San Vicente de Paúl y su entronque hispánico (VII)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José Herrrera, C.M. · Año publicación original: 1963 · Fuente: Anales españoles.
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Artículo II: Emparentamiento teológico y ascético.

No sólo depende su formación teológica, en gran parte, de la Universidad de Zaragoza, en la que bebió aquella doctrina ‘sólida y sana», que no sólo le dio el sentido de la ortodoxia católica, que le libró y con la que combatió victoriosamente las argucias jansenistas, sino que en las grandes cuestiones acude a ellos. Así cuando se trata de formar el criterio de los seminaristas y aun de sus misioneros para confesar, les re­comienda, en primera línea, las obras: «Instructio Sacerdo­tum, ac de Septem neccatis» y la «Summa, casuum conscien­tiae absolutisima», del Cardenal Francisco de Toledo, natural de Córdoba, y gran lumbrera de la Iglesia Católica en Roma. El mismo San Vicente resuelve muchas dudas en que se encontraban varios de los que le consultaban, apoyándose en el sabio jesuita cuando sosegaba en las dudas que le angus­tiaban, a. Clemente VIII por haber absuelto de su herejía al reincidente Enrique IV, después de haber orado mucho a Dios y pedido consejo.

Cuando trata la difícil cuestión de los votos, a la que da un aspecto típico suyo, acude a los grandes teólogos españo­les, Suárez, Vázquez, Sánchez, Navarro, Armilla, Azor, cuyas obras—»De religione», tomo II libros I-III, libro II y tomos VI y IV, libro III: «Comentarium de Regularibu.s», «Institu­tiones Morales», recorre, analiza y razona para construir con sus elementos la teoría de los votos, que no constituyen es­tado religioso, que fueron los que dió a sus misioneros, a fin de que nunca dejaran de pertenecer al cuerpo del clero secular.

Y también acude a las Universidades españolas para to­mar de ellas el método que implantó en los Seminarios. Y a Luis de Molina acude para pedirle armas con que comba­tir el determinismo jansenista en su lucha con los jerifaltes de la secta.

Ni es menos de admirar el entronque de su mística y as­cética con la de los grandes místicos v ascetas de España, cu­yas obras le eran familiares, Santa Teresa de Jesús, a la que llama «gran filtro de amor», le presta su teoría del amor, que no consiste ni en éxtasis ni en arrobos, sino en las obras: San Juan de la Cruz le da la «cumbre de su mística» que es la indiferencia activa y pasiva, que dispone al alma a hacer y padecer «todo y sólo» lo que Dios quiere: las obras del Padre Granada y del P. Rodríguez, «Guía de Pecadores», «Memorial de la oración», «Ejercicio de Perfección y virtudes cristianas», alimentan a sus Hijos e Hilas en la lectura espiritual y, en las del refectorio: sus ejercicios reciben su inspiración por los caminos del espíritu de San Ignacio de Loyola, y por fin, pone en manos de sus misioneros, que iban a Madagascar, las cartas y vida de San Francisco Javier, para que allí apren­dieran el espíritu y método de misionar del gran apóstol de las Indias. También conocía, admiraba y fomentaba la vicia y obras de San Juan de Dios, «o del bienaventurado Juan de Dios», como él le llamaba, y cuando Santo Tomás de Villa- nueva fue canonizado, el santo se apresura a escribir al Su­perior de Roma, Edmundo Jolly, estas líneas:

«Sería de gran satisfacción para mí que en el caso de que se imprima algún compendio del proceso verbal de la canonización del bienaventurado Tomás de Villanueva nos envia­ran un ejemplar, con el fin de ponernos bajo la protección de este santo».

Los «Ejercicios de Perfección», del P. Alonso Rodríguez, se leían frecuentemente, por orden suya, en el refectorio de San Lázaro, cuna de su Congregación, y su libro de cabecera era la «Vida espiritual de San Vicente Ferrer».

Asimismo fue gran devoto y admirador de los grandes santos aragoneses San Lorenzo, cuyo espíritu y ardoroso amor a Cristo y a los pobres ponía por modelo a sus Hijos e Hijas, y San Vicente, mártir, cuyas reliquias, según testimonio de Abelly, mandó buscar a España. Precisamente el 22 de enero de 1642, fiesta de este santo, el fundador escribía al P. Co­doing: «Yo espero que Dios seguirá derramando sus miseri­cordias sobre el señor Dufestel en Annecy, como ya lo hizo en Troyes, a no ser que lo impidan las abominaciones de mi vida pasada, de las que una parte he revelado en la repetición de oración que hemos tenido en este día de San Vicente».

Tampoco le eran desconocidas las obras del Maestro Juan de Ávila, cuya doctrina cita en e] testimonio, que da en el proceso de beatificación de San Francisco de Sales, acerca de los directores de espíritu, ni las del cartujo Antonio Molina, cuyas doctrinas acerca de la comunión en su «Instrucción de los Sacerdotes» opone victoriosamente a las del jansenista Arnauld d’Audilly.

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