Vida del Señor Vicente de Paúl: Capítulo 6

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jaime Corera, C.M. · Año publicación original: 1988.
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(1641)

sanvibibliaA finales del año 1641, el 13 de diciembre, moría santa Chantal. La muerte le sorprendió en viaje desde París, donde acababa de hacer una última visita a los monasterios de su orden de los que era director el señor Vicente, de camino hacia Amnecy, lugar de la fundación del primer monasterio de la Visitación. Pero no llegó a Annecy. Murió a mitad de camino, en Moulins. La noticia de la repentina gravedad de su estado, comunicada por ella misma en una última carta al señor Vicente, y la noticia de su muerte llegaron a éste con unos pocos días de intervalo. No había acabado aún el año sin que el señor Vicente dejara escrito que la Chantal era, y esta vez lo podía decir con toda justicia, «una de las almas más santas que he conocido en la tierra. No dudo que Dios manifestará algún día su santidad». Así fue. Pero mucho antes de que llegara ese día ya se la había manifestado Dios a él mismo de una manera extremadamente curiosa que él relata en un escrito que aún conservan las visitandinas de Annecy, al final del cual dice: «En fe de lo cual firmo la presente de mi propia mano y la sello con mi sello… Vicente Depaul». O sea, que quiere asegurar a las hijas de la Chantal que aunque lo que cuenta parece sorprendente y casi increíble, es sin embargo cierto.

Los años anteriores a la muerte de la Chantal había habido un muy frecuente intercambio epistolar entre ambos, más frecuente que de costumbre, motivado por un asunto complicado que mencionamos arriba de dependencia jurídica de loa monasterios de la Visitación. Hubo otro asunto a la vez que éste que fue también motivo de la frecuente correspondencia. Se había fundado en Annecy una casa de misioneros, fundación a la que la Chantal contribuyó con su solicitud expresada repetidamente, con ayuda material generosa e incluso con una especie de aseso­ramiento o dirección espiritual a los misioneros del señor Vicente, aspecto este últi­mo motivado por una sugerencia del mismo Vicente, y que se debía sin duda a la altí­sima opinión que tenía de la santidad de ella. Todo ello contribuyó a que Vicente de Paúl la calificara, incluso en la correspondencia a sus propios hombres, como «nues­tra digna madre».

Pues bien: en cuanto llegó a Vicente la noticia de la gravedad del estado de la Chantal «se puso de rodillas para rezar a Dios por ella», y tuvo de inmediato una visión que le dio la seguridad de que la Chantal había fallecido. Cuando, recibida la comunicación de su muerte, celebraba misa por ella, se repitió la visión. Y aunque comenzó la misa pensando «que hacía bien en rezar por ella, pues tal vez estuviera en el purgatorio por unas palabras que había dicho en una ocasión, que parecían ser pecado venial», la visión repetida acabó por convencerle de que «aquella alma era bienaventurada y no tenía necesidad de oraciones». Esto es lo que vio: «Se le apareció un pequeño globo de fuego que se elevaba de la tierra y fue a juntarse en la región superior del aire con otro globo mayor y más luminoso; luego los dos, reducidos a uno solo, se elevaron más arriba, se introdujeron y empezaron a brillar en otro globo infinitamente más grande y más luminoso. Entonces se le dijo interiormente que el primer globo era el alma de nuestra venerable madre, el segundo el de nuestro bienaventurado padre (Francisco de Sales), y el otro la esencia divina, y que el alma de nuestra venerada madre se había reunido con la de nuestro bienaventurado padre, y ambos con Dios».

Tuvo sus sospechas el señor Vicente de que la visión pudiera ser «un efecto de su imaginación». Por otro lado el señor Vicente, que sí era un gran contemplativo en sentido estricto, no fue un místico en sentido técnico, excepto en este único caso. No se fiaba mucho de la realidad de los fenómenos místicos especiales, y aún menos de su utilidad. Dice a las hijas de la caridad: «Los éxtasis y raptos son más dañosos que útiles». Y a uno de sus misioneros: «Ni Nuestro Señor ni la Virgen tenían esas visiones, sino que se ajustaban a la vida ordinaria». Ambas cosas decía un año antes de tener él su propio rapto y éxtasis. Ni antes ni después de él dejó de ajustarse él mismo a la «vida ordinaria». Pero aunque dudó inicial­mente de la realidad de la visión, terminó por convencerse de que no era falsa. Útil o no útil, lo que ve está ahí. «Y lo que hace pensar que se trata de una visión verdadera es que esa persona (él mismo, pues lo narra como sucedido a un tercero) no se muestra inclinado a ellas y nunca ha tenido más visión que ésta». Si tuvo otras posteriormente no hay manera de saberlo, pues nunca habló de ello ni en público ni en privado. Pero la desconfianza en principio hacia los fenómenos místicos extraordinarios y su opinión de la poca utilidad de tales fenómenos para la vida ordinaria las mantuvo hasta la muerte.

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Ya en 1631 había enviado a Roma el señor Vicente a uno de sus hombres para solicitar la aprobación pontificia de la Congregación de la Misión, cosa que como vimos consiguió tras algunas dificultades en 1633. Unos años después, en 1639, destacó a Roma a otro de sus misioneros, Luis Lebreton, para que consiguiera una aprobación oficial, y obligatoria para todos los miembros de su congregación, de hacer los votos, que hasta entonces se habían hecho de una manera privada y opcional. A los pocos meses de enviar a su hombre se quejaba de que su petición procedía con excesiva lentitud: «Dios mío, qué larga está resultando esta súplica. Le pido, padre, que le meta prisa». Conocía él muy bien la lentitud tradicional en el proceder de la curia romana, pero no podía ni sospechar que esta petición sobre los votos no iba a ver la aprobación romana más que dieciséis años más tarde.

Una segunda intención parecía tener el señor Vicente al enviar a Lebreton a Roma, la de explorar la posibilidad de fundar allí una casa. No consta con seguridad el motivo que le llevó a dar este pasa decisivo para la historia posterior de su congre­gación. Por lo que sabemos parecería que desde su fundación en 1625-1626 Vicente tenía para su congregación misionera una visión limitada a los límites de Francia. Una casa en Roma le ofrecía una buena base para tratar de cerca numerosos asuntos en la curia romana, tal por ejemplo el de los votos, pero podía convertirse además en una ventana abierta al mundo universal. Pero esta visión ensanchada hasta los límites del mundo, que sería con el tiempo su visión definitiva para su congregación, no parece que surgiera en la conciencia del señor Vicente hasta 1640, unos pocos meses después de que enviara a su representante en Roma. El cardenal secretario de Propaganda Fide le había pedido por medio de Lebreton dos misioneros que acom­pañaran a un carmelita descalzo preconizado obispo de Babilonia. Vicente puso unas dificultades que suponían una negativa. E inmediatamente le remordió la conciencia. Después de haber puesto por escrito las dificultades, dice «he ido a celebrar la santa misa… Le he ofrecido a su Divina Majestad nuestra pobre compañía para ir adonde su Santidad ordene». La autorización para fundar la casa de Roma se le dio en 1641 y, efectivamente, este hecho se convirtió en el primer paso de un ritmo casi frenético de expansión para la congregación del señor Vicente por el ancho mundo. Considérese: en 1645 un grupo de misioneros va a Túnez; en 1646, a Irlanda y Argel; en 1648, a Madagascar; en 1651, a Polonia y Escocia. Todo esto sin contar, además del número creciente de casas en Francia, otras fundaciones en Italia, y varios proyectos fallidos de fundar en Dinamarca y Suecia, varios países del próximo Oriente, en América y también en España.

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En cuanto al proyecto de los votos se tuvo que contentar con conseguir una aprobación del arzobispo de París, que sí se le dio de inmediato, pero que no alcanzó del todo el resultado que el señor Vicente quería conseguir. El aspecto dinámico y móvil de su joven congregación atraía con facilidad a elementos del clero que no se creían por un lado con vocación religiosa, y no se contentaban por otro con los proyectos apostólicos de tipo preferentemente sedentario y parroquial que se les ofrecían en aquel tiempo. Pero con cierta frecuencia, perdido el primer entusiasmo, la experiencia de la dureza de la vida ambulante misionera, o los problemas de la vida común y de la obediencia desanimaban a algunos y abandonaban la congregación del señor Vicente con la misma facilidad con que habían entrado en ella. No había en realidad, fuera de su propia conciencia, vínculo alguno que les obligara a permanecer. Pero obvia­mente no podía el señor Vicente resignarse a prolongar esta situación de inseguridad que hacía imposible cualquier tipo de planificación seria de los trabajos de su con­gregación, e incluso la estabilidad de la misma. De manera que después de pensar en diversas soluciones que remediaran el problema, se decidió por los votos para asegurar en lo posible la permanencia de sus misioneros en la congregación. Esta opción creaba otro problema de aparentemente imposible solución. Ni Vicente ni sus hombres pensaron jamás en renunciar a su condición original de sacerdotes seculares. Pero el hacer unos votos parecía convertirles inevitablemente en religiosos, cosa que nadie quería ser en su congregación.

No vamos a narrar los complicados y dilatados avatares de la petición del señor Vicente en la curia romana. Costó mucho tiempo y muchas explicaciones el con­seguir de Roma que aprobara por fin la idea del señor Vicente. Pero ésta ya estaba expresada con toda claridad en la petición que le aceptó y aprobó el arzobispo de París en 1641, y que también acabó aceptando Roma en 1655. Al acabar el segundo año de seminario interno se harían ante el superior, que escucha pero no los recibe, los votos «simples» de pobreza, castidad y obediencia y el de estabilidad en la congregación hasta la muerte. No por ello debía ser considerada la congregación como una orden religiosa, ni dejarían sus miembros clericales de formar parte del clero secular.

Esta aprobación del arzobispo no terminó sin embargo con los problemas. Había por un lado entre los que habían ingresado antes de la aprobación quienes no se creyeron obligados a hacer los votos, alegando que cuando habían dado libremente su nombre a la congregación del señor Vicente no se exigía el hacer los votos como condición para ser miembro de ella. Otros siguieron razonando que a pesar de la precaución aprobada por el arzobispo los votos acabarían por convertir a la Congregación de la Misión en una orden religiosa. Y aún había quienes consi­deraban tales votos inválidos por no tener la autoridad episcopal competencia para imponer tal obligación en una compañía que era desde 1633 de derecho pontificio. Había también quienes siguieron creyendo que eran al menos dispensables por la autoridad episcopal, e incluso por autoridades inferiores con privilegios especiales de dispensa, aunque el documento de aprobación establecía claramente que los votos aprobados por el arzobispo «sólo los podría dispensar el sumo pontífice o el superior general» de la congregación. Todo ello contribuyó a que Vicente de Paúl llegara a convencerse de que la aprobación que le dieran en París con facilidad, pues el arzobispo era hermano del señor de Gondy, no le había valido de gran cosa, y que se imponía por tanto seguir trabajando el asunto en Roma. Allí le serían las cosas más difíciles que en París, y eso lo sabía él muy bien. Pero aunque le costó dieciséis años, acabó consiguiendo lo que quería.

(1642)

En 1642 pensó el señor Vicente que, dieciséis años después de fundada la Con­gregación de la Misión, ya con un tiempo de experiencia suficiente de trabajos y modos de vida, que se habían ido «introduciendo en ella poco a poco», no quedaba «más que introducir la práctica de las reuniones o asambleas generales, tal como las suelen celebrar las santas comunidades de la iglesia de Dios». Convocó la primera, que se reunió en San Lázaro el día 13 de octubre de aquel año. No fue general del todo, pues no asistieron los superiores de cuatro casas «bien por la distancia, o porque hace poco que están fundadas, o porque algunos de sus su­periores acababan de ser enviados a dichas casas y no era conveniente que las dejaran tan pronto». En lugar de los ausentes convocó a dos de los firmantes de la original acta de asociación de 1626, los padres Portail y du Coudray, y a otros dos más, uno de los cuales, Renato Almeras, iba a ser su sucesor en el cargo de superior general después de su muerte. Fuera de esos cuatro y del mismo Vicente asistieron otros seis. Un total de once personas como representantes de una con­gregación que contaría entonces algo más de un centenar de miembros.

El mismo Vicente expuso en la sesión de apertura el fin de la asamblea, «que era proceder a la elección del superior general, y para tratar asuntos de gran impor­tancia». Trataron en efecto de varios asuntos importantes, entre ellos de un proyecto de reglas definitivas que él mismo presentó para su discusión. Fue tal el número de enmiendas que le sugirieron al proyecto que se tomó la decisión de nombrar una comisión que siguiera estudiando el asunto una vez terminada la asamblea.

El día sexto de la reunión propuso el señor Vicente el punto delicado de saber si «en algunos casos podría la compañía deponer al superior general», pues en principio el cargo era de carácter vitalicio. La respuesta de la asamblea fue unánime y afirmativa. No sabían los reunidos que con esa respuesta habían allanado el terreno para una sorpresa que les había preparado el señor Vicente. Cuatro días después, al final de la sesión de la tarde, el padre Vicente se puso de rodillas, y les suplicó «con gran insistencia que procedieran a la elección de otro superior general». Se empeñó en hacerles ver su poca capacidad para gobernar la congregación, pero no le hicieron ningún caso, y le respondieron que no podían «elegir otro superior mientras viviera el que el mismo Dios había elegido». Lo cual, el haber sido elegido por Dios, nunca se lo habían oído decir al mismo señor Vicente. Pero lo podían haber deducido fácilmente de su idea, que sí le habían oído decir muchas veces, de que la Congregación de la Misión no era fruto de ningún plan ni designio premeditado de su parte, sino de Dios mismo, quien paso a paso había ido indicando a través de los acontecimientos lo que quería que hiciera su siervo Vicente. Este no había hecho más que tratar de responder fielmente, después de madura consideración para estar seguro de cuál era la voluntad de Dios, a lo que Dios quería de él. Recuérdese que, por ejemplo, en 1624, en lugar de lanzarse ardorosamente a fundar, se fue a hacer en la soledad unos largos ejercicios espirituales para intentar ver con claridad si la idea venía de Dios o bien del diablo, quien posiblemente actuaba a través de sus vivos deseos de hacerse fundador y famoso.

Insistió en su renuncia, pero no le valió de nada. Acabó por resignarse «protestando que era el primer acto de obediencia que hacía a la compañía», él, que había sido hasta entonces la única autoridad en ella. Pero a él mismo se debió una iniciativa que iba a moderar en adelante el ejercicio de su propia autoridad. Pidió que le eligieran dos consejeros, cuyo oficio sería asesorarle en las funciones de gobierno y «avisar a la compañía del mal comportamiento del general en caso de que se vieran obligados a ello», cosa que ambos prometieron bajo juramento. El primer elegido fue Antonio Portail, al que el señor Vicente había conocido como joven clérigo en los lejanos años de Clichy, y que había sido desde entonces, y lo iba a ser hasta la muerte de ambos en 1660, su brazo derecho sobre todo en asuntos relativos a su propia compañía y a la de las hijas de la caridad.

No había ni asomo de retórica teatral en el Vicente que se pone de rodillas delante de los representantes de la compañía que él mismo había fundado y se declara incapaz de dirigir. No se descubre ni rastro de retórica en ningún aspecto del carácter de aquel campesino que comenzó su vida cuidando cerdos y ovejas, como él mismo solía decir, que había llegado a ser sacerdote por motivos no del todo rectos, pero que luego enderezó sus ambiciones juveniles para encontrar un camino de dedicación a gentes humildes, dedicación que acabaría por darle una gloria en la que él nunca pudo ni soñar. No había retórica. Había humildad, y nada más. Una humildad que le hacía reconocer su incapacidad para llevar a cabo todas las posibilidades de empresas que Dios mismo había puesto en sus manos toscas. Qué diferente es este Vicente de 62 años no ya del joven sacerdote recién ordenado a los veinte años, sino incluso del que a la edad de 45 firma con los Gondy un contrato para fundar un grupo misionero y se autonombra superior del grupo a quien los que eventualmente se asocien deberán obedecer. A los 45 años aún veía él muy claro lo que quería y lo que podía, y estaba seguro de poder inspirarlo e imponerlo a otros.

Pero los años y la gracia le han enseñado mucho. Y él, espíritu siempre despierto, ha ido aprendiendo que para llevar a cabo las obras de Dios, incluso obras grandes, Dios podía muy bien, si así le placía, servirse de él; pero que él, Vicente, no le era a Dios imprescindible en manera alguna. Ni él ni su misma congregación, la obra de su vida en cuya fundación, crecimiento y mantenimiento tantas energías e ilusiones llevaba invertidas, y de la que escribe tres meses antes de celebrarse su primera asamblea general: «Todos los días pido a Dios que nos aniquile si no le servimos según los planes que El tiene sobre nosotros».

(1643)

Este hombre, que se considera incapaz de dirigir una de las obras que él mismo ha fundado, se encuentra unos meses después solicitado por las más altas autoridades para dirigir y orientar otras obras vitales no ya sólo para la iglesia de Francia sino para Francia misma. El 14 de mayo de 1643 moría Luis XIII. Vicente se encontraba entre el pequeño grupo de privilegiados testigos asistentes a la muerte. Estar en la muerte de un rey, y además llamado por él mismo a sugerencia de la reina, era una señal inequívoca de que el campesino gascón había llegado en términos de consi­deración social mucho más alto de lo que podía haber soñado jamás. Llegó más alto, ciertamente, de lo que podía haber soñado en su juventud. Pero lo que más importaba era que había llegado no por caminos de su propia elección sino por los extraños y nunca de antemano imaginables caminos de Dios. La sugerencia de Ana de Austria no se fundaba en la necesidad de la presencia del señor Vicente como sacerdote. E1 rey contó hasta el último momento con la asistencia del capellán, el jesuita padre Dinet, y de al menos dos obispos. De modo que por lo que se refiere a los sacramentos, que el rey recibió con extrema y sincera devoción, el señor Vicente no era necesario en modo alguno. Lo que movió a la reina a llamarle junto al lecho de su esposo fue la calidad espiritual de nuestro hombre, que ella conocía de primera mano y apreciaba desde hacía varios años.

Resuelta, pues, por otros hombres la cuestión de los sacramentos, el rey planteó directamente al señor Vicente la cuestión aún más importante de cuál había de ser la actitud del verdadero cristiano ante la muerte. Y éste le contestó con lo que era desde hacía años su propia actitud no ya sólo ante la muerte, sino ante la vida también: «Señor, el total sometimiento a la voluntad de Dios. Esa fue la actitud de Jesucristo, que en el momento de la agonía exclamó: Hágase tu voluntad, y no la mía». Así lo hizo el rey, y murió con una muerte que al día siguiente describía el señor Vicente como la muerte «más cristiana que he visto desde que estoy en la tierra».

Pero unos pocos días antes de morir le había dejado Luis XIII una especie de regalo a manera de testamento que le resultó ser una de las cruces más pesadas que tuvo que soportar en su vida. De los muchos trabajos que cayeron sobre sus hombros sin él buscarlos sólo se quejó de dos a lo largo de su larga vida: de ser director de los monasterios de la Visitación de París y de lo que le vino encima como resultado del «testamento» de Luis XIII. Mientras el trabajo de la Visitación le acompañó durante 38 años hasta su propia muerte, el del rey sólo le duró diez años. Pero cuando se le acabó Vicente dio profundas muestras a diversas personas del alivio que sentía al verse libre de él, y de gratitud a Dios mismo.

Sin embargo sólo se podía deber a una inspiración de Dios que el rey le pidiera un mes antes de morir una lista de sacerdotes que Vicente, dado el conocimiento que tenía de lo mejor del clero a través de las Conferencias de los Martes, con­siderara dignos de ser nombrados obispos. Y que ya más cerca de la muerte le dijera: «Señor Vicente, si recupero la salud todo el que vaya a ser obispo tendrá que pasar antes tres años en San Lázaro». No se recuperó, y no pudo por ello cumplir lo prometido. Pero Ana de Austria recogió el encargo de su esposo difunto. Y aunque no exactamente de la manera que había imaginado el rey, acabó poniendo en manos del señor Vicente la selección de buena parte de una de las mejores generaciones de obispos que ha tenido la iglesia de Francia en su historia.

Cualquiera podría advertir que un tal papel debería haber supuesto para Vicente algo así como la coronación de la obra que había empezado en enero de 1618 con la evangelización del mundo campesino. Sólo faltaba por añadir a ésta, y al posterior trabajo de formación de un competente clero parroquial, una política adecuada de selección de obispos para que la reforma de la iglesia de Francia estuviera diseñada, y aun ejecutada, en sus líneas fundamentales. ¿Por qué le resultó tan incómodo al señor Vicente el ocuparse de este tercer paso, por qué no lo quiso para sí, por qué no pudo disimular las ganas de no ocuparse de él, por qué se alegró tanto cuando dejó de ser competencia suya? Su participación en el Consejo de Conciencia, de la que hablaremos enseguida, le resultó molesta por todo lo que llovió sobre él por ser miembro del Consejo: calumnias, presiones de gentes importantes, intentos de soborno, enemistades del primer ministro, Ma­zarino, con el que hasta entonces se había entendido muy bien. Pero el señor Vicente nunca se echó atrás por nada que se pusiera en su camino si él pensaba que era el camino que Dios le señalaba. Cuando se ve al señor Vicente, como se suele hacer, sobre todo y en primer lugar como una de las figuras claves de la reforma de la iglesia francesa en tiempos de la contrarreforma, cosa que sin duda fue, resulta desconcertante su actitud de no querer participar en un trabajo como la selección y la reforma del episcopado, reforma imprescindible, y tal vez la fundamental, para una adecuada reforma de la iglesia toda.

Pero Vicente de Paúl no fue propiamente ante todo un reformador. Fue un evan­gelizador. No es la suya, ya se dijo arriba, una visión como la de Ignacio de Loyola, que busca reformar la sociedad y la iglesia desde arriba, con la formación de líderes de sociedad y de iglesia. A Vicente de Paúl le ha caído en suerte, o providencia, el anuncio del evangelio, el «hacer efectivo el evangelio», como solía decir, entre las gentes humildes y el bajo clero que les atiende. No se plantea la cuestión de si la sociedad y la iglesia se irán reformando evangélicamente hacia arriba a partir de los estratos inferiores a los que se dedican él mismo y las gentes movilizadas por él. Ciertamente parece creerlo así. El mismo, perteneciente en su edad adulta por clasificación social a la clase dominante, confiesa en su ancia­nidad haber aprendido de los pobres lo que es el verdadero evangelio: «Los pobres me han evangelizado». De todas maneras, él sólo se sintió llamado a reevangelizar el mundo desde el lugar en que empezó a evangelizarlo su modelo Jesucristo: las gentes humildes y el clero llano. No es la suya una misión como la de Berulle o la de san Francisco de Sales, inspiradores de altísimas y refinadas espiritualidades y de espiritualidades para gentes refinadas. Tampoco se siente llamado a la for­mación de líderes de la iglesia. Lo suyo es dedicarse a dar el pan y la palabra de Dios al «pobre pueblo que se condena y se muere de hambre».

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No había pasado un mes desde la muerte de Luis XIII cuando Ana de Austria, regente durante la minoría de Luis XIV, nombró al señor Vicente miembro del Consejo de Conciencia. Así reaccionó éste ante su nombramiento: «Nunca he sido tan digno de compasión como lo soy ahora, ni he tenido nunca tanta necesidad de oraciones como al presente por el nuevo cargo que me han dado. Espero que no ha de ser para mucho tiempo». No son los diez años que duró en el cargo mucho tiempo en el conjunto de una vida que duró ochenta. Pero la participación en el Consejo le planteó los problemas más difíciles en una vida llena de otros muchos problemas y dificultades. No nos dice él expresamente qué hay en su nombramiento que le haga digno de compasión. De manera que ha de adivinarse, y lo acabamos de sugerir. Vicente veía su nuevo cargo como algo que iba a hacer más difícil una dedicación plena a las varias obras ya en marcha, e iba a interferir en la trayectoria de su vocación personal. La otra razón posible que se suele dar, los conflictos que le planteó el cargo y la enemistad que acabó mostrándole Mazarino por su participación en él, se podían tal vez prever en el tiempo de su nombramiento en 1643, pero no tuvieron lugar en realidad hasta unos años después. En el momento de su nombramiento las relaciones personales de Vicente con Mazarino eran tan buenas como para que sólo algo más de un año antes, y antes también de que Mazarino sucediera a Richelieu como primer ministro en diciembre de 1642. Vicente le debiera a Mazarino el gesto amigo de una carta de recomendación en favor de la casa de su congregación en Roma ante el cardenal Antonio Barberini, sobrino del papa y personaje muy influyente en la curia romana. Biógrafo ha habido que cree poder afirmar, sin que sepamos en qué basa su afirmación, que Vicente le devolvió con creces el favor influyendo ante Ana de Austria para que Mazarino fuera nombrado primer ministro a la muerte de Richelieu.

Desde la muerte de su esposo Ana de Austria consideró a Vicente consejero para los problemas de su propia conciencia personal, aun sin darle oficialmente el título de capellán real o de director espiritual. Pero no era de eso de lo que se trataba en el Consejo de Conciencia, sino de todos los muchos asuntos eclesiásticos sobre los que tenía jurisdicción en aquel tiempo la autoridad real. Destacaba entre ellos como principal el nombramiento de obispos, concesión hecha en concordato por la sede pontificia a la monarquía francesa. Todos los asuntos eclesiásticos, y en particular éste, tenían un marcado aspecto político debido a la fuerte asociación entre las estructuras civiles y las religiosas típica de la Europa cristiana durante muchos siglos hasta por lo menos los tiempos de la revolución francesa. Fue éste precisamente el punto de fricción que hizo saltar la chispa que empezó a agriar las relaciones entre el señor Vicente v Mazarino.

El señor Vicente, lo sabemos por propia confesión posterior, se limitó en los asuntos del Consejo a exponer opiniones y dar su voto únicamente «en las cosas que miran al estado religioso y al de los pobres», sin más criterios que los que eran ya muy suyos a la edad de 63 años: la gloria de Dios, el bien del pueblo. Pero Mazarino, aunque hombre de iglesia como clérigo en órdenes menores y cardenal que era, era también el primer ministro del reino. Como tal estaba sometido a mil presiones de los poderosos, que por ejemplo esperaban obispados para sus segundones aunque fueran palmariamente indignos o menores de edad, y por otro lado se sentía tentado a usar su poder en cuestiones eclesiásticas como palanca útil de gobierno interior y aun exterior. Como consejero hábil de Richelieu había sido recomendado por este mismo antes de morir como su sucesor en su puesto de primer ministro. La dificultad que hubiera supuesto para ello su nacimiento italiano fue resuelta en parte con su nacionalización como ciudadano francés. Pero fue resuelta del todo con el alto aprecio, y algo más, que le cobró muy pronto Ana de Austria. Mazarino era un hombre de suaves maneras adquiridas en una carrera diplomática de éxito, apuesto, tan dedicado enteramente y sin reservas como su mentor Richelieu a aumentar la gloria de la monarquía francesa. De paso también se dedicó a aumentar hasta límites increíbles su propia fortuna y la de sus sobrinos y familiares.

A pesar del buen entendimiento inicial de nuestros dos hombres, había motivos para que Mazarino empezara a mirar con cierta suspicacia al señor Vicente desde que comenzó a funcionar el Consejo. Mazarino continuó decididamente la política internacional de su predecesor, mientras que alrededor de la reina merodeaban personas de alta calidad afines en sus miras a las del «partido devoto». Coincidía que todos ellos eran amigos del señor Vicente, v algunos de ellos, por ejemplo el antes señor de Gondy y desde hacía años padre de Gondy del Oratorio, muy amigos. Con razón o sin ella. Mazarino se obsesionó con la idea de que todo este círculo devoto se valía de la persona del señor Vicente para transmitir a la reina quejas de diversos tipos contra su primer ministro. A esto se añadió la firme resistencia que Mazarino encontró en Vicente siempre que el primero proponía al Consejo algún nombramiento que el señor Vicente no podía aceptar en conciencia.

En este último aspecto Vicente de Paúl se mostró inflexible. Este hombre, tan obsequioso en sus maneras cuando se dirigía a los grandes, no les tenía ningún miedo cuando estaba en juego algún bien que él consideraba de más valor que la grandeza humana. En el fondo tampoco sentía excesiva estima por tal grandeza. Conocía de primera mano su fragilidad detrás de las imponentes apariencias, y de ella escribía en una ocasión: «No hay nada seguro en las cosas que dependen de los grandes». Y en otra: «No es en el Louvre (el palacio real) ni entre los príncipes donde Dios pone sus delicias». De manera que Mazarino se empezó a cansar de las resistencias del señor Vicente, y fue espaciando las convocatorias de reunión del Consejo hasta terminar por suprimirlas del todo. Cuando se le comunicó ofi­cialmente su cese como miembro del Consejo, Vicente no pudo disimular el profundo alivio que ello le producía. Pero a nadie se le ocultó la verdadera razón del cese. Madame de Motteville, cronista no oficial pero muy fidedigna de los hechos de su tiempo, nos asegura que fue cesado porque el señor Vicente «no se doblegó, hombre de una pieza que jamás soñó en ganarse las buenas gracias de las gentes de la corte». (Col]. Michaud, 2e serie, t. X, 66).

Pero aún hubo otro enfrentamiento entre los dos mucho más duro y más personal unos años después. En él, lo veremos, Vicente se mostró una vez más consecuente con su carácter y con su misión. Respetuoso con los grandes, como lo pedían las ideas y las maneras del tiempo, pero aún más respetuoso con lo que él creía ser la voluntad de Dios y el bien del pueblo pobre de Francia.

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Al mes justo de la muerte de Luis XIII, y a los pocos días de ser nombrado miembro del Consejo de Conciencia, hablaba el señor Vicente a las hijas de la caridad sobre algunos aspectos de la que debía ser su forma de vida. Les animaba a confesar y comulgar «los domingos y fiestas principales, y no con mayor fre­cuencia sin permiso del director», siguiendo al decir esto una norma y costumbre que era en aquellos tiempos común incluso en los conventos de clausura. Suponía, y se lo dice, que habría algunas entre ellas que desearían comulgar más a menudo, pero no sólo no les anima a hacerlo sino que les sugiere que se mortifiquen y se atengan a lo que les ha dicho. Y les añade: «Las comuniones muy frecuentemente han sido causa de grandes abusos, no ya a causa de la santa comunión, sino por las malas disposiciones que a veces se tienen». No podía ni sospechar, mientras hablaba, que unas semanas después iba a llegar a sus manos un libro que parecía decir lo mismo que él estaba diciendo a sus jóvenes de la caridad, libro contra el que Vicente sin embargo se creyó obligado a luchar con toda su fuerza. Se titulaba La comunión frecuente y su autor se llamaba Antonio Arnauld. La primera edición del libro empezó de inmediato a correr de mano en mano y se agotó en dos semanas. Tuvo otras tres ediciones en menos de seis meses. En suma, que se constituyó en libro de moda. No era una novela, no era un ataque contra nadie, y por eso sorprenden más el ruido que hizo y su éxito inicial. No era aparentemente más que un estudio muy erudito que trataba de lo que decía el título según «las opiniones de los Padres de la Iglesia, de los Papas y de los Concilios». O sea, un asunto muy poco atractivo para el gran público, incluso poco atrayente para el público normal devoto, de interés más bien para teólogos profesionales.

Pero a pesar del entusiasmo con que fue recibido en amplios círculos, al señor Vicente no le gustó nada el libro, no le gustó el autor, ni le gustaba lo que el autor representaba. Del autor dice que ha escrito el libro siendo aún «un joven sin experiencia ninguna en la dirección de las almas». Había conocido Vicente personalmente a Arnauld en unos ejercicios que éste había hecho en San Lázaro, ejercicios de los que Arnauld quedó muy poco satisfecho por parecerle flojo en contenido teológico el alimento espiritual que en ellos se impartía. En cuanto a lo que representaba su obra, Arnauld pretendía aplicar en su libro las ideas sobre la gracia y la penitencia ya bastante conocidas por entonces por la teoría y la práctica de Saint Cyran y el libro de Jansenio. Saint Cyran lo leyó con mucho entusiasmo unos meses antes de morir, y creyó encontrar en el libro una justificación de algunos aspectos de su doctrina en los que él consideraba que había sido injus­tamente mal entendido y aun calumniado.

Fue Arnauld lo suficientemente sutil, cualidad que mostró hasta el final de su vida, como para que no se supiera con seguridad si lo que pretendía era animar a la gente a ser tan pura como los ángeles de manera que siempre se fuera digno de comulgar, o más bien exponer unas exigencias tales de pureza que desanimaran incluso al devoto sincero y le alejaran de la comunión. Siendo realista no se puede esperar que nunca nadie se sienta tan puro, ni aún menos que lo sea de hecho, como para que se le considere digno de recibir el «pan de los ángeles». De manera que es mucho más fácil, y más consecuente, dejar de recibir la comunión o al menos diferirla largamente o incluso hasta el mismo lecho de muerte. Esto fue de hecho lo que sucedió, según el señor Vicente, quien atribuye a la influencia del libro de Arnauld el notable descenso en el número de comulgantes que se dio en algunas parroquias de París.

Tampoco al señor Vicente le gustaba nada que la gente recibiera la comunión distraídamente, por costumbre y sin siquiera intentar una reforma de malas cos­tumbres. A esto se refiere sin duda cuando advierte a las hijas de la caridad que las malas disposiciones eran causa de muchos abusos en relación a la recepción de la eucaristía. Pero el libro de Arnauld era muy otra cosa; suponía una exigencia de tal pureza y espíritu de penitencia que prácticamente excluía el que nadie se atreviera ni a acercarse a la comunión. Excepto tal vez el señor Arnauld, de quien Vicente hace la sarcástica observación de que aunque exige para comulgar «unas disposiciones tales que ni san Pablo se hubiera atrevido a comulgar, no deja de jactarse en varios lugares del libro de que celebra misa todos los días». Nunca fue amigo el señor Vicente de lo que en la dialéctica clásica se califica como argumento ad hominem, la descalificación de las razones del adversario por la descalificación de la persona del adversario. Pero en este único caso no se pudo contener. El argumento se le escapó de la pluma. Pero es que el gran Arnauld, como se le calificaría posteriormente, espíritu que se pasaba de listo en sus razones, se prestaba a maravilla para descalificaciones de este tipo.

No vamos a describir aquí los avatares de una larga vida de escritor extremadamente prolífico, la pluma más prolífica y más cultivada, junto con la de Pascal, al servicio del movimiento jansenista, vida que terminó en un largo y amargado autoexilio. Pero sí diremos un detalle sobre el comienzo de su vida, muy revelador del carácter del hombre. Era muy joven y estaba aún en sus estudios de doctorado en teología. Se presentó a Saint Cyran estando éste aún en prisión para pedirle expresamente que le aceptara como su dirigido y discípulo. Aceptó Saint Cyran no sin antes hacerle notar un cierto aspecto de orgullo en su personalidad que necesitaba co­rrección y moderación. No aprendió el joven Arnauld gran cosa de esta primera lección. Saint Cyran le dijo, con su tono habitual de franqueza vasca un poco ruda: «La dignidad doctoral te ha ofuscado como la belleza ofuscó a los dos ancianos».

Pero no era ningún rasgo personal del autor lo que interesaba al señor Vicente, sino otros dos aspectos. El primero, más importante desde el punto de vista objetivo, se refería a la posible heterodoxia del libro, que aunque se presentaba como una exposición de la doctrina tradicional de la iglesia sobre la comunión, no era en realidad más que una aplicación muy hábil de los principios teológicos de Jansenio a la recepción de los sacramentos de la eucaristía y la penitencia. El segundo tal vez fuera más importante, por lo menos en cuanto afectaba profundamente al señor Vicente en la misión de su vida. Si se tomaban en serio las ideas de Arnauld resultaría que comunión y penitencia quedarían reservadas a un grupo muy limitado de aristócratas del espíritu. Pero, en contra de toda doctrina elitista, el señor Vicente está convencido de que «Dios es tan bueno que todos los cristianos pueden, con la gracia de Jesucristo, realizar su salva­ción». Esta es la convicción profunda que ha hecho de él un hombre entregado en cuerpo y alma a trabajar entre campesinos olvidados, galeotes condenados, niños abandonados por todos. Todos estos necesitan, tanto como el pan, la eucaristía y el perdón de los pecados. Pero el libro de Arnauld se los convierte en inaccesibles, y sólo los deja al alcance de él mismo, Arnauld, de algunos de sus amigos espirituales y de las más perfectas de entre las monjas de Port­Royal. También él, Vicente, los necesita tanto como los necesitan los pobres. Pero, de hacer caso al gran Arnauld, confiesa «con franqueza que no sólo renunciaría para siempre a la santa misa y a la comunión, sino que hasta sentiría horror de este sacramento.»

(1644)

Las cartas de Luisa de Marillac en los comienzos de 1644 muestran, a vueltas de varios asuntos que se tratan en ellas, la acostumbrada solicitud por la salud del señor Vicente. «Tenga usted cuidado de su propio cuerpo -le escribe el 14 de enero- como lo tendría del de un pobre». Y unos días después: «Se curaría pronto del resfriado si se acostara un poco más temprano por la noche, pues el trabajo excesivo y el estar levantado calientan la sangre». Sólo dos muestras de la pro­longada preocupación que mostró Luisa por la salud de nuestro hombre, preocu­pación que hizo de ella una especie de enfermera que imparte con generosidad diagnósticos y recetas por correspondencia. De manera que del conjunto de los numerosos consejos que le envía se podría extraer una visión bastante completa de los conocimientos y prácticas de enfermería de la época. Sólo que los cono­cimientos de Luisa de Marillac, más o menos acertados si se les mira desde hoy, están siempre, como se diría hoy, al día, e incluso muy al día. En una ocasión le recomienda con mucha fe y mucho entusiasmo el ingerir buenas dosis de té, que es excelente, le escribe, para abrir el apetito. El té había sido introducido un poco antes en Francia por el canciller Seguier, amigo del señor Vicente, cuya esposa era, como se vio arriba, dama de la caridad y muy amiga de Luisa de Marillac.

Por su parte, el señor Vicente habla con frecuencia del estado de su salud en sus cartas a varias personas, a Luisa de Marillac en particular, a la que suele informar del resultado, no siempre muy feliz, de sus diagnósticos y consejos. No era en modo alguno un carácter hipocondríaco obsesionado por males reales o imagi­narios. Parecería más bien por el conjunto de su correspondencia que era en aquellos tiempos hasta de buen tono el añadir a otras noticias las noticias de la propia salud. El habla sin ningún complejo ni inhibición de su salud personal y de la salud de los que le rodean. Pero mientras para la salud de los que le rodeaban tuvo siempre una solicitud casi maternal, consigo mismo fue más bien duro, aunque no des­cuidado o imprudente, y a veces muy duro. Rara vez, excepto en las últimas semanas de su vida, fue la enfermedad un motivo para que redujera la presión diaria de sus ocupaciones y preocupaciones. La enfermedad fue para sí mismo como hombre de fe una manera privilegiada, aunque dolorosa: de seguir a Jesucristo en su camino de sufrimientos. Fue a la vez la ocasión de revelar sin pretenderlo algunos de los aspectos más profundos v delicados de la sensibilidad de aquel hombre que podía muy bien haber sido rudo por las circunstancias de su nacimiento y educación infantil. Pero no era rudo en manera alguna, sino que estaba dotado de una sensibilidad, aunque totalmente varonil, fina y hasta casi exquisita. La mostraba sin poderse contener en su solicitud en las enfermedades de los demás, y también en las suyas propias, aunque no consigo mismo. En una ocasión en que el médico había recetado para su ojo enfermo la sangre caliente de un pichón vivo, Vicente, que siempre practicó y enseñó la obediencia a los médicos, incluso se la enseñó a Luis XIII en los días de su agonía, no pudo avenirse a que se practicara en favor de su propia salud un remedio que exigía el sacrificio en carne viva de un ser, aunque irracional, inocente.

En el otoño de 1644, a los 64 años de edad, el estado de salud de nuestro hombre parecía ser bastante bueno. Había hecho un viaje a Richelieu para visitar la casa de su congregación. Escribe a París varias cartas en las que incluye, como de costumbre, una breve noticia sobre su salud. «Bastante buena», dice el día 14 de octubre. El mismo día, en otra carta: «Llegué ayer por la tarde bastante bien. No me queda más que un dolor de muelas, que ya va disminuyendo». Al día siguiente: «Espero salir el lunes para Fontainebleau, si me lo permite mi ligera enfermedad». Seis días después, el 21: «Me encuentro bastante bien, gracias a Dios». Pero entre el 11 de noviembre, fecha en que aún vivía Antonio Dufour, misionero de su congregación, y el 11 de diciembre, en que tuvo Vicente una charla con las hijas de la caridad, estuvo tan grave que se temió que acabaría en la tumba. Pero aún iba a vivir otros 16 años, los más fructíferos de su larga vida. El que se curara en esta ocasión no se debió a ningún remedio extravagante del tiempo sino a un hecho misterioso que Abelly nos relata como vamos a ver. No hay razón ninguna, como no sea la de un extremado racionalismo, para dudar de que lo que nos cuenta sucedió exactamente como él nos lo cuenta.

Estaba Vicente, como decíamos, muy grave, sin que sepamos cómo o más bien de qué. Todo el mundo a su alrededor se temía que aquello iba a ser el fin. El señor Vicente estaba en San Lázaro, el padre Dufour en el colegio de los Buenos Hijos, donde daba clases. «No puede imaginarse -escribe Vicente el 11 de no­viembre- cuánto le bendice Dios en este trabajo, ya que les gusta mucho a los seminaristas». Era Dufour un joven sacerdote recién ordenado y con sólo cinco años escasos de pertenencia a la congregación del señor Vicente. Cayó enfermo de levedad días después, a la vez que Vicente, y se le ocurrió ofrecer su vida a Dios a cambio de la del fundador. Empezó a empeorar rápidamente y el señor Vicente a recuperarse. Una noche se oyeron tres golpes suaves en la puerta de la habitación de Vicente. Los oyeron distintamente lo mismo Vicente que los que le velaban. Pero abierta la puerta no vieron a nadie fuera de la habitación. Vicente creyó comprender lo que aquello significaba, un anuncio discreto de la muerte de Dufour, e hizo que se rezara por él el oficio de difuntos. Efectivamente, Dufour acababa de fallecer. Vicente se recuperaría pronto, de modo que pudo volver a su ritmo habitual de trabajo. Días después, el 11 de noviembre, lo encontramos dando a las hijas de la caridad su charla de costumbre.

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Se podía haber muerto en paz a los 64 años, y ya hubiera sido la suya en conjunto una vida plenamente meritoria. La mera enumeración de los cargos, fundaciones y trabajos que tenía entre manos a esa edad hubiera sido suficiente para hacer que su nombre pasara a la posteridad. Recordemos brevemente: desde 1617 es creador y animador de numerosas cofradías parroquiales de la caridad dentro y fuera de París; desde 1618 ha sido un activo misionero rural, trabajo al que comienza a asociar un número creciente de sacerdotes y hermanos a partir de 1626 con la fundación de la Congregación de la Misión; es capellán general de las galeras desde 1619; desde 1622 es director del primer monasterio de la Visitación de París, cargo que se extiende a los otros tres que se fundarán posteriormente en la misma ciudad; desde 1633 dirige y anima la pequeña compañía de las hijas de la caridad; también anima las Conferencias de los Martes con el clero de París, obra que se irá extendiendo luego por otras diócesis de Francia: al año siguiente, 1634, funda la cofradía de las damas de la caridad del Hotel-Dieu; en 1636 funda en la Lorena una casa que iba a ser la base de una campaña de gran envergadura de ayuda a los damnificados de la guerra, campaña que se extendería luego a la Picardía, siendo éste un tipo de actividad que, en una región u otra, incluyendo el mismo París, no dejará de ocuparle prácticamente hasta su muerte; a partir de 1638 comienza a organizar la asistencia a los niños abandonados.

A estas actividades que ocuparon los días de su vida hasta la misma muerte habría que añadir otros trabajos que vinieron a añadirle otras preocupaciones, tal su participación durante diez años en el Consejo de Conciencia, intervenciones oca­sionales solicitadas por las diversas autoridades en casos de reforma de monasterios, reforma de costumbres, asuntos variados de política civil y religiosa. Su inter­vención era muy a menudo personal, lo que le obligaba a viajes, reuniones fre­cuentes, entrevistas. Pero más que nada este panorama de actividad casi frenética le obligaba a escribir cartas. Se calcula que en los últimos treinta años de su vida escribió unas 30.000. Este era un trabajo constante que no podía dejar ni delegar. Si se descuidaba por razón de viaje, o de otras actividades, rápidamente se amon­tonaba sobre la mesa y creaba problemas en la apretada agenda de trabajo. Vicente trataba de resolverlos quitando hora, al sueño de la noche, v asociando a este trabajo primero a un hermano experto escribano, y luego a dos. Aun así de vez en cuando sus corresponsales se quejan de la lentitud del señor Vicente en responder a las cartas.

Pero no se podía razonablemente pedirle más o esperar más de él. Si se ve el volumen de su actividad en una mirada de conjunto hasta la edad de 64 años asusta por su carácter casi sobrehumano. Podía pues haber muerto en paz en 1644, y jubilarse así por toda la eternidad. Pero Dios no lo llevó consigo cuando su siervo Vicente estuvo a punto de morirse. Le dejó vivir otros 16 años que iban a ser aún más trabajosos que los años anteriores. Porque a partir de 1645 Vicente levanta sus ojos más allá de los límites de Francia y empieza a extender su mirada por el ancho mundo.

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