Santa Luisa de Marillac. Fundadora de las Hijas de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Autor: José María ROMÁN · Fuente: Ecos de la Compañía, 1993.
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Louise 112En 1676, al publicarse la primera biografía de Luisa de Marillac, su autor, el párroco de San Lorenzo de París, abate Gobinon, escribía tranquilamente en el título: «La Vie de Mademoiselle Le Gras, fondatrice et premiére supérieure de la Compagnie des Filies de Charité…», es decir, «Vida de la señorita Le Gras fundadora y primera superiora de la Compañía de las Hijas de la Caridad…». Lo mismo hicieron sus diversos traductores y, entre ellos, los dos traductores españoles en 1794 y 1834. Andando el tiempo, en aras de la exactitud canónica, el término fundadora se vería sustituido por el de cofundadora. Así se hizo, por ejemplo, en la Introducción de la Causa de Beatificación en 1895 y, más razonablemente, en el mismo Breve de Beatificación, donde el Papa, Benedic­to XV, explica que «como sucede en otros institutos femeninos, por ejemplo, las Benedictinas, las Clarisas, y las religiosas de la Visitación, todas las cuales, además de sus fundadores, Benito, Francisco de Asís y Francisco de Sales, se glorían de tener otras tantas cofundadoras, a saber, Escolástica, Clara y Juana de Chantal, así también esta fructífera Compañía tiene dos instituidores».

Como vemos, los dos términos de fundadora y cofundadora han alternado pacíficamente a lo largo del tiempo para describir el papel fundamental que la señorita Le Gras desempeñó en el nacimiento y constitución de la Compañía de las Hijas de la Caridad. No es mi intención, por tanto, entrar en un inútil cuanto estéril debate sobre si le corresponde uno u otro. La sabiduría clásica nos ha adoctrinado desde antiguo que no se deben entablar discusiones sobre meras palabras: de nominibus non est disputandum. Lo que interesa es la realidad, es decir, saber cuál fue la aportación de Santa Luisa a la fundación de la Compañía y por qué caminos y con qué medios ejerció la misión de fundadora o cofundadora que le había asignado la Providencia.

I. EL CARISMA DE FUNDADOR

La moderna teología de la vida religiosa está reflexionando profunda y largamente sobre el carisma de fundador. No me refiero al carisma del fundador, sino al carisma de fundador. La distinción entre ambos es importante: el primero, el carisma del fundador, designa la experiencia religiosa, la peculiar vivencia del evangelio que un cristiano experimenta y transmitirá a sus herederos espirituales. El segundo, el carisma de fundador, es el don particular que capacita a una persona para dar origen en la Iglesia a una nueva familia espiritual.

En síntesis forzosamente apresurada hay que decir que el carisma de fundador está integrado por cuatro elementos esenciales: la presencia de la inspiración divina, la dimensión cristológica de esa inspiración, la vocación eclesial y la fecundidad espiritual.

La inspiración divina

Sin inspiración divina no hay carisma de fundador ni ningún otro carisma. Sabemos, en efecto, que los carismas son obra del Espíritu, que los reparte libremente a quienes le place. En particular, del carisma originador de nuevas formas de vida religiosa, en sentido genérico, dice la Evangelica Testificatio que «es el fruto del Espíritu Santo, que actúa siempre en la Iglesia» (n. 11). Obra del Espíritu es la intuición original que hace concebir al fundador el diseño de un nuevo Instituto. Tal intuición o inspiración original puede fomentarse bien direc­tamente, como una iluminación recibida del cielo por medio de voces, sueños o visiones —es el caso de San Bruno, de San Francisco de Asís o de San Ignacio de Loyola—, bien indirectamente, mediante acontecimientos y experiencias de la vida del fundador: el contacto con una necesidad de la Iglesia, de una población, de una clase social; la sugerencia de otras personas, etc. Los caminos de Dios son múltiples y variados. De esta segunda clase fueron evidentemente, aunque quizás no exclusivamente, la inspiración de San Vicente de Paúl, la de San Camilo de Lelis, la de San Juan Bosco.

Sea de la clase que sea, la inspiración fundacional originaria se comunica de ordinario gradualmente. Puede ser al principio muy confusa para ir luego perfilándose con nitidez creciente hasta delinear con precisión incluso los más mínimos detalles. En ese proceso, el fundador va adquiriendo una conciencia cada vez más clara de estar realizando una obra querida por Dios. Y es aquí donde entra en juego lo que se ha llamado la «ignorancia» de los fundadores. Ellos no saben cómo se ha producido el proceso. Su obra les aparece como extraña. No son ellos los que la han emprendido. Es Dios, quien lo ha hecho todo. Él es el único y verdadero fundador. A este respecto es absolutamente paradig­mática la figura de San Vicente de Paúl. Pero es rasgo común de la gran generalidad de los fundadores. También —espero hacérselo ver— de Santa Luisa de Marillac.

La dimensión cristológica

El primer contenido de la acción iluminadora del Espíritu es una peculiar visión del misterio de Cristo. Conforme a la sentencia de San Pablo —do es todo y para todos, Cristo» (Col., 3,11)— todos los fundadores experimentan la centra­lidad absoluta de Cristo. Todos son de una manera u otra cristocéntricos. Pero cada uno de ellos, sobre todo los verdaderamente originales, los creadores de nuevas formas de vida, vive esa centralidad de una manera diferente. Bajo la inspiración del Espíritu, su visión se concreta en una determinada dimensión del misterio cristológico. Y en torno a ella organizarán los diversos elementos de su vida espiritual y de la vida espiritual de sus institutos. Puede ser el Cristo pobre de San Francisco de Asís, el Cristo Rey eternal de San Ignacio o el Cristo evangelizador de los pobres de San Vicente de Paúl… y de Santa Luisa de Marillac.

La vocación eclesial

Casi es una tautología decir que toda nueva fundación tiene desde su mismo origen una vocación eclesial. Ante todo, nace al servicio de la Iglesia. Bajo la guía del Espíritu, el fundador pretende responder a determinadas necesidades de la Iglesia de su tiempo. En ese sentido se puede decir que todo fundador es «moderno», puesto que su mensaje es una interpretación del eterno mensaje evangélico adaptado a las exigencias de la época que le toca vivir… y de las épocas futuras. Pero, además, nace en la Iglesia, lo cual implica la sumisión de los fundadores al discernimiento jerárquico. Sumisión no siempre fácil, porque, por su carácter innovador, el carisma de fundador puede entrar a veces en conflicto aparente o real con el carisma de autoridad. Será la calidad e intensidad de esa sumisión las que sirvan de criterio para juzgar de la validez de legitimidad del carisma presuntamente recibido. Sobre este punto vamos a tener ocasión de ver que Luisa de Marillac, lo mismo que San Vicente, fue en todo momento fervorosa hija de la Iglesia.

Fecundidad espiritual

El carisma de fundador comunica a su beneficiario la capacidad de transmitir a otros los contenidos de su inspiración fundamental, implicarlos en la propia experiencia religiosa y hacer así ampliable en el tiempo y en el espacio su misma acción salvadora. Es el don de la fecundidad espiritual, que le permite tener discípulos e imitadores. Por ella se suele llamar padres y madres a los fundadores, como creadores de nuevas familias espirituales. Problema implí­cito es el de si no sólo el carisma del fundador, sino también el carisma de fundador es comunicable a alguno o algunos de los discípulos. No en el sentido de si varias personas pueden recibir simultáneamente el carisma de fundado­res, lo cual parece fuera de duda. En el caso, entre otros, de los siete santos fundadores de los Servitas. Lo que se cuestiona es si algunos de los seguidores participan del carisma otorgado al fundador para dar comienzo a la obra o, al menos consolidarla y configurarla. Y también sobre este punto la respuesta es afirmativa, sobre todo en el caso de comunidades femeninas iniciadas por un varón con la colaboración de alguna o algunas mujeres fervorosas. De ahí el empleo del término co-fundadora, que no es un fácil recurso para esquivar el problema, sino expresión de una realidad espiritual o, si se prefiere, neumática y que no implica ninguna infravaloración de su papel en el origen del Instituto. Lo mismo que el fundador, la cofundadora interviene en la recepción de la inspiración original, en su desarrollo gradual, en la configura­ción institucional y espiritual de la comunidad, en la formación de los discípulos y seguidores. Veamos ya cómo ejerció estas funciones Luisa de Marillac en la formación de las Hijas de la Caridad.

II. LA INSPIRACIÓN ORIGINAL

Sobre quién fuera el primero en recibir la inspiración original de la Compañía de las Hijas de la Caridad, no cabe ninguna duda. San Vicente, a pesar de sus afirmaciones de que ni él ni el P. Portail ni a la Srta. Le Gras ni a Margarita Naseau se les había ocurrido nunca semejante idea, es terminante sobre ese punto: la inspiración de fundar las Caridades, de donde andando el tiempo, como un desarrollo natural, nacerían las Hijas de la Caridad, tuvo lugar en Chátillon en 1617 y fue inspiración de Dios. Oigámosle una vez más, aunque el pasaje sea harto conocido:

«Puede decirse que es Dios quien ha hecho vuestra Compañía. Yo pensaba hoy en ello y me decía: «¿Eres tú quien ha pensado en hacer una Compañía de Hijas? ¡Ni mucho menos! ¿Es la señorita Le Gras? Tampoco». Yo no he pensado nunca en ello, os lo puedo decir de verdad. ¿Quién ha tenido entonces la idea de formar en la Iglesia de Dios una compañía de mujeres y de Hijas de la Caridad en traje seglar? Esto no hubiese parecido posible. Tampoco he pensado nunca en las de las parroquias. Os pudo decir que ha sido Dios y no yo.

Yo era cura, aunque indigno, en una pequeña parroquia. Vinieron a decirme que había un pobre enfermo y muy mal atendido en una pobre casa de campo, y esto cuando estaba a punto de tener que ir a predicar. Me hablaron de su enfermedad y de su pobreza de tal forma que, lleno de gran compasión, lo recomendé con tanto interés y con tal sentimiento que todas las señoras se vieron impresionadas. Salieron de la ciudad más de cincuenta: yo hice como los demás; lo visité y lo encontré en tal estado que creí conveniente confesarlo; y cuando llevaba el Santísimo Sacramento, encontré algunos grupos de mujeres y Dios me dio este pensamiento: «¿No se podía intentar reunir a estas buenas señoras y exhortarles a entregarse a Dios, para servir a los pobres enfermos?». A continuación les indiqué que se podrían socorrer estas grandes necesidades con mucha facilidad. Inmediatamente se decidieron a ello. Luego se estableció en París esta Caridad, para hacer lo que estáis viendo. Y todo este bien proviene de allí. Yo no había pensado nunca en eso. Ha sido Dios, hijas mías, quien lo ha querido y, San Agustín asegura que, cuando las cosas suceden de esta forma, es Dios el que las hace. En esta ciudad de París, algunas señoras tuvieron este mismo deseo de asistir a los pobres de su parroquia, pero, cuando llegaron a la ejecución, se vieron impedidas de hacerles los servicios más bajos y penosos. En las misiones me encontré con una buena joven aldeana que se había entregado a Dios para instruir a las niñas de aquellos lugares. Dios le inspiró el pensamiento de que viniese a hablar conmigo. Le propuse el servicio de los enfermos. Lo aceptó enseguida con agrado, y la envié a San Salvador, que es la primera parroquia de París donde se ha establecido la Caridad. Se fundó luego una Caridad en San Nicolás du Chardonnet, luego en San Benito, donde había algunas buenas jóvenes, a las que Dios dio tal bendición, que desde entonces empezaron a reunirse casi imperceptiblemente.

Ved, pues, mis queridísimas hermanas cómo la razón que da San Agustín para conocer que las obras son de Dios se nos manifiesta realmente en vuestra Compañía, de tal forma que, si se nos preguntase cómo se ha hecho esto, podemos decir «No lo sé»».

Desde luego, en 1617, cuando, según el propio San Vicente, él recibe la inspiración fundacional de la Compañía —»Dios me dio este pensamiento»—, Santa Luisa estaba completamente ajena a tales empeños. Y, sin embargo, según San Vicente «todo este bien procede de allí». Pero no menos digno de conside­ración es el hecho de que tampoco en la vocación de Margarita Naseau, que, terminantemente, es para San Vicente, «la primera de esas buenas hermanas», es decir, la primera Hija de la Caridad, intervino inicialmente Santa Luisa: «le propuse el servicio de los pobres», «la envié a San Salvador».

¿Habrá que concluir que Santa Luisa no intervino para nada en la concepción de la Compañía, en su inspiración original? Las cosas no son tan sencillas. Dije antes que la inspiración fundacional puede ser al principio confusa. En el caso de las Hijas de la Caridad, esa oscuridad original es patente. De las Caridades fundadas de Chátillon en 1617 a la constitución de la Compañía hay un largo trecho y no sólo temporal. Y en él interviene claramente Santa Luisa. Para captar el alcance y significado de esta intervención hay que analizar una vez más la iluminación de 1623. Releamos el relato en sus pasajes esenciales.

«El día de Pentecostés, oyendo la Santa Misa o haciendo oración en la Iglesia, en un instante, mi espíritu quedó iluminado acerca de sus dudas.

Y se me advirtió que debería permanecer con mi marido y que llegaría un tiempo en que estaría en condiciones de hacer voto de pobreza, de castidad y de obediencia, y que estaría en una pequeña comunidad en la que algunas harían lo mismo. Entendí que sería esto en un lugar dedicado a servir al prójimo; pero no podía comprender cómo podría ser, porque debía hacer idas y venidas.

Se me aseguró también que debía permanecer en paz en cuanto a mi director, y que Dios me daría otro, que me hizo ver, según me parece, y yo sentí repugnancia en aceptar; sin embargo, consentí pareciéndome que no era todavía cuando debía hacerse este cambio»10.

De este breve texto, objeto de innumerables análisis y comentarios a lo largo del tiempo, se desprenden, a mi entender, las siguientes conclusiones:

1. Se trata de una verdadera revelación interior, acompañada incluso de visio­nes: la de su nuevo director, la del lugar donde se realizaría su aspiración de vivir consagrada al servicio de Dios y del prójimo. Si a San Vicente la inspiración se le concede por la vía indirecta, por medio de los acontecimientos que revelan una necesidad, a Santa Luisa se le otorga de manera directa, mediante una iluminación comparable a la recibida por Santa Ángela de Merici para la fundación de las Ursulinas o por San Norberto para la de los Premonstratense y San Juan de Mata para la de los Trinitarios.

2. La visión tiene un alcance comunitario. Evidentemente revela a Luisa su futuro personal. Pero no sólo éste: lo que ve es «una pequeña comunidad» destinada a servir al prójimo y, sin embargo, consagrada por votos. La intención comunitaria de la visión es indubitable. Ahí está en germen, aunque todavía de manera confusa —»no podía comprender»—, la Compañía de las Hijas de la Caridad. Notemos de pasada que los votos pertenecen al diseño primario de la comu­nidad.

3. El cambio de director aparece inseparablemente vinculado a la realiza­ción de la visión. Es su conditio sine qua non. Por eso ella lo acepta a pesar de su repugnancia. La iluminación directa concedida a Santa Luisa aparece así íntimamente ligada a la indirecta recibida seis años antes por San Vicente. La una sigue a la otra y la supone. Por eso, desde este punto de vista, ambos son fundadores o, si se prefiere, teniendo en cuenta la cronología de los hechos y su relación mutua, el uno es fundador y la otra cofundadora.

¿Y la «ignorancia» de los fundadores, su no creerse a sí mismos creadores de la comunidad que han originado? ¿Se da también en Santa Luisa? Se da indudablemente. Lo sabemos indirectamente por San Vicente. Como hemos visto antes, una y otra vez repite que tampoco la señoria Le Gras, había pensado jamás en la fundación. Ello nos bastaría para atribuirle el rasgo, pues San Vicente estaba al tanto de los más íntimos pensamientos de Luisa. Pero es que además tenemos el testimonio de la propia Luisa. Y aquí tengo que echar mano de una conocidísima idea suya que, sin embargo, nunca he visto interpretada en ese sentido. Se trata de su insistencia en que María es la única Madre de la Compañía. De los varios textos que repiten la idea, hay uno especialmente revelador. Se trata de una carta dirigida a San Vicente en diciembre de 1658:

«No me he atrevido a manifestar a su caridad, en nombre de toda la Compañía de nuestras Hermanas, que nos consideraríamos muy dichosas de que nos pusiera mañana en el santo altar bajo la protección de la Santísima Virgen, ni a suplicarle que nos alcance la gracia de que podamos reconocerla como siempre nuestra única Madre, puesto que su Hijo no ha permitido hasta el presente que nadie usurpase ese nombre en acto público»11.

Como vemos por la última frase, Santa Luisa sabía perfectamente que, en privado y posiblemente dirigiéndose a ella, las Hermanas la llamaban Madre o la Madre. Y es eso lo que se niega a aceptar. Ella no es la madre de la Compañía. Ésta no tiene otra madre que la Virgen. Como, para San Vicente, ni la Congre­gación de la Misión ni las Hijas de la Caridad tienen otro fundador que Dios, para Luisa, la Compañía no tiene otra engendradora que María. Ella es por eso la única Madre, la verdadera fundadora. San Vicente no la contradijo en vida. Aguardó a su muerte para desmentirla. Entonces lo afirmó tajantemente: «¡Ánimo! —dijo en la conferencia del 3 de julio de 1660 sobre las virtudes de la señorita Le Gras­Tenéis en el cielo una madre que goza de mucha influencia»‘. Como nosotros cuando le oímos decir a él que no era el fundador de la Misión y de la Caridad, él tampoco creyó a su compañera de afanes fundadores. Y la consideró auténtica madre. La consideró fundadora.

III. EL DESARROLLO GRADUAL

La idea inicial de la Compañía de las Hijas de la Caridad tuvo un desarrollo largo y lento. Pasaron dieciséis años entre la primera concepción de «la Caridad» y su plasmación en una comunidad organizada. Son los años de evolución de Santa Luisa y los años de búsqueda de caminos concretos por parte de San Vicente. Los años que van de las Caridades a la Compañía. Vicente necesitó la experiencia de la parcial inoperancia de las cofradías en las grandes ciudades —»cuando llegaron a la ejecución, se vieron impedidas de hacerles los servicios más bajos y más penosos»— para concebir la idea de una asociación compuesta por muchachas sencillas en vez de grandes damas y dedicada por entero al servicio de los pobres. Luisa recorrió un camino más largo, desde su inicial vocación contemplativa hasta su decisión de consagrarse de por vida al servicio de los pobres, pasando por su tremenda noche oscura de 1623, su viudez, el intento de vida religiosa en su propia casa y su actividad como visitadora de las Caridades. Es un proceso que se ha descrito numerosas veces y que no voy a repetir. Me interesa solamente destacar dos puntos: la intervención de Luisa en la formación de las primeras candidatas y en la constitución material y formal de la comunidad.

Si Margarita Naseau es la primera Hija de la Caridad según declaración del mismo Vicente, Luisa es la primera maestra de novicias. A la casa de Luisa empezó a enviar Vicente las muchachas que se presentaban con deseos de servir a los pobres, empezando por la propia Margarita: dígame «si esa buena muchacha de Suresnes, que otras veces la ha visitado y que se dedica a la enseñanza de las niñas, la ha ido a ver, como me prometió el domingo pasado cuando estuvo aquí».

Fue de ese grupo de muchachas que, poco a poco «empezaron a reunirse casi imperceptiblemente» de donde surgiría la comunidad, la Compañía, el 29 de noviembre de 1633 y precisamente en la casa de Santa Luisa. De modo que sin la intervención de ésta, la comunidad no hubiera sido posible. Se ha hecho notar que San Vicente, si es que estuvo presente en la constitución material de la comunidad en aquella fecha, jamás se refiere a ella, en tanto que para Santa Luisa sí tiene verdadero relieve. El hecho tiene una explicación sencilla. Vicente tiene conciencia de que la inspiración inicial se había producido muchos años antes: en una luminosa mañana de agosto en el pueblecito de Chátillon. Todo lo demás fue desarrollo. Tampoco al hablar de los orígenes de la Congregación de la Misión se refiere nunca al 17 de abril de 1625, fecha en que se fundó oficialmente, sino al 25 de enero de 1617, la fecha del sermón de Folleville, la fecha en que sintió la inspiración de Dios para dar comienzo a la Misión. Para Luisa, en cambio, el comienzo estaba en aquel martes de la primera semana de Adviento de 1633 en que un grupito de humildes muchachas pueblerinas llegaron por primera vez a su casa para iniciar en ella una experiencia cargada de futuro.

Pero la atención a la fundación material de la comunidad no debe hacernos olvidar la intervención de Luisa en la fundación formalmente considerada. Es aquí donde hay que situar el puñado de cartas de incierta datación intercambiado entre Luisa y Vicente por los años de 1630 a 1633. Dejando aparte cuestiones controvertidas, parece fuera de duda que todavía en 1630 Luisa se sentía inclinada a abrazar la vida contemplativa. Ese año, en efecto, San Vicente alaba «su generosa resolución de honrar la adorable vida oculta de nuestro Señor, tal como le dio nuestro Señor deseos desde su juventud»15. A esa carta sigue una especie de forcejeo en el que unas veces parece ser Luisa la que urge y Vicente el que refrena y otras veces al contrario. Los ecos que nos han llegado de él son fragmentarios y dispersos y no permiten fijar con seguridad las posturas de uno y otra. Benito Martínez llega a pensar que lo que en un momento dado piensa Santa Luisa es fundar con aquellas primeras muchachas una Congregación reli­giosa, interpretando así este pasaje de San Vicente: «Usted busca convertirse en sierva de esas pobres muchachas, y Dios quiere que sea sierva de él y quizá de otras muchas personas a las que no serviría de otra forma». Sor Charpy, en cambio, lo interpreta todo en sentido diametralmente opuesto: ve en ésa y en las demás cartas de la época una pugna entre la impaciencia de la dirigida, que tendría ya perfectamente clara la idea de las Hijas de la Caridad y estaría decidida a fundarlas a toda costa, y la prudencia del director. Pugnas sí que hay, pero a mi entender, el sentido es otro. Recurramos para aclararlo al primer biógrafo de Luisa. San Vicente estaba decidido a crear la nueva comunidad y para ello necesitaba una mujer: «El señor Vicente pensó que era necesario reunir a aquellas jóvenes en comu­nidad bajo la dirección de una Superiora… Y no encontró a nadie más digno de ese empleo que la señorita Le Gras». Pero la señorita Le Gras no había acabado del todo de resolver sus problemas personales: dudas sobre su propia vocación, angustia por la suerte de su hijo… Las experiencias vividas entre 1630 y 1633, singularmente las visitas a las Caridades, la fueron madurando. Las experiencias y la dirección de Vicente, que suave, pero firme­mente, la fue preparando, acaso sin que ella se diera cuenta, a asumir su misión de fundadora. En efecto, en torno a Pentecostés de 1633, le escribe San Vicente:

«En relación con el asunto que lleva entre manos, todavía no tengo el corazón bastante iluminado ante Dios por una dificultad que me impide ver si es ésa la voluntad de su Divina Majestad. Le pido, señorita, que le encomiende este asunto durante estos días, en que El comunica con mayor abundancia las gracias del Espíritu Santo, así como el propio Espíritu Santo».

Y al acabarse el verano, durante los ejercicios espirituales de agosto o septiembre, le comunica por fin la buena nueva:

«Creo que su ángel bueno ha hecho lo que indicaba en la que me escribió. Hace cuatro o cinco días que ha comunicado con el mío a propósito de la caridad de sus hijas, pues es cierto que me ha sugerido el recuerdo y que he pensado seriamente en esa buena obra; ya hablaremos de ella, con ayuda de Dios, el viernes o el sábado. Si no me indica antes otra cosa».

Bajo la dirección de Vicente y con la guía del Espíritu, Luisa había descubierto su vocación definitiva: convertirse en sierva de «esas pobres muchachas» y de «otras muchas personas», es decir, en fundadora de las Hijas de la Caridad. ¿Recibió para ello una nueva luz sobrenatural, análoga a la de 1623? Ello explicaría su impaciencia de las últimas semanas, prudentemente frenada por Vicente, poco inclinado por temperamento a creer a la ligera en fenómenos extraordinarios, y permitiría leer a una nueva luz la alusión a la comunicación entre los respectivos ángeles de la guarda. En todo caso, fue sólo cuando director y dirigida estuvieron de pleno acuerdo sobre la voluntad divina cuando surgió la Compañía.

IVLa configuración del Instituto

No menos importante que la inspiración original y el desarrollo gradual es, para la existencia de las comunidades, la intervención del fundador en la configuración institucional y espiritual de las mismas. Mediante ella, va dando forma —la forma ida de Dios—, ya en el terreno de la organización jurídica, ya en el del espíritu lo, a la nueva familia religiosa. También en estos terrenos fue muy importante para Hijas de la Caridad, la intervención de Santa Luisa.

El nombre

Si, como os recordaba antes, «de nominibus non est disputandum», hay sin embargo, ocasiones en que los nombres cobran trascendencia, porque pueden decidir y sin duda deciden la naturaleza misma de la cosa. Si da igual llamar a un recién nacido Juan o Pedro —al menos para nosotros los occidentales, que hemos perdido el sentido sacral del «nomen-numen», de los antiguos— no es indiferente que una Congregación se denomine de una manera o de otra. Luisa de Marillac sintió muy agudamente la importancia del nombre. Por eso, la primera objeción que puso a la primera aprobación de la Compañía, de 1646, por el Arzobispo-Coadjutor de París, que se había omitido el verdadero nombre de sus asociadas:

«Permítame que diga a su caridad que la explicación que se da en nuestro reglamento de Hijas de la Caridad me hace desear se continúe dándonos este titulo que quizá por inadvertencia se ha omitido en el documento de aprobación deI establecimiento»

En efecto, el decreto aprobatorio decía simplemente «erigimos la asociación de dichas jóvenes y viudas con el título… de sirvientas de los pobres de la Caridad». Así pues, las Hijas de la Caridad deben a Santa Luisa, si no la invención del nombre, que probablemente tiene otro origen, sí la conservación y la consagración oficial del mismo.

El superior eclesiástico

La segunda objeción de Santa Luisa fue todavía más importante. Se refería a la autoridad suprema de la Compañía, que la aprobación arzobispal atribuía al prelado diocesano. Luisa tomó sobre este punto desde el primer momento una posición neta y decidida, que mantuvo a lo largo de varios años hasta conseguirlo: quería a toda costa que el superior de la Compañía fuera el Superior General de la Congregación de la Misión, es decir, el Señor Vicente y sus sucesores en el oficio. Los textos son sumamente abundantes y expresivos. Escojamos, casi al azar, dos de ellos:

«Esos términos de dependencia tan absoluta del señor Arzobispo, ¿no podrían perjudicarnos en el futuro al dejar libertad para apartarnos de la dirección del Superior General? ¿No es necesario, señor, mediante este documento de aprobación, que su caridad se nos dé como Director perpetuo?… En nombre de Dios, señor, no permita usted que se haga nada que abra una posibilidad, por pequeña que sea, de separar la Compañía de la dirección que Dios le ha dado; porque puede usted tener seguridad de que inmediatamente dejaría de ser lo que es y los pobres enfermos ya no serían socorridos, y así creo que tampoco se cumpliría ya por nosotras la voluntad Dios».

«Me ha parecido que Dios ha establecido mi alma en una gran paz y sencillez en la oración, muy imperfecta por parte mía, que he hecho acerca de la necesidad que tiene la Compañía de las Hijas de la Caridad de hallarse siempre, sucesivamente, bajo dirección que la divina Providencia le ha dado, tanto en lo espiritual como en lo temporal; y en ella he creído haber visto que sería más ventajoso para su gloria que la Compañía llegara a desaparecer por completo antes que estar bajo otra dirección, ya que esto parece sería contrario a la voluntad de Dios».

Pero no fueron sólo palabras, fueron también actuaciones. Santa Luisa movió los todos resortes a su alcance para conseguir lo que pretendía. En 1647 hizo que la Reina Ana de Austria dirigiera al Papa una súplica pidiéndole que tuviese a bien «nombrar directores perpetuos de dicha cofradía o sociedad de sirvientas de los pobres de la Caridad a dicho superior general de la Congregación de la Misión y a sus sucesores en el mismo cargo». No sabemos si la súplica llegó a cursarse, pero, en todo caso, su existencia es una prueba de la decidida voluntad de Santa Luisa sobre este punto.

Como lo es también su proceder en el nunca bien aclarado de la pérdida de la primera aprobación. Sabido es que, cuando en 1650 se intentó registrar la aprobación arzobispal de la Compañía en el Parlamento de París, no pudo hacerse porque el documento original y las Letras Patentes del Rey se habían extraviado. El recién nombrado procurador general, Nicolás Fouquet, hijo por cierto de una importante dama de la Caridad muy amiga de Santa Luisa, no pudo encontrarlos entre los papeles de su difunto antecesor, Blas Méliand. Tampoco se encontraron en el archivo de San Lázaro ni en la casa de las Hermanas, por más que Santa Luisa hizo que se buscaran en uno y otro lado. Carecen de fundamento sólido todas las hipótesis que se han hecho sobre esta desaparición, desde la de atribuírsela a Luisa hasta hacer respon­sable de ella a la propia Ana de Austria, para evitar que la aprobación arzobispal, al ser registrada por el Parlamento, adquiriese fuerza de Ley consagrando así el principio de dependencia del Arzobispado privando de eficacia a su propia súplica. Lo único do es que hubo que empezar de nuevo todas las gestiones: nueva aprobación del arzobispo, que era ya el antiguo coadjutor, concedida el 18 de enero de 1655, nuevas Patentes reales -noviembre de 1657- y registro en el Parlamento, logrado en 1658. Es de notar que sólo un punto importante distingue la segunda aprobación de la primera: en la nueva, conforme a los deseos de Luisa, se confía a perpetuidad el gobierno y dirección de la cofradía «a Vicente de Paúl y sus sucesores los superiores generales de la Congregación de la Misión», y en todos los pasajes en que antes se hablaba del gado del arzobispo, se habla ahora del superior.

La constitución del Superior General de la Congregación de la Misión en superior general de las Hijas de la Caridad es, por tanto, una de las aportaciones de Santa Luisa a la configuración institucional de la Compañía. Es una aportación básica, porque do ella se derivan otra muchas, pero una aportación cuyo sentido y alcance es preciso valorar con precisión. No estoy de acuerdo con una interpretación que reduciría a San Vicente a mero y resignado ejecutor de los deseos de Luisa, como si en él hubiera una repugnancia a aceptar el superiorato de las Hijas de la Caridad para no desviar a la C.M. de su finalidad propia, la evangelización de los pobres y la dirección de los seminarios. No. Las dudas de San Vicente son de otra especie. Es que él no se tiene por el verdadero fundador, papel, que, como sabemos, atribuye sólo a Dios. Por eso, cuando Luisa le escribe argumentándole que

«La base sin la que creo es imposible que pueda subsistir dicha compañía, ni que Dios obtenga de ella la gloria que parece querer que se le dé, es la necesidad que la Compañía tiene de ser erigida, bien bajo el nombre de compañía o bajo el de cofradía, enteramente sometida y dependiente de la dirección venerable del venerado superior general de los sacerdotes de la Misión, con el consentimiento de su compañía, a fin de que, agregadas a ella y participando del bien que allí se hace, la divina bondad, por los méritos de Jesucristo y la intercesión de la Santísima Virgen, nos conceda la gracia de vivir del espíritu con que su bondad anima a dicha venerable compañía».

San Vicente responde:

«Es Dios el que ha fundado a esa pequeña compañía y el que la dirige: dejémosle hacer y adoremos su divina y amable dirección».

En una palabra, es la dialéctica de los santos. Si San Vicente no se tiene a sí mismo por fundador, Luisa está absolutamente convencida de que lo es y apoyada por eso convicción acabará por vencer los escrúpulos del santo. En reciprocidad, Vicente lo proclamará a ella madre de la Compañía. No es pues que santa Luisa haya forzado aVicente a aceptar el papel de superior de la Compañía. Sería absurdo. Simplemente le ha hecho ver lo que todo el mundo veía y que él, en su «ignorancia» de fundador, era el único en negarse a ver. Por lo demás, Luisa se muestra en todo momento sumamente respetuosa con los puntos de vista de su maestro y padre espiritual, sin atreverse a hacer nada sin su expreso consentimiento. Por eso, si en noviembre de 1646 no comunica a las Hermanas la llegada de la aprobación de la Compañía por arzobispo-coadjutor de París, le explica la omisión a San Vicente con una fórmula que lejos de tener nada de sequedad, como se ha pretendido, suena a humilde respetuosa presentación de excusas:

«No se me ocurrió preguntarle si debía comunicar esto a las Hermanas, y no lo he hecho».

Las Reglas

El medio por excelencia por el que los fundadores configuran espiritualmente a sus munidades es la Regla. No sabemos con detalle cómo se elaboraron las Reglas de Hijas de la Caridad. En conjunto, son obra de San Vicente. Pero contó para ello con ayuda de varios colaboradores entre los que figuró ciertamente el P. Portail y, por puesto, Luisa de Marillac. Ella intervino ante todo urgiendo al santo para que las redactara. En este sentido hay que interpretar sus preguntas en noviembre de 1646, a raíz de la primera aprobación de la Compañía:

«Esos reglamentos que se nos deben dar, ¿es intención del señor Arzobispo que sean los que van a continuación de la instancia? ¿Requeriría esto un acta aparte o es que se quiere poner otros por separado?».

Las preguntas se convierten en respetuoso apremio unos años más tarde:

«La segunda necesidad es que nuestra forma de vida quede redactada por escrito para poder darla a los lugares en que haya Hermanas capaces de leerla y guardarla reverentemente, sin mostrarla a las personas del mundo ni darles copia».

San Vicente parecía tener menos prisa. Sin duda quería hacer como con las Reglas de los misioneros: experimentarlas antes de ponerlas por escrito. Por eso prometía: «En el porvenir tendréis vuestras reglas». Lentamente, sin prisas, se fueron redactando varios borradores y, aunque no los conservamos todos, como tampoco las observaciones hechas por los diversos redactores, algunos escritos de Santa Luisa que poseemos, demuestran lo atentamente que los leyó, lo minucioso de sus observaciones sobre los mismos y que ella fue la primera redactora de algunos. Hay dos párrafos que quiero destacar:

He pensado en «la necesidad de que las reglas obliguen siempre a la vida pobre, sencilla y humilde, por miedo a que si se adoptara una forma de vida que requiriera más gasto y con prácticas que atrajeran a la ostentación y, en parte, a la clausura, esto obligara a buscar medios para subsistir, como sería, por ejemplo, constituir un cuerpo o grupo interior y sin acción, que se alojaría por separado de las que entraran salieran, mal vestidas; porque hay algunas que dicen que este tocado, este nombre dé Hermana, no nos dan autoridad, sino que atraen desprecio«.

No menos importante es la observación que hace al artículo 10° de las Reglan Comunes:

«La palabra ingratos, ¿no es demasiado dura y no hace presumir de los pobres qué deben agradecimiento a las Hermanas de la Caridad? lo que no debe ser, porque las Hermanas tienen obligación de servirles«.

He destacado estos dos párrafos porque uno y otro revelan que la intervención de Santa Luisa en la redacción de las Reglas fue más allá de correcciones de detalle a esta o la otra disposición para afectar al espíritu mismo que debía animarlas. Las Reglas (lo las Hijas de la Caridad, son, ante todo, la expresión de todos esos valores tal y como los entendía San Vicente, pero reflejan también la visión que de ellos tenía Santa Luisa Darle el título de fundadora o cofundadora es también, desde este punto de vista, do estricta justicia.

Los votos

Si los fundadores realizan la configuración material y espiritual de su comunidad en función de los contenidos de la inspiración original que le dio vida, en ningún otro elemento resalta esto con mayor claridad que en el tema de los votos de las Hijas de la Caridad. La primera intuición de Santa Luisa sobre la Compañía, la iluminación de 1623, incluía claramente —lo hice notar antes— la profesión de los consejos evangélicos: «llegaría un tiempo en que estaría en condiciones de hacer voto de pobreza, de castidad y de obediencia, y que estaría en una pequeña comunidad en la que algunas harían lo mismo».

Para Santa Luisa, por tanto, no pudo ser una sorpresa que en la conferencia del 19 de julio de 1640, San Vicente, siguiendo un método que podría llamarse socrático, propusiera a las Hijas de la Caridad la emisión de votos, aunque, eso sí, privados y de conciencia, para no convertirse en religiosas, pero, no obstante, sometidos a la concesión por parte de los superiores; ninguna Hermana debería tener la osadía de hacerlos por su cuenta ni siquiera con el permiso del confesor. ¿Lanzaba con esto una discreta indirecta a la misma Luisa de Marillac? El caso es que los votos so institucionalizaron muy pronto en la Compañía, conforme a la expectación de Luisa y a sus indudables deseos. El 15 de marzo de 1642, un mes después que los misioneros, los emitía junto con Santa Luisa, un primer grupo de cuatro Hermanas. Fueron votos perpetuos.

En la correspondencia de Santa Luisa abundan las alusiones a los votos. En ellas evidencia que conoce perfectamente su naturaleza, que se los propone a las Hermanas como ideal de vida y norma a la que deben ajustar su conducta, que está perfectamente al tanto de las ideas y la disciplina del fundador sobre el asunto y la comparte, como, por ejemplo, el deseo de que sean anuales y la práctica de no concederlos perpetuos sino a personas muy probadas, que los considera uno de los tesoros espirituales de la Compañía. No elabora en torno a ellos una teoría o una práctica, pero la alegría que muestra cuando se les conceden a las Hermanas, el relieve que da a esa noticia, la devoción con que recuerda los aniversarios y las fechas de renovación y la instancia con que solicita a San Vicente que esté presente en la Misa en que algunas Hermanas deben emitirlos o renovarlos, hablan bien a las claras de la importancia que atribuía a este elemento esencial de la fisonomía de la Compañía. No en vano, para ella pertenecían al primer designio que Dios le había manifestado sobre su futuro personal y el futuro de la comunidad a la que debía dar nacimiento.

El espíritu de la Compañía

A los ojos de cualquier observador, en nada se manifiesta tanto que los Institutos religiosos son obra de sus fundadores como en el espíritu que los anima. Por eso el Concilio ha subrayado que toda auténtica renovación de los Institutos debe pasar necesariamente por el retorno al espíritu de los fundadores. Ahora bien, el espíritu del fundador consiste —San Vicente era particularmente consciente de ello— en una participación del espíritu de Cristo, es decir de una determinada visión del Evangelio, una especial vivencia del misterio de Cristo. Es ello lo que permite hablar, aunque la expresión sea un tanto inadecuada, del Cristo de San Francisco, del Cristo de San Juan de la Cruz o del Cristo de San Vicente Paúl y de Santa Luisa de Marillac. En esa personal visión de Cristo consiste esencialmente el espíritu de cada orden, congregación o sociedad apostólica y de ella brotarán, como consecuencia las virtudes y las prácticas propias del Instituto: lo que a mí me gusta denominar con una honda expresión española poco utilizada en este contexto, el estilo de cada Congregación: estilo de Paúl, el estilo de la Hija de la Caridad.

El espíritu de las Hijas de la Caridad es, de ello no cabe ninguna duda, el espíritu de San Vicente de Paúl. Es la visión vicenciana de Cristo evangelizador y servidor de los pobres la que anima e inspira la Compañía. Y esa visión de Cristo determina las virtudes propias, el estilo de las Hijas de la Caridad: la sencillez, la humildad y la caridad. ¿En qué medida contribuyó Luisa de Marillac a la definición y transmisión de ese espíritu? Santa Luisa tenía una espiritualidad propia, fruto de su personal trayectoria vital. Pero esa espiritualidad propia, sin perder sus rasgos propios, había sido reorientada por Vicente de Paúl, que indujo a Luisa a interpretar en clave de servicio a los pobres sus precedentes experiencia espirituales introduciendo así en su alma una nueva jerarquía de valores. Desde ese momento, Luisa será la fiel guardiana, intérprete y transmisora del espíritu del fundador que ella fue la primera en asimilar, como fueron luego Margarita Naseau, Bárbara Angiboust, Maturina Guérin o Margarita Chétif. No sin matizarlo con algunos rasgos personales. El Cristo de Luisa, el Cristo de la Pasión y de la Cruz, será al mismo tiempo el Cristo-servidor de Vicente. El crucifijo se orlará con la leyenda paulina: Caritas Christi urget nos, la caridad de Cristo nos constriñe. Y las tres virtudes típicas del espíritu de la compañía serán expuestas Luisa de esta manera:

«La humildad, la sencillez, el amor a la santa humanidad de Jesucristo, que es perfecta caridad, son su espíritu».

Nos sale aquí al paso un problema que, forzosamente, tenemos que limitarnos o apuntar: ¿hasta qué punto del espíritu del fundador o, si se prefiere, su carisma, puedo poseer rasgos que no forman forzosamente parte del espíritu que debe transmitir a lo Congregación por él fundada? En algunos casos al menos, parece evidente que lo misión fundadora no agota plenamente la vocación personal del fundador. Piensese por ejemplo, en San Bernardo de Claraval, que, además de fundador de Ios Cistercienses, fue hacedor y consejero de Papas y predicador de Cruzadas, en San Francisco de Sales, obispo de Ginebra y fundador de las Religiosas de la Visitación en San Antonio María Claret, arzobispo de Santiago de Cuba y confesor de Isabel además de fundador de los Hijos del Corazón de María. En proporciones más modestas, opino que algo análogo ocurre con Luisa de Marillac, quien tuvo una vocación personal para la que recibió gracias especiales y un espíritu propio que no tenía por qué coextenderse con el espíritu de las Hijas de la Caridad.

En todo caso, sí que hay un rasgo muy personal de Santa Lucía que pasó íntegro al espíritu de la Compañía. Me refiero a su acusada devoción a María Santísima. No es que tal devoción esté ausente del espíritu vicenciano. Precisamente para la fundación de la Caridades —germen, no lo olvidemos, de las Hijas de la Caridad— escribió él uno de sus más elocuentes textos marianos:

«Y siendo así que, invocando y tomando por patrona en las cosas importantes a la Madre de Dios, es imposible que no vaya bien todo y que no redunde todo en gloria de su Hijo, el buen Jesús, dichas damas la toman por patrona y le suplican que tenga de la obra un cuidado especial».

Si no hubiera otras muchas, bastaría esa frase para garantizarnos que, en el espíritu de San Vicente, la devoción mariana forma parte del espíritu de las Hijas de lo Caridad desde lo que debemos considerar como la inspiración original del Instituto. Lo que pasa es que Santa Luisa asimiló esta nota de una manera especial e hizo de ella distintivo y casi diría que una bandera. Su consideración de María como única Madre de la Compañía encuentra en este contexto la plenitud de su desarrollo lógico. Pero no voy a entrar en esa cuestión porque estimo que ha sido recientemente estudiada en otros lugares. La devoción a María o, mejor, un determinado estilo de devoción mariana es, pues, una de las aportaciones personales Luisa al espíritu de las Hijas de la Caridad. Pero no es la única,

La adhesión a la Iglesia

Pocos santos ha habido dotados de tan fuerte sentido de Iglesia como Luisa de Marillac. Puede decirse que toda su vida cristiana está penetrada de la preocupación por vivir en y con la Iglesia. Especialmente se impone el deber de dejar constancia de ello en los momentos más solemnes, v. gr. con ocasión de pedir al Papa la bendición apostólica:

Luisa de Marillac, muy adicta a la obediencia al Santo Padre, más de voluntad que de hecho, en su condición —aunque indigna de ella— de católica romana’ o en su lamento: «Protesto ante Dios y ante las criaturas que quiero vivir y morir en la Iglesia Católica, Apostólica y Romana». No era sólo en esas ocasiones. La conciencia de pertenecer a la Iglesia, de deberle la transmisión del mensaje salvador de Cristo, de recibir en ella y por medio de ella las gracias necesarias para su vida así como del deber de orar por la Iglesia puede decirse que es un ritornello constantemente presente en espíritu.

Lo que tan intensamente sintió en su vida personal, lo aplicó a la Compañía y se lo transmitió, más por la vía de contagio y ejemplo que por vía de imposición. Da por supuesto que las Hijas de la Caridad son hijas de la Iglesia, que, en virtud de ello, manifestarán siempre profundo respeto y sumisión hacia los obispos, los párrocos, los sacerdotes en general, que sentirán y harán suyas las penas y alegrías de la Santa Madre Iglesia.

Un rasgo curioso e interesante del sentido eclesial de Luisa es cómo va asociado a la dedicación de la Compañía al servicio de los pobres. Hay un pensamiento suyo sumamente revelador en este sentido. Se encuentra entre sus Pensamientos sobre la Pasión de Nuestro Señor, redactados hacia 1646. Es éste:

«El día de la Octava del Santísimo Sacramento, estando adorándolo en el coro do iglesia de nuestros venerables Padres, le he pedido por la unión amorosa del Verbo con el hombre, que ellos y nosotras le estuviésemos eternamente unidos, y unidos también a la Jerarquía Apostólica y Romana mediante una sólida unión de todos loa miembros de la Comunidad con los pobres, como Dios quiere».

No podríamos encontrar mejor prueba de que para la fundadora Luisa de Marillac la suerte de su Comunidad está indisolublemente ligada a la fidelidad de la misma a la Iglesia. Es precisamente a través de su finalidad más específica, el servicio de los pobres, como la siente unida a la Iglesia misma. En la mente de Luisa de Marillac, la Compañía de las Hijas de la Caridad había nacido en la Iglesia y al servicio de la Iglesia, o dicho con otras palabras, con una irrenunciable vocación eclesial. Vemos, pues, realizarse en ella otro de los elementos esenciales del carisma fundador.

V. La fecundidad espiritual

Les decía al principio que otro de los distintivos del carisma de fundador es el don de la fecundidad espiritual, la capacidad que confiere de transmitir a otros —discípulos y seguidores— el contenido de la inspiración fundamental del Instituto, la facultad de engendrar hijos espirituales. A nadie que conozca el prodigioso desarrollo de las Hijas de la Caridad en los cuatro siglos transcurridos desde el nacimiento de su madre, se le ocurrirá dudar de que Luisa de Marillac poseyó en grado eminente ese precioso don. Por eso y porque la materia merecería un estudio mucho más detenido del que puedo permitirme en estos últimos y apresurados momentos de mi ya larga exposición, me limitaré a unas breves reflexiones.

Si San Vicente buscó a Luisa de Marillac para dar inicio a la Compañía fue precisamente porque comprendió que ésta necesitaba una madre. Por eso empezó enviar a su casa las primeras candidatas aún antes de que en su mente —ni en la de Luisa— estuviese concebido el designio concreto de la Compañía. Pero «empezaron a reunirse sin darse cuenta» y pronto la casa de Luisa fue insuficiente para contener la afluencia de vocaciones. Hubo que trasladarse, hubo que construir, hubo quo ampliar. Poco a poco, la casa se iba haciendo eso que tan expresiva como gráficamen­te se llama Casa-madre. En medio de ella, Luisa ejercía su labor, tan importante como delicada, de transmitir el espíritu, el alma, del Instituto —es decir, dar la vida— y de educar en él a las nuevas adquisiciones: las dos funciones específicas de toda verdadera madre.

Ante todo, transmitir el espíritu. Basta esta idea para darnos cuenta de hasta qué punto confiaba San Vicente en Luisa de Marillac, de lo seguro que estaba de que sería entre las Hermanas la fiel intérprete de su visión de la comunidad, de su espíritu y de su pensamiento. ¿Le hubiera confiado de otro modo la maternidad espiritual de sus Hijas? Luisa fue de verdad madre de la comunidad desde el primer momento. Ella se encargó de inculcar a las aspirantes los principios fundamentales de la vida de la comunidad y, ante todo, el amor a los pobres, finalidad esencial del Instituto que había hecho suya a los pocos años de ponerse bajo la dirección del Señor Vicente.

Pero no basta con engendrar. A continuación había que educar. Santa Luisa educadora: he aquí un amplio tema que no podemos sino esbozar. Educadora en las charlas espirituales, en las conferencias desarrolladas bajo la benévola dirección del señor Vicente, en el estilo de gobierno, en la correspondencia con las Hermanas de provincias, que personalizaba las enseñanzas dadas en común, en la corrección de los pequeños abusos comunitarios… Educadora con el ejemplo, la oración y la palabra. Educadora en los momentos más íntimos y en las ocasiones públicas y solemnes. No conozco ningún texto más personalmente verdadero y, al mismo tiempo, más lleno de intención pedagógica que el testamento espiritual de Santa Luisa, que todos Vds. se saben de memoria:

«Mis queridas hermanas, sigo pidiendo para ustedes a Dios su bendición y le ruego les conceda la gracia de perseverar en su vocación para que puedan servirle en la forma que Él pide de ustedes. Tengan gran cuidado del servicio de los pobres y sobre todo de vivir juntas en una gran unión y cordialidad, amándose las unas a las otras, para imitar la unión y la vida de Nuestro Señor. Pidan mucho a la Santísima Virgen que Ella sea su única Madre».

A través de esas palabras, Luisa ha seguido siendo la educadora de las Hijas de la Caridad a lo largo de generaciones. Es decir, ha seguido y sigue siendo la constante fundadora de la Compañía.

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