficiente qué esencial es el catolicismo a la vida de Francia, y qué antipático le es el individualismo protestante. Misionera de la civilización, es por necesidad católica. Desde la decadencia de España y de Portugal, no hay otra nación que pueda llevar lejos la civilización cristiana. Inglaterra no sale de casa sino es en provecho propio, sus misioneros son mercaderes, sus colonias son sucursales, hasta sus biblias son objeto de tráfico. Solo Francia, cuando se extiende al exterior, por su soldados o sus misioneros, siembra gérmenes que crecerán en beneficio de la civilización y de la humanidad. Pues bien, una vez más, es ése un papel católico exclusivamente. El protestantismo, como el cisma, no puede subsistir en el estado de religión sino reduciéndose al estado de iglesia nacional. ¿Se comprende una Francia encerrada en sí misma sin reaccionar más en el mundo? Es para ella cuestión de ser o de no ser. Católica o nada, eso es Francia. Un instinto secreto, providencial, le han dicho siempre, ella no ha temido para conservarse católica, entrar en las guerras religiosas y derramar lo más puro de su sangre. De ahí la oposición a la política de Richelieu quien, mientras combatía el protestantismo en Francia, lo apoyaba, lo armaba en el exterior, sin sospechar o sin querer ver que lo fortalecía de esta manera en el interior, y que comprometía su obra, incluso la meramente política. Ya que en el protestantismo donde los grandes a quienes quería abatir bebían este humor de revuelta, tan peligroso para la causa de la realeza y de la unidad nacional.

II. Política de Richelieu y sus adversarios.

Sin duda, entre los adversarios de Richelieu, y más tarde de Mazarino, había ambiciones mezquinas, aspiraciones retrógradas hacia un pasado, codicias más envidiosas del bien de algunas casas principescas que de la sólida grandeza del trono y de Francia, intrigas mal disfrazadas bajo el manto de la religión y de la libertad. . lo que ha desacreditado y condenado esta oposición en la historia como más tarde en la Fronda, es que con frecuencia fueron los abusos y no los derechos los que hicieron la guerra; abusos por parte de la aristocracia buscando hacerse independiente de la realeza, abusos por parte de los parlamentos, abandonando la justicia por la política, invadiendo los derechos del trono y de la nación, aspirando a constituirse en estados generales permanentes, a modo de convención anticipada. Por el contrario, no son los únicos abusos de la aristocracia y de los parlamentos que ha destruido la política de Richelieu y de Mazarino, son las instituciones mismas. Y esto es lo que vieron los más sabios de sus opositores, en los que había una viva inteligencia y un sentimiento profundo de los Estados, de la constitución monárquica y religiosa de nuestro país, y de su verdadero papel en el seno de Europa y del catolicismo. Dejemos pues de lado a los intrigantes políticos, a pesar de que a través de su egoísmo ruidoso, llegue a ser posible desenredar unos principios verdaderos y buenos, que desdichadamente perecerán en la lucha. Es el triste patrimonio de las cosas humanas rodar siempre confundidos en su curso, el oro y el barro, el mal y el bien; de todo partido encerrar en su seno a intrigantes y a culpables con los puros y los generosos. Así la Liga tuvo a los Dieciséis, y el partido religioso de la corte de Luis XIV ya anciano, a sus perseguidores y a sus hipócritas. Pero, aparte de las políticas, había en el partido opuesto a Richelieu los más venerados personajes. Era Manuel de Gondi, el antiguo general de las galeras, ahora sacerdote del Oratorio; el virtuoso y atrevido Cospéan, obispo de Lisieux; el cardenal de Bérulle y san Vicente de Paúl; eran todos los conventos, todas las congregaciones religiosos, menos las raras tránsfugas que Richelieu enrolaba en su policía era, en una palabra, todo lo que había de más puro y de más santo en Francia.. Ahora, recordemos que al salir de las guerras de religión y antes de la fatal invasión del jansenismo, el catolicismo renovado en las luchas de la fe y trabajando en se regeneración ofrecía entonces prodigios de santidad, de inteligencia de las necesidades religiosas y políticas del país, de dedicación a la causa de Dios y de la monarquía; es una de las épocas más hermosas, se está de acuerdo, de nuestra historia nacional; es la más hermosa quizá de nuestra historia religiosa. Pues bien, qué prejuicio contra la política de Richelieu como este rechazo casi unánime del partido religioso en Francia. No tendremos la misma confianza en el partido religioso de los últimos días de Luis XIV, demasiada mezcla de ambición y de hipocresía: pero, confesémoslo, una simpatía secreta nos hace inclinarnos de parte de los devotos del reinado de Luis XIII y su oposición nos hace sospechosa la política de Richelieu. Aparte de la ciencia y la inteligencia que, ciertamente, no le faltaban, hay en la fe y en la piedad no se sabe qué sentido misterioso, qué instinto secreto, qué flair (olfato), si nos atrevemos a llamarlo así, que, antes de todo estudio y toda reflexión, hace adivinar el bien y el mal en los hombres y en las cosas. Además, ¿no se ve qué antipatías y qué temores debía, en el primer momento, inspirar a los devotos esta política maquiavélica que no tomaba en consideración el derecho y la conciencia, las convicciones religiosas y los sentimientos de la naturaleza, las amistades y los deberes, las condiciones y los rangos, que caminaba imperturbablemente hacia sus fines a través de la sangre y de las lágrimas, de los montes y de los precipicios, derribando toda altura que se le oponía, llenando si hacía falta todo abismo con cadalsos y cadáveres, segándolo todo, nivelándolo todo, cubriéndolo todo con el velo de la necesidad, ferrea necessitas, y justificándose en nombre del interés del Estado entendido a su modo y resumido en esa palabra cuasi idolátrica; el Estado soy yo?

Esta política, en efecto, para precisarlo más, ¿qué era? «Yo prometí al rey, dice Richelieu en su testamento, emplear toda mi industria y toda la autoridad que fuera de su agrado darme, para arruinar al partido hugonote, rebajar el orgullo de los grandes, reducir a todos los súbditos a su deber y colocar su nombre en las naciones extranjeras en el punto en que debía ser.» En otros términos, ruina de la aristocracia y del protestantismo, eso en cuanto a la política interior; humillación de la casa austro-española, eso en cuanto a la política extranjera. Pero arruinar a los grandes con el pretexto de desprender y liberar el trono, era minar sus apoyos y las murallas naturales, y abrir una vía libre y fácil a todos sus enemigos. Y siendo siempre necesaria una aristocracia en un Estado, era suscitar en primer lugar la aristocracia de la burguesía, es decir de la mediocridad egoísta y envidiosa; luego la aristocracia de la plebe, es decir de las codicias sensuales y vulgares. En todos los casos, era preparar las revoluciones y la anarquía; era hacer la Francia acéfala, en cuanto no fuera gobernada más por un ministro de genio como Richelieu o Mazarino, por un gran rey como Luis XIV; era borrar la distinción y la generosidad de las costumbres, rebajar el nivel del carácter nacional, colocar en una región cada vez más ínfima los modelos hacia los que gravita siempre la multitud para elevar y ennoblecer sus ideas, sus sentimientos y sus actos; era forzar a los grandes, una vez proscritos de los asuntos políticos, a la ociosidad y la licencia; era privar al monarca de sus consejos y de sus defensores, quitar a su poder una barrera necesaria, liberarle de todo control religioso y humano, empujarlo hacia el despotismo, luego, producida la reacción, entregarlo sin defensa a la plebe, que no se acerca nunca al trono sino para derribarlo. Sin duda, había que poner límites a la ambición de los príncipes y de las grandes familias, a las invasiones de los legistas en el gobierno, no decimos al dominio de los obispos, que no han ejercido en Francia casi nunca más que una acción saludable; pero, a pesar de los Importantes y de la Fronda, se puede decir que Richelieu ha sobrepasado el fin y, si ha preparado los esplendores del reinado de Luis XIV, cosa que es gloria suya, , también ha abierto la puerta a la revolución del siglo siguiente. –Todo esto en cuanto a la política interior.

En cuanto a la política exterior, resumida en la caída de la casa de Austria, ¿qué otra cosa era, como acabamos de decir, sino la preferencia dada a la alianza protestante de Inglaterra, de Holanda, de Suecia y de Alemania, sobre la alianza católica de España y del Imperio? Ahora bien ¿cuáles debían ser sus consecuencias? Por un lado, el triunfo político del protestantismo y su establecimiento definitivo en estos distintos países, el cerco plantado al protestantismo francés que, combatido en el interior, se sentía apoyado en el exterior, se envalentonaba así en sus resistencias y se volvía a arrojar, en caso de derrota, en la seguridad de encontrar entre los enemigos de Francia una segunda patria; por otro, el desencadenamiento del espíritu revolucionario en el que pronto se iba a transformar el protestantismo inglés; la irrupción amenazadora del islamismo a través de Europa, cuyas fronteras estaban abandonadas, por motivos de envidia humana, por los príncipes católicos; el crecimiento del poder inglés, mucho más peligroso para la libertad, la paz y la riqueza del mundo, que la preponderancia ya muy disminuida de la casa de Austria; por último, la liga próxima de toda Europa contra Francia, privada de sus aliados naturales, abandonados por alianzas que la diferencia de fe y costumbres hacían efímeras. No, repitámoslo, la casa de Austria no era por entonces amenazadora; ya no era la vasta y poderosa monarquía de Carlos Quinto y de Felipe II¸ aliándose con ella en lugar de combatirla, Francia hubiera quizás impedido la caída de los Estuardos y ese golpe sangriento infligido a las realezas legítimas; con toda seguridad, habría llegado por lo menos a lo conseguido, a su papel preponderante en Europa, y a la posesión del trono de España, sin tenerlo que disputar contra todas las potencias conjuradas, ni que comprarlo al precio de su ruina.

III. Vicente y Mazarino. –Oposición religiosa.

Con lo dicho es suficiente para explicar, para justificar incluso la oposición de san Vicente de Paúl y del partido religioso a la política de Richelieu y de Mazarino. Esta oposición, por parte de Vicente, fue durante mucho tiempo secreta, encadenada por el agradecimiento en que se movía de mantenerse lo más lejos posible de los asuntos de los príncipes y de la política. De esta máxima poseemos un testimonio expresivo en dos cartas que escribió a Le Breton, en Roma, en los primeros meses del año 1640, y que, según nuestras conjeturas, se refieren al mismo Mazarino. Richelieu se encontraba a la sazón con la curia de Roma en un conflicto que hemos recordado en otra parte, y como se ha dicho también, el nuncio recibía el contragolpe en París. Fue durante estos debates, cuando el nombre de Mazarino, quien, desde su intervención ante Casal, su nunciatura extraordinaria en Francia y sus numerosas negociaciones, complacía a Richelieu y a la curia, se pronunció a menudo, y cuando se le vio llegar a él mismo a París, a comienzos del año 1640. Pues bien, el embajador de Francia en Roma, el mariscal d’Estrées, quiso mezclar a Le Breton en todo este asunto. Pero Vicente consultado, aunque algo tarde, le respondió: «¿Qué os diré yo de la conversación que habéis tenido con el Sr. embajador, respecto del prelado italiano de quien me hablabais (Mazarino evidentemente), sino que tenemos regla y estamos en esta práctica exacta, por la misericordia de Dios, de no mezclarnos nunca en los asuntos del Estado, y ni siquiera hablar de ellos; y ello 1º porque quod supra nos, nihil ad nos; 2º porque no es cosa de pobres sacerdotes como nosotros mezclarnos ni hablar más que de lo que trata de nuestra vocación; 3º que los asuntos de los príncipes son misterios que debemos respetar y no discutir; 4º que la mayor parte del mundo ofende a Dios al pronunciarse sobre las cosas que hacen los demás, sobre todo los grandes, sin conocer las razones por las que hacen lo que hacen, puesto que quien ignora los principios de algo, ¿qué conclusiones puede sacar? 5º Todo lo que se puede hacer es problemático sino lo que determina la santa Escritura; aparte de eso, nadie tiene el don de la infalibilidad en sus opiniones. Siendo esto verdad como lo es, ¿no sería gran temeridad juzgar de las acciones y opiniones de los demás? 6º El Hijo de Dios, que es el modelo sobre quien debemos formar nuestra vida, ha guardado siempre silencio sobre el gobierno de los príncipes, aunque paganos e, idólatras; 7º que manifestó a los apóstoles que no se debían mezclar curiosamente en lo que se refiere no sólo a los asuntos de los príncipes sino tampoco en los de un particular, diciendo a uno de ellos hablando a otro, si eum volo manere, quid ad te?

(- si quiero que se quede, ¿a ti qué?) Por todas estas razones y una infinidad más, os suplico Señor, que os mantengáis en nuestra pequeña práctica, que es de no conversar nunca, menos entremezclarnos, ni de palabra, ni por escrito, en los asuntos de los príncipes, y hagáis saber al Sr. embajador, si os hace el honor de hablaros del asunto, que tal es la práctica de nuestra pequeña Compañía, y que le supliquéis que os excuse si, cuando os hizo el honor de abrirse a vos, le comunicasteis el sentimiento público sobre el asunto del que os hablaba, y os propasasteis en lo que debemos, según nuestras pequeñas reglas; y con el fin de aseguraros más y más en la observancia exacta de este pequeña regla, os suplico, Señor, que hagáis vuestra oración, al día siguiente de recibir la presente, o lo antes posible, sobre esta materia, según los puntos arriba indicados, y pidáis a Dios en ella que conceda la gracia a la Compañía de ser siempre muy fiel en la observancia de esta pequeña regla.»

Y algunos días después, el 1º de marzo, escribía también a Le Breton:

«Uno de nuestros hermanos que va y viene para llevar dinero a Lorena para los pobres, me ha dicho que se siente muy a gusto cuando se halla en casa por no oír nunca hablar de noticias, y que le sorprende mucho ver la costumbre contraria en las regiones por donde ha pasado; y el Sr. du Coudray me ha escrito lo mismo de Toul y que se debe conservar esta práctica preciosa y observarla.»

Al año siguiente, Mazarino era nombrado cardenal; en 1642, entraba en el consejo y, a la muerte del rey, ocupaba en el consejo de regencia la plaza que hemos dicho. No era sobre el terreno puramente político en el que Vicente debía encontrase en primer lugar con él, sino en el terreno de la religión, en el consejo de conciencia. Al principio, los dos parecían ponerse de acuerdo en no buscar más que el interés de la Iglesia; pero muy pronto hubo entre ellos una gran divergencia de vistas y de conducta, que nadie ha pintado mejor que la señora de Motteville en sus Memorias. Después de hablar de la formación del consejo de conciencia, la fiel amiga de Ana de Austria, escribe: «Este consejo subsistió mientras el ministro, viendo su autoridad menguada, siguió con algunas reservas; pero tan pronto como vio su autoridad asentada, quiso disponer a su capricho y sin ninguna contradicción de los beneficios, como de todo lo demás o que aquellos a quienes la reina se los diera fueran de sus amigos, sin ocuparse demasiado si eran buenos siervos de Dios, diciendo que creía que lo eran todos. Este consejo no sirvió pues más que para excluir a aquellos que ella no quería favorecer; y algunos años después fue abolido del todo, a causa de que el P. Vicente, que era su cabeza, siendo un hombre de una sola pieza que no había pensado nunca en ganarse los favores de los cortesanos, cuyas costumbres no conocía, cayó fácilmente en ridículo, ya que era casi imposible que la humildad, la penitencia y la sencillez evangélica se acomodaran a la ambición, la vanidad y el interés que reinan allí. La que le había colocado habría deseado mucho mantenerle en el consejo: razón por la cual tenía aún largas conversaciones con él sobre los escrúpulos que le habían quedado siempre pero le faltó firmeza en esta ocasión, y con frecuencia dejó las cosas a gusto de su ministro, no creyéndose tan hábil como él y no creyendo serlo tanto como ella lo era en muchas cosas; lo que dio pie a que le resultara fácil persuadirla de todo lo que él quería, y de hacerla retractarse, después de alguna resistencia, en las cosas que él ya había resuelto. Yo sé sin embargo que en las elecciones de los obispos en particular, sintió una pena muy grande en rendirse, y que sintió más todavía cuando se dio cuenta que había seguido sus consejos con demasiada facilidad en este importante capítulo; lo que no hacía siempre, y nunca sin consultar en particular o al P. Vicente mientras vivió, o a otros a quienes tenía por gente de bien; pero fue engañada alguna vez por la falsa virtud de los que aspiraban a la prelatura, y de quienes las personas de piedad, sobre quienes descansaba en su examen, le respondían tal vez un poco con demasiada ligereza. Sin embargo, a pesar de la indiferencia que su ministro ha parecido sentir en este asunto, Dios dio a esta princesa la gracia de ver a la mayor parte de los que durante su regencia fueron elevados a esta dignidad responder a su deber satisfactoriamente y desempeñar sus funciones con una santidad ejemplar.»2

Por su título de cardenal y la hoja de los beneficios, Mazarino adquirió bien pronto sobre el clero el poder absoluto que su rango y su crédito político le daban sobre los demás órdenes del Estado. Poco a poco hizo establecer en el gabinete y pasar a regla que La Vrillière, secretario de Estado encargado del departamento de los asuntos eclesiásticos, no expediría ningún nombramiento, por insignificante que fuera, sin su aprobación, e incluso su contrafirma. Habiendo presentado y probado ya una fuerte oposición por parte de los obispos de Beauvais y de Lisieux, y sobre todo de san Vicente de Paúl, él los colmaba de consideraciones y les presentaba sus respetos con presteza en las cosas pequeñas; pero en las cosas más importantes, no consultaba más que a la razón de Estado. no eran las cuentas del consejo de conciencia. También Mazarino le tenía un miedo real, igual al fingido respeto que le demostraba. Se dedicaba a mantenerle lo más posible en la sombra, no se reunía con él sino raramente, y se guardaba por encima de todo de reconocerle un carácter oficial y público. Necesitaba, para seguir con su papel político, las manos libres sobre el clero, y al clero no le podía mangonear sino disponiendo, como de lazos, de todos los favores y de todos los bienes eclesiásticos.

En efecto, se comprende la singular posición de Mazarino, prosiguiendo, tras Richelieu, un verdadero crecimiento contra la primera potencia católica de Europa, atacándolo por todos los lados, sublevando contra ella todos los Estados, buscando su ruina y sobornando todas las espadas protestantes, tratando de hacer entrar a los herejes en el derecho europeo. Roma trinaba a la vista de los intereses católicos sometidos al interés francés, y el clero hacía eco a Roma; tanto más porque la política exterior forzaba a condescender con la interior a las pretensiones de los hugonotes. El clero pedía un cambio de giro en las alianzas; o más bien invocaba la paz en nombre del país agotado y de la religión amenazada, mientras que Mazarino, continuador de Richelieu, favorecía la guerra hasta que se alcanzara la meta, es decir el debilitamiento a cualquier precio de la casa de Austria, incluso al precio de la herejía triunfante.

Entre el Parlamento y el clero, hablando y obrando uno en nombre del bien público, el otro en nombre de la fe, Mazarino se sentía muy confuso. No tenía otro apoyo que el de la reina, quien, Española y devota, debía escuchar al mismo tiempo las reclamaciones que le llegaban de otro lado de los Pirineos y las quejas de los hombres religiosos de Francia. Él trataba de persuadirla que la política sola, y no la religión, estaba aquí en juego,, y aprovechaba toda ocasión de entrar en su papel de cardenal y dirigirse a la defensa de la fe, cuando la política se lo podía permitir. Así fue que, como Richelieu, sostenía a los jesuitas y perseguía a los jansenistas. Trataba además de ganarse en Roma a cardenales y prelados por pensiones y abadías. Logró controlar así a la oposición bajo el reinado de Urbano VIII quien favorecía la política francesa; pero, bajo Inocencio X, partidario de España, patrón de una paz favorable a la casa de Austria, necesitó redoblar esfuerzos y traficar cada vez más con los bienes de la Iglesia. Con los beneficios se compró un partido opuesto a los obispos que el nuncio Sforza dirigía en París. En sus criaturas, no le molestaba encontrar el mérito y la piedad; pero los verdaderos títulos en su favor eran una vida inofensiva y sobre todo una gran deferencia a sus consideraciones de Estado.

Semejante simonía indisponía más a los obispos fieles. Estos obispos eran los de Beauvais y de Metz, el de Limoges, tío de la señorita de La Fayette, y particularmente el de Lisieux, sabio, orador, amigo de Bérulle y del P. Joseph, familiar de las casas de Rambouillet, d’Épernon, de Retz y de Vendôme, viviendo en la corte sin ser cortesano, hablando a todos con una franqueza que su reputación de santidad impedía que fuera hiriente. Richelieu, «que no le quería, nunca le había querido echar, dice la señora de Motteville, y había sentido siempre cierta veneración por su virtud y su barba gris». Cospéan llamaba a la reina su buena chica, sigue diciendo la señora de Motteville, y, con esta libertad familiar, defendía ante ella la causa de los Vandôme y todos los que habían sufrido por Richelieu; defendía con mayor ardor los derechos de la Iglesia y combatía en toda ocasión la política de Mazarino, para destruir en el espíritu de la regente la acción temible de este hombre. Mazarino la veía todos los días, después de marchar sus damas de honor, en sus sesiones íntimas conocidas con el nombre de petit conseil. Por estas reuniones escribió él sus carnets, diario de sus reflexiones y de sus observaciones, tema de sus conversaciones3. Es allí adonde se ha de acudir en busca de los elementos una la historia de la oposición hecha a Mazarino por el partido de los santos. Empujado por el obispo de Lisieux, el partido se declaró, en público y en secreto, contra él. Vicente de Paúl advirtió a la reina como Cospéan; intervención tanto más poderosa por no estar legado ni con los Vendôme, ni con Châteauneuf, ni con ninguno de los descontentos, y porque no obraba sino por pura religión. Él fue en adelante el canal por el que todas las quejas, todas las reclamaciones llegaron a Ana de Austria. Para darles más crédito y autoridad, le aconsejó que consultara con el P. de Gondi, a quien, al comienzo de la regencia, elle le habría ofrecido, si había de creer al cardenal de Retz, el cargo de primer ministro. Lo cierto es que había llegado a comprender su sentimiento, lo que facilitaba al célebre oratoriano nuevos accesos a ella. Ana sintió por Vicente la condescendencia de ver al P. de Gondi y, como éste se querellaba de la omnipotencia creciente de Mazarino, le dijo que si alguna vez podía creer ella se dejara gobernar, ella le rogaba que saliera de su celda y viniera a reprochárselo. Al parecer el P. de Gondi salió en efecto de su celda y vino a hablar a la reina contra Mazarino. Es el propio Mazarino quien nos dice en una nota de sus carnets escrita en español, la lengua acostumbrada de sus pensamientos más secretos4.

Según se ve por fragmentos bastante numerosos de los carnets de Mazarino, a Vicente de Paúl y al P. de Gondi, se unieron pronto, en la oposición contra el cardenal, una multitud de otras personas de ambos sexos, muchas distinguidas por su nacimiento, todas por su piedad. Citemos a la marquesa de Maignelay, a la señora de Brienne, a la señora de Liancourt, a un P. Dans, a un P. Lambert, de quienes Mazarino, entre muchos otros, se quejaba con frecuencia en sus carnets, y contra los cuales debió mantener una lucha diaria. Arruinó al P. Lambert haciéndole pasar por jansenista y amigo de Arnauld, y se libró del P. Dans dándole un canonicato en la Santa Capilla. Él apartó también y despidió en desgracia a Sublet, señor de los Noyers, baron de Dangu, conocido nuestro hace tanto tiempo, a quien se quería poner en crédito ante la reina. Él se opuso a que se encargara de la educación del joven rey, y colocó a su lado a Hardouin de Péréfixe, más tarde arzobispo de París.

Pero era más fácil desarmar a los individuos que apagar en los conventos los focos de oposición que podían encender en el corazón de la reina la guerra contra él tanto como la piedad. Como buena Española, a Ana de Austria le gustaba librarse a menudo de la corte y de los asuntos para pasar en las comunidades religiosas, al llegar las fiestas, algunos días de retiro. Pues, estas comunidades, casi todas dirigidas o inspiradas por san Vicente de Paúl, eran unánimes en su repugnancia a la política de Mazarino, y a las relaciones demasiado íntimas que se suponía entre la reina y él. Las Mazarinadas son, no por cierto un monumento histórico, sino un eco de la opinión. Pues, en algunas se ha hecho una alusión cruda, a veces indecente, a un matrimonio mentiroso de la reina y del cardenal al que el Padre Vicente habría prestado su ministerio. Así, leemos en la Petición civil contra la conclusión de la paz: «Si es verdad lo que se dice que ellos (la reina y el cardenal) estén liados por un matrimonio de conciencia y que el P. Vicente, superior de la <misión, haya ratificado el contrato, ellos pueden todo cuanto hacen, y más, lo que nosotros no vemos.» Y en el Silencio en la punta del dedos se enumeran todos los amantes pretendidos de la reina: Montmorency, Buchkingham, Léganés, y Mazarino, con quien se la supone siempre casada por el P. Vicente. Por último, en la traducción en verso del Testamento del diablo de plata, con su muerte, se lee también

Yo dejo al buen Padre Vicente
Mi más auténtico breviario.
Como recompensa…
Por haberme favorecido tanto5.

Así pues, que se juzgue de la aflicción de estas santas mujeres, dignas amigas de Vicente de Paúl, que habían rogado tanto por la reina perseguida por Richelieu, al verla hacer, o sospechosa y acusada de hacer naufragio a la entrada de la edad madura. Cuántas alusiones, cuántos advertencias directas no temían ellas dirigirle! Ya que muchas de estas mujeres tenían tanto valor como inteligencia y piedad. En las Carmelitas, la Madre Madeleine de Saint Joseph había prohibido al canciller de Marillac, reclamado su cuerpo, y le había levantado una tumba con un epitafio magnánimo. La Visitación de la calle Saint-Antoine, más especialmente dirigida por Vicente, no estaba mejor dispuesta para Mazarino. Pero el centro y el corazón de la oposición estaba en el Val-de-Grâce, ese retiro querido de Ana de Austria. Mazarino quiso apartarla de estas visitas, diciéndole que la piedad de una reina no era la de una religiosa, y que todas estas prácticas de piedad la alejaban de sus deberes y de la estima de los pueblos. «Este fasto de piedad, a estilo español, no se lleva en Francia. Al veros sin cesar ir a las iglesias y monasterios, rodeada de sacerdotes, de monjes y de religiosas, se os compara a Enrique III que estaba envuelto todo en sus devociones, lo que no le impidió ser expulsado de París.»6 Y añadía en sus carnés, como tema de una nueva amonestación que le quería dirigir: «Todos estos pretendidos siervos de Dios son en realidad enemigos del Estado. En el tiempo de una regencia, grandes, parlamentos, y cuando Francia sobrelleva la guerra más grande que haya sostenido nunca, un gobierno fuerte es absolutamente necesario. Mientras tanto la reina vacila, duda entre todos los partidos, escucha a todo el mundo y, mientras ella comunica a sus confidentes los consejos, ella no me dice nada de los que le dan mis enemigos. Los conventos, los monjes, los sacerdotes, los devotos y las devotas, so pretexto de mantener el fervor de la reina, no tienen otro fin que hacerle gastar el tiempo en todas esas cosas, con el fin de que no lo tenga para sus asuntos y para hablar conmigo; y ellos esperan realizar sus designios haciendo dar el último golpe, cuando todo esté listo, a la Maignelay, a Dans, a la superiora del Val-de-Grâce7 y al P. Vicente. –Todas las devotas están unidas, y la Maignelay da continuamente citas a Hautefort y a Sénecé. La reina subordina los asuntos públicos a los asuntos domésticos, y en particular a los asuntos de devoción; ella debería hacer todo lo contrario. –Todo París murmura de estas perpetuas demostraciones públicas y se burlan de ellas. Que Su Majestad se informe, y ella verá que le digo la verdad. Dios está en todas partes y la reina puede rezarle en su oratorio particular, en lugar de dar materia a conversaciones perjudiciales a su servicio.»8

Ese es el tono, muy poco devoto, de los discursos que Mazarino tenía con la reina. para juntar la acción a las palabras y romper él mismo la oposición del partido de los santos, fue despidiendo poco a poco a las cabezas a sus diócesis, es decir a los obispos de Limoges, de Lisieux y de Beauvais, y acabó por disponer soberanamente de la hoja de los beneficios. En el consejo de conciencia no encontró ya resistencia a sus planes más que en san Vicente de Paúl, a quien no podía según parece separar. No siendo posible, por otra parte, influir sobre un hombre semejante con los medios ordinarios, ni tampoco lograr desmayar su valor tentándole con la ambición y la avidez; no queriendo tampoco poner abiertamente contra él a un personaje que venía tras él, en la corte y en el clero, todo un cortejo de señores y de obispos los más distinguidos por su reputación y sus virtudes, dio la vuelta a la dificultad: como nos lo dice la señora de Motteville, él suspendió por algún tiempo las sesiones del consejo de conciencia, sólo lo reunió muy raramente, y acabó por pasarse sin él. Ana de Austria continuó consultando en secreto a Vicente de Paúl, al menos en cuanto a la elección de los obispos, lo que impidió la política funesta de Mazarino de invadir el alto clero.

IV. Oposición política. –Viaje a Saint-Germain.

Mientras tanto, se estaba en lo fuerte de la Fronda, y la oposición, hasta entonces puramente religiosa, de Vicente de Paúl iba a doblarse con una oposición política. Después de derribar el reinado efímero de los Importantes, Mazarino se había ocupado, por sus medidas financieras, de todas las cortes soberanas, indispuestas contra él, por su calidad de extranjero y su absolutismo. A favor de la victoria de Lens, Mazarino había tentado un golpe de Estado, que no había sido contestado contra él por el día de las Barricadas. Asustada por la revuelta, la corte se había apresurado a tratar, y el 24 de octubre de 1648, el mismo día en el que se había firmado la paz de Westfalia, la ordenanza de Saint-Germain sancionaba todas las demandas del Parlamento y asociaba la magistratura al ejercicio del poder soberano.

La corte y Mazarino sólo habían querido ganar tiempo. Apenas libres del peso de la guerra extranjera, ellos resolvieron acabar con las facciones del interior. El 6 de enero de 1649, Ana de Austria salió de París con sus hijos, la mayor parte de la corte, y se retiró a Saint-Germain donde se hizo rodear de todas las tropas reales. Con ello quería matar de hambre a París que, en efecto, se vio bien pronto reducido a la extrema necesidad. Su dulzura natural, y probablemente la intervención de Vicente de Paúl la hicieron bien pronto arrepentirse de esta medida. Pero la contraorden generosa fue, sin duda, menos bien ejecutada que la orden severa, ya que nos encontramos en esta fecha con el billete siguiente de Vicente de Paúl a la reina:

«Señora, París ha sentido un maravilloso gozo al saber que la incomparable bondad del rey y la de Vuestra Majestad querían que sin impedimento alguno nos trajeran trigo; pero esta alegría, Señora, está seguida de alguna tristeza, porque la gente de guerra no dejan de venir en tromba a llevarse los trigos, no sólo en la llanura de Saint Denis, como yo mismo lo he visto, sino entre La Chapelle y La Villete que son dos poblaciones a un cuarto de legua de París, donde se lanzan sobre los propietarios que se atreven a acercarse a hacer la cosecha. Suplico con toda humildad a Vuestra Majestad, Señora, que se digne aceptar este consejo, por haberme concedido el honor de decirme que el rey no ha prohibido que los que los que han sembrado las tierras recojan los frutos, y que yo sé que si es del agrado de Su Majestad y de la Vuestra, Señora, poner remedio a los impedimentos que se les hacen, , contribuirá grandemente a persuadir al pueblo que le son mejores de lo que se pueda pensar.»

Fuera el que fuese el efecto de esta carta, la miseria continuó siendo grande en París. Vicente sufría por ello tanto más cuanto más se veía en la imposibilidad de socorrerla según su caridad. a la escasez se juntaba la guerra civil. París era presa de las facciones. Incapaz de luchar solo contra la corte, el Parlamento había pedido o aceptado los servicios de los príncipes y de los señores, dispuestos a lanzarse a la guerra civil, al cabo de la cual no los espantaba más, bajo un ministro clemente por sistema, la perspectiva del cadalso. Era el hermano de Condé, el príncipe de Conti, su cuñado el duque de Longueville, el duque de Bouillon, el duque de la Rochefoucauld e incluso el sabio Turenne. El alma del complot era el célebre coadjutor; el fantasma lanzado por delante, el duque de Beaufort, apodado el rey de los Halles, cuyo lenguaje hablaba. Esta vez, en toda proporción, el gran Condé había respondido orgullosa y noblemente: «Me llamo Louis de Bourbon, y no quiero hacer caer las coronas.»

En la víspera, grandes desgracias, Vicente concibió el proyecto de conjurarlas. Mientras condenaba la revuelta, encontraba legítimas algunas quejas del pueblo y de los grandes, y resolvió llevarlas a los pies del trono. Paso generoso y atrevido! Pues, si la confianza con la que le honraba la reina, el crédito del que disfrutaba siempre ante ella, le podían tranquilizar, las verdades que iba a hacer oír a ella y a su ministro eran de tal naturaleza como para producirle su desgracia y conducirle al exilio. Por otra parte, no corría menos riesgos por parte de los parlamentarios que por parte de la corte; si se exponía a pasar por Frondista en Saint-Germain, podía ser tratado como Mazarino en París. Pero se trataba del honor de Dios, del interés de la corte y del bien de los pueblos; nada era capaz de asustar la fe y la caridad del sacerdote, la fidelidad y la entrega del sujeto y del ciudadano.

Salió pues de París antes del día, el 14 de enero de 1649, y, sin comunicar su plan a nadie, tomó la ruta de Saint-Germain. Sin embargo, para no exponer su partida a interpretaciones inútilmente peligrosas, dejó, a su partida, una carta dirigida al primer presidente Molé, en la que le rogaba que tranquilizara a la Compañía que su único plan, al dirigirse a la corte, era trabajar por la paz; que si no había tenido el honor de verlo antes de partir, era tan sólo para poder afirmar a la reina que él venía a ella por su propia iniciativa y sin contar non nadie sus palabras y sus propuestas. En eso consistía la buena y sabia política.

Como todo París estaba por entonces bajo las armas, y había puestos avanzados en todos los barrios, Vicente debió dar una gran vuelta para alcanzar la ruta de Saint-Germain. Tan sólo iba acompañado de su secretario, el hermano Du Courneau, que nos ha dejado un relato manuscrito de este singular viaje. Los dos iban a caballo. Todavía era de noche, cuando llegaron a Clichy, y la oscuridad les puso resultar funesta. La gente de Clichy habían sido desvalijados la víspera por unos caballeros alemanes, y montaban guardia para rechazar un segundo ataque. Al trote de los dos caballos, gritaron alerta, y se lanzaron a su encuentro, con picas y escopetas, listos para atacar y hacer fuego. «Me puse a temblar de miedo, confiesa ingenuamente el poco belicoso Du Courneau. Pero pensé al mismo tiempo que Dios no permitiría que unos campesinos maltratasen a un hombre que les había consagrado a su servicio la vida, su congregación y sus bienes y que tenía tanto celo y ternura por la gente pobre.» En efecto, uno de ellos reconoció a Vicente. el nombre de este antigua pastor recorrió todos los rincones y despertando sentimientos de respeto y de gratitud. Todos acudieron donde él, le ofrecieron sus servicios y al rechazarlos, le mostraron por lo menos el camino que recorrer y que evitar para no caer en las manos de los soldados que vigilaban el campo.

En Neuilly, peligros de otra suerte. El Sena se había desbordado y las aguas cubrían el puente. En vano les gritaron que no pasaran; se llenó de valor y con la protección de Dios llegó a la otra orilla con mucha suerte. Agradecido y caritativo, envió su caballo a un pobre hombre quien, retenido al otro lado del puente, no habría podido sin él continuar el viaje. Eran las nueve o las diez cuando llegó a Saint Germain. Celebró enseguida una larga conferencia la reina, y desplegó toda su piadosa elocuencia para apartarla del asedio de París. ¿Es justo, Señora, le dijo, hacer morir de hambre a un millón de inocentes para castigar a veinte o treinta culpables? Pensad en las desgracias que van a caer sobre vuestro pueblo, en la ruina, en los sacrilegios, en las profanaciones que la guerra civil lleva consigo! ¿Y todo ello por qué? Para guardar junto a vos a un extranjero objeto del odio público. Pero si la presencia del Sr. cardenal es la fuente de los males del Estado, ¿no estáis obligada a sacrificarla , al menos por un tiempo?»

Todo esto se dijo con respeto, sin duda; pero también con una vivacidad y una fuerza de lo que el humilde y caritativo santo se arrepintió al instante, por el interés incluso de su negociación. «Nunca, dijo él dos días después al contar este escena, jamás discurso con rudeza me ha servido de nada, siempre he observado que, para mover el espíritu, no hay que amargar el corazón.» Del mismo modo, en el único pasaje del apartamento de la reina al del ministro, él recobró su dulzura y su sencillez, y habló a Mazarino con una ternura humilde de la que el cardenal se sintió impresionado.. No fue, sin embargo, por falta de tono y forma, que le hubiera disfrazado la verdad más que a la reina. Llegó hasta decirle: «Monseñor, ceded al tiempo y arrojaos al mar para calmar la tempestad.» «-Menudo sermón, qué vivo, respondió Mazarino despacio, y pensar que nadie hasta ahora se había atrevido a hablarme así. No obstante, padre, me marcharé, si el Sr. Le Tellier es de vuestro parecer.»

El mismo día se celebró consejo ante la reina. Pero Le Tellier debía su fortuna a Mazarino quien le había presentado en persona a Luis XIII, y hecho nombrar a continuación secretario de Estado en el departamento de la guerra, cuando el alejamiento de Des Noyers. Le Tellier no dejó de combatir el consejo de Vicente con razones personales que su interés transformaba en razones de Estado, y, la reina inclinándose de corazón hacia toda idea que le conservaba a su ministro, se decidió que Mazarino no saldría del reino.

A Vicente no le quedaba ya nada que hacer en Saint-Germain. A pesar de su fracaso, su conciencia estaba en paz; ya que le confesó a Du Courneau, «he dicho a la reina y a su ministro todo lo que habría querido decirles, si me hubiera encontrado a la hora de la muerte.» Sin embargo, no dejó, según su humilde costumbre, de imputarse el triste resultado de su diligencia: «salí de París, escribió él, el 14 de ese mes, para ir a Saint-Germain con el objeto de hacer un pequeño servicio a Dios; pero mis pecados me han hecho indigno de ello»9. El fracaso hace a veces culpables a las mejores gestiones, sobre todo en medio de las pasiones y discordias públicas. Vicente podía pues temer que la corte, a pesar del conocimiento que tenía de la pureza de sus intenciones y su inclinación por los intereses del rey, a pesar de la preocupación que había tenido de no ver a ninguno de los Frondistas antes de su partida, y la seguridad que había dado de ello a la reina, lo considerara un crimen de su generosa libertad. Se lo temía desde París; debió temerlo más la misma noche, cuando se enteró de las desgracia de una de las hijas de la reina, de la señorita Danse, quien, con menos prudencia sin duda que él, no era en el fondo culpable más que de dar a esta princesa consejos parecidos. La tarde del 14 de enero, al desvestirla, le había dicho: «Si el Sr. cardenal saliera de la corte, París abandonaría las armas, tengo la seguridad del Sr. duque de Elbeuf. -¡Entonces es que tenéis comunicación con nuestros enemigos! interrumpió la reina con una mirada fulgurante. Salid de aquí y que yo no os vuelva a ver!» La noticia de esta escena, que se difundió rápidamente, llegó a los oídos de Vicente. El santo esperándoselo, o, al menos, muchos contaban para él con una desgracia parecida. No fue nada; la reina, al no verle ya, preguntó dónde estaba10. Le Tellier, a quien, al día siguiente, pidió un pasaporte, le envió uno firmado por el rey. El joven monarca quiso incluso darle una escolta que le condijera hasta Villepreux.

V. Visita de las casas de la Compañía.

Vicente no quiso pues volver inmediatamente a París. si unos días antes se hubiera sabido en esta ciudad, furiosa entonces contra Mazarino, la diligencia que él quería hacer en la corte y el lenguaje que se disponía a mantener allí, no se le habría tenido por el más celoso Frondista; tras lo cual, en la ignorancia en que se hallaban de la escena pasada entre él, la reina y el ministro, con el simple conocimiento del fracaso de su empresa, no podía dejar de ser tratado como Mazarino y realista, es decir como enemigo. En efecto, el odio de aquellos cuya ambición había contrarrestado en el consejo de conciencia, se despertó de repente y estalló en actos de verdadera salvajada. El 11 de enero, en la primera sesión del consejo de guerra, tenida en el Ayuntamiento, se había ordenado que cuatro hombres guardarían los trigos del P. Vicente11. Una semana después, eran cambiadas estas buenas disposiciones. Un consejero, sedicente autorizado por el Parlamento, hizo que le dieran por la fuerza las llaves de San Lázaro por Lambert-aux-Couteaux, que ocupaba entonces el lugar de Vicente. Por orden suya, se colocaron guardas en todas las puertas. Ochocientos soldados invadieron la casa, se instalaron en ella, saquearon los graneros de la comunidad, y se resarcieron con el resto de provisiones de los reveses que les hacía pasar entonces el ejército real en la llanura de Saint-Denis. Fue un destrozo, un desorden espantoso. No hallando ya más en que ensañarse, pegaron fuego a los leñeros de la cuadra y los redujeron a cenizas. Informado demasiado tarde, el Parlamento llevó muy a mal que se abusara de su nombre y desconoció a sus pretendidos agentes,. El 4 de febrero, el coronel de Lamoignon recibió una orden de enviar una escuadrilla de su Compañía para la seguridad y la conservación de San Lázaro y de continuar así hasta nueva orden12. Pero el mal estaba hecho y, después de la salida de la soldadesca, ya no pudo repararse.

Mientras que los Frondistas arrasaban San Lázaro, la granja de Orsigny, cerca de Versalles, principal fuente de rentas de la Congregación, era saqueada por tropas desbandadas del ejército del rey. Trigo, ganados, muebles de los hermanos que la explotaban, muebles de un rico particular que estaban en depósito, todo fue destruido o robado. Por otro lado, las rentas de las carrozas, en la ciudad o territorio del rey, no se pagaban ya y, todos los recursos, bien en especie bien en dinero, hacían falta. Vicente, quien, viajando de acá para allá, se enteraba de estas tristes noticias, se resignaba ante el cielo, y repetía sin cesar: «Bendito sea Dios, bendito sea Dios!»; pero desde la tierra, sufría en la persona de su hijos y de los pobres. Comenzó por descargar San Lázaro y los Bons-Enfants, donde no dejó más que a siete u ocho sacerdotes, dieciocho o diecinueve escolares y algunos hermanos. Envió a los demás a Richelieu, al Mans y demás casas de la Compañía; aún preveía tristemente el día en que estos pobres refugiados se verían obligados a salir de ellas, cuando no quedara nada ya. Hasta entonces, les enseñaba a sus casas a subsistir por sí mismas, a pedir algunas subvenciones a los obispos, a descargarse de los seminaristas que no pagaban una pensión conveniente; enseñaba a los sacerdotes ha hacer de capellanes para vivir de su trabajo13.

Del escaso trigo que quedaba en San Lázaro, una parte fue vendida por orden de los magistrados, la otra distribuida gratuitamente a los pobres. El 22 de enero los registros del Ayuntamiento constatan que los señores de San Lázaro han dado diez moyos (o modios) de harina para los pobres de París y en adelante, en todas las circunstancias importantes en que hay concejo en el Ayuntamiento para necesidades generales en el interés de la ciudad de París, se ven diputados en San Lázaro; pero no son nunca nombrados, lo que sucede a veces para otras órdenes religiosas14.

La venta y la limosna de los granos de San Lázaro se hicieron con una caridad igual. Se entregó a seis libras lo que la policía había tasado en diez; no se negó el pan a nadie. Cada día, se distribuían tres o cuatro sextarios de trigo a dos o tres mil pobres; «lo que nos resulta, escribía también Vicente en la carta que acabamos de citar, un consuelo muy sensible y una gran felicidad en los extremos en que nos hallamos y que nos hace esperar que Dios no nos abandonará.» Todas las cartas que escribía entonces durante el largo viaje que será referido enseguida no hablaban de otra cosa sino del cuidado de los pobres: por ejemplo, la que dirigió de Orléans a Gautier, superior de la Misión de Richelieu, el 25 de febrero de 1649: «No os mando noticias de San Lázaro, ni de nuestros pequeños colegios de París. el Sr. Escart podrá contároslas todas, que se fue después de mí, y que todo ha resultado después de su marcha, a no ser que todas estas casas quedan desgravadas de toda la gente que se ha podido para tener mayor facilidad de continuar la limosna a dos mil y más pobres a los que se les da todos los días, prueba de ello es que todos los días se necesitan al menos cuatro sestercios de trigo, medida de París.»15 Sus Misioneros se prestaban a su caridad y se privaban incluso de lo necesario en el presente a favor de los miserables; mucho menos hacían reservas para el futuro; en tres meses, según informe del hermano panadero, diez modios de trigo se habían empleado en pan, y la comunidad se iba a quedar sin nada, cuando, alrededor de Pascua, se asentaron un poco los asuntos públicos, lo que permitió hacer, con el dinero pedido, algunas provisiones medianas. Así quedaba justificada la confianza de Vicente en la Providencia.

Para merecer su favor y dar ejemplo a los suyos, él mismo se condenaba entonces a la más ruda penitencia y a las más excesivas privaciones. Era el invierno; invierno muy riguroso que habría sido un castigo más que suficiente para este anciano de setenta y tres años, de granja en granja, mal aposentado, mal vestido. Al rigor de la estación quiso añadir una abstinencia más rigurosa todavía. Pan de centeno o de habas, tal era poco más o menos su única alimentación, ya que lo demás que le servían se lo distribuía a los campesinos que mandaba sentar con él; y además tomaba tan poco que tenía tiempo después de la ligera refección de hacer una buena parte de la lectura de la mesa .

Pero lo que, en él, cedía menos todavía que su valor, que su ardor de penitencia, al frío y al hambre, era su celo por Dios y la salvación de las almas. Tal era su verdadero alimento, y ahí se mostraba insaciable.

De Saint-Germain, había ido, el tercer día, a Villepreux, a casa del R. P. de Gondi, y de Villepreux, aprovechando de la circunstancia para ejecutar el antiguo proyecto de visitar todas sus casas, se había dirigido hacia Étampes, a la aldea de Fréneville, parroquia de Val-de-Puiseaux, donde la Compañía poseía una pequeña granja que le había sido concedida por la presidenta de Herse para la fundación de algunas misiones. No tenía plan de pasar allí más que dos o tres días para alojar un rebaño de ovejas y dos caballos rescatados del pillaje de Orsigny, pero asediado por los grandes fríos y por las nieves, tuvo que quedarse un mes entero. Empleó este tiempo en evangelizar a los campesinos de la parroquia del Val-du-Puiseaux. Hizo comprender a estas desdichadas víctimas de la guerra y de las revueltas que la renuncia al pecado, una confesión exacta, una satisfacción proporcionada a sus faltas eran los únicos medios de procurarse la paz con Dios y con los hombres. Fue para esta buena gente una cuaresma anticipada y la más fructuosa que les hubieran predicado nunca. Todos quisieron reconciliarse con el cielo, tan bien que el párroco no bastó a sus solicitudes, y que Vicente y otro sacerdote de su congregación debieron servirle de vicarios. Al final de la misión, Vicente mandó hacer una procesión general para pedir la paz.

Al mismo tiempo, aunque arruinado él mismo, el santo vino en auxilio de esta parroquia arruinada por .las carreras y depredaciones de la gente de la guerra. Los habitantes no teniendo de qué sembrar sus campos, él les procuró grano de siembra. A algunos les distribuyó dinero, ropas, instrumentos de labranza. Para dar trabajo a los más pobres, les hizo hacer zanjas inútiles. Un pobre labrador le debía cuarenta o cincuenta escudos y no podía pagar; le entregó sin embargo un recibo. Queriendo utilizar la pobreza hasta el pudor, compró unas tierras a pobres campesinos y les pagó el doble de su valor. Llamó en auxilio de esta miseria a las Hijas de la Caridad, que él mantuvo a sus costas durante más de diez años. Todos estos hechos han sido constatados en el proceso de canonización, sobre las deposiciones de testigos dignos de fe, algunos oculares. Se oyeron, entre otros, a un pobre huérfano de quien se había ocupado Vicente, así como de su madre, de cuatro de sus hermanos y de otras familias más, durante largos años16.

Aparte del provecho que sacó en ello para Dios, Vicente vio también en su estancia prolongada a la fuerza en Fréneville una ocasión preparada por la Providencia para salvar los restos del pillaje de Orsigny. El rebaño de ovejas y los dos caballos no habrían estado muy seguros allí; ya que, al cabo de unos días, gente de la guerra llegó a un cuarto de legua de allí a llevarse los caballos de una granja, lo que obligó a Vicente a salir corriendo de Fréneville con un tiempo horroroso, y a cerrar a las pobres ovejas en un poblado cercano, a cuatro o cinco leguas más allá de Étampes. En cuanto a los dos caballos, se llevó uno, el otro se lo dio al sacerdote que le acompañaba y, hacia últimos de febrero, se puso en camino para le Mans. Allí llegó el 2 de marzo sano y salvo, con todas las dificultades del tiempo y de los caminos. No era esperado mayormente en tal estación, sus hijos, tan sorprendidos como jubilosos, le recibieron como a un ángel de Dios. Había calculado no quedarse con ellos más de diez o doce días. Tuvo que concederles quince, dado su afecto respetuoso y el alboroto que se armó en la ciudad y la región que, enterados de su llegada, enviaron a los principales habitantes a visitarle17.

No pasemos por alto aquí el lío en el que se vio metido el santo hombre con ocasión de Lavardin de Beaumanoir, obispo de el Mans, el mismo sobre cuyas ordenaciones se han construido, después de su muerte, a propósito de unas palabras suyas poco meditadas, tantos cuentos ridículos. Lejos de servirle en el consejo de conciencia, Vicente se había opuesto a su promoción al episcopado. Lavardin lo sabía, se había quejado varias veces de ello, y hasta con viveza. Cuál no fue pues la sorpresa y el apuro del siervo de dios cuando se enteró que este prelado, que no tenía aún sus bulas, estaba ya en el Mans!.¿Qué hacer en un caso así? Era ineducado pasar sin verle, peligroso verle sin avisarla antes, incivil mandar a decirle si quisiera recibirle. «Si voy a saludarle, decía al santo, con toda probabilidad se sorprenderá, se emocionará e impresionará; enviar a preguntarle si le agradaría una visita, no sé cómo va a tomar este cumplido; no ir y no enviarle, este buen señor tendría razón para indignarse más contra mí, y eso es lo que se ha de evitar. ¿Qué hacer entonces?»

La humildad del santo le sacó de apuros. Al día siguiente, envió a dos sacerdotes, al superior del seminario con otro, a decir al obispo que llegado a su diócesis la tarde anterior, no se atrevía a permanecer por algún tiempo en ella sin su permiso, y le suplicaba humildemente que tuviera a bien que pasara siete u ocho días en la casa del seminario.

Este cumplido de parte de un hombre cuya rectitud y sinceridad, a pesar de sus resentimientos, Lavardín conocía mejor que nadie, le desarmó. «Decid al Sr. Vicente, respondió a los enviados, que es libre de permanecer en le Mans todo lo que juzgue oportuno, y que si no tuviera una casa en mi ciudad episcopal, me complacería ofrecerle la mía.»

Una respuesta tan generosa pedía un agradecimiento. Vicente iba a acudir al obispado, cuando se enteró de la brusca partida de Lavardín. El marqués de La Boulaye, uno de los jefes de la Fronda, después de obtener algunos éxitos frente a las tropas reales, a la cabeza de un regimiento de caballería parisiense, se había arrojado al Maine, donde el marqués de Jarzé, al mando de un pequeño cuerpo del ejército del rey, debía deshacerle a su vez. Pues bueno, los Manceaux habiendo sido seducidos y arrastrados por Le Boulaye, Lavardin, con el que comandaba para el rey, se vio obligado a abandonar la ciudad.

Vicente se quedó unos días aún en el Mans y ejerció allí su caridad acostumbrada. Si había que creer a una tradición popular, la iglesia catedral, como las humildes pequeñas iglesias de Folleville, de Fréneville, de Clichy y de Montmirail, poseería un púlpito desde el que habría anunciado la palabra de Dios. sin duda, él se prohibía, ya lo sabemos, como él prohibía a los suyos, las cátedras de las ciudades episcopales, pero tal vez hizo una excepción a favor de le Mans, si después de todo el púlpito mencionado no ha sido transportado allí de una pobre iglesia de un campo vecino.

Sea como fuere, terminados sus asuntos en el Mans, tomó la ruta de Angers donde las Hijas de la Caridad poseían un establecimiento ya considerable. A media legua de la pequeña ciudad de Durtal, se encontró con un vado, crecido por las lluvias del invierno, el vado Poram, que había que pasar. En medio del río su caballo18 se cayó, y él se habría ahogado sin remedio sin la rápida ayuda que le prestó el sacerdote que le acompañaba. Este accidente, lejos de asustar su corazón, no alteró siquiera la serenidad de su rostro. Se volvió a montar a caballo, todo caladito, volvió al camino, hoy abandonado, que le debía llevar a una habitación, y fue a secarse como pudo a una muy pobre que la tradición dice ser la granja de la Goualerie. Pero, como se estaba entonces en cuaresma, no tomó otro alivio, y siguió sin comer hasta la noche que llegó a una hostelería. Una vez más su primera alimentación, su alimente ordinario fue el de instruir a los pobres y a los criados. Si bien abrumado de necesidad y de cansancio, comenzó por dar el catecismo a los sirvientes de la casa. Ante esto, la hotelera, sorprendida y edificada con tanta caridad, se fue corriendo por las casas del pueblo, recogió a todos los niños y, sin decírselo al santo anciano les hizo subir a su habitación. Vicente le dio las gracias con mucho afecto como si fuera un servicio considerable. Repartió esta juventud en dos bandos, dio una a su compañero para que la instruyera, y se llevó la otra con aquellos modos tan llenos de bondad y de unción que le ganaban todos los corazones. Después de la instrucción, despidió a los niños, no sin darles la limosna, porque eran tan pobres como ignorantes19.

Para acabar este relato del viaje de Vicente por el Maine en Anjou, añadamos dos rasgos admirables de su gratitud.

El joven Misionero que le había ayudado a salir del agua, por entonces muy fervoroso, se entibió poco a poco. Cada vez menos sumiso a la regla, resultó pronto indócil a sus superiores. Por último, cansado del yugo, se lo quiso sacudir del todo y, a pesar de todos los esfuerzos ordinarios de Vicente para retenerlo en su vocación, la abandonó. Originario del Maine, y hasta entonces ligado a la casa de Coëffort, puso en oposición, para justificarse su salida y colorearla a los ojos de los demás, los servicio oscuros y restringidos que prestaba al seminario, y los servicios más sonados y más amplios que se gloriaba en hacer a todo su país. Tenía cosas buenas, creía tener celo; doble fondo que debía producir, creía él, frutos inagotables de salvación.

Una vez de vuelta a su familia, vio el balón de sus hermosos proyectos deshincharse por sí mismo o por el pinchazo de la contradicción. Por otra parte, pesares sin consuelo, peligros sin ayudas y sin refugio; era más de lo que necesitaba para hacerle reconocer su falta. Al cabo de un año, no aguantaba más y, como el hijo pródigo, exclamó: «Me levantaré y volveré a mi padre.» Escribió pues a Vicente una carta tras otra pidiéndole perdón y rogándole que le recibiera en el número de sus más humildes servidores, ya que no de sus hijos.

A la vez para probarle y por repugnancia a recibir a los tránsfugas, Vicente le dejó mucho tiempo sin respuesta. El Misionero multiplicó sus cartas, redobló sus insistencias: «Estoy perdido para siempre, Padre, si no me tendéis la mano.» Esta vez, Vicente respondió, sin embargo no para otorgarle su gracia, sino para ponerle delante de los ojos la paciencia que habían tenido con él, la escasa importancia que él le había dado, los justos motivos que había para temer que volviera a las andadas, el peligro de que los débiles de espíritu de la Compañía se sirvieran de un regreso tan fácil después de un abandono como el suyo, y concluyó diciendo: «Según todas estas razones, no me parece, Señor, que se os deba volver a recibir.»Rechazado en todos sus asaltos, el pobre Misionero, víctima de ataques, intentó un último esfuerzo por el lado más accesible y más vulnerable del corazón de Vicente: «Señor, le escribió, yo os salvé una vez la vida del cuerpo, salvadme la del alma.» Por ahí, había encontrado sitio. «Venid, Señor, fue la respuesta inmediata; venid y se os recibirá con los brazos abiertos.» No era a la Misión de la tierra, según la hermosa expresión de Vicente, sino a la del cielo adonde iba a entrar. En el momento de partir, cayó enfermo, y se murió lleno de la esperanza que le nacía del arrepentimiento y del perdón que le acababan de conceder tan generosamente.

Los menores servicios prestados por los más pequeños encontraban al santo sacerdote igualmente agradecido. Mientras se secaba la ropa en la granja de la Goualerie, a gusto sobre todo en medio de los pobres, ligó naturalmente conversación con el granjero, y supo por él que sufría cruelmente de una hernia. El santo sacerdote, a quien Dios había curado del mismo mal, le prometió que, de regreso en París, le enviaría un vendaje con el que experimentaría un rápido alivio, Después de pagar generosamente a este huésped a toda prisa y agradecerle por la hospitalidad de su choza con más efusión que si hubiera agradecido a un gentilhombre por la hospitalidad de su castillo, se puso de nuevo en camino. Su viaje se prolongó mucho más de lo previsto y de lo deseado. No obstante, nada más regresar a San Lázaro, se acordó de su huésped y de su palabra. Le envió el vendaje prometido, en el que adjuntó una carta en la que renovaba todas sus acciones de gracias. Y como no veía modo seguro de hacer llegar estas cosas al pobre campesino, se lo dirigió todo a la mariscala de Schomberg, de cuyas tierras dependía la Goualerie, con deseos de cooperar en esta buena obra y recomendar al campesino a la benevolencia de sus oficiales. Vicente se detuvo en Angers cinco días, que aprovechó para animar a las Hijas de la Caridad en las virtudes de su estado, y continuando con su plan, se dirigió hacia Bretaña. En este viaje también corrió peligro si vida. Se acercaba a Rennes y atravesaba las aguas por un puentecillo de madera entre un molino y un estanque muy profundo. Su caballo, asustado por el movimiento y el ruido de la rueda del molino, retrocedió tan bruscamente, que asentó una pata fuera del puente y estuvo a punto de precipitarse en el estanque. Los espectadores se estremecieron, Vicente mismo se creyó perdido. Pero Dios frenó al caballo, que se detuvo de repente, y el santo hombre pudo apearse. Cayó de rodillas al momento, rogando a su compañero que se uniera a él para dar gracias al cielo por una protección tan visible y casi milagrosa.

Por la noche, llegó a una mala taberna, donde le dieron una habitación que, si bien la mejor de la casa, era apenas habitable. Encima le desalojaron por la llegada de unos amigos del huésped, y le confinaron en un reducto innoble. Obedeció sin reclamaciones, y se alegró interiormente de parecerse así más a Quien np había tenido lugar donde reposar la cabeza. Mal recibido, mal alojado, se mostraba más generoso. En otra ocasión que le habían dado por vecinos a unos rústicos que se pasaron la noche bebiendo y cantando, en lugar de quejarse, dio a su huésped, además de la retribución ordinaria, unos Agnus magníficos.

Para no perder el tiempo en visitas inútiles y dedicarlo por completo a sus casas, y a obras de caridad, quiso pasar de incógnito a Rennes, como lo había hecho en Orléans y en Angers; pero fue reconocido al entrar en la ciudad. Como París y las principales ciudades del reino, Rennes se encontraba entonces convulsa y confundida, y amenazada de formar un mal partido a Mazarino y a los realistas. Por eso, apenas Vicente había puesto el pie en tierra, cuando una persona del lugar le envió a decir que un hombre como él, que un consejero de la reina era por el mero hecho sospechoso, y que iba a ser detenido si no salía en una hora de la ciudad.

El siervo de Dios se tomó en serio obedecer a todo consejo o a esta orden, y ya se ensillaba su caballo cuando un gentilhombre, alojado en la misma hostelería le reconoció y le gritó en un ataque de cólera: «al Sr. Vicente le extrañaría si, a dos leguas de aquí le dispararan un pistoletazo en la cabeza;» y de pronto salió en actitud de un hombre que iba a ejecutar él mismo su amenaza. Vicente apenas se movió; pero el teólogo de Saint-Brieuc, que había venido a saludar al hombre de Dios, de cuya llegada se había enterado por suerte, lo había visto y oído todo. Él le impidió salir al campo, y le llevó a ver al primer presidente y algunas personas de lo más considerables y acreditadas de la ciudad. Todos acogieron al anciano con el respeto debido a su edad y a su virtud y, muy pronto convencidos de que su viaje no tenia ningún fin político, ya no le apremiaron a que partiera.

Partió sin embargo al día siguiente. Cuando montaba a caballo vieron volver a Rennes al mismo gentilhombre que la víspera le había amenazado de muerte. Evidentemente había pasado la noche fuera de la ciudad y se había ido a apostar en el camino, para cometer un detestable asesinato. Alarmado nuevamente, el teólogo de Saint-Brieuc quiso al menos compartir el peligro y, a pesar de todas las negativas del santo sacerdote, le acompañó hasta Saint-Méen.

Vicente llegó a Saint-Méen el lunes o el martes de la semana Santa; allí pasó quince días, que repartió entre su casa y el santo ministerio. Comenzó por hacer su visita; redactó reglamentos llenos de prudencia y de piedad; y el resto del tiempo lo empleó en el confesionario, en la administración de los sacramentos, en todas las funciones de un celoso Misionero. Saint-Máen era un lugar de peregrinación, adonde se acudía precisamente en los alrededores de la fiesta de Pascua, de todos los puntos de Bretaña, para obtener por la intercesión del santo patrón del lugar la curación de ciertas enfermedades. Pues bien, ese año hubo concurso extraordinario de peregrinos, la mayor parte cubiertos de lepra o de úlceras fétidas y contagiosas; excelente fortuna, atractivo irresistible para nuestro santo! En vano, para desconcertar su celo infatigable y su caritativa imprudencia, le advirtieron que iba a sucumbir al cansancio, o incluso contraer el mal odioso que quería aliviar: «No lo temáis, decía él, no agarraré ningún mal; además, este ejercicio me fortalece en lugar de debilitarme; y yo me curé en otro tiempo de la fiebre cuarta, por haber pasado una noche de Navidad entera en el confesionario.» Esa era la medicina de los santos!

Reclamando a Vicente en Nantes un asunto de piedad, el superior de su casa de Saint-Méen quiso llevarle allí; pero se opuso y partió solo.

De Nantes, donde no estuvo más que dos días, se dirigió a Luçon. De allí se proponía ir a Saintes, recorrer la Guienne, llegar hasta Marsella y terminar así la visita de las casas de su Compañía. Pero la reina le pasó la orden de regresar inmediatamente a París adonde había vuelto el rey.

VI. Regreso a París. –La carroza de Vicente.

La guerra de París iba a concluir. Mientras que los señores, el parlamento y el pueblo, muy divididos por las ideas y los intereses, reunían un ejército heterogéneo, Ana de Austria, con lágrimas en los ojos, suplicaba a Condé que sirviera de protector al joven monarca, y el vencedor de Rocroy, a la cabeza de ocho mil hombres tan sólo de tropas reales, batía en Charenton a los cien mil hombres del ejército parisiense, asustados por su solo aspecto. Una delegación de la gente del rey se dirigió entonces a Saint-Germain, y se anudaron negociaciones entre la corte y París. Se celebraron conferencias, ya en Saint-Germain, ya en Ruel, de las que salió un tratado de paz facticio que devolvió la corte a París.

Vicente, que había resistido hasta entonces los ruegos de las Damas solicitando su regreso a París para las obras de caridad20, se puso al punto a obedecer a la reina, y partió para Richelieu. Allí, sucumbió por fin a las fatigas de un viaje tan largo, y le agarró la enfermedad. Ante esta noticia, le enviaron de París al enfermero de San Lázaro quien, mejor que nadie conocía su temperamento y el modo de tratarlo,. Vicente le acogió sin duda con su bondad ordinaria, pero creyó su deber decirle, con un tono afligido: «Mi vieja carcasa no se merecía que hicieseis un viaje tan largo,» Temiendo en seguida que el enfermero viera en estas palabras un reproche antes que una protesta de humildad, se echó a sus pies y le pidió perdón. No fue suficiente para este hombre, insaciable de humillaciones, temblando siempre ante la sombra de la caridad herida. De regreso a San Lázaro, aprovechó o suscitó la ocasión de una enmienda más solemne; y un día que el hermano enfermero se hallaba en su habitación con su asistente, dijo a éste; «Creeríais, Señor, que este buen hermano habiendo venido a Richelieu por mí, yo no le abrí mi corazón como de costumbre, por eso le pido muy humildemente perdón en vuestra presencia y os ruego que pidáis a Dios por mí a fin de que me conceda la gracia de no volver a cometer semejantes faltas.»

Le habían traído a París en una carroza pequeña que la duquesa de Aiguillon, informada de su enfermedad, le había enviado con dos caballos y un cochero. Esta carroza tenía ya su historia. Algunos años antes, las Damas de su Asamblea viendo por una parte sus debilidades, por otra su pobre montura, temieron que le ocurriera algún accidente grave en sus viajes cotidianos a través de París. En consecuencia, mandaron construirle un vehículo cómodo, pero tan sencillo y tan pobre que no parecía que su aversión por todo lujo debiera asustarle. Sin embargo, él no quiso servirse nunca de él, y se hizo viejo en el cochera. Pues bien, fue este mismo vehículo, algo restaurado, el que le envió la duquesa de Aiguillon a Richelieu. Sin otro medio de transporte posible, en su estado de debilidad, tuvo que usar de éste para el viaje; pero, apenas llegado a París, se lo devolvió a la duquesa con los caballos, con mil agradecimientos. La duquesa a su vez devolvió todo el equipaje a San Lázaro. «Tened cuenta del estado en que os halláis, le escribía ella a la vez. Con todas nuestras Damas os suplico que lo uséis. –No, Señora, respondió Vicente con su firme humildad; cuando la hinchazón y la debilidad de mis piernas que, es verdad, aumentan cada día, no me permitan ir ni a pie ni a caballo, he tomado la resolución de quedarme más bien el resto de mi vida en San Lázaro antes que dejarme arrastrar, a mí pobre campesino, en una carroza.» Rdtr conflicto de caridad y de humildad duró varias semanas y, para resolverlo, fueron precisas las más altas intervenciones. La duquesa se dirigió a la reina y al arzobispo de París, y ambos ordenaron expresamente al anciano que fuera en adelante en carroza. Entre la obediencia y la y su querida humildad misma, Vicente no dudó nunca: obedeció pues. Además, encontró el medio de cambiar este honor pretendido en confusión, Después, no se dirigió más a su desdichada carroza que como «su vergüenza y su ignominia; » y un día que había hecho visita a los sacerdotes del Oratorio, cuatro de entre ellos, entre los cuales el P. Sénault, una vez conducido a la puerta donde le esperaba su coche: «¿Ven ustedes, Padres míos, les dijo mientras se montaba, ven ustedes a un pobre aldeano que se atreve a servirse de una carroza?» En su confusión y en su temor a dar mal ejemplo, tenía siempre cuidado, para escapar lo más posible a las miradas de los suyos, de abordar y apearse a las afueras de San Lázaro21. Y hasta no se atrevía a predicar a sus sacerdotes la mortificación. Apartando a uno de ellos del uso del caballo, le escribió: «Ya veo que podéis decirme: ‘Mèdico, cúrate a ti mismo,’ porque en otro tiempo me serví de un caballo y ahora me sirvo de una carroza. Es verdad, para mi mayor confusión, es verdad que la necesidad me ha obligado a ello; y, sin embargo, Señor, si me aconsejáis que emplee otro modo, lo haré.»22 Se recuerda también su conferencia sobre la pobreza, donde exclamó: «Oh Salvador! Cómo puedo yo hablar de esto. yo que soy tan miserable, yo que tuve en otro tiempo un caballo, una carroza!» Así habló en todas circunstancias.

Por lo demás, nunca vehículo alguno mereció, en una acepción más rigurosa de la palabra, el nombre de vehículo público. En adelante, por dentro y por fuera fue de San Lázaro, al servicio de todos. Para utilizar los caballos, y sobre todo para quitarles todo lujo, Vicente, cuando no salía, los hacía tirar del arado, si se encontraba con algún pobre en las calles de París, o en el campo, les hacía montarse al instante a su lado. Así lo hizo un día por una pobre mujer que encontró a algunas leguas de París, doblemente agotada por el camino y por el peso de su hijo. otra vez, era también una mujer, cuyas úlceras horribles fueron un nuevo título de admisión; no contento con hacerle sitio a su lado, quiso llevarla a su destino. Sólo entonces se perdonaba la carroza y la caridad desarmaba a la humildad. También es cierto que si no disponía de coche, o le llamasen asuntos urgentes en otra dirección, trataba de hacerse con una silla de manos para trasladar a los pobres, a los enfermos bien al domicilio bien al Hôtel-Dieu.

Pero prefería conducirlos él mismo. Un día, en el barrio Saint-Denis, vio a una pobre mujer recostada en el suelo. Sacerdotes, levitas, gente del mundo, todos pasaban por delante de ella sin detenerse, como ante el herido del Evangelio, o no respondían más que con una piedad estéril a sus gemidos. Pero ahí llega el buen Samaritano. Vicente se apea del coche, se acerca y, al ver la imposibilidad en que la pobre mujer se hallaba de caminar, la hace colocar en su carroza y, aunque sus asuntos le llamaran a un barrio muy distante, él da orden de dirigirse al Hôtel-Dieu. Después de algunos metros, la pobre mujer se siente mal, hay que sacarla de la carroza cuyo movimiento no puede aguantar. Vicente manda que le traigan vino para darle fuerza y, cuando se ha recuperado un poco, paga a unos porteadores y, con su carga les encomienda una nota de agradecimiento para la superiora del Hôtel-Dieu. Los rasgos parecidos no se pueden numerar en la vida del caritativo sacerdote. Así en otra ocasión, detenido en una calle de París por los lamentos de un niño, se baja enseguida, le interroga, y mostrándole una herida que tenía en la mano, le conduce él mismo a casa de un cirujano, le hace vendar en su presencia, paga a uno su salario, consuela al otro y le devuelve a su familia.

Tal fue el uso cotidiano de la famosa carroza, pero aparte de estos actos de caridad individual, sirvió para obras de una utilidad general y, durante los diez últimos años de la vida de san Vicente de Paúl, le permitió emprender o terminar los asuntos más importantes para bien de la Iglesia y del Estado.

VII. Revueltas y negociaciones.

Vicente estaba de regreso en París a mediados de junio de 164923. Después de pagar sus respetos al rey y a la reina madre, se entregó a reparar una parte de los daños causados por las tropas en las proximidades de la capital. Comenzó por Dios. Las iglesias y los santos misterios habían sido odiosamente profanados en Châtillon, en Clamart y en algunas otras parroquias; envió allí en peregrinación expiatoria a todos los miembros de su comunidad; él mismo fue con algunos de los suyos a pedir perdón a Jesucristo.

Pensó luego en restablecer los asuntos de su misión. Había encontrado San Lázaro en un estado lastimoso. Provisiones, dineros, rentas, todo se había agotado, todo faltaba a la vez, y sin embargo había que mantener a todas las caridades comenzadas, a los pobres que no podía ya olvidarse del camino de San Lázaro, su única hostelería en estos desastres públicos. A pesar de la ternura paternal que le llevaba a exigir, en tiempo ordinario, que sus sacerdotes encontraran en él, al regreso de su Misiones, una alimentación sencilla, pero capaz de reparar sus fuerzas agotadas por el trabajo, se vio reducido a hacerles comer pan de cebada primero, luego de avena. El ejemplo de su propia mortificación habría sido suficiente para ahogar en ellos toda tentación de murmurar; con su ejemplo también, les enseñaba a sufrir en los pobres más que en sí mismos. «Los pobres, les decía continuamente, los pobres que no saben dónde ir, ni qué hacer, que sufren ya, y que se multiplican día a día, ésa es mi carga y mi dolor.»24

Carga siempre en aumento, dolor cada vez más intolerable, a medida que las revueltas volvían a empezar cada vez con mayor intensidad, aumentaron las desgracias públicas. La paz de Ruel no duró apenas. El rey había hecho su entrada en París el 18 de agosto de 1649, y el príncipe de Condé se presentó al lado del cardenal; esto había sido, en apariencia, una reconciliación general. Pero, libre, decía él, de sus compromisos con la reina, por haber traído a Mazarino a París, Condé, arrastrado por su hermana la duquesa de Longueville, y más aún por su carácter imperioso que pretendía, como precio de sus servicios, dominar el gobierno, aburría a la reina y a su ministro con exigencias continuas, cuando no los humillaba con sus insolencias de mal gusto. Él no lograba más que alienarse, al tiempo que la corte, y a los antiguos Frondistas que él había vencido, y a los burgueses que aplastaba con sus desprecios.

  1. Hist. de la Papauté pendant les XVIe et XVII siècles, por L. Ranke, traducida por J.-B. Haiber y A. de Saint-Chéron, , 2ª edic. De 2 vol. in-8º, París, 1848, t. III, p. 52. En toda esta exposición, es este libro, no sospechoso, de un protestante, el que nosotros seguiremos con preferencia,en particular el tomo III, passim.
  2. Colec. Michaud, 2ª serie, , t. X, p. 66.
  3. Estos carnets, en número de quince, de formato in-32, están en la Bibliot. Richelieu, fondos Baluze, armario VI, paquete I, nº 1. Comienzan en 1642 y llagan hasta el exilio de Mazarino en 1651. Escritos ya a lápiz, ya a tinta, hablan sucesivamente o al mismo tiempo italiano o español, o un mal francés. El Sr. Cousin les ha dedicado en el Diario de los Sabios (años 1854 y 1855, numerosos artículos de los nos hemos servido mucho en este lugar, señaladamente del 6 de enero de 1855.
  4. Véase la continuación de los textos en italiano y en español relativos a lo que acaba de ser contado. IIº carnet, p. 62: «Vanno a trovar al Sr. Vicente, et sotto pretesto di affettione a la regina, li dicono que la sua reputazione perde per la galanteria.» Ibid., p. 39: «Che el Sr. Vicente vuol metter avanti il Padre Gondi. «-VIº carnet, p.77 : «El Sr. Vicente nella truppa di Menele(Maignelay). En Lambert e altri, etc., e il canale per il quale tutte pasa all’ orecchie di S. M. » III carnet, p. 10 : «S. M.al padre Gondi che non voleva esser governata, e che se mai lui avesse creduto che la fosse, lo pregava a sortir della cella per venire ad avverterla. » -IIIº carnet, p. 33: El Padre Gondi avia ablado en mi prejuditio come lo avia echo tambien el Padre Lambert y el Sr. Vicente.
  5. Bibliografía de las Mazarindas, por el Sr. Moreau. 3 vol., in-8º nos. 3468, 3674 y 3707.
  6. IIIº carnet, p.35.
  7. Marie de Burges, la madre de San Benito, Mazarino mismo declara una mujer de gran espíritu muy bien informada dfe todo lo que había pasado en los últimos tiempos.
  8. IVº carnet, p. 62, y Vº, pp. 24-28.
  9. A Portail, en Marsella, carta escrita de Villepreux, el 22 de enero de 1649.
  10. Mem. man. del hermano Du Courneau. Archivos de la Misión.
  11. Registros del Ayuntamiento durante la Fronda, publicados por los SS. Lerroux de Liney y Douet d’Arcq, 3 vol. in-8º.
  12. Registros citados del Ayuntamiento.
  13. Carta a Portail, en Marsella, escrita del Mans, el 4 de marzo de 1649.
  14. Registros citados del Ayuntamiento.
  15. Sum., p. 19C.
  16. Sum., p. 179. –La habitación ocupada por san Vicente en Fréneville existe todavía bastante bien conservada. La capilla de Nuestra Señora de Varennes de Val-de-Puiseaux, donde él predicó fue transformada en taberna en 1798. Se trató incluso de derribarla; pero los sacrílegos fueron castigados por Dios y murieron en una horrorosa miseria. Una estatua de la Virgen había sido robada. Relegada vergonzosamente en un cobertizo, servía de juguete a los niños de la casa, que la arrastraban por el barro. Estos niños se quedaron raquíticos y no crecieron más. Dos se murieron, y la madre no se quedó con el tercero más que consagrándole a la Santísima Virgen y devolviendo la estatua a la iglesia. –Se acaban de rescatar las ruinas de Nuestra Señora de Varennes, con el púlpito donde predicó san Vicente de Paúl, que se piensa reconstruir (circular del Sr. Dabadie, párroco de Puiselet, diócesis de Versailles, del 16 de agosto de 1801). –Véase el diario le Monde del 26 de octubre del mismo año.
  17. La mayor parte de estos detalles tan precisos están sacados de la carta, ya citada dos veces, del 4 de marzo de 1649.
  18. La tradición local dice que era una mula. Vicente habría dejado entonces en el Mans el caballo que traía de Orsigny.
  19. Hemos pedido prestados algunos detalles de este relato a un folleto intitulado: San Vicente de Paúl y sus instrucciones por el Maine, por J.-L., A.-M. Lochet. –Extracto de la Revista de Anjou y del Maine grande in-8º, Ngers, 1650.
  20. Carta de la señorita Le Gras del 6 de abril de 1649.
  21. Summ., p. 337.
  22. Carta a Gilles, en Crécy, del 28 de noviembre de 1651.
  23. «Ya estoy de regreso desde el domingo (carta del 19 de junio, a de Lespinay, superior de la misión de Toul). «
  24. Carta a Almeras, del 8 de octubre de 1649.

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