Hacia la “Santa Invención” (los votos en el CM)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Miguel Pérez Flores · Año publicación original: 1996 · Fuente: CEME.
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svMETAS QUE SAN VICENTE QUERÍA LOGRAR

La Providencia de Dios ha inspirado finalmente a la Compañía esta santa invención de ponernos en un estado en el que tengamos la felicidad del estado religioso, gracias a los votos simples, pero siguiendo entre el clero.

1.- Teniendo presente todo lo expuesto en el Tema anterior sobre el estado de perfección y sobre el valor de los votos, su clasificación en solemnes y simples, sobre los valores teológicos y jurídicos, y conociendo la postura de san Vicente, podemos señalar las metas a las que aspiró:

1º Pasar de la práctica privada y personal de la perfección al estado de perfección comunitario, reconocido por la Iglesia. De esta manera, los misioneros no sólo estarían obligados a tender a la perfección por ser cristianos o sacerdotes, sino también por ser miembros de la Congrega­ción de la Misión.

2º Estar en estado de perfección sin que la Congregación se convierta en una orden religiosa, ni los misioneros en religiosos.

3º Practicar la castidad, la pobreza, la obediencia, no sólo porque está prescrito en las Reglas, sino por haber hecho voto de practicarlas. Igual­mente, asumir, mediante el voto de estabilidad, el compromiso de vivir toda la vida en la Congregación para evangelizar a los pobres.

4º Conseguir que los votos emitidos en la Compañía fueran votos simples, es decir, no solemnes.

5º Lograr que los votos simples emitidos en la Congregación puedan ser dis­pensados únicamente por el Romano Pontífice y por el Superior General de la Congregación de la Misión.

El CAMINO SEGUIDO POR SAN VICENTE

Se ha resuelto buscar incesantemente la aprobación de los votos por Su Santidad (cf. X, 390).

2.- El camino seguido por san Vicente fue un camino largo, le llevó recorrerlo gran parte de su vida, desde 1639 hasta 1655. Destaco algunos momentos:

1º. La experiencia personal

3.- Ya dijimos que no consta con toda claridad que san Vicente hiciera un voto en el sentido estricto. Es interesante, no obstante, reco­ger las reflexiones del P. Dodin sobre la decisión de san Vicente. El propósito o voto hecho por san Vicente de consagrar toda su vida al servicio de los pobres en 1616 señala un giro en su vida y da a todo su ser un nuevo estilo, un aspecto nuevo, una forma de ser distinta a la que previamente había tenido. Dos notas van a caracterizar desde ese momento su comportamiento:

1ªLa voluntad constante de darse a Dios que sustituye, no sólo a la «hones­ta retirada», sino a la sed de acumular beneficios, tan fuerte entre 1610 y 1616.

2ª La estabilidad y el equilibrio espiritual y psicológico que le permitirán ser firme en sus decisiones, constante en sus propósitos, y siempre atento a los signos del querer de Dios’.

4.- Si la espiritualidad de una Congregación es en gran parte fruto de la ex­periencia espiritual del Fundador, la introducción de los votos en la Congregación de la Misión no puede prescindir de la experiencia espiritual de san Vicente. El tesón mostrado para llevar a cabo su propósito y la superación de los obstáculos no leves que so le prelentaran, difícilmente se explican sin acudir a una fuerza interior, fundamentada en una experiencia espiritual fortísima. El voto o propósito resolución de entregarse o la evangelización de los pobres lo transformó. ¿N podrían los votos transformar también a los misioneros presentes y futuros?

2º. La experiencia comunitaria

5.- La experiencia comunitaria tiene otro cariz: nace del comportamiento do grupo que se ha reunido en torno al Fundador y de quien el Fundador es guía esp ritual y Superior, interesado en dar gran solidez espiritual y apostólica a la Conga gación por él fundada. En una carta dirigida al P. Jolly, san Vicente le dijo que lo votos ya se practicaban en la Compañía a partir de 1627 ó 1628. Las razones eran:

– el deseo de situarse en un estado más perfecto, sin ser religiosos;

– unirse más estrechamente a nuestro Señor y a la Iglesia;

– unirse el Superior de la Compañía a sus miembros y sus miembros a la cabeza.

6.- La práctica fue desarrollándose con la renovación anual de los votos, pero la práctica privada y libre de los votos no se consideró suficiente. Eran muchas e importantes las cuestiones que se planteaban: ¿los hacían todos los miembros de la comunidad?, ¿por cuánto tiempo?, ¿qué extensión habría que dar a la pobreza y a la obediencia?, ¿qué firmeza tenían los votos privados personales?, ¿por qué normas se iban a guiar? Un elemento tan importante como los votos ¿iba a depender sólo de la voluntad y del talante espiritual de la persona?

7.- San Vicente se dio cuenta de la desproporción que existía entre los vale res del voto, lo que con ellos se pretendía y la debilidad del apoyo jurídico. Era necesario buscar una solución. Pero, ¿qué solución tomar? La solución definitiva era conseguir la aprobación pontificia de los votos. La inmediata, mientras llegaba la definitiva, era usar los poderes que la Bula de erección de la Congregación lo daban como Superior General de la Congregación. De la inquietud de san Vicente sobre el valor de los votos y los poderes que tenía por la Bula, surgió la Ordenanza, primer documento canónico sobre los votos.

8- Antes de estudiar la Ordenanza sobre los votos, veamos las posibilidades que a san Vicente se le ocurrieron en su tentativa de encontrar la adecuada solución a la cuestión planteada:

1º 14 de julio de 1639. El plan primero lo expuso san Vicente en una carta dirigida a la Madre Chantal: la mayor parte de nosotros hemos hecho los tres votos  de pobreza, castidad y obediencia, y el cuarto de dedicarnos, durante toda nuestra vida, a la asistencia del pobre pueblo y que intentamos hacer que los aprueba Su Santidad. Le pedimos permiso para hacer un quinto voto, que es la obediencia nuestros seños los obispos en las diócesis en las que estemos establecidos en relación con dichas funciones».

2º.15 de noviembre de 1639. Al P. Lebreton, el encargado de mover las causa de los votos en Roma, le propuso este otro plan: Hemos creído que será conveniente pedir que no se hagan los votos solemnes, y que los que hayan hecho los dos años de seminario, hagan los cuatro votos sim­ples, y que los que hayan hecho su primer año de seminario, hagan un buen propósito de vivir y morir en la Compañía, en la pobreza, castidad y obediencia a los obispos «circo missiones» y al Superior General «circa disciplinam et directionem societatis» (I, 580).

3°.28 de febrero de 1640. De nuevo el P. Lebreton recibió esta otra suge­rencia: Me encuentro perplejo ante las dudas que se me ocurren y la resolución que hay que tomar sobre la última fórmula que le proponía: si bastará con hacer un voto de estabilidad y, para la observancia de la pobreza y obediencia (nada dice de la castidad) fulminar la excomunión cierto día del año, solemnemente, en el capítulo… o si, en vez de la excomunión se podría obligar a hacer solamente juramento solemne todos los años de observar la Regla de la pobreza, de la castidad y de la obediencia (II, 28). Hizo un ruego al P. Lebreton para que consultase a personas entendidas, sobre si el voto de estabilidad pondría a la Con­gregación en estado religioso.

4°. 9 de agosto de 1640. Otra nueva propuesta: Vuelvo de nuevo a la idea que antes le indiqué, de hacer un propósito en el primer año del semi­nario, los votos simples a finales del segundo y un voto solemne de aca­bar nuestros días en la Compañía, después de varios años de haber entrado en ella (II, 76)5.

5º.14 de noviembre de 1640. Las dificultades de hacer los votos de pobre­za, castidad y obediencia continuaban. No así el de estabilidad. De ahí esta nueva idea: Creo que nos quedaremos en que se haga el propósi­to de vivir y morir en la Misión, en el primer año de seminario; en el voto simple de estabilidad, el segundo año de seminario; y hacerlo solemne­mente al cabo de ocho o diez años, según crea conveniente el Superior General (II, 114).

3º. Ordenanza sobre los votos

9. La Ordenanza es el primer documento canónico que trata sobre los votos de la Congregación de la Misión. Fue presentado por san Vicente, a la aproba­ción del arzobispo de Paris. El análisis del documento nos permite distinguir en él varias partes:

1º. Justificación de la Ordenanza

La Bula «Salvatoris Nostri» concedió al Superior General de la Congrega­ción el poder de dar las normas que creyera oportunas para el buen gobierno de la Congregación de la Misión, pero con la aprobación del arzobispo (cf. X, 318-319).

29. Razones de la Ordenanza

a) la Experiencia: que la experiencia te obliga a temer que los eclesiásticos de dicha Congregación, si permanecen libres, sucumban a las primeras tentaciones que surjan contra su vocación y quieran salirse de ella, y que mientras dudan si habrán de perseverar, a pesar de que Dios misericor­dioso les ha concedido con su bendición a muchos la gracia de perse­verar… descuiden entregarse de la forma conveniente a la perfección que requiere en dicho Instituto (X, 347).

b) Imitar el modo de proceder de Dios: Dios en el Antiguo Testamento quiso que el pueblo escogido se obligara con la circuncisión a observar su ley, y que en el Nuevo Testamento el santo bautismo nos obligase a servir durante todo el curso de nuestra vida, a nuestro Señor Jesucristo; que la Iglesia sólo confía el régimen espiritual de los pueblos a los hombres que se obligan mediante las sagradas órdenes a permanecer en el estado eclesiástico y que la misma Iglesia no confía en matrimonio a una mujer a su marido sino por el sacramento que lo obliga para toda su vida a dicho estado; que, además, todas las comunidades y Congregaciones, con excepción de unas pocas, han creído necesario obligarse por algu­nos votos, simples al principio, pero solemnes desde el tiempo del Papa Bonifacio VIII6, a fin de que sus miembros pudieran perseverar en su vocación y en la observancia de sus reglas (X, 347).

3º. Parte dispositiva

a) Hacer «el Buen Propósito», al final del primer año del Seminario, de vivir y morir en la Congregación y de observar la pobreza, castidad y obe­diencia.

b) Después del segundo año de Seminario, hacer los votos simples de pobreza, castidad y obediencia y de estabilidad, es decir, dedicarse a la salvación de los pobres del campo en la Congregación, según las Reglas y Constituciones, durante toda la vida.

c) El voto simple será dp,pensado únicamente por el Papa y el Super General existente.

d) Los votos se harán durante la Misa, presente el Superior u otro en su lugar como celebrante u oyente, pero no «recibiendo» los votos.

e) Deben hacer los votos, los futuros miembros de la Congregación y los que ya están y quieren emitirlos pueden ser admitidos por mí y mis sucesores.

f) La Congregación no será considerada, a causa de dicho voto, como una Orden religiosa, ni deja de pertenecer al clero secular (cf. X, 347-34

10.- En la Ordenanza, hay que tener presente las motivaciones que h nos parecen extrañas, y hasta inadmisibles, y las disposiciones que san Vicente mantuvo hasta el final. Alejandro VII aprobó lo que ya estaba prescrito en Ordenanza.

4º. Aprobación arzobispal

11.- Toda norma que el Superior General daba para el mejor gobierno la Congregación debía ser aprobada por el arzobispo, según lo dispuesto en Bula «Salvatoris Nostri». La aprobación arzobispal está firmada el de octubre de 1641 con la formula «de nostra gratia», es decir, con la autoridad propia que el arzobispo creyó tener por la Bula.

12. ¿Creyó san Vicente que las dificultades sobre los votos quedarían eliminadas con la aprobación del arzobispo? Es posible, y, en principio, tenía razón para ello, todo estaba concretado en la Ordenanza: fórmula, rito, etc. Se hicieron, o se renovaron los votos en san Lázaro, el 24 de febrero de 1642 (cf. 389). Pero, en lugar de lograr la calma, surgieron nuevas dificultades.

1ª El arzobispo ¿tenía poder para cambiar la identidad de la Congregación, introduciendo un elemento tan importante como los votos?, ¿se podía deducir tal poder de la Bula?

2ª. La reserva de la dispensabilidad de los votos al Papa y al Superior General, ¿en que se apoyaba?, ¿también se podía deducir de las facultades que concedía la Bula?

3ª. Al fin de cuentas, y a pesar de todo lo que se decía en contra, ¿no se convertía la Congregación en una orden religiosa más?

5º Labor de clarificación

13.- A san Vicente no le quedó otra solución que aclarar la situación. Estaba convencido de que la causa era buena y que debía enfrentarse contra el espíritu que procura estorbar las obras de Dios (cf. V, 435). Se valió de la corresponden­cia, de las conferencias, de las consultas a los doctores y a los miembros de la Compañía más representativos y de la Asamblea General del 3 de octubre de 1642, reunida para tratar principalmente de las Reglas. Se aprovechó la ocasión para plantear la cuestión de los votos: si continuar la práctica según la aproba­ción del arzobispo o no. Sin mayores discusiones, se optó por seguir dicha prác­tica, no obstante las dificultades existentes9.

14.- En la carta de 4 de octubre de 1647 al P. Portail, podemos ver uno de los éxitos que san Vicente obtuvo en su labor clarificadora. Predicó una plática con dos puntos: razones para renovar los votos y medios para renovarlos bien. En este segundo punto, dijo claramente: el que no esté dispuesto a renovarlos que se mar­che de la Compañía y que una señal de que se tiene la gracia de renovarlos es hablar bien de los votos y defenderlos. Abordó también varios aspectos: cómo es posible la reserva al Papa; cómo los votos sirven para robustecer a la Compañía; que lo que se pretende no va contra lo mandado en los Concilios, ni cánones, ni decretos de los Romanos Pontifices, al contrario, es renovar una práctica que exis­tió en la Iglesia y cómo los votos de la Congregación no la convierten en religión, porque esto sólo lo pueden hacer los votos solemnes (cf. III, 223-226).

15.- La vida de la Congregación ofreció a san Vicente momentos propicios para exponer su pensamiento. Al P. Alméras le aconsejó echar de la comunidad a uno que no quiso renovar los votos. En esta carta, trató un tema muy importante: la relación de los votos con la conservación de la Congregación. En ella encon­tramos un pensamiento muy interesante: La Compañía necesita ser fuerte ante la diversidad de los ministerios. ¡Y es preciso conservar a unos hombres libres en medio de las rudas e importantes ocupaciones! San Vicente temió que el Papa Ino­cencio X, no muy amigo de los religiosos, tampoco lo fuera de los votos deseados para la Congregación. No obstante, estaba dispuesto a aceptar lo que el Papa dijera: Aprobará los votos y si no los aprueba, dará otro medio para conservar la Compañía, y si nos deja sin votos, como una simple congregación, nos so­meteremos (cf. III, 347-350).

6º. La Asamblea de 1651

16.- La Congregación tuvo una experiencia positiva en la Asamblea de 1642, para resolver la cuestión de las Reglas. ¿Por qué no celebrar otra Asamblea para resolver el problema enconado de los votos? El tema de los votos se había agrandado en el interior de la Comunidad y se había extendido al exterior, comprometiendo al arzobispo, a doctores y hasta a la misma curia romana. Pero, sobre todo, el mal cundía dolorosamente dentro de la Congregación, se agran­daba la división entre los misioneros a causa de los votos. Había que poner reme­dio a un gran mal y nada mejor que celebrar una Asamblea General.

17.- Sustancialmente, de lo que se trataba era de conocer la voluntad de Dios. El mismo san Vicente lo dijo: se trata de conocer la voluntad de Dios para la paz y firmeza de la Compañía. La Asamblea, en este caso, no fue sólo un pro­ceso de discernimiento de la voluntad de Dios, sino un esfuerzo para llegar al con­senso: y que se seguirá tratando de este tema hasta obtener mayor conformidad en todos (X, 401).

18.- En la Asamblea se trató: si en la Congregación se debía continuar con la práctica de los votos, según se estableció en la Asamblea de 1642, si había que suprimirla, si bastaba con eliminar las dificultades o si se buscaba una nueva manera de conservar la emisión de los votos.

19.- Los asambleístas hablaron con libertad. Cada uno expuso lo que creyó mejor, según su experiencia y sentimientos, según el mayor o menor convenci­miento sobre el valor y eficacia de los votos en lo que a la vida y al ministerio de las personas y de la comunidad se refería. El P. Gilles, uno de los defensores de los votos, manifestó el temor de que la Congregación sin votos fuera como el Ora­torio: «una decente posada, más aún, los votos lo retuvieron en la Congregación cuando estuvo con un Superior de 25 años» (X, 402).

20.- San Vicente repitió una vez más las razones de seguir con los votos: porque es algo que une más perfectamente a Dios; «ata» a la Compañía y a los sujetos, y no cuesta entonces enviar a una persona a más allá de 50 leguas de aquí para un seminario, o para que vaya a las Indias. Nos hacen más conformes a Jesucristo y más capacitados para nuestras funciones. Hay más igualdad entre nosotros y más firmeza en los sujetos (X, 413).

21.- El consenso alcanzado en la Asamblea se puede condensar en las siguientes frases:

1º. Nuestro Señor quiere que hagamos votos

Los votos son buenos, pero es necesario recurrir a Roma.

22.- En las actas oficiales, leemos: El primer punto fue sobre la dificultad que se nota en el uso de nuestros votos, que toda la Asamblea ha estado de acuerdo en conservar. Y a fin de hacer que esta práctica sea más auténtica, se ha resuelto buscar incesantemente su aprobación por Su Santidad (X, 390). San Vicente hizo la resolución de enviar cuanto antes una persona a Roma a fin de que se dedica­ra exclusivamente a conseguir la aprobación papal de los votos (cf. X, 403).

7º. La segunda aprobación arzobispal

23.- La causa en Roma no fue con la rapidez deseada. Mientras, el ce, bispo de Paris renovó la aprobación en 1641, cambiando un detalle que f causa de discusión: en vez de aprobar los votos de «nostra gratia», los aprobó p el «poder pontificio» que concedía la Bula «Salvatoris Nostri»: Y en cuanto es necesario, aprobamos y confirmamos de nuevo, con la misma autoridad apostólica la regla u ordenanza contenida en dichas Reglas y Constituciones…acerca los votos que se emiten en la Congregación».

8º. Hacia la aprobación pontificia

A primeros de 1653, ya estaba en Roma el P. Berthe, enviado por san Vicente para agenciar la aprobación de los votos. Su misión duró hasta que en febrero o marzo de 1655 fue sustituido por el P. Blatiron. En abril del mismo así se hizo cargo de la gestión el P. Jolly. La aprobación se obtuvo el 22 de septiembre de 1655.

25.- De este período, tenemos dos documentos de singular importancia: estudio, o parte de él, que san Vicente envió a Roma para pedir las aprobación de los votos y la carta al P. Blatiron, fechada el 19 de febrero de 1655.

1º. El estudio sobre los votos

a) Justifica todo lo hecho por los poderes que le concedió la Bula «Salvatoris Nostri».

b) Expone lo que pretende:

dar mayor firmeza a la Congregación;

no convertirse en religión;

que los votos de pobreza, castidad y obediencia sean votos simples.

c) San Vicente intentó probar la posibilidad de todo lo que deseaba con autoridades de doctores, insistiendo principalmente en que no solicita la intervención apostólica para confirmar a la Congregación como estado religioso, sino que se pide expresamente lo contrario.

d) Se adelantó a responder a posibles objeciones:

– Los votos simples de la Congregación no son como los votos simples hechos por algunos jesuitas. Si los votos hicieron religioso a los jesuitas que los emitieron, fue porque la Compañía de Jesús era una religión, lo que no es la Congregación de la Misión. Los votos de los jesuitas son «aceptados» en nombre de Dios y de la Iglesia mientras que los de la Congregación no son «aceptados» por nadie y se emiten sin solemnidad canónica, ni bendiciones.

– Los votos de la Congregación no son «públicos» canónicamente, aunque se hagan delante de todos y todos sepan que se han emi­tido. Acude a la autoridad de santo Tomás quien afirma no ser lo mismo voto público que voto conocido. Para santo Tomás, la publi­cidad canónica del voto se identifica con la solemnidad canónica del mismo».

– Los votos hacen depender al misionero del obispo en lo que a las misiones se refiere, y del Superior General en los restantes aspectos de su vida. La diarquía fue aprobada por el Papa Urbano VIII, pero además, la experiencia dice que no ha habido dificultades y, por tanto, no se debe discutir de nuevo este aspecto.

2. Carta al P. Blatiron

26.- El P. Blatiron tuvo sus propias ideas sobre los votos. San Vicente le escribió una carta poco antes de la aprobación pontificia de los mismos, repitien­do en ella las mismas ideas, pero clarificando más, si cabe, todo lo que a los votos concernía, y por qué la Compañía había cambiado de «estado».

a) Razones en favor

– Dios quiere que la Compañía se ponga en estado agradable a Dios, en estado de perfección, en el de nuestro Señor, en el de los apósto­les, que consiste en hacer los votos sustanciales y el de estabilidad, y que los hicieran, no unos cuantos misioneros, sino todos.

– Se trabaja más y mejor en la vida espiritual y apostólica.

– Se imita el modo de actuar Dios en el Antiguo y Nuevo Testamento, a fin de afianzar la voluntades.

– La práctica ha sido estudiada en las Asambleas, aprobadas por el arzobispo según las facultades que le concedía la Bula «Salvatoris Nostri». Los santos enseñan que, cuando una cosa que atañe a la glo­ria de Dios y al bien de la Iglesia, se ha decidido después de haber orado y consultado, es señal clara de lo que Dios quiere.

– Ha sido práctica de la Compañía durante más de trece años.

– No es posible cambiar porque dos o tres personas piensen de otra manera.

La conclusión es clara: Los votos son «obra de Dios y hay que seguir así».

b) Razones en contra y respuesta

  • Hay que volver al inicio de la Compañía cuando no se hacían los votos.

–      San Vicente responde que la Compañía no ha estado más que dos tres años sin votos. Este hecho hace ver «el atractivo interior que tenía de entregarse a Dios por medio de los votos».

  • Ø La Compañía se convierte en religión.

–          San Vicente respondió con las razones que ya sabemos y comentó y explicó las opiniones de algunos autores (Lesio, Layman), citados probablemente por el P. Blatiron.

  • Los obispos nos verían con mayor agrado si no se hacen los votos.

–          San Vicente contesta que lo que interesa a los obispos es que sean buenos cumplidores de nuestras Reglas y buenos misioneros. El voto de obediencia, ¿no nos obliga a obedecerles como el criado del Evangelio a su amo? Esto no puede disgustar a los obispos.

  • Los sacerdotes que hagan los votos deben ser los que ocupen los cargos, y así la Compañía avanzará en la perfección.

–          San Vicente dice que la emisión de los votos por todos hará progresar más a la Congregación por el camino de la perfección. Y añadió: la experiencia enseña que esa práctica no ha resultado bien y no va a citar el caso de los jesuitas porque, al fin, todos hacen votos, aunque sean diferentes.

Conclusión: éstas son las razones que tenía que exponerle a propósito de la cuestión de por qué he cambiado de «estado» a la Compañía.

El Breve «Ex Commissa Nobis»

27.- El 22 de septiembre de 1655, el Papa Alejandro VII firmó el Breve «Ex Commissa Nobis» por el que aprobó los votos de la Congregación de la Misión tal como los había delineado san Vicente en la Ordenanza aprobada por el arzobispo de París en 1641. El Breve es de importancia capital. Destaco los puntos más salientes:

a) El Papa aprobó de nuevo la Congregación, añadiendo un elemento constitucional más: los votos. El Breve «Ex Commissa Nobis» completa la Bula en cuanto a los elementos constitutivos de la Congregación de la Misión.

b) Precisó la naturaleza jurídica de los votos y el número de votos: son votos simples de pobreza, de castidad, de obediencia y de estabilidad en la Compañía.

c) Sólo el Romano Pontífice y el Superior General pueden dispensar de los votos.

d) la Congregación seguía siendo considerada del «cuerpo secular» y no como una religión.

28.- Si comparamos la aprobación pontificia con las aprobaciones arzobispales, veremos que no existen diferencias sustanciales en cuanto a las disposiciones. Existen algunas diferencias en cuando a la forma, v.g.: El Breve Pontificio no da razones, mientras que los arzobispales sí las daba. La otra diferencia es más importante: el Papa puede dispensar siempre de los votos, el Superior General, en cambio, únicamente «in casu dimissionis».

10º. Aceptación de la aprobación pontificia de los votos

29.- El Breve fue aceptado con gran alegría por casi todos los miembros de la Congregación. Los testimonios que tenemos son abundantes y respiran aire de fiesta. Dos detalles merecen destacarse: san Vicente exigió que todos y cada uno de los Padres y Hermanos de san Lázaro los aceptasen explícitamente y para hacerlo más responsablemente se leyó el Breve en latín y en francés. El otro detalle es que san Vicente no se contentó con la firma personal en el libro de votos, sino que mandó levantar acta notarial.

30.- Las demás casas de la Congregación hicieron poco más o menos igual. Según Coste, parece que algunos no hicieron los votos. De todas maneras, no estaban obligados. El Breve de Alejandro VII, como toda ley, si no dice lo contrario, miraba al futuro y no al pasado.

31.- Resumiendo: el Breve «Ex Commissa Nobis», además de introducir un nueva elemento constitucional en la Congregación, la enriqueció espiritualmente, puso fin a las divisiones internas e insertó a la Congregación en el dinamismo del «estado de perfección» o de vida consagrada, pero sin pertenecer canónicamen­te al estado religioso. Se hizo realidad la SANTA INVENCIÓN. Dios y nuestro Santo Padre el Papa han querido aprobar lo que hacemos y se lo hemos ofrecido a nuestro Señor como obra de sus manos.

CONSIDERACIONES FINALES

32.- Después de más de 300 años de la aprobación pontificia de los votos en la Congregación de la Misión, seguimos admirando el tesón de san Vicente por su empeño, en conseguir lo que creyó necesario para la conservación de la Com­pañía y para vigorizar la vida personal y apostólica de los misioneros. Merece el agradecimiento de todos los que han sido llamados a seguir a Cristo evangelizador de los pobres y a revestirse de su espíritu. A la novedad canónica, hay que añadir, sobro todo, el valor espiritual, «usar de las mismas armas» que usó nues­tro Señor. Los votos funcionan en el ambiente de los hombres espirituales. Su des­cuido es signo claro de decadencia espiritual y apostólica.

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