Gerard Brin (1618-1676?) (Parte segunda)

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1898 · Source: Notices, III.
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III. – Dax. La Rose.

Llegado a Nantes, el Sr. Brin esperaba ir a San Lázaro, adonde estaba impaciente por ir a recobrarse, después de una ausencia tan larga; pero las rutas estaban impracticables, y se vio obligado a no continuar. Se aprovechó de un correo enviado a la capital para anunciar a san Vicente su regreso y la imposibilidad en que se veía de franquear la distancia que le separaba de París. Algunas semanas más tarde, fue invitado a pasar a las Landas. Partió inmediatamente para Dax y sin darse descanso ni atenciones, recorrió los burgos y los campos, predicando la palabra de Dios con el mismo éxito que en Limerick. El exceso de fatiga y tal vez también el cambio de clima y de alimentación alteraron profundamente su salud. El 30 de agosto y el 9 de septiembre de 1652, escribió al Sr. Vicente para darle a conocer el fruto de sus trabajos, su enfermedad y el ardiente deseo que tenía de volverle a ver. Sensible a las penas del misionero, san Vicente respondió, el 22 de septiembre: » He recibido dos de vuestras cartas de los 30 de agosto y 9 de septiembre. Siento mucho vuestra indisposición y pido a Nuestro Señor que os alivie. Haced por vuestra parte lo que podáis para mejorar de salud. No os ahorréis el tiempo ni los remedios. Haceos cuidar y purgar; el uso de sidra es bastante común por ahí quizás, os sentaría mejor que el vino ya que en Irlanda no bebéis más que cerveza. Como andáis de un lado para otro, ya a Saint-Pandelon, ya  a Pouy, ya a Bayonne y ya a cualquier otro lugar, no se puede decir que los aires de Acqs os hayan sentado mal del todo. Después de todo, guardando reposo, no os podría hacer mal con todos estos cambios, que vemos por todas partes enfermos. Aquí quedan pocos que no lo hayan estado este año…

» Espero, en lo que hace a vuestro mal que con un poco de cuidado se marchará; se lo pido a Dios de todo corazón. Tal vez os habéis librado ya; y en ese caso la presente os podrá encontrar en Pouy o en Hinx, pues me habéis dicho que a finales de este mes, podrías abrir la misión allí, cando me entere me entere de que se ha dado me sentiré feliz. No hace falta que Monseñor se preocupe por pagar los gastos, teniendo, como sabéis, con qué cubrirlos. Después de esto seréis recibidos por el Sr. Bajoue como un hombre venido del cielo. Os espera con grandes deseos, gran necesidad y grande paciencia, por lo que me ha dicho en su última. Podréis tomar cien libras y dejar el resto en manos del Sr. Saint-Martin. No he oído decir que el contagio ande por la parte de Agen ni de Montauban; lo que sí puede haber son enfermedades ordinarias como por todas partes.

Os agradezco por el deseo que tenéis de verme. Yo sentiría consuelo también al veros y más de lo que os pueda expresar. Pero a la espera de que Dios disponga las cosas para ello, veamos en él y acatemos su voluntad, la que es preferible a todo otro bien. Los que haréis en los lugares donde os llame, os aprovecharán más que los buenos ejemplos que encontraríais aquí, adonde no se puede venir ahora sino con grandes dificultades. Pensáis no obstante que si os embarcáis en Bayonne, y llegáis al puerto de Nantes, o a La Rochelle, podríais llegar a París, sin peligro, lo cual no es cierto ; tendríais las mismas dificultades, estando en esas ciudades que las que os encontráis ahora : testigo, el Sr Barry que estaba en Nantes y a quien yo había escrito para que viniera; pero se encontró con unos caminos tan complicados, que teniendo las mismas ganas que vos, se vio obligado a detenerse en Richelieu, donde está todavía.

Apruebo la petición que habéis hecho al Sr. de Burgo para que nos envíe el resto de las pensiones de Thomas y Pierre Butter, le agradeceremos mucho que se ocupe de ello y por los ornamentos y muebles que hayáis dejado, si nos los envía, bienvenidos, pero no le presionéis: ¿sabemos acaso si el buen Dios no devolverá la paz  y la religión a Irlanda, y no tendremos que enviar más? No deseo tampoco que revoquéis la orden que le habréis dado sobre el asunto… «.

San Vicente le daba a continuación noticias de la Compañía y terminaba  con algunos consejos sobre el establecimiento de una misión en una parroquia de las Landas. El Sr. du Gach me acaba de decir que la misión de los dos señores se firmará también al principio en doscientas cincuenta libras, aunque otros dieran trescientas, y que de esta forma las cosas no se elevarán tanto como pensábamos. Si puedo, escribiré al Sr. de Saint-Marti, rogándole que nos guarde ese dinero; o bien vos mismo se lo pediréis, y recibiréis de él  un recibo de esta suma «, etc.

El Sr. Brin continuó las misiones proyectadas por Pouy, y de allí se dirigió a la Rose, a finales de octubre. Los sacerdotes de la Misión poseían la capilla de Nuestra Señora de La Rose desde 1640: la habían aceptado a cargo de mantener allí a cinco sacerdotes, dos de los cuales servirían esta capilla y los otros tres irían a dar misiones en la diócesis de Agen y en el ducado de Aiguillon; todavía tenían la obligación de dar las instrucciones a los ordenandos cuando el obispo de Agen lo juzgara conveniente llamarlos a la ciudad episcopal para ello, o enviarlos a algún otro lugar. En la época en que el Sr. Brin llegaba a La Rose, este pueblo acaba de ser sitiado, y la casa de los misioneros había tenido mucho que sufrir por la rapacidad de los soldados, por ello sin duda el Sr. Bajoue no había querido abandonarla antes de ponerla en manos del Sr, Brin. El Sr. Bajoue iba a fundar un seminario en la diócesis de Montauban.

Durante su estancia en Dax, y tal vez antes, el Sr. Brin había entrado en relaciones con Mons. du Loeus, que deseaba conocer el Instituto de la Misión y hasta le había pedido un compendio de las Reglas. El superior de La Rose había comunicado enseguida este deseo a Vicente de Paúl, y éste dirigió al prelado las líneas siguientes, en julio de 1653 : «La carta que Vuestra Excelencia acaba de escribir al Sr. Brin es a mi parecer uno de los testimonios más seguros de vuestra bondad respecto de nosotros, sobre todo una vez que conozco por el Reverendo Padre jesuita Artagan a quien Vuestra Señoría había hecho remitir varias veces las cartas, a fin de recibir de nosotros un compendio de la naturaleza de nuestro Instituto, que ella querría  presentar a un ilustre personaje que él me nombró.

» Doy la más sincera acción de gracias  a Vuestra Excelencia, y me veo obligado por los más justos motivos a pedir a Dios que le otorgue estos beneficios, sea a causa de la naturaleza y de la condición del lugar desde el que ella ve  a nuestra pequeña Compañía, sea a cusa de la  excelencia de los fines que ella se propone. He dado un resumen de nuestro Instituto al Reverendo Padre, quien me ha prometido seriamente hacerlo llegar a las manos de Vuestra Señoría.

» Por el momento el Sr. Brin no está en París, se halla a ciento cincuenta leguas de distancia; el camino es pues más corto y realizado  en su mitad: él cuida de una de nuestras pequeñas familias de Gascuña, en Nuestra Señora de la Rose, en la diócesis de Agen, le haré saber cómo hemos cumplido la orden».

Estos trámites no tuvieron otro fin que satisfacer la curiosidad del prelado.

En la misma época, el Sr. Brin pidió algunos auxiliares a san Vicente y algunas semanas después, la capilla de Notre Dame se adornaba como los días de fiesta, un hermano iba a ser recibido en la Compañía. El 6 de septiembre, Nicolás Watebled pronunció los votos en presencia del superior de La Rose.

Si se ha de creer a un viejo catálogo del siglo dieciocho, el Sr. Brin se habría marchado de La Rose en 1654.

IV. – Écosse. Paris. Troyes.

El 17 de marzo de 1656, san Vicente decía que estaba a punto de «enviar al Sr. Brin a visitar a los que  había en Escocia y en las Islas Hébridas» Las maravillosas conversiones que los misioneros habían operado habían incitado contra ellos la animosidad de los ministros. Éstos últimos, en su despecho, recurrieron a Cromwell y obtuvieron, en 1655, un mandato, por el que se ordenaba al magistrado inglés, que desempeñaba en Escocia el oficio de pretor, que hiciera una exacta pesquisa de todos los sacerdotes romanos, trabajara sin dilación en la instrucción de su proceso, y los condenara a muerte. La orden fue ejecutada puntualmente a uno de nuestros misioneros, el Sr. White, habiendo sido descubierto, fue maniatado y arrojado a una de las prisiones de Aberdeen. Fue en estas circunstancias críticas cuando el Sr. Brin se puso en camino a Inglaterra: iba a ver por fin y última vez esta tierra bendita de donde le había expulsado la persecución.

Vestido de seglar, se dirigió a Londres al embajador de Francia, esperando obtener por su crédito el medio de llegar a Escocia sin peligro. Pero entonces Europa estaba cobardemente arrodillada a los pies de Cromwell, y el reino muy cristiano había solicitado él mismo su alianza. También el embajador aconsejó al Sr. Brin que no intentara una empresa que le parecía por lo menos temeraria.

San Vicente, entristecido por este fracaso no dejó sin embargo escapar ninguna queja: «Habiendo enviado al Sr Brin para visitar y consolar a nuestros pobres cohermanos de Escocia y de las Hébridas, de quienes no hemos recibido ninguna noticia hace mucho tiempo, se ha visto obligado a volverse de Londres por consejo del Sr. Embajador de Francia, a quien había sido muy recomendado».

De vuelta a París, el Sr. Brin fue enviado al campo; una carta del  de junio de 1656, decía que el retiro de los ordenandos al no celebrarse, se le había podido «enviar un tercer equipo de misioneros a los campos, dirigido por el Sr. Brin, obligado a volver de Londres.

El fracaso de esta primera tentativa no hizo retroceder a Vicente de Paúl; ya que, en el mes de septiembre siguiente, escribía: Estamos muy preocupados  por nuestros misioneros de Escocia y de las Hébridas de quienes no sabemos nada. Hemos realizado un segundo esfuerzo para enviar allí al Sr. Brin para que los visite y consuele; pero no hemos podido sacar un pasaporte para Inglaterra, sin el cual habría sido muy peligroso hacer este viaje».

El Sr. Brin pudo continuar sin interrupción las misiones en las que había sido empleado. El año siguiente, fue propuesto para superior de una Casa que el cardenal de Toledo quería confiar en España a los hijos de Vicente de Paúl. Entabladas las negociaciones sobre este sujeto por el Sr. Jolly no condujeron a nada. –Obras VI, 489.

    Algunos días después, el 18 de julio de 1657, una carta anuncia a la salida del Sr. Brin para Troyes; acaba de hacer una misión importante, donde ha habido buenos resultados. El Sr Berthe ha partido para visitarle». Esta misión, dada en Nogent-sur-Seine, fue honrada con la presencia del obispo. «Mons. de Troyes, decía otra carta, ha administrado el sacramento de la confirmación, y sus tres grandes vicarios han trabajado en ella durante toda la misión»

En otoño, el nuevo superior reclamó auxiliares en todas las partes, para una gran misión que meditaba. Feliz de favorecer sus trabajos, san Vicente escribió, el 9 de octubre de 1657, al Sr. Guillot, superior de Montmirail: «La presente es para rogaroa que asistáis a la misión de  Sézanne con el Sr Montavoisin. Como hay mucha gente, se necesitan muchos obreros. Hay dos o tres de Troyes, y nosotros ya hemos enviado a seis, que no son suficientes. Si los predicadores necesitan ser aliviados, vos podréis predicar de vez en cuando, o alternando con uno de ellos, y hacer las demás cosas que el Sr Brin crea convenientes «.

Esta vez también quiso el obispo de Troyes asistir a la clausura de los ejercicios, el 22 de octubre, se encuentran estas líneas bajo la pluma de san Vicente: «El Sr. Brin da ahora la misión de Sézanne con diez o doce sacerdotes que le hemos envidiado o que él se ha llevado. Mons. el Obispo debe ir a administrar la Confirmación».

El ardiente misionero sucumbió a la fatiga y tuvo que acostarse al regreso de Sézanne: en los primeros días de noviembre, fue llamado a París, donde los cuidados más inteligentes y más necesarios podrían restablecer pronto su salud. Dejó la casa de Troyes después de una estancia de unos cuatro meses; esperaba no obstante volver, cuando sus fuerzas se lo permitieran. Por ello dejó la administración  al Sr. Dupuich, su asistente.

Todo peligro había desaparecido al final de noviembre; figuraba ya entre los convalescentes de San Lázaro. La recuperación completa se hizo esperar mucho tiempo y no era todavía definitiva el 25 de enero de 1658. El Sr. Brin se quedó algún tiempo en París, y el 10 de abril siguiente, el Sr. Dupuich fue nombrado superior de la casa de Troyes, en su lugar.

V. – Meaux. Irlanda.

Se comenzaba apenas a formar en Francia Seminarios para la educación de los clérigos jóvenes, cuando Dominique Séguier, obispo de Meaux resolvió establecer uno en su ciudad episcopal. El hospital Jeane Rose, fundado en 1356, adonde los pobres ciegos y los demás habituados habían estado ya, por razón de ciertas incomodidades, trasferidos a una casa vecina, le pareció favorable para su plan.

En lo espiritual, este hospital estaba obligado a cumplir misas, a hacer recitar el oficio, antífonas y otras oraciones por los bienhechores; en lo temporal, debía `proveer de alojamiento a veinticinco ciegos, y dar todos los años a cada uno de ellos tres setiers de queso, del mejor a doce denarios; estaba obligado además a alimentar, vestir e instruir a diez huérfanos, de la ciudad de Meaux o de los pueblos vecinos; por último tenía que conservar constantemente doce camas para albergar a los pobres de paso. Los bienes del establecimiento consistían principalmente de casas, huertas, prados, viñas, campos y otras heredades situadas en toda la extensión del municipio de Meaux; producían una renta de unas ocho mil libras.

Por último, el acta de fundación imponía que dos canónigos regulares de San Agustín, de los cuales uno debía ostentar el título de Maestro, servirían dicho hospital a perpetuidad.

No obstante esta cláusula, el obispo de Meaux prosiguió la erección de su seminario: obtuvo el desistimiento del último maestro, Antoine Guillémin, de la orden de San Agustín, y por ordenanza del 30 de octubre de 1645, pronunció la secularización del hospital; estableció allí el seminario cuya dirección confió a seis sacerdotes seculares, con obligación de llevar las cargas de la antigua fundación, ya mencionadas.

Este seminario estaba instituido para recibir al menos a diez sacerdotes y a diez clérigos: su número podía aumentarse en lo sucesivo según las rentas; su mantenimiento y alojamiento serían gratuitos; su instrucción abrazaría la teología, el canto, el cómputo, las ceremonias de la Iglesia, en una palabra cuanto podría ser necesario para trabajar en el adelanto de la salvación de los pueblos.

La ciudad poseía un colegio en la calle Poitevine: como se hallaba casi abandonado, el obispo de Meaux, cediendo a las insistencias de los magistrados, produjo una nueva ordenanza el 1º de enero de 1657, por la que unía al seminario este colegio que gozaba de una prebenda, llamada prefectorial, y al que la ciudad dotaba  de una renta anual de 100 libras. Esta unión tenía por finalidad dar «ocasiones a los habitantes de la ciudad de satisfacer  a la vocación escolástica y eclesiástica de sus hijos, que hasta entonces se habían visto obligados a enviar a estudiar a lugares lejanos con gran pena y coste, desde la decadencia de dicho colegio». En consecuencia, el superior del seminario «debería tener maestros de clase idóneos y capaces, bajo su mando, para instruir a la juventud gratuitamente, comenzando desde los primeros elementos hasta la filosofía exclusivamente».

Tal es en pocas palabras la exposición de las fundaciones que formaba lo que se llamaba el Seminario de Meaux. La elección del primer superior no parece haber sido feliz; pues, dicen los analistas contemporáneos, el canónigo Polangis «llegado al seminario en la carroza de Mons. el Obispo, había salido de allí a pie por el mal gobierno de los bienes de la casa y los festines continuos que se celebraban». Además, los sacerdotes seculares que constituían  el personal eran poco aptos, a pesar de su erudición teológica, para crear una institución de este género. Ninguno de ellos había sido formado en un seminario: ninguno de ellos había sido iniciado en este difícil ministerio en el que san Vicente de Paúl y el Sr Olier habían conquistado tanta gloria.

Todas estas razones comprometieron al obispo de Meaux a implorar el auxilio de Vicente de Paúl para reformar su seminario; éste dudó por algún tiempo en aceptar una obra cuyas dificultades no se le escapaban. Por fin la amistad venció todas las consideraciones y,  hacia el mes de septiembre de 1658, se firmó un acuerdo entre el prelado y Vicente de Paúl, [568] quien aceptaba el seminario, con promesa de cumplir todas las cargas. Si hemos ce creer la carta que el cardenal de Bissy, obispo de Meaux, dirigía al papa Clemente XI, el 16 de julio de 1707, dos misioneros tan sólo fueron enviados a Meaux: Episcopi votis annuente Vincentio, duo ejus alumni, Seminarii fundamenta posuerunt. Este número fue incrementado y elevado al menos a cuatro sacerdotes, en 1659.

El Sr Brin, cuya biografía vamos a continuar interrumpida un instante por esta digresión, fue designado superior del seminario, director del colegio, y maestro del hospital, reunidos bajo el mismo techo. La reforma cuyo cuidado se le confió era espinosa, y no tenía con él más que u sacerdote y un hermano llamado Nicolás Pierron; éste último, procedente Monceaux cerca de Labrosse, en la diócesis actual de Meaux, fue más tarde superior general de su Congregación en 1697, y sucedió a otro hijo de la diócesis de Meaux.

Desde el mes de octubre, el Sr Brin se puso a la obra: con bastante frecuencia recurrió a las luces de su venerado Padre para conducirse en esta situación difícil. De la correspondencia intercambiada en esta ocasión, no nos queda más que la carta siguiente escrita por san Vicente, de París, el 6 de noviembre de 1659:

» Señor,

He recibido sus cartas del 31 de octubre ; no me queda más que respetar todo lo que  Nuestros señores ordenan para el bien de su seminario y no tengo nada que pedir del cuidado de lo temporal de lo que os han encargado, sino que no podemos enviaros a nadie que os eche una mano en esto. Quiero creer que les habréis informado sobre la escasa aptitud que tenéis para los negocios, y por eso una vez encargado pese a ello, debéis permanecer en paz, y esperar que no estropeéis nada, sobre todo si en lo principal os aconsejáis con el Sr. gran vicario. Si en dos meses el estado del seminario cambia de rostro, como lo esperáis, no es necesario, por tan poco tiempo, hacer los cambios que proponéis: según esto, os ruego que os contentéis con el hermano Pierron y dejéis al hermano Claude en Crécy. Ruego a Nuestro Señor que sea vuestra dirección y vuestra fuerza», etc.

El gran vicario a quien el Sr. Brin debía consultar en las cosas principales era el Sr. Antoine Caignet, canónigo teologal y canciller de la iglesia de Meaux, hacia quien san Vicente profesaba una gran veneración hacía tiempo.

El 14 de noviembre de 1659, » el seminario establecido por Mons. el Obispo de Meaux en el hospital fundado en Meaux por  el difunto Jean Rose, compareciendo por venerable y discreta persona, maistre Gérard Brin, sacerdote de la Misión y superior de dicho seminario» cedió por mandato de enfiteuxis al señor Antoine Ferrant, labrador, con residencia en Etrépilly, diversos bienes situados en el mismo lugar.

El Sr Brin se iba a ver muy pronto privado de su amigo y protector; Dominique Séguier, obispo de Meaux. El prelado cayó gravemente enfermo en París; en su conferencia del 16 de mayo de 1659 a los Misioneros, san Vicente dice con tristeza: » Recomiendo a Mons, de Meaux a vuestras oraciones, se encuentra en la agonía hace cuarenta y ocho horas, padece graves males en estos momentos; será para la Iglesia una lámpara apagada, y que iluminaba a los pueblos y al clero por su gran dulzura, por su prudencia, su conducta y su firmeza. Tenía caridad para nuestra Compañía, y hemos tenido la suerte de establecernos en su diócesis… Tenemos pues buen motivo para pedir a Dios por este buen prelado; haremos desde esta noche elevaciones de corazón a Dios para que su bondad le reciba en su gracia. Enviaremos mañana por la mañana para saber si ha fallecido, y en tal caso, ofreceremos nuestros sacrificios a su intención».

Al final de ese mismo día el prelado expiró. El 28,  su cuerpo fue llevado a Villenoy donde estuvo algunos días; por último, el 9 de junio, se celebraron sus funerales en Meaux. Mientras se cubría de negro la catedral, la puerta de Saint-Rémy, cercana al seminario, se preparó con las armas del difunto, alternando con los escudos de armas que llevaban sus iniciales. A mediodía, mientras que todas las campanas de la ciudad tocaban a muerto, las comunidades religiosas y las parroquias se formaron en procesión, con su cruz y su presidencia. El Sr. Brin con todos los suyos ocupaba, al frente, el tercer lugar entre los Mínimos y los Franciscanos. Efectuado el levantamiento de cadáver en Villenoy, se volvió a Meaux, en el mismo orden. Mons. de Ligny, sobrino y coadjutor del difunto, presidió el oficio en la catedral, y fue asistido por los obispos de Condom, Comminges, Senlis y La Rochelle.

En un testamento hecho el 20 de marzo 1658 y recibido el 10 de mayo 1657 por la Sra. Le Bloud, notario en el Châtelet, Dominique Séguier, había insertado la cláusula siguiente: «Doy y lego al seminario de Meaux la suma de veinticinco mil libras, que se debía en mi sucesión por el Sr. abate de Coislin, mi sobrino, por la venta del claustro de Notre Dame, de París, que le he consignado con esta condición. Encargo al ejecutor de este mi testamento que emplee esta suma  lo más útilmente que juzgue para el provecho del dicho seminario de Meaux «.

Mons. de Ligny, ejecutor testamentario del difunto, dejó al Sr. Brin la libertad de disponer de esta suma según las intenciones del donante. En virtud de esta autorización, a finales del año 1657, el Sr. Brin firmó un acuerdo con el abate Pierre de Comboust de Coislin, primer capellán del rey, y deudor de las 25 000 libras legadas al seminario. Esta transacción tenía por objeto reglar la tasa y el vencimiento de los intereses, esperando que se decidiera el modo de colocación o el destino del capital.

El nuevo obispo de Meaux, Dominique de Ligny no se mostró menos complaciente con respecto al Sr. Brin que su predecesor. En el verano de 1660 partiendo para la primera visita pastoral de su diócesis, se llevó consigo al superior del seminario y a tres misioneros, sus colaboradores. El prelado, no pudiendo conocer todas las miserias, encargó al Sr. Brin el cuidado de distribuir sus limosnas, de apaciguar los diferendos y las querellas particulares, y de predicar la palabra de Dios en las parroquias que atravesaban. El recuerdo de esta carrera a través de la diócesis queda consignado en la carta que san Vicente dirigía el 8 de junio de 1660 al Sr. Lhuillier, superior de la misión de Crécy-en-Brie, cerca de Meaux.

Por la misma época, Désiré Régnier, clérigo de Meaux, que ya había hecho dos retiros en San Lázaro, había querido hacer allí el de su sacerdocio, por la estimas que le habían inspirado las virtudes de Vicente de Paúl. A su regreso, habiendo ido a saludar a Mons Ligny,  fue felicitado por el prelado sobre su preferencia, y le oyó incluso alabar  la santidad de este gran siervo de Dios.

El Sr. Brin no fue por mucho tiempo pacífico poseedor del seminario, cuya administración se la diputó el hermano Le Mesusnier, canónigo regular de la orden de San Agustín. Este religioso, que había dejado la abadía de San Vicente de Senlis por no aceptar la reforma del P. Faure, había puesto sus miras en la secularización del hospital Jean-Rose, y recurrió como abuso del decreto de 1645, pidiendo la restitución de esta casa a su orden y la expulsión del seminario. El principal medio de nulidad invocado por él era tomado de esta cláusula del fundador, a saber: que la administración del hospital, y de sus bienes se confiaría a perpetuidad a dos canónigos regulares de San Agustín. Uno de los cuales ostentaría el título de Maestro. Hallándose vacante el beneficio por nulidad de título, e impetrable según los cánones, él solicitaba la investidura.

Invirtió pues una fianza de quinientas libras, y fue admitido por la curia de Roma a proseguir la instancia; hacia finales del año 1660, obtuvo del Soberano Pontífice las provisiones del hospital. Según las leyes por entonces vigentes, toda devolución debía ejecutarse en el año por la toma de posesión, el hermano Le Meusnier acudió a Meaux, para expulsar al Sr. Brin  de los edificios del hospital y tomar posesión de ellos. Pero el Sr. Ligny se opuso a este acto que violaba sus derechos. El Sr. Alméras, superior  general de la Congregación de la Misión, prefirió retirar a sus sacerdotes a entrar en un proceso, cuyo resultado parecía dudoso. El Obispo de Méaux estuvo aconsejado, para resistir a las conclusiones del transmisor, que introdujera la reforma de  la Congregación de Francia, en el hospital Jean-Rose; a este efecto, el 16 de diciembre de 1661, pasó con el P. Blanchard, superior de la reforma de los Agustinos, conocida con el nombre de Génovéfains, un concordato en virtud del cual los canónigos regulares de la orden de San Agustín de la Congregación de Francia se convertían en los administradores del hospital y del seminario con el mismo título que el Sr Brin y desempeñarían los mismos cargos. El prelado se reservaba la elección del superior  entre los Génovéfains.

Los sacerdotes de la Misión habían regido el seminario de Meaux cerca de tres años; este tiempo había sido, no obstante, suficiente para transformarlo todo. Por eso, el cardenal de Bissy, en la  carta ya citada, no le duelen prendas en decir que habían puesto los fundamentos del seminario; añade también: » Hemos visto con gozo la disciplina eclesiástica, arruinada en esta diócesis por la dilatada serie de guerras, revivir gracias a los cuidados y a los esfuerzos de los operarios enviados por Vicente de Paúl «.

Es el más hermoso elogio que se pueda hacer del Sr. Brin. Medio siglo después de su partida, su obra subsistía aún, tan vigoroso y poderoso había sido el impulso imprimido por él a la educación clerical.

A su salida de Meaux, el Sr. Brin fue enviado a Toul, como superior, y allí estuvo hasta finales del año 1662. Entonces, fue enviado a Irlanda por tercera vez Water: partió acompañado del Sr. Jacques Water, su compatriota. No le faltaron las tribulaciones en esta tierra regada ya con sus sudores. El Sr. Alméras nos lo va a decir en su carta circular del mes de febrero de 1664: » Los Srs. Brin y Water trabajan cada uno por su lado en diversos lugares de Irlanda en mantener a los católicos en la fe y en devolver a la Iglesia a los que se habían separado. El Sr. Water, en tres cartas que me ha escrito en nueve o diez meses que está en ese país, refiere varias conversiones que ha hecho Dios por su mediación… El Sr. Brin, después de sufrir un mes de prisión a su llegada, y luego una enfermedad que le ha llevado a las puertas de la muerte, ha recobrado al fin, por la gracia de Dios, la salud y la libertad para trabajar en la salvación de estos compatriotas, como es debido, con fruto». –Desde este momento, el recuerdo del Sr. Brin se borra: quizás ha concluido su carrera laboriosa en medio de las poblaciones desdichadas de Irlanda y de las Hébridas.

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