San Vicente de Paúl y las Cofradías de Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Fuente: En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy, Vol. 1.
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I.- Introducción

Chatillon: Primera Cofradía de la Caridad: 1617

Chatillon: Primera Cofradía de la Caridad: 1617

En veinte años de reinado, el rey Enrique había devuelto a Francia la paz y las ganas de vivir: las ruinas materiales habían desaparecido, el programa del «pollo los domingos» estaba en plan de llevarse a cabo. En cuanto a las ruinas morales o espi­rituales, nuestro rey galante las había encomendado a otros, y particularmente a otro gascón.

Por enero de 1617, la confesión en Gannes de un campesino moribundo que pro­clama públicamente su alegría, y el éxito fulminante del sermón de Folleville, revelan a san Vicente la miseria moral de las poblaciones rurales. Este primer sermón es segui­do de una serie de otros por las tierras de los Gondi, con resultados comparables.

Mas otro acontecimiento, en el curso de ese mismo ario, va a iluminarle a san Vicente el camino del futuro. Acepta un curato en el interior de la región de Dombes y el cargo de lo que no es más que un fantasma de parroquia. En el plano espiritual, trata de poner cuanto antes las cosas en orden, pero es entonces cuando descubre las dimensiones de otro aspecto de la miseria, en la persona de quienes la enfermedad o la desgracia ha dejado abrumados. Hasta entonces había visitado a unos enfermos y ayudado a unos pobres, mas su acción no había sobrepasado la simple gestión indi­vidual. Le señalan a una familia entera enferma; habla sobre ella desde el púlpito con todo su corazón. Ante aquella llamada hecha desde el púlpito, una multitud de perso­nas va en piadosa anarquía a llevar socorros a los desgraciados, cuya miseria ha des­crito. Esta procesión de buenas voluntades es para él una revelación: la caridad, para que sea un fuego que dure, debe estar organizada.

Con un grupo de mujeres de Chátillon, san Vicente organiza la primera Cofradía de la Caridad. El acta de fundación escrita de su mano lleva la firma de su genio de organizador, todo está allí:

  • el aspecto social: se constituye en asociación oficial un grupo para hacer el inventario de las miserias de la parroquia y para poner el remedio correspondiente.
  • el aspecto técnico: la estructura queda descrita y su funcionamiento previsto.
  • el aspecto místico: la iniciativa se coloca bajo el patrocinio de la Madre de Dios, de san Martín y de san Andrés, y, finalmente, las personas que se comprometan a ello reconocerán el día del juicio en su soberano Juez, a quien ellas han asistido en la persona de los pobres.

En los hechos y en el desarrollo de sus consecuencias, san Vicente descubre que la caridad, amor efectivo del prójimo en los planos material y espiritual, dimensión esencial de la Iglesia, no podría reducirse a un asunto individual. Es una empresa de la Iglesia y los que acepten encargarse de ella deberán constituirse en célula de Iglesia.

Tal como san Vicente intenta organizarla, el amor del prójimo no se reduce a una inofensiva distracción que decora la ociosidad de las señoras de la buena scciedad: no es simplemente una obra de piedad entre otras; está en lo más íntimo del corazón de la enseñanza de Jesucristo, en lo más íntimo del corazón de la Iglesia.

La fundación en Châtillon de la primera «Caridad» será seguida de una multitud de otras, que cubrieron rápidamente la cristiandad con una red tupida hasta el punto de transformar la faz de la Iglesia y la atmósfera de la sociedad.

Poniendo a las grandes damas al servicio de los más humildes, san Vicente ha trastocado las jerarquías establecidas. Les pide que se hagan siervas de los pobres, que se vistan la librea de ellos y tengan sus ademanes, con la seguridad de que hallarán más adelante a esos amos bajo los rasgos del Juez que las acogerá el último día. Un siglo y medio antes de que se publicara la ley, condujo a sus contemporáneos a un movimiento de igualdad y de fraternidad que transformó en la sociedad los espíritus y los corazones. La Revolución proclamará esos principios muy alto y muy fuerte, pero no tendrá tiempo para aplicarlos y la sociedad llegará a estar más desigual que nunca.

La caridad que, ayer como hoy, anima los grupos promovidos por san Vicente no puede ser reducida a una mera relación de asistencia, por muy bien organizada que esté. No se trataba y no se trata solamente de reparar los fallos de la organización de la sociedad: la caridad sólo sería, en tal caso, una empresa de recuperación y la buena conciencia del orden establecido. Sería como el servicio de ambulancia que sigue al ejército para recoger los heridos. Pues bien, sin menospreciar esa función, se trata de mucho más que de eso, se trata de cambiar hasta el reglamento de la marcha y la trabazón de las jerarquías, para que los débiles y los pequeños no sean ya oprimidos, sino respetados, y se les dé su oportunidad.

Las familias vicencianas: grupos de laicos, Hijas de la Caridad, Sacerdotes de la Misión, tienen una misma finalidad en unas condiciones y según unos medios diferentes. Se trata de anunciar a los pobres la Buena Noticia y de empezar a realizarla por ellos y con ellos desde ahora.

Las Bienaventuranzas, y singularmente la primera, se refieren al Reino de los cielos, nadie lo duda, pero reducirlas a su utilidad extra terrestre es contentarse con canturrear una nana a la cabecera de la miseria humana. Quizá sean una utopía, pero una utopía movilizadora que debe tener un comienzo de realización. Tal como lo quería san Vicente, y como lo hizo, es ahora mismo cuando tenemos que poner los cimientos de una sociedad nueva sin esperar a los horizontes apocalípticos de la Jerusalén celestial.

Es ahora cuando los herederos de san Vicente deben consagrarse a cambiar su vida de todos los días, a vivir para ellos mismos y con sus hermanos, siguiendo otra jerarquía de valores, la de las Bienaventuranzas, a transformar las relaciones humanas dominadas por unas relaciones de fuerza, a comprometerse en las estructuras económicas, sociales o políticas para modificar la sociedad. Que sus esfuerzos puedan contribuir a instaurar unas relaciones nuevas entre los hombres, una especie de «convivialidad» en frase de Iván Illich, es decir, una manera sencilla y fraternal de vivir juntos.

II.- San Vicente y las Cofradías

La experiencia de Chátillon, san Vicente lo afirma en diversas circunstancias, es el origen de las Cofradías, de las Damas de la Caridad y de las Hijas de la Caridad. Así que es uno de los más grandes acontecimientos de su vida.

San Vicente es, desde hacía tres semanas, párroco de la pequeña parroquia de Chá­tillon-les-Dombes «no lejos de Lyon». Después de la experiencia de Gannes-Follevi­lle (25 de enero de 1617) y de algunas misiones, que le siguieron, indudablemente debió reflexionar mucho sobre los diecisiete años de sacerdocio pasados, en su mayor parte, en el entorno de los grandes y de los ricos, que no al servicio de los pobres. Y mira por donde, brutalmente, decide abandonar su situación de preceptor en la gran familia de los Gondi para consagrarse, en Chátillon, a la salvación de la «pobre gente del campo». Nuevamente es el Señor quien le espera.

1.- El acontecimiento

San Vicente lo refiere en dos pasajes. El 13 de febrero de 1646, al exhortar a las Hijas de la Caridad sobre el servicio de los pobres, refiere:

«Sabed, pues, que estando cerca de Lyon en una pequeña ciudad en donde la Providencia me había llevado para ser párroco, un domingo, como me estuviese preparando para cele­brar la santa misa, vinieron a decirme que en una casa separada de las demás, a un cuarto de hora de allí, estaba todo el mundo enfermo, sin que quedase ni una sola persona para asistir a las otras, y todas en una necesidad que es imposible expresar. Esto me tocó sensi­blemente el corazón; no dejé de decirlo en el sermón con gran sentimiento, y Dios, tocan­do el corazón de los que me escuchaban, hizo que se sintieran todos movidos de compa­sión por aquellos pobres afligidos.

Después de comer se celebró una reunión en casa de una buena señorita de la ciudad, para ver qué socorros se les podría dar, y cada uno se mostró dispuesto a ir a verlos, consolar­los con sus palabras y ayudarles en lo que pudieran. Después de vísperas, tomé a un hom­bre honrado, vecino de aquella ciudad, y fuimos juntos hasta allá. Nos encontramos por el camino con algunas mujeres que iban por delante de nosotros, y, un poco más adelante, con otras que volvían. Y como era en verano y durante los grandes calores, aquellas buenas mujeres se sentaban al lado del camino para descansar y refrescarse. Finalmente, Hijas mías, había tantas, que se podría haber dicho que se trataba de una procesión.

Apenas llegué, visité a los enfermos y fui a buscar el Santísimo Sacramento para los que estaban graves, no a la parroquia del lugar, porque no había ninguna, sino que dependía de un cabildo del que yo era prior. Así pues, después de haberlos confesado y dado la comu­nión, hubo que pensar en la manera de atender a sus necesidades. Les propuse a todas aquellas buenas personas, a las que la caridad había animado a acudir allá, que se pusiesen de acuerdo, cada una un día determinado, para hacerles la comida, no solamente a aquéllos, sino a todos los que viniesen luego; fue aquél el primer lugar en donde se estableció la Caridad» (IX, 232-233).

En otro texto (22 de enero de 1645) san Vicente señala bien las diferentes etapas de la experiencia (IX, 202).

«Vinieron a decirme»

La iniciativa fue pues de los laicos. Todo partió de la persona que, antes de misa, le advierte a san Vicente:

«Yo era cura, aunque indigno, en una pequeña parroquia. Vinieron a decirme que había un pobre enfermo y muy mal atendido en una pobre casa de campo, y esto cuando estaba a punto de tener que ir a predican» (IX, 202).

«Lo recomendé con mucho interés»

Podemos destacar aquí la calidad de escucha de san Vicente y su extraordinario don de persuasión. Como en Folleville, es un sermón el que suscita el impulso:

«Me hablaron de su enfermedad y de su pobreza, de tal forma que, lleno de gran compasión, lo recomendé con tanto interés y con tal sentimiento que todas las señoras se vieron impresionadas. Salieron de la ciudad más de cincuenta; y yo hice como los demás; lo visité y lo encontré en tal estado que creí conveniente confesarlo:»

«Y cuando llevaba el santísimo Sacramento, encontré algunos grupos de mujeres y Dios me dio este pensamiento: «¿No se podría intentar reunir a estas buenas señoras y exhortarles a entregarse a Dios, para servir a los pobres enfermos?». A continuación, les indiqué que se podrían socorrer estas grandes necesidades con mucha facilidad. Inmediatamente se decidieron a ello. Luego se estableció en París esta Caridad, para hacer lo que estáis viendo. Y todo este bien procede de allí» (lX, 202-203).

2.- La organización de las Caridades

Al día siguiente del sermón de Chátillon, el Sr. Vicente redacta personalmente el acta de fundación de la primera cofradía y las grandes líneas de un reglamento. Este precioso texto ha sido descubierto en los archivos de la alcaldía de Chátillon-sur-Cha-laronne.

«Jesús, María.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

En el día de hoy, 23 de agosto de 1617, las señoras abajo mencionadas se han asociado caritativamente para asistir a los pobres enfermos de la presente villa de Chátillon, por turno, habiendo resuelto de común acuerdo que una de ellas se hará cargo, durante todo un día solamente, de todos aquéllos que hayan avisado; y, conjuntamente, tener cuidado de prestarles ayuda. Se proponen dos fines, a saber: ayudar al cuerpo y al alma; al cuer­po, dando alimentos, cuidándolos, y al alma, disponiéndolos a bien morir a los que están para ello, o a vivir cristianamente, si se curan. Y porque la Madre de Dios es invocada y tomada como patrona para las cosas importantes, y todo resulte y redunde para gloria del buen Jesús, su Hijo, las dichas señoras la toman como patrona y protectora de la obra, y le piden humildemente que las proteja muy especialmente, como también a san Martín y a san Andrés, verdaderos ejemplos de caridad, patronos de Chátillon, y comenzarán, Dios mediante, a trabajar en esta buena obra, mañana, día de la festividad de san Barto­lomé, según el orden en el que ellas están inscritas.

En primer lugar, la señora del Castillo, en su turno.

La señorita de Brie, en el suyo.

La señora Filiberta, esposa del Sr. de los Hugoniéres.

Benita, la hija del Sr. Ennemundo Prost.

La señora Dionisia Beynier, esposa del Sr. Claudio Bouchour.

Una de las hijas de la señora Perra.

La señora Coleta.

Finalmente, la señorita de la Chassaigne. Después de ésta, la señora del Castillo comenza­rá de nuevo los cuidados para otro turno, y así las otras, alternándose, según el orden esta­blecido, teniendo en cuenta, que, cuando una no pueda, por cualquier causa justa, darse a esta santa obra en su turno, lo dirá y advertirá el día antes a la que le sigue, de ésta su impo­sibilidad, con el fin de que la sustituya, encargándose del servicio a los pobres en ese día; lo que no se negará a hacer, si puede, y haciéndolo, ella quedará libre al día siguiente en que le correspondería según el orden establecido. Es necesario pedir al buen Jesús que se mantenga dicho orden y que colme de bendiciones divinas a todos aquéllos y aquéllas que trabajan con sus manos o contribuyen con sus bienes, para que se mantenga; como, sin duda, él lo hará, porque él mismo nos lo asegura por su propia boca en el temible día del Juicio, cuando oigan su voz dulce y agradable: cómo serán aquéllos que ayudan a los pobres: «Venid, benditos de mi Padre, y poseed el reino que os tiene preparado desde los comienzos del mundo»; o, al contrario, aquéllos que no se han preocupado, serán rechaza­dos por él con otras duras y temibles palabras: «Malditos, apartaos de mí, id al fuego eter­no que está preparado para el diablo y sus ángeles».

Al Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, todo honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén» (X, 567-568).

«Si, para mantenerla, no tuviera alguna unión»

Tres meses más tarde, el Sr. Vicente estructura aún más su obra, para asegurar su eficacia y duración. En el preámbulo de este reglamento, se notará la aparición de dos adverbios típicamente vicencianos: «corporal y espiritualmente», y el cuidado de colocar su acción en el seno de la Iglesia local.

«Puesto que la caridad para con el prójimo es una señal infalible de los verdaderos hijos de Dios, y como uno de los principales actos de la misma es visitar y alimentar a los pobres enfermos, algunas piadosas señoritas y unas cuantas virtuosas señoras de la ciudad de Chátillon-les-Dombes, de la diócesis de Lyon, deseando obtener de la misericordia de Dios la gracia de ser verdaderas hijas suyas, han decidido reunirse para asistir espiritual y corporalmente a las personas de su ciudad, que a veces han tenido que sufrir mucho, más bien por falta de orden y de organización, que porque no hubiera personas caritativas.

Pero como podría temerse que, después de comenzar esta buena obra, se viniera abajo en poco tiempo, si, para mantenerla, no tuviera alguna unión y vinculación espiritual, han decidido juntarse en una corporación, que con el tiempo pueda erigirse en cofradía, con el siguiente reglamente, todo ello con el beneplácito del Sr. Arzobispo, su venerable prelado, a quien queda totalmente sometida esta obra. Dicha Cofradía tomará el nombre de «Cofradía de la Caridad» a imitación del Hospital de la Caridad de Roma. Y las personas de las que está compuesta principalmente llevarán el nombre de «sirvientas de los pobres o de la caridad»» (X, 574-575).

Este reglamento de 14 páginas abarca todos los aspectos de la institución: una parte importante está consagrada a la «forma de asistir a los enfermos». Se podrá apreciar en él la delicadeza de san Vicente hasta en la minucia:

«Si necesita un camisón blanco»

«La priora admitirá, para que los atienda la Cofradía, a los enfermos verdaderamente pobres, pero no a aquéllos que tienen medios para cuidarse, siempre con el parecer de la tesorera y de la asistenta o de una de ellas. Cuando haya recibido a alguno, se lo comunicará a la que esté de servicio aquel día, para que vaya a verlo enseguida; lo primero que hará será ver, si necesita un camisón blanco para, en ese caso, llevarle uno de la Cofradía» (X, 577).

«Le llevará también los muebles que necesite, como una mesita, un mantel, un vaso, una escudilla, un plato y una cuchara» (X, 578).

«Como si lo tuviera que hacer a su hijo»

«La que esté de día, después de haber tomado todo lo necesario de la tesorera para poder darles a los pobres la comida de aquel día, preparará los alimentos, se los llevará a los enfermos, los saludará, cuando llegue, con alegría y caridad, acomodará la mesita sobre la cama, pondrá encima un mantel, un vaso, la cuchara y pan, hará lavar las manos al enfermo y rezará el «Benedicite», echará el potaje en una escudilla y pondrá la carne en un plato, acomodándolo todo en dicha mesita; luego invitará caritativamente al enfermo a comer, por amor de Dios y de su santa Madre, todo ello con mucho cariño, como si se tratase de su propio hijo, o mejor dicho, de Dios, que considera como hecho a sí mismo el bien que se le hace a los pobres. Le dirá algunas palabritas sobre nuestro Señor; con este propósito, procurará alegrarle si lo encuentra muy desolado, le cortará en trozos la carne, le echará de beber, y después de haberlo ya preparado todo para que coma, si todavía hay alguno después de él, lo dejará para ir a buscar al otro y tratarlo del mismo modo, acordándose de empezar siempre por aquél que tenga consigo a alguna persona, y de acabar con los que están solos, a fin de poder estar con ellos más tiempo; luego volverá por la tarde a llevarles la cena con el mismo orden que ya hemos dicho» (X, 578-579).

«Se reunirán todos los terceros domingos de cada mes»

«Y como es sumamente útil para todas las comunidades consagradas a Dios, que se reú­nan de vez en cuando en algún local destinado para ello, a fin de tratar no solamente de su progreso espiritual, sino también de todo lo que se refiere en general al bien de la comu­nidad, convendrá que dichas sirvientas de los pobres se reúnan todos los terceros domin­gos de cada mes en una capilla de la iglesia de dicha ciudad, destinada a este efecto, o en la del hospital; aquel mismo día, o al día siguiente, a la hora que se determine, se celebra­rá una misa rezada por dicha Cofradía; y después de comer, a la hora que parezca más oportuna, se reunirán en esa misma capilla, tanto para escuchar una pequeña exhortación espiritual, como para tratar allí de los asuntos referentes al bien de los pobres y al mante­nimiento de dicha Cofradía» (X, 580).

De 1517 a 1634 las cofradías de la Caridad se multiplican y se diversifican según las llamadas de los pobres.

En 1634, nueva etapa importante: la Cofradía, hasta la fundación autónoma, entra en la estructura hospitalaria, ya existente, con el fin de reanimarla. También ahí, la idea es iniciativa de una laica, la Sra. Goussault. Y san Vicente organiza una cofradía de un tipo nuevo y adaptado: las Damas de la Caridad, que progresivamente irán extendiendo su acción a los niños abandonados, a las provincias devastadas y hasta las Misiones de lejanas tierras.

El 11 de julio de 1657, san Vicente hacía el siguiente balance:

«Tenéis la colación de los pobres del Hótel Dieu, y su instrucción, la manutención y edu­cación de los niños expósitos, la preocupación por las necesidades espirituales y corpora­les de los criminales condenados a galeras, la asistencia a las fronteras y a las Provincias desoladas, la contribución a las misiones de Oriente, del Norte y del Sur. Éstas son, seño­ras, las obras que atiende vuestra Compañía. ¡Cómo! ¡Ocuparse de todo esto unas muje­res! Sí, esto es lo que desde hace veinte años os ha dado Dios la gracia de emprender y sos­tener. Entonces, no hagamos nada más sin pensarlo antes bien; hagamos bien lo que hacemos, cada vez mejor, pues eso es lo que Dios pide de nosotros» (X, 960).

3.- El espíritu

Quizá sea a lo largo de la conferencia del 11 de julio de 1657 a las Damas de la Caridad, cuando san Vicente ha definido mejor el espíritu que debe animarlas. Ahí van los extractos más significativos:

«Bendito sea Dios, que les ha dado la gracia de servir a nuestro Señor en sus miembros pobres».

«¡Bendito sea Dios, señoras, por haberles concedido la gracia de servir a nuestro Señor en sus pobres miembros, cuya mayor parte no llevaban más que andrajos, estando muchos niños tan vestidos como la palma de la mano! La desnudez de las jóvenes y de las muje­res era tan grande que no se atrevería a mirarlas un hombre que tuviera un poco de pudor. Además, todos estaban a punto de morir de frío en medio de los rigores del invierno. ¡Cuántas gracias tenéis que darle a Dios por haber recibido de él la inspiración y los medios para atender a estas grandes necesidades! ¡Y a cuántos enfermos les habéis salva-do la vida! Porque estaban como abandonados de todo el mundo, tumbados en tierra, expuestos a las inclemencias del tiempo y reducidos a la más extrema necesidad por los soldados y por la escasez de trigo» (X, 949).

«¡Qué bueno es servir a Dios y asistir a los pobres!»

Evocando los difuntos del ario, san Vicente continúa:

«Ellas están ahora gozando en el cielo, como hay motivos para esperar; Ellas saben por experiencia lo bueno que es servir a Dios y asistir a los pobres; y en el día del juicio escucharán esta agradables palabras del Hijo de Dios: «Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado; porque cuando tuve hambre, me disteis de comer; cuando estuve desnudo, me vestisteis; cuando estuve enfermo, fuisteis a socorrerme» (X, 950).

«No hay diferencia entre amarle a él y amar a los pobres»

«El tercer motivo que tenéis para proseguir estas obras tan santas es el honor que nuestro Señor saca de ellas. ¿Cómo así? Porque es para él un honor entrar en sus sentimientos, seguirlos, hacer lo que él hizo y realizar lo que él ha ordenado. Pues bien, sus sentimientos más íntimos han sido preocuparse de los pobres para curarlos, consolarlos, socorrerlos y recomendarlos; en ellos es en quienes ponía todo su afecto. Y él mismo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a los pobres, servir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el bien y el mal que les hacemos a los pobres los considerará como hechos a su divina persona. ¿Podía acaso demostrarles un amor más fiemo a los pobres? ¿Y qué amor podemos nosotros tenerle a él, si no amamos lo que él amó? No hay ninguna diferencia, señoras, entre amarle a él y amar a los pobres de ese modo; servir bien a los pobres es servirle a él; es honrarle como es debido e imitarle en nuestra conducta. Si esto es así, ¡cuántos motivos tenemos para animamos a proseguir estas buenas obras, diciendo ya desde ahora desde lo más profundo de nuestros corazones: «Sí, me entrego a Dios para cuidar de los pobres y para practicar con ellos las obras de caridad; los atenderé, los querré, los cuidaré; y, a ejemplo de nuestro Señor, amaré a quienes les consuela y respetaré a todos los que los visiten y atiendan!». Pues bien, si nuestro bondadosísimo Salvador se considera honrado con esta imitación, ¡cómo hemos de sentimos también nosotros honrados en poder hacernos semejantes a él! ¿No os parece, señoras, que es éste un motivo muy poderoso para renovar en ustedes el primer fervor? En cuanto a mí, creo que debemos ofrecemos hoy a su divina Majestad, para que nos anime de su misma caridad, de forma que en adelante se pueda decir de todas ustedes que es la Caridad de Cristo la que las impulsa» (X, 954-955).

«Dejen ahora de ser sus madres para convertirse en sus jueces»

«Bien, señoras, la compasión y la caridad les han hecho adoptar a estas criaturas como hijos suyos; ustedes han sido sus madres según la gracia desde que las abandonaron sus madres según la naturaleza. Dejen ahora de ser sus madres para convertirse en sus jueces; su vida y su muerte están en manos de ustedes. Voy ahora a recoger sus votos y sus opiniones; va siendo hora de que pronuncien su sentencia y de que todos sepamos, si quieren tener misericordia con ellos. Si siguen ustedes ofreciéndoles sus caritativos cuidados, vivirán; por el contrario, si los abandonan, morirán y perecerán sin remedio; la experiencia no nos permite dudar de ello» (Abelly, p. 147).

III.- Cuestiones para la reflexión y el diálogo

1.- Chátillon: un acontecimiento que nos interpela. Actualmente, en derredor nuestro, oímos muchas llamadas:

  • ¿A cuáles estamos hoy más atentos y por qué?
  • ¿Cómo y por qué les hemos escuchado?
  • Existen muchas otras llamadas que nos dejan indiferentes, ¿por qué?

2. Chátillon: una respuesta, la caridad organiza.

  • ¿Qué repuestas damos a las llamadas que escuchamos hoy?
  • ¿Con qué respondemos? (Movimientos, asociaciones, organizaciones)
  • ¿Qué parte tomamos en la lucha contra las causas de la pobreza, de la mise­ria, de la injusticia…?

3. La eficacia en la acción depende a menudo de la cualidad de las motivaciones.

  • ¿Es nuestra fe en Jesucristo la que anima nuestros compromisos? ¿Cómo?
  • ¿Aceptamos meternos en el problema?
  • ¿Cómo? ¿Personalmente y en equipo?

4. San Vicente siempre insistió en la solidaridad activa de los Sacerdotes de la Misión, de las Hijas de la Caridad y de las Cofradías (hoy: Voluntarias de la Caridad) para un mejor servicio a los pobres. Concretamente.

  • ¿Cómo entendemos y vivimos esta solidaridad?

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