Espiritualidad vicenciana: Fundadores

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Autor: Miguel Pérez Flores, C.M. · Año publicación original: 1995.

Significado del vocablo «Fundador». Relevancia actual de los Fundadores en la Iglesia. Características eclesio­lógicas del Fundador: inspiración divina, proyección de una vi­sión peculiar de Cristo, servicio a la Iglesia, los seguidores, el paso de la inspiración a la institución y la aprobación de la Igle­sia. La espiritualidad del Fundador. Santa Luisa confundadora. Actualidad de san Vicente y santa Luisa como fundadores. Bi­bliografía.


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Significado del vocablo «Fundador»

El término fundador se puede entender en dos sentidos: en sentido canónico y en sentido teológico. En sentido canónico, se considera Fun­dador a la personas que contribuyeron con sus bienes a la fundación de una obra de caridad o pia­dosa. En este sentido, san Vicente hizo bien cuan­do escribiendo a un misionero le dijo que la Señora de Gondi era la fundadora de la Congregación de la Misión (III, 366). Y Urbano VIII, en la Bula Sal­vatoris Nostri mediante la cual aprueba la Con­gregación de la Misión, reconoció la intervención de los Señores de Gondi y dio a entender que Dios les inspiró la idea de instituir una congregación de misioneros (X, 305-306). De hecho, es frecuente que varias personas intervengan en la fundación de una institución eclesial y se les aplica, aunque sea de una manera amplia, el título de fundado­ras. En la vida de San Vicente, escrita por Abelly en 1664, el título que dio a san Vicente fue el «in­tituteur» y primer Superior General de la Con­gregación de la Misión.

En estas reflexiones, tomamos el término de fundador en un sentido teológico, es decir, nos referimos a la persona que por inspiración de Dios llevó a cabo la creación de una comunidad de vi- da consagrada o una sociedad de vida apostólica reconocida por la Iglesia. Es el sentido más con­creto del término según la eclesiología y el que aplicamos a san Vicente cuando decimos que es el fundador de las Asociaciones de la Caridad, de la Congregación de la Misión y de la Compañía de las Hijas de la Caridad.1

Relevancia eclesial de los fundadores

Siempre los Fundadores, calificados como «hombres del Espíritu» y «profetas de la historia» han tenido gran importancia en la vida de la Igle­sia. Sus fundaciones son verdaderos carismas y, por tanto, han sido dados por el Espíritu Santo pa­ra servir a la Iglesia. Después del Vaticano II, la importancia de los Fundadores ha cobrado espe­cial relieve. La llamada de dicho Concilio para ac­tualizar los institutos exigía volver a la mente y al espíritu de los Fundadores: «deben ser recono­cidos y conservados el espíritu y los propósitos propios de los Fundadores» (PC 2, b). El magis­terio eclesial posterior siguió la misma línea. Un ejemplo es la exhortación que Pablo VI hace en su reflexión sobre la vida consagrada en la «Evan­gélica Testificatio»: «Manteneos fieles al espíri­tu de vuestros fundadores y a los proyectos evan­gélicos, al ejemplo de su santidad» (ET 11).

Características eclesiológicas de la figura del Fun­dador

Teniendo en cuenta la eclesiología actual, po­demos señalar algunas de las notas que carac­terizan al Fundador (Romano, A. Los fundadores, profetas de la historia, Publicaciones Claretianas, Madrid, 1991, pp. 31-42). Aplicaremos tales notas a san Vicente.

1. La inspiración divina

Según algunos autores, la inspiración o di­mensión pneumática es el primer rasgo caracte­rístico de todo Fundador. Su obra debe estar inspirada por el Espíritu. La inspiración le puede venir al Fundador bien de una manera directa o indirecta. Es directa cuando Dios comunica al Fun­dador una gracia mística con el fin de que lleve a cabo una fundación. Es inspiración indirecta cuan­do la inspiración le viene al Fundador de una experiencia pastoral, de la observación de las cir­cunstancias sociales o eclesiales de las que el Fundador intuye que Dios le llama a fundar una institución en la Iglesia. Ordinariamente, el Fun­dador se decide a hacerlo después de un serio y prolongado discernimiento.

No cabe la menor duda que la inspiración de san Vicente es indirecta. Su conversión a Dios le permitió ver la realidad eclesial de una manera muy distinta. Los pobres existieron siempre, siem­pre los tuvo ante sus ojos, pero después de su conversión a Dios, su espíritu se agudizó y vio que Dios quería fuera Fundador. En tres experiencias pastorales, fundamentó san Vicente la fundación de sus tres mayores fundaciones.

1º. Experiencia de Châtillon. La primera ex­periencia pastoral fue el resultado de su predica­ción sobre la caridad en Chatillón, la respuesta que dieron algunos de los parroquianos y ver que no bastaba la buena voluntad, la disposición de aten­der a los pobres, sino que era necesario organi­zar la práctica de la caridad en favor de los po­bres para que éstos estuvieran servidos mejor y de una manera continua. El mismo san Vicente describió aquella experiencia (IX, 202, 232).

2º. La experiencia de Gannes. La experien­cia de su labor misionera entre los campesinos le hizo ver la necesidad que éstos tenían de una asistencia pastoral especial. La confesión de un anciano de Gannes se lo hizo ver con claridad. San Vicente dio a conocer esta experiencia (XI, 698- 699). A la experiencia de Gannes, hay que añadir la de Montmirail y Marchais en las que un hugo­note dudaba de la credibilidad de la Iglesia ca­tólica porque no prestaba atención a los pobres campesinos. Estas experiencias le hicieron com­prender cómo Dios quería que fundara una Co­munidad, la Congregación de la Misión, que se dedicara totalmente a la evangelización de los po­bres especialmente los del campo. También san Vicente dio a conocer a sus misioneros esta ex­periencia (Xl, 727-729).

3º. La experiencia del servicio parcial a los pobres. La experiencia de que el servicio de las Señoras de la Caridad, no obstante ser admirable, no cubría todas las atenciones que los pobres ne­cesitaban. Tal experiencia, lo llevó a fundar la Compañía de las Hijas de la Caridad. San Vicen­te alude a estos fallos varias veces (IX, 203- 233. 416). Pero al fallo del servicio por parte de las Señoras, san Vicente tuvo otra experiencia de la posibilidad de un servicio completo al encontrar a Margarita Naseau, la vaquera de Suresnes. El mismo san Vicente se lo contó a las Hermanas en distintas conferencias (IX, 415. 542. 731).

San Vicente fue consciente de que el origen de sus fundaciones era Dios, que su inspiración era divina. Hablando a las Señoras de las Carida­des, les dijo lo siguiente: «Vuestra Compañía es una obra de Dios y no de los hombres. De los hombres, no cabría esperar nada parecido, por consiguiente, es Dios quien se ha mezclado en esto» (X, 954). Lo mismo dirá, y varias veces, cuando habla del origen de la Congregación. Pa­ra san Vicente, Dios es el autor de la Congrega­ción: «¿Quién es el que ha fundado la Compañía? ¿quién nos ha dedicado a las misiones, a los or­denandos, a las conferencias, a los retiros, etc.? ¿He sido yo? De ningún modo. ¿Ha sido el Sr. Por­tail, a quien Dios juntó conmigo desde el princi­pio? Ni mucho menos; nosotros no pensábamos en ello ni teníamos ningún plan a este respecto. ¿Quién ha sido entonces el autor de todo esto? Ha sido Dios, su providencia paternal y su pura bondad. Nosotros no somos más que obreros ruines y pobres ignorantes…Por consiguiente, Dios es el que ha hecho todo esto y por medio de personas que ha juzgado convenientes para que toda la gloria sea suya» (XI, 731). La misma idea tiene de la fundación de las Compañía de las Hijas de la Caridad. Unas once veces dirá a las Hi­jas de la Caridad que el autor de su Compañía es Dios (IV, 247; XI, 70, 120, 201, 231, 238, 292, 320, 415. 541. 611. 712). En la carta que san Vicente es­cribió a santa Luisa hacia el 4 de septiembre de 1651 le dijo: «Es Dios el que ha fundado a esa Compañía y el que la dirige; dejémosle hacer y adoremos su divina y amable voluntad» (IV, 247). San Vicente consolaba con estas palabras a san­ta Luisa muy preocupada por el futuro de la Com­pañía al ver que muchas Hermanas caían enfer­mas. En la conferencia del 25 de mayo de 1654, cuyo tema es la conservación de la Compañía, san Vicente confirmó la idea expuesta por una Her­mana de que Dios es el autor de la Compañía: «Dios la bendiga, hija mía, es muy cierto que la Compañía ha sido instituida por Dios» (IX, 611).

2. La proyección de una visión particular de Cristo

Para san Vicente, Cristo, su evangelio, sus máximas están en el centro de su vivencia es­piritual propia y es la clave de su doctrina. Trata de reproducir a Cristo como evangelizador de los pobres yendo de aldea en aldea, como el que se acerca al enfermo y al pobre, poner un poco de alivio y consuelo a sus dolencias. Los Misioneros, las Hijas de la Caridad y las Señoras de la Cari­dad son continuadores de la misión de Cristo, pa­ra esto han sido fundados.

San Vicente ha creado, de su experiencia, una cristología propia. Sus conferencias espirituales a las Señoras de la Caridad, a los Misioneros y a las Hijas de la Caridad, además de su corresponden­cia y reglas o reglamentos han sido el medio del que se ha valido para ir hilvanando su doctrina es­piritual centrada en Cristo. Lo más original de san Vicente no está en lo que hizo, sino más bien en la visión de Cristo que ofrece como motivación fuerte para hacer lo que el mismo Cristo hizo.

No es difícil encontrar textos pata demostrar el cristocentrismo vicenciano. Al contrario, lo di­fícil es la selección ante la abundancia. Citamos los que el mismo san Vicente expuso en las Re­glas comunes de los Misioneros y de las Hijas de la Caridad. En las Reglas comunes de los Misio­neros, al establecer la finalidad de la Congrega­ción, escribió: «Esta pequeña Congregación de la Misión, pues quiere imitar en la medida de sus pocas fuerzas al mismo Cristo, el Señor, tanto en sus virtudes cuanto en los trabajos dirigidos a la salvación del prójimo conviene que use medios semejantes para llevar a la práctica el deseo de imitarlo» (RC. CM 1, 1). Más evidente, si cabe, es la fórmula cristocéntrica que usó en las Reglas co­munes de las Hijas de la Caridad, donde expone la finalidad de la Compañía. En la primera versión, la que el mismo san Vicente explicó, leemos: «Recordarán a menudo que el fin principal por el cual Dios las ha llamado y reunido es honrar a Nuestro Señor, su Patrón, sirviéndolo corporal y espiritualmente en la persona de los pobres». Es­ta fórmula evolucionó posteriormente en otra más rica cristológicamente: «El fin principal para el que Dios las ha llamado y reunido es para hon­rar a Nuestro Señor Jesucristo, como manantial y modelo de toda caridad, sirviéndolo corporal y espiritualmente en la persona de los pobres» (RC. HC 1, 1).

Siempre que san Vicente habló o escribió a las Señoras de la Caridad, a los Misioneros e Hijas de la Caridad, la referencia a Cristo casi nunca fa­lla. Al tratar de motivar a sus seguidores, las pa­labras o los ejemplos de Cristo no faltan. Uno de sus consejos más densos cristológicamente es el que dio a uno de sus misioneros: «Cuando se trate de hacer alguna buena obra, dígale al Hijo de Dios: Señor, si tú estuvieras en mi lugar, ¿qué harías en esta ocasión? ¿cómo instruirías a este pueblo? ¿cómo consolarías a este enfermo de espíritu o de cuerpo?» (XI, 240).

San Vicente estuvo convencido que las má­ximas evangélicas nunca fallan, mientras que las del mundo son engañosas. Esta convicción la ex­puso san Vicente cuando quiso construir el edifi­cio espiritual propio de todo vicenciano: El mismo Cristo enseña «que su doctrina es como un edifi­cio fundamentado sobre roca firme, mientras que la doctrina del mundo se basa sobre arena» (RC. CM II, 1). Su gran deseo fue seguir las huellas de Cristo porque la vocación es hacer lo que hizo nuestro Señor: «los que hemos sido llamados a continuar la misión de Cristo, misión que consis­te en evangelizar a los pobres, deberán llenarse de los sentimientos y afectos de Cristo mismo, más aún, deberán llenarse de su mismo espíritu y seguir sus huellas» (Prol. RC). San Vicente in­trodujo los votos en la Congregación de la Misión precisamente para «usar de las mismas armas que usó con tanto éxito Nuestro Señor» (RC II, 18).

3. El servicio a la Iglesia

El servicio a la Iglesia es otra de las caracte­rísticas de todo Fundador. Este servicio a la Igle­sia está presente en las fundaciones vicencianas, no sólo en las que consideramos principales, si­no en las tareas que asume para que la Iglesia re­cupere su esplendor. A este respecto, es con­veniente recordar el impacto que en san Vicente causó las acusaciones contra la Iglesia de parte del hugonote de Montmirail: «Dice Vd. que la Iglesia de Roma está dirigida por el Espíritu San­to, pero yo no lo puedo creer, pue2to que por una parte se ve a los católicos del campe aban­donados en manos de pastores viciosos e igno­rantes, que no conocen sus obligaciones y que no saben siquiera lo que es la religión cristiana. Y por otra parte, se ven las ciudades llenas de sa­cerdotes y religiosos sin hacer nada… Y ¿quiere Vd. convencerme de que esto está bajo la direc­ción del Espíritu Santo?» (XI, 727).

Esta experiencia lo marcó profundamente. De ella, se ve la labor que san Vicente hizo para lo formación del clero (retiros, seminarios, Confe­rencias de los Martes, pequeño método de pre­dicación al pueblo) y para que la pobre gente del campo estuviera asistida (misiones populares) y dar pruebas de la credibilidad de la Iglesia.

Las Misiones ad Gentes es otro aspecto del sentido de servicio a la Iglesia que mostró como Fundador. San Vicente tuvo ante sí varias posibi­lidades: Arabia, Líbano, el Obispado de Babilonia con responsabilidades sobre Persia y parte de la India, Brasil, Canadá (cf. Román, J. M., San Vi­cente de Paúl, I Biografía, BAC, Madrid, 1981, p. 436-438). La misión en la isla de Madagascar fue muy querida por san Vicente y a ella envió a bue­nos misioneros y quiso enviar a las Hijas de la Ca­ridad (III, 540; V, 235; IX, 472, 730, 743). La acep­tación de la misión se llevó a cabo en 1648. La misión fue dura, muchos misioneros murieron y otros a causa de los naufragios volvieron a Fran­cia. No obstante todas las dificultades, san Vi­cente la mantuvo. Con ocasión de la muerte de uno de los misioneros de Madagascar dijo: «¿Se­rá posible que seamos tan cobardes de corazón y tan poco hombres que abandonemos la viña del Señor, a la que nos ha llamado su divina Ma­jestad, solamente porque han muerto cuatro o cinco o seis personas?» (XI, 297).

San Vicente amaba a la Iglesia, sentía dolor por los males de la Iglesia, por sus ministros y temía que Dios la hiciera desaparecer de Europa. Fue un hombre de Iglesia, un eclesiástico, e hizo lo posible para que sus fundaciones estuvieran al ser­vicio de la Iglesia universal, mediante el servicio prestado en las parroquias o diócesis.

Otro aspecto de la dimensión eclesial senti­da por san Vicente es el respeto y veneración que manifiesta por la jerarquía de la Iglesia: no sólo por el Romano Pontífice, a quien considera «oráculo de la verdad», sino también por los Se­ñores Obispos y por los párrocos y vicarios cuan­do daban misiones. Nada se podía hacer sin con­sentimiento de ellos (RC XI, 5). El esfuerzo por fundar comunidades autónomas, es decir, que se gobiernen por los propios superiores y las pro­pias normas, no impedía que en el apostolado estuvieran los miembros pertenecientes a sus fundaciones muy atentos a los deseos y proyec­tos de los Obispos (Cf. I, 186; IV, 49, 63, 375; V, 546; VII, 490; IX, 498; XI, 692).

4. Los seguidores

Un cuarto elemento del carisma de Fundador es el que atraiga seguidores, que suscite en la Igle­sia llamadas a seguir a Cristo y a reproducir a Cristo en aquellos rasgos contemplados por el Fundador. En el contrato fundacional, san Vicen­te se comprometió a buscar a algunos sacerdo­tes que se dedicaran a la tarea de las misiones de una manera completa (X, 238). En el acta de asociación, firman, además de san Vicente otros tres misioneros. En la petición de la aprobación de la Fundación de la Congregación de la Misión, eran unos siete (1, 110-III) De hecho, la Congre­gación desde sus orígenes y no obstante los ava­tares históricos ha tenido el atractivo de vivir la condición de cristiano laico y sacerdotal en la Con­gregación de la Misión. El número de Hermanas reunidas en torno a santa Luisa cuando se creó la primera comunidad eran unas doce Hermanas. El número de mujeres cristianas que han senti­do y siguen sintiendo la llamada a consagrase a Dios para el servicio de los pobres en la Compa­ñía de las Hijas de la Caridad ha sido y sigue sien­do abundante. Lo mismo hay que decir de las Señoras de la Caridad o de las Asociaciones de Caridad. Desde que fue fundada en Châtillon les Dombes (1617) ha existido viva en la Iglesia has­ta la Revolución francesa. Pasada la Revolución francesa volvió a atraer mujeres cristianas (1838) que querían vivir las exigencias de su fe practi­cando la caridad en favor de los pobres (Cortázar, J. L., Todo empezó en Châtillon. Raíz y desarrollo del Voluntariado Vicenciano, Edit. La Milagrosa, Madrid, 1990).

5. El paso de la inspiración a la institución

No todos los Fundadores han tenido la habi­lidad suficiente para pasar de la inspiración a la institución, es decir, crear los cauces jurídicos y pastorales más adecuados a la expresión del ca­risma de la Institución. Se suele distinguir entre carisma de fundador, que es el carisma común a todos los Fundadores y carisma del Fundador el que lleva consigo la gracia de poder crear los cau­ces adecuados para que el carisma pueda ser trasmitido a una comunidad y para que ésta lo pue­de vivir, desarrollar y actualizar.

San Vicente tuvo la gracia de saber pasar de la inspiración a la institución. Cuando le llegó la muerte, pudo morir tranquilo porque sus obras go­zaban de los criterios suficientes para que por ellas mismas pudieran caminar a través del tiem­po, fieles a la inspiración primera.

Para san Vicente, la institución suponía los elementos siguientes: aprobación eclesial, cons­tituciones o estatutos, reglamentos o Reglas, obras, todo animado por el espíritu propio.

1ª. Institución de la Cofradía de la Caridad

A las Señoras de la Caridad, las dotó de un Re­glamento aprobado por la autoridad competente. Los primeros miembros «fundadores», se reu­nieron en el mes de agosto de 1617 para decidir la fundación oficial de la Cofradía. En esta reunión, se firmó el «Acta fundacional». En el mes de no­viembre del mismo año, la autoridad eclesiástica aprobó el Reglamento y el 8 de diciembre, san Vi­cente dio como erigida canónicamente la Aso­ciación. No parece que san Vicente tuviera difi­cultades en conseguir fundar esta Asociación de Señoras para atender a los pobres. Se atuvo a las disposiciones canónicas entonces vigentes y de ahí la facilidad con que alcanzó lo que pretendía. También creó un medio de animación de las co­munidades: las visitas hechas por el mismo san Vicente, por algún misionero y, sobre todo, por santa Luisa de Marillac, que prestó unos servi­cios extraordinarios a las Cofradías en los distin­tos lugares.

El realismo de san Vicente lo orientó para do­tar de una gran flexibilidad en la formulación de los Reglamentos sin abandonar el fondo común. Tenemos reglamentos distintos: el de Châtillon (X, 567, 574); Reglamento General de las Carida­des para mujeres (X, 569, 571); el de Joigny (X, 588, 594); Montmirail (X, 614); Folleville, Paillar y Sérevillers (X, 628); Parroquia de san Salvador en París (X, 664); de san Nicolás de Chardonet (X, 667); de Argenteuiul (X, 671). También san Vi­cente organizó Caridades Mixtas de hombres y mujeres (X, 634, 640, 645, 652, 662).

2ª. La institución de la Congregación de la Misión

La institución de la Congregación de la Mi­sión le costó más y tuvo que salvar algunas dificultades. Mandó a Roma tres peticiones bus­cando en las formulaciones resolver las dificulta­des que le venían de la Curia Romana. Conseguida finalmente la aprobación de la Congregación en 1632, fue completando la organización de la Con­gregación en todos los aspectos: comunitarios, apostólicos. Dotó a la Congregación de las Re­glas, de los Votos y de las Constituciones ma­yores.

Creó también la Asamblea General y Sexenal para que la Congregación velase por sí misma para actualizarse y salir ella misma al paso de po­sibles dificultades originadas en gran parte por la extensión que la Congregación iba adquiriendo, la amplitud de los ministerios y las exigencias de la vida comunitaria, la observancia de los Votos, de las Reglas, etc. A la muerte de san Vicente, los elementos constitutivos estaban todos prác­ticamente logrados. Faltaba la aprobación de las Constituciones Mayores por el Papa, cosa que no pudo conseguir san Vicente y lo hizo su sucesor el P. Alméras en 1668, mediante el Breve de Clemente X «Ex lnjuncto Nobis», firmado en Ro­ma el 2 de junio de 1670 (ACTA APOSTOLICAE SEDIS,

Bullae, Brevia et Rescripta in gratiam Congrega­tionis Missionis, Parisiis, 1876, p. 33. Coppo, A., Codice di Sarzana, en Vincentiana (1991)303-406). En este Códice, se pueden ver las Reglas Co­munes; la Ordinatio votorum con la fórmula de la emisión; las condiciones referentes al voto de pobreza, las reglas del Superior General, Visitador y Superior local; los directorios de la Asamblea Ge­neral y Provincial; la Asamblea trienal y la apro­bación arzobispal.

3ª. La institución de la Compañía de las Hijas de la Caridad

La institución de las Hijas de la Caridad se ini­ció en 1633, cuando san Vicente y santa Luisa de­cidieron reunir a las Hermanas en comunidad. Fue el paso decisivo, dirigido a fundar una «co­fradía» autónoma y distinta de las cofradías de las Caridades. Desde 1633 a 1646, los fundadores se dedicaron a formar «el cuerpo y el alma» de la fu­tura comunidad. Las conferencias de estos años versan sobre el amor a la vocación, a los pobres, sobre las relaciones con los superiores, sobre el reglamento. En 1642, san Vicente pronunció la conferencia sobre la «primera Hija de la Caridad», sor Margarita Naseau y en 1643, sobre las «Vir­tudes de las campesinas».

La experiencia de la vida comunitaria y apos­tólica de las Hermanas, el aumento de vocacio­nes, impulsó a san Vicente y a santa Luisa a pedir las aprobaciones eclesiales. La primera apro­bación arzobispal está firmada el 20 de noviem­bre de 1646. Santa Luisa encontró algunas difi­cultades: en el documento se omitió el nombre de Hijas de la Caridad, no estaba conforme que las Hijas de la Caridad dependieran del Sr. Arzo­bispo y no del Superior General de la Congrega­ción de la Misión.

Se impuso la necesidad de una nueva apro­bación porque se perdieron inexplicablemente los documentos necesarios para que el Parlamento diera su aprobación. San Vicente, aprovechó es­ta circunstancia para pedir una nueva aprobación e introducir los cambios sugeridos por santa Lui­sa. El 18 de enero de 1655, se firmó la segunda aprobación arzobispal con contento general por parte de los Fundadores y con algún disgusto menor por parte de las Hermanas a quienes no gustaba el nombre de «cofradía» (V, 388; VII, 377). No eran ellas iguales a las cofradías piado­sas que seguramente conocieron en sus res­pectivos pueblos. Los fundadores, al contrario, vieron en el término «cofradía» un buen apoyo ca­nónico para conseguir lo que pretendían y evitar problemas canónicos (X, 730). El 8 de agosto de 1655, se firmó el documento llamado «Acta del establecimiento de la Compañía de las Hijas de la Caridad». Era la aceptación oficial de la apro­bación arzobispal (X, 715-717).

En los primeros Estatutos anejos a la apro­bación arzobispal, se establece el fin de la Com­pañía, la forma de gobierno, la competencia de los Superiores, el servicio a los pobres, la vida espi­ritual, la práctica de las virtudes, las relaciones intercomunitarias y los medios para conseguir lo que se pretende.

San Vicente dio los primeros pasos para que la Compañía de las Hijas de la Caridad fuera apro­bada por el R. Pontífice. En 1659, San Vicente mandó al P. E. Jolly, Superior de la Misión en Ro­ma, toda la documentación necesaria para lograr la aprobación pontificia de la Compañía de las Hi­jas de la Caridad. Murieron san Vicente y santa Luisa sin conseguirlo. El sucesor de S. Vicente y la segunda sucesora de Santa Luisa en el go­bierno de la Compañía, Sor Maturina Guerin, lo consiguieron en 1668. En esta aprobación, no se menciona a santa Luisa como confundadora (Me­yer, R. y Huerga, L., Una institución singular: el Superior General de la Congregación de la Mi­sión y de las Hijas de la Caridad, CEME, Salaman­ca, 1974, p. 117-127). La aprobación pontificia se hizo en los siguientes términos: «Aprobamos y confirmamos con la perpetua e inquebrantable firmeza apostólica la referida Comunidad o Con­gregación, su fundación y sus constituciones, las que les dio su Fundador, Vicente, como las que aprobó el Arzobispo de París, Cardenal de Retz, por ser buenas y lícitas y no contrarias a los sa­grados cánones de Trento» (Pérez Flores, M., Historia del derecho propio de la Compañía de las Hijas de la Caridad, desde los primeros Estatutos hasta las Constituciones de 1983, en Vincentia­na (1990) 764-792).

¿Consiguió san Vicente la institución apropia­da para que su inspiración, no sólo se conserva­ra, sino que se moviera ágilmente y se pudiera perpetuar para evangelizar a los pobres? La respuesta es, a mi juicio, afirmativa. Algunos vicen­cianistas han creído que san Vicente fue forzado a aceptar algunos elementos propios de los reli­giosos para conseguir la aprobación pontificia de la Congregación de la Misión. La lectura de la Bu­la «Salvatoris Nostri» de Urbano VIII puede dar la impresión de que lo que allí se aprueba es una comunidad religiosa canónica. Sin embargo, las líneas generales dan pie para configurar una co­munidad muy ágil, apostólicamente considerada. De hecho, así ha sido. Cuando se habla de «reli­giosización» de la Congregación de la Misión no creo que se pueda fundamentar en las líneas maes­tras de la Bula. Pienso también que a san Vicen­te lo que le interesaba era fundar una comunidad fuerte espiritual y apostólicamente, sin preocu­parse mucho de donde asumía los elementos constitutivos de la comunidad. En las Reglas Co­munes, hay bastantes elementos de origen mo­nacal o regular, por ejemplo: el capítulo de faltas, el rezo en común del oficio divino, la lectura en el comedor. Si el hecho de la «religiosización» se ha dado en la historia de la Congregación ha si­do debido a la mentalidad de los Superiores, al modo de aplicar las instituciones de la Congre­gación, más que a las mismas instituciones. Des­pués del Vaticano II, la labor de actualización que la Congregación ha llevado a cabo, muchos de los elementos monacales y conventuales que existen en las Reglas han desaparecido y se ha creado un estilo de vida más liberado de prácticas comuni­tarias: el capítulo de faltas, la ley del silencio, la lec­tura durante las comidas y se han actualizado otras: el rezo de la liturgia de las horas. Ha habido cam­bios más profundos en la práctica del voto de po­breza y de obediencia. Todos estos cambios que se dicen más conformes con la sensibilidad actual se han introducido con la esperanza de que hagan de la Congregación de la Misión una comunidad capaz de evangelizar a los pobres del mundo en el que la Congregación trabaja.

La espiritualidad del Fundador

Lo de más importancia en un Fundador es do­tar a sus fundaciones un espíritu, de una espiri­tualidad capaz de animar a las personas, a las ins­tituciones y a las obras propias. El mejor legado que san Vicente ha dejado a sus comunidades ha sido la espiritualidad, el haberlas dotado de un espíritu propio. En las comunidades vicencianas, todo está en función de reproducir a Cristo evan­gelizador de los pobres, fuente y modelo de to­da caridad. En la referencia a Cristo y a los pobres en los que Cristo está presente, está el origen de la espiritualidad vicenciana. La visión que el vi­cenciano tiene desde los grandes misterios: Tri­nidad, Encarnación, Redención, de la Iglesia, de la Virgen, del mundo, del hombre está matizado por la visión de Cristo evangelizador de los pobres, fuente y modelo de toda caridad. El vicenciano tiene la gran suerte de poder conocer bien el pen­samiento de san Vicente, la tradición de sus co­munidades, los grandes intérpretes del Funda­dor. Las fundaciones vicencianas conservan las fuentes que les permiten conocer bien a los fun­dadores: Reglas, Conferencias, Correspondencia, Documentos jurídicos, Biografías de los Funda­dores, Historias de las fundaciones vicencianas, Estudios serios y abundantes y una tradición inin­terrumpida, sin lagunas incolmables.

Santa Luisa Confundadora de las Hijas de la Caridad

El vocablo «Fundadores» que estudiamos es­tá en plural. La intención es clara. Entre las gran­des fundaciones vicencianas se cuenta, como ya hemos dicho, la Compañía de las Hijas de la Ca­ridad. La fundación de las Hijas de la Caridad tie­ne un Fundador: San Vicente de Paúl y una Co­fundadora, Santa Luisa de Marillac. «Las Hijas de la Caridad son lo que San Vicente quiso y Santa Luisa hizo». Esta afirmación es de Leoncio Celier (Le figlie della Caritá, Piacenza, Collegio Albero-ni, 1930, p. 103). Tiene razón, hay una verdade­ra colaboración entre San Vicente y Santa Luisa. La inspiración fue de san Vicente, compartida oportunamente por santa Luisa. La experiencia de que el servicio de las Señoras de la Caridad no cubría todas las necesidades de los pobres, co­mo dijimos antes, hizo que san Vicente pensara en las «Sirvientas» de las Caridades y en la mu­jer que las formara y dirigiera. De los buenos re­sultados de esta primera iniciativa, surgió la idea, compartida por santa Luisa y san Vicente de fun­dar una cofradía, las Hijas de la Caridad, siervas de los pobres enfermos, como comunidad inde­pendiente de las Caridades, aunque unidas a ellas. Es posible que san Vicente llegase al convenci­miento de fundar una Comunidad independiente de las Caridades al ver el comportamiento de san­ta Luisa, su decisión de colaborar en la fundación y en las buenas cualidades para formar y gober­nar a aquellas jóvenes aldeanas llenas de buenas disposiciones para servir a los pobres.

El papel de santa Luisa como cofundadora de las Hijas de la Caridad se ha estudiado en los úl­timos tiempos. El P. J. M. Román, en su trabajo: Santa Luisa de Marillac, fundadora de las Hijas de la Caridad, aborda el papel de Santa Luisa en la fundación de las Hijas de la Caridad y el paso del título de fundadora a cofundadora. En las prime­ras biografías de la Santa se le daba el título de Fundadora. En aras de la exactitud canónica, en los procesos de Beatificación se la consideró co­mo cofundadora. No va más allá de la cuestión. Prefiere estudiar la aportación de la Santa en la creación de la Hijas de la Caridad.

Los estudios jurídicos, la espiritualidad de las Hijas de la Caridad, la dependencia de Santa Lui­sa de la dirección de san Vicente obliga a conce­der el papel del Fundador a San Vicente y el de cofundadora a Santa Luisa y sin poner en duda el cambio del modo de pensar de san Vicente por el influjo que sobre él tuvo en ciertos aspectos de la fundación como es el de la dependencia de la Compañía de las Hijas de la Caridad del Supe­rior General de la Congregación de la Misión. Pa­ra san Vicente, fueron muy fuertes aquellas palabras de santa Luisa: «En nombre de Dios, Señor, no permita Vd. que se haga nada que abra la posibilidad, por pequeña que sea, de separar la Compañía de la dirección que Dios le ha dado, porque puede Vd. tener la seguridad de que in­mediatamente dejaría de ser lo que es y los po­bres enfermos ya no serían socorridos, y así creo que tampoco se cumpliría ya por nosotras la vo­luntad de Dios» (S. L. M., c. 181). Lo expuesto es un ejemplo de la gran influencia que tuvo santa Luisa en la configuración de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Otros ejemplos podemos ofre­cer por lo que se refiere al estilo de vida espiri­tual, comunitaria y al modo de atender a los pobres en las distintas obras. Santa Luisa fue la animadora directa y primera Superiora de las Hi­jas de la Caridad, bajo la guía espiritual, pastoral y canónica de san Vicente.

A santa Luisa, se le puede aplicar, pues, to­dos los elementos teológicos y canónicos pro­pios de una cofundadora, antes indicados, armo­nizándolos con los de san Vicente (Román, J. M., Santa Luisa de Marillac, fundadora de las Hijas de la Caridad, en Luisa de Marillac, XVIII Semana Vi­cenciana, CEME, Salamanca, 1991, p. 39-69). Es ab­solutamente cierto que la aportación de santa Luisa fue de tal importancia que se puede poner en duda la fundación de las Hijas de la Caridad si san Vicente no hubiera encontrado a esta mujer a la que poco a poco fue clarificando su espíritu y hacerla comprender la magnífica vocación que Dios le había dado de servir a los pobres, prime­ro de una manera personal y después siendo Co­fundadora y primera Superiora de las Hijas de la Caridad.

Actualidad de san Vicente y de santa Luisa

La actualidad de los fundadores se puede de­ducir de la vitalidad de sus fundaciones, de sus obras y sobre todo de su espíritu.

Las tres fundaciones principales de san Vi­cente: Congregación de la Misión, Compañía de las Hijas de la Caridad y Señoras de la Caridad es­tán extendidas por todos los continentes. El men­saje de san Vicente de imitar y seguir a Cristo, evangelizador de los pobres, fuente y modelo de caridad, está vivo.

El vigor del mensaje vicenciano ha hecho que a san Vicente se le considere no sólo como Fun­dador, sino como Patriarca. Muchos otros Funda­dores se han inspirado en el carisma vicenciano y en su espiritualidad. Más de cien comunidades se consideran deudoras del espíritu vicenciano. To­davía san Vicente es la cepa de la cual muchas co­munidades, como los sarmientos de la vid, reciben la savia suficiente para conseguir su vitalidad es­piritual, comunitaria y apostólica. Se puede hablar de una descendencia espiritual y apostólica vicen­cianas en todos los continentes (Chalumeau, R., La descendencia espirtual vicenciana, en Anales (1979) 244).

La persona y la doctrina de san Vicente sigue interesando a historiadores, ensayistas, autores espirituales y pastoralistas. Se puede afirmar que, desde que murió san Vicente en 1660, se siguen editando biografías, originales unas, reediciones otras y traducciones en las diversas lenguas. Una prueba del interés por la persona de san Vicente son las recientes biografías de A. Dodín: San Vi­cente y la Caridad; la de J. M. Román: San Vi­cente de Paúl. Otras biografías menores también se han publicado en los últimos años.

En cuanto a la doctrina de san Vicente, se puede asegurar lo mismo. Su actualidad es re­conocida por todos. Su mensaje de amor a los pobres es evangélico y durará mientras el evan­gelio dure. Una prueba de la perennidad de la doctrina de san Vicente son los libros que se pu­blican y las semanas vicencianas y meses vicen­cianos que se organizan. El catálogo de la edito­rial CEME es una muestra del interés que existe por conocer a san Vicente, su persona, su obra y sus instituciones.

De santa Luisa, hoy podemos decir lo mis­mo, aunque no llegue a cubrir tanto espacio co­mo el de san Vicente. El interés por su persona, su pensamiento, su aportación a la fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad ha ido cre­ciendo. Ha dejado de ser «eco» de la voz de san Vicente para ser voz válida por sí misma. Las úl­timas biografías de santa Luisa publicadas por CEME lo demuestran.

Bibliografía

Además de las biografías de san Vicente y de santa Luisa, y de los Escritos de san Vicente y de santa Luisa, se pueden consultar las si­guientes obras: J. M. LOZANO, El Fundador y su Familia Religiosa, ITVR. Madrid, 1978.- F. CIARD1, Los Fundadores, hombres del Espíritu. Para una teología del carisma del Fundador, Edic. Paulinas, Madrid, 1982.- A. ROMANO, Los Fundadores, profetas de la Historia, Public. Claretianas, Madrid, 1991.- J. M. LOZANO, Fun­dador en Diccionario Teológico de la Vida Con­sagrada, Public. Claretianas, Madrid, 1989.- Fondatore, en Dizionario degli istituti di per­fezione, Edizioni Paoline, Roma, 1977.- R. ME­YER-L. HUERGA, Una institución singular: el su­perior general de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, CEME, Salamanca 1974.- J. L. CORTÁZAR, Todo comenzó en Châtillon, Edic. La Milagrosa, 1990.- J. Mg RO­MÁN, Santa Luisa de Marillac, en Luisa de Ma­rillac, Will Semana Vicenciana, CEME, Sala­manca, 1991, p. 39-69.- M. PÉREZ FLORES, La Bulla «Salvatoris Nostri» y la Congregación de la Misión, en Anales (1983) 393-424.- IDEM, Historia del derecho propio de la Compañía de las Hijas de la Caridad, en Vincentiana (1990) 764-794. En las páginas 793 y 794, se puede ver amplia bibliografía sobre la Compañía de las Hijas de la Caridad.

  1. Cuando hablamos de san Vicente como Fundador, nos referimos únicamente a la tres grandes fundaciones vi­cencianas: Las Cofradías de la Caridad, La Congregación de la Misión y la Compañía de las Hijas de la Caridad. San Vi­cente creó otras obras importantes, como las Conferencias de los Martes, la obra de Ejercicios Espirituales para los Or­denandos, etc.

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