El señor Vicente, evolución de un santo (IX)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CREDITS
Author: Shri Juva · Translator: Máximo Agustín. · Year of first publication: 1939.
Estimated Reading Time:

corazón9. BAJO LA BANDERA DE LA CARIDAD.

1.San Lázaro.- 2.Ordenandos.- 3.Educación.- 4.Los Lazaristas en su casa.- 5.El señor Vicente, familiar de los grandes: los personajes de su entorno.- 6.Bossuet.- 7.Mujeres: religiosas.- 8.Señoras del mundo.- 9.Poderosas protectoras de la Obra vicenciana.- 10.La duquesa de Aiguillon.- 11.La reina de Polonia.- 12.Las Damas de la Caridad.- 13.Los niños abandonados.- 14.Elogio de las Damas.- 15.Otros proyectos de mujeres.- 16.Otras obras de San Vicente.- 17. Los mendigos.- 18.Hospicio del Nombre de Jesús.- 19.Hospital general.
1. San Lázaro. Desde 1632, la Congregación de la Misión estaba en posesión de su nueva casa-madre. San Lázaro, antigua abadía, inmenso cercado con vastos edificios, se encontraba en el suburbio de Saint Denis. La casa estaba mantenida con la ayuda de granjas, de rentas, de donaciones. En el siglo IX, la casa había servido de leprosería; los reyes de Francia pasaban allí varias semanas en el momento de la subida al trono, para recibir el juramento de fidelidad de las distintas órdenes de la ciudad. Algunos documentos de los siglos XIV y XVI señalan que este «supuesto priorato» dependía del obispo y no del papa.
Existe un documento sobre la entrada de los Sacerdotes de la Misión a San Lázaro. Su prior, teniendo ciertas dificultades con algunos religiosos, ofreció tan apreciada casa al señor Vicente, cuya piedad admiraba. Temblando y sorprendido como por «un estruendo de un rayo imprevisto», el santo respondió: «… su proposición me asusta; la considero tan elevada por encima de nosotros que no me atreveré a pensar en ella».El mismo santo nos cuenta el feliz suceso: «…Tenía los sentidos sobrecogidos, como un hombre sorprendido por el ruido de un cañón que es disparado junto a él sin previo aviso» Recibió las peticiones más insistentes durante medio año, antes de decidir aceptar, según nos cuenta. «Jacob no tuvo tanta paciencia para conseguir a Raquel», como el pobre prior para conseguir el sí del señor Vicente. Tiempo después, cuando los antiguos religiosos de San Lázaro intentaron un proceso, debió mostrar tanta o más tenacidad para defender sus derechos.
El antiguo prior, más de una vez se arrepentiría de haber cedido San Lázaro. Vicente cuenta estos intentos por recuperarlo. «Si, cuando venía de la ciudad, el portero no le abría con prontitud, no necesitaba más… era necesario que yo fuese a echarme a sus pies y pedirle perdón por todos los que le habían causado disgusto y además debíamos sentirnos culpables». El prior se apaciguaba: después, vuelta a comenzar. De tal suerte que, durante los primeros años, había visto a su paciente sucesor más de cincuenta veces a sus pies. «Me he arrepentido muchas veces, aseguraba el prior; pero este pobre hombre venía a ponerse de rodillas ante mí; esto me emocionaba».
En tiempo de San Vicente no había, o a penas si había leprosos en San Lázaro, pero algunos pobres locos le llegaban al alma. También habitaban algunos jóvenes de la nobleza, retenidos para su corrección, la cual se conseguía, a veces, de maravilla.
Hoy se conserva muy poco de los antiguos edificios de San Lázaro. La casa, rebajada al rango de prisión y hospital para prostitutas, se ha hecho merecedora del nombre de ‘maldita’. –Desde hace más de cien años, los lazaristas abandonaron su antigua casa-madre; pero en el siglo XVII San Lázaro era, todavía, la cuna de obras seculares.
2. Ordenandos. La actividad de la congregación se había extendido más y más. La vida diaria de San Lázaro se animaba cada día más, con los retiros de los ordenandos y de los laicos, sin olvidar las conferencias eclesiásticas de los Martes.
Todo el misterio de las obras que parecían nacer ellas solas, rodea también la de los ejercicios a los ordenandos, desde un día de 1628, cuando el primer retiro fue concebido por el obispo de Beauvais, a lo largo de una conversación con el señor Vicente durante un viaje que hicieron juntos. El santo llama a la obra de los ejercicios a los ordenandos » la más rica y el más precioso tesoro que la Iglesia nos podía confiar».
3. Educación. Un amigo, un doctor de Navarra, con su deseo de hacer los ejercicios junto al señor Vicente, introdujo los ejercicios para los laicos. Después de un comienzo imperceptible, se convirtió en un río que inundaba San Lázaro de fieles, pertenecientes a todas las capas sociales de la sociedad.
El señor Vicente ponía en marcha todas las fuerzas, hasta las de las hermanas, para adaptar la casa a recibir a todos los ejercitantes. Limpia personalmente el calzado de sus huéspedes. El espíritu de la casa es el responsable del éxito de la obra –el cordial respeto que los miembros de la casa se demuestran mutuamente, la forma humilde y sencilla de actuar, que era una novedad y «un encanto y un atractivo con todo el mundo». –Es extraño, en efecto, que cierto historiador pueda llamar al celo de los lazaristas «un poco áspero»(18). Humildad, caridad, prudencia, «no dañar nada»- éstas son las órdenes de los Lazaristas
Desde 1635 los retiros en San Lázaro se hacen frecuentes. «…que el pobre nos sea tan querido como el rico, enseña Vicente, y hasta aún más» –Se aceptaban limosnas, pero era raro: «Vienen todos, dice el señor Vicente, sin tener pena de colaborar con dinero, sabiendo que serán bien recibidos, aunque no den nada». Con frecuencia la casa se encontraba acribillada de deudas, pero el superior se guardaba muy bien de abandonar esta obra. Además de otras donaciones, fue la generosidad de algunas Damas de la Caridad la que contribuyó a pagar los retiros. La reina se interesó por ello). Sin contar los ordenandos, que venían cinco veces al año, los ejercitantes laicos tenían una sucesión de una veintena de personas en cada turno, que no cesaba nunca, Se encontraban entre ellos sacerdotes provenientes de lo más lejos de las provincias, bachilleres, doctores, hasta obispos), oficiales del ejército, etc., hasta una muchacha alemana, luterana, vestida como un lacayo. Durante un largo tiempo, San Lázaro recibió todos los años a setecientas u ochocientas personas para hacer su retiro espiritual.
Todo el mundo muestra su agradecimiento al Padre por estos retiros. Uno, dice, se hallaría condenado de no haber recibido esta ayuda; otro escribe con nostalgia a un amigo diciéndole que estaba en el paraíso y que, después, París le parece una prisión. – Leemos estas palabras llenas de afecto en una dedicatoria dirigida a san Vicente, de un antiguo ejercitante: «…Si existen santos mortales, ciertamente han hecho lo mismo que usted… Junto a usted uno deja los vicios con más alegría y alborozo que como se abrazan en los lugares donde sus encantos… son los más poderosos… Cuando uno le mira a usted, no se puede amar más que aquello que les hace tan venerables… Deseo más, estar privado del poco bien que me queda, que de los frutos preciosos que he recogido en vuestra soledad».
Los retiros para mujeres se hacían junto a Luisa de Marillac. Señoras de sociedad, religiosas mujeres de todos los estados, hasta actrices de teatro. Luisa supervisaba para que las ejercitandas no se comportasen muy rudamente en los ejercicios. –He aquí una pequeña escena, femenina totalmente, de los ejercicios que, según la costumbre, debían ser gratuitos: Una baronesa quiso donar una limosna de diez escudos con motivo del retiro, ofrenda que Luisa de Marillac no aceptó. La baronesa dejó su limosna, a la fuerza, a una de las hermanas, quien la colocó en el bolsillo de la señorita; ésta, en la puerta de la casa, la dejó en el suelo. Luisa pidió, con una seriedad encantadora, instrucciones a su director.
La obra de los retiros espirituales era psicológicamente tan adecuada que, en el mundo actual, médicos y pastores en colaboración, aceptan la idea de recogimiento, cuyo programa corresponde al de los retiros que había dirigido san Vicente de Paúl.
En las conferencias eclesiásticas de los martes, que comenzaban a celebrarse en San Lázaro, el ‘pequeño método’–sencillez en la manera de predicar- hizo escuela. «Se hace profesión de tratar los temas muy sencillamente, explica el señor Vicente; y, en cuanto un predicador mete demasiada doctrina, o adorna su lenguaje, en seguida me llegan las quejas, para que ponga remedio». –Si un obispo se permitía una elocuencia pomposa, el santo guardaba silencio, acurrucado en su asiento; si hablaba sencillamente, el señor Vicente se iluminaba. –Si asistía a la conferencia algún obispo y Vicente de Paúl le cedía la palabra, como ocurría con frecuencia, la decepción era general. A menudo, cuando el obispo terminó, todos apremiaban al santo, profundamente confundido, para que dijera algunas palabras.
Por influencia de algunas personas, entre otras Bossuet, el proyecto de las conferencias eclesiásticas se extendía a las provincias.
Para la escuela behaviorista, la personalidad no es más que el resultado del conjunto de nuestros hábitos. Hay que perder la costumbre de los malos usos aprendidos y acostumbrarse a las buenas y nuevas costumbres. Las impresiones elegidas etc., nos ayudan a deshacer y rehacer nuestra personalidad. –El señor Vicente, educador disciplinable de su época, era un behaviorista en la práctica.
4. Los lazaristas en su casa. Los misioneros parten y vuelven, los carruajes van y vienen en el patio de San Lázaro, los ejercitantes llenan la inmensa casa. – Otros aspectos: La peste en París; la guerra de los treinta años, época en que Luis XIII, en 1636, reunió su ejército victorioso en San Lázaro convertido en campamento. – O más aún: los correos de las misiones extranjeras de los lazaristas; los mensajeros de las provincias devastadas; los huéspedes de alcurnia, las damas de la nobleza, los pobres ante la puerta con sus potes – todo esto colmaba la vida diaria de la casa madre como si fuera la fiesta de la recolección. Esta fiesta de la pobreza y del coraje arranca al señor Vicente, a pesar de todo desconfiado, la confesión de que San Lázaro era «un pequeño paraíso» de regularidad, de unión y de cordialidad.
Un momento histórico en San Lázaro fue el momento de la distribución de las reglas a los sacerdotes de la Congregación, en 1658. «…Bienaventurados los ojos que ven lo que ustedes ven y bienaventurados los oídos que lo escuchan», se decían en esa ocasión quienes formaban la primera armada de hijos de san Vicente, destinados a tan numerosas victorias en el vasto campo de la caridad.
5. El señor Vicente, familiar de los grandes: los personajes de su entorno. El padre de los indigentes, familiarizó con los grandes personajes del mundo. Aquí no podemos citar más que a los más eminentes amigos del señor Vicente, hombres y mujeres.
El caballero de la Coste había perdido, por una muerte prematura, a una persona querida. Se comprometió con san Vicente y se interesó por la suerte de los forzados y de los galeotes. El piadoso caballero, inundado de pensamientos del señor Vicente, se adaptaba, tanto cuanto podía, a la regla de los lazaristas. Su celo infatigable realizó los planes de instalación de un hospital para los galeotes en Marsella. También creó la Obra para mujeres descarriadas, en ayuda de aquellas que, por diversos motivos, seguían a las galeras. Murió por la peste, víctima de su entrega.
Convertido por san Francisco de Sales, el comendador de Sillery, caballero de Malta, fue conquistado por san Vicente para la caridad. Abandona sus altos cargos en la corte, se deshace del lujo y se aparta de la vida mundana, bajo la dirección del señor Vicente. Acompaña a su director a las prisiones, a los hospitales. Ordenado sacerdote, continúa su piadosa carrera, haciéndose benefactor de diversas órdenes religiosas, sin olvidar las obras de Vicente de Paúl.He aquí lo que escribe san Vicente de él, con motivo de su muerte, ocurrida en 1640: «Su muerte correspondió a su hermosa vida. Ha ido al cielo como un monarca que va a tomar posesión de su reino, con una paz, una confianza, un dulzura y una fuerza que no se puede expresar».
San Vicente apenas si tenía, entre los miembros de la conferencia de los martes, otro auxiliar con mayor celo que el señor Renar. Se le veía en el Hotel Dieu junto a los enfermos, predicaba en las prisiones, daba catecismo a los niños, anunciaba el evangelio en los pueblos, frecuentemente con los sacerdotes de la Misión. Lo conocían en casi todas las provincias de Francia. El señor Vicente le invitó a dar unas charlas a los ordenandos en San Lázaro.
Monseñor de Maupas du Tour, miembro de la conferencia de los Martes, fundó las Hermanas de San José, según el modelo de las Hijas de la Caridad. Practicaban todas las obras de misericordia, el cuidado en los hospitales,, en las casas de retiro, la dirección de las escuelas, la visita a los enfermos en sus casas; en los pueblos, celebraban reuniones de damas de caridad. –Fue él –aunque no era un Bossuet- quien debía pronunciar un día la oración fúnebre por san Vicente.
El barón de Renty, cuya esposa era Dama de la Caridad, era uno de los más notables personajes que rodeaban a san Vicente. Hasta 1641, fecha de la muerte de Condren, estuvo bajo la dirección de éste. En 1630 había sido fundada la Compañía del Santísimo Sacramento, que tomaba las ideas del señor Vicente. El barón era el alma de la misma. Visitaba a los enfermos a domicilio, en compañía de las Hijas de la Caridad. Además de otras obras de Caridad, con su fortuna mantenía las obras de Vicente. Fue el principal colaborador de Vicente en la realización de la feliz idea de hacer ayudar por sus iguales a los nobles de Lorena, refugiados en París, durante la guerra de los treinta años (1640-7).  Su constancia, su delicadeza, fueron de gran importancia en la distribución de las 6.000 libras mensuales, que proporcionaba la Asociación de los nobles de la Lorena. El señor Vicente no era el último en echar su parte en la colecta. –Fue de nuevo el barón quien contribuyó a multiplicar por todas partes las asociaciones para hombres, en los pueblos y ciudades de provincia. Su ejemplo creaba, entre los hombres del mundo, una especie de estímulo para consagrarse al servicio de los pobres. Sus reglamentos revelan la influencia del señor Vicente.
El señor Godeau, de la Academia Francesa, escritor fecundo laico y piadoso, se encontraba entre las fuerzas de la Iglesia. Después de haber podido constatar, en el Hotel de Rambouillet, el éxito lento que conocía el marqués de Montausier junto a Julie d’Angennes, él , ‘el enano de Julie’, «mil veces más caballeroso que Voiture», se dejó convertir por la caridad. En 1636 fue consagrado obispo de Gras.
6. Bossuet. Bossuet lleva el más alto nombre entre los discípulos cercanos de Vicente de Paúl. Joven ordenando, hizo su retiro en San Lázaro y allí subió al púlpito, en 1652, para su primera predicación (66). No sería la última en este centro de santificación del clero. «Desde nuestra juventud, le escribe al papa Clemente XI, conocimos al venerable sacerdote Vicente de Paúl y fue en sus piadosos discursos donde bebimos los verdaderos principios de la piedad cristiana y de la conducta eclesiástica: un recuerdo que, aún a esta edad, contiene un encanto maravilloso». –Bossuet expresa en toda ocasión su admiración hacia su Padre; alaba de él sus misioneros, así como la obra de las Hijas de la Caridad. En gloriosa colaboración con los lazaristas instalados en la ciudad, tuvo ocasión, durante los años de Metz, de llevar a la práctica la doctrina de su Padre. Allí fueron instauradas las conferencias eclesiásticas de los Martes.
El primer sermón de Bossuet, en 1649, no está exento de un preciosismo de mala calidad: fue san Vicente quien le comunicará el gusto, completamente francés, de la sencillez, marca del clasicismo que ya se veía venir. El progreso de Bossuet será rápido, aunque el panegirista de los comienzos no abandone todos los adornos de la elocuencia. Si el estilo de Vicente de Paúl impresiona por sus semejanzas con el de Francisco de Sales, Bossuet va a tronar contra la ‘loca elocuencia del siglo’, sirviéndose de giros que evocan al señor Vicente. –Toda una serie de sermones parecen claramente inspirados en las ideas del maestro.
Alabando la venerable sencillez de San Pablo, Bossuet dice: «Se ha visto a los más sublimes espíritus que, después de haberse ejercitado durante largo tiempo en las más altas especulaciones donde podía llegar la filosofía, han bajado desde esa vacía altura donde se creían encumbrados, para aprender a balbucear, humildemente, en la escuela de Jesucristo, bajo la dirección de Paúl»: No dice aquí ‘San Pablo’: hubiera podido decir ‘Vicente de Paúl’, a cuyos pies él se encontraba con otros discípulos eminentes. –Bossuet continúa: «No tomemos la predicación como un divertimento del espíritu, no exijamos a los predicadores los adornos de la retórica, sino la doctrina de las Escrituras». Y he aquí las enseñanzas de Vicente sobre los fines que se propone la Escritura: «…querer tener éxito en todo, elegir nuevos vocablos, querer deslumbrar en los púlpitos… Y ¿por qué esto? ¿qué se busca en esto?¿quieren saberlo, hermanos míos? A sí mismo. Se busca que hablen de uno, se busca ser alabado… En fin, se predica a sí mismo y no a Jesucristo, ni a las almas». San Pablo mira a los pobres, dice Bossuet, como «los principales miembros de Jesucristo… Por esta calidad gloriosa, los considera como a personas a las que festeja, si se me permite hablar así». Es el señor Vicente quien, con todos los medios de bondad, festeja a quienes él llama «nuestros amos y señores». –Bossuet insiste sobre esta doctrina de la Escritura que el orgullo es la causa de la caída. El señor Vicente enseña que «es la causa de todos los pecados que cometemos»; no hay ningún mal que no comience en él. En el exordio de la oración fúnebre de Enriqueta de Francia, en el año 1669, Bossuet presenta, como destaca Coste, un pasaje de una similitud chocante con una carta de san Vicente (1655): «Dios… rebaja y ensalza cuando quiere y a quien le parece bien». –En la oración fúnebre del Padre Bourgoing, muerto en 1662, se dijo de Bérulle, que no quiso comunicar a su compañía «otro espíritu que el espíritu mismo de la Iglesia, ni otras normas que sus cánones, ni otros superiores que sus obispos, ni otros lazos que los de la caridad, ni otros votos solemnes que los del bautismo y del sacerdocio». Sin lugar a dudas, ahí encontramos reminiscencias de las admirables palabras del señor Vicente dirigiéndose a sus Hijas: Ellas deben poseer más virtud que las mismas religiosas, «no teniendo por monasterio más que las casas de los enfermos…, por celda la habitación alquilada, por capilla la iglesia parroquial, por claustro las calles de la ciudad, como clausura la obediencia…, por rejas el temor de Dios, por hábito la santa modestia».
Bossuet va a servir de intermediario entre san Vicente y Bourdaloue como apologista de los pobres: «No socorrer es un robo, predica Bossuet. Vuestra propiedad –en la visión de Dios- no es más que un fideicomiso; ustedes no son más que los «administradores»… La opulencia es una trampa: Agradezcan a los pobres que les abran la puerta de la salvación, que vuestro funesto bienestar temporal se la cierra… Evangelizare pauperibus misit me». – Este sermón sobre la eminente dignidad de los pobres en la Iglesia, pronunciado en París en 1659, es la inmediata continuación de la obra principal de Vicente. Según Bossuet, la Iglesia es la ciudad de los pobres; allí los ricos son simplemente tolerados. Los indigentes llevan la marca del Hijo de Dios: es esta señal de Jesucristo que los eleva por encima de los poderosos.
Los sermones de Bossuet no fueron publicados mientras vivía: esto revela un rasgo vicenciano. –Doumic subraya el hecho de que el discurso de Bossuet no está pulimentado, deja lugar a la improvisación. Vivo, apremiante, familiar en el sermón, exacto en la exposición de las ideas, sencillo y claro en la discusión teológica- hasta tanto es el hijo del espíritu de su Padre. Aunque más galo que éste, constituye una de sus más bellas «obras». Si Fénelon encuentra al padre de su alma en san Francisco de Sales, Bossuet encuentra el suyo en san Vicente de Paúl.
7. Mujeres: religiosas. Las mujeres forman un verdadero partido de la caridad junto a san Vicente. –Las relaciones de santa Chantal y del señor Vicente serán analizadas después. Con sabiduría, paternalmente, dirigirá a las religiosas de la Visitación (Salesas), tan prósperas, cuyo espíritu era la humildad y la bondad. –La madre de la Trinidad, superiora de las Carmelitas de Troyes, lisonjeada en su juventud por el mundo, fue guiada a pensamientos más serios por la muerte repentina de una de sus amigas. Rechazando el matrimonio, entra en el Carmelo. Contribuyó, con otras religiosas, a la fundación de las Misioneras en Troyes, y el señor Vicente se lo agradece: «Oh, mi querida madre, ¡cuántas piedras preciosas añade usted a la corona que Nuestro Señor le va moldeando!».

8. Señoras del mundo. Entre las damas del mundo que figuran en la historia del señor Vicente vemos a la Señorita Du Vigean, amada de Condé desde su tierna juventud. Encontrando a la jovencita en la escalera de su casa, Vicente le dirige este saludo profético: «Señorita, usted no está hecha para el mundo»: -Condé no estaba más libre. El señor Vicente temía una perturbación en la sociedad a causa de esta prolongada fidelidad desesperada de los amantes. Sobrevinieron otros motivos –deseo de dominar en un alma, lástima por el sufrimiento. No obstante, el motivo esencial del santo era la intuición infalible de la única suerte que pudo concordar con la fuerza de la pasión de dos jóvenes, encerrados en el cerco de los prejuicios sociales. La Iglesia misma se mezcló con sus amores trágicos, el papa negando a Condé el divorcio de su mujer, sobrina de Richelieu, madre virtuosa. Son complejos psíquicos que el gran Condé iba a descargar en la turbulencia de su vida, la de un hombre del Renacimiento. La vejez sabrá calmarlo, para permitirle morir cristiano. – Ella, tan incrédula referente a ese mal profeta que había sido el señor Vicente, un día huyó, en 1647, para siempre junto a las Carmelitas. Llegó a supriora y fue un modelo de alegría y de armonía cristianas. Después de largos años, en 1660, le escribió una carta al señor Vicente, como para darle las gracias por lo de antaño». Todo lo que viene de usted, mi muy estimado Padre, es recibido por nuestras madres y por mí, aunque indignas, con tan gran veneración, con tanta deferencia y sumisión, que nos parece que es Dios quien nos ha hablado por su boca. Así, mi muy estimado Padre, pídanos sin temor lo que usted juzgue conveniente que hagamos, y lo ejecutaremos con la mayor alegría y sin sobra de pesar, estando usted muy por encima de lo que le podemos expresar, mi muy estimado padre, su muy humilde y muy obediente hija y servidora». –Quizá se piense, que son felicitaciones a penas inconscientes, presentadas al consejero de hace tiempo, el mismo mes de su muerte.
Las inquietudes del corazón no podrían ser expresadas a una persona de total confianza con mayor exquisita delicadeza como la que vemos en la carta que esta dama de la nobleza dirige al santo. Con disimulo le abre su conciencia sobre su amor hacia un confesor santo y consagrado.
9. Poderosas protectoras de la obra vicenciana. Las amigas de la obra de san Vicente son innumerables. La hermana del general de Gondi, la encantadora marquesa de Maignelay, apoyaba desde muy temprano las aspiraciones de san Vicente. Casi niña, ella fue dama de honor de Catalina de Médicis. No tenía más que 17 años, cuando su esposo, del partido de Enrique de Navarra, fue asesinado. Pronto perdió a su hijo. Su hija, maltratada por su celoso esposo, se divorció. La marquesa había renunciado a todo el lujo de otro tiempo, para utilizar la mayor parte de su fortuna en obras piadosas. Especialmente contribuyó a la fundación del monasterio de Santa Magdalena. Esta importante casa había sido instituída por medio de las donaciones de un comerciante de París, quien se había enterado de que, algunas jóvenes descarriadas deseaban cambiar de vida. Las religiosas salesas habían decidido a ponerse al frente de esta obra, aunque sabía que la tarea era difícil. El señor Vicente ayudaba a la casa en todas sus dificultades. –Los mendigos sitiaban la puerta del hotel en que habitaba la caritativa marquesa. Una mañana, dándose cuenta de que ya no veía nada, cantó el Te Deum.
La historia de los nobles corazones de mujeres que rodeaban a san Vicente, pertenecía a menudo a esta tragedia que, siguiendo el desbordamiento de las pasiones del hombre libertino, revela todo el vacío de una vida espléndida y mundana: no tenía más que una salida, la de la sublimación. –La señora presidenta Goussault, viuda y madre, fue la inspiradora de la hermandad de las Damas de la Caridad, llamadas del Hotel Dieu. La carta que escribía a su Padre d’Angers, en el transcurso de un viaje de visita, es una pastoral fresca y optimista: «Cantamos el alleluia de la Hermandad, además de otros himnos, pero todo esto tan alegremente, que uno de los granjeros que pasaba a caballo, estaba feliz al vernos. Yo quería enseñar a Catalina a leer y pronunciar bien. Daba respuestas y discursos que nos hacían reir hasta las lágrimas. En fin, Padre mío, resulta bien fácil servir a Dios a este precio». Visita y libera a algunos prisioneros, y la carta continúa: «Lo que resulta desagradable es que, todo se sabe en la ciudad y siempre se cuenta mucho más de lo que en realidad hacemos». Ella conquista todos los corazones. –El señor Vicente se fía en todo de los juicios de esta primera presidenta de sus Damas. Dice de ella con admiración: «No es nada el verla de buen humor, teniendo en cuenta su enfermedad, Ella muere –y él la considera «una gran santa».
La asociación de las Damas de la Caridad hacía profesión de asistencia a los enfermos del Hotel Dieu en París. El bien público les llegaba al alma. ¿Quién podría contar las Damas, poderosas y caritativas, que, en unión o siguiendo a la primera dama, se ofrecieron a visitar a los pobres, vendar sus llagas, limpiar sus habitaciones, y distribuirles las ayudas?. Algunas de ellas son viudas. La mayor parte tiene una llaga que curar como forma de sublimación. –Una señorita es pedida en matrimonio; ella se refugia junto al Dios de la caridad, y el señor Vicente la felicita. Una duquesa, muy bien vista en el entorno de Luis XIII, se enemista con la corte. Se casa, pierde su esposo y dirige todo el ardor de su pasión hacia la caridad. La joven viuda de Miramion, después de una casta aventura de rapto se recupera de sus emociones fundando, entre otras obras, dos casas, que alcanzaron gran celebridad, para jóvenes arrepentidas. El señor Vicente fue su superior. La Señora Traversay se ocupa de las Hijas de Santa Genoveva, llamadas de la Cruz, que tenían tantas dificultades para subsistir y que, entre otras obras, sembraron el reino con más de cien escuelas.
Las Hijas de Santa Genoveva consiguieron su casa con la ayuda de una viuda, la Señora de Villeneuve, amiga de Luisa de Marillac. Por las violentas persecuciones que sufrieron se ganaron el sobrenombre de Hijas de la Cruz. El señor Vicente se encargó de supervisar su trabajo. No pudo más que admirar la institución. A la muerte de la Señora Villeneuve, fue Vicente quien rescató la casa. Sus escuelas, gratuitas para las niñas pobres, sus pensionados, asilos, y hospicios se propagaron rápidamente. La obra fue sostenida, más tarde, por el gobierno.
Otras damas se interesan, asistidas por el señor Vicente, en los orfelinatos, etc. –La Señora Pollalion, viuda muy joven, se enamora de la caridad. En cuanto al señor Vicente, escribe este nombre incorregiblemente ‘Poulaillon’, probablemente motivado por alguna pícara asociación de ideas: ella tiene el aire de un águila, y su escudo lleva los emblemas de un león y un gallo –Ardiente, resuelta, le gustaba vestirse de campesina, para así llegar mejor a su pueblo. Es la fundadora de las Hijas de la Providencia, casa para muchachas descarriadas. San Vicente fue su primer superior. Las Hijas se interesaban en todas las fundaciones a favor de las jóvenes arrepentidas. –Fue con ocasión de esta obra como fue concebida la idea de la Unión cristiana, asociación de mujeres misioneras que trabajaban en la conversión de los protestantes. Ahí está el punto de arranque de otras uniones con el mismo fin
La duquesa de Nemours, hija del duque de Longueville, no teniendo hijos, se consagró totalmente a los deberes de dama de la Caridad. –La princesa de Condé, madre del gran Condé, también pertenecía a la hermandad). «…se comunica, cuenta el señor Vicente a sus Hijas, que la Señora princesa, yendo a visitar los enfermos, subió en un día ochenta peldaños y que, estando de vuelta, su vestido estaba tan embarrado, que quienes la veían no salían de su asombro. ¿Qué creen ustedes que la llevó a esto? Es porque se dio cuenta de que tenía que hacer penitencia». –Así pues, el señor Vicente tiene siempre presente la idea del mérito.
La joven nuera de la condesa de Gondi recibió un bello testimonio de Vicente de Paúl: «… yo había ido a visitar la Señora la generala, escribe en 1633, que es una de las más perfectas que he visto a su edad. Espero que ella seguirá los ejemplos de nuestra buena Señora difunta».
10. La duquesa de Aiguillon. Una de las más grandes almas de la época fue la duquesa de Aiguillon. Nacida en 1604, sobrina de Richelieu, se casó, a la edad de 16 años, con el sobrino del duque de Luynes, a quien nunca había visto y tampoco amaba. Dos años más tarde, murió en la guerra. La marquesa abandonó la corte y se retiró al Carmelo. Emitió sus primeros votos en presencia de Bérulle. Richelieu, quien la quería mucho, intentó todo para hacerla volver a la corte. Por su petición, el papa prohibió el claustro a la joven marquesa; esto, por dos veces. María de Médicis la eligió como dama de compañía y el rey elevó su dominio a señorío de ducado. Richelieu le arregló un hotel cerca de su mansión en el pequeño Luxembourg. – Vicente de Paúl y Olier eran sus directores. La duquesa hizo noble uso de su inmensa fortuna y de su gran influencia, la cual no disminuyó hasta después de la Fronda, causante de tantos cismas. Protegía a las gentes de letras –entre ellos a Pascal- y se puso al frente de todas las obras de caridad. Los galeotes de París, los niños abandonados, la Lorena devastada por la guerra, las provincias arruinadas por la Fronda, la misión de Madagascar, las de países más lejanos todavía y que no se llevaría a cabo más que en el futuro, todo se beneficiaba de la real liberalidad de la duquesa. Donó 10.000 libras para la obra de los ordenandos de San Lázaro; los sacerdotes de la Misión en Roma, en Marsella, etc., vivieron de sus donativos; su papel fue decisivo en la instalación del hospital para los galeotes en Marsella y en la adquisición de los consulados de Argel y de Túnez para la Misión. La duquesa era la hija de su director, de modo que presenta su dimisión como presidenta de las Damas de la Caridad, en 1655. El señor Vicente responde: «…pero no leeré (en la asamblea de las Damas) lo que me dice en la parte baja de su carta referente a su renuncia y elección de otra dama». –Esta bienhechora, la más respetable del círculo del señor Vicente, permaneció fielmente incondicional hasta la muerte. La poderosa señora se atrevía a tomar un tono maternal respecto al venerado Padre, que se prodigaba muy poco. Para su vuelta de un viaje de visita, le dio dos caballos. Anteriormente le había dado una carroza. Por orden de la reina y del arzobispo, se obligó al santo a utilizar todo ello en su enfermedad. Pero sucedía que la carroza servía a los enfermos pobres de la calle. El señor Vicente no olvida ninguna ocasión para humillarse: siempre llama a la carroza «nuestra ignominia». Reprobaba ante sus sacerdotes un hecho que, en su subconsciente, representaba no el triunfo euclidiano, sino el consuelo relativista del drama de su vida. «¡Miserable, un villano es lo que soy, les decía, que me valgo de una ignominia! ¡un bellaco, un porquero, viajar en carroza! ¡Qué escándalo! ¡Salvador de mi alma, perdóname!»–La duquesa, por su parte, reprende a los pobres misioneros por el poco cuidado que de él tenían. En el momento de los jubileos, le parecía al señor Vicente que ofendería a Dios, si no trabajaba todo lo que podía por las pobres gentes de los campos. Sobre esto escribe la duquesa al señor Portail: «No puedo más que sorprenderme de que el señor Portail y los demás buenos Señores de San Lázaro sufran porque el señor Vicente vaya a trabajar por los campos con el calor que hace, con la edad que tiene, permaneciendo tanto tiempo al aire y al sol. Pienso que su vida es demasiado valiosa, muy útil para la Iglesia y la Compañía, para que se le permita prodigarla de esta forma. Me permitirán suplicarles que le impidan emplearse así y perdónenme si les digo, que están obligados en conciencia de ir a buscarlo, y así no se murmure fuertemente contra quienes se preocupan tan poco de él. Se comenta que no se dan cuenta del tesoro que Dios les ha dado y de la pérdida que sufrirían. Soy en gran manera su servidora y la de la compañía y no debo faltar no advirtiéndoles de esto». –Sin embargo, ¡cómo convencer a este servidor empedernido de los pobres!- La muerte del santo iba a acongojar profundamente a la duquesa de Aiguillon. Mandó hacer un relicario en plata dorada con forma de corazón, para colocar el corazón del difunto –Cuando ella murió, fue amortajada con el hábito de carmelita.
11. La reina de Polonia. La joven reina de Polonia, Luisa María de Gonzaga, hija del duque de Mantua, había vivido anteriormente en París, donde se hizo Dama de la Caridad. Aunque fue muy piadosa, sin embargo se interesó mucho en introducir en su corte las artes, la literatura, la moda y el gusto franceses. A pesar de su inclinación hacia el jansenismo, la princesa, cuya liberalidad se reflejaba a gran escala, era paternalmente amada por San Vicente. Fue durante su embarazo cuando llamó a los Misioneros a Polonia, en 1651. Les seguirían las Hijas de la Caridad. Por una especie de voto, parece que hizo la promesa de instituir las Salesas en su reino, si no moría durante el parto. –San Vicente había escrito al capellán de la reina: «Esperamos y pedimos a Dios permanentemente que bendiga y santifique al rey y a la reina, que les conceda hijos que constituyan una estirpe real de la que nazcan reyes para Polonia hasta que el mundo se acabe». Perdió a su «bello príncipe»; en esta ocasión, el señor Vicente escribió a su misionero en Varsovia, que el buen Dios «quiso llevarlo de la tierra para hacerlo reinar en el cielo».
La reina ama y protege a sus ayudantes; los nubarrones en sus relaciones son pasajeros.
El señor Vicente agradece a sus Majestades las incomparables «bondades que…realizan incesantemente con la pequeña compañía». Y continúa: «Ahora bien, como se trata de actos de la caridad real, serían necesarios corazones semejantes para dar gracias semejantes a Su Majestad, y como yo soy una pequeña lombriz de tierra, indigna de hacer tal agradecimiento, pido a Nuestro Señor sea él mismo vuestro premio y recompensa». Felicita a la reina «por el bien sin medida que hace por todas partes y a toda clase de personas, mostrando así a todo el mundo la bondad de Dios por la vuestra y el infinito agradecimiento que le debe Polonia por haberle dado una de las mejores reinas que hay en la tierra». En 1659, habiéndose enterado el señor Vicente de la preocupación que se había tomado de sus pobres hijas, le dirigía una encantadora carta: «La señorita Le Gras y yo estamos emocionados, así como la mayoría de las hijas de esta compañía, quienes se encontraban, hace dos días, en la conferencia que les dirigí,sobre la bondad y el apoyo que Vuestra Majestad les da, y especialmente cuando les dije que Vuestra Majestad hilaba fino y devanaba el hilo que sea necesario para coser la ropa de los pobres y la suya, que es un ejemplo sin modelo en la Iglesia de Dios…Y esto es, Señora, lo que creo que Nuestro Señor muestra a los ángeles y a los bienaventurados con admiración».
La guerra de Polonia conmovió a Vicente al máximo; lo suecos eran, al mismo tiempo, enemigos de la Iglesia. Mandó elevar oraciones, su comunidad practicó penitencia por el bien del reino en peligro. Seguía con inquietud todas las vicisitudes del ejército polaco. Esto es lo que les dice a sus sacerdotes: «… ruego a la Compañía que se preocupe por el rey, quien ha sido tan bondadoso con nosotros, ya que estaba a punto de crear una nueva fundación de la Compañía cerca de Varsovia. En verdad, señores, cuando me han comunicado estas noticias, me han conmovido tanto que no sé si he estado tanto en mi vida». Y he aquí lo que le escribe a la reina en 1656: «No me he permitido el honor de escribir a Vuestra
Majestad, después de que Dios le ha permitido probar la pesada cruz que cargó el Rey de reyes, Nuestro Señor Jesucristo, su Hijo, ya que he sabido de la perfecta aceptación que vuestra Majestad ha tenido, y porque, así suele ocurrir, el consuelo de los hombres renueva el dolor y no lo aplaca: pero ahora, cuando me entero de que el buen Dios ha tomado las armas por Vuestra Majestad contra sus enemigos, los del rey y de su Estado, no he podido impedirme de testimoniarle a Vuestra Majestad el incomparable consuelo que esto me produce, que es con certeza de los más sentidos que puedo recibir en este mundo, tanto por el interés de vuestro Estado, que es el de su esposa, quien sufre en la persona de Vuestra Majestad».
San Vicente busca recursos y defensores para Polonia. Nuevamente escribe a la reina: «Nuestros señores prelados… han ordenado en su asamblea, que se celebra en París, ponerse todos en penitencia para pedir a Dios el remedio a tantos males que amenazan a la Iglesia. Ayunaron todos los viernes y sábados antes de martes de carnaval y comenzaron la oración de las cuarenta horas en los Agustinos, donde dos de ellos asistieron alternativamente en la presencia del Santísimo Sacramento durante los tres días siguientes, y ahí celebraron la Santa Misa en el mismo orden, y tres de ellos predicaron, también alternativamente, cada uno en su día, y dieron la orden para que sus sirvientes fueran catequizados durante ese tiempo. Todo esto se cumplió con tanta devoción por los dichos señores prelados que confiesan no haber visto jamás nada parecido, ni mayor compostura en la procesión que hicieron. Todo esto, Señora, da motivo para esperar que Nuestro Señor restaurará a su esposa en su primer esplendor y a Vuestras Majestades en su Estado. He dialogado con muchos de ellos sobre contribuir con apoyo temporal con este fin, y he encontrado a la mayoría con este sentimiento y con la resolución de proponerlo en su asamblea. Veremos cómo le plazca a Dios esta disposición. Me atrevo a asegurar a Vuestra Majestad, que no perderé ninguna ocasión de servirle, y solamente mis pecados me impedirán hacerlo». La carta está fechada en 1656. La Asamblea del Clero de Francia, sin embargo, no se ocupará de las necesidades de Polonia más que en 1657, al recibo de una carta de la reina de Polonia; y fue para declarar que las circunstancias no les permitían satisfacer los deseos de la reina.
No obstante, en 1656, las noticias de Polonia eran un poco mejores. El rey había puesto a su país bajo la protección de la Santísima Virgen y había ocupado de nuevo la capital. –»Y mientras el rey combate del lado de sus enemigos, escribe Vicente más tarde,… nosotros elevamos las manos al cielo, como las de Moisés, y vivimos con la esperanza de que Dios bendecirá la justicia de su ejército y restablecerá las cosas poco a poco». En lo tocante a la carta citada más arriba, dirigida al clero de Francia, la reina decía entre otras cosas: «Dios es mi testigo de que es mucho más por su interés y no el mío, lo que me mueve a hacerles esta petición con toda la insistencia que puedo, con el corazón sincero, no sólo a riesgo de mi corona, sino de mi libertad y de mi propia vida…, el impedir los males que amenazan a su Iglesia en este reino». –Habiéndose pactado la paz con Suecia en 1660, Vicente escribe al superior de los lazaristas en Polonia: «Alabado sea Dios por todo, señor. Siento tal alegría, que no se la puedo expresar, así como por la salud y el regreso del rey y de la reina. Dios quiera en su bondad concederles a ellos y a todos sus Estados, pleno y duradero sosiego».
La paz con Rusia costó cara y no fue firmada hasta 1667. –Con el fin de librar a su país de una guerra de sucesión, la reina de Polonia, sin hijos, pensaba en casar a su sobrina con un príncipe extranjero, quien sucedería al rey en el trono de Polonia. Con este fin, varios príncipes tenían sus fogosos partidarios. La señora de Longueville no piensa más que en uno de sus hijos, Mazarino apoya con todo su prestigio la candidatura del duque de Enghien, hijo del gran Condé. Los amigos de Austria trabajan a favor de su propio candidato. La reina prefería un príncipe francés, y el señor Vicente está encargado de estas importantes negociaciones. –Jean-Casimir, por último, prefería la abdicación, en 1668.
12.Las Damas de la Caridad. En cuanto a la idea de la famosa obra de las Damas de la Caridad, llamada del Hotel-Dieu, en realidad no era nueva. El señor Vicente y Luisa de Marillac harán un día contacto con nobles damas de Angers, que habían intentado, en 1617, un ensayo de asociación, haciendo la promesa de cuidar a los lisiados en el Hotel-Dieu. En varias ciudades de Francia ya funcionaban tales asociaciones. Sin embargo, el coraje de las damas de Angers no defraudó. Luisa vino en 1633 para enseñarles la práctica de la caridad.
El Hotel-Dieu de París también era visitado todos los días por personas de ambos sexos de la alta sociedad La casa dependía del maestro de los canónigos de Notre-Dame, y las hermanas agustinas cuidaban fielmente a los enfermos. Entre tanto, la señora Goussault había notado que se estaban multiplicando los abusos y se lo comunicó al señor Vicente. El santo no era partidario de meter la hoz en la mies ajena, como él decía. La dama se mantuvo firme. Le confió el estudio al arzobispo de París, para que resolviera san Vicente. La reunión que había deseado la señora Goussault, se celebró en 1634. Su importancia fue inmensa. –El número de miembros era de alrededor de tres cientos, para disminuir durante el pauperismo que siguió a la Fronda, y quedar en sólo cincuenta. Pero no tardaron en aumentar nuevamente.. El señor Vicente organizó la nueva asociación y la dotó de reglamentos. Todos los días, cuenta el señor Vicente, las damas asistían de cuatro en cuatro, a los ochocientos o novecientos enfermos con helados, mermeladas, cocidos, etc. Otras estaban encargadas de la asistencia espiritual. Se encargaban de preparar a los pobres para la confesión general. Las Hijas de la Caridad de Santa Luisa de Marillac iban a preparar los dulces y golosinas para los enfermos; también ayudaban a las asociadas en la distribución de los refrigerios.Las Damas cuidaban en el Hotel Dieu un grupo de capellanes. El feliz fruto de las visitas de las Damas no tardó en llamar la atención. Ciudadanos de París vinieron a pedir su admisión en el Hotel Dieu, como pobres, pagando sus gastos; hacían esto para poder aprovecharse de los cuidados de las Damas de la Caridad. –Hacia 1636, el señor Vicente comunica a las Damas su satisfacción: varios centenares de pobres enfermos habían hecho su confesión general, algunos hugonotes se habían convertido, bastantes muchachas habían abandonado su vida de pecado; las cosas marchaban de lo mejor en Hotel Dieu.
La obra de las Damas de la Caridad no se reducía a repartir comidas solamente. Se liberaba a muchos prisioneros pagando el rescate: la misma corte destinó una suma considerable cada año para mantener esta obra. Sin olvidar a los galeotes, se pasó a confortar de todos los demás prisioneros. El capellán de las galeras, lo sabemos bien, se interesó en este trabajo: se trataba «de reconciliar con Nuestro Señor a la escoria y la maldad del reino»(162). La duquesa de Aiguillon tuvo que ver mucho en que el trabajo de cuidado de los prisioneros llegara a ser una de las obras más florecientes de las Damas de la Caridad. –Esta obra sólo llegaría a tener importancia social internacional en el siglo XIX, por la caridad de la inglesa Elizabeth Gurney-Fry.
Todo esto, sin contar las más grandiosas empresas de las Damas de la Caridad –asunto que trataremos en el próximo capítulo- llegaba a vaciar, en ocasiones, la caja de la asociación. En tales ocasiones, correspondía al señor Vicente ir a golpear la puerta de las más acaudaladas de ellas para solucionar el vacío. Más de una vez, Ana de Austria le hizo donación de joyas de un valor inmenso. Un día, como la princesa le pidiera guardar en secreto su donativo, el señor Vicente respondió: «Que me perdone Vuestra Majestad, si solamente en esto no la obedezco. Pero yo no puedo esconder una acción tan bella de caridad… creo que estoy obligado a contarlo por todas partes por donde vaya».
Así, la oleada de Damas de la Caridad fue inmensa. Además de algunos miembros poderosos de la asociación, fue , sobre todo la compañía del Santísimo Sacramento quien contribuyó a propagar este proyecto por el reino. Se le copiaban las reglas al señor Vicente.
13. Los niños abandonados. Entre las más admirables obras, la de los Niños abandonados le ha valido a san Vicente y a sus Damas la más bella aureola. La historia de la asistencia a los niños abandonados presenta casualidades bien diversas. –Carlomagno instituyó el cuidado de los pequeños por mujeres piadosas. Milán se enorgullece del primer hospital para niños, fundado en el siglo VIII. Este proyecto no sería actualizado hasta el siglo XII, en Montpellier, etc. Las fundaciones para niños abandonados conocieron su renacimiento en los comienzos del siglo XVI. Como el Hospital de la Trinidad de París ya no aceptaba a los niños, el Parlamento confió su cuidado a los eclesiásticos, a los religiosos etc. Después les tocó responsabilizarse a los altos señores de la justicia de las altos costos que se necesitaban para el sostén de los niños abandonados. -Por otra parte, esta carga incumbe a las parroquias y a las municipalidades.-El administrador de Champaña destaca más de una vez que, para evadir la responsabilidad que los señores tienen legalmente, no dudan en recurrir a medios que no son siempre honestos, y que hasta pueden arrastrar a la muerte a los infortunados abandonados. El clero que, por falta de recursos, había entregado tal responsabilidad de los niños abandonados a los ayuntamientos, súbitamente encontró recursos inmensos para alimentar la guerra civil y para sostener la Liga, en una época en que ni París disponía de lugares adecuados para los infortunados niños abandonados. En 1578 hubo un intento de solución: su fundó una casa especial para los niños abandonados.
¿Cómo era ‘el parto’ antes del señor Vicente? –No había más que una nodriza por cada cuatro o cinco niños. «No disponiendo de suficiente dinero para su sostén», San Vicente llama la atención sobre la suerte de los desdichados pequeños, «se está obligado a confiarlos al primer venido». Se los vendían para utilizarlos en celebraciones mágicas. Por otra parte, el señor Vicente cuenta: «… se los vendían a bribones a ocho monedas cada uno, quienes les quebraban las piernas para motivar a la gente… a darles limosna». El mismo santo vio, volviendo de una misión, a un mendigo junto a las murallas de París, ocupado en deformar los miembros de uno de sus hijos. Se les dejaba morir de hambre, continúa Vicente, «…se les administraba pastillas de láudano, que es un veneno, para dormirlos; …ninguno llega a los cincuenta años»; mueren sin ser bautizados.
La leyenda quiere atribuirle la iniciativa de la obra de los niños abandonado al señor Vicente. La visión de la «casa cuna» le partió el alma, dice Abelly. Lo que sí es cierto, es que los miembros del Cabildo le insistieron durante dos años, para que se encargara de los pobres pequeños, antes de que el proyecto se realizara en 1638. El señor Vicente comenzó con uno pocos solamente, hasta que fue presionado «de una forma inimaginable» para que las Damas se hicieran cargo de todos los niños. Se responsabilizaron de la mayor parte de los gastos y Luisa de Marillac, con sus Hijas, se convirtieron en las madres de los niños.
Una leyenda inventada pretende que el señor Vicente, movido por su ternura hacia los niños abandonados, recorrió París por la noche, solo o acompañado de un hermano, para recogerlos en los basureros, donde eran presa de perros y gatos hambrientos. Capefigue asegura haber tenido la buena suerte de hojear el diario de una de las Hermanas empleadas en el cuidado de los niños. Desgraciadamente este diario es totalmente fantasioso: ni el estilo es propio del siglo XVII. Además, el santo hubiera corrido el peligro de sobrepasar el decreto de 1615 sobre la recogida de niños abandonados. La potestad de recoger niños abandonados sólo correspondía al comisario del barrio; los transeúntes que los veían, debían comunicarle el hecho .
Los niños estaban bien cuidados bajo la dirección de la superiora de las Hijas de la Caridad. Los que estaban bajo la nodriza, eran visitados. Luisa de Marillac era quien daba las órdenes a las hermanas encargadas de esta obra. Aprendiendo a hablar, dice Vicente, los niños aprender a orar a Dios; se les vigila «en sus modales»,y poco a poco se les da una ocupación. A los más grandes se les ubica como aprendices. Tenían la esperanza de encontrar ayuda con las niñas, cuando éstas fueran mayores.
En 1647, las Damas dieron la orden a Luisa de Marillac de enviar un grupo de niños a Bicêtre, castillo próximo a París, cedido por la reina para esta obra. Luisa no estaba tan entusiasmada. El vasto edificio se caía en ruinas, y el lugar no era seguro. «Estas señoras, escribe Luisa; tienen el propósito de sacar de nuestras hermanas lo imposible. Destinan para el alojamiento unas pequeñas habitaciones, donde el aire estará viciado, pero nuestras pobres hermanas no se atreven a decir nada. Temo mucho que estemos a punto de dejar el servicio a estos pobres niños». A los cuatro años, las Damas estuvieron obligadas a dejar el descuidado Bicêtre, para ubicar a los niños frente al cercado de San Lázaro.
La obra se sostenía con las limosnas. Desde sus comienzos, tanto el rey como la reina se interesaron efectivamente en el proyecto.El parlamento de París ordenó que los grandes señores de la justicia colaborasen también. A pesar de todo, sin la fidelidad maternal de las Damas de la Caridad, la obra hubiera desaparecido bajo el azote de las guerras y de la miseria. Correspondía, como siempre, al señor Vicente inflamar nuevamente su celo ante tarea tan agobiante. La situación del momento había empobrecido a todos, sólo se podía «ir tirando», dice Vicente. Los niños conocían el desamparo: sin recursos, ni provisiones, escribía Luisa: «Háganos la caridad, mi muy estimado Padre, -se dirigía al señor Vicente-, de hacernos saber si podemos, en conciencia, verlos en estado ya de morir, porque las damas no nos hacen ningún caso para suministrarnos recursos, y yo creo que creen que nosotras solucionamos los problemas gracias a ellas, lo cual es totalmente lo contrario a la verdad…Estas buenas Damas no hacen todo lo que pueden; ni una sola ha enviado algo». Y poco después: «Nos encontramos totalmente necesitadas de recursos sin tardanza, o abandonamos todo».
Pero la forma de seguir adelante… las Damas habían disminuido por muertes, etc, a la mitad del número del comienzo. Como consecuencia de los disturbios, el dinero faltaba en todas partes. Casi mil niños tenían en sus brazos. A pesar de la ayuda recibida de las parroquias, fruto de las exhortaciones de los predicadores, la misión de las Damas se había vuelto excesivamente pesada. El señor Vicente no duda en pedir lo imposible a las Damas, que ya no tenían nada, para asistir a los desafortunados. Era una ‘vocación’ el ser Dama de la Caridad. «Empeñen, pidan prestado», les exhorta Vicente). Ellas se veían en la necesidad de desprenderse de sus joyas, para ayudar a sus protegidos. He aquí algunas frases de ánimo de san Vicente:»Visitando a los pobres del Hotel Dieu y a estos pobres niños, ustedes visitan a Dios mismo en ellos. Ustedes colaboran en la salvación de estas pobres almas… Ustedes edifican a toda la Iglesia entera… Ustedes borran sus pecados pasados y presentes y, en cierta forma, los del futuro… Ustedes se van ganando el premio de una buena muerte… Ustedes se colocan en estado de ir con el rostro bien levantado al último juicio ante Dios… ¿Quieren ustedes las bendiciones para vuestra familia…? gloria et divitiae in domo ejus». En otra ocasión: «Qui miserebitur pauperis numquam indigebit». Advierte a las Damas severamente: «Non pavisti, occidisti». –»También se puede perder el paraíso tanto por omisión como por comisión». O igualmente: «… será por no haber ayudado a los pobres, que dirá el juez: ‘Ite, maledicti’ .» –He aquí lo que les ocurrirá a los desleales: «Se le priva a Dios de la gloria, por no merecerla la Compañía y la Iglesia. Los malvados…, gozarán en el infierno». Les interroga: «¿Han hecho ustedes tanto por estos niños como las mujeres del pueblo que los parieron? ¿Han resistido ustedes hasta dar la sangre?». Había que ser rigurosas ante la visita de los niños: la visión de su miseria les pondrá a prueba para ayudar a los desdichados .
El señor Vicente concibe felices ideas para conseguir recursos. Sin embargo, en varias ocasiones, corre peligro de abandonar la obra de los niños. El santo reúne a sus Damas y les dirige charlas de una belleza cautivadora, como las de 1640-50: «Si ustedes los abandonan, ¿qué pensará Dios, que las ha llamado para esta obra? ¿Qué dirá el rey y el magistrado quienes, por medio de cartas patentadas,… les han encomendado el cuidado de estos pobres niños? ¿Qué dirá el pueblo que les ha aclamado con bendiciones al ver el cuidado que ustedes les dan? ¿Qué dirán estas pobres criaturas? ‘Que nuestras propias madres nos hayan abandonado, ¡qué más da! Son malas; pero, que lo hagan ustedes, que son buenas, es como decir que Dios nos ha abandonado’… Finalmente, ¿qué dirán ustedes en la hora de la muerte, cuando Dios les preguntará por qué han abandonado a estas pequeñas criaturas? Todo esto, Señoras, parece reclamar que ustedes se esfuercen más… Oh, Señoras, cuán lejos estamos de la piedad de los hijos de Israel, cuyas mujeres entregaban sus joyas para fabricar el becerro de oro». –En más de una ocasión, sólo la elocuencia brillante del Padre compasivo los salvó de ser abandonados por las Damas, que confesaban su agotamiento. Con lágrimas de emoción en los ojos las Damas retomaron su noble y pesada tarea.
La intrepidez de iniciativa no faltaba en Vicente de Paúl: posee el heroísmo de la perseverancia. En 1657, san Vicente puede felicitar a sus fieles colaboradoras en la obra de los niños: «Están felices de haber caído en sus manos… No hay más que ver su ocupación durante el día para darse cuenta de los frutos de esta obra, que es de tal importancia, que ustedes tienen todos los motivos del mundo, Señoras, para agradecerle a Dios quien se la ha confiado». –Después de la muerte de san Vicente, Luis XIV acogió la idea, concediéndole a la obra en la indigencia una buena renta, y regalándole, en 1670, dos casas, así como asegurándole todos los gastos. Fue instalado un torno para la recepción discreta de los niños sin riesgo para la vida del niño o de que la madre fuera azotada. –La obra de los Niños abandonados, o expósitos, forma parte del vasto conjunto del Hospital general, institución posterior. Hasta la Revolución, las Hijas de la Caridad prosiguieron el trabajo; después, odios sectarios persiguieron a estas «madres de los pobres y de los pequeños» –La fundación de san Vicente constituye siempre la base de la obra actual. Labranza, oficios, etc  -¿qué es lo que nuestros tiempos modernos podrían enseñar en la práctica a los jóvenes, que no fuera emprendido por san Vicente, pescador de almas?
14. Elogio de las Damas. Durante los últimos años de su vida, Vicente tuvo el consuelo de poder felicitar a sus Damas de la Caridad por sus obras. (La de las provincias devastadas por los disturbios será abordada en uno de los capítulos siguientes). «¿No se sienten ustedes afectadas por el agradecimiento hacia la bondad de Dios? les dice. Su Providencia se ha dirigido a algunas damas de París para que socorran a dos provincias arrasadas, ¿no les parece esto singular y nuevo? La historia no dice que algo parecido haya sucedido a las damas de España, de Italia o de cualquier otro país. Esto estaba reservado para ustedes, mis queridas Señoras, para ustedes que se encuentran aquí y para algunas otras que ya están ante Dios, donde han recibido una cumplida recompensa a una tan perfecta caridad» –»He visto nacer la obra; he visto cómo Dios la ha bendecido…y ahora veo su continuación, y ¡tantas consecuencias favorables para su gloria y para el bien de los pobres!». Pero continúa, un poco desconfiado: «¡Ay, mis queridas Señoras!, si todos estos bienes vinieran a perderse en sus manos, sería motivo de gran dolor. ¡Oh, qué aflicción! ¡Qué vergüenza!… ‘Si ustedes viven según la carne, morirán’ ¡Oh Salvador! ¡qué amenaza! Tenemos motivo para temer que estemos en el gran número que camina hacia la perdición, sí, si no vamos por el camino estrecho». Continúa con la enumeración gloriosa de sus obras. «Ahí están, continúa Vicente, las ocupaciones de vuestra Compañía. ¿Qué? ¡Señoras para hacer todo esto! Sí, desde hace veinte años Dios les ha concedido la gracia de emprender y de sostener esta misión.
15. Otros proyectos de mujeres. Las Damas de la Caridad sobresalían también como fundadoras de otras obras de la caridad. Aunque muy a menudo vemos al señor Vicente en circunstancias de rivalidad con las obras de hombres, sin embargo siempre lo vemos presto a cubrir con su autoridad las de las mujeres. Existe poca rivalidad, como ya lo hemos demostrado, entre las altas damas consagradas, sino que viven un desprendimiento meritorio del espíritu mundano.
Las fuentes curativas de una antigua peregrinación en la Haute-Saône, la tumba de una Reina santa, atraían a los pobres enfermos. Un parisino, conmovido por el estado miserable de los peregrinos, motivó al señor Vicente para este proyecto. Las Damas de la Caridad instalaron allí la asistencia de los padres lazaristas, y en adelante centenares de enfermos y veinte mil peregrinos pudieron ser recibidos en el transcurso de un año.
16. Otras obras de San Vicente. Era San Vicente a quien se dirigían para cualquier proyecto piadoso. Tenía que dar consejo para el restablecimiento de la disciplina en los monasterios. Las casas de la Orden de Malta, los canónigos y los religiosos de diversas órdenes, etc.), se beneficiaban de su consejo. Tuvo que visitar varias órdenes religiosas; tal abadía fue reformada bajo su dirección. El señor Vicente era de nuevo llamado a reunirse con diversas congregaciones.

17. Los mendigos. Los indigentes de París motivaron la creación de obras de una gran repercusión social.
Los mendigos, azote de la sociedad desde la edad media, constituían un peligro público, que no se podía contemplar «sin asombro». San Vicente, organizando las Caridades contra la mendicidad, hizo saber el mandato del Deuteronomio: «Que no haya mendigos entre ustedes». Los primeros cristianos siguieron esta norma, de la que Juliano el apóstata sirve de testigo. El concilio de Tours ordenó, en el siglo VI, que los ayuntamientos se ocuparan de sus pobres. Los reyes de Francia insistieron en vano sobre este asunto: la mendicidad fue espantosa del siglo XII al XIV. Después, los mismos indigentes se organizaron, tenían sus estados generales, ubicados en la Bretaña. Su rey fue aceptado por los mendigos de toda Francia. –Las guerras religiosas, diezmando las órdenes religiosas, habían arrojado a la calle una multitud de niños, ancianos y enfermos que carecían d todo. La guerra de los treinta años aumentó el mal.
Bajo el reinado delos últimos Valois, había en París 40.000 mendigos, es decir: la quinta parte de los habitantes. Constituían una amenaza para la vida y la libertad de los ciudadanos de París, saqueaban a los adultos y secuestraban a los niños. Éstos eran vendidos en los ‘talleres’ para adiestrarlos como mendigos. Frecuentemente los mendigos, con la espada al cinto, pedían limosna con un tono que no dejaba ‘lugar al mérito de la generosidad’. Los alguaciles de vigilancia, establecidos en 1559 para arrestar a los mendigos (234), no podían garantizar, durante la noche, la seguridad contra un ejército de varios miles de bribones, mendigos, falsos tullidos, carteristas, rateros, los cuales, durante el día, acosaban a los ciudadanos por las calles y en las iglesias, y, desde el anochecer, multiplicaban las muertes y los asaltos en la ciudad. Los bandidos se reunían en pandillas, a veces simulando dar serenatas, con el fin de alejar a los transeúntes y desvalijar las casas tranquilamente. Las ‘cortes milagrosas’(*), el reino de la jerigonza, he ahí la sede del rey de Thune, cuyos súbditos tuvieron sus leyes dictadas. La cita siguiente explica ‘el milagro’ que sucedía al atardecer en la ‘corte’: «¡Cuántos vemos lisiados –de las piernas, de los brazos y de los pies – los cuales, sin aplicarse bálsamo ni ungüento, serían de los más sanos del reino de Francia». En París funcionaban once ‘cortes milagrosas’. Ningún policía podía entrar en la inmensa plaza que terminaba en un callejón sin salida; ésta era la más importante. Una imagen robada de Dios fue adorada para socorrer a los pillos.
El español Vives condenaba a prisión a los vagabundos incorregibles, Herrera también estaba de acuerdo con la represión. En Inglaterra, bajo el reinado de Enrique VIII, funcionó un método más eficaz: condena a muerte por practicar la mendicidad. Francia luchaba como mejor podía contra esta tara social. En 1602, se les rapaba la cabeza a los mendigos, en señal de castigo. En 1606, el Parlamento ordenó, que todo mendigo debía llevar, pegado en el hombro, el permiso correspondiente; idea que venía de Herrera. Luis XIII había intentado fundar asilos de mendicidad y había nombrado un Comisario general de los pobres del reino. Las ordenanzas continuaron con el fin de controlar la mendicidad. Los poderes públicos decidieron que todo hombre o mujer sanos, pobres, debían presentarse, bajo pena de acoso, en los hospicios señalados para trabajar; y los inválidos para recibir allí el cuidado necesario. Durante algunos años, 1612-16, el éxito fue considerable: los pícaros desaparecieron, o se presentaban a los hospicios, obligados por el hambre. Poco a poco el mal volvía a crecer, sobre todo durante las guerras. Para el mismo Richelieu, los mendigos fueron un hueso más duro de roer que Europa. –Todavía en 1650, la mendicidad estaba prohibida, una vez más, y los inválidos fueron, en principio, enviados a los hospitales generales.
18. El Hospicio del Nombre de Jesús. En 1653, un burgués de París, que deseaba permanecer en el anonimato, puso 100.000 libras a disposición de Vicente de Paúl. Éste compró dos casas que eran propiedad de San Lázaro, ubicadas en uno de los arrabales de París. Pronto pudo recibir en ellas cuarenta mendigos de ambos sexos. Destinó a las Hijas de la Caridad para servirlos, y designó a sus sacerdotes para la dirección del hospicio. Estos ancianos daban la impresión de ser una comunidad de religiosos. Los huéspedes recibieron herramientas, y ejercieron ciertos oficios para poder ocupar el resto de sus fuerzas. Oración, orden perfecto, visitas de las Damas de la Caridad. La casa del Nombre de Jesús fue un agradable retiro donde cualquier ciudadano enfermo deseaba pasar sus últimos días. Se disputaban las habitaciones, y muchos ciudadanos visitaban el lugar para admirar el trato familiar que recibían los ancianos. – El señor Vicente visitó con frecuencia la casa del Nombre de Jesús. Nada más amable como su forma de darles la catequesis.
19. Hospital general. En vista del orden con que funcionaba el Hospital del Nombre de Jesús, las Damas de la Caridad pensaron que el santo sería capaz de llevar a buen término un proyecto concebido desde hacía tiempo por el señor de Renty, pero que, plagado de dificultades, se atrasaba su ejecución. Se trataba de la creación de un vasto hospital general, donde serían recibidos los mendigos de París. Gracias al interés con que acató la idea Vicente, las Damas consiguieron de la corte la casa de la Salpêtrière (-llamada así porque anteriormente se producía en ese lugar el salitre). La duquesa de Aiguillon, presidenta de las Damas de la Caridad, mandó readaptar el edificio. La oposición de personas de alto rango retardó varios años la ejecución del proyecto. La Compañía del Santísimo Sacramento tomó en sus manos la obra y se ganó a los poderes públicos a favor de la obra. Las Damas querían abandonar la obra. Sin embargo, el señor Vicente escribió a la duquesa diciéndole que, quizá se le acusará ante Dios por haber arruinado el proyecto abandonándolo. –Fue él mismo, «el gran administrador de los pobres», quien la abandonará. Sus sacerdotes y sus Hijas, siendo requeridas en nombre del rey para la obra, inaugurada en 1657, el señor Vicente rogó a la Compañía «con todo el afecto de su corazón, que le pidieran profundamente a Dios, que, por favor, le hiciera conocer su voluntad sobre este asunto». La respuesta fue negativa, con mil excusas. El primer director del Hospital fue Abelly, amigo de Vicente, miembro de la Conferencias de los Martes, así como de la Compañía del Santísimo Sacramento. No permaneció allí más que algunos meses. El señor Vicente recomendaba la obra a los eclesiásticos de los Martes. La elocuencia de Bossuet contribuyó al éxito público del grandioso proyecto.
Porque fue todo un éxito. Una vez agotados los considerables recursos, las Damas de la Caridad y Bossuet supieron motivar la caridad pública. La institución fue ensalzada por todas las voces de la época. Durante seis años, más de 60.000 pobres habían encontrado allí la ayuda necesaria, y siguiendo las ordenanzas dadas en el siglo anterior, se comenzaba a darles un empleo. En primer lugar, el hospital había alojado a veinte mil pobres al año. La Oficina Mayor de los pobres enviaba los mendigos al Hospital General; los extranjeros eran devueltos a su país. Luis XIV se preocupó de abrir «refugios» públicos para los vagabundos. La población del Hospital crecía de día en día, y el rey tuvo que instalar establecimientos para una obra semejante en las demás ciudades y núcleos muy poblados.
El resultado inmediato de la fundación del Hospital General tenía también su cruz. Cuando fue dada la orden a todos los pobres, a toque de trompeta, de reunirse para ser conducidos a los lugares de confinamiento, de 40.000 mendigos, a penas 5.000 se dejaron internar. «Jamás se había visto en París tanta gente curada de repente». Los demás se escondieron o se escaparon para volver en seguida. En varias ocasiones atacaron, armados, a los alguaciles del Hospital General. Pronto las cortes de los milagros recuperaron sus inquilinos. Los alguaciles debían funcionar sin respiro y las detenciones contra los recalcitrantes durante todo el reinado de Luis XIV fueron cosa normal.
Hay que reconocer que las razones del señor Vicente para no querer ocuparse del Hospital General, difícilmente las sabremos. –Conocemos su costumbre de hacerse de rogar bastante, antes de aceptar una nueva obra: esta vez, no se repitieron los ruegos. Sin embargo, debió prever el éxito de la empresa, aunque los comienzos no fueron conforme a sus principios positivos: poco a poco. Vemos tres motivos para explicar la conducta del santo. Él mismo dice, aunque halagado por la atención del rey y del Parlamento, que «eso sobrepasaba sus fuerzas». Pero, si Madagascar no las excedía, no se comprende con claridad la exactitud de su excusa. –Otro motivo, del que Vicente se debía dar cuenta, era el hecho de que los mendigos debían ser encerrados de buena o de mala gana. Los internados a la fuerza se quejaban a él, y esto debía llegar al corazón de este padre de pobres fracasados. –El tercer motivo, inconsciente para él mismo, fue el más decisivo. Aun deseando la prosperidad de una buena obra, no podía compartir la carga con otras personas. Él y sus Damas, habiendo tenido poco éxito al comienzo de su fundación, los miembros de la Compañía del Santísimo Sacramento tenían demasiada responsabilidad en el resultado final del Hospital General, para que él quisiera borrarlos con su autoridad.
Sin embargo, esta empresa, como toda obra de ayuda social, sintió el soplo mágico de san Vicente, el trabajador más grande en la esfera de la caridad en esta época.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *