Capítulo IV: Misiones extranjeras
Artículo Primero: Misión de Madagascar.
I. La Isla de Madagascar.
Madagascar, el Círculo de Plinio, la Menuthias de Tolomeo fue probablemente visitada por lo árabes de los siglos VII y, hacia el IX, por los Chinos o Malasios, y por los Persas, de donde le viene la poderosa tribu de los Hovas u Ovas,
Parece haber sido conocida de los Europeos, a partir del siglo VIII o más tarde, ya que el célebre navegante Marco Polo la designa con el nombre de Madagascar, nombre que ha recuperado, después de llevar por algún tiempo bajo Luis XIV el de la Isla Dauphin, y que ha prevalecido sobre la denominación de los indígenas, que la llaman Grande-Tierra 3n su lenguaje, y también Madecasse o Madecashée.
Pero hasta el siglo XVI, los Europeos no se establecieron en ella. En 1506, diez años después de la expedición de Vasco de Gama, el Portugués Lorenzo de Almeida, de regreso de las Indias, fue arrojado a una tierra desconocida que llamó San Lorenzo, bien por su nombre, bien por el día del descubrimiento, y cuyas costas orientales trazó. Algunos meses después, D. Ruy Pereira, separado por la tempestad del almirante Tristán de Acunha, descubrió también algunas de sus costas y, después de aliar a su jefe con Mozambique, le hizo una descripción tan seductora que el almirante quiso explorar sus costas occidentales, antes de regresar a su patria. A él solo la nimfa de la Lusiada1 dedicó luego el honor del descubrimiento.
Esta isla, una de las más grandes del océano Índico y del mundo no tiene menos de cuatrocientas leguas de larga por ciento veinticinco mil de ancha. Una cadena de montañas, que la atraviesa de norte a sur, forma, por el centro, la vasta llanura de Ankova, y da nacimiento a una multitud de ríos y corrientes, por desgracia poco navegables a causa de las masas de tierra de aluvión que arrastran, de las rocas que las obstruyen y de los grandes marigots o lagos estancados en los que desembocan en parte antes de llegar al mar- las costas del este no ofrecen más que unas orillas rectas sin radas para los navíos, con la excepción de la gran bahía de Antongil, y las costas del sur no tienen más que tres puertos naturales: Saint-Augustin, Saint-Luc, sede del primer establecimiento francés, abandonado más tarde por insalubre por el Port-Dauphin. De toda esta costa oriental, en efecto, por razón de las aguas estancadas, de los inmensos bosques cenagosos que recubren la vertiente, se exhalan miasmas pestilentes, origen de fiebres y de disenterías mortales. Más hospitalarias son las costas septentrionales y occidentales, profundamente recortadas, abriendo en todo su recorrido fondeaderos cómodos; más sanos también, menos sin embargo en el interior de las tierras, a medida que se sube hacia la llanura central.
La longitud de la isla hace el clima muy variado; como en todas estas tierras intertropicales, y no existen más que dos estaciones, la seca y la húmeda, que dura cada una unos seis meses. El suelo es también por lo general de una fertilidad maravillosa, y la historia natural muy rica. «Es la tierra de promisión para los naturalistas», escribía en 1771 Comerson a Lalande. En efecto, la flora de Madagascar abraza toda la escala vegetal, desde los árboles gigantescos hasta las plantas delicadas. En ella se cultiva el arroz, el ñame, la mandioca, el maíz, las habas y casi todos los vegetales de Europa. Los limones, las naranjas, las cidras, las moras, los melocotones son abundantes allí. La viña crece espontánea en la llanura central, pero lo naturales no saben hacer el vino. La zoología no cuenta con los enormes animales del centro de África, pero comprende varias especies de jabalíes y de bueyes, todas las especies de monos y de brillantes pájaros que brillan como flores o diamantes en las ramas de los árboles. Los únicos reptiles son serpientes no venenosas y caimanes que pueblan las marismas y los ríos. Las ballenas vienen a jugar a las costas y los tiburones infestan las bahías.
Evaluada en cuatrocientos mil al principio del siglo XVII, la población de Madagascar alcanza hoy los cuatro millones; población híbrida, donde se ve a los tipos cafre, negros, árabes y malayos, dividida en quince o veinte tribus de costumbres diferentes, que se escalonan en tres zonas sin llegar a confundirse, y casi sin otro comercio entre ellas más que la guerra. Y sin embargo, a pesar de la diversidad de origen y de costumbres, hablan una sola lengua, en la que una pronunciación variada no basta para introducir dialectos: la lengua malgache, análoga a la malaya, expresiva y dulce, bastante apta para expresar las ideas intelectuales. La escritura, traída por los Árabes, no es conocida más que por los ombiasses o sacerdotes.
Estos pueblos reconocen a un ser supremo e invisible, Zanhar, creador y gran dueño del mundo, al que oponen un espíritu maligno, Blitz, Bilitz o Bouliste, único a quien oran y honran, ya que, según dicen, Zanhar es bueno y no puede hacer ningún mal. Algunas tribus tienen un tercer dios, Manhanh, el Plutus malgache. Luego sigue una multitud de genios, buenos y malos, divididos en seis categorías y propuestos para guardar los lugares y a las personas, los poblados y a los individuos: son los Oulis o Holis. Los Oulis residen en pedazos de madera o bolsitas llamadas Gris-Gris, consagradas por los ombiasses, a ellos es a quienes se dirigen los Malgaches en sus viajes y en todas sus empresas; y si fracasan, es que el Oulis no valía nada: entonces los cambian. –Se reconoce en ello una forma de ese fetichismo, idolatría particular de África.
No obstante, hemos dicho, los Malgaches tienen una ligera idea de la creación y también de la caída del hombre, del diluvio, de la historia de los patriarcas, de la inmortalidad del alma, de la resurrección de la carne; todo ello envuelto en fábulas de lo más absurdas. Conocen incluso a Jesucristo, Raissa, en quien no ven más que a un gran profeta: evidente importación musulmana.
El islamismo ha dejado también su rastro en la forma de su sacerdocio y de su culto. Sus sacerdotes, llamados ombiasses, es decir escritores, porque sólo ellos escriben los caracteres árabes se vuelven temibles para estos pueblos por sus libros mismos, donde se ven pasajes del Corán, luego signos jeroglíficos de que sirven para hechizar. Los ombiasses pertenecen a la raza blanca, consultan los astros, predicen el futuro, exorcizan a los poseídos, curan las enfermedades y recobran los objetos perdidos. Consultados como oráculos, usan de su crédito para extorsionar toda clase de riquezas y para exprimir a las poblaciones. Son también sacrificadores y carniceros, y a ellos solos toca, en las fiestas públicas, el derecho de degollar los bueyes, de los que se llevan la mejor parte.
Se encuentra entre los Malgaches la circuncisión, practicada solamente en la edad de la razón aparte de la importación musulmana; como también dos ayunos de un mes, dos ramadans al año, que consisten en no comer desde la salida hasta la puesta del sol, pero con la libertad, muy en uso, de celebrar orgía toda la noche, de reemplazar el buey y el vino prohibidos por capones y licores enervantes e incluso darse un suplemento, si no se tiene gran devoción por el ayuno. Cada tribu está gobernada por un dian o señor, cuyas riquezas consisten en numerosos rebaños y en tributos de arroz y raíces que le pagan los vasallos. Dians y vasallos habitan en pueblos compuestos de chozas de madera y de hojas, no teniendo por lechos ni por asientos otra cosa que tablas recubiertas de esteras de junco. –En medio de cada pueblo está la cabar, ágora, foro de los Malgaches, donde se deciden la paz o la guerra, todos los asuntos de la tribu. Toda resolución tomada se cimienta con la sangre, y se celebra con fiestas, danzas grotescas o lascivas que, gracias a piadosas libaciones de avak, degeneran pronto en verdaderas saturnales.
No hay leyes escritas en Madagascar; tan sólo costumbres. El robo y el homicidio son rescatables por los jefes, y castigados entre los demás con la muerte o la esclavitud. Para encontrar al culpable, se recurre a pruebas terribles: por el caimán, por el agua, por el fuego y por el veneno.
Los matrimonios se contraen entre parientes, excepción del primer grado. No son indisolubles. La poligamia simultánea no está en uso más que entre los grandes, los únicos que pueden alimentar a varias mujeres, la mujer se compra, se compromete desde la infancia, entregada en la edad núbil, sin ceremonia entre los pobres, con presentes de los interesados, concursos de ombiasses, fiestas y banquetes entre los jefes. Los funerales son más o menos largos y solemnes, según el rango.
El infanticidio se practica en dos casos: para los niños nacidos en ciertos meses o días nefastos, y para aquellos cuyo nacimiento ha costado la vida a sus madres, o incluso ha sido simplemente muy doloroso.
Las mujeres se visten decentemente, los hombres casi desnudos, excepción hecha de los grandes que se revisten a la antigua. Por lo demás, hombres y mujeres son muy descuidados en sus vestimentas y no se cuidan más que de su cabellera. Las costumbres no son menos de una espantosa disolución, aún entre los niños, a quienes los padres mismos instruyen en practicar el mal antes de que sean conscientes.
Tal es el pueblo con el que vamos a pasar unos años en compañía de los hijos de vicente de Paúl.
II. Nacquart y Gondrée.
No eran los primeros apóstoles en llegar a sus costas. Los Portugueses del siglo XVI, que trataban de extender el reino de Jesucristo al propio tiempo que su poder, habían llevado con ellos a algunos sacerdotes cuando formaron allí el primer asentamiento europeo. Pero sacerdotes y colonos fueron bien pronto masacrados por los Malgaches o Madecasses. A principios del siglo XVII, el hijo de Dian Ramach, secuestrado a su padre, fue llevado a Goa, donde fue bautizado y educado en la religión cristiana. Después regresó a Madagascar con dos jesuitas portugueses que lograron ser acogidos por su padre por medio de ricas armas y otros presentes que le ofrecieron, y que se pudieron mostrar todavía, en 1649, cuando, al Misionero Nacquart. Los jesuitas obtuvieron en primer lugar la libertad de predicar el Evangelio; pero la envidia de los ombiasses excitó pronto contra ellos una persecución. A uno le dieron muerte, al otro le recogieron en un galeón de su patria. Los Misioneros encontraron más tarde los despojos de su habitáculo, y una cruz de piedra en la que habían grabado una inscripción. Los colonos mismos, diezmados por las enfermedades, abandonaron su asentamiento. Los Holandeses trataron de remplazarlos y fundar en la costa una agencia para la trata de los negros; pero no pudieron resistir tampoco a la inclemencia del clima y huyeron de una playa que en adelante se llamó el cementerio de los Europeos.
Sin embargo, la Compañía de Oriente se formaba en Francia. El capitán Rigault, su representante, obtuvo de Richelieu, intendente general de los mares, el privilegio de y le concesión de enviar a Madagascar y otras islas adyacentes para tomar posesión en nombre de Su Majestad muy cristiana y ejercer allí, por cuenta de la Compañía, por diez años, el derecho exclusivo de comercio. Dos expediciones tuvieron lugar en 1642 y 1643. los Franceses se establecieron primero en Saint-Luce, en la costa oriental, puesto mal escogido, en el tuvieron que sufrir por las enfermedades y por los naturales los del país. La colonia se trasladó pronto a la península de Tholangar, a la región de Anos, y construyó en ella un fuerte que se llamó Fort–Dauphin. Pero Pronis su jefe, protestante, desordenado y dilapidador, puso dificultades a la religión de los colonos católicos, levantó contra sí mismo la rabia de los Malgaches por secuestros de mujeres y por pillajes, ganándose el odio de sus patriotas mismos por sus injusticias y los desórdenes de su administración.
Se había terminado con la colonia, cuando la Compañía de Oriente, informada, pensó en darle otro gobernador, y designó a este efecto a uno de sus interesados, el conde de Flacourt. Pero al propio tiempo pensó en los intereses religiosos de los colonos, y quiso enviar con ellos a buenos sacerdotes. Con este proyecto se dirigió al cardenal Bagni, nuncio apostólico en Francia, quien, por su cuenta, pidió en su nombre dos Misioneros a san Vicente de Paúl2.
«Hace tiempo, Señor, que Nuestro Señor ha dado a vuestro corazón los sentimientos de para hacerle un señalado servicio. Y cuando se hizo a Richelieu la apertura a las Misiones entre los gentiles e idólatras, me parece que Nuestro Señor hizo sentir a vuestra alma que os llamaba allí, según me lo escribisteis junto con algún otro de la familia de Richelieu. es hora de que esta semilla de la vocación divina en vos tenga su efecto; y ahora Monseñor el nuncio, con la autoridad de la sagrada congregación de la fe, cuya cabeza es nuestro santo padre el Papa, ha elegido a la Compañía para ir a servir a Dios, en la Isla Saint-Laurent, llamada también Madagascar; y la Compañía ha puesto los ojos en vos, como la mejor hostia que tenga para ofrecérsela en homenaje a nuestro soberano Creador, para rendirle este servicio con otro buen sacerdote de la Compañía. Oh mi queridísimo Señor, ¿qué os dice vuestro corazón ante esta noticia? ¿Siente la vergüenza y la confusión convenientes para recibir una gracia así del cielo? Vocación tan grande y tan adorable como la de los mayores apóstoles y de los mayores santos de la Iglesia de Dios! Eternos designios cumplido en el tiempo sobre vos. La humildad, Señor, es la única capaz de llevar esta gracia; el perfecto abandono de todo lo que sois y podéis ser, con la exuberante confianza en vuestro soberano creador, debe seguir.
«La generosidad y grandeza de valor os es necesaria. Os hace falta una fe tan grande como la de Abrahán. La caridad de san Pablo os hace mucha falta. El celo, la paciencia, la deferencia, la pobreza, la solicitud, la discreción, la integridad de las costumbres y el gran deseo de consumiros del todo por Dios os son tan convenientes como al gran san Francisco Javier.
«Lo primero que deberéis hacer será penetraros del viaje que hizo el gran santo Francisco Javier; de servir y edificar a los que os llevarán en el barco; y establecer las oraciones públicas, si se puede hacer; tener gran cuidado con las incomodidades, incomodándose siempre para acomodar a los demás; procurar la felicidad de la navegación, que dura cuatro o cinco meses, bien con vuestras oraciones y la práctica de todas las virtudes, que los marineros harán por sus trabajos y su capacidad con respecto a esos Señores; tenerles gran respeto; ser sin embargo fiel a Dios para no faltar a sus intereses, y nunca traicionar su conciencia por ninguna consideración; pero tener mucho cuidado de no estropear los asuntos del buen Dios por precipitarlos demasiado, tomarse su tiempo y saber esperarlo.
«Cuando lleguéis a esa isla, tendréis que situaros como podáis; tal vez tengáis que separaros para servir en diversas habitaciones; convendrá que os veáis con la mayor frecuencia, para buscar consuelo y daros fuerzas. Cumpliréis todas las funciones curiales con los Franceses y los idólatras convertidos. Seguiréis en todo la costumbre del concilio, y os serviréis del ritual romano. No permitiréis que se introduzca costumbre alguna; y si la hubiera, procuraréis con dulzura volver las cosas a su cauce. Para eso, bueno será que llevéis al menos dos rituales de Roma. Lo capital de vuestros esfuerzos, después de trabajar para vivir, entre aquellos con quienes debéis conversar, en olor de suavidad y de buen ejemplo, será hacer comprender a aquella buena gente, nacida en las tinieblas de la ignorancia de su creador, las verdades de nuestra fe, no con razonamientos sutiles de la teología, sino con razones tomadas de la naturaleza: ya que es preciso comenzar por ahí; tratando de darles a conocer que vosotros no hacéis más que hacer ver en ellos las señales que Dios les ha dejado de sí mismo, que la corrupción de la naturaleza, desde hace mucho habituada al mal, las había borrado. Para ello, Señor, será conveniente dirigiros con frecuencia al Padre de las luces, y repetir lo que le decías todos los días: Da mihi intellectum ut sciam testimonia tua. Pondréis en orden mediante la meditación las luces que él os dé. Y para mostrar la verdad del primero y soberano ser, y las conveniencias del misterio de la Trinidad, la necesidad del misterio de la encarnación, que nos permite nacer un segundo hombre perfecto, tras la corrupción del primero, para reformarnos y volvernos a él, yo querría hacerles ver las debilidades de la naturaleza humana por los desórdenes que ellos mismos condenan; ya que ellos tienen leyes, reyes y castigos. Aunque existan libros que tratan estas materias, como el catecismo de Granada, u otro que trataremos de enviaros, yo no puedo más que repetiros que lo mejor será la oración: accedite ad eum et illuminamini; abandonarse al espíritu de Dios que habla en esos encuentros. Si es del agrado de su divina bondad daros gracia para cultivar la semilla de los cristianos que ya están allí, y que viven con esta buena gente en la caridad cristiana, no dudo en absoluto, Señor, que Nuestro Señor se sirva d vos en esas partes para preparar a la Compañía una amplia cosecha. Id pues, Señor, y teniendo la misión de Dios por quienes os le representan, echad sin reparo las redes.
«Yo sé cuánto ama la pureza vuestro corazón; necesitaréis hace gran uso de ella por allí; viciados en muchas cosas, lo son de manera particular en ese aspecto, hasta llegar a decir que los maridos llevan a sus jóvenes a los Europeos para tener hijos de ellos; la gracia infalible de vuestra vocación os garantizará de todos estos peligros. Tendremos todos los años noticias vuestras, y nosotros os daremos las nuestras. Aunque no se necesite dinero en esos países para vivir, no obstante, Señor, la Compañía ha ordenado que os envíen cien escudos de oro para las necesidades que puedan sobrevenir. Nosotros os enviamos también una capilla completa, dos rituales romanos, dos pequeñas biblias, dos concilios de Trento, dos casuistas, imágenes de todos nuestros misterios que sirven maravillosamente para hacer comprender a aquellas buenas gentes lo que se les quiere enseñar, y que les gusta ver. Tenemos aquí a un joven de aquel país, de unos veinte años, a quien el Sr Nuncio quiere bautizar hoy; yo me sirvo de imágenes para instruirle, y me parece que le sirve para hacer trabajar a la imaginación. No sé si no sería necesario llevar planchas para hacer panes de decir la santa Misa, alfileres, estuches de bolsillo, tres o cuatro cada uno, santos óleos para el bautismo y la extremaunción, cada uno un Busée, algunas Introducciones a la vida devota, compendios de las vidas de los santos. Tenéis una obediencia por nuestra parte, un pleno poder de Monseñor el nuncio, quien tiene sumo interés en esta obra. Con ello yo me entrego del todo a vos, si no para seguiros de verdad, por ser tan indigno, al menos para pedir a Dios todos los días que me quiera dejar en la tierra para volveros a ver en la eternidad, y honraros allí como a una persona que será colocada por la dignidad de su vocación en el número de las personas apostólicas.
«Acabo prosternado en espíritu a vuestros pies rogando que queráis también ofrecerme a nuestro común Señor a fin de que yo le sea fiel, y termine en su amor el camino de la eternidad. »
Nicolás Gondrée, nacido en 1620 en Assigny, pueblecito del condado de Eu, en la diócesis de Amiens, era el compañero que Vicente destinaba a Nacquart. Se hallaba en Saintes, simple subdiácono, cuando Vicente le llamó a París para hacerle recibir el sacerdocio y anunciarla su gloriosa misión. En su carta a Nacquart, Vicente decía de él: «Es uno de los mejores individuos de la Compañía, en quien la devoción que tenía al entrar en ella la conserva aún, es humilde, caritativo, cordial; en una palabra, es tal como yo no puedo ahora expresaros.»
A la recepción de esta carta, Nacquartr respondió el 1º de abril: «Me parece, al leer y releer vuestra carta, que sus términos no eran de un hombre sino palabras del Espíritu de Dios. Ay, lo que me cuesta persuadirme de que sea yo, pobre Charles Nacquart, a quien se dirige esta declaración del plan de Dios. Bien, no obstante, puesto que Vos ocupáis el lugar de padre en la tierra para mí después del que tengo en cielo, no lo dudo ni un momento:. .iré como un niño perdido, a ciegas, para descubrir si esta tierra es de promisión.»
Gondrée acudió al punto a unirse a Nacquart en Richelieu, ya que la Compañía de Oriente urgía la salida. Se actuó incluso tan precipitadamente que no hubo tiempo de pedir misión a la Propaganda, y que se contentaron con los poderes provisionales que fueron entregados por al Nuncio. Bueno pues, la Propaganda acababa de confiar la Misión de Madagascar a los Carmelitas Descalzos. También, por decreto del 20 de julio de 1648, declaró nulos los poderes otorgados por Bagni, hasta la dimisión de los Carmelitas, y no permitió a los Misioneros más que el servicio de los Franceses de la colonia. Hasta cinco años después no trajeron dos nuevos Misioneros los poderes de la Propaganda.
Partieron juntos de Richelieu el 18 de abril de 1648. Nacquart y Gondrée llegaron a La Rochelle, donde tuvieron que esperar un mes el día de embarque. Queriendo aprovechar este tiempo, se ofrecieron al obispo de La Rochelle, para servir en la ciudad o en la Compañía. A ejemplo de san Francisco Javier que se había preparado de esta manera a su apostolado en Lisboa, ellos pasaron estos días en los hospitales y en las cárceles.
El 21 de mayo siguiente, día de la Ascensión, abordaban el Saint-Laurent con el conde de Flacourt y ochenta nuevos colonos destinados para Madagascar y levaron anclas. Apenas había pedido de vista la embarcación las costas de Francia cuando Nacquart trató de que sus ciento veinte compañeros de viaje ganaran la gracia del jubileo que el Santo Padre acababa de conceder con ocasión de la paz de Westphalia.
Llegado a Cabo Verde, prestó el mismo servicio a unos portugueses y a una media docena de Franceses de Dieppe, que se encontraban allí en descanso. Al cabo de seis días se hicieron a la vela. Los vientos fueron contrarios. En un mes y medio de navegación no se había llegado a la línea. Por consejo de Nacquart, la tripulación hizo voto a la santísima Virgen de celebrar piadosamente su Asunción, de construir en su honor una iglesia en Madagascar y, la víspera de la fiesta, nos hallábamos pasando el Ecuador. El mismo voto, la misma protección celestial a nuestra Señora de setiembre.
Durante este tiempo, los Misioneros catequizaban a los niños, evangelizaban a los marinos y a los pasajeros; introducían entre ellos la costumbre de las oraciones, de las lecturas en común. de las conferencias espirituales, desterraban las malas conversaciones y las blasfemias, imponiendo, según un convenio mutuamente aceptado, una penitencia a los prevaricadores; visitaban y cuidaban a los enfermos, y hacían ellos mismos todos los ejercicios de su regla..
Al bordear el Senegal y Gambia, Nacquart pensó en la salvación de sus habitantes y, en carta escrita a Vicente, de la que tomamos todos estos detalles, le rogó que oyera a un piadoso armador de Rouen, llamado Rozée, quien podía favorecer este apostolado.
Se ocupó asimismo de los negros del cabo de buena Esperanza Habiendo embarrancado el barco en unas rocas, de donde no lo sacó la marea hasta siete horas después, y llegaron a la bahía de Cerdeña. A la vista de negros tan flacos, hambrientos, abalanzándose como perros sobre la carne que se les arrojaba, y más dignos de lástima todavía por su ignorancia religiosa, Nacquart se sintió compadecido y se puso de rodillas. Los negros comprendieron: «Son saterons», dijeron ellos, es decir grandes sacerdotes. Ay, Nacquart no podía más que gemir y rezar.
Ocho días más tarde, el Saint-Laurent doblaba el Cabo de las Agujas, y después de una navegación de más de seis meses, descubría Madagascar. Enseguida Nacquart invitó a sus compañeros a perdonarse mutuamente las ofensas; en cuanto a él, descendió de los primeros en la costa, y doblando la rodilla, se ofreció a Dios y tomó posesión de aquella tierra en su nombre.
Se dirige inmediatamente una carta a Pronis quien, a la vista de Flacourt, e instruido por su comisión, se sorprende, duda y se somete. De todos los lados llegan a Flacourt quejas contra la administración precedente: Flacourt los calma y empieza a trabajar.
Por su parte, Nacquart y Gondrée se instalan en una casa de madera, recubierta de hojas y rodeada de una empalizada de bambú. Una vez vistas las cosas, se asustan ante tanta borrachera, pillaje e incendios. Sus observaciones son rechazadas con cólera. Tienen que aguantar toda clase de vejaciones por parte de los empleados del Fort-Dauphin. Les falta de todo, pues nadie piensa en cumplir el compromiso hecho por la Compañía de construirles un presbiterio, suministrarles los víveres y ropas. Deben vivir con el escaso dinero que han traído y que comparten encimo con los pobres negros. Sin embargo estudian la lengua del país. Piden, mientras tanto, un intérprete: Flacourt se lo niega, y se ven obligados a recurrir a dos antiguos colonos. Comienzan a predicar. Mientras que Gondrée se ocupa de los Franceses, Nacquart recorre las chozas de los Malgaches. Pero las vejaciones continúan, y su santo ministerio se ve perjudicado. Nacquart se explica con el conde de Flancourt en presencia de un capitán: pide la ayuda del gobernador y su regreso a Francia. Iba a embarcarse cuando Franceses y negros le detienen diciendo: «Qué, buen Padre, os vais, ¿quién nos hará rezar a Dios?» –»Y eso, cuenta Nacquart, puso las cadenas a los pies de mi voluntad, que quedó presa de la de Dios manifestada por la voz del pueblo.» Flacourt entonces renovó sus promesas y las mantuvo más fielmente.
Al llegar a Madagascar, los Misioneros no habían encontrado más que a cinco niños bautizados por Bellebarbe, sacerdote secular, enviado en 1649 a la isla Sainte-Marie para asistir a los colonos franceses. Pero muy pronto aumentaron maravillosamente esta cosecha. Cinco protestantes franceses a quienes convirtieron engrosaron primero la gavilla. Luego acudieron los negros en masa a su choza pidiendo instrucción y bautismo. Los blancos, por orgullo de raza, se mostraban menos dóciles.
Mientras tanto Flacourt organizaba la colonia. Llamaba a los Franceses exiliados por Pronis, visitaba a los jefecillos para hacerles entrar en buenos sentimientos para con los colonos. Nacquart, por su parte, quiso hacer sus visitas apostólicas. Se fue a ver a Faushère Dian Hamach, el jefe bautizado en Goa, que había sucedido a su padre. Bien recibido, gracias a algunos presentes, Nacquart trató de atraer a las prácticas del cristianismo al jefe vuelto a sus supersticiones nacionales. Hamach prometió convertirse con todo su pueblo, cuando un sacerdote viniera a vivir en su Estado de Anos. Y, en prueba de que no se había olvidado de su fe, recitó en portugués el Pater, el Ave y el Credo, y mostró a un Malgache, bautizado en otro tiempo por los jesuitas, que llevaba en el pecho un tatuaje de tres cruces.
Aprovechando estas buenas disposiciones, Nacquart comenzó a formar a estos súbditos de Ramach en la oración, sembró en sus corazones la semilla de la salvación, y se volvió pleno de esperanzas al Fort-Dauphin para las fiestas de Navidad. El día de la Epifanía festejó el aniversario de la vocación de los gentiles por el bautismo de algunos niños, de los que uno, puesto bajo el patrocinio de Flacourt, recibió el nombre de Pedro, como si hubiera sido el fundamento del edificio espiritual que se trataba de elevar en esta comarca. También se celebró una misa mayor, con toda la pompa posible, en presencia de todos los Malgaches, que se conformaron, ay, con la admiración. En sus ideas supersticiosas huían ante el solo signo de la cruz; y para atraerlos, el Misionero debía tomar la mano de unos de ellos, dirigirla de su frente al pecho para formar la señal augusta: sólo entonces ellos lograban y consentían, tranquilizados, en hacer ellos mismos lo que habían visto hacer impunemente a los demás. Aunque más ignorantes las mujeres se mostraban más accesibles, en el presentimiento misterioso que, en eso y otras partes, sólo el cristianismo los levantaría de su degradación.
Algunos días después, gran fiesta en casa de Dian Ramach, Nacquart aprovechó la ocasión para ir a recordarle su promesa. Bien recibido también, le invitó a profesar su antigua fe delante de sus súbditos; pero el Dian se mostró vacilante y nadie se convirtió. Nacquart, al menos, predicó de nuevo la doctrina cristiana.
De regreso al Fort-Dauphin, continuaba con Gondrée su santo ministerio entre los Franceses y los negros, cuando fue reclamado ante un jefe vecino, llamado Ramanore. Gravemente enfermo, este jefe había pedido en vano su curación a sus ombiasses y a sus oúlis, y quería probar el bautismo. Llegado a él, Navquart le dijo: «Dios permite a menudo las enfermedades de nuestros cuerpos para la salvación de nuestras almas. Él es todopoderoso para curaros si renunciáis a vuestras supersticiones y le servís.» Entonces, el jefe pide ser instruido. Para dar multiplicación a la divina semilla, el Misionero enseguida reúne a todos los del pueblo y les anuncia la buena nueva. «Mi corazón se siente aliviado, dice entonces el jefe. Lo creo todo. Yo llevo compasión al Hijo de Dios muerto por nosotros; se lo agradezco y no lo olvidaré nunca.» Luego, volviéndose a lo principal: «¿Creéis, le dice al Misionero, que Jesucristo sea tan poderoso como para devolverme la salud? –Sí, responde Nacquart; si creéis, os curaréis y os salvaréis.» Y el jefe le pide el bautismo. Pero Nacquart, viendo que se preocuparía más de su cuerpo que de su alma, le dice: «Hay que probar que vuestro deseo de servir a Dios es verdadero; y aparecerá tal si, habiendo recibido de él la salud, como yo espero que os la devuelva, os hacéis instruir más ampliamente, vos y vuestra familia.» Oyendo estas palabras la mujer del jefe, que llevaba en el fondo del alma este cristianismo natural del que habla Tertuliano, dijo al Misionero: «Hace mucho tiempo que acudimos a Dios; y, en toda circunstancia, particularmente al plantar y recoger el arroz, elevamos los ojos al cielo y le decimos: » Eres tú quien puedes hacer venir todo lo que yo planto y quien ha hecho venir lo que yo recojo, si tuvieras necesidad, yo te lo daría; por lo menos les daré a los que lo necesiten, como a los Franceses que pasen por aquí y a los pobres esclavos.» Y los demás Malgache añadían: «Lo que acabamos de oír vale mucho más que el oro y la plata, ya que el oro, lo puede uno tomar de quien duerme; pero esto, ¿quién nos lo podrá quitar? Lo volvemos a recobrar siempre en nuestro corazón después del sueño.»
Nacquart se despidió de sus oyentes dejando al enfermo con la esperanza de la curación, y a sus súbditos el deseo de ser instruidos.
III. Muerte de Gondrée. –Nacquart solo.
En el momento en que Nacquart se hallaba lleno de consuelo y de esperanza, Dios le preparaba la más cruel de las pruebas.
El mes de junio de 1649, Flacourt quiso visitar a Dian Ramach en compañía de un Misionero, y se llevó a Gondrée. Era durante las Rogativas. Sin pescado ni legumbres en estas tierras. Gondrée no quiso usar del privilegio que aplicó a sus compañeros, y se contentó con un poco de arroz cocido en agua. Este ayuno excesivo, el calor extremo, la fatiga de un viaje a pie le obligaron a guardar cama en Faushère, atacado de una fiebre disentérica. Llevado al Fort-Dauphin después de unos días de descanso, , la fiebre le volvió a atacar con mayor violencia y acompañada de delirio. El primer uso que hizo de su razón recobrada fue pedir a Nacquart que le oyera en confesión y someterse amorosamente a la voluntad de Dios. Al día siguiente de la Ascensión, como el mal empeoraba, Nacquart le administró el santo viático en presencia de los colonos franceses. En las fiestas de Pentecostés. El se repartió entre los colonos y su querido enfermo, instruyendo, reconciliando a unos, atendiendo al otro con santos pensamientos, pidiendo a Dios que no le dejara a él mismo huérfano y a la colonia viuda. El lunes Gondrée recibió la extremaunción con una devoción admirable. Encomendó a los asistentes el temor de Dios y la devoción a la santísima Virgen. Y él, él sólo sentía una solicitud, la conversión de los herejes y de loas infieles, y un solo pesar el de dejar a sus queridos isleños. Y, al acercarse su fin: «Decid al Sr. Vicente, dijo a Nacquart, que le agradezco humildemente el haberme admitido y por todo lo que ha sufrido en nombre de los Misioneros, y en particular por haberme escogido y enviado a este país, en lugar de tantos otros que lo habrían hecho mejor que yo.» Luego legó a su madre, a sus parientes, un tierno recuerdo pidiendo oraciones; y a su cohermano, por dos veces, la promesa de sufrimientos y persecuciones, verdadero legado, verdadera herencia de Misionero! Al anochecer, Nacquart, pensando en su futura soledad y en la privación, bien larga posiblemente, durante la que necesitaría del ministerio de un sacerdote, le preguntó si tendría la fuerza para absolverle. De repente el enfermo se descubre, levanta su brazo desfallecido y da a Nacquart su última bendición. Algunas horas después había regresado a Dios. Enseguida, cuenta Nacquart, la luna se veló, como para indicar las tinieblas en las que su muerte iba a sumir esta tierra infiel.
Nacquart enterró él mismo el cuerpo del apóstol y del mártir; luego celebró sus funerales, con la voz entrecortada con tales sollozos que tuvo que pedir perdón a los asistentes en nombre de las lágrimas que Jesús había derramado ante Lázaro, y los cristianos repitieron la palabra del Evangelio: «Ecce quomodo amabat eum! Los negros mismos que apenas le habían conocido decían llorando: «Antes de él, no habíamos visto a hombres semejantes, que no fueran coléricos ni fastidiosos, y que nos hablaran con afecto de las cosas de nuestra salvación.»
Una vez solo, a cuatro mil leguas de su país, enfrentado a fatigas y sufrimientos que pronto debían conducirle a él también a la muerte, Nacquart comenzó por hacer su testamento. Nombró a uno de sus neófitos para asistirle en su último combate, señaló cómo debían traerle decentemente el santo viático, si no podía él mismo ir a buscarlo a la iglesia. Se encomendó a las oraciones de los Franceses durante su agonía, y después de su muerte pidió ser enterrado cerca del altar, y si no, en el cementerio, al lado de Gondrée, su querido compañero; legó su patrimonio a sus hermanos, con la condición de misas y de limosnas por el descanso de su alma y para dar gracias a Dios por el honor de haber sido recibido como Misionero y enviado a Madagascar.
Después de lo cual, pidió a Nuestro Señor la parte de gracias del difunto, para hacer él solo la obra de los dos, y sintiéndose escuchado en su cuerpo y en su alma, se volvió al trabajo con resignación y valor.
Temiendo ser sorprendido por la muerte, su primer cuidado fue componer en la lengua del país instrucciones sobre las verdades más necesarias para la salvación con el fin de legárselas a sus sucesores, y comenzó a predicárselas él mismo a los infieles admirados de la facilidad de su elocución. Por sí mismo o por otro no perdía ocasión de anunciar a Jesucristo. Cuando los Franceses partían a alguna expedición, les preparaba primero el alma; luego hacía de ellos otros tantos Misioneros a los que encargaba de anunciar la fe a los infieles, mediante instrucciones que les daba por escrito.
Y como, desde la muerte de Gondrëe, encargado por su parte de los Franceses, no podía apenas ausentarse de la colonia, y menos ahora que estaba padeciendo mucho por las enfermedades. Veinticinco entre soldados y colonos morían entonces en el Fort-Dauphin, mientras que otros veinticuatro sucumbían en las tierras. Tenía que quedarse para asistirlos, y por el servicio religioso en el Fuerte. Entonces fue cuando recibió la visita de los hijos de Dian Panole, jefe de una parte septentrional de la isla. Estas jóvenes siguieron asiduamente sus instrucciones y le invitaron a venir a establecerse en medio de su pueblo, prometiéndole la obsequiosidad de su padre y la conversión de sus súbditos. Un deber más imperioso retenía a Nacquart en el Fort-Dauphin. Nuevo dolor para él, sobre todo cuando supo que efectivamente que aquel pueblo estaba en buenas disposiciones de recibir el Evangelio.
Entretanto, hacía alguna excursión a las tierras, pero tan sólo por algunos días.. así, una vez, uno de los hijos de Dian Ramach habiendo enfermado, este jefe le mandó a buscar para aplicarle el remedio del bautismo. «¿Tenéis la intención, dijo Nacquart al jefe, de educarle en la religión cristiana? –Yo telo entrego, respondió Ramach, te pertenece; sé para él su padre y su madre,» El joven fue bautizado y se curó. Dian Ramach, siguiendo su promesa del año anterior, expuso la religión cristiana a sus vasallos, resaltando la superioridad sobre sus supersticiones. Todos pidieron instrucción y bautismo. Pero el Misionero, obligado a regresar a la colonia, no podía aprovecharse de estas disposiciones. Al menos instruía a la gente de los pueblos por el día, y por la noche, al claro de luna, a los que volvían del trabajo. Ël sembraba; otros debían cosechar.
En los pueblos situados más allá de Fanshère, siguió un consejo de Vicente. había llevado consigo una gran imagen del último juicio, del paraíso y del infierno. En cada pueblo, comenzaba por exponer las grandes verdades de la salvación; después, desplegando su cuadro y señalándole: » ¿Qué escogéis, les preguntaba, lo de arriba o lo de abajo, el paraíso o el infierno? -A mí no me interesa, respondía cada insular en su lenguaje, escoger ir con el diablo, es con Dios con quien quiero quedarme.» Y ellos admiraban la imagen, extrañándose de que se hubiera podido trazar figuras en el papel. Estaban como en un éxtasis. Si, doblada la imagen, llegaba alguien: «Ah, tú no has visto la riqueza», le decían todos. Y había que desplegarla otra vez y volver a dar la explicación. Entonces, entre Nacquart y sus buenos isleños, se establecía un diálogo familiar y confiado. «Padre, le decían, nuestros ombiasses no nos hablan nunca de Dios; ellos no nos visitan más que por interés o para engañarnos; pero tú, tú nos enseñas gratis y nos dicen siempre la verdad.» Sobre los diferentes puntos del cristianismo, ellos expresaban ingenuamente sus impresiones; maldiciones contra el diablo, al se habrían sentido dichosos de echarle mano y quemarlo; maldiciones también, pero pronto reprimidas por el Misionero contra nuestros primeros padres. «Oh, qué hermoso habría sido, exclamaban, ser como Dios nos había hecho, sin trabajo, sin sujeción a las enfermedades ni a la muerte!»
Nacquart fue así, mostrando el cuadro, hasta en la casa de Dian Raberas, jefe de una tribu del valle de Amboul. Éste se hallaba enfermo. Pidió que le hablaran de Dios y que le mostraran la imagen. Reunidos los vasallos, Nacquart comenzó su explicación y, mostrando el infierno: «Allí, dijo, irán los polígamos.» Bueno pues, Raberas tenía cinco mujeres. Palideció y echó a temblar; luego pidió al Misionero que volviera después de su curación, prometiendo quedarse con una sola mujer, y obligar a sus vasallos a recibir el Evangelio.
De regreso al Fort-Dauphin, Nacquart puso la primera piedra de una iglesia dedicada a la santísima Virgen, el 2 de febrero de a1650, día de la Purificación. Desde entonces volvió al curso de sus visitas a los jefes. Visitó, entre otros, a Dian Madombour, gran ombiasse, que disponía, según decían, de los saltamontes; después a Dian Marsicon, otro ombiasse, que hacía a su gusto la lluvia y la sequía, siempre para provecho de sus arrozales y de sus rebaños. A pesar de ello, la sequía le había alcanzado a él también, y el pueblo, más desdichado todavía, murmuraba. «¿Lloverá pronto? «, preguntó a Nacquart. –Es, respondió el Misionero, el secreto de Dios quien, a su gusto, envía o retiene la lluvia. Pero tú, si eres tan poderoso, ¿por qué permites que se sequen y se pierdan los arrozales del país y los tuyos? –Es por culpa de los oûlis, replicó el ombiasse; y Nacquart empezó a tronar contra la vanidad de los ídolos.
De vuelta al Fort-Dauphin, en 1651, para predicar la cuaresma a los Franceses, celebró la primera misa en la nueva iglesia el día de Pascua; solemnidad que resultó realzada por el bautismo, la primera comunión y el matrimonio de muchos Malgaches adultos. De esta manera crecía la misión. Al llegar a Madagascar, no había encontrado más que a cinco niños bautizados por Bellebarbe; él había bautizado a otros cincuenta y dos, sin contar a setenta y siete Malgaches adultos y más neófitos a los que difería el bautismo hasta su matrimonio, única esperanza de perseverancia de esta nación disoluta. Vigilaba tan sólo que ninguno de éstos se muriera sin el bautismo. Es así como bautizó a una anciana Malgache cuyo cuerpo ocupó la primera plaza en el cementerio de los Franceses. A estos bienes convendría añadir a protestantes convertidos, numerosos matrimonios rehabilitados entre Franceses y negras, por último proyectos caritativos, sobre todo para la educación de las mujeres y de las jóvenes de este país, proyectos que, sin haber sido realizados, se han contado por Dios en el haber de su siervo.
Durante la semana santa de ese año de 1651, el jefe de los Matatanes, Dian Taboulaze, llegó a prestar sumisión al conde de Flacourt. Asistió con admiración a las hermosas ceremonias del culto católico. Se extasiaba delante de los cuadros que representaban a la santísima Virgen y al Salvador en la cruz. Tocaba los clavos y las manos de las manos y de los pies para sentirlos. Nacquart no perdió la ocasión de contarle la historia de la vida y de la pasión de Nuestro Señor. «Oh, cómo me gustaría, dijo entonces al Misionero, que tú vinieras a nuestra tierra de los Matatanes! Yo iría siempre a prender contigo.»
Estas buenas disposiciones para recibir el Evangelio renovaban el dolor del Misionero, a quien la soledad reducía a la impotencia. Veía a estos pueblos que no esperaban más que el movimiento del agua, según la expresión evangélica, para bajar a la piscina del bautismo. Al recorrer los pueblos, oía a esta pobre gente gritarle: «¿Dónde está pues esta agua que lava las almas y que nos has prometido? Llévanos y haz las oraciones.» Y entonces, escribiendo a Vicente, decía con san Francisco Javier: «Donde están tantos doctores que pierden el tiempo en las academias, mientras que tantos pobres infieles piden pan y no hay quien se lo parta.. no dudo, Señor, que todos los individuos de la congregación salten de alegría con las noticias deseables a su celo, y quieran cooperar con Dios en la conquista de este nuevo reino para Jesucristo, y que, en la compasión de verme solo en un país tan distante administrar los sacramentos a los demás, sin poder recibir otros que la santa Eucaristía, ellos rueguen a la bondad de Dios para que me fortalezca en su gracia.»
Nada más recibir la muerte de Gondrée, Vicente pensó, en efecto, en no abandonar a Nacquart solo en las fatigas en las que no podía dejar de sucumbir bien pronto. Llamó de Picardía a Jacques Mounier, que estaba ocupado en distribuir limosnas. Hacía tiempo que Mounier, nacido en Saintes, deseaba dar su vida por la salvación de los infieles, y había hecho voto de recitar todos los días el rosario para obtener la gracia de ser destinado a las misiones lejanas. Vicente le asoció a Toussaints Bourdaise, de Blois, que dependía entonces del obispado de Chartres. Transformaciones maravillosas operadas por la gracia, adorables juegos de la Providencia. Habían estado a punto más de una vez de despedir a Bourdaise de la Compañía, por demasiado escaso talento y ciencia3, y es él quien se va a convertir en el verdadero apóstol de Madagascar. Las revueltas del reino, rivalidades de las compañías no permitieron a los dos Misioneros hacerse a la mar hasta principios de 1654, y le 16 de agosto llegaban a Fort-Dauphin.
IV. Muerte de Nacquart. –Nuevos Misioneros.
Hacía más de tres años ya que la colonia estaba viuda de Nacquart, muerto a los treinta y cuatro años el 29 de mayo de 1651, sin que en este largo intervalo sin que la noticia hubiera llegado a París. Fue Mounier quien, en carta del 6 de febrero de 1655 transmitió a Vicente estos fúnebres detalles. .Algunos días después de Pascua, Nacquart se había sentido atacado y, el domingo del Buen Pastor, con el presentimiento del fin próximo, había comentado en el púlpito este texto: «Percitiam pastorem, et dispergentur oves (heriré al pastor y se dispersarán las ovejas). No había dejado, a pesar de su debilidad, de ir a pie a un pueblo distante varias leguas de Fort-Dauphin, para bautizar allí a un anciano y a diez niños. A su regreso había predicado también el día de la Ascensión. Esto había sido su esfuerzo supremo. Se había vuelto a la cama, y había dado sus últimas disposiciones. Había recomendado a los Franceses el cuidado de los enfermos, la fidelidad a su fe, el respeto del Santísimo Sacramento que dejaba en la iglesia, sobre todo si, forzados a huir, debían llevárselo con ellos, la exhumación de Gondrée que él deseaba que se pusiera con él en la misma tumba al pie del altar; luego, después de veinticuatro horas de delirio, había entregado su alma a Dios. los Franceses le habían dado sepultura en medio de cantos fúnebres, revestido de sus ornamentos sacerdotales y se habían reunido al cabo del año para cantar otra vez el oficio de los difuntos. A pesar del olvido que cubre a los muertos casi tan rápidamente como la tierra de su fosa, la memoria de Nacquart estaba todavía viva entre los Franceses y entre los negros. «Era, ha escrito Flacourt4, un hombre de buen carácter, celoso `por la religión, , y que vivía ejemplarmente bien, que tenía ya el conocimiento de la lengua suficiente para instruir a los habitantes del país, en el que se dedicaba de continuo con todas sus fuerzas, y ha sido llorado de nosotros, tanto que siguiéndole muchos Franceses trataban de vivir bien, que, más tarde, por falta de instrucción, se abandonaron al vicio común de este país, que es el de la carne.»
Por su parte, Vicente hizo de Nacquart y de Gondrée esta impresionante oración fúnebre, en una de las conferencias ordinarias de San Lázaro: «Oh, Salvador! Uno de estos días, hablaba yo a uno de esos Señores que han regresado de aquel país. Dios mío, qué cosas no me decía del Sr. Nacquart, el gran servidor de Dios, y con qué sentimientos me hablaba. Cuántas obras buenas, grande pérdida la de este servidor de Dios. Pero grande provecho. Oh Salvador! Sanguis martyrun semen christianorum Eso me hace esperar que su martirio (pues ha muerto por Dios) será la semilla de los cristianos; que Dios, a la vista de su muerte, nos dará la gracia de fructificar… Y del Sr.Gondrée, Dios mío, qué sentimientos, qué sentimientos. Tengo siempre presente a aquel hombre, su gran dulzura, su gran modestia; todavía recuerdo las buenas palabras que nos decía en el ajetreo del embarque, este hombre de Dios. Oh Salvador, pidamos a Dios que dé a la Compañía ese espíritu, ese corazón; ese corazón que nos haga ir a todas partes, ese corazón del Hijo de Dios, ese corazón de Nuestro Señor. Corazón de Nuestro Señor. Corazón de Nuestro Señor! que nos dispone a ir como él iría y como él habría ido, si su sabiduría eterna hubiera juzgado conveniente trabajar por la conversión de las naciones pobres.»5
Privados de sacerdotes por tan largo tiempo, los Franceses, con Flacourt a la cabeza, recibieron a Mounier y a Bourdaise con mucho honor y cordialidad. Los instalaron primeramente en su pequeña choza; de allí se fueron a la iglesia, donde su gozo fue inmenso al ver que las sagradas especies dejadas por Nacquart se conservaban en estado de perfecta conservación.
Por su parte, los negros bautizados por los primeros Misioneros acudieron a los sucesores, trayendo con ellos a una multitud de compatriotas, venidos de todas las regiones vecinas para hacerse instruir; de manera que la choza se volvió pronto demasiado pequeña, y fue preciso construir otra mayor, destinada exclusivamente a los catecismos.
Y es que todos, Franceses y negros, tenían buenas razones para desear la llegada de los Misioneros. Flacourt veía todos los días desaparecer su colonia bajo los golpes de las enfermedades y de los Malgaches, y él mismo se sentía amenazado de asesinato. Los que enviaba en misión no volvían, porque los Malgaches infestaban los caminos, se llevaban los animales y masacraban a los Franceses extraviados. Se los frenaba a veces a fuerza de valor, y esos bárbaros decían entonces: «Hemos oído hablar de los Portugueses; hemos conocido a los Holandeses y a los Ingleses; pero no son hombres como vosotros; ya que vosotros no os preocupáis por vuestras vidas, y aunque veáis la muerte ante los ojos, no os asustáis. Sois diferentes que esos extranjeros, no sois hombres, sino leones.» A pesar de todo, eran treguas siempre violadas por jefes pérfidos, perpetuos ataques, y los Franceses bloqueados en el Fuerte, tenía que luchar a la vez contra el hambre y las armas de los Malgaches. Y no llegaba ningún navío de Francia. Flacourt estaba dolorosamente sorprendido por el abandono en que le dejaba la Compañía de Oriente, cuando, el 11 de agosto de 1654, cinco días antes de la llegada de los Misioneros, vio dirigirse hacia él por tierra a dos Franceses llegados ya a Madagascar. Sin barco a la vista, por dónde habían llegado, y qué querían de él? le informaron que la Compañía había cedido sus derechos al mariscal de La Meilleraye, y dos barcos suyos se hallaban fondeados a cuatro leguas de la ensenada del Fort-Dauphin. Una carta del superintendente Fouquet le avisaba que estos dos barcos le traían a dos sacerdotes de la Misión y se los recomendaba su benevolencia religiosa. Nada más sobre la conducta que debía seguir. Hasta que el 16 le entregaron una carta de La Meilleraye, que parecía aceptar sus servicios y poner nuevos recurso a su disposición. Por lo demás, ni una palabra de la Compañía, de la que era representante.
Esta Compañía, herida de muerte con Richelieu, su protector, había obtenido no obstante, en 1652, la continuación de sus privilegios por quince años; pero arrastraba una existencia lánguida. Fue entonces cuando La Meilleraye, en previsión de su final próximo, envió las dos barcas que acabamos de ver en la rada del Fort-Dauphin, para apoderarse de Madagascar en su nombre.
Estas tristes rivalidades mercantiles habían retrasado el envío de nuevos Misioneros. Obligado al fin a venir en ayuda de los suyos, Vicente se había determinado a confiar a Mounier y a Bourdaise a las barcos de La Meilleraye. Pues ¿y qué hacer? La Compañía de Oriente estaba amenazada de una disolución evidentemente próxima. Hacer arreglos con ella era atraerse las persecuciones del mariscal quien, según todas las probabilidades, iba a hacerse el único dueño de la isla. Vicente seguirá dudando, a pesar de todo, entre la Compañía y La Meilleraye, lo que perjudicará el transporte de los apóstoles del evangelio.
Entre tanto Mounier y Bourdaise se habían enfrascado en el estudio de la lengua y, al cabo de unos meses, podían catequizar a los negros al mismo tiempo que ellos atendían espiritualmente a los Franceses. Todo iba nejor cuando tuvo lugar una revolución en el gobierno de la colonia.
Flacourt, sin poderes asegurados, enfrentado a las reclamaciones de sus colonos a quienes no podía satisfacer, amenazado por Pronis, el antiguo gobernador, y por el capitán La Forêt llegados uno y otro en los barcos de La Meilleraye, dos competidores en expectativa que le podían suplantar de un momento a otro, resolvió regresar a Francia, para informarse de la situación real de la Compañía de Oriente. Hizo pues un trato por el que entregaba en manos de Pronis y de La Forêt la colonia de la que constataba el estado próspero: provisiones abundantes de arroz y ganados, contribuciones de guerra ingresadas en su caja, numerosas tribus sometidas a la autoridad del rey de Francia, así como las islas de Santa María y Mascareigne (Bourbon).
Salido el 5 de febrero de 1655, y desembarcado en Nantes el 18 de junio del mismo año, se entregó bien pronto de la causa de su abandono, es decir las intrigas y las rivalidades ya citadas.
Mientras que ponía en pie en Francia los asuntos de la Compañía era presa de las desdichas por las que él había salido de allí. Una parte del fuerte y de los comercios había sido pasto de las llamas, en medio de las celebraciones destinadas a festejar la instalación de Pronis. Algunos días después, otro incendio estallaba y devoraba el resto del fuerte, la caspilla y la casi totalidad del pueblo: desastre que Pronis, sin provisiones y sin instrumentos de trabajo no pudo nunca reparar. Por su parte, Bourdaise hizo construir, a alguna distancia del fuerte, una nueva choza, donde reanudó la explicación de los cuadros de la religión cristiana.
El mal éxito de una expedición, emprendida en los Mahofules, iba a ser más funesta a la Compañía. Como un gran número de Franceses habían muerto sin sacramentos en las expediciones precedentes, Pronis pidió a Mounier que acompañara a ésta. Apenas aclimatado, pero feliz por una ocasión así de llevar la fe a los infieles, Mounier partió al final de febrero de 1655. Tres meses habían transcurrido sin que se recibieran noticias de la expedición cuando, el 23 de mayo, aparece un Francés por una colina lejana. Van todos hacia él, y se enteran de que todos los compañeros suyos que habían escapado a las azagayas(dardos) de los Malgaches habían caído enfermos; que Mounier muy enfermo también, después de arrastrarse un buen rato, sin beber, sin tomar alimento, era trasportado por los negros durante seis días en unas andas.
Bourdaise se dirige a toda prisa al campamento francés, luego a la choza de Mounier. Un lamento le indica que su compañero está en la agonía. En efecto, Mounier sólo esperaba para morir los sacramentos , y apenas los hubo recibido, se durmió dulcemente en el Señor, la víspera de la Ascensión.
La expedición regresó a la colonia en un estado lastimoso con dieciocho franceses menos, casi sin botín , y con el cadáver de Mounier, a quien Bourdaise depositó a l lado de Nacquart y de Gondrée.
Solo a su vez, Bourdaise recobró con valor su santo apostolado. Con la aprobación del gobernador, recorría las chozas, expulsaba a las mujeres de mala vida, y se sentía bastante afortunado para hacer de varias de ellas otras Magdalenas arrepentidas. Como faltaban en la colonia toda clase de provisiones, se resolvió hacer una expedición nueva. La Forêt se subió a una canoa que quería dirigir a Galhemboule, Santa María y el mar Rojo. En Galhemboule, maltrató a los nativos, quienes le masacraron. La canoa continuó su ruta, pero no trajo más que algunas toneladas de arroz.
Durante esta expedición, Pronis, abrumado de tantos desastres cayó enfermo y se vio a las puertas de la muerte. Mandó llamar a Bourdaise. El Misionero creyó que quería volver de su protestantismo, o más bien de su incredulidad; sólo quería confiarle a su hija; y aceptado caritativamente el legado expiró en la impenitencia de los crímenes con los que había llenado a la colonia naciente. La joven abjuró la herejía arrastró con su ejemplo a tres de sus correligionarias, de manera que no quedaron más que dos protestantes en el Fort-Dauphin.
Des Perriers sucedió a Pronis. A pesar de tantas experiencias fatales, él inauguró su reinado con masacres, pillajes, ejecuciones tan torpes como injustas y crueles. Los jefes condenados a muerte pidieron el bautismo, que Bourdaise, testigo impotente de estas abominables escenas, les administró. Los ostros jefes iban a ejercer terribles represalias, cuando dos de ellos, temiendo la cólera de los Franceses, vinieron a entregarse, con sus familias , a Des Perriers, en prenda de la fidelidad de sus parientes. Otros jefes siguieron el ejemplo y entregaron a sus hijos. Durante su estancia en el Fort-Dauphin todos se hicieron instruir en la religión cristiana, asistieron a la oración y a las ceremonias del culto católico. Bourdaise se disponía a bautizarlos, pero la paz fue concluida; regresaron a sus países invitando solamente el Misionero a venir a instruir a sus súbditos.
Entretanto el suelo, devastad por el pillaje o devorado por la sequía, no producía ya nada para la alimentación de la colonia. Los Franceses se hallaban extenuados, los negros se morían de hambre. Sin recursos él también, Bourdaise va de puerta en puerta, recoge arroz, frutas, huesos, y distribuye así cada día una caldera llena de sopa a los más hambrientos, como se hacía en tiempos así a la puerta de San Lázaro. Esta caridad impresiona a esta pobre gente. Todos piden la señal del cristiano, jefes y vasallos. «Oh, escribía entonces a Vicente el Misionero, si hubiera aquí dos o tres sacerdotes, en una año todo este gran `país de Anos sería bautizado. Yo trato al menos de inspirar el deseo, para que este bautismo in voto supla en la necesidad .
Heredero del odio de su padre Ramach, Dian Panolahé quiso aprovecharse de estos desastres para exterminar a los Franceses. Des Perriers se le adelantó. Envió de noche a Faushère un destacamento que se apoderó de su persona, y se lo llevó al Fort-Dauphin. El pérfido jefe iba a ser pasado por las armas, cuando Dian Machicore, su pariente, vino a tratar de su liberación con Dian Mananghe. Eran aquellos mismos jefesque veíamos hace un momento como rehenes. Esta vez Bourdaise tuvo el consuelo de acabar su obra. . bautizó solemnemente a los cinco hijos de Machicore, uno de los cuales llegó a ser un cristiano perfecto. Mananghe le confió la educación cristiana de su hijo, y el padre de este jefe, anciano centenario, conmovido por el ejemplo de estos jóvenes, quiso también hacerse cristiano. La fiesta de la Purificación de 1656, celebrada con gran pompa, suscitó buenos deseos en las almas, y las fiestas de Pascua y de Pentecostés fueron solemnizadas por numerosas bautizos. El fruto de estas conversiones se extendió a lo lejos. Un anciano de setenta años, jefe de Imours, peligrosamente enfermo, después de invocar vanamente a sus oûlis, pidió su curación al bautismo; la obtuvo; y esta curación maravillosa multiplicó el número de los cristianos.
Mientras tanto Vicente de Paúl y la Meilleraye no se olvidaban de Madagascar, del que habían llegado a saber por Flacourt el estado religioso. Cuatro navíos se encontraban a punto de salir para esta isla en el puerto de La Rochelle. Tres Misioneros, Mathurin de Belleville, Claude Dufour6.
Y Nicolas Prévost, subieron abordo, el 29 de octubre de 1655 con ochocientos hombres, tanto marinos como soldados. Apenas había perdido de vista la flotilla las costas de Francia cuando murió Bellville el 17 de enero de 1656, y fue arrojado al mar, «cementerio, dice Vicente, de los que en él mueren. Tras un penoso viaje de siete meses, el 29 de mayo del mismo año, la escuadrilla fondeó en el Fort-Dauphin. Había perdido a cien hombres en la travesía, y contaba aún con doscientos enfermos. Grande a pesar de todo fue la alegría de Bourdaise a la vista de estos queridos compañeros. Era la víspera de la fiesta del Corpus, y quiso celebrarla con una pompa hasta entonces desconocida en Madagascar. Arcos adornados con bolitas de papel blanco realzadas con nudos de cinta roja, telas, colgaduras de tela blanca, plantas y flores fueron todos los gastos. Dufour llevaba el Santísimo Sacramento, asistido de Bourdaise con roquete. El caballero de Sourdis llevaba la casulla, el gobernador y su lugarteniente llevaban el palio; cuatro mosqueteros marchaban en los ángulos, y otros cuatro llevaban las antorchas; cuatro pequeños Indios, vestidos de blanco, cubrían el suelo de flores, t otros dos mantenían el incienso; el resto del pueblo marchaba en línea con cirios encendidos. Así desfiló la procesión al son de las salvas de cañón de las embarcaciones y del fuerte, y descargas de mosquetería. No se precisaba tanto para encantar a los buenos neófitos..
Breve fue la alegría de Bourdaise. Después de unos días pasados en el fuerte, donde, atacado él mismo con el escorbuto, Dufour le sirvió de consuelo, el enfermero y el médico de los enfermos, este Misionero tuvo que ir a reunirse con su cohermano Prévost a Santa María, lugar de su destino, y Bourdaise entró en su soledad.
V. Muertos. –Todoslosantos Bourdaise.
Du Rivan, el nuevo gobernador, después de instalar a cien colonos en Santa María que acababa de ocupar en nombre de La Meilleraye, hizo una campaña en el mar Rojo. A su regreso a la isla, no encontró en ella más que tumbas. El escorbuto había atacado enseguida a todos los franceses, reducidos ya a la escasez . los dos Misioneros habían compartido primeramente con ellos su escasa ración, luego se vieron condenados a un ayuno riguroso para dejársela toda entera. Enfermo, cansado por el clima, agotado cuidando los cuerpos y las almas, Dufour había tenido el pensamiento de consagrar Santa María a los doce apóstoles, y, en este plan, había salido a plantar una cruz en cada uno de los doce barrios de la isla, atravesando los ríos, durmiendo en el suelo limpio y húmedo, expuesto a la lluvia y a los ardores del sol de los trópicos. En la décima estación había caído. Informe para sus cohermanos, había muerto al cabo de dieciocho días; un mes después, le había seguido Prévost7.
De provisoria la soledad de Bourdaise amenazaba con convertirse en eterna: «Aquí me tiene en el extremo de la desgracia, querido padre, escribía él a Vicente, y en situación de no esperar más en el futro, ya que no tengo más que perder, ni quizás que esperar, en vista que esta tierra ingrata devora tan cruelmente, no ya a sus habitantes, sino a sus propios libertadores. Entendéis lo suficiente , Señor, cuanto voy a deciros, , y lo que querría poder callarme para ahorraros lágrimas y mis suspiros. El Sr. de Belleville, de quien no conocí nunca más que el nombre y las virtudes, se murió en el camino. El Sr. Prévost, después de enjugar las fatigas del viaje, se murió. El Sr. Dufour, a quien no he visto aquí más que para conocer el precio de lo que yo debía perder, se murió. Finalmente, todos los hijos que habéis enviado a Madagascar se han muerto: y yo soy ese miserable siervo que se ha quedado solo para daros la noticia.»
Para poner algo de consuelo al lado del dolor, Bourdaise contaba luego sus trabajos y sus éxitos. De Santa María, du Rivan había vuelto desesperado al Fort-Dauphin, luego se había embarcado para Francia en una prise inglesa, dejando a su lugarteniente Gueston el gobierno de la colonia. Gueston había reconstruido el fuerte y Bourdaise había transportado su cabaña entre el pueblo de los negros y la habitación de los Franceses para estar más al alcance de unos y de otros y poder bastar a su servicio. Había hecho también construir una iglesia más amplia para contener a los numerosos neófitos, una cabaña grande para los catecismos y otra para servir de hospital, a la espera de las Hijas de la Caridad que esperaba ver un día para reemplazarle con los enfermos, de quienes, mientras tanto él debía ser como todos sus cohermanos, el médico, el enfermero al propio tiempo que el director espiritual. Contando con nuevos Misioneros, había comenzado un seminario con cinco jóvenes que podrían ser un día buenos sacerdotes, capaces de convertir a sus compatriotas. Mientas que Prévost y Dufour estaban con é, se le había ocurrido dejar a uno de ellos en el Fort-Dauphin, y recorrer los pueblos permaneciendo ocho o seis días en cada uno hasta que un Malgache se supiera lo suficiente para pedir a Dios y enseñárselos a los demás. de ese modo habría satisfecho a la urgencia de los pobres negros que le llamaban de todas partes.
En el mismo tiempo i el mismo plan, cuatro jóvenes negros de Madagascar, traídos en 1655 por Flacourt eran educados en San Lázaro. Tres de ellos habían sido bautizados de pequeños por Nacquart: pero abandonados luego durante años habían perdido casi todo el conocimiento de Dios y toda práctica religiosa. El mayor de los cuatro no fue bautizado hasta París y tuvo por padrino a Luis XIV. Nada a la vez de impresionante y sublime como las recomendaciones de san Vicente de Paúl apropósito de estos cuatro jóvenes Malgaches. En sus discursos es donde se ha de ver lo que la fe inspira de respeto hacia la dignidad humana, incluso oculta bajo las sombras de la barbarie y degradada hasta una especie de brutalidad. «recomiendo a los sacerdotes de la Compañía, decía a los suyos, a estos cuatro pequeños negros que los necesitan tanto, a fin de que quiera Dios darse a conocer de ellos y nos sugiera lo que debemos hacer para su salvación. Si tuviéramos aquí a un ángel entre nosotros, habría que emplearlo en la instrucción de estos pobres negros que la Providencia de Dios nos ha enviado, y su tiempo estaría muy bien empleado…Cuatro personas del país bien instruidas con dos de nuestros señores ¿qué no podrían hacer? Cuatro son capaces de convertir las Indias; uno que tuviera en sí al Hijo de Dios, un solo portador del espíritu de Dios!… Tratémoslos con todo el respeto, dulzura y moderación que podamos, guardémonos de burlarnos, que Dios no lo permita.. Instruyámoslos con nuestro ejemplo, y de esta manera tratando de darles mediante la modestia con la que vean nuestros buenos sentimiento para con Dios y nuestra religión, a fin de que imitándonos se vean llevados a servir a Dios, que, cuando estén en su país, puedan contar que es verdad cuanto se les ha dicho respecto del cristianismo. Y si ven en nosotros otras cosas, ¿qué dirán de nosotros? ¿Qué opinión sacarán de nuestra religión, y qué podrán decir de nosotros a los demás?..Roguemos A Dios por ellos. Señores sacerdotes, les pido que tengan esta intención, y ustedes, hermanos míos, igualmente en la comunión, y que todos hagamos cada día alguna oración por ello. Cuando los veamos elevemos nuestro espíritu hacia Dios pidiéndole que bendiga a estas jóvenes plantas para que crezcan en su amor.. hagamos algunos sacrificios, alguna mortificación, alguna disciplina por esto; sí, alguna disciplina, no podríamos tener mejores intenciones que la salvación de un alma y Dios ha sufrido tantos latigazos por ello. Y sufriría hasta la muerte por el alma del menor de sus hijos. Oh Señores, nuestras mortificaciones no podrían estar mejor empleadas que con este fin. Ofrezcámoselas a Dios, se los suplico por la salvación de estas pobres almas.»8
Mientras sonaban estas enseñanzas en San Lázaro, Bourdaise, a quien el espíritu de Dios instruía directamente,, se mostraba como discípulo fiel. Forzado a ser comedido, tuvo que concentrar su acción. Tenía mucho que hacer aún. Se sentía abrumado por la gente que llegaba para aprender a rezar. Él los reunía en la iglesia, y estas voces discordantes de hombres y de mujeres, de jóvenes y de viejos, de pobres y de ricos, unidos en la fe de un mismo Dios formaban a sus oídos el más dulce de los conciertos. Los bautizos, los matrimonios se multiplicaban. Las ceremonias de los funerales cristianos, sobre todo cuando se aplicaban a Dianes bautizados, conmovían a los negros. Acudían en masa para ver dar tierra a los que hacía poco consideraban como dioses. Admiraban la religión católica por la santa igualdad que practica en la muerte y por la caridad que la lleva a conceder los últimos honores a los que ayer, antes de su bautismo, no les deseaban más que mal.
Un poco de triaca, un ungüento administrado a propósito de una operación feliz, era más que suficiente para desacreditar al ombiasse y a los oûlis, y atraer al Misionero. Por lo demás, Bourdaise no despreciaba a los ombiasses mismos y trataba de convertir a los que, por su reputación de ciencia o sus pretendidas adivinaciones, tenían más crédito sobre estos pueblos.
En suma, la obra de Dios se hacía y, a pesar del profundo sentimiento de su nada, Bourdaise se atrevía a decir: Si yo viniera a faltar, ¿qué sucedería a esta pobre Iglesia? Dios, que me permite ver este extremo, escribía él en sus últimos días a Vicente de Paúl, me apura en prosternarme en espíritu a vuestros pies, como lo estoy aquí en el cuerpo para deciros de parte de tantas almas, con toda la humildad y el respeto que me es posible: Mitte quos missurus es. Enviadnos Misioneros, pues los que han venido a morir en nuestras puertas no han sido enviados a Madagascar para quedarse: Han sido tan sólo llamados por este camino al cielo… Cuántos hombres se condenan aquí por falta de un hombre que les ayude a salvarse!… Y es lo que me causa el mayor dolor, sobre todo cuando me represento que sus ángeles guardianes me dicen: Si fuisses hic, frater meus non fuisset mortuus…Oh querido padre, cuántas veces formulo el deseo de que tantos eclesiásticos que están en Francia en la ociosidad y que conocen esta gran necesidad de obreros, hagan alguna vez una reflexión parecida, y se persuadan vivamente que Nuestro Señor mismo les hace estos reproches a cada uno de ellos en particular: O sacerdos, si fuisses hic, frater meus non fuisset mortuus! Sin duda que un pensamiento semejante les daría compasión y hasta espanto, sobre todo si consideraran atentamente que, por descuidar esta asistencia espiritual , el mismo Jesucristo les dirá un día estas palabras terribles: Ipse impius in iniquitate sua morietur, sanguinem vero eius de manu tua requiram (El mismo impío morirá en su iniquidad, pero yo reclamaré su sangre de tu mano) Oh, que si los sacerdotes, los doctores, los predicadores los catequistas y demás que tienen talento y vocación para estas misiones alejadas prestaran buena atención a esto, y sobre todo a la cuenta que se les pedirá por tantas almas que, por falta de asistencia por su parte, se hayan condenado, no hay duda que serían más cuidadosos de lo que lo son por no ir lejos a buscar las ovejas extraviadas para traerlas al redil de la Iglesia.»
Temiendo que la muerte de sus mejores sacerdotes apartara a Vicente de esta misión, se lo recordaba con toda clase de razones y ejemplos, repitiendo siempre: «Enviadnos lo antes posible algunos buenos operarios, os lo suplico, querido padre,… Es verdad que habéis perdido a muchos hijos, y buena gente, pero os lo pido por el amor de Jesucristo que no os desaniméis en esto y no abandonéis a tantas almas que han sido recatadas por el hijo de Dios. tened por seguro que si tantos misioneros buenos, no es la causa el aire del país; sino o las fatigas de sus viajes, o sus mortificaciones excesivas, o bien el trabajo desmesurado, que será siempre aquí demasiado grande mientras haya pocos obreros.»
Lleno de confianza en Dios incluso cuando era el más inclinado bajo su mano, Vicente no se desanimaba ni ante la muerte de sus hijos, tan cruel sin embargo a su corazón ni ante los consejos de sus amigos, que le decían que renunciara a una empresa que el cielo parecía condenar. «la Iglesia, respondía él, ha sido establecida por la muerte del hijo de Dios, fortalecida por la de los apóstoles, de los papas y de los obispos martirizados; se ha multiplicado por la persecución. Dios prueba a los suyos cuando tiene algún gran proyecto sobre ellos. Su divina bondad hace conocer que ella quiere hoy, tanto como siempre, que su nombre sea conocido, y el reino de su Hijo establecido en todas las naciones. Es evidente que estos pueblos insulares están dispuestos a recibir las luces del Evangelio. Ya seiscientos de entre ellos han recibido el bautismo por los trabajos de un solo Misionero, que Dios ha conservado allí, y sería contra toda razón y caridad abandonar a este siervo de dios que pide auxilio, y dejar a ese pueblo que no pide más que ser instruido..»
Y hablaba a los suyos con una resolución más enérgica todavía para hacerles reclamar los puestos glorioso que la muerte acababa de abrir: «Díganme, sería un hermoso ejército, el que, porque hubiera perdido dos, tres, cuatro cinco mil hombres lo abandonara todo ahí! Digamos lo mismo de la Misión. Sería bonito ver a un ejército así hecho, fugitivo y acobardado! Digamos lo mismo de la Misión. Bonita sería una Compañía como la de la Misión, la cual, por que hay cinco o seis muertos, abandonaría la obra de Dios Compañía cobarde, apegada a la carne y a la sangre!9
VI. Nuevos desastres. –Naufragios.
A esta santa provocación, sacerdotes y hermanos se levantaron, declarándose preparados para partir. Vicente escogió a dos sacerdotes, Boussordée y Herbron, y al hermano Christophe de Launay, que los tres se embarcaron en Nantes, el 30 de octubre de 1656, apenas salía el barco del Loira, cuando se presentó una tempestad que le obligó a volver a la rada en Saint-Nazaire. El día de Todos los Santos los dos sacerdotes dijeron la misa en la embarcación; pero dadas las incomodidades por la agitación, bajaron a tierra al día siguiente, con el capitán y una docena de pasajeros, para celebrarla en una iglesia. quisieron a continuación volver abordo; el mar estaba tan movido, que nadie por suerte se atrevió a embarcarse en una chalupa para conducirlos. El 3 de noviembre entre las diez y las once de la noche arreció la tormenta llevando al navío sobre un banco de arena donde se partió. Ciento veinte o ciento treinta pasajeros perecieron, entre los cuales el lugarteniente y otra persona notable.
No obstante el hermano Christopphe de Launay se había quedado abordo. En vista del peligro, agarró unas tablas en forma de balsa y, con quince o dieciséis compañeros, se encomienda a la merced de las olas. . con su abrigo hace una vela, con el crucifijo en la mano como si fuera la caña del timón y dirige así el frágil esquife, asegurando a sus compañeros de que nadie perecería si tenían confianza en Dios. «Dense cuenta, les pido, decías Vicente al contar esta aventura, de la fe de este niño.» En efecto, después de verse zarandeados durante una noche y un día, la balsa depositó a todos los pasajeros en la costa de Paimboeuf, con excepción de uno solo que, en el momento de echar pie a tierra, expiró de frío y de miedo. «¿No ven ustedes en ello, añadía Vicente, una protección muy especial sobre estos tres Misioneros, y en particular sobre este buen hermano quien, siendo muy tímido, humilde y dulce; – Sí, es el joven más humilde y más dulce que conozco;- ha tenido el suficiente valor para sí y para animar a los demás en este peligro inminente?»
Vicente, en esta circunstancia, queriendo asegurar la fe y la entrega de los suyos, no dejó de repetir sus admirables enseñanzas sobre la conducta con frecuencia incomprensible, terrible las veces, siempre adorable de la divina Providencia, que se complace en atravesar los grandes planes para castigar las culpas de unos y probar el valor de los otros. Y añadió: «¿Sería posible que a quienes Dios había dado el deseo de irse tan lejos fueran unos gallinitas por una embarcación más o menos? No, no me cabe en la cabeza… ¿Y entonces qué? ¿Acaso no quiere que la Compañía continúe esta obra que ha comenzado? Sí, ya lo creo, Señores, lo quiere…Dios no cambia lo que una vez ha resuelto, por contrario que nos parezca lo que pasa.» Y comprometió a los suyos para no dejarse abatir, sino más bien agradecer a Dios por la protección que acababa de dar a «la pobre pequeña y humilde Compañía» en la persona de los tres Misioneros a volver a entregarse de nuevo a él para acabar una obra en la que no se había comprometido sino por obediencia a la orden del nuncio apostólico. Finalmente, ordenó una misa funeral por las víctimas del naufragio. «Nos sentimos obligados con mayor razón, dijo, porque parecía que Dios los hubiera puesto bajo la dirección de los sacerdotes de la Compañía, que los debían servir en calidad de párrocos durante la travesía y después de su llegada a Madagascar.»10
Los tres Misioneros escapados al naufragio volvieron a París, y Vicente preparó una nueva partida. sin embargo el mariscal de La Mailleraye y la antigua Compañía de Oriente seguían en luchas y procesos. La Compañía, que no renunciaba a sus derechos sobre Madagascar, se disponía a enviar allí un navío, pidió Misioneros que le fueron prometidos. Al mismo tiempo, Vicente de Paúl prometía, que tenía un navío para salir. dos o tres sacerdotes a La Meilleraye. Pero el mariscal quería el monopolio del transporte de los Misioneros como del gobierno de la colonia. Irritado al ver a Vicente repartirse entre él y la Compañía de Oriente, guardó en un principio un silencio hiriente, luego declaró que no se serviría más de los sacerdotes de San Lázaro. En efecto, pidió padres capuchinos para la Misión de Madagascar. Vicente no usó del crédito ni en la corte ni en Roma; ni reclamó sus derechos de primer ocupante consagrados por la muerte de varios de sus sacerdotes. «Será lo que Dios quiera, se contentó con decir. Si el Sr. mariscal se arregla con estos buenos religiosos, yo voy a llamar al Sr. Bourdaise. Nuestra máxima es siembre ceder el lugar a los demás, estimando y debiendo estimar que lo harán mejor que nosotros.»11 Ya veinticuatro capuchinos estaban a punto de embarcarse para ir a meter la hoz en una mies que no habían sembrado, cuando La Meilleraye se arrepintió y pidió Misioneros. Vicente le envió a cuatro: Le Blanc, d`Averoult, Arnoult y Des Fontaines, a quienes unió al valiente hermano Christophe y a uno de los negros educado en San Lázaro, «que es buen chico, escribía (el 22 de febrero de 1658), y que servirá de hermano, de intérprete y de catequista a los Misioneros, con la ayuda de Dios.»
Los Misioneros partieron de Nantes el 13 de marzo de 1658. Al día siguiente se levantó una tempestad: más tiles y timón quedaron pronto inservibles; y durante ocho días estuvo la embarcación a merced de los vientos y las olas, hasta que logró entrar en el puerto de Lisboa. Carenado se volvió a hacer a la mar; pero apenas había escapado de la tempestad cuando cayó en las garras de un navío español. Hermosa ocasión para adorar los designios de la Providencia, dijo Vicente (carta del 10 de julio de 1658), y someterles nuestros pobres razonamientos.»
Entretanto los españoles en guerra con Francia no lo estaban con los pobres Misioneros, de manera que les concedieron en Santiago de Compostela una hospitalidad generosa, después los devolvieron a Francia.
Al año siguiente, Vicente siempre firme y confiado, intentó una tercera vez la empresa. Dos barcos iban a partir para Madagascar, uno enviado por el mariscal La Meilleraye, el otro por la Compañía de Oriente. Palin, obispo de Heliópolis, que partía para las Indias, había elegido este último. Vicente hubiera deseado colocar a sus sacerotes bajo tal dirección. Pero la Compañía parecía cada vez más debilitada y si, como era muy probable, interrumpiera pronto su comercio, el mariscal irritado se negaría en adelante a encargarse de los Misioneros, y sería el fin para la Misión de Madagascar12.
También escribía Vicente a La Meilleraye (22 de noviembre de 1659), por medio de la Señora Aiguillon, su pariente, que retiraba a la Compañía de oriente toda promesa, que estaba exclusivamente de su parte, y que ya no se sentía ligado más que con Dios y con él; y al mismo tiempo pidió a Caset, representante de la Compañía, que aceptara sus excusas, dándole las razonas por las que prefería obligarse al mariscal, quien había preferido siempre a sus sacerdotes a todos los demás, que además tenía a uno de ellos en su poder, así como a los católicos instruidos y bautizados por los Misioneros. Escribió también a Nantes, a Estienne, el superior de los nuevos Misioneros que se disponía a enviar. «Cuando hayáis llegado a Madagasrar, os ruego que no tengáis ninguna comunicación con la gente de estos señores, sino dedicaros con todo afecto a los intereses de este buen señor, por la obligación que tenemos de de obedecerle. Esto es lo que le escribo que haréis, y podréis confirmárselo. No pienso que después de esta seguridad quiera él exigir vuestros juramentos de fidelidad ni de vosotros ni de los demás. Y si no lo quisiera hacer, decidle que siendo hijos de obediencia, os es suficiente saber cuál es la intención de los que os envían para no ir nunca al contrario, y que ése es el verdadero juramento (22 de setiembre de 1659).»
Ya Vicente había detenido la elección de los Misioneros. escribió a uno de ellos, ocupado por entonces en Richelieu, esta carta que dirigió también, sin duda, en términos más p menos parecidos, a sus compañeros de viaje: «… Id pues, Señor, id in nomine Domini! Ruego a Nuestro Señor que os tenga de su mano, que os defienda y os consuele en los peligros, que os acompañe siempre por tierra y por mar, de suerte que lleguéis allí en perfecta salud, y que tenga a bien, por su infinita bondad, llenaros de su espíritu, para darle a conocer y amar por ese pobre pueblo que tiene tantas disposiciones para abrazar nuestra santa fe…Id pues sin preocupación, Señor, en la confianza que quien os llama tendrá el mismo cuidado de vos como de la niña de su ojo. Cuidaos (y cita el ejemplo de los otros Misioneros muertos por exceso de trabajo)… Si encintráis con vida al bueno de Sr. Bourdaise, veréis de alguna forma la imagen de Nuestro Señor; y tened por seguro, en ese aspecto como en todas las cosas, es una de las personas más dulces, mas fuertes de las más sabias, de las más celosas y de las más amables que conozco. Oh Señor, qué consuelo recibiréis cuando le abracéis, cuando veáis los rasgos de su rostro, y os quedéis a su lado. Id pues, Señor a esa obra de perfección. Pido a nuestro Señor que os bendiga y recordad en vuestras oraciones, os pido por favor a este anciano de setenta y nueve años13, cargado de pecados».
El 1º de diciembre de 1659, Feydin d’Auvergne, el destinatario de esta carta, d’Aeroult y Des Fontaines d’Artois, partían de parís para ir a La Rochelle, lugar del embarque, mientras que Estienne de París, y el hermano Patte, «Normando y buen cirujano «, se dirigían allí por mar, con el fin de transportar con más facilidad los bagajes de la Misión. Una tempestad asaltó también a los dos viajeros, y los lanzó hasta la embocadura del Gironde. Una ráfaga súbita rompió el timón, y la arboladura del barco, tirándolo a un banco de arena en medio de las rocas. La noticia del naufragio y de la pérdida de todos los pasajeros se extendió pronto y llegó a la Rochelle y a París. Una carta de un joven Parisiense a su madre dio una terrible consistencia a este rumor. Este joven que estaba en el barco, contaba que «viendo la muerte entre los dientes», se arrojó a un pequeño esquife, y que desde allí había visto la barca después de una última absolución dada por Estienne, hundirse con toda la tripulación.
Vicente no podía ya dudar de esta nueva desgracia. Lloraba por Estienne, por este joven apóstol que, no contento con entregarse a la salvación de los infieles, había sacrificado, con el beneplácito de su familia, cuarenta mil libras de su patrimonio a favor de las Misiones extranjeras. Además, temía las consecuencias de una muerte semejante para el porvenir de la Misión de Madagascar. Los padres de Estienne, bien colocados y con crédito entre otros Philippe de Moucy, consejero de Estado, su cuñado, ¿no iban a echarle la culpa por su pérdida y usar de su influencia para impedir esta peligrosa empresa? Vicente, a pesar de todo, guardó la calma interior y exterior. Ni una palabra, ni una nubecilla reveló su tristeza, y tres de los suyos a quienes había debido decírselo todo bajo la religión del secreto admiraban el santo valor del anciano.
Vicente se disponía a enviar otro superior a La Rochelle, y el misionero cenaba ya para partir, cuando llegaron cartas de Bayona y de Burdeos. Dos de ellas las reconoció Vicente, y con qué gozo, ¡la escritura de Estienne! En efecto, era él quien contaba la milagrosa liberación. El viento, al cambiar repentinamente de dirección, había sacado la barca del laberinto de rocas donde se había enganchado, y la había rechazado a las costas de España. Pero, sin mástiles, sin timón, sin víveres, ¿qué iba a ser de estos desdichados? Anduvieron a la deriva durante quince días, por fin, el día de la Inmaculada Concepción14, capitán y marineros se arrojaron a los pies de Estienne y le pidieron una última bendición. Estienne les prometió que no perecerían y, a invitación suya, todos hicieron votos de frecuentar los sacramentos, de decir u oír doce misas y vestir a doce pobres en honor de la santísima Virgen si se salvaban en el día de la octava de su fiesta. Enseguida cayó el viento y una ligera brisa llevó rápidamente la barca a la altura de San Juan de Luz, a donde fue remolcad por un pescador15.
VII. Carta a Bourdaise. – Su Muerte.
Estienne y Patte fueron luego a reunirse con sus cohermanos en La Rochelle con quienes se embarcaron para Madagascar el 25 de enero de 1660. Eran portadores de esta carta, dirigida por Vicente a Bourdaise:
«Os diré en primer lugar, la justa aprehensión en que nos hallamos de que no estéis ya en esta vida mortal , a la vista del escaso tiempo que vuestros cohermanos que os han precedido, acompañado y seguido,, han vivido en esa tierra ingrata, que ha devorado a tantos obreros enviados para roturarla. Si vivís todavía, oh, qué grande será nuestra alegría, cuando estemos seguros de ello. No sentiríais dificultades en creérmelo, si supierais hasta qué punto llega la estima y el afecto que siento por vos, que es tan grande que nadie pueda sentirlo por otro.
«La última breve relación nos habéis enviado, al hacernos ver la virtud de Dios en vos y esperar un fruto extraordinario de vuestros trabajos, nos hizo derramar lágrimas de alegría por vos, y de agradecimiento para con la bondad de Dios que ha tenido cuidados admirables de vos y de esos pueblos a los que evangelizáis por su gracia con tanto celo y prudencia por vuestra parte, que parece disposición de ellos para hacerse hijos de dios. pero al mismo tiempo hemos llorado por vuestro dolor y vuestra pérdida, en la muerte de los Srs. Dufour, Prevost y Belleville, que encontraron su descanso en lugar del trabajo que iban a buscar, y que aumentaron vuestros sentimientos cuando más alivio esperabais. Esta separación temprana siempre desde entonces una espada de dolor para vuestra alma, como la muerte de los Srs. Nacquart, Gondrée y Mousnier, lo había sido anteriormente. Nos habíais expresado tan claramente vuestra desolación al darnos la noticia de su fallecimiento, que me sentí tan enternecido por vuestra extrema aflicción como afectado por estas grandes pérdidas. Parece, Señor, que Dios nos trate como ha tratado a su Hijo: le envió al mundo para fundar su Iglesia por su Pasión, y parece que no quiere introducir la fe en Madagascar sino por nuestro sufrimiento. Adoro sus divinas conductas y le suplico que cumpla en vos sus designios. Los tiene quizá bien particulares sobre vuestra persona ya que, entre tantos misioneros muertos, os ha dejado con vida; parece que su voluntad, al querer el bien que ellos han deseado hacer, no ha querido evitar el efecto quitándolos del mundo, sino producirlo por vos conservándoos a vos.
«Sea lo que fuere, Señor, hemos sentido hondamente la privación de estos buenos siervos de Dios y hemos tenido un gran motivo de admirar en esta última ocasión sorprendente los recursos incomprensibles de su conducta. Él sabe que de buena gana hemos besado la mano que nos ha golpeado, sometiéndonos con humildad a los toques tan sensibles, aunque no pudiéramos comprender las razones de una muerte tan rápida en hombres que prometían mucho, en medio de un pueblo que pide instrucción, y después de tantas muestras de vocación que se han visto en ellos para ser cristianos.
«Esta pérdida sin embargo, no más que las anteriores ni los accidentes que han tenido lugar después, no han sido capaces de restar nada de nuestra resolución de ayudaros, ni mover la de estos cuatro sacerdotes y un hermano que van a vosotros, los cuales, habiendo sentido atractivo hacia vuestra Misión, nos han hecho largas insistencias para ser enviados ahí. No sé quién sentirá más consuelo a su llegada, o voc que los esperáis desde hace tanto tiempo, o los que tienen un gran deseo de verse con vosotros. Verán a Nuestro Señor en vos y a vos en Nuestro Señor, y en esta disposición os obedecerán como a él mismo, con la ayuda de su gracia. Para ello, os ruego que toméis su dirección; espero que Dios bendecirá vuestra conducta y su sumisión.
«No habrías estado tanto tiempo sin ser socorrido, si dos embarques que hemos hecho no hubieran salido tan mal. Uno se perdió en el río de Nantes; había dos de nuestros sacerdotes y un hermano que se salvaron por una protección especial de Dios, y cerca de cien personas perecieron; el otro, habiendo partido el año pasado, fue presa de los Españoles, y otros cuatro, y un hermano que iban dentro regresaron; de manera que Dios no quiso que ninguna ayuda ni consuelo os llegara desde aquí; pero ha querido que os haya llegado inmediatamente de él solo, ha querido ser vuestro primero y vuestro segundo en esta obra apostólica y divina a la que él os ha destinado, para demostrar que el establecimiento de la fe es su obra propia y no la obra de los hombres. De este modo hizo uso de ella al comienzo de la fundación de la Iglesia universal, eligiendo solamente a doce apóstoles que se fueron separados por toda la tierra, para anunciar la venida y la doctrina de su divino Maestro; pero habiendo comenzado a crecer esta santa semilla, su Providencia hizo que el número de los obreros aumentase, y ella hará también que vuestra Iglesia naciente, multiplicándose poco a poco, será provista poco a poco por fin de sacerdotes subsistirán para cultivarla y para extenderla.
«Oh Señor, qué felicidad la vuestra al haber echado los primeros fundamentos de este gran proyecto que debe enviar a tantas almas al cielo, las cuales no entrarían nunca en él, si Dios no derramar en ellas el principio de la vida eterna por los conocimientos y los sacramentos que vos les administráis. ¡Que os sea posible, con la ayuda de su gracia, continuar largo tiempo este santo ministerio, y servir de regla y de ánimo a los demás Misioneros! Es la súplica que toda la Compañía le hace con frecuencia, pues siente una devoción particular de encomendar a Dios a vuestra persona y vuestros trabajos, y yo la tengo muy sensible. Pero en vano pediríamos al Dios vuestra conservación, si vos mismo no cooperáis. Os ruego pues, con todas las ternuras de mi corazón, que cuidéis con todo esmero vuestra salud y la de vuestros cohermanos. Podéis juzgar, por vuestra propia experiencia, de la necesidad recíproca que tenéis los unos de los otros, y de la necesidad que todo el país tiene. La aprehensión que habéis tenido de que nuestros queridos difuntos no hayan adelantado su muerte por el exceso de de sus trabajos, os debe obligar a que moderéis vuestro celo. Es mejor nos queden fuerzas de sobra y no que nos falten. Pedid a Dios por nuestra pequeña congregación, pues ella tiene mucha necesidad de hombres y de virtud para las grandes y diversas mieses que nos esperan por todas partes, sea entre los eclesiásticos o entre los pueblos. Rogadle también por mí, os lo suplico; pues ya no viviré mucho, por mi edad que pasa del ochenta años y mis malas piernas que no me quieren llevar ya. Moriría contento, si supiera que vivís, y qué número de niños y de adultos habéis bautizado; pero si no lo puedo saber en este momento, espero verlo delante de Dios.»
Esta carta no debía llegar asu destino; el destinatario no estaba ya, y los mensajeros no tocaron el término de su viaje. No obstante la travesía fue buena; trescientas leguas todavía y se llegaba al destino; pero el barco se rompió en el cabo de las tormentas. La tripulación fue salvada y recogida por los Holandeses dueños por entonces del cabo. Los Misioneros aguardaron en vano diez meses una ocasión para Madagascar, y se volvieron a Europa con la flota de Batavia. En La Haya, De Thou, embajador de Francia, les informó de la muerte de san Vicente. Acudieron donde el sucesor Almeras quien teniendo la Misión de Madagascar como una de las más preciosas porciones de su herencia, no dudó en enviar nuevos Misioneros. Estienne y el hermano Patte se entregaron de nuevo, y a ellos se unieron el misionero Manié, el sacerdote auxiliar Frachey y el hermano Lebrun. Todos abordaron al fin Madagascar hacia finales del año de 1662. «Ah, exclamaron los Franceses al recibirlos, ya no nos preocupa morir, pues están ustedes aquí ni dudamos más de que Dios devuelva a esta tierra al estado primero.» Hacía cinco años, en efecto, que estaban privados de sacerdotes. A primeros de junio de 1657, Champmorgon, comandante del fuerte de Amboul, habiendo caído enfermo, Bourdaise había ido a verle para administrarle los sacramentos, apenas llegado, el Misionero mismo agarró la fiebre y, de vuelta al Fort-Dauphin con gran esfuerzo, un rato a pie, otro rato llevado por los negros, expiraba el 25 de junio. Era el séptimo que devoraba la Misión de Madagascar, sin hablar de las 8.000 libras que le habían costado a la Compañía.
VIII. Fin de la Misión de Madagascar.
Bourdaise dejaba al morir la colonia en un estado próspero. No la encontraron así sus sucesores, ni en el aspecto religioso, ni en el político. Los Malgaches bautizado se habían vuelto, en su mayor parte, a sus supersticiones, o habían sido masacrados por sus compatriotas; y los Franceses, con su corrupción, sus pillajes y crueldades, habían arruinado, o sublevado todo el país. Había que volver a empezar todo. Estienne y sus compañeros retomaron la obra de sus predecesores hasta poner pronto las cosas en su sitio. Por su lado, Champmorgon, el nuevo gobernador, mediante nueva dirección, sometió y pacificó toda la isla. Para acabar a la vez la obra política y la obra religiosa, el gobernador y los Misioneros contaban con la conversión del Dian Mananghe. El Jefe pérfido promete recibir el bautismo. Al comienzo de la cuaresma de 1664, Estienne se dirige, a este efecto, a su casa con el hermano Patte, uno de los negros educados en San Lázaro, y un Francés; los cuatro son envenenados en un banquete, víctimas de la intriga de las mujeres del Dian, que temían que el príncipe convertido se contentara con una sola y despidiera a las demás. el hermano expira el primero; Estienne, el negro y el Francés son acabados a bastonazos: primeros mártires de Madagascar!
Champmorgon quiso vengar su muerte, y la de otros cuarenta Franceses masacrados por los Malgaches; él mismo escapó apenas a los golpes de Mananghe y se vio pronto rodeado de todas las fuerzas de los isleños, sublevados por este jefe, y amenazado por sus propios compatriotas.
Tal era el estado de la colonia, cuando el navío holandés el Águila negra, capitán Hugo, llegó a Fort-Dauphin. La Meilleraye había acabado de arruinar la Compañía de Oriente. En un último esfuerzo, la Compañía había confiado un navío al conde de Flacourt. Atacado por los Berberisos, el navío se incendió, el polvorín saltó por los aires, y la tripulación pereció. El superintendente Fouquet, miembro él mismo de la compañía, pensó entonces en suplantar a La Meilleraye y apoderarse por su cuenta de Madagascar. Era él quien había enviado el Águila negra con este propósito; pero sucumbió ante la prudencia y la firmeza de Champmorgon.
Entretanto la colonia era amenazada cada vez más cuando, el 11 de julio de 1665, llegó el buque de Saint–Paul, comandado por Beausse y Souchu de Rennefort, que venían a tomar posesión de Madagascar en nombre de la nueva Compañía francesa de las Indias, formada en 1664 bajo la protección de Luis XIV. La fundación de la Compañía de las Indias parecía deber ser tan favorable a la religión como a la buena administración de la isla, pies Luis XIV había mandado incluir en sus estatutos que estaría obligada a mantener con honor y protección a los eclesiásticos, y el consejo de la Compañía se había comprometido, en efecto, a suministrarles todo lo que fuera necesario a sus personas y al ejercicio de su ministerio.
Por ello los primeros navíos que se hicieron a la vela en su nombre el 7 de marzo de 1664, llevaban consigo a seis sacerdotes de la Misión: Maximilien Cuveron, Charles Boussordée, Marin Roguet, Michel Montmasson, Louis Bourot y Veyrat; más los seis hermanos Parisot, Moutier, Galot, Bourgoing y Pilliers. Pero Boussordée y el hermano Pomadé perecieron en las olas de Cabo Verde; los ostros solos llegaron a su destino.
Los nuevos directores de la colonia lucharon entre ellos por amor propio y avaricia, dejando morir de hambre a los colonos, a los soldados y hasta a los Misioneros. De las bonitas promesas de la Compañía, éstos no recogían más que malos procedimientos, negación de justicia y vejaciones de toda clase.
El 10 de marzo de 1667, cuatro nuevos navíos fondeaban en la rada del fuerte. Traían de Mondevergue al gobernador general, a dos nuevos Misioneros, Jean Jourdié y Grohan, y a los hermanos Boucher, Gérard y Tranchant; un tercer Misionero, Brisjone, se había quedado enfermo en Tenerife.
No es asunto nuestro referir los desórdenes de la nueva administración; desórdenes tale que dieron pie a que se cuestionara en el consejo del rey abandonar Madagascar. Luis XIV se opuso a ello y prestó auxilios a la Compañía de las Indias.
Durante este tiempo la Misión de Madagascar decaía, obstaculizada por las autoridades que le debían protección. Desprovistos de lo necesario, los Misioneros estaban casi todos enfermos. Montmasson y Jourdié habían sido enviados a Bourbon para restablecerse; Bourot, el superior, sucumbía minado por la fiebre; Boucer y varios hermanos más se ahogaban pescando los peces que les debían impedirles morir de hambre; Cuveron seguía pronto a sus cohermanos en la tumba; los demás se bastaban a penas para el servicio de los Franceses.
En noviembre de 1670, llegó a Fort-Dauphin una flota de diez barcos de guerra. Su jefe, el almirante La Haye, venía a traer el decreto inesperado que suprimía el consejo soberano, a tomar posesión de Madagascar en nombre del rey, y a anunciar que en adelante la colonia se llamaría Francia oriental. Al el título de virrey, La Haye añadía un poder absoluto sobre toda la isla. De esa manera terminaba el gobierno de la Compañía de las Indias, en el que se apoyaban tantas esperanzas políticas y religiosas.
La administración de La Haye no mejoró en absoluto la suerte de los Misioneros, que no tuvieron, bajo su gobierno, otro consuelo que aprovecharse del paso de Pallu, obispo de Heliópolis, que iba a Siam y a Conchinchina, para hacer administrar la confirmación a sus cristianos, ninguno de los cuales la había recibido todavía.
Por lo demás, La Haya, desesperado de sus vanos esfuerzos, partió al cabo de seis meses. Dejando el gobierno al ambicioso Champmorgon, y llevándose consigo a la mayoría de los colonos y de los soldados, a los que depositó, bien en las Islas Bourbo y Mauricio, bien en los demás establecimientos de las Indias.
Esta fue para Mananghe la señal de arruinar la colonia. Secundado por los Ingleses, la redujo enseguida a l extremo. Champmprgon se murió de penas. Lacase, que le sucedió, no pudo impedir ni el bloqueo ni las masacres La Misión también declinaba. Manié fue consumido por la fiebre en pocos días, y su muerte cerró el seminario donde eran educados una veintena de indígenas. Se llevó al menos el consuelo de dejar a los enfermos al cuidado de la señorita de La Ferrière, una piadosa viuda a quien él había dado el hábito de las Hijas de la Caridad.
Los demás Misioneros, sin superior, sin noticias de Francia, no podían continuar la Misión. De los numerosos neófitos bautizados por Bourdaise y sus sucesores, quedaban cuatro tan sólo, uno de los cuales verdaderamente firme en la fe. Los otros se habían alejado de los Franceses, y habían renunciado al cristianismo para no verse envueltos en las masacres ordenadas por el salvaje Mananghe. Los Misioneros mismos se esperaban una muerte próxima, pues su cabeza se había puesto a precio, y muchos de los jefes a quienes ellos habían bautizado expiaban la ocasión de sorprenderlos. Por su parte, los hermanos, en compañía de algunos Franceses, residían a tres leguas de allí en una granja llamada San Lázaro, donde defendían contra los ataques de los Malgaches algunas cabezas de ganado para alimento de la Misión.
Estas tristes noticias llegaron por fin a Francia, y Almeras, después de celebrar consejo con los superiores principales de la compañía, resolvió abandonar Madagascar y llamar a los Misioneros. Pero al morir enseguida, fue su sucesor Jolly quien ejecutó esta resolución. las primeras cartas de Jolly se perdieron en ruta; las segundas llegaron, el 14 de enero de 1674, por el navío del rey la Dunquerquoise. Por esta época sólo quedaban en Madagascar Roguet, Montmasson y cuatro hermanos. Todos los demás habían muerto mártires o de los bárbaros o de su caridad..
A la llegada de la Dunquerquoise, el gobierno había pasado a las manos de La Bretesche, yerno de Lacase, fallecido. En lugar de los refuerzos que esperaba La Bretesche, el navío traía la noticia del abandono definitivo de la colonia y la prohibición a toda embarcación de hacer escala allí en adelante. De Beauregard, su comandante, actuó con tanta altivez, que colonos y soldados se sublevaron, y que se necesitó la intervención de los Misioneros para llamarlos al deber.
Finalmente, el 5 de marzo de 1678, los Misioneros subieron a bordo de la Dunquerquoise, con los hermanos Bourgoing, Gérard, Pilliers y Gallot, y la Hermana Saint-Joseph, (Sra. de La Ferrière). Apenas en el mar, el navío fue rechazado contra la orilla y se rompió entre las rocas. Hasta el mes de agosto siguiente, el Blanc–Pignon, forzado por el escorbuto a hacer escala en el Fort-Dauphin, consintió en recogerlos a bordo, pero, ay, no a todos Aquel navío debía ser testigo del aniquilamiento de la colonia. El domingo 26 de agosto, de regreso de San Lázaro, donde había ido a decir la misa a los hermanos Pillier y Gallot, Roguet encontró la casa de Misión devastada. Al momento, se producen unos fogonazos, es la señal de la masacre general. Sobornados por Mananghe, los negros degüellan y matan a golpes por todas partes. . los Franceses se precipitan hacia la playa, donde el Blanc–Pignon recoge a los que han escapado de los Malgaches: no eran más que trescientos. Entre ellos no estaban los hermanos Pilliers y Gallot. Atacados a su vez por los Malgaches en San Lázaro, el primero había caído de un balazo en el umbral de la puerta que iba a atravesar; el segundo se había quedado sepultado en las llamas que devoraban la granja.
El Blanc–Pignon zarpó para Mozambique el 4 de de setiembre de 1674. Era un trayecto de algunos días; retrasado por los vientos contrarios, tardó siete meses, durante los cuales, la aglomeración causó enfermedades que se llevaron a la mitad de los pasajeros, entre los cuales al hermano Bourgoing. Apenas desembarcado en Mozambique se murió también el hermano Gérard. Roguet y Montmasson se quedaban solos. Les fue preciso esperar cinco meses más su pasaje a las Indias. Como la guerra acababa de estallar entre Francia e Inglaterra, no se embarcaron en el mismo navío, con el fin de que si una de ellos era capturado y conducido a Batavia, el ptro conservara su libertad para rescatar a su cohermano. Los dos se juntaron en Surate, donde los Padres capuchinos les dieron cristiana hospitalidad. El 1º de enero de 1676, partían para Francia y el 20 de junio desembarcaban en Belle-Îsle. Después de un descanso de algunos días en Le Mans, el 27 de julio estaban en San Lázaro. Ocho días más tarde, Roguet no estaba ya. Montmasson estaba reservado por la Providencia para servir de taco en 1683, en el cañón de los bárbaros Argelinos.
Así acabó la Misión de Madagascar que, en el espacio de 25 años, costó a la Compañía, aparte de las suma considerables, veintisiete individuos, diecisiete sacerdotes y diez hermanos, sin contar a cuatro sacerdotes seculares, pero la enriqueció con cinco mártires: Estienne, el joven negro, y los tres hermanos Patte, Pilliers y Gallot.
Así acabó igualmente la colonia de esta Isla, que costó a Francia, además de los tesoros incalculables, mil quinientos soldados o colonos de los cuatro mil más o menos que ella envió allí. El resto se volvió o se dispersó ya en las colonias de las Indias, ya en sus colonias de Bourbon y de Mauricio, hijas de Madagascar.
- Canto X, estrofa, 39.
- Rep. de or. del 13 de noviembre de 1656.
- Repet. de ora. del 25 de noviembre de 1657.
- Histoire de la grande Île de Madagascar, París, 1658, in-4º.
- Repet. de orac. ,1655.
- Dufour había querido hacerse cartujo. Vicente de Paúl le dio como cambio a este gusto poco reflexionado el apostolado de Madagascar. «Os he ofrecido a Nuestro Seño para esto, le escribió el 5 de noviembre de 1650;…ya estáis en anos de la adorable Providencia para responder…Hay muchos cartujos que querrían salir y que podrían; o, por lo menos, sería de desear que salierna de us claustro por una obra de esta importancia.. Pues bien, Señor, no penséis más en los cartujos, Nuestro Señir os llama más lejos; él os acompañará y continuará por vos y con vos la misión que ha comenzado cuando estaba en la tierra. Oh Señor, que honor el de ser escogido por Dios para una obra de las más importantes a la que un sacerdote pueda ser llamado. Yo no os diré más, Nuestro Señor os dirá el resto.» –Habiéndose retrasado varias veces el viaje, tuvo ocasión el santo de escribir más veces a Dufour. Las mismas ideas, por ejemplo, en una carta del 24 de abril de 1652.
- Repet. de orac. del 30 de agosto de 1657.
- Repet. de orac.del 23 de agosto de 1655.
- Conf. del 30 de agosto de 1657. –Interversión de fecha pero no de idea, repitiendo el santo con frecuencia sus heroicas llamadas.
- Repet. de orac. de los 11 y 13 de noviembre, 1656, y cartas de los 18 de noviembre y 1º de diciembre del mismo año. –Las mismas ideas en la Repet. De orac. del 26 de abril de 1657. – La Gazette de France de 1656, nº 160, habló de este salvamento milagroso, «atribuido a la fe de un hermano de la Misión».
- Carta del 21 de diciembre de 1657, a Jolly, en Roma.
- Carta a Jolly, Roma, 16 de mayo de 1659.
- Él tenía entonces más de ochenta y tres. –Nunca el buen santo sabía bien su edad.
- Nueva confesión muy notable de este dogma dos siglos antes de su definición.
- Cartas del 9 de enero de 1660.






