Escritos de San Vicente
San Vicente tenía ideas claras sobre España, a juzgar por sus escritos: Habla de sus Universidades y colegios, y de la buena salud de la fe católica en aquel Reino ; en sucesivas ocasiones nos deja ver sus atinados juicios sobre la política franco-española, hace transacciones con pistolas (monedas españolas de dos escudos de oro ), sufre que los españoles capturen los barcos franceses en los que van misioneros, conoce las costumbres de las carmelitas españolas, y sabe también que el emperador Carlos V tenía por costumbre disciplinarse ascéticamente. Puede ser que parte de su conocimiento bien actualizado sobre España le viniera de sus frecuentes conversaciones con la Reina Ana de Austria, de cuya confianza gozaba mientras estuvo en el consejo de conciencia.
Una gran ayuda para conocer la relación entre San Vicente y España nos viene de las notas del Padre José Guichard sobre los catálogos de la Biblioteca de San Lázaro conservados en la Biblioteca Mazarino. El P Guichard nos muestra que los libros escritos en español, que llegan a la biblioteca de San Lázaro, están todos datados antes de 1615 y, alguna de esas obras en español, no eran casi conocidas en Francia. Después de esas fechas no hay más libros en español. De todo esto, el Padre B. Koch concluye que seguramente estos libros eran propiedad de San Vicente, que podía leer el español, y a cuya muerte pasaron a la Biblioteca de San Lázaro.
Intentos de fundar la Pequeña Compañía en España
Primer intento: Barcelona.
El primer intento aparece con ocasión de la sublevación de Cataluña en la llamada «guerra dels segadors». Cataluña, que en defensa de sus fueros no aceptaba la política de Olivares de reparto y uniformidad fiscal, tuvo que aceptar un ejército de unos 9.000 hombres, invernando en sus fronteras con Francia, durante el invierno de 1639. La tensión entre los soldados y los campesinos que debían alimentarlos, fue creciendo, y el día 7 de junio de 1639, día del Corpus Christi, estalló una rebelión contra el gobierno. La revolución popular fue seguida por la revolución política, y el 23 de enero de 1641 Pau Claris proclamó a Luis XIII conde de Barcelona, título que, a su muerte, ocuparía su hijo Luis XIV. Esa proclamación hizo que Cataluña se convirtiera en escenario de la lucha entre Francia y España, con la consecuente destrucción y pobreza que las guerras traen consigo. En este contexto hay que leer las cartas entre San Vicente y el Superior de Roma acerca de lo que hubiera sido la primera fundación en España.
La primera carta que conservamos de San Vicente data del 16 de marzo de 1644 y en ella San Vicente le dice al Padre Bernardo Codoing:
He recibido carta de usted todas las semanas, según creo, referentes todas ellas al asunto de Cataluña. Ya le he dicho mi manera de pensar: sin embargo, por condescender con la petición que usted me hace, in nomine Domini, haga el favor de enviar para allá al buen padre Boulier y a nuestro querido hermano Martín, si puede usted prescindir de este último.
Todo indica que San Vicente va a fundar en Barcelona; pero el 14 de abril aparece una segunda carta en la que San Vicente le dice al Padre Bernardo Codoing que espere:
«No he recibido todavía las tres mil libras que le dije que nos había prometido la reina para Cataluña, y no sé si nos las entregará. Haga el favor de retrasar el viaje a Barcelona de los que había que enviar, hasta que hayan llegado éstos.»
En la tercera carta de 12 de mayo del mismo año, San Vicente parece haber perdido toda esperanza de fundar.
«Ya veremos y usted verá desde ahí junto con el padre Dehorgny lo que se puede con Cataluña. Todavía no hemos tocado los mil escudos, ni tenemos muchas esperanzas de conseguirlos.»
En palabras del P. José María Román, no hay que lamentar que esta fundación no tuviera éxito. Si los misioneros hubieran llegado como agentes de la dominación francesa acaso hubieran perjudicado su futuro establecimiento en España.
Segundo intento, en Toledo.
El segundo intento de fundar la CM en España tiene como protagonistas, además de San Vicente y al Padre Jolly, a dos sacerdotes irlandeses: el Padre Byrne y don Santiago Dowley y el Cardenal Baltasar Moscoso y Sandoval; fue por los años de 1653.. La fundación debía establecerse en Toledo.
Conocemos este intento de fundar en Toledo una casa de la Congregación, por una carta de San Vicente al Dr. Loeus (don Santiago Dowley). Posteriormente, en la dirigida el 6 de julio de 1657 al Sr. Jolly, dice el Santo:
«En la suya del 5 de junio me habla usted de nuestro establecimiento en España, y advierte que ese buen sacerdote, que ha sido jesuita, se ofrece a ir con el que enviaremos allá; pero hasta ahora no he designado el que ha de ir, ni veo que haya alguno que pueda encargarse dignamente de tal asunto, excepto el Sr. Martín, y éste hace falta en Turín, donde ahora se halla. Había pensado en el Sr. Brin, pero éste deja algo que desear; ya lo pensaré mejor mientras espero la orden del Emmo. Cardenal de Toledo.»
Un año después, el 27 de septiembre de 1658, escribiendo al mismo Superior de Monte Citorio, dice San Vicente:
«Yo creo que no hay que esperar nada del ofrecimiento de Toledo mientras no se haga la paz entre las dos Coronas; y esto da a entender, según mi juicio, el Sr. Loeus, sin decirlo claramente, con sus respuestas vagas y generales. Como por la gracia de Dios no queremos más que lo que Él quiere, aguardaremos con paciencia el tiempo que su Providencia tiene determinado para la ejecución de sus designios.»
Contestando a una carta del Sr. Jolly, el 29 de noviembre de 1658, dice el Santo:
«En respuesta a lo que V. me dice del asunto de Toledo, yo no veo que seamos llamados. Es verdad que varias veces el Sr. Loeus nos ha hablado de parte del Emmo. Cardenal Arzobispo, a quien toca llamarnos de parte de Dios; pero hasta ahora no nos ha llamado de una manera eficaz, y, por tanto, no debemos adelantarnos ni hacer otra cosa que manifestar al Sr. Loeus la disposición en que nos hallamos de responder al llamamiento de Dios, cuando se vea claramente. Esta era mi intención, y esto es lo único que quise decir cuando os supliqué que hablaseis a dicho señor. Si el Emmo. Sr. Cardenal pide que le enviemos algunos sacerdotes, vayan en hora buena; y aunque el Sr. Loeus no tenga para los gastos del viaje, no importa, nosotros los haremos de muy buen grado, y aun daremos algo más; pero ofrecernos a ir nosotros sin ser llamados, no lo puedo consentir. Diga V. al Sr. Loeus que tal es nuestro modo de ser, y que esto tenemos por máxima.»
Parece que el Sr. Loeus hacía mucha presión para conseguir que los Misioneros viniesen a Toledo, según se infiere de otra carta de San Vicente al mismo Sr. Jolly con fecha 27 de diciembre de 1658:
«Acabo de recibir su carta del 26 de noviembre, y la del señor Loeus con la copia de la que escribe al Emmo. Cardenal Arzobispo de Toledo, la cual me parece que está muy bien escrita, porque, tanto en la substancia como en la forma, manifiesta su autor mucha sabiduría y discreción. Dios sea bendito por la buena voluntad que este doctor nos tiene, de lo cual ha dado pruebas en la presente ocasión. Pienso escribirle cuanto antes para manifestarle mi agradecimiento; pero si no lo hiciere hoy, pues temo que no podrá ser, déle V. muchas gracias de mi parte y hágale presente mi sincero agradecimiento»
No sabemos la causa precisa, pero tampoco ahora se verificó la fundación de una casa de la Misión en nuestra patria.
Tercera tentativa: Plasencia
La tercera tentativa tuvo lugar el último año de la vida de San Vicente, 1660. La conocemos por dos cartas del Padre Jolly, superior de la casa de Roma a San Vicente, y por una noticia de Abelly. El principal protagonista de esta tercera tentativa de fundación de la CM en España, en tiempo de San Vicente, es un caballero de Plasencia que se preparaba para el Sacerdocio y con este fin, hizo los Ejercicios espirituales en la casa de Monte Citorio. Salió de los Ejercicios tan bien impresionado que fue y se lo comunicó al obispo de Plasencia, su ordinario, que en esos días se encontraba en Roma para cumplir un encargo del rey Felipe IV ante el Papa. Podemos seguir esta tentativa basándonos en Abelly, y añadiendo alguna referencia que el mismo Abelly conoce y no cita. El episodio se desarrolla en cuatro actos: Una carta del Padre Jolly a San Vicente; un breve comentario de Abelly; la respuesta de San Vicente a la primera carta del Padre Jolly; y la carta final del Padre Jolly a San Vicente.
En la primera carta, el Padre Jolly le dice a San Vicente:
«En la última Ordenación tuvimos a un hidalgo español, que es de la diócesis de Plasencia, cuyo obispo se encuentra actualmente en esta corte como embajador extraordinario del Rey de España. Este buen señor, pensando en recibir los sagrados Ordenes, vino con mucho interés a asistir a los Ejercicios; pero al escuchar las pláticas y reconocer cuánta importancia tiene no ingresar en los Ordenes sagrados sin haber sido llamado por Dios, y habiendo considerado, por otra parte, las grandes obligaciones que se contraen al recibir los sagrados Ordenes, se vio invadido de un gran temor y experimentó una gran dificultad en resolverse a abrazarlos; pero lo hizo finalmente con muy buenas disposiciones, y la señal más segura ha sido el gran cambio que se ha notado en él, lo mismo que en muchos otros, después de la Ordenación».
Al salir de los Ejercicios, se lo ha referido a su Sr. obispo, que ha querido hablar con nosotros, y habiéndonoslo comunicado, estuvimos esta mañana en su casa, donde nos encontramos con un prelado lleno de celo, que ha dado gran número de misiones en sus diócesis, casi de la misma forma que la Compañía, a no ser que las hace un poco más cortas. El en persona predica, confiesa y da la catequesis. Pero se ha sentido entusiasmado con esta invención de trabajar por conseguir buenos eclesiásticos. Quiere venir acá para la próxima Ordenación, y pregunta si, cuando vuelva a España, le podríamos dar alguno de los nuestros. Mientras le contestamos, quiere enviar a su diócesis un informe de lo que hacemos en la Ordenación, para empezar a practicarlo »
Abelly comenta y añade:
«Este buen prelado acudió a la casa al empezar los Ejercicios de Ordenación siguientes. Y no contento con saber la teoría, quiso ver la práctica y estar presente en todos los actos de los Ejercicios, para hacer practicar lo mismo en su diócesis
El Sr. Vicente, luego que supo aquella noticia, tuvo miedo a que sus sacerdotes de Roma se comprometieran demasiado con aquel buen prelado español en lo referente al envío de un sacerdote de su Compañía a España, pues siempre estuvo muy lejos de su pensamiento extender su Congregación y sus actividades por medios humanos. Les hizo sobre ello una advertencia por carta…»
La carta a la que Abelly alude, sin citarla, es esta:
«…En cuanto a ese buen prelado embajador del rey de España, hay que bendecir a Dios por los sentimientos que le da para ese trabajo de los ordenandos y por el celo que tiene de las misiones. Pero, en nombre de Dios, no dé ningún paso para que nos busque; y a pesar del deseo que demuestra de tener sacerdotes nuestros, no le dé ninguna esperanza. No le quite tampoco esa ilusión, sino que reciba lo que le diga con respeto y gratitud, sin comprometerse a favorecer sus designios. No le dé tampoco las memorias que le ha pedido, a no ser lo más tarde que pueda, ya que si llegara a picarse en tener misioneros, nos veríamos muy apurados para proporcionarle algunos adecuados para aquel reino; por otra parte, hemos de tener mucho cuidado en no acudir por nosotros mismos a los lugares y ocupaciones en donde no estamos».
Finalmente, Abelly señala la aceptación de la opinión de San Vicente por parte del Padre Jolly. Lo sabemos por la respuesta que le envió el superior de la casa de Roma en estos términos:
«Sobre el obispo de Plasencia, embajador de España, Dios nos ha concedido la gracia, según los deseos de usted, de no tener que volver donde él, desde que nos rogó que fuésemos allá para darle las Memorias de la Ordenación. Y según las ordenes de usted no haremos nada en este asunto ni en ninguna otra cosa, con la ayuda de Dios, para buscar alguna ocupación, o para actuar por nosotros mismos; incluso cuando nos urgieran, lo dejaríamos todo ante la respuesta y decisión de usted, ya que no podemos obrar de otra manera»
El obispo de Plasencia a que se alude era don Luis Crespo (o Crespi) de Borja, que había ido a Roma, en una embajada del Rey Felipe IV, tratando de conseguir la definición de la Inmaculada Concepción de la Virgen María desde el Primer Instante de su Concepción, y no en el vientre de Santa Ana, como defendían los «maculistas».
El final de la tercera tentativa, como el de las dos primeras, fue negativo para la fundación de la CM en España.






