Los últimos años de San Vicente y de Santa Luisa

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de Marillac, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Bernard Koch, C.M. · Año publicación original: 1995 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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vincent_louise…¿A partir de que edad se puede hablar de edad avanzada para Vicente de Paúl y la Señorita Le Gras? y por tanto ¿a partir de que año estudiarlos? Arbitrariamente, he empezado a partir de los años 1655-1656, o sea cinco años antes de su muerte, lo que supone sesenta y cuatro, sesenta y cinco, para Santa Luisa y setenta y cuatro, setenta y cinco para San Vicente… No olvidemos que en el siglo XVII la media de edad era mucho más baja que actualmente y que, hasta mediados de nuestro siglo XX, sesenta y cinco años ya marcaban la vejez…Tres cosas llaman la atención cuando consideramos esos años y también los inmediatamente anteriores.

  • por una parte, las cruces de toda clase: la fatiga física, los achaques crecientes, las frecuentes enfermedades y, más abrumadoras aun, las pruebas morales…
  • por otra parte, el increible espíritu de fe que acompaña a su penetrante lucidez sobre los acontecimientos, y el sentimiento, a veces, de que todo los abandona;
  • por ultimo, una actividad todavía bastante desbordante, al menos a través de la palabra y la correspondencia, debida sin duda a una vitalidad bastante excepcio­nal, pero sobre todo a la energía espiritual que les da ese espíritu de fe y ese amor activo a Dios y a los Pobres.

De este estudio, que no tiene la pretensión de ser exhaustivo, sacaremos algunas indicaciones que puedan ayudarnos a recorrer nosotros mismos ese último tramo de la vida.

Primera parte Sus pruebas

I – Ver que uno va envejeciendo y que la muerte se acerca mientras que hay todavía tanto que hacer

Esto es claro especialmente en San Vicente, quien declara más de una vez su edad, deplorando su poco progreso y la tarea inacabada, los peligros de que se entibiase el celo de los misioneros, que podrían querer abandonar tantas tareas al servicio de toda clase de Pobres. Escuchémosle, durante la repetición de oración del 3 de noviembre de 1656, en la que excitaba el celo de sus cohermanos:

«¿Qué es nuestra vida que pasa tan aprisa? Yo, ya me encuentro en el año 76 de mi vida; y sin embargo todo este tiempo me parece ahora como un sueño; todos esos años han pasado ya. ¡Ay Señores! ¡Que felices son aquellos que emplean todos los momentos de su vida en el servicio de Dios y se ofrecen a El de la mejor manera!» (Sig. XI/3, 253).

Y el 6 de diciembre de 1658, hablando a los misioneros sobre el fin de la Congregación:

«Os hablo de estas dificultades, hermanos, antes de que se presenten, porque pudiera ser que algún día se presentasen. Yo no puedo ya durar mucho; pronto tendré que irme; mi edad, mis achaques y las abominaciones de mi vida no permiten que Dios me siga tolerando por mucho tiempo en la tierra» (Sig. XI/ 3, 395).

Aunque diez años más joven, la Señorita piensa también en su muerte, como lo declara a San Vicente el 31 de diciembre de 1658:

«Estamos en las ultimas horas del año; me arrojo a sus pies para suplicar a su caridad me alcance misericordia, ya que no espero otra que la que Dios me haga cuando me llame a rendirle cuentas; solo para ese momento es para el que imploro su caridad, a causa de mis infidelidades e inmortificaciones continuas que me hacen ofender a Nuestro Señor.

Me parece que queda todavía algo por hacer para el afianzamiento espiri­tual de la Compañía». (Corr. y Escr. p. 603).

II – Los achaques de toda clase y las enfermedades

1 – Los pequeños fallos de la memoria, sobre todo si uno se da cuenta

San Vicente preparaba siempre sus conferencias al menos mediante un esquema, y miraba de vez en cuando sus papeles, para comprobar si se le había olvidado algo.

A pesar de eso, tenia esos fallos de memoria, pues a veces, entusiasmado con su tema, no sabía ya por donde iba. Por ejemplo, en su magnífica conferencia, a los Misioneros, sobre la caridad, el 30 de mayo de 1659:

«Acabo de decir que, cuando uno se conoce bien, sabe soportar fácilmente a los demás… Ahora no se adonde voy ni donde estoy… Tened paciencia conmigo, por favor. ¿Qué significa eso de soportarse? Se trata de aquello: alter alterius onera portate …».

A veces comienza una idea, después, al pasar a otra, se le olvida lo que iba a decir. Entonces lo confiesa con toda sencillez y pide a sus cohermanos que acudan en su ayuda.

2 – Los achaques físicos

A la vista de todo lo que llevaron a cabo, podríamos creer que tenían una salud de hierro y, sin embargo, no sucedía así, y sus pruebas físicas no dejaron de aumentar con la edad.

a) Achaques y enfermedades de San Vicente

La enfermedad de las piernas de San Vicente es bastante conocida; le obligaba a utilizar una carroza -para humillación suya- pero hizo que Santa Luisa se beneficia­ra de ella más de una vez. Seguimos, aquí, la cronología que de ello traza Abely que lo conoció de cerca, lo trató e interrogó a sus compañeros:

«Sufrió la incomodidad de la hinchazón de piernas y de pies… por espacio de cuarenta y cinco años; y a veces llegaba a ser tan grande, que le costaba mucho mantenerse de pie, o andar, y otras veces solían estar tan inflamados y doloridos, que se veía obligado a guardar cama.

Por esa razón el año 1632, cuando vino a vivir a San Lázaro, se vio en la necesidad de disponer de un caballo… El caballo le sirvió hasta 1649; entonces el mal de las piernas creció sobremanera a causa de un largo viaje que hizo a Bretaña y a Poitou, viéndose por ello reducido a tal estado que ya no podía ni montar a caballo, ni bajar de él, por lo que se vio forzado a quedarse en casa, y ya estaba resuelto a ello, si el difunto Arzobispo de París no le hubiera mandado servirse de una pequeña carroza» (Abelly, p. 223).

Este mal de piernas le impedía hacer la genuflexión; él lo evoca, en la repetición de oración del 28 de julio de 1655, cuando trata de reaccionar contra los cohermanos que no la hacían bien: «Yo tampoco he dado en esto el ejemplo que debía. ¡Qué se se va a hacer! Con la edad que tengo y mis piernas tan mal, me impiden hacerlo!» (Sig. XI/3, 125).

«El año 1656 tuvo otra enfermedad que empezó con una fiebre continua de varios días y que terminó con una gran fluxión en una pierna, que le mantuvo en cama algún tiempo, y le obligo a estar encerrado en la habitación cerca de dos meses, con tantas molestias que, como no se encontraba bien en ninguna postura, había que llevarlo y traerlo desde la cama junto al fuego. Solamente con ocasión de esta enfermedad consiguieron de él y le obligaron a acostarse en una habitación provista de chimenea, para encender en ella el fuego que le era tan necesario para aliviar sus molestias» (Abelly, p. 222) «Los que se singularizan en el vestir, o en el comer, o en las demás necesidades comunes, resultan molestos a los que siguen la comunidad. ¡Miserable de mí que tengo que ser una carga para toda la casa, al no ser uniforme con los demás!. Tengo una habitación especial y una cama especial; me he tenido que servir de una infamia para ir y venir (así llamaba a la pequeña carroza que utilizaba, queriendo indicar que era una infamia, para él y para toda la Compañía, que un hombre de su condición fuese en carroza), y he caído en otras miserias; predico la uniformidad y no la sigo.

Salvador de mi alma, suple estos defectos con una gracia poderosa que me haga servir a la Compañía con algunas practicas de virtud sobre todo con la de la humildad» (Sig. XI/4, 545).

Padecía toda clase de otros males, en los ojos  por ejemplo. A finales de 1658, su mal de piernas quedó todavía agravado por un accidente de carroza. A continuación, su estado no hizo sino degradarse lentamente, inexorablemente, impidiéndole salir de la casa y más tarde bajar a las salas comunes…

Todo esto no obstaculizaba en manera alguna su espíritu de penitencia: «Entre tantos dolores siempre se mantuvo en su estilo de vida dura y austera, sin tolerar jamás que le acostaran en una cama blanda, sino en un jergón, para pasar sobre él cinco o seis horas de la noche…» (Abelly, p. 224).

Pero esta experiencia de la enfermedad y de los cuidados que conlleva le lleva a recomendarnos que seamos todavía más atentos con los enfermos. Es lo que dice a las Hermanas en su conferencia sobre la uniformidad, el 18 de noviembre de 1657, un texto capital y muy actual:

«Mirad, Hermanas mías, os decía hace poco, y os lo repito ahora, cómo tenéis que portaros en vuestras enfermedades, o sea, que tenéis que evitar los mimos excesivos y contentaros con el trato que se da a los pobres».

Pero os digo que, si alguna, debido a sus enfermedades o a su edad o a su debilidad, necesita algo más, la Caridad que atiende a todas las necesidades tiene que tenerlo en cuenta… Por eso, Hermanas mías, no os preocupéis, no os aflijáis las que sois ancianas o estáis enfermas, si no podéis seguir a las demás en todo. La Compañía es una madre que sabe distinguir bien entre sus hijos enfermos y los que están bien…» (S.V. Conf. Esp. n°s 1810-1811).

Finalmente, a partir de 1658, le resulta a veces imposible salir… (8) El 23 de mayo de 1659, como otras muchas veces, se mostró afligido porque sus enfermedades le impedían hacer lo que se les pide a todos:

Quedémonos con la conclusión: si nuestra edad avanzada no nos permite ya trabajar, ni observar toda la Regla, que al menos nuestra humildad sea una manera de servir.

b) Santa Luisa también conoció las pruebas físicas Gobillon, su primer biógrafo, refiere:

«Hacía mucho tiempo que estaba sujeta a graves achaques; y ya el año 1647, el Señor Vicente había escrito al Señor Blatiron, Superior de los Sacerdotes de la Misión de Génova, en estos términos: «Considero a la señorita Le Gras como naturalmente muerta desde hace diez años; y al verla se diría que sale de la tumba; tan débil está su cuerpo y tan pálido su aspecto. Pero Dios sabe qué fuerza de espíritu tiene. Sin las frecuentes enfermedades que sufre y el respeto que tiene a la obediencia, iría muchas veces de un lado a otro a visitar a sus Hijas y trabajar con ellas, aunque no tenga más vida que la que recibe de la gracia… »

«En el año 1656 sufrió una grave enfermedad y dijo al Señor Vicente que creía que era una llave para salir pronto del mundo, suplicándole que, como necesitaba aprender a prepararse bien a ello, le concediera por favor esta caridad, para no naufragar al cabo de esta navegación… 00 entró en convalecencia; y cuando dio la noticia a una de sus Hijas, le dijo cuales eran las disposiciones de su alma en los diferentes estados de su vida, con esta carta que le escribió: «No le ha parecido bien a la bondad de Dios borrarme de la faz de la tierra, aunque haga tiempo que lo merezco. Hay que esperar la orden de la Providencia con sumisión; debemos estar todos los días en este estado, sea para la muerte de nuestros próximos, o para la nuestra, o para todos los acontecimientos desgraciados, de modo que la divina voluntad no tenga motivos de quejarse de que no hayamos seguido sus ordenes».

Finalmente, el año 1660 finalizó la carrera de su vida. El 4 de febrero cayó enferma de una fluxión en el brazo izquierdo, con una fiebre alta, que aumentó en ocho días con tanta violencia, que se vio obligada a recibir el Santo Viático y la Extremaunción… No hubo medios que no se emplearan ante Dios para pedirle su curación… Cerca de tres semanas estuvo luego sin fiebre y su fluxión disminuyó.

Pero el 9 de marzo, la fiebre volvió y apareció la gangrena en su brazo… y exhortándola su pastor (el párroco de San Lorenzo) a dar una vez más su bendición a sus Hijas, les dijo estas palabras, que les dejó como su testamento y su última voluntad:

«Mis queridas Hermanas, sigo pidiendo para ustedes a Dios su bendición, y le ruego les conceda la gracia de perseverar en su vocación para que puedan servirle en la forma que El pide de ustedes. Tengan gran cuidado del servicio de los pobres y sobre todo de vivir juntas en una gran unión y cordialidad, amándose las unas a las otras, para imitar la unión y la vida de Nuestro Señor. Pidan mucho a la Santísima Virgen que sea Ella su única Madre.»

«…Dio señales de una perfecta penitencia recibiendo su enfermedad como un justo castigo que ella decía haber merecido, y declarando públicamente que era muy razonable que donde el pecado abunda habite el mal; que Dios hacia justicia en su persona y que haciendo justicia, hacia misericordia. Mostró que estaba enteramente desprendida de la tierra y que tenía un deseo ardiente de unirse a Dios… Finalmente, conservó siempre la igualdad de ánimo, la dulzura, la paciencia, la sumisión a Dios y las demás virtudes que había practicado en las diferentes pruebas de su vida».

«Una de las mayores (pruebas) que tuvo jamás fue la que Dios le envió en esta enfermedad, privándola de la asistencia del Señor Vicente. El se encontraba por entonces con una enfermedad tan grave que no pudo hacerle ninguna visita; y cuando ella le vio imposibilitado de prestarle, en el momento de la muerte, este oficio de caridad, que ella había deseado con tanta pasión, le mandó a pedir al menos unas palabras de consuelo escritas por su mano; pero la prueba fue total para su virtud; este prudente director no creyó oportuno concederle esta gracia y sólo le envió uno de los sacerdotes de su Compañía, con la orden de decirle de su parte que ella se iba delante y él esperaba verla muy pronto en el Cielo…»

«Desde el trece de marzo su enfermedad se fue agravando cada vez más hasta el quince… Descansó en el Señor y le entregó su alma el lunes de la semana de Pasión, 15 de marzo entre las once v las doce de mediodía, a la edad de sesenta y ocho años. El Señor cura párroco de San Lorenzo, que estuvo allí en el final de su agonía, luego que expiró dio en presencia de la Compañía este testimonio de su virtud, de la que él tenía un perfecto conocimiento por la confesión general que le había hecho: ‘iOh que bella alma que lleva consigo la gracia de su bautismo!».

Podemos recordar que desde hacía mucho tiempo, y hasta el final, Vicente de Paúl y la Señorita se confiaban sus dificultades de salud, y sus propuestas de remedios lo que puede hacernos indulgentes para las personas que lo hacen todavía hoy, pero sin olvidar que ni Vicente ni Luisa se detenían en quejarse más de la cuente de sus males…

Una carta de Santa Luisa a San Vicente, del 14 de noviembre de 1655, nos muestra especialmente la solicitud maternal de aquella mujer de sesenta y cuatro años hacia su anciano Padre espiritual de setenta y cuatro; es bueno ver como los santos vivieron también estos aspectos sencillos de la existencia. Pero en todo ello podemos captar un poco la brutalidad de la medicina de aquel tiempo, que no utilizaba más que las sangrías:

«Permítame le diga que es absolutamente necesario que no tenga la pierna colgando ni medio cuarto de hora, ni que sienta para nada el calor del fuego; si siente frío en ella, caliéntela con un paño caliente por encima de los calzoncillos. Y si le parece, m muy Honorable Padre, podría probar esta pomada suave… Las sangrías, unidas a su enfermedad, han debilitado su cuerpo, y cuando posa usted el pie en el suelo, el calo) y los humores se concentran allá como en la parte más débil. Me gustaría que no bebiera usted tantos vasos de agua, aunque dejando que el vientre se temple y refresque…

P. D. Yo tomo todos los días medio «gros» de te, que me sienta muy bien, pues me da fuerzas y abre el apetito» (S.L. Corr. y Escr, C.515).

3. Los achaques y enfermedades de los familiares y allegados

En 1655, Santa Luisa se ve atormentada por la sordera de su hijo, que le había causado ya graves preocupaciones y por el temor de que Dios fuera ofendido en su pequeña familia. (14)

El año 1657 parece haber sido uno de los más difíciles, por la peste que asoló más o menos por todas partes a Europa. El 24 de agosto, San Vicente, después de haber descrito los sufrimientos del Padre Duperroy, misionero en Polonia, prosigue:

«Considerando el trato con que Dios quiere probar a este su fiel servidor, decía dentro de mi mismo: ‘¿Es esa, Señor, la recompensa con que pagas a tus servidores, a ese hombre en el que jamás hemos notado la más pequeña falta, a esta persona que siempre ha permanecido fuerte como una roca en el lugar en que lo había colocado tu divina Providencia, a pesar de todas esas calamidades de la guerra,

la peste y del hambre?’ Sin embargo, así es como trata Dios a sus servidores». (Sig. XI/3, 286)

Son éstas precisamente las preguntas que se hacen hoy los pobres y los afligidos, y probablemente los más sensibles de entre nosotros. Miren, San Vicente se las planteo también, y se atrevió a decirlas en publico. Es un alivio para nosotros, pues al oír sus exhortaciones a la paciencia y al espíritu de fe, nos damos cuenta de que él mismo vivió nuestra angustia ante este misterio cruel del destino. No acabaríamos de hablar nunca si hubiera que enumerar las pruebas físicas de sus cohermanos y de las Hermanas.

Por último están los achaques de la vejez. El Padre Almeras está enfermo…  Esto no le impedirá ser el sucesor de San Vicente durante doce años, a pesar de su salud deficiente, hasta 1672.

El 5 de agosto de 1659, al anunciar ejercicios de predicación, San Vicente enumera los achaques de sus ancianos compañeros:

,Todos hemos de contribuir con nuestro esfuerzo a que se haga este ejercicio. Sé muy bien que no podrá hacerlo el Padre Portal!, por la dificultad que tiene para hablar; tampoco el Padre Alméras por su enfermedad; ni el Padre Bécu, por culpa de sus manos, y no de su cabeza, pues la tiene muy buena; ni el Padre Bourdet, que se encuentra algo débil; pero todos los demás, si; y yo también pobre porquero, que seré el primero en empezar…» (Sig. X1/4, 582).

Cuántas situaciones actuales nos evoca esto… La gran diferencia es que enton­ces se veía a los nuevos que llegaban para coger la antorcha y tomar el relevo…

Un detalle pintoresco referente al Padre Portail, Director de las Hermanas, lo da Santa Luisa, al comienzo de una larga carta de enero de 1660, donde da noticias de Maturina Guerin:

«Seguimos con la misma pena del año pasado, de no poder ver a nuestro amado Padre, a causa del malestar que le produce su pierna, y /Dios quiera que pueda encontrar alivio! En cuanto al Señor Portail, es afortunado quien logra verle. Esta (retirado) en una especie de ermita, al otro extremo del cercado, de donde no se mueve y viene solo raras veces para las confesiones» (S.L. Corr. Escr. C. 716).

4. Las necesidades de los parientes afectados por la miseria

San Vicente explica esta renuncia a los misioneros, en la repetición de oración del 16 de marzo de 1656:

Señor de Saint-Martín, que se muestra tan caritativo con mis pobres parientes, me escribió uno de estos días que mis parientes tienen que pedir limosna; también me lo ha dicho el párroco; y el Señor Obispo de Dax, mi obispo, que estuvo ayer aquí me decía igualmente; ‘Padre Vicente, sus pobres parientes están muy mal; si usted no tiene piedad de ellos, lo pasaran muy mal. Algunos han muerto durante la guerra; los que quedan andan pidiendo limosna’. Sin embargo, decía el Señor Vicente, ¿qué puedo hacer yo? No puedo darles dinero de la casa, pues no me pertenece… Y yo mismo, si Dios no me hubiera concedido la gracia de ser sacerdote y de estar aquí, estaría como ellos» (Síg. XI/3, p. 224).

III. Los acontecimientos exteriores

1. La muerte de los compañeros de camino: las separaciones se repiten

La peste que asolaba Génova provocó también la muerte de buena parte de los cohermanos que atendían a los enfermos de la peste y San Vicente siente esto profundamente’. Los misioneros enviados a Madagascar, en varias ocasiones, mueren allí o naufragan antes de llegar. Los fallecimientos son muy numerosos…, pero San Vicente prepara a sus cohermanos a otros dos grandes sufrimientos. Por ejemplo, escribe el 13 de febrero de 1660, al superior de Varsovia:

«La señorita Le Gras… cayó enferma poco después, hasta el punto de que no nos atrevemos a esperar que se recupere; estamos muy preocupados. Y lo que colma nuestro dolor es que el Padre Portail está también gravemente enfermo. Los dos han recibido el viático el mismo día. Los encomiendo a sus oraciones y a las del buen Padre Duperroy, a quien abrazo como a usted con todo el cariño de mi alma» (Síg. VIII, 228).

Al día siguiente murió el Padre Portail, mientras que la Señorita continuaba sufriendo cruelmente, como le explica a Sor Maturina Guérin, el 3 de marzo:

«Es verdad que Dios nos ha quitado al buen Padre Portail, que murió el 14 de febrero, y que la señorita Le Gras estaba en gran peligro y lo ha estado desde entonces. Son dos golpes muy duros para su pequeña Compañía; pero como viene de la mano paternal de Dios, hay que recibirlos con sumisión y esperar de su caridad que las Hijas de la Caridad se aprovecharán de esta visita. El es el que las ha llamado y El es el que las mantendrá. Jamás destruye su obra, sino que la perfecciona…» (Síg. VIII, 243).

«El acontecimiento» sucedió doce días después, el 15 de marzo, sin que Vicente hubiera querido o hubiera podido verla, a pesar de su petición… Ultimo desprendimiento, último renunciamiento para ser revestidos totalmente de Jesu­cristo. Vicente, que debió sentir vivamente el dolor, no nos ha dejado muestras de ello; se constata aquí el pudor en los grandes sufrimientos, al mismo tiempo que su profundo espíritu de fe y su cuidado por que la obra continúe. Veamos lo que escribe a la Hermana Sirviente de Richelieu, el 16 de marzo de 1660:

«Ha querido Dios disponer del Padre Portal!, hace alrededor de un mes, y ayer, de la señorita Le Gras. Estas noticias le sorprenderán de momento. Espero que, al ver la voluntad de Dios en ello, se conformará y hará como nuestras Hermanas de aquí, que nos han edificado a todos por la paz y la unión que han demostrado en estas ocasiones. Hágalo pues, mi querida Hermana, y rece a Dios por estos dos difuntos» (Síg. VIII, 259).

Pero su carta a Michel Caset, superior en Toul, el Sábado Santo, 27 de marzo, muestra que la tenía por una santa:

«La señorita Le Gras falleció el 15 de este mes. Encomiendo su alma a sus oraciones, aunque quizá no tenga necesidad de estos socorros, ya que tenemos muchos motivos para creer que está gozando ahora de la gloria prometida a los que sirven a Dios y a los pobres de la manera que ella lo hizo» (Síg. VIII, 268).

2. El debilitamiento del celo desinteresado y humilde de sus discípulos

Los Fundadores se preguntaban si el espíritu que ellos habían tratado de infundir podría mantenerse.

• San Vicente fue cruelmente atenazado por esta inquietud. Una de las primeras. cosas que constata es la tibieza espiritual y la pereza.

Evoca la tibieza el 14 de julio de 1655, en la repetición de oración:

«¡Fijaos en la pena de un pobre Superior, cuando ve a sus inferiores en un relajamiento y pereza tan grandes, y cuánto tiene que sudar y trabajar para que vuelvan las cosas a su estado primitivo! ¡Quiera Dios que lo consiga! En este caso se podría llamar a esto una especie de milagro, pues es cierto que una comunidad que se ha dejado relajar y ha caído en el desorden no vuelve nunca al estado primero de perfección del que ha caído… ¡Oh, qué cuentas tiene que dar a Dios un Superior que no ha tenido coraje suficiente para hacer que se observe la regla, siendo así causa de que la Compañía se relaje en la práctica de la virtud! ¡Qué cuentas tiene que dar a Dios un Superior cobarde!…» (Síg. XI/3, 113).

De la pereza, que escandaliza a los externos, habla en la repetición de oración del 20 de julio de 1655:

«También tengo otra advertencia que hacer a todos nuestros hermanos estu­diantes: en vez de tener el recreo en el jardín los días que no son de vacación, lo tienen en el cercado; digo lo que he visto; hace poco fui al cercado (es la. tercera vez que lo hago en este año) y me quedé sorprendido de verlos allí. ¿No nos parece bastante el jardín? ¿Es que no es bastante grande y bastante ancho? Pocos habrá en París tan grandes como el nuestro; id a cualquier casa, a las de comerciantes, banqueros, personas de palacio, y casi nunca los veréis en el jardín; tienen que trabajar casi todos de día y de noche… ¿Hemos de llevar una vida… no sé cómo deciros… más cómoda… esta palabra no dice bastante, más voluptuosa, más delicada, espléndida, a gusto, más amplia que las per­sonas del mundo? ¿Creéis que los señores ordenandos, que nos ven desde la ventana, a todas horas, paseándonos por el cercado, por los jardines, mezclados con esos pobres afligidos que por allí se pasean y con los que allí trabajan, no dirán en su interior: «¡Vaya cómo viven esas personas, sin tener nada que hacer!»» (Síg. XI/3, 117-118).

Vale la pena conocer la larga declaración que viene a continuación de su confidencia durante la conferencia del 6 de diciembre de 1658, en la que excita a sus cohermanos a trabajar con celo:

«Yo no puedo ya durar mucho; pronto tendré que irme; mi edad, mis achaques y las abominaciones de mi vida no permiten que Dios me siga tolerando por mucho tiempo en la tierra».

«Podrá suceder que después de mi muerte, algunos espíritus de contradic­ción y comodones dijesen: «¿Para qué molestarse en cuidar de esos hospitales?

¿Cómo poder atender a esas personas arruinadas por la guerra y para qué ir a buscarlas en sus casas? ¿Por qué cargarse de tantos asuntos y de tantos pobres? ¿Por qué dirigir a las Hermanas que atienden a los enfermos y por qué perder el tiempo con los locos? Habrá algunos que criticarán esas obras, no lo dudéis; otros dirán que es demasiado ambicioso enviar misioneros a países lejanos, a las In­dias, a Berbería…»

«Os advierto de ello, hermanos míos, antes de dejaros, con el mismo espíritu con que Moisés advertía a los hijos de Israel…, después que yo me vaya, vendrán lobos rapaces, y de entre vosotros surgirán falsos hermanos que os anunciarán cosas perversas y os enseñarán lo contrario de lo que os he dicho; pero no los escuchéis, son falsos profetas. Llegará incluso a haber, hermanos míos, esqueletos de misioneros que intentarán insinuar falsas máximas para arrui­nar, si pudieran, estos fundamentos de la Compañía; a ésos es a los que hay que resistir» (Síg. XI/3, 395-396).

• Santa Luisa había comprobado los mismos problemas entre las Hijas de la Caridad. Veamos algunas citas de sus escritos. Como San Vicente, ella se implica en su confesión de las mismas negligencias.

El 27 de diciembre de 1654 —¡ poco antes de 1655!— expresa ya sus preocu­paciones al Abad de Vaux, de Angers, muy unido a la Familia Vicenciana, al explicarle el retraso para enviar a las Hermanas prometidas:

«Tenemos mucha dificultad, después de las guerras, en encontrar jóvenes que puedan servir para nuestros ministerios, y se ha dado el caso de varias que, después de haberse formado, se dejan llevar de su propio interés y salen de la Compañía para tener más libertad. Hace ya unos años que esto nos ha creado una gran necesidad, habiendo aumentado las peticiones que se hacen a la Com­pañía por habérseles renovado el recuerdo a varias personas con las que hace ya mucho nos habíamos comprometido. Puedo asegurarle, señor, que al presente no quedan en casa más que tres antiguas para ayudar a la formación y que todas las demás son nuevas o muy delicadas de salud. No hace mucho hemos enterrado a dos. Juzgue usted, señor, lo que podemos hacer y permítame que agradezca humildemente a su caridad el que continúe ejercitándola con nuestras Hermanas.

«Me parece sería muy necesario que nuestra Sor Cecilia (Angiboust, la Hermana Sirviente) se olvidase de sus satisfacciones para proporcionar cuantas más pudiera a nuestras Hermanas» (Corr. y Escr. C. 478).

El 4 de julio de 1658, al escribir al Abad de Vaux sobre la renovación de los Votos de una Hermana, explica que estos votos anuales y simples no son siempre tomados en serio por las Hermanas: «Importa mucho que ella conozca las obligaciones que lleva consigo esta santa acción y la estima en que debe tenerla, aunque sean solamente votos simples; la ignorancia ha perjudicado mucho a otras, o más bien la falta de convicción de lo que suponían (los votos). Tengo muchos motivos para consi­derarme culpable de todas las faltas que cometen nuestras queridas Hermanas, y por ello imploro la asistencia de sus santas oraciones para que me alcancen misericordia…» (Corr. y Escr. C. 636).

En enero de 1659, expresa a San Vicente su preocupación ante las disensio­nes de las Hermanas respecto al estilo de la Comunidad:

«Algunos espíritus puntillosos de la Compañía sienten repugnancia por esa pala­bra Cofradía y no querrían más que Sociedad o Comunidad. Yo me he tomado la libertad de decir que dicha palabra nos es esencial porque podía servir de mucho para mantenernos con firmeza sin innovar nada, y que para nosotras significaba secularidad; y ya que la Providencia ha querido se añadiera Socie­dad y Compañía, esto nos enseñaba que debemos vivir como regulares obser­vando las reglas que hemos recibido al ser erigida nuestra Cofradía, tal como se nos ha explicado» (Corr. y Escr. C. 671).

Los temores aparecen también en enero de 1660, unidos al hecho de que la admiración de los comienzos hacia las Hermanas, se ha cambiado, en varios lugares, en desprecio, lo que en algunas suscita reacciones:

«Reflexionando en el estado actual de la Compañía…, me parece necesario, mi muy Honorable Padre, expresarle mi pensamiento que es el temor de que decai­ga en varias maneras: primero, me he dado cuenta de que en varias parroquias las señoras empiezan a desconfiar de ellas (de las Hermanas), aunque me parece poder asegurar que no sé de ninguna que haya dado verdadero motivo para ello, como no sean las que, en su celo por aliviar a los Pobres, reciben limosnas de las señoras para repartírselas y lo hacen sin comunicarlo a las Oficia- las que se dan por ofendidas.

Esto me ha hecho pensar, mi muy Honorable Padre, en la necesidad de que las reglas obliguen siempre a la vida pobre, sencilla y humilde, por miedo a que, si se adoptar una forma de vida que requiriera más gasto y con prácticas que atrajeran a la ostentación y, en parte, a la clausura, esto obligara a buscar medios para subsistir en esta forma, como sería, por ejemplo, constituir un cuerpo o grupo interior y sin acción, que se alojaría por separado de las que entraran y salieran, mal vestidas (es decir, dos categorías: contemplativas claustradas, y activas, sier­vas de los Pobres); porque hay ya algunas que dicen que este tocado («tortillón»: nombre despectivo de su cofia), este nombre de Hermana, no nos dan autoridad, sino que atraen desprecio. Y sé muy bien que no sólo las Hermanas, sino otras personas que deberían considerarse obligadas a honrar los designios de Dios en cuanto al servicio espiritual y corporal de los pobres enfermos, están muy incli­nadas a este modo de pensar tan peligroso para la continuación de la obra de Dios, la que con tanta firmeza, mi muy Honorable Padre, ha sostenido su caridad contra todas las oposiciones» (Corr. y Escr. C. 721).

Ecos semejantes se encuentran en una nota que data probablemente de 1660:

«Esta manera de instruir como hacen en La Fere._ dar tanta importancia a esta función dentro de la Compañía de las Hijas de la Caridad, es un camino para destruirla o al menos para introducir en ella, como dos cuerpos en uno, es decir, el de las que se considerarían aptas para tal empleo, que serían el cuerpo dominante y tendrían la pretensión de ejercer las funciones de Santa Magdalena, someterían y tendrían por debajo de ellas a las que estuvieran empleadas en la visita a los enfermos, y poco a poco, las jóvenes sencillas dejarían de tener entrada en la Compañía, y las otras se convertirían en «Madres» («Damas», dice el original, apelativo que solía darse a ciertas religiosas de coro) lo que es ya la pretensión de varías» (Corr. y Escr. E. 108, pp. 825-826).

3. El ver a la Iglesia en peligro en tantas regiones

Las oraciones de San Vicente no pueden ser ya una contemplación ingenua y plácida de Dios, pues no solamente hay demasiadas desgracias acumuladas por las guerras, desde 1632, sino que ahora, es la Iglesia misma en su existencia la que está en peligro. Por eso, sus oraciones son un combate para creer, a pesar de todo, en los planes de Dios y para rogarle. En sus repeticiones de oración, le oímos describir los acontecimientos y sus propias angustias, ante Dios.

a) Amenazada desde el interior por el jansenismo

San Vicente tenía la gran preocupación de la fidelidad a la Fe de la Iglesia y sufría por los ataques de los jansenistas. En junio de 1653, el Hermano Robineau anota lo que San Vicente añade después de haber anunciado la condenación de cinco proposiciones de Jansenius por el Papa:

«También nos dijo que la mayor preocupación de toda su vida había sido la de encontrarse ante nuevas opiniones, con miedo de adherirse a ellas. En tiem­pos de la herejía de Arrio, se quebraron muchas columnas, lo mismo que en tiempos de Calvino…

Decía: «Hemos de dar muchas gracias a Dios por haber preservado a la Compa­ñía de este mal que hoy vemos condenado por la Santa Sede. Cuando nos encon­tremos con algunos de los que tenían estas opiniones, no hemos de reprochárselas, sino más bien pasar todo esto en silencio»» (Conferencias a los misioneros; CEME, p. 86).

Sabemos que estos conflictos doctrinales continuaron de forma áspera y cau­saron un gran daño a la Iglesia de Francia y un gran dolor a San Vicente.

b) Amenazada desde el exterior por la conquista y la persecución • En Escocia y en Irlanda, por los protestantes de Cromwell

En abril de 1655, San Vicente anuncia el arresto de un cohermano:

«Encomendaremos a Dios a nuestro buen Padre Le Blanc, que trabajaba en las montañas de Escocia, y que ha sido hecho prisionero por los ingleses here­jes, junto con un Padre jesuita… Entretanto ese buen misionero está en ca­mino hacia el martirio.

No sé si hemos de alegrarnos o de afligimos por ello; pues, por una parte, Dios recibe honor por su detención, ya que ha sido por su amor; y la Compañía podría sentirse dichosa si Dios la encontrase digna de darle un mártir, y él está contento de sufrir por su nombre y de ofrecerse, como lo hace, a cuanto Dios quiera hacer con su persona y su vida…

Mas, por otra parte, es nuestro hermano el que sufre; ¿no tenemos que sufrir con él? De mí, confieso que, según la naturaleza, me siento muy afligido y con un dolor muy sensible; pero según el espíritu, me parece que hemos de bendecir por ello a Dios como si se tratara de una gracia muy especial» (Síg. XI/3, 98).

San Vicente vive este acontecimiento con un profundo espíritu de fe. Liberado en agosto, el Padre Le Blanc regresa valientemente a su ministerio2, dando oca­sión a San Vicente de dejarnos ver su celo para seguir a Jesús3. El 4 de agosto de 1658, se ve obligado a volver a Francia, mientras Cromwell continúa la perse­cución, y comienza maquinaciones en el continente:

«Dios… permite que su Iglesia se vea tan perseguida, afligida y casi aniquilada en algunos sitios, como en Inglaterra, Irlanda, Escocia, ¡y quiera Dios que no suceda lo mismo en Flandes! Porque se dice que Cromwell empieza a tomar bajo su protección a todos los que son de opinión contraria a la religión católica, hacién­dose intercesor por ellos, y todo lo demás…» (Síg. X113, 353).

• En Polonia, por la invasión de los suecos protestantes y de los rusos ortodoxos.

En una repetición de oración, de septiembre de 1656, San Vicente habla de ello:

«Se dice, aunque todavía no es seguro ni se ha confirmado el rumor, que no sólo no se han pacificado las cosas en Polonia, sino que incluso el rey, que contaba con un ejército de cerca de cien mil hombres, ha dado una batalla y la ha perdido4. ¡Ay, Padres y hermanos míos! ¡Qué confusión hemos de sentir al ver que nuestros pecados han impedido que Dios atendiera nuestras plegarias! ¡Lle­némonos de aflicción por este reino tan grande y tan vasto, que ha sido tan fuertemente atacado y que está en peligro de perderse, si la noticia es cierta. Pero sintamos sobre todo pena por la Iglesia, que se perderá en aquel país, si el rey llega a sucumbir, pues la religión no puede mantenerse más que por la con­servación del rey, y la Iglesia va a caer en manos de sus enemigos en aquel reino. Los moscovitas (ortodoxos) ocupan ya más de cien o ciento veinte leguas de extensión, y ahora el resto está en peligro de ser invadido por los suecos (luteranos)…»

Un poco más adelante sigue:

«Es muy deplorable la desgracia que vemos con nuestros ojos: seis reinos arre­batados a la Iglesia, a saber, Suecia, Dinamarca, Noruega, Inglaterra, Escocia e Irlanda; y además Holanda y gran parte de Alemania y muchas de esas grandes ciudades hanseáticas. ¡Oh Salvador! ¡Qué pérdida! Y ahora estamos a punto de ver perdido también el reino de Polonia, si no lo preserva Dios con su misericordia.

Es cierto que el Hijo de Dios ha prometido que estaría en su Iglesia hasta el fin de los tiempos; pero no ha prometido que esta Iglesia estaría en Francia, o en España, etc.» (Síg. XI/3, 243-244).

Encontramos con frecuencia esta angustia en San Vicente cuando iba enveje­ciendo… como la vivió Santa Teresa de Avila frente al progreso del protestantis­mo… y como la vivió Santa Teresita de Lisieux ante el desencadenamiento de la increencia moderna…, pero San Vicente leía también todos estos acontecimientos desde la fe.

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