San Vicente y los Obispos

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Bernhard Kock, C.M. · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. .
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Mons Pierre Blet ha tratado este asunto de forma exhaustiva, sirviéndose también de fuentes no vicencianas, como la correspondencia de los Nuncios; con todo no conocía  los apuntes del canciller Séguier.

Aquí, yo atacaré el tema bajo otro punto de vista, más cercano al vivido por el Sr. Vicente y a su teología del obispado, que evoca sin llegar a desarrollarla.

En el plano doctrinal, la teología sobre los grados del Sacramento del Orden y el rango o timbre propio     del Episcopado ya estaba bien precisa: únicamente el episcopado confiere la plenitud del sacramento del Orden, juntando al poder de consagrar el Cuerpo Eucarístico de Jesucristo el de santificar y dirigir a su Cuerpo Místico, que los sacerdotes sólo poseen por delegación y el de conferir las Órdenes sagradas. El Concilio de Trento así lo definió en su Sesión 23 de 1563, Capítulo 4, párrafo 3, y Canon 7. A pesar de todo, ya desde finales del siglo IV, hubo quienes profesaban la igualdad de los sacerdotes y de los obispos, quedando el episcopado en una simple distinción honorífica, jurídica.

En tiempos del Sr. Vicente,  en 1611, el teólogo Edmond Richer (1959-1631), síndico de la Sorbona, profesó no sólo que la Iglesia de Francia debía depender más de sus Asambleas y del Rey que del Papa (galicanismo), sino que los sacerdotes eran iguales a los Obispos. Si bien condenado y revocado, todo esto no impidió que se difundieran sus ideas, hasta entrado el siglo XVIII. El Sr. Vicente se sentirá resueltamente unido a los Obispos y al Papa.

En el plano práctico, el poder de los Obispos estaba bastante limitado, – por un lado debido al gran número de abadías nullius, cada una de ellas dotadas de parroquias exentas del Obispo del lugar; – por otro, a causa del derecho de patronato, que otorgaba a aquel (eclesiástico o laico), que había dotado a una iglesia o a un capítulo, cierto número de derechos sobre esta iglesia o este capítulo; – y por último, en Francia, por la encomienda, que atribuía las rentas y el poder temporal de diócesis y de abadías a laicos agraciados con este cargo por el rey, en recompensa por los servicios prestados; era suficiente con que recibieran la tonsura. En dichos casos, el Obispo apenas podía hacer otra cosa que ratificar a los candidatos que se le presentaban. El propio Vicente debió aceptar, a partir de 1643, ser Vicario General del sobrino segundo de Richelieu, abad comendatario de tres grandes abadías, que administraba más de 150 parroquias en total. He podido tener en mis manos  fotocopias de 6 presentaciones de párrocos a los obispos de Rouen y de Rennes, firmadas por Vicente de su propio puño! Añadamos a esto que desde Carlos VII y la Pragmática Sanción de Bourges, el rey de Francia  tenía que ver en los nombramientos de Obispos.

Sin embargo se ha exagerado no poco la frecuencia de los nombramientos de candidatos indignos, las Asambleas del clero de finales del siglo XVI señalan que había una mayoría de buenos Obispos y que antes de la participación de San Vicente, Luis XIII se rodeaba de buenos consejeros, como los cardenales  La Rochefoucauld y De Gondi. Y sobre todo, la aprobación y concesión de las Bulas para la consagración recaía siempre en el Papa, quien las negó más de una vez.

En este contexto pues vivió San Vicente de Paúl, claramente fiel al Concilio de Trento, unido a la vez al Papa y a los Obispos, así que ni galicano ni richerista.

Sus ideas y su acción lo acompañan toda su vida, como vamos a ver.

Vicente siempre se tuvo por hijo de pobres campesinos, pero sus textos y documentos de archivos revelan una situación mucho más amplia, que le dio una extraña facilidad para establecer unas relaciones cómodas en todos los rangos de la sociedad.

Su padre era labrador, pero propietario y uno de los notables del pueblo, pobre puesto que la región había sido saqueada por los ejércitos protestantes; además la agricultura estaba expuesta a las vicisitudes del tiempo, y había seis hijos que criar. Se verá una y otra vez en Vicente el dominio de las cuestiones agrícolas.

El canónigo Esteban Depaúl, de Dax, prior del pequeño hospicio vecino, podría ser un hermano de su padre; si añadimos a su párroco, ya tenemos a Vicente relacionado con el mundo eclesiástico.

Su madre era hija de «bodeguero», especie de caballero propietario de una tierra noble, encargado de la seguridad (nada que ver con una bodega), a unos veinte kilómetros al sur de Dax, y hermana del bodeguero sucesor de su padre y de un abogado de Dax. Esta situación de pequeño señor local colocaba a la familia directamente en contacto con su señor, la gran familia de los De Gramont, condes de Bidache, algo más al sur, última parroquia de la diócesis de Dax.

Veamos ahora el primer encuentro de Vicente con un Obispo: un hermano del conde de Bidache había sido obispo comendatario de Tarbes, siendo el obispo consagrado un miembro de los De Gramont, Salvat Diharse, titular después de la muerte de Teófilo, en 1594. Ahora vemos la razón  de que Vicente no se tonsurara en Dax, cuyo obispo no había recibido sus Bulas de Roma, sino en Bidache, y no de manos del obispo de Aire, sino de Salvat, aunque Tarbes se hallara más lejos de Dax que Aire. Ya lo tenemos lanzado en medio de la nobleza y del episcopado.

Si no se ordenó de sacerdote hasta el 23 de setiembre de 1600, siendo así que hacía una año ya que tenía las dimisorias, fue debido a que su nuevo Obispo, Juan Santiago Dusault, llegado a Dax en enero de 1600, había convocado un sínodo para marzo/abril proponiéndose una severa reforma, lo que produjo una revolución en el Capítulo por «abuso de poder», negándose a participar en sus oficios de la Catedral. El Obispo no podía oficiar de pontifical, y los procesos duraron tres años. En cuanto a ordenarse a los 19 años en lugar de a los 24, no era nada raro en aquel tiempo.

Vicente tuvo que esperar, después buscó otro obispo, al ver que el asunto iba para largo. Si eligió a Francisco de Bourdeilles de Périgueux no se explica sino por un juego de relaciones. ¿Por qué no el obispo de Toulouse? ¿o el de Tarbes? Carecemos de documento alguno…

En octubre de 1604, recibe el bachillerato en teología y la licencia para enseñar el 2º Libro de Sentencias de Pedro Lombardo y comienza la enseñanza en Toulouse, como bachiller en sentencias.

La cautividad de Berbería, de julio de 1605 a junio de 1607, trastocó el curso de los acontecimientos, sumergiéndolo en la experiencia de las miserias de los esclavos, que le obsesionará durante su vida –sin menoscabo del resto de sus obras.

Después de evadirse con un renegado, (son numerosa las huidas de renegados), va a parar a Avignon, en julio de 1607. Pronto se une al nuncio, quien lo llevará con él a Roma, esperando relacionarse útilmente. Allí, aparte de las visitas a los pobres enfermos del Hospital de la Caridad, evoluciona en el mundo de los Cardenales – a la caza de algún buen nombramiento. Su decepción fue grande, escribirá más de una vez a propósito: a los romanos no les gusta la gente que tiene demasiada prisa.

Esto constituye la primera fase de su visión: los Obispos proveedores de puestos rentables! ¿Por qué a finales de 1608 llega a París, y no a Dax como lo había prometido en su segunda carta? Nos debemos conformar con hipótesis…

Vicente es nombrado muy pronto entre los distribuidores de limosnas de la Reina Margarita, esposa repudiada de Enrique IV. Es debido probablemente a la intervención del obispo de Dax, Juan Santiago Dusault, bien relacionado con Enrique IV y primer capellán de esta Reina.

Al mismo tiempo su preocupación por la vida espiritual le lleva a frecuentar el círculo de espiritualidad de  la Señora Acarie y de su sobrino Pedro de Bérulle, en los que poco a poco se va abriendo camino a las dimensiones pastorales.

Todo esto no le impide la búsqueda de recursos financieros, para volver con su madre y sostener a su familia. Ignoramos de qué manera estableció contacto con el arzobispo de Aix en Provence, Pablo Hurault de l’Hôpital, Consejero del Rey en su Consejo de Estado, quien desde 1609 tenía la encomienda de la abadía de Saint-Léonard de Chaumes, cerca de la Rochelle. En mayo de 1610, Pablo renuncia  a Saint-Léonard de Chaumes a favor de Vicente, lo que le permite abrigar la esperanza de poder regresar por fin con su madre, como se lo había escrito ya el 17 de febrero de 1610.

El sábado 16 de octubre de 1610, al tomar posesión de la abadía, presenta la Bula de nombramiento por el Papa Pablo V, del 27 de agosto de 1610, y las credenciales expedidas por su obispo, de Dax, Juan Santiago Dusault, con fecha del 20 de setiembre de 1610.

Su entramado de relaciones con obispos se ha ampliado, pero hasta ahora, con la esperanza sobre todo de obtener favores, financieros a ser posible. En cuanto a Saint-Léonard, debe hacer  frente a largos procesos desde 1611, viéndose obligado a ir a La Rochelle más de una vez.

En París sigue sus encuentros con el círculo de Bérulle. Se muestra tan dispuesto para el ministerio parroquial que, cuando Bérulle funda el Oratorio, los 10 y 11 de noviembre de 1611, con algunos sacerdotes, entre los que está Bourgoing, párroco de Clichy, es a Vicente y no a otro a quien considera capaz de suceder a Bourgoing en  Clichy.

No irá a tomar posesión hasta mayo de 1612, dedicando parte de su tiempo al Oratorio, que seguirá frecuentando en adelante. Allá, va a descubrir un elemento capital de su espiritualidad pastoral, y su idea de las relaciones con los Obispos va cambiar por completo: segunda fase:

Bérulle, cuando funda el Oratorio, hace énfasis en señalar la diferencia con relación a los Religiosos, en particular a los Jesuitas, declarando que no quiere fundar un Instituto religioso exento de los Obispos, sino continuar en la obediencia pastoral, misionera, con ellos. Esto dejó escrito  en su Proyecto para la Congregación del Oratorio de Jesús, a finales de 1610:

Y teniendo en cuenta que todo debe estar en la Iglesia con orden y que Dios ha unido a la Santa Sede en nuestros días a una Sociedad que es la de los Padres Jesuitas, ésta, la del Oratorio, estaría ligada a los prelados por el voto de obediencia, en cuanto al ejercicio y empleo de funciones eclesiásticas (aparte de aquellas que se refieren al honor y jurisdicción); y de esta forma se renovaría el uso del voto que se emite en la consagración de los sacerdotes y que parece ser esencial al estado de sacerdote.

Vicente tendrá la misma disposición con relación a los Obispos en el Contrato de fundación más tarde las Reglas Comunes de su Congregación, llegando a de que somos «de la Religión, o sea Congregación, de San Pedro, o más bien de Jesucristo. […] ¡Oh, qué gran consuelo pertenecer a la Orden de San Pedro!»

Esto es todo un cambio: los Obispos considerados como animadores, pastores, del Cuerpo de Cristo. Es un progreso espiritual, pastoral y eclesial!

Llegó a entablar amistad, en un año, con uno de los grandes Obispos de este tiempo, Francisco de Sales, a quien rindió un prolongado testimonio, en el proceso de su beatificación.

Pero todo eso no remedia sus necesidades financieras, y Bérulle va a buscarles otros subsidios haciéndole entrar como preceptor en la familia del General de las Galeras, Felipe Manuel de Gondi, titular de un número importante de señoríos, de baronías, y del Condado de Joigny, recibido como regalo de matrimonio de su tío Pedro, Obispo de París de 1568 a 1616. Además de su servicio en la familia y de la atención a Clichy, Vicente predica en los pueblos de los Gondi mientras reside la familia.

A Pedro le sucedió en el obispado de París un hermano de Felipe Manuel, Enrique, muerto en 1622, luego otro hermano, Juan Francisco, de 1622 a 1654, con quien Vicente tendrá tanto que hacer.

Su celo pastoral continuaba en Clichy, bien en persona, bien por medio de su vicario, y en los pueblos de los Gondi. En estas misiones aplicó una práctica de los Jesuitas, las confesiones generales de toda la vida pasada, lo que le puso en relación con los obispados respectivos para obtener el poder de absolver los casos reservados a los Obispos. Contamos además con una gestión así ante el Vicario General de Sens, del 20 de junio de 1616.

Se trata del caso que se presentó en las tierras de la Señora de Gondi, cerca de Folleville, donde un campesino contó su liberación espiritual a esta señora quien, al descubrir estas miserias, obligó a Vicente a predicar sobre este tema, lo que trajo consigo afluencia de clientes y Vicente se vio obligado a recurrir a un equipo de sacerdotes, y así seguirá haciéndolo: la misión se da en equipo.

Entretanto, el arzobispo de Lyon, Mons De Marquemont, había pedido a Bérulle fundar el Oratorio en Châtillon-les-Dombes, en Bresse, al nordeste de Lyon, ciudad perdonada en el corazón de una región devastada por la conquista francesa bajo Enrique IV, entre 1594 y 1600, para establecer un centro de misiones. Bérulle, que fundaba el Oratorio en alguna ciudad más, se lo propuso a Vicente. Conservamos piezas en los Archivos de los pasos que dio, pero tuvo que entenderse con el Vicario General, pues Mons De Marquemont estuvo ausente de Lyon a partir del 18 o 19 de junio.

De vuelta a París a casa de los Gondi, se puso a misionar con mayor intensidad en sus tierras, siempre con equipos de sacerdotes, erigiendo en todos los lugares Cofradías de Caridad, de mujeres y a veces de hombres. La necesidad de ser aprobadas le llevó a relacionarse con varios Obispos, Sens, Soissons, a partir de 1618, Amiens en 1620, etc.  Las fundaciones de las casas de Misioneros y de Hijas de la Caridad le verán también en comunicación con más obispos.

Sigue siendo párroco de Clichy hasta 1626, y es allí sin duda donde predicó su sermón para preparar la visita del obispo: Juan Francisco de Gondi pasó visita el 9 de octubre de 1624. Os quedan pocos textos doctrinales de Vicente: éste es una, tenido en poco, por ser un simple bosquejo, pero en cinco puntos muy cortos expresa su visión de la Iglesia y del papel pastoral capital de los Obispos, no sólo jurídico, sino espiritual.

Ya está lanzado Vicente en relaciones ministeriales con los Obispos, cada vez más intensas ya desde los comienzos de la congregación de los Padres de la Misión. El contrata de fundación validado ante notario el 17 de abril de 1625, y el 24 de abril de 1626 Juan Francisco de Gondi, arzobispo de París, rubricó su aprobación.

Este contrato de fundación nos muestra de nuevo esta nueva etapa, que sigue fielmente a Bérulle: estipula,  al igual que el «proyecto» de Bérulle y su Reglamento posterior, por una parte que los misioneros renunciarán «a toda clase de beneficios, cargos y dignidades de la Iglesia», para, por otro lado, «bajo el beneplácito de los prelados, cada uno en el territorio de su diócesis, aplicarse entera y exclusivamente a la salvación del pobre pueblo».

Este es el punto central de su posición en relación con el episcopado,  de por vida, y de la de los Misioneros hasta el día de hoy. En las Reglas Comunes distribuidas en 1658 no vemos ya la prohibición de los cargos y dignidades en la Iglesia, pero seguimos leyendo, en los capítulos V, l y XI, 5, el vínculo y la obediencia a los Obispos en cuanto se refiere al ministerio, a lo que seguimos siendo fieles:

Anticipemos, para seguir en esta línea. Cuando llegue el momento de establecer votos de pobreza, castidad, obediencia y estabilidad al servicio de los pobres, al querer precisarlos para que no se conviertan en votos religiosos, Vicente pensará, además, en un quinto voto, según escribe a Juana de Chantal el 14 de julio de 1639: «la obediencia a nuestros señores los obispos en la diócesis en que nos encontremos, y en las funciones antedichas».

Pero insistía en que la gestión de lo temporal de su Congregación y el nombramiento de los superiores debían estar en manos del Superior General. Distinguía entre el ministerio, el papel de misioneros de la Iglesia, y la vida interna de una Congregación, que es otra célula de la Iglesia, independiente de los Obispos, y aprobada por el Papa el 12 de enero de 1633. Muchas obras habrán entrado en funcionamiento entretanto, aparte de las misiones de los campos, fin principal. Así fue, desde 1625, la preparación de los futuros sacerdotes.

El obispo de Beauvais, Agustín Potier, ya relacionado con Bourdoise, que no tenía formadores que ofrecerle, conocía a Vicente por Jerónimo Duchesne, uno de sus grandes vicarios, quien había dado una misión con Vicente en Montmirail en 1621.

El 16 de julio de 1628, con ocasión de un viaje con Vicente, Potier le expuso su idea de ejercicios o sesiones de 10 a 15 días antes de cada ordenación, que contenía una formación doctrinal elemental y sobre todo pastoral. Vicente la adoptó, buscó colaboradores y a partir de setiembre comenzaron los Ejercicios de los Ordenandos, en Beauvais y bien pronto también en París, y en otros lugares, como es bien sabido.

Como tercera etapa, Vicente va a ir más lejos que la obediencia a los Obispos, entra en colaboración con ellos, a veces amistosamente; la lista sería interminable.

Algunos beneficiarios de estos ejercicios, viendo que esta formación era aun tanto insuficiente, aun después de haber asistido a las facultades de teología, propusieron continuarla después de la ordenación, y así llegaron las Conferencias de los Martes, en 1633. Los participantes contribuían a las misiones de Vicente en los pueblos, y aseguraban misiones en las grandes ciudades, donde la Congregación se prohibía ir.

Las amistades con los Obispos se extenderán con la fundación de los Seminarios Mayores, a partir de 1641, en Annecy. El Obispo de Cahors, Alain de Solminihac, reformador de su diócesis y de su abadía de Chancelade, fue uno de los primeros.

Llevado por otros caminos, probablemente a partir de su cargo de capellán de las galeras, Vicente entrará a conocer a parte de la realeza. Por otra parte, en 1638, los Sacerdotes de los Martes dieron la gran Misión de Saint-Germain-en-Laye, lugar de descanso de Luis XIII y de Ana de Austria quienes, con Richelieu se encargaban de encontrar buenos Obispos para los nombramientos. Precisamente, Nicolás Pavillon, sacerdote de los Martes, fue su gran animador. ¡Y nos vamos a extrañar ahora de que más tarde fuera nombrado Obispo de Alet!

Desde entonces, Vicente formó parte de las personas que Richelieu consultaba para obtener listas de Obispos. Antes bien, Luis XIII le había dicho el 21 de octubre de 1643 poco antes de morir: El difunto rey, poco antes de su muerte, me concedió el honor de decirme que, si recuperaba la salud, no permitiría que se nombrara a ningún obispo sin que hubiera pasado tres años en la Misión.

Por supuesto que esto no se llegó a realizar, pero más de un obispo fue elegido siguiendo los consejos de Vicente, de los ejercicios de los Ordenandos y de las Conferencias de los Martes.

Sabemos que tras la muerte de Richelieu a finales de 1642, y luego la de Luis XIII en 1643, la regente Ana de Austria formó un Consejo de Conciencia, simple órgano de consulta, al que a ella le gustaba escuchar, si bien Mazarino no seguía siempre estos pareceres. Además de al canciller Séguier, al oficial (regidor) de París Santiago Charton, y a Agustín Potier, ella convocó al Señor Vicente. Y esta es la cuarta fase en sus relaciones con los Obispos: una responsabilidad oficial en la elección de los candidatos a los obispados.

Había que proceder a los nombramientos de Obispos y coadjutores, con los problemas inherentes de las rentas. Muchos sacerdotes de los Martes, amigos de Vicente, fueron nombrados de esta manera: Antonio Godeau, en Vance, Francisco Perrochel, en Boulogne, etc. También se presentaban litigios y procesos que resolver…

Vicente se había opuesto al nombramiento de Beaumanoir de Lavardin para Mans de dudosa fe. Y éste lo sabía! Así las cosas, a finales de enero y comienzos de la Fronda, Vicente había tenido que escapar a caballo con el hermano Ducourneau a Saint-Germain-en-Laye a pedir a la Regente y a Mazarino que este último se alejara al menos por un tiempo del poder. Fue echado y no podía volver a París en rebeldía, corriendo el peligro de ser acusado de turbios manejos con la realeza. Se refugiaron en la ciudad de Richelieu, descansando unos días en casa de sus cohermanos del Seminario de Mans. Vicente no podía dejar de rendir homenaje al obispo, para lo que envió al superior de la casa. Beaumanoir se sintió muy complacido y así se lo comunicó amablemente a Vicente, quien no pudo demostrarle su gratitud, debido a la ausencia del obispo.

Aparte del Consejo de Conciencia y desde 1643, se relacionará con un nuevo obispo, su antiguo pupilo, Juan Francisco Pablo de Gondi, que fue coadjutor de su tío en la sede de París, sucediéndole a su muerte en 1654, y convirtiéndose en el Cardenal de Retz. Él será quien firme en el 20 de noviembre de 1646 el documento que erige en cofradía autónoma a las Hijas de la Caridad, más tarde su aprobación, el 18 de enero de 1655. Sin embargo fue su tío quien había aprobado las Reglas Comunes de la Misión, pero Vicente, quien quería retocarlas, aguardó hasta después de su muerte! Y será Retz quien lo hará, en 1657.

Varios Obispos tenían en mucho apoyarse en Vicente, o éste no dudaba en aconsejarlos. El 14 de enero de 1640, aconseja al Vicario General de Bayonne, Luis Abelly, y de paso al obispo Francisco Fouquet, que muestre paciente y dulce, y no autoritario, en la reforma de la diócesis y de los religiosos. El 29 de agosto de 1659, invitará al segundo, trasladado a la sede de Narbonne, a cuidarse.

Alain Solminihac, Obispo de Cahors, diócesis dividida por algunos párrocos jansenistas declarados, rogó a Vicente que tomara parte en las peticiones dirigidas a Roma para que condenara las Cinco Proposiciones extraídas por Nicolás Cornet de una tesis de estudiante de teología, y Vicente escribió en 1651 a varios obispos pidiéndoles que firmaran. Algunos se negaron, entre ellos Pavillon, de Alet, quien se mantuvo separado de Vicente, sin que éste se enzarzara con él.

Ese mismo año de 1651 estalló en Cahors la revuelta de una parte del clero contra Alain de Solminihac, y Vicente se erigió en su confidente y defensor, hasta 1653, en que las aguas volvieron a su cauce.

Lo cierto es que Solminihac no gozaba de un carácter demasiado fácil. Cuando llamó a los Lazaristas para su Seminario, en 1643, se sirvió de tres superiores los tres primeros años, antes de dar con uno a su gusto, Gilberto Cuissot, a quien mantuvo 29 años.

Pero, el 4 de noviembre de 1658, san Vicente no duda en advertir a dos Hermanas al enviarlas a Cahors: No os van a faltar ocasiones de mortificación, si Monseñor de Cahors no juzga que desempeñáis bien vuestro deber en la administración del hospital, tendréis que recibir con humildad sus avisos y correcciones; ya que la austeridad de que se reviste personalmente puede hacerle un tanto severo.

A partir de 1652, acabada la Fronda y con el regreso a París de Ana de Austria, del joven Luis XIV y de Mazarino, y aunque hubiera participados en los manejos para permitirlo, Vicente fue, junto con Agustín Potier, excluido prácticamente del Consejo de Conciencia, que por otra parte Mazarino no convocaba casi nunca. Apartado de las intervenciones oficiales, Vicente se limitó a una acción privada, si bien era consultado más de una vez por diversos Obispos, y hacía «lo que buenamente se podía».

¿Qué podemos concluir? En este registro como en los otros, Vicente se revela en posesión de una gran fe, de una caridad viva y de una esperanza resistente en medio de todos los obstáculos y oposiciones, de un gran sentido de la realidad y de las posibilidades y, además de la humildad y la sencillez, de dos cualidades que adornan su caridad, en una sola fórmula: «el respeto cordial». Respeto sin cordialidad es distancia, cordialidad sin respeto podría humillar al otro. Recordemos asimismo: «firme en los fines, suave en cuanto a los medios».  Y todo dentro de un gran amor a Jesucristo y a su Iglesia, y un gran deseo de imitar a la Trinidad: la unión dentro de la diferencia de las personas.

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