Ser vicenciano. Ser formador

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Robert P. Maloney, C.M. · Traductor: Teodoro Barquín, C.M.. · Año publicación original: 1999 · Fuente: Vincentiana.
Tiempo de lectura estimado:

Nuestras Constituciones definen el fin de la Congregación de la Misión no como una ocupación particular y específica, como por ejemplo, dar misiones populares, o dirigir seminarios, o trabajar en las misiones «ad gentes«, sino más bien como un camino, una peregrinación, un viaje: el seguimiento de Cristo como Evangelizador de los Pobres. Nuestras vidas, bien como individuos o bien como entidad colectiva, deberían tener ese fin directivo. Este fin, añade el primer artículo de las Constituciones, tiene tres realizaciones; es decir, la Congregación está de verdad viva cuando sus miembros:

  1. procuran con todas sus fuerzas revestirse del espíritu del mismo Cristo (CR I, 3), para adquirir la perfección correspondiente a su vocación (RC XII, 13);
  2. se dedican a evangelizar a los pobres, sobre todo a los más abandonados;
  3. ayudan en su formación a los clérigos y laicos y los llevan a una participación más plena en la evangelización de los pobres.

En el pasado, he escrito sobre cada una de estas realizaciones del fin de la Congregación. En este artículo, ofrezco algunas reflexiones adicionales sobre la tercera. Siguiendo una metodología que he utilizado con frecuencia, procederá así:

I. La formación en la vida y en los escritos de San Vicente
II. El contexto cambiante y algunas llamadas interpelantes en la actualidad
III. El vicenciano hoy como formador

I. La formación en la vida y en los escritos de San Vicente

Los historiadores han destacado frecuentemente las habilidades organizativas de San Vicente. Sin embargo, no fue un mero organizador; fue un formador de los grupos y personas que reunía. De hecho, las cartas, documentos y conferencias de los catorce volúmenes de sus obras existentes se dirigen, en su mayor parte, la formación de aquellos a quienes Vicente había reunido para el servicio de los pobres.

A continuación, con algunos breves comentarios, presento una lista de algunas de sus principales actividades de formación.1

  • Los hijos del señor Comet

En 1595, Vicente fue a Dax para estudiar en el Collège des Cordeliers. Mientras estudiaba lectura, escritura, gramática y latín como preparación para sus estudios de teología, supo captarse la atención del Señor de Comet, un abogado de la Corte Judicial en Dax, que invitó a Vicente que fuese el tutor de sus hijos. De esta manera, a la temprana edad de 14 ó 15 años, Vicente empezó, en cierto sentido, su carrera de maestro y formador.

  • La academia en Buzet

Dos años después, se fue a Toulouse para empezar sus estudios de teología, donde permaneció siete años. Cuando sus recursos fueron disminuyendo, se dedicó a la enseñanza en una pequeña academia para chicos en Buzet, un pueblo a unas 21 millas de Tolosa. Allí se ganó la fama de ser un excelente maestro y debido a su popularidad consiguió trasladar dicha academia a la misma ciudad de Tolosa, donde continuó instruyendo muchachos hasta que terminó sus estudios.

  • Clichy

Durante sus 16 meses como párroco de Clichy, en 1612-13, Vicente se dio perfecta cuenta de la necesidad de ofrecer una formación más adecuada a los candidatos al sacerdocio. Abrió una escuela donde comenzó a dar formación a una docena de jóvenes que deseaban ser sacerdotes. Entre ellos se encontraba su futuro y fiel compañero, Antonio Portail. Ya por entonces, era manifiesto el interés de Vicente por la formación del clero.

  • La familia De Gondi

Hacia el año 1613, la familia de Gondi contrató a Vicente para ser tutor de su hijo Pedro. Vicente tuvo la total responsabilidad de su formación intelectual, moral y religiosa. También estaba encargado de todo el personal de la casa, a quienes dio instrucción religiosa. Además, enseñó el catecismo y evangelizó a los pequeños agricultores de las propiedades de los De Gondi. Al mismo tiempo, se fue el director espiritual de Madame De Gondi. En un sermón, predicado probablemente en este período, Vicente habló de la «gran utilidad»2 del catecismo en la formación de los otros.

  • Folleville

Todos conocemos la historia de la conversión de un campesino en el lecho de muerte, en 1617, hecho que tuvo gran repercusión para el futuro de Vicente. Éste siempre consideró el sermón que predicó al día siguiente, el 25 de enero de 1617, como el primer sermón de la misión. Lo que importa subrayar en este contexto es que las misiones populares predicadas por Vicente y su comunidad recién fundada fueron una experiencia formativa. La catequesis, o instrucción cristiana básica, jugó un papel muy importante a lo largo de todas las misiones populares. De hecho, al final de su vida, Vicente escribía a un sacerdote de la Misión: «Por lo demás, he sentido mucho saber que, en vez de tener el catecismo mayor por las tardes, ha pronunciado usted sermones en la última misión. No se debe hacer eso: 1º. porque el predicador de la mañana puede estar quejoso de esta segunda predicación; 2º. porque el pueblo tiene más necesidad de catecismo y se aprovecha más de él; 3º. porque al tener este catecismo, parece como si se pudiera honrar mejor la manera con que Nuestro Señor Jesucristo instruía y convertía a las gentes; 4º. porque eso es lo que nosotros practicamos y ha querido Nuestro Señor dar muchas bendiciones a esta práctica, en la que hay más medios de ejercer la humildad».3

Vicente insistía en que hubiera dos sesiones de catequesis todos los días durante la misión, una hacia mediodía («el pequeño catecismo») y otra por la noche («el gran catecismo»).4

  • Chatillon-les-Dombes

Más tarde, en 1617, Berulle pidió a Vicente que se hiciese cargo de la parroquia de Chatillon, porque la negligencia y vida escandalosa del clero local iban preparando el camino para las conversiones al protestantismo. Viendo la pobreza de la gente del lugar, Vicente organizó el primer grupo de Damas de la Caridad. Otros muchos grupos siguieron después. Durante toda su vida, Vicente acompañó a todos estos grupos siendo su principal formador, escribiendo reglas para su gobierno5 y asesorándoles individualmente o en grupo en numerosas ocasiones.

  • Las monjas de la Visitación

Poco antes de su muerte, Francisco de Sales pidió a Vicente que se encargase de la dirección de las religiosas de la Visitación. A partir del 1622, Vicente impartió conferencias regularmente en su monasterio y fue uno de los asesores principales de Juana Francisca de Chantal. Por desgracia, no tenemos ninguna copia de las charlas de Vicente a las religiosas de la Visitación.

  • La Congregación de la Misión

Vicente también impartía conferencias regulares a los miembros de la Congregación de la Misión. Éstas fueron uno de los medios principales para la formación permanente de la comunidad desde su fundación en 1625 hasta la muerte de Vicente en 1660. Se han convertido, junto con las Reglas Comunes que él escribió, en una de las fuentes principales para la herencia de la Congregación a través de los siglos.

  • Las Hijas de la Caridad

A partir de 1633, Vicente también dio frecuentes conferencias a las Hijas de la Caridad como parte de su formación. Muchas de éstas se transcribieron en un modo u otro. Constituyen una de las principales fuentes para comprender la vida, la misión y la espiritualidad de la comunidad. Los elementos principales de las Reglas Comunes de la Hijas de la Caridad también proceden de la pluma de Vicente, si bien fueron finalmente editadas, aprobadas y publicadas por su sucesor, Renato Almerás, en 1672. Vicente habló con frecuencia a las Hijas de la Caridad sobre la necesidad de enseñar el catecismo.6 Él las animó a que abriesen escuelas para las chicas pobres. Multitud de estas «pequeñas escuelas» se abrieron en Francia durante su vida y la de Santa Luisa,7 así como también, una en Polonia.

  • La formación del clero diocesano

Ya he escrito sobre este tema extensamente en otro lugar.8 La labor de Vicente por la reforma del clero incluía retiros a los ordenandos, las Conferencias de los Martes, ejercicios espirituales para sacerdotes y los seminarios. Tuvo una gran influencia en los sacerdotes diocesanos y en los futuros obispos de Francia. Fundó 20 seminarios. Formó parte del Consejo de Conciencia durante una década, asesorando al rey en la selección de los obispos. Muchos de los famosos líderes espirituales de su tiempo participaron en las Conferencias de los Martes que él organizó. Abelly dice que más de 12.000 ordenandos hicieron sus retiros espirituales en San Lázaro durante la vida de Vicente. Otros muchos hicieron los ejercicios espirituales posteriores a la ordenación en San Lázaro y en otras casas de la Congregación.

  • La dirección espiritual

Antes, mencioné a Madame De Gondi y Juana Francisca de Chantal. Inmediatamente, se debe añadir, por supuesto, a Luisa de Marillac. Habo otros muchos ejemplos. Un gran número de cartas de Vicente son, fundamentalmente, dirección espiritual a sus sacerdotes, hermanos, hermanas y amigos.

II. El contexto cambiante y algunas llamadas interperlantes en la actualidad

Desde tiempos de San Vicente han tenido lugar muchos cambios, pero el clamor por ayudar en la formación es hoy tan persistente como lo fue en sus días. Es más, hoy día aún es mayor. Aquí en Roma, en los últimos años, es la llamada que he recibido con más frecuencia. Estas llamadas tienen su propio sabor actual. Significativos factores del tiempo actual han otorgado a estas llamadas un nuevo contexto y contenido.

1. La expansión de la Iglesia en Asia, Africa y América Latina

Durante el pontificado de Pablo VI, el rostro de la Iglesia cambió considerablemente. Por primera vez, la mayor parte de sus miembros se encontraban en el hemisferio sur. Al alba del tercer milenio, las zonas de su crecimiento más rápido se encuentran en Asia, África y América Latina. Esto es lo que Walbert Buhlmann llama «la llegada de la tercera Iglesia».9 En realidad, sólo en el siglo XX, como dijo de Karl Rahner, la Iglesia católica es una «Iglesia universal».10 La mayoría de las comunidades religiosas experimentan este cambio de forma dramática. Las vocaciones hoy son escasas en Estados Unidos y en Europa occidental, donde antes habían sido numerosas. Son numerosas, sin embargo, en Asia, África y América Latina, donde antes habían sido escasas en número.

Muchas cartas que llegan a mi mesa incluyen numerosas llamadas procedentes del hemisferio sur buscando ayuda para la formación. Obispos y superiores provinciales me escriben diciendo que, más que la carencia de recursos materiales, sufren la carencia de personal bien formado y maduro para dar buena formación a sus muchos candidatos. En ocasiones suplican elocuentemente: «¡Si usted pudiera solamente ayudarnos por cinco o diez años, mientras nosotros formamos a nuestros formadores, el futuro estaría bien preparado!».

2. Crisis entre el clero en las «viejas» Iglesias

Muchas congregaciones y diócesis del hemisferio norte experimentaron un periodo de gran crecimiento vocacional a mediados del siglo XX. El número comenzó a descender a mediados de los años 60 y, algunos piensan que actualmente el número se ha estabilizado. En muchas de nuestras provincias, los sacerdotes y hermanos no sólo son menos hoy que en los años 60, sino que también son considerablemente más mayores. Desde el lado positivo, el fenómeno de la disminución de vocaciones para sacerdote y hermano ha ido acompañado de un creciente papel del laicado en la Iglesia. Del lado negativo, el impacto personal en los cohermanos ha sido duro y en ocasiones descorazonador. Con legitimidad pueden decir: «¡Somos menos, nuestra edad media es mucho más alta y para remate tenemos más trabajo!».

Con la disminución del número de candidatos al sacerdocio, se han cerrado muchos seminarios. Facultades enteras de seminarios se han dispersado, a veces sin suficiente planificación sobre cómo podían usarse del mejor modo posible sus potencialidades. Algunos se han sentido rechazados y desilusionados.

Para colmo, se dan dado escándalos. Titulares de periódicos han expuesto, en ocasiones con gran detalle, relatos tristes de sacerdotes implicados en pedofilia y de obispos ocultando a una amante o a un niño. En algunos países, los periódicos expresan ciertos temores sobre el número de «gays» que hoy día entran en las diócesis y las comunidades.

Como es evidente, el desaliento y la preocupación que giran en torno a la sexualidad y al celibato, así como también alrededor de otros temas, como la sencillez de vida en una sociedad de consumo, constituyen hoy grandes retos no sólo para la formación inicial, sino también para la formación permanente.

Como Congregación con una herencia extensa y rica en la formación del clero, la situación actual nos presenta un desafío extraordinario.

3. Un renovado interés en la «Familia Vicenciana»

En los últimos cinco años, muchos grupos que comparten el carisma de Vicente de Paúl han aumentado su convencimiento de ser miembros de una «familia». Desde el nivel internacional al nivel local, hemos comenzado a reunirnos con mucha más frecuencia, a colaborar en proyectos entre pobres, a orar juntos y a discutir otras formas de apostolado en las que podríamos estar más estrechamente unidos, preservando siempre las notas distintivas de cada grupo. En este contexto, se ha percibido de forma clara y rotunda la llamada a una mutua ayuda en la formación. La Asamblea General de la Congregación de la Misión de 1998 trató este tema específico, pidiendo a cada provincia o grupo de provincias que respondiese a las muchas llamadas de las distintas ramas de la Familia Vicenciana solicitando ayuda para la formación. La Asamblea habló de colaborar en la formación inicial y permanente de los miembros de la amplia familia, de ofrecerles asistencia espiritual, de establecer un equipo de formación que se centrase en los elementos comunes de la formación de los miembros de nuestros varios grupos y que promoviese reuniones para profundizar en la espiritualidad vicenciana y para fortalecer el sentido de familia. También nos animaba a abrir, cuando sea posible, nuestros programas actuales de formación permanente a los otros miembros de la familia.11

En la reunión de enero de 1999, los responsables de algunas de las principales ramas de la Familia Vicenciana hablaron de algunos proyectos de formación:

a) un libro que articulase los cimientos de la espiritualidad vicenciana vivida por los laicos (hombres y mujeres) y los concretase desde la experiencia del laicado;

b) el uso del internet como un instrumento de formación;

c) un documento preparado por la AIC para los asesores espirituales de sus grupos, uno de cuyos principales papeles es la formación;

d) un proyecto piloto asumido por la Sociedad de San Vicente de Paúl de Italia para la formación vicenciana de líderes laicos.

Pocas llamadas son tan intensas como la llamada a la formación que procede de las diversas ramas de nuestra familia: la AIC, las Hijas de la Caridad, la Sociedad de San Vicente de Paúl, los grupos de jóvenes, la Asociación de la Medalla Milagrosa y otros muchos.

4. El rápido crecimiento de los grupos de Juventudes Marianas Vicencianas

Éstos grupos cuentan en la actualidad con unos 200.000 miembros en 40 países. La difusión de estos grupos en los últimos años ha sido sorprendente. El 2 de febrero de 1999, la Santa Sede aprobó el primer Estatuto Internacional de JMV. En agosto de 2000, tendrán en Roma la primera Asamblea General, con delegados procedentes de todos los continentes.

En algunos países, como por ejemplo en España, estos grupos cuentan con un programa de formación muy bien articulado. Otros países se están esforzando por crearlo. Pero, desde todos los aspectos, el clamor por la formación es elocuente.

Uno de los retoños de la JMV ha sido MISEVI, cuyos Estatutos Internacionales fueron aprobados por la Santa Sede el 7 de abril de 1999. MISEVI prepara misioneros laicos vicencianos para trabajar en las «ad gentes«. Les proporciona formación, un emplazamiento de trabajo apostólico, un ambiente comunitario, apoyo material y espiritual, y ayuda en la reinserción en su propio país cuando regresan de la misión. Es evidente que la formación inicial y permanente de sus miembros es un nuevo y desafío reto.

5. Cambios en la metodología

Hoy damos gran importancia a una metodología que se adapte a la persona del oprimido,12 en la que tanto el educador como los educandos aprendan mutuamente, en la que los maestros no sólo evangelizan, sino que sean evangelizados por los pobres. Los documentos actuales hacen notar que las personas no deben ser únicamente objetos de formación, sino que deben ser «sujetos» en el proceso formativo.

Hoy hablamos también de la necesidad de ayudar al pobre en su «auto-promoción». El Documento Final de la última Asamblea General de Delegadas de la AIC, tenida en Querétaro, México, los días 17 al 23 de noviembre de 1998, habla de ayudar a otros a que «lleguen a ser agentes multiplicadores» de obras orientadas a la transformación de estructuras sociales.

Finalmente, los documentos pontificios de estos últimos años constantemente han destacado la necesidad de la inculturación. Una comprensión profunda de la antropología y de los valores y carencias de las diferentes culturas que se entrecruzan con los evangelios permite al Cristianismo no sólo purificar las culturas, realizando su papel profético al denunciar el mal que echa sus raíces dentro de ellas, sino también enriquecerse con las mismas, encontrando nuevos caminos en los que pueden expresarse los genuinos valores humanos y cristianos.

III. El vicenciano hoy como formador

Cuando miramos la vida y la obra de San Vicente y los documentos recientes de la Congregación, es evidente que ser formador no es algo accidental en nuestra vocación; más bien, es algo que está en su mismo corazón. Por esa razón nuestras Constituciones colocan el trabajo de formación en el primer párrafo, que describe el fin de la Congregación de la Misión: «Este fin se logra cuando sus miembros y comunidades, fieles a San Vicente, … 3º ayudan en su formación a clérigos y laicos y los llevan a una participación más plena en la evangelización de los pobres». Al escribir este párrafo, los miembros de la Asamblea General de 1980 eran conscientes de que estaban ampliando la declaración del fin que San Vicente había escrito en las Reglas Comunes en 1658: «… 3º ayudar a los eclesiásticos a adquirir la ciencia y las virtudes exigidas por su estado».

Después del Vaticano II, con un conocimiento más preciso de la misión del laicado y de la necesidad de desarrollar una variedad de ministerios laicales, la Asamblea vio esta nueva declaración de nuestro fin como un desarrollo orgánico de la percepción original fundacional de San Vicente. Él mismo había deseado reunir a jóvenes y ancianos, a ricos y pobres, a clérigos y laicos, a hombres y mujeres «para llevarles a participar más plenamente en la evangelización de los pobres».

Pensando en el vicenciano como formador, se podría tener la tentación de centrarse sólo en dos temas: nuestro papel en la formación del clero diocesano y nuestro papel en la formación de nuestros propios candidatos. Ambas actividades son muy importantes. San Vicente vio la formación del clero diocesano como una labor crucial para la reforma de la Iglesia y para la evangelización permanente de los pobres, especialmente en las zonas rurales. Vio lo segundo, la formación de los nuestros, como algo indispensable si la Compañía había de permanecer viva de verdad. Pero no son formadores solamente quienes se dedican a estos dos trabajos; nuestras Constituciones llaman a todos los vicencianos a que sean formadores, como una realización del fin de la Congregación.

Notemos que la motivación de nuestras Constituciones es muy clara: «llevarles a una participación más plena en la evangelización de los pobres». Por consiguiente, uno de nuestros objetivos como formadores es movilizar las enormes energías de esta gran familia, con sus millones de miembros. El Señor nos llama a ser un ejército, por así decirlo, al servicio de los pobres, luchando por romper las estructuras que les oprime, ofreciendoles auxilio en sus actuales calamidades y averiguando con ellos erradicar las causas de su pobreza.

Si debemos preparar a todos los vicencianos para ser formadores, esto pedirá nuevas exigencias en nuestros propios programas de formación inicial y permanente y también en otros trabajos. Mirando al futuro, uno espera que nuestros propios seminaristas vicencianos aprendan a catequizar y a predicar bien y adquieran las habilidades necesarias no sólo para el trabajo de la misión, sino también para la formación del clero. Uno espera que los seminarios que dirigimos para la formación del clero diocesano les ayude a adquirir la destreza necesaria para la reevangelización, tan necesaria en muchas diócesis. Esperamos formar sacerdotes que, como «alumnos vicencianos», puedan animar parroquias verdaderamente misioneras donde esté en marcha un proceso evangelizador y catecumenal y el llegar a los más pobres de los pobres será una parte integral de la predicación del evangelio. Uno espera que patrocinemos institutos de pastoral o centros de formación de laicos que formen hombres y mujeres para ser «agentes multiplicadores» de su fe, esperanza y caridad. Esperamos que las escuelas y universidades de nuestra Familia Vicenciana, donde se forman más de medio millón de estudiantes, sean lugares donde los pobres siempre encuentren plaza, donde haya programas de acercamiento a los más abandonados de la comunidad local y donde la doctrina social de la Iglesia sea parte importante del curriculum. Esperamos también que nuestra familia continúe dirigiendo centros sanitarios e instituciones sociales tales como hospitales, sanatorios, centros de rehabilitación y centros de formación básica para mujeres y niños (ofreciéndoles formación en nutrición, lectura, y atención del hogar).

Permitidme sugerir diez características del vicenciano como formador. Hoy, «para ayudar en su formación a clérigos y laicos y llevarles a una participación más plena en la evangelización de los pobres», el Vicenciano, como formador, debiera ser o estar:

1. Hondamente arraigado en la persona de Jesús

Esto parece muy obvio, pero en realidad no hay nada más importante. En nuestro contexto, toda formación se dirige a «revestirnos de la persona de Jesucristo».13 El formador no sólo debe tener un conocimiento de Cristo; debe poseer una experiencia personal del mismo Señor. Únicamente la persona que está verdaderamente llena del Espíritu del Señor es capaz de comunicar a otros ese Espíritu.

2. Completamente inmerso en el carisma vicenciano

Hemos recibido de San Vicente un don admirable. Nuestro carisma hoy continúa teniendo una sorprendente validez, pues las formas de pobreza se multiplican y la brecha entre ricos y pobres se ensancha continuamente más y más. El formador debe conocer bien la persona de Vicente, la historia de la Congregación, nuestra espiritualidad, nuestra misión, nuestras obras fundacionales, nuestro amor concreto y efectivo por los pobres. Estos son los elementos que, de manera especial, el proceso de formación intenta transmitir a los futuros siervos de los pobres.

3. En contacto con el mundo de los pobres

Si tenemos que formar a los otros y llevarles a una participación más plena en la evangelización de los pobres, nosotros mismos debemos conocer a los y su mundo. El buen formador ha cosechado antes de sembrar, ha sido evangelizado por los pobres. Tiene un conocimiento experimental de los más abandonados. Ha escuchado el relato de sus vidas y ha sido forjado por ellos. Su experiencia personal del Señor no es algo de abstracto, más bien, llega a conocer a Cristo especialmente como Él se revela a sí mismo en la persona del pobre.

Estas tres primeras características pueden parecer muy evidentes, pero son demasiado importantes como para presuponerlas. El formador debe conocer a Cristo. Debe conocer a Vicente. Debe conocer al pobre.

4. Capaz de ser guía en el camino espiritual

No todo el que realiza el viaje espiritual es un buen guía. Un guía necesita experiencia y formación para agudizar sus cualidades naturales. Conoce las huellas que los caminantes dejan en el curso del viaje: las carreteras, los caminos, los peligros, las trampas. Los buenos guías se han caído y levantado muchas veces. Saben reanimar a los desanimados y mitigar con el consejo avezado la impaciencia de los demasiado celosos. Los mejores guías caminan con aquellos a quienes forman, a veces acelerando el paso, a veces yendo más despacio y a veces parándose para descansar.

5. Un buen oyente

San Vicente diría instintivamente que todo formador debe ser humilde. «¿Existe alguna otra virtud sobre la que hablase con más frecuencia?» El formador sabio cosecha antes de sembrar. Escucha las necesidades de sus estudiantes. Permite a sus estudiantes que le evangelicen y le cambien. Muchos buenos formadores han terminado diciéndose: «¡Enseñando durante este curso he aprendido más que cuanto lo hicieron mis estudiantes!» Se espera que ambos, estudiantes y formadores, se transformen recíprocamente en el proceso.

6. Un buen comunicador, hábil en el uso de los medios actuales para implicar a otros en el proceso de formación

Después de escuchar, el formador también debe hablar. Sin embargo, su lenguaje necesita ser no sólo verbal, especialmente hoy día. En una época visual, es sumamente importante que el formador use los medios modernos de comunicación. Tales medios activan los diversos sentidos de los estudiantes y les implican con mayor intensidad en el proceso de aprendizaje. Hoy el formador tiene a disposición y al alcance de la mano películas, música, presentaciones desde el ordenador y una variedad de otras ayudas audiovisuales.

La pedagogía es a la vez una ciencia y un arte. Es crucial que impliquemos a los mismos estudiantes en el proceso de aprendizaje para que lleguen a ser sujetos activos de su propia formación. Ellos mismos tienen, después de todo, la responsabilidad fundamental de su propia formación. Se espera que lleguen a ser «agentes multiplicadores», capaces de transmitir a demás los dones que ellos han recibido. Para conseguir estos objetivos, el buen formador debe saber trabajar no sólo con los individuos, sino también con los grupos. Debe ser capaz de estimular a los estudiantes a que se ayuden mutuamente en el proceso de formación.

7. Conocedor de la doctrina social de la Iglesia

Recientemente escribí por extenso sobre este tema.14 A pesar de que la Iglesia ha proclamado elocuentemente su doctrina social durante más de cien años, ésta continúa siendo muy desconocida por muchos e incluso por la mayoría de los creyentes. Esta doctrina social tiene una importancia especial para nuestra Familia Vicenciana, pues ésta se centra en los más necesitados. De hecho, es el fundamento de la «opción preferencial por los pobres» de la Iglesia. Sugiero que todos los programas de formación vicenciana tendrían que impartir una considerable dosis de esta doctrina. Debiera ser bien presentada, de modo que los estudiantes pudieran aprenderla y luego transmitirla a los demás.

8. En dialogo con la vida de sus estudiantes y con la vida de los laicos

Todo maestro debe conocer a su auditorio. El formador vicenciano se relaciona con muchos y variados grupos: sacerdotes, hermanos, hermanas, hombres y mujeres laicos. Puesto que hay millones de miembros en nuestros grupos laicales, es imperativo tener un sentido de sus vidas cotidianas. Esto requiere mucho dialogo. Como gran parte de nuestra herencia ha sido expresada en los círculos de la Congregación de la Misión y de los Hijas de la Caridad, hoy afrontamos el desafío de traducir lo que dijo San Vicente a un lenguaje actual y aplicarlo a hombres y mujeres laicos, casados y solteros, que viven en sus propios hogares, a menudo con sus propias familias y que trabajan en la «plaza del mercado».

9. En contacto con los distintos grupos de nuestra Familia Vicenciana

Todos estos grupos tienen una herencia común, pero al mismo tiempo carismas distintos. Es importante que sepamos apreciar tanto los elementos comunes y como los distintivos en nuestra tradición familiar. A este respecto, gozamos de una larga y sana historia, con una gran cooperación entre los miembros de la Congregación de la Misión, las Hijas de la Caridad, la AIC (anteriormente las Damas de la Caridad), la Sociedad de San Vicente de Paúl, la Asociación de la Medalla Milagrosa, los grupos de Juventudes Marianas Vicencianas y, más recientemente, de MISEVI. Junto a éstos, otros muchos grupos comparten nuestra tradición. En estos últimos años hemos multiplicado nuestro contacto con los Religiosos de San Vicente de Paúl, la Federación de las Hermanas de Caridad en Francia, Alemania, Austria, Italia y la India, la Federación de Caridad en los Estados Unidos y otros muchos.

10. Verdaderamente misionero

El misionero de verdad posee miras universales. Sabe que al otro lado de los montes que le rodean hay otras ciudades y pueblos donde debe predicarse el evangelio. Mirando el océano, sabe que sus olas rompen en otros continentes y otras playas, donde también viven y trabajan los pobres. El mismo San Vicente, en unos tiempos en que era difícil viajar y la comunicación era escasa, miraba más allá de Francia, al este y al oeste, al norte y al sur. En el momento de su muerte, su familia ya era bastante internacional. Hoy, cuando los transportes son rápidos y la comunicación casi instantánea, es todavía más urgente que nuestro proceso de formación nos lleve a una visión global. Es consolador ver con qué rapidez, mientras estoy escribiendo, los miembros de nuestra familia de países lejanos están respondiendo a la crisis de Kosovo.

San Vicente fue un formador extraordinario. La gente se reunía con ansia a su alrededor y quedaban cautivados con la visión que él les comunicaba. Tengo la esperanza de que nosotros, sus seguidores, podamos revitalizar el ministerio de formación que él nos ha legado. Se puede describir al vicenciano de muchas maneras. Ser vicenciano significa seguir a Cristo, Evangelizador de los pobres. Significa ser misionero. Significa vivir en sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación y celo.

La tesis de este artículo es que ser vicenciano significa también ser formador. Además de nuestro ministerio propio de predicar el evangelio a los abandonados, estamos llamados a «ayudar a clérigos y laicos en su formación y llevarles a una participación más plena en la evangelización de los pobres».

  1. Cf. Louise Sullivan, The Core Values of Vincentian Education (Niagara University, New York: Niagara University, 1994).
  2. SV XIII, 28 (ES X, 36).
  3. SV VI, 379 (ES VI, 357).
  4. La Bibliothèque Nationale conserva copias de dos «Petit Catéchisme» de San Vicente (fondo francés, Ms. 19228, fº 219-230 y Ms. 24851, fº 315-322) publicados por Joseph Guichard, vicenciano, en un librito de 45 páginas, en 1939, de los Archivos de la Cada Madre de la Misión, 95 rue de Sèvres, 75006 París. Algunos creen también que Vicente está en el origen del Catecismo Malgache de 1657, el primer libro publicado en la lengua nativa de Madagascar. Cf. Ludvig Munthe, Elie Rajaonarison y Desire Ravaivosoa, Le Catèchisme Malgache de 1657 (Antananarivo: Egede Instituttet, Imprimerie Luthèrienne, 1987).
  5. Cf. SV XIII, 417-ss. (ES X, 569-ss).
  6. SV I, 313 (ES I, 344); SV X, 476, 623-628 (ES IX, 1028-1029, 1148-1152); SV XIII, 631, 745 (ES X, 765, 861).
  7. ‘En 1641, el Rector de Notre-Dame-de-Paris nombró a Luisa de Marillac «Maestra de escuela» de una «pequeña escuela» en el distrito de Saint-Denis de París.
  8. Cf. Nuestro ministerio para ayudar a formar al clero diocesano. Ayer y hoy, en Vincentiana 41, nº 1 (Enero–Febrero, 1997) pp. 9-30.
  9. Walbert Bühlmann, The Future of the Church (Maryknoll, New York: Orbis, 1986) 4-5; cf., W. Bühlmann, The Coming of the Third Church (Slough, England: St. Paul Publications, 1976).
  10. Karl Rahner, The Abiding Significance of the Second Vatican Council, en Theological Investigations XX, 90-102; cf. también The Future of the Church and the Church of the Future, en Theological Investigations XX, 103-14; cf. también Aspects of European Theology, en Theological Investigations XXI, 83.
  11. Cf. Vincentiana, 42, nº 4-5 (Julio-Octubre 1998) p. 395.
  12. Cf. Paulo Freire, Pedagogy of the Oppressed (New York: Herder and Herder, 1970).
  13. Rom 13, 14.
  14. Cf. Diez principios fundacionales en la Doctrina Social de la Iglesia, en Vincentiana, 42, nº 3, Mayo-Junio 1999, pp. 201-209.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *