El pobre según san Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Jean Morin, C.M. · Year of first publication: 2009 · Source: Ecos de la Compañía, Nº 02.
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Podernos encontrar en San Vicente tres maneras de ver al pobre que a menudo se han confundido o más exactamente, uni­ficado.

  1. Una visión que es más bien de orden social.
  2. Una visión que es más bien de orden pastoral.
  3. Una visión que es más bien de miden místico.

1. En primer lugar, una relación humana de orden económico y social

vicente_pobreSan Vicente conoció la situación del pobre a lo largo de su infancia, en su familia y su entorno social. En esta etapa de­terminante, los pobres eran sus padres, sus vecinos, viticultores y labradores de los que él ha descrito de un modo realista la vicia y los penosos trabajos. Estaban también, las buenas campesinas evocadas tan a menudo en las Conferencias a las Hijas de la Caridad.

Analizando los ecos de esta primera experiencia, pode­mos darnos cuenta de que el joven Vicente, en principio, ha per­cibido la pobreza como un mal y ha visto a los pobres como víctimas. Más tarde, cuando hable a sus comunidades de la pobre­za evangélica, no omitirá evocar la pobreza injusticia social, como para dar más realidad a la primera.

Antes de ser realidad pastoral o mística, la relación de San Vicente con los pobres se sitúa en el nivel de la solidaridad, desde un nivel humano de orden económico y social. La pobreza es aque­lla a la que trató de escapar en 1595 con la ayuda y el cálculo de sus padres. Y, la reconocerá, cuando en 1617 la vuelva a encontrar con otra mirada y otro proyecto.

Para San Vicente, el pobre es un hombre que sufre: es un hom­bre, una mujer o un niño que se encuentra en unas condiciones económi­cas y sociales inhumanas e injustas. Esta concepción del pobre se arraiga en la experiencia de San Vicente, en su primerísima experiencia, cuando él no se planteaba considerar al pobre como un privilegiado del reino de Dios (según Lucas IV. 18 ss.), o como una presencia misteriosa de Jesu­cristo (según Mateo XXV, 31 ss.).

Evidentemente, no encontramos en San Vicente, el análisis riguro­so y las expresiones de las luchas sociales de hoy. Pero en el comienzo y en la base de todas las intervenciones de San Vicente en favor de los po­bres, se descubre siempre un tiempo muy largo de atención sociológica, de investigación sobre una situación concreta de los pobres con los que se ha encontrado. Se podrían multiplicar las citas y referencias, ya sean para las Cofradías, ya sean para la Misión, en las ayudas distribuidas en Lorena, en Champaña y en Picardía, ya sean para las Hijas de la Caridad, con esta insistencia tan apoyada en el «corporalmente».

El reglamento de la primera Cofradía de la Caridad de Châtillon (Coste X, 574-587) es revelador. La introducción, evoca las razones evan­gélicas y el valor espiritual del servicio de los enfermos. Las páginas que siguen muestran por su parte, la minuciosidad y el realismo con los que San Vicente ha estudiado la condición y la situación de estas pobres gentes, llegando incluso a entrar en detalles de dietética y en las tareas precisas de la cuidadora de enfermos (Coste X. 577-579). San Vicente no se alejara jamás de este realismo que será un signo característico de su relación con el pobre y de toda su acción.

Además, es sintomático que San Vicente haya aludido tan a menudo a su pertenencia social al mundo de los pobres y que se haya preocupado tanto de mantener a los sacerdotes de la Misión y las Hijas de la Caridad en el nivel de vida de los pobres.

Son conocidos por ejemplo, las largas dudas por las que pasó San Vicente antes de aceptar el priorato de San Lázaro: indiscutiblemente esta aceptación parece haber acelerado y acentuado lo que podríamos llamar nuestra «religiosificación» de la que, sabemos bien, San Vicente no que­da oír hablar. Hay ciertamente un tono de nostalgia en la evocación de los primeros tiempos de la Misión, en el Colegio de Bons-Enfants: «…repetíamos el mismo ejercicio en otras parroquias de las tierras de dicha señora durante varios años, hasta que se le ocurrió la idea de man­tener a varios sacerdotes que continuasen estas misiones, y para ello nos dio el colegio de Bons-Enfants, donde nos retiramos el padre Portail y yo; tomarnos con nosotros a un buen sacerdote, al que entregábamos cincuen­ta escudos anuales. Los tres íbamos a predicar y a misionar de aldea en aldea. Al marchar, entregábamos la llave a alguno de los vecinos o le rogábamos que fuera él mismo por la noche a dormir en la casa. Sin embargo, yo no tenía entonces más que un solo sermón, al que luego daba mil vueltas: era sobre el temor de Dios. (Coste XI-3. p.327).

La Misión estaba entonces bien integrada en su medio social, sencillo y pobre. San Vicente se preocupó igualmente de mantener a las Hijas de la Caridad en el nivel social de las sirvientas de la época. Los tomos IX-1 y IX-2 de Coste y sobre todo la correspondencia, nos permi­ten comprobar que, sobre este punto, hasta su muerte San Vicente tuvo mucho más éxito con ellas. Al margen de «la casa» (como llamaba San Vicente a la casa-madre) que tenía un carácter religioso bastante acusado, en todas las demás, las condiciones de vida se parecían a las casas de las sirvientas de la época. Seria interesante leer por ejemplo, la conferencia del 28 de noviembre 1649 sobre el trabajo (Coste IX. 439-452). Es en el curso de esta conferencia cuando San Vicente hace esta llamada de aten­ción: «Pero vosotras podéis ganar lo suficiente para vuestra vida sirvien­do al prójimo; no sois carga para nadie; sino que vosotras mismas pro­veéis a vuestras necesidades. ¡Quiera Dios que también lo pudiese hacer así yo, indigno del pan que como, y que ganándome lícitamente la vida, pudiese servir a mi prójimo sin poseer nada y sin ser gravoso a nadie! ¡Ojalá nuestros padres pudiesen hacerlo y nos viésemos obligados a dejar lo que tenemos! Dios sabe con cuánto gusto lo haría. Pero no podemos hacerlo, y tenemos que humillarnos.» (Coste IX, 448-449) Y continúa sus reflexiones sobre la situación económica y social de la Hijas de la Cari­dad: «Si Dios quiere, mis queridas Hermanas, concederos la gracia de que podáis día ganaron la vida y llegar a servir en las aldeas que no tienen medios para sosteneros, creo que no habría nada más hermoso. ¡Unas Hermanas, trabajando por los demás, estarán en un lugar en donde servirán a los pobres e instruirán a las niñas, sin que nadie contribuya a ello, y esto gracias al trabajo de las hermanas que estén en otros lugares, gracias también al trabajo que ellas mismas puedan hacer en sus momen­tos de descanso! […] Si lo hacen las abejas, como ya hemos dicho, co­giendo la miel de las flores y llevándosela a la colmena para alimento de las demás, ¿por qué vosotras, que tenéis que ser como abejas celestiales, no lo vais a hacer? Hermanas mías, si Dios quiere conceder a vuestra Compañía la tracia de que, por vuestro medio, sean servidos los pobres, sea educada la juventud, y pueda subsistir esta casa ¿no será ésta una gran felicidad para vosotras? (Coste IX-I, 448-449).

Este texto abre horizontes poco conocidos sobre la situación social de las primeras Hijas de la Caridad, tal como se vivió en parte. San Vicente deseaba, lo dijo, ¡Que fuera igual para «los Señores»! (Sacerdo­tes de la Misión).

Concluyendo, este primer tipo de relación de San Vicente con el pobre ha sido una relación profundamente humana y particularmente aten­ta a la realidad económica y social vivida por los pobres. Parece claro que San Vicente deseó enérgicamente que sus principales fundaciones compar­tieran, de algún modo, la suerte de los pobres y de los trabajadores para asegurar en su relación la densidad humana de una profunda solidaridad.

2. El segundo tipo de visión y de relación de San Vicente con el pobre ha sido una relación de orden más bien pastoral

Antes de Gannes-Folleville, apartee del paréntesis de Clichy, Vi­cente de Paúl vivió diecisiete años de sacerdocio, lejos de los pobres. En Folleville, es este sacerdote el que se siente interpelado, cuestionado y provocado. Es este sacerdote, el que seis meses más tarde decidirá con­sagrar su vida a una parroquia, es decir, a una acción y a una responsa­bilidad pastoral.

San Vicente se vio provocado, por la ignorancia religiosa y el estado de abandono, por parte de la Iglesia, de los pobres del campo. Es esta situación la que quiso remediar. Decisión heroica, ya que San Vicen­te abandonó valientemente su proyecto de buen retiro, y la situación envidiable que ocupaba en casa de los Gondi. Pero también, decisión aún limitada, pues él no proyectaba por el momento, más que la vida y acti­vidad de un buen cura de pueblo, en un marco y una pastoral de aparien­cias bastante clásicas.

Para él, el pobre era entonces el hombre que tenía que evangelizar y salvar. Cuando San Vicente llegó a interpretar el acontecimiento de Gannes-Folleville a la luz del evangelio (Lc 4, 18ss.), el pobre se transformará en el interlocutor privilegiado del Evangelio, el primer invi­tado al Reino, como dirá BOSSUET: «Es el primogénito, el verdadero hijo de la Iglesia que es la ciudad de los pobres, aquel que, al contrario de los ricos, no necesita naturalización.»

En este tipo de relación con el pobre, hay dos aspectos a destacar y subrayar. Por una parte un aspecto positivo: la promoción del pobre en el plano de la salvación y la prioridad que se le otorga en el proyecto pastoral. – Por otra parte, un aspecto negativo: el pobre aún sigue siendo aquel a quien se anuncia, aquel a quien se enseña y a quien se administran los sacramentos, aquel a quien se asiste y al que se le lleva la salvación.

Hay pues ciertamente un indudable progreso en la evolución, tanto espiritual como pastoral, de San Vicente. Hasta entonces en efecto, su ministerio estaba en gran parte movilizado por una familia noble, y los pobres no se beneficiaban más que en salidas ocasionales de la familia a sus tierras. Sin embargo, en la base de la decisión de marchar a Châtillon, hay un cambio total de los valores y del proyecto. En adelante se dará la prioridad a los pobres, así como la mayor parte del tiempo.

Esto explica la actitud de San Vicente de regreso a casa de los Gondi tras el intermedio de Châtillon: la mayor parte de su proyecto y de su tiempo estará reservado a la evangelización de las pobres gentes del campo y a las misiones, (como lo preveía el contrato de fundación) para: «dedicarse por entero y exclusivamente a la salvación del pueblo pobre, vendo de aldea en aldea […] predicando, instruyendo, exhortando y ca­tequizando a esas pobres gentes …» (Coste X. 238).

Los pobres, pues, tendrán en adelante una clara prioridad y San Vicente no volverá jamás sobre ello. Ocurrirá igual en las demás institu­ciones que reservarán al pobre la primacía que encerrará prácticamente una especie de exclusividad. Les he hablado ya de esto, cuando reflexio­namos sobre la expresión: los «verdaderamente pobres» y sobre la fina­lidad de nuestra Congregación.

Esta prioridad en línea con el evangelio (Lc 4, 18ss.) facilita un progreso decisivo en la historia de la relación de San Vicente con el pobre. Pero el pobre, como ya he dicho, permanece aún como aquél a quien se le lleva y se le da, aquel al que se predica, se instruye, se exhorta y se catequiza. La relación sigue siendo en un único sentido y San Vicen­te no había ido aún hasta el final de su búsqueda y de su encuentro. Parece que fue la experiencia de Châtillon, sobre todo la del 20 de agosto de 1617, la que le condujo a dar el último paso, y a llevar a cabo un nuevo avance, esta vez decisivo.

3. La tercera etapa o el tercer nivel en la relación de San Vicen­te con el pobre fue de tipo místico, en el sentido pleno de la palabra.

Este progreso puede situarse en relación con el acontecimiento de Chàtillon, porque este nuevo paso fue dado a la luz del evangelio (Mt 25. 31ss.), texto que encontramos citado por primera vez en el documento de la Cofradía de Chàtillon (23 de agosto de 1617).

Sin la intención de planificar la dinámica interior de San Vicente, se puede decir que si el pasaje de Lucas ha iluminado y revelado toda la riqueza de Gannes-Folleville, y en consecuencia han fundamentado la Misión, es el texto de Mateo el que ha iluminado y como revelado la riqueza de Châtillon y fundamentado evangélicamente las Cofradías de la Calidad y la Compañía de las Hijas de la Caridad. Mt 25, 31ss., es el texto en el que JESÚS evoca el juicio final: «tuve hambre, y me disteis de comer enfermo, y me visitasteis: … cada vez que hicisteis esto a un pequeño, a un pobre, a mí me lo hicisteis.» «Estuve enfermo, y me visi­tasteis»: Es comprensible que esta frase haya venido con frecuencia al pensamiento y la oración de San Vicente a lo largo de esta jornada del 20 de agosto de 1617 y en los días siguientes: y no es nada sorprendente que la encontremos efectivamente, tanto en el documento del 23 de agosto como en el primer reglamento de la Cofradía de la Caridad de Châtillon, de noviembre de 1617 (Coste X. 574).

Lo más destacado de esto, es el camino que puede recorrer el evangelio en el alma y en la fe de un Santo. Es evidente que, progresi­vamente. San Vicente se ha formado una conciencia cada vez más nítida, de modo que por el pobre de Gannes y por la familia pobre de Châtillon. Jesucristo, enviado de Dios, intervino directamente en su vida, hasta el punto de que por una parte, decidió cambiar radicalmente de rumbo, y por otra parte recobró la paz y el equilibrio. Los pobres de Gannes y de Châtillon fueron para él signos de Dios, signos de la voluntad de Dios sobre su vida y sobre sus fundaciones: «¡Ni el Señor Portad ni yo habíamos pensado en ello!»

En esta fase, la relación «Vicente/Pobre» no era ya un hecho de sentido único. En efecto, se daba cada vez más cuenta de lo que le habían aportado los pobres de Folleville y de Châtillon. En adelante, San Vicente concederá una mayor atención a los acontecimientos que conciernen a los pobres: El hará de ellos verdaderos hitos de sus audaces empresas.

Tanto es así, que poco a poco se profundizará en él la afirmación del evangelista Mateo: «Tuve hambre… estuve enfermo… en la cárcel… a mí me lo hicisteis». Esta afirmación de Cristo será como la clave de todo encuentro de San Vicente con el pobre, la clave de la relación vicen­ciana con el pobre.

«Así pues, dirá a las Hijas de la Caridad, esto os obliga a servir­les con respeto, como a vuestros amos, y con devoción, porque represen­tan para vosotras a la persona de Nuestro Señor, que ha dicho: «Lo que hagáis al más pequeño de los míos, lo consideraré como hecho a mí mismo». De manera, hijas mías, que Nuestro Señor es, junto con ese enfermo, quien recibe el servicio que le hacéis.» (Coste IX-2, 916)

«Por lo tanto, debéis tratar a los pobres con mansedumbre y respeto, acordándoos de que es a Nuestro Señor a quien hacéis ese ser­vicio, ya que él lo considera como hecho a sí mismo […] Si él está enfermo, yo también lo estoy: si está en la cárcel, yo también; si tiene grilletes en los pies, los tengo yo con él.» (Coste IX-2, 1194)

Y este texto conocidísimo, dirigido a :os Misioneros: «No hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior, ni según la impresión de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni la figura, ni el espíritu de las personas educadas, pues son vul­gares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre: el casi ni tenía aspecto de hombre en su pasión y pasó por loco entre los gentiles y por piedra de escándalo entre los judíos: y por eso mismo pudo definirse corno el evangelista de los pobres: Evangelizare pauperibus misit me. ¡Dios mío! ¡Qué hermoso seria ver a los pobres, considerándolos en Dios y en el aprecio en que los tuvo Jesucristo!» (Coste XI-4, 725).

El texto que pareció ser el eco más perfecto de la experiencia espiritual de San Vicente en su relación con el pobre se encuentra en Coste IX- 1. 239. «Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. Hijas mías. ¡Cuánta verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios. Como dice san Agustín, lo que vemos no es tan seguro, porque nuestros sentidos pueden engañarse; pero las verdades de Dios no enga­ñan jamás. Id a ver a los pobres condenados a cadena perpetua, y en ellos encontraréis a Dios; servid a esos niños, y en ellos encontraréis a Dios. ¡Hijas mías, cuán admirable es esto! Vais a unas casas muy pobres, pero allí encontráis a Dios. Hijas mías, una vez más. ¡Cuán admirable es esto! Sí, Dios acoge con agrado el servicio que hacéis a esos enfermos y lo considera, como habéis dicho, hecho a él mismo».

En adelante, la relación de San Vicente con los pobres no será solamente recíproca, será claramente inversa; y Vicente será más sensible a lo que los pobres le aporten que a lo que él mismo pueda darles. De ahí, un nuevo comportamiento pastoral y social. El pobre se conviene para él en Jesucristo. El pobre es entonces el maestro y señor: Así. Misioneros. Hijas de la Caridad o grandes Damas de la Candad, no podrán estar frente al pobre más que con actitud, con mentalidad, con espiritualidad de servicio. Este término de «servicio» se ha convertido en equivoco con la evolución social. Ahora está profesionalmente desacreditado y esto se deja sentir hasta en el vocabulario de la espiritualidad. En el siglo XVII no era así: la profesión de sirviente o sirvienta era reconocida sin com­plejos y tenía sus leyes y sus deberes. También cuando San Vicente habla de servicio, de sirviente o sirvienta, no hay que apresurarse a poner sus términos y actitudes en relación con el siervo de Yahweh o con el relato de la Anunciación, a menudo, el contexto muestra con evidencia que San Vicente, concreto por naturaleza daba a estas palabras su sentido y fuerza profesionales. Y cuando describe por ejemplo, el comportamiento que debe tener una dama de la Cofradía o una Hija de Caridad para servir la comida a un enfermo, es fácil reconocer todos los gestos que un Señor o Señora de la época exigía a su servidumbre.

Sirva esto para exorcizar la idea que nos solemos hacer de la relación de San Vicente con el pobre cargado de paternalismo. Es lamen­table que el término «sirviente» haya perdido la fuerza del siglo XVII y que se haya convertido en equivoco, anodino y un tanto tendencioso. La relación «sirvienta/señor», era ciertamente una de las menos amenazadas por los sentimientos paternalistas… ¡y con razón! Ahora bien, es en prin­cipio a este nivel profesional donde conviene situar desde ahora la relación de San Vicente con los pobres. Si Jesucristo se identifica verdaderamente con los pobres, la relación «señor/sirviente» se impone, y debería cambiar completamente mentalidades y comportamientos. Igualmente una de ras actitudes sobre las que San Vicente más insistió, fue el respeto… ¡El respeto que no era considerado en la época como el que iba de sí con los pobres, los mendigos, los prisioneros!

Algún espíritu pesimista podría ofenderse por la implicación tan absoluta de la fe en la relación con el pobre y la identificación de Jesucristo con el pobre podría ser resentida como una especie de frustración en la relación. Se dirá: el hombre que hay que encontrar es el hombre al que hay que ofrecer una total atención y compromiso; no se puede al mismo tiempo preocuparse de otros, aunque sea Jesucristo. De este modo, la búsqueda de Jesucristo en el pobre, sería para algunos ¡una ocupación malsana!

Gracias a Dios, San Vicente no se ha analizado hasta este punto; ¡esto no le hubiera dejado tiempo para actuar! Pero, si se le hubiera presentado alguien para hacerle esta objeción. San Vicente sin duda ha­bría respondido como tenia costumbre de hacerlo con los que no llegaban nunca a comprometerse ni a actuar. En cualquier caso, la fe de San Vi­cente, esta fe que raya la certeza vivida de la presencia de Jesucristo en el pobre, no le ha llevado jamás a eludir, por poco que fuera, la persona del pobre o el peso de su condición social.

Nos falta, en la lógica y la prolongación de lo que hemos llamado el nivel místico de la relación «Vicente/Pobre», evocar rápidamente la extraordinaria unidad que esta convicción ha llevado a cabo en su vida y su espiritualidad.

San Vicente ha sido un hombre de experiencia, para el que la vivencia ha sido espontáneamente reflexionada, meditada, integrada. Él tuvo un proceso de una lógica y una constancia impresionantes. Es así cómo el acontecimiento de Châtillon, a la luz del evangelio de Mateo (25. 31ss.), resultó y se situó poco a poco como clave de bóveda del edificio y del equilibrio. Todo se ha organizado más o menos conscien­temente, en torno a esta afirmación-evidencia: «Jesucristo está en el po­bre, esto es tan cieno como que estamos aquí.» Y tanto es así que lo que era vivido en tensión y conflicto, se volvía para él de una simplicidad extrema. Una vez que Jesucristo estaba en el pobre, Fe y Misión, Fe y Servicio. Fe y Vida estaban en perfecta continuidad. Se trataba de la oración y del servicio, la competencia no era problema: «Hijas mías, el servicio de los pobres tiene que preferirse siempre a todo lo demás.» Con un principio, emitido de forma categórica, no hay excepciones posibles, por nobles que éstas sean. Y San Vicente precisa: «Podéis incluso dejar de oír misa», para concretar añade: incluso «un día de fiesta, en caso de necesidad…» Es además el razonamiento sobre el que se apoya el prin­cipio tan interesante de escuchar: «De esta forma, estad seguras de que sois fieles a vuestras reglas, y más aun, ya que la obediencia es considerada por Dios corno un sacrificio. Es a Dios, hijas mías, a quien queréis servir. ¿Creéis que Dios es menos razonable que los amos de este mundo? Si el amo dice a su criado: «Haz esto» y, antes de que sea ejecutada su orden, pide otra cosa, no verá mal que el criado deje lo que se mandó en primer lugar: por el contrario, estará contento de ello. Lo mismo pasa con nuestro buen Dios. Él os ha llamado a una Compañía… os ha dado unas reglas; si mientras las practicáis, os pide otra cosa, id pues, a lo que os ha mandado, hermanas mías, sin dudar de que se trata de la voluntad de Dios» (Coste IX-1 208-209). Lo más notable y significativo en este texto, para nosotros que queremos abordar la espiritualidad de San Vicente y su experiencia espiritual, es la facilidad y la espontaneidad con las que San Vicente confunde e identifica en un solo ser el Dios que habla en la regla, el Dios de la oración, el Dios de la misa y el Dios presente en el pobre. Para es sencillamente el mismo Señor quien en principio ha pedido una cosa y quien, a continuación, pide otra. Se trata de «dejarle por Dios». Viendo a Jesucristo en el pobre. Vicente constata que todo parece unificarse en una continuidad entre su fe y su vida: la oración, la eucaristía, la Misión, el servido. Para llegar a una tal unidad de fe y de vida, le ha bastado encontrar verdaderamente a Jesucristo en un pobre.

Gracias a Dios, nosotros estamos atentos a los valores evangéli­cos que viven los pobres. Hoy San Vicente aun nos invita a ir adelante y más profundamente, más lejos que esos mismos valores, hasta el en­cuentro de la persona viva de Jesucristo, incluso si lo que llegó a ser certeza para el místico Vicente de Paúl, peligre no ser más que un inter­minable esfuerzo de fe para muchos de nosotros.

Para terminar esta reflexión, preguntémonos personalmente y en verdad sobre la calidad de nuestra relación con el pobre en el plano social, en el plano pastoral y en el plano místico. Como San Vicente, nosotros debemos conservar estas tres dimensiones, incluso si la tercera debe alimen­tar y animar a las otras dos. Que San Vicente nos ayude a progresar en la meditación, la inteligencia y la aplicación del evangelio de Lucas 4, 18ss., y de Mateo 25, 31ss., estos textos que constituyen las verdaderas luces y los grandes ejes de la reflexión y de la experiencia de San Vicente.

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