San Vicente, estudiante y docente o la escuela hoy según san Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Jean Morin, C.M. · Year of first publication: 2014 · Source: Ecos de la Compañía.
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Introducción

vicentepaulEs evidente que desde los comienzos del siglo XVII en Francia los tiempos han cambiado y especialmente en lo que se refiere a la escuela y a la enseñanza.

Se estima que en los primeros años del siglo XVII, los ¾ de la población masculina y las 9/10 de la población femenina eran totalmente analfabetos. Los muchachos se ocupaban, siguiendo las estaciones del año, de las tareas del campo; las chicas estaban encargadas de hacer la limpieza de la casa. Por eso, ni unos ni otros tenían necesidad de frecuentar la escuela.

El norte de Francia estaba menos desfavorecido que el sur y, en general, las ciudades iban por delante del campo. Pero, durante el siglo XVII, se inicia una extraordinaria corriente gracias a los señores y sobre todo, a los obispos, multiplicándose las escuelas de los pueblos. Sin embargo, los resultados fueron lentos y bastante relativos debido al nivel modesto de los maestros de escuela por una parte y por otra, a la irregularidad de la frecuencia escolar. Sin embargo, cuando se comparan los registros de comienzo y finales de siglo, se constata un aumento muy importante en el número de los que sabían firmar con su nombre.

Notemos por último, que es la Iglesia la que lanza el movimiento y, san Vicente, lo veremos, participa muy activamente en el mismo. El fin de la Iglesia era, manifiestamente la evangelización. No podríamos reprochárselo. Ante la amenaza y la progresión del protestantismo, la Iglesia estimó que convenía aumentar el número de cristianos que supiesen leer, comprender y retener el catecismo que el Concilio de Trento acababa de actualizar. Se abrieron escuelas en los pueblos; se organizaron medios como la enseñanza de la lectura y escritura con miras al catecismo. Esta visión catequética, se encontró en los proyectos y consejos que san Vicente dio para las escuelitas, a las Hijas de la Caridad que estaban a su cargo.

A grandes rasgos esta era la situación escolar en tiempo de san Vicente, en Francia. Convendría que a lo largo de nuestro estudio recordáramos algunas observaciones, porque san Vicente, con toda naturalidad concibió y realizó la enseñanza teniendo en cuenta su tiempo. En relación con sus contemporáneos, fue incluso uno de los que más se implicó en su tiempo, por temperamento y por espiritualidad.

Vicente de Paúl no era un teórico de salón. En efecto, era muy inteligente e incluso muy culto para su época; pero ante todo, era un hombre práctico, comprometido, un hombre para el que las mejores doctrinas y las mejores ideas no tenían valor más que en la medida que se podían traducir concretamente sobre el terreno. Me permito creer que desde este punto de vista, el Señor Vicente podría todavía ser muy útil a nuestra Educación Nacional.

No me resisto al encanto de leer de nuevo con ustedes este conocido pasaje que siempre ofrezco al comienzo de los encuentros, porque me parece que es una de las grandes claves del conocimiento y del estudio de san Vicente. Este pasaje me parece que ilustra bien, todo lo que acabo de decir sobre el temperamento y la espiritualidad de san Vicente en materia de enseñanza como en cualquier otra materia.

Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente. Pues muchas veces los actos de amor de Dios, de complacencia, de benevolencia, y otros semejantes afectos y prácticas interiores de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan sin embargo muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo: «Mi Padre es glorificado, dice nuestro Señor, en que deis mucho fruto». Hemos de tener mucho cuidado en esto; porque hay muchos que, preocupados de tener un aspecto externo de compostura y el interior lleno de grandes sentimientos de Dios, se detienen en esto; y cuando se llega a los hechos y se presentan ocasiones de obrar, se quedan cortos. Se muestran satisfechos de su imaginación calenturienta, contentos con los dulces coloquios que tienen con Dios en la oración, hablan casi como los ángeles; pero luego, cuando se trata de trabajar por Dios, de sufrir, de mortificarse, de instruir a los pobres, de ir a buscar a la oveja descarriada, de desear que les falte alguna cosa, de aceptar las enfermedades o cualquier cosa desagradable, ¡ay!, todo se viene abajo y les fallan los ánimos. No, no nos engañemos: Totum opus nostrum in operatione consistit.

Y esto es tan cierto que el santo Apóstol nos declara que solamente nuestras obras son las que nos acompañan a la otra vida. Pensemos, pues, en esto; sobre todo, teniendo en cuenta que en este siglo hay muchos que parecen virtuosos, y que lo son efectivamente, pero que se inclinan a una vida tranquila y muelle, antes que a una devoción esforzada y sólida. La Iglesia es como una gran mies que requiere obreros, pero obreros que trabajen. No hay nada tan conforme con el evangelio como reunir, por un lado, luz y fuerzas para el alma en la oración, en la lectura y en el retiro y, por otro lado, ir luego a hacer partícipes a los hombres de este alimento espiritual. Esto es hacer lo que hizo nuestro Señor y, después de él, sus apóstoles; es juntar el oficio de Marta con el de María; es imitar a la paloma, que digiere a medias la comida que toma, y luego pone lo demás en el pico de sus pequeños para alimentarlos. Esto es lo que hemos de hacer nosotros y la forma con que hemos de demostrar a Dios con obras que lo amamos. (SV XI-4, 733-734).

No esperemos encontrar en san Vicente, en sus palabras o en sus escritos, cualquier doctrina sobre la escuela o la enseñanza. Sin embargo, en su experiencia, en sus consignas prácticas, en sus reacciones a los problemas y a la situación de los niños, es posible encontrar grandes líneas y algunos principios que todavía hoy conservan todo su valor y que precisan bien el espíritu particular que debe animarnos en la función de la enseñanza.

Si lo prefieren, esta tarde hablaremos sobre todo de la experiencia personal de Vicente de Paúl en materia de enseñanza y algunas conclusiones a las que ha llegado. Mañana, abordaremos de manera más precisa el tema de la enseñanza en la vocación de la Hija de la Caridad.

1. La experiencia del señor Vicente

Esta primera parte de mi conferencia es particularmente importante. En efecto, Vicente de Paúl fue un hombre de experiencia. Tal vez sea el rasgo de su carácter que sobresale con mayor claridad a lo largo de su vida. Tuvo el don de estudiar, de reflexionar y explotar a fondo lo que había vivido: el acontecimiento de Gannes-Folleville, el de Châtillon y también los encuentros, como los de San Francisco de Sales, Luisa de Marillac, Margarita Naseau o también la visita a una cárcel o un hospital. También en sus conferencias o en sus cartas, nos sorprende con frecuencia un señor Vicente reflexionando sobre un acontecimiento y sacando lecciones para su acción.

En lo que se refiere a la enseñanza, parece evidente que el Señor Vicente se sirvió mucho y sobre todo de su propia experiencia.

Recordemos. Vicente nació el 24 de abril de 1581, en el pueblo de Pouy, en una pequeña granja. Desde su más tierna edad, se ocupó de las tareas del campo. Según su propio testimonio, se especializó en guardar el ganado. Para él, no fue problema la escuela, más que para sus tres hermanos y sus 2 hermanas: eran demasiado pobres en la familia. Durante sus catorce primeros años, el joven Vicente tuvo tiempo de experimentar la dura e ingrata vida de las pobres gentes del campo y de reflexionar sobre ella.

Pronto en su mente de niño, nace y crece una cierta ambición. Conocen ustedes todos estos recuerdos de infancia, que el señor Vicente evocaba cuando tenía 78 años: «Recordaba hace unos momentos que, cuando era un muchacho, cuando mi padre me llevaba con él a la ciudad, como estaba mal trajeado y era un poco cojo, me daba vergüenza ir con él y reconocerlo como padre « (SV XI-4, 693) El padre de Vicente murió en el año 1598 y esta confidencia la hizo en diciembre de 1659. Remordimiento conmovedor y reacción significativa. Vicente era muy inteligente (lo probará ampliamente); tal vez pensó entonces que podría hacer otra cosa más que cuidar las vacas, los corderos y los cerditos a orillas del Adour.

El padre de Vicente termina por aceptar el ingreso de su hijo en el colegio de Dax, en 1595. Para ello, hizo muchos sacrificios materiales, confiando en que Vicente alcanzara rápidamente una buena posición, que le permitiese ayudar pronto a su familia.

Así, Vicente comienza sus estudios a los 14 años y no pierde el tiempo. Dos años más tarde, en 1597, frecuentaba ya la universidad de Toulouse. Ciertamente, el nivel de estudios de entonces no tenía nada que ver con el de hoy, sobre todo en los estudios eclesiásticos. Pero es innegable que Vicente fue un alumno dotado y trabajador. Si se orientó hacia los estudios eclesiásticos es sin duda, al menos en parte, porque en la época eran prácticamente la “única salida para los muchachos pobres y el único medio de adquirir la instrucción sin estar demasiado a cargo de los padres”.

Vicente debió interrumpir durante un cierto tiempo sus estudios universitarios para tomar la dirección de una pequeña institución, en Buzet, a 30 kilómetros de Toulouse, donde instruyó a algunos jóvenes internos.

Entre tanto, es ordenado sacerdote, el 23 de septiembre de 1600, en Château-l’Evêque, cuando sólo tenía 19 años y medio. En 1604, dejó la Universidad con el título de bachiller en teología lo que le daba derecho a enseñar en la universidad.

Así, Vicente de Paúl, hizo, para su tiempo y en relación con la mayoría de los sacerdotes de su época, muy buenos estudios. El período siguiente le enseñó ampliamente, cómo este equipaje intelectual acumulado durante los nueve años de estudios podía servirle eficazmente en la promoción del pobre, que él mismo era.

Esta experiencia, Vicente no la olvidó nunca, lo que en gran parte explica la importancia que siempre dio a la instrucción y a la enseñanza en el servicio de los pobres.

Es significativo, por ejemplo, que, en la carta a su madre del 17 de febrero de 1610 (única carta a su madre que hemos conservado), escrita cuando era capellán en la corte de Margarita de Valois, Vicente de Paúl precisara: «Me gustaría también que mi hermano hiciese estudiar a alguno de mis sobrinos» (SV, I 89). Efectivamente, uno de los sobrinos de Vicente comenzó los estudios y llegó a ser sacerdotes: Francisco de Paúl fue sacerdote prebendado de Capbreton; murió el 8 de junio de 1678.

Vicente recordó siempre esta experiencia de una promoción gracias a la instrucción. Su visión en materia de caridad efectiva no consistía solo en socorrer o asistir sino en dar a los pobres los medios para ser autónomos. Esta última expresión se repite con frecuencia en la pluma y en los labios de Vicente de Paúl y constituye sin duda uno de los grandes principios de su acción. Sin embargo, por experiencia, Vicente se dio cuenta de que la instrucción era un medio muy eficaz para dar a los pobres la posibilidad de bastarse a ellos mismos. De ahí la importancia que da desde los comienzos a la enseñanza en el servicio de los pobres, importancia que constantemente recordará hasta el final de su vida.

Acabamos de evocar la experiencia de estudiante de Vicente de Paúl, la experiencia de una promoción social debida, en gran parte, a los estudios. Veamos ahora su experiencia de docente.

Desgraciadamente no tenemos demasiadas informaciones y documentos sobre esta experiencia. Pero no es inútil subrayar que la primera actividad profesional de Vicente de Paúl fue una actividad como docente. Ya, en el Colegio de Dax, cuando no tenía más que 15 o 16 años, realizó la función de profesor con los hijos pequeños del Señor de Comet. Más tarde, en Buzet, se ocupó de una pequeña pensión donde enseñó; por último, fue preceptor en casa de los Gondi.

Antes del famoso año 1617, año de Gannes-Folleville y de Châtillon, Vicente se encuentra, en situación y en función de docente durante unos diez años. Me parece que no se ha insistido suficientemente en este punto, sin embargo es muy importante en la experiencia de san Vicente. Sin exagerar, creo que podemos decir que, cronológicamente, fue sobre todo un profesor y sin ninguna duda un profesor dotado.

Si tuviésemos tiempo, podríamos desarrollar extensamente la pedagogía del Señor Vicente; pedagogía en materia de catequesis o de predicación, pedagogía en sus conferencias a los misioneros y sobre todo, en sus conferencia a las Hijas de la Caridad.

En todos estos terrenos, encontramos con seguridad el fruto de la experiencia del Vicente docente. En lo que se refiere a las Hijas de la Caridad, un estudio de los tomos IX y X de Coste sería muy interesante e iluminador. Se sabe que hay importantes excepciones, sin embargo entre las primeras Hijas de la Caridad que fueron pobres campesinas un cierto número no sabía ni leer ni escribir. El Señor Vicente buscó pacientemente el mejor método para asegurar su instrucción y su formación. Le gustaba mucho la forma dialogada en su enseñanza. Pero se dio cuenta de que las más cultas hablaban más a menudo y durante más tiempo que las demás. Entonces comenzó con el método de las preguntas-respuestas, poniendo a veces de relieve el valor, tal vez un poco banal pero formulado por alguna Hermana menos capacitada. Tenía el arte de conseguir que su auditorio se sintiese cómodo y con confianza. Sabía explicar con sencillez, volver sobre un tema ya estudiado, como una especie de revisión. Tenía el arte de ilustrar su curso y la preocupación por conservar siempre su enseñanza en relación con la vida. Vivía intensamente sus momentos de conversación hasta el punto de olvidar la hora o de no poder dominar su emoción; y releía atentamente las notas que habían tomado. En resumen, Vicente de Paúl profesor, se revela como un pedagogo dotado, apasionado y experimentado. Se podría hacer una buena tesis sobre este tema.

Abordemos algunas conclusiones.

Vicente de Paúl fue estudiante durante unos cuantos años y nunca olvidó todo lo que esto le había aportado. Durante muchos años, fue profesor y prácticamente de una manera o de otra, lo fue toda su vida. Esta doble experiencia, Vicente la explotó metódicamente para un mejor servicio de los pobres.

1. En primer lugar, y por más que se haya podido decir, el Señor Vicente tuvo una actitud positiva con relación a los estudios. Se le ha representado a veces como una especie de cura de Ars antes de tiempo, con medios limitados pero de una extraordinaria santidad. Esta manera de ver respondía a una cierta tendencia de la espiritualidad del siglo XIX y comienzos del XX. Para subrayar mejor la acción de la gracia y acentuar el lado maravilloso de la santidad, se minimizaba la importancia de las realidades y de los medios naturales.

Vicente de Paúl, ustedes lo saben, realizó excelentes estudios para su tiempo y probablemente había adquirido una apreciable cultura general. A veces él mismo se describe como un “pobre escolar de cuarto”; era esto, solo un poco de humildad sazonada con mucha malicia gascona.

Hablando a sus comunidades, les recuerda frecuentemente la necesidad de la humildad del cuerpo, pero también insiste mucho en la competencia pues veía que era una exigencia resultante del respeto y de la justicia debida a los pobres: «Aunque todos los sacerdotes estén obligados a ser sabios, nosotros estamos especialmente obligados a ello, en virtud de los ejercicios y ocupaciones que nos ha dado la divina providencia.» (SV XI-3, 50). Y añade: “Se necesita la ciencia, hermanos míos, ¡y ay de los que no emplean bien el tiempo! Pero tengamos miedo, hermanos míos, tengamos miedo y hasta temblemos y temblemos mil veces más de lo que podría deciros; porque los que tienen talento tienen mucho que temer: la ciencia hincha, el amor en cambio edifica (1 Cor 8, 1) y los que no lo tienen, todavía es peor, si no se humillan” (SV XI-3, 50)

El Señor Vicente no aceptaba el estudio en sus Comunidades como un medio para aparentar y hacerse valer, y criticaba “por deseos de parecer, apacentándonos de humo, querremos estar por encima de los demás, ser tenidos por sutiles”. Para él, el estudio, en sus Comunidades, debía ser un medio para mejorar la evangelización y para servir mejor a los pobres. ¡Nunca fue enemigo de los estudios, al contrario! Pero en lo que concernía a los sacerdotes de la Misión y a las Hijas de la Caridad, no quería estudios que no estuviesen orientados a la evangelización y al servicio de los pobres. Espero tener ocasión de volver sobre el tema. De momento, añado algunas palabras sobre la acción capital iniciada por san Vicente para la instrucción y la formación del clero para la obra de los seminarios y para una especie de formación permanente, que concibió y realizó con el nombre de “Conferencias de los martes”, reuniones semanales durante las cuales, los sacerdotes intercambiaban “sobre su experiencia pastoral, profundizaban algún punto de teología y hacían ejercicios prácticos de predicación y catequesis”. Lejos de haber tenido una especie de obscurantismo, Vicente de Paúl, por el contrario, trabajó activamente por realzar el nivel intelectual de la Iglesia de su tiempo.

2. De sus experiencias de estudiante y de docente, Vicente de Paúl llegó a la conclusión de que la enseñanza era una de las formas más eficaces del servicio de los pobres. Cierto, para él como para el conjunto de la Iglesia de su tiempo, la instrucción e incluso simplemente la alfabetización (porque sobre todo se trataba de eso) eran medios para una mejor evangelización y una catequización más duradera. Pero parece que san Vicente, como se le diría hoy, percibiera a la perfección que para los pobres, la instrucción era un medio de promoción y de autonomía social, un medio de liberación. Es verdad que no se encuentra ninguno de esos términos en el lenguaje vicenciano ¡y con razón! Pero encontramos el equivalente detrás de las palabras o expresiones como las que ya hemos visto: “que no estuviesen a cargo de nadie, que se bastasen por ellos mismos y ganasen su vida”

En todos los reglamentos de las Cofradías de la Caridad que encontramos en el volumen X de Coste (páginas569-570), estas expresiones salen constantemente de una manera o de otra. Y el Señor Vicente precisará que sólo los niños, los impedidos y los ancianos deben recibir todos sus medios de vida; por el contrario decía, los que pueden ganarse una parte de su vida no recibirán de la Cofradía más que el suplemento que les falte. Saben ustedes que en el momento de la distribución de las ayudas nacionales en Lorena o en Picardía después de los destrozos de las guerras, el Señor Vicente pidió que una vez estuviesen repartidas la ayudas de urgencia, se distribuyese a los campesinos arruinados herramientas y semillas. Siempre con el mismo objetivo: permitir a los pobres que se valgan por ellos mismos lo más pronto posible. Fue este un principio fundamental de la caridad vicenciana y es en esta perspectiva en la que Vicente de Paúl sitúa la función de docente y el papel de la escuela. Según san Vicente, esta debía ofrecer al niño pobre los medios y las oportunidades para ganarse la vida, los medios para dejar las filas de los asistidos. Por eso Vicente de Paúl organizó en los pueblos verdaderas escuelitas profesionales; allí se aprendía a leer y a escribir, pero sobre todo se aprendía un oficio. A este tipo de escuela la llamaba “la manufactura”

En el reglamento de una caridad mixta leemos lo siguiente: «A los niños, a los inválidos y a los decrépitos se les dará todas las semanas lo necesario para vivir; a los que ganen una parte de su sustento, la compañía les dará el resto; en cuanto a los muchachos, se les pondrá en algún oficio, como de tejedor, que no cuesta más que tres o cuatro escudos por cada aprendiz, o bien se levantará un taller de alguna obra fácil, como un telar…Se reunirá a todos los muchachos en una casa alquilada indicada para ello, donde se les hará vivir y trabajar bajo la dirección de un eclesiástico y el gobierno de un maestro obrero… Los pobres aprendices, con sus padres y madres, se obligarán de palabra, bajo juramento, a enseñar gratis su oficio a los niños pobres de la ciudad que vengan después de ellos, cuando los oficiales de la Caridad se lo ordenen, con la carga de que dichos aprendices a quienes ellos enseñen serán alimentados por la compañía» (SV X, 649- 650).

Todo esto puede parecer hoy bastante rudimentario; pero en el siglo XVII, este tipo de obra era relativamente inédita. En cualquier caso, este ejemplo de las manufacturas manifiesta cual era la preocupación de san Vicente en materia de enseñanza, a saber: preparar concretamente para la vida, dar a los niños pobres el máximo de oportunidades y medios para vivir por ellos mismos, sin temer a los azares y a la humillación de las ayudas y la limosna. Incluso si san Vicente no empleó estos términos, yo creo que se trataba de lo que hoy llamamos la preocupación por la promoción social de los pobres. Habría que evocar aun, en el mismo sentido todo lo que el Señor Vicente inició, con las Primeras Hijas de la Caridad, para la promoción de la mujer. En su tiempo, nueve de diez mujeres y jóvenes, en Francia, eran analfabetas.   Les crueles réplicas de los personajes como las “Mujeres sabias” o las “Preciosas ridículas” son demasiado conocidas…En este dominio también, san Vicente tuvo una acción determinante.

De momento, retengamos que, de sus experiencias como estudiante y docente, Vicente de Paúl llegó a la convicción de que la docencia era uno de los grandes y más eficaces medios para servir concretamente al pobre. Así, no es sorprendente que en todas sus fundaciones, Cofradías, Congregación de la Misión, Compañía de las Hijas de la Caridad, haya dado tanta importancia a la función del docente.

3. Última conclusión de la doble experiencia de Vicente de Paúl: la instrucción y la educación son medios eficaces para la evangelización y la salvación de los pobres. Las dos aseguran la promoción humana y social, con miras a la evangelización y a la salvación. Esta era la visión y un poco el cálculo de la Iglesia después del Concilio de Trento: la escuela debía dar al pobre pueblo los medios para alimentar y defender la fe cristiana, gracias a la lectura y al estudio del catecismo y del evangelio.

Después de 1617, año de su conversión, Vicente se hace profundamente misionero y todos sus proyectos y realizaciones fueron en adelante misioneras. Ciertamente y mucho más que la mayoría de sus contemporáneos, concede una gran importancia a lo que llamamos la “promoción”, pero es evidente que para él, el fin de la escuela y de la enseñanza, fue la evangelización. Según su propia fórmula, la evangelización consistía en “dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo y decirles que el reino de los cielos está cerca y que es para los pobres”. Esta preocupación dominante de la evangelización en y por la enseñanza se encuentra prácticamente en todos los textos vicencianos relativos a la función docente.

Para san Vicente, esta función tenía todo su valor y no tenía valor más que en la medida en que:

  • era claramente obra de evangelización
  • se dirigía a los pobres.

Estas dos condiciones una vez reunidas, ni un sacerdote de la Misión ni una Hija de la Caridad podían pensar ni decir que, en la enseñanza, se sentían más o menos al margen de su vocación.

Reunidas estas dos condiciones, san Vicente estaba convencido (y lo afirma con frecuencia) que la escuela y la enseñanza constituían un medio eficaz y privilegiado para el servicio de los pobres.

Acabamos de evocar la experiencia de Vicente de Paúl estudiante y docente. Hemos visto cómo esta doble experiencia fue determinante para él mismo y para los pobres.

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