San Vicente de Paúl. Su vida, su tiempo; sus obras, su influencia. Libro 1, capítulo 3

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Abate Maynard, Canónigo de Poitiers · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1880.
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Capítulo Tercero: Cautividad en Túnez y cartas de Vicente sobre este asunto. Historia y discusión de estas cartas. Estancia en Roma y misión a París.

I. Cautividad y cartas.

Sin embargo, a pesar de una ausencia de varios años, los superiores eclesiásticos de Vicente no le habían perdido de vista; y, apenas fue sacerdote, pensaron en confiarle un cargo pastoral. Por la recomendación de su amigo de Commet y más aún de sus méritos reconocidos, fue nombrado a la parroquia de Tilh, una de las mejores de la diócesis de Acqs. Pero se la disputó un competidor llamado Soubé, que la había conseguido en la curia de Roma. Para hacer valer sus derechos habría hecho falta pleitear, y Vicente sintió siempre hacia los procesos un horror del que su vida ofrecerá  suficientes testimonios. Con mayor razón le habría repugnado inaugurar con un proceso su ministerio sacerdotal. Además al tomar posesión de una parroquia, habría tenido que renunciar a sus queridos estudios, y él quería proseguirlos. Se apresuró pues a enviar un desistimiento que le permitía seguir varios años más en la universidad de Toulouse.

Acabada por fin su carrera de teología, partió algunos meses después para Burdeos. ¿Cuál fue el motivo de este viaje? Vicente no se explicó más de los principales actos de su vida, sobre todo de los que podían redundar en su alabanza. Pues bueno, tal era probablemente el viaje de Burdeos. Va a decirnos tan sólo enseguida  que se trataba de un asunto que requería «grandes gastos», y «que mi temeridad, añadirá él, no me permite nombrar.» Mollet ha supuesto con el autor del Compendio italiano de su Vida, que tuvo en Burdeos una entrevista con el duque de Épernon, quien necesitaba de su consentimiento para procurarle una de las altas dignidades de la Iglesia. Es posible que el duque de Épernon no se encontrara en Burdeos en 1605, aunque no haya sido gobernador de Guyenne hasta quince años más tarde; es posible también que sea en esta circunstancia cuando haya querido testimoniar al santo sacerdote su estima por el don de un obispado; pero no hay lugar, en todo este asunto, más que a conjeturas muy poco verosímiles. Lo que es seguro es que Vicente, en aquella época no andaba lejos de aceptar algún beneficio.

Apenas retornó a Toulouse, debió emprender un segundo viaje, cuya causa primera fue bien ordinaria y pequeña, pero cuyo resultado destaca entre las circunstancias más decisivas de su vida. Aquí, en particular, la Providencia lo hizo todo para prepararse a su futuro apóstol.

Llegaba a Toulouse cuando se enteró de que una persona de piedad y de condición, quien desde hacía tiempo admiraba su virtud, le había escogido como heredero. Desprovisto de todo en esa época, y muy resuelto a no deducir nada  de los bienes de su familia, creyó que el Dios de misericordia le enviaba esta ayuda, y que estaba en la obligación de aceptarla. Entregándose a pesquisas de legatario, reconoció que le correspondían mil doscientas o mil quinientas libras de un hombre que, para escapar a su deuda, se había fugado a Marsella. Se trasladó allí. El deudor había hecho algunos adelantos en el comercio y se hallaba en buena situación de pagar. Pero Vicente, que sabía combinar siempre la misericordia con la justicia, se contentó con trescientos escudos –un escudo, tres libras-. Trescientos escudos, por otra parte, era una suma superior a cuanto había poseído nunca, mucho mayor de lo que había deseado en sus sueños más ambiciosos, si sus sueños se hubieran dirigido hacia la riqueza.

Se disponía a regresar por tierra a Toulouse, como había venido, con el pequeño tesoro, cuya distribución hacía ya su ingeniosa caridad, cuando un gentilhombre del Languedoc, con quien estaba alojado, le invitó a emprender con él la vía del mar hasta Carbona. Era el mes de julio; la estación magnífica; la mar calma y transparente, y en un día se llegaba al término. Menos tiempo con menos gasto, era doble ganancia. Los atractivos de un viaje así, y la Providencia que le empujaba también, acabando por ganarle, Vicente se embarcó.

¿Para qué vamos a sustituir por más tiempo a nuestro sacerdote? Tenemos toda la narración de este extraño viaje escrita de su puño y letra. Como lo veremos inmediatamente, no es culpa de su humildad si ha llegado hasta nosotros; pero ya que tenemos la suerte de poseerla, citémosle con escrupulosa exactitud, respetando hasta la vieja ortografía. Nada podría reemplazar a esas ingenuas y emocionantes palabras:

«Señor,

[Hace dos años, al contemplar (versión Sígueme, Salamanca 1972) los favorables progresos de mis asuntos, cualquiera hubiera podido decir que la fortuna, en contra de mis méritos, se afanaba en hacerme mas envidiado que imitado;1 por desgracia, eso no era más que para representar en mí su inconstancia y su capricho, convirtiendo luego su gracia en desgracia y su ventura en desventura.

Ha podido usted saber, por estar al tanto de mis asuntos, cómo encontré, a mi regreso de Bordeaux, un testamento hecho a mi favor por una buena señora anciana de Toulouse, cuyos bienes consistían en algunos muebles y unas tierras que la Cámara bipartita de Castres del había adjudicado por trescientos o cuatrocientos escudos que un bribón malvado le debía; para retirar una parte de ellos, me encaminé allí para vender dichos bienes, aconsejado de mis mejores amigos y de la necesidad que tenía de dinero para satisfacer las deudas que había contraído y los grandes gastos que suponía tendría que hacer para llevar a cabo el asunto que mi temeridad no me permite nombrar.2

Al llegar a aquel lugar, me encontré con que el bribón había abandonado su país, huyendo de una orden captura que la buena mujer había conseguido contra él por esta misma deuda, y me advirtieron cómo realizaba buenos negocios en Marsella y que disponía de abundantes medios. Por lo cual mi procurador concluyó (tal como, en realidad, la naturaleza de mis asuntos requería) que debería encaminarme a Marsella, ya que él poseía en dicho lugar buenos recursos. No teniendo dinero para realizar el viaje, vendí el caballo que había alquilado en Toulouse, pensando pagarlo a mi regreso, que el infortunio ha ido retrasando hasta tal punto de que mi vergüenza es grande por haber dejado mis negocios tan embrollados: lo cual yo no hubiera hecho si Dios me hubiese concedido tan feliz logro en mi empresa como las apariencias me prometían. Partí, pues, con este propósito, atrapé a mi hombre en Marsella, le hice prender y me avine con él por trescientos escudos, que me pagó al contado. Estando a punto de partir por tierra, me animó un gentilhombre. Con quien me había alojado, a embarcarme con él hasta Narbona, viendo la bonanza del tiempo que hacía; lo cual hice par poder volver más pronto y para poder ahorrar o, por mejor decir, para no regresar nunca y perderlo todo.

El viento nos fue tan favorable como para poder llegar aquel mismo día a Carbona, que estaba a cincuenta leguas, si Dios no hubiese permitido que tres bergantines turcos, que costeaban el golfo de Lyon para atrapar las barcas que venían de Beaucaire donde se celebraban unas ferias3 que se cree son de las más hermosas de la cristiandad, cargasen contra nosotros y nos atacasen tan vivamente que, después de matar a dos o tres de los nuestros y herir a todos los demás, incluso a mí, pues recibí un flechazo que me habrá de servir de barómetro por el resto de mi vida, nos vimos obligados a rendirnos a aquellos felones, peores que tigres, cuyas primeras explosiones de ira consistieron en descuartizar a nuestro piloto en cien mil pedazos, por haber matado a un de los principales de los suyos, aparte de otros cuatro o cinco forzados que los nuestros les mataron. Hecho esto, nos encadenaron, después de habernos curado groseramente, siguieron su rumbo, cometiendo mil clases de robos, aunque dando la libertad, después de haberlos saqueado, a todos los que se rendían sin combatir. Y finalmente, cargados de mercancía, al cabo de siete u ocho días, se dirigieron a Berbería, antro y madriguera4 de ladrones, sin permiso del Gran Turco, en donde una vez llegados nos pusieron en venta, con el proceso verbal de nuestra captura, que ellos decían haber realizado en un navío español, ya que, sin esta mentira, hubiéramos sido libertados por el cónsul que el rey tiene allí para asegurar el libre comercio a los franceses.

Para proceder a nuestra venta, después de despojarnos de todo y dejarnos completamente desnudos, nos entregaron a cada uno un par de calzones, una casaca de lino y un bonete, y nos pasearon por la ciudad de Túnez, adonde habían ido expresamente para vendernos. Tras obligarnos a dar tres o cuatro vueltas por la ciudad, con la cadena al cuello, nos devolvieron al barco para que los mercaderes viniesen a ver quién es el que podía comer bien o no, y mostrarles cómo nuestras llagas no eran mortales; hecho esto, nos condujeron de nuevo a la plaza, adonde acudieron los mercaderes para visitarnos, lo mismo que hubieran hecho para comprar un caballo o un buey, haciéndonos abrir la boca para examinar nuestros dientes, palpando nuestros costados, sondeando nuestras llagas, y haciéndonos caminar al paso, y trotar y correr,, levantar luego cargas para ver la fuerza de cada uno, y otras mil clases de brutalidades.

Yo fui vendido a un pescador, que pronto tuvo que desprenderse de mí, por no haber nada tan contrario para mí como el mar; el pescador me vendió a un anciano, médico espagírico,5 excelente destilador de quintaesencias, hombre muy humano y tratable, el cual, según me decía, había trabajado durante cincuenta años en la búsqueda de la piedra filosofal, siempre en vano en cuanto a la piedra, pero muy afortunadamente en otras clases de trasmutaciones de metales. Doy fe de que yo le vi muchas veces fundir juntas cantidades iguales de oro y de plata, disponerlas en láminas pequeñas, añadir luego una capa de cierta especie de polvo, encima una nueva capa de láminas, y luego otra capa de polvos, todo ello en un vaso o crisol como el que usan los orfebres en su fundición, tenerlo todo al fuego durante veinticuatro horas, abrirlo luego y encontrar la plata convertida en oro; y muchas más veces todavía le vi endurecer y solidificar el mercurio en plata fina que vendía luego para dárselo a los pobres. mi ocupación consistía en mantener el fuego en diez o doce hornos; en lo cual, gracias a Dios, yo no sentía más disgusto que placer. Él me quería mucho y le gustaba discurrir conmigo sobre alquimia y mucho más aún sobre su ley, a la que se esforzaba mucho en convertirme, prometiéndome grandes riquezas y todo su saber.

Dios mantuvo siempre en mí una esperanza de liberación, gracias a las asiduas plegarias que le dirigía a él y a la santa Virgen María, por cuya intercesión yo creo firmemente que he sido libertado. De este modo la esperanza y la firme creencia que tenía de volver a verle, señor, me hizo ser asiduo en rogarle que me enseñase el medio de curar el mal de piedra, en el que todos los días le veía hacer milagros; lo cual hizo, mandándome incluso preparar y administrar sus ingredientes. ¡Oh, cuántas veces he deseado haber sido esclavo antes de la muerte de su hermano y conmecenas6 en hacerme bien, y haber tenido el secreto que ahora le envío, rogando a usted que lo reciba con tan buen corazón como es firme mi creencia de que, si hubiese yo conocido lo que le envío, la muerte no hubiese triunfado ya sobre él (al menos por este medio), aunque se diga que los días del hombre están contados ante Dios. es verdad: pero no porque Dios hubiese contado que sus días fuesen en tal número, sino que este número ha sido contado delante de Dios porque ha sucedido así; o, por decirlo con mayor claridad, él no murió cuando murió porque Dios lo hubiese previsto así o decidido que el número de sus días fuese tal, sino que Dios lo previó así y en número de sus días fue conocido que era el que era, por haber muerto cuando murió]

Estuve pues con aquel anciano desde el mes de setiembre de 1605 hasta el próximo mes de agosto, cuando fue tomado y llevado al gran sultán7 a trabajar para él; pero fue en vano; porque murió de pena en el camino. Me dejó a un sobrino suyo, verdadero antropomorfita,8 que me volvió a vender inmediatamente después de la muerte de su tío porque oyó decir que el señor de Brèves,9 embajador del rey en Turquía, venía con buenas y expresas patentes del Gran Turco a reclamar a los esclavos cristianos. Me compró un renegado de Niza, en Saboya, malo por naturaleza, que me condijo a su temat: así se llama la finca que uno tiene como aparcero del Gran Señor, ya que el pueblo no tiene nada, todo es del sultán. El temat de éste estaba en la montaña, donde el terreno es sumamente cálido y desierto. Una de las tres mujeres que tenía (como greco-cristiana, pero cismática) estaba dotada de buen entendimiento y me quería mucho, pero al final, aún más; otra, turca de nacimiento, que sirvió de instrumento a la inmensa misericordia de Dios para retirar a su marido de la apostasía y devolverle al seno de la Iglesia, y contribuyó a libertarme de la esclavitud. Curiosa por conocer nuestra manera de vivir, acudía todos los días a verme en el campo donde yo cavaba, y después me mandó cantar alabanzas a mi Dios. el recuerdo de Quomodo cantabimus in terra aliena de los hijos de Israel cautivos en Babilonia me hizo comenzar, con lágrimas en los ojos, el salmo Super flumina Babylonis y luego la Salve Regina y varias ostras cosas; todo lo cual le gustó tanto que quedó grandemente maravillada. Por la tarde no dejó de decir a su marido que se había equivocado al dejar su religión, que ella creía sumamente buena, por la idea que yo le había dado de nuestro Dios y por alguna de sus alabanzas que yo había cantado en su presencia; por lo cual, decía, había tenido un placer tan divino que no creía que el paraíso de su padres y el que ella también esperaba fuese tan glorioso, ni acompañado de tanta alegría como el placer que había experimentado mientras yo alababa a mi Dios, concluyendo que había en todo ello cierta maravilla.

Esta otro Caifás10 o burra de Balaam hizo con sus razonamientos que su marido me dijese al día siguiente que no esperaba más que una buena ocasión para escaparnos a Francia, y que en poco tiempo encontraría tal remedio que Dios sería alabado por ello. esos pocos días fueron diez meses en los que se entretuvo en estas vanas, aunque al final realizadas esperanzas, al cabo de los cuales nos escapamos en un pequeño esquife y llegamos el 28 de junio a Aigües-Mortes, y poco después a Aviñón, donde monseñor, el vicelegado,11 recibió públicamente al renegado con lágrimas en los ojos y sollozos en la garganta, en la iglesia de San Pedro, para honor de Dios y edificación de los espectadores. Monseñor nos ha retenido a ambos para llevarnos a Roma, adonde irá apenas venga su sucesor en el trienio12 que él acabó el día de san Juan.13 Prometió al penitente hacerle entrar en el austero convento de los Fate ben fratelli,14 donde ya ha profesado, y a mí procurar que me concedan algún buen beneficio. Me hace el honor de estimarme mucho y de halagarme, por unos cuantos secretos de alquimia que le he enseñado, los que él estima, según dice, más que si yo li avesse dato un monte di oro,15 porque ha trabajado en ello durante toda su vida y no hay cosa en que encuentre mayor satisfacción. Monseñor, al saber que yo era eclesiástico, me ha ordenado que envía a buscar los títulos de mis órdenes, asegurándome que me ayudará y me proveerá de algún beneficio. Estaba yo preocupado por encontrar un hombre de confianza para ello, cuando un amigo mío, de la casa de mi señor, me dirigió al señor Canterelle, dador de la presente, que iba a Toulouse, a quien rogué que se tomase la molestia de hacer una escapada hasta Dax para poder entregaros la presente y recibir mis títulos indicados junto con los que obtuve en Toulouse de bachiller en Teología que os suplico le entreguéis. A este fin, envío a vuestra merced un recibo. El señor Canterelle es de la casa y tiene órdenes expresas de monseñor de atenerse fielmente a su encargo y de enviarme los papeles a Roma si hemos partido para entonces.

He traído dos piedras de Tiurquía que la naturaleza ha tallado en punta de diamante, una de las cuales le envío, suplicándole la reciba de tan buen grado como yo humildemente se la presento.

[Espero, señor, que ni usted ni mis padres se habrán escandalizado de mí por mis acreedores, a los que hubiera satisfecho ya en parte con cien o con ciento veinte escudos que nuestro penitente me dio, si no me hubieren aconsejado mis mejores amigos que los guardase hasta mi vuelta de Roma, para evitar los accidentes que por falta de dinero podrían acontecer (ahora que dispongo de la mesa y del aprecio de monseñor); pero creo que este escándalo se trocará en bien.]

[He escrito al señor d’Arnaudin y a mi madre. Ruego a usted que les haga sacar mis títulos por alguna persona a quien pagará el señor Canterelle. Si por casualidad mi madre hubiese perdido los títulos, estarán además, de todos modos, en poder del señor Rabel.]

[Sin otra cosa más que rogarle continúa concediéndome su santa afecto, quedo, señor, humilde y obediente servidor de vuestra merced.]

«DePaul.»

En Aviñón, 24 de julio de 1607.

Dirección: al señor de Comet, abogado en la Corte presidencial de Dax, en Dax.

II. Historia y discusión.

Esta carta, escrita «en Aviñón el 24 de julio de 1607», iba dirigida «a monseñor, señor de Comet, abogado en la corte presidencial de Dax en Dax.» Era de Commet el joven, hermano del abogado que había sido el primer protector de Vicente, y a quien Vicente había querido tan tiernamente, que acababa de morir de la piedra. Con aquel estilo envejecido e incorrecto, se revela, además de una piedad y una caridad emotivas, un verdadero talento de narración pintoresca y dramática. Vicente había escrito esta carta, no para satisfacer la necesidad de gloriarse, ni siquiera de rogar a de Commet que le enviase sus cartas de ordenación y de grados que iba a necesitar en Roma. Y como su larga ausencia y el rumor vago de los peligros que había corrido habían puesto a todos sus amigos en alarma, creyó deber entra, para tranquilizarlos, en estos detalles sobre su esclavitud. De esa manera también, encontraba ocasión de dar gloria a Dios y a la virgen María, a quienes solamente él atribuye su liberación, y defender la causa del renegado convertido. Ya que si, en esta narración todo inspira por naturaleza la más viva simpatía, es de notar que ni una sola palabra resulta directamente en su honra. Así no es sólo la impresión del canto de los salmos para una musulmana, ni las conversaciones de esta mujer con su marido, si tampoco un relato que Vicente le había hecho de nuestro Dios, los que sacaron  tan maravillosamente al renegado de su apostasía; necesitó al santo sacerdote de otros esfuerzos de apostolado, de los que su humildad nada nos dice, para convertir a su amo, y traerse de Túnez este trofeo vivo de su victoriosa cautividad.

Trascurrieron más de cincuenta años. En 1658, un gentilhombre de Dax, llamado Dages y sobrino del canónigo de Saint-Martin, encontró esta carta entre papeles de familia. Conociendo la relación estrecha de su tío con Vicente, se la dio como un regalo agradable. Por su parte, al canónigo Saint-Martin le faltó el tiempo para enviar una copia a Vicente, creyendo darle una satisfacción al acercar su ancianidad a este recuerdo de sus jóvenes años. Saint-Martin mismo, a pesar de un largo trato con Vicente, no había calibrado aún toda la profundidad que no buscaba en sus recuerdos más que nuevas humillaciones, o un medio para atraerse el desprecio de los hombres. A la vista de este monumento de su gloriosa esclavitud, Vicente enrojeció y se apresuró a sepultarlo en las llamas. Pero no era más que una copia, el original seguía en manos extrañas que podían servirse de él como de una pieza de convicción contra él, cuando quisiera, según su costumbre, publicar y exagerar sus miserias y su nada. Escribió pues a Saint-Martin para suplicarle que le enviara su misma carta. El canónigo abrió finalmente los ojos y, entreviendo el pensamiento de humilde amigo, no se apresuró en obedecer a esta petición. Durante más de un año Vicente insistió una y otra vez y, seis meses antes de su muerte, el 18 de marzo de 1660, escribió otra vez a Saint-Martin en estos vivos y urgentes términos: «Os conjuro por todas las gracias que Dios ha querido concederos que me hagáis la de enviarme esa miserable carta que hace mención de Turquía.. hablo de la que el señor Dages ha encontrado entre los papeles de su señor padre. Os ruego una vez más por las entrañas de Jesucristo Nuestro Señor que me hagáis lo antes posible la gracia que os pido.»

Nunca se ha visto un lenguaje más sagrado para implorar la vida. Se trataba de mucho más para Vicente; se trataba de no dejar tras de sí un testimonio auténtico, escrito y firmado de su mano, que le sirviera de un título de honor. Pues bien, el tiempo pasaba, porque él se sentía morir: de ahí su insistente súplica.

Hay más: en todo el curso de su vida, apenas una vez habló de su esclavitud , y eso en el tiempo en que la memoria era reciente, y eso confidencialmente a un solo sacerdote a quien necesitaba tal vez preparar al santo ministerio en las regiones berberiscas. En el proceso verbal de su beatificación, un solo testigo, Raymond des Mortiers, sacerdote de la Misión, de edad por entonces de setenta y seis años, declaró haberle oído decir algunas palabras. Otro sin embargo, Charles le Blanc, sacerdote también de la Misión, de ochenta y cinco años, declaró que creía, pero sin certeza haber recibido el mismo relato de la boca del siervo de Dios.16 Además, Vicente conservó sobre este asunto un silencio absoluto. Veinte veces, en las asambleas de caridad tuvo la ocasión de hablar de ello a su auditorio; veinte veces se calló. Y con todo, ¡cuántas razones otras humildades que no fueran la suya habrían podido encontrar para excusar, para justificar una narración así1 Por ejemplo la necesidad de mover a la piedad a favor de los desdichados esclavos, contando no sufrimientos extraños, sino los suyos propios, y las torturas experimentadas; colocándose a sí mismo en escena en un cuadro dramático; mostrando incluso, al modo de la elocuencia antigua, las marcas del hierro, grabadas en sus miembros. Solamente él creyó que la caridad más exigente exigiera un tal sacrificio a la humildad. ¡Algo más sorprendente todavía¡ Se sabía a pesar de todo su cautiverio de Túnez, sin conocer sus detalles, y le presentaron mucha veces este tema. Un secretario del rey, en particular, llamado Jean-Baptiste Daulier, que había sido esclavo en Argel y había sido socorrido por las limosnas del Santo, le provocó varias veces, con la narración de sus propias aventuras, a contar las suyas. Vanos esfuerzos: Vicente escuchaba todas estas descripciones de las ciudades berberiscas como descripciones de un país que le fuera totalmente desconocido, todas esta referencias de los sufrimientos de la esclavitud sin responder que él los había pasado, y nunca cedió a la tentación tan natural en los viajeros, y sobre todo en los viajeros de aventuras extrañas, de hablar de sí mismo.17

Y sin embargo ¡qué vivo recuerdo había conservado de estas costas bárbaras, en incluso recuerdos que le traían sufrimientos de tantos miles de sus hermanos, expuestos a perder su fe, y reducidos a esconder por la noche las lágrimas que por el días habrían atraído nuevas torturas! Sus discursos y su obras lo dirán más tarde en voz alta. Ya que por todas partes donde él había sufrido y visto sufrir, señalaba su lugar o el lugar de alguien de los suyos para llevar allí socorro a sus compañeros o a sus sucesores de infortunio. «El que no ha sufrido ¿qué sabe»? dice la sagrada Escritura.18 Palabra más filosófica y bella que el Non ignara mali, miseris succurrere disco del poeta. Toda la ciencia cristiana, ciencia dogmática y ciencia moral, ciencia especulativa y ciencia práctica, siendo un resultado de la Cruz, es a la escuela experimental de la Cruz a donde Dios envía a sus santos, y particularmente a aquellos de quienes quiere hacer, como de Vicente de Paúl, los representantes y los dispensadores de su misericordiosa providencia en la tierra..

A los santos se complace en exaltarlos en la proporción que ellos se humillan, y de esta forma es como engañó a la humildad de Vicente. El santo anciano no podía ya escribir y se veía obligado a servirse de la mano de un secretario, lo que explica las expresiones veladas de que tuvo que servirse en su carta a Saint-Martin. El secretario, testigo diario de las astucias de su humilde virtud, sospechó enseguida lo que podía ser una carta reclamada con tanto empeño y perseverancia, y el destino que le reservaba. Evidentemente, era suya, tan personal era el tono de la requisitoria. ¿Cuál era su naturaleza? Deshonrosa para él, la habría dejado en manos de otro, y él mismo habría distribuido copias. Era pues gloriosa, y no la pedía más que para destruirla. Convencido por este dilema, y más ingenioso en conservar un recuerdo honroso a Vicente que Vicente mismo en anularla, el secretario deslizó en la carta de santo un papelito pensado en estos términos: «Si usted no quiere que la carta pedida se pierda diríjala a alguien más que no sea él.» Saint-Martin que ya lo había entendido todo, siguió esta recomendación y envió la carta al superior del colegio de los Bons-Enfants. Por unos y por otros se guardó el secreto, y Vicente murió sin saber nada de la inocente intriga que conservaba a la posteridad el monumento de su esclavitud.

Tal es la historia de esta carta, historia no menos curiosa tal vez que la narración misma que encierra, y ciertamente más gloriosa todavía a la virtud del santo.19

Como se ha dicho anteriormente, el vicelegado Montorio se llevó consigo a Roma a Vicente y al renegado convertido.20 En Roma, como en Aviñón, Montorio se mostró curioso por los secretos aprendidos de Vicente en Túnez, se comunicó cada vez más con él y se aseguró en su benévolo plan de conseguirle un beneficio. Por eso le urgía a conseguir de Francia las cartas de ordenación y de grados necesarias para ello. Estos documentos llegaron, en efecto, a Roma, pero desprovistos de ciertas formalidades legales  cuya falta los invalidaba. Además se exigía todavía del santo sacerdote cartas testimoniales de su obispo. Se vio pues en la obligación de recurrir otra vez al Sr. de Commet. Le escribió esta carta a tal efecto, y nosotros la publicamos por primera vez:21

«Señor,

Os he escrito dos veces por el ordinario de España que pasa por París y Bayona, y dirigido mis cartas al señor de la Lande para entregárselas al Sr. Procurador del Rey que recuerdo son parientes, y no saber cui altari me vovere vota mea para tener noticias vuestras, cuando Dios que, etaemsi differat, non Aubert tamenen spei effectus, me ha hecho encontrarme con este venerable Padre Religioso en su punto de embarque, por medio del cual espero disfrutar del bien, del que la perfidia de aquellos a quienes se confían las cartas me había privado. Este bien no es otra cosa, Señor, que un segura nuevo de vuestro buen comportamiento y del de toda vuestra familia, que pido al Señor felicitar por el cúmulo de sus gracias. Os daba gracias por mis precedentes por el cuidado paternal que os agrada tener de mí y de mis asuntos, y rogaba a mi Dios, como lo hago una vez más y haré toda mi vida que tenga a bien  darme la gracia de concederme el medio de compensarme por mis servicios, que estáis en deuda por el precio de todo el bien que un padre puede hacer a su propio hijo. Estoy en extremo pesaroso por no poder escribiros más que con brevedad sobre es estado de mis asuntos, por la precipitada partida de los marineros poco corteses con quienes este venerable Padre se va, no a Acqs a juzgar por lo que me ha dicho, sino al Verán, donde me has contado que el Reverendo Padre Antoine Pontanus, que siempre ha sido uno de mis mejores amigos, predica, al que como a aquel de quien espero un buen oficio, dirijo mis cartas, pido que os entregue  la presente, y me remita, si le es cómodo como este Padre me ha dicho que sí, la respuesta que espero que tendréis a bien darme.

Mi situación es pues tal, en una palabra, que estoy en esta ciudad de Roma, donde continúo mis estudios a los cuidados de monseñor el vicelegado que estaba en Aviñón, que me hace el honor de estimarme y desear mi ascenso, por haberle mostrado muy hermosas cosas curiosas que aprendí durante mi esclavitud de aquel anciano turco, a quien ya os escribí que fui vendido, del número de dichas curiosidades es el principio, no la total perfección, del espejo de Arquímedes; un resorte artificial para hacer hablar a una cabeza de muerto, de la que servía aquel miserable para seducir al pueblo diciéndole que su dios Mahoma le hacía oír su voluntad a través de esa cabeza, y mil otras cosas bonitas geométricas que aprendí de él, de las cuales dicho señor es tan celoso que no quiere que se las cuente a nadie, por miedo a que se las enseñe, deseando para sí solo la reputación de saber estas cosas, las cuales se divierte en enseñárselas a Su Santidad y los cardenales. Esta afición suya y benevolencia con la que me promete, como me lo ha dicho, el medio de retirarme honrosamente haciéndome entrar en posesión de algún honroso beneficio en Francia. Para lo cual me es del todo necesaria una copia de mis Cartas de órdenes firmadas y selladas por monseñor de Acqs, con una declaración de mi dicho señor que podría consultar a algunos de mis amigos cómo me han visto siempre como hombre de bien con todas las demás pequeñas solemnidades del caso. Esto es lo que me reclama mi dicho señor todos los días. Por eso, señor, os suplico muy humildemente que me queráis conceder este nuevo servicio de enviarme una nueva copia de mis títulos y de intervenir para que me mande monseñor de Dax este testimonio, en la forma indicada, a través del mencionado reverendo padre Pontanus. Le enviaría a vuestra merced dinero para estos fines, si no temiera que el dinero hiciese que se perdiera esta carta. Por eso le ruego que trate este asunto con mi madre, quien proporcionará lo que haga falta. Creo que serán precisos de tres a cuatro escudos. Yo he entregado dos como pura limosna a este religioso y él me prometió n entregarlos a dicho padre Antonio para que los envíe con este fin. Si así es, ruego a usted que los tome; si no, le prometo enviar lo necesario dentro de cuatro o cinco meses, por letra de cambio por lo que debo en Toulouse; porque estoy decidido a pagarlo todo, ya que plugo a Dios darme el medio para ello. Escribo también a mi tío, el señor Dusin, rogándole que quiera ayudar en este asunto. Acabo de recibir de la persona de la persona que le fue a visitar de mi parte el título de bachiller que tuvo a bien usted enviarme, con una copia de mis letras testimoniales que ha sido juzgada inválida, por no estar autorizada con la firma y el sello del señor obispo de Dax.22

No hay nada nuevo que pueda comunicarle, a no ser la conversión de tres familias tártaras, que han venido a bautizarse a esta ciudad, a las que Su Santidad ha recibido con lágrimas en los ojos, y la catolización de un obispo embajador para los griegos cismáticos.

La urgencia me obliga a concluir la presente, mal pergeñada, de momento, con la humilde súplica de que excuse mi excesiva importunidad y de que esté seguro que apresuraré mi vuelta todo lo posible para pagar los servicios que le debo. Entre tanto, quedo, señor, vuestro muy humilde y obediente servidor,

DePaul.

En Roma, 28 de febrero de 1608.»23

Esta carta, al igual que la anterior, da lugar a algunas observaciones. Se ha imaginado recientemente que san Vicente creía en la alquimia, según las ideas de su tiempo, y que Abelly no había suprimido ciertos pasajes de la primera carta y la segunda entera más que para apartar de la memoria de su héroe toda sospecha de una creencia supersticiosa. Que Abelly haya obedecido a este temor y también a otro del que nos ocuparemos en seguida, es algo posible; ya que sucede a veces que los biógrafos de los santos recortan de su vida lo que parece menos digno de ellos en un estrecho punto de vista y, cuando no creen poderlos defender con la discusión, los defienden con el silencio. ¡Miedo y cálculos quiméricos! Los santos en efecto se defienden lo suficiente por sí mismo, y no hay nada que callar en su vida, en que todo es admirable bien sea inocencia conservada, bien arrepentirse a menudo más heroico que la inocencia misma. Aquí, desde luego, ni el menor pretexto para el disimulo, pues resulta tan evidente para todo lector atento que Vicente no creía en las ciencias ocultas y supersticiones.

La carta sobre la esclavitud, la única que pueda ofrecer una sombra de dificultad en este aspecto, fue discutida en el proceso de canonización, y el promotor de la fe, encargado de oficio de plantear todas las objeciones, hasta las más inverosímiles, no dejó de plantear ésta. El postulador de la causa respondió con razón que había dos clases de alquimia (era entonces el nombre común de la verdadera y falsa ciencia): una supersticiosa y culpable, la otra natural y legítima, y que sólo esta última había sido practicada por Vicente. ¿De qué se trata, en efecto, en estas Cartas? De hermosas cosas geométricas (dudamos que el buen santo entendiera bien esta palabra), del espejo de Arquímedes y de un resorte artificial para hacer hablar a una cabeza de muerto: todas las cosas evidentemente físicas y naturales en la realidad como en el pensamiento de Vicente, así como lo prueba su salida contra el fanatismo inspirado al pueblo por aquel miserable que se servía del último secreto para seducirle, «diciéndole que su dios Mahoma le daba a entender su voluntad por aquella cabeza.» ¿De qué se trata una vez más? De simple amalgama de metales, y no de transmutación verdadera, porque Vicente ha tenido mucho cuidado de advertir que su amo había trabajado en vano cincuenta años para encontrar la piedra filosofal. Pero lo que interesaba sobre todo al caritativo sacerdote eran los secretos del viejo médico para la curación de ciertas enfermedades y en particular la piedra, de la que habría sentido feliz de librar a su primer protector. Tal era el secreto que había pedido a su amo que le enseñara. Y le retuvo toda su vida, y es curioso leer estas palabras en una carta escrita cincuenta años después (11 de noviembre de 1657): «Os envío una memoria que contiene el modo de hacer el agua que se toma para como remedio contra la piedra, la forma de usarla y sus propiedades.» Inútil añadir que el santo se guarda muy bien de decir de dónde le viene la receta.

Por lo demás, a propósito de las creencias y de los temores supersticiosos, el admirable buen sentido de Vicente de Paúl, así como su virtud, le libera siempre de las ideas de su tiempo. Se sabe que la creencia en la astrología persistió por largo tiempo en medio de la sociedad tan refinada del siglo XVII, Mientras que Ana de Austria traía al mundo a Luis XIV, un astrólogo en un gabinete vecino consultaba los astros, y treinta o cuarenta años después, La Fontaine se creía todavía obligado a protestar contra los echadores de cartas, contra los astrólogos y los sopladores.24 Vicente se colocaba con su fe por encima de los miedos quiméricos y no veía más que a Dios en los fenómenos de la naturaleza. Uno de sus sacerdotes, Ozenne, superior de la Misión de Polonia, le había dirigido sobre este tema una carta asustada; le responde (10 de julio de 1654): «Aunque estos signos extraordinarios llegados del más allá no sean signos seguros de algún mal acontecimiento, y de ordinario no haya que pararse ante tales engaños, es bueno sin embargo redoblar la oración a fin de que Dios quiera apartar de su pueblo los males con los que había dispuesto afligirle. nos amenazan aquí con un eclipse de sol, el más maligno que haya sucedido desde siglos atrás, y que debe ocurrir el 12 de agosto próximo, sobre las 9 o las 10 de la mañana, por lo que se dice. Os ruego que os fijéis si se verá en Polonia, y me indiquéis los pormenores.» Además de la fe del santo sacerdote, se ve aquí su curiosidad primera por las cosas de la naturaleza. También tuvo cuidado de informarse del terrible eclipse por los hombres de la ciencia, y el 11 de setiembre siguiente escribía también a Ozenne: «Nuestros astrólogos de por aquí tranquilizan al público que no hay nada que temer por parte del eclipse. He visto al Sr. Cassandieux, quien es uno de los más sabios y experimentados del momento, que se burla de todo el miedo que se ha  causado, da razones muy pertinentes, como entre otras ésta: que necesariamente sucede un eclipse de sol cada seis años, en nuestro hemisferio o en el otro, por el encuentro del sol y de la luna en la línea elíptica, y que si el eclipse tuviera esta malignidad que decís, por los malos efectos con que nos amenazan, que padeceríamos más hambre, la peste y las demás plagas de Dios sobre la tierra. –Dice además que si la privación de la luz del so, que viene de la interposición de la luna entre nosotros y el sol, produjera ese mal efecto, a causa de la suspensión benigna de las influencias del sol sobre la tierra,, se seguiría que la privación de la luz del mismo sol durante la noche produciría efectos más malignos, a causa de que esta privación dura más tiempo, y que el cuerpo de la tierra es como un tercio más voluminoso que el de la luna: y se concluiría que este eclipse que se da por la noche sería más peligroso que el que sucedió el 12 de agosto de este año, y deduce por ahí con razón que este eclipse no es de temer; y en efecto, pienso que las mentes sabias en astrología no se preocupan en absoluto y menos todavía los que están instruidos en la escuela de Jesucristo, que saben que el hombre sabio dominará los astros.»

Estas últimas palabras sitúan a Vicente por encima de toda sospecha injuriosa por toda la altura que revela. Menos aún se le podría acusar de haber ambicionado demasiado un beneficio y de haber sometido al servicio de esta ambición la curiosidad del legado Montorio y los secretos que había aprendido en su cautiverio.

A pesar de todo, no repugna decir que Vicente, hacia 1608, habría aceptado de buena gana un beneficio. Era pobre, cargado de deudas que, por ser pequeñas en sí mismas, no por ello eran menos a su desprendimiento y a su espíritu de justicia  una carga muy pesada. Dos años más tarde, en 1610, hallándose siempre envuelto en dificultades, persistirá en su deseo, como se ha visto en la carta antes citada a su madre. Pero este deseo estaba en su corazón tan tranquilo, tan subordinado a los planes de Dios sobre él que legítimo, si bien, puesto en relación con su desinterés futuro, indica un grado inferior en su santidad. Hay siempre progreso de gracia y de virtud en los más grandes y más perfectos para que,

en las circunstancias de su vida, puedan servir de modelo a los débiles como a los fuertes. No obstante nosotros le hemos visto ya preferir a un proceso de renuncia a sus derechos antes que un curato excelente, y probablemente rechazar los ascensos del duque de Épernon.. Muy pronto resistirá a las ofertas generosas de Enrique IV; luego dimitirá de una abadía que había obtenido y de la capellanía de la reina Margarita para aceptar la parroquia pobre de Cluchy; por fin dejará la casa de los Gondi, es decir la fortuna, por el pobre Châtillon, que abandonará también, sin ninguna reserva, para entrar en el camino que la Providencia le había preparado.

III. Estancia en Roma y misión en París.

Entre tanto, está en Roma, al amparo de los favores del prelado Montorio, pero practicando con él la virtud más que la alquimia, y sobre todo que la ambición. El legado podía quererle por sus servicios, pero mucho más por la fe que había confesado en cadenas, por el renegado que había llevado a Dios, por las cualidades eminentes que brillaban en él. Por eso los elogios que va a hacer de sus méritos, las recomendaciones que le buscará cerca de los más altos personajes y la misión honrosa que vendrá después.

Vicente dejaba hacer a su protector y a la Providencia. En cuanto a él, totalmente dado a sus estudios y a la oración, aprovechaba su permanencia en Roma. En esta capital del mundo antiguo y en el centro de la fe y de la civilización cristianas, no dio la menor satisfacción a la curiosidad legítima. De todos los monumentos de la Roma antigua, sólo visitó el Coliseo y las Catacumbas, para venerar en ellos las sangre y las cenizas de los mártires; y en la Roma moderna no quiso conocer más que las iglesias y los lugares consagrados por la piedad de los fieles. Él mismo, más de veinte años después, ha consignado todos sus recuerdos e impresiones de viaje en una carta dirigida a uno de sus sacerdotes en Roma. «Me quedé tan consolado, dice, por verme en esta ciudad maestra de la cristiandad, donde está la cabeza de la Iglesia militante, donde están los cuerpos de san Pedro y de san Pablo y de tantos otros mártires y de santos personajes, que en otro tiempo vertieron su sangre, y dieron su vida por Jesucristo, que me tenía por dichoso al caminar por el suelo por el que habían caminado tantos grandes santos, y que este consuelo, aunque yo estuviera cargado de pecados, me enternecía hasta derramar lágrimas.»25

¡Qué dulces, en efecto, debían ser los espectáculos y las pompas de la religión en Roma, al sacerdote que había sido testigo dieciocho meses de las persecuciones de la fe en Túnez! Desde san Luis, muerto en aquellas ruinas de la antigua Cartago, hasta su propia cautividad, no veía en Túnez el cristianismo más que a través de los recuerdos fúnebres, en las prisiones y bajo el látigo de los bárbaros; en Roma, le encontraba liberado y triunfante. Después de los cantos de exilio, ¡con qué amor entonaba los cantos de la patria, y qué ímpetu añadía a su piedad tan expresiva el agradecimiento por su libertad!  Pero su pasión por el estudio, por tanto tiempo coartada en la esclavitud, resurgió en Roma, y como, aparte de sus piadosos ejercicios y de algunos deberes de convivencia, no existía ninguna otra obligación, volvió a emprender, como nos lo ha contado en su segunda carta, sus trabajos teológicos ampliando más sus conocimientos. Estaba tanto más libre para entregarse al estudio, por no tener que preocuparse por la vida material, ya que el vicelegado le daba habitación y mesa, y proveía a su mantenimiento. Montorio se sentía suficientemente pagado con la edificación que recibía del santo sacerdote y el piadoso encanto de su trato. Pues con esta moneda Vicente satisfacía ampliamente sus deudas de hospitalidad. A medida que se daba a conocer más, acrecentaba más y más la admiración de su protector. Éste no podía cansarse de pregonar sus alabanzas, sobre todo ante los señores franceses que se hallaban en Roma, sin sospechar que con ello iba a dejarse arrebatar su tesoro.

En aquel tiempo, la Santa Sede estaba ocupada por Paulo V. Camilo Borghèse quien,  el 16 de mayo de 1605, había sido nombrado sucesor de León XI, Alejandro de Médicis , pariente de la reina de Francia. León XI ni había hecho más que pasar por la cátedra pontificia: elegido el  1 de abril, había muerto el 27 del mismo mes. Du Perron, entonces embajador de Enrique IV en Roma, le había anunciado esta elección como el triunfo de la influencia francesa sucediendo a la influencia española. La muerte rápida del pontífice entristeció pues al monarca y a su ministro, pero recibieron el consuelo de la nueva victoria que consiguieron con la elección de Paulo V. Decididamente España cedía ante Francia, y Enrique IV iba a poder entregarse al cometido con el que quería coronar su vida. Como, para conseguirlo, necesitaba al papa, no descuidó nada para mantener en él sus disposiciones favorables a Francia. La ocasión se presentó muy pronto de prestarle servicio en el más grave asunto político religioso de principios del siglo XVII.

La república de Venecia había publicado leyes y cometido actos atentatorios a la jurisdicción y a la inmunidad eclesiásticas. Requerida por Paulo V para que retirara unas y reparara las otras, se negó a ello, y el pontífice lanzó la excomunión contra el dogo y el senado y puso en entredicho el territorio veneciano. En este conflicto, la mayor parte del clero permaneció al lado de la república; los teatinos y los capuchinos, y sobre todo los jesuitas, se pasaron solos al lado del papa: los primeros debieron huir, los segundos fueron desterrados. Pablo V pensaba reducir a los venecianos por las armas; pero temía una intervención protestante, y eso con razón, ya que está demostrado hoy que las intrigas del protestantismo inglés, francés y alemán, estaban en el fondo de los rechazos obstinados del dogo y del senado.26 España, que buscaba la ocasión de recuperar su influencia, vino a complicar más el debate empujando a los Venecianos a la resistencia, al mismo tiempo que prometía su concurso al papa. Fue entonces cuando Enrique IV, para apartar a los Españoles y para conciliarse los favores de Paulo V, ofreció su mediación. Fue aceptada por ambas partes, y sus embajadores, d’Alincourt y Du Perron en Roma, Canaye du Fresne en Venecia, entablaron negociaciones que el cardenal de Joyeuse condujo a buen fin en 1607.27

Ganado ya por estos buenos oficios, Paulo debía ser definitivamente conquistado a la causa de Enrique IV por la acumulación del territorio y del poder que le reservaba el monarca francés en sus conquistas proyectadas. Enrique IV pensaba en serio entonces en realizar lo que se ha llamado un gran plan, cuya segunda parte, mucho más problemática que la primera, consistía en una coalición contra las dos ramas, alemana y española de la casa de Austria. En esta coalición debían entrar, con Francia: Inglaterra, Holanda, los príncipes protestantes de Alemania, las Suizas, el duque de Saboya, los Venecianos, el gran duque de Toscaza, y el papa.

Para tratar este ambicioso asunto, Enrique IV mantenía en Roma, en 1608, a varios embajadores; al marqués de Brèves, afortunado negociador del tratado de Constantinopla que ya conocemos; a Denis de Marquemont, con el título de auditor de rota, y a Charles de Gonzaga, duque de Nevers. El vice legado  Montorio que acababa de pasar varios años en Francia, estaba relacionado naturalmente con los negociadores franceses y les hablaba con frecuencia de su compatriota y de su huésped. Impresionados por las alabanzas que tributaba a su virtud y prudencia, le quisieron ver, para examinar si tenían en él al mensajero que buscaban. Vicente compareció ante ellos. Conversaron en varias ocasiones, le sondearon y creyeron al fin poder abrirse a él. Se trataba de un asunto importante, que exigía prudencia, fidelidad y tal discreción que no confiaría siquiera en una carta. Instruyeron a Vicente y le enviaron a París para tratarlo don Enrique IV. Esto es cuanto dicen los historiadores de Vicente de Paúl. Abelly mezcla incluso en su relato un anacronismo de magnitud, haciendo que recibiera el encargo por el cardenal de Ossat, el ilustre negociador de la reconciliación de Enrique IV con la Santa Sede  y de su divorcio Margarita de Valois, muerto en Roma desde el 13 de marzo de 1604. Collet, más exacto, no es más explícito. Nos parece demostrado, por el concurso de las circunstancias y de las fechas, que el mensaje de Vicente era relativo al gran plan recordado hace un momento, y a la parte que debía tomar el papa en él. a comienzos de 1609 es cando Vicente llega a París. Ahora bien, nos encontramos entonces en todo el calor de las negociaciones, pues los tratados con los Estados confederados son todos de aquel año 1609 o principios del año 1610 . al ver al soberano pontífice unido a su rey en este asunto, Vicente dudó en prestar su concurso. Pero no deja de ser curioso ver a este hombre tan opuesto más tarde a la política de Richelieu, abrir su carrera política y diplomática por una participación en proyectos tan parecidos a los del gran cardenal.

  1. Alusión evidente al viaje de Burdeos. (Anotamos solamente las que aporta el texto original de Maynard).
  2. Palabras citadas hace un momento.
  3. La había comenzado el 23 de julio.
  4. Spelunca, caverna.
  5. Spagirite, spagirie,  del griego spao, extraer, antiguo nombre de la química.
  6. Es decir, que estaba con usted mi Mecenas, mi co-Mecenas, mi co-ptotector.
  7. Achmet I, que había sucedido a Mohamet III, su padre, en 1603, según Dom Calmet, en su Abrégé chronologique, y en  1604, según morera. En realidad, siguiendo al señor de Hammer (Histoire de l’empire ottoman), es a finales de 1603 cuando Achemet comenzó su reinado, habiendo muerto su padre el 22 de diciembre de aquel año.
  8. Que da a Dios una figura humana.
  9. François Savari  de Brèves, nacido en 1560, muerto en 1628, uno de los más hábiles negociadores de los reinados de Enrique IV y de Luis XIII, fue agregado a la embajada de la Puerta desde 1582 y fue embajador en título de 1591 a 16o5. –El rumor del que habla Vicente era fundado. El 20 de mayo de 1604, de Brèves había concluido entre Enrique IV y Achmet un tratado ventajoso para Francia; y un año después, partía de Constantinopla para hacer ejecutar en Túnez y en Argel las órdenes del Gran Señor para la liberación de los cristianos, y sobre todo de los Franceses, y para la restitución de los barcos y de los efectos tomados por los corsarios de Berbería. Lo logró en Túnez, con peligro de su vida; pero fracasó en Argel, donde casi es asesinado. (Véase el art Brèves en la Bbiogra. Unive. de Michaud; y  l’Histoire du règne d’Henri IV,  por M. Poirson, tom II, p. 237, in-8 ; Paris, 1856.).
  10. En el relato de la pasión de Nuestro Señor, Caifás dice: «Vosotros no sabéis nada, ni pensáis que os conviene  que muera un hombre por el pueblo., y no que toda la nación perezca» Y el evangelista san Juan añade: «Esto no lo dijo por sí mismo; sino por ser pontífice de aquel año, profetizó que Jesús moriría por la gente…» (Jn, c. XI, v, 49-51.).
  11. Se llamaba Pierre Montorio.
  12. Término de tres años.
  13. El sucesor fue Joseph Ferreri, arzobispo de Urbino.
  14. Haced el bien, hermanos. –Nombre vulgar de un hospital dirigido por los Hermanos de San Juan de Dios. En este hospital murió el renegado convertido por san Vicente.
  15. Como si le hubiera dado un monte de oro.
  16. Summ. , nº 12.
  17. Daulier ha expuesto él mismo este hecho, summ., nº 4, p, 6.
  18. Ecccl., XXXIV, 9, 11.
  19. La historia reciente de esta carta ofrece también algún interés. Depositada por el superior del seminario de Bons-Enfants en los archivos de San Lázaro, allí se quedó hasta 1791, época en la que fue recogida por Le Pelletier de Saint-Fargeau y, después de la muerte de este convencional, por si colega Carnot. Sin embargo volvió a manos de los Lazaristas que la tenían aún a principios de este siglo. ¿Cómo salió de allí? Ni ellos mismos lo saben;  probablemente fue una sustracción fraudulenta. A partir de entonces, se sigue su rastro por las colecciones de diversos aficionados a los autógrafos. El 31 de enero de 1854, figuraba a la venta del Sr…, con algunas otras cartas de san Vicente y varios esquemas de sermones o discursos, para las asambleas de las Damas de la Caridad del Hôtel-Dieu. Algunos meses más tarde, está anunciada al final del catálogo de la venta de la colección del Sr. A. de La Bouisse-Rochefort; Paris, Laverdet, mayo 1854. Estimada en 500 fr. Adquirida entonces por Laverdet, luego intercambiada por manuscritos de Montesquieu, fue donada a la Sra. Joseph Fillon, de Fontenay-Vendée, quien la posee aún.. comprende tres páginas in-4 de una escritura muy fina, y se halla encuadernada en un curioso álbum donde se ve igualmente otro papelito, escrito a un miembro de la misma familia, enviándole una miniatura, inserta en la hoja precedente del volumen. Esta miniatura es una pintura finamente tocada, ejecutada en pergamino por un artista llamad Frédéric Brentel, de Estrasburgo, el más hábil pintor de izquierda de su tiempo. Representa la huida a Egipto La Virgen, sentada a la sombra de altos árboles, amamanta al niño Jesús, mientras que san José los contempla. Más lejos, el asno busca su alimento. En el fondo del paisaje hay una ciudad decorada de hermosos edificios y levantada en medio de un sitio severo. Dos ángeles de piedra llevados por las nubes ocupan lo alto de la composición. En torno reina un marco negro y oro, y sal pie se encuentra una banda púrpura, en la que se lee con caracteres romanos: AMAD . A DIOS . Y . A VUESTRO .  PRÓJIMO, leyenda que resume la doctrina del donante. Por debajo está la firma del artista y la fecha de 1635. el conjunto mide 0m, l4 de alto, por 0m, 10 de ancho. –Ésta es la carta de envío: «Señor, le envío por medio del Sr. Touschard, que se dirige a Acqs, el pequeño cuadro que he encargado hacer a l señor Brentel a vuestra intención. El presente es de escasa categoría, pero tengo la esperanza de que le daréis algún valor, viniendo de una persona que siempre se ha sentido tan agradecido a vuestra casa. Al tenerlo delante de los ojos no se olvidará en sus oraciones del más humilde de sus servidores, Vincent DePaul. –De París, el 16 de agosto de 1635.» Esta carta fue escrita en medio de los problemas inmensos que creaban a Vicente los tristes asuntos de Lorena, sin poder quitarle por eso el sentimiento de la gratitud y de la amistad. –En cuanto a la carta sobre la esclavitud, no era conocida hasta estos últimos tiempos más que por largos fragmentos que de ella había publicado Abelly, su primer historiador. Hemos puesto entre corchetes [ ] los pasajes que creyó deber quitar por los motivos que vamos a exponer. Henos creído inútiles señalar las variantes bastante numerosas de su lección con el original. Hace algunos años, el Sr.  Firmin Joussemet, sobrino de la sra Fillon , publicó por primera vez, pero con algunas inexactitudes, la carta entera primero en la Revue des provinces de l’ouest (1856-1857), luego en folleto (una hoja in-8, Nantes, And. Guéraudet y Cía., 1856).De este folleto hemos sacado la mayor parte de los detalles bibliográficos que anteceden, así como la descripción de la miniatura y el papelito de envío. Hemos impreso la carta de la esclavitud de la fotografía que el Sr. Laverdet mandó hacer del original antes de desprenderse de él.
  20. Si las Hijas de la Caridad, que recogían con cuidado las conferencias de Vicente, no se equivocaron, habría hecho un viaje a Roma hacia 1600, después de su sacerdocio, con ocasión del año jubilar y allí habría sido recibido en audiencia por Clemente VIII entonces reinante; como ellas le hacen repetir unas palabras que él habría oído de labios del papa: «Para canonizar a una persona de comunidad, le habría dicho Clemente VIII, yo no pediría más que una cosa: que ha observado siempre fielmente sus reglas.»
  21. El original de esta carta está en las manos  del sr Laverdet, quien  ha tenido a bien permitirnos hacer una copia exacta. Un solo fragmento era conocido: había sido publicado, pero con algunas inexactitudes, por el sr Joussemet, que le había tomado a su vez, creemos, de un catálogo de autógrafos del sr Laverdet.
  22. Existen todavía en los archivos de los sacerdotes de la Misión dos extractos de estas cartas y dimisorias, insinuados y registrados en el 4º registro de las insinuaciones eclesiásticas de la diócesis de Dax, extractos entregados el 20 de octubre de 1604, a petición de Vicente de Paúl, representado por su hermano. Llevan una declaración de autenticidad de la copia, dada por Jean-Jacques du Sault, obispo de Dax, el 17 de mayo de 1608, fecha de la estancia de Vicente en Roma. –Se conserva también en los lazaristas un tercer extracto de estas cartas de todas las órdenes, acompañadas de las cartas dimisorias, con pruebas de autenticidad, extracto entregado por Jean-Jacques de Pons, consejero del rey, escribano principal de las insinuaciones eclesiásticas de la diócesis de Dax, con fecha del 22 de enero de 1712, es decir en el tiempo y por razón del proceso de canonización de san Vicente; la firma de Pons queda certificada también como auténtica por Bernard d’Abbadie d’Arboucave, obispo  de Dax, 23 de enero de 1712.
  23. La dirección dice: Al señor, señor de Comet, abogado de la corte presidencial de Dax, en Dax.
  24. Ver el Astrologue qui se laisse tomber dans un puits. Lib. II, fáb. XIII, y el Horoscope lib. VIII, fáb. XVI.
  25. Carta a Ducoudray, del 20 de julio de 1631.
  26. Histoire de la Compagnie de Jésus, por el  Sr. Crétineau Joly, t. III, p. 116 y ss. (3ª ed. Paris, 1851).
  27. Histoire de la papauté, por Ranke, t. III, p. 430. –Histoire du règne de Henri IV, por el Sr. Poirson, t. II, p. 847.

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