San Vicente de Paúl y los Gondi: Capítulo 11

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Régis de Chantelauze · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1882.
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Capítulo XI

El P. de Gondi en el Oratorio. – Carta inédita del cardenal Spada. – Fundaciones hechas en el Oratorio por el P. de Gondi y la Sra. de Maignelais. – El P. de Gondi y los Carmelitas. – El P. de Gondi, Vicente de Paúl y los Jansenistas. – El cardenal de Richelieu y los Gondi. – La Sra. de Fargis. – Carta inédita del Cardenal de Bérulle.

Hemos dicho anteriormente cómo el general de las galeras, aconsejado por Vicente de Paúl del golpe irreparable que acababa de sucederle en la persona de su esposa, había tomado la resolución de consagrarse a Dios. «Su amor, dice el abate Houssaye en una página elocuente1, era de los que no se juran dos veces. Darse a Jesucristo era mostrarse doblemente fiel a la compañera cuya muerte lloraba. La palabras proféticas de la Madre Margarita del Santísimo Sacramento le volvieron a la memoria, y no pensó ya más que en realizarlas… Vino a presentarse al P. de Berulle, para obtener de él la gracia de entrar en el Oratorio. El prudente superior temiendo que una resolución tan grave, tomada bajo el golpe de un violento dolor, no hubiera sido suficientemente madurada, no se apresuró a abrir al sr de Gondi las puertas de la congregación. Le puso a prueba seria y largamente; pero al fin, habiendo reconocido por su sumisión y perseverancia que su vocación venía de Dios, le recibió, pero no sin advertirle «que Jesucristo le haría participar de su cruz y que tendría que superar grandes persecuciones antes de participar de su gloria».

El 6 de abril de 1627, el sr de Gondi tomó la sotana. Este suceso produjo mucho ruido en el mundo. El cardenal Bentivoglio, quien fue informado algunas semanas antes de la irrevocable resolución del sr de Gondi, escribió al punto al R. P. de Bérulle, superior del Oratorio: «Me regocijo con vos por la adquisición que acabáis de hacer en la persona del general de las galeras. Esto puede ser un gran triunfo para la congregación2«.

A la muerte del cardenal de Bérulle, ocurrida el 2 de octubre de 1629, si se había de creer el testimonio de uno de sus historiógrafos del Oratorio3, se trató de darle al P. de Gondi por sucesor. Pero es pura suposición, pues el P. Batterel, quien tenía en sus manos los procesos verbales de esta elección, que en ellos no se hacía mención alguna del sr de Gondi. Lo que es más cierto es que Roma pensó bien seriamente hacer caer sobre su cabeza el capelo del sr de Bérulle. Se encuentra la prueba de ello en una carta inédita del cardenal Spada, todopoderoso a la sazón en la curia de Roma, carta escrita por él, el 11 de noviembre de 1629, al P. Bertin, del Oratorio: «En siento obligado a deciros, le comunicaba él, que desearía que se aplicara entre ustedes a cultivar la persona del P. de Gondi y a hacerla valer, pero sin afectación, en toda ocasión que se presente. Yo no dejaré, por mi parte, de que se tenga en cuenta ante el sr cardenal Barberin que se trata de una persona que elevar en algún tiempo a la dignidad que poseía el sr cardenal de Bérulle; y que ello sirva de aviso a Vuestra Reverencia para decirme, en este asunto, todo cuanto juzgue útil hacerme saber para que así sea4«. Pero la distancia que tenía el cardenal de Richelieu con esta familia italiana que le hacía sombra, y más todavía la del P. de Gondi, por todos los honores, hicieron abortar este proyecto5.

En su nuevo retiro de Saint-Magloire, donde se había hecho construir un pequeño pabellón que llevaba todavía su nombre el siglo pasado, el sr de Gondi no aspiraba más que a ocultarse y vivir desconocido en la oscuridad más profunda. No podía aguantar que le hablaran de la alta posición que había ocupado en otro tiempo, ni de las dignidades que poseían todavía varios miembros de su familia. Indiferente a las noticias como a las máximas del mundo, viviendo en el más perfecto desprecio de los honores, huyendo de toda distinción, el primero en humillarse, no había en encontrado sosiego a su dolor más que en la oración y en las austeridades de la vida religiosa. «Caritativo con el prójimo, severo consigo mismo, era fiel a los menores usos, con una atención de novicio, ayunando rigurosamente dos o tres veces a la semana, llevando con frecuencia el cilicio y la camisa, ejercitando todos los días alguna mortificación en su cuerpo, en resumen llevando una vida que tenía más de cielo que de la tierra6«. «Decía la misa con un recogimiento, una aire de piedad y de religión que embelesaban a todos los asistentes, y hacían que se sintiera cierto encanto en oír la suya,. Una de sus prácticas era que le sirviera un pobre que le escogían sus criados, y darle después, de regreso a la sacristía, una fuerte limosna7«. ¿Quién no reconocería en este amor hacia los pobres la influencia de Vicente de Paúl? A pesar de todas estas austeridades, el ilustre penitente, lejos de adoptar un aire triste y amargado, había conservado toda su alegría y su amenidad de hombre de mundo. «Tenía el aire de un hombre de calidad, dice Cloiseault, y su contorno tenía algo de altivo y guerrero; pero cuando se le hablaba, se encontraba a un hombre lleno de humildad, de mansedumbre, de piedad y de caridad».

El Oratorio no tuvo que resentirse en su indigencia por mucho tiempo de las liberalidades del P. de Gondi y las de su hermana la sra de Maignelais. La marquesa, que durante su vida había dado a los pobres y a diversas fundaciones religiosas cuatrocientos mil escudos, es decir un millón doscientos mil francos, les legó más tarde, mediante testamento, una suma de cuatrocientas mil libras. Su hermano, cuyos consejos seguía dócilmente, tuvo una parte muy grande en estas prodigiosas larguezas. Apenas hubo entrado en Saint-Magloire, cuando prometió a los Oratorianos, por acta no legalizada, una suma de sesenta y cuatro mil libras para fundar una casa de institución, convertida en necesaria para el Oratorio. La renta d esta suma que, al tanto por ciento del interés de entonces, era de cuatro mil libras, fue destinada al mantenimiento de doce cohermanos y de un director. Decía él en esta acta que, «tocado de la gracia que Dios le había hecho de entrar en el Oratorio, y considerando que su hermano del cardenal de Retz, y su hermana, la marquesa de Maignelais, habían contribuido los que más a su fundación, uno por su crédito, y la otra con sus bienes, siendo la principal y primera fundadora, creía deber por su parte disponer de una parte de su fortuna al progreso y al incremento de esta congregación». Veinte años después, la marquesa de Maignelais, quien había firmado esta donación de su hermano, remitió a los Oratorianos sesenta y seis mil libras, cifra que sobrepasaba la suma prometida8.

El P. de Gondi, en compañía de la marquesa su hermana, visitaba con frecuencia a sus vecinas las Carmelitas del arrabal Saint-Jacques, y sobre todo a la Madre Margarita del Santísimo Sacramento, que le había predicho su entrada en el Oratorio. Era una persona de nacimiento9 y de gran mérito, a quien los contemporáneos atribuían el don de profecía. Cual otra Débora había predicho al sr de Bérulle la toma de la Rochelle, en el momento mismo en que las extremas dificultades de la empresa parecían hacer imposible su éxito. El sr de Gondi tenía hacia ella la más tierna veneración. Antes de dejar el mundo, había mantenido con ella una correspondencia en la que ella no cesaba de exhortarle a convertirse. Cuando hubo entrado en el Oratorio, se renovó la correspondencia, y en medio de las crueles pruebas que tuvo que atravesar bajo Richelieu y Mazarino, como diremos enseguida, los sabios consejos y los consuelos que le dio le fueron de un alivio poderoso. La muerte de la santa Carmelita le causó una profunda pena10. Ésta es la carta que escribió a la Reverenda Madre Luisa de la Trinidad, priora del convento de las Carmelitas, en respuesta a una carta en que ella le pedía detalles circunstanciales sobre ciertos actos sobrenaturales de la difunta, sobre las cualidades milagrosas de las que la creía dotada:

«Dios sabe, decía el sr de Gondi a la priora, con qué dolor he sabido la mala noticia, que me confirmáis, de la mejor y más querida amiga que yo tuviera en la tierra. Y, si bien yo la creo poderosa en el cielo, no podría pensar en ella sin llorar, aunque quiera por otra parte conformarme a todo que sea del agrado de Dios. Es lo que os diré ahora, dándome tiempo para pensar mejor en lo que deseéis de mí sobre este asunto, lo que es bastante difícil, habiéndose esforzado tanto esta gran servidora de Dios en ocultar sus virtudes y sus gracias extraordinarias con acciones que podían velar la santidad, y particularmente de mí de quien se creía ser observada. No puedo creer que Dios no manifiesta ni exalte ahora su incomparable humildad, y que por sus oraciones no tengáis aumento de gracias y bendiciones en vuestra casa, etc.11«.

El sr de Gondi, antes incluso de entrar en religión, y cuando vivía aún en la mayor despreocupación por las cosas del cielo, estaba tan profundamente convencido de la santidad de la Hermana Margarita, que un día hallándose en peligro durante una tempestad, él la invocó para que viniera en su auxilio. Escapándose de la muerte, como si fuera un milagro, el intrépido marino decía en voz alta que no dudaba de haber sido salvado por su intercesión. La priora insistió para que el sr de Gondi le diera algunas informaciones más precisas sobre este don de los milagros que atribuía a la Hermana Margarita. No atreviéndose a tomar sobre sí el satisfacerla, al menos por escrito, le dirigió la carta siguiente:

«Yo no puedo olvidar el pequeño convento de las Carmelitas, y teniendo prendas demasiado preciosas12 para no recordarlo con toda devoción, el afecto y la obligación que debo. Procuraré siempre dar señales de ello por mis servicios muy humildes, cuando se me presenten las ocasiones. Os suplico que lo creáis y asegurar de mi parte a vuestra santa comunidad, a la que desearía volver a ver una vez más antes de morir para consolarnos todos a la vez por vernos privados de esta bienaventurada Madre, a quien siempre he honrado en la tierra y a quien ahora reverencio en el cielo con más razón de lo que pueda escribir; cosa que podría explicaros mejor de palabra, aunque ella haya tenido siempre cuidado, con una humildad sin igual, a mi parecer, de apartarme de todo lo deslumbrante. Por lo tanto, ahora habrá que esperar con paciencia que Dios tenga a bien manifestar más de lo que pueden decir los hombres. Las personas que han conocido mejor, que eran la Sra. abadesa de Jouarre y mi hermana de Maugnelais están ahora en el cielo con ella, testigos de su gloria, que pienso es muy eminente. Habiéndose consumado su extrema caridad, yo acudo a ella para pedirle su ayuda en todas mis necesidades, en las que tan gran parte tenía ella mientras estaba en este mundo. Os suplico que unáis vuestras oraciones y me creáis, etc.»13.

Estas dos cartas, tan interesantes como características, nis muestran, mejor de lo que se podría decir, hasta qué punto podía llegar la piedad del sr de Gondi, y cómo se abría su alma a estas verdades en lo sobrenatural en las que el alma de su hijo, el cardenal de Retz estaba tan completamente cerrada.

Hacía diez años que el sr de Gondi había perdido a su hermana, la marquesa de Maignelais. Cuatro años antes de su muerte, la santa mujer, ya ciega de improviso, lejos de afligirse por esta desgracia sin igual, le había servido de gozo y había dicho a los suyos sonriendo y que tendría menos distracciones en sus rezos. El único pesar de que había hablado era no poder ir ya a visitar a domicilio a sus pobres vergonzantes14. Y es que no se entregaban a Dios a medias tales almas.

El P. Batterel, en sus Memorias inéditas nos ofrece muy curiosos detalles, desconocidos para la mayor parte, sobre las relaciones del antiguo general de las galeras con los jansenistas. «El P. de Gondi, nos dice, hacía abiertamente profesión de ser un partidario celoso de los discípulos y de la doctrina de San Agustín, sin salir con todo de los términos de su estado. Su tierno apego y su prevención por lo que venía de su hijo, el coadjutor de París, uno de los grandes arbotantes del partido, y que se había puesto de algún modo al frente de ellos15, podían muy bien haber contribuido a ello hasta cierto punto. De esta forma, sin cesar de ser amigo del sr Vicente, fue siempre afecto al sr abate de Saint-Cyran, y fue uno de los que soportaron con más impaciencia su detención en Vincennes». «Instruido como estaba de su piedad y de su mérito, dice Lancelot en la Vida de este abate, tanto por sí mismo como por la estima que de él había visto hacer siempre al cardenal de Bérulle, él dijo en voz alta a todos los que le hablaron de su prisión, que no le reconocería por criminal hasta que le hubiera visto condenar por un concilio general, y aún y todo querría estar bien seguro de que este concilio hubiera sido libre»16.

Las Memorias del P. Batterel encierran sobre esta misma cuestión algunas particularidades interesantes cuya sustancia nos proponemos dar. Cuando en 1650, el sr Singlin, el severo director de las hijas de Port-Royal, predicó en ese monasterio el panegírico de san Agustín, su discurso como lo hemos dicho anteriormente, fue denunciado al arzobispo Juan Francisco de Gondi quien, sobre el informe que se le hizo, prohibió al predicador. El P. de Gondi, a quien se fue el sr Singglin a abrirle su corazón, sorprendido y apenado por la decisión un tanto precipitada de su hermano el arzobispo, aconsejó al sr Singlin escribir al prelado, que se hallaba por entonces en su abadía de Saint-Aubin, cerca de Angers, declarándole que él, «el P. de Gondi, que había estado entre sus oyentes, estaba pronto a rendir un buen testimonio de la sana doctrina y de las excelentes instrucciones que había escuchado». Algunos meses después, el sr Singlin estaba repuesto en su dirección del monasterio.

En una asamblea de los sacerdotes del Oratorio, celebrada en las Vertus, en 1651, se había extendido la noticia de que el P. Bourgoing, general de la Orden, para extirpar de su comunidad los primeros gérmenes del jansenismo, que comenzaban a nacer allí, había resuelto hacer prevalecer únicamente las doctrinas de santo Tomás sobre la gracia, con la exclusión de las de san Agustín. El sr de Gondi, que se hallaba entonces en una de sus tierras de los alrededores de París, avisado por algunos de sus cohermanos, partidarios de Jansenius, se dirigió a toda prisa a las Vertus, y habló con altura contra este proyecto. «Se le hizo observar, dice el P. Batterel, que se tenían demasiado serias obligaciones para con él y con su casa para no querer hacer nada que pudiera desagradarle. Se mantuvo la palabra, y no se determinó nada sobre este artículo de la doctrina. Pero como su carácter de espíritu prudente y moderado tenía un igual distanciamiento» para las medidas extremas y los actos de violencia, se opuso resueltamente «a algunas mentes revoltosas, que no hablaban de nada menos que de deponer al P. Bourgoing en esta asamblea», y no les dejó seguir adelante.

Este es el lugar de hablar de las relaciones de Vicente de Paúl con el abate de Saint-Cyran, que fue el primer apóstol del jansenismo en Francia, y de decir qué opinión se había formado del hombre y de su doctrina. Fue a través del sr de Bérulle por quien había tenido a acceso Vicente al austero y piadoso abate, y lo que está fuera de duda es que profesaba hacia su persona y su moral severa el mismo respeto que le tenían Francisco de Sales y la señora de Chantal. En cuanto a las ideas sombrías y terribles que se había formado Saint-Cyran del dogma cristiano, Vicente, lejos de compartirlas, se le mostró constantemente hostil. Sólo sentía simpatía por el moralista, por el solitario interior, pero repulsión por sus doctrinas sobre el dogma, tan estrechas como lo era su moral. Y hasta sobre el modo de practicar la moral y la vida cristiana, reinaban entre estas dos grandes almas profundas disidencias. Vicente, hombre de una caridad totalmente práctica y continuamente activa, expuso varias veces a Saint-Cyran la pena que experimentaba al verle vivir así solitario e inútil para los demás. A lo que Saint-Cyran le respondió, resumiendo en dos palabras su manera tan diferente de interpretar el cristianismo: «Que no le parecía que servir a Dios en secreto y adorar su verdad y su bondad en el silencio fuera llevar una vida inútil»17.

Vicente, siempre inflexible sobre el capítulo del dogma, estaba lleno de dulzura y de mansedumbre también para aquellos que no compartían sus opiniones; y, a propósito de los protestantes como de los jansenistas, no cesaba de declarar que las vías de rigor, para recuperarlos, eran tan deplorables como inútiles. Desde el momento en que Richelieu mandó encerrar en Vincennes a Saint-Cyran, como a un heresiarca peligroso, Vicente de Paúl se mostró diligente yendo a visitar al sr de Barcos, su sobrino, para testimoniarle todo el dolor que sentía. «No deis lugar a la cólera, le decía, y esperad humildemente la ayuda de Dios». Vicente fue interrogado por el sr Laubardemont, por orden del implacable cardenal, sobre las opiniones religiosas de Saint-Cyran. Atenuando cuanto pudo todo lo que hubiera podido serle reprochado bajo el punto de vista del dogma, hizo valer todo cuanto había en él de méritos y de virtudes. Richelieu quiso interrogar en persona a Vicente de Paúl, y éste le dijo lo mismo que a Laubardemont. El cardenal lo dejó muy descontento, rascándose la oreja; y, durante varios años, dejó inacabada la construcción que había comenzado a mandar hacer en Richelieu para los sacerdotes de la Misión.y no es que Vicente mostrara debilidad por las doctrinas religiosas del prisionero. Lejos de eso, creyó deber, antes de ser detenido, dirigirle varios avisos muy firmes sobre este punto, lo que se ve, por varias respuestas acerbas de Saint-Cyran que ésta había llevado muy a mal sus consejos, lo que había supuesto cierta frialdad entre ellos. Cuando Saint-Cyran estuvo a punto de sufrir su primer interrogatorio, Vicente le hizo llegar el sabio y prudente consejo «de no contentarse con responder de viva voz y con dejar dictar sus respuestas por el comisario, sino dictarlas él mismo por temor de que se cambiaran sus términos y se oscureciera lo que podía servir para su justificación»18. Cuando, tras la muerte de Richelieu, Luis XIII hubo aportado alguna suavidad a la rigurosa detención de Saint-Cyran, a la espera de que se le devolviera a la libertad, se permitió a Vicente de Paúl ir a visitarle a Vincennes y llevarle algún consuelo, no tuvo menos prisas en visitarle, algunos meses después, para felicitarle por su liberación; y cuando el piadoso abate murió pasado algún tiempo, Vicente quiso rendirle un último homenaje asistiendo a sus funerales. Por fin, en su calidad de miembro del consejo de conciencia, obtuvo para el sr de Barcos, sobrino del difunto, la abadía de Saint-Cyran, vacante por la muerte del tío.

Tal fue la noble conducta de Vicente de Paúl con respecto al ilustre solitario, cuya moral admiraba mientras condenaba sus opiniones dogmáticas.. no hay que confundirse, en efecto, sobre los sentimientos de Vicente en cuanto se refiere a los principios esenciales de la moral. Nadie fue ni se mostró más hostil a la licencia de ciertos casuistas, y nosotros tenemos en este punto el irrefragable testimonio de Abelly mismo: «No podía, dice, aprobar la moral relajada, como ha dado pruebas de ello abiertamente en diversas ocasiones, recomendando siempre a los suyos, estar unidos fuertemente a la moral verdaderamente cristiana que se enseña en el Evangelio y en los escritos de los santos Padres y Doctores, alabando sobre todo a los prelados y a la Sorbona que han condenado esta relajación»19.

Pocos años después de la muerte de Vicente de Paúl, se entabló una polémica de las más vivas entre Abelly, a propósito de la vida de Vicente en la que él había prestado su nombre, y el sr de Barcos, el sobrino de Saint-Cyran. Abelly, en su libro bien concienzudo, escrito en San Lázaro, según todos los documentos originales que se encontraban entonces, había sostenido con razón y pruebas en mano, que Vicente se había mostrado siempre adversario de las doctrinas jansenistas, y que no había podido por consiguiente aprobar la de Saint-Cyran. El sr de Barcos sostuvo lo contrario con una aspereza sin igual y sin apoyarse en ninguna prueba de algún valor20. Abelly le respondió victoriosamente, oponiéndole los actos oficiales y la correspondencia misma de Vicente de Paúl. Explica de la misma manera que lo hemos hecho nosotros ya, las relaciones del superior de San Lázaro con Duvergier de Hauranne. En cuanto a la cuestión del jansenismo, su escrito no puede dejar ninguna duda en la mente del lector. Abelly cita enteras varias cartas de Vicente contra esta doctrina, entre otras una carta circular que fue encargado de dirigir, en su calidad de miembro del consejo de conciencia, a varios obispos disidentes, a fin de comprometerlos a reunirse con sus cohermanos para condenar con ellos los errores de Jansenius y de sus discípulos21. Esta importante carta circular resuelve con gran fuerza y gran habilidad todas las objeciones que podrían presentar los obispos recalcitrantes, y nos descubre en Vicente un verdadero talento de polemista22. Más tarde, fue Vicente quien urgió el envío a Roma de los diputados de la Sorbona, para pedir a Inocencio X la condena de las cinco proposiciones extraídas del Augustinus; y cuando el Papa hubo publicado contra ellas su célebre bula (1653), Vicente se movió de forma increíble para hacerla aceptar por todo el clero de Francia e incluso en Port-Royal, adonde se dirigió en persona. «Y se concibe muy bien, dice Saint-Beuve, que no hable de Vicente más que con un respeto lleno de emoción en su hermoso libro de Port-Royal, se concibe muy bien en el fondo que estas doctrinas agustinianas de Jansenius y del libro de la Frecuente Comunión no le fueran; chocaban de plano y consternaban su catolicismo bien accesible y clemente por otro lado (que el de Duvergier de Hauranne). Pudo decir, en efecto, un día, refiriéndose al pasado, a un sacerdote de su congregación a quien quería preservar del jansenismo: -Sabed, señor, que este nuevo error del jansenismo es uno de los más peligrosos que hayan perturbado jamás a la Iglesia; y yo me siento muy particularmente obligado a bendecir a Dios y darle gracias porque no ha permitido que los primeros y más importantes de entre los que profesan esta doctrina, que yo conocí de cerca, y que eran mis amigos, hayan podido persuadirme de sus sentimientos. No podría expresar la pena que les ha dado y las razones que me han propuesto para ello: pero yo les oponía, entre otras cosas, la autoridad del concilio de Trento, que les es manifiestamente contrario, y viendo que continuaban siempre, en lugar de responderles, yo recitaba por lo bajo mi Credo, y así es cómo he permanecido firme en la creencia católica»23.

Como Vicente de Paúl condenaba con tanta severidad las estrechas doctrinas de los jansenistas sobre el dogma de la Redención como la moral demasiado relajada de ciertos casuistas, unos y otros, por represalias, le han presentado más de una vez como a un hombre simple y poco versado en las materias teológicas. Pero esa es una acusación absolutamente carente de fundamento, ya que si Vicente no afinaba sobre estas cuestiones, nadie las enfocaba, ni las discutía y resolvía, en todos los puntos esenciales, con más justeza, penetración y en su verdadero sentido ortodoxo.

Cuando se reflexiona en la condición particular en la que se encontraba Vicente con respecto a los Gondi, que favorecían más o menos, unos en su calidad de obispos, otros como gente de mundo, las nuevas doctrinas de los jansenistas, no so podría admirar demasiado la fuerza de alma que le hizo inaccesible a su influencia y sobre todo a la del general de las galeras, que para él debía ser todopoderosa.

Pero volvamos sobre nuestros pasos para entrar en el oratorio, donde hemos dejado al P. de Gondi. Era una tradición constante entre los Oratorianos, hasta finales del siglo pasado, que el sr de Bérulle la había predicho que tendría que atravesar las más crueles pruebas.

«No había entonces ninguna señal de la predicción, dice el P. Batterel. Sin embargo el acontecimiento la justificó bien pronto. Dios, que quería purificarle para hacer de él un santo, le suscitó diversos adversarios. El primero fue el cardenal de Richelieu, que no podía tolerar a la casa de Gondi y se propuso, con el más alto fervor, humillarle en toda ocasión, tal vez a causa de su adhesión inviolable a la Reina de quien tenían el honor de ser parientes, ya que una hija de Elena de Gondi fue madre de Cosme de Mádicis, primer duque de Toscana y abuelo de la infortunada María de Médicis24«.La verdad es que Richelieu no tenía razón del todo en estar en guardia contra estos Italianos. Después de la muerte del conde de Soisssons, como ya hemos dicho, tuvo quizás la prueba de la complicidad de los dos hijos del general de las galeras en el complot urdido por este príncipe contra su vida.

En una época anterior, no le habían faltado razones para quejarse de los manejos secretos dirigidos contra su poder por la hermana menor de la señora de Gondi, por esta señora del Fargis, tan conocida por sus locas aventuras. Por su nombre de hija, se llamaba Madeleine de Silly de la Rochepot. «Su padre, Antoine de Silly, llamado Tallemant des Réaux, habiéndose casado en segundas nupcias con la marquesa de Boisy, madre del marqués de Boisy (padre del duque de Boannez), tuvo más de una galantería con aquel joven, que estaba en el mismo alojamiento que ella. Aquello causó muchas habladurías: se vieron forzados a colocarla en casa de la señora de Saint-Paul, de la casa de Caumont, donde no se portó mejor». Nuevas intrigas que tuvo, en Amiens, con el señor de Créqui y el conde de Cramail, fueron de tal escándalo que la señora de Saint-Paul no quiso tenerla por más tiempo «y el general de las galeras se vio obligado a retirarla». «Se pensará tal vez, añade Tallemant, que era una persona muy hermosa: no, estaba marcada de pequeñas viruelas; pero era muy agradable, viva, llena de gracia y la persona más galante del mundo. Se aburrió pronto con su hermana, quien era una devota, y como estaban en Montmirail, en Champaña,, un buen día se fue al Charme», priorato de señoras dependiente de Fontevrault. De allí se buscó un refugio en las Carmelitas del arrabal Saint-Jacques, y llegó a conocer al sr de Bérulle, y como «tenía el espíritu muy despierto», como digna tía del cardenal de Retz que era25«, desempeñó tan bien el papel de devota, que las Hermanas la tuvieron por una santa: la señora de Rambouillet se equivocó como las demás. Durante tres años, Madeleine de Silly tuvo la precaución de no hacer ningún voto, poniendo siempre por pretexto que no se hallaba en suficiente buen estado. Al cabo de este tiempo, su padre muere, dejándole y a su hermana también, la señora de Gondi, una inmensa fortuna, y ella inmediatamente a dejar el convento, pretendiendo que su salud no le permitía ya seguir la regla. «El señor del Fargis d’Angennes, primo hermano del marqués de Rambouillet, hombre de corazón, de espíritu y de saber, pero de una extraña ligereza, se casa con ella26«. Es nombrado embajador en España, ella le sigue. Poco después es reemplazado por su primo, el sr de Rambouillet, y ella se vuelve a Francia. El cardenal de Bérulle y los Marillac hablan de ella a Richelieu quien, «por su buena reputación», la hace dama de galas de la Reina. La señora del Fargis se insinuó con mucha habilidad en los favores de la señora d’Aiguillon, la sobrina querida del cardenal y, lo que es mejor, en los de las dos Reinas por entonces enemigas mortales una de otra. Se ganó tan bien su confianza, que consiguió reconciliarlas27. Richelieu, cuya política era reinar por la división de las dos princesas, hizo un crimen capital a la señora del Fargis con este arreglo. Dijo en su Diario que el presidente del Bailleul la sorprendió sola en su cámara con Beringhen, primer escudero de la cuadra menor, y que era con él de la camarilla de Vautier, médico de la Reina madre, a quien acusaba de tratar una reconciliación entre ella y el Rey. «Su mayor crimen, dice Tallemant, fue que el cardenal creyó que él le había servido mal ante la Reina (Ana de Austria) en su amorcillo, y cuando la echó, publicó cartas, que están impresas, de ella al conde de Cramail. Hay más intrigas que amores en estas cartas, pero hay por el contrario honradamente, como amad a quien os adora; y tenían fecha, al menos una, del día de Pentecostés. La señora de Rambouillet ha visto los originales. Finalmente, cuando estuvo fuera de Francia, el cardenal le mandó cortar el cuello en efigie28«. El sr del Fargis pertenecía del Señor, y le siguió29«. «El cardenal de Retz, por su parte, dijo en sus Memorias que su tía, la señora del Fargis, llevó a la Reina madre, María de Médicis, una carta de amor que él (el cardenal de Richelieu) había escrito a la Reina su nuera». Añade más adelante que el sr del Fargis fue ingresado en la Bastille30.

A pesar de que el P. de Gondi, únicamente ocupado en rogar a Dios en el Oratorio, no se mezclara en absoluto en nada de las intrigas de sus hijos y de su cuñada, no estuvo al abrigo de los resentimientos del cardenal. Estas son algunas de la particularidades nuevas sobre los malos tratos que Richelieu le hizo pasar, como a su hijo mayor, Pedro, duque de Retz, y que nos son revelados en dos cartas inéditas, dirigidas al cardenal, una por el P. de Gondi, la otra por el sr de Bérulle.

La asamblea del clero, que Luis XIII había transferido, en 1628, de Poitiers a Fontenay, se había negado por largo tiempo a otorgarle un subsidio tan fuerte como se lo pedía por el sitio de la Rochelle, espíritus malévolos imputaron estas dificultades al cardenal de Bérulle y al P. de Gondi, que estaban sin embargo bien lejos de Fontenay, e insinuaron «que inoculaban el veneno a la asamblea31«, aquél por el arzobispo de Lyon, éste por el arzobispo de Sens, Octave de Bellegarde, presidente de esta asamblea. Como era totalmente falso que uno y otro se hubieran mezclado de ninguna forma en lo que allí se trataba, el P. de Gondi, por su parte, dirigió la carta siguiente al cardenal de Richelieu:

«Monseñor, ha sido del agrado de Mons el cardenal de Bérulle hacerme saber los malos oficios que os han hecho escuchar contra mí, con motivo de la asamblea del clero, de los que me he quedado tan asombrado, visto que soy inocente, , que no puedo soportar sino muy duramente verme acusado de cosas muy contrarias al servicio del Rey, a mi profesión, al respeto y al afecto que yo os debo, no habiendo entrado, desde el retiro que Dios me ha hecho hacer, en ninguna conferencia, ni de palabras, ni por escrito, de los asuntos del mundo. Suplicándoos muy humildemente, Monseñor, que me otorguéis la gracia de querer aclarar hasta el final la verdad de esta calumnia; y luego, que tengáis a bien hacerme el honor de justificarme ante Su Majestad. Me quedo pensando y rogando por la prosperidad de sus asuntos y por vos, Moneñor, según las obligaciones muy particulares que en ello tengo, ruego a Dios que os conserve para el bien de la religión y del Estado. Es el deseo, Monseñor, de vuestro muy humilde y obediente servidor.

«De Gondi,

«Del Oratorio de Jesús.

«París, este 12 de abril de 162832«.

Richelieu, con razón o sin ella, no estaba menos prevenido, por esa época, contra el duque de Retz, hijo mayor del P. de Gondi, a quien acusaba de negligencia en el ejercicio de su cargo de general de las galeras. Y sigue una carta inédita que escribía al sr cardenal de Bérulle, para justificarle:

«Monseñor, decía él al ministro, no he podido negar al P. de Gondi el testimonio de una verdad que ha deseado de mí para con vos. Le han informado que estabais airado contra su hijo por la duración de su permanencia en París, y que vos lo imputabais a defecto de voluntad de servir. Es cierto, Monseñor, que ha hecho muy grandes y asiduas solicitudes para recibir sus asignaciones, y lo sé por haber tenido un poco de parte en esta importunidad. Se le concedieron muy tarde, y partió al punto para preparar el armamento de las galeras, dejando aquí a sus gentes prosiguiendo ciertas formalidades necesarias al viaje del Poniente33. Esta verdad me ha sido muy asegurada, y ha querido que os la aclare. Es padre , y tiene sentimiento para todo lo que concierne a sus hijos. Teme también que se les atribuya esta mala voluntad que se atribuye a su hijo, y eso además de las calumnias y sospechas que se han hecho ya con respecto a la última asamblea del clero, en lo que nunca había pensado.. teme asimismo que los autores de esta calumnia no hayan imbuido el espíritu del Rey con esta falsedad, y quería ir a veros para justificarse a sí mismo y a su hijo; pero le he rogado que lo deje por ahora y que envíe tan sólo a alguno de los suyos en su lugar, para disipar esta mala impresión que han querido dar de él al Rey y a vos34«.

«Destruida esta prevención, añade el P. Batterel en sus Memorias inéditas, la aversión (del cardenal de Richelieu) formó tantas más35, que en 1635 (el sr de Gondi), este tierno padre tuvo el dolor de ver despojar a su hijo (el duque de Retz) de su cargo de general de las galeras, sin indemnización ni recompensa de ningún otro empleo, obligado como fue por el cardenal a deshacerse de él en favor del marqués del Pont de Courlay, sobrino de su Eminencia. El P. de Gondi deseaba todavía con pasión ver a su hijo menor, Juan Francisco Pablo de Gondi, convertirse en coadjutor de París, y al sobrino, que tenía todos los talentos naturales y adquiridos para esta eminente prelatura, suceder a un tío enfermo. Él no lo pudo lograr nunca en vida del cardenal de Richelieu36. Yo no sé si el despecho al verse tan maltratado en la persona de lo que más quería en el mundo no le hizo explicarse de una manera menos mesurada, ante esta Eminencia pero es verdad que éste le hizo exiliar a Lyon, y él estaba en nuestra casa de Lyon37«. Se vio obligado a pasar un año allí y algunos meses, desde principios de 1641 hasta 1642.

Tal era el terror que inspiraba Richelieu, que el último representante de la rama de los Gondi, Enrique, duque de Retz, temiendo no hallarse él mismo al abrigo del rayo, por apartado que se mantuviera, escribió al cardenal esta carta , hasta hoy inédita, y en la que su espanto se revela en cada línea:

«Monseñor,

«Habiendo conocido en estos momentos que el P. de Gondi, mi tío, ha recibido mandato de Su Majestad de salir de París para ir a Lyon y no moverse hasta nueva orden, me atrevo a esperar Monseñor, que vos, que os habéis dignado hacerme el honor de proteger mi afecto fiel y entera obediencia a todas las voluntades de Su Majestad, os dignaréis tener esta bondad conmigo, que soy absolutamente vuestro, garantizarme del contra golpe que podría recibir de la mala satisfacción que Su Majestad tiene de él, y que Vuestra Eminencia, en su crédito, me tendrá el honor de creerme absolutamente a su disposición, sin poder, por cualquier compromiso que pueda ser, ser apartado ni retenido de hacerle todos los más obedientes servicios que Ella se digne mandarme cumplir, protestando ante Ella que no puede jamás hacer este honor a nadie que lo reciba con tanta alegría, ni que, tan prontamente, ejecute sus mandatos; lo que haré toda mi vida para haceros saber, Monseñor, que con razón os suplico muy humildemente a Vuestra Eminencia que me crea absoluta y sinceramente,

«Monseñor,

«Vuestro muy humilde, muy obediente y muy fiel servidor. Retz.

«De Belle-Îsle, este 8º de febrero de 164138«.

El P. de Gondi no fue llamado de su destierro sino «a instancias de la marquesa de Aiguillon, la sobrina querida del cardenal que quería complacer a la marquesa de Maignelais su amiga». «Doy por garantizado, añade el P. Batterel, una carta del P. de Gondi, del 30 de abril de 1642, al sr de Chavigni39, el sr ministro para agradecerle por el permiso que le había dado de regresar a París, y otra de la duquesa al mismo señor para rogarle con insistencia que acelerase lo más que pudiera su regreso».

Muerto Richelieu, el P. de Gondi tuvo todavía más de qué quejarse de Mazarino, después de la Fronda. El ministro, más poderoso que nunca por la caída de sus enemigos, le hizo pagar cruel e injustamente con un largo exilio, según veremos después, todas las intrigas y las conspiraciones de las que su hijo el cardenal de Retz se había declarado el único culpable.

No dejemos el reino de Luis XIII sin recordar al lector que este príncipe, lleno de admiración por Vicente de Paúl, quiso que fuera del pequeño número de los que debieron asistirle en sus últimos momentos y prepararle a la muerte. Vicente no dejó al Rey hasta su último suspiro. Por un instante, Luis XIII tuvo una luz de esperanza de volver a la vida: «¡Oh! señor Vicente, dijo volviendo hacia él la cabeza, si Dios me devuelve la salud, no nombraré a nadie para el obispado que no haya pasado tres años con vos40«.

  1. Le cardinal de Bérulle et Richelieu.
  2. «Io me rallegro con lei del nuovo acquisito del generale delle galere. Gran trionfo puo essere per la congregazione». (5 de marzo de 1627. – Arch. Nat., ms. 216, fajo G, nº 40, autógrafo).
  3. E. Cloiseault, Recueil des vies de quelques prêtres de l’Oratoire, manuscrito in-4º, perteneciente a la Biblioteca de los Padres del Oratorio, t. Iº.
  4. Manuscritos de Cloiseault y del P. Betterel.
  5. Ibid.
  6. Memorias manusctitas del P. Batterel.
  7. Mémoires msnuscrites del P. Batterel, e Histoire généalogique de la maison de Gondi, por Corbinelli.
  8. Ella dio estas sesenta y seis mil libras para la construcción del Oratorio, cuando estos Padres transfirieron el monasterio de la calle Saint-Jacques a la vecindad de Louvre. (Gallia christiana, t. VII, p. 171).
  9. Ella era hija de Pierre Acarie, vizconde de Villemor, señor de Montberrault, consejero y maestro ordinario de la cámara de las cuentas de París, y de la señorita Barde Aurillot, hija de Nicolás Autillot, señor de Champlâtreux, igualmente consejero, y maestro ordinario de la misma cámara de las cuentas. Murió a la edad de setenta años.
  10. Ella murió el 18 de mayo de 1660.
  11. Carta del 2 de junio de 1660.
  12. Hemos visto anteriormente que la sra de Gondi había sido enterrada en la capilla de las Carmelitas de la calle Chapon. Es sin duda esta circunstancia a la que alude el P. de Gondi.
  13. Carta del 8 de agosto de 1660. Estas dos cartas figuran, con las otras cartas del sr de Gondi, en la Vie de la Mère Marguerite Acarie, etc.
  14. Ella murió en 1650. Esto es lo que dice de la marquesa La Barde uno de los historiadores de la minoría de Luis XIV: «…In viduitate reliquam exegit vitam, sibi minimam ex amplissimis proediorum aliorumque bonorum fructibus annuis summam retinuit, reliqua miseris atque egentibus distribuit…» –En la viudez corta fue su vida, guardose para sí pequeñísima parte de los abundantes frutos de las tierras y de otros bienes, lo demás se lo distribuyó a los pobres y necesitados…» (Labardei, De rebus Gallicis historiarum libri decem, ab anno 1643, ad annum 1652, in-4º, Parisiis, 1671).
  15. Véase nuestra Memoria: Le cardinal de Retz et les Jansénistes, en el Port-Royal de Saint-Beuve, 3ª educ., in-18, t. V, p. 525 a 605, París, Hachette, 1867.
  16. En apoyo de estas palabras, el P. Battarel(?) cita el testimonio del canónigo Hermant, autor de una Histoire manuscrite du jansénisme, primera parte, t. V, c. III.
  17. Mémoires touchant la vie de M. de Saint-Cyran, por M. Lancelot, t. II, p. 94, nota 1.
  18. Lancelot.
  19. Abelly, lib. II, cp. XII.
  20. Defensa del difunto sr vicente de Paúl, fundador y primer superior general de la Misión, contra los falsos discursos del Libro de su vida publicado por el sr Abelly, antiguo obispo de Rodez, y las imposturas del sr de los Maretsque él hace en su libro de la Herejía imaginaria, impreso en Lieja, y algunas otras piezas muy curiosas del sr de Saint-Cyran. Otra eic in-4º, anterior a esta fecha.
  21. Febrero de 1651.
  22. La verdadera defensa de los sentimientos del venerable servidor de Dios, Vicente de Paúl, etc., respecto de algunas opiniones del difunto sr abate de Saint-Cyran, contra los discursos injuriosos de un libelo intitulado: Défense de feu M. Vincent de Paul, etc., por M. Luis Abelly, antiguo obispo de Rodez. In-4º de 35 páginas. París, 1668.
  23. Saint-<beuve, Port-Royal, t. I, p. 508 t ss. Se podrá consultar también con fruto, sobre las relaciones de Vicente con Saint-Cyran y sus amigos, la destacada Mémoire sur les jansénistes et les Jésuites, por el P. de Montézos, en esta misma obra de Port-Royal, t. I, p. 521 y ss.
  24. Mémoires inédits du P. Batterel. Él mismo toma estos detalles, en su mayor parte desconocidos hasta hoy, de la Histoire manuscrite du jansénisme, por Hermant, (t.) I. VII, cap. XXXVIII.
  25. Según Tallemant des Riéux, la señora de Rambouillet decía que: «la señor del Fargis debía ser la madre del cardenal de Retz». Moralmente se le parecía más en efecto que a la verdadera madre.
  26. Tallemant des Réaix.
  27. Mémoires de la Porte, colección Petitot, t. LIX, p. 311. Mémoires de Brienne, misma colección, t. XXXVI, p. 3. Brienne añade que aconsejó a la Reina cerrar los ojos sobre la pasión aparente del Rey por la señora de Hautefort.
  28. Richelieu entregó a la señora de Fargis a una corte de justicia establecida en el Arsenal, que la condenó a muerte (1631). Ella había logrado escapar antes de la sentencia, pero Richelieu le hizo cortar la cabeza en efigie en el cruce Saint-Paul. Se había refugiado en Commercy; pero no creyéndose en seguridad, se retiró a Bélgica y murió en Lovaina en septiembre de 1636.
  29. Richelieu dice en sus Memorias, colección Petitot, t. XXVI, p. 515: «La señora del Fargis (fue) condenada a llevar la cabeza truncada en el patíbulo, si pudiera ser arrestada, sino en efigie, por haber escrito cartas contra y en perjuicio de la persona del Rey y el reposo de su Estado».
  30. «Du Fargis fue llevado a la Bastille el mismo día que el duque de Puylaurens, y Coudray-Montpensier, el 14 de febrero de 1635. (Véase Mémoires de Bassompierre y el Mercure français, t. XX, p. 660).
  31. Mémoires manuscrits du P. Batterel.
  32. Mémoires du P. Batterel. Había encontrado esta carta inédita en los manuscritos del Louvre. Lettres des particuliers, año de 1628.
  33. Término de geografía que, todavía en el siglo diecisiete, signofocaba occidente; pero, dice Richêlet en la primera edición de su Dictionnaire français, 1680, esta palabra «no se dice por los que escriben bien; se dice occidente».
  34. 2 de junio de 1628. El P. Batterel ha tomado esta carta de los manuscritos del Louvre, en la colección intitulada: Lettres des ministres, año de 1628.
  35. El P. Anselme, Histoire généalogique des grands officiers de la couronne, y Mémoires de Montrésor.
  36. Relacionar las Mémoires du cardinal de Retz con las del P. Batterel, que Retz confirma plenamente, en cuanto se refiere a la resistencia de Richelieu a darle la coadjutoría de París.
  37. «Pasa recibo del 23 de mayo (1541), al superior de Saint-Magloire, de la suma de $, 097 libras, recibida del dicho superior en liquidación de parecida que había pasado por esta casa. Al menos desde el mes de mayo de 1641, figura en el libro de visitas de esta casa, en la del 23 de septiembre de 1641 y en la del 16 de marzo de 1642». (Memorias manuscritas del P. Batterel).
  38. Carta autógrafa firmada. Debemos comunicación de esta carta al sr Eugéne Chararay, experto en autógrafos.
  39. El P. Batterel había encontrado esta carta entre los papeles de la familia Le Bouthillier. Léon de Bouthillier, conde de Chavigni y de Busançois, hijo de Claude Le Bouthillier y de Marie de Bragelongne, nacido en 1608, consejero en el Parlamento en 1627, luego consejero de Estado en 1632. Luis XIII, por si testamento, le nombró ministro de estado y miembro del consejo de regencia. Murió el 11 de octubre de 1632. Se había casado con Anne Phelipeaux de Villesavin.
  40. se puede leer un emocionante relato de los últimos coloquios del Rey con Vicente, en una carta de éste sobre la muerte de este príncipe, en el abate Maynard, t. III, p. 386-387.

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