Madurez de la Compañía

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Benito Martínez · Year of first publication: 1995 · Source: CEME.
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cartelNuevas fundaciones

1654 comienza en la vida de Luisa de Marillac con un grito suave: Necesitamos Her­manas. Se las piden de todas partes y no las tiene. A raíz de la Fronda, entraban pocas jó­venes. Más triste y doloroso era darse cuenta de que «después de haber sido formadas ade­cuadamente se dejaban arrastrar por su interés y para tener más libertad, muchas se iban de la Compañía». La necesidad la oprimía. Había dado palabra al obispo de Angers de enviar Hijas de la Caridad al Hospital General cuando tuviera Hermanas sufi­cientes; la reina de Polonia pedía constantemente a Vicente de Paúl que aumentara el nú­mero de Hermanas en Polonia, y la Comunidad de Varsovia se las reclamaba a Luisa. Casi sin tiempo de formarse, colocaba inmediatamente en las nuevas fundaciones a las po­cas que entraban.

La primera fundación de 1654 fue a finales de la primavera en Chñteaudun, a 140 ki­lómetros al suroeste de París. Las pedía la Junta del Hospital de San Nicolás. En un con­sejo transcendental —11 de junio de 1654— tenido en el recibidor de San Lázaro, San Vi­cente de Paúl explayó detenidamente las condiciones que necesitan las Hermanas que van a fundar una comunidad: prudencia en las relaciones con personas ajenas a la comunidad; que no les guste callejear; energía para impedir a los hombres entrar en los departamen­tos de las Hermanas; que no sean volubles en la dirección espiritual, ni estén apegadas al dinero, y, finalmente, que sean mujeres desprendidas de la familia y de las amistades. Lui­sa, que conocía a la perfección el material con que contaba, puntualizó: «Padre, es muy difícil encontrar Hermanas que tengan todas las condiciones que usted dice». Pero el su­perior, preocupado por la doctrina y el futuro, añadió más: «Mire, señorita, es menester que las tengan, o que les falte muy poco para ello; además, que sean Hermanas de buen espíritu, prudentes y que tengan dotes de gobierno; porque hay mucha diferencia entre la devoción y la administración; se podría encontrar un espíritu muy devoto, que no fuera apropiado». Luisa, detalladamente práctica, volvió a insistir: «Padre, si encontrásemos personas que tuviesen capacidad de adquirir con el tiempo esas disposiciones, no sé si ha­bría que lamentarlo». Y pensaron que esas cualidades o la posibilidad de adquirirlas las tenía Sor Juana Lepeintre, y la nombraron Hermana Sirviente.

Ese mismo día, se redactó el contrato. Vicente de Paúl lo firmó el 16 de julio. La ma­yoría de los artículos son idénticos a los del contrato del hospital de Nantes con algunas peculiaridades necesarias para Chateaudun. Con anterioridad, Vicente se lo había entregado a Luisa de Marillac para que hiciera sus observaciones o lo corrigiera. Como en an­teriores contratos, anotó detalles, insignificancias para los hombres, pero que la vida con­vierte en aciertos rotundos para la convivencia y la estancia de mujeres. Su feminidad prác­tica intenta quitar cualquier sombra de suspicacia.

Por el mismo tiempo, ocurrió la segunda fundación en La Roche-Guyon, pequeño pue­blo a 74 kilómetros al nordeste de París, a orillas del Sena. Aunque las relaciones con la duquesa de Liancourt no eran tan frecuentes como en años anteriores, siguieron conside­rándose amigas. Pese a que la piedad jansenista de la duquesa era manifiesta, le pidió a Luisa, Hijas de la Caridad para sus posesiones de la Roche-Guyon. Y Luisa se las conce­dió. Se conoce muy poco de los orígenes de esta fundación. El 1 de septiembre está de Hermana Sirviente, Sor Juana Cristina, que ya lo había sido de Liancourt. De compañera tiene a Sor Claudia, con menos juicio «que un niño de 12 años». En esa fecha, tienen 12 enfermos y en la escuela, solamente, «unos 30 niños, pues comenzaban a aparecer los lo­bos», y alrededor de 20 mujeres en la catequesis y aprendiendo a cocinar.

En octubre, Sor Juana Cristina salió destinada a Sedan y fue sustituida por Sor Ana Hardemont, que estaba curando a los heridos de la guerra en Mouzon, en la frontera fran­cobelga. Poco después Luisa sacó a la virtuosa Sor Claudia, que valdría para la ciudad. pero en un pueblo «la virtud no basta, pues es necesario actuar».

Por una carta, sabemos que en noviembre ya había Hijas de la Caridad en los Allouets al oeste y no lejos de París, que una de ellas es Sor María Gaudoin y que la otra no valía para servir en la ciudad por estar enferma. Nada más sabemos. Forma un triángu­lo con Maule y Crespiéres en las tierras de los señores de Bouillon. Contrariamente, a Maule y Crespiéres donde parece que ya están las Hijas de la Caridad en 1645, a los Allouets debieron llegar en 1654. En cada pueblo, tenían una escuelita y atendían a los pobres enfermos.

Hacia noviembre, cuatro Hijas de la Caridad fueron a Normandía; concretamente, a Bernay y a una aldea casi incomunicada, Sainte-Marie-du-Mont. A Bernay, fueron Sor Bárbara Angiboust y Sor Lorenza Dubois. Las habían llamado las señoras de la Caridad: a Sainte-Marie, las pidió la duquesa de Ventadour. Fueron dos fundaciones dolorosamente atrayentes. A Bernay, fueron para una escuelita de niñas, dar catequesis a mujeres, cui­dar de los enfermos pobres y, en la mente de Luisa como objetivo primordial, atender a los pobres vergonzantes [ricos caídos en la pobreza]. Como en los comienzos de la Com­pañía, están a las órdenes de las Caridades. El alojamiento de las Hermanas era pobre, lo cual alegraba a Luisa. En las primeras cartas, Luisa asume el papel de animadora espiri­tual, empujándolas a una vida pobre a imitación de Jesucristo; se convierte en acompa­ñante de sus hijas indicándoles que «honren y respeten a todas las señoras y mujeres que se inscriban en la Caridad»; pero cuando más nos conmueve es al hablar de los pobres vergonzantes. Viendo en ellos la historia triste de muchos años de su vida, ordenó a Sor Bárbara que no pida un hospital ni acoja en su casa a enfermos sin autorización de Vi­cente de Paúl porque «los pobres vergonzantes quedarían sin los socorros de la comida y de las medicinas».

Sor Claudia Chantereau y Sor Isabel de Angers sintieron la alegría de los pobres y el afecto de La duquesa de Ventadour, pero en la aldea de Sainte-Marie, sufrieron la terri­ble sensación de vivir incomunicadas del resto de la Compañía. Ni los coches públicos ni el correo llegaban hasta allí. Tan sólo, tenían noticias de sus compañeras a través de Ber­nay, distante 150 kilómetros. La afectiva señorita Le Gras, que tembló de soledad, mani­fiesta sus entrañas maternales con estas hijas que ve solas, acaso enfermas, con las que no puede comunicarse y sufre en su carne los posibles dolores de sus hijas. Rogó y forzó a Sor Bárbara para que les diera noticias, para que les hiciera llegar sus cartas que dirige a Bernay, y para que las visitara.

Las Hijas de la Caridad como mujeres

La señorita Le Gras no se dedicó exclusivamente a organizar las nuevas fundaciones, empleó muchas horas en atender a las Hermanas. Naturalmente, sabía que sus hijas eran personas, mujeres con infinidad de virtudes y muchos defectos. Ambas cosas, tenía pre­sente, así como el carácter de cada Hermana, cuando las escuchaba por carta o les escri­bía. Sor Ana Hardemont era una Hermana sacrificada. Sin quejas, había cuidado a los he­ridos en los hospitales militares de Chálons, Sainte-Ménéhould y cerca de Sedán y se las­timó en el asedio de Montmédy; pero tenía un carácter difícil. A causa de su tempera­mento, Luisa tuvo que destinarla varias veces. La última, hacía pocos meses, a La Roche‑Guyon. Luisa tiene mucho cuidado en escoger las palabras que le escribe para no herirla; en algunas frases, parece que la está contemplando. En el otro extremo, se encontraba Sor Isabel Brocard: buscaba decididamente la santidad, pero su afectividad la llenaba de ansiedades y de escrúpulos. Luisa la conocía a la perfección, tanto que un día de septiembre recibió una carta sin firma ni remite y por lo que decía supo que era de ella. La acababan de nombrar Asistenta de la comunidad de Angers y esto la angustiaba, ya que no podría ejercitar la obediencia ni la humildad. Luisa le enseña la manera de humillarse y obedecer, recordándole asimismo que puede ejercer más fácilmente las virtudes «de cor­dialidad, sumisión y comunicación con la Hermana Sirviente». Como Sor Isabel insiste, le corta radicalmente el camino de entrar en los escrúpulos: «Me he asombrado al ver una tercera carta suya sobre el mismo asunto… Me parece que ya le he dicho los motivos para permanecer tranquila… Es preciso que no acoja los primeros pensamientos ni escuche a las penas y dificultades que, frecuentemente, no son sino ligeras tentaciones y pruebas a nuestra fidelidad».

Los destinos los hacía o los dirigía Luisa. Resultaban sencillos cuando las Hermanas eran piadosas y obedientes, pero algunos se le hicieron ingratos, como el de María Joly. Era la compañera con la que Luisa inició la Compañía, a la que dejaba al frente de las jó­venes y la sustituía en el Gran Hospital de París, cuando Luisa se ausentaba. Sumisa, obe­deció prontamente cuando la destinaron a Sedan hacía 13 años, a pesar de tener miedo de ir sola tan lejos. Compadecida Luisa, le dio una compañera. De una actividad arrollado­ra, pagó el viaje y la pensión de los primeros meses, lavando ropa cuando terminaba el cuidado de los enfermos. Enérgica, logró que Vicente de Paúl admitiera en la Compañía a su hermana que era tartamuda. Era duro soportar su carácter fuerte y varias compañeras pidieron volver de Sedan, hasta que Luisa le envió como compañera a su hermana Sor Gi­lita. Las dos se entendieron a la perfección. En Sedan, se entregó toda entera a los pobres con una vida de verdadera Hija de la Caridad. Las señoras de la Caridad y los pobres es­taban entusiasmados con ella. Ahora —después de trece años— Luisa la mandó volver a París. Pero María estaba demasiado apegada al lugar, al trabajo y a las señoras. Se negó a volver. Al mismo tiempo, se jactaba de que no volvería si no se lo mandaba por escrito el superior Vicente de Paúl. Y por escrito, se lo ordenó el mismo Vicente de Paúl. Para evitar otra negativa, el santo escribió también al superior de los misioneros paúles de Se­dan que influyera en las señoras y en el gobernador de la ciudad para que la aconsejaran obedecer o, al menos, que no se opusiera. María Joly obedeció y se presentó en París.

Pese a que Luisa estaba curtida por los desengaños, la desilusión la destrozó. No es­peraba la negativa. Sin embargo, días más tarde el sufrimiento fue más ingrato: al poco de llegar a París, María recogió sus cosas y sin decir nada a nadie se marchó después de comer. Luisa se lo contó al superior esa misma tarde en una carta que rezuma dolor y de­sengaño, dominada por el complejo de culpabilidad:

Honorabilísimo Padre:

Lunes

La buena de Sor María, de Sedan, nos ha dejado después de comer sin decirnos adiós; se ha llevado sus cosas; temo que mañana se vuelva a Sedan. Quizás, se la encuentre en el coche, si a su caridad le parece bien enviar allí a alguien. Creo que, aunque fueran nuestras Hermanas, no tendrían bastante fuerza para retenerla. Al me­nos, Honorabilísimo Padre, pienso que es necesario escribir, lo más pronto posible, a Sedan, para avisar lo que tienen que hacer si vuelve a su casa, pues temo que va­ya a hacer negocio y venda todo lo que pueda para lograr una buena suma…

Si hubiera previsto lo que iba a suceder, habría podido impedirlo, poniéndola en Ejercicios. Siempre soy la causa de algún mal. Ésta era mi resolución para maña­na. Necesito que su caridad me dé algún poderoso remedio para sacarme de mi en­durecimiento».

El dolor se alivió aquella noche o a la mañana siguiente. Arrepentida, María volvió a la Casa. El complejo de culpabilidad le había comenzado meses antes —en agosto— oca­sionado por el abandono de una postulante. Era culpable por no haberla visitado durante sus Ejercicios ni haberla dejado comer con la comunidad. Al final, añade una nota entre simpática y melancólica: «El miércoles es el aniversario de mi nacimiento. Si Dios quie­re que sea el de mi muerte, deseo prepararme a ello».

También, Luisa era mujer y sufrió en su naturaleza humana por partida doble. En Fon­tenay, la compañera de Sor Juliana Loret se relacionaba ásperamente con una mujer y no había modo de hacerla volver a París. Sor Juliana supo que, en septiembre, Luisa iría a Champlan, el pueblo de su nuera Gabriela Le Clerc, a la primera Misa de un pariente de Gabriela. Fontenay se encuentra a 5 kilómetros antes de llegar a Champlan. Sor Juliana creyó que era una ocasión oportuna para que Luisa se desplazara a Fontenay y hablara con su compañera. Luisa también pensaba asistir a la Primera Misa, pero, Hija de la Caridad pidió, como todas, permiso al superior Vicente. Éste, delicadamente, se lo negó. El moti­vo de la negativa era convincente: «Las Hijas de la Caridad sacarían la consecuencia, con este ejemplo, de ir a ver a sus parientes en parecidas o semejantes ocasiones».

La negativa no lastimó a Luisa, puede ser que hasta la deseara. Por estos años, avan­zaba rápida en el desapego familiar. Molestia, o mejor terror, le sobrevino seis meses más tarde. El 18 o 19 de marzo de 1655, el sacerdote que decía la misa en la prisión de la Tour­nelle le avisó que una Hija de la Caridad tenía todo preparado para casarse con un galeo­te. El sobresalto de Luisa fue doble: una Hija de la Caridad se pierde, se escapa y se casa con un presidiario, escandalizando a todo el mundo; pero además, ¿qué haría con el di­nero que se le había entregado para atender a los presos?

Rápidamente, convocó consejo en San Lázaro —Vicente de Paúl estaba enfermo en cama—, asistieron además el señor Abelly y los padres Alméras y Portad. Se avisó a unas pocas Damas de la Caridad de la obra de los galeotes y se trajo a la Hermana, Sor Clau­dia, quien medio arrepentida medio temerosa le contó a Vicente de Paúl cómo un galeo­te a base de piedad, dolor y estima la convenció para que le ayudara, y ella se lo prome­tió. Se pasó a un enamoramiento; el joven llamó a su madre que compró un vestido seglar para la Hermana y la sedujeron para que se casara con el preso. Se firmó el contrato ma­trimonial y pidieron al sacerdote que casara al galeote, sin indicarle quién era la novia, al día siguiente, que era San José y caía en Viernes de Dolores. Al estar prohibidos los ca­samientos ese día, se atrasó la boda. El sacerdote sospechó quién era la novia y se lo hi­zo saber a Luisa. Por medio de la señora Fouquet, Dama de la Caridad y madre del Pro­curador General [Fiscal General del Estado] se logró solucionar todo.

Luisa no manifiesta en esta ocasión la angustia de otras veces. Después de tantos años, ya estaba curada de espanto. Más que el dolor personal temió las consecuencias nefastas para la Compañía.

Aprobación canónica de la Compañía

Con la llegada de las Hijas de la Caridad a Polonia, comenzaron embrionariamente las Provincias de las Hijas de la Caridad. Polonia resultó ser el germen de una Provincia: te­nía una especie de Director Provincial en la persona del P. Ozenne, superior de los padres paúles de Polonia, y una Visitadora en funciones, la señorita Villers, Dama de Honor de la reina Luisa María, pero ejercía de Visitadora en cuanto Dama de la Caridad. En este punto, aún tenía vigor el primer Reglamento que compuso Luisa en 1634: «la superiora será una señora de la Caridad de edad, soltera o viuda».

Una carta que recibió Vicente de Paúl de la reina de Polonia seguramente le hizo re­flexionar sobre quién debería ser la superiora general después de la señorita Le Gras. El 20 de noviembre de 1654, le escribió al P. Ozenne:

«En cuanto a la dificultad que se pone, de que ninguna de ellas [Hijas de la Ca­ridad] sería capaz de dirigir a las otras, le diré que hace mucho tiempo que pienso en este asunto y que me he interrogado cuál sería la mejor dirección: o una de la misma Compañía, o la [superiora] de las Damas de la Caridad o una cualquiera de éstas. Ahora bien, he encontrado dificultad en una y en otra solución: en la prime­ra —que sea una Hija de la Caridad— a causa de su llaneza; respecto a las damas en general, debido a la diversidad de espíritus que se encuentran en ellas; y en cuan­to a una de ellas [la superiora], porque no podría continuar el espíritu que Nuestro Señor ha puesto en la Compañía, por no haberlo recibido ella misma. De forma que, pensadas y consideradas todas las cosas, hemos pensado hacer la zanja de la mis­ma tierra, es decir, elegir de entre ellas, a mayoría de votos, a aquella que la Com­pañía juzgue más apropiada a este efecto; y al estar ayudada y dirigida por el su­perior general de la Compañía, es de esperar que Dios bendecirá la cosa y se cons­tituirá director él mismo».

Al igual que San Vicente, Luisa consideraba la Compañía totalmente desarrollada- Si. anhelo era dejarla definitivamente afianzada antes de morir. A finales de 1654, una serie de circunstancias políticas favorecieron su ilusión.

El 19 de diciembre de 1652, dos meses después de entrar el rey en París, acabada la segunda Fronda, Juan Francisco Pablo de Gondi, Cardenal de Retz y coadjutor del Arzo­bispo de París, su tío, fue a palacio a presentar sus respetos al rey. Error fatal. Allí mis­mo, se le arrestó y se le encerró en el castillo de Vincennes. Aquí, se intentó inútilmente hacerle renunciar a sus derechos de sucesión en el arzobispado. Al contrario, el cardena,

de Retz, ante los muchos años de su tío, había nombrado un delegado, Pedro Labeur, coa plenos poderes por si moría el arzobispo, estando él ausente o impedido de tomar pose­sión. El arzobispo murió el 21 de marzo a las cuatro de la madrugada y a las cinco, Pedro Labeur presentó al cabildo su delegación, prestó juramento y tomó posesión de la sede ar­zobispal en nombre de J.F.P. de Gondi. Cuando a las diez de la mañana, llegó Le Tellier para impedirlo en nombre del rey, no había ya nada que hacer.

El 30 de marzo, trasladaron al cardenal a Nantes, pero el 8 de agosto se fugó. Con un hombro dislocado, llegó a San Sebastián, cruzó España y apareció en Roma el 28 de no­viembre. La Santa Sede pidió a los misioneros paúles que lo acogieran en su casa de Ro­ma y ellos obedecieron37. Cuando se enteró la Corte de París, bramó y ordenó tajantemente volver a Francia al superior, P. Berthe, y a todos los misioneros franceses. Así, lo hicie­ron, obedeciendo al rey «lo mejor posible»

No obstante, días antes, Vicente de Paúl había presentado al ya nuevo arzobispo de Pa­rís la documentación necesaria para que aprobara por segunda vez la Compañía y las Re­glas comunes. La nueva petición modificaba sustancialmente la de 1646: ciertamente, la Compañía quedaba, como entonces, bajo la autoridad del arzobispo de París y de sus suce­sores. No podía ser de otra manera ya que las Hijas de la Caridad formaban una simple co­fradía de mujeres, pero esta vez, el arzobispo confiaba y encomendaba a Vicente de Paúl «el gobierno y dirección de dicha sociedad y cofradía, mientras él viva, y después de su muer­te a sus sucesores en el cargo de superiores generales de la misión». El errante arzobispo. recogido en casa de los misioneros paúles, firmó la aprobación el 18 de enero de 1655.

A la espera del acta de fundación

Externamente, nada aparece que repercutiera en la vida de Luisa ni de las Hijas de la Caridad. En los meses siguientes, Luisa se ocupó de Nantes, Chantilly, St-Denis y Bernay.

Era lo habitual en ella, como habitual era también que cuando menos lo pensara, Nan­tes volviera a primer plano. Sor Juana Lepeintre no era ya la Hermana Sirviente. Al frente de la comunidad, estaba en la primavera de 1655, Sor María Marta Trumeau, considera­da «una de las mejores y más capaces de la Compañía». Ahora, se acusaba a Sor Enri­queta Gesseaume de ser la causante de las repetidas desavenencias de la comunidad. Ha­bía entrado en la Compañía en los primeros meses de su fundación y parece ser una de las cuatro primeras Hermanas que hicieron los votos con Luisa de Marillac, el 25 de marzo de 1642. En la historia de las Hijas de la Caridad, aparece como una Hermana controver­tida. Para los administradores del hospital, era generosa, entregada a su trabajo y con una formación técnica, en enfermería, envidiable. Pero precipitada e irreflexiva, no calibrando las consecuencias de sus acciones. Todo era cierto. Se ofreció para ir a Mada­gascar y, tiempo después, cuando Vicente de Paúl encontró dificultades para enviar Hermanas a Calais a cuidar de los heridos se ofreció voluntaria a su superior, que la envió. San Vicente dice, por el contrario, que, «verosímilmente, la casa (Nantes) nunca estará en reposo mientras ella esté allí. Es un espíritu que perturba todo, que está siempre contra la superiora, es decir, la Hermana Sirviente, e influye en las otras para que hagan lo mismo, y así, quitan los medios para gobernar bien la casa». También, esto era cier­to. Vicente se lo recriminó cuando Sor Juana Lepeintre fue destinada de Nantes.

Por marzo, se la mandó volver a París. La Junta del Hospital explotó. Por ningún mo­tivo, permitía la salida de la Hija de la Caridad que llevaba admirablemente la farmacia y componía las medicinas en un hospital, que diariamente recibía heridos de la calle y de los barcos de guerra. Nantes era el primer puerto francés del Atlántico. Menos aun cuan­do terminaban un hospital nuevo y había que rehacer la farmacia. Echaron la culpa del malestar dela comunidad a la superiora, vengativa, dura y soberbia.

Luisa se sintió impotente para solucionar la complicada situación. A ella, dirigían las cartas y ella tenía que responderlas. Pidió a Vicente de Paúl que interviniera y éste con­vocó un Consejo con un solo punto: ¿Hay que levantar la comunidad de Nantes y mandar volver a todas las Hermanas? Después de sopesar todas las ventajas e inconvenientes, se decidió dar una última oportunidad, enviar a otra Hija de la Caridad competente en farmacia y mandar venir a Sor Enriqueta.

La Junta aceptó a la nueva Hermana, dejó salir a Sor Enriqueta, pero se desquitó devolviendo a París a la Hermana Sirviente y a la Hermana cocinera. Luisa contó a Vicen­te que en un pequeño consejo, las consejeras y ella decidieron prepararles una alegre y emocionante acogida y «si venían a pie, prepararles agua hervida con hierbas finas para lavarles los pies». Era ya octubre cuando llegaron.

Al tiempo que se enfrentaba a los administradores de Nantes, analizaba la situación de esa era buena gestora. Cuando las Hijas de la Caridad llegaron a Chantilly, pertenecía a la Casa de Condé. Derrotado en la Fronda, el feudo pasó a la casa real, pero de las Herma­rnas apenas nadie se preocupaba. Pasaban apuros económicos y llegaron a tener los muebles embargados por no pagar el alquiler de la casa durante cuatro arios. Según el cape­llán del palacio, era necesario escribir a la reina, exponiéndole la penuria de las Herma­nas, o devolverlas a París. Luisa intervino decidida. En las primeras semanas de 1655, se había solucionado, aunque sólo levemente, la situación, Por esos días, Luisa escribió una memoria detallada y sobrenaturalmente materialista: la Corte debía a las Hermanas 232 libras y 8 sueldos, más 36 libras del alquiler de cuatro años. Es que los bienes de la Com­pañía pertenecen a los pobres».

Luisa tenía ya 63 años y conocía muy bien los entresijos de las capas sociales. Sabía lo sensible que era la gente a sus derechos y privilegios, también estaba acostumbrada a ver cómo las obras de caridad se convertían en negocios particulares. Es lo que podía ocurrir con el hospital de St.Denis. En marzo, la condesa de Brienne le comunicó que el administrador se moría. Antes de morir, había que traspasar la administración a una perso­na amante de los pobres para que no se convirtiera en un beneficio. El administrador pro­ponía a los padres agustinos reformados. Luisa, inmediatamente, vio el peligro: podrían despedir a las Hijas de la Caridad para poner agustinas hospitalarias. Aunque el administrador sanó, alguien que deseaba el beneficio maquinó para que despidieran a las Hermanas a finales de año. Por consejo de Vicente de Paúl, Luisa abordó al administra­dor, hablaron, se aclararon las calumnias y todo volvió a la situación de confianza y tran­quilidad anteriores.

No todo fue preocupaciones, también sintió alegría y emociones femeninas. Proba­blemente, las cartas que escribió a Bernay, a su querida amiga Sor Bárbara Angiboust las escribía relajada y buscando un descanso en medio de tanta actividad: cuatro cartas, só­lo, en el mes de mayo. Cartas simpáticas y alegres. Le da noticias de Vicente de Paúl, del padre Portail, de las Hermanas y de sus parientes; la corrige con ternura de las faltas y cariñosamente la reprende por no haberle contado nada de la visita de su sobrino; la anima a estar a bien con el pueblo y le encarga compras caseras; aprovecha el papel pa­ra poner las condiciones que debe tener una joven que desee ser Hija de la Caridad, y quiere ilusionarla, aunque ya lo estaba, en la vida espiritual.

 Acta de fundación de la Compañía

Así, llegó el 8 de agosto de 1655. Por fin, las ilusiones de Luisa se cumplieron am­pliamente. Después de 22 años, aquel grupito de cuatro o cinco mujeres se había con­vertido en una asociación de más de 150 Hijas de la Caridad. Ese día, quedó erigida ofi­cialmente la Compañía de las Hijas de la Caridad tal como lo deseaba Luisa. Todas las Hermanas de París y de los alrededores, que pudieron dejar el trabajo, fueron llegando a la Casa de San Lorenzo, fuera de la ciudad, enfrente de San Lázaro. En total, 40 más la fundadora. Se fueron sentando en la sala de conferencias y el fundador y superior, Vi­cente de Paúl, les habló sobre la fidelidad a las reglas que habían sido aprobadas junto con la Compañía.

El superior ejerció el derecho que tiene todo «aquel que establece una cofradía» de nombrar —la primera vez después de estar aprobada— a las personas que van a dirigir­la. Nombró «a la señorita de Marillac superiora y directora de la cofradía mientras viva como lo viene haciendo, y con gran bendición, por la misericordia de Dios, desde el es­tablecimiento hasta el presente. Y por consejeras [oficialas], nombró como primera asis­tenta a Juliana Loret, segunda asistenta y tesorera a Maturina Guérin y despensera a Jua­na Gressier».

Al final, Vicente de Paúl presentó el acta de aprobación y firmaron todas las Hijas de la Caridad presentes. Luisa firmó la primera y Vicente de Paúl en último lugar; 28 Her­manas firmaron con su nombre y 12 que no sabían escribir pusieron una señal que Ma­turina Guérin completó con el nombre correspondiente. Se añadieron el nombre de 101 Hijas de la Caridad ausentes, pero se olvidaron de escribir el de otras 15 ó 20 Hermanas.

La señorita Le Gras ya podía morir tranquila; su obra, su Compañía, extendida por Francia y Polonia, estaba definitivamente establecida.

Los días anteriores a esta ceremonia, Luisa aparecía inquieta y preocupada. Las reglas decían que la superiora debía ser elegida por mayoría de votos. Aunque estaba segura de ser elegida, sentía repugnancia en depender de la voluntad de las Hermanas; quería estar atada exclusivamente por la voluntad de Dios, y dejar el cargo tan pronto como Dios se lo diera a conocer al superior. Creía, además, «que si era nombrada por la Compañía, podría traer consecuencias después de su muerte», ya que su sucesora también sería elegida por las Hermanas y ella juzgaba más conveniente que la nombrara Vicente de Paúl. Fuera por tranquilizarla, fuera porque recapacitó sobre una observación ciertamente acertada, el he­cho es que Vicente de Paúl no sólo nombró a la superiora sino también a las consejeras.

Nerviosismo espiritual

Durante un tiempo del verano de 1655, se notaba a Luisa nerviosa y como temerosa de algo. Hay frases en la carta anterior que necesitan ser interpretadas para disculparla: «siento yo no sé qué repugnancia en tener que ser confirmada» [por las Hijas de la Cari­dad]. En otras cartas, leemos frases que indican una pena: «tengo miedo que yo la haya empujado [a una postulante a marcharse] porque decía estos días que yo le ponía ma­la cara». Y más asustada aún, escribía a su director: «Permítame decirle que mi corazón está a menudo sensiblemente sobrecogido por el pensamiento de que la Compa­ñía está próxima a su decadencia y que preveo muchos inconvenientes si su caridad per­mite este viaje, habiendo sido negadas a otras, por muchas razones, cosas parecidas». Lui­sa detectó su situación extraña y le puso una posdata: «Le pido humildísimamente perdón por la libertad que me tomo de hablarle tan libremente. Me he dado cuenta de ello al re­pasar la carta». Con serenidad campesina, el superior le respondió en el mismo pa­pel: «Hay que aceptar la providencia de Dios sobre sus hijas, ofrecérselas a Él y permane­cer en paz. El Hijo de Dios vio dispersa a su compañía y casi desaparecida para siempre».

Un borrador que escribió como guía para una entrevista con su director puede servir de clave explicativa o de ahondamiento en su situación espiritual. Son puntos penosos:

«Orientación en mi conducta con respecto al c[onfesor] que lo veo ocultarse p[ara] h[ablar] a las Hermanas. Sufrir que ellas hagan lo mismo.

Prohibir a algunas Hermanas, como a Sor Rosa, hablarme del pensamiento de una tentación que le hace decir que molesta a las otras. Esto la lleva a tener desgana de su vocación [Sor Rosa era escrupulosa-depresiva espiritual].

Cuando las Hermanas ven que no se dan esperanzas a jóvenes que se presentan, porque no son apropiadas, las llevan en secreto a hablar con él [confesor], y otras muchas connivencias».

Siguen varios puntos que deseaba aclarar. Nos sorprende la insistencia en definir, des­pués de diez años, el papel de cada consejera y las relaciones entre ellas, así como la po­sición de la superiora y de la directora de la Casa. Parece como si creyera que se preten­día quitarle autoridad para dársela a las consejeras. Le dolía, además, que fuera una Her­mana antigua la que propagase estas ideas. Es una pena —escribe Luisa— porque «fo­mentan las parcialidades y las murmuraciones como ya han comenzado, y hacen mucho mal».

Vicente de Paúl no aguantó el sufrimiento de su colaboradora ni el peligro que pene­traba en el ambiente de la Compañía. Reunió el Consejo el 8 de setiembre de 1655 y ha­bló largo y claramente del papel, objetivos y delaciones de las consejeras. Todo quedó ro­tundamente claro, según el acta redactada por Sor Maturina Guérin:

«Para empezar, su caridad dijo que la señorita Le Gras, nuestra superiora, po­día disponer, con el superior general, de todas las Hermanas, es decir, llamarlas, retenerlas y enviarlas no sólo donde la Caridad está establecida sino donde sea ne­cesario». Es la que recibe e instruye a las nuevas. En una palabra, «es el jefe o el alma que anima a los miembros de toda la Compañía… Y la Señorita hace y siem­pre ha hecho lo que una buena superiora debe hacer… Hasta ahora, —continuó el señor Vicente— la Señorita ha llevado bien los negocios, por la gracia de Dios, y tan bien que no conozco ninguna casa de mujeres en París que esté en el estado en que estáis vosotras… No habéis tenido una superiora que haya dejado ir la Casa en declive». Las consejeras están a las órdenes de la Señorita y para solucionar un asunto «es preciso conocer la intención de la Señorita y seguirla».

Nunca, Vicente de Paúl la había alabado tanto ni tan largamente. Era un ánimo alen­tador a su hija que estaba pasando semanas o meses extraños.

Es raro que Luisa no rechazara las alabanzas descaradas de su director. Únicamente se disculpó débilmente: «Padre, si he hecho alguna cosa ha sido por las órdenes que me ha dado su caridad». Nada más.

Tenemos pocos papeles en los que apoyarnos, pero nos da la impresión de que Luisa ha caído en una fatiga corporal y síquica ocasionada por los muchos trabajos y percances de los últimos diez años. A no ser que fuera como una segunda noche, la del espíritu, de la que hablan los místicos experimentados.

La vida de esta reducida época parece reflejada en un sueño que tuvo la víspera de la Inmaculada, de no se sabe qué año:

«Vi una gran oscuridad en pleno mediodía que comenzó poco a poco y siguió una noche oscurísima, que asombraba y espantaba a todo el mundo. Yo sólo sen­tía sumisión a la divina justicia. Pasada la oscuridad, vi llegar el pleno día y en al­guna parte del cielo, elevadísima, vi una figura como la que nos representa la Trans­figuración, que me parecía figura de mujer. Con todo, mi espíritu fue sobrecogido de un gran asombro que me llenaba de gratitud hacia Dios, pero de tal manera que mi cuerpo sufría por ello y, despertándome entonces, aún sufrí algún tiempo. Y es­ta representación ha quedado grabada en mi espíritu para siempre».

Fuera de esta época o de otra, nos recuerda la luz que tuvo la víspera de Pentecostés de 1623. Fuera o no de esta época, lo cierto es que en Luisa, de aquí en adelante, renacen levemente y poco a poco rasgos de la primera espiritualidad, anterior a conocer a Vicen­te de Paúl, y que, ciertamente, nunca había desaparecido de su vida. Así, se puede ver en dos cartas de agosto de 1655. Una es del día 19; se la dio a las Hermanas que marchaban a Polonia para que se la entregaran a las que ya estaban allí. La base de la carta es la vo­luntad de Dios, la providencia y el designio divino, la elección de las Hijas de la Caridad y el desprendimiento.

Más incisiva es la otra carta que dirigió a Sor Margarita Chétif, responsable del gru­po que iba a Polonia. No habla ya de hacer la voluntad divina, sino «de un alma agrada­blemente sumisa a la santísima voluntad de Dios en el supremo ápice del espíritu», pues Dios tiene «providencia sobre ella» y quiere que lo ame «única y enteramente desintere­sada para adherirse y no tener ningún otro interés, ni aun satisfacción alguna que las de Dios y el prójimo».

La carta que llevaban las Hermanas a Polonia se la devolvieron porque también ellas recibieron orden de volverse desde Rouen. Gracias a Dios, la orden llegó a tiempo.

Cuando las Hijas de la Caridad llegaron a Polonia era un Estado extenso. Compren­día, además de lo que es hoy Polonia, Lituania, Ucrania, Galitzia y Bielorrusia. Una alian­za de Brandenburgo, Rusia y Suecia propició la entrada en Polonia de Carlos X Gustavo de Suecia al frente de un ejército disciplinado, bien armado y con técnicas militares mo­dernas, al tiempo que Rusia invadía Bielorrusia y se rebelaban los cosacos de Ucrania. Car­los X se apoderó de casi la totalidad de Lituania y Polonia.

Aunque las Hermanas ya estaban en Rouen, camino de Le Havre donde debían em­barcarse, era peligroso y una temeridad continuar hacia un país en guerra y casi conquistado por soldados protestantes. Si en los meses anteriores Luisa anunciaba gozosa que un segundo grupo de Hermanas había salido para Polonia, entristecida ahora, pedía continuas oraciones por las compañeras que quedaban en algún rincón de Polonia junto a los reyes, por los pobres abandonados a las tropas invasoras y por aquel país católico «ya que todos los perseguidores son herejes de muchas confesiones».

El Hospital des Petites-Maisons [Las Casitas]

Mientras Luisa preparaba el reconocimiento oficial de la Compañía y una ruta segura para las Hermanas que marchaban a Polonia, Vicente de Paúl le encomendó escoger al­gunas Hijas de la Caridad para el hospital de las Casitas. No sabemos quién pidió a las Hermanas ni casi nada de los primeros meses de la comunidad. Tan sólo, encontramos tres frases de Luisa de Marillac. La primera se la dice a Sor Bárbara Angiboust: «Pronto ten­dremos Hermanas en Las Casitas para dirigir, en lo que podamos, a los deficientes men­tales y a las pobres mujeres enfermas». Lo escribía el 23 de junio de 1655. Un mes más tarde, le confirmaba a Vicente de Paúl: «No he encontrado a Sor Ana Hardemont con disposiciones opuestas a recibir bien la propuesta para Las Casitas, pero creo necesario que su caridad nos hable para darnos a conocer el bien que se hace allí y la manera en que hay que conducirse». Finalmente, el 2 de octubre, volvió a escribir a Sor Bárba­ra: «Sor Ana Hardemont ha comenzado el establecimiento para el servicio de los pobres enfermos y dementes en Las Casitas».

El hospital des Petites-Maisons estaba situado en el barrio de St-Germain-des-Prés, en la margen izquierda del Sena. Era propiedad de la municipalidad de París, y estaba desti­nado «a enfermos pobres, a niños enfermos de tiña, a mujeres sujetas al mal caduco [epi­lepsia], a dementes y a los atacados por enfermedades venéreas». El nombre de Las Ca­sitas le venía de su construcción: varios patios rodeados de casitas de planta baja o de plan­ta baja y un piso.

El otoño de 1655

Durante el otoño, Luisa se entretuvo conversando por carta con Bernay, donde estaba su amiga Bárbara Angiboust. Hablaban de todo, desde cosas de amas de casa hasta asun­tos espirituales, de las noticias de las postulantes pasaba a su preocupación de las Her­manas alejadas y solas en Ste-Marie-du-Mont, encargando a Sor Bárbara que las visitara y le trajera noticias recientes.

En septiembre, el P. Portail pasó visita a las comunidades de Brienne, Sedan, Mont­mirail y Nanteuil, y en noviembre, el P. Berthe visitó Angers y Nantes. Todo iba bien. Luisa les había informado de cada una de las Hermanas. Es maravilloso descubrir que es­ta anciana conocía perfectamente a cada Hija de la Caridad y el lugar donde estaba. Con delicadeza, alaba sus virtudes y disimula sus defectos.

También, escribió repetidas veces a Vicente de Paúl, enfermo, y por ello, imposibili­tado de dialogar con ella. La Señorita se constituye en su enfermera a distancia, dándole recetas más de curanderos que de médicos serios —era la época—. Por la corresponden­cia, se nota que aumenta el número de Hijas de la Caridad que piden hacer o renovar los votos. La superiora es la encargada de hacer llegar las peticiones al superior.

En una de las cartas a Vicente de Paúl, descubrimos que su maternidad nunca quedo destruida, aunque con el tiempo se había serenado y se había entregado al querer divina Su hijo se va quedando sordo con el peligro de verse obligado a renunciar de todos sus cargos-empleos por los que tanto había luchado hacía cinco años. De su corazón, brotó el ruego de pedirle oraciones para que Nuestro Señor lo curara «por los méritos de los opro­bios e injurias que escuchó en su vida humana».

Un año entero, Miguel luchó contra la sordera. En julio del año siguiente, mejoró; fue una mejoría transitoria. Rápidamente, empeoró y tuvo que abandonar sus cargos, entre ellos el de juez de San Lázaro. También en julio, su hijita Luisa Renata de cinco años enfermó peligrosamente. Fue sólo un susto, pues pronto se curó del todo y Luisa di­ce que toda la familia vivía feliz. De aquí en adelante, no aparece Miguel en las cartas de su madre. Murió repentinamente en 1696, a los 83 años de edad.

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