San Vicente de Paúl, biografía: 02 – La esperanzada adolescencia

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: José María Román, C.M. · Año publicación original: 1981.
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Capítulo II: La esperanzada adolescencia

«París bien vale una misa»

Importantes años para Francia esos de 1593, 1594, 1595, cuando el campesino de Pouy decide poner a estudiar a su hijo Vicente. Años clave no sólo para el avispado pastorcillo, sino para todos los franceses. Hay una especie de simpatía secreta entre la marcha de la historia de Francia y la trayectoria vital de Vicente Paúl. Ambas inician su despegue ascensional en el mismo momento y ambas alcanzaran la plenitud al mismo tiempo.

En 1594, el antiguo hugonote Enrique de Borbón logra ser reconocido casi universalmente como rey de Francia. Un año antes, el 25 de julio de 1593, acaso en el momento en que Vicente entregaba a un mendigo sus únicos treinta sueldos, Enrique había abjurado solemnemente la herejía en la iglesia de Saint Denis, volviendo por segunda vez al seno de la Iglesia católica. ¿Cálculo, convicción, patriotismo? Gracias a su conversión sincera o interesada y a una hábil política de cesiones y recompensas, Enrique lograba poco a poco el reconocimiento de sus súbditos católicos. Después de un cuarto de siglo de encarnizadas luchas religiosas, la paz interior comenzaba a ser en Francia una realidad. En febrero de 1594, Enrique era consagrado en Chartres con el óleo que había ungido a todos los reyes cristianísimos, y antes de un mes hacía su entrada triunfal en París – «París bien vale una misa» -, mientras la guarnición española que había ocupado la capital desfilaba en retirada, sin batirse. En 1595, el papa Clemente VIII, después de largas dudas, consultas y oraciones, concedía la absolución de sus censuras al antiguo hereje relapso. Todavía continuaría por tres años la guerra con España, hasta que en 1598 el edicto de Nantes y la paz de Vervins sellaran oficialmente, con breve intervalo, la paz interior y exterior del reino. El camino de Francia hacia su grandeza había comenzado. La poderosa nación reencontraba su vigor y se disponía, bajo la dirección de un monarca enérgico, astuto, clarividente, cínico, hábil, a unir todas sus energías para la gran empresa – «le grand dessein» – de hegemonía europea. Harían falta tres reinados y ochenta años —los ochenta años de vida de Vicente— para conseguirlo. Pero la gran tarea estaba en marcha. El reinado decisivo, menos brillante quizá que los dos siguientes, pero auroral y básico, había comenzado1.

¿Qué llegaba de todo el confuso acontecer político, religioso y guerrero a la escondida aldea de aquella extremidad del reino? Los lentos correos de la época, la llegada ocasional de algún viajero, traían ecos de las agotadoras negociaciones – estados generales, conversaciones de Suresnes -, de derrotas y de victorias en lejanas y desconocidas ciudades: Doullens, Cambral, Calais, Fontaine-Française, Amiéns, París; de declaraciones episcopales y pontificias. En el hogar campesino de los de Paúl se comentarían noticias y rumores al amor del fuego en las interminables veladas invernales.

Muchos años después, Vicente se haría, quizá, eco de las impresiones recogidas de labios de su padre:

«Ya sabéis los motines que hubo en Francia cuando Enrique IV. Aquel príncipe había sido hereje y relapso; esto obligó a sus súbditos a romper la obediencia que le habrían rendido si por segunda vez no se hubiera declarado enemigo de la religión católica. Aquel rey, obligado por su conciencia a abandonar sus errores al ver que los pueblos se negaban a someterse a sus leyes, indicó enseguida a Roma sus deseos de reconciliarse…2«

Al humilde hogar de Pouy no había llegado la famosa frase «París bien vale una misa». El rey se había convertido «obligado por su conciencia…» ¿Hay en esas líneas una revelación sobre la primera toma de posición política de Vicente de Paúl, todavía adolescente? En la conciencia del Vicente de Paúl anciano, las viejas heridas están cicatrizadas; los antiguos rencores, si los hubo, olvidados: excesos de las tropas de Juana de Albret, atroces campañas de Montluc y de Montgomery, sacrílega destrucción del santuario de Buglose, intentos heréticos de asalto a Dax… Los protestantes han dejado de ser en Francia una fuerza en expansión. Más que combatirlos, habrá que trabajar por atraerlos. La contagiosa dulzura de Vicente en el trato con los disidentes tiene ahí, acaso, sus raíces3.

«¡Qué desobediente fui!»

Con la paz, la vida reemprende su curso… y las clases también. Un buen día del incipiente otoño de 1594 o 15954, padre e hijo llegaron hasta la puerta del convento franciscano de Dax. Tras aquella puerta empezaba para Vicente un largo camino que acabaría alejándole del paisaje natal, pero no rompería nunca los lazos que le ataban a la tierra y al campo. De momento habría de enfrentarse con los rudimentos de la lengua latina, obligado comienzo del curriculum humanístico de la época. En medio del pequeño enjambre de compañeros de curso pertenecientes, acaso, a familias un poco más distinguidas que la suya – hijos de procuradores o abogados provincianos, de comerciantes o mercaderes en trance de ascensión económica, de algún que otro gentilhombre -, empezaba también a sentirse distante y distinto del oscuro tronco familiar en que había brotado. Lo sabemos por un par de sabrosas anécdotas que él mismo relataría más tarde para su confusión pública:

«Me acuerdo que cuando era muchacho, cuando mi padre me llevaba con él a la ciudad, como estaba mal trajeado y era un poco cojo, me daba vergüenza ir con él y reconocerlo como padre. ¡Miserable de mí! ¡Qué desobediente fui!5«

Otra vez,

«en el colegio en que yo estudiaba, me avisaron que me llamaba mi padre, que era un pobre aldeano. Yo me negué a salir a hablarle, con lo que cometí un gran pecado»6.

Acaso por reacción contra esos pecadillos de vanidad infantil insistiría tanto Vicente, en su edad madura, en recordar sus humildes orígenes familiares. A nosotros nos sirven para completar nuestra imagen de Vicente en el momento de iniciar su carrera: junto al corazón generoso y desprendido del niño, el orgullo del adolescente, su incipiente rebeldía: estampa humana, hasta en sus contradicciones, de un hombre en formación que todavía no ha sentido el poderoso tirón de la santidad.

En Dax, junto a los franciscanos, estudió Vicente poco tiempo, acaso sólo dos años: quinto y cuarto, según el modo francés de contar los años escolares. Él solía decir que era un pobre estudiante de cuarto año. Lo que siempre ha sido tomado como rasgo de humildad, acaso haya que tomarlo literalmente7.

Durante ese tiempo, la avispada inteligencia del muchacho atrajo hacia él, por recomendación del P. Guardián de los franciscanos, el interés de un protector inesperado, acaso un antiguo conocido de la familia: el señor de Comet, abogado de Dax y juez de Pouy. Al mecenazgo de Comet debería Vicente dos favores de distinto orden: el permitirle afrontar los gastos de estudio sin gravamen para el presupuesto familiar y el de encarrilarse definitivamente hacia la carrera eclesiástica. Comet le hizo salir del convento franciscano y lo situó en su casa en calidad de preceptor —monitor o compañero mayor, diríamos más bien— de sus propios hijos. En adelante no sería necesario exprimir la faltriquera en busca de las sesenta libras de la pensión escolar. Al mismo tiempo le hizo ver que su camino era el del estado eclesiástico8.

Siguiendo las indicaciones de Comet, el 20 de diciembre de 1596, con poco más de quince años cumplidos, Vicente recibía en Bidache, con permiso del cabildo de Dax por estar vacante la sede episcopal, la tonsura y las órdenes menores9. Al año siguiente comenzaba sus estudios universitarios. Su padre, plenamente seguro de la capacidad y las sólidas esperanzas que ofrecía el muchacho, realizó, para hacerlos posibles, un sacrificio más: vendió un par de bueyes10. El buen campesino continuaría preocupándose del progreso del más dotado de sus hijos incluso después de su muerte, sobrevenida durante el primer curso de los estudios universitarios de Vicente. En su testamento, fechado el 7 de febrero de 1598, disponía que no se ahorrasen sacrificios para permitirle continuar los estudios, a cuyo efecto le concedía las mejoras permitidas por el derecho11.

«Intermezzo» español

La carrera universitaria de Vicente de Paúl se desarrolla en dos escenarios diferentes: Toulouse y Zaragoza, aunque la mayor parte de ella transcurrió en la ciudad francesa. Un certificado expedido por las autoridades académicas de Toulouse en 1604 y encontrado después de su muerte en la habitación del Santo, le acredita siete años de estudios teológicos12. La estancia en Zaragoza parece haber sido breve, si bien las fuentes son en este punto imprecisas y autorizan a pensar en una duración de varios meses e incluso, sin forzar los datos, de un curso entero. Tampoco sabemos si precedió a los estudios tolosanos o tuvo lugar en un intervalo de los mismos. Pero es indiscutible. Tenemos sobre ella las afirmaciones categóricas de Abelly y Collet, los dos biógrafos – franceses ambos – que tuvieron acceso a la documentación primitiva. Abelly escribe:

«Es verdad que durante este tiempo [los siete años de estudios teológicos] pasó a España y residió durante algún tiempo en Zaragoza para realizar allí algunos estudios»13.

Y Collet:

«No podemos precisar si el viaje que hizo a Aragón precedió al comienzo de sus estudios en Toulouse Lo que es seguro es que estudió por algún tiempo en Zaragoza, pero su estancia allí no tire larga»14.

Ningún motivo de prestigio o utilidad ulterior en el desarrollo de la biografía pudo inducir a testigos o biógrafos a inventar un dato que queda aislado, como un hito sólido que perpetúa la memoria de un camino borrado posteriormente.

A lo largo de la vida, Vicente haría alusiones más o menos veladas, pero inequívocas, a una estancia suya en España. Una larga serie de ellas se refiere precisamente a los métodos docentes de las universidades españolas. El Santo no da la sensación de hablar de oídas, sino por experiencia vivida. Se opuso siempre al sistema, tan socorrido, de enseñar dando apuntes en clase. Para justificar su postura recurre con machacona insistencia al ejemplo de las universidades españolas:

«En los colegios españoles no se escribe en clase»15; ¿Qué diremos de las Universidades de España, donde no se sabe qué es eso de dictar en clase y donde se contentan con explicar, y donde, sin embargo, todos están de acuerdo en que los teólogos son más profundos que en las demás partes?»16; «Nunca se han dado [apuntes] en España ni en Italia, según creo; de ahí que los españoles sean muy sabios y que penetren más en las ciencias que en ningún otro sitio»17.

Los estatutos de la Universidad de Zaragoza, elaborados en 1583 por el fundador, Pedro de Cerbuna, y su colaborador, Diego Frailla, ordenaban que se explicase sin aguardar a que los oyentes escribiesen, pero cuidando que se hiciesen capaces de lo que se explicaba y que le retuviesen en la memoria… «porque el dictar tiene el inconveniente de pasar poca materia a los oyentes y no se les da a entender ni declara con la utilidad necesaria»18.

Más precisa, si cabe, es su referencia a las costumbres de las carmelitas españolas:

«Las carmelitas, que son muy austeras, tienen como finalidad una gran mortificación: van con los pies desnudos, a no ser en Francia, que llevan unas sandalias; no sé bien cómo van aquí, pero en España no llevan medias ni sandalias, sino que van con los pies y las piernas desnudos, y duermen en un poco de paja o de heno a pesar del rigor del invierno»19.

Que Vicente de Paúl conozca mejor las costumbres de las carmelitas españolas que las de las francesas sólo puede explicarse por una presencia suya en España en alguna época de su vida. A conocimiento directo apunta otra expresión del Santo, esta vez en relación con la comida de las carmelitas:

«Comen sencillamente grandes platos de potaje y huevos podridos. Ese es su alimento, aunque sean de casas ricas y hayan vivido con delicadeza. Y no digo nada que yo no sepa con toda certeza: los huevos que les sirven huelen como carroña. Y se los tienen que comer»20.

Si en la cita anterior confesaba no saber cómo son las carmelitas francesas, es evidente que la certeza absoluta de que en la segunda hace gala no puede referirse a ellas, sino a las españolas, a las que declara conocer bien. La fundación carmelitana de Zaragoza databa del año 1588, unos diez años antes de la llegada del novel universitario a tierras aragonesas.

El último testimonio es de alcance más amplio y tiene connotaciones políticas. Tal vez por ello, Vicente prescinde de nombrar el país a que se refiere:

«Estuve una vez en un reino – contaba a las Hijas de la Caridad el 6 de enero de 1658 – en donde un religioso, al ir a ver al rey, preguntó algunas noticias sobre la corte, y la persona a la que se dirigió le dijo: ‘Pero ¿para qué tienen los religiosos que mezclarse en los asuntos de los reyes?’ Es que en ese reino no se habla nunca del rey. Y como es una persona sagrada, le tienen tanto respeto a todo lo que se refiere a él, que nunca hablan de ello. De ahí que en ese reino estén todos unidos al rey y no está permitido pronunciar una sola palabra contra sus órdenes»21.

Ese reino católico donde Vicente dice haber estado en algún tiempo no puede ser otro que España. Ningún otro Estado europeo de la época reúne el conjunto de condiciones implicadas en sus palabras: o no eran reinos, o no eran católicos, o no se distinguían precisamente por la cerrada adhesión al monarca, características que, por el contrario, describen con precisión la España de Felipe ll en los últimos años de su reinado. En ningún otro país existe tampoco el más mínimo indicio de una tradición sobre la posible estancia de Vicente de Paúl en su territorio.

Lo que ignoramos por completo son las razones tanto de su venida a Zaragoza —¿acaso la vinculación familiar con influyentes prebendados aragoneses, como ha sostenido la tradición española?22— como de su pronto regreso a Francia. Collet aventuró para este último una hipótesis destinada a hacer fortuna entre los biógrafos franceses hasta que fue desmentida por Coste: Vicente habría dejado Zaragoza disgustado, en su natural inclinación a la paz y a la caridad, por el espectáculo de las agrias disputas de los teólogos a propósito de las controversias sobre la ciencia media y los decretos predeterminantes23. Lo malo de tan novelesca suposición es que choca con la triste realidad de la Universidad tolosana por aquellos mismos años. Los estudiantes de las diferentes nacionalidades  —Borgoña, Languedoc, Lorena, Francia, Champaña…— entablaban con frecuencia violentas querellas que a menudo degeneraban en peleas a mano armada. El Parlamento tolosano se veía obligado a renovar casi cada año, incluso bajo pena de muerte, la prohibición de tenencia de armas por los estudiantes. Se sucedían registros domiciliarios, multas, detenciones y otras penas más severas. Nada lograba escarmentar a los turbulentos estudiantes y nada los detenía: exigían «bienvenida» a los forasteros, fuesen o no estudiantes, y en una ocasión por lo menos, dos de ellos llegaron hasta el homicidio, causando la muerte a un oficial del municipio, por lo que fueron condenados a muerte y luego indultados por el Parlamento en atención a sus pocos años24. Si Vicente buscaba la paz, no había salido excesivamente ganancioso con el cambio de Zaragoza por Toulouse. Más verosimilitud ofrece la hipótesis de que si el Santo, como todo parece indicar, empezó sus estudios zaragozanos en 1597, la muerte de su padre, ocurrida en febrero de 1598, le obligó a regresar al pueblo mediado el curso. Luego, sin dinero para volver a Zaragoza – no podía vender otro par de bueyes -, trasladó la matrícula a Toulouse y aquí concluyó el primer alío de teología. Por eso Toulouse le certificará siete años de estudios en 160425.

Desgraciadamente, la preocupación por estos problemas concretos ha alejado la atención de los investigadores de cuestiones más interesantes: la calidad de las enseñanzas recibidas en Toulouse y Zaragoza por Vicente, las tendencias doctrinales de sus maestros, la huella dejada en su pensamiento por el contacto con el alma mater de la cultura occidental y cristiana. Y, sin embargo, eso es lo que más interesaría conocer.

Durante sus años de Zaragoza y Toulouse, Vicente hace su ingreso en la edad de la formación y la información. Con las que recibe del mundo que le rodea va formando el hombre su propio bagaje ideológico, construyendo su propia imagen del mundo, adoptando convicciones y puntos de vista que le acompañarán toda la vida. La ausencia de monografías sobre todos estos puntos no permite deducir más que conclusiones muy genéricas: la solidez de la disciplina escolástica recibida, la gimnasia mental ejercitada en las disertaciones académicas, los hábitos de rigor del pensamiento adquiridos al contacto con los grandes maestros. Es poco, muy poco, para lo que quisiéramos saber sobre los orígenes de un pensamiento que, si nunca fue especulativo ni brillante, tuvo siempre el vigor y la coherencia de un cuerpo de doctrina sólidamente estructurado y profundamente enraizado en los más hondos estratos de la personalidad de Vicente26.

«Clases particulares»

La muerte de su padre había agravado la situación del joven estudiante. Vicente no había querido hacer valer ante sus hermanos y su madre las pequeñas ventajas que le concedía el testamento27. Tuvo que valerse por sí mismo para salir adelante con los estudios y atender a los gastos personales. La experiencia adquirida en casa de Comet, acaso también los recuerdos de su experiencia en el internado de los franciscanos, le sugirieron el recurso: el establecimiento de un pensionado para colegiales. Como tantos estudiantes de todos los tiempos, enseñaría al mismo tiempo que estudiaba. El pensionado regentado por Vicente estaba establecido en Buzet-sur-Tarn, a unos treinta kilómetros de Toulouse. El pensionado funcionaba bien, y empezó a adquirir fama en el pequeño ambiente provinciano. Hasta de Toulouse le enviaban alumnos, como le explicaba Vicente a su madre en la primera carta suya de que tengamos noticia, la primera de los miles y miles que habría de escribir en su larga vida. Desgraciadamente, la carta se ha perdido. No sabemos de ella más que esa escueta noticia que Abelly salvó para nosotros. Pero es bonito que la primera carta escrita por un hombre que había de hacer de la correspondencia su más poderoso instrumento de gobierno e influencia, sea, como la de cualquier colegial alejado del hogar por el imperativo de los estudios, una carta a su madre.

Entre los alumnos, algunos pertenecían a importantes familias de la región, deseosas de un ambiente de disciplina para sus hijos. Collet asegura incluso que entre ellos se contaron dos sobrinos-nietos de Juan de la Valette, el famoso gran maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén, que cuarenta años antes – en 1565 – había defendido con 15.000 hombres la isla de Malta del asalto de un formidable ejército turco de 150.000. Cuando Vicente hubo de regresar a Toulouse para proseguir sus estudios, llevó consigo a sus pensionistas, con el consentimiento y la complacencia de los padres de éstos. La vida estudiante-profesor era dura. A Vicente no podía sobrarle mucho tiempo para la preparación de sus clases universitarias. Collet se lo imagina —y, en este caso, la imaginación no puede ser muy distinta de la realidad— acostándose tarde, levantándose al amanecer, sin lugar para la ociosidad ni para el legítimo esparcimiento28. Era necesario salir de aquella situación, encontrar un medio de vida menos trabajoso. En aquella época y en aquella sociedad, la solución era conseguir pronto un beneficio eclesiástico. Vicente decidió ordenarse de sacerdote lo antes posible.

«Si yo hubiera sabido lo que era el sacerdocio…»

Conocemos perfectamente las fechas de promoción de Vicente a cada una de las órdenes. Se conservan copias tanto de las dimisorias como de las testimoniales de cada ordenación. Según ellas, Vicente recibió el subdiaconado y el diaconado, respectivamente, los días 19 de septiembre y 19 de diciembre de 1598, de manos del obispo de Tarbes, Salvador Diharse. Las dimisorias para el primero, firmadas por el vicario general de Dax, Guillermo Massiot, sede vacante, llevan fecha de 10 de septiembre. Las del diaconado están firmadas, asimismo, por Guillermo Massiot, pero en nombre del nuevo obispo, Juan Jacobo Dussault, que debía de haber sido nombrado en el entretanto, y se extienden el día 11 de diciembre. En cada uno de los casos median apenas ocho días entre la concesión de las dimisorias y la ordenación correspondiente. Las dimisorias para el sacerdocio le fueron concedidas el 13 de septiembre de 1599 por los mismos vicario general y obispo de Dax. Pero esta vez Vicente esperó más de un año para utilizarlas y no recurrió al obispo de la cercana Tarbes; se ordenó de sacerdote el 23 de septiembre del año 1600 y lo hizo en una diócesis bastante alejada tanto de Dax y Pouy como de Toulouse, en la de Périgueux. Le confirió el sacerdocio el anciano obispo de aquella diócesis, Francisco de Bourdeille, en la iglesia de San Julián, de su residencia campestre de Cháteau l’Évêque. En todos los casos, Vicente aprovechó el tiempo de las vacaciones escolares para hacerse ordenar29.

Bajo ese breve puñado de datos indudables laten unos cuantos problemas de interpretación histórica y biográfica30.

Nos encontramos, ante todo, con el problema de la edad. En septiembre de 1600, Vicente (nacido en 1581 o 1580) tenía diecinueve o, a lo sumo, veinte años cumplidos. Canónicamente, según las prescripciones del concilio de Trento, que exigían la edad de veinticuatro años, no podía ser ordenado. Pero el concilio de Trento había tardado en aplicarse en Francia: hasta la Asamblea General del Clero de 1615 no serían promulgados sus decretos. Entre tanto —y bastante tiempo después—, los abusos eran frecuentes. Hay constancia de que las ordenaciones irregulares por falta de edad canónica eran abundantes, y los recursos de dispensa a Roma por este motivo, muy numerosos31. El vicario general de Dax, que expide las dimisorias de Vicente, hace constar que el candidato tenía la edad legítima. No era verdad. ¿Obraba a espaldas del nuevo obispo, Mons. Dussault, prelado reformador, que en el sínodo diocesano celebrado el 18 de abril de 1600 – entre la fecha de las dimisorias y la ordenación – había puesto en marcha un programa de restauración cristiana y sacerdotal inspirado en el concilio de Trento, como ha demostrado Diebold?32. De todos modos, queda en pie el hecho de la ordenación irregular de Vicente antes de tener la edad canónica.

La decidida voluntad reformadora del nuevo obispo podría explicar otro enigma que durante mucho tiempo ha intrigado a los investigadores33: ¿Por qué Vicente acudió nada menos que a Périgueux para hacerse ordenar por un anciano de ochenta y cuatro años, Mons. Bourdeille, que moriría apenas un mes después de la ceremonia, el 24 de octubre de 1600?34. La hipótesis de un Vicente que busca en una diócesis lejana un obispo desconocido para sustraerse a las exigencias disciplinaras de su nuevo prelado, no parece tan desprovista de fundamento como cuando la formuló Redier en una de sus, a menudo, felices intuiciones35.

La historia de la ordenación sacerdotal de Vicente tiene, para la comprensión plena del personaje, una consecuencia de importancia. A los veinte años, Vicente de Paúl no era el santo sacerdote encendido de fervor apostólico retratado por la hagiografía tradicional. De otro modo no hubiera osado contravenir conscientemente las prescripciones de Trento. Tampoco era un malvado sin escrúpulos, insensible al «grave» pecado que supondría su ordenación irregular antes de la edad canónica, pecado que en su edad madura habría callado siempre por no ofender la memoria de los prelados cómplices de su superchería36. El abuso era tan frecuente y tan inveterado, que ni el ordenando ni el prelado, si es que éste llegó a advertir el defecto canónico, tuvieron empacho en ceder a una costumbre generalizada37. Era, simplemente, un muchacho necesitado que veía en el sacerdocio el medio de asegurarse rápidamente —cuanto antes, mejor— una posición social respetable. No importaba demasiado que para ello hubiera que violentar un poco ciertas formalidades jurídicas de reciente implantación y eludir con habilidad el exagerado celo del nuevo pastor, desconocedor de las antiguas y admitidas costumbres.

La irregularidad de la ordenación no debió de influir negativamente en el concepto que el obispo de Dax pudiera tener de su subordinado ni, de momento, en el que éste tenía de sí mismo: ocho años más tarde, Vicente no tenía recelo de pedir a Dax un testimonio de su prelado en el sentido «de que siempre —son sus palabras— se me ha reconocido por hombre de bien»38.

Por camino tan expeditivo llegaba Vicente, al filo de sus veinte años, a la meta hacia la cual le habían empujado, de común acuerdo, su padre, el labrador de Pouy, y su protector, el señor de Comet. Por lo que sabemos de su historia posterior, era también el camino que Dios le señalaba. Pero ¿era además para el propio Vicente, una vocación sentida interiormente? Uno dudaría de ello. Años más tarde, la pretendida vocación de un sobrino suyo le hace evocar al Santo los momentos que precedieron a su ordenación:

«En cuanto a mí, si hubiera sabido lo que era el sacerdocio cuando tuve la temeridad de entrar en este estado como lo supe más tarde, hubiera preferido quedarme a labrar la tierra antes de comprometerme en un estado tan tremendo»39.

Aún más explícito es con un abogado al que pretendía disuadir de que aspirase al sacerdocio:

«… la experiencia… me obliga a advertir a los que me piden consejo para recibir el sacerdocio que no se comprometan a ello si no tienen una verdadera vocación de Dios, una intención pura de honrar a nuestro Señor por la práctica de sus virtudes y las demás señales seguras de que su divina voluntad les ha llamado a ello. Y está tan metido en mí este sentimiento, que, si no fuera sacerdote, no lo sería jamás»40.

En otra ocasión, ante los ojos de sus misioneros, Vicente pintaba el cuadro de muchas vocaciones con pinceladas que tienen tanto de escena de época como de autorretrato (dolorido, porque para entonces ya era un santo):

«Un joven, después de estudiar filosofía y teología, después de los estudios menores, con un poco de latín, se marchaba a una parroquia y administraba allí los sacramentos a su manera»41.

«Una verdadera vocación de Dios», «una intención pura de honrar a nuestro Señor», una adecuada preparación ministerial: he aquí las tres cosas que, a la distancia de casi sesenta años de vida sacerdotal, creía él que le habían faltado en el momento de dar el paso decisivo.

¿Cuáles eran entonces sus disposiciones? ¿Cuáles fueron los verdaderos móviles de su ingreso en el sacerdocio? Por un lado, temeridad; lo hemos visto en la primera de sus cartas citadas. Por otro, voluntad propia, elección personal sin consulta a la voluntad de Dios, y una visión terrena, demasiado terrena, del estado sacerdotal, cuya única excusa consiste en ser el producto de la mentalidad de la época:

«Son desgraciados aquellos que entran en el estado sacerdotal por la ventana de su propia elección y no por la puerta de una vocación legítima. Sin embargo, es grande el número de aquéllos, ya que miran el estado eclesiástico como una condición tranquila, en la que buscan, más bien, el descanso que el trabajo»42.

«Terrible animal son veinte años»

No; a los veinte años —»terrible animal son veinte años», escribía por aquellas mismas fechas un contemporáneo español de Vicente de Paúl, Mateo Alemán—, Vicente de Paúl no ha encontrado, ni psicológica ni vitalmente, su vocación. Aunque sea Dios quien lo ha llevado a ella. No es paradoja. ¿Habrá que repetir el manido tópico de que Dios escribe derecho con líneas torcidas? A los veinte años, para Vicente de Paúl el sacerdocio no es una vida, sino un medio de vida. Ha entrado en él creyendo entrar en una condición tranquila, más en busca del descanso que del trabajo. Pronto iba a desengañarse.

Uno escribe estas líneas con un tremendo respeto. Y con un gran temor de ser malentendido. Vicente de Paúl no es un desalmado; no lo ha sido nunca, ni siquiera a sus veinte años. Es simplemente, visto con la perspectiva histórica de su época y de su ambiente, uno de tantos muchachos pobretones y ambiciosos que por fuerza ven en la carrera eclesiástica una manera de medrar. La visión utilitarista del estado clerical más que del sacerdocio no es incompatible con cierta honradez natural, con un cierto sentido del deber y una cierta voluntad de cumplir las obligaciones adquiridas. Podían ser, incluso, piadosos; con una piedad quizá superficial, pero sincera. Antes de celebrar su primera misa, Vicente se impuso un plazo de espera, cumpliendo así las disposiciones que por entonces estaban dictando los obispos más dotados de voluntad de reforma43. La celebró en el escenario de sus trabajos y sus ambiciones: según la tradición, en una capillita dedicada a la Santísima Virgen situada en lo alto de un monte, en medio de los bosques, en el término de Buzet-sur-Tarn, la localidad donde había funcionado su pensionado. Lo hizo sin más testigos que un acólito y el sacerdote acompañante44: el presbítero asistente del lenguaje litúrgico. Todo induce a creer que lo hizo con fervor, como atestigua la tradición y se inclina a creer la más seria investigación contemporánea45.

Con la recepción del sacerdocio, Vicente dijo definitivamente adiós a su infancia y a su adolescencia. Se encontraba en el umbral de la juventud, la edad de la información, la edad de la búsqueda, la edad de los proyectos. Vicente entraba en ella con paso decidido. Había hecho su propia elección. Tenía proyectos elaborados por propia inspiración, sin preocuparse de averiguar si coincidían o no con los de Dios. A lo largo de la siguiente etapa de su vida se obstinaría en realizarlos, no obstante los repetidos fracasos que iban a perseguirle. Poco a poco, muy poco a poco, irá descubriendo otro plan. Un plan que no es el suyo, sino el de Dios. Y, al encontrar a Dios, se encontrará también, de verdad, a sí mismo. Con otras palabras, descubrirá su vocación.

 

  1. Para los datos concretos de la historia de Francia E. Lavisse, Histoire de France t. 6 y 7. Una original interpretación de la figura y el reinado de Enrique IV, en R. Mousnier, L’assassinat d’Henri IV (París 1964).
  2. S.V.P. XII p. 347: ES XI p. 623.
  3. P. Defrennes, La conversion de Saint Vincent de Paul: RAM (1932) p. 391.
  4. Abelly (o.c., L.1 c.3 p. 10) dice que Vicente empezó sus estudios «hacia 1588», es decir, a los doce años según su cronología. Lo mismo sostiene Collet (o.c., t. 1 p. 8): «Vicente de Paúl tenía unos doce años cuando su padre decidió hacerle estudiar». Pero el propio Vicente declaró haber permanecido en el campo «hasta la edad de quince años» (S.V.P. IX p. SI: ES p. 92). Esto, unido a la fijación de la fecha de nacimiento en 1580 o 1581, lleva a colocar el comienzo de sus estudios en los años indicados en el texto. J. Herrera mantiene una postura más cercana a Abelly (Vicente de Paúl, biografía y selección de escritos p. 48). La cronología resulta, en cualquier hipótesis, insegura y pueden barajarse hasta cuatro esquemas diferentes: a) Nacimiento, en 1576; comienzo de los estudios, en 1588, a los doce años. Es el esquema de Abelly. Tiene el inconveniente de alargar a nueve años los estudios humanísticos. b) Nacimiento, en 1576; comienzo de los estudios, en 1591, a los quince años. Se reducen a seis los años de estudio. Es la hipótesis de J. Herrera. c) Nacimiento, en 1581; comienzo de los estudios, en 1595, a los quince años sin cumplir. Es el esquema de Coste. Parece excesivamente apretado. d) Nacimiento, en 1580 o 1581; comienzo de los estudios, entre los doce y los quince años (entre 1592 y 1595). Acaso haya que resignarse a no poder precisar con más exactitud que ésa.
  5. S.V.P. XII p. 432: ES XI p. 693.
  6. Coste, M.V., t.1 p. 30.
  7. S.V.P. XII p. 135 v 293: ES XI p. 432 y 579.
  8. Abelly, o.c., L.1 c.3 p. 10.
  9. S.V.P. XIII p. 1-2.
  10. Abelly, o.c., L.1 c.3 p. 10.
  11. Abelly, o.c., L.1 c.3 p. 12; Collet, o.c., t.1 p. 13
  12. Abelly, o.c., L.1 c.3 p. 12; Collet, o.c., t.1 p. 10.
  13. Abelly, o.c., L.1 c.3 p. 10.
  14. Collet, o.c., t.1 p. 9.
  15. S.V.P. II p. 212: ES p. 179.
  16. S.V.P. II p. 235 y 240: ES p. 197 y 200-201.
  17. S.V.P. IV p. 322-323: ES p. 309. Otras alusiones al tema de los apuntes en S.V.P. VII p. 291: ES p. 252; S.V.P. VIII p. 107 y 381: ES p. 95 y 391.
  18. Citados por J. Herrera, o.c., p. 52.
  19. S.V.P. X p. 124: ES IX p. 748.
  20. S.V.P. X p. 60: ES IX p. 697.
  21. S.V.P. X p. 446: ES IX p. 1004-1005.
  22. A. Hernández y Fajarnés, o.c., p. 247-349.
  23. Collet, o.c., t.1 p. 9; U. Maynard, o.c., t.1 p. 22. En H. Lavedan, la hipótesis, transformada en certeza, se describe con tintas de las que no está lejana la sombra de la Carmen de Merimée: H. Lavedan, San Vicente de Paúl (Buenos Aires, Difusión, 1944) p. 40-41.
  24. R. Gadave, Les documents sur l’histoire de l’Université de Toulouse et spécialement de sa faculté de droit civil et canonique (1229-1798) (Toulouse 1910). Cit. por Coste, M.V., t.1 p. 33-36.
  25. La estancia de Vicente de Paúl en Zaragoza ha sido aceptada por la práctica totalidad de sus biógrafos, antiguos y modernos. Únicamente Coste ha expresado reservas, que no creernos justificadas: «Resulta difícil admitir que, dada la penuria de su situación, el joven Vicente haya dejado la Universidad de Toulouse por la de Zaragoza, y apenas llegado allá haya reemprendido el camino de Toulouse. Antes de creer en la realidad de ese viaje, del cual hablan las memorias enviadas desde Dax al primer biógrafo, nos gustaría conocer los fundamentos sobre los cuales se basa tal afirmación. Vicente, supone Collet, habría encontrado la Universidad de Zaragoza llena del estruendo de las antiguas disputas escolares sobre la ciencia media y los decretos predeterminantes. Eso habría acelerado su regreso a Francia; hipótesis poco verosímil para un hecho menos verosímil todavía» (M.V., t.1 p. 36-37). Saltan a la vista los fallos de método del benemérito compilador de la Opera omnia vicenciana: da por sentado, contra la cautela de las fuentes, el comienzo de los estudios en Toulouse; ignora lo terminante de las afirmaciones de Abelly y Collet: «es verdad», «es seguro», como si quisieran prevenir posibles objeciones; convierte la «no larga estancia» de los originales en un viaje de ida y vuelta del que no habla ninguno de ellos; transforma una subjetiva estimación de inverosimilitud en obstáculo objetivo e insuperable; rechaza, desde una toma de posición a priori, el testimonio cierto y formal de los testigos más directos y para nada interesados en el asunto; deduce de lo débil de una determinada explicación, la irrealidad de los hechos mismos. En sana crítica histórica, la solución de un problema no pasa por el camino de su negación.
  26. J. Herrera, siguiendo a A. Hernández y Fajarnés, se complace en especular sobre los contactos de Vicente con profesores jesuitas del colegio de San Carlos, hipotética residencia de Vicente durante sus meses de estancia en Zaragoza, y con los catedráticos de la Facultad de Teología. Pero toda la construcción se resiente de la falta de rigor en la compulsación de fechas y circunstancias. Falta también un análisis sistemático del pensamiento de los posibles maestros zaragozanos. Lo mismo ocurre respecto a Toulouse. El ya viejo estudio de Paul Dudon se limita a repetir los datos conocidos del paso de Vicente por las aulas tolosanas, sin aportación alguna al examen de la doctrina impartida en ellas. Cf. P. Dudon, Le VIIe centénnaire de I’Université de Toulouse: Études t.199 (1929) p. 724-738.
  27. Abelly, o.c., L.1 c.3 p. 12.
  28. Todas las noticias acerca del pensionado de Vicente en Buzet-sur-Tarn están en Abelly (o.c., L.1 c.3 p. 12) y Collet (o.c., t.1 p. 9-11).
  29. S.V.P. XIII, documentos n.2,3, 4, 5, 6, 7 y 8 p. 2-7.
  30. Véase su planteamiento minucioso en el artículo de E. Diebold, Saint Vincent de Paul. Sa nomination à la cure de Tilh (diocèse de Dax) en 1600: Annales (1959) p. 389-397.
  31. Coste, M.V., t. 1 p. 39. El 21 de julio de 1609, el cardenal secretario de Estado manifestaba al nuncio en París su extrañeza por el gran número de sacerdotes franceses ordenados antes de la edad canónica que recurrían a Roma para obtener la absolución de su falta. Sebastián Zamet, al tomar posesión de su diócesis de Langres en 1615, encontró hasta 200 clérigos promovidos a las sagradas órdenes antes de la edad legítima. Otros testimonios en Coste, La vraie date de la naissance de Saint Vincent de Paul. Separata del Bulletin de la Société de Borda (Dax 1922) p. 15-17.
  32. E. Diebold, art.cit., p. 392.
  33. F. Contassot, Saint Vincent de Paul et le Périgord: Annales (1949-1950) p. 161-203.
  34. F. Contassot, art.cit., p. 162 en nota.
  35. A. Redier, o.c., p. 16.
  36. A. Redier, o.c., p. 17
  37. F. Contassot, art.cit., p. 164.
  38. S.V.P. I p. 15: ES p. 87.
  39. S.V.P. V p. 568: ES p. 540.
  40. S.V.P. VII p. 463: ES p. 396.
  41. S.V.P. XII p. 389: ES XI p. 576.
  42. S.V.P. VII p. 463: ES p. 396.
  43. E. Diebold, La première messe de Saint Vincent de Paul: Annales (1957) p. 490-492.
  44. Abelly, o.c., L.1 c.3 p. 11; Collet, o.c., t.1 p. 14.
  45. E. Diebold, art.cit., p. 492; Coste, M.V., t.1 p. 40.

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