I. Su nacimiento. Bertrand recibe una educación especial. Entra al servicio de Mons. de Bayonne. Va a Paris y es recibido en la Congregación de la Misión.
Bertrand Ducourneau nació el año de 1614 en una aldea llamada Amou, cercana a la ciudad de Dax, a cuatro leguas del pueblo de Pouy, lugar de nacimiento de nuestro venerable padre y fundador, el Sr. Vicente de Paúl. Si bien Bertrand fue el último de la familia, fue sin embargo su gloria pues fue llamado al servicio de Dios y tuvo mayor conocimiento de la vida espiritual que ningún otro de sus hermanos. Sus padres eran más ricos en virtudes cristianas que en los bienes de este mundo, y como se sabe de los árboles por sus frutos podemos decir que los padre y madre de Bertrand han sido muy buenas plantas en el campo de la Iglesia pues han producido un fruto tan excelente.
Las Santísima Virgen, nuestra buena madre, le había tomado bajo su protección desde su más tierna juventud, pues él dice que, habiendo ido un día, a la edad de seis o siete años, a Nuestra Señora de Buglose, que es un lugar de peregrinación y de devoción en la parroquia de Pouy, apenas hubo entrado en la capilla cuando sintió en sí tal gozo y tal consentimiento que creía estar en el paraíso, y ya no volvió a sentir un gozo así. Él no se ha explicado mucho sobre esto, pero al parecer Dios le llenó en esta ocasión de una gracia extraordinaria que se ha guardado en silencio.
Poco tiempo después, llegó de París un excelente maestro que se estableció en estos lugares para instruir a la juventud. El padre de nuestro hermano, que no sabía ni leer ni escribir y que por un descuido, muy común entonces, había criado a todos sus hijos en la misma ignorancia se resolvió a dar alguna instrucción al último de sus hijos, y para ello se lo envió a este maestro escribano. Bertrand aprovechó tan bien en poco tiempo que fue pronto reconocido por toda la región por ser uno de los más hábiles en la escritura. De modo que habiendo engañado a su padre quien no había pretendido otra cosa que enseñarle tan sólo aprender a escribir para servirle en su casa, llegó a ser secretario de varios de los principales de la región, y todos le querían tener para servirse en los asuntos más importantes, tanta sabiduría y prudencia demostraba. Y la necesitó, ya que su maestro de escuela, que estaba solo, no siendo casado, depositaba en él todo el gobierno de su casa y de todos sus bienes, de tal suerte que le había dado el cuidado de vender al detalle un buen número de piezas de vino de las que le entregó buena cuenta, aunque no tuviera más que la edad de diez u once años. Cuando nuestro querido hermano reflexionaba sobre esto se admiraba cómo había podido arreglárselas tan bien en los asuntos en semejante coyuntura. Su maestro, en agradecimiento por los servicios que el pequeño Bertrand le había prestado en la venta de su propiedad, le dio una buena instrucción, y se lo devolvió a su padre. Bertrand permaneció con su padre por unos años, sirviéndole en sus asuntos e incluso guardándole sus animales, pues aunque no fuera más que sastre, tenía sin embargo algunas herencias y viñas que hacía producir con sus propias manos. Por último, el padre de Bertrand murió muy anciano, y según la costumbre del país hizo testamento y distribuyó a sus hijos lo que él quiso, (ya que los mayores suceden en todo a un padre no testado. El pequeño Bertrand tuvo veinte escudos por su parte, ésa fue toda su herencia temporal. Pero Dios por su bondad le había dado espíritu y el talento de la escritura, y así era la mejor parte de sus hermanos. Comenzó enseguida a ganarse la vida escribiendo, sin tener más que catorce o quince años y su primer maestro fue un notario de San Juan de Luz, en cuya casa estuvo unos tres meses. Al cabo de este tiempo, su maestro no teniendo lo suficiente para ocuparle, le dio seis escudos, y además una carta de recomendación para un amigo suyo de Bayonne. Esta carta le sirvió mucho a este último porque aquél a quien iba dirigida le hizo un gran favor, reconociéndole como a un joven de mérito y de buena esperanza. Por ello le procuró la entrada en la casa de la segunda persona de la 7ª ciudad, que era el lugarteniente particular, el cual no tenía ni mujer ni hijos, y eso en calidad de secretario y de clérigo. La nueva condición de nuestro joven era muy ventajosa, ya que le proporcionaba buenos sueldos, se sentía muy libre, y era por decirlo así amo en la casa. Aunque el Sr. lugarteniente fuera difícil de contentar, no obstante Bertran se quedó en su casa por tres años, época en la que su señor murió; pero ese tiempo le había sido suficiente para iniciarse en los asuntos, ya que el Sr. los tenía en abundancia y era muy estimado en la ciudad. Fue entonces cuando nuestro secretario comenzó a darse a conocer y se ganó los favores de los principales de la ciudad que le estimaban, en particular por haberse hecho muy capaz con este lugarteniente particular. Ellos corrían a porfía a ver quien le tendría a su servicio, como dije al principio; no obstante como tenía un particular conocimiento de todos los asuntos del difunto su señor, los herederos de éste lo retuvieron para utilizarle, y nuestro Bertrand prefirió también quedarse en la misma familia, con preferencia a las otras ventajas que le presentaban en otra parte, se quedó allí unos seis años, gestionando principalmente los asuntos que concernían a una tutela de la que su difunto maestro había sido encargado nueve meses antes de su muerte. Estaba en esta familia, según lo decía él mismo, «como un pequeño reyezuelo». Y en efecto, su maestro le trataba y le consideraba como a su hijo, haciéndole comer con él en su mesa y dándole libertad de tratar a su amigos en su casa, lo que indica qué amable le hacía la conducta de Bertrand.
Cuando Bertrand hubo terminado y entregado las cuentas de la tutela, la persona, que era una hija, entrada en edad y casada contra la voluntad de sus padres, Bertrand, digo, salió de la casa en que se hallaba para entrar en casa de Monseñor el obispo que le había solicitado y deseaba tenerle. Entrado ya al servicio de Monseñor de Bayonne, creía estar empleado o para ser su secretario o al menos para cuidar de sus asuntos temporales, pero este buen señor le hizo su jefe de comedor. No teniendo relación alguna este cargo con el genio de nuestro joven, no le caía bien este empleo, lo que hizo que se saliera después de un año más o menos, y se volvió a la familia en la que estaba primeramente. Bueno pues, aunque se hubiera quedado apenas con Mons. el obispo de Bayonne, él creía que era allí donde Dios le había plantado la primera semilla de su vocación a la Misión en el alma; en lo que este buen obispo, siendo parisino, hijo del Sr. presidente Fouquet, se había traído de París consigo a sacerdotes que eran de la conferencia que se tenía en San Lázaro, que se sigue haciendo una vez a la semana. Ahora bien estos sacerdotes eran el Sr. Abelly, su gran vicario, ahora antiguo obispo de Rhodez y quien, desde hacía quince o dieciséis años se había retirado a esta casa de San Lázaro, para acabar allí sus días, y como es bien probable, en la contemplación de las virtudes eternas; los Srs. Le Breton y Périquet eran también del número de los que el digno prelado tenía en su compañía, y todos eran personajes de gran virtud y erudición. Así pues, como frecuentaban al Sr. Vicente, nuestro venerable padre, en San Lázaro, hablaban de él a otro con grandes sentimientos de estima y con grandes alabanzas, y aunque Bertrand no reflexionara mucho sobre ello entonces, no dejó de quedársele impreso en su espíritu.
La razón principal por la que se dejaba de pensar en los discursos de estos señores, era que no pensaba en salir del mundo, sino más bien en comprometerse con él por el matrimonio, a lo cual le insistía su hermano mayor, y por lo cual tenía mucha inclinación, porque, decía él, era un santo hombre. Las cosas estaban tan adelantadas que las dos partes aprobaron el contrato de matrimonio que fue firmado por ambas partes, en la época del carnaval. La madre de la joven apremiaba a Bertrand para que se desposara antes de la cuaresma. Él por el contraria trataba de dar largas y no precipitar nada en un asunto de esta importancia; no obstante, se veía de algún modo como obligado a casarse antes de las cenizas. Pero Dios que no quería que se casara, le brindó una bonita ocasión para obligarle legítimamente a hacer un viaje a París, adonde había tenido siempre ganas de venir a probar fortuna. Fue con motivo de una sucesión que le cayó en suerte a su dueño quien, teniendo en París un hermano muy rico que se murió, fue necesario que él y los coherederos nombrasen a alguien para ir a recoger esta sucesión. Reunidos los parientes del difunto delegaron a un canónigo, sobrino del difunto, y como este canónigo necesitaba de alguien ya para escribir como para servir de consejero, se creyó conveniente que se le uniera Bertrand, y los dos partieron para la capital. Era todo cuanto deseaba nuestro secretario quien dejó su región y a su prometida, a las que no ha vuelto a ver.
Llegados pues a París, no se sabe cómo marcharon los negocios de la sucesión, tan sólo que el Sr. abate de Saint-Cyran, una de las cabezas de los jansenistas, era el hermano del dueño de nuestro secretario. El Sr. Saint-Cyran residía en París. Bertrand le veía con frecuencia, ya que a su llegada había ido a hospedarse en su casa, y le reconocía como a su buen patrón, de manera que actuaba bajo su dirección, tanto que este abate le tomó afecto, le procuró una condición muy ventajosa para él que tenía planes de hacer fortuna. Era una plaza de secretario con un Señor que iba a ser intendente de la provincia de Cataluña, por entonces bajo la obediencia del rey y de la que era gobernador el Sr. mariscal de Brezé que había procurado esta intendencia.
Ya en el servicio de este nuevo intendente, Bertrand partió con él hacia para dicha provincia Mas apenas llegados, se vio que los asuntos se cambiaron y que el Sr. Mariscal dejó él mismo el Gobierno lo que les obligó a volver sobre sus paso a Montpellier. El Sr. mariscal habiendo conocido a Bertrand quiso tenerle; pero el Sr. de Saint-Cyran le disuadió de entrar en esta casa, y como al mismo tiempo su dueño fue diputado para ir Munster al tratado de paz general que se debía hacer con el emperador, le alegró mucho, por las ganas de ver la región. Pero antes su dueño se vio obligado a hacer un viaje al Languedoc y se llevó a Bertrand consigo. Duarnte la estancia que hicieron allí, nuestro secretario fue a confesarse al Pont-Saont-Esprit a un Padre recoleto, quien habiéndole agradado le dio la confianza de ir a ver de vez en cuando a otro para hablarle de los asuntos de su conciencia. Pero lo admirable es que primeramente este buen Padre recoleto le dijo positivamente que abandonaría el mundo para dedicarse al servicio de Dios.
Ante estas palabras de este buen Padre, ¿quién se quedó extrañado? Fue Bertrand quien no pensaba en nada menos; al contrario, tenía un gran deseo de adelantar en el mundo, y además, se veía ligado a una joven con contrato de matrimonio que había firmado.
Por eso le dijo: «Pero. Padre, cómo será eso, pues estoy obligado a desposarme con una joven a quien se lo he prometido y he firmado el contrato!» Este religioso le dice que ese contrato no impedía que pudiera dedicarse a Dios, y habiéndole replicado: «Pero ¿no es acaso la voluntad de Dios la que me ha llevado a prometer a esta joven desposarla?» Este buen Padre le respondió que sí, que era la voluntad de Dios para entonces, pero que no lo era para el presente; le alegó el ejemplo de las dos voluntades que parecieron diferentes en Abrahán. Por último, este buen Padre recoleto no le dijo cuál sería el lugar a donde iría, ni lo que sería, sino solamente le exhortó a comulgar con frecuencia, lo que Bertrand practicó fielmente, pidiendo a Dios de todo corazón que le diera la gracia de conocer su santísima voluntad y seguirla. Después de esta estancia en el Languedoc, regresaron a París, y allí nuestro secretario se fue a consultar a un doctor, quien sin querer determinarle el lugar al que debía ir, le recomendó también pedir mucho a Dios que se lo diera a conocer y le confirmó lo que el Padre recoleto le había dicho, que el contrato que había firmado y la promesa que había hecho no le impedían dedicarse a Dios, y añadió además que, si tuviera que dejar el mundo, que entrara en una nueva compañía que estuviera todavía en su primer fervor. No contento con haber consultado a éste, quiso también consultar a otro, que le dijo poco más o menos lo mismo y le aconsejó que hiciera algunos días de retiro con la intención de conocer la voluntad de Dios. Después de esta última consulta, sintió su corazón completamente desprendido del amor del mundo y del vano deseo de hacer fortuna. Se me ha olvidado decir algo notable respecto de la Providencia de Dios sobre nuestro hermano Bertrand, y es que movido por este Padre recoleto en cuanto a su separación del mundo, y en suspenso si lo haría o no, él me dijo que se volvió a París con el propósito de ponerse en las manos del Sr. Saint-Cyran, a fin de que él le determinara sobre lo que debía hacer. Pero al llegar a París se encontró con que había muerto. Habiéndolo permitido Dios así porque, al parecer, le habría perdido comprometiéndole con su partido malo de los jansenistas, o al menos, lo que es seguro, no habría permitido nunca que entrara en la Misión, teniendo por entonces un odio mortal contra el Sr. Vicente, pues habiendo hecho todos los esfuerzos por seducirle y atraerle a su nueva doctrina, había perdido sus esfuerzos, y además sospechaba de él ser causa de que el cardenal de Richelieu le hubiera mandado varias veces a prisión en la Bastilla, por motivos de su llamada nueva doctrina.
Para volver al hilo de nuestra historia, Bertrand de paseo un día por las afueras de París con un joven de su región, éste hablando de una cosa y otra, le habló del Sr. Vicente y de San Lázaro, que había hecho allí un retiro de ocho días, que los que eran de esta comunidad vivían como santos, que tenían santas conversaciones en las que no se hablaba más que de Dios y que allí se recibían grandes gracias y bendiciones de Nuestro Señor. Este discurso, junto con los que tenían los Srs. eclesiásticos que había oído en casa de Monseñor de Bayonne, le hizo desear hacer allí su retiro. A este efecto, pidió a este muchacho que le llevara a esta casa de San Lázaro; éste prometió llevarle, y se tomaron un día para ello. Pero habiendo faltado a la palabra este muchacho, nuestro secretario se fue solo a San Lázaro, donde le concedieron de buena gana hacer el retiro como se les concede a cuantos lo piden. Pidió a su dueño permiso para ocho días, fingiendo tener un viaje corto que hacer. Obtenido lo cual, se vino pues de retiro a San Lázaro, donde le dieron un sabio director que, como los demás, no quiso determinarle, sino que le dio para hacer, según sus necesidades, unas meditaciones que no produjeron sin embargo su efecto, sino la última del retiro que es: De la vocación a la vida religiosa, Su espíritu, que había estado indeciso hasta entonces, se determinó con viveza y prometió a Dios que nunca sería nada el mundo para él y que quería consagrarse al servicio de su divina Majestad por completo. Y no sabiendo en qué lugar podía ser, Dios que le quería hermano de la Misión le puso en el pensamiento preguntar a su director si recibían allí a personas que deseaban retirarse del mundo, y habiéndole respondido éste que sí, cuando los superiores los encontraban aptos. Preguntó entonces si le querían recibir, con lo cual su director le prometió hablar al Sr. Vicente, nuestro buen Padre; lo hizo. Y queriendo verle nuestro venerable Padre y conversar con él, viéndole resuelto a entrar en la Misión, le confirmó en su buena resolución y le prometió recibirle. Con la palabra del Sr. Vicente se volvió a casa de su dueño para decirle su resolución y que el viaje que había hecho no era otro que el de su casa a San Lázaro para hacer el retiro, a fin de decidirse si conocía ser del agrado de Dios, y que habiendo visto la divina voluntad en cuanto a su vocación, estaba resuelto a ejecutarla. Lo que su dueño, que era hombre de bien, aprobó sin más y le confirmó en su resolución pero le rogó que se quedara con él algún tiempo por cierta coyuntura de asuntos; cosa que obligó a nuestro Bertrand a venir a proponérselo al Sr. Vicente a quien reconocía por su superior, una vez que había conocido su vocación. El Sr. Vicente estaba entonces en retiro. Habló con el Sr. Alméras, a quien informó del deseo de su dueño, y consultado el Sr. Vicente dio por respuesta: «Que había que dejar a los muertos enterrar a los muertos». Tras esta respuesta, Bertrand se despidió de su dueño, al cabo de dos días para darle cuenta, y se volvió a San Lázaro donde fue recibido el 28 de julio de 1644; después de su recepción y su bancarrota al mundo, escribió a su pretendida suegra y a su hija, a quien había prometido matrimonio, en estos términos según propia confesión: «Que habiéndole dado a conocer Dios que era su voluntad que dejara el mundo, era justo obedecerle, y la suplicaba que le fuera grato, asegurándola que tenía a su hija en gran estima y que la amaba verdaderamente; que si hubiera tenido que casarse no habría tenido a otra mujer que a ella«. Sometida de buena gana esta joven a la voluntad de Dios que la impedía desposarse con Bertrand, la divina Providencia se ocupó de darle un buen marido mucho más rico que su prometido. Y nuestro venerable hermano residió en San Lázaro, fue colocado en la cocina donde trabajó tres semanas. Al cabo de ese tiempo, se le apartó de allí para ponerle a escribir; poco después, el Sr. Vicente, no teniendo a otro que le ayudara en el trabajo de las cartas y para redactar las memorias que debía llevar al consejo del rey, encargó a nuestro venerable hermano de hacer dichas memorias, lo que desempeñó bien, de manera que satisfecho le dedicó luego a hacer las cartas y, después de ese tiempo, ya no se sirvió del Sr. Portail para ello. Y fue en este empleo donde nuestro venerable Hermano se santificó siendo fiel a las gracias de Dios por las cuales se hizo digno de tener el espíritu que animaba a nuestro venerable Padre, el Sr. Vicente.
II. Su unión con Dios en la Oración, su fe ,su confianza, su caridad para con Dios y el prójimo.
Como tenía por máxima dejarse dirigir en la oración por el movimiento del Espíritu Santo y despojarse de todo, diciendo en primer lugar: «Vengo, Señor, para aprender. Yo os hablaré aunque no sea más que polvo y ceniza y un miserable gusano de tierra; mostrad, Señor, vuestro poder en mí, aunque no sea más que una miserable hormiga». Nuestro Señor le atrajo a la oración que se hace por las solas luces de la fe, en una pura atención a Dios presente, y en no obrar jamás por principio de naturaleza, sino por el movimiento del Espíritu de Dios. Para ello deseaba unirse con frecuencia en el interior de Nuestro Señor que miraba a Dios incesantemente para adorarle en él y por él en espíritu y en verdad y en conformarse en todos los acontecimientos y en todas sus acciones a sus buenos deseos llevando a sus oraciones un corazón así preparado que se unía a las inclinaciones y disposiciones de Nuestro Señor, desprendido de todo amor propio y terrenal y de todo interés particular tanto como la debilidad humana le ha podido permitir. Su modo de oración era pues extraordinario, y Dios aparentemente le había regalado el don de contemplación, pues hablando un día a su colega y desde entonces con mayor frecuencia, contaba maravillas, de suerte que este último salía de su conversación más lleno de su fervor que en su meditación de la mañana. Nuestro hermano Ducournau se sorprendía, viendo a personas que, después de veinte, treinta y cuarenta años, practicaban la oración y sin embargo estaban siempre en ABC, y lo que es más deplorable que eran a veces tan inmortificados e imperfectos como al principio; «y si los jóvenes no tienen cuidado de sí mismos, decía él, les pasará lo mismo, porque envejecerán también«. Una vez, hablando de la oración a su colega, decía: «que debíamos hacerla siempre por algún fin, como para obtener de Dios un mayor dolor de nuestros pecados, y mayor amor a los sufrimientos, a las humillaciones, a las cruces, y en general a todo lo que más repugne a la naturaleza, ya que eso agrada a Dios, y con que sacáramos eso de nuestras oraciones ya sería mucho; pero sobre todo que debíamos pedir a Dios un mayor conocimiento y estima de él mismo; pues si nosotros le estimáramos bien, tendríamos para él más respeto, y que lo que constituye nuestra miseria es que no tenemos la estima de su divina Majestad, como deberíamos tener«.
Se puede ver ya, por lo que acabamos de leer cuál era la de de nuestro venerable hermano. Veamos cuáles eran sus sentimientos que se han escrito de su mano. «Lo que yo soy con relación a las virtudes es que las estimo y las amo, me parece, pero querría vivir de fe y no obrar más por principios de fe. El medio para ellos es el recogimiento y la atención a esta verdad que Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo en nuestros corazones, que este espíritu es el Espíritu Santo, que es un espíritu de amor y que yo debo obrar en él, con él y por él«. Decía también: «La fe es una luz, pero una luz oscura que nos ilumina no obstante lo suficiente para trabajar en adquirir la vida eterna. Pero las almas a las que quiere elevar a una perfección extraordinaria, les comunica una luz sobrenatural que las ilumina casi sin oscuridad de manera que ven las cosas de Dios al descubierto, y están tan seguras como si las tocaran con los dedos. Dios no concede esta gracia a todos, nos debemos contentar con la luz oscura de la fe, ya que nos basta para ganarnos nuestra salvación. Dichosos son los que no ven y sin embargo no dejan de creer«. Este buen hermano hablaba por experiencia, pues gustaba de las cosas de Dios y las tocaba casi con el dedo. Por eso dijo un día a su colega de quien tenemos todo esto: «En verdad, es un pensamiento que me produce una gran satisfacción y un gran contento saber que Dios es todo y fuera de Dios todo no es nada. Que es todopoderoso todo incomprensible, todo bueno, todo infinito, que lo sabe todo, que lo ve todo, etc. … Me siento tan contento de saber que es todo esto que me basta con conocerle así por la fe, y aunque pudiera saber y conocer más no lo querría hacer. Ah qué bueno es perderse en Dios, perderse de esta forma! Es encontrase, cuando uno se pierde en él por amor y no por curiosidad. El primer modo es bueno y semejante a la de los bienaventurados y el segundo es malo, del cual nacen las herejías, porque se pierde al querer ser el escrutador de la Majestad divina, que es infinita y que, por consiguiente, no puede ser comprendida por nuestro pobre y pequeño entendimiento que es limitado«. La vida de la fe consiste, según el pensamiento de nuestro venerado hermano, «en no hacer nada sino es por un motivo de fe, en no considerar nada sino con vistas a la fe, en estimar las cosas, no según las apariencias sino según el valor que la fe nos descubre en ellas y según la estima que Nuestro Señor ha hecho de ellas.» Por eso todas las criaturas le servían para elevarse a Dios.
La esperanza que tenía en Dios era todo su gozo en este mundo, y se sentía bien por no tener otra cosa sobre la que apoyarse, ni en lo temporal ni en lo espiritual, visto que, decía él, ello me mantenga en la desconfianza de mí mismo y en la confianza y abandono en Nuestro Señor. Mi propósito es poner toda mi obediencia, mi humildad, mi paciencia, mi resignación y toda mi virtud en la esperanza en mi Dios. Si me quitaran a mi Dios, decía también, a quién iría, a quién recurriría? No tengo no padres, ni amigos, ni a nadie para protegerme y asistirme; pero gran consuelo para mí, pensando en que no podrían quitármele; está siempre conmigo, él es mi esperanza y mi refugio: In te, Domine, speravi, etc. …» Se ha sabido que en los asuntos más espinosos, en los que no sabía por dónde empezar, decía: «Aquí comencemos, hay que abandonarse a la divina Providencia» y de esta forma trabajando con confianza, era toda una sorpresa ver prosperar lo que había comenzado.
A esta confianza unía él un sincero amor para con su Dios; es lo que por otra parte nuestro venerado hermano ha expresado en estos términos: en un escrito a mano. «Dudo si soy agradable a Dios, si mis acciones le agradan, si avanzo o retrocedo, lo que me es un asunto de extrañeza y de temor, cuando lo pienso, aunque no me inquiete ni me desanime». Dios ama a los que le aman y tiene sus acciones como agradables; nuestro venerable hermano no sabía si amaba a Dios, porque el amor no dice nunca: ya basta; pero los que le conocían bien decían que era un hermano que amaba mucho a Dios. El amor de Dios es un fuego que consume los pecados y establece al alma en la gracia de Dios. Siguiendo esto, nuestro venerable hermano tenía altas ideas de los efectos de esta gracia divina. Veamos cómo se explica. Vamos a usar sus propias palabras en toda su amable e ingenua sencillez, rogando no obstante que se advierta qué orden admirable había descubierto en los diferentes efectos de la gracia. «La gracia de Dios, dice, purifica, pacta, edifica, fortifica, clarifica, modifica, bonifica, fructifica, crucifica, sacrifica, mortifica, vivifica, beatifica, santifica, glorifica, y deifica. Oh gracia, en ti confío». Y como no veía en él estos admirables efectos que su humildad le ocultaba, temía no ser agradable a Dios. De esta manera habla en un folletito escrito de su mano para dar cuenta a de su conciencia a su director. «Me ha espantado, dice, la facilidad que se tiene de cometer un pecado de perder la gracia, de perder el alma, de perder a Dios y de perderle irremediablemente para siempre; y con ello caer en un abismo eterno de males, de rabia y de desesperación. Todo lo que no se hace por Dios es contra Dios, tanto palabras como acciones, decía él«. Por eso temía no ser agradable a Dios. Sin embargo este temor no le impedía de ninguna manera en el camino del amor, al contrario le servía de aguijón y hacía siempre lo que era posible a favor del santo amor. «¿Cuándo será, decía, que yo vaya a Dios solo, ya que es el único con quien tengo que ver?» No tengamos más que este deseo y en él no tendremos más que una sola petición y en esta petición lo hallaremos todo. Así que no deseemos y no pidamos más que a Dios solo y sin duda le encontraremos. Oh, qué motivos tengo de temer que haya perdido el tiempo, a no ser que Dios se contente con un poco de deseo virtual que he de hacer lo que hago por él aunque no piense en ello. No obstante él ve bien que no querría hacer cosa alguna que le desagrade. Siendo un día llamado para hablar sobre el asunto de la conferencia que era: «Del amor de Dios» él empieza: «Qué rematadamente estúpido y sensual soy, no puedo decir gran cosa sobre este tema»; no obstante él habló muy bien, como de ordinario, pues tenía talento para decir las cosas bien, y dio como medios de establecerse constante y sólidamente en un perfecto amor de Dios, tres cosas que hacer: 1º operar; 2º padecer; 3º amar. «Operar, dijo, según la fa y las máximas de Nuestro Señor enseñante; operar según la esperanza que tenemos en Dios; operar en caridad para con Dios y nuestro prójimo…; sufrir en todas las dificultades que se encuentren en nuestro estado; sufrir por voluntad resignándonos a Dios para sufrir todo lo que él quiera, y por último amar; pues san Francisco de Sales dijo que es el medio para tener amor y para ello elevarnos a menudo durante el día hacia Dios; darle mil veces nuestro corazón y nuestro ser y hacerlo todo por él. Esto debería ser, añadió, el ejercicio de los hermanos en la Compañía; ello ayuda grandemente al amor porque le inflama, y sin ello, pensaremos amar y no será nada sino como la gente del mundo, a quienes si se les pregunta si aman a Dios responden con osadía que sí y sin embargo por sus obras andan bien lejos de ello«.
Éstos eran los excelentes medios de que se servía para vivir en espíritu de oración, de fe y de amor de Dios. «Pero quien ama a Dios con un amor verdadero de caridad ama también ardientemente a su prójimo como hijo de Dios. Y sin embargo, en el momento en que les hablo, cuántos miles hay que se encuentran en la aflicción en los hospitales abrumados, en donde a uno le cortan un brazo, a otro una pierna, a otro le hacen una incisión dolorosa o le cortan, etc. …otros que están en las prisiones, en esclavitudes vergonzosas entre los bárbaros, tantas familias pobres abandonadas, perseguidas por los procesos y argucias; y tantos y tantos miserables; y sin embargo ello no me impresiona porque no lo veo, aunque no sea por eso menos verdad que si lo viera. Oh, que yo no me mueva porque se diga que Nuestro Señor no se ha reído nunca. Y cómo podría reírse aquél que, como Dios, veía todas las desgracias de los hombres». En otra ocasión nuestro venerado hermano dijo, por admiración y asombro: «Ser cristiano y no morir de dolor al ver cuántas almas se pierden y se van sin cesar y casi en cada momento de todos los países del mundo al abismo del infierno! Creerlo y no morir de dolor! Ah, es que no se conoce lo que valen las almas, o bien es que no se tiene fe».
Expresaba así sus pensamientos con tal ardor y arrebato que estaba a punto de derramar lágrimas por la vehemencia de su amor al prójimo. Tenía algunas máximas muy hermosas pata inflamarse más y más en ese santo amor. Las escribimos aquí. «Es una excelente práctica, decía, mirar a Dios oculto en los que nos hacen bien o mal y recibir a uno y al otro como llegados de sus divinas manos como en efecto él se sirve de nuestro prójimo para ello como instrumento de su Providencia. Ha sido la práctica de los santos como un gran medio para estar siempre contento en la tierra y ponerse en un estado de felicidad y de beatitud comenzada en esta vida. Existe también otra práctica que no es menos útil y verdadera que la primera, y es persuadirse de que el bien o el mal que hacemos a nuestro prójimo, se lo hacemos a Dios mismo, que está oculto en él. Nos lo asegura en la sagrada Escritura: «Quien os me toca a mí, dice, en la pupila del ojo. Y Nuestro Señor nos tranquiliza que lo que hacemos al menor de los suyos, se lo hacemos a él mismo. Pues si somos verdaderos discípulos debemos poner en práctica sus máximas y en toda ocasión mirarle siempre oculto en nuestro prójimo y estimar que lo que hacemos a nuestro prójimo se lo hacemos a él mismo, y así divinizaremos nuestras obras con relación a este divino objeto. ‘Si alguien me ama, dice Nuestro Señor en el Evangelio, guardará mi palabra y mi padre le amará y vendremos a él y habitaremos en él’. Oh. si fuéramos fieles en considerar estas verdades, en ponerlas en práctica, qué pronto seríamos grandes santos»!
Llevando a la práctica estas hermosas máximas, nuestro venerable hermano se hizo admirable en el ejercicio del amor y de la caridad del prójimo. Era de un trato cordial, benigno y afable que se ganaba el corazón de todos sus hermanos, teniendo una gracia singular en aliviar a los que tenían la confianza de descubrirle sus pequeñas penas, de suerte que los superiores, reconociendo en él ese don de Dios, le han empleado con frecuencia en consolar a muchos, tanto sacerdotes como clérigos, como hermanos, en sus aflicciones, lo que conseguía siempre con mucha bendición; así que era el consuelo de todos, pero sobre todo de los pobres hermanos por quienes sentía una verdadera ternura, no omitiendo nada para librarlos de las penas e inquietudes en que su condición o escasa capacidad los encerraban con mucha frecuencia. Lo que obligaba a nuestro hermano a tomar siempre su partido, sirviéndoles de protector y de abogado en ocasiones, y haciendo lo mismo por los externos con mucha caridad. Es un gran medio para conservar la caridad y la unión fraterna nunca hablar mal de nadie a no se a aquellos que pueden remediarlo, y ésta era su práctica según un escrito de su mano: «No hablar de los defectos del prójimo sin haberme elevado a Dios para pedirle consejo; de otro modo sería actuar según la naturaleza e inclinación propia y corrompida. Ahora bien, para no hablar de los defectos, un gran medio es tener buena opinión de todos y considerarse a sí mismo como el peor de todos». Otro sentimiento que nuestro venerable hermano tenía, hallado escrito por su mano y que es muy notable por la verdad que brilla en él: «Al mismo tiempo, dice, que yo pienso mal, o que me elevo sobre alguno, o me prefiero a él, enseguida ése tiene ascendente sobre mí; está por encima de mí y yo peor que él«.
Trad. Máximo Agustín







