Vida de santa Luisa de Marillac. 05. Servidoras de los pobres

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Autor: Elisabeth Charpy, H.C. · Año publicación original: 1992.
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Servidoras de los pobres

RÁPIDAMENTE, el grupo constituido en torno a Luisa de Marillac se fracciona en pequeñas comunidades. Dos o tres hermanas van a vivir en las diferentes parroquias de París: San Salvador, San Pablo, San Benito, San Esteban del Monte, San Germán de Auxerre… para estar más cerca de los pobres a los que sirven. Las Damas de las Cofradías de la Caridad se encargan de localizar la habitación en que se alojan las hermanas. Gracias a la renta otorgada por la duquesa de Aiguillon, Luisa de Marillac puede proporcionar el mobilia­rio, siempre muy sencillo. El trabajo manual reali­zado después del servicio a los enfermos les procu­ra a las hermanas lo que precisan para vivir. Algu­nas hilan lana, otras hacen dulces, otras lavan la ropa. Un día, una hermana recién llegada y poco habituada a los lavaderos parisinos, cae al Sena; durante tres horas permanece sin sentido.

Luisa de Marillac visita regularmente estas pe­queñas comunidades. Ve el servicio efectuado por las hermanas y las dificultades con que tropiezan. Se inquieta en el momento de las epidemias de peste, muy frecuentes en el siglo XVII. La higiene y la prevención de las enfermedades son muy rudimenta­rias. Se recomienda a las hermanas, antes de ir a visitar a los enfermos, ¡que se froten la nariz y las sienes con vinagre y que tomen un poco de electuario de Orvieto, droga preparada con cuerno de ciervo, polvo de serpiente, antimonio y algunas plantas! A pesar de estas precauciones, varias de estas hijas, campesinas poco habituadas al aire malsano de los tugurios y de las buhardillas superpobladas, caen enfermas y mueren rápidamente. Luisa se siente siempre profundamente afectada. Vicente de Paúl aporta su consuelo exaltando la belleza y la grandeza de la vocación de estas Servidoras de los Pobres.

«Nuestro Señor ha querido llevarse a una de vuestras Hijas de la Caridad. Bendito sea por siempre. Espero, Señorita, que se sienta muy dichosa, puesto que ha muerto en el ejercicio del divino amor, ya que ha muerto en el de la caridad» (Doc. 121).

Las comunidades de las parroquias quedan bajo la dependencia de Luisa de Marillac y de Vicen­te de Paúl; mas para el trabajo cotidiano están en relación directa con las Damas de la Caridad. Al­gunas de estas desearían tener plena autoridad so­bre estas jóvenes, a las que miran a veces como sus servidoras personales. La sra. de Chavenas, de la parroquia de San Gervasio, quería tomar a sueldo a las hermanas. Ellas, después de escuchar el con­sejo de Luisa de Marillac, rehúsan, deseosas de conservar enteramente su libertad ante las Da­mas de las Cofradías. Esta opción expresa también el sentido de su compromiso con los pobres: ellas «se dan a Dios y a los pobres», les consagran su vida; no buscan un medio de subsistencia.

Al llegar a la parroquia, las hermanas van a visitar al párroco y a pedirle su bendición. En general, los sacerdotes de las parroquias estiman mucho la presencia de las Hijas de la Caridad y el servicio que prestan a los pobres. No obstante, a algunos les cuesta aceptar la autoridad de Vicente de Paúl y de Luisa de Marillac sobre sus nuevas feligresas. Los cambios de las hermanas son a veces fuente de tensión, especialmente en la parro­quia de san Juan, donde el Párroco hace diligencias para que le devuelvan la hermana enviada a otra parroquia. El párroco de San Roque, molesto sin duda por la falta de consideración de una de las hermanas, se enfada y despide inmediatamente a toda la comunidad. En otras partes, algunos admi­ran la profunda vida espiritual que anima a estas jóvenes y pretenden convertirlas en religiosas. Luisa de Marillac no vacila en comunicar su asombro a la superiora de las benedictinas de Argenteuil, que se dispone a admitir en su monasterio a una hija que lleva sirviendo en las Cofradías ocho años.

«No me atrevo a creer, Señora que se haya usted encargado de apartarla de su vocación, pues no puedo imaginar que quienes conocen su importancia, quie­ran intentar oponerse a los designios de Dios…, pri­vando de socorros a unos pobres abandonados que tienen toda clase de necesidades y que no pueden ser debidamente socorridos más que mediante el servicio de estas buenas jóvenes que, desprendiéndose de todo interés, se entregan a Dios para el servicio espiritual y temporal de esas pobres criaturas que su bondad desea tener entre sus miembros» (E. 19).

Luisa de Marillac, solícita por cumplir la volun­tad de Dios, vigila para mantener la originalidad de esta nueva forma de vida consagrada, a pesar de la extrañeza, y a veces de las reticencias, de algunas familias, miembros de la Iglesia o personas influ­yentes de la sociedad del siglo XVII. Vela también para que las hermanas vivan de acuerdo con el compromiso que han adquirido al hacerse Hijas de la Caridad.

A últimos de 1637 los lazaristas, a petición del cardenal Richelieu, primer ministro, se instalan en su ciudad recientemente construida en Turena. Comprobando la existencia de numerosos pobres enfermos carentes de socorros, M. Lambert, supe­rior de los misioneros de Richelieu, desea que vayan dos hermanas de la Caridad. Luisa vacila mucho antes de enviar a dos hermanas tan lejos de París. ¿Cómo podrían tan aisladas, permanecer fie­les a su vocación? ¿Quién las sostendría en su andadura espiritual y las aconsejaría en sus dificul­tades cotidianas? Vicente de Paúl, aunque preocu­pado por responder a la petición del sr. Lambert, da largas sin embargo. De nuevo insiste ante Luisa unos meses más tarde:

«La Caridad de Richelieu ciertamente tiene ahora necesidad de nuestra hermana Bárbara, debido a la cantidad de enfermos que hay. ¿Qué le parece, Seño­rita, si se la enviara a asistir a esas buenas gentes tan necesitadas? No son enfermedades contagiosas» (Doc. 212).

El corazón de Luisa de Marillac no puede per­manecer más tiempo sordo a la llamada de los pobres. El 1 de octubre se organiza el viaje de las dos hermanas. Tomarán la diligencia que va hasta Tours, y luego buscarán un barquero que las lleve «en diligencia acuática» hasta el pequeño puerto de Ablevois. Allí alquilarán un carro o un jumento para recorrer los cuarenta kilómetros restantes y llegar a Richelieu. Se les hacen recomendaciones precisas para este largo viaje:

«Que lleven algún librito para leer a ratos, y otros que reciten el rosario; que tomen parte en las conver­saciones que se hagan sobre Dios, pero de ningún modo en las del mundo, y menos aún en las de los mozos, y que sean rocas contra las familiaridades que algún hombre pudiera emplear con ellas» (Doc. 221).

En Richelieu, el sr. Lambert recibe a las dos hermanas y les enseña la pequeña ciudad y los pobres que las esperan. Durante los primeros me­ses, Bárbara Angiboust y Luisa Ganset realizan maravillas para aliviar a los enfermos e instruir a las niñas. A las dos hermanas les resulta difícil vivir juntas. Su desacuerdo se exterioriza y reper­cute en su servicio. Apenada por ver a los pobres abandonados y mal cuidados, Luisa escribe a las dos hermanas invitándolas a reflexionar sobre su proceder. A Bárbara, demasiado autoritaria, se le exhorta a contemplar la dulzura y la caridad de Jesucristo. Luisa, demasiado independiente, debe recordar que ha escogido, al hacerse Hija de la Caridad, imitar la vida humilde y obediente del Hijo de Dios. El paso de Vicente de Paúl por Richelieu algún tiempo después ayuda también a las dos hermanas a dominarse. El 1 de febrero de 1640, una nueva carta de Luisa de Marillac expresa el gozo de saberlas reconciliadas y les desea el coraje de ser siempre fieles a su vocación de servi­doras de Cristo y de los pobres.

Este primer envío lejos de París irá seguido de otros muchos. Sedán y Nanteuil (1641), Fontenay­aux-Roses (1642), Serqueux, Maule y Crespiéres (1645), Fontainebleau (1646), Chantilly, Chars y Montmirail (1647), Valpuiseaux y Dourdan (1648), Brienne et Varize (1652), Bernay y La Roche­Guyon (654), Sainte-Marie-du-Mont (1655), Arras (1656), Saint-Fargeau (1657), Ussel (1658), Vaux­le-Vicomte (1659), Belle-Ile-en-Mer (1660), ten­drán su Caridad parroquial. Se entabla una corres­pondencia regular entre estas lejanas comunidades y la casa madre de París. Las numerosas cartas que se han conservado revelan la atención que Luisa de Marillac dedica a cada una en todas las dimensio­nes de su ser de mujer consagrada a Dios.

En los pueblos, villas y dondequiera que se en­cuentran, las Hijas de la Caridad, además del cui­dado de los enfermos, ejercen una acción educativa entre los niños, empleados desde su más tierna infancia en los trabajos de los campos o en guardar los rebaños.

Esta acción entra, de una manera muy modesta, en el movimiento suscitado por el concilio de Trento (1545-1563) para intentar poner freno a los progre­sos del protestantismo. Lutero, al reconocer como fuente única de la fe a la sagrada Escritura, conce­día una importancia capital a la escritura. Desde 1524 trazó un programa de educación con fin so­cial y religioso: «Se necesitan en todos los lugares escuelas para nuestros chicas y chicos, a fin de que el hombre sea capaz de ejercer convenientemente su profesión y la mujer de dirigir su hogar y de educar cristianamente a sus hijos» (Lutero, Libellus de instituendis pueris). Los Padres del Concilio, después de definir los puntos doctrinales, se colo­carán en el terreno mismo de los protestantes. Pi­den a los obispos que anuncien la palabra de Dios en las iglesias por sí mismos o por medio de otros. Formulan el decreto siguiente en el curso de la sesión 24 (noviembre de 1553):

«Que, en cada parroquia, se enseñe a los niños, al menos los domingos y los días de fiesta, los princi­pios de la fe y las obligaciones de la vida cristiana».

Se multiplican las escuelas para asegurar la for­mación cristiana de niños y jóvenes. Se amplían las de los jesuitas y ursulinas. Se fundan nuevas congregaciones para la instrucción de las jóvenes: la de Pierre Fourier y de Alix Le Clerc en el este de Francia; la de Jeanne de Lestonnac en Burdeos. En algunos pueblos se habilita a los maestros para recibir chicos. Su tarea es frecuentemente difícil, pues la instrucción del pueblo es vista a veces como peligrosa. Richelieu, en su testamento polí­tico, advierte el peligro que se seguiría de un «co­nocimiento de las letras» por todos: la agricultura se arruinaría, el ejército sería ingobernable, Fran­cia estaría llena de trapaceros y desaparecería la tranquilidad pública.

Luisa de Marillac, igual que Vicente de Paúl, sabe hasta qué punto la ignorancia sume al pobre en la pobreza. Cuando visitaba las Cofradías de la Caridad, su atención se centraba rápidamente en las niñas pobres sin instrucción alguna. Dedicaba tiempo a instruirlas, y antes de irse buscaba una maestra que prosiguiera sobre el terreno el trabajo comenzado.

En las diferentes parroquias a las que son envia­das, las Hijas de la Caridad se hacen cargo de todas las niñas que son desatendidas. Ellas no pueden ir a las escuelas de pago de las ursulinas porque son pobres. Las escuelas de los pueblos no pueden acogerlas; las disposiciones de los obispos y del rey prohíben la coeducación.

La instrucción dada por las Hijas de la Caridad responde a las preocupaciones de la época. Su objetivo primero es la educación cristiana. Luisa compone un catecismo para ayudar a las hermanas. Las preguntas y respuestas, sencillas y adaptadas a los niños, descubren la espiritualidad de Luisa de Marillac, fuertemente marcada por la encarnación:

¿Cuál es la señal del cristiano? – La señal de la cruz.

¿Qué representa la señal de la cruz?

– Un solo Dios en tres personas, y la encarnación y muerte del hijo de Dios.

¿Qué es el misterio de la encarnación?

– El misterio de la encarnación es la segunda perso­na de la Santísima Trinidad, que tomó carne humana en el vientre de la Virgen santísima.

A propósito de la oración del padrenuestro, Lui­sa, que conoce bien a los niños, interroga:

¿Cómo hay que orar?

– Hay que hacerlo despacio, sin volver la cabeza a un lado y a otro y sin pensar en ninguna otra cosa que en Dios.

Además del catecismo, las niñas aprenden a leer, a coser y hacer encaje. No parece que se enseñe a escribir. En esto se sigue el uso de la época.

«No creo que sea conveniente que las niñas aprendan a escribir», escribe Luisa de Marillac hablando de los niños expósitos» (E. 216).

Luisa sabe que, para enseñar a los demás, es preciso primero formarse uno mismo. Las Reglas de la maestra de escuela precisan desde el segundo artículo:

«Tendrá mucho cuidado de aprender bien ella misma lo que ha de enseñar a los demás, particularmente lo concerniente a las materias de la fe y de las costumbres»

Algunas Hijas de la Caridad han ido a las ursulinas a adquirir una formación pedagógica más amplia, formación que luego trasmiten a las otras herma­nas.

Luisa de Marillac multiplica los consejos a las hermanas encargadas de las escuelas menores. La comprensión de lo que se enseña es más importante que el cúmulo de conocimientos. Una cabeza bien hecha es preferible a una cabeza muy llena, decía Montaigne.

«La maestra de escuela las instruirá en el catecismo, procediendo de manera que entiendan bien lo que responden, haciéndoles a este respecto diversas pre­guntas familiares, además de las seis principales se­ñaladas en la lección de catecismo, y en términos distintos de los consignados en el libro».

En el siglo XVII, los castigos corporales son una costumbre frecuente. También existen en las es­cuelas de las Hijas de la Caridad. No obstante, esos castigos han de respetar al niño:

«No los azotará sino muy raramente y por faltas notables, y sólo con cinco o seis golpes, haciendo que para ello se retiren a un rincón de la escuela fuera de la vista de los demás».

Cuando, en Chars, el cura de la parroquia pide a las hermanas que azoten públicamente a una niña, éstas se oponen. El enojo del párroco es tal que niega la comunión a las hermanas. Luego, se las obligará a dejar la parroquia.

Luisa de Marillac pide a cada Hija de la Caridad que atienda a cualquier joven que llegue a ella, pero también que busque a aquellos de los que no se ocupa nadie. El artículo IV de las Reglas de la maestra de escuela estipula:

«Tendrá tanto o más cuidado de instruir a las que no pueden ir nunca a la escuela, como son: las pastoras, las vaqueras y otras que guardan animales, cogiendo a unas y otras en el tiempo y lugar en que las encuen­tren, no sólo en los pueblos, sino también en el cam­po, y de camino».

Todo niño tiene derecho a la instrucción. Hay que ir a él allí donde esté, respetando su «origina­lidad». Luisa invita a las hermanas a tener con todos esos niños una relación llena de delicada bondad y de sencillez.

«Es preciso hacer esto suavemente y despacio, sin reprocharles su ignorancia», recomienda Luisa para la instrucción de las niñas mayores (E. 629).

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