Vida de San Vicente de Paúl (Capítulo 3)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CREDITS
Author: Desconocido · Year of first publication: 1947 · Source: Apostolado de la Prensa, Madrid 1947.
Estimated Reading Time:

Capítulo III: Organización de las grandes obras de caridad

San Vicente de Paúl aplica las señoras del mundo al servicio de los pobres (1633-1639).

vida san vicente de paulEl trabajo asiduo y perseverante de San Vi­cente de Paúl en pro de la reforma del clero no fue obstáculo, ni mucho menos, para que prosi­guiese y desarrollase en todos sentidos una de sus obras más fecundas: la aplicación cristiana de las clases ricas al socorro y alivio de los ne­cesitados. La fe profunda que le llevaba a los pies del pobre le encendía en deseos de hacer que todo el mundo le siguiese. Y a nadie dejaba de impulsar en este sentido. No veía remedio más seguro contra nuestras continuas debilidades y pasiones que la práctica de la caridad, tan ne­cesaria, por otra parte, en aquellos luctuosos tiempos. París, las grandes capitales y aun las más insignificantes poblaciones eran un hervi­dero de mendigos, del que es imposible formar­nos una idea en el estado actual de nuestras sociedades.

Ni era esto todo: se acercaba una época en que la democracia, como un torrente devastador, ha­bía de caer sobre la sociedad para reclamar de ella, fusil en mano, la parte de fortuna que en la nivelación de las riquezas públicas le tocase; y para calmarla, para hacerla entrar en razón, era menester salir a su encuentro con lo más santo, lo más caritativo y lo más generoso de las clases altas. Dios es eterno en sus medidas, y para hacer frente a la gran crisis del paupe­rismo en el siglo XVII, y a la más temible aún de las democracias en los siglos XVIII y XIX, envió- por delante a preparar los caminos al gran organizador de las obras de caridad, a San Vicen­te de Paúl.

Caeríamos, sin embargo, en un error, si en pre­sencia de las maravillosas obras de caridad que al soplo de nuestro Santo vamos a ver aparecer en el mundo, creyésemos que todas ellas eran el desarrollo lógico y gradual de un plan precon­cebido mucho tiempo antes en el retiro de la meditación y del estudio. Nada de eso. Todo fue efecto de un corazón ardiente, impresionable, ge­neroso, que no podía ver una miseria sin pensar en los medios de aliviarla, y al mismo tiempo de un espíritu prudente, recto, fecundo en re­cursos y que inmediatamente daba con el mejor y más seguro medio de hacer frente a esas ne­cesidades que tan vivamente le afligían.

Viendo, pues, diariamente en París tanta mul­titud de pobres, de ancianos, de niños y de enfermos, en cuyo socorro nada podía hacer por sí mismo, formó el proyecto de interesar en su fa­vor a las señoras del mundo. Y contó con ellas en primer término porque en los dominios de la caridad la mujer es la reina.

La Providencia iba a suscitar a su alrededor una pléyade de mujeres ilustres y generosas, ori­gen de la célebre Asociación de Damas de la Ca­ridad, de que más tarde hablaremos.

Coloquemos en primer término, así por la al­tura de su situación política corno por la gran­deza de su alma, a la duquesa de Aiguillon, so­brina de Richelieu. Casada a los dieciséis años y viuda a los dieciocho, en su mano estuvo despo­sarse con un príncipe de la familia real. Tal era el deseo de Richelieu; pero aquella voluntad de acero, que jamás cedió ante ningún obstáculo, tuvo que doblegarse a la resolución que su so­brina había hecho de no pasar a segundas nup­cias y de consagrarse por entero a la práctica de las buenas obras.

Con relación a San Vicente de Paúl, además de haber puesto a su disposición todas sus rique­zas, le sirvió de intermediaria para con Richelieu y para con la reina Ana de Austria, quienes, en varias ocasiones, fueron el sostén de las obras del Santo.

Después de la duquesa de Aiguillon, es preci­so nombrar a la presidenta Goussault, de posi­ción social más modesta, pero de un alma no menos grande y generosa y que, entre otros tí­tulos de gloria, tiene el de haber sugerido a San Vicente de Paúl el pensamiento de la Junta de Damas de la Caridad, de que fue la primera pre­sidenta.

Débensela dos obras capitales: la creación de las Juntas de Caridad y la nueva organización del Hospital general de París, de que hablaremos más adelante.

A la presidenta Goussault es menester asociar el nombre de otra presidenta amiga suya, de un espíritu elevado y de una voluntad inflexible, Carlota de Ligny, presidenta de Herse.

Mencionemos en cuarto lugar la marquesa del Vigean, de distinguido nacimiento y de una fortuna considerable, de la que aprendió a hacer un uso santo en la escuela del señor de Berulle y de San Vicente de Paúl. Tuvo dos hijas: la una permaneció en el mundo, y gracias a la amistad de la de Aiguillon, llegó a ser duquesa de Riche­lieu, brillando entre las personas más distingui­das y más benéficas de su tiempo; la otra, la más joven, Marta Vigean, apenas tenía diecinueve años cuando llamó la atención del joven duque de Enghien, el héroe de Rocroy, quien se ena­moró perdidamente de ella.

Así las cosas, y dulcemente embriagado el es­píritu de la joven con los halagadores ensueños que su imaginación iba bordando sobre el hecho de su supuesto enlace con un príncipe de la san­gre real, llegó un día San Vicente a ver a la ma­dre, que se hallaba enferma. Concluida la visita, salió a despedirle la joven, y en medio de la es­calera, de repente, se volvió hacia ella el Santo y le dijo:

—.Señorita, usted no ha sido hecha para el mundo.

Interiormente decíase la joven: «Si este hom­bre fuese profeta, no me hablaría de este modo». Mas, después, reflexionando sobre el poder que para con Dios tenía el Santo, se puso a temblar ante la idea de que hubiese pedido a Dios para ella la vocación religiosa, y le rogó encarecida­mente que no hiciese nada sobre el particular. San Vicente se sonrió, sin añadir ninguna otra palabra. Mas el dardo había hecho su efecto, y poco tiempo después supo el mundo, con admira­ción, que la señorita Marta Vigean había troca­do su hermosura, su juventud, sus esperanzas y sus ensueños, por el hábito del Carmen, bajo el nombre de Sor Marta de Jesús.

Nombraremos también a la señora de Polla- non, a la presidenta Lamoignon, a la señora Fon­quet, madre del ministro del mismo nombre; a la señora de Miramion y a la señora Le Gras. De todas las nombradas y de otras muchas podría­mos referir maravillas de amor a los pobres y de generosidad para socorrerlos. En cuanto a la se­ñora Le Gras, hablaremos de ella en el capítulo siguiente.

Entregadas individualmente al ejercicio de las buenas obras, se unieron bajo la dirección de San Vicente de Paúl, y así, unidas y alentadas con semejante director, iniciaron uno de los mayo­res movimientos de caridad que registra la His­toria.

La Junta de las Damas de la Caridad, como empezó a ser llamada en París, no era una sim­ple reunión de señoras piadosas congregadas para oír una Misa y escuchar una plática: era un organismo perfecto, una asociación en toda regla, con su presidenta, su tesorera y su secre­taria, elegidas y nombradas de tres en tres años por pluralidad de votos. En sus reuniones se daba cuenta de las necesidades, de las miserias nue­vamente descubiertas, y por mayoría de votos, como de costumbre, se adoptaban las resolucio­nes convenientes. Por lo que toca a San Vicente, jamás quiso desempeñar el papel de presidente de la Junta: contentábase con ser ante ellas el abogado del pobre. ¡Y con qué respeto miraba a la Junta! Jamás disponía de cosa alguna sin su permiso.

Cuando hacia alguna proposición a la Junta, pedía los votos de la asamblea, y era de ver la alegre facilidad y la sencilla prontitud con que abandonaba su parecer por sujetarse al de los otros. Algunas señoras, no pudiendo llevar esto en paciencia, le reconvenían generosamente por su conducta.

—¿Por qué—le decía en cierta ocasión una de ellas—no hemos de atenernos con preferencia a vuestros juicios, que son siempre los fundados?

–¡Ah! No quiera Dios, señora, que mis pobres opiniones prevalezcan sobre las de otros.

¿Cómo rehusar nada a quien pide en esta for­ma? Así que aquellas damas, no sólo invertían en las obras de caridad inmensas sumas de su pecu­lio, sino que salían a hacer colectas para el mis­mo fin.

Convertidas en tesoreras del santo sacerdote, fueron siempre para él una mina inagotable con que hacer frente a las múltiples necesidades y lástimas que por todas partes le asediaban.

Cierto día, queriéndole dar una sorpresa, le ofrecieron, por mano de la señora de Lamoignon, ochenta mil francos para la restauración de San Lázaro.

—¡Oh, no—exclamó Vicente—; sería privar de una buena limosna a nuestros pobres!

Mas las Damas de la Caridad no se contenta­ban con recoger metálico y ser como las procu­radoras incansables de los pobres: iban ellas mis­mas a visitarlos en el hospital. Esto era en lo que más insistía y de lo que más gustaba Vicente.

—Enviar una limosna a los pobres—decía—es cosa muy buena; mas no puede decirse que ha comenzado a servirles quien no les ha visitado personalmente.

No sólo quería que ésa fuese la conducta de las Damas de la Caridad, sino que, pasando adelan­te, las enseñaba el modo de saludarlos, de con­versar con ellos y de servirles, bajando sobra el particular a pormenores de la más exquisita de­licadeza.

—Al ir al hospital—decía—, o a la casa del po­bre, es menester despojarse de toda clase de jo­yas y adornos, para ponerse en su lugar un ves­tido sencillo, pues el contraste del lujo en las unas y de la miseria en los otros, hace a ésta más dolorosa.

Quería también que se evitasen por igual la familiaridad y el desdén; que se les tratase llana y dignamente como a personas de alta condición, y que no se acercasen a ellos sino con mues­tras del más profundo respeto.

Es indecible la complacencia que el Santo te­nía en especificar estas muestras de respeto con que quería que se llegasen a los pobres: los hombres, con el sombrero en la mano; las señoras, inclinadas en su presencia, como el súbdito de­lante del superior. Esto en público, pues privada­mente harían muy bien en echarse a sus pies y besárselos. En esto, por lo demás, no hacía otra cosa que aconsejar a los otros lo que él practica­ba ordinariamente.

Tenía siempre a su mesa dos pobres, que, como a huéspedes de distinción, ponía a su derecha y a su izquierda, hacíales servir antes que a él y que a su comunidad, gustando mucho de hacerlo él mismo respetuosamente. Como de ordinario eran ancianos, ayudábales también a subir les escaleras que conducían al refectorio.

Cuando uno trata de este modo a los pobres, ¿cómo no ha de hablar de ellos con palabras lle­nas de fuego y de caridad? Las Damas de la junta estaban entusiasmadas. Volviéndose cierto día la presidenta de Lamoignon hacia la duquesa de Mantua:

–Y bien, señora—la dijo—, ¿no podemos de­cir, a imitación de los discípulos de Emaús, que nuestros corazones ardían en el amor de Dios 7′ ntras que San Vicente nos hablaba?

Ni se contentaba el Santo de que las Damas de – la Caridad fuesen a visitar los hospitales; quería, además, que se ocupasen en hacer con sus ma­nos los vestidos de los pobres. Obedecieron, y cada una de ellas llevó esta piadosa costumbre a sus estados, en las provincias, edificando y con­moviendo profundamente a todos cuantos las rodeaban. La reina de Polonia, María Gonzaga, fue siempre fiel a tan hermosa tradición.

Al principio, la Junta de Damas tenía lugar en San Lázaro; pero San Vicente, que sabía muy bien que la semilla fructifica en proporción a la extensión que ocupa, determinó que sucesiva­mente se verificase en los distintos centros de París.

No había en Paris una sola obra de beneficen­cia en que las Damas de la Caridad no intervi­niesen, o como sostenedoras, o como encargadas de su dirección, y en ocasiones de su reforma y fomento.

La Asociación de las Damas de la Caridad de que aquí se hace mención no debe confundirse con la Obra de las Caridades. Difieren una y otra en la fecha de su origen, en su organización y en su objeto. La Junta o Asociación de las Damas de la Caridad, fundada en 1634 con el inmediato- fin de socorrer a los enfermos del Hospital gene­ral de París, extendió bien pronto su influencia a otras muchas obras; llegó a contar trescientas socias, reclutadas en las clases más altas de la sociedad, y secundó a San Vicente de Paúl en todas las grandes obras en que tan fecundos fue­ron los veinticinco años últimos de su vida. He aquí su origen:

La presidenta Goussault iba frecuentemente al Hospital, donde tenía una prima religiosa, y acompañándola por las salas, echó de ver en la organización del establecimiento no pocos abusos que corregir y deficiencias que llenar.

Nuestro Santo escuchó atentamente las quejas de la piadosa dama y convino con ella en que eran muy justas, y mucho el bien que en dicho lugar se podía llevar a cabo; «pero la empresa -añadió—es muy delicada. No quiera Dios, hija mía, que yo vaya a meter la hoz en mies ajena.

La presidenta Goussault siguió repitiéndole sus proposiciones y hostigándole con sus ruegos para que accediese a ellas; pero viendo que todas sus instancias eran inútiles, recurrió al señor arzo­bispo de París, y obtuvo de él (1634) una carta para Vicente, en que le aseguraba que vería con gusto el que accediera a las súplicas de la cari­tativa dama.

Con esto ya no dudó el Santo de que tal fuera la voluntad de Dios, «y al punto y sin más deliberaciones invitó para una junta a algunas mu­jeres nobles y piadosas en casa de la propia se­ñora de Goussault».

Determinóse que en adelante las Damas de la Caridad irían diariamente de cuatro en cuatro a visitar los pobres en el hospital. Pidieron a Vi­cente que la hiciera un reglamento, y el Santo vino en ello, redactándose uno, lleno, como todos los suyos, de delicadeza. Llegadas al hospital, de­bían presentarse a las Hermanas y rogarles coa humildad que, si no tenían inconveniente, las permitiesen ayudarlas en el servicio de los enfer­mos. Como era natural, lejos de oponerse a una petición hecha por personas de tan alta catego­ría como las Goussault, las Lamoignon y las Gon­zaga, se inclinaron ante ellas respetuosamente y tuvieron a grande honra el ofrecimiento que se les hacía.

Así lograron introducirse en el hospital y acer­carse al lecho de los enfermos aquellas buenas damas, rompiendo con el formulismo detestable de ciertas prácticas rutinarias, sustituyendo la rutina irreflexiva del hábito en la asistencia del paciente por los asiduos cuidados que su fe viva las inspiraba, e implantando, por último, en el establecimiento utilísimas e importantes re­formas.

En un año solo, el primero de su entrada en el hospital, _hubo más de setecientas sesenta abju­raciones, así de turcos heridos o hechos cautivos en el mar, como de luteranos y calvinistas.

En tanto que una sección, dirigida por la pre­sidenta Goussault, se ocupaba de los enfermas del hospital, otra, organizada y presidida por la señora de Lamoignon, tomó a su cargo el alivio y socorro de los presos, aun de los mismos galeotes, para los cuales un rico propietario, el señor Cornuel, y la duquesa de Aiguillon, instituyeron una fundación.

Corrían también a cargo de dichas Damas la obra de las jóvenes arrepentidas, de la señora Pollalion; el Hospicio de los ancianos; las jóve­nes de la Magdalena; y, sobre todo, los niños ex­pósitos. Ninguna otra ha ceñido de más radiante corona de gloria la frente de San Vicente de Paúl; mas ninguna otra le costó tampoco más trabajos, abnegación y sacrificios.

Cierta tarde en que San Vicente de Paúl vol­vía de Misión, halló bajo los muros de País un mendigo ocupado en desfigurar los miembros de uno de estos niños, con al fin de emplearlo luego para excitar la compasión pública. Transido de horror el Santo, arrancóle la víctima, la tomó en sus brazos y se trasladó con ella a la calle de Saint-Landry.

Con objeto de recibir los niños expósitos, alza- base allí una casa llamada La Cuna, pobre, falta de toda organización, sin otro servicio que el de una viuda y dos criadas, y en la que. según in­formes de la policía, entraban de trescientos a cuatrocientos niños por año. Hondamente con­movido por lo que acababa de oír y de ver, reunió el Santo la Junta de las Damas y les comunicó sus impresiones.

Nombrase al momento una comisión para que fuese a visitar la casa de La Cuna, y las damas se hicieron cruces al ver los horrores que con aquellos niños se cometían.

Traficábase con ellos de una manera vergonzo­sa: eran vendidos o abandonados al menor sin- toma de enfermedad, y, lo que no es dado escu­char a oídos cristianos sin estremecerse, la mayor parte morían sin bautismo. San Vicente hubiera querido encargarse de todos a un tiempo. Mas ¿cómo? Sacáronse doce por suerte, que fueron cuidadosamente educados por las Damas de la Caridad, y esperando mejores tiempos, se esta­bleció para con los demás una tierna y solícita inspección. Cuidóse de que fueran bautizados, de que no les faltase cosa alguna y ele llevar cuenta asidua de todos los niños para evitar que fue­sen entregados a abominables especulaciones.

San Vicente no estaba contento: cada día le parecía más odiosa la práctica de sacar por suerte doce niños entre los trescientos o cuatrocien­tos que anualmente entraban como hemos di­cho, en la casa de La Cuna. ¿Por qué no adoptar­los todos? ¿Que eran muchos? Es verdad; pero aún eran más los recursos de la misericordia di­vina. Corrió, pues, a la Junta de Damas y les habló con tan ardorosa y persuasiva elocuencia que aquellas señoras, hondamente conmovidas, se resolvieron a adoptar de una vez todos los ni­ños. Era atreverse a más de lo que en realidad podían hacer; así es que, enternecido a su vez el Santos determinó echar mano a los últimos re­cursos. Dirigióse al rey, a la reina y a los más grandes señores, y obtuvo para la obra una renta anual de cuarenta mil francos, cifra soberbia, pero insuficiente.

En tiempos normales se habría logrado salir a flote; mas sobrevenidas al poco tiempo las cala­midades de la Lorena, de la Cha7nnaña y de la Borgoña, y los disturbios de la Fronda, que hi­cieron zozobrar la mayor parte de las rentas, las Damas de la Caridad declararon, con lágrimas en los ojos, que unos gastos tan exorbitantes so­brepujaban sus fuerzas, y que se hacía preciso renunciar a la obra comenzada.

Más tarde, gracias a los esfuerzos de Vicente y las nuevas donaciones de Luis XIV, la obra con­tinuó, atravesó felizmente el siglo XVIII penetró triunfante en el XIX y es hoy uno de los mayores títulos de gloria de San Vicente de Paúl y de la Iglesia Católica.

En tanto, las Caridades, de cuyo origen y des­arrollo ya hicimos mención, seguían propagándose con admirable rapidez. No tardaron en lle­gar a París, donde produjeron los mismos frutos que en otras partes. Con el tiempo, sin embargo, habían ido introduciéndose en ellas ciertos abu­sos, y no siempre era observado el reglamento. Urgía poner remedio al mal, y para ello y para mantener vivo o reanimar en todas las socias el fuego de la caridad y la unión, comenzó el Santo a enviar a visitarlas de cuando en cuando algunas de las damas más celosas de la Caridad. Una de las primeras y de las cale más constante­mente fueron encargadas de este ministerio; fue la señorita Le Gras.

Las señoras de Pollalion, Fresne Viole hicie­ron también algunos viajes de esta índole.

La presidenta Goussault se ofreció a visitar el Orleanate y el Anjou.

A tan magnífica eflorescencia de caridad puso digno remate una imprevista cuanto admirable determinación. Enterada la reina del bien eme hacían, así en París como en otras partes, las Asociaciones de las Damas de la Caridad, quiso también formar una presidida por ella, y com­puesta únicamente por princesas y damas de la corte. En consecuencia, rogó a San Vicente de Paúl que hiciera un reglamento especial para la nueva Asociación. No se le puede leer sin admi­ración, y sentimos no poder transcribirlo aquí.

Magnífico espectáculo de caridad, en que la más alta nobleza de Francia y la reina misma aparecen a los pies de los pobres, y en que las grandes señoras de París y de las provincias po­nen su influencia, su corazón, su fortuna y sus personas al servicio de los enfermos, de los niños expósitos, de los presos y de los forzados, conso­lándolos en sus dolores, curando sus llagas y, en una palabra, tomando sobre sí con un fervor extraordinario aquel ministerio de la caridad tan encarecido por nuestro Señor y a la sazón un poco descuidado en el mundo.

Las Hijas de la Caridad (1633-1642).

Pecas Congregaciones hay en los tiempos mo­dernos que hayan hecho más honor a la Iglesia Católica y que le hayan merecido más simpatías que la institución de las Hijas de la Caridad. Y, sin embargo, ninguna ha tenido un porvenir más oscuro que ella, aun para los mismos funda­dores.

En un principio, todo estaba reducido a unas cuantas jóvenes aldeanas de baja cuna, sin le­tras ni educación especial de ninguna clase, to­madas como auxiliares o suplentes de las Damas de la Caridad. Ya veremos el tacto exquisito y la abnegación con que San Vicente de Paúl va a hacer de ellas aquellas extraordinarias mujeres que tan gran papel habían de hacer en la honda crisis de los tiempos modernos, y que en una armonía maravillosa habían de unir la pureza de la virgen con la ternura y la solicitud de la madre.

Mientras las Cofradías de la Caridad no reba­saron los limites de las provincias, nada dejaron que desear en su funcionamiento, encomendado a mujeres pertenecientes, por regla general, a la clase media, y de una abnegación a toda prueba. Mas no sucedió así en París, donde las damas no siempre podían desempeñar convenientemente sus caritativos cuidados para con los pobres. La experiencia mostró bien pronto que la obra nece­sitaba de algún complemento.

Algunas de las socias eran demasiado grandes señoras para someterse a visitar periódicamente los pobres y rebajarse a cumplir ciertos bajos ofi­cies que consigo llevaba la visita. Enviaban a sus criadas para suplirlas; mas ¿qué son, para el caso, semejantes sustituciones? Otras señoras eran cohibidas por sus maridos, quienes en tiem­po de la peste llegaron hasta prohibirlas salir de casa.

Vicente comprendió que la obra no seguiría adelante, que flaquearía por uno o por otro lado si no juntaba a las Damas de la Caridad algunas jóvenes virtuosas, de humilde condición para que no las hiciesen sombra, pero capaces de acudir en su ayuda y aun de sustituirlas siempre qué fuera menester.

Escogió, pues, algunas de esas jóvenes y las puso bajo las órdenes de las Damas de la Caridad. Las primeras fueron diseminadas en las parro­quias de París.

Alojábanse unas en las casas de las Damas de la Caridad; las otras, en conventos; y transcu­rrida la semana en enterarse de los pobres y en­fermos, en darlos a conocer a las Damas y en cuidarlos, se reunían el domingo en San Lázaro, en una conferencia que tenía por objeto exhor­tarlas al cumplimiento de sus deberes. Al prin­cipio no se las llamaba por otro nombre que por el de pila, como se hacía con las criadas.

Poco a poco fue, sin embargo, abriéndose ca­mino en la correspondencia de nuestro Santo la costumbre de juntar al nombre de pila el titulo de Hermana.

Muchas de estas buenas jóvenes dejaban bas­tante que desear en formas sociales. Otras ado­lecían de ciertos modales bruscos y violentos, que la dulzura de Jesucristo no había logrado extir­par en ellas. Mas aunque algunas fuesen bastas y toscas como la esmeralda acabada de sacar del cuarzo, que no consigue su brillo y hermosura sino bajo el cincel del joyero, en cambio otras eran de lo más irreprochable que se puede ima­ginar.

Sin embargo, aisladas unas de otras, disemina das aquí y allá en las diversas parroquias de Paris y faltas de toda unidad y conexión, no ha­bla casi nadie que, en el caso de no cumplir una joven con el cargo en que se le había puesto, pudiera corregirla con la autoridad competente, y, si fuese preciso, mudarla de residencia. Seme­jante estado de cosas era insostenible. San Vi­cente resolvió, en consecuencia, fundar una es­pecie de noviciado en que aquellas jóvenes se dispusiesen a cumplir las delicadas funciones de su vocación. Para ello eran menester dos elemen­tos: una casa y una directora.

La casa fué fácil de hallar. En cuanto a la directora, hacía ya mucho que San Vicente de Paúl había puesto los ojos en la señora Le Gras, de quien nuestros lectores tienen ya noticia.

La señora Le Gras no pertenecía a la nobleza propiamente dicha.

Descendía, de una de esas poderosas familias de la clase media que, a fuerza de abnegación y de sacrificios por la patria, se habían acercado a la nobleza de abolengo, disponiéndose a entrar en sus filas y aun a absorberla. Por línea pater­na, era originaria de los Marillac, antigua y muy considerada familia de la Alta Auvernia, que acababa de proporcionar a Francia un mariscal y un guardasellos en las personas de Luis y de Miguel de Marillac.

En todo asunto, en toda empresa, ponía la se­ñora Le Gras todo el ardor de su alma, natural­mente impresionable. La menor apariencia de bien bastaba para inflamar su corazón y para despertar en ella un celo que. sin la prudencia de su director, habría acabado pronto con su salud. San Vicente de Paúl no la dejaba nunca de la mano. Incesantemente le predicaba la paz y el abandono en las manos de nuestro Señor. A un alma tan ardiente correspondía en la se­ñora Le Gras un organismo todo sensibilidad y delicadeza.

De ordinario, estos apasionamientos del alma se resienten de precipitación y de falta de pru­dencia. No así en la señora Le Gras. Todo lo que tenía su espíritu de ardiente e impetuoso, lo te­nia de recto. Su cualidad predominante era la de una invencible fortaleza. Puede decirse que no tenia de mujer otra cosa que el corazón. Sus resoluciones eran tan prontas como acertadas.

San Vicente de Paúl conocía el tesoro que Dios le había encomendado en Luisa de Marillac, y le cultivaba, esmeradamente. Aconsejábase de ella en todos los negocios humilde y respetuosamen­te, sin descubrir en ello el menor asomo de supe­rioridad ni descender a familiaridades excesivas: modelo eterno e insuperable de la corresponden­cia de un director para con sus penitentes.

San Vicente se resolvió a no dar más treguas al asunto. Examinó varias casas de alquiler y arrendó una muy pequeña en uno de los barrios más pobres de Paris. Aún se conserva hoy como recuerdo vivo de la cuna de las Hijas de la Ca­ridad.

La señora Le Gras tomó posesión de ella con cuatro o cinco jóvenes, cuidadosamente escogidas por San Vicente, el 29 de noviembre de 1635.

No habían transcurrido cuatro meses, cuando ya aquella señora pidió permiso al Santo para consagrarse con voto irrevocable al perfecciona­miento y madurez de una obra tan meritoria. Dióselo San Vicente, y ella realizó sus deseos el 25 de marzo de 1634, día eternamente célebre en la Congregación de las Hijas ele la Caridad, y en que todas ellas renuevan anualmente sus votos.

Preparada la casa y aumentándose de continuo el número de las jóvenes que deseaban ingresar en el naciente instituto, juzgó San Vicente que era llegada la hora de ocuparse de un modo más serio y regular en la educación religiosa de las mismas. A este fin las visitaba una vez por semana, acompañado del señor Portail o, de otro cualquiera sacerdote en defecto de éste, para hablarles de aquellas virtudes que más peculiares debían ser a la Hija de la Caridad. Al empezar la conferencia se decía el Veni, Sancte Spirt­tus. Luego recordaba el Santo la materia de que se había de hablar, y sobre la cual, advertidas de antemano por un billetito, habían hecho aquel día la meditación, y comenzaba a preguntarles: «Vos, Hermana mía, que estáis ahí la primera, ¿qué motivos os parece que tenemos para prac­ticar esta o aquella virtud?» Y luego que la Her­mana había acabado de hablar: «¿Y vos, Her­mana mía, que estáis ahí abajo, al último, cer­ca de la ventana? ¿Y vos?», etc., etc.

El Santo volvía entonces sobre lo que se había dicho; hacía notar lo más importante; penetra­ba con su consideración hasta el fondo del asun­to, desenvolviéndole y explicándole con toda sen­cillez, y concluía por algunas consideraciones y resoluciones prácticas.

Una de las materias de que más gustaba tratar era el origen oscuro, pobre, y, por lo mismo, ma­ravilloso, de la Congregación. ¿Quién la había fundado? ¿El? ¡Oh! De ningún modo: ni él, ni el señor Portail, ni la señora Le Gras, ni nadie había pensado siquiera en ello. Sólo Dios era su autor».

Para conservar a sus Hijas en la humildad so­lía recordarles frecuentemente la oscuridad de su linaje. ¿Qué eran ellas sino unas pobres al­deanas, unas humildes labriegas? «No olvidéis, hermanas mías, que la mayor parte de vosotras sois unas jóvenes pobres y de baja cuna, como yo, que en mi juventud estuve guardando un rebaño.»

Y en otra ocasión: «Estad seguras que desde el momento que repudiarais vuestro modo de vivir, tosco y sencillo, abandonarais vuestros pobres y despreciables vestidos, vuestro especial tocado y esas otras prácticas que os mantienen en la humildad, comenzaríais a decaer en la gracia de D. y después en la estima pública que hasta ahora se ha hecho de vosotras precisamente por la humildad y virtud que en vuestros modales se retrata. Esta es la razón, no lo dudéis, por qué las Damas de la Caridad hacen tanto aprecio de vosotras y os aman y os respetan, y por lo que se os pide de tantas partes».

Otro punto que el Santo solía tocar en muchas conferencias era el servicio de los pobres, en cuya ponderación era verdaderamente ingenioso. «¡Oh, qué título, Dios mío, qué hermoso título!—de­cía, ¡qué envidiable ministerio! ¡Oh, Hijas raías! ¿Qué maravillas habéis hecho a los ojos de Dios para merecer el glorioso dictado de sir­vientas de los pobres? ¡Oh, que esto viene a ser lo mismo que sirvientas del Hijo de Dios, ya que II reputa por hecho a Sí mismo cuanto se hace en favor de sus miembros! Jesucristo, por otra parte, no hizo tampoco más que servir a los pobres.

No recuerdo si os he dicho que el título más bello y más santo que usa el Sumo Pontífice en los documentos oficiales de importancia es el de Siervo de los siervos de Dios. Así que su firma es: «Clemente o Urbano, siervo de los siervos de Dios.» Y la vuestra, Hijas mías: Sirvientas de los pobres enfermos, que son los más queridos de Jesucristo».

Mas no era bastante que las Hijas de la Ca­ridad se entregasen incondicionalmente, hasta la abnegación y el sacrificio, al cuidado de los po­bres: quería también el Santo que fuesen inteli­gentes, activas, obedientes a los médicos y pun­tuales en cumplir sus órdenes respecto del tiem­po, de la hora y de la calidad de las medicinas exactas y ordenadas en sus cuentas; dignas, en fin, de servir de modelo a cuantas en adelante se consagrasen a tan santo ministerio.

Bien se deja entender que la caridad de San Vicente de Paúl para con los pobres no habría de concretarse al alivio del cuerpo, sino que miraría principalmente a las necesidades del alma.

«¿Pensáis, decía a sus Hijas, que Dios os ha escogido únicamente para llevar ciertas viandas y medicinas a los enfermos? ¡Oh, no! Espera además de vosotras que proveeréis a sus necesi­dades espirituales, que alimentaréis sus almas con el maná espiritual y que haréis por comu­nicarles el espíritu de Dios».

Sobre todo, a la hora de la muerte es cuando debían redoblar su celo.

Tomad con empeño la instrucción de estas pobres gentes; enseñadles a bien morir. ¡Qué consuelo, mis queridas Hilas, el de ayudar a es­tas buenas gentes a conseguir el Cielo! Si, vos­otras les conduciréis al Cielo, enseñándoles el camino de servir a Dios. ¡Ah, Hermanas mías, que si sois fieles a la gracia, haréis grandes maravillas!»

A fin de que nada les faltase en el cumpli­miento de tan importante misión, quería. San Vicente que estuviesen impuestas en todos aque­llos conocimientos de que eran capaces, sobre todo en leer, escribir y contar.

Al mismo tiempo que se ocupaba San Vicente en formar a sus Hijas para la visita y el cuida­do de los pobres, trabajaba por formarlas y fun­damentarlas en aquellas virtudes de mansedum­bre, de unión recíproca, de mutuo y cordial res­peto, de humildad y de modestia, que son, a la vez, base indestructible y hermosura perenne de la vida religiosa. Quería, además, que entre ellas, en el interior de la casa, resplandeciese una mo­destia angelical.

Mas esta modestia era poca cosa a los ojos de Vicente en comparación del respeto cordial que unas a otras se debían tener. Respeto cordial, es decir, nacido del corazón e hijo, e la vez, de la ve­neración y del cariño.

Bien se echa de ver que San Vicente de Paúl, que tan modestas quería a sus Hijas en el inte­rior de la casa y en sus mutuas relaciones se preocuparía mucho más de la modestia que ha­bían de guardar en el trato con los externos y en medio del mundo.

Una pureza amenes] debla completar el re­trato de la Hija de la Caridad colocada por la Iglesia a la cabecera de los moribundos debe se­mejar en todo a una medre velando junto al le­cho de su hijo enfermo. Más para que en tales ocasiones su castidad no corra peligro de ningún género, menester es que se habitúe en todos los instantes a llevar una vida pura e inmaculada.

Véase, pues, qué clase de virtudes exigía San Vicente a sus Hijas, virtudes heroicas y sublimes, tales cuales se necesitaban para cumplir les de­beres de una vocación tan santa. Pero ninguna de estas virtudes sería duradera si no estaban fundamentadas sobre la piedra inquebrantable del amor de Dios. De aquí que el Santo insistie­se tan frecuentemente sobre el particular. ¡Y con qué brío, gracia y elocuencia!

Por lo demás, San Vicente gustaba poco de exa­geraciones y de cerrados exclusivismos. Quería a sus Hijas abrasadas siempre en el amor de Dios, pero libres, desprendidas de todo, prontas siem­pre a dejar los ejercicios mismos de piedad, la oración y la comunión por el cuidado de los po­bres.

Frecuentemente se quedaba el Santo como ab­sorto en medio de sus conferencias. Cortaba su discurso, y repetía dos o tres veces la última pa­labra de la frase precedente, como si no supiese continuar. Otras veces juntaba las manos y de­cía: «¡Dios mío, Dios mío!» O también: «¡Ah, mi Salvador, mi amable Salvador!». Las Hermanas entonces contenían su respiración y salían hon damente conmovidas de la conferencia. A través del Fundador y del Padre, acababan de ver al Santo.

La conferencia solía acabar con la bendición que San Vicente daba a sus Hijas.

Las Hijas de la Caridad (continuación).—San Vicente de Paúl aplica los hombres del mundo al servicio de los pobres (1633-1642).

Al mismo tiempo que San Vicente de Paúl se esforzaba por inspirar a sus Hijas el espíritu de su vocación, comenzaba también a revelarlas, aunque discretamente, las bases sobre que su Instituto había de descansar. Esta constitución tenía no poco de arriesgada. Bien es verdad que si en un principio dicha constitución fue la ex­trañeza del mundo, después vino a ser su admi­ración.

Hasta entonces, y por muchos siglos, cuando una joven quería consagrarse a Dios, se encerra­ba en un convento amurallado y defendido por todas partes, circunstancia que en una sociedad tan discorde y revuelta como la de la Edad Me­dia, las servía hasta de resguardo material; y pa­sado el tiempo de la probación, hacía sus votos solemnes, votos que, reconocidos por el Estado, la quitaban toda facultad de casarse, de testar y de heredar, impidiéndola de este modo volver al mundo y protegiéndola contra su natural ver­satilidad o inconstancia. La Iglesia había acep­tado con reconocimiento estas medidas del Es­tado en pro de la paz y del honor de la vida re­ligiosa, y, apoderándose de ellas, las había trans­figurado. Hizo aquellos recintos, venerables como un santuario y dulces como un hogar; aquellas rejas eran, si, las de una prisión, pero de una prisión en que el amor de Dios encerraba y re­tenía cautivas a las almas. Así, que el supremo ideal de la mujer en el Cristianismo era el de la virgen consagrada a Dios, hostia voluntaria que se ofrece por los pecados de los hombres.

No es extraño, pues, que apenas establecidas en congregación las primeras Hijas de la Cari­dad, se les pusiera delante como una tentación la sublime práctica de los votos religiosos.

¿Por qué no hacer votos? San Vicente oía y se hacia el desentendido. Porque ¿qué votos habían de hacer, los solemnes? Mas, según los cánones de la Iglesia y las leyes del Estado, los votos solemnes llevaban consigo la clausura. Y enton­ces, ¿a qué quedaba reducido el servicio de los pobres? ¿Votos simples? Mas si éstos habían de ser perpetuos, ¡qué de inconvenientes no podían traer! ¿Cómo aventurarse a mandar a las buhar­dillas de los pobres unas doncellas ligadas por votos perpetuos, no protegidas por el poder ci­vil y en libertad absoluta para abandonar su es­tado y casarse, con escándalo del pueblo y oca­sión de mil tentaciones para las mismas intere­sadas? Estas eran las razones que el cardenal de Marquemont, arzobispo de Lyon, había aducido contra un proyecto semejante de San Francisco de Sales, y que obligaron a éste a modificar tan radicalmente los planes de la Visitación.

Al leer las conferencias y las cartas de San Vicente, se ve que jamás pierde de vista a San Francisco de Sales. Así que toma las precaucio­nes más minuciosas para que no le pase a él lo que al fundador de la Visitación.

—Hijas mías—les decía en una ocasión—, vos­otras no sois religiosas; y si algún espíritu tur­bulento saliese diciéndoos que era menester serlo, que el estado de la religión es más santo, etc., et­cétera, ¡ah!, vuestra asociación estaría perdida. Quien dice religiosas, dice claustro, y las Hijas de la Caridad no han nacido para vivir entre cuatro paredes.

Para poner más de relieve esta su resolución, prohibió dar el nombre de conventos a las casas de sus Hijas; dispuso que éstas no tuviesen oratorios. ni capellanes, ni culto público, cosas todas que inducen al aislamiento del claustro.

—Ningún otro claustro-ales decía—, que la casa de los enfermos; ninguna otra capilla, que iglesia de la parroquia.

El traje no debía ser otro tampoco que el se­glar.

Y más tarde, en la aprobación de las reglas, se hizo constar «que las Hermanas llamadas de la Caridad habían determinado, por inspiración di­vina, vivir juntas en común, sin abandonar, no obstante, el traje seglar».

Algunos hubieran deseado que aquellas bue­nas jóvenes, destinadas a andar de una parte a otra, y a permanecer junto al lecho de los en­fermos, llevasen, al menos, un velo con que cubrirse el rosto: el Santo les dió aquella respuesta de tan adorable y santo desenfado: «Llevarán por velo su modestia».

Últimamente, como sello de su obra, no sólo prescindió el Santo de los votos solemnes, que entrañan la obligación de una absoluta clausura, sino aun de los votos simples perpetuos; y, apo­yado en la bondad de sus Hijas, se contentó con imponerles los votos simples anuales.

San Vicente de Paúl resumió los caracteres y distintivos de esta nueva y original asociación religiosa en aquellas célebres palabras: «Las Hi­jas de la Caridad tendrán por monasterios las casas de los enfermos, por celda un cuarto de al­quiler, por capilla la iglesia de la parroquia, por claustro las calles de la ciudad o las salas de los hospitales, por clausura la obediencia, por rejas el temor de Dios, y por velo la santa mo­destia».

En tan feliz, aunque arriesgada tentativa ha­bía, sin embargo, un peligro: el de debilitar la vida religiosa, despojándola en parte de aquellas ataduras que, lejos de abatirla, sólo sirven para comunicarle más energía e impulso.

No dejó de preocupar esta idea a San Vicente de Paúl, y una buena parte de sus conferencias a las Hijas de la Caridad tienden a descubrirles este peligro y a indicarles los medios de neu­tralizarle. «Vosotras, les decía en cierta ocasión, no sois religiosas, ni podéis serlo, a causa de vuestros deberes para con los pobres; mas estáis obligadas a sobrepujar en santidad a las mis­mas religiosas. ¿Por qué? Pues porque estáis ex­puestas a más ocasiones, porque no tenéis tan­tos medios para alcanzar la perfección, porque si no sois santas, estáis inevitablemente perdi­das,» Y en otra conferencia: «Vosotras carecéis de rejas que os preserven de los peligros del mundo; pero en vuestro poder está cercaros de unas rejas interiores que os protejan más eficaz­mente que todos los enrejados juntos. Meditad bien aquellas palabras de vuestras reglas: «Ten­drán por clausura la obediencia».

Otras veces les decía: «Los seglares, de cual­quiera condición que sean, pueden entrar en vuestras casas, y así es menester para bien de los pobres; mas sólo en las salas y locutorios, jamás en vuestras habitaciones particulares. El cuarto de una Hija de la Caridad debe ser tan sagrado como la celda de una Carmelita; ni se­ñores, ni grandes, ni sacerdotes, ni siquiera vues­tros confesores, deben entrar en ellos. A mí mis­mo, añadía, y eso que ya soy tan viejo, se me debería cerrar sin miramiento ninguno la puer­ta si pretendiese atropellar semejante dispo­sición».

Con tan sabias y firmes precauciones es como pudo el Santo dar estabilidad a una nueva forma de vida religiosa sin entorpecer la antigua.

Aunque iban ya transcurridos nueve años des­de la institución de la Compañía, sin embargo ninguna Hermana, fuera de la señora Le Gras, habla sido admitida por San Vicente a la profesión religiosa, siquiera ésta se concretase al tér­mino de un año. Prudente en todas sus cosas y poco amigo de precipitaciones», creyó, por fin, llegada la hora de dar este paso y escogió a cuatro para que hicieran sus santos votos el 25 de marzo de 1642.

He aquí ya dos poderosas asociaciones puestas per San Vicente de Paúl al servicio de los pobres y de los afligidos: las señoras del mundo y las Hijas de la Caridad. Nuestro Santo trataba de organizar una tercera, más difícil, pero no menos sublime: la de los caballeros.

Los primeros ensayos que sobre el particular hizo Vicente datan de la época en que regía el curato de Chatillon-les-Dombes. El pensamiento del Santo en la materia es el siguiente:

La Asociación de la Caridad de caballeros es una asociación cristiana que debe tomar por pa­trono a Jesucristo, padre de los pobres. Estará presidida por el párroco o por el que haga sus veces, sin cuya anuencia no se podrá hacer cosa alguna, ni en la junta de las damas, ni en la asamblea de los caballeros. Todo cristiano pue­de asociarse a ella, mas su núcleo estará forma­do por treinta socios, que, con el nombre de sir­vientes de los pobres, serán escogidos entre los más fervorosos, sirviendo, dicen los estatutos, «como de columnas y base del cuerpo de la Aso­ciación. Estos treinta miembros elegirán tres funcionarios: el presidente, llamado unas veces prior y otras comendador, el tesorero y el visi­tador.

El fin de la Asociación es realizar aquellas pa­labras del Deuteronomio: «Que no haya entre vosotros ningún pobre». Efectivamente, en un pueblo bien organizado, en una ciudad bien regi­da, no debe, no puede haber pordioseros.

Recordaremos el encargo explícito del Santo de atender a las almas con preferencia a los cuerpos. Cuidarán, dice, de que los niños vayan a la escuela, aprendan el Catecismo y comulguen, y de que las personas mayores se instruyan en su religión y reciban los Sacramentos. Con aquellos que tuviesen la desgracia de ser herejes, no perdonarán medios de atraerles a la verdad».

Tales son los rasgos generales de la originalí­sima Asociación de Caridad, compuesta de caba­lleros y destinada al servicio de los pobres. Res­pondía tan perfectamente a las necesidades del momento, que no tardó mucho en arraigar y ex­tenderse por todas partes.

El éxito fue mayor que en parte alguna en Pa­rís, donde bien se echa de ver que había de or­ganizarlas el Santo, como lo hizo al establecerse definitivamente en San Lázaro. ¿Cómo desapro­vechar la oportunidad que para obra tan san­ta le ofrecía aquella multitud de grandes seño­res y de personajes eminentes que vivían en la capital?

El primero de estos ilustres personajes a quien ocupó el Santo en el servicio de los pobres fue el barón de Renty, uno de los más fervorosos cris­tianos de aquel siglo y de todos los siglos.

Acontinuación del señor de Renty pongamos a su amigo Enrique Miguel Buche, simple zapa­tero, pero de grandes alcances, y al comendador de Sillery, quien, tocado de Dios, se entregó, bajo la dirección de San Vicente de Paúl, al servicio de los pobres, después de haber sido embajador en España e Italia y comendador de la Orden de Malta.

Entre los caballeros reclutados por San Vicente de Paúl en las filas de la caridad, merecen espe­cial mención: los dos Marillac, tíos de la señora Le Gras, gran canciller el uno y mariscal de Fran­cia el otro, y cuyas trágicas aventuras tanto hi­cieron resplandecer su virtud; el duque de Lian­cour; el marqués de Fenelón, a quien el señor de Renty había tomado por su auxiliar, como él a su vez lo era de San Vicente; Sublet de Noyers, secretario de Estado, hombre de oración, con quien Luis XIII solía rezar el oficio divino y del- cargar su pecho, quejándose secretamente de la tiranía de Richelieu; Dufour, gentilhombre del duque de Orleáns, y otros muchos.

A semejanza de París, en las grandes ciudades de provincia iban formándose también asocia­ciones de hombres destinados al servicio de las clases pobres.

No contento el Santo con que el ejemplo dado por Paris tuviese seguidores en una multitud de ciudades de provincia, quiso que los señores le imitasen en el interior de sus tierras, en sus cas­tillos, a la vista y en medio de aquellos de quie­nes se decían amos y señores. Los acontecimientos políticos añadían a las or­dinarias miserias otras mayores y más dignas de compasión. Grande fue la que experimentó Vi­cente al saber que, despojados muchos nobles loreneses de sus fortunas con motivo de la gue­rra, y echados de su país, vivían en las buhar­dillas de la capital, ocultando su desnudez y su­friendo tan extremada pobreza, que muchos se caían materialmente muertos de hambre. A pro­puesta de Vicente fueron visitados y socorridos durante largos años, así como también multitud de religiosos, sacerdotes y señores que las tur­bulencias politico-religiosos de Inglaterra, de Es­cocia y de Irlanda, que con el tiempo habían de arrastrar a Carlos I al cadalso, llevaban por entonces a París.

Aunque la Junta se componía de señores aco­modados y ricos, no obstante había ocasiones y muchas, en que los fondos escaseaban. Felizmen­te, la caridad de nuestro Santo no se agotaba jamás: allí estaba él siempre para suplir cual­quier descubierto. «El señor Vicente, escribe uno de los señores de la Junta, era el primero en abrir la mano para toda obra de beneficencia, de tal suerte, que cuando en la colecta había algún déficit, él era quien le cubría, privándo­se hasta de las cosas más indispensables para llevar a cabo las obras comenzadas. Faltando en cierta ocasión trescientas libras para comple­tar una suma de importancia, afrontólas el San­to inmediatamente, sabiéndose después que las

recibido de una persona para comprar un caballo, pues el que tenía estaba tan flaco y era tan viejo, que varias veces había dado ya en tie­rra con el Santo. Al mismo tiempo que con tanta largueza contribuía San Vicente a las obras de caridad que los señores de la Junta habían em­prendido bajo su dirección, gustaba reunirles de cuando en cuando en San Lázaro para alentar su fe y mantener vivo el fuego sagrado de su caridad. Con frecuencia inducíales a hacer al­gunos breves retiros espirituales, sabiendo, como él mismo decía, que no hay medio más a propó­sito que éste para enfervorizar las almas.

Los sacerdotes de la Misión (1625-1642).

Ya es tiempo de que fijemos nuestras miradas sobre aquella casa de San Lázaro, que Dios había puesto en el centro de París como un «foco de vida y de luz, y como el manantial más fecundo en toda clase de obras de caridad en el siglo XVII».

Allí, en los viejos claustros de una antigua le­prosería, regia y episcopal a la vez, comenzaba a tomar cuerpo una de las concepciones más arries­gadas y más originales de San Vicente de Paúl: la Congregación de la Misión.

Consistía su originalidad en ser la primera y única Congregación de sacerdotes entregados completa y exclusivamente al servicio de los po­bres. La idea de esta obra fue la primera que echó raíces en la mente de San Vicente de Paúl.

El pensamiento era soberbio, digno del cora­zón de San Vicente de Paúl; finas ¡cuán difícil de realizar! Reunir sacerdotes, y sacerdotes emi­nentes, porque nadie sin cierta elevación de sen­timientos se hace religioso, y aplicarles única­mente a la educación del pueblo inculto de las aldeas, cerrarles todas las puertas de los gran­des colegios y Universidades, para evitar que, haciéndose a los placeres de la discusión apolo­gética y científica, se disgustasen de la enseñan­za de las clases pobres; prohibirles la misma pre­dicación en las catedrales e iglesias de las gran­des poblaciones; intentar todo esto era una lo­cura, a menos de poseer el arte de inspirar a estos sacerdotes o religiosos una caridad, una modestia y una humildad tales, que sobrepuja­sen toda medida. San Vicente de Paúl creyó po­sible el hecho, ensayó llevarle a la práctica y lo consiguió.

Mas cuanto esta misión tenía de sublime, otro tanto tenía de contraria a las inclinaciones de la Naturaleza, dando, por lo mismo, motivo para temer que sus afiliados la abandonasen rápida­mente si desde un principio no ponían por base de todas sus acciones la humildad más profunda. Persuadido de esto el Santo, no cesaba de repetirlas que ellos no eran más que unos infelices e ignorantes, indignos de semejante vocación e in­capaces de todo; que su abatida Compañía era la última, la más humilde y la más miserable de todas, así por el número, como por la calidad de los sujetos que la formaban. Treinta años pasó San Vicente inculcando estos sentimientos en el corazón de sus hijos, y afirmando su Compañía sobre bases tan firmes y duraderas. Entregada ésta al servicio de los pobres y oculta en los re­pliegues de la más escondida y sincera humildad, alcanzó lento desarrollo.

Verdad es que la conducta que seguía el Santo con los postulantes no era, al parecer, la más a propósito para hacer adeptos. Era necesaria una gracia muy especial de Dios para perseverar en llamar a las puertas de la naciente Congregación. Cuando Renato Almeras, superior general que fue más tarde de la Congregación, manifestó a San Vicente deseos de entrar en San Lázaro, el Santo no quiso oírle.

—¡Oh, señor—le decía—, no nos conocéis al pretender formar parte de nuestra Compañía! ¿Qué creéis que somos nosotros? Unas pobres gentes sin educación ni trato social, mal acomo­dadas y prontas a partir dondequiera que la obediencia nos mande.

Pintóle luego la pobreza de su modo de vivir, de sus vestidos, de su cama, etc., etc., recargando de tal manera las tintas del cuadro, que llegó a comparar sus habitaciones con los establos, ase­gurándole que si hubiera visto de cerca las pri­vaciones de su vida y lo abatido y humilde de sus ministerios, eso sólo habría bastado para hacerle desistir de sus pretensiones. El señor Almeras llegó a persuadirse de que la casa de San Lázaro sería una especie de hospital, lleno por todas partes de miserias. Confirmóse, no obs­tante, en sus propósitos, porque, según él decía, un alma que deja al mundo y corre a vestirse el hábito de una religión o la sotana del sacer­dote, no debe amar, ni buscar, ni desear otra cosa que la pobreza, la humillación y el sufrimiento. Así que aquello mismo que San Vicente le obje­taba para hacerle odiosa su Congregación, fue precisamente lo que más le estimuló a formar parte de ella.

Jamás perdía ocasión nuestro Santo de incul­car en el corazón de sus hijos este humilde me­nosprecio de sí mismo y de todo cuanto el mun­do estima.

Al mismo tiempo que San Vicente se ocupaba en precisar el verdadero fin de su Compañía y en mantenerla inflexible dentro de los cauces de ese mismo fin trabajaba también por asegurarla los medios de llegar a conseguirle. Con este objeto estableció de una manera incondicional el prin­cipio de que sus misioneros jamás predicarían en las ciudades, sino únicamente en el campo.

Esta misma particularidad de que su predica­ción se dirigiese únicamente al pobre pueblo, le dictó la segunda regla: «que sus Misiones fuesen completamente gratuitas. No se exigirá nacía a los párrocos de las aldeas. Fuera del alojamiento y del mobiliario de precisión, todos los demás gas­tos correrán a cargo de los propios misioneros»: No tardaron mucho en dejarse ver en las altas montañas de Saboya, llevando cobre un mulo el lecho mismo en que habían de descansar, y en una carreta sus sencillas previsiones, albergándo­se todo el tiempo de la Misión en una granja o en un granero, y entusiasmando con su vida de pobreza, de piedad y de abnegación a aquellos sencillos habitantes, poco habituados a seme­jantes espectáculos. Por corto que fuese el número de los misioneros, jamás quería el Santo que par­tiesen menos de dos o tres a la Misión, pues creía que para conmover y entusiasmar honda­mente a un pueblo y para asegurar la fecundi­dad de las funciones evangélicas no bastaba un hombre solo, por eminente que fuese. Por esta razón, les aconsejaba también que permanecie­sen uno o dos y aun tres meses en un mismo lugar.

Al mismo tiempo que San Vicente inducía: a sus Hijos a no ejercer las funciones de su minis­terio más que entre los pobres, procuraba tam­bién iniciarles en el modo de hablar al pueblo y en el arte difícil y delicado de hacerse con un lenguaje sencillo, claro, práctico, popular y siem­pre noble, instructivo y humilde, al alcance de todas las inteligencias y capaz de llegar al fon­do de todos los corazones.

A este fin trazó, desde el principio, un método de predicación popular, a que dió el nombre de 3iimilde método, y que fue después en la predi­cación sinónimo de método apostólico y evangé­lico. Permítasenos que nos detengamos a exa­minarle, pues fue, sin ningún género de duda, la grande alma de la Compañia en sus primeros en­sayos y la nueva palanca con que movió los pueblos.

—Este método—dice San Vicente—nos lleva a hablar natural y espontáneamente y a ser sen­cillos y familiares en nuestros discursos, de suer­te que el más ignorante de nuestro auditorio nos pueda comprender con facilidad. sin que para ello necesitemos ser vinos de términos bajos ni corrompidos, sino de un lenguaje común, senci­llo y correcto, que, al mismo tiempo que busca el bien y la comodidad de los oyentes, ilumina sus inteligencias, aviva sus corazones, persuade el amor a la virtud y produce los efectos más salu­dables dondequiera que es bien empleado.

«Ni creáis, señores míos—continuaba el San­to—, que este método sirva solamente para el bajo pueblo, para la gente ruda, para los aldea­nos; es, sí, provechoso, y muy provechoso, para esta clase de gentes, mas no por eso deja de pro­ducir excelentes efectos en los auditorios ilus­trados, en las ciudades, en Paris mismo. No veo, pues, nada que en adelante nos pueda retraer y apartar ¿Ya nuestro método».

De esta suerte, con su vasta inteligencia y con su profundo buen sentido, iba San Vicente de Paúl estigmatizando la falsa elocuencia, redu­ciendo a polvo las vanas objeciones de los predi­cadores mundanos y preparando el triunfo de la grave y soberana elocuencia cristiana, de que tan inimitables ejemplos nos había de dejar Bossuet: elocuencia sencilla, natural, persuasiva y puesta al alcance de todas las inteligencias.

Por muy poderosa que fuese la predicación ajustada al método popular de San Vicente, no era bastante para asegurar por sí sola y de un modo completo el éxito de una Misión entre las pobres gentes del campo. Por indicación de cier­ta persona, descubrió el Santo un punto débil en la organización de sus Misiones.

«Todo el mundo está de acuerdo—escribía–en que el fruto que se hace en la Misión es debido a la explicación del Catecismo. Reconociéndolo así, cierta persona de distinción añadió en mi pre­sencia y en la de un buen amigo que los misione­ros se esmeraban por predicar bien, pero que no sabían enseñar el Catecismo. En nombre de Dios, señor, avisad de esto a vuestra Comunidad»

Las medidas que sobre el particular tomó San Vicente llenaron bien pronto el indicado porti­llo. Abriéronse clases catequísticas en San Lázaro para los seminaristas, y no volvió a darse nin­guna Misión sin añadir a los sermones y a las pláticas las explicaciones, así elementales como superiores, del Catecismo.

Los misioneros juntaban a los niños de la pa­rroquia, los instruían cuidadosamente, y antes de terminar la Misión les hacían hacer públicamen­te y todos juntos la primera Comunión. Una procesión solemne, en que los niños iban vestidos, de blanco y «transformados en ángeles», corona­ba la fiesta. No careció de pruebas ni triunfó sin dificultad tan feliz innovación. Provocó tanta contrariedad en unos como entusiasmo en otros, y sólo a la firmeza y a la cordura de San Vicen­te de Paúl debió Francia tan provechoso y útil ejercicio.

La Misión acababa de ordinario con el estable­cimiento solemne de la Asociación de la Caridad entre los hombres y entre las mujeres. San Vi­cente no quería que se dejasen de establecer ni aun en las más insignificantes parroquias, cre­yendo que la aplicación de los hombres y de las mujeres cristianas al servicio de los pobres era el modo más eficaz de asegurar y mantener los frutos de la Misión.

Con frecuencia, a la Misión sucedía el estable­cimiento de una casa de Misiones, así para ase­gurar el fruto que los misioneros hubiesen lo­grado con sus predicaciones, como para retener­les en medio de las poblaciones evangelizadas, ofreciendo a este efecto loa señores, unos una propiedad y otros una renta determinada

Seria entretenido seguir en las cartas de San Vicente de Paúl el origen y formación de cada una de estas casas los desvelos del Santo en pro­porcionarles una base sólida desde el punto de vista material y los cuidados que se tomaba por asegurarles un porvenir desahogado desahogado y modesto, confirmado por contratas serias y ventajosas, en que no se desdeñaba bajar hasta los más insignificantes pormenores como el buen estado de las tapias o embellecimiento de los jardines.

En medio de todo, San Vicente de Paúl seguía preocupándose porque su Congregación fuese aprobada del Sumo Pontífice. Ya había consegui­do, por medio del señor de Gondi, la aprobación del Estado.

El modo con que la nueva asociación se había constituido tenía en suspenso a Roma. San Vi­cente había rechazado los votos solemnes, de que hasta entonces ninguna congregación religiosa de hombres había prescindido; hablase contentado con los votos simples perpetuos de pobreza, cas­tidad, obediencia y perseverancia en la Congre­gación, de los que únicamente podrían dispensar el Sumo Pontífice y el superior general. En sen­tir de los mejores teólogos, estas prescripciones eran insuficientes para dar carácter de religiosos a los individuos que se sujetasen únicamente a ellas.

San Vicente se oponía también expresamente a que sus discípulos fuesen religiosos. En conse­cuencia,

ordenó que adoptarían el título de Señor y no el de Padre; que llevarían el traje, es decir, la sotana, de los sacerdotes seculares, bien que más pobres y más modestos; que no estarían obligados al canto del Oficio divino ni a ninguna de las penitencias acostumbradas en las Órdenes religiosas, y que no tendrían otros ayunos que los prescritos por la Iglesia a todos los fieles. En compensación, les exigía un despego, el más abso­luto, del mundo, una humildad particular, una mortificación a toda prueba y un espíritu tal de fidelidad a la regla, que les permitiese consagrar­se por entero al servicio de los pobres.

Por fin, Alejandro VII avocó la causa a su tri­bunal, la hizo examinar por una comisión de car­denales y extendió el Breve de aprobación en 22 de septiembre de 1655.

Según del porvenir de su obra por la estabili­dad que ambas aprobaciones, real y pontificia, le daban, se animó el Santo a dar mayor desarrollo a su Congregación, estableciendo un plantel o escuela de formación para aquellos que en lo sucesivo aspirasen a entrar en ella. No quiso darla; el nombre de Noviciado, término monástico y claustral, sino el de Seminario, al que apellidó interno para distinguirle de los Seminarios dio­cesanos que los mismos sacerdotes de la Misión dirigen.

No todos los sujetos admitidos en el Semina­rio interno aspiraban al sacerdocio: algunos de ellos, llamados Hermanos coadjutores, permane­cían legos y se ocupaban de les trabajos manua­les en las diversos casas de la Congregación. Pero todos, clérigos y coadjutores, seguían los mismos ejercicios de piedad y hacían los mismos votos.

El señor de La Selle, tercer discípulo de San Vicente, fue el encargado de formar a los nuevos seminaristas, para lo que el Santo le dió las ins­trucciones admirables que hasta nuestros días son la regla de conducta de los sacerdotes de la Misión.

Reducíanse aquéllas a tres puntos, en que no se sabe qué admirar más, si la abnegación y des­interés, o el puro deseo de la gloria de Dios en aquella alma:

1.° No traer jamás a nadie a la Congrega­ción.

2.° Mucho menos debían retener a aquellos que mostrasen deseos de ir a servir a Dios en cualquiera otra Comunidad.

3.º Ni era esto bastante para el desinteresado corazón de Vicente. Si el aspirante se hallaba resuelto a dejar el mundo e indeciso sobre la Comunidad a que debía dirigirse, le indicaba la más fervorosa y observante.

Como no podía menos de suceder, semejantes respuestas atraía las almas nobles y fervorosas, en vez de alejarlas. El Seminario interno fue bien pronto incapaz de contener tantos jóvenes. Orilladas así todas las dificultades, aprobada su Congregación y organizado el Seminario interno, creyó San Vicente de Paúl que su presencia era ya innecesaria en el puesto de superior general que ocupaba. ¿Qué utilidad podía traer él a la Congregación? Resolvió, pues, presentar su dimi­sión. A este fin, y sin revelar a nadie sus propó­sitos, convocó una Asamblea general de todos los miembros de la Congregación para el 13 de oc­tubre de 1642.

Se resistía la Asamblea a admitir la renuncia del Santo; pero como éste permaneciese inflexi­ble, resolvió aquélla proceder a la elección de su­perior, resultando, como era natural, elegido San Vicente.

Al menos, Señores y Hermanos míos—ex­clamó el Santo con lágrimas en los ojos—, rogad por este miserable! Es el acto más grande de obe­diencia que yo puedo hacer en favor de la Com­pañía.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *