El señor Vicente, evolución de un santo (VIII)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Shri Juva · Translator: Máximo Agustín. · Year of first publication: 1939.
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corazón8. LA CÁNDIDA EVA

1.El señor Vicente, párroco de Clichy.- 2.La Hermandad del Rosario.- 3.Restauración de la iglesia.- 4.Adios a la parroquia.- 5.En la casa de los Gondi.- 6.La familia.- 7.Beneficio.- 8.Las tierra de los Gondi.- 9.Maestro y maestra.- 10.»El señor Vicente».- 11.Los niños.- 12.El preceptor.- 13.Conducata del capellán; proyecto de duelo.- 14.La más joven de las Silly.- 15.Los dos esposos.- 16.El general de las galeras.- 17.El señor Vicente, director de la condesa.- 18.Caridad.- 19.Folleville; 16.000 libras.- 20.Amistad peligrosa.- 21.La penitente.-22.Reproches de la condesa.- 23.El esposo.- 24.La Madre Margarita Acarie.- 25.Huída del señor Vicente.- 26.Motivos.- 27.Exquisita cortesía.- 28.La leyenda dorada de Chatillon-les-Dombes.- 29.La primera hermandad de Caridad.- 30.El feliz proyecto.- 31.¿Fue original?- 32.Normas de caridad.- 32.Recursos.- 34.Suelo áspero; contrariedades. Éxito.- 35.Modelos ilustres.- 36.La inspiración venida de Francisco de Sales.- 37.La teoría: ideas flamencas y españolas.- 38.San Vicente y el derecho del pobre.- 39.Extensión de la obra.- 40.La mujer y la caridad.- 41.Energía de los Gondi para el llamado del fugitivo.- 42.Los motivos.- 43.La cándida Eva.-44. Celos espirituales.-45. El señor Vicente se rinde.- 46. El triunfador.- 47.Las prisiones.- 48. Capellán General de las galeras.- 49. Una leyenda.- 50- La Congregación de la Misión.- 51. Los «Bons-Enfants» en San Lázaro.- 52.Los héroes de la caridad.- 53. Propagación de la Congregación.- 54. Muerte de la Generala.- 55. El padre de Gondi.- 56. Recuerdo de la Generala.- 57. La etapa de aprendizaje terminada.

1. El señor Vicente, párroco de Clicky. Fue Berulle, este iniciador en Francia del misticismo de su época y director de Vicente de Paúl, quien encomendó la parroquia de Clichy al capellán de la reina Margot, cerca de la capital. Ella se resigno en su favor en 1611,y Vicente tomó posesión en 1612, conservando su antigua residencia en París. Servía a los pobres personalmente y se ocupaba de los jóvenes a los cuales adiestraba en las actividades eclesiásticas.
2. La Hermandad del Rosario. El sacerdote se preocupó de fundar en su parroquia la hermandad del Rosario, dirigida por los Dominicos y muy extendida entonces por las villas y pueblos.
3. Restauración de la iglesia. Su iglesia se estaba hundiendo, su «pueblo» era pobre. Vicente ya tenía en París bastantes protectores y amigos como para no confiar en el éxito de la restauración de la iglesia. Además había en la parroquia algunas casas de campo que pertenecían a gentes de París. Reconstruyó la iglesia en menos de un año, dice una antigua biografía: en realidad, Vicente debió supervisar las construcciones durante largos años, hasta 1625. La pequeña iglesia aún existe, se comunica con otra, más grande, construída hace pocos años. En ella se encuentran recuerdos del tiempo de san Vicente. –El sacerdote amaba a sus feligreses, que eran muy fieles a la confesión. «Creo que el Papa no es tan feliz como un cura en medio de un pueblo de tan buen corazón», dice. –Es así como gastaba la energía sublimada de su alma lastimada. Feliz de poder rehabilitar su ego, encuentra en el éxito la sobrecompensación misma. –Se ha encontrado a sí mismo.
4.Habiendo aceptado, siempre bajo el consejo de Berulle, el cargo de capellán y de preceptor en la casa del general de las galeras del rey, el señor Vicente tuvo que separarse de sus ovejas. Lo hizo con tristeza, leemos en una carta de Vicente, la cual cita Abelly como auténtica, pero que su estilo revela que está falsificada. Redier califica como un cuadro falso la descripción de despedida, lo cual es un poco severo, La tradición debía guardar un fiel recuerdo entre personas unidas por una probada amistad. –Vicente conservó la parroquia como titular durante doce años más; finalmente la entregó a un sucesor. La afirmación de que esto sucedió sin compensación, es un error de Abelly. –Vicente ya no residió más en Clichy, pero esto no quiere decir que todos los lazos fueran cortados. Documentos de fe de bautismo demuestran una continuidad. El señor Vicente siempre fue conocido allí y conservaba sus amistades; de cuando en cuando, volvía.
5. La casa de los Gondi. Algunos han lamentado que el señor Vicente careciera de poesía. Pero su vida no carece de ella. –Su entrada en la casa del general de Gondi, conde de Joigny, que ocurrió en 1613, supuso una suerte a la cual el mundo le debe, indirectamente la fundación de las Hermandades de la Caridad y directamente la de la Congregación de sacerdotes de la Misión – obras de sublimación de un corazón atormentado.
6. La familia La familia italiana de Gondi no habitaba en Francia desde hacía bastante tiempo. Pronto, por intermedio de Catalina de Médicis, los Dondi gozaron de todos los favores en la corte y ascendieron de cargo en cargo, acumulando riquezas. El padre del actual general de las galeras del rey fue el primero en ocupar este cargo. Su hermano fue obispo de París y otro hermano suyo, un día sería nombrado arzobispo de París y primer cardenal de Retz – los dos futuros protectores de la obra de Vicente de Paúl. La hermana, la encantadora marquesa de Maignelay, viuda aún muy joven, era una de las damas nobles de la época, destacadas por su piedad, quienes, entre otras obras de caridad, iban a convertirse en las colaboradoras de san Vicente. Otra hermana era la priora de una abadía.
7. Cargo eclesiástico. El señor Vicente fue dotado de una canonjía por los Gondí sobre sus tierras, donde tenía un suplente. Poco después cedió su parroquia. A continuación sería nombrado prior. Siendo ya superior de la congregación, a penas si podía aceptar los cargos que le fueron ofrecidos, según las reglas de la misma. Si el señor Vicente aceptaba, por ejemplo, ser vicario general de la parroquia de Rouen, cargo que ocuparía durante más de diez años –hasta cerca de 1653, según un biógrafo, pero probablemente hasta 1659- cómo iba a rehuir el ser célebre. La obscuridad de su juventud había pasado: el interés por su familia, también.
8. La tierra de los Gondi. Desde este momento el señor Vicente vivía con la familia de Gondi en su residencia de París o, alternativamente, en los dominios de Joigny (-Burgoña-), de Folleville (-La Picardía-), o Montmirail (-La Champaña- etc.. Trabajaban las tierras siete u ocho mil hombres, y la renta ascendía a más de cien mil libras. Los diferentes castillos atesoraban riquezas inconmensurables en preciosos muebles y en vajillas de plata.
9. Maestro y maestra. Cierto biógrafo opina del general un «hombre digno, pero sin mucha malicia». Sus contemporáneos quizá pensaban de forma diferente. El conde irradiaba con el brillo de un favorito de la fortuna. Su apariencia deslumbraba. Su temperamento bondadoso sedujo a Enrique IV. Brillaba en la sociedad como perfecto caballero; Cosechó sus laureles en el teatro y fue un escrito muy apreciado. A los veinte años se casó con una de las Silly, encantadora belleza, un perfil griego de gran pureza y de una notable finura. Por la expresión de sus grandes ojos, por la dulzura de sus líneas, representaba , como dice Chantelauze, el de una auténtica madonna del Perugino. Añadamos, sin embargo, que nada de su carácter impersonal hallamos en los rasgos seductores de la señora de Gondi, de una francesa exquisitez.
10. «El señor Vicente». Parece que el nombre de ‘Señor Vicente’ llegó a ser familiar, desde que fue preceptor de los hijos de Gondi, por lo tanto desde 1613. «A los amigos se les llama por su nombre», dice a propósito de esto Redier. «Llamándolo de esta forma, se encontraba más cerca del pueblo. Y, además, es su bonito nombre de niño que quería conservar». –Probablemente no lo había conservado ininterrumpidamente. En las primeras cartas conservadas, firma simplemente: «Depaul»; igualmente en la que dirige a su madre en 1610. Las siguientes –y las hay desde 1616- están firmadas: «Vicente Depaul». Es la poesía incansable que encontró en la casa de los Gondi, los primeros sueños inconscientes de santidad, los que le apegan al nombre de amigo y de servidor al mismo tiempo. En la primera carta de aprobación de las Hijas de la Caridad, Paul de Gondi, segundo hijo de la familia, llama al fundador, por dos veces, Paul Vicente. Parece que el prelado había tomado en su infancia ‘Vicente’ por el nombre de familia. Al final del documento, bien se preocupa de poner «Vicente de Paul». –Los sacerdotes y hermanos de la futura congregación del señor Vicente se llamaban todos por sus nombres de familia .

11. Los niños. Es lamentable, también para la historia de san Vicente, que las memorias de Paul de Gondi, después cardenal de Retz, estén incompletas: el comienzo, que abarcaba la juventud pasada en la casa paterna, se ha perdido. –El primogénito debía suceder al padre en sus cargos. El segundo hijo murió siendo joven, en un accidente de cacería para tristeza de su madre. Estaba destinado al servicio de la Iglesia. Ante esta muerte, fue el hijo menor, Paul de Gondi, quien fue obligado, a su pesar, a renunciar a la espada para ser, en su lugar, hombre de Iglesia. – Seguramente el señor Vicente se encontraba ahí cuando nació este hijo menor que llevaba su mismo nombre. Esto sucedió, no en 1614, como afirman varios biógrafos, sino en 1613, según la fe de bautismo. Después del nacimiento de Paul, la madre aún permanecía triste.
12. El preceptor. No debió ser placentero enseñar el griego, el latín y la doctrina cristiana a esta juventud turbulenta. –Aunque el rencor esté mal justificado, el aborrecimiento se contagia, según la ley psicológica, del funesto mensaje del deber convencional al portador de dicho mensaje. La burla, el arma del débil, a menudo no funciona. Pero manifiesta, en una especie de reacción de compensación, la protesta del niño contra la represión del derecho de los más santos instintos, como el de la alegría –la rebelión del alma contra el entendimiento. –El señor Vicente parece darse cuenta de que algo le dejaba insatisfecho en la relación entre maestro y discípulo. «Monseñor», escribirá el anciano el año anterior a su muerte a Paul de Gondi, «le ruego muy humildemente a Vuestra Eminencia que me perdone, si le he disgustado con alguna cosa. He sido tan miserable como para hacerlo sin querer, y jamás lo he hecho por interés». No hace falta decirlo que, cuando se trata del señor Vicente, su antiguo discípulo, ya dignatario de la Iglesia, le honraría , no solamente con su afecto, sino con todas las atenciones de su parte. Paul de Gondi puede muy bien dirigirse a él, según manda la cortesía, en los documentos «nuestro muy estimado y bienamado Vicente de Paul» (38). La excusa de Vicente ,pues, parece referirse a tiempos más lejanos. –La tía de los jóvenes de Gondi, Señora de Maignelay, calificaba a sus sobrinos, mientras sonreía, de verdaderos demonios.
13. Conducta del capellán; proyecto de duelo. El preceptor se proponía, deslumbrado, obedecer a la generala como a la Santísima Virgen, y al general como a Dios, pero espontáneamente, como intuitivo que era. Gracias a su consecuente humildad el señor Vicente se imponía a su medio. –El general se disponía a batirse en duelo, a pesar del disgusto de su esposa, para vengar a un pariente muerto en duelo. Sin embargo aceptará el consejo de su capellán de negarse al duelo y de quedar satisfecho viendo ir al exilio al asesino. «…le digo, de parte de Dios, … que si no abandona este mal propósito, Él aplicará su justicia contra usted y contra toda su descendencia». Éstas son las palabras en los labios de quien está postrado ante usted «con toda humildad». En un futuro próximo el señor Vicente iba a quitar la inclinación al duelo a un señor que había matado a un increíble número de personas. En 1656 el santo se empeñaba muy activamente en los planes de la asociación de la alta nobleza para luchar contra el duelo. Sin duda era el deseo de la cordial Señora de Gondi quien, desde siempre, había mostrado que tal problema lo llevaba en el corazón.
14. La más joven de las Silly. La historia de la hermana menor de la condesa, Magdalena, muestra cuánto de pasión, quizá, se podía ocultar en el corazón de una Silly. –Habiéndose vuelto a casar su padre, Magdalena no se privó de coquetear con el joven marqués, su hermanastro. Esto levantó una polvareda: se le obligó a vivir en la casa de una familia amiga. No tardaron en producirse nuevas intrigas con cierto escándalo y el general se vio obligado a apartar a su cuñada. Por otra parte no era tan bella, pero sí agradable, vivaz, llena de ingenio y la persona más cortés del mundo. En seguida se aburrió junto a su piadosa hermana; Y, aprovechando que la familia estaba en Montmirail, un buen día, se marchó y encontró refugio, finalmente, con las Carmelitas en París. Allí conoció a Berulle, y tan bien simuló su papel de piadosa que las hermanas la tomaron por una santa. La Señor de Rambouillet se engañó como las demás. Durante tres años Magdalena tuvo la precaución de no emitir ningún voto, poniendo como justificación que no se encontraba aún bien preparada. Al cabo de este tiempo, su padre murió, dejándole una inmensa fortuna, lo mismo que a su hermana, Señora de Gondi. En seguida abandonó el convento, con la excusa de que su salud no le permitía cumplir con las reglas. El señor de Fargis, primo carnal del marqués de Rambouillet, un buen hombre, ingenioso y culto, pero voluble, la desposó. Esta Señora de Fargis fue nombrada por Richelieu, basándose en su buena reputación, dama de compañía de la reina. Con gran habilidad cayó en gracia a las dos reinas, entonces enemigas mortales una de la otra. Llegó a reconciliarlas. Richelieu, cuya política era gobernar él por la rivalidad entre las dos princesas, recriminó fuertemente a la Señora de Fargis por este avenimiento. Él afirma en su Diario que formaba con el médico de la reina-madre una confabulación, y a la cual acusaba de arreglar una reconciliación entre ella y el rey. El mayor error del médico fue, según el pensar del cardenal, haberle servido mal en su amorío con Ana de Austria. El cardenal de Retz, comentando el relato, aclara que fue su tía, Señora de Fargis, quien llevó a la reina madre una carta de amor que el cardenal había escrito a la joven Ana. El señor de Fargis, que estaba del lado de Monseñor, inspirador de casi todas las incesantes revueltas, fue hecho prisionero y encerrado en la Bastilla. Se sabe también que María de Médicis, disgustada por la influencia de Richelieu, había agrupado alrededor de ella personajes dispuestos a tumbar al poderoso ministro. La señora de Fargis estaba en la oposición. Después de ser despedida, Richelieu publicó cartas escritas y dirigidas por ella a cierto conde: desde luego, en esta correspondencia hay más de intriga que de amor. Cuando se encontró fuera de Francia, el cardenal le hizo decapitar en una efigie. –El señor de Fargis abandonó más tarde el mundo y entró en la congregación que el señor Vicente había fundado en este tiempo. El hijo de los esposos había muerto en la guerra, y la hija se obstinaba en no dejarse casar, refugiándose en Port-Royal, donde un día llegó a ser abadesa. El padre, un gran señor convertido en un simple hermano coadjutor, meditaba sobre la vanidad de la vida, y edificaba a todos por su piedad.- Los de Fargis nos recuerdan que los personajes de ese tiempo, igual que los de otros tiempos de pasiones, no eran más que el juguete de los impulsos recibidos, confusos o buenos: Son los tiempos de los grandes guías. El señor Vicente fue uno de éstos.
15. Los dos esposos. Los dos esposos de Gondi se amaban con ternura, asegura la historia. Pero las prolongada ausencias del general, así como la delicada salud de su mujer hacían que estuvieran obsesionados por los temores: un matrimonio que no es totalmente satisfactorio, si creemos a Freud, se convierte fácilmente en fuente de estados neuróticos.
16. El General de las galeras. La vida del general estaba llena de peligro. Las galeras ya tenían de qué preocuparse, porque los corsarios y los piratas causaban estragos. Por ejemplo, en 1620, el general de Gondi navegaba sobre la bella Réale para dar caza a los corsarios que habían asolado las costas españolas. Poco después, se ocupaba por el Atlántico en castigar a los hugonotes (49). Las costas francesas estaban sembradas de nidos de corsarios. Los marinos normandos, bretones, gascones, vascos y provenzales propagaban el terror. Las compañías aseguradoras se arruinaron. En Francia se crearon compañías para proteger a los corsarios y participar en los beneficios de las correrías.
17. El señor Vicente, director de la condesa. Durante las frecuentes ausencias del general, su esposa, acostumbrada a manejar la gran mansión con todo esplendor, a dar fiestas, a frecuentar la corte, buscaba, nerviosa, un apoyo para su soledad. Con su humildad insinuante, el señor Vicente se ganó, como de ordinario, la confianza de aquellos de quienes dependía, hasta del mismo personal de servicio. Entre las máximas del señor Vicente estaba la de guardarse bien de entrometerse en las cosas de la casa ni del Estado. –Desde 1614 ó 15, la generala fue su penitente, por intervención de Berulle, ya que el señor Vicente se había negado a ser su director. Junto a la condesa, el tímido y la timorata hasta el escrúpulo, Vicente desempeñaría un papel distinto al que tuvo junto a la ex reina Margarita.
18. Caridad. Habituado desde antiguo al Hospital de la Caridad, Vicente iba a dirigir a esta alma penitente hacia los pobres. Era la primera preocupación entre los poderosos, ya que la fuente de sus riquezas se encontraba en le miseria de los súbditos, que trabajaban como burros, y molestaban a sus amos con complejos inconscientes. –Juntos la generala y el capellán visitaban a los enfermos y a los pobres en sus cabañas perdidas por el bosque, en las tierras de los Gondi. Hizo investigar si los funcionarios eran honestos. La señora de Gondi era dulce y graciosa. Todos los pobres, todos los moribundos la llamaban y ella jamás les negó su asistencia. Los dos, la gran señora y el confesor, cuidaban, instruían, bautizaban, casaban, amortajaban, y enterraban; en cuanto cayó enferma, extenuada, llegó la muerte. El señor Vicente la cuidaba. También a Vicente se le quebró la salud y no se libró más que gracias a su robusta constitución; sin embargo la piernas ya quedaron muy débiles. La mutua amistad fue cara a sus corazones.
19. Folleville; 16.000 libras. Cierto día, esto ocurrió en Folleville, vinieron a buscar al señor Vicente para atender a un campesino moribundo. La generala, según Vicente, y no el capellán –como afirma Abelly- fue quien tuvo la idea de llevar al moribundo a hacer una confesión general, para asegurar su salvación. Hecha la confesión, el anciano le contó a la generala la enormidad de pecados de su vida pasada, y que se hubiera condenado de no haber hecho la confesión. Asustada, porque el enfermo era considerado ‘hombre de bien’, suplicó al señor Vicente que predicara sobre la necesidad de la confesión general el domingo siguiente. Entonces pronunció el famoso sermón de Folleville, en el año 1617. El éxito fue inmenso; las buenas gentes, conmovidas, se apresuraban a cumplir con su deber. Ésta es la primera semilla de lo que llegaría a ser, en las manos de Vicente de Paúl, la Congregación de la Misión, ejemplo de toda misión interior. El día de Folleville, el mismo día de la conversión de san Pablo, fue celebrado más tarde, cada año, como el verdadero aniversario de la fundación de su congregación de la Misión. –Muy impresionada por lo sucedido, la señora de Gondi reservó inmediatamente la suma de 16.000 libras para ofrecérselas a cualquier congregación, que, cada cinco años, aceptara misionar los pueblos ubicados en las tierras de los Gondi.
20. Amistad peligrosa. En esta lucha contra las miserias, la condesa y su director tuvieron muchos recuerdos e impresiones en común, tantos que al director se le turbó la paz. Es comprensible. Este director de un alma muy femenina, muy dócil y teniendo su felicidad en la sumisión, está enredado con la presencia de su penitente, cándida en su irreprochable castidad. Pero ella había encontrado en él algo que le faltaba y que le era suficiente a la mujer: la adoración cuotidiana, y no culpable, de un hombre. Esta inclinación del alma no es peligrosa más que por su inocencia, siempre inconsciente. Se planeaba una catástrofe.
21. La penitente. Bajo la influencia de su director, la condesa, que tenía un carácter bastante brusco, se complacía en humillarse, después de darse cuenta de su falta. Por ejemplo, se arrodillaba ante la sirviente de cámara, para pedirle perdón, etc.. No era solamente su dulzura, era sobre todo su temperamento, que la señora de Gondi transformaba en obras de caridad, sublimando, más o menos bien, sus complejos interiores. Entre éstos, es necesario tener presente ese sordo sentimiento de culpabilidad, debido a la desigualdad social desproporcionada. Este sentimiento está fomentado con la sola presencia del capellán, quien jamás perderá el resentimiento social de las clases inferiores, de las cuales él ha conservado, de buena o de mala gana, la pobreza, pero finalmente a propósito. El pensamiento consciente de Vicente aprueba las clases sociales, sostenidas por la religión: su resentimiento aún es inconsciente para sí mismo.
22. Reproches de la condesa. La señora de Gondi no intenta coquetear ante su capellán. Sencillamente ella es feliz, sin preocuparse de adivinar el interés que le tiene un director cuya riqueza interior le encanta. Pero esta riqueza no es valorada más que según sus propias necesidades indefinidas. La señora de Gondi no tiene más que treinta años, uno más que su director. También él está feliz con esta fácil toma de posesión mental. Es peligroso. A veces él la empuja para que elija otro confesor. Ella debe reconocer que no ha recibido más que bien. Pero vuelve a su querido.
Algunos biógrafos admiran la docilidad de la generala de Gonfi, su caridad, que la convertiría en inauguradora de la obra histórica de su humilde director, futuro fundador de importantes congregaciones. Otros biógrafos son severos; hasta aborrecen a la condesa, como a una persona inquieta que molesta a su director por su demasiado apego y lo exaspera.
Las críticas a la coquetería femenina, este fenómeno de polarización, son un poco severas para la mujer. Ella bien podría ayudar al hombre, pero él no la podría ayudar, según el convencionalismo de una sociedad que el hombre ha creado. El problema de la mujer, su propio instinto íntimo, es el instinto maternal. Su altivez glacial subconsciente hasta la sorprende por sus relaciones con el hombre que la desea. La fría coqueta es la leona ante la guarida donde sus cachorros yacen muertos. En cuanto a las verdaderas aspiraciones de la mujer, la equivocación de Schopenhauer y de sus discípulos es fundamental. La generala era mujer y eso es todo.
23. El esposo. El conde está celoso. –Después de haber corrido mil peligros por las costas enemigas, vuelve a su familia cubierto de honores, considerado como uno de los más aguerridos hombres del reino. Entones, si se ha buscado el origen prepolítico del honor en la elección sexual, debemos constatar que el conde es bien poco recompensado al encontrar a su mujer sumida en la devoción que le ha inspirado un director convertido en indispensable.
24. La Madre Margarita Acarie. Por motivos piadosos, la generala envía a su marido a la Madre Margarita, hija de la Señora Acarie. Viviendo en olor de santidad, era, ante los ojos de los contemporáreos, más venerable que su misma madre, y gozaba de la fama de hacer milagros. Sólo para complacer a su mujer, el general fue hasta la Madre Margarita. Esta predijo al conde, a este personaje de primera línea en el mundo político, celebrado en la corte, su retiro futuro del mundo: en ese momento, según su hijo, el cardenal de Retz, estaba bien lejos de realizar tal vaticinio.
25. Huída del señor Vicente. De repente, durante una de las ausencias del general, el señor Vicente deja plantado su mundo y desaparece secretamente de la casa, hacia el mes de marzo de 1617). Ahí está, ocurrida en silencio, la inevitable catástrofe. –En un papelito comunica a la generala sobre un breve viaje a París. De allí, por consejo de su director Berulle, Vicente se fue a Chatillon-les-Dombes (-hoy Chatillon-sur-Chalaronne). Este curato abandonado en la Bresse le fue confiado. Por medio de una carta de su marido, que se encontraba en Provenza, la generala se enteró, finalmente, de la situación.
26. Motivos. ¿Cómo comprender un eclipse del capellán tan inesperado? Se ha dicho que el señor Vicente no era feliz como preceptor de niños. La política tampoco le sonreía. Aunque la casa de los Gondi estaba libre de intrigas, la familia no lo estaba. Los partidarios, italianos o no, los visitaban a menudo. Pasado el tiempo, Paul de Gondi, el menor, debía arriesgar su cabeza organizando una conspiración contra Richelieu, entre tantas otras, y que fracasó. Después de la muerte del conde de Soisson, Richelieu quizá tendrá la prueba de la complicidad de los dos hijos del general de las galeras en el complot tramado por este príncipe contra la vida del ministro. Esto sucedía en la víspera del exilio de la reina-madre al castillo de Blois a donde había tenido lugar la escapada de Vicente. –Además, la misión de Folleville había determinado la conversión para el mismo señor Vicente, futuro pescador de almas. Mientras tanto, encontraba miles de campesinos en las tierras de los Gondi, cuando Chatillon no contaba 2.000 habitantes.
Para explicar esta súbita desaparición del capellán, los biógrafos sugieren que la perfección de la generala estaba en juego. «Desconfíen de los confesores más que de cualquier otra persona», advertirá el señor Vicente más tarde a sus Hijas; «…porque se contrae una tal unión entre el confesor y su penitente…que, a menudo, lo que había comenzado por un motivo de caridad, se cambia en una cierta amistad basada en la carne y en la sangre» –Efectivamente, es fácil ver por qué Berulle consiente inmediatamente esta extravagancia de un director, que él mismo había recomendado a la noble familia: se trataba, sobre todo, de la propia perfección del señor Vicente.
Basándose tanto en su experiencia personal, como en la de otros, un día aconsejará a las Hijas de la Caridad apartarse de un lugar en el que sentían gran apego con su confesor. «Mis hermanas, les dice, estén seguras de que, cuando ustedes sienten pena al cambiar de confesor, ustedes están apegadas, y dicen: «Estoy presa; sin duda el diablo me tiende una trampa para perderme». O bien: «…se mantienen coloquios con los confesores fuera de la confesión, se pasa el tiempo hablando de cosas que no son ni urgentes ni necesarias, pero se hace por conversar. ¡Oh! Cuídense, mis hermanas. Y les digo lo mismo a los confesores, para que vean». En efecto, el acento convencido lleva el testimonio no sólo de su larga experiencia de la vida, sino de su propia experiencia: «Complacerse en charlar con…los sacerdotes, repite a la Hijas. Huyan de éstos, porque, bajo la excusa de la piedad, intentan su propia satisfacción y de ordinario se comienza con buenas intenciones, así parece, tanto en uno como en la otra persona. El afecto comienza, poquito a poquito, por lo espiritual. Hasta que se le confiesa y le dirá: «Padre, en nombre de Dios, se lo ruego, piense en mí; ayúdeme a conseguir la perfección; dígame qué debo hacer dándome toda». Y esto es bueno. El confesor le dirá: «Lo haré, me preocuparé de mostrarle mi afecto». También al decir esto, el pobre confesor no piensa en nada malo. Mis hermanas, este pequeño deleite de palabras, que ha comenzado por lo espiritual, poco después se convierte en sensual y sólo este confesor, en el mundo, puede satisfacer. «Cualquier otro no me inspira nada; tal otro no me satisface». Luego, uno se encuentra, poco a poco, atrapado por la carne. Puede ser que el mal llegue por el confesor. Muy a menudo la hija no encuentra otro de su agrado; ella quiere este confesor, y el confesor quiere a la hija; ella dice: «Siento cierta satisfacción con mi confesor». Es indispensable al precio que sea… En cuanto ustedes sientan cierta atracción por un confesor, abandónenlo; si no él las desorientará «. El señor Vicente continúa aconsejando la mortificación: (abandonar a tal confesor…) «Es uno de los más grandes sacrificios que ustedes pueden ofrecer a Dios, por el cual ustedes se libran de una trampa satánica. Sí, hermanas mías, esto es un acto virtuoso, alejarse de una persona a la que se sentían apegadas. Pero ustedes deben hacerlo, hermanas mías, porque tienen el gran compromiso de la castidad. Y no querría comentar, hermanas mías, sobre el confesor, si continúa confesando a la persona que él sabe siente afecto por él. Sí, hermanas mías, la castidad de estas personas está a la deriva». –También los sacerdotes reciben los consejos de su superior: ¡es peligroso tener devotas! «Hay que temer por la Compañía allí donde hay de estas devotas que alaban la buena conducta del confesor al que abren su corazón y su conciencia. ¡Oh, qué apego!». –En la persona de la generala, el señor Vicente, confundido, había encontrado a Eva: Era necesario cortar tajantemente; era más fuerte que él.
Vicente, con su escapada, ¿tuvo en mente «la genialidad» de convertirse en amo de los poderosos Gondi?. A pesar de las 16.000 libras que estaban esperando la mano que las recibiera, esta hipótesis es contraria a la confesión que Vicente hace a los parroquianos de Chatillon: que nunca había pensado en abandonarlos, y también por el hecho de haber advertido al general sobre su ausencia, tiempo después de su marcha: cuando ya estaba actuando como cura párroco. En su consternación, verdaderamente se estaba jugando su carrera.
27. Exquisita cortesía. La escapatoria del capellán, sin decir una palabra, bien puede ser juzgada por la historia como una villanía. Sin embargo, esta especie de desaparición debía ser apreciada de una manera diferente en el pasado y hoy. Tenemos ejemplos en la sociedad escandinava del siglo XVIII, que, en diversos aspectos, sufrió la influencia de las costumbres francesas contemporáneas, aceptada como modelo de Europa. La profesora A. Söderhjelm nos ofrece sus investigaciones en cartas de esta época. Se consideraba como un gesto de lo más delicado hacia la persona amada, el evitarle el sufrimiento de la despedida. Y es tan conmovedor como curioso constatar con qué finura se evitaba esta escena emotiva. Estos esfuerzos para evitar la despedida se repiten sin cesar en la sociedad aristocrática y en la corte: era el más alto detalle de cortesía. El señor Vicente, así como los sacerdotes de su futura compañía, en consecuencia, se marcharán más de una vez a escondidas, para evitar los agradecimientos, o la tristeza de las personas que abandonaban. Después de que algunos funcionarios de una ciudad rindieron grandes honores a su bienhechor, el señor Vicente tuvo que reconocer: «…me vi obligado a marcharme a escondidas para evitar los aplausos». La discreta desaparición se consideró de buena educación también en la Francia del siglo XVII: «No le he comunicado mi partida», escribe Vicente un día a Luisa de Marillac, «por esto… sentía pesar al molestarla dándole la noticia».

28. La leyenda dorada de Chatillon-les-Dombes. En Chatillon, Vicente desplegaba una actividad febril: la sublimación se llamaba en otro tiempo simplemente ‘huir de la quema’. Se las sabía todas. –Fue una temporada de más o menos nueve meses en la región. Los cinco meses que solamente cuentan Coste y Abelly están en contradicción con ciertos documentos. Coste admite, en efecto, en otro lugar, los nueve meses reales de la permanencia del señor Vicente en Chatillon. Un lapso de tiempo de cinco meses solamente haría comprensible la explicación de la conducta de la generala, que no reaccionó hasta muy tarde ante la fuga de su director. Pero hay que atenerse a los hechos: llegada del señor Vicente a Chatillón alrededor de la cuaresma, entrega de la parroquia a favor suyo en el mes de abril. Lo que sucedió al final de julio fue su toma de posesión. Terminaría su exilio hacia Navidad.
Este breve tiempo debía dejar en la historia del lugar marcas imborrables. Lo vemos, por ejemplo, en la conmovedora carta que dirige al señor Vicente, treinta años más tarde, un niño de entonces, hijo de una familia feliz, antiguamente hugonote. Siendo ya mayor y su único hijo queriendo abandonar el mundo, siente el recuerdo de su conversión y por ello se siente feliz.
A la llegada del señor Vicente a Chatillon, hacía casi cuarenta años que los curas beneficiarios no residían ya en su parroquia. El relajo era total. El señor Vicente convirtió a los católicos y a los hugonotes; la gente acudía a confesarse, hasta de los lugares vecinos. Puso orden en la vida de la Iglesia y encaminó a los sacerdotes descarriados a llevar una vida ordenada en comunidad. Nada más conmovedor que esta nueva leyenda dorada de un señor, duelista empedernido y temido, quien, convertido por el señor Vicente, reparte todos sus bienes entre los pobres, y rompe, finalmente, su última atadura, su querida espada, en honor de su Salvador. Murió siendo capuchino. –Rodeándose de colaboradores, Vicente visitaba las escuelas, impartía el catecismo, y se consumía totalmente por su parroquia, de tal forma que se hablaba de sus obras como de las de un santo. –He ahí otros tantos actos de sublimación de una pasión que iba neutralizándose.
29. La primera Hermandad de Caridad. El episodio de Chatillon marca una fecha en la propia historia de Vicente de Paúl. Allí fundó una cofradía, o hermandad de la Caridad, la primera de esos centros de asistencia espiritual y corporal para los pobres, con las atenciones de laicos piadosos, mujeres y hombres.
He aquí la historia del nacimiento de la primera Caridad. Esta historia descubre, como de ordinario cuando se trata de obras vicencianas, la iniciativa de una mujer. La señorita de la Chassaigne, una de las parroquianas, avisó al señor Vicente, como él lo contará más tarde, de que había un pobre enfermo en una granja en penosas circunstancias. Por el ruego de la señorita, el sacerdote exhortó a los parroquianos a llevarle su auxilio. Lo pidió con tal vehemencia que todas las señoras se sintieron conmovidas. Salieron del pueblo más de cincuenta para visitar al enfermo. Vicente encontró a las mujeres en grupos, y Dios le inspiró la idea de, si no se podría reunir a las buenas señoras y exhortarlas a entregarse a Dios para servir a los enfermos. –Era la fiesta de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora en 1617, cuando san Vicente reunió la hermandad de mujeres caritativas de su parroquia.
Vicente se preocupó, también, de que su nueva hermandad fuera aprobada. Las reglas de la primera Caridad que fundó el santo fueron el magnífico prototipo de todas las Caridades siguientes.

30. El feliz proyecto. El estudio de los reglamentos de las Caridades del señor Vicente revela perfectamente que éstos repiten el primer reglamento. Pero lo hacen de una forma flexible: a las personas no les gusta repetir lo viejo, aclara el señor Vicente bonachón. «Casi les resulta molesto, cuando se les dice: en otra parte lo hacen así». –Las reglas tuvieron en seguida una madurez, que llama la atención. Las primaras damas se sintieron orgullosas de pertenecer a la hermandad. El obispo dio su aprobación. Ana de Austria se iba a ocupar de la Caridad de Fontainebleau. –San Vicente y santa Luisa difundieron la imagen de «El Señor de la Caridad», con la inscripción «Deus caritas est»; existe desde 1642-66 (106).
Una caridad de hombres dejaba en manos de las mujeres el cuidado de los enfermos, colaborando con el médico. Los hombres se ocupaban de los pobres protegidos. También había Caridades mixtas. Sin embargo, aprendido en la experiencia, Vicente resolvió no ocuparse más que de las Caridades exclusivamente femeninas, las cuales no corrían peligro de fracasar. Los hombres quieren apropiarse enteramente de la administración y las mujeres no pueden soportarlo, afirma el señor Vicente. «La experiencia nos ha hecho ver que es absolutamente necesario que las mujeres no dependan en esto de los hombres, sobre todo en lo referente al bolsillo»,escribe en 1630. En este aspecto no se puede decir nada en contra de la administración llevada por las mujeres, pues son cuidadosas y confiables. Las Caridades se fusionaban, aquí y allá, a otras hermandades, a la del Santo Nombre de Jesús, entonces muy extendida, a la del Santísimo Sacramento, fundada en 1632 y de la cual fue miembro el señor Vicente, y, en Clichy, a la de antigua hermandad del Rosario, iniciada en otro tiempo por el señor Vicente. Sin embargo, Vicente, aunque supo mostrarse condescendiente en ocasiones, con toda seguridad también, no consintió en cambiar las reglas.
La dirección de las Caridades estaba cuidadosamente asentada. Los actos diarios de cada uno de los miembros recordaban los de personas que viven en comunidad: oraciones, eucaristías, lectura, práctica de las virtudes cristianas, examen de conciencia, etc. Se podrían comparar con las reuniones activas de la tercera orden franciscana. –El santo se cuidó de que las Caridades de distintos lugares fueran visitadas; sus Damas de la Caridad, llamadas del Hotel Dieu, fundadas poco después, se ocuparían de ello.
31. ¿Fue original?. Fue entonces, según los biógrafos, la primera vez que se organizaron las visitas a los necesitados a domicilio. Bougaud puede calificar la Caridad de san Vicente «… un Hotel Dieu a domicilio, atendido por damas laicas». –La hospitalidad nocturna simplemente fue establecida por él, se puede pensar: pero es un error, como vamos a ver. Se ha comprobado que el señor Vicente, en su lucha contra la pobreza, se adelanta a su tiempo en dos siglos. –Pero no está él solo. Comparemos las prescripciones que fija el señor Vicente para sus Caridades y algunas otras iniciativas humanitarias de la época.
32. Normas de caridad. He aquí lo que prescriben, entre otras normas, las reglas de las Caridades de San Vicente: a las personas capaces hay que adiestrarlas y buscarles trabajo. Los niños también serán ocupados en un oficio en cuanto lleguen a la edad adecuada. También las niñas serán ubicadas donde puedan ganar su vida. Se recomienda el oficio de tejedor, o ,igualmente, se montará una fábrica de prendas de lana, y progresar así. Los jóvenes pobres vivirán y trabajarán en una fábrica, bajo la dirección de un eclesiástico y de un maestro obrero; después ellos mismos enseñarán gratuitamente su oficio a otros niños pobres. También se ocuparon en la instrucción de la juventud en general. Todo esto es lo que hizo el señor Vicente desde Chatillon les Dombes, donde encontró, además, el terreno preparado, sin duda por la provocación de los hugonotes. – A los pobres inválidos se les daba cada semana lo que necesitaban para vivir. A los que no ganaban lo suficiente, la asociación les proveía de lo necesario. Los miembros de la hermandad debían velar por las necesidades de los niños, de los huérfanos, de las viudas, de los pobres vergonzantes, de los inválidos, de los enfermos. Igualmente ellas, las damas, «se ocuparán de visitar los pobres prisioneros para llevarles alguna limosna, consolarlos y obligarles a mudar de camisa cada domingo» Los miembros de la Caridad hacían enterrar a los muertos con todo decoro a expensas de la hermandad. Los pobres estaban obligados a asistir a la misa primera todos los días, asistir a la clase de catecismo, y de confesarse y comulgar con regularidad. Se les visitaba dos veces por semana. Había una lista a seguir, y quedaban borrados de la misma quienes habían salido de la miseria. A los que estaban en buen estado, para no favorecer la pereza, no se les daba más que el salario de su trabajo. A los pobres vergonzantes se les socorría con discreción. A los que se les conseguía mendigando durante la semana, o que daban motivos de queja por su comportamiento, no se les daba nada el domingo siguiente. Los pobres de tránsito eran hospedados una noche y despedidos por la mañana con una pequeña cantidad de dinero).
33. Recursos. Por ejemplo: en una ciudad, la Caridad tenía que atender y proveer a 200 familias pobres, además de los mendigos. -¿Dónde conseguir los medios para asistirlas? Cada habitante del lugar daba su limosna semanal y las rentas de los hospitales ayudaban a pagar los gastos. El clero y los ciudadanos acomodados se comprometían a dar anualmente dinero, trigo, vino, madera y ropas. Se aceptaban donaciones y edificios. Se les pedía a los fieles que no olvidaran las Caridades en sus testamentos  A la misma institución se le aplicaban ciertas multas; se adquirió el derecho de participar en los organismos de la ciudad. El señor Vicente recomienda reducir el lujo, la comida y el juego. Periódicamente se hacían colectas tanto en las iglesias como en la ciudad, etc. Se habían colocado cepillos y recolectores en las iglesias, tiendas y hospederías. La colaboración mínima de cinco soles (moneda antigua) no es desconocida para Vicente. El producto de ciertas multas se destinó a la caridad de algunos lugares. La Señora de Gondi cedió a la obra el producto de algunos impuestos. Se poseían ovejas y vacas y se repartían entre los asociados, quienes las alimentaban para el provecho de la asociación: aunque hubiera llegado a sacerdote, el señor Vicente no se había olvidado de ser un excelente campesino. –Se disponía de un granero y un depósito para las limosnas voluntarias; traían granos, pan, legumbres, ropas, leña, juegos de vajilla, vestidos, camas, etc.
34. Suelo áspero; contrariedades. Éxito. Los mendigos llenaban todos los lugares –poder espantoso que provocaba desórdenes; gentes que se podrían en vicios criminales y que molestaban a los ciudadanos. Las Caridades procuraban poner fin a la mendicidad. Hasta el mismo París, tan civilizado, había luchado contra esta plaga.. La creación de talleres públicos en la capital había terminado en fracaso; el envío de los mendigos al ejército limpiaba las calles solamente de jóvenes sanos y esto por un tiempo.
El proyecto genial del señor Vicente sorprendía por su novedad. «…todos se reían de mí», cuenta él a propósito de fundar una gran Caridad, «y me señalaban con el dedo en la calle; pero, cuando la cosa estuvo en marcha, lloraban de alegría». Felicitan al creador de esta obra: «Usted es, señor, la causa de todos estos bienes y es el primer motor, después de Dios». El mismo Vicente está muy satisfecho de los buenos resultados: las Caridades «hacen maravillas, por la gracia de Dios», dice en una carta. Un reglamento de Caridad finaliza con la expresión de alegría del señor Vicente, diciendo: «los ricos ganarán un millón de bendiciones en este mundo y la vida eterna en el otro; los pobres son educados en el temor de Dios, enseñados a ganar su vida y asistidos en sus necesidades; y, finalmente, las ciudades liberadas de muchos holgazanes, todos viciosos y se beneficiarán con los trabajos de los pobres».
35. Modelos ilustres. Este aspecto nuevo, atrevido, que instauraron las Caridades en la vida de la Iglesia, los reglamentos tan sabios desde el primer momento y tantos hechos sobre los cuales han insistido los biógrafos. Todo esto, sin embargo, tenía sus antecedentes.
Cierto biógrafo admite que Vicente de Paúl bien pudo tener modelos al crear la primera Caridad. –Efectivamente, las religiosas de la tercera orden de San Francisco de Asís cuidaban los enfermos en los hospitales de Francia desde el siglo XVI.
Lallemand señala al hospital de la Caridad en Roma como un modelo de las Caridades vicencianas. Es cierto, el primero de los modelos de Vicente, porque hay varios, fue la Carità de Roma. «Dicha hermandad se llamará la hermandad de la Caridad, a imitación del hospital de la Caridad de Roma», reconoce explícitamente el señor Vicente, en el reglamento primitivo.
La Roma de los tiempos jóvenes del señor Vicente podía proporcionar también otros ejemplos. Existían asociaciones laicas de Carità desde la edad media, etc., que se multiplicaron hasta el siglo XVIII. Sus miembros llevaban a cabo diversas obras de beneficencia.
36. La inspiración venida de Francisco de Sales. En lo referente a la creación de Caridades, es necesario, ante todo, fijarse en el ejemplo de San Francisco de Sales. Estudiaba a Erasmo y conocía los movimientos de caridad venidos de los Países Bajos. La importancia de las primeras religiosas de la Visitación para la fundación de la Hijas de la Caridad de Vicente de Paúl salta a la vista: los biógrafos apenas si lo ocultan. Pero, propiamente hablando, esta influencia se hace sentir mucho más pronto en las fundaciones de Caridad. Además, el santo obispo proclama claramente el programa de las Caridades, al decir: «Así, entre los servidores de Dios, unos se dedican a cuidar a los enfermos, otros a socorrer a los pobres, otros trabajan en la catequesis de la doctrina cristiana entre los niños y otros en recuperar las almas perdidas o descarriadas».
37. La teoría: ideas flamencas y españolas. El padre de las Caridades también parece haber conocido influencias literarias). Hacia mediados del siglo XVI se conocen intentos de organizar servicios públicos de socorro en los ayuntamientos flamencos y entre las poblaciones españolas. Entre los humanistas de quienes se publicaron sus obras en los Países Bajos y en España, el nombre más conocido era Vives. Había pasado largas temporadas en Brujas y era amigo de Erasmo. Durante mucho tiempo siguió las ideas de la reforma. Vives redactó sabias medidas a favor de los pobres: compárenlas con las que recomiendan sus sucesores, con las reglas citadas más arriba de las Caridades vicencianas. –El siglo XVII no camina de espaldas a los humanistas.
38. San Vicente y el derecho del pobre. San Vicente de Paúl admira la pobreza. Reconoce estar impresionado por la bella fórmula de los religiosos hospitalarios de Italia: «Yo, fulano de tal, hago voto de servir a nuestros señores los pobres». Dice a las hermanas: «Ustedes sirven a Jesucristo en la persona de los pobres. Esto es tan verdad como que nos encontramos aquí». –»Dios ama a los pobres», repite, y se le escapa una confesión revolucionaria: «Los pobres nos alimentan; pidamos a Dios por ellos». Porque, es en esta pobre gente donde se conserva la verdadera religión, una fe viva; ellos creen con toda sencillez, sin buscar cinco pies al gato; sumisión ante las órdenes, paciencia en la miseria extrema y en sufrir cuanto le agrade a Dios». –Espíritu católico, el señor Vicente actúa, en relación con los pobres, conforme a los principios de los humanistas y de la Reforma. El interés por su propia salvación no le sirve más que para racionalizar su intuición del derecho del prójimo y del instinto de la caridad.
Un jesuita escribía en 1643 que París era la ciudad real de la caridad; y sus damas y doncellas de honor eran estas nobles y virtuosas damas e hijas de las Caridades. Por la fundación de esta institución vital, seguida de otras semejantes, san Vicente de Paúl fue el organizador de las obras de auxilio público, hasta entonces endebles y dispersas.
39. Extensión de la obra. Después de las treinta primeras Caridades fundadas durante los cuatro primeros años, la institución se difundió rápidamente por todo el reino. Algunas relaciones dan testimonio de la importancia que tuvo en el momento. En 1629, la capital estaba conquistada: seis Caridades en dos años. –Tras las huellas de los lazaristas atravesaron las fronteras de Francia.
La Revolución suspendió todas las instituciones católicas, pero las Caridades resucitarían y llegaron a un extraordinario florecimiento hasta nuestros días, bajo diversos nombres. Son demasiado numerosas para ser nombradas a todas aquí. En 1833, algunos jóvenes, motivados por el celo de Ozanam, se unen fraternalmente, con el fin de conservar su fe cristiana en medio de los horrores que invaden la sociedad. Se propusieron la práctica de la caridad con los pobres, como un medio de alcanzar el fin propuesto. Se reunían semanalmente con un fin piadoso y práctico a la vez. Hacían una colecta entre ellos y visitaban personalmente a sus pobres. En cincuenta años, el número de estas «Conferencias de San Vicente de Paúl» –parecidas a las antiguas Caridades de hombres, finalmente prósperas- se elevó a la cifra de cuatro mil, repartidas por todas las partes del mundo. –En 1840, una mujer bondadosa, la señora Le Vavasseur, hizo renacer la hermandad original de las Caridades de mujeres. Se ha conjeturado, que era más bien la continuación de otra asociación de caridad vicenciana, fundada posteriormente bajo la inspiración de la señora Goussault. Esto parece poco probable. En efecto, los miembros de esta «Obra general de los pobres enfermos de las Damas de la Caridad de San Vicente de Paúl»,también llamadas brevemente, «Damas de la Caridad», son «verdaderas siervas de los pobres», quienes vuelven a tomar el apelativo de «Damas de la Caridad», llamadas del Hotel Dieu. La obra cuenta con más de 2.500 filiales, extendidas por el mundo entero. Ha conseguido resultados grandiosos, tanto en Francia como en una gran cantidad de países europeos, en Egipto, en América del Norte, del Sur y central. Los superiores de los padres lazaristas y las de las Hijas de la Caridad son sus directores y directoras; su reglamento es la compilación de los reglamentos del gran siglo XVII.
40. La mujer y la caridad. El señor Vicente vio rápidamente que, para la obra de caridad, las mujeres valían mucho más que los hombres). Las mujeres se adaptaban naturalmente a su dirección, mientras que la mayor parte de los hombres piadosos declaraban su independencia. Con respecto a la mujer, posesión –aunque posesión espiritual; con respecto al hombre, rivalidad –aunque en el ámbito espiritual- ésta era la actitud hacia su entorno que tomaba, a menudo, un hombre cuya grandeza empujaba desde el suelo real de sus instintos.
San Vicente popularizaba, centralizaba la idea cristiana de que es necesario ayudar al prójimo. Estaba consciente de que los pobres tenían sus derechos –concepción inaudita en la época; también estaba consciente de cuánto se aburrían las damas en el ambiente de la vida mundana. Su círculo de amistades se componía de una gran parte de mujeres, cuya suerte era un drama, donde luz y sombra constituían un contraste impresionante, con días oscuros, como un cuadro de Caravaggio. El santo las consideraba entregadas a Dios; las reunía para darlas más adelante a los pobres. Él sabe lo que quiere: ya en el momento de fundar la primera Caridad, la de Chatillon, este maestro sabe aplicar a la hermandad la promesa y la amenaza del Señor, según el Evangelio, con todo el peso que le confiere la autoridad de un san Bernardo, uno de los maestros predilectos de san Vicente, quien se apoyaba sobre las mismas palabras del Señor. «Es él mismo quien nos asegura por su boca», leemos en las reglas de la primera Caridad, «que serán los que aliviaron a los pobres quienes escucharán, en el día temible del juicio, su dulce y agradable voz: ‘Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino que os tengo preparado desde el comienzo del mundo’; y, por el contrario, aquellos que no se han preocupado en absoluto, serán alejados de él con estas duras y terribles palabras: ‘Malditos, apartaos de mí; id al fuego eterno que está preparado para el diablo y sus secuaces’».
La Caridad primitiva de Chatillon se puso bajo el patronazgo de la Madre de Dios: como un recuerdo inconsciente de la pasión de Vicente por la mujer a la que había obedecido como a la Sanísima Virgen.
41. Energía de los Gondi para el llamado del fugitivo. Instalado como párroco, el señor Vicente le escribe al general, al fin, después de una ausencia de varios meses, para informarle que había renunciado al cargo de capellán. Inmediatamente el señor de Gondi se pone a la tarea de llamarlo. Según una carta dirigida a su esposa, y cuyo original sería curioso verlo, el general escribía: «Me encuentro consternado por una carta que me ha escrito el señor Vicente y que yo se la remito, para ver si aún hay remedio a esta desgracia que sería para nosotros al perderlo. Estoy sumamente extrañado de que no os haya informado sobre su determinación, y de que usted no lo haya previsto. Le ruego que ponga todos los medios para que no lo perdamos. Porque, aunque la razón que alega fuera verdad (su pretendida incapacidad), no la considero en absoluto, teniendo yo una razón más fuerte, como es mi salvación y la de mis hijos, a la cual yo sé que él me podrá ayudar en gran manera, y a las resoluciones que deseo tomar, hoy más que nunca, y sobre las cuales os he hablado a menudo». Aquí hacemos un paréntesis. Admitida la autenticidad de la carta, el general debe aludir, en primer lugar, a una resolución de apoyar la fundación de su mujer. Abelly, sin embargo, parece sugerir aquí la idea del general de abandonar el mundo. Esta inspiración debería madurar bajo otra estrella, la de quien la había provocado. Esta idea del general aún la ignoraba su esposa en el momento en que ella hacía su testamento, como podremos comprobar. Continúa la carta: «Aún no he dado respuesta (a la carta recibida) y esperaré vuestras noticias antes de hacerlo. Piense en la mediación de mi hermana… que no está lejos de él, sería oportuna, aunque creo que no hay nadie más influyente que el señor Berulle. Dígale que aunque el señor Vicente no tenga el método de enseñar a los jóvenes, puede tener un hombre bajo su dirección, y que de todos modos yo deseo vehementemente que vuelva a mi casa, donde vivirá como guste, y yo, un día, seré hombre de bien, si él está en mi compañía» –Esta carta bajo la pluma de un hombre que aún no se había convertido- nos da que sospechar, en una época en la que tantas historias y cartas son falsas). –La carta nos la ha transmitido Abelly. Ahora bien, este biógrafo muy a menudo da señales de poco sentido histórico  y altera constantemente las cartas que cita. «Bastantes son hasta casi irreconocibles, hasta tal punto han sufrido correcciones», atestigua el señor Coste. –Referente al detalle dado en la carta, Abelly puede tener interés en insistir sobre el motivo del señor Vicente para dejar su cargo de preceptor: la de no dominar «el método» de enseñar. Aunque el mismo santo lo haya atestiguado nos parece raro que el conde haya aceptado este motivo como válido. Desde su juventud, y durante largos años, el fugado casi no había hecho más que esto, y con éxito.
La generala dijo a una persona de su confianza en esta ocasión: «Jamás lo hubiera pensado; el señor Vicente habiéndose mostrado muy caritativo con mi alma para abandonarme de esta manera; pero, alabado sea Dios, no lo acuso de nada: sin embargo su alejamiento es bien extraño; confieso que no veo ni gota; él sabe la necesidad que yo tengo de su dirección, y los problemas que tengo que comunicarle; los sufrimientos espirituales y corporales que he pasado ya no tienen apoyo; sin su consejo me es imposible hacer todo el bien que deseo en mis pueblos. En una palabra: veo mi alma en un estado muy lamentable. Usted ve con qué disgusto me ha escrito el señor general sobre el bien que hacía en mi casa, que mis hijos se deterioran día a día, que el bien que hacía en mi casa y a siete u ocho mil almas que viven en mis dominios, ya no lo hará más. ¿Qué? ¿acaso estas almas no fueron tan redimidas por la preciosa sangre de Nuestro Señor, como las de Bresse? ¿No le son igualmente amadas? En verdad no sé cómo entiende esto el señor Vicente; paro me parece que es de tal importancia como para hacer lo posible de recuperarlo; sé que no busca más que la mayor gloria de Dios, y yo no quiero desviarlo de hacer su santa voluntad; pero le ruego con todo mi corazón, que me lo devuelva; se lo pido a la santa Madre y se lo pediría con mucha más fuerza si mi interés personal no estuviera unido al del general, al de mis hijos, al de mi familia y al de mi súbditos» –La generala se siente paralizada hasta en sus obras de caridad que había emprendido anteriormente con tanto entusiasmo: la fuente de la primitiva y fructuosa energía, el aprecio de una persona del otro sexo, ya no estaban allí.
La diligencia testimoniada por el general a propósito de un suceso ocurrido mucho tiempo antes nos coloca ante la pregunta de saber si él quería prevenir de ello a su mujer. Pero ella no se apresuró en el problema. ¿Acaso no escribió a su esposo durante meses, ya que parece que no fue avisado de la desaparición del capellán? ¿ni siquiera había mencionado el hecho? Pensamos más bien, que no quería tomar medidas antes de conocer el pensamiento, quizá provocado por ella, que tenía su marido sobre el asunto. Tuvo tiempo suficiente de comunicarse con su marido para informarle que su orden estaba dada para llamar al señor Vicente. Porque resulta extraño el hecho de que la condesa no parece haberse comunicado con Berulle en el pasado. Y al menos seis meses después de la marcha de su director, ella se deshacía, basada en la respuesta de su marido (recibió la carta de éste el 14 de septiembre) en sus razonamientos y en sus cartas, en lamentaciones verdaderamente desgarradoras. «No estaba equivocada, escribe al señor Vicente, al tener miedo de perder su ayuda… La angustia en la que me encuentro me sería insoportable sin una gracia extraordinaria de Dios, que no merezco. Si no fuera más que por un tiempo, no tendría tanta pena; pero cuando pienso en todas los momentos en que tendré necesidad de su ayuda, de su dirección o su consejo, sea en la muerte o en la vida, mi angustia se renueva. Juzgue, pues, si mi alma y mi cuerpo pueden soportar mucho tiempo este dolor… El señor Berulle me ha prometido escribirle; ruego a Dios y a la Santísima Virgen para que usted vuelva a nuestra casa, por la salvación de nuestra familia y de muchas otras, hacia quienes usted podrá practicar su caridad… Si después de todo esto usted me rechaza, lo acusaré ante Dios de todo lo que me suceda y de todo el bien que dejaré de hacer, por no estar bien asistida. Usted me pone en peligro de estar en lugares privada de los sacramentos, con las pocas personas capaces de ayudarme. Usted se da cuenta de que el Señor general tiene el mismo sentimiento… No se oponga al bien que usted puede hacer ayudando a mi salvación… Yo sé que, no sirviendo mi vida más que a ofender a Dios, no es peligroso de dejarme a la suerte; pero mi alma debe ser asistida en el momento de la muerte. Acuérdese de la aprensión en la que me vio durante mi última enfermedad en un pueblo; me encuentro ahora en un momento casi peor que entonces; sólo el temor de caer en ese estado me haría tanto daño, que no sé si, sin la gran preparación de entonces, me pueda causar la muerte.»
42. Los motivos. En gran parte, esta carta es pura literatura: nos encontramos en la época de las ambiciones literarias en forma epistolar de Madame Sevigné. La generala lamentaba su causa y la de su casa. Le disgustaba la incómoda situación tan poco halagadora como era la huída del capellán de la familia. Inconscientemente, deseaba además dar testimonio de la inocencia de su comportamiento con su director –comportamiento que era la verdadera causa de la escapada de este último Deseaba dar testimonio de este comportamiento ante los ojos del mundo y del señor Vicente, a quien había atormentado sin propósito consciente. Sobre todo era necesario este testimonio ante sí misma. –Pujaba sobre su dolor. En ella no se trata de la histérica que amenaza con morir, finalizando la carta, como sería la actitud clásica, para castigar, así, a quienes no la comprenden. Se trata más bien de una persona que sabe manejar su problema y lo hace: hay que llegar al clímax. Después, el secreto entre dos corazones –‘¿usted se acuerda?’. He ahí el cándido triunfo de fe de Eva, recordar a los dos, en una cabaña de madera, y él sufriendo de nostalgia por ella.
Los biógrafos detestan a la joven condesa de nuevo por su carta: «Esta niña mimada juzga intolerable que el elegido se haya escondido ante su capricho; ahí la tienen haciéndose pequeñita y muy hábil por otra parte, porque , por su matrimonio, se ha hecho alumna de la escuela de Italia». –Sin embargo, este juego de polarización que hemos observado entre los dos era inconsciente de parte y parte. Lo que existe de pura sexualidad irreflexiva en el hombre, puede significar odio, venganza. Atrapado por la «simplicidad» que va elogiar en ella. –simplicidad femenina y sutil para analizar –el señor Vicente había caminado en todo este embrollo junto a ella, quien sería, durante los más de doce años críticos de su vida, la dueña del asunto.
43. La cándida Eva. Esta especie de humillación de tono insinuante y adulador contenido en la carta que, con el consentimiento del marido, una dama del mundo dirigía a su servidor, no hace más que acentuar el abismo social existente entre la condesa y el pobre capellán. La humillación de la generala, en cuanto mujer, acentuaba la audacia de su coquetería, posible por el sentimiento de seguridad que le inspiraban sus castillos. Adivinando por qué él se había ausentado, sin darse cuenta de ello, se siente feliz y culpable al mismo tiempo. Pero no oponía a las opiniones apasionadas del otro más que la ignorancia de la mujer en relación con el peligro. Polarización frente al más fuerte de los dos rivales, ella permanece, en su subconsciente, despreocupada de las limitaciones convencionales y sociales. La verdadera Eva es ingenua, en su papel pasivo por naturaleza.
La respuesta del señor Vicente a la carta de la condesa trata de darle ánimos, invitándola al mismo tiempo, a someterse al buen querer de Dios. La generala, sin desorientarse en su propósito de llamarlo, continuaba cada vez con mayor insistencia. Consigue que le escriban sus hijos, los empleados de la casa, algunos religiosos, el señor Berulle y hasta el obispo de París.
44. Celos espirituales. Sin duda, el general veía en la súbita desaparición del capellán una deshonra para la familia. No sospecha el verdadero motivo, pero lo intuye, inconscientemente. Llama al prófugo para no darle importancia al asunto. Espera el beneficio que alcanzará con su vuelta: «No le diré más, escribe al señor Vicente, ya que usted ha leído la carta que escribí a mi mujer. Solamente le ruego que considere, que a mi parecer, Dios quiere que el padre y los hijos sean hombres de bien por su mediación». Aquí no menciona a su devota esposa. –El general sabe que su mujer se encuentra muy sola; prefiere tenerla bajo la dirección de un director en el que ella ha puesto su confianza. No obstante, aunque llame a su capellán, el conde está celoso: no del humilde sacerdote, sino del motivo que une a su mujer con éste –rivalidad espiritual. Para reconquistar la soberana posesión de su esposa, le era necesario al valiente caballero librar una lucha suprema: la conversión.
45. El señor Vicente se rinde. El ausente se hace rogar. –»No echemos en cara a los tímidos su orgullo; un desprecio triunfante y trascendental, sentimiento de la soledad del alma, quizá sea su forma de expresión: le aporta un pequeño consuelo entre las frustraciones de la vida» –El superior del Oratorio de Lión, más que ningún otro, hace lo posible por la vuelta de Vicente junto a sus antiguos amos. Un poco antes de la Navidad de 1617, Vicente abandonó sus parroquianos con el corazón acongojado. Acompañado por los gritos y las lágrimas de su grey, repetía con ternura que tenía gran necesidad de sus oraciones.
46. El triunfador. Vicente ha capitulado, pero como triunfador, y vuelve al hogar familiar ya probado, habiendo recibido su bautismo de fuego como organizador. Acaba de tener una revelación: la de su fuerza.
Su sed de actividad será, en adelante, calmada. –La generala enseguida le arranca la promesa de no abandonarla más. Más que nunca ella favorecerá su obra por el bien de las almas. Quizá fue, sin sospecharlo, más que nunca víctima de su propio juego, en la medida en que el otro se había liberado. Pero un nuevo lazo les unía: el deseo ardiente de la perfección. –Juntos, en una feliz extroversión, él y la generala, visitando y predicando a los pobres, instituían por donde iban, las Hermandades de la Caridad.
La diligencia de la generala junto a los pobres no tenía la seguridad matriarcal de una gran dama: se comportaba, ya lo hemos visto(198), como la más humilde hija de Nuestro Señor. Y esto lo hacía no sólo para imitar a su director: debemos ver ahí la consecuencia del complejo psíquico de inferioridad, debido a su debilidad física.
El general ya seguía con agrado a su mujer y a su hermana la marquesa junto a la Madre Margarita. La visitaba a menudo y se escribían. Habiéndose encontrado en peligro de muerte, durante una tempestad en el mar, atribuía su salvación únicamente a las oraciones de su santa amiga. Leal hacia su esposa, se había convertido: su amor conyugal tuvo un rival espiritual.
La generala no muere tampoco, si el señor Vicente se aleja a 50 leguas viajando para cumplir con sus obligaciones. –En 1619 es nombrado para un alto cargo, creado expresamente por el rey, el de capellán general de las galeras. En 1644, el cargo debía pasar a sus sucesores, superiores de la congregación, cuya fundación ya era un hecho. Por su celo el señor Vicente se hizo merecedor del ascenso que colocaba al humilde sacerdote en la cima de los honores). –»¡Por favor, señor, usted se marcha! ¿A quién acudiré en mis penas?», le pregunta la condesa en la salida del capellán. Éste responde: «Señora, Dios proveerá. Usted podrá acudir al señor tal, o al señor cual, éste para los confesiones ordinarias, y aquel para que le aconseje; y si uno y otro no le dan paz a su espíritu, le aconsejo, señora, buscarla a los pies de la cruz». Pocos días después, la dama le escribía: «Señor, he seguido los consejos que usted me dio, para tranquilizar mi espíritu en las pena, pero sólo he podido seguir el de arrojarme a los pies del crucifijo».
47. Las prisiones. En París un día se le ocurrió al señor Vicente visitar las prisiones. ¡Qué visión! Los hombres medio desnudos, cubiertos de llagas, rabiosos, con la blasfemia en la boca. En algún momento recibían la visita cruel de gentes de mundo, que la hacían por curiosidad. En Châtelet mazmorras con el suelo anegado por las crecidas del Sena, celdas mortíferas, sin aire y sin luz, plagadas de reptiles y de ratas. En casi todas partes, la alimentación reglamentada era en cantidad insuficiente y en calidad horrible. Los carceleros estaban interesados en que los prisioneros fueran tratados de la forma más dura; esto les obligaba a pagar a altos precios cualquier favor de los vigilantes. Hasta la Revolución apenas si se puso remedio a este estado de cosas; una ordenanza de 1560 nos hace la descripción siguiente: «…guaridas…horribles,…donde se hace aterir de frío, desesperarse por un hambre voraz, morir de sed y pudrirse en la miseria y la pobreza a los prisioneros; tal es su estado que si uno, movido por la compasión, va a visitarlos, se les ve levantarse como los osos de la tierra húmeda y fría, tan pequeños, flacos y deformes, que ya no les quedan más que la nariz y las uñas». Por todas partes no había más que cloacas de miserias y de vicios. Los calabozos de la Bastilla, de Châtelet, de la Conserjería, ocultaban los horrores, de los cuales dan testimonios brutales los archivos de la justicia. –El capellán de las galeras se precipitó ante el general de Gondi para suplicarle a favor de los miserables prisioneros. El obispo de París los recomendaba a la caridad pública; la asiduidad del señor Vicente, quien pasaba días entero a su lado, transformó este infierno en un lugar para el arrepentimiento. La alta sociedad venía a contemplar este milagro: en todo París se hablaba de esto.
Vicente consiguió del general d Gondi una casa para el funcionamiento de un hospital, donde los forzados enfermos se beneficiaran de un trato humano. Primero se les ubicó en una casa rudimentaria; después estuvieron mejor instalados. –El inglés Howard, prisionero de guerra en Francia en 1756, se inspiró en estas miserias para trabajar en el mejoramiento del trato con los prisioneros en su país. Fue la obra de su vida (209), ejemplo a imitar en la posteridad. El señor Vicente aún no había conseguido todo. Gloriosamente, nuestro santo, hombre de evangelio, se adelantaba a su tiempo en el trato que daba a los condenados por la justicia.
48. Capellán general de las galeras. El nuevo capellán real enseguida visitó todos los presidios. Marsella era el puerto principal de las galeras. Por la ruta de París hacia el lugar de destino, los forzados arrastraban sus cadenas, de 150 libras de peso. Al que caía por el cansancio, lo mataban a latigazos. Un quinto forzado murió de esa forma. Los que, en el límite de sus fuerzas, se veían obligados a pedir la carreta, no obtenían este privilegio más que después de pasar la prueba del vergajo. Sin frenar la carreta, se les arrojaba como sacos, contra los tablones de la carreta, salpicados de gruesos clavos.
Las galeras no prestaban servicio más que en el Mediterráneo. Su borda sobresalía muy poco sobre el oleaje. Una plataforma para los soldados, sobre los remeros daba la vuelta al navío a lo largo de la borda. Cada uno de los largos remos era manejado por cinco u ocho remeros. Los más grandes navíos, como el que gobernaba el señor de Gondi, estaban capacitados para transportar cuatrocientos hombres). En la antigüedad se empleaban hombres libres como remeros. En el siglo XVII ocupaban esos lugares los presidiarios. Loa galeotes, agrupados en pandillas, eran criminales, contrabandistas, ‘falsos salineros’, desertores, vagabundos, mendigos, etc.. Los administradores se avergonzaban si no enviaban suficiente número de condenados. A los pobres prisioneros se les retenía más tiempo del de su condena. Los primeros años no se los contabilizaban prácticamente: se suponía que el galeote hacía su aprendizaje. Se cuenta el caso de un soldado quien, condenado a cinco años, estuvo retenido durante diecinueve. A otro, cuya pena era de dos años, lo retuvieron durante dieciséis: finalmente se le otorgó, por gracia, la libertad. A otros que habían cumplido su tiempo, se les proponía dejarlos libres, si pagaban una gran cantidad de dinero; o también algunos debían comprar un cierto número de esclavos turcos para ocupar su puesto –En el mercado de Turquía se compraban Eslavos, Griegos y Berberiscos al gran jefe de Malta; entre los Berberiscos se vendía prisioneros turcos. –La visión de una mazmorra era horrible: cabezas rapadas, muchos con la nariz y las orejas cortadas por haber intentado escaparse. Una cadena los mantenía atados a los bancos, de los que no se apartaban jamás: dormían en su puesto de remar. Para comer sólo pan y agua, y algunas veces legumbres secas. En sus momentos de descanso los galeotes podían dedicarse a trabajos sencillos, como a tejer prendas ,etc., que los guardianes iban a vender en tierra; con lo que los guardianes les entregaban de la venta , los galeotes podían comprar, a precios abusivos, carne, etc.. –Cuando la galera estaba en marcha, el comité y los subcomités, armados de látigos, golpeaban las espaldas desnudas de los remeros. Corroídos por la roña, expuestos al sol, a la lluvia, a la helada, a los golpes de las olas, los galeotes estaban obligados a remar de doce a quince horas. Si se desmayaban, se les despertaba a latigazos; Si no recobraban el conocimiento los arrojaban al mar. Cuando era inminente un combate naval, los comités gritaban: «¡Tapón a la boca!». El tapón era un trozo de corcho que colgaba del cuello de los forzados. Era necesario obligar a los heridos a morir en silencio, cuando , ondeando los pabellones, llovían las balas y retumbaban los cañones.
49. Una leyenda. Dos veces al año los comisarios dejaban en libertad a los galeotes inválidos y reconocidos como tales. El señor Vicente, con toda la fuerza de su obra de sublimación, no fallaba en reclamar a favor de los desdichados. –Este trabajo pastoral de los galeotes fue encomendado a religiosos de distintas órdenes, y más tarde a la congregación que el señor Vicente iba a fundar). Hubo numerosas conversiones, abjuraciones de herejes en masa, bautizos de turcos. «Las galeras fueron tan cambiadas que se les comparó a los claustros».
La leyenda dice que el señor Vicente, movido de compasión, tomó las cadenas de un joven galeote en Marsella y, al no volver a la comunidad en bastante tiempo, fue rescatado gracias a la condesa. Aquí estaría, también, el origen de la inflamación de sus piernas más tarde, según un biógrafo. Tenemos únicamente como testimonio de esta aventura, las declaraciones en el proceso de canonización, de personas que hablaban de oídas, cien años después de producirse el hecho. El otro testimonio deficiente fue una sonrisa histórica, única respuesta del señor Vicente a uno de su congregación, que le preguntó si este acto de abnegación de su Padre era auténtico. El supuesto incógnito del señor Vicente en esta circunstancia ha sido agregado por Collet). En realidad Vicente ya era en ese tiempo un hombre muy conocido. Se ha podido demostrar fácilmente que no hay lapsos de tiempo en su historia, durante los cuales hubiera sido posible tal historia.
50. La Congregación de la Misión. Este es un hecho que parece revelar los vanos esfuerzos para poner un ansiado orden en su dedicación a la misión en los dominios de los Gondi, mediando la gran suma de dinero reservada por la generala para este fin. Se hicieron estudios durante varios años. Finalmente, la generala concibió la idea de que el señor Vicente era el hombre que buscaba para llevar a cabo su proyecto. Igualmente es fácil adivinar al mismo director de la generala detrás de tal idea. Hacia 1623, el futuro superior de la congregación in spe se ha concedido a sí mismo la competencia de un licenciado en derecho canónico. –El conde añadió a la donación de su esposa igual cantidad. Otras donaciones se sumaron.
51. Los «Bons-Enfants» en San Lázaro. En 1624, el arzobispo de París, hermano del general de Gondi, cedió al señor Vicente el cargo de principal del colegio de Bons-Enfants, con el fin de que hubiera una casa para hospedar a los misioneros en campaña. Este colegio, cerca de la Puerta de San Víctor, uno de los más antiguos universitarios, provisto de una rente de parte del rey, estaba casi abandonado. Sus muros caían en ruinas. Para comenzar, el señor Vicente se contentó con hacer las reparaciones absolutamente indispensables. El único habitante en Bons-Enfants en 1624-5 era el señor Portail, paisano del santo, futuro director de las Hijas de la Caridad, quien permanecería fiel a ese proyecto hasta su muerte. –El señor Vicente conserva encantadores recuerdos de los primeros años de su obra: «Así marchábamos… predicar y misionar de pueblo en pueblo. Al salir entregábamos la llave a alguno de los vecinos o nosotros mismos les rogábamos que durmieran en la casa. Sin embargo, por todos los lugares por donde iba sólo tenía un sermón que yo desenrollaba de mil maneras: el tema era el temo de Dios» . –En 1625, la Congregación de los Sacerdotes de la Misión fue solemnemente instituída, con el señor Vicente como Superior. De lo único que carecía la joven congregación era de miembros: su desarrollo lento, pero seguro, no contrastaba con los principios de su superior. Las carreras para obtener la aprobación de la congregación, etc., se comenzaron rápidamente. Pero el proyecto iba a enfrentar dificultades.
Fue en 1632 cuando la Compañía tomaría posesión de San Lázaro, la nueva y magnífica casa-madre.
52. Los héroes de la caridad. La obra de la Congregación de la Misión era apropiada para inflamar de devoción a las ciudades y sus alrededores. Los misioneros pudieron escuchar hasta 5.000 confesiones generales durante una misión. –Las misiones fueron, con el tiempo, una de las obras seculares de Vicente de Paúl. Siempre la predicación era fiel al tono familiar del ‘pequeño método’.
Pronto la obra debería llegar a ser más y más variada. Se responsabilizará de seminarios, ejercicios espirituales para los ordenandos, y para los laicos, conferencias a los eclesiásticos; todo esto tenía una importancia histórica. Se hicieron cargo de la asistencia espiritual a los soldados, capellanías de las prisiones y de los hospitales), misiones en el extranjero, como en Roma, Génova, Irlanda, Túnez, Madagascar, Polonia, Islas Hébridas, Escocia, Argel, y las Islas Orcadas. Una obra grandiosa fue la asistencia a las provincias devastadas durante la guerra de los treinta años y de la Fronda. –San Lázaro se constituyó en el centro de la vida caritativa durante el siglo XVII en Francia.
Eminentes personalidades formaban parte de la Congregación de la Misión. –Ejemplo fue el hermano Mathieu Regnard, desde 1639, durante los largos años de la guerra de los treinta años, como héroe de la Lorena. Fue el gran distribuidor de las limosnas de san Vicente de Paúl y de las Damas de la Caridad en el país asolado. Para conseguir devolverle la vida, eran necesarias, además de la ayuda espiritual, fabulosas cantidades para la asistencia, bajo todas sus formas, que los Lazaristas, entregados hasta la muerte, llevaban para los necesitados. «Nuestro Señor protege a nuestro hermano Mathieu de forma especial, escribe san Vicente; mientras que permite que a la mayor parte de las personas les roben en este país, hasta ante sus ojos, aunque el hermano vaya todos los meses con 2.500 libras, y el último mes llevaba 12.000, siendo el excedente para los religiosos y religiosas que mueren de hambre en ese país, el hermano permanece a salvo». –El hermano es allí conocido y perseguido. Pero este hombre de unos cincuenta años posee la audacia y la habilidad que le conducen sano y salvo por entre todos los peligros. Si le acechan, pasa por un sendero que sólo él conoce. Si hay un ataque, sólo él se escapa. Si cae preso, con su buen humor y su temeridad, se gana al oficial y salva el dinero de la Lorena. Cuando cae en las manos de un bandido, deja caer el zurrón en el barro para recogerla más tarde. –Su presencia es considerada como una esperanza en los lugares amenazados. –Traslada a un gran número de muchachas refugiadas al amparo de París. –La reina lo llama para escucharle las últimas venturas. –»Aquí tenemos diez mil libras para enviarle», escribe Vicente un día de trabajo en Lorena, «cuando nuestro hermano Mathieu haya finalizado su retiro». Pero, según el hermano Mathieu, eran principalmente las oraciones y la penitencia que hacía el señor Vicente por la intención de su hijo, a las cuales se debía el no haber perdido nunca un centavo durante tantas pruebas por su sangre fría y su confianza.
Los trabajos de los misioneros hicieron verdaderos milagros de regeneración. Un bello triunfo de la sugestión en grupo, con la base de la buena voluntad subconsciente del hombre, ya que la conversión de toda una sociedad de bandidos, viciosos, hombres de ‘vendetta corsa’, los cuales, escribe un misionero, «como una señal de agradecimiento por los pequeños servicios que les habíamos hecho», dispararon sus fusiles a su embarque». –Entre otros, un misionero llamado por la reina de Polonia, que se entrega a los apestados hasta la muerte. Otros, a veces, pasan días enteros sin comer, caminando de un lugar a otro por las montañas despobladas de Escocia. Los de Berbería tienen el valor de compartir los sufrimientos indecibles de los esclavos cristianos, dispuestos a dar su vida por la misión. Hubo jóvenes mujeres maltratadas mortalmente, ancianos, héroes de once años, mártires de quince. Aserradores de mármol sacaban la lengua por los calores sofocantes; molineros de trigo, encadenados de dos en dos y perpetuamente cerrados, se sofocan por falta de aire, dejando a quienes tratan de consolarlos abatidos por el dolor.
Era necesario darles esta paciencia inconcebible a quienes Dios bendecía en medio de todas las crueldades que les aplicaban; esta paciencia era testimonio de la grandeza de su espíritu. Jugándose la vida, los misioneros se vieron obligados hasta de picardía piadosa para ganar las pobres almas. –Los presidios ocuparon una gran parte de los cuidados de los misioneros. El señor Vicente cuenta la visita que hacía a los galeotes un gran personaje, uno de sus hijos, quien terminaría siendo mártir:»…desde lo más lejos que pudo ser visto desde la galera y reconocido por el hábito, estas pobres gentes comenzaron a gritar con gran alegría, diciendo: ‘allí viene nuestro libertador, nuestro pastor, nuestro padre’; y habiendo entrado en la galera, todos estos pobres esclavos se arrojaron sobre él, llorando de ternura y de alegría al ver a su libertador espiritual y corporal».
Los rescates que fueron llevados a cabo por los misioneros de san Vicente fueron considerables, más de 1.200 esclavos, según Abelly. En primer lugar, se socorría a aquellos que corrían el riesgo de renegar de la fe. «… daría gustoso mi sangre y mi vida, dice el misionero, futuro mártir, hasta mil vidas, si las tuviera, antes que permitir que los cristianos pierdan la gracia que Nuestro Señor les conquistó con su muerte». Si los misioneros carecieran de recursos, ellos conseguirían muchas veces el dinero necesario. Se comprende un poco a ese cónsul misionero en Argel, quien, sea por la perfidia de los turcos, sea a causa de la imprudencia de su corazón compasivo, se hundió, para desesperación del señor Vicente, en deudas fatales que le trajeron la tortura y la prisión, de donde fue muy difícil sacarlo. «¡Ay, escribe uno de los misioneros, sólo una parte de tantos millones que los cristianos gastan en superficialidades y exquisiteces estaría aquí mucho mejor empleada».
Así el señor Vicente –aunque resistiendo a su propio deseo de marcharse a llevar la palabra de Dios muy lejos -se encuentra en el centro palpitante del mundo, bajo la aureola trágicamente romántica de la compasión universal.
53. Propagación de la Congregación. A pesar de la tempestad provocada por la Revolución, la Congregación de la Misión es hoy día más numerosa y está más extendida que en siglo XVIII. Ha penetrado en las cuatro partes del mundo. Pensemos, entre otros lugares, en la China, que vio lazaristas mártires. –La casa-madre se encuentra actualmente en la calle de Sèvres,95, en París.
54. Muerte de la Generala. En cuanto la Congregación de la Misión estuvo establecida, la Señora de Gondi cerró los ojos para siempre, en 1625, asistida por el director en quien ella había puesto toda su confianza. –Si existen, desde el punto de vista del psicoanálisis, suicidios consumados por el subconsciente, la generala, de sólo cuarenta y cinco años de edad, apenas si opuso a esta muerte prematura la tenacidad milagrosa de una Luisa de Marillac. –Ésta está aún viva, si creemos al señor Vicente «muerta naturalmente» «hace veinte años», no teniendo «otra vida que la que recibe por la gracia».  –El año que precedió a la muerte de la condesa, el señor Vicente se hizo, contra su deseo y por orden de Berulle- el director de Luisa de Marillac, la Señor Le Gras, su futura colaboradora. Ese mismo año, el señor Vicente hacía un retiro en Valprofonde, para pedir ser librado de una tentación que sufría sobre su vocación. Quizá no nos equivocamos al poner en conexión esos dos hechos, teniendo en cuenta la fuerza inalterable del sentimiento que tendrá más adelante Vicente por esta mujer. Ella debía ser para él, lo que había sido santa Chantal para el obispo de Ginebra, desde la noche de crisis antes de su cita romántica: su esposa mística. –Los dos, el señor Vicente y la generala de Gondi, no se amaban. Sus relaciones de íntima amistad eran, para ella un santo capricho, punto central en el vacío de su vida; para el otro, un estímulo de más para encontrar esa mujer de su corazón, que fuera sólo para él.
A la muerte de su esposa, el general se encontraba en Provenza y el señor Vicente se hizo presente para llevarle el consuelo con la triste noticia. –El testamento declaraba que Vicente permanecería en la casa de los Gondi. Gesto tanto de egoísmo como de solicitud para un servidor, su criatura, cuya capacidad no había apreciado la buena señora. –El señor Vicente no tuvo la menor intención de permanecer allí, y el general de las galeras retirándose del mundo para entrar en los Oratorianos, el problema se solucionó así de fácil. Vicente pudo encerrarse en el colegio de Bons-Enfants con algunos sacerdotes. Este principiante de una carrera secular tenía, entonces, a penas cuarenta y cinco años.
55. El Padre de Gondi. El mundo estaba estupefacto ante el repentino retiro del general de Gondi, en su viudez. Los biógrafos dan poca importancia a la influencia del señor Vicente en esta determinación. –Por un lado, las oraciones de los fieles, por otro los peligros de un mundo cuyos mismo placeres no atraían ya a un hombre desilusionado –esto es lo que le llevó a preferir una felicidad inalterable. Milagros efectuados por medio de reliquias, etc.,se producían todos los días y no tenían más que una explicación. Todo el mundo, en esta época, hasta los libertinos, era creyente. –Fue la Madre Margarita quien convenció al general, en el momento de la pérdida de su esposa, para abandonar el mundo –decisión que ella le había presagiado muchos años antes. El señor Vicente había servido de contacto entre su amo y el mundo glorioso al que pertenecían las dos almas queridas por el general, su esposa y la santa amiga. –Finalmente, el corazón inquieto del general había encontrado el cobijo a todos sus celos. El antiguo hombre cortesano se halla en el camino de las ambiciones espirituales –perspectiva infinita.
Desde San Pablo, señala James, el cristianismo enseña que el hombre no es fuerte más que en su debilidad. Un hombre desesperado encuentra en su alma, por una súbita conversión, fuerzas para una nueva vida, cuya existencia no había sospechado. La mejor parte del alma fiel –ésta lo siente- está en relación con una vida más amplia, por una conciencia sobrehumana. A ejemplo de tantos de sus contemporáneos, el general, aunque quizá impulsado en principio por sus instintos, sintió el vértigo de la Unión suprema, herencia de un hijo de Dios. El santo sentimiento relativista del ego, consistente en esta confianza que libera al sujeto de todos los complejos psíquicos, comunicándole el valor personal del individuo en Dios –he ahí la fuente de las fuerzas inesperadas y sobrehumanas, de las que goza el convertido.
El Padre de Gondi, aunque viviendo sólo para la oración, fue perseguido constantemente por los rencores sospechosos de Mazarino. Fue de nuevo la Madre Margarita Acarie el paño de lágrimas de su amigo. –A la muerte de ésta, en 1660, escribe a la superiora de las Carmelitas, quien le había interrogado sobre las virtudes sobrenaturales que se presumía poseía la difunta: «Dios sabe con qué dolor he recibido la mala noticia, que usted me confirma, sobre la mejor y la más querida amiga que yo he tenido en la tierra. Y, aunque la creo poderosa en el cielo, no podré pensar en ella sin derramar lágrimas, aunque, por otra parte, yo desee conformarme en todo a lo que Dios guste». La difunta había intentado ocultar su santidad, especialmente ante él, ya que se sentía observada. Continúa: «No puedo creer que Dios no manifieste y no encumbre ahora su incomparable humildad». En otra carta continúa con el mismo asunto: «No puedo olvidar el pequeño convento de las Carmelitas, teniendo allí prendas tan preciosas (su mujer estaba ahí enterrada), para no acordarme con toda la veneración, el afecto y la obligación que le debo». Espera un día volver a visitar la pequeña comunidad de las carmelitas: «…con el fin de consolarnos juntos, escribe, de la privación de la bienaventurada Madre, a quien venero en el cielo como mucha más devoción de la que puedo expresar. Estando ya su extraordinaria caridad acabada, acudo a ella pidiendo por mis necesidades, en las que tanto se interesaba cuando estaba en este mundo»
La devoción, en lugar de unir más estrechamente a los dos esposos de Gondi, se había introducido entre los dos. El amor tiene su ‘todo o nada’. Entre los dos no era ‘todo’ en tiempo del señor Vicente. Fue este enlace conyugal poco estrecho, el que también había determinado ‘la huída’ de la generala en la caridad, suceso de consecuencias históricas.
56. Recuerdo de la Generala. Algunos biógrafos lamentan que sea tan poco lo que se conoce de la vida de la generala de Gondi. Abelly comenta la conducta reservada del señor Vicente, quien nos podía haber proporcionado recuerdos más detallados: «… su humildad le hacía ocultar siempre bajo el velo del silencio todos los beneficios que tenía en otra parte; ésta fue la causa por la que siempre evitó comentar todo lo que sabía, para no dar a conocer nada relacionado consigo mismo, no habiendo hecho casi nada notable esta virtuosa y santa señora por el servicio y la gloria de Dios, en lo que el señor Vicente no hubiera intervenido de forma importante, y, por consecuencia, él hubiera merecido recibir parte de las alabanzas que le hubieran tributado, lo cual él temía sobre manera y evitaba cuanto le era posible». –Sin embargo, vemos al señor Vicente contar con toda franqueza los comienzos de la Misión  y de las Caridades, sus primeras grandes obras, incluyendo la parte correspondiente a la generala, o a otras personas. Es en lo referente a su interior que permanecerá mudo. El detalle de las andanzas de la generala no era más que una historia con la vida íntima de su director.
Sintiéndose miembro de la familia, el señor Vicente será siempre fiel a la casa de sus antiguos amos. –En el momento de las persecuciones de Mazarino con respecto al cardenal de Retz, Vicente fue al encuentro del Padre de Gondi para consolarlo personalmente. En 1659, pensando que su muerte ya estaba cerca, el señor Vicente escribe al padre y al hijo bellas cartas de despedida.
Jamás olvidará tampoco a la difunta general de Gondi, recuerdo al que no negará un sentimiento de ternura. –Si la filosofía nos advierte que, hasta el amor desventurado nos deja una cierta sensación de placer, es porque se trata, en amor, de los valores más altos: el amor se siente como una fase de transición hacia la unión suprema, en la que el sujeto intenta participar. –El señor Vicente parece haber levantado un bello monumento a la condesa, en algunos pasajes de un espíritu todo francés en los reglamentos de Caridad: «La sirvienta de los pobres (la dama) un día llevará la comida y después la cena a los enfermos, los saludará con alegría y con amor, les arreglará la mesilla, después invitará al enfermo a comer por el amor de Jesús y de su santa Madre, todo hecho con amor, como si ella lo hiciera con su hijo, o más bien con Dios… Les dirá alguna palabra sobre Nuestro Señor… a veces le cortará la carne, le servirá de beber y, habiéndolo dispuesto ya para comer, si hay algún otro tras él, lo dejará e irá a servir al siguiente». O bien:»Nos ocuparemos las sirvientas de la Caridad de enterrar a los muertos… adoptando en esto el lugar de las madres que acompañan a sus hijos a la tumba». Creemos ver a la angelical condesa inclinada sobre el lecho del señor Vicente enfermo, o sobre el de otro enfermo; la vemos seguir hasta la tumba a un pobre muerto.
Inconscientemente, el señor Vicente sabía cómo agradecerle a su antigua bienhechora por haberlo apreciado como hombre. No negará jamás en el futuro su cálida admiración por esta Eva y Virgen, con las virtudes de una Mónica. Sonriente imagen de la amiga, con fecha del año 1659, en estas palabras: «La pobre difunta, la señor generala de las galeras me preguntó más de cien veces qué era la sencillez, y era la persona más sencilla que jamás he visto; no podía abrir la boca, ni hacer el acto más simple, más que en sencillez de corazón». –Sin embargo, ella era consciente de esto, cien veces, con toda ingenuidad; y el señor Vicente, que no pedía a su penitente más que esa docilidad a su doctrina, no estaba engañado. –Bastantes años después de la muerte de la condesa, Luisa de Marillac le envió dos rosarios, con la aclaratoria diplomática y concisa de que uno de ellos había pertenecido a la difunta generala de Gondi. El señor Vicente rápidamente le escribió preguntándole que cuál era. –La nombrará siempre como su «buena difunta señora la generala», prefiriéndola al general, como la fundadora de la Congregación de la Misión. Es de la debilidad de esta dama de donde la virilidad del Ego del señor Vicente se ha alimentado. La Congregación de la Misión, su sano hijo, así como, indirectamente , las Hermandades de la Caridad, presentan el bello fruto de sublimación de sus relaciones desiguales y dolorosas.
57. La etapa terminada de aprendizaje. Fue en la casa de los Goñi donde el señor Vicente aprendió a dominarse a sí mismo. Cuando su temperamento bilioso y melancólico tomaba ventaja, la generala temía que él tuviera algún motivo de descontento contra su casa. También él sufría vivamente por su estado. Fue en el curso de un retiro del año 1621 que se dio cuenta de este defecto. Una docena de años de caridad junto a una dama del mundo-fue un bello aprendizaje para una naturaleza brusca, llamada más que la de ninguno de sus contemporáneos a domar una época fiera.
Sobre todo, fue junto a la generala donde el señor Vicente adquirió la experiencia para imponerse, por medio de su humildad agobiante, aprendida tanto en la práctica de la vida como, teóricamente, a los pies de los amos, con los más altos personajes del siglo. Sus años de aprendizaje llegan a su fin. No le queda más que realizar la aplicación.

 

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