San Vicente de Paúl. Su vida, su tiempo; sus obras, su influencia. Libro 1, capítulo 1

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Abate Maynard, Canónigo de Poitiers · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1880.
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Libro Primero. Comienzos de san Vicente de Paúl hasta la fundación de la Misión (1576-1625)

Capítulo Primero: Nacimiento de Vicente. Su primera infancia. Sus relaciones con la familia.

I. Nacimiento.

San Vicente de Paúl nació el 24 de abril del año 1576, el martes después de Pascua, en la pequeña aldea de Ranquines, en la parroquia de Pouy, cerca de Acqs (Dax), ciudad episcopal situada en los confines de las Landas de Burdeos, hacia los Pirineos. Su padre se llamaba Juan o Guillermo1 de Paúl, y su madre Bertranda de Moras. La partícula que precede a su nombre, hoy exclusivamente nobiliaria, no indicaba necesariamente entonces un origen ilustre.2

No obstante, apenas llegado a París, en 1609, nuestro santo, huyendo de la gloria con la misma pasión que otros la buscaban, y temiendo ser acusado de nobleza como tantos otros de plebeyos, no conservó más que su nombre de bautismo, y no se hizo llamar más que el S. Vicente. Y si en actas públicas y auténticas, se veía obligado a firmar con su nombre de familia, se cuidaba de acercar mucho las dos partes por miedo a que se deslizara alguna sospecha de nobleza en el intervalo.

Dios puso su cuna no en el seno de esa extrema pobreza que con demasiada frecuencia oprime el corazón, y habría hecho su educación imposible, ni en el seno de la riqueza de donde abría sacado el egoísmo del disfrute y del pacer; sino en esa mediocridad un poco estrecha que es de ordinario el medio más favorable a la primera eclosión de los grandes talentos y de las grandes virtudes: pues, al condenar al trabajo y a una vida frugal, da al alma actividad y energía y, al imponer duras privaciones, la abre a la piedad mediante sufrimientos compartidos. Toda la fortuna de los padres de Vicente consistía en una casa y unas piezas de terreno que hacían valer con sus manos. Así escapaban a la miseria y podían incluso aliviar a los más pobres que ellos mismos. Carentes, en efecto, de los bienes de este mundo, eran ricos en fe, candor, inocencia y amor y, bajo su humilde techo, su hijo recibió, después del bautismo de los cristianos, el segundo bautismo de la pobreza y de la caridad, cuya huella en él no fue menos imborrable.

Guillermo de Paúl y Bertranda de Moras eran de los que ven en numerosos hijos la primera bendición del matrimonio y la verdadera riqueza de una familia de labradores. Dios les dio seis, dos niñas y cuatro niños, de los que Vicente fue el tercero. Apenas podía andar cuando se ocupó, como sus hermanos y hermanas, en los trabajos de la vida campestre. Casi el más joven, tuvo como ocupación principal el oficio del más joven de los hijos de Isai, y fue encargado de guardar el rebaño de su padre. En su humildad, apartaba más tarde lo que podía tener de glorioso tal comparación; y un día que se negaba a ser acompañado por un sustituto del procurador general del Parlamento de París, alegando su indignidad, su origen y su primer oficio de pastor de ovejas y de cerdos, respondiendo el sustituto que Dios había escogido a uno de los mayores reyes del cayado de pastor, se quedó cortado y confuso.

Se complacía en recordar en toda ocasión su baja extracción y los humildes empleos de su infancia. En una visita que le hacía en San Lázaro el obispo de Saint-Pons habló accidentalmente del castillo de Montgaillard, que daba el nombre a su familia: «Oh, le conozco muy bien, interrumpió Vicente, en mi juventud, yo solía llevar mis animales por allí.» –»Tengo el honor de ser pariente vuestro», le escribía de Acqs un hijo de familia pidiéndole su protección. «Haré por usted lo que haría por mi propio hermano, respondió el humilde sacerdote; pero no digáis el pariente de un hombre salido de un pobre labrador y cuyo primer oficio fue guardar los rebaños de su padre». Con los pequeños y con los mayores tenía el mismo lenguaje. «La limosna, Monseñor», le dijo un día una mujer que creía con ello halagarle. «Ah, mi pobre señora, respondió Vicente, me conocéis muy mal, pues sólo soy el hijo de un pobre campesino.»No se contentaba con propalar de esa manera su bajeza en la corte y en la ciudad, en público como en particular; la denunciaba hasta en el extranjero, y en ello buscaba sea un nuevo motivo de agradecimiento por los servicios que le hacían a él o a su congregación, sea un refugio contra las alabanzas dadas a su virtud. «Quid, obsecro, laudandum in eo cui omnia desunt; cuique patrem suum agnoscit pauperem agricolam?3 Así escribía a Lisboa al conde de Obidos, que había protegido a uno de sus sacerdotes arrojado sobre las costas de Portugal y le había declarado a él mismo un profundo respeto.

En estas expresiones nadie verá esa cálculo hipócrita que recuerda con complacencia un punto de partida muy bajo para forzar a que se mida la distancia que le separa del punto de llegada y alabar el mérito que la ha franqueado. En Vicente era únicamente necesidad y pasión por empequeñecerse. Y como esta pasión satisfecha llenaba su corazón de alegría, le entraban a veces escrúpulos. En 1633, escribía a uno de sus sacerdotes: «Yo decía con consuelo estos días pasados, predicando en una comunidad, que soy hijo de un pobre labrador; y en otra compañía, que he cuidado los rebaños. ¿me querríais creer, señor, que tengo miedo de sentir vana satisfacción, por causa de la pena que siente la naturaleza?»Admirables remordimientos de la felicidad de la humillación y del sufrimiento, de las delicias del ama nesciri et pro nihilo reputari.

II. Primera infancia.

La humildad, virtud favorita de Vicente y fundamento en él de todas las demás, tal fue el primer fruto de los humildes trabajos de su infancia. Sin duda también, guardando el rebaño de su padre, el instinto de la gracia le ponía ya en su corazón esta vigilancia, este celo que debía desplegar más tarde en la guardia del rebaño de Jesucristo. Con toda seguridad, en la landa desierta, bajo la bóveda del cielo, él se formaba una sociedad de Dios y de los ángeles, una conversación de la oración. Tanto más por ser el lugar donde apacentaba con frecuencia su rebaño santo como aquél donde Dios habló en otro tiempo a moisés, y lleno del todo de los recuerdos de una piedad antigua de muchos siglos. Allí, en los confines de las Landas y de la Chalosse, a la ribera del Adour, en el territorio mismo del pueblo de Pouy, se elevaba en otro tiempo una capilla, monumento y término de una peregrinación, cuyo origen se perdía  en la noche los tiempos y se aproximaba tal vez en aquellas comarcas. Era la capilla de Notre-Dame de la Lande o de Buglosse.4

Pronto veremos venir a san Vicente de Paúl a esta capilla restaurada. Mientras tanto, le vemos niño entre ruinas, cuya piedad tal vez levantaba las piedras en altar o en oratorio. Cuando nació, la peregrinación llevaba interrumpida seis años. Pero sus piadosos padres le habían hablado con frecuencia, y además, una tradición viva le hablaba siempre de la fe de las poblaciones y de las misericordias de María. Tal es el origen de esta tierna devoción hacia la santísima Virgen, por la que se distinguió hasta el final de sus días.

A falta de oratorio levantado por los hombres en el desierto donde pasaba una parte de sus días cuidando de su rebaño, había escogido uno que le ofrecías la naturaleza: era una encina ya varias veces secular cuando él nació, y que señala todavía hoy su humilde cuna mejor que esos árboles plantados por el gozo o la vanidad para celebrar y recordar un nacimiento lustre. Ya entonces estaba horadada por el tiempo que le había devorado las capas leñosas o el corazón para no dejarle más que la albura y las capas corticales. El niño había cambiado en capilla el flanco entreabierto del árbol, y le gustaba colocar flores al pie de alguna estatuilla que había puesto. Siendo muy pequeño, allí iba a rezar, apenas salido de los brazos de su madre; de pastor, esa era su sombra contra el calor, su abrigo contra la lluvia, si observatorio para vigilar su rebaño, su oratorio durante las largas horas de soledad.5

Entre tanto él crecía en edad y en sabiduría, y su corazón y su espíritu se abrían a la vez a la caridad y a la verdad. La caridad sobre todo parecía innata en él. la compasión por los pobres y los miserables le arrancaba ya lágrimas, servicios y limosnas. Más tarde distribuirá las riquezas de los reyes; hoy él da tanto, más tal vez a los ojos de Dios, ya que lo da todo, hasta el trozo de pan que su madre le ha puesto en el zurrón, hasta sus pobres ropas y, -algo que tiene bien guardado,- hasta su pequeño tesoro, treinta centavos, que a fuerza de trabajos y ahorros ha conseguido reunir. Y cuando ya no tiene nada suyo, no creyendo presumir demasiado de la caridad de sus padres de lo que ha sido tantas veces testigo, se adelanta sobre ellos algunos pequeños tributos. Por ejemplo cuando trae del molino la harina destinada al sustento de la familia, encuentra a pobres en su camino, abre el saco y les distribuye algunos puñados.

Pero su inteligencia penetraba al mismo tiempo hasta las tinieblas de su primera educación. La profundidad y la vivacidad de su espíritu impresionaban a su propio padre. Inspirado sin duda por la Providencia, Guillermo de Paúl se preguntó si este niño no tenía otra vocación que la de pastor y, creyendo reconocer en él disposiciones superiores, resolvió dedicarlo a los estudios a pesar de su pobreza y del pesado gasto. Es verdad que el buen padre mezclaba con estos pensamientos de fe algunas vistas interesadas. Veía en su puerta a un hombre salido de tan abajo como su hijo y que, ya sacerdote, y luego prior, había ayudado mucho a su familia con las rentas de su beneficio. ¿Por qué un día no iba a ser así con el oven Vicente? Ya tan lleno de compasión por los miserables, tan solícito por aliviarlo en su pobreza, ¿podría negar más tarde s los suyos las primicias de su caridad y de sus riquezas? Cálculo inocentemente egoísta tal vez, pero egoísta después de todo, que no debía llegar al resultado apetecido.

III. Sus relaciones con su familia.

Ya sacerdote, y sobre todo una vez a cargo de la distribución de beneficios, se impuso como obligación no pedir nada para él, ni para su familia espiritual o temporal; más aún, del catálogo ninguno estaba excluido por su caridad, excepto lo que le obligaban por los lazos de la naturaleza o de la gracia; no quiso tener otra familia, otros protegidos que los pobres. En vano le hablaban sacerdotes del país o algunos de sus Misioneros de la estrecha mediocridad de los suyos, del duro trabajo al que estaban condenados y le animaban a hacer por ellos algo. «Y bueno, preguntaba él, ¿son más pobres que antes y sus brazos no son suficientes ya para procurarse una vida conforme a su condición? «Y, tranquilizado sobre estos dos puntos, añadía: «Son afortunados porque ejecutan la sentencia divina que ha condenado a ganarse el pan con el sudor de su rostro. Afortunados  sobre todo en su condición de labradores, una de las más inocentes y más cómodas para la salvación.» Menos consentía aún en introducir en la Iglesia a algunos de sus sobrinos para darles parte en los bienes del santuario. Esta intrusión sacrílega repugnaba particularmente a su virtud. Labradores antes que beneficiarios, respondía!» respondía a las solicitudes de todos, incluso de las personas piadosas y de los obispos. Y escribía a este propósito al abate Saint-Martin, uno de sus más antiguos amigos: «Os agradezco por los cuidados que dedicáis a mi pequeño sobrino, de quien os diré que nunca he deseado que sea eclesiástico, y menos aún se me ha ocurrido mandarle a estudiar con este fin; siendo esta condición la más sublime que haya en la tierra, y la que Nuestro Señor quiso asumir y ejercer. En cuanto a mí, si hubiera sabido lo que es, cuando tuve la temeridad de entrar en ella, como lo supe después, yo habría preferido trabajar la tierra a entrar en un estado tan temible. Es lo que he contado más de cien veces a la pobre gente del campo cuando, para animarlos a vivir contentos y como gente de bien, les dije que los creía felices en su condición… Todo esto me hace pensar que es más conveniente a este pobre muchacho que se dedique a la profesión de su padre ante que emprender una tan alta y tan difícil como la nuestra, en la que la pérdida parece inevitable para las personas que entran en ella sin ser llamadas; y como no veo que él lo sea, por ninguna señal segura, , os suplico que le aconsejéis trabajar para ganarse la vida, y le exhortéis al temor de Dios, para que se haga digno de su misericordia en este mundo y en el otro.»

Para consuelo y entusiasmo de la debilidad humana, digamos que vicentino llegó de buenas a primeras a este desprendimiento absoluto. No existe más de él que una carta a su madre; es del 17 de febrero de 1610. en esa época, libre de su cautiverio y de regreso de su viaje de Roma, Vicente estaba en París, pobre, sin puesto y sin recursos. Sus apuros le recordaban los de su familia, mucho más sensibles a su corazón que los suyos propios y, con el deseo y la esperanza de aliviarla, escribió a su madre: «La seguridad que el Sr. S. Martín me ha dado de vuestra situación me ha alegrado tanto que la estancia que tengo todavía que hacer en esta ciudad para recobrar la ocasión del ascenso que me quitaron mis desastres, me pone malo no poder ir a prestaros los servicios que os debo. Mas espero tanto de la gracia de Dios que bendecirá mi trabajo y que me ofrecerá pronto el medio de hacer un honrado retiro para emplear el resto de mis días junto a vos. He comunicado es estado de mis asuntos al Sr. S. Martín, quien me ha dado pruebas de que quería suceder a la benevolencia y al afecto que el Sr. de Commet (su primer protector) ha tenido a bien manifestarme.» Luego, después de informarse de la situación de los negocios de la casa, de sus hermanos y hermanas, parientes y amigos, añade: «Desearía asimismo que mi hermano enviara a estudiar a alguno de mis sobrinos. Mis infortunios y los escasos servicios que he podido prestar hasta el presente a la casa le podrán quitar la voluntad, pero que piense que el infortunio presente presupone una felicidad para el porvenir.»

Años más tarde, ya era otra dirección que debía dar a su vida y los servicios que prestar a su pobre familia. Confirmaba esta doctrina nueva y justificaba esos rechazos obstinados por el ejemplo mismo de ese prior que había tentado los inocentes deseos de su padre. Este sacerdote se había arruinado, arruinado su beneficio en el intento de engordar a los suyos. Todo eso se disipó a su vista , y después de su muerte su familia volvió a caer en una miseria más profunda. «Y siempre sucederá lo mismo, añadía Vicente. ninguna casa se sostiene, si Dios no es su arquitecto, y se vendrá abajo siempre si ha sido construida sobre el fundamento de una avaricia sacrílega.»

Una suma de cien doblones, esa es la cantidad que la familia de Vicente tuvo nunca en las inmensas liberalidades que pasaron por sus manos, y eso a después de desgracias extraordinarias. Le había entregado esta suma al santo sacerdote para sus parientes su amigo du Fresne, que le había conseguido entrar en la casa de la reina Margarita, el mismo que le había introducido en la de los Gondi. Vicente la aceptó, pero dijo  a du Fresne: «Mi familia puede vivir como ha vivido siempre, y este aumento de riqueza no la volverá más virtuosa. Además, ella será la única en aprovecharse. ¿No creéis que una buena misión dada a toda la parroquia sería mejor ante Dios y ante los hombres?» Du Fresne debió convencerse y la suma fue puesta en reserva. Pero, tardando la ocasión en presentarse, sobrevinieron las guerras civiles y desolaron nuestras provincias, en particular la Guyena. Nadie salió peor parado que los parientes de Vicente, que perdieron todo sus modestos haberes, algunos hasta la vida. Era hacia 1656. Vicente recibía entonces las más desoladoras noticias. Su amigo, el canónigo de S. Martín, el señor de Pouy le escribían que se veía reducida a la mendicidad, y el obispo de Acqs, que hizo ese año un viaje a París, le dijo: «Vuestros pobres parientes lo están pasando muy mal; si no tenéis piedad de ellos, les va a costar mucho vivir, parte de ellos murieron durante la guerra, y otra parte vive de limosna.» _»ese es el estado de de mis pobres parientes, añadía Vicente, contándoselo a sus sacerdotes: ¡de limosna, de limosna! Y yo mismo, si Dios no me hubiera hecho la gracia de ser sacerdote y de estar aquí, ¡estaría allí también! ¿Pero qué hacer? El bien de la comunidad no me pertenece y sería dar mal ejemplo disponer de ello.»6Fue entonces cuando se acordó de la suma que le había entregado du Fresne. «¡Bendita sea la divina Providencia, exclamó entonces, que no me ha permitido enviar Misioneros a Pouy! Ella estaba reservando esta limosna a mi pobre familia.» Y, contento de poder conciliar esta vez su desinterés con su ternura para con los suyos, se apresuró a poner los cien doblones en manos  del canónigo de San Martín, a quien rogó que se lo distribuyera.

Porque esta alma tan amante no podía excluir de su caridad universal a los que el tiempo y la orden de Dios habían debido inscribir por delante de los pobres mismos. También necesitó de los más crueles esfuerzos de la virtud para rechazar, para ahogar en ella explosiones de amor que tendían a convertirse en beneficios, y ninguna mortificación le costó tanto. ¿Piensan ustedes, decía una vez que le urgían a favorecerles, piensan ustedes que no los quiero? Tengo por ellos todos los sentimientos de ternura y de afecto que cualquiera pueda sentir por los suyos, y este amor natural me solicita para que los ayude. Pero debo obrar según los movimientos de la gracia y no según los de la naturaleza, y pensar en los pobres más abandonados sin detenerme en los lazos de la amistad y del parentesco.»

Fue un día sobre todo en el que necesitó recordar que, sacerdote según el orden de Melquisedech, debía olvidar toda genealogía; que, sacerdote de Jesucristo, no debía conocer ni madre ni hermanos. En 1623, después de una misión en Burdeos, hallándose a la puerta de su familia, se decidió por consejo de dos amigos suyos, a hacerles una visita. Se había resistido durante mucho tiempo a este consejo aludiendo al ejemplo de varios buenos eclesiásticos que habían hecho anteriormente maravillas lejos de su región y que habían regresado de él muy cambiados; quienes, en adelante inútiles al público, habían cambiado para su familia todo el cuidado que daban antes a las obras de su santo ministerio. A pesar de ello él obedeció. En eso cedía menos a las necesidades de su corazón, encantado a pesar de todo de volver a ver a los suyos, que al plan de fortalecerlos en la virtud, de enseñarle a amar su baja condición y declararles una vez por todas que, en adelante como en el pasado no debían contar para vivir más que con el trabajo de sus manos. Quería también despertar los recuerdos de su humilde infancia, de su naciente piedad y consagrar su sacerdocio y si edad madura al Dios de su juventud. Ya que era la primera vez desde su partida para los estudios teológicos que volvía a ver a su familia y su cuna. Tomó alojamiento en casa de Dominique Dussin, párroco de Pouy, su pariente y su amigo, el mismo que tres años antes había presidido la primera reintegración de la estatua de Nuestra Señora de Buglosse. Al día siguiente renovó en la iglesia parroquial las promesas de su bautismo y se ofreció de nuevo en aquel lugar en el que había recibido, con el sello de los cristianos, las primicias del espíritu apostólico. durante toda su permanencia en Pouy, edificó mucho a los suyos y a todos los valientes campesinos por su piedad, su prudencia, su temperancia y su mortificación. Aquella buena gente advertía sobre todo –no retrocedamos ante estos detalles ingenuos- que ahogaba el vino en agua, y que por la noche retiraba la cama blanda, que le habían preparado, para tenderse en la paja. El día de su partida, fue descalzo en peregrinación de la iglesia de Pouy a la capilla de Nuestra Señora de Buglosse, consagrada el año anterior y más célebre que nunca. Era el mismo trayecto que, siendo joven pastor, había hecho tantas veces tras su rebaño; hoy sacerdote, se veía escoltado por sus hermanos y sus hermanas, por sus parientes pobres o menos necesitados, y por casi todos los campesinos, con toda justicia orgullosos de su compatriota. Celebró una misa solemne en la santa capilla. Después de la ceremonia, reunió a todos sus parientes alrededor de una mesa modesta; luego se levantó para despedirse de ellos. Todos cayeron a sus pies pidiéndole la bendición. «Sí, os bendigo, exclamó muy conmovido; pero os bendigo humildes y pobres, y pido por vosotros al Señor la gracia de una santa pobreza. No salgáis nunca del estado en el que Dios os hizo nacer: es mi recomendación insistente, que os pido transmitáis como una herencia a vuestros hijos. ¡Adiós para siempre! » Estas palabras tenían toda la gravedad de las palabras de un moribundo; era en efecto como el testamento del santo sacerdote, porque se marchaba para no volver más. Por eso fueron recibidas con un respeto duradero y con una fidelidad que no quedó desmentida. Ayudándose unos a otros, sus parientes habrían podido subir y crecer. Algunos sobre todo por parte de su madre, no se hallaban en una entera oscuridad; los había que eran abogados en el parlamento de Burdeos. Éstos podían echar una mano a los menos favorecidos y hacerles subir gradualmente a esas clases de empleos que son la aristocracia de los campos y pequeñas ciudades. Pero todos se quedaron pegados a su sillón y cuando se quiso sacarlos de allí: «No, respondían, el santo nos ha bendecido con las condición de seguir siendo labradores, y echó su maldición a aquellos de su familia que quisieran ascender y apartarse de su antigua sencillez.»

Apenas salió, Vicente sintió ablandarse el corazón, y corrieron las lágrimas de sus ojos. Acababa de ser testigo y comensal de la pobreza de caso todos los suyos, y los dejaba allí, cuando no tenía más que abrir la mano, decir una palabra para colmarlos de bienes. Dentro de sí se formó entonces, entre la ley que se había impuesto y su ternura fraterna, un combate cuyo resultado se mantuvo incierto por mucho tiempo. «¡Desdichado! exclamaba en ese cruel desgarro, es el castigo por tu desobediencia al espíritu de desprendimiento y de abnegación, recomendado con tanta frecuencia en la Escritura a los ministros del Evangelio. Antes de este viaje, tú no pensabas más que en el servicio de Dios, en las obras alejadas de la sangre y de la naturaleza, y ahora todos tus pensamientos se dirigen a tu familia.» Pero hay que oírsela contar a él mismo esta lucha de la naturaleza y de la gracia, en una conferencia del 2 de mayo de 1659, que daba a su congregación sobre el desprendimiento de los parientes. Nada puede sustituir a sus palabras, ingenuas a veces, y sublimes sin embargo de ternura y de valor. «Habiendo pasado, dice, ocho o diez días con mis parientes, para informarles sobre las vías de su salvación y para alejarlos del deseo de tener bienes, hasta decirles que no esperaran bada de mí; que aunque tuviera cofres de oro y de plata, yo no les daría nada, porque un eclesiástico que tiene algo se lo debe a Dios y a los pobres; el día que yo partí sentí tanto dolor al dejar a mis pobres parientes que no hice más que llorar durante todo el camino, y llorar casi sin cesar. A estas lágrimas sucedió el pensamiento de ayudarlos y colocarlos en mejor estado: de dar a uno esto, al otro aquello. Mi espíritu ablandado les repartía así todo lo que yo tenía, y no tenía. Lo digo para mi confusión, y lo digo porque tal vez Dios lo permitió para hacerme conocer mejor  la importancia del consejo evangélico de que hablamos. Tres meses tuve esta pasión importuna por hacer medrar a mis hermanos y hermanas; era el peso continuo de mi pobre espíritu. Durante eso, cuando me hallaba algo libre, pedía a Dios que fuera de su agrado  librarme de esta tentación; y tanto se lo pedí que al final tuvo piedad de mí, y que quitó aquellas ternuras excesivas por mis parientes; y aunque hayan pedido limosna, y lo estén todavía, el buen Dios me ha hecho la gracia de encomendarlos a su Providencia, y estimarlos más dichosos que si estuvieran bien acomodados.»

Des este viaje a su muerte, Vicente no volvió a ver ya más que aun solo miembro de su familia, a un sobrino que, demasiado joven sin duda, y con la esperanza de hacer recaer sobre él alguna de las liberalidades que sabía que se repartían profusamente a extranjeros, había acudido desde el fondo de sus landas a París. Vicente vivía entonces en el colegio de los Bons-Enfants. Estaba en su habitación cuando el portero vino a anunciarle que un campesino bastante más vestido que decía ser su sobrino pedía hablarle. Fatal fermento de la levadura original del orgullo en los más humildes. Vicente mismo enrojeció primero y rogó a uno de los suyos que fuera a recibir al joven campesino. Pero se avergonzó pronto por haber enrojecido y, bajando él mismo, se fue hasta la calle donde su sobrino se había quedado, le abrazó tiernamente, le tomó de la mano y lo introdujo en el patio del colegio. Luego mandó llamar, a toque de campana, a todos los sacerdotes de su Compañía y, presentándoles al campesino confuso: «Señores, dijo, vean al más honrado de mi familia. 7 Mi sobrino, añadió volviéndose hacia el joven, salude a estos señores». Y durante todo el día le presentó de la misma forma como a un personaje, siempre vestido a la usanza de su región, y a todos los visitantes de condición que llegaron a San Lázaro. Pero el remordimiento de un ataque de falsa vergüenza quedaba dentro de su corazón. Fue una necesidad para él liberarse en el primer retiro que hizo con los suyos. «Señores y hermanos míos, dijo públicamente, rogad por un orgulloso que quiso mandar subir secretamente a su habitación a su sobrino porque era aldeano y mal vestido.» En cuanto al propio sobrino, debió regresar como había venido, a pie y con diez escudos tan sólo para hacer su largo viaje. También esta vez Vicente había recibido esta módica suma de la marquesa de Maignelais ; única limosna que haya pedido nunca para su familia. Más tarde, tuvo remordimientos por haber mantenido a su sobrino algunos días en San Lázaro, y pidió perdón de rodillas por haberle dado a comer el pan de los pobres.8

A pesar del escaso éxito de este viaje, algunos años después, uno de sus hermanos, el padre tal vez del joven, tuvo la idea de tentar a su vez la suerte. Acababa de perder un proceso ruinoso y venía a ver si levantaba sus negocios. Pero en una carta de 29 de agosto de 1635, escrita el Sr. de Fontenay, Vicente después de agradecerle lo que había hecho por su hermano con ocasión del proceso se apresuró a añadir: «Y por lo que se refiere a su venida a verme, os suplico, señor, que se lo quitéis de la cabeza, ya por su avanzada edad, ya porque aunque venga no podría darle nada, no disponiendo de nada para darle.»

Esta visita de su sobrino trae a la memoria un hecho de su infancia que contó en su avanzada edad a la presidenta de Lamoignon. Un día que hacía con ella una peregrinación a San Fiacre, en los alrededores de Meaux,  a ocho leguas de París, la conversación recayó sobre las virtudes del santo que iban a venerar. «Era un hombre muy humilde, dijo Vicente,  y yo no soy más que un orgullosos y un pecador. Recuerdo que una vez en el colegio donde estudiaba  vinieron a decirme que mi padre, que era un pobre aldeano, preguntaba por mí. Me negué a ir a hablarle, con lo que cometí un gran pecado.» –»Es el más grande, creo, añadí al contar este dato la señora de Lamoignon, que él haya cometido en toda su vida.» Admirable virtud de este anciano que, recomendable por entonces por su reputación de santidad  y sus cargos, encontraba medio de hacer dos actos de humildad a la vez, confesando la falta de su juventud y recordando su humilde origen.9

  1. Juan, se dice en Abelly y en el proceso de Canonización; Guillermo en Collet.
  2. Mucho después, Ménage escribía todavía: «La mayor parte de nuestros gentileshombres se imaginan que las preposiciones de y del delante de los nombres de familia son una señal de nobleza, en lo que se equivocan. Nuestros antiguos no las escribían nunca delante de los nombres de familia que vienen de señoríos, y no conviene ponerlas más que delante de  esos nombres» –Observaciones sobre la lengua francesa (In-12. Paris, 167 –[ De la verdadera ortografía del nombre de Jeanne d’Arc, por M. G.  Dumast. (In-8, Nancy, 1856). t. I, p. 318], t. I, p. 318). Ménage tiene razón. ¿Quién ha pensado alguna vez en poner una partícula delante de los nombres tan nobles de Seguier o de Molé? Y, por otra parte en la lengua de la edad media, la partícula  designaba sin duda con frecuencia la posesión de un feudo, y entonces era señal de nobleza; pero con mayor frecuencia, quizás, designaba sólo un lugar de extracción. Los cristianos de los primeros tiempos no tenían otro nombre que el del bautismo, y se distinguían entre sí por el nombre del país de donde habían salido. Tal es el origen del nombre de Juana d’Arc, escrito con o sin apóstrofo, del que tanto se ha discutido, y que venía de la ciudad de Arc, en Barrois, o del pueblo de Arc, en Champagne –De la verdadera ortografía del nombre de Jeanne d’Arc, por M. G. Dumast. (In-8, Nancy, 1856. Así mismo los antepasados de Bertranda, madre de Vicente , eran probablemente originarios del pueblo de Moras, en Provenza, y los de su padre habían venido quizás en tiempo de las migraciones frecuentes de las poblaciones,  de Paula o Paola, ciudad del reino de Nápoles, patria de san Francisco de Paula. De ahí también quizás las ortografías de  Paul y de Paula que se han dado frecuentemente al nombre de Vicente, aunque érl mismo haya firmado siempre Vicente De Paúl.
  3. «Qué hay digno de alabanza, os suplico, en un hombre a quien todo le falta, y que se debe confesar hijo de un pobre labrador?»
  4. Una estatua de la Virgen, menos antigua que la capilla y que las peregrinaciones, atraía principalmente el concurso de los pueblos. Colocada a las puertas del Béarn, esta región debía sufrir las invasiones del protestantismo. En efecto, la capilla fue incendiada en 1570 y los católicos no pudieron sustraer la estatua a las profanaciones más que sumergiéndola en una marisma vecina. Cuando los disturbios cesaron, los depositarios del secreto habían muerto y se lo llevaron a la tumba. Y no fue hasta 1620 cuando un pastor, extrañado al ver uno de sus bueyes salir del pasto, hundirse  en la charca y lanzar largos bramidos, se acercó y descubrió la estatua. De donde el nombre de Buglosse (bous, buey, y glossa, lengua), si no viene del verbo  gascón buglar, (bramar, mugir), etimología menos sabia, pero de significado idéntico. Otros, hay que decirlo, pero sin probabilidad, no ven en ella más que una palabra celta, o incluso hasta un nombre sacado de la flora local. –Sacada del pantano, la estatua es erigida sobre una especie de pedestal, en el mismo lugar donde se encuentra hoy la capilla de la Fuente, capilla llamada de los Milagros. Fue reconocida por Jean-Jacques du Sault, obispo de Acqs, quien le consagra para siempre su diócesis, y ordena su traslado a la iglesia de Pouy. Pero en el trayecto los bueyes que la arrastran se paran, a pesar de todos los esfuerzos por estimularlos, en el terreno que había ocupado la antigua capilla. Se la deposita en las ruinas, hasta la reconstrucción del santuario cuya dedicación se hizo el año 1622. –Histoire de Notre-Dame de Buglosse et souvenirs du berceau de Vincent de Paul, por el S. Abate A. Labarrète, (in-8, Paris, 1887).
  5. Las hojas de esta encina están esparcidas por el universo. Va a hacer dos siglos que nuestros compatriotas las han sembrado en todos los puntos de Francia; monseñor de Flaget, obispo de Bardstown, se las llevó a América, y el primer obispo de Argel monseñor Dupuch las extendió por este primer teatro de la caridad de Vicente. Bajo esta encina, ¡cuántas generaciones han pasado, fieles al recuerdo del humilde niño al que cobijaba hace dos siglos y medio! Mayores y pequeños allí se han dado cita. Bajo el dosel natural de sus brazos frondosos era recibida en 1823 la duquesa de Angoulême acompañando a su esposo a las fronteras con España; fue una de sus ramas que, al ser ofrecida a la duquesa de Berry en lugar de flores; y desde el comienzo de las peregrinaciones de las sociedades de San Vicente de Paúl a la cuna de su patrón es esta encina la que marca siempre una de las estaciones más memorables.
  6. Repetición de oración del 15 de marzo de 1656.
  7. Se sabe que honrado, la lengua de la época, es sinónimo de honorable. –Carta de Humberto Ancelin, antiguo obispo de Tulle, a Clemente XI del 18 de julio de 1705.
  8. Rept. de or. del 14 de marzo de 1656.
  9. Proc. ne peraeant prob., fol. 916, verso, et fol. 917.

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