En esta charla quisiera reflejar la experiencia que he tenido leyendo las cartas y escritos de santa Luisa y lo mucho que me ha ayudado en mi etapa de formador, durante el tiempo que fui Director de las Hijas de la Caridad de la Provincia de San Sebastián y Director del Teologado de los PP. Paúles en España.
El carisma, objetivo general de la formación
Lo primero que saqué de la lectura fue que tanto a ella como a mí se nos daba como indiscutible la meta de la ayuda que debíamos dar a sus hijas: ayudarlas a formarse para servir corporal y espiritualmente a Jesucristo en los pobres. Este objetivo, impuesto por las necesidades sociales y religiosas de los pobres, se lo había dado san Vicente de Paúl a ella, igual que a mí.
Segundo, asimismo le venía impuesto el cauce de este servicio: servir a los pobres yendo y viniendo por los caminos y andando por las calles1. Y venía impuesto por el origen de aquel grupo de mujeres: haber comenzado siendo las sirvientas ¿de los pobres?, ¿de las Caridades?, que sustituyeron por vocación a las mujeres que por un salario llevaban las medicinas y la comida a los enfermos pobres en sus casas. O sea, que eran, lo mismo que hoy día, seculares y no religiosas ni seglares. Muchas cavilaciones les costaron a los dos fundadores afianzar esta mentalidad y a san Vicente mucho trabajo ordenar los argumentos jurídicos en defensa de esta estructura de ser seculares, asumiendo, sin embargo, los consejos evangélicos y viviendo en comunidad con superiores y reglamentos. Pero fueron de santa Luisa los mayores esfuerzos para formar a las jóvenes en el convencimiento claro de esta realidad desconocida por entonces y que viene a ser un fundamento de la formación en la Compañía2.
Pero entregarse a Dios, viviendo los consejos evangélicos, para servirle en los pobres equivale a estar consagradas3, no por la profesión de los consejos evangélicos con votos públicos (entonces se decía solemnes) que las harían religiosas, sino por la entrega a Dios para toda la vida.
Tercero, mientras leía las cartas, deducía que tanto la psicología femenina como el ambiente social y laboral de Francia en el siglo XVII exigían que tuvieran una comunidad que las acogiera al volver del servicio y ahuyentara la soledad y la inseguridad; donde repusieran fuerzas corporales y espirituales, compartieran alegrías y dolores y se formaran. Santa Luisa estaba convencida de esta necesidad4 y de que ser Hija de la Caridad sin vivir en comunidad era tan solo una excepción obligada por el servicio a los pobres y autorizada por los Superiores5. Muy difícil le fue a Luisa de Marillac formar a las jóvenes en un estilo nuevo de compartir la vida en la misma casa con compañeras que no habían elegido, pues era una modalidad de vida desconocida hasta entonces, que no era la celda de las religiosas ni las viviendas particulares de las «beatas» o mulieres religiosae ni las «barriadas» de las beguinas sin votos ni reglas comunes y sin superiores estrictamente hablando.
Cuarto, aplicando a las Hijas de la Caridad una frase frecuente por entonces, los fundadores les dicen que los pobres son sus amos y señores,6 pues son los miembros dolientes de Jesucristo y morada de Dios, y ellas son sus sirvientas, y deben servirlos con humildad, sencillez y caridad que son la expresión de su espíritu (C. 13), y comprendí que este espíritu les daba su identidad propia, diferenciándolas de otros grupos femeninos que también servían a los pobres viviendo en comunidad7.
Es decir, el carisma de la Compañía, meta y fundamento de la formación vicenciana, consta de cuatro elementos:
- servicio a Dios en los pobres;
- consagración a Dios viviendo la castidad en el celibato, la pobreza y la obediencia;
- vida de comunidad; y
- con un espíritu de humildad, sencillez y caridad.
Este carisma se lo dio el Espíritu Santo a los fundadores y lo perpetúa en todas las Hermanas que se adhieren a este programa perteneciendo a la Compañía. Por tanto, el objetivo inmutable de la formación inicial y continua es ayudar a las jóvenes a recibir y vivir este carisma (C. 50).
Luisa de Marillac capacitada para ser formadora
Leyendo sus cartas y escritos y examinando su vida, deduje que la señorita Le Gras estaba capacitada para formar a aquellas primeras Hijas de la Caridad en la manera de vivir un carisma que en algunos aspectos nadie lo había conocido antes ni, por lo tanto, lo había explicado. Más aún, pienso que el Espíritu Santo le dio el carisma de fundadora al igual que a san Vicente porque tenía las cualidades, la formación y la situación social apropiadas para fundar y dirigir la Compañía.
Inteligente, afectiva y tenaz, pertenecía a una familia noble de prestigio social; a causa de su nacimiento misterioso se formó en el convento-colegio de Poissy, uno de los mejores de París y alrededores, recibiendo una exquisita formación humanista que la capacitó para poder leer libros de espiritualidad y de teología, redactar reglamentos, componer memorias y relacionarse por carta con sus futuras hijas y con los grandes personajes de la Iglesia y de la nobleza; pero, debido también al misterio de su nacimiento, pasó a un pensionado que preparaba a las jóvenes para un matrimonio con un burgués o un funcionario y donde aprendían a llevar la administración y las faenas de una familia de clase media. Faenas que luego enseñará a sus hijas.
Y es entonces, hacia los 16 años de edad, cuando reflexiona sobre el misterio de su vida y no encuentra otra explicación a la marginación que sufría que el designio divino; se cobija en él y se entrega ardientemente a la oración hasta llegar a lo más alto de la contemplación mística, como fue el desposorio espiritual (SL. A 50) del que habla santa Teresa de Jesús en la Morada sexta. Y ser persona de oración era, según san Vicente, la condición primera para ser formadora de las Seminaristas8.
Casada con un funcionario de la Corte, quedó viuda a los 34 años con un hijo varón menor de edad, dándole la independencia y la ciudadanía jurídica y social que tenían los varones. Ya era libre para entregarse a Dios y servirle en los pobres; ya estaba capacitada para formar a otras mujeres que se le unieran para la misma misión.
Pero también me convencí, viendo su vida, de que la historia de cualquier mujer, Hija de la Caridad, puede aprovecharse para ser buena formadora, si tiene cualidades personales e interés en seguir las inspiraciones del Espíritu Santo en la oración.
Formación de las Hermanas
Me atrajo santa Luisa, porque en los escritos aparece como una formadora perspicaz, capaz de hacer de aquellas jóvenes rudas unas sacrificadas Hijas de la Caridad. Ciertamente fue Vicente de Paúl quien explicó en sus conferencias las líneas maestras de la nueva Caridad y quien expuso en público la espiritualidad del vaciarse de ellas mismas y revestirse del Espíritu de Jesucristo9, que manifestarían tenerlo si vivían la humildad, la sencillez y la caridad. Pero no era raro que santa Luisa le indicara los temas de muchas de las conferencias que les daba el Superior, a poder ser sobre las Reglas y la forma de vida.
Tenía que ser así, porque en aquel siglo le era casi imposible a una mujer ni siquiera proponerlo. Pero Vicente de Paúl no ordenó absolutamente nada contra el parecer de su colaboradora o sin su conocimiento y, si estaba ausente, esperaba su regreso. Por otro lado, Luisa admiraba la personalidad de su director; era su fiel y mejor discípula y aceptaba su doctrina como la más apropiada para sus hijas. Vicente valoró de una manera eminente y justa las cualidades de su dirigida y depositó en ella toda su confianza.
Y fue Luisa de Marillac quien formó en la práctica a las Hermanas. Hay que tener presente varios comportamientos de Luisa y de las Hermanas: la señorita Le Gras fue durante muchos años la formadora de las recién venidas, de las seminaristas y la directora de la Casa. Con ella convivieron durante meses, al menos, todas las Hermanas, y una vez destinadas fuera de París, algunas le escribieron añorando la doctrina que aprendieron a su lado. Reunía a las jóvenes y les hablaba, las corregía y las guiaba. Día a día, las iba haciendo Hijas de la Caridad. Con razón san Vicente, cuando escribía a Luisa, las llamaba con simpatía «sus hijas». Era Luisa quien admitía y despedía a las jóvenes, aunque siempre con la aprobación de san Vicente, pues él era el superior, y cuando se escribían acerca de las jóvenes, aunque con delicadeza, él daba las órdenes, que ella aceptaba, aunque no estuviera totalmente de acuerdo, como en que la Compañía dependiera del Arzobispo de Paris y no del Superior General de los misioneros10.
El esfuerzo de Luisa de Marillac en la formación de estas aldeanas fue enorme. Tuvo que superar repugnancias que chocaban con su delicadeza, su cultura y su educación. Nadie mejor que Sor Maturina Guérin para mostrarnos el esfuerzo: «Con la gracia de Dios y bajo la dirección de nuestro muy honorable Padre, hizo con mucha dificultad una agrupación ordenada, mucho más difícil de levantar por la rusticidad de la mayor parte de los sujetos… La rusticidad de las buenas jóvenes de pueblo era contraria a su espíritu; no obstante su repugnancia, nunca las rehusó, sino que para ella se reservaba a las más rústicas»11. Había ocasiones en que Luisa se exasperaba, a pesar de los ánimos que le daba su director: «En cuanto a lo que me dice de ellas, no dudo de que son tal como me las describe, pero es de esperar que se vayan haciendo y que la oración les hará ver sus defectos y las animará a corregirse de ellos» (I, 277-278). «No le extrañe ver la rebeldía de esa pobre criatura. Otras muchas cosas veremos» (I, 494).
Es cierto que, cuando la Compañía estuvo bien estructurada, la formación de una Hermana llevaba tiempo. Se lo dice la Señorita a la «Gran Princesa», la esposa del Gran Condé: «hace falta mucho tiempo para formar a las jóvenes, tanto por lo que se refiere a sus personas, como a lo que es necesario que sepan para servir a los pobres» (L. 486). Pero en los comienzos la formación no era larga, de uno a tres meses, y era muy poco lo que exigían a las chicas: que quisieran, que fueran sanas y fuertes para poder servir a los enfermos pobres y que no tuvieran una sicología complicada; es decir, que tuvieran «buen espíritu y buena voluntad». Lo demás, ya lo irían adquiriendo o corrigiendo12. Era una formación sencilla, como para mujeres de pueblo, sin cultura, muchas sin saber leer ni escribir y con las virtudes, pasiones e inclinaciones que traían de la calle13.
Pero desde mayo de 1636 se les habló ya de una vocación divina para ser Hija de la Caridad toda la vida y evitar así que las jóvenes de aquella cofradía secular pudiesen considerarse ocupadas temporalmente en una obra de caridad. Entre las varias mentalidades sobre la vocación que se han manifestado a través de la historia, los fundadores tuvieron presente dos: En los primeros años, se acogieron a San Francisco de Sales y consideraron la vocación como una atracción hacia el sacerdocio o las Hijas de la Caridad. Posteriormente expusieron a las Hermanas la vocación a la manera de Bérulle: como el designio eterno de Dios sobre una persona para que siga un camino. La persona nace con la impronta de la vocación eterna que realiza en la historia14. De ahí la insistencia en probar la vocación de las jóvenes antes de entrar15.
Durante los seis primeros años, cuando la Cofradía de Hijas de la Caridad se extendía solo por Paris y alrededores, bastaban el señor Vicente y la señorita Le Gras para formar a las jóvenes. A veces se apoyaban en las señoras Gousault y Pollalion que, según el primer reglamento, venían a ser las dos primeras consejeras de la Compañía (SL. A. 54). Otras veces, en ausencia de la Señorita, le sustituía alguna Hermana antigua y preparada como María Joly, la Sra. Pelletier o Isabel Turgis16.
Formación personalizada
En las cartas que escribe descubrí un dato que me emocionó en cuanto formador: En los primeros años vemos que tanto san Vicente como santa Luisa conocen muy bien a las jóvenes, aunque según pasaban los años y Vicente de Paúl se cargaba de trabajos, Luisa de Marillac llegó a conocer mejor que él a cada Hermana. Y era importante conocerlas, porque lo primero que exigían a las postulantes era que fuesen apropiadas para servir a los pobres, y esto pedía, como en la metodología moderna, conocerlas y darles una formación personalizada17.
De acuerdo con el conocimiento que tenía de las jóvenes, la señorita Le Gras completó y ejecutó personalmente en los mínimos detalles el plan de formación que habían definido los dos santos: Organizó las técnicas de servicio, los trabajos de aguja, el tiempo y los ejercicios de lectura, utilizando los conocimientos pedagógicos de las ursulinas, (…) fijó la formación religiosa y espiritual alrededor del catecismo, sin desechar la profundidad del catecismo de san Belarmino18. Siempre teniendo en cuenta a la persona individual: «Si hubiera alguna un tanto torpe para aprender de memoria las oraciones, cuando hayan terminado con la escritura se las hará repetir» (A 91 bis).
La señorita Le Gras era consciente que sus hijas necesitaban formarse en la responsabilidad personal, ya que no veía claro si la entrega de aquellas jóvenes era sincera o por visitar Paris o la consideraban como un trampolín para encontrar trabajo o simplemente como apuntarse a una asociación que podían abandonar cuando quisieran (L. 45, 323). Y empezó por formar la persona de cada joven: hacer unas mujeres responsables y dueñas de sus acciones según el modelo cristiano, adquiriendo las sólidas virtudes, en especial la caridad, la responsabilidad, la tolerancia o, como decía Vicente de Paúl, las «virtudes de las buenas campesinas»: espíritu sencillo, humildad sin ambición, sobriedad en las comidas, obediencia y la estimada pureza que manifestaban con la modestia en las miradas, en el trato y en el vestir. Si pretendían servir a los pobres, no podían ser presumidas ni debían tener «afición a parecer bien vestidas»19.
Según el superior Vicente de Paúl, el medio que debía inculcarles la Señorita, para lograr ser personas responsables era la mortificación de sus afectos, pasiones, comportamiento exterior y el dominio de su voluntad: «Será conveniente que les diga en qué consisten las virtudes sólidas, especialmente la de la mortificación interior y exterior… y habrá que robustecerlas en ello, especialmente en la virtud de la obediencia y en la de la indiferencia… y en adquirir esa virtud de la mortificación» (I, 278)20.
La formación es ante todo obra de la Hermana
San Vicente le indica a la Señorita solamente que les diga…, porque, si la tarea de la formadora es ayudar a la Hermana a vivir el carisma que le ha dado el Espíritu Santo, la formación, después de Dios, es primordialmente obra de la Hermana joven guiada por el Espíritu Santo (C. 51). La formadora ayuda, pero la formación brota del interior de la persona donde reside el Espíritu divino y donde la Hija de la Caridad siente la fuerza del carisma21. Si fue la Hermana quien decidió entregarse a Dios, es ella la responsable primera de su formación como Hija de la Caridad. La Comunidad y la formadora la ayudan y la acompañan para que, guiada por el Espíritu Santo, pueda tomar decisiones responsables en cada momento y ser fiel a la entrega que ha hecho a Dios en la Compañía. Es decir, a la vocación y al carisma (C. 52).
Y si la formación es primordialmente obra de la Hermana, deducimos que formar es prestar un servicio, ayudar a quien se forma, obligándonos a ser insensibles a nuestros intereses para mirar con sinceridad y objetividad solo las directrices del Espíritu Santo, de quien la formadora es representante. Y esta mentalidad no es propia únicamente de estos tiempos, sino también de los orígenes de la Compañía, como lo vemos en el Reglamento que compuso para la Directora del seminario que, al mismo tiempo, era la Hermana Sirviente de la Casa: «Tendrá un cuidado muy particular en considerar las obligaciones de su cargo…, despojándose de sus pasiones para obrar sin interés y, si se puede, sin juicio propio, sino implorando con frecuencia la ayuda del Espíritu Santo para no ver a las hermanas y sus acciones más que con su luz» (A. 91 bis).
Santa Luisa temía ser negligente en la instrucción y ayuda a las Hermanas, por estar sobrecargada de dificultades (A 67, 75), y por ello, ser culpable ante Dios de la salida de alguna joven, pero dudando: «No sé si yo habré tenido algo de culpa por no haber tenido bastante cuidado en ir a visitarla durante sus Ejercicios» (L. 411). Pues en el fondo sabía que la decisión le pertenecía a cada Hermana: «No crea que es poco trabajo tener que probar a tantos espíritus tan diversos y perder tanto tiempo y tantos años empleados en servirlas para formarlas y que luego la flaqueza nos las lleve» (L. 481)22.
El carisma envuelve la formación humana, espiritual y profesional
Se suele afirmar que la formación en la Compañía se orienta a hacer mujeres responsables, cristianas comprometidas e Hijas de la Caridad sencillas, humildes y solidarias con los pobres. Leyendo, sin embargo, las cartas de Luisa de Marillac y los reglamentos que compuso deducimos que en la formación de una Hija de la Caridad no puede separarse lo humano, lo espiritual y lo profesional. El carisma envuelve de tal manera a la mujer humana y espiritual que la convierte exclusivamente en Hija de la Caridad entregada a Dios a causa de una llamada del Espíritu Santo para servir a Cristo en los pobres. Tiene, por ello, la profesión o el ministerio de sirvienta. Su formación se orienta a ser una buena sirvienta «capaz de servir a Dios y a sus pobres» (L. 547 bis).
La C. 52d lo expresa admirablemente cuando dice: «La vocación vicenciana orienta las diferentes dimensiones de la formación y le confiere su unidad». Este criterio unitario de vida es lo que suele llamarse el eje vicenciano que sostiene todas las dimensiones de la formación, y que ya inculcaba santa Luisa: que las Hermanas jóvenes se hagan buenas Hijas de la Caridad, que crezcan, maduren y sean responsables de su carisma para alcanzar su salvación y la perfección propia, por medio de un buen servicio a los pobres (L. 311). Lo cual supone que la formación debe ir dirigida a unificar todos los aspectos fundamentales de la vida a través del carisma. Y esto que valía para entonces, vale también para las jóvenes actuales que tienden a la fragmentación y a la dispersión de las partes de la vida en cuanto mujer, profesional e Hija de la Caridad.
El recurso que le pide a san Vicente es redactar las Reglas y Reglamentos, explicando algunos artículos para que todas sepan lo que quieren decir y leerlos frecuentemente. La unificación de vida las lleva a una coherencia interior, con una meta clara: docilidad al Espíritu Santo para servir al pobre con humildad, sencillez y caridad (L. 315, 333). Esta unidad de vida interior no significa que no tenga crisis y conflictos, pero se superan a base de dominio y mortificación (SL. L. 373; SV. I, 278).
El Equipo de formación
Es natural que en sus comienzos la Compañía no estuviese estructurada como lo está modernamente. Sin embargo, según pasaban los años y aumentaba el número de Hermanas y de obras, santa Luisa, de acuerdo con san Vicente, iba componiendo en su mente un organigrama sobre el equipo de formación: consejeras, Directora de las recién venidas, directores espirituales, misioneros paúles y las Hermanas Sirvientes (E. 33).
La Hermana Sirviente
La Hermana Sirviente de la comunidad, para la Señorita Le Gras, ocupaba el puesto que en la ctualidad le dan las Constituciones de ser la responsable de «las Her-manas que después de su envío en misión prosiguen su formación inicial» (C. 57), así como de las jóvenes que hoy llamamos postulantes (C. 54). Y los consejos que le daba valen tambien para las responsables actuales de formación.
Una Hermana salida del seminario para la señorita Le Gras era «una planta joven de la que se puede esperar buenos frutos» (L. 290 bis), pero sin estar totalmente formada como Hija de la Caridad y debía formarse al lado de la comunidad y de la Hermana Sirviente. Aunque la Hermana Sirviente sea la principal responsable de la formación de la Hermana Joven, a su lado toda la comunidad es formadora (C. 51c), especialmente si está compuesta de Hermanas experimentadas en la vida de la Compañía que irradian cierta autoridad moral y les sirven de ejemplo23.
Unión y alegría en la comunidad formadora
Cuando estaban en La Casa, Luisa procuraba inculcarles un carácter peculiar que las unía en un grupo definido, con cierta forma de comunidad organizada y con un aire de familia espiritual, logrando inculcar a las jóvenes un embrión de vida comunitaria.
Pero muchas de las jóvenes, a los pocos meses de haber entrado en la Compañía, eran enviadas en misión. Pues para los fundadores, la necesidad del servicio a los pobres es lo primero. No que pospongan la formación al servicio, sino que consideraban el servicio también como campo de formación. Los fundadores no aislaron de la sociedad a la Hermana Joven para que se formase, sino que la pusieron en el servicio: «entre tanto, espero que Dios nos concederá la gracia de que se vayan formando las recién llegadas (al destino)» (L 399), le escribe al Abad de Vaux. Y San Vicente no tiene reparos en mandar hacer el Seminario a unas Hermanas junto al campo de batalla en Calais24.
Todo ello exigía escoger bien la comunidad y ver las cualidades de cada Hermana, como se ve en el diálogo entre santa Luisa y san Vicente en el consejo del 11 de junio de 1654:
«Padre, es muy difícil encontrar hermanas que tengan todas las condiciones que usted dice». Y el santo le responde: «Mire, señorita; es menester que las tengan, o que les falte muy poco; además tienen que ser hermanas de buen espíritu, prudentes y que tengan dotes de gobierno; porque hay mucha diferencia entre la devoción y la economía… Por eso, es preciso… escoger hermanas de buen espíritu» (X, 685).
Pues junto a la dimensión personal de la formación, está la dimensión comunitaria. La dimensión personal no impide que se desarrolle en el ámbito de la comunión con las demás Hermanas de comunidad dentro de las estructuras de la Compañía. De ahí que santa Luisa emplease mucha energía en lograr la alegría y la unión en las comunidades (C. 32): «en nombre de Dios, querida Hermana, le ruego que haya entre ustedes tolerancia y cordialidad y que practiquen la santa alegría» (L. 83). Toda la animación de la Hermana Sirviente debía dirigirse a buscar una convivencia en unión y alegría. Y si la unión y la armonía entre las Hermanas eran las cualidades primeras que santa Luisa pedía a las comunidades, eran imprescindibles para la comunidad que acogía a una Hermana joven. Es cierto que la llegada de una Hermana joven a una comunidad es motivo de alegría y de ayuda, pero implica asimismo mucho sacrificio en la tarea de formarla25. Santa Luisa ya vio que alguna Hermana Sirviente podía pensar que las compañeras de comunidad no son apropiadas para formadoras (L. 351, 370). Tiene que asumirlo, aunando los criterios de todas para poder hacer equipo y trabajar en común.
Imitar la unión trinitaria era el motivo principal para vivir la unión26: La diversidad de personas de la Trinidad no rompe la unidad porque la misma diversidad del Espíritu Santo une, ya que es amor y el amor une. Tampoco la Segunda Persona, al separarse del Padre y hacerse hombre, rompe la unión, pues el Amor, el Espíritu Santo, les une esencialmente27.
Formar a la Hermana Joven es una responsabilidad de la Hermana Sirviente tan importante como el gobierno o la dirección de una obra. No se puede descuidar. Lo cual pide que la Hermana Sirviente esté formada y siga formándose (L. 53), que sea cercana e inspire confianza en la Hermana que se forma, pues la formación se realiza en una relación personal. Cercanía y confianza le exigen ser humilde y tolerante con la diversi-dad de caracteres y temperamentos, opuestos a veces unos a otros, y sobre todo a formar con el ejemplo, siendo exacta en cumplir las normas comunitarias (L. 11, 104 bis, 105).
Para atraer más vivamente la atención de la Hermana Sirviente formadora, santa Luisa en algunas cartas la compara con el Buen Pastorsanta Luisa considere el papel de la Hermana Sirviente como un servicio a sus compañeras bajo las metáforas de Buen Pastor , sacado del evangelio, o con una madre, descubierto en la naturaleza femenina. sacada del evangelio, de sirvienta, aprendida en la experiencia, y de madre, descubierta en la naturaleza femenina Las dos metáforas encierran aspectos diferentes de las disposiciones de una Hermana Sirviente que es y se siente ante Dios responsable de la formación de la Hermana (L. 11, 70 bis).
Aunque nos parezca duro en la actualidad, que ha puesto de moda al individuo y la libertad personal, no debe extrañarnos que santa Luisa, en un momento de exigencia, aplique a la Hermana Sirviente una metáfora frecuente en el siglo XVII: la Hermana Sirviente debe considarse «como el mulo de la casa que ha de llevar sobre sí todo el fardo; y así será cuando trate a nuestras Hermanas con gran tolerancia y dulzura…, advirtiéndoles caritativamente sus faltas en el momento en que les sea más útil, no mostrando jamás tener un afecto particular, sino tratándolas de tal suerte que todas estén persuadidas de que son amadas y toleradas por usted» (L. 125 bis).
Los Directores espirituales de las casas
Pero la Señorita Le Gras no deja solas a las Hermanas Sirvientes. A mí me ad-mira que ya en el siglo XVII pensara en los intercambios comunitarios como medio de formación mutua (L. 128, n. 11) y las aconsejara que aceptaran la ayuda de los direc-tores espirituales de la comunidad y de los misioneros paúles.
Desde finales de 1638 las Hijas de la Caridad, independientes ya de hecho de las Caridades de Señoras, se establecen en Richelieu, Angers y en Nantes, a cientos de kilómetros de Paris. Y santa Luisa comprendió que los directores espirituales que ya existían en las casas religiosas femeninas y los sacerdotes de la Misión (PP. Paúles) podían ser piezas claves en la dirección y formación de las Hermanas alejadas de Paris.
Los directores espirituales, el Abad de Vaux y Ratier en Angers, y Des Jonchères en Nantes, tuvieron un papel importante en esta formación. Pero siempre bajo las directrices de santa Luisa, que con delicadeza femenina les indicaba su pensamiento, de acuerdo con san Vicente, a través de un diálogo o de la correspondencia, sobre aspectos de la dirección, de la autoridad que les otorgaba y de la manera de ejercerla (E. 32). De este modo lograba la unidad del equipo de formación, evitando que cada miembro trabajase por su cuenta, y no por la autoridad que de alguna forma ella les otorgaba.
Estos directores -miembros en la práctica de un teórico equipo de formación- eran escogidos minuciosamente. Debían ser de total confianza por su formación teológica, espiritual y sacerdotal, intachables en moralidad especialmente sexual, y aceptar las directrices de los fundadores sobre el carisma y las estructuras de la nueva Asociación28.
Siempre, cosa curiosa, los directores espirituales, por lo común sacerdotes diocesanos, estaban subordinados a los paúles que pasaban Visita oficial. No se olvide que estos directores y los paúles que pasaban Visita, escribían a Luisa sobre el estado de la Comunidad tanto o más que a Vicente de Paúl29.
Los misioneros Paúles
La peculiaridad de la nueva Asociación la llevó a poner a los misioneros paúles en el equipo de formación que tenía en su mente, cosa que no agradaba ni a san Vicente ni a los misioneros, porque temían desviarse de las misiones populares. En cierto modo, fue ella quien se empeñó en lograrlo, aunque, al final de su vida, también Vicente de Paúl aceptó que la dirección espiritual de la Compañía era una obra confiada a la Congregación de la Misión, sin que ello indicara que cualquier misionero, sólo por el hecho de serlo, fuera ya director espiritual de las Hijas de la Caridad o pudiera pasar Visita oficial; necesitaban ser enviados y autorizados por los superiores de la Compañía30.
Muchos motivos tenía santa Luisa para tomar esta conclusión: la lejanía y la soledad en que podían caer las Hermanas (D 786), la poca valoración que hacía la sociedad de la mujer, pero sobre todo, la naturaleza excepcional de aquella Compañía: era una asociación secular de mujeres consagradas sin clausura ni votos públicos, viviendo en medio del mundo. Las mujeres que las componían entonces no habían estudiado teología, espiritualidad ni Derecho eclesial. Corrían el peligro de caer bajo la mentalidad de obispos, teólogos o juristas que no las comprendieran y quisieran hacerlas religiosas. La Compañía existía ya desde hacía seis años, y sin embargo, la superiora de las benedictinas de Argenteuil las consideraba simplemente seglares de una cofradía, y santa Luisa se sintió obligada a aclararle que la vocación de la Hija de la Caridad nace del «designio divino» y desviar a una joven de su vocación es «oponerse» a la voluntad de Dios y «poner un alma en peligro de condenación» (L. 9). E intuimos que en la mente de Luisa todo formaba parte de un amplio plan de formación que con tesón llevaba adelante31.
No es extraño, por ello, que sea a un misionero paúl, al Hermano Ducourneau, a quien le indicara las disposiciones que debían traer las jóvenes que decidían ser Hijas de la Caridad: «Es necesario presentar a las jóvenes que piden ser recibidas en la Compañía de las Hijas de la Caridad, que no es una religión ni un hospital del que no se necesita moverse; sino ir de continuo a buscar a los pobres enfermos a diferentes lugares y haga el tiempo que haga, a horas fijas. Que se visten y alimentan muy pobremente, sin cubrir nunca la cabeza a no ser con una toca de tela en una gran necesidad. Que no pueden tener otra intención al venir a la Compañía que la de venir puramente para servir a Dios y al prójimo. Que hay que vivir en ella con continua mortificación de cuerpo y espíritu, que han de tener la voluntad de observar exactamente todas las reglas y particularmente una obediencia sin réplica; que sepan también que, aun cuando salen por París, no les estará permitido ir a hacer ninguna visita a sus conocidos sin permiso» (L. 561).
La correspondencia con las comunidades
Antes de analizar su correspondencia, quisiera señalar la tentación que nos puede asaltar de querer igualar el sentido de formación que tenemos hoy día con el que tenían en el siglo XVII. Aunque una faceta de la formación en la Compañía hoy día pueda considerarse como dar a conocer a una o más personas el proyecto vicenciano de vida y servicio a Dios en los pobres y ayudarla a capacitarse para poder realizarlo y, por ello, la principal protagonista es la joven que se forma, entonces era común la relación de maestro y aprendiz, de director y novicio, de enseñante y discípulo, de superior y súbdito. Y esto, nos guste o no, hay que tenerlo en cuenta al leer las cartas y escritos de santa Luisa de Marillac, en los que a veces puede parecernos que usa un lenguaje de maestra, directora, enseñante o superiora.
En la correspondencia que mantuvo con las comunidades aparece la verdadera formadora que no se olvida de que aquellas jóvenes no estaban formadas enteramente cuando fueron al destino reclamadas por los pobres32. Las cartas de Luisa de Marillac a las comunidades forman un legado imprescindible para la formación, no solo de aquellas Hermanas jóvenes, sino de todas las Hijas de la Caridad en la actualidad.
En la correspondencia de la Señorita con las comunidades, ciertamente, no se puede determinar si se refiere a las Hermanas recién enviadas en misión o a Hermanas antiguas en la Compañía que acaban de llegar al destino (L. 337, 399). Pero hay que tener presente que santa Luisa tenía la costumbre de poner a una Hermana joven junto a otras antiguas33, pudiéndose afirmar que siempre que la comunidad consta de 3 o más Hermanas, la Hermana Sirviente tiene que formar a una o dos Hermanas jóvenes.
No podemos olvidar que la irrupción de las Hijas de la Caridad en la mitad del siglo XVII fue una explosión no solo religiosa sino también social: abrir la puerta de la consagración a Dios a infinidad de jóvenes pobres que no tenían ni dote ni sitio de legas en los conventos, así como a personas que querían consagrar su vida a Dios sirviéndole en los pobres. A medida que crece la Compañía aumenta el número de Hermanas jóvenes y hay momentos que en la Casa central escasean las Hermanas antiguas, como en 1654, cuando solo «hay tres antiguas para ayudar a la formación de las nuevas» (L. 401)34, y no pueden atender con garantía las peticiones de nuevas fundaciones.
Pero había ocasiones en que la necesidad de los pobres era tan urgente que tan pronto como tenía a una Hermana medianamente preparada se la enviaba con una antigua a la nueva fundación. Pues el destino por lo general se hacía más en función de los pobres que en función de la necesidad, aún espiritual, de la Hija de la Caridad: «Le envío a una hermana que no ha terminado del todo sus Ejercicios; hágala hacer las tres o cuatro últimas meditaciones que no le impedirán intervenir en la casa» (L. 396). En estos casos Luisa se sentía obligada a continuar la formación por carta: «Le ruego que considere a la hermana como recién entrada, pues, aunque sea buena chica, no obstante tiene necesidad de instrucción y de práctica» (L. 431). Todo de acuerdo con lo que les había dicho san Vicente en una conferencia: «Es muy importante que os informéis bien, mientras estáis aquí, de todo lo que necesitáis saber… ya que no podéis quedaros aquí mucho tiempo…» (IX, 664). Y él mismo, al final de su vida, envió seminaristas, obligado por la necesidad y la urgencia, a Calais a cuidar a los soldados enfermos (X, 555).
Por medio de la correspondencia, Luisa se puso a dialogar con sus hijas en plan de formación y de acompañamiento35. Conocía a las Hermanas desde que llegaron a su casa para pertenecer a la Compañía. Se acordaba de sus virtudes y defectos, de sus aficiones y manías y, como buena formadora, las anima, las apoya o las encamina.
Sus cartas fueron el alimento para las Hijas de la Caridad en su vocación, en la vida de comunidad y en el servicio a los pobres. Y ella se daba cuenta de la importancia que tenían36. Así se lo dice a su antigua secretaria Maturina Guérin: «Le ruego que procure tener a bien cuidar de leer mis valiosas cartas para recibir por este medio el espíritu de Jesucristo, sin el cual todo lo que decimos o hacemos no es más que campanas que suenan» (L. 650). Y Sor Maturina Guérin le dice a la sucesora de santa Luisa, Sor Margarita Chétif, que guardaba algunas cartas «como reliquias de su espíritu» (D 822).
Objetivos inmediatos
Leyendo su correspondencia saqué la conclusión que a sus hijas había que ayudarlas a formarse en unos objetivos inmediatos apropiados para aquella época, pero válidos también para hoy. Pues desde 1639, Luisa de Marillac sabía que las Hijas de la Caridad vivían en su persona y en el servicio cinco especies de contradicciones:
Sabía que aquellas jóvenes, como la mayoría de las mujeres de su época, eran mujeres de segundo orden en la sociedad del siglo XVII, sin personalidad jurídica ni social y subordinadas a los hombres, pero veía que estas mujeres asumían la responsabilidad de una dirigente en muchas obras sociales. Había que darles una formación humana para tratar con delicadeza a los pobres, saber relacionarse respetuosamente con las señoras y para saber convivir entre ellas controlando el afecto (L. 463) que podría convertirlas en espíritus cerrados o simuladores, que tanto daño hacen a la comunidad (A. 65)
Si se les daba la dirección de una obra, de una sala o de una escuela, la justicia le exigía inculcarles una formación profesional y técnica para un servicio responsable. Con todo detalle se pone a redactar Reglamentos para cada obra que se encomendaba a la Compañía. Algunos Reglamentos se parecen a lo que hoy llamamos «Plan de Formación»: Las Hermanas aprenden no solo a leer y a escribir, a llevar los libros de cuentas, de ingresos y salidas, sino también a atender y cuidar a los enfermos: que les laven las manos antes de comer o que una Hermana acompañe al médico cuando pase visita. Insiste en que el servicio de las Hijas de la Caridad (L. 104 bis) exige dulzura, aguante y tolerancia con los enfermos, «nuestros dueños y miembros queridos de Jesucristo». Quiere que aprendan a sangrar y farmacia, llegando a destinar a Sor Enriqueta a Nantes por un tiempo para que enseñase farmacia a la joven Sor Claudia37. Si las medicinas eran caras y difíciles de encontrar, no es extraño que les explique la manera de confeccionarlas. Para que no pierdan el tiempo, que pertenece a los pobres, les ordena que no hagan visitas inútiles ni aprendan a leer a costa del tiempo debido a los enfermos. Un día, como disculpa, dice que no les escribe para no quitarles tiempo (L. 19)38.
Sin poder engañarse, sabía también que no tenían más cultura que la natural de la vida, porque entonces eran raras las escuelas para niñas que ante todo enseñaban a vivir como cristianas, y que su religión era popular, teñida de supersticiones, sin embargo, ella misma les encomendaba la enseñanza a las niñas y la evangelización de enfermos, muchos agonizantes, respirando ya el aire de la eternidad, y otros convalecientes o esperanzados en volver a sus casas, donde vivirían el recuerdo piadoso que les habían dejado las Hermanas. «Por eso es menester que ellas mismas estén antes bien instruidas en lo que han de enseñar luego a los demás», les decía san Vicente (X, 627). Había que darles una formación pastoral, religiosa y moral, muy distinta de la que respiraba la sociedad39. Era una formación sencilla, basada en el catecismo que les explicaban el P. Lamberto y ella misma todos los domingos y fiestas después de Vísperas, pero profunda, sin desechar el catecismo de San Belarmino40.
S in embargo, se oponía a que las Hermanas diesen el catecismo en las salas de los hospitales, como en La Fère, y no sólo porque se consideraría explicar el catecismo en público, llenándolas de orgullo y vanidad o porque temiera que no estuvieran bien preparadas y pudieran decir algún error, sino también porque exigiría grandes estudios a las Hermanas que lo dieran, abandonando el servicio para encontrar tiempo de estudio, y lo que más la aterraba, se dividiría la Compañía en señoras y sirvientas, y el servicio material sería despreciado, así como el modo de vivir y vestir de sirvientas (A. 100)41.
Sus hijas eran muchachas consagradas a Dios que vivían los consejos evangélicos, pero, no obstante, se veían obligadas a ir y venir por las calles. La inculturación exigía una formación espiritual para dar testimonio y no desentonar como consagradas ni como sirvientas; «No basta ser Hijas de la Caridad de nombre… aunque esto sea un bien que jamás podrán estimar lo suficiente, es preciso tener las verdaderas y sólidas virtudes que ustedes saben deben tener para realizar la obra en la que son tan felices por estar empleadas. Sin ellas, Hermanas, su trabajo les será casi inútil» (L. 121)42.
Lo que más la horrorizaba eran las faltas de modestia o imprudencias en castidad. El escándalo de esas caídas podía llevar a que la Compañía fuese suprimida43. De ahí que se manifieste severa para atajar las salidas de aquella Hermana joven que inocentemente salía a escondidas de la comunidad para hablar con su director espiritual. La corrección es dura porque puede influir en que otras Hermanas la imiten, pero sobre todo, por el escándalo que puede dar a la gente (L. 256).
Las comunidades estaban desparramadas por Francia y Polonia, pero formaban una Compañía. Había que formarlas en el sentimiento de pertenencia a la Compañía. A través de las cartas, pretendía que, aunque alejadas, se sintiesen miembros de la Compañía y unidas a la Casa central, que Luisa llamaba La Casa44. Para lograrlo, les contaba los trabajos y destinos de sus compañeras y les daba noticias de las nuevas fundaciones, algunas muy lejos de París. Al leer las cartas, se respira un vaho de dolor cuando les anuncia la enfermedad o la muerte de Hermanas que ellas conocían, algunas aún jóvenes. En alguna carta añade una nota simpática de pertenencia, estén donde estén: «lleva usted demasiado tiempo sin darme noticias suyas; no se olvide que está usted ahí de prestado… ruego que piensen en la fidelidad que deben a Dios y a la Compañía a la que ha tenido la bondad de llamarlas» (L. 235). El sentido de pertenencia les daba paz interior, unión alegre y seguridad, al tiempo que les quitaba la soledad.
El servicio a los pobres
Sin embargo, toda la formación en sus cartas iba dirigida a prestar un buen servicio a los pobres. Los pobres se introducen siempre en la correspondencia de Luisa, unas veces asidos al fin de las cartas y otras, expresados en las líneas de acción concretas que da a las Hermanas. De ahí que las animara a entregarse a los pobres con un servicio material y espiritual, y recalcaba el servicio espiritual por lo fácil que es olvidarlo. Ante el servicio de los pobres todo se pospone, hasta la observancia de las mismas Reglas. Pues Luisa de Marillac sabía que la espiritualidad de las Hijas de la Caridad se alimentaba, se vivía y se desarrollaba dentro del servicio, y en ello quería formarlas.
Luisa aparece volcada al exterior: administración y dirección, escribiendo miles de cartas, visitando personas y ocupándose de los más diversos problemas y detalles de la Compañía, de las comunidades, de las Hermanas y de los pobres, pero ella «se sentía muy contenta cuando podía servir a los pobres… y consideraba como hecho por ella misma el servicio que se les hacía» (SV, X, 727). Aunque no estaba físicamente en medio de los pobres, inculcaba a sus hijas que eran los miembros dolientes de Jesucristo y quería que sus hijas se revistieran de tal manera del Espíritu de Jesucristo que, cuando los sirvieran, los pobres vieran en ellas al mismo Jesucristo (A 26). Así llega al cenit de la formación espiritual, al que toda formadora debe acompañar a la que se forma.
Acompañante espiritual
Al leer sus cartas y reglamentos, me emociona ver que ella consideraba tarea delicada y obligación pesada de las responsables de formación tener que inculcar a las jóvenes la vida espiritual. Para la Señorita la formadora debía ser también acompañante espiritual de la Hermana que se le encomendaba. A Sor Juliana Loret, a la que consideraba como a una hija y que la había sustituido como Directora del Seminario, le envió una de sus antiguas seminaristas, Sor Micaela, para que la formara diciéndole «que emplee su salud para el servicio del prójimo y que trabaje en formarse en todas las máximas de las verdaderas Hijas de la Caridad. Le ruego a usted que le haga dar cuenta de sus oraciones y de la práctica de sus resoluciones, así como de las faltas que comete en contra, mostrándole gran cordialidad cuando se las declara. Tenga también cuidado, por favor, de que no se acostumbre fuera de casa a faltar a la modestia y al recato que debe tener. Sobre todo, adviértale que, si usted le da algún pequeño disgusto, se lo diga en confianza, y de la importancia que tiene hablar a otras personas de todo lo que pasa entre ustedes. Puede leerle la presente, si ve que lo necesita» (L. 311).
La señorita Le Gras era buena acompañante. Procuraba que sus hijas vivieran la espiritualidad que marcaba el superior Vicente de Paúl, con la que ella se identificaba: vaciarse de una misma y revestirse del Espíritu de Jesucristo45. No era raro que les dijese a las Hermanas: «El parecer del señor Vicente es que obremos sencillamente, y ya sabe usted cómo debemos respetarle a él y a sus órdenes» (L. 208). Acompañaba espiritualmente a sus hijas más como le gustaba a Vicente de Paúl que como pensaba ella, más al modo de San Francisco de Sales que al de Bérulle, y de aquel prefería para ellas la Introducción a la Vida Devota más que el Tratado del Amor de Dios.
Era frecuente que a las Hermanas les hablara de prácticas piadosas y virtudes, de retiros y Ejercicios Espirituales; les proponía una espiritualidad de los votos, de los cargos, de los destinos y del sufrimiento, haciéndolas ver la necesidad de mortificar los sentidos, las pasiones, el juicio y la voluntad, insistiendo en el desprendimiento de las criaturas. Y el mejor medio para santificarse era la observancia de las Reglas.
Incorporarse a la Humanidad de Jesucristo
Aunque el camino espiritual de cada Hermana sea personal, (LG. 39-41) los fundadores trazaron unas líneas amplias como las más apropiadas para unas consagradas a Dios que le servían en los pobres, y las formadoras-acompañantes se las deben explicar a quienes desean ser Hijas de la Caridad. Es lo que se llama espiritualidad vicenciana.
Cuando se encontró con san Vicente la señorita Le Gras llevaba una espiritualidad en cierto modo beruliana que la introdujo en la santidad. En las primeras cartas que le dirigió Luisa apenas aparece Jesús ni tampoco en los ejercicios espirituales que hizo. Usa la palabra Dios, mientras que san Vicente, en las cartas que le dirige y en los temas de los ejercicios que le propone, emplea la palabra Jesús o nuestro Señor. Insensiblemente y, poco a poco, Luisa fue sumergiendo la misión salvadora de Jesús hombre en su espiritualidad ordinaria. La Encarnación pasó a ser el centro en su vida individual46, de acuerdo con una teoría que ideó y la animó, por un lado, a superar sus sufrimientos y su complejo de culpabilidad y, por otro, a entregarse a Dios en el servicio a los pobres. Teoría que a mí personalmente me parece la siguiente:
El amor de Dios para ser amor verdadero debe amar algo o a alguien que esté no sólo dentro de la divinidad -la Trinidad-, sino también fuera de ella. Así el amor divino, al proyectarse fuera de la divinidad, crea todo el universo, como objeto de su amor. Porque Dios no creó el universo de la nada -viene a decir Luisa-, lo creó de Dios, y Dios es amor. El hombre no sólo es fruto del amor de Dios, sino que participa de ese mismo amor divino. Los hombres amamos la felicidad pero no podemos encontrarla definitiva y completamente en las cosas creadas caducas e imperfectas. La verdadera felicidad sólo se encuentra en Dios. Pero el hombre temporal, finito e imperfecto nunca podrá unirse a la divinidad eterna, infinita y perfecta. Concluyendo Luisa que el hombre nunca podrá ser feliz. Y es entonces, cuando Dios decide por el mismo y único decreto eterno hacerse hombre. De este modo, en la Humanidad de Jesucristo los hombres pueden encontrar la divinidad y la felicidad si se incorporan a ella, si se revisten de ella47.
Esta mentalidad la preparó para asimilar la doctrina que enseñaba san Vicente: vaciarse de ella misma y revestirse del Espíritu de Jesucristo. Fue la doctrina que aconsejó a sus hijas48. También les habla de imitar a Jesucristo y de seguirle, pero prefería la de Revestirse de su Espíritu o incorporarse a su Humanidad. Imitar a Jesucristo es copiar algo externo; seguirlo, es acompañar o ir detrás de otro que va a su lado -ser como Cristo-, mientras que revestirse o incorporarse es algo interior, ser otro Cristo.
Hasta el Puro amor
Leyendo las indicaciones que da a las Hermanas, a una formadora le puede extrañar cierto aire de rigorismo o desconfianza en la naturaleza humana, cuando la espiritualidad moderna tiende más a exaltar los valores humanos de una manera positiva, pero ella era una acompañante del siglo XVII en el que el agustinismo, sin llegar a la exageración calvinista y ni a la rigidez jansenista, había contagiado la mentalidad de una naturaleza humana dañada por el pecado original e inclinada radicalmente al mal.
Esta mentalidad común en la espiritualidad francesa del siglo XVII también lo fue en san Vicente y en santa Luisa. La señorita Le Gras, además, jamás pudo prescindir de su espiritualidad nórdica de anonadamiento y abandono total en la divinidad, y hasta se la insinuó delicadamente a algunas Hermanas a las que veía avanzar en la oración49.
Sin embargo, a las Hijas de la Caridad en general, sirvientas de los pobres, les repetía que su espiritualidad se resumía en el seguimiento de Jesucristo, vaciándose de ellas mismas por medio de la mortificación y revistiéndose de su Espíritu para cumplir fielmente la voluntad de Dios50.
Son Maturina Guérin, que fue su secretaria, nos ha dejado líneas inolvidables sugiriéndonos dirigir a las Hermanas de acuerdo a cómo es cada una: «Cuando tuve la dicha de escribir sus cartas, no remarcaba sus preciosas enseñanzas; pero ahora admiro con qué singularidad las daba: a unas las inculcaba la observancia de las Reglas, a otra, el temor y a aquella, el puro amor de Dios; y así a las demás» (D 822).
Sí, también el Puro Amor; y es que en los últimos años de su vida veía cómo aquellas antiguas aldeanas avanzaban firmes en la vida de Dios. Algunas sentían la contemplación a la que les animaba el mismo Vicente de Paúl51; varias tenían un espíritu cultivado y una espiritualidad profunda, como las hermanas Angiboust, Margarita Chétif, Francisca Carcireux, Ana Hardemont, Nicolasa Haran, Maturina Guérin, Lorenza Dubois, etc. y las animaba a una vida en Dios sublime, de unión íntima, de abandono en El, de desprendimiento total. Las empujaba a buscar la santidad y hasta el puro amor. No se olvide que, pocos años antes de morir, las breves páginas del escrito Práctica del Puro Amor (A 27) se las dedicó a todas las Hijas de la Caridad52
El verdadero formador es el Espíritu Santo
Aunque debido a la época en que vivió santa Luisa, propiamente la acción del Espíritu Santo en la vida espiritual no sea una nota distintiva de la espiritualidad vicenciana, sí lo es de la espiritualidad luisiana.
La señorita Le Gras siempre tuvo en cuenta, pero especialmente en los siete últimos años de su vida, que la Hermana joven se forma guiada por el Espíritu Santo y que tanto ella, Luisa, como la Hermana Sirviente y los demás miembros del equipo de formación tienen que ser obedientes a sus inspiraciones. Nos lo explica en unos ejercicios, que hizo tres años antes de morir, sobre el Espíritu Santo en el seno de la Trinidad y que Jesús nos revela que es amor y como amor se proyecta en los hombres. Pero es la Hermana la que debe dar una respuesta a la acción del Espíritu. Una respuesta que, al depender no sólo de su libertad, sino también de la gracia divina, la lleva a buscar y encontrar a Dios, primero, en su interior y después en los pobres a través de los acontecimientos de la vida. La señal de dejarse guiar por el Espíritu Santo es vivir la humildad, la sencillez y la caridad.
- SV. X, 661; SL. L. 628 bis.
- SV. Conferencia del 22 de septiembre de 1647; SL. A. 63, L. 9, 283, 319, 481, 300, 459, 452, 479, 520 bis, Testamento Espiritual (Escritos. pág. 823), SL. L. 9, 283, 481…
- Ni santa Luisa ni san Vicente usan la palabra consagrada, pero en una conferencia a las Hermanas san Vicente les dice que una joven se consagra a Dios al entregarse a él «en el servicio de las personas más abandonadas de la tierra» (SV. IX, 269-270). Ved Conferencia del 2 de noviembre de 1655, en especial X, 143-144. Tampoco las Constituciones actuales aplican la palabra consagrarse, sino entregarse, a no ser en el LÉXICO (voces «APROBACIÓN PONTIFICIA» y «EXENCIÓN»). Sin embargo el documento Junto al pozo de Jacob (AG1991) admite que las Hijas de la Caridad están consagradas no por la profesión de los Consejos, sino por la entrega a Dios. También lo admite Juan Pablo II al dirigirse a las Asambleas Generales de 1985 y 1997. La consagración de las Hijas de la Caridad hay que entenderla según la voz «CONSAGRACIÓN» del Léxico de la Instrucción de los Votos, de acuerdo con LG n. 44.
- Norma firmemente establecida desde los orígenes: SV. IV, 232, 245… Conmovedora es la carta que le envió santa Luisa a san Vicente para que no destinara sola a Sor María Joly a Sedan (L. 36 bis).
- Sor Juana Francisca en Etampes (SL. L. 361, 367) y Sor Guillermina en Picardía (Consejo de 15-04-1651, SV. X, 674) o los casos de Brienne, Châlons y Sainte-Menehould (SL. L. 450, 451) (C. 43; E. 29).
- «Signori e padroni» era frase común para indicar la total posesión de algo o sobre alguien, al estilo de hoy día: Se hacen dueños y señores de la casa. Pero en especial, para designar a los Señores de un pueblo o lugar, de un hospital… En este sentido, san Camilo de Lellis se la aplicó a los pobres, y san Vicente la hizo suya (IX, 119; X, 266, 332); santa Luisa solo usa la palabra «maîtres» (dueños) (L. 43, 424, 571).
- SV. Conferencia del 9 de febrero de 1653, en especial IX, 591-592 y 595
- «Me ha venido al pensamiento… que sería de desear que formase usted bien en la oración mental a la que se encarga de las recién llegadas, a fin de que ella las eduque debidamente en este santo ejercicio» (IV, 47). «Y usted, hermana, la que se encarga de las nuevas hermanas, hágales comprender bien la manera de hacer oración sobre el tema de una conferencia… Hija mía, usted no sabe nada por sí misma; usted no tiene capacidad ni luz para nada; pero Nuestro Señor Jesucristo actuará en usted y será él mismo su capacidad y su luz. Sea usted una hermana de oración y Nuestro Señor le enseñará todo lo que hay que saber» (XIII, 667-668).
- SV. I, 583, IX, 413, 465… Acertadamente la última Asamblea ha identificado revestirse con enraizarse.
- «Por amor de Dios, señor, no permita que se haga nada que abra una posibilidad, por pequeña que sea, de separar la Compañía de la dirección que Dios le ha dado» (L. 130 quater; ved L. 315, 333. 655), «así es como nos lo ha enseñado nuestro Muy Honorable Padre, después de haberlo aprendido del Hijo de Dios, Jesús Crucificado» (L. 183),
- (D 946).
- SV. I, 234, 300, 325, 505, 609-610. SL. L. 106.
- SV. I, 277-278; ABELLY, L. I., c. XXIV, pp. 114-115;
- La vida religiosa en aquella época se consideraba por lo general una ocupación como otra cualquiera que ordinariamente la decidían los padres. A menudo, eran las circunstancias económicas y sociales o el orden de nacimiento lo que imponía el estado de vida a una joven: casada o religiosa, ya que la soltería era mal vista y peligrosa para una mujer. Con esto, no quiero juzgar la rectitud de una vocación con criterios actuales ni negar que esos condicionamientos no sean parte integrante de una verdadera vocación divina. Entonces como hoy, las mediaciones materiales pueden entrar como constitutivas de la vocación.
- SL. L. 9, 30, 47, 65, 102, 138, 277 bis, 323…
- SV. I, 300, 325, 328, 505, 610.
- SL. L. 11, 28, 105, 144, 145: «Y usted, Sor Luisa, de nuevo ha vuelto a caer en sus pequeñas malas costumbres… Me olvidé proponerle a Sor Ana de San Pablo, cuyo espíritu creo que hay que cuidar… Si Sor Brígida sabe que usted la ha conocido, adviértala de evitar todos los peligros de volver a caer en otra parecida… Me gustaría que Sor Rosa esperara a mi vuelta para hacer los Ejercicios, debido a que es un poco escrupulosa y hay que atenderla de manera distinta a las demás,,, Le ruego, señor, que le dé usted a conocer sus defectos (de la Hermana),… porque, bajo su apariencia de mansedumbre y caridad se esconde la búsqueda de su propia satisfacción y vana estima; pero no se da cuenta de ello, porque tiene deseos de ser perfecta».
- SV. I, 238; X, 623; XIII, 664, 667; SL. L. 34, 192, 193, 208, 623; A 91 bis, 100.
- SV. I, 232-236, 238, 304, 315; conf. del 25 de enero de 1643.
- Luisa no se fiaba mucho de las mortificaciones que dañan el cuerpo. Prefería el dominio interior, pues la mortificación corporal «tiene más sombra de mortificación que de mortificación verdadera» (L. 55).
- Con el propósito de animar a las Hermanas, santa Luisa escribió unas páginas insistiendo en la obligación de formarse cada una (A. 60).
- También: «Se ha dado el caso de varias que, después de haberse formado, se dejan llevar de su propio interés y dejan la Compañía» (L. 401).
- SL. L. 104 bis, 169, 194, 198, 214, 232, 290 bis, 647 bis.
- SL. L. 564; SV. X, 555.
- SL. L. 125 bis; ver L. 104 bis, 105, 569 bis; S. 1
- SL. L. 111, 248, 429; A 27, 38, 75, 84, 85. Es curioso que en una ocasión ponga como modelo de la comunidad unida el Reino de los Cielos (A 37), y en otra, el Reino de Jesucristo (L. 374).
- Leyendo las cartas y escritos de santa Luisa he visto que en ellos se encierra un tratado magistral sobre la unión comunitaria: naturaleza, dificultades y dimensiones (orgullo y amor propio, diversidad de caracteres, sobrecarga de trabajo, desilusión en el destino, relaciones con los externos); y los medios prácticos para lograr la unión (tolerancia, aguante y cordialidad, descanso y recreación, confianza entre las Hermanas, respeto, disculpar, saber ceder y avisar con habilidad y virtud). Pero no es propio de este tema.
- SL. L. 147, 170; SV. 23, 179, 180, 214, 431; X, 617.
- SL. D. 432, 496, 507, 724, y toda la correspondencia con el Abad de Vaux.
- SV. VIII, 233-234, 237-239; XII, 86-87; D 453, 469, 471, 699 bis, 777, 779…
- SL. L. 88, 319, 446, 460, 464, 544, 607, 629… (Pero este aspecto es más propio de otra charla).
- Por fortuna, el 16 de octubre de 1627, Pedro Alméras había publicado el Reglamento de Correos. Aunque bastante deficiente, organizaba los correos especiales ya existentes e instituía «los correos ordinarios que, a un precio módico, salían y llegaban en días determinados de la semana», desde París a las principales ciudades del Reino y viceversa. Se consideraba un derecho del Estado abrir la correspondencia privada, como un medio de poder descubrir espías o impedir la propagación de rumores peligrosos para la nación o de noticias consideradas como «secretos de estado». El correo a Angers no tardaba menos de tres días, si todo iba bien, pero lluvias, accidentes, detenciones llevadas a cabo por las autoridades para conocer no sólo el contenido del correo sino también de las cartas, ocasionaba retrasos de diez días y hasta de un mes. Tampoco era difícil que las cartas se perdieran por el camino. A todos estos incidentes, se añadía la dificultad de encontrar la dirección, cuando la carta llegaba a la ciudad.
- Micaela y Bárbara en San Nicolás; Bárbara y Luisa en Richelieu, Brígida y María en Chantilly, Juana y Maturina en Liancourt, Loret o Chétif y Micaela en Char, Loret y Hermana Joven en Fontenay, Bárbara y Lorenza en Bernay, Enriqueta y seminaristas en Calais, Francisca y Ana en Narbona, etc.
- SL. L. 186, 246, 360, 421, 481.
- Escribió miles de cartas, aunque desgraciadamente, sólo se conservan poco menos de ochocientas. Escribe con facilidad, sin preocuparle el estilo; a veces, da la sensación de ser un estilo prieto en el que tiene más importancia la idea que la forma. Su mente va más rápida que la pluma; es concisa y no repite lo que le dicen, ella responde sin que sepamos a qué. Va escribiendo según le vienen a la mente los asuntos; parece que da saltos y así algunos párrafos son difíciles de comprender. Abría su corazón repleto de sentimientos femeninos. La vemos alegre o triste, preocupada o enfadada según las noticias que recibía.
- Pretendía que la correspondencia con sus hijas fuera semanal o, al menos, quincenal (L. 146, A 85).
- SL. L. 130 bis, 161, 236, 327, 352, 611; A 91, 91 bis.
- SL. L. 70 bis, 104 bis, 105, 116, 121, 136…
- SL. L. 160, 196 bis, 200 bis, 360 bis, 368, 439, 581,…
- SL. L. 132 bis, 208; A. 54, 55, 91 (Segond Cahier); SV. X, 623; XIII, 664-665.
- Ved SL. L. 200 bis, 632, 650, 655. La sala de los hospitales tenían un altar para celebrar la eucaristía y hablar desde allí se consideraba como hacerlo desde un púlpito,
- Así aparece en dos cartas y dos escritos de Santa Luisa sobre el presente y futuro de las Hijas de la Caridad: cartas L. 315 y 333, y los escritos A. 61 y 62. Pero son infinitas las veces que lo propone. Tan sólo un ejemplo: «Así es como tenemos que ser, personas que edifiquen a la gente, y no personas que sólo llevan el nombre y el hábito de Hijas de la Caridad, sin hacer nada, a no ser las obras» (L. 623)
- Hay que recordar que los peligros en la castidad, debido a su condición de mujer y a la libertad que gozaban en el apostolado fue uno de los motivos para suprimir a las Hijas de María Ward. Ved Benito MARTÍNEZ, C.M., Empeñada en un paraíso para los pobres, CEME, Salamanca, 1995, p. 84-85
- Su correspondencia hacía una función parecida a la que hacen hoy Los Ecos de la Casa Madre. Sor Francisca Douelle, aislada en Polonia, le escribe a santa Luisa: «cuando no recibo noticias de usted, me parece que estoy totalmente abandonada y que ya no quieren nada de mí» (D. 786).
- SV. Conf. sobre el espíritu del mundo (28-06-1648). La última Asamblea General y los documentos de la Superiora General lo han expresado con una palabra preciosa enraizarse, tomada de Col 2, 7.
- SL. A. 7, 1er journée, 19, 29, 24, 26, 27, 28.
- «He visto que el poder de poseerme que tenía Dios era por la excelencia del designio de Dios en la creación del hombre de unírsele estrecha y eternamente si se servía del único medio que tenía para darle, que era la Encarnación de su Verbo, el cual, al ser hombre perfecto, quería que la naturaleza humana participase en la divinidad por sus méritos y por su naturaleza tan estrechamente unidos» (A. 26, premier sujet). «Esta unión del hombre con Dios viene a «ser como el aire sin el cual el alma no tiene vida, y así es como he visto la Redención del hombre en la Encarnación…, unión personal de Dios en un hombre, la cual honra a toda la naturaleza haciendo que Dios la mire en todos como su imagen» (A. 14).
- L. 169, 309, 426, 508… A. 5, 8, 9, 10, 13 bis, 14, 15, 18, 23, 26, 27 50…
- No olvidemos que hasta encontrarse con el sacerdote Vicente de Paúl, fue ayudada en la vida espiritual por los capuchinos, los oratorianos de Bérulle, la carmelita Magdalena de San José, discípula fiel de Bérulle y su tío Miguel de Marillac; todos seguidores de la Escuela Abstracta francesa (D. 827-829, 832, 837).
- «Demos, pues, el primer paso para seguirle que es decir con todo nuestro corazón: yo lo quiero, amado Esposo, yo lo quiero y para probártelo te sigo hasta el pie de tu cruz que escojo por mi claustro; y ahí quiero dejar a la tierra todo afecto terreno… y al pie de esta cruz sacrifico todo lo que pudiera impedir la pureza del amor que queréis de mí… No se espanten, queridas hermanas, aun cuando con esta palabra todo no pretenda exceptuar nada» (A. 27)
- SV. Conferencia de 31 de mayo de 1648
- SL. L. 426, 405, 377, 448, 489 bis, 546, 519, 642. «Creo que usted recuerda que para que el servicio que le damos le sea agradable, es necesario que parta de un buen corazón; es decir, muy ejercitado en la mortificación de su propio juicio, de su propia voluntad y de la satisfacción de los sentidos y pasiones. Sin esto, querida Hermana, nuestras acciones son ruido y solo el amor propio hace su negocio, alejando el puro amor de Dios que es la piedra filosofal que convierte todo en oro» (L. 508). El Puro Amor consistía en amar a Dios sin ningún interés personal, ni por el cielo ni por miedo al infierno. De tal manera que, si por un imposible un alma supiera que Dios quería que se condenara, aceptaría gustosa ir al infierno. Un siglo antes estas ideas habían conmovido a España, llegando a la exageración, condenada, de los alumbrados. En el siglo XVII se discuten en Francia hasta su condenación en el quietismo. ¿De dónde le vino a santa Luisa hacer oración sobre este tema e inculcárselo a las Hermanas? ¿De ella misma, de la plenitud de su amor? ¿De San Francisco de Sales, del capuchino Lorenzo de París? San Francisco de Sales escribe «que si, imaginándose un imposible, supiera que su condenación era un poco más agradable a Dios que su salvación, dejaría su salvación y correría a su condenación». Luisa leyó el Tratado del Amor de Dios, en especial el libro IX, cap. IV (SV. I, 86; SL. A. 10).






