Espiritualidad vicenciana: Evangelización

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana1 Comment

CRÉDITOS
Autor: Italo Zedde, C.M. · Año publicación original: 1995.

Introducción. I. Coordenadas socio-religiosas en la Francia del siglo XVII. II. Evangelización y Misión. III. Evang­velización como asistencia material y espiritual. 1. El pensa­miento central de s. Vicente: a. Configurarse siempre con Cris­to. b. Configurarse con Cristo evangelizador de los pobres. c. Evangelizar significa asistir a los pobres de todas las maneras. 2. Los misioneros y la evangelización de los pobres. 3. Las Co­fradías de la Caridad y la evangelización de los pobres. 4. Las Hijas de la Caridad y la evangelización de los pobres. CONCLUSIÓN GENERAL.


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Introducción

Tratar de la evangelización en san Vicente es un poco peligroso por el hecho de que se trata de un tema tan amplio y rico de matices que, en los límites impuestos a este artículo, se arriesga uno a decir muy poco. Se impone por tanto la ne­cesidad de hacer una exposición no sólo sintéti­ca, sino también acomodada a un público más amplio. Sin embargo, aún dentro de la misma bre­vedad es posible dar una buena visión de lo que san Vicente ha entendido por evangelizar, evan­gelización.

Es necesario hacer algunas precisiones. Ha­blando de evangelización en san Vicente, desea­ríamos comprender al hombre, al santo, al fun­dador, considerando globalmente su figura poliédrica. Sin embargo, el lector, o la lectora, acaba siempre por colocarse en un punto de vis­ta bien determinado, o porque es una voluntaria vicenciana, o porque es una Hija de la Caridad, o porque es un misionero. Desearíamos, sin em­bargo, evitar esta particular angulación para man­tenernos en lo general, afirmándonos más sobre lo que san Vicente ha dicho y ha hecho en sí, y menos sobre lo que nosotros deberíamos hacer para seguirlo o imitarlo.

Es posible profundizar en la figura de san Vi­cente bajo aspectos diversos, mirándolo como pensador, como santo, como creador de obras y actividades, como reformador de la Iglesia.

Aquí se expone una breve síntesis del pen­samiento de san Vicente sobre la evangelización. El tema es muy amplio y quizás hasta es pre­suntuoso exponerlo brevemente. Lo que no hay que olvidar es que san Vicente, sobre todo inter­preta y traduce el Evangelio, vive la palabra de Dios, adapta su experiencia persona! a la figura y el ejemplo de Jesucristo Evangelizador, Salvador y Redentor. Se comprende que este tipo de re­lación y de experiencia es más difícil sacarlo de las fuentes y de los documentos históricos. De hecho se trata de un proceso de fe. Pese a todo, es posible recorrer o al menos seguir las huellas de lo que san Vicente ha experimentado y vivido a través de su palabra y, sobre todo, de sus obras y sus fundaciones.

1. Condiciones socio-religiosas de la Francia del siglo XVII

Un adjetivo no primoroso, pero sí apropiado, con el que se podría definir la mayor parte del cle­ro del campo, en estos comienzos del siglo XVII y hasta ya entrada su segunda mitad, es «patán (rústico)». El adjetivo quiere expresar una mezcla de ignorancia, de pobreza, de miseria, de ideales perdidos, de fe en ocaso; una pátina de vulgari­dad, un tinte de corrupción, una buena dosis de pura ignorancia. Guerras de religión, guerras de sucesión, guerra de treinta años, abismales egoís­mos y agudísimas violencias habían reducido a la gente (esto es, a los pobres) a muertos de ham­bre, y al clero a la misma categoría. Por el con­trario, el clero de la ciudad era otra cosa, sea el regular o el secular. Era un clero fino, rico, culto, poderoso, influyente y, sin embargo, igualmente corrompido e igualmente mundanizado. Y cuan­do san Vicente escribe, citando a un autor con­temporáneo suyo, que los sacerdotes son los pe­ores enemigos de la Iglesia, piensa sin duda no en el clero del campo, sino en el de París.

«Hay un párroco de Bretaña que acaba de pu­blicar un libro en el que dice que los mayores enemigos que tiene la Iglesia son los malos sa­cerdotes» (V, 327).

Hablando, pues, de los malos sacerdotes, san Vicente pone en boca de este autor desconoci­do un pensamiento que indudablemente es tam­bién suyo: Dios ha dado a los Sacerdotes de la Misión su espíritu para remediar semejante ca­lamidad. Espíritu de Dios que se revela sobre to­do en poner remedio a este mal enseñando la fe al pueblo, asistiéndolo, instruyéndolo e infun­diéndole el afecto por las virtudes cristianas. Es­tribillo frecuente, porque se trata ante todo de remediar el mal que está en el interior de la Igle­sia, y luego reafirmar la fe en las poblaciones del campo especialmente. Llenar la boca o el estó­mago es sólo un modo de llegar a la fe.

Todo este período de guerras y de luchas ha­bía dejado profundas huellas no sólo en la eco­nomía de la nación, sino en la supervivencia de mucha pobre gente. Sencillamente, no había pan para comer, agua para beber, un lugar para dor­mir. Los abusos sociales y locales empeoraban la situación, y la carestía colmaba frecuentemente la tragedia. Cuando san Vicente diga que «los po­bres son nuestros amos» hará una afirmación ab­surda por una parte y por otra, palmaria. Absur­da porque nadie se ocupaba de nadie: se moría de hambre, y punto. Palmaria, porque bastaba con leer el Evangelio con un mínimo de atención y de fe.

Si las desgracias, las guerras, las insurreccio­nes, las carestías llevaban consigo desastres y te­rrores, no era menos grave la situación desde un punto de vista religioso. «Resulta que este reinado de Luis XIII, que se inclina uno a juzgar a distan­cia como una edad de oro del catolicismo francés, y que lo fue en verdad, podía parecer a los de­votos de entonces un período de desorden y de impiedad«.1 De hecho, algunos sacerdotes igno­rantes se habían entregado con frecuencia inclu­so a la magia.

Teniendo que hablar de evangelización, nos in­teresa más la situación del clero que las condi­ciones sociales, que obviamente se han de tener presentes y que, en sus rasgos generales, hoy to­dos conocemos.

El fenómeno global suscitado por san Vicen­te es, sobre todo, un fenómeno evangélico. Es di­fícil decir qué hubiera sido hoy, o cómo se habría presentado hoy, por el hecho de que el fenóme­no «evangelio» responde a criterios de fe y no a criterios sociales. El fenómeno evangélico tiene como objetivo principal la fe y su comunicación. San Vicente se ocupa particularmente del clero, porque su ruinosa decadencia espiritual, cultural y moral había tenido como consecuencia inme­diata la decadencia del pueblo, es decir de la Igle­sia.

Trabajando en la evangelización del clero y del pueblo, san Vicente trabaja principalmente en la renovación de la Iglesia y en el anuncio de la palabra de Dios. Está claro que la terminología no es propiamente la misma de san Vicente. Pe­ro al margen de las palabras o de las fórmulas, se trata de estructuras salvíficas idénticas. San Vi­cente dice las mismas cosas que decimos noso­tros hoy, con el lenguaje propio de su tiempo. La verdadera caridad, en cuanto virtud y capacidad divina de amar y de comunicar el amor salvífi­co, es aquella realidad que antes de todo pene­tra en Dios, se nutre de Dios, comunica a Dios, justamente porque se nutre de la contemplación de Dios.

Ya se sabe que el Concilio de Trento, des­pués de un siglo, estaba todavía sin aplicar en Francia. Pero los concilios y las asambleas re­gionales de la Iglesia de Francia, se daban ya per­fecta cuenta de la necesidad de poner remedio a tanta devastación espiritual en el clero y en el pueblo. Hombres como Francisco de la Roche­foucauld, san Alano de Solminihac, san Francis­co de Sales, A. Bourdoise y la comunidad de San Nicolás de Chardonnet, Pedro de Bérulle, Bernardo Bardon de Brun (cf. E. PÉTIOT, La vie admi­rable et exemplaire de B. Bardan de Brun, Bo­deaux 1636), César de Bus, Santiago Crétenet (que, siendo laico, funda una comunidad de sa­cerdotes, cf. S. BLANC-FORAY, art. Crétenet, en Dict. de Spir. II, 2531-37), y muchos otros, habí­an ayudado y preparado el terreno propicio para la obra de san Vicente que, por lo que toca al ca­tecismo había recibido el influjo de César de Bus (L. MARCEL, La vie du Pére César de Bus, Lyon, 1619; BROUTIN, o. c. II, 139-154). Particularmente sobre el catecismo a los niños y sobre la impor­tancia de las confesiones generales.

Todo sumado, hay un abismo infranqueable entre la elite intelectual noble y burguesa, rica de una cultura refinada, y el pueblo del campo que se estancaba en una ignorancia primitiva. Nadie se preocupaba de instruir al pueblo sencillo e igno­rante. Por el contrario, san Vicente dirige sus mi­sioneros exclusivamente hacia estas poblaciones.

Hay que decir también que toda regla tiene sus buenas excepciones. No hay que pensar que el pueblo del campo estuviese hundido en la igno­rancia hasta el punto de no tener ni el más míni­mo rayo de vida intelectual y espiritual.2 De he­cho, el mismo san Vicente está convencido de que entre estas poblaciones es donde se encuentra la fe auténtica y genuina (XI, 462: Sobre la senci­llez y la prudencia, 21 marzo 1659).

Por el contrario, la situación general del clero es muy desgraciada. Esto explica muy bien el ce­lo de san Vicente en reformar o fundar los semi­narios, las misiones, los ejercicios espirituales, los retiros a los ordenandos. Abelly dice que mu­chos párrocos del campo eran como aquellos pas­tores de los que habla el profeta, «que se con­tentan con tomar la lana y sacar la leche de sus rebaños y se preocupan poco de darles los pas­tos necesarios para la vida de sus almas» (ABELLY, La vie du venerable serviteur de Dieu Vincent de Paul… París 1664, 1, 3-4). Con frecuencia, el clero no se distinguía en nada de sus parroquianos,3 y se sabe que algunos sacerdotes ignoraban inclu­so la fórmula de la absolución (XI, 95).

En pocas palabras: reina el desorden discipli­nar, la degradación moral, la ignorancia incluso de las cosas de fe, elementos que están conec­tados entre sí y son interdependientes. L. Abelly -quizás con alguna exageración- habla de un Obis­po que expresaba a san Vicente su horror cuan­do pensaba que en su diócesis había cerca de siete mil sacerdotes borrachos o impúdicos que subían todos los días al altar y no tenían vocación (ABELLY, Vie… 1, 142).

No faltan, sin embargo, sacerdotes ejempla­res que, con las obras y los escritos, se dedica­ban a la evangelización en los campos y a la instrucción del mismo clero (BROUTIN, 0. C., II, 347- 377). Pero en general, durante las visitas pasto­rales los Obispos lamentan la ignorancia y el descuido del clero.

Todo esto explica cuánto le afectaba a san Vi­cente este delicado problema al emprender la obra de los Seminarios y los Ejercicios para el Clero. Los primeros ejercicios se tuvieron en Bons­Enfants bajo la dirección del mismo san Vicente y tuvieron un enorme éxito. Tanto que el obispo de París aprobó la anexión de San Lázaro a la Congregación de la Misión, poniendo como con­dición recibir gratuitamente a los Ordenandos de París, y en 1639 tal ordenanza se extendió a to­dos los clérigos del reino residentes en París (X, 298).

Estos retiros se tenían siete veces al año, du­raban 15 días, con una media de 80/100 partici­pantes cada vez (COSTE, El gran santo… CEME, Sa­lamanca 1990, 1, 117. 173; II, 201s). Los doctores de la Sorbona respondieron a san Vicente que quien siguiera estos cursos no sólo podría con­fesar en las aldeas, sino que «serait méme ca­pable de confesser á Paris» (XI, 577: Sobre la teología moral, 5 agosto 1659). No hay que ex­trañarse, pues, si incluso grandes personalida­des, como Bossuet, se prestaban a predicar es­tos retiros (COSTE, mv, II, 203).

Este breve repaso sobre la vida del Clero tie­ne la finalidad de facilitar la comprensión del mé­todo y del objetivo de san Viocente. Era esencial reeducar al clero, si se quería llevar alguna ráfa­ga de aire fresco a la Iglesia. Incluso las misiones no arribarían a nada sin un clero que mantuviese sus frutos (textos notables: V, 540s; XI, 205s. 392: Sobre el fin de la CM, 6 dic. 1658).

Con esto se hace esencialmente visible la idea fundamental de san Vicente, que es la de be­neficiar a los pobres (en sentido amplio y en el estricto), material y espiritualmente.

2. Evangelización y Misión

La Congregación de la Misión nace como mediadora de la palabra de Dios hacia la pobre gente del campo, como san Vicente tiene la cos­tumbre de llamarla. Se trata de gente sencilla, ignorante, abandonada, olvidada, azotada por va­ riados males y necesidades, normalmente sin cul‑
pa, y destinada a sufrir toda clase de vejaciones.

Por eso san Vicente busca con sus misione­ros reformar justamente la predicación, en la que las grandes y pequeñas verdades se confia­ban a una presentación trágica y amenzante, o bien burlesca e incluso trivial. La gente o reía de corazón o lloraba aterrorizada (P. JACQUINET, Des prédicateurs du XVIlesiecle avant Bossuet, Paris 1885, passim; J. TRUCHET, La prédication de Bos­suet, 2 vol. París 1960). Y a pesar de todo, tam­bién por influjo protestante, se nota un redescu­brimiento de la palabra de Dios (TRUCHET, 0. C., 1, 23). Tanto es así, que para muchos, incluido san Vicente, la predicación de las misiones nació co­mo exigencia de retorno a la genuina palabra de Dios, a un tipo de anuncio kerigmático, a una pre­dicación verdadera y genuina.4 San Vicente hablará de sencillez.

La obra de las Misiones fue, sin duda alguna, una gran ayuda que san Vicente ha dado a la po­bre gente del campo. Sabemos, sin embargo, que no es ni el único, ni el primero en introducir­las. Destacaban entre otros los Sacerdotes del Oratorio, con san Juan Eudes y sus misioneros.5 Con todo, san Vicente sigue siendo la figura más sobresaliente.

La Misión de Folleville (Amiens) dada en tie­rra de los Gondi, en el dia de la conversión de san Pablo, 25 de enero de 1617, sigue siendo el acon­tecimiento fundamental para toda la obra de san Vicente, en cuya comparación no hay otro que lo supere. El mismo hecho de que poseamos cua­tro relatos6 de este acontecimiento, expresa cuán grabado estaba en el espíritu del Santo. La misión de Folleville, amén de marcar la fecha de naci­mienbto de la Congregación de la Misión, indica el particular carisma dentro y bajo el cual san Vi­cente se estaba moviendo respecto a los pobres. El solo análisis de este momento histórico re­queriría muchas páginas.

Una verdad esencial es que en Folleville san Vicente se ha entregado definitivamente al Evan­gelio de Jesucristo, a la Iglesia, a la salvación, a la conversión de la pobre gente, a la proclamación de la misericordia de Dios. Abelly describe la preocupación del santo por las condiciones espiri­tuales «de ces pauvres gens», después de la con­fesión de aquel célebre campesino confesado por san Vicente en peligro de muerte (ABELLY, o. c. 32). Aún dubitativo sobre lo que había que hacer y con posibilidad de caer en el peligro de seguir criterios humanos al fundar la Congregación, pi­de ayuda al célebre A. Duval, su director espiri­tual en aquel momento. Éste lo amenaza con el juicio de Dios si el señor Vicente rehúsa seguir tan clara voluntad de Dios (cf. R. DUVAL, Vie de M. André Duval, manuscrito en el Monasterio de Cla­mad, p. 44s, citado por DODIN, La mission de Fo­Ileville, en MissCh 26-27(1967)109).

Siempre que san Vicente recuerde el hecho, normalmente durante la repetición de la oración de la mañana, lo presentará fundamentalmente como un momento de la Providencia, y, por con­siguiente, como un momento destacadamente salvífico. En Folleville se ha tratado de llevar la sal­vación a los pobres, en el más puro espíritu del lenguaje de la teología lucana.

La exagerada presión de la Señora de Gondi le aconseja, por contra, alejarse; en realidad fue una verdadera fuga, y, por consejo de Bérulle, se dirige como párroco a Châtillon-les-Dombes, don­de su experiencia misionera pone otro jalón, junto con su ingenio e iniciativa en favor de las nece­sidades de algunas familias pobres. Regresa fi­nalmente a la casa de los Gondi, no para trabajar como preceptor, sino como capellán de todas sus tierras. Su celo explota en esta especie de dió­cesis personal. Los acontecimientos se precipi­tan. Acepta el cargo de Capellán de las Galeras (1619), acepta la dirección de las Visitandinas (1622), se convierte en Rector del Colegio de Bons-Enfants. A la edad de 44 años se encuen­tra a la cabeza de grandes obras apostólicas y misioneras, entregado a las necesidades espiri­tuales y materiales de los pobres, y preparado para aceptar la fundación de la Congregación de la Misión, 17 de enero de 1625.

Esencialmente, la Congregación de la Misión puede ser definida de este modo, según la Bula de fundación: «propositae rusticorum et igno­rantium instructioni vacantes, eos Dei praecepta et fidei catholicae rudimenta, modumque rite et recte peccata confitendi docentes, cathechizan­tes, crebras ad eos conciones habentes… Con­fraternitates Charitatis institutiones, litium et discordiarum compositiones atque odiorum de­positiones procurantes«.7

La misma Bula continúa delineando amplia­mente el programa apostólico de la nueva funda­ción misionera. Se dice allí, entre otras cosas, que es objetivo principal del nuevo Instituto buscar la salvación propia y de los otros, especialmente de aquellos que viven «in villis, pagis, terris, locis, op­pidulis humilioribus«. En estos lugares, los misio­neros deberán atender principalmente a los siguientes menesteres: enseñar los preceptos di­vinos, enseñar a los pueblos los rudimentos de la doctrina cristiana, escuchar las confesiones, en­señar el catecismo. Luego se especifica que en los lugares en que se ha tenido la predicación y hecho el catecismo, se deben fundar las Carida­des para socorrer a los pobres enfermos: «Con­fraternitates quas vocant Charitatis Ordinarii auc­toritate, institui procurent, ut pauperibus aegrotis subveniantur» (Bula, I. c., p. 312).

Con esto, el núcleo central de la obra de san Vicente ya está trazado. Las Misiones, efectiva­mente, se convierten en el centro en torno al cual crecen y se multiplican todas las otras obras. Las misiones hacen como de polo unificador de todas las otras obras: damas de la caridad, Hijas de la . Caridad, seminarios, retiros a los eclesiásticos, las obras hacia los pobres. De hecho, la predica­ción de las misiones es la forma fundamental y predilecta de la asistencia a los pobres por parte de san Vicente. En términos más nuestros po­demos decir que la forma por excelencia del ser­vicio que san Vicente intenta dar es la comuni­cación o la consolidación de la fe, del evangelio, de la palabra de Dios.

En la práctica, la obra de san Vicente tiene que habérselas con el anuncio de la palabra de Dios, con la catequesis a todos los niveles, con la lu­cha contra el ateísmo y el indiferentismo, mira a instruir al pueblo de Dios en la fe a nivel profun­do. Nos encontramos en la diaconia fidei, y tam­bién en la diaconia ex fide. La primera se llama así porque tiene por objeto la fe, es decir, intenta co­municar y dar la fe como objeto primario del pro­pio servicio evangélico. En realidad, aquí se entiende por fe todo el dinamismo que lleva al hombre al encuentro con Jesucristo. Es al mismo tiempo un ministerio de testimonio, de celo, de amor de Dios, de total apertura hacia los otros.

La segunda, la diaconía ex fide, se llama así porque tiene por objeto una actividad o una obra que normalmente proviene de la fe, pero de su­yo no necesariamente. Bajo esta categoría caen los múltiples servicios de caridad de la Iglesia hacia los enfermos, los abandonados, los huér­fanos, los drogadictos, los ignorantes, los oprimidos, los encarcelados, los golpeados por cualquier calamidad, desde las guerras hasta los terremotos, desde la enfermedad a la carestía. Es­tas obras, dice frecuentemente san Vicente, las puede realizar incluso una persona que no cree en Jesucristo.

Ciertamente es difícil distinguir estos dos ti­pos de servicio, que, normalmente, en una per­sona de fe, se funden y se confunden. Pese a todo, son fuente de discernimiento muy claro y muy preciso.

Por eso san Vicente dice con frecuencia a los Misioneros que anunciar la salvación a la pobre gente a través de la predicación de la Palabra es su fin principal, es cosa de capital importancia, el resto es sólo accesorio. «Lo más importante de nuestra vocación es trabajar por la salvación de la pobre gente del campo, y todo lo demás no es más que accesorio, . pues no hubiéramos nunca trabajado con los ordenandos, ni en los semina­rios de eclesiásticos, si no hubiéramos juzgado que esto era necesario para mantener al pueblo y conservar el fruto que producen las misiones» (XI, 55, repetición de oración, 25 octubre 1643).8

Esta actividad apostólica se convierte tam­bién en la fuente y el medio de la santidad del mi­sionero, en cuanto que haciendo esto copia lo más perfectamente posible el ejemplo y la misión del mismo Cristo. San Vicente, en efecto, inter­pretaba la voluntad divina respecto a la Congre­gación, como un mandato a hacer revivir en ella la vocación de Jesucristo en la tierra. Esto lo im­pulsaba continuamente a meditar y a enseñar a los demás los rasgos del Jesucristo que evan­geliza a los pobres (ib. 55s). Hasta los Hermanos Coadjutores deberán, en cuanto es posible, de­dicarse al servicio y a la instrucción de los pobres mediante la enseñanza del catecismo durante las misiones (ib. 58). De este modo, las prácticas es­pirituales de los que se quedaban en casa les de­bían servir para participar en la actividad apostó­lica de los que estaban en las misiones.

Así se comprende que el Santo no dejara nun­ca de presentar la belleza y el esplendor de la vo­cación misionera, ya que no es otra cosa que se­guir de cerca las mismas huellas de Cristo, aún más, prolongar la vida de Jesucristo sobre la tie­rra (XI, 697; IV, 18; VI1, 292s). La vocación vicen­ciana por la evangelización de los pobres se va per­filando cada vez más claramente. El Santo lleva a rehusar otras obras, incluso manifiestamente ne­cesarias, pero que podían desviar de este objeti­vo principal (II, 201; 1, 358s; III, 64. 77; 1V, 276s. 563s; V, 75s. 570s; VI II, 307s).

3. Evangelización como asistencia material y es­piritual

Para captar mejor la idea unitaria de la obra de san Vicente es necesario prescindir de las con­secuencias jurídicas o constitucionales que rigen cada una de las fundaciones, especialmente las Hermanas y los Misioneros. El diseño apostólico de cada fundación depende de las propias Cons­tituciones. Pero el diseño apostólico de san Vi­cente tiene un alcance mucho más amplio, sea desde el punto de vista histórico, sea desde el punto de vista teológico-espiritual.

Nos damos perfectamente cuenta de que se­ría bueno un examen semántico y lexicográfico de amplio alcance, sobre todo ahora con la ayu­da de los ordenadores. Lo que sigue es resulta­do, sobre todo, del examen de sus escritos y de sus acciones, vistos con «lente panorámica», es decir, no con la óptica de esta o aquella fundación, sino con la óptica de san Vicente como hombre y como santo, que, dotado por el Espíritu de va­rios carismas, se ha entregado totalmente a en­riquecer a la Iglesia. Los Fundadores, efectiva­mente, trascienden siempre sus propias obras y fundaciones.

a) El pensamiento central de san Vicente

En síntesis, podemos decir que el Santo tra­ta de fundamentar toda su obra sobre el ejemplo de JC. Este programa comprende tres etapas dis­tintas:

– Conformarse siempre a Cristo:

Desde el momento en que la Congregación se ha propuesto hacerse semejante a este divi­no modelo, es necesario que se conforme a sus pensamientos y a sus intenciones (XI, 383, sobre el fin de la Congregación, 6 diciembre 1658).

– Conformarse a Cristo evangelizador de los pobres:

San Vicente ve aquí el rasgo específico y esen­cial de la misión de Jesucristo. Son célebres las siguientes palabras suyas: «Si preguntamos a Nuestro Señor qué ha venido a hacer a la tierra, ¿qué nos responde? – A evangelizar a los pobres, he ahí el mandato del Padre» (XI, 390). San Vicente mismo interpreta y explica este término impor­tante. «Es necesario decir que evangelizar a los pobres no significa sólo enseñar los misterios ne­cesarios para la salvación, sino hacer las cosas pre­dichas por los profetas, o sea, hacer efectivo el Evangelio» (XI, 393).

– Evangelizar significa asistir a los pobres de todos los modos:

A continuación, en la conferencia citada, el Santo explica que evangelizar significa asistir a los pobres de todos los modos, por nosotros y por los demás, porque esto es seguir el ejemplo de Cristo evangelizador de los pobres con palabras  y obras, de modo que ésta es la manera más per­fecta de traducir a la práctica la enseñanza de Cristo (XI, 393s). En esta conferencia, san Vicen­te expone del modo más claro su pensamiento sobre el tema de la evangelización. La idea cen­tral es que los misioneros imitan y continúan la misión de Jesucristo que evangeliza, anuncia el evangelio, proclama la buena nueva de la salva­ción.9

«On peut dire que venir évangeliser les pauv­res ne s’entend pas seulement pour enseigner les mystéres nécessaires á salut, mais faire les cho­ses prédites et figurées par les prophétes, ren­dre effectif l’Évangile» (XI, 391).

El Santo responde luego a algunas dificultades que son como aplicaciones prácticas respecto a esta gran, absoluta, imprescindible doctrina.

El pensamiento central de san Vicente es que el misionero continúa la misión de Jesucristo en la tierra, y continúa la misión que ha recibido del Padre. Realizar este gran misterio es hacer efec­tivo el evangelio y cumplir las cosas predichas por los profetas, esto es, por la Escritura.

Hacer efectivo el Evangelio significa evitar to­da ideología, toda reptición automática de la pa­labra de Dios, toda desencarnación del misterio del Hijo. No se trata de repetir algo que se apren­de de memoria o de concepto. No depende de la elevación del discurso, de la precisión teológi­ca, de la actualización de los temas. No es cues­tión de enfoque técnico. En su raíz se trata de un verdadero problema de fe y de una auténtica ac­tuación de fe, que empieza en la fe y termina en la fe. Como hombre de gran experiencia que era, en las cosas de Dios y en las cosas de los hombres, san Vicente recuerda, como punto esencial, que evangelizar significa traducir a la práctica el Evangelio, vivir el Evangelio, creer al Evangelio, es decir, creer en Jesucristo, vivir en Jesucristo, seguir a Jesucristo.

No se trata, pues, sólo de enseñar, es decir, de repetir una doctrina con las palabras o con los escritos. Efectivamente, una enseñanza sobre la fe puede ser un vacío de fe por parte de quien la imparte.

Del mismo modo que se puede repetir una en­señanza sobre la fe sin participación de la fe, se puede también repetir una acción que tiene la apariencia de la fe o del evangelio, pero que no proviene ni de la fe ni del Evangelio. San Vicente, al decir que evangelizar no significa sólo en­señar los misterios de la salvación, intenta decir que predicar o enseñar no es necesariamente el único y principal modo de hacer eficaz el Evan­gelio, aunque sí sea importante. A veces podría ser un puro sonar de palabras, bien construidas o bien estudiadas. Podría ser ideología, meca­nismo verbal, técnica oratoria o literaria. Quiere decir el Santo que no bastan las palabras, se exi­gen los hechos. No se puede ser sólo oyentes o repetidores de la palabra. Hay que practicar la pa­labra y vivirla íntimamente, porque para eso pre­cisamente ha sido enviada y ha sido revelada. Por eso san Vicente dice que no basta predicar, hay que creer y vivir aquello que se predica. Pe­ro también hay que actuar, servir, salir al en­cuentro del prójimo en la necesidad. Y así como aquí se da a veces el riesgo de falsificar la pala­bra, reducida a un puro sonido verbal y privada de testimonio, tanto más se da el riesgo de falsifi­car cualquier otra obra externa, incluidas las obras de servicio por el prójimo. El mismo san Vicente comentaba fecuentemente Mt 7, 21ss e Is 58 en este sentido (XI, 425, sobre las máximas evangé­licas, 14 de febrero 1659).

No se trata, sin emabrgo, de oponer, decir y hacer, es decir, predicar y realizar acciones con­cretas, como si sólo el decir pudiera ser falsificado, y sólo el hacer merezca el sello de autenticidad. En realidad, tanto el decir como el hacer, ambos a dos, pueden ser falsos o falsificados, cuando no entra en juego el mecanismo evangélico, cuan­do no interviene el influjo del Espíritu. De hecho, como puede ser ideología pura un discurso sobre la fe (cuando es pronunciado o comunicado sin participación personal de fe), del mismo modo es pura ortopraxis una buena acción realizada sin el contorno del espíritu de fe.

San Vicente no quiere decir que el que predi­ca corra el riesgo de hacer ideología y quien pa­ractica las obras de caridad esté al seguro de las ilusiones. Por el contrario, quiere decir que tanto el que predica como el que sirve a los necesita­dos, debe actuar necesariamente sólo desde los principios de la fe, en unión con Jesucristo, se­gún el ejemplo de Jesucristo, independiemente de cualquier mezcla de otra especie. Eso es ha­cer el Evangelio, eso es evangelizar.

Es una perfectísima ilusión creer practicar la caridad hacia los pobres sirviéndolos con esfuer­zo y descuidar la delicadeza de la caridad y de la tolerancia con los de casa. El verdadero espíritu del evangelio no hace distinciones. Con frecuen­cia el Evangelio exige una pasividad con fe, más que un actuar sin fe. El auténtico espíritu del Evan­gelio soporta donde hay que soportar, calla don­de hay que callar, sirve donde hay que servir, no se escurre donde hay que ayudar, donde hay que dar da con generosidad. Por el contrario, la falsa fe o la falsa caridad, es decir, la falsa evangelización, produce la división en el actuar y en el pen­sar, hace distinciones en el comportamiento, bus­ca refugio en sutiles razonamientos humanos.

Para san Vicente, toda la actuación de Cristo se resume en la evangelización de los pobres, entendida no sólo como anuncio de la palabra, si­no como intervención práctica de caridad de cual­quier género, es decir, según la necesidad del prójimo. San Vicente no enseña que la predica­ción de la palabra de Dios sea la única aplicación auténtica del Evangelio, como tampoco enseña que la asistencia a los necesitados sea la verda­dera y única práctica del evangelio. Él es, ante todo y sobre todo, un horno evangelicus, que uti­liza cualquier medio para llevar a íos pobres al Evangelio y el Evangelio a los pobres, la gracia de la salvación a los necesitados y los necesitados a la misericordia salvífica de Dios. En los textos de la época se habla en términos de «asistir a los pobres material y espiritualmente«.

b) Los misioneros y la evangelización de los po­bres

Profundizando en las varias fundaciones se nota que la asistencia corporal y espiritual es pa­ra san Vicente la verdadera evangelización, por­que él busca el cuidado y la asistencia de gente pobre del modo más completo posible, sirvién­dose de los misioneros, las hermanas, las damas de la Caridad.

Por eso el santo exhorta a sus misioneros a no desistir de tales obras, sino continuar visitan­do a los enfermos, consolarlos en sus aflicciones, animarlos a la paciencia, y sobre todo enseñarles la resignación, el amor a Dios, el arrepentimiento y la confianza (cf. IV, 84-85, carta a J. Cornaire, 20 septiembre 1650). Para realizar este apostolado era necesario no sólo estar preparado culturalmente, sino también espiritualmente.

Las misiones, que tan en el corazón llevaba san Vicente, no tenían la única mira de la ins­trucción religiosa, como podría parecer a un exa­men rápido. Con toda claridad escribe que las mi­siones que se hacen en Francia y en Italia tienen el objetivo no sólo de instruir a la gente del cam­po, sino también de proveer al alivio de los en­fermos. En realidad, expresiones como éstas no son frecuentes en los escritos de Vicente. Pero está claro que él mira a un servicio total y com­pleto del pobre, visto no sólo en cuanto cristia­no, necesitado de instrucción y de conversión, sino también en cuanto persona en necesidad material.

Por eso los misioneros tenían la obligación, sancionada por las Reglas (cf. RC 1, 2), de esta­blecer la Cofradía de la Caridad durante las mi­siones. Los Misioneros desplegaron siempre su actividad caritativa incluso fuera de las misiones. «Lo testimonia el hecho -dice el Santo- de todo cuanto realizan muchos de nuestros sacerdotes y hermanos, hasta 16 ó 18, en las fronteras de la Champaña y la Picardía de dos años a esta par­te; y cuanto realizan seis o siete de los nuestros en los alrededores de París, que socorren a los pobres abandonados ‘pour le corps et pour l’ame'» (IV, 421, a un hermano coadjutor de Génova, 16 agosto 1652).

Un texto inédito de la Casa Madre de la Con­gregación de la Misión, presenta los objetivos de esta actividad, a saber cómo «muchos pobres ca­tólicos reducidos a la desesperación o vacilantes en su religión han sido confirmados en los bue­nos sentimientos. Muchas almas desviadas han sido reconducidas al recto camino, y otros frutos semejantes que producen ‘las asistencias mate­riales, cuando van juntas con las buenas instruc­ciones y los buenos ejemplos de los que se los dispensan'» (Arch. San Lázaro, Mémoire pour les missionnaires qui sont envoyés faire des aumó­nes aux pauvres de la campagne, Ms. 632)

El «coutumier» (consuetudinario) de la casa de Montmirail describe la costumbre que tenían los misioneros (por contrato de fundación) de re­cibir a los pobres transeúntes, hospedarlos y, si estaban enfermos, darles los alimentos y medi­cinas necesarios, con el cuidado de atender tam­bién a sus almas administrándoles los sacra­mentos y sepultándolos a su costa en caso de fallecimiento.10

El acta de la toma de posesión de esta mis­ma casa de Montmirail afirma explícitamente que la casa estaba destinada a la asistencia de los po­bres transeúntes, y se define a la casa como «lieu de retraite des pauvres passants» (Arch. Nac. S 6708, Montmirail; 12 octubre 1644). Esto de­muestra que a veces, también para los misione­ros, una fundación podía tener como fin principal tanto la predicación como el cuidado material de los pobres.

El contrato de fundación citado antes nos ayu­da a comprender mejor el pensamiento de san vi­cente acerca de la asistencia material y espiritual de los pobres. Se alaba a los misioneros por su dedicación «gratuita» en el ministerio del pueblo del campo, por el esfuerzo que realizan ense­ñando a los pobres «a mantenerse en la inocen­cia el resto de su vida» (no se exigía por tanto só­lo una simple confesión general), se reconocen los grandes gastos que los misioneros tienen que hacer para tales obras de caridad, para lo que se nombra a los misioneros administradores del Gran Hospital de Montmirail, «a condición de que di­chos sacerdotes de la Misión se comprometan a realizar realmente todos los compromisos espiri­tuales y temporales» (ib. S 6708).

Es interesante y útil oír a san Vicente que ex­plica las obligaciones derivadas de esta funda­ción. Efectivamente, escribiendo a un misionero, le explica que «la fundación de Montmirail nos obli­ga a las misiones, a mantener el hospital, a reci­bir a los transeúntes incluso a los enfermos, y fi­nalmente a hacer todo el bien que se pueda en las tierras de los fundadores con la visita a los en­fermos, instruyendo y consolando a los que tie­nen necesidad, y realizar las otras obras de cari­dad que los misioneros pueden y deben realizar«. Por lo cual, el santo termina diciendo que el mi­sionero «ha hecho bien recibiendo en el hospital a los soldados heridos» porque «il vaut mieux ex­céder en chanté que d’en manquer» (IV, 493s).

c. Las Cofradías de la Caridad y la evangelización de los pobres

Estas cofradías debían tender al alivio mate­rial de los pobres, como resulta de los regla­mentos; pero el pensamiento de san Vicente no se limitaba a esto. He aquí lo que dice uno de tan­tos reglamentos de estas asociaciones: «Será instituida para honrar a Nuestro Señor, su patro­no, y a su Santa Madre, para proveer a las nece­sidades de los pobres, tanto capaces como incapaces (para el trabajo), hacerlos catequizar todos los domingos, hacerles frecuentar los sa­cramentos cada primer domingo de mes, ali­mentar y curar a los pobres enfermos y ayudar­los a morir bien» (X, 594. 652s, Reglamento de la caridad mixta de (JoignylCourboin).

Había que preocuparse, con el mismo inte­rés, de la salvación espiritual que de la salud del cuerpo de los pobres, especialmente de los cer­canos a la muerte. La tarea de las Damas, pues, consistía también en instruir a los pobres en los principales misterios de la fe y en orientarlos ha­cia una vida cristiana más perseverante. «Las Da­mas de la Caridad -afirma otro reglamento- ten­drán mucho cuidado de la salvación del alma de los pobres, a la que cooperarán con sus oracio­nes y pequeñas instrucciones, haciendo así que Dios sea honrado en las familias de la parroquia» (X, 670, Reglamento de la caridad femenina de San Nicolás de Chardonnet, 1630).

Resalta evidentemente el valor que san Vi­cente atribuía a estos laicos y laicas dedicados al servicio de los pobres. Ni el Santo especifica la categoría de pobres a los que se debe asistir, por­que ordinariamente tales cofradías debían pensar en «todos los pobres» de un lugar determinado.

El reglamento de la caridad mixta de Maçon afir­ma que esta asociación «tenía por finalidad el ali­vio de todos los pobres de la ciudad, sanos o enfermos -mendiants et honteux-» (X, 635, Re­glamento de la Caridad mixta de Maçon, sep­tiembre 1621).

Un reglamento describe cuánto trabajó san Vicente por la transformación de los pobres, con resultados muy tangibles:

«Uno de los males principales de la ciudad era el desorden en que se encontraban los po­bres. Vivían en una ignorancia tan profunda de las verdades de la religión y se pudrían en unos hábitos tan horrendos que no se les podía mirar sin estupor. El señor Vicente, pasando por Magon, vio él mismo este triste espectáculo; su caridad se sintió conmovida hasta el punto que su celo le hizo buscar los medios para poner re­medio» (ib. 634).

La intención de san Vicente al dar vida a las distintas fundaciones no era simplemente poner remedio a un mal social. Él sensibilizaba a las Damas para que respondieran a las exigencias de la fe.

Siempre fiel a sus principios, san Vicente les propone su idea-madre de la imitación de Cris­to: no basta hacer el bien, hay que hacerlo bien y hacerlo «para honrar e imitar a Jesucristo». Honrar a Cristo «es uno de los principales pun­tos exigidos por esta vocación» (X, 609, Regla­mento de la Caridad femenina de Montmirail, 1″ octubre 1618).

Y tenían que asistir a los pobres tanto mate­rial como espiritualmente, para honrar a Cristo en la persona de los pobres: «La asociación de la caridad se instituye para alimentar a todos los po­bres enfermos del lugar donde se establece, pro­curar que los que están cercanos a la muerte par­tan de este mundo en buen estado, y los que se curen hagan resolución de no ofender más a Dios; también está instituida para honrar a Nuestro Se­ñor en la persona de los pobres; y finalmente, para cumplir su mandato de amarnos mutuamente como Él nos ha amado» (X, 620, Reglamento de la caridad femenina de Folleville, Faillarts y Séré­villers, 26 octubre 1620).

La compañía de la caridad, tanto masculina como femenina, debía, pues, ser una forja de ce­lo y de caridad. San Vicente, definiendo a los pobres como «miembros de Cristo» (X, 588, Re­glamento de la caridad femenina de Joigny, sep­tiembre 1618), transforma la actividad caritativa de las Asociaciones de Caridad en un trabajo apos­tólico de edificación eclesial. He ahí por qué todos los reglamentos de las Asociaciones de Ca­ridad repiten como un estribillo que hay que asis­tir a los pobres tanto espiritual como corporal­mente. Por eso se puede comprender cómo las Damas llegaron a realizar acciones de refinada delicadeza hacia los pobres: desde prepararlos para la comunión dominical hasta darles de beber, cortar la carne y aprovisionarlos de ropa limpia (X, 577s, Caridad femenina de Châtillon-les-Dom­bes, 1617).

d) Las Hijas de la Caridad y la evangelización de los pobres

Las Hijas de la Caridad surgieron originalmente para ayudar a las Damas de la Caridad en el ser­vicio a los pobres. Muy pronto san Vicente se dio cuenta de que estas generosas jóvenes podían realizar una labor más asidua y continuada en fa­vor de los pobres. El fin primario de la nueva com­pañía era principalmente el servicio a los pobres enfermos.

El Reglamento de las Hermanas de Angers di­ce que «la regla le obliga a dejarlo todo, cuando la necesidad y el servicio a los pobres lo requie­ra, ya que es ésta su primera y fundamental obli­gación«.11

El mismo reglamento, más adelante continúa así: «Las dichas Hijas de la Caridad de los pobres enfermos estarán y vivirán en el Hospital de San Juan Evangelista de Angers, para honrar a Nuestro Señor, padre de los pobres, corporal y espiritual­mente: corporalmente sirviéndoles y administran­doles el alimento y las medicinas; espiritualmente, instruyendo a los enfermos en las cosas necesa­rias para la salvación, y procurando que los enfer­mos hagan una confesión general de toda su vida pasada…» (X, 680)

De este reglamento y de otros semejantes destaca la vocación de la Hija de la Caridad: de­dicarse totalmente a los pobres, sirviéndolos en todas sus necesidades, tanto materiales como espirituales. Por tanto, no se trata sólo de curar a un enfermo, de quitar el hambre a un pobre, o de dar el catecismo, sino de restaurar o rehacer en el pobre ya al hombre ya al cristiano.

La idea-fuerza que debía sostener a la Hija de la Caridad en este doble e indivisible servicio a los pobres era el amor a Jesucristo y el deseo de co­municar tal amor a los pobres.

San Vicente mismo, en la conferencia del 11 de noviembre de 1657 a las Hijas de la Caridad, explica claramente la vocación de las Hermanas, invitándolas a hacer las siguientes reflexiones:

«Mirad, mis queridas hermanas, es una gran cosa asistir a los pobres en cuanto a su cuerpo; pero en verdad, ésta no ha sido nunca la inten­ción de Nuestro Señor al crear vuestra Compañía, esto es, que tengáis cuidado sólo del cuerpo; la intención de Nuestro Señor es que cuidéis del alma de los pobres enfermos, y para eso es nece­sario que hagáis estas reflexiones:

-¿Cómo sirvo a mis enfermos? ¿sólo por lo que mira al cuerpo, o por las dos cosas juntas (es de­cir, cuerpo y alma]? Porque, si no tengo intención nada más que de asistir al cuerpo, ¡ay de ml!, es bien poca cosa; no hay nadie, quienquiera que sea, que no pueda hacer otro tanto, un idólatra pue­de muy bien asistir al cuerpo. Un turco, un idóla­tra pueden muy biena asistir al cuerpo. He ahí por qué no era preciso que Nuestro Señor insti­tuyese una Congregación para este único fin, ya que estamos obligados a ello por naturaleza. Pe­ro para el alma no es así. No todos pueden ayu­dar en esto, y Dios os ha elegido principalmente para instruirlos en las cosas necesarias para la salvación. Por tanto, reflexionad:

-En todos los servicios que he hecho a los po­bres, ¿he mirado quizás sólo a asistir al cuerpo? Si no he atendido más que al alimento, a las me­dicinas o a otras cosas que miran al cuerpo, no he cumplido con mi deber» (IX, 917, sobre el ser­vicio a los enfermos, 11 noviembre 1657).

Continuamente repite que las Hijas de la Ca­ridad deben enseñar a los pobres a vivir bien, y asistirlos corporal y espiritualmente.12

El mismo pensamiento se repite frecuente­mente en las conferencias a las Hijas de la Cari­dad: «La Hija de la Caridad no debe tener cuida­do sólo de asistir al pobre enfermo corporalmente; debe, a diferencia de muchas otras, instruir a los pobres. Vosotras tenéis, pues, que llevar a los pobres enfermos das clases de carne: la corpo­ral y la espiritual, es decir, compartir con ellos al­guna buena palabra de vuestra oración, para llevarlos a cumplir su deber de cristianos y a prac­ticar la paciencia. Dios os ha reservado para es­to» (IX, 535s, sobre el espíritu de la Compañía, 9 febrero 1653).

Llega incluso a decir que hay que pensar en el alma del pobre incluso antes que ocuparse del cuerpo (IX, 39, conferencia del 19 julio 1640). To­da la conferencia a las Hermanas del 11 de di­ciembre de 1657 subraya cada vez más este principio: que la Hija de la Caridad debe pensar sobre todo en el alma del pobre (IX, 915-927).

Esta preocupación del Fundador se explica por el hecho de que él se vio principalmente con­movido por la ignorancia religiosa de las pobla­ciones, antes que por sus condiciones materia­les, a las cuales sin embargo se hacía frente con toda solicitud. En el envío de dos Hermanas a la nueva fundación de Ussel, san Vicente las ex­horta a cumplir bien su misión «porque se trata de hacer lo posible para dar a conocer y hacer amar a Dios» (IX, 1028s, avisos a dos hermanas enviadas a Ussel, mayo 1658).

Santa Luisa hacía eco a estos pensamientos de san Vicente: «Su servicio consiste en asistir a los pobres forzados de París corporal y espiri­tualmente, estén sanos o enfermos» (Arch de las HC, Louise de Marillac, Pensées… ms. 59, f. 150).

La santa repetía a estas mismas hermanas las palabras de san Vicente: «Os diré, hermanas mías, que la gente de allí es muy buena, dócil y muy inclinada al bien, pero se encuentra en un es­tado de ignorancia indecible. En esto consiste la grandeza de vuestra misión, porque se trata, efec­tivamente, de hacer conocer la grandeza de Dios, su bondad, el amor que Él tiene por sus creatu­ras, enseñándoles los misterios de la fe y de es­te conocimiento llevarlos a amar a Dios» (ib. ms. 87, f. 225s, Envío a Ussel).

Son muchos los documentos que hablan en este sentido. Santa Luisa escribe en sus apuntes inéditos: «Cuántas personas arrebatadas al pe­cado, cuántas confesiones generales después de largos años de ausencia de la confesión, cuántas muchachas instruidas por las hermanas que dan clases, y cuántas personas y familias (instruidas) mientras llevan el potaje y cuántos herejes con­vertidos, desde que las Hijas de la Caridad sirven en los hospitales…» (SLM, Correspondencia y es­critos, CEME, Salamanca 1985, 826, Inconvenien­tes para la Compañía).

Así pues, también las Hijas de la Caridad fue­ron una institución privilegiada de san Vicente pa­ra evangelizar a aquellos que tenían hambre y sed de la palabra de Dios.

Conclusión general

La literatura vicenciana ha puesto ya suficien­temente de relieve la esencial unitariedad de es­te doble aspecto en la obra de san Vicente: que él no ha intentado mandar a sus misioneros sólo para la predicación de las misiones, ni a las Hijas de la Caridad sólo para la asistencia a los pobres y los enfermos. Todas estas fundaciones, inclui­das las Damas de la Caridad, han sido instituidas con el fin específico de socorrer a los pobres en sus necesidades espirituales y materiales.

Tales conclusiones se ven confirmadas por un importante documento que quizás no ha sido todavía explotado como se debiera. Se trata de la oración fúnebre en honor de san Vicente pro­nunciada por Mons. Enrique de Maupas du Tour, en la iglesia de San Germán l’Auxerrois, el 23 de noviembre de 1660 (HENRI DE MAUPAS DU TOUR, Oraison funébre á la mémoire de feu Messire Vincent de Paul, instituteur, fondateur et supérieur general des Prétres de la Mission, Paris (G. Mé­turas) 1661, 63 páginas).

El orador fue miembro de las Conferencias de los Martes, ocupó la sede episcopal de Puy (1641-1661), luego la de Evreux (1661-1680) has­ta el día de su muerte. Se trata de un amigo y con­temporáneo de san Vicente. El orador se ha de­tenido -quizás con justicia- principalmente en la humildad del Santo y un poco menos en sus em­presas caritativas. Ha intuido que la asistencia prestada por san Vicente consistía precisamente en «dar gratuitamente el alimento espiritual y ma­terial» (o. c. 34) a los pobres. He aquí cómo pre­senta sintéticamente la obra de san Vicente: «A Vicente de Paúl lo ha elegido la mano de Dios pa­ra llevar las tablas de la Ley a su pueblo; es él quien con su celo admirable… ha santificado mi­llones (sic) de almas en las misiones; quien ha pro­curado la ayuda espiritual a provincias enteras arruinadas por los infortunios de la guerra; quien ha salvado millones de criaturas del borde de la muerte, quien ha librado del último naufragio a al­mas infelices…» (o. c. 8s).

San Vicente nos enseña que no se puede te­ner cuidado de los pobres sin comunicarles la sal­vación de Jesucristo. De igual manera, «la Igle­sia puede y debe suscitar y coordinar obras al servicio de todos, pero especialmente de los ne­cesitados«. Estas palabras del Vaticano II parecen perfectamente adecuadas para definir también el pensamiento y la acción de san Vicente (cf. Gau­dium et Spes, nn. 22. 29. 42. 45).

  1. V. C. TAPIE, La trance de Louis XIII et de Richelieu, Pa­ris 1967, 265. Otras obras esenciales: M. D. POINSENET, Fran­ce religieuse du XVllesiécie, Paris 1958; m. vv., Monsieur Vincent témoin de l’Évangile, Toulouse 1990; R TAVENEAUX, Le Catholicisme dans la France classique 1610-1675, 2 vol. Ed. SEDES, Paris 1980; R. P. MALONEY, The way of Vincent de Paul, New City Press, NY 1992 (El camino de Vicente de Paul, CEME, Salamanca 1993); F. BLUCHE (ed.), Dictionnnai­re du Grand Siecle, Fayard, Paris 1990. Muchos trabajos de L. MEZZADRI y de J. M. a ROMÁN presentados en los meses vi­cencianos del SIEV.
  2. «liserait fort injuste de présenter les paysans com­me au milieu de brutes superstitieux… C’est dans la pay­sannerie frangaise -dice muy oportunamente- de tamos que l’Église a trouvé les venus et la piété de saints auten­tiques» (tapié, a. c. 41).
  3. Cf. la obra fundamental de ferté, La vie religieuse dans les campagnes parisiennes (1622-1695), Paris 1962, don­de advierte sobre el clero: «Sans aucune culture, prenant goút aux plaisirs les plus vulgaires, ils ne se distinguaient guére des paysans au milieu desquels ils vivaient», p. 170; cf. también otra obra fundamental: P. blet, Le clergé de Fran­ce et la Monarchie, 2 vol. Roma 1959; P. goubert, La vie quotidienne des paysans frangais au XV1lesiecle, Hachet­te, Paris 1982.
  4. «Ce désir de revenir á la prédication apostolique, de­termina les missions» (UBALDE D’ALENÇON, Leçons d’histoire franciscaine, Paris 1918, 172).
  5. De quien san Vicente habla con simpatía (VIII, 310); cf. 8. du chesnay, Les missions de Saint Jean Eudes, en XVIIe Siècle 41(1958)304-317; id. Les Missions de Saint Je­an Eudes. Contribution á l’histoire des missions en France au XVIIe siécle, Paris 1967.
  6. El primero: IX, 72s, el P. Portail en la conferencia a las Hermanas del 9 de marzo de 1642; segundo: XI, 698- 700; tercero: X1, 94-96, repetición de oración del 25 de ene­ro de 1655; cuarto: X1, 326s, sobre la observancia de las reglas, 17 de mayo de 1658; otras alusiones en la confe­rencia del 6 de diciembre de 1658.
  7. Bula Salvatoris Nostri Domini, 12 de mayo de 1632. El original, ya casi ilegible, se encuentra en los Archivos Na­cionales de París, Serie M, 209; cf. X, 303-320; el párrafo ci­tado, p. 311.
  8. Travailler au salut des pauvres gens des champs, c’est la le capital de notre vocation, et tout le reste n’est qu’accessoire; car nous n’eussions jamais travaillé aux or­dinations, aux séminaires des ecclésiastiques si nous n’eus­sions jugé que cela était nécessaire pour maintenir le peu­ple et conserver le fruit qui font les missions…» (XI, 133).
  9. «Nous avons grand sujet de nous humilier ici, voyant que le Pére éternel nous applique aux desseins de son Fils, qui est venu évangéliser les pauvres et qui a donné cela pour marque qu’il était le fils de Dieu et que le Messie qu’on attendait était venu. Grande obligation que nous avons donc á sa bonté infinie de fui étre associés en ce di­vin emploi et qu’il nous ait choisis entre tant et tant d’au­tres, plus dignes de cet honneur et plus capables d’y réus­sir que nous ne sommes!» (XII, 79 [cast. XI, 3861).
  10. «…On a toujours repu les pauvres passants pour coucher; s’ils sonte venus malades on les a repus, on leur a fourni les alirnents et les médicaments nécesarires, on a eu soin de leur fa/re administrer les sacrements et de les faire enterrer á nos dépens quand lis sont morts» (Coutu­mier de Montmirail, citado por M. R. mathieu, Monsieur Vincent chez les de Gondy, Paris 1966, 179).
  11. «Laquelle (regle) les oblilge de tout quitter quand la nécéssité et le service des pauvres le recquiert, cela étant leur premiére et finale obligation» (Arch. Nac. S 6160, 16; An­gers, 1Q febrero 1640).
  12. Cf. Arch Nac. Serie L 1054, n. 54: Acta de nombra­miento de las primeras Oficialas de las Hijas de la Caridad (con firmas autógrafas de san Vicente y santa Luisa), 8 agosto 1655; Serie L 1054, n. 9, ff. 14s, instrucción sobre los votas de las Hijas de la Caridad.

One Comment on “Espiritualidad vicenciana: Evangelización”

  1. primeramente muchas gracias padre francisco Javier; por amplia literatura y muchísimo para Israel agramòn. ESTOY CONVENCIDO QUE ES PELIGROSO EVANGELIZAR, con el carisma de SAN VICENTE DE PAUL. practicare la obediencia y hare oración con mucho cuidado; y descubrir si tengo el llamado de nuestro señor Jesucristo PARA EVANGELIZAR A LOS POBRES.
    POSTDATA: de los sacerdotes vicentinos que comentaba aprendi: EL CONOCIMIENTO DE DIOS NO ES UN CONOCER POR CONOCER, sino hay que dejar que el señor gobierne nuestros corazones !!!!

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