Capítulo Tercero: Reglas y constituciones.
I. Reglas y constituciones.
Reglas y constituciones, la Compañía, a decir verdad, no tenía aún. Hasta entonces Vicente había sido su ley viviente, y las lecciones y ejemplos del santo fundador habían servido de reglas. Pero él tenía ya ochenta y dos años y debía darse prisa por dejar a sus hijos su pensamiento y su alma escritos como su más santa herencia, como la forma y el carácter definitivos de la gran familia que iba extenderse por todo el universo.
Por lo demás, en medio de estas ocupaciones tan variadas y tan numerosas, él pensaba en ello todos los días hacía largos años; además, en la desconfianza continua en la que le colocaba su humildad ya de por sí, consultaba a Dios y a los hombres. Vemos por su correspondencia, que le gustaba consultar, no sólo a los sabios, a los más entendidos canonistas de Roma, a los mejores teólogos de la Sorbona, a los más hábiles jurisconsultos del Parlamento, sino también a los superiores de sus casas, a sus más humildes sacerdotes, para saber por ellos lo que la experiencia demostraba practicable.
Por esto precisamente, aparte de su carácter lento y reflexivo, tímido por humildad, lo que le había hecho diferir por largo tiempo la impresión y la distribución de sus reglas. Quería primeramente imitar a Nuestro Señor. quien comenzó por obrar antes que instruir, coepit Jesus facere et docere; quien practicó todas las virtudes durante los treinta primeros años de su vida, y empleó tan sólo los tres últimos en enseñar su doctrina. Él también, hacía treinta años, treinta y tres incluso, que había establecido su congregación, cuando se determinó a darle una ley. Durante ese tiempo, él y sus hijos, como el Salvador, habían comenzado por hacer antes de enseñar. De esa forma se evitaban todos los inconvenientes de las constituciones prematuras. Nada nuevo en estas reglas para los Misioneros; nada que no hubiera sido practicado mucho tiempo con edificación; nada que no tuviera su existencia en los hechos, antes de formularse en la letra; nada, por consiguiente, que la debilidad y la flaqueza pudieran tachar de impracticable o siquiera de difícil. «Hemos hecho, decía Vicente, como los Recabitas de la Escritura que guardaban por tradición las reglas que sus padres les habían dejado, aunque no estuviesen escritas..»
Así han hecho la mayor parte de los fundadores de órdenes, inspirados por Aquél que da nacimiento, crecimiento y duración a todo. Por haber ido demasiado de prisa, se había visto obligado san Francisco de Sales a añadir un directorio a las reglas de la Visitación; pero san Ignacio, quizás el mayor político del mundo, con toda seguridad el mayor político de las sociedades religiosas, se contentó con dar en vida a su compañía algunas reglas breves y elásticas, dejando al tiempo y a la experiencia revelar a sus sucesores los cambios y adiciones que habría que introducir en sus constituciones.
Por el beneficio de su larga vida, san Vicente de Paúl pudo ver sucederse varias generaciones en su propia familia, seguir la puesta en práctica de su obra por los instrumentos más diversos, y en las circunstancias más múltiples; y como, durante ese tiempo, conservaba él la dirección suprema, pudo modificarla y conducirla a tal punto de perfección definitiva en el que se viera al abrigo del tiempo y del cambio.
Analicemos rápidamente estas reglas y constituciones comunes, impregnadas del espíritu de Dios y de esa sabiduría humana que no es más que una participación de la sabiduría divina.
Están redactadas en latín y contenidas en doce capítulos.
I. –Jesucristo comenzó por obrar, después enseñó; es decir que practicó en primer lugar a la perfección toda clase de virtudes, luego evangelizó a los pobres, y enseñó a sus apóstoles y a sus discípulos la ciencia de la dirección de los pueblos. Formada en el modelo de Jesucristo, la congregación de la Misión tendrá pues por triple fin trabajar en su propia perfección; evangelizar a los pobres, y principalmente a los habitantes de los campos, ayudar a los eclesiásticos a adquirir la ciencia y las virtudes de su estado. –Ella se compone de eclesiásticos y de laicos. Las funciones de los primeros son, a ejemplo de Jesucristo y de sus discípulos, recorrer las ciudades y las aldeas, y en ellas instruir con predicaciones y catecismos, recibir las confesiones generales, apaciguar las querellas, concluir los procesos, establecer la cofradía de la Caridad; luego, dirigir los seminarios, y abrir a los eclesiásticos del exterior retiros y conferencias. Los segundos cumplen el oficio de Marta: ayudan a los eclesiásticos en estos diversos ministerios, a los que añaden la cooperación con sus oraciones, con sus lágrimas, con sus mortificaciones y con sus ejemplos. –unos y otros no alcanzarán su fin sino revistiéndose del espíritu de Jesucristo, que brilla sobre todo en las máximas del evangélicas, en su pobreza, su castidad, su obediencia, su caridad con los enfermos, en su modestia, en el modo de vivir y de obrar que enseña a sus discípulos, en sus charlas, en sus ejercicios diarios de piedad, en sus misiones y demás funciones que se impuso a favor de los pueblos. –En una palabra, fin del instituto, su personal, sus deberes y os medios de cumplirlos: ese es el objeto de este primer capítulo. Los diez siguientes no son más que el desarrollo de los medios cuya enumeración acaba de ser señalada. -Se ve también este espíritu de orden que el sentido exquisito de Vicente llevaba en todo, en la teoría como en la práctica.
II. –Y primeramente, las máximas evangélicas. Como no engañan nunca, mientras que las del mundo engañan siempre, la congregación actuará siempre según ellas, nunca según las del mundo. así pues, preferirá las cosas espirituales a las temporales, la salvación del alma a la salud del cuerpo, la gloria de Dios a las vanidades del siglo, la pobreza, la infamia, las torturas y la muerte misma a todo lo que pueda separarla de la caridad de Jesucristo; se esmerará en hacer siempre y en todo la voluntad de Dios, evitando todo el mal prohibido y buscando todo el bien mandado, eligiendo de preferencia en las cosas indiferentes aquellas que repugnan mas a la naturaleza, aceptando de la manos de Dios los bienes y los males con un agradecimiento igual; ella unirá la sencillez de la paloma a la prudencia de la serpiente, practicará la mansedumbre de Jesucristo, por la que se obtiene la posesión de la tierra, y su humildad, por la que se gana el cielo y, por consiguiente, se creerá digna del desprecio de los hombres, se alegrará de ver sus imperfecciones sacadas a la luz del día, ocultará el bien que Dios opere por ella, o le atribuirá toda la gloria; renunciará a su voluntad, a su juicio, a las satisfacciones de los sentidos, al amor excesivo por la familia, al apego a los empleos, los lugares y las personas, a la singularidad al alimento y vestido, en la manera de enseñar, de predicar y de dirigir y hasta en las prácticas de piedad; tendrá siempre en honor los actos de caridad, amar-a a sus enemigos, rogará por ellos y les hará favores; pero, entre todos los preceptos evangélicos, se aferrará a los que con preferencia nos recomiendan la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo por la salvación del prójimo; de estas cinco virtudes, ella hará como las facultades de su alma y animará todas sus acciones; no obstante es verdad decir que Jesucristo ha derrotado el imperio del demonio y restablecido el reino de su Padre por la pobreza, la castidad y la obediencia.
III. –Por lo tanto, la congregación imitará primero esta pobreza de Jesucristo, que llagaba hasta no tener una piedra donde reposar la cabeza. Entre sus miembros todo será común. nadie dispondrá de nada como de cosa propia, ni sin la voluntad del superior. Mesa, habitación. Lecho, muebles, todo entre ellos será pobre; nada cerrado con llave; llevarán la pobreza hasta en sus deseos, teniendo sobre todo como una tentación peligrosa apetecer los bienes y dignidades eclesiásticas.
IV. –La castidad cuyo amor llevó Jesucristo hasta querer nacer de una virgen, y a no permitir que fuera en él atacada por la envidia, es tanto más necesaria a los Misioneros, cuanto más los exponen sus funciones a desearla. Guardarán pues con vigilancia sus sentidos interiores y exteriores, huirán de la intemperancia y de la ociosidad, de los tratos demasiado familiares y demasiado tiernos; en una palabra, tomarán todas las precauciones necesarias para poner en ellos esta virtud al abrigo no sólo de todo daño, sino de toda sospecha, persuadidos de que tal sospecha, incluso injusta, dañaría más a su ministerio que la falsa imputación de cualquier otro crimen.
V. –Para honrar la obediencia que Jesucristo llevó hasta la muerte, los Misioneros obedecerán al papa, a los obispos, a su superior, tanto general como particular; no pedirán nada, lo aceptarán todo; no emprenderán ni abandonarán ningún empleo, ningún trabajo, ningún estudio, sin permiso expreso; estarán en las manos de sus superiores como la lima en manos del obrero..
VI. –A los que enviaba a misiones, Jesucristo recomendaba el cuidado y la visita de los enfermos, sobre todo de los pobres. la congregación seguirá esta prescripción caritativa dentro y fuera, viendo en cada enfermo no a un hombre, sino al mismo Jesucristo. Por su parte el enfermo mirará su lecho como un púlpito desde el que debe enseñar a todos las virtudes cristianas, y principalmente la paciencia, la conformidad con la voluntad de Dios y una perfecta obediencia a los médicos tanto del alma como del cuerpo.
VII. –Los misioneros imitarán también la modestia de Jesucristo, tan recomendada por san Pablo; la practicarán bajo la mirada de Dios solo como en presencia de los hombres; la observarán a todas partes, en la iglesia, en la mesa, en los ejercicios públicos, en sus relaciones de unos con otros; brillará sola en su traje y en su pobre y pequeño mobiliario.
VIII. –Con los de dentro practicarán las máximas dadas por Jesucristo a sus discípulos; se tratarán entre ellos como verdaderos amigos, sin amistades ni aversiones particulares; mostrarán respeto y honor a todos los que los sobrepasen en dignidades, conversarán de cosas de piedad o de conocimientos necesarios a su estado y eso con modestia y alegría, abandono y discreción, sin discusión ni disputas, sin murmuraciones, censuras ni maledicencias, sin ocuparse de la administración ni de la casa, ni del Estado,, sin tomar parte en las disensiones públicas o las guerras entre príncipes cristianos; y como se entrena en usar bien de la palabra por el silencio, se callarán en todo tiempo y en todos los lugares prescritos por la regla.
IX. –Con respecto a los de fuera, seguirán también los preceptos dados por Jesucristo a sus discípulos sobre la manera de comportarse con el prójimo, con los escribas y fariseos, con los magistrados y los príncipes, etc. Luz del mundo, no perderán más su pureza en su contacto con el siglo, que el sol al atravesar las materias impuras; siervos de Dios, no se mezclarán ni en proceso, ni en negocio, ni en ningún de los asuntos del siglo, ni siquiera en obras de piedad sin el permiso del superior; sin este permiso, no atraerán a extraños a la casa, no mantendrán ningún trato con ellos, no les comunicarán ni las reglas, ni las cosas del interior, y no tomarán alimento en sus casas; incluso con este permiso, se atendrán a lo que se les haya prescrito en cuanto al tiempo, el lugar y el modo, de lo que darán cuenta a u regreso..
X. –Como Jesucristo y sus discípulos tenían sus ejercicios de piedad, tales como subir al templo los días señalados, dedicarse a la oración, retirase alguna vez a la soledad, la pequeña congregación tendrá también sus ejercicios espirituales. Siguiendo su bulla de erección, ella honrará particularmente los misterios inefables de la Santísima Trinidad y de la Encarnación con frecuentes actos de devoción, y de fe, con algunas oraciones y buenas obras cotidianas, con la propagación de su conocimiento y de su culto, con el buen uso de la Eucaristía que las resume, con la devoción hacia la Santísima Virgen, madre del verbo encarnado. Además, una hora cada mañana de oración mental, celebración o asistencia diaria a la misa, lectura diaria también de una obra espiritual y del Nuevo Testamento, lectura de mesa, dos exámenes de conciencia al día, recitación en común del santo oficio, confesión sacramental y conferencias semanales, visita al Santísimo Sacramento al salir de la casa y al regresar, adoración de rodillas al entrar en la habitación y al salir, dirección espiritual e informe de conciencia cada tres meses, mortificación del viernes y de ciertos días a año, retiro y revisión anual: tales sin las solas prácticas de piedad prescritas en la congregación, y que le son poco más o menos comunes con todas las familias religiosas, incluso con los buenos eclesiásticos seculares que tenía que formar y a quienes no debía ofrecer en su vida un modelo inimitable.
XI. –En cuanto a las Misiones, Jesucristo dio también reglas a sus discípulos mandándoles pedir al señor de la mies que enviara obreros a su campo, señalándoles a quién y cómo debían predicar, de qué modo debían alimentarse, conducirse, ya en el viaje, ya con los que no los querían recibir. A ejemplo suyo, la congregación observará las reglas siguientes: ante todo, ella hará de de las Misiones si obra principal e indispensable, a lo que la obliga el mismo nombre que ha permitido la divina Providencia darle por la voz unánime de los pueblos, y ella no las descuidará nunca por las obras más excelentes, ni siquiera por el servicio del clero, aunque esté casi igualmente encargada de este segundo ministerio. Además, envío del superior, aprobación del obispo, en cada diócesis, conformidad y bendición del párroco en cada parroquia, funciones gratuitas y rechazo de toda oferta con excepción del alojamiento, discreción y precauciones infinitas si se necesita consultar, dirección de las comunidades de mujeres prohibida, incluso de las hijas y mujeres de la Caridad sin el permiso expreso del superior: esto es a lo que se reducen todas las prescripciones y prohibiciones.
XII. –Jesucristo no sólo comenzó por obrar y por instruir, también lo hizo todo bien. Para seguir hasta el fin a este divino modelo, la Compañía empleará los medios propios para cumplir bien las funciones de las que se acaba de hablar. En todos sus trabajos, y sobre todo los más brillantes, cada uno tendrá la única y pura intención de agradar a Dios, nunca de agradar a los hombres, y de contentarse a sí mismo. Se evitará la vana complacencia atribuyendo a Dios toda la gloria, y los despechos del amor propio herido por el amor a las humillaciones. Después de un acto público, se guardará mucho de excitar el orgullo por alabanzas y de desanimar la debilidad por censuras indiscretas. Se hará gala de sencillez, esa virtud principal y especial de los Misioneros, sobre todo en los discursos dirigidos sea a los pueblos, sea a los eclesiásticos. Se huirá de las opiniones nuevas y particulares, la curiosidad en los estudios, la ambición y el orgullo, la envidia que llevaría a afligirse por la mayor reputación, crédito y éxito de las demás congregaciones. Se deseará más bien con Moisés que todos sean profetas. Se alegrarán de ver a Jesucristo anunciado por quienquiera que sea; y aunque se deba sentir por la Compañía el mayor afecto de corazón, cono un niño prefiere con mucho a su madre, aunque fea y pobre, a todas las demás, por ricas y hermosas que sean, se la tendrá sin embargo como la última de todas las demás, y se le deseará menos la consideración y los aplausos de los hombres, que la oscuridad y la humillación, con el fin que se parezca al grano de mostaza del Evangelio que no puede crecer y llevar fruto si no se le siembra y oculta en la tierra. Todos se cuidarán contra dos vicios opuestos, el espíritu de languidez y el celo indiscreto. Todos profesarán un respeto y un amor particular por las reglas y constituciones de la Compañía, hasta las menos importantes en apariencia; y, para grabárselas más profundamente en la memoria y en la voluntad, todos tendrán un ejemplar que leerán al menos cada tres meses con reflexión y examen de conciencia. Infiel, pedirá perdón a Dios y penitencia al superior; fiel, se dirá a pesar de todo, siguiendo las palabras de Jesucristo: «Yo soy un siervo inútil, no he hecho más que lo que debía, y además, no he podido hacerlo sin él.»
II. Distribución de las reglas.
Tales son las reglas de la misión, bonito compendio del Evangelio, del que reproducen la divina doctrina con toda su unción y sencillez. Fue en 1658, el 17 de mayo, un viernes por la noche, el día y momento destinado a las conferencias espirituales, cuando Vicente se las distribuyó a su comunidad. Él le dirigió primeramente un prolongado discurso, cuyo resumen se halla en la epístola-prefacio que puso a la cabeza de sus constituciones. En ella explica cómo lo hemos hecho según él, su tardía redacción, y añade: «Si hubiéramos dado reglas desde un principio, y antes de que la Compañía las hubiera practicado, se habría pensado que habría más cosas humanas que divinas, y que habría sido un plan tomado y concertado humanamente, y no una obra de la Providencia divina. Pero, Señores y hermanos míos, todas estas reglas y todo lo demás que veis en la congregación se ha hecho no sé cómo. Ya que yo no había pensado nunca en ello, y todo se ha introducido poco a poco, sin que se pueda decir quién es la causa. Ahora, es una reglas de san Agustín, que cuando no se puede encontrar la causa de una cosa buena, hay que referirla a Dios, y reconocer que él es su principio y su autor. Según eso, ¿no es Dios el autor de todas nuestras reglas, que se han introducido yo no sé de qué modo, y de tal suerte que no se podría decir ni cómo ni porqué? ¡Oh Salvador, y qué reglas! ¿Y de dónde vienen? ¿había pensado yo en ellas? no, señor, y se lo puedo asegurar, Señores y hermanos míos, que jamás había pensado ni en estas reglas ni en la Compañía, ni siquiera en la palabra Misión; es Dios quien ha hecho todo esto; los hombres no tienen parte en ello. en cuanto a mí, cuando considero la forma de la que Dios ha querido servirse para dar nacimiento a la congregación en su Iglesia, confieso que no me lo explico, que me parece que un sueño todo lo que veo. No. no es cosa nuestra, no es algo humano, sino de Dios. ¿Llamarían ustedes humano a lo que el entendimiento del hombre no ha previsto, y lo que la voluntad no ha deseado ni buscado de ninguna manera? Nuestros primeros Misioneros no habían pensado en ello tampoco; de manera que todo se hizo contra todas nuestras previsiones y esperanzas. Sí cuando considero todas las ocupaciones de la congregación de la Misión, me parece que es un sueño. Cuando el profeta Habacuc fue arrebatado por un ángel y llevado muy lejos para consolar a Daniel en la fosa de los leones, y luego devuelto al lugar de partida, viéndose de regreso al mismo lugar del que había salido, ¿no tenía motivo de pensar que todo había sido un sueño? Y si ustedes me preguntan cómo se introdujeron las prácticas de la Compañía, cómo nos llegó el pensamiento de tisis sus ejercicios y ocupaciones, les diré que no sé nada y que no lo puedo saber. Ahí está el Sr. Portail quien ha visto tan bien como yo el origen de la pequeña Compañía que les puede decir que no pensábamos nada de esto. Todo se hizo como por sí mismo, poco a poco, una cosa tras otra. El número de los que se unían a nosotros aumentaba, y todo el mundo trabajaba en la virtud; y al mismo tiempo que crecía, se introducían también las buenas prácticas, para poder vivir juntos y comportarnos con uniformidad en nuestros empleos. Aquellas prácticas se observaron siempre, y se observan todavía hoy, por la gracia de Dios. Por último, se ha creído conveniente reducirlas por escrito, y hacer de ellas unas reglas. Espero que la Compañía las reciba como emanadas del espíritu de Dios, a quo bona cuncta procedunt, del que todas las cosas buenas proceden, y sin el cual nos sumus suficientes cogitare aliquid a nobis quasi ex nobis, no podemos pensar algo por nosotros mismos como de nosotros mismos.»
Estos detalles tan interesantes para la historia del origen y del comienzo de la Misión son al mismo tiempo la historia de todas las cosas religiosas, desde el cristianismo mismo, salido de un establo y de un taller, hasta la Sociedad de San Vicente de Paúl, salida de una habitación de estudiante. Más oscura todavía que la germinación de las plantas es la germinación de las obras divinas; por amos casos, el hombre planta, riega, pero solo Dios da el crecimiento; o mejor, en las cosas santas, dio parece hacerlo todo, comienza y acaba, y la parte del hombre se oculta y se pierde en su acción.
Por pequeña y nula que le pareciera su parte en el establecimiento y los progresos de la Compañía, Vicente temblaba por ella por haber puesto en ello la mano: y, ante el pensamiento que había cooperado en una obra tan evidentemente divina, entró en este transporte de humildad:
«Oh Señores y hermanos míos, me hallo en un asombro tal al pensar que soy yo quien da las reglas que no podría imaginarme cómo he podido llegar a esto, y me parece estar aún al comienzo; y cuanto más lo pienso, más lejos me parece del la invención de los hombres, y más evidentemente conozco que es Dios solo quien ha inspirado estas reglas a la Compañía. Que si yo he contribuido en algo, me temo que sea ese poquito lo que impida tal vez que sean tan bien observadas en el porvenir y no produzcan todo el fruto y todo el bien que deberían.»
No obstante, para animar a su observancia, añade: «Me parece que, por la gracia de Dios, todas ellas tienden a alejarnos del pecado, y hasta evitar las imperfecciones, a procurar la salvación de las almas, servir a la Iglesia y dar gloria a Dios; de manera que quienquiera que las observe como es debido, se alejará de los pecados y de los vicios, se pondrá en el estado que Dios le pide, será útil a la Iglesia y dará a Nuestro Señor la gloria que espera de él. ¡Qué motivos, Señores y hermanos míos, para apartarse de los vicios y de los pecados, en cuanto la debilidad humana pueden permitirlo, glorificar a Dios y hacer que le amen y le sirvan en la tierra! ¡Oh, Salvador, qué honor! No lo puedo valorar lo suficiente. Nuestras reglas no nos prescriben en apariencia más que una vida bastante común, y con todo tienen con qué llevar a los que las practican a una alta perfección; y no solamente eso, sino también a destruir el pecado y la imperfección en los demás, como lo habrán destruido en sí mismos. Si pues la Compañía ha hecho ya algunos progresos en la virtud, si cada particular ha salido de la situación de pecado y ha adelantado en el camino de la perfección, ¿acaso no se debe a la observancia de las mismas reglas? Si, por la misericordia de Dios, la Compañía ha producido algún bien en la Iglesia por medio de las Misiones y por los ejercicios de los ordenandos, ¿no es porque ha guardado el orden y la costumbre que Dios había introducido en ella y que está mandado por estas mismas reglas? ¡Oh, qué motivo tan poderoso para observarlas inviolablemente, y qué feliz será la congregación de la Misión, si es fiel a ellas!
«Otro motivo que tiene para ello es que sus reglas están casi todas tomadas del Evangelio, como se ve, y todas tienden a conformar vuestra vida con la que Nuestro Señor llevó en la tierra. Porque se dice que este divino Salvador vino y fue enviado de su Padre para evangelizar a los pobres: Pauperibus evangelizare missit me, como, por la gracia de Dios, trata de hacer la pequeña Compañía, la cual tiene un gran motivo de humillarse y confundirse porque no ha habido otra que yo sepa, que se haya propuesto como fin particular y principal anunciar el Evangelio a los pobres, y a los pobres más abandonados, Pauperibus evangelizare missit me: porque ese es nuestro fin. Sí, Señores y hermanos míos, nuestra herencia son los pobres. ¡Qué felicidad, hacer lo mismo por lo que Nuestro Señor dijo que había venido del cielo a la tierra, y mediante lo cual esperamos con su gracia ir de la tierra al cielo! Hacerlo es continuar la obra del Hijo de Dios que iba de buena gana a los lugares del campo a buscar a los pobres. Esto es a lo que nos obliga nuestro Instituto, a servir y ayudar a los pobres, que debemos reconocer como a nuestros señores y dueños. ¡Oh, pobres pero dichosas reglas que nos comprometen a ir por los pueblos con exclusión de las grandes ciudades, para hacer lo que Jesucristo hizo! Ved, se lo suplico la felicidad de los que las observan, al conformar así su vida y todas sus acciones con las del Hijo de Dios! ¡Oh, Señor, qué motivo tenemos en esto para observar bien estas reglas, que nos conducen a un fin tan santo y tan deseable!»
El santo concluyó de esta manera su discurso que, con su lenguaje un poco anticuado, encierra tanta sublimidad cristiana y real elocuencia y que una vez más nos hace entrar tan adentro en su alma y en el espíritu que quiso comunicar a su Compañía:
«Después de lo cual, ¿qué más me queda, Señores? sino imitar a Moisés, el cual habiendo entregado la ley de Dios al pueblo, prometió a todos los que la observaran toda clase de bendiciones en sus cuerpos, en sus almas, en sus bienes y en todo. Así, Señores y hermanos míos, debemos esperar de la bondad de Dios toda clase de gracias y de bendiciones para todos los que observen fielmente las reglas que les ha dado: bendición en sus personas, bendición en sus proyectos, bendición en sus pensamientos, bendición en sus ocupaciones y en todas sus conductas, bendición en sus entradas y en sus salidas, bendición en fin en todo los que les concierna. Espero que esta felicidad pasada con la que ustedes han observado estas reglas y su paciencia en esperarlas por tan largo tiempo, les obtendrá de la bondad de Dios la gracia de observarlas todavía más fácilmente y más perfectamente en lo futuro. ¡Oh Señor, dad vuestra bendición a este pequeño libro y acompañadle de la unción de vuestro espíritu, a fin de que lleve a las almas de cuantos lo lean el alejamiento del pecado, el desprendimiento del mundo, la práctica de las virtudes y la unión con vos!»
Esta charla fue pronunciada can un tono de voz mediano y humilde, dulce y ungido, que dejó pasar el alma del padre al alma de los hijos. Éstos se situaban en el lugar de los apóstoles, en particular en aquel día supremo, víspera de la Pasión, en que el divino Maestro les dirigió el último discurso y les dio también reglas, que las resumió en el gran mandamiento de la perfecta caridad: Mandatum do vobis, ut diligatis inviten sicut dilexi vos.
Luego Vicente procedió a la distribución del pequeño libro de las constituciones, comenzando por los más antiguos de la Compañía. Los invitó a venir a buscarlo. «Quisiera yo bien, les dijo, ahorrarles esta molestia, llevándoselo a cada uno en sus lugares; pero no me es posible, perdonen mis miserias.» Y dirigiéndose a Antonio Portail, su discípulo más antiguo: «Venga, Señor Portail, venga, venga, por favor, usted que ha soportado siempre mis debilidades; ¡que Dios le bendiga!» Se lo entregó a continuación en mano a Almeras y a Griquel, que se sentaban a ambos lados, y fue llamando sucesivamente a todos los demás, por el orden de su edad y sus asientos. A cada uno le decía una palabra especial, que comenzaba y acababa expresamente con la fórmula: «Venga, Señor … ¡Que Dios le bendiga! Todos quisieron recibir sus ejemplares de rodillas, besando primero el libro y la mano de Vicente, después el suelo. Acabada la distribución, Almerás le pidió su bendición en nombre de toda la Compañía prosternada. El santo anciano pidió a sus vecinos que le apoyaran y él mismo se prosternó; luego de su corazón inspirado brotó esta hermosa plegaria: «Oh, Señor! que sois la ley eterna y la ley inmutable; que gobernáis con vuestra sabiduría infinita todo el universo; vos de quien han emanado las conductas de las criaturas, todas las leyes y todas las reglas para vivir bien como de su viva fuente, bendecid, Señor, por favor, a los que habéis dado estas reglas aquí , y que las han recibido como venidas de vos; dadles, Señor, la gracia necesaria para observarlas siempre e inviolablemente hasta la muerte. En esta confianza y en vuestro nombre, yo que soy miserable pecador pronunciaré las palabras de la bendición que voy a dar a la Compañía: Benedictio Domini nostri Jesu Christi descendat super vos et maneat semper. In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.» ¡Amen! respondió a una voz la Compañía, y todos se retiraron con los ojos llenos de dulces lágrimas, el corazón lleno de una santa emoción y de buenos deseos. Los Misioneros se decían entre ellos: «Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven, los oídos que oyen lo que ustedes oyen.» Y pensando en la edad avanzada de su padre, añadían para consolarse: «Nosotros no le perderemos del todo: la mejor parte de él mismo revivirá en sus reglas y en las virtudes que habrá transmitido en herencia a sus hijos.» En cuanto al santo fundador, quien, a pesar de su deseo de estar unido a Jesucristo, había temido siempre morirse antes de entregar a su congregación una forma definitiva de gobierno, exclamaba: «Ahora, Señor, dejad partir en paz a vuestro siervo.» Sus ojos, en efecto, había visto encenderse con sus manos la luz que debía alumbrar a las naciones.
Quedaba no por perfeccionar su obra en sí misma, sino por implantarla, de alguna manera, en el corazón de sus discípulos, en hacerles recorrer y comprender todas las disposiciones.
Asimismo, hasta la víspera de su muerte casi, empleó todos las conferencias de los viernes en explicar la letra y el espíritu de sus reglas..
III. Explicación de las reglas. –Espíritu de la Misión.
Nada de ingenuo, nada de dramático, nosotros diríamos de encantador, como estas conferencias de familia entre el más venerable y el más tierno de los padres, y los más respetuosos y los más afectuosos de los hijos. Al leerlas hoy, conservadas en su primera forma con una veneración filial a la vez y religiosa, el pensamiento se traslada involuntariamente a la época patriarcal, tal y como se nos representa en las santas Escrituras, o en los tiempos de los santos solitarios y de aquellas charlas del desierto cuyo soplo de antigüedad nos trae un perfume del cielo. Vicente, cuya edad había roto la voz y debilitado la memoria, reunía a sus hijos en torno a él; y allí los entretenía con una humilde y conmovedora familiaridad, con un abandono todo paternal, interrumpiéndose para tomar a sus primeros compañeros como testigos de la verdad de sus palabras, o para pedir a uno o a otro un dato, una idea, un texto que se le había ido. Bien volvía sobre sí mismo en un monólogo de humildad profunda; bien se elevaba al cielo y establecía un piadoso diálogo entre Jesucristo y él. pero siempre sin buscarlo ni quererlo por el solo efecto de la convicción y del sentimiento. Él tenía esa elocuencia penetrante que, salida del corazón, va derecha al corazón..
En las conferencias de 6 y 13 de diciembre de 1658, Vicente explicó el primer capítulo de sus reglas: el fin del instituto, sus personal, sus medios de perfección; y, para mantenerle después de él en su espíritu y en sus obras, terminó con esta perorata: «Yo me iré pronto. Mi edad, mis debilidades y las abominaciones de mi vida no permiten que Dios me sufra más en la tierra. Podrá suceder que vengan después de mi muerte espíritus de contradicción y personas flojas que digan: ‘¿Para qué ocuparse en el cuidado de los hospitales? ¿Qué medios para asistir a tanta gente arruinada por las guerras, y acudir a buscarlos a sus casas? ¿para qué dirigir a las hijas que sirven a los enfermos, y para qué perder el tiempo en atender a los locos?…’ Y otros dirán que es demasiado intentar enviar (Misioneos) a los países distantes, a las Indias, a Berbería. Nosotros queremos dar misiones en este país, sin ir más lejos; pero de los niños expósitos, de los ancianos del santo nombre de Jesús, pero de los enfermos, ¡que no me hablen de ello! …’ -Señores y hermanos míos, antes de que os abandone, les advierto en el espíritu que lo hacía Moisés a los hijos de Israel: ‘Yo me voy, ya no me veréis más; he conocido que muchos de entre vosotros se levantaran para seducir a los demás; harán lo que yo os prohíbo y no harán lo que os mando de parte de Dios.’ –‘Después de mi partida, decía también san Pablo, vendrán lobos rapaces. Si eso sucediera, decid: Dejadnos con las leyes de nuestros padres, con la situación en que estamos. Dios nos ha colocado en ella y quiere que en ella permanezcamos.’ Aguantad. –‘Pero la Compañía no puede con tal empleo.’ –Ay, si en la infancia ha podido y ha soportado todas esa cargas, ¿Por qué no iba a lograrlo cuando sea más fuerte? Dejadnos en el estado en que estaba Nuestro Señor en la tierra. Hacemos lo que él hizo; ¡nadie nos impedirá imitarle.»1
En todo el curso del año 1659, y en diecisiete conferencias, el santo explicó el segundo capítulo de las reglas, sobre la doctrina de Jesucristo: seguir los consejos evangélicos, buscar siempre el reino de Dios, hacer en todo su santa voluntad, y permanecer en una perfecta indiferencia. Decía a sus hijos. «La perfección del amor no consiste en los éxtasis, sino en hacer bien la voluntad de Dios; y aquél será el más perfecto que tenga su voluntar más conforme con la voluntad de Dios; de modo que nuestra perfección consiste en unir de tal manera nuestra voluntad con la de Dios que la suya y la nuestra no sean más que un querer y no querer; y el que sobresalga más en este punto, será el más perfecto. Cuando Nuestro Señor quiso enseñar al medio para llegar a la perfección a aquel hombre del que se habla en el Evangelio, le dijo: ‘Si alguien quiere venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo, que lleve su cruz y me siga.’ Pues bien, yo les pregunto: «¿Quién es el que más se renuncia a sí mismo, o lleva mejor la cruz de la mortificación y que sigue más perfectamente a Jesucristo, sino el que trata de no hacer nunca su propia voluntad y de hacer siempre la voluntad de Dios? La Escritura dice también en alguna otra parte que ‘el que se une a Dios es un mismo espíritu con Dios.’ Pues yo les pregunto: ¿quién está más perfectamente unido a Dios sino el que no hace más que la voluntad del mismo Dios, y nunca la suya propia? Quien no quiere y no desea otra cosa que lo que Dios quiere? ¡Oh, qué medio tan sencillo para adquirir en esta vida un gran tesoro de gracias!»2
Y desarrollando la misma verdad de alguna forma por sus contrarios, les hacía ver la vanidad, la culpabilidad incluso de todo lo que parte de la voluntad propia: «Estoy seguro, les decía él, que no hay nadie de los que están aquí presentes, que no haya tratado de practicar hoy algunas acciones que por sí mismas son buenas y santas; y sin embargo puede suceder que Dios las haya rechazado por haber sido hechas por un movimiento de su propia voluntad. Acaso no es lo que el profeta declaró cuando dijo de parte de Dios: «No quiero vuestros ayunos, por los cuales, al pensar honrarme, hacéis lo contrario; porque cuando ayunáis, hacéis vuestra propia voluntad, y por esta propia voluntad, echáis a perder y corrompéis vuestro ayuno (Is., c. LVIII). » Pues bueno, se puede decir lo mismo de todas las demás obras de piedad, en las cuales la mezcla de nuestra propia voluntad estropea y corrompe nuestras devociones, nuestros trabajo, nuestras penitencias. Hace ya veinte años que yo no leo nunca en la santa misa esta epístola sacada del capítulo 58 de Isaías, que no se sienta muy confundido. ¿Qué debemos hacer para no perder el tiempo y el trabajo? Es que no hay que actuar nunca por el movimiento de nuestro propio interés, inclinación, humor o fantasía, sino acostumbrarnos y habituarnos a hacer la voluntad de Dios en todo. Digo en todo, y no en parte; ya que ese es el efecto propio de la gracia, que hace a la persona y a la acción agradables a Dios3
¡Oh, entonces, qué dicha para el cristiano! «Mirad las disposiciones tan santas en las que pasa la vida, y las bendiciones que acompañan todo lo que hace. Sólo le importa Dios, y es Dios quien le conduce, en todo y por todo; de manera que puede decirle con el profeta: Tenuisti manum dexteram meam, et in voluntate tua deduxisti me. Dios le toma como de la mano derecha y mostrándose recíprocamente con entera sumisión a esta divina dirección, ustedes le verán mañana, pasado mañana, toda la semana, todo el año, y por fin toda su vida, en paz y tranquilidad, en ardor y tendencia continua hacia Dios, y difundiendo siempre en las de su prójimo las dulces y saludables operaciones del espíritu que le anima. Si ustedes le comparan con los que siguen sus propias inclinaciones, verán sus conductas tan brillantes de luz y siempre fecundas en frutos; se advierte un progreso notable en su persona, una fuerza y energía en todas sus palabras; Dios da una bendición particular a todas sus empresas y acompaña con su gracia los proyectos que emprende por él y los consejos que da a los demás y todas sus acciones sin de gran edificación. Pero, por otro lado, se ve que las personas apegadas a sus inclinaciones y placeres sólo tienen pensamientos de tierra, discursos de esclavos y obras muertas; y este diferencia viene del apego que tienen éstos a las criaturas, mientras aquéllos viven apartados de ellas; la naturaleza obra en estas almas bajas, y la gracia en las que se levan a Dios y sólo respiran su voluntad.»
Esta sumisión absoluta a la voluntad de Dios produce la santa indiferencia, tan recomendada también por san Vicente de Paúl, y tan admirablemente practicada por él. Ya que, si nos complacemos en citar sus discursos, o bajo un estilo incorrecto y familiar, y sin embargo original, no hay nada de común en el pensamiento, donde todo es grande, elevado, con rasgos sublimes, es que primero nos inician en el espíritu que quiso comunicar a su congregación, y después nos ofrecen la expresión más ingenua de su alma y de su vida.
«La indiferencia, decía él, es un estado de virtud de quien está de tal forma desprendido de las criaturas y de tal modo unido a la voluntad del Creador, que le da lo mismo una cosa que otra. He dicho que es un estado de virtud, y no simplemente una virtud la que debe actuar en este estado; porque es necesario que sea activa, y que por ella se desprenda el corazón de las cosas que le tienen cautivo, de otra forma no sería una virtud; y esta virtud no es sólo de gran excelencia, sino también de una singular utilidad para el adelanto en la vida espiritual, y hasta se puede decir que es necesaria para todos los que quieren servir a Dios perfectamente: porque ¿cómo podemos buscar el reino de Dios y dedicarnos a procurar la conversión de los pecadores y la salvación de las almas, si estamos apegados al bienestar y a las comodidades de la vida presente? ¿Cómo cumplir la voluntad de Dios si seguimos los movimientos de la nuestra? ¿Cómo renunciar a nosotros mismos, según el consejo de Nuestro Señor, si buscamos ser estimados y aplaudidos? ¿Cómo desprendernos de todo, si no tenemos el valor de dejar una cosa de nada que nos detiene? Vean pues qué necesaria nos es esta santa indiferencia, y cuál es la obligación que tenemos de de darnos a Dios para adquirirla, si queremos librarnos de ser esclavos de nosotros mismos o, mejor dicho, de ser esclavos de un animalito, ya que quien se deja llevar y dominar por su parte animal no merece llamarse hombre, sino más bien ser tenido por un animal.
«La indiferencia tiene algo de la naturaleza del perfecto amor, sí, mejor dicho, es una actividad de ese perfecto amor que lleva a la voluntad a todo lo que es mejor y que destruye todo obstáculo; como el fuego que no sólo tiende a su esfera, sino que consume todo lo que le retiene; y es en este sentido cómo la indiferencia, según el pensamiento de un santo, es el origen de todas las virtudes y la muerte de todos los vicios.
«El alma que están en esta perfecta indiferencia es comparada por lo profetas a un animal de carga, que no prefiere llevar una cosa más que otra, pertenecer a un amo rico o a uno pobre, una bonita cuadra o un pobre establo. Todo le es bueno y está dispuesta a todo lo que se quiere de ella. Camina, se para, se vuelve a un lado, al otro, sufre, trabaja de noche y de día. Esto es, señores y hermanos míos, lo que debemos ser: desprendidos de nuestro juicio, de nuestra voluntad, de nuestras inclinaciones, y de tolo lo que no es Dios, y dispuestos a todas las órdenes de su santa voluntad; y esto es lo que han sido los santos.4
¡»Oh gran san Pedro! bien lo decíais, que lo habíais dejado todo, y lo dejasteis muy claro, cuando habiendo reconocido a vuestro Maestro a la orilla del mar, y oísteis a su amado discípulo que os dijo:’ Dominus est, es el Señor’, os echasteis al agua para ir a él. no os importaba ni la barca, ni vuestra ropa, ni siquiera vuestra vida, sino tan sólo este divino Salvador que era vuestro todo. Y vos, san Pablo, gran apóstol que, por una gracia, muy especial, fuisteis favorecido desde el momento de vuestra conversión, practicasteis tan perfectamente esta virtud de indiferencia diciendo: ‘Domine, quid me vis facere? Señor, ‘¿qué queréis que haga?¡ Este lenguaje marcaba un cambio maravilloso y un desprendimiento que no se había podido lograr más que por un golpe de gracia, viéndose al punto desprendido de su ley, de su cometido, de sus pretensiones, de sus sentimientos, y puesto en un estado tan perfecto, que estaba preparado e indiferente a todo lo que Dios quisiera de él. entonces, si estos santos han apreciado y practicado esta virtud de indiferencia, nosotros debemos imitarlos y seguirlos: pues los Misioneros no se pertenecen, sino a Jesucristo, que quiere disponer de ellos para hacer lo que él hizo y sufrir como a ejemplo suyo. ‘Así como mi Padre me ha enviado, decía a sus apóstoles y a sus discípulos, así os envío yo a vosotros; y como me han perseguido a mí, así os perseguirán a vosotros’.
«Después de todas estas consideraciones, ¿No vamos a vaciar nuestro corazón de todo otro afecto que no sea el de confirmarnos a Jesucristo, de toda otra voluntad que no sea la de la obediencia? Me parece que los veo a todos dispuestos, y espero que Dios nos hará esta gracia. Sí, Dios mío, yo la espero para mí el primero que tanto la necesito, a causa d todas mis miserias y de todos mis apegos, por los que me veo casi en la impotencia de retirarme, y que me hacen decir en mi vejez, como David: ‘Señor, tened piedad de mí’. Pero les edificará, hermanos míos, que hay en esta casa ancianos enfermos que han pedido ser enviados a las Indias, y que lo han pedido con sus achaques y todo, que no eran pequeños. ¿De dónde viene este valor? Porque tienen el corazón libre. Van de corazón y afecto a todo lugar donde Dios quiere ser conocido y adorado, y nada los detiene aquí más que su santa voluntad. Y nosotros, hermanos míos, todos mientras nos hallamos aquí, si no nos viéramos atados a algunas desdichadas zarzas, cada uno diría en su corazón: ‘Dios mío, me entrego a vos para ser enviado a todos los lugares de la tierra a los que los superiores juzguen conveniente que vaya a anunciar vuestro nombre; y aunque debiera morir allí, me dispondría a ir, sabiendo bien que mi salvación está en la obediencia, y la obediencia en vuestra voluntad.’ En cuanto a los que no están en esta preparación de espíritu, deben tratar de conocer bien cuáles son las cosas que los atraen más hacia un lado que al otro, para que, por medio de la mortificación continua, interior y exterior, lleguen, con la ayuda de Dios, a la libertad de los hijos, que es la santa indiferencia.»5
De la indiferencia, el santo pasaba a la sencillez, esa virtud que brillaba en él con todo su esplendor modesto, que seducía a todos aquellos con quienes entraba en relación, que contribuyó tanto al éxito de sus grandes empresas, porque, además de la bendición de Dios, le atraía la confianza y el afecto de todos los hombres. «Al enviar el Salvador, dijo a los suyos, a sus apóstoles a predicar su Evangelio por todo el mundo, les recomendó en particular esta virtud de sencillez como una de las más importantes y necesarias para atraer a ellos las gracias del cielo, y para disponer los corazones de los habitantes de la tierra a escucharlos y s creerlos. Pero no es sólo a sus apóstoles a quienes hablaba, sino a todos aquellos que su providencia destinaba a trabajar en la predicación del Evangelio y en la instrucción y conversión de las almas. Y, por consiguiente, es a nosotros a quienes hablaba Jesucristo, y recomendaba esta virtud de sencillez, la cual es tan agradable a Dios, que se complace sobre todo en conversar con los sencillos de corazón: Cum simplicibus sermocinatio ejes. Piensen, hermanos míos, qué consuelo y qué dicha para los que son del número de estos verdaderos sencillos, que tienen la seguridad de su palabra que se complace en permanecer y conversar con ellos.
«Nuestro Señor nos hace también conocer cuánto le agrada la sencillez con estas palabras que dirige a Dios sus Padre: «Confiteor tibi, Pater,quia abscondisti haec sapientibus et prudentubus, et revelasti ea parvulis: Reconozco, Padre mío, y os doy gracias, que la doctrina que he aprendido de vos y que yo entrego a los hombres no es conocida más que de los pequeños y de los sencillos, y permitía que los sabios y prudentes del mundo no la entiendan, y que el sentido y el espíritu de esta doctrina les estén escindidos.» Por cierto que si reflexionamos sobre estas palabras, deben espantarnos, a nosotros, digo, que corremos tras la ciencia, como si toda nuestra felicidad dependiera de ella. No es que un sacerdote y un Misionero no deban tener ciencia, sino tanta como se requiere para cumplir su ministerio, y no para contentar su ambición y curiosidad. Se ha de estudiar y adquirir ciencia, perp con sobriedad como lo dice el santo Apóstol. Hay otros que se aplican a la inteligencia en los asuntos, y que quieren pasar por gente de provecho, por diestros y capaces en todo. También a ellos les quita Dios la penetración de las verdades y de las virtudes cristianas, así como a todos los sabios y entendidos en la ciencia del mundo. ¿Y a quién da pues la inteligencia de sus verdades y de su doctrina? Es a los sencillos, a la buena gente, y más comúnmente incluso al pobre pueblo; como se verifica por la evidencia que se advierte entre la fe de los pobres de los campos y la de las personas que viven en el gran mundo. Ya que puedo decir que la experiencia desde hace mucho me ha hecho ver que la fe viva y práctica del espíritu de la verdadera religión, se hallan más ordinariamente entre los pobres y entre los sencillos. Dios se complace en enriquecerlos con una fe viva: creen y gustan estas palabras del Evangelio; se les ve en cada momento llevar con paciencia sus enfermedades, su escasez y sus demás aflicciones, sin murmurar, y hasta sin quejarse sino muy poco y raras veces. ¿De dónde viene eso? Es que Dios gusta de repartir y en abundancia en ellos el don de la fe y de las demás gracias, que niega a los ricos t sabios del mundo.
«Añadamos a eso que todo el mundo quiere a las personas sencillas y cándidas, que no usan de finura ni de engaños, que van buenamente y que hablan con sinceridad, de tal manera que su boca está de acuerdo con su corazón. Son apreciados y queridos de todos en todas partes, y hasta en la corte cuando se los ve por allá; y en las compañías regladas, todos les tienen afecto y confían en ellos. Pero cosa que es de notar, incluso aquellos que no tienen el candor y la sencillez en sus palabras ni en su espíritu, no dejan por ello de amarlo en los otros. Tratemos pues, hermanos míos, de hacernos amables a los ojos de Dios con esta virtud que, por su misericordia, vemos brillar en muchos de la pequeña Compañía, que con su ejemplos nos invitan a imitarlos.
«Pues bien, para conocer bien la excelencia de esta virtud, hay que saber que nos acerca a Dios, y nos hace parecidos a Dios en la conformidad que ella nos ha hecho tener con él, porque es un ser muy simple, y porque tiene una esencia muy pura que no admite ninguna composición; de suerte que lo que él es por esencia, eso mismo nosotros debemos serlo por virtud, en cuanto nuestra debilidad y miseria es capaz. Tener un corazón sencillo, un espíritu sencillo, una intención sencilla, un operar sencillo; hablar con sencillez, actuar buenamente, sin usar disfraces ni artificios, no mirando más que a Dios, a quien solo deseamos agradar.
«La sencillez pues comprende so sólo la verdad y la pureza de intención, sino que tiene también cierta propiedad de alejar de nosotros todo engaño, artimaña y duplicidad. Y como principalmente es en la palabras donde se muestra esta virtud, nos obliga a declarar las cosas con nuestra lengua como la tenemos en el corazón, hablando y declarando con sencillez lo que tenemos que decir y con una intención de agradar a Dios. No se trata sin embargo de que la sencillez nos obligue a descubrir todos nuestros pensamientos; ya que esta virtud es discreta y nunca contraria a la prudencia, y nos hace discernir lo que es bueno decir de lo que no lo es, y nos lleva a conocer cuándo hay que callarse y así como cuándo hay que hablar..
«Por lo que se refiere a la sencillez en las acciones, es propio de ella hacer actuar buenamente, rectamente siempre mirando a Dios, tanto en los asuntos, o en los empleos y ejercicios de piedad, con exclusión de toda clase de hipocresía, de artificio y de vana pretensión… De donde se deduce que esta virtud de sencillez no se encuentra en las personas que, por respeto humano, quieren parecer otras de lo que son, que hacen acciones buenas exteriormente para ser tenidas por virtuosas, que poseen cantidad de libros superfluos, para parecer sabios, que se esmeran en predicar bien para recibir aplausos y alabanzas, y por último que tienen otras miras en sus ejercicios y prácticas de piedad. Entonces, les pregunto, hermanos míos, si esta virtud de sencillez no es hermosa y deseable, y si no es justo y razonable guardarse con gran cuidado de todas esta argucias y artificios de palabras y de acciones. Mas, pasa adquirirla, se ha de practicar, y será mediante frecuentes actos de la virtud de la sencillez como llegaremos a ser verdaderamente sencillos, con el auxilio de la gracia de Dios, que debemos pedirle con frecuencia.»6
La enseñanza escrita del santo era absolutamente la misma que la enseñanza hablada. A uno de sus sacerdotes que medía sus buenas relaciones con el prójimo por el interés de la congregación, y que quería que se publicara el bien que escribía de ciertas personas, respondió: «Ay, Señor, ¿en qué se divierte usted? ¿Dónde está la sencillez de un Misionero que debe ir derecho a Dios? Si no reconoce cosas buenas en estas personas, no lo publique; pero si lo encuentra, hable de ello para honrar a Dios en ellas, porque todo bien procede de él.. Nuestro Señor reprendió a uno que le llamaba bueno, porque no lo hacía con buena intención; ¡cuánta más razón tendría para prenderle a usted si alaba a los hombres por complacencia, para sentirse bien con ellos o para algún otro fin rastrero, aun cuando este fin tenga otra (intención) que sea buena! Pues sé que no busca ser estimado y querido de nadie sino para gloria de Dios. Pero recuerde que la doblez no agrada a Dios, que no debemos mirar más que a él para ser verdaderamente sencillos.»7
A otro que le ofrecía su corazón escribió: «Le agradezco su carta y su presente. Su corazón es demasiado bueno para ponerlo en manos tan malas como las mías; y sé también que no me lo entregáis sino para devolverlo a Nuestro Señor a quien pertenece, y al amor hacia el cual usted quiere que tienda sin cesar. Que este amable corazón sea pues y desde este momento de Jesucristo; que esté ahí siempre y plenamente, en el tiempo y en la eternidad. Pídale, le ruego, que me dé parte en el candor y en la sencillez de su corazón: son virtudes de las que tengo gran necesidad, y cuya excelencia es incomprensible.»
No más que el Evangelio, acabamos de verlo, Vicente no separaba la sencillez de la prudencia. » Es propio de la virtud de prudencia, decía, ajustar y conducir las palabras y las acciones. Nos hace hablar con sabiduría y acierto, y hace que hablemos con circunspección y juicio de las cosas buenas por su naturaleza y en sus circunstancias, y que se supriman y queden en el silencio las que van contra Dios o dañan al prójimo o tienden a la propia alabanza o a algún otro fin malo. Esta misma virtud nos hace actuar con consideración, madurez, y por un bien motivo en todo lo que hacemos, no sólo en cuanto a la sustancia de la acción, sino también en cuanto a las circunstancias; de manera que el prudente actúa como se debe, cuando se debe, y por el fin debido. El imprudente, por el contrario, no repara en el modo, ni en el tiempo, ni en los motivos convenientes, y ahí está su defecto; mientras que el prudente, obrando con discreción, lo hace todo con peso, número y medida.
«La prudencia y la sencillez tienden al mismo fin, que es hablar bien y actuar bien, a la vista de dios; y como una no puede ir sin la otra, Nuestro Señor las recomendó a las dos juntas, sé muy bien que se verá la diferencia entre estas dos virtudes por distinto razonamiento; pero, en realidad, tienen una gran relación, por su sustancia y por su objeto. Como la prudencia de la carne y del mundo tiene por meta y fin adquirir honores, placeres y riquezas, se opone frontalmente a la prudencia y a la sencillez cristiana, que nos alejan de estos bienes engañosos para hacernos abrazar los bienes sólidos y perdurables, y que sin como dos buenas hermanas inseparables, y tan necesarias en nuestro adelanto espiritual, que quien sepa servirse de ellas debidamente reunirá sin duda grandes tesoros de gracias y de méritos. Nuestro Señor las practicó todas en grado excelente y en diversas ocasiones… » –El santo cita aquí el hecho de la mujer sorprendida en adulterio y la respuesta a la pregunta sobre el tributo que pagar al César; después concluye:
«Es pues propio de la prudencia reglar las palabras y las acciones. Pero tiene, además de ése, otro oficio, que es elegir los medios propios para llegar al fin que se propone el cual, no siendo otro que el de ir a Dios, ella emprende los caminos más directos y más seguros para conducirnos a él. No hablamos aquí de la prudencia política y mundana que no tendiendo más que a los éxitos temporales y a veces injustos, sólo se sirve de medios humanos muy dudosos y muy inciertos; sino que hablamos de esta santa prudencia que aconseja Nuestro Señor en el Evangelio, que nos hace escoger los medios propios para llegar al fin propuesto, la cual siendo toda divina, es preciso que tengan relación y proporción con ella. Ahora, nosotros podemos elegir los medios proporcionados a un fin de dos formas: o por nuestro razonamiento, que es a menudo bien débil; o bien por las máximas de la fe que Jesucristo nos ha enseñado, que son siempre infalibles y que podemos emplear sin ningún miedo a equivocarnos. Por ello la verdadera prudencia somete nuestra razón a estas máximas, y nos da como regla inviolable juzgar siempre y en todas las cosas como Nuestro Señor las juzgó; de modo que en las ocasiones nos preguntemos a nosotros mismos: «¿Cómo juzgó Nuestro Señor de tal o cual cosa? ¿Cómo se condijo en tal o cuál ocasión? ¿Qué dijo o qué hizo en tales o cuales asuntos?» y así ajustemos toda nuestra conducta a sus máximas y sus ejemplos. Tomemos pues esta resolución, Señores, y caminemos con seguridad por el camino en el que Jesucristo será nuestro guía y nuestro conductor; y recordemos lo que dijo, que «el cielo y la tierra pasarán pero que sus palabras y verdades no pasarán nunca. Bendigamos a Nuestro Señor, hermanos míos, y tratemos de juzgar y pensar como él, y de hacer lo que recomendó con sus palabras y con sus ejemplos. Entremos en su espíritu para entrar en sus operaciones; ya que todo no está en hacer el bien, sino que hay que hacerlo bien, a imitación de Nuestro Señor, de quien se ha dicho: ‘Bene omnia fecit, que hizo bien todas las cosas.’ No, no basta con ayunar, observar las reglas, ocuparse en las funciones de la Misión; sino que se ha de hacer en el espíritu de Jesucristo, es decir con perfección, para los fines y con las circunstancias que él mismo las ha hecho. La prudencia cristiana pues consiste en juzgar, hablar y actuar como la sabiduría eterna de Dios, revestida de nuestra débil carne, juzgó, habló y actuó.» El santo decía también: «Allí donde la prudencia humana fracasa y no ve ni gota, allí comienza a apuntar la luz de la sabiduría divina.»8
No hay virtudes en las que Vicente haya insistido más en sus conferencias, que en la mansedumbre y la humildad. «Son dos hermanas gemelas, decía. que concuerdan muy bien juntas. La regla nos manda estudiarlas cuidadosamente en Jesucristo, que nos dice: ‘Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.’ Es pues una lección del hijo de Dios: Apprenex de moi. ¡Oh Salvador, qué palabra! Pero ¡qué dicha ser vuestros escolares y aprender esta lección tan breve y tan excelente, que nos hace tal como vos sois! ¿No tendréis la misma autoridad sobre nosotros que tuvieron en otro tiempo los filósofos sobre sus seguidores, que abrazaban tan estrechamente sus sentencias, que bastaba con decir: ‘El Maestro lo ha dicho’, para no apartarse nunca de ellas?
«Si pues los filósofos, con su razonamiento, lograban tal credibilidad de sus discípulos en las cosas humanas, ¡cuánto más, hermanos míos, merece la sabiduría eterna ser creída y seguida en las cosas divinas! ¿Qué le responderíamos en este momento si nos pidiera cuenta de todas las lecciones que nos ha dado? ¡Qué le diremos en la muerte cuando nos reproche haberlas aprendido tan mal? ‘Aprended de mí, dice, a ser mansos.’ Si se tratara de un san Pablo o un san Pedro, que por sí mismo nos exhortara a aprender de él la mansedumbre, podríamos excusarnos; pero es un Dios hecho hombre, quien ha venido a mostrarnos cómo hay que ser para ser agradables a su Padre; es el Maestro de los maestros quien nos enseña a ser mansos. Dadnos parte, mi Señor, en vuestra gran mansedumbre: os lo pedimos por esa misma dulzura que no puede negar nada.»
Después de este exordio, el santo redujo todos los actos de la mansedumbre a tres principales: reprimir los movimientos de cólera, o emplearlos con dulzura también, en la única necesidad de la corrección, a ejemplo del Salvador; -tener para con todos una gran afabilidad de corazón y serenidad de rostro, en lugar de ponerse como esa tierras resecas que ni producen más que cardos; -por último, no dar nunca muestras de, en caso de desagrado o injurias, del menor resentimiento. Para llegar a esta perfección de la mansedumbre, hay que prever las ocasiones de arrebato y precaverse contra ellas, -detestar el vicio de la cólera, -en la emoción, no actuar, ni hablar, ni formar ningún plan, -no demostrar nada en el rostro, -y sobre todo frenar entonces la lengua y reprimir toda ocurrencia. –Y comparando entones a los mansos y a los irascibles, decía: «No hay personas más constantes y más firmes en el bien que los que son mansos y buenazos, como por el contrario los que se dejan llevar por la cólera y las pasiones del apetito irascible, son de ordinario muy inconstantes, ya que no obran sino por ex abruptos y arrebatos. Son como torrentes que no tienen fuerza ni impetuosidad mas que en sus desbordamientos, que se secan una vez que han pasado; mientras que los ríos, que representan a las personas buenas, pasan sin ruido, con tranquilidad y no se agotan nunca.
«Después de esto, concluía, ¿no debemos aficionarnos a esta virtud de mansedumbre, por la que no sólo Dios nos hará la gracia de reprimir los movimientos de la cólera, comportarnos graciosamente con el prójimo, y devolver bien por mal; pero también de sufrir pacíficamente las aflicciones, las heridas, los tormentos y la muerte misma, que nos podrían causar los hombres? Hacednos la gracia, Salvador mío, de aprovecharnos de las penas que vos sufristeis con tanto amor y dulzura. Muchos las aprovecharon por vuestra bondad, y tal vez yo sea el único aquí que no ha comenzado todavía a ser a un tiempo manso y sufridor. Pidan a Dios que me dé parte en esta virtud de Jesucristo, y ¡que no permita que me vea sumido en las falta que tan frecuentemente cometo contra la mansedumbre! Y como un anciano rara vez se corrige de las malas costumbres, aguántenme, se lo suplico, , y no se cansen de rogar a Nuestro Señor que me cambie y me perdone!»9
Pero la humildad, su virtud favorita, ¡con qué amor y elevación habla de ella! Sentimos no poder citar toda esta conferencia, obra maestra de filosofía cristiana, resumen de toda la perfección evangélica. Plantea en primer lugar el fundamento sólido de esta virtud en la comparación entre la condición miserable del hombre y la grandeza y la santidad infinitas de Dios «En verdad, Señores y hermanos míos, si alguien de nosotros quiere estudiarse y conocerse bien, encontrará que es muy justo y muy razonable despreciarse a sí mismo. Ya que, si por un lado, consideramos seriamente la corrupción de nuestra naturaleza, la ligereza de nuestro espíritu, las tinieblas de nuestro entendimiento, el desorden de nuestra voluntad y la impureza de nuestras afectos; y por otra, si sopesamos con la medida del santuario nuestras obras y nuestros productos, hallaremos que todo es muy digna de desprecio. Pero qué, me dirán ustedes, ¿es que pone en ese número las predicaciones que hemos hecho, las confesiones que hemos oído, los cuidados y molestias que nos hemos tomado por el prójimo y por el servicio de nuestro Señor? –Sí, Señores. si miramos las mejores acciones, encontraremos que en la mayor parte nos hemos portado mal en cuanto a la manera y con frecuencia en cuanto al fin; y que, se mire por donde se mire, puede haber tanto mal como bien. Porque, díganme, se lo ruego, ¿qué se puede esperar de la debilidad del hombre? ¿Qué puede producir la nada, y qué puede hacer el pecado? Tengamos pues por seguro que en todo y en todas partes somos dignos de rechazo y siempre muy despreciables a causa de la oposición que presentamos nosotros mismos a la santidad y a las demás perfecciones de Dios, a la vida de Jesucristo y a la obra de su gracia. Y lo que más nos persuade esta verdad es la inclinación natural y continua que tenemos al mal, nuestra incapacidad para el bien, y la experiencia que tenemos todos de que, entonces mismo cuando pensamos haber hecho bien algo, o hemos dado algún buen parecer, sucede todo lo contrario, y Dios permite a menudo que nos desprecien. Si pues queremos conocernos bien, veremos que todo lo que pensamos, decimos y hacemos, ya en la sustancia, ya en las circunstancias, estamos llenos y rodeados de motivos de confusión y d desprecio; y si no queremos adularnos, nos veremos no sólo peores que los demás hombres, sino peores de algún modo que los demonios del infierno: ya que estos desgraciados espíritus no tenían a su disposición las gracias y los medios que nos son dados a nosotros para ser mejores, con ello harían mil y mil veces mejor uso de ellas que nosotros.»
Vicente proponía luego el ejemplo de Jesucristo: «¿Qué es la vida de este divino Salvador, sino una humillación continua, activa y pasiva? La quería de modo que nunca la dejó durante su vida en la tierra; y hasta después de su muerte, quiso que la Iglesia nos representara a su persona divina por la figura de un crucifijo, para parecer a nuestros ojos en un estado de ignominia, como habiendo sido colgado por nosotros como un criminal, y como habiendo sufrido la muerte más vergonzosa y más infame que se haya podido imaginar. ¿Por qué así? Porque conocía la excelencia de la humillación y la malicia del pecado contrario, que no sólo agrava los demás pecados, sino que vuelve viciosas las cosas que de por sí no son malas, y que hace infectarse y corromper las que son buenas, inclusive las más santas.»
La humildad es pues la virtud de Jesucristo, es la virtud de su santa Madre, la virtud de los mayores santos; es la virtud de los Misioneros. «Pero, ¿qué digo? Vuelvo a empezar, desearía que la tuviéramos; y cuando he dicho que era la virtud de los Misioneros, entiendo que es la virtud que más necesitan, y de la que deben tener un ardiente deseo. Ya que esta pequeña Compañía, que es la última de todas, no debe estar fundada más que en la humildad, como en su virtud propia; de otra forma no haremos nada que merezca la pena, ni dentro ni afuera y, sin la humildad, no debemos esperar ningún progreso para nosotros, ni ningún provecho para el prójimo. ¡Oh Salvador, dadnos pues esta santa virtud que nos es propia, que habáis traído al mundo y que queréis con tanto afecto! Y ustedes, Señores, sepan que el que quiere ser un verdadero Misionero debe trabajar sin cesar en adquirir esta virtud y perfeccionarse en ella, y sobre todo debe defenderse contra todos los pensamientos de orgullo, de ambición y de vanidad, como de los mayores enemigos que pueda tener, atacarlos nada más verlos aparecer para exterminarlos, y vigilar cuidadosamente para no darles cabida. Sí, otra vez lo digo, que si somos verdaderos Misioneros, cada uno de nosotros en particular debe sentirse bien cuando nos tengan por espíritus pobres y pequeños, por gente sin virtud, cuando nos traten de ignorantes, nos injurien y desprecien, nos echen en cara nuestros defectos, y nos tengan por insoportables a causa de nuestras miserias e imperfecciones. Y voy todavía más allá, digo que debemos alegrarnos de que se diga de nuestra congregación en general que es inútil en la Iglesia, que está compuesta de pobres gentes, que todo lo que emprende lo echa a perder, que sus empleos en el campo no fructifican, los seminarios sin gracia, las ordenaciones sin orden. Sí, si tenemos el verdadero espíritu de Jesucristo, debemos aceptar ser tenidos por todo lo que he dicho.»10
No sólo recomendaba Vicente la humildad individual, sino también, y con razón, la humildad de cuerpo. Así, decía: «¿No resulta extraño, decía, que se vea bien que los particulares de una compañía, como Pedro, Juan y Santiago deban huir del honor y amar el desprecio; pero la compañía, dicen, y la comunidad , deba adquirir y conservar la estima y el honor en este mundo? Pues, por favor, ¿cómo puede ser que Pedro, Juan y Santiago puedan verdadera y sinceramente amar y buscar el desprecio, y en cambio la compañía que está compuesta de Pedro, Juan y Santiago, y demás particulares, deba amar u buscar el honor? Hay que reconocer que estas dos cosas son incompatibles; y por consiguiente todos los Misioneros deben estar contentos, no sólo cuando se hallen en una ocasión de abyección y de desprecio como particulares, sino también cuando se desprecie a su compañía, ya que entonces será una señal de que serán humildes de verdad.»
Así el humilde fundador no podía permitir que ni os de afuera, ni sobre todo los de dentro hicieran elogios de su congregación. Uno de éstos recién recibido, ignorando todavía su espíritu y costumbres, la calificó de santa congregación: «Señor, interrumpió bruscamente Vicente, cuando hablamos de la compañía no debemos servirnos de ese término ni de otros equivalentes y relevantes, sino servirnos de éstos: ‘La pobre Compañía, la pequeña Compañía’, y parecidos. Y con ello imitaremos al Hijo de Dios que llamaba a la compañía de sus Apóstoles y discípulos ‘pequeño rebaño, pequeña compañía’. Oh, cómo querría que Dios diera la gracia a esta pequeña congregación de fundamentarse en la humildad, echar raíces y construir dogre esta virtud, y que permaneciera así como en su puesto y en su cuadro. Señores, no nos equivoquemos, si no tenemos la humildad, no tenemos nada. No hablo sólo de la humildad exterior sino que hablo principalmente de la humildad de corazón, y de la que nos lleva a creer verdaderamente que no hay nadie en la tierra más miserable que ustedes y yo; que la compañía de la misión es la más pequeñita de todas las compañías, y la más pobre en cuanto al número y condición de sus miembros; y tener a bien que el mundo hable así de ella. Ay, querer ser estimado, ¿qué es esto, sino querer ser tratados de otro modo que el Hijo de Dios? Es un orgullo insoportable. El hijo de Dios estando en la tierra, ¿qué se decía de él? y ¿por quién quiso pasar al espíritu del pueblo? Por un loco, por un sedicioso, por un animal, por un pecador, aunque no lo fuera; hasta llegar al punto de permitir ser pospuesto a Barrabás, a un bandido, a un asesino, a un hombre malísimo? Oh Salvador, ¡cómo confundirá vuestra santa humildad a pecadores, como a mí miserable, el día de vuestro juicio!»11
Uno de los sacerdotes, que trabajaba en Artois, habiendo mandado imprimir por propia iniciativa, un compendio del Instituto, de sus progresos y de sus obras, se lo envió a Vicente, esperando recibir algún agradecimiento en recompensa: «Siento un dolor tan sensible, le respondió el humilde fundador (7 de febrero de 1657), que no se lo puedo expresar; porque es algo muy opuesto a la humildad publicar lo que somos y lo que hacemos…Si hay algo bueno en nosotros y en nuestra manera de vivir, es de Dios, y sólo a él corresponde manifestarlo, si lo juzga conveniente. Pero en cuanto a nosotros que somos una pobre gente ignorante y pecadora, nosotros debemos ocultarnos, como inútiles para todo bien y como indignos de que se piense en nosotros. Para eso, Señor, me ha dado Dios la gracia de mantener firme en hasta ahora para no consentir que se haga imprimir nada que dé a conocer y estimar a la Compañía, aunque me hayan apremiado, particularmente en algunos relatos a propósito de Madagascar, de Berbería y de las Islas Hébridas; y menos habría permitido yo la impresión de algo que tiene que ver con la esencia y el espíritu, el nacimiento y el progreso, las funciones y el fin de nuestro Instituto. Y quiso Dios, Señor, que estuviera todavía por hacer. Pero como no hay ya remedio, no continúo. Tan sólo le pido que no haga nada referente a la Compañía sin advertirme antes. »
Si era imposible disimular a sí mismo y a los demás las virtudes y los éxitos de la Compañía, al menos quería que estuviera siempre a salvo la humildad y hallara ventaja en ello, y entonces decía: «Sí, quizás hacemos algún bien; pero somos como la vara de Moisés que, si bien hacía milagros, no dejaba de ser un trozo de madera frágil.» (Summ., p. 333).
Todas las virtudes dimanaban de la humildad, según él, en particular la caridad: «Cuanto más humilde sea alguien, decía, más caritativo será con el prójimo. El paraíso de las comunidades es la caridad. Pues bien, la caridad es el alma de las virtudes, y es la humildad la que las atrae y la que las conserva. Existen compañías humildes como valles, que atraen sobre ellas le jugo de las montañas. Una vez que nos veamos vacíos de nosotros mismos, Dios nos llenará de él, ya que no puede permitir el vacío. Humillémonos pues, hermanos míos, porque Dios ha puesto los ojos en esta pequeña Compañía para servir a su Iglesia, si a pesar de todo se puede llamar compañía a un puñado de gentes pobres de nacimiento, de ciencia y de virtud, la hez, las barreduras y el desecho del mundo. Pido a Dios todos los días dos o tres veces que nos aniquile, si no somos útiles para su gloria. Qué, Señores, ¿querríamos estar en el mundo sin agradar a Dios y sin procurarle su gloria?»
Y terminaba con una de sus oraciones acostumbradas: «Oh Señor Jesucristo, derramad sobre nuestros espíritus esas divinas luces de las que estaba llena vuestra santa alma, y que os han hecho preferir la contumelia a la alabanza. Abrasad nuestros corazones con esos santos afectos que quemaban y consumían el vuestro, y que os hicieron buscar la gloria de vuestro Padre celestial en vuestra propia confusión. Haced, por vuestra gracia, que comencemos desde ahora a rechazar todo cuanto no redunde en vuestro honor y en nuestro desprecio, todo cuanto se resienta de la vanidad, la ostentación y la propia estima, que renunciemos, de una vez por todas, a los aplausos de los hombres equivocados y engañosos, y a la vana imaginación del buen éxito de nuestras obras. Finalmente, Salvador mío, que aprendamos a ser verdaderamente humildes de corazón con vuestra gracia y con vuestro ejemplo.»12
Estas lecciones admirables, expresadas con la elocuencia de la convicción y del corazón, por un orador que era la viva expresión de ellas, no podían por menos que penetrar el alma de sus oyentes y convertirse en la forma de su vida. Por eso la humildad era la virtud característica de de los discípulo como del maestro, y Vicente lo confesaba con una santa gratitud: «Sé muy bien que, por la gracia de Dios, hay entre nosotros quienes practican esta divina virtud, y quienes no sólo no tienen ninguna buena opinión ni de su talento ni de su ciencia, ni de su virtud, sino que se tienen por muy miserables, y quieren ser conocidos como tales, y que se colocan por debajo de todas las criaturas. Y es preciso que confiese que no veo nunca a estas personas sin que me llenen al alma de confusión, ya que son un secreto reproche del orgullo que hay en mí, ¡por lo abominable que soy!»
Era la humildad de los Misioneros la que impresionaba y atraía a los pueblos, en las Misiones, a los eclesiásticos en los ejercicios de los ordenandos y en las conferencias; la humildad era como el sello y las señas de S. Lázaro. El padre de Condren, segundo general del Oratorio, la verdadera gloria de esta orden en Francia, mucho más grande, aunque menos conocido que el cardenal de Bérulle, decía al santo fundador: «Oh Señor, ¡qué feliz sois porque vuestra Compañía lleva las señales de la institución de Jesucristo! Pues como al instituir su Iglesia se complació en escoger a pobres gentes ignorantes y rústicas, para fundarla y extenderla por toda la tierra, con el fin de poner de manifiesto con instrumentos tan insignificantes su omnipotencia, derribando la sabiduría de los filósofos por pobres pescadores y el poder de los reyes por la debilidad de estos pequeños obreros: así como la mayor parte de los que Dios llama a vuestra compañía son personas de baja condición, y todo lo más de condición media, o que no brillan mucho en la ciencia; y así y todo son instrumentos propios a los designios de Jesucristo, quien se servirá de ellos para destruir la mentira y la vanidad.» «¡Que la humildad sea nuestra palabra de alerta!»13
Lo ha sido siempre, y lo es siempre así; siempre de los Misioneros como de los primeros apóstoles y de los primeros cristianos, es verdad decir: «Pocos sabios según la carne, pocos poderosos, pocos grandes»; ni ilustres nacimientos, ni talentos brillantes, ni ciencia deslumbrante; ningún rastro en las cortes, ni en los palacios, en la historia política ni en la historia literaria; pero lo que el mundo tiene de sencillo, Dios lo ha escogido para confundir a los sabios; y lo que el mundo tiene de débil para confundir a los fuertes; y lo que el mundo tiene de bajo, de despreciable, y lo que no es, Dios lo ha escogido para destruir lo que es. A fin de que ninguna carne se gloríe ante él.»14 Ninguna compañía religiosa tal vez ha conservado tan bien su virtud original, los rasgos paternos y su aire de familia. Es lo que ella ha retenido y se ha transmitido de generación en generación esta recomendación suprema de su padre: «Las plantas no echan frutos más excelentes que la naturaleza de sus tallos. Somos como tallos de los que vendrán después de nosotros, quienes verosímilmente no echarán sus obras ni su perfección más arriba que nosotros. Si hemos hecho el bien, ellos harán el bien; el ejemplo pasará de unos a otros. Los que permanecen enseñan a los que siguen del modo como los primeros han procedido en la virtud, y éstos a otros que vengan después; y aquellos con la ayuda de la gracia de Dios, que les merecieron los primeros. ¿De dónde viene que veamos en el mundo a ciertas familias que viven tan bien en el temor de Dios? Yo las tengo ahora a una de tantas otras en la mente, cuyo abuelo y padre conocí, que todos eran muy gente de bien, y también hoy conozco a los hijos que lo son igualmente. ¿De dónde viene todo eso? Porque sus padres les han merecido de Dios esta gracia con su buena y santa vida, según la promesa de Dios mismo que bendecirá a tales familias hasta la milésima generación. Mas, por otra parte, se ven maridos y mujeres que sin gentes de bien y que viven bien, y no obstante todo se funde y se pierde entre sus manos; nada les sale bien. ¿De dónde viene eso? Porque el castigo de Dios, que merecieron sus padres por grandes faltas que cometieron, pasa a sus descendientes, según lo que está escrito, que Dios castigará al padre que es pecador en sus hijos hasta la cuarta generación. Y aunque esto se entienda principalmente de los bienes temporales, sin embargo podemos de alguna manera aplicarlo también a los espirituales. De suerte que si guardamos exactamente las reglas, si practicamos bien todas las virtudes convenientes a un verdadero Misionero, mereceremos de alguna forma de Dios esta gracia para nuestros hijos, es decir para los que vengan de tras de nosotros, los cuales obrarán bien como nosotros, y si nosotros obramos mal, es mucho de temer que ellos hagan lo mismo, o peor todavía, porque la naturaleza arrastra siempre tras sí y lleva sin cesar al desorden. Nosotros nos podemos considerar los padres de los que vengan detrás. La Compañía está todavía en su cuna; acaba de nacer; apenas hace unos años que comenzó: ¿qué quiere decir esto? ¿no es estar en la cuna? Los que estén después de nosotros, dentro de doscientos o trescientos años, nos verán como a sus padres, y aquellos mismos, que no han hecho más que llegar, serán reputados como los primeros, porque los que están en los primeros cien años son como los primeros padres. Cuando os queréis apoyar en algún pasaje que está en algún Padre de los primeros siglos, decís: Este pasaje pertenece a cierto Padre que vivía en el 1º o 2º siglo: lo mismo, se dirá, del tiempo de los primeros sacerdotes de la congregación de la Misión, se hacía esto, vivían así, estaban en vigor tales y tales virtudes. Siendo esto así, Señores, ¿qué ejemplo no debemos dejar a nuestros sucesores, ya que el bien que ellos hagan depende de algún modo del que nosotros practiquemos? Si es cierto, como dicen algunos Padres de la Iglesia, que Dios hace ver a los padres y las madres condenados el mal que sus hijos hacen en la tierra, a fin de que su tormento aumente, y que cuanto más multiplican estos hijos sus pecados, más sufren la venganza de Dios sus padres y madres que son la causa de ello, por el mal ejemplo que les hayan dejado; también, por otro lado, dice san Agustín que Dios hace ver a los padres y madres que están en el cielo el bien que sus hijos hacen en la tierra para que su gozo aumente. Por eso, Señores, ¡qué consuelo y qué felicidad no tendremos nosotros cuando quiera Dios ofrecernos la vista de la Compañía haciendo el bien, abundando en buenas obras, observando con fidelidad el orden del tiempo y de las ocupaciones, viviendo en la práctica de las virtudes y de los buenos ejemplos que les habremos dejado! Oh miserable de mí, que digo y no hago. Rogad a Dios por mí, Señores; rogad por mí, hermanos míos, para que Dios me convierta.»15 Una explosión así de humildad impresionaba a la Compañía naciente como un flechazo, y la sumergía con su padre en un santo anonadamiento del que ya no ha salido nunca.
La humildad tiene por compañera ordinaria a la mortificación: mortificación de los sentidos a causa de la debilidad de la carne, mortificación del juicio y de la voluntad, en lo que propiamente consiste. Esta mortificación universal, esta renuncia a su propio espíritu, a sus sentidos, a sus padres, a sus pasiones, al demonio, al mundo y a sus pompas, Vicente se la predicaba aún a su Compañía, dando siempre por motivos los ejemplos y las máximas crucificadoras de Jesucristo y, suponiendo, según la forma dramática que afectaba interrumpido por los suyos: «Pero, Señores, somos pobres sacerdotes que hemos renunciado ya a eso, no tenemos sino ropa sencilla, muebles muy pobres, y nada que se parezca a la pompa;» –respondió: «Oh Señores y hermanos míos, no nos engañemos, aunque tengamos ropa pobre y pobres muebles, ¿no podemos con eso tener el espíritu pomposo? Ay, sí; dedicarse a hacer bonitas predicaciones, a hacer hablar de uno, a publicar el bien que se ha hecho, a llenarse de orgullo, es tener el espíritu pomposo; y, para combatir este vicio, es mejor hacer menos bien una cosa que complacerse por haberla hecho bien. hay que renunciar a la vanidad y a los aplausos, hay que darse a Dios, hermanos míos, para alejarse de la propia estima y de las alabanzas del mundo, que forman la pompa del espíritu. Sería mejor ser arrojado de pies y manos sobre carbones encendidos a hacer nada y decir nada para agradar a los hombres. Y, en este sentido, un predicador célebre me decía estos días pasados: «Señor, desde que un ministro de la predicación busca el honor y el aplauso del pueblo, se entrega a la tiranía del público; y pensando hacerse el importante por sus hermosos discursos, se convierte en el esclavo de una vana y frívola reputación.» A lo cual podemos añadir que, quien emplea ricos pensamientos con un estilo pomposo, está opuesto a Nuestro Señor que dijo: «Bienaventurados los pobres de espíritu» en lo cual esta sabiduría eterna muestra cómo deben evitar los operarios evangélicos la magnificencia de las acciones y de las palabras, y adoptar una manera de obrar y de hablar humilde, sencilla y común, de la que él mismo ha querido darnos ejemplo. Es el demonio el que nos entrega a esta tiranía de querer triunfar y el que, al vernos inclinados simplemente a actuar con rapidez, nos dice: «Miras qué vulgar, esto es demasiado simple y muy indigno de la grandeza y de la majestad de las verdades cristianas.» Mucho cuidado, hermanos míos, renunciad a estas vanidades, os lo suplico por las entrañas de Nuestro Señor, renunciad a esta ostentación mundana y diabólica. Tened siempre ante los ojos la manera muy sencilla y muy humilde de Nuestro Señor, el cual, siendo capaz de hacer una gran exhibición de sus obras y dar una soberana virtud a sus palabras, no lo quiso hacer; y dando un paso adelante para confundir más nuestra soberbia con sus humillaciones admirables, quiso que sus discípulos hicieran mucho más que él: «Vosotros haréis, les decía, lo que yo hago, y haréis mucho más todavía.» -Pero, Señor, ¿Por qué queréis que, haciendo lo que vos habéis hecho, hagan más? –Porque, Señores, Nuestro Señor se quiere dejar superar en las acciones públicas para sobresalir en las humildes y en las secretas; quiere los frutos del Evangelio, y no los ruidos del mundo; y por eso ha hecho más por medio de sus servidores que por sí mismo. Quiso que san Pedro una vez a tres mil personas y en otra ocasión a cinco mil, y que toda la tierra haya sido iluminada por sus apóstoles; y, en cuanto a él, aunque fuera la luz del mundo, no predicó más que en Jerusalén y alrededores: predicó allí sabiendo que tendría menos éxito que en otras partes; sí, se dirigió a los Judíos como más capaces de despreciarle y de contradecirle. Él hizo pues pocas cosas, y sus pobres discípulos ignorantes y rústicos, animados de su virtud, han hecho más que él. ¿Por qué eso? Para darnos ejemplo de una perfecta humildad. Oh Señores, por qué no seguimos el ejemplo de este divino Maestro. Por qué no cedemos nosotros la ventaja a los demás, y por qué no escogemos lo peor y lo más humillante para nosotros. Porque es, con toda seguridad, lo más agradable y lo más honroso para Nuestro Señor, que es todo lo que debemos pretender. Tomemos pues este partido: estoy ante un acto público; yo podría sacarle buen partido; no lo haré, cortaré tal y tal cosa que podría darle alguna brillantez, y a mí algo de reputación. De dos ideas que me vienen, produciré la menos al exterior para humillarme, y me quedaré con la más hermosa para hacer un sacrificio a Dios en lo secreto de mi corazón.»
De esta forma, hablaba de todos los género de mortificación y de privaciones, lo que resumía en esta viva imagen: «Quiera Dios concedernos la gracia de ser semejantes a un buen viñador que lleva siempre el cuchillo en el bolso, con el que corta todo lo dañoso de la viña; y como brota más de lo que quiere y brota sin cesar ramajes inútiles, tiene siempre el cuchillo listo y a menudo en la mano para cortar todo lo superfluo nada más que aparece, para que la fuerza de la savia suba toda a los sarmientos que deben producir los frutos. Así es como nosotros debemos cortar con el cuchillo de la mortificación los malos productos de la naturaleza corrompida, que no se cansa nunca de producir ramas de su corrupción; y así no impedirán a Jesucristo, que se compara a la cepa de la viña, y que nos compara al sarmiento, hacernos fructificar en abundancia en la práctica de las santas virtudes.»16 Y para concluir sobre la necesidad de la mortificación, decía alguna vez: Si una persona que tuviera ya como un pie en el cielo llegara a abandonar el ejercicio de esta virtud, en el intervalo del tiempo que se necesitaría para poner el otro, se hallaría en peligro de perderse.»
Imposible recorrer así todas estas conferencias; mas imposible igualmente agotar por completo las lecciones del caritativo apóstol sobre la caridad, y sobre este celo de las almas del que hacía, recordamos, uno de los cinco sentidos del cuerpo de la Misión, con la sencillez, la humildad, la mansedumbre y la mortificación.
No veía ya a ninguna compañía más obligada que la suya al ejercicio de una perfecta caridad. «Ya que, le decía, nuestra vocación es ir no sólo a una parroquia ni a una diócesis, sino por toda la tierra, para encender los corazones de los hombres, y hacer lo que hizo el Hijo de Dios, el cual dijo que había venido a traer un fuego a la tierra, a fin de inflamar los corazones de los hombres con su amor. Es por lo tanto cierto que somos enviados no sólo para amar a Dio, sino para hacer que le amen. No nos basta con amar a Dios, si nuestro prójimo no le ama también; y no podríamos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, si no le procuramos el bien que estamos obligados a querer para nosotros mismos, es decir el amor divino que nos une a aquel que es nuestro soberano bien. debemos amar a nuestro prójimo como la imagen de dios y el objeto de su amor, y obrar de suerte que los hombres amen recíprocamente a su muy amable creador, y se amen entre ellos con una caridad mutua por el amor de Dios, que los ha amado tanto como para entregar a su propio Hijo a la muerte por ellos. Pero veamos, les ruego, Señores, a este divino Salvador como al perfecto ejemplar de la caridad que debemos tener para con nuestro prójimo. Oh Jesús, decidnos, por favor, ¿quién os mandó bajar del cielo para venir a sufrir la maldición de la tierra? ¿qué exceso de amor os ha obligado a humillaros hasta nosotros, y hasta el suplicio infame de la cruz? ¿Qué exceso de caridad os ha hecho exponeros a todas nuestras miserias, tomar la forma de pecador, llevar una vida de sufrimiento y sufrir una muerte vergonzosa? ¿Dónde se encontrará una caridad tan admirable y extrema? Sólo el Hijo de Dios es capaz de ello, y quien ha tenido tal amor por los hombres como para dejar el trono de su gloria y venir a tomar un cuerpo sujeto a las debilidades y miserias de esta vida, y pasar las extrañas pruebas que pasó para establecer en nosotros y en medio de nosotros, con su ejemplo y su palabra, la caridad de Dios y del prójimo. Sí, es el amor el que le ha crucificado, y el que ha realizado esta obra maravillosa de nuestra Redención. Oh Señores, si tuviéramos una chispa de este fuego sagrado que abrasaba el corazón de Jesucristo, ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados? ¿y abandonaríamos a los que podemos asistir? No ciertamente; porque la verdadera caridad no se podría quedar ociosa ni permitirnos ver a nuestros hermanos y amigos en la necesidad, sin manifestarles nuestro amor; y de ordinario, las acciones exteriores dan testimonio del estado interior. Los que tienen la verdadera caridad dentro la hace aparecer al exterior. Es lo propio del fuego iluminar y calentar, y también lo propio del amos comunicarse. Debemos amar a Dios a expensas de nuestros brazos y con el sudor de nuestro rostro. Debemos servir al prójimo a expensas de nuestros bienes y de nuestra vida. ¡Qué felices seríamos haciéndonos pobres por haber ejercido la caridad con los demás! Pero no temamos serlo por este medio, a menos que desconfiemos de la bondad de Nuestro Señor y de la verdad de sus palabra. Que si a pesar de ello Dios permitiera que nos viéramos obligados a mendigar nuestro pan o a dormir en el extremo de una cerca todos desgarrados y todos transidos de frío, y que en ese estado vinieran a preguntar a uno de nosotros: «Pobre sacerdote de la Misión, ¿quién te ha reducido a este extremo?» qué dicha, Señorea, poder responder: «Ha sido la caridad1″ Oh qué estimado sería este pobre sacerdote ante Dios y ante los ángeles!»17
Pero el objeto privilegiado se este amor que recomendaba a los suyos, eran los pobres: «Dios ama a los pobres, decía, y, por consiguiente, ama a los que aman a los pobres. Ya que, cuando se ama bien a alguien, se tiene el afecto por sus amigos y por sus servidores. Pues bien, la pequeña Compañía de la Misión se esfuerza en entregarse con afecto a servir a los pobres, que son los bien amados de Dios; y así tenemos motivo de esperar que, por el amor de ellos, Dios nos amará. Todos los que amen a los pobres durante su vida no tendrán ningún miedo a la muerte. Vayamos pues, hermanos míos y empleémonos con un nuevo amor a servir a los pobres, y hasta busquemos a los más pobres y a los más abandonados. Reconozcamos delante de Dios que son nuestros que sin nuestros señores y nuestros amos, y que somos indignos de rendirles nuestros pequeños servicios… Cuando vamos a verlos, entremos en sus sentimientos para sufrir con ellos, ponernos en el pensamiento de ese gran Apóstol que decía: «Omnia ómnibus factus sum, me he hecho todo a todos»; de manera que no caiga sobre nosotros la queja que lanzó Nuestro Señor en otro tiempo por un profeta: «Sustinui qui simul contristaretur, et non fuit, he esperado a ver si alguno compartiera mis sufrimientos, y no hubo nadie.» Y para ello, hay que tratar de enternecer nuestros corazones y hacerlos susceptibles de los sufrimientos y de las miserias del prójimo, y pedir a Dios que nos dé el verdadero espíritu de misericordia, que es el propio espíritu de Dios; de manera que quien vea a un Misionero pueda decir: «Ése es un hombre lleno de misericordia.» Nosotros debemos estar llenos de él más que los demás sacerdotes, viéndonos obligados, por estado y por vocación, a servir a los más miserables, a los más abandonados, y a los más abrumados de miserias corporales y espirituales. Tengamos esta compasión en el corazón, manifestémosla en nuestro exterior y en nuestro rostro, a ejemplo de Nuestro Señor que lloró sobre la ciudad de Jerusalén, a causa de las calamidades de las que estaba amenazada; empleemos palabras compasivas, que hagan ver al prójimo cómo entramos en los sentimientos de sus intereses y de sus sufrimientos; por último, socorrámosle y asistámosle en cuanto podamos en sus miserias y en sus necesidades, y tratemos de librarle ellas en todo o en parte, ya que la mano debe estar en cuanto se pueda conforme al corazón.»
Pero exhortaba también a los suyos a amarse unos a otros, según esta palabra de san Juan: Filioli diligite alterutrum. «La congregación de la Misión, decía entonces, durará tanto tiempo como reine la caridad en ella. Así pues maldito quien destruya la caridad y sería la causa de su ruina, o tan sólo de un desecho de su perfección. La caridad es ele alma de las virtudes y el paraíso de las comunidades, ya que el paraíso no es sino amor, unión y caridad, y la felicidad principal de la vida eterna consiste en amar. Quienquiera que, en una comunidad, no tiene ni caridad ni ayuda, se parece, en medio de tantos humores y acciones discordantes de las suyas, a una embarcación sin ancla ni timón que boga entre rocas a merced de las olas y de los vientos y que pronto se irá al garete. Tengamos pues unos con otros un santo afecto: afecto interior; afecto exterior también que demostraremos con nuestras palabras y nuestras obras, ayudándonos mutuamente en nuestras ocupaciones, soportándonos unos a otros. Por este apoyo mutuo, los fuertes sostendrán a los débiles, y la obra de Dios se llevará a cabo. Nada de detractores entre nosotros, ni gente que maldicen, murmuran y lo critican todo. Como un lobo carnicero desuela y destruye el redil donde entra, así este vicio desuela y destruye las comunidades en las que entre.»
El celo de Vicente por la salvación de las almas se verá pronto en lo que emprendió por la obra de las Misiones. Mientras tanto, digamos que no cesaba de animar a sus hijos a sufrirlo todo por amor de Dios y del prójimo: «Sí, Señores y hermanos míos, es preciso que seamos de Dios sin reservas y del servicio del prójimo. Debemos despojarnos para revestirle, dar nuestras vidas para su salvación, mantenernos siempre dispuesto a hacerlo todo y a sufrirlo todo por la caridad, estar preparados para ir a donde Dios quiera por esto, sea a las Indias o a otros lugares más distanciados, y por último, exponer de buena gana nuestras vidas para procurar el bien espiritual de este querido prójimo, y para ampliar el imperio de Jesucristo en las almas. Y yo mismo, aunque anciano y caduco como estoy, yo no debo dejar de estar en esta disposición, y hasta irme a las Indias a ganar almas a Dios, aunque tuviese que morir en el camino. Pues no piensen que Dios pide de nosotros las fuerzas y la buena voluntad, y una verdadera y sincera disposición de aprovechar todas las ocasiones de servirle, aun con peligro de nuestra vida, manteniendo en nuestros corazones un deseo de sacrificarla por Dios y si así lo quisiera, de sufrir el martirio.»
Quedaba por explicar los votos de la Compañía. Vicente insistió sobre este punto que no formaba una verdadera religión, no siendo sus votos más que simples, y no habiéndolos elevado el papa por dispenda a la virtud de los votos solemnes. Sin embargo ella puede tener todo el mérito de los votos solemnemente pronunciados, del mismo modo que el niño que ha recibido el bautismo en privado recibe la misma recompensa que el niño bautizado solemnemente. Y nosotros, concluía él, somos de la religión de san Pedro.»
También, a pesar del voto de pobreza, el Misionero guarda la posesión de estos bienes, pero renuncia a usar de ellos para sí, y consagra sus rentas a obras pías, a las necesidades de sus parientes, siempre con el consentimiento del Superior. Si le ocurre salirse de la Compañía, entonces recupera su libre y entera disposición.18
Lo mismo ocurre poco más o menos con los beneficios a los que el acta de fundación obliga a los Misioneros a renunciar. Eso se entiende de los beneficios y cargas incompatibles con la obra de las Misiones y la vida común, y no, de los beneficios simples que, no obligando a la residencia, lejos de ser un obstáculo a esta obra, le procuran preciosos recursos. Por otra parte, esta cláusula afecta a todo lo más a los particulares, y no a las casas de la Compañía, ya que los beneficios son con frecuencia el único medio que tenían los obispos de establecer Misiones y seminarios en sus diócesis. Por eso, además, este artículo fue entendido desde el principio como proveniente de la donación de los Bons-Enfants y la anexión de San Lázaro, y Vicente aceptará cierto número de parroquias como dotación de algunas casas de la Compañía.
Pero ni la Compañía misma, ni sobre todo los particulares, se entregaron a ello fuera de las obligaciones y de los méritos de la pobreza. «La pobreza, decía Vicente, es el nudo de las religiones. No somos religiosos, es cierto, y no somos dignos de serlo, aunque vivamos en común, pero la pobreza es también el nudo de las comunidades, y en particular de la nuestra, Es el nudo que la desliga de todas las cosas de la tierra, la une perfectamente a Dios. Sí, Señores, esta virtud de pobreza es el fundamento de la congregación de la Misión. Esta lengua que les habla no ha pedido nunca, por la gracia de Dios, cosa alguna de las que posee la Compañía en este momento. Y aunque no tuviera más que dar un solo paso, o pronunciar una sola palabra, para hacer que la Compañía se estableciera en las provincias y en las grandes ciudades t se multiplicara en número y en ocupaciones de importancia, no la querría pronunciar, y espero que nuestro Señor me conceda la gracia de no decirla. Es la disposición en la que me encuentro, de dejar hacer a la Providencia de Dios. -¡Maldición, maldición! Señores y hermanos míos, sí, ¡maldición al Misionero que quiera apegarse a los bienes perecederos de esta vida! Porque será dominado por ellos, y presa de estas espinas y paralizado en esos lazos. Y si sucediera esta desgracia a la Compañía, ¿qué se diría de ella después, y de qué manera se viviría en ella? Se diría: Tenemos tantos miles de libras de rentas. Nos conviene seguir en reposo. ¿para qué ir a recorrer los pueblos, por qué trabajar tanto?. Dejemos a las pobres gentes de los campos ahí; que sus párrocos se cuiden de ellos, si les parece bien; en cuanto a nosotros, vivamos tranquilamente, sin tomarnos tantas molestias. Así es como la ociosidad seguirá al espíritu de avaricia; no se trabajará más que en conservar y aumentar los bienes temporales, y en buscar sus propias satisfacciones: y entonces se podrá decir adiós a los ejercicios de la Misión, y a la misma Misión, porque ya no existirá. No hay más que leer las historias, y se hallarán una infinidad de ejemplos que demuestren que las riquezas y la abundancia de los bienes temporales han causado la pérdida, no sólo de muchas personas eclesiásticas, sino también de comunidades y de órdenes enteras, por no haber sido fieles a su primer espíritu de pobreza.»19
Y volviéndose a sí mismo, en uno de sus exámenes de conciencia: «Oh mi Salvador, exclamó, ¡cómo puedo yo hablar de eso, yo que soy tan miserable, yo que tuve en otro tiempo un caballo, una carroza, y que todavía hoy tengo una habitación con fuego, un lecho de cortinas, un hermano; a mí, digo, con quien se tienen tantos cuidados de manera que nada me falte! Oh qué escándalo doy a la Compañía por el abuso que hago del voto de pobreza en todas las cosas y otras parecidas! Pido por ello perdón a Dios y a la Compañía y la suplico que me soporte en mi ancianidad. Apenas puedo soportarme a mí mismo y me parece que debería ser colgado en Montfaucon. ¡Que Dios me dé la gracia de corregirme, aunque llegado a esta edad, y de desprenderme de todas estas cosas como pueda!»
El análisis de las constituciones nos ha enseñado toda la importancia que daba a la castidad de sus Misioneros. En este punto, les daba las cinco reglas siguientes que él aplicaba a su propia conducta: No hacer visita a ninguna mujer, ni siquiera a las Damas e Hijas de la Caridad, sino es en interés de la gloria de Dios; -incluso en ese caso, gran precisión en las conversaciones y gran modestia en las miradas; -tener consigo a un compañero que no nos pierda de vista; -evitar todas las expresiones afectuosas; -todas aquellas también que, de cerca o de lejos, podían recordar el vicio contrario.
Las constituciones nos han enseñado qué extendida estaba la obediencia que recomendaba a los suyos: obediencia al papa, a los obispos, a los pastores; obediencia a los príncipes temporales, sin queja ni murmuración, incluso con peligro de los bienes o de la vida, «ya que nos representan en la tierra el poder soberano de Dios»; obediencia también a aquellos que no tienen derecho a mandarnos: «Consideremos a todos los demás como a nuestros superiores y, para ello, pongámonos por debajo de ellos, y más bajo aún que los más pequeños, distingámosles con deferencia, condescendencia y todo clase de servicios. En esta disposición, los sabios deben condescendencia a la debilidad de los ignorantes, a las cosas en las que no existe error ni pecado; los prudentes y los sabios deben condescendencia a los humildes y sencillos: Nos alta sapientes, sed humilibus consentientes; y, por esta misma condescendencia, debemos no sólo aprobar los sentimientos de los demás en las cosas buenas e indiferentes, hasta preferirlas a las nuestras, creyendo que los demás tienen luces y cualidades naturales, más grandes y más excelentes que nosotros»; obediencia por último al superior y a las menores observancias de la regla; obediencia al superior no solamente en lo que ordena de hecho, sino en todo lo que pudiera ordenar; obediencia respetuosa, sin esas murmuraciones, que serían una especie de apostasía; obediencia fundada en la calidad de los superiores que ocupan para nosotros el lugar de Jesucristo, en sus penas y sus solicitudes, sobre la recompensa prometida en esta vida a las almas obedientes, y sobre el castigo que amenaza a las rebeldes y. antes de todo, a ejemplo de Jesucristo, obediencia voluntaria, sencilla, pronta, humilde, animada, alegre y perseverante hasta la muerte.
Todo le servía de tema y de ocasión para predicar la obediencia: «Un capitán me decía estos días pasados que, cuando viera que su general mandase mal, y que él perdiese con seguridad la vida en la ejecución de lo mandado, y pudiese cambiar de parecer al general diciendo el mío, que perdería honor si lo hiciera y preferiría morir a hacerlo. Vean, Señores, qué confusión tendremos en el cielo al ver esta perfección en la obediencia de la guerra, y al ver la nuestra tan imperfecta en comparación».20
Y, al pensar de pronto en su calidad de superior y en la obligación que acababa de imponer a sus hijos de obedecerle a él mismo: Oh miserable, exclamó en su humildad, ¡obedecer a un desobediente a Dios, a la santa Iglesia, a mi padre y a mi madre desde mi infancia! ya que toda mi vida no ha sido sino desobediencia. Ay, Señores, ¿A quién rinden ustedes obediencia? ¡A aquel que, como los escribas y fariseos, está lleno de vicios y de pecados! Pero esto es lo que hará vuestra obediencia meritoria. Pensaba en ello hace un momento y me acordaba de que siendo un muchacho pequeño, cuando mi padre me llevaba con él a la ciudad, sentía vergüenza de ir con él y reconocerle como mi padre, porque iba mal vestido y algo cojo. Oh miserable, ¡qué desobediente he sido! Pido perdón a Dios por ello, y por todos los escándalos que les he dado. Voy a pedir también perdón a toda la Compañía, y les suplico que rueguen a Dios por mí para que me perdone esa faltas y me dé siempre el arrepentimiento del corazón.»
Nos quedaría por analizar las ideas que tenía el santo fundador sobre los estudios y la predicación, sobre la instrucción de los eclesiásticos y de los pobres. quizás sea mejor hacer de ello como el prefacio y la introducción de nuestros relatos de los trabajos de la compañía. Ya que una vez que se halla establecida y formada, conviene verla a la obra, es decir exponer lo que ha hecho por la reforma y la santificación del clero, y por la instrucción de los pueblos de los campos, fines en conexión de su institución.
Pero, no sin antes volver a la casa de Gondi, donde tuvo origen la obra admirable de las galeras, que tuvo una expansión más admirable aún en la obra de Berbería. La casa de Gondi, no temamos repetirlo, debía ser la gran escuela experimental de Vicente, y la cuna de todos sus proyectos, sino de todas sus obras mismas. Antes de salir de aquí, había que recorrer todavía uno de los círculos de las miserias humanas, cuyo alivio le había sido dado en herencia.
- La misma idea en una rep. De orac. Del 14 de julio de 1655.
- Véase también la conf. del 17 de octubre de 1655, de donde está tomado este pasaje. -Tomamos indiferentemente de las conferencias de diversas épocas, para dar la viva expresión de las ideas del santo, y para mostrar con ello la constancia.
- Conf. de 7 de marzo de 1655(¿).
- Conf. del 16 de mayo de 1659
- Conf. del 19 de marzo de 1659.
- Conf. del 14 de marzo de 1650.
- Carta a Coglée, en Sedan, del 25 de setiembre de 1650.
- Conf del 14 de marzo de 1659.
- Conf. sin fecha sobre la mansedumbre.
- Conf. del 18 de abril de 1659.
- Repet. de orac. del 25 de noviembre de 1657. –Véanse las mismas ideas en la rep de orac. del 1º de noviembre del mismo año.
- Conf. del 15 de abril de 1659.
- Conf. del 21 de octubre de 1643
- I Cor. vv. 26-29.
- Repet. de oración del 25 de noviembre de 1657.
- Conf. del 2 de mayo de 1659.
- Conf. del 30 de mayo de 1659.
- Los Misioneros que, como Alméras, el H. Mathieu, etc., disponían de sus bienes a favor de la compañía, no era por ello mejor tratados que los demás y no podían pretender a ningún privilegio (Carta a Laudin, en Le Mans del 30 de octubre de 1658).
- Véase también la Conf. del 6 de abril de 1655.
- Carta a d’Horgny, superior de la casa de Roma, 2 de marzo de 1646.






