Obrero de la primera hora: Padre Portail en mosaico (IV)

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Vinícius Augusto Ribeiro Teixeira, C.M. .
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4. Definición del perfil institucional de la Misión

La Asamblea General de 1642 se hizo célebre. La Congregación, 17 años después de su fundación, contaba con 10 Casas y estaba a punto de iniciarse el proceso de organización de sus primeras Provincias. En esa Asamblea, el Padre Vicente presentó, por la primera vez, su pedido de exoneración del cargo de Superior General, dejando la decisión a los Cohermanos allí reunidos. Cual no fue su sorpresa, cuando todos los diputados se presentaron delante de él, recogido en oración en la capilla del viejo priorato de San Lázaro, insistiendo para que, en obediencia a las inspiraciones de Dios, aceptase permanecer en el mismo oficio. En contrapartida, la Asamblea confirmaría la elección de dos asistentes. El Padre Portail fue designado como el primer asistente y el Padre Dehorgny, el segundo (cf. SV XIII,298). En las actas, encontramos el relato de un episodio que deja entrever la grandeza de alma y la humildad de Portail: habiendo cumplido el papel de moderador, para lo cual había sido indicado, él pide perdón a los Cohermanos por haber faltado a la caridad, al interrumpir un Misionero que hacía una intervención en una de las secciones.

A partir de la misma Asamblea de 1642, Portail compone la comisión de 4 Cohermanos, encargada de revisar, enmendar y encaminar la aprobación de las Reglas Comunes, fermentadas a lo largo de varios años en los odres de la sabiduría práctica del santo fundador (cf. SV XIII,292). Durante la conferencia de 17 de mayo de 1658, será el primero en recibir de las manos del viejo padre el libro de las Reglas, en el cual estaba delineada la fisonomía de la nueva Comunidad: «Venga, Padre Portail, venga usted, que ha soportado siempre mis debilidades; ¡que Dios le bendiga!» (SV XII,12). En el año de 1646, es enviado a visitar las Casas de la Congregación, sobre todo las 11 de reciente fundación, con la finalidad de animar todos y cada uno de sus miembros en la fidelidad a la vocación de la Compañía. Comenzó por el oeste de Francia. Después, fue para el sur. Pasó por Italia, donde, al poco del llegar, cayó enfermo, teniendo que ser llevado a la Abadía de San Salvador, distante 15 leguas de Roma, con la finalidad de recomponer sus energías. Es el propio Portail quien habla de ese infortunio en una carta a Luisa de Marillac, fechada en 1647: «En cuanto a mí, ahora estoy bien, por la misericordia de Dios. Aún no en disposición tal que me permita aplicar mi espíritu a los serios empleos a los cuales la obediencia me llamó en este país. No dejo, sin embargo, de hacer algún pequeño trabajo, aquí y allá, esperando que pasen los grandes calores que me retienen en este desierto, donde el aire es templado y más sano que el de Roma» (Doc.454). Sólo retornó a Paris en septiembre de 1649, tres años después de su marcha. Muchas fueron las Comunidades beneficiadas con su presencia. Cuando pasó por Roma, recomendó a los Cohermanos una verdadera inmersión cultural en el país donde estaban viviendo al servicio de la Misión: «Dedíquense con empeño al estudio de la lengua y la pronunciación y, de ahora en adelante, hablen solamente en italiano». En Marsella, exhorta a los Misioneros a ampliar el campo de su actuación y establece un pequeño seminario en la diócesis. Este, sin embargo, tendrá corta duración, ya que el obispo no tomó en serio lo que había sido establecido en el contrato y no se preocupó en cubrir los gastos de la institución.

Esta tournée fue una de las dos veces que Portail pasó mucho tiempo fuera de San Lázaro. La otra ocasión fue en 1655, cuando visitó el norte y el este de Francia, incluyendo las Casas de Sedan, Brienne y Montmirail. Cuando regresaba a San Lázaro era efusivamente recibido por la Comunidad, feliz por tener de vuelta en su medio aquél que les parecía la más perfecta personificación de lo que soñara el fundador para sus Misioneros. Se conserva, aún hoy, una primorosa y extensa poesía, compuesta en 1649, por el Padre M. de la Fosse, para celebrar el retorno del Padre Portail a Paris. Así comienza el texto: «¡Oh, Padre, estáis volviendo por fin a vuestra patria! Aquí están vuestros hijos de los cuales os acordasteis en tierra y mar, hijos estos que viene a lanzarse en los brazos de su bienamado padre».

La imposibilidad del fundador de realizar personalmente todas las visitas tanto a los Cohermanos cuanto a las Hermanas y a las Cofradías puede ser fácilmente comprendida si tenemos en cuenta su diversificada y exhaustiva actuación en diferentes frentes de trabajo, incluyendo ahí su valiente participación en el Consejo de Conciencia de la reina Ana de Austria, para lo cual había sido escogido en el año 1643. Vicente de Paúl no era un líder pretencioso y centralizador. Sabía, como pocos, suscitar adhesiones a su ideal apostólico, estimular habilidades y valorar los esfuerzos de sus colaboradores. Compartiendo con el Padre Portail la responsabilidad de la animación de sus fundaciones, Vicente sabía en quien depositaba su confianza. En su primer compañero, podía ver una verdadera transparencia de las Reglas y la «encarnación de una felicidad» descubierta en el servicio caritativo.

En 1651, el Padre Portail tomó parte activa en la Asamblea General que, en un ambiente de fraterna libertad y pacíficas discordancias, versó sobre la conveniencia o no de los Votos como forma de vinculación a la Comunidad (cf. SV XIII,330s). En este contexto, se temía que la emisión de los consejos evangélicos desvirtuase la secularidad de la Compañía, colocándola en el estado religioso y, consecuentemente, obligándola a adherirse al estilo monacal que predominaba en la época entre las Congregaciones. La modalidad específica de emisión de los Votos en la Congregación, íntimamente asociada al fin apostólico de la misma, fue aprobada por el Papa Alejandro VII, a través del Breve Ex comissa nobis, de 22 de septiembre de 1655. Juntamente con los Padres Dehorgny y Almerás, Portail, de todos el más ponderado (cf. SV XIII,338), fue uno de los responsables por los encaminamientos de la cuestión al lado de la Santa Sede.

La confianza que el fundador depositaba en este su amigo fidelísimo trasparece en la iniciativa de entregar al mismo la primera de las dos llaves del cofre que contenía su doble indicación de los que consideraba más aptos para sucederlo en el gobierno General de la Compañía: René Almerás y Thomas Berthe (cf. SV XIII,411). El referido cofre, sin embargo, sólo fue abierto en la Asamblea General de enero de 1661, en el año siguiente a la muerte del maestro y del discípulo. Almerás fue elegido en el primer escrutinio con casi la totalidad de los votos.

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