En los orígenes de la Compañía

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

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Autor: Miguel Lloret, C.M. · Año publicación original: 1981 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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escudo_hijas_caridad¿Qué decir sobre «San Vicente y las Hijas de la Caridad» en unos cin­cuenta minutos y ante un auditorio tan familiarizado ya con el tema?

Porque, en efecto, todo el trabajo realizado con miras a la preparación de las tres últimas Asambleas Generales nos ha llevado a escrutar los oríge­nes de la Compañía. La Iglesia nos pedía —como a los demás Institutos— que revalorizáramos el espíritu de los Fundadores y sus intenciones propias, lo que, con las sanas tradiciones, constituye el patrimonio de las Hijas de la Caridad. Ellas, por su parte, desean responder, con atención y disponibi­lidad renovadas, a las llamadas que hoy les dirigen el Señor y los pobres. Y la primera condición para esto es, precisamente, la fidelidad a las inspi­raciones y a las intuiciones fundamentales de San Vicente y de Santa Luisa de Marillac.

La última Asamblea. —la de diciembre de 1979 a febrero 1980— debía dar fin a la redacción de las nuevas Constituciones, cuya aprobación esta­mos esperando. Pero, lejos de constituir una meta, es más que nada un pun­to de partida: el ir a beber a las fuentes de los orígenes es algo que debe profundizarse y continuarse cada vez más. Por eso, me gustaría esta tarde indicar un camino que, me parece, podría ser especialmente fecundo, si sa­bemos explotarlo:

  • por una parte, con todos los recursos que nos ofrece el estado actual de nuestros conocimientos acerca de los Fundadores, de que nos ha habla­do el P. Dodin;
  • y, por otra, sobre todo, con el deseo sincero de hacer nuestras las convicciones doctrinales y prácticas que ellos tuvieron.

(Habló de los «Fundadores», en plural, porque vamos descubriendo dada vez más .no sólo lo inseparable de San Vicente que es Santa Luisa, sino lo importante que fue su propia aportación: su colaboración, después de unos comienzos bastante difíciles y un tanto inciertos, llega a ser uno de los testi­monios más espléndidos y más fructuosos de la complementariedad entre un hombre y una mujer, entre un santo y una santa que pusieron al servicio de un mismo ideal todas las riquezas de su personalidad humana y espiritual.)

Por lo demás, esto se evidencia de manera especial en las dos clases de documentos sobre los que quisiera llamar la atención de ustedes;

  • los reglamentos que San Vicente fue dando a las Hijas de la Caridad a medida que nuevos objetivos se concretaban;
  • y los avisos que les dirigía cada vez que un grupo marchaba a una nueva fundación.

Efectivamente, si se da un lugar, un momento, en que los Fundadores hayan expresado lo esencial de lo que las Hermanas tienen que vivir, tanto en su comprensión como en su puesta por obra, es sin duda en los regla­mentos y en los «envíos a misión».

* * *

En los Tomos IX y X de Coste encontrarnos unos diez «envíos a misión» que se sitúan en los años 1650 a 1659. Van dirigidos a Hermanas que salen para Hennebont, Montmirail, Nantes, Sedan, La Fére, Arras, Ussel, Cahors, Metz, Narbone, en donde habrán de dedicarse a las obras más variadas: hospitales, ejércitos, «Caridades», educación, instrucción cristiana.

A estos «envíos» pueden añadirse diferentes comentarios sobre el mismo tema, que surgen durante los Consejos de la Compañía, Consejo instituido en 1646 (ver Tomo XIII de Coste), por ejemplo, con relación al Hospital de Nantes, o a propósito de las Hermanas enviadas a Montreuil-sur-Mer, a Chars o a Polonia.

No olvidemos tampoco los avisos que dio la Señorita Le Gras, por ejem­plo, a las Hermanas enviadas a Montreuil (Escritos, ed. franc., p. 977), a Arras (íd., p. 981), al Hospital General de París —Hotel-Dieu— (p. 989), a los galeotes (p. 991), o destinadas a la enseñanza del catecismo, obra que le era tan querida (p. 993). En dichos «avisos», San Vicente infundía sobre todo el aliento misionero y orientaciones concretas; pero Santa Luisa en­traba en detalles más concretos todavía (ver, por ejempló, los que dio a las Hermanas enviadas a Arras).

Es cierto que hay otros documentos no menos importantes; por ejemplo, las conferencias de San Vicente sobre el fin o el espíritu de la Compañía, sus conferencias sobre las Hermanas difuntas, en las que se afanaba espe­cialmente por mostrar en qué habían sido buenas Hijas de la Caridad, para que las demás pudiesen seguir sus huellas. Ahí es donde podemos encon­trar, de labios del mismo Fundador, la explicación e ilustración de los pun­tos fundamentales expuestos en la regla o en los avisos.

Por otra parte, los comentarios más autorizados de los diversos regla­mentos —de 1633-1634, 1645, 1655— nos los da el mismo San Vicente cuando se los explica a las primeras Hermanas; a partir del 18 de octubre de 1655, se los va explicando artículo por artículo. Nada podría informarnos mejor con miras a una comprensión exacta de su pensamiento. En los Tomos IX y X de Coste encontramos unas diez conferencias sobre la regla o sobre su práctica, entre los años 1634 a 1658.

La correspondencia de San Vicente y Santa Luisa proyecta también mu­cha luz. Hay determinadas épocas de su vida en que esta correspondencia es la única fuente de información directa que nos haya llegado, especial­mente por lo que se refiere a la evolución de las reglas. Así, por ejemplo, desde el 31 de julio de 1634 al 5 de julio de 1640 no tenemos documento alguno relativo a las conferencias de San Vicente a las Hijas de la Caridad, pero la abundante correspondencia cruzada con la Srta. Le Gras atestigua que no dejó de verse con las Hermanas ni de reunirlas, mientras ella des­plegaba una gran actividad en las Caridades y en la formación de las hijas que en ellas trabajaban.

En sus cartas la vemos inquieta porque San Vicente aplaza siempre el momento de escribir las reglas. Le hace proposiciones a este respecto y él le contesta, por ejemplo, entre 1634 y 1638 (Coste, I, 277):

«Ayer recibí su carta y su minuta de reglamento para sus hijas, que aún no he tenido tiempo de leer. Lo haré tan pronto como me sea posible.»

En mayo de 1636 (Coste, I, 326) le escribe de nuevo:

«Le devuelvo las reglas de las jóvenes. Están tan bien que no he querido añadir nada. Léaselas usted, pues, si no juzga necesario que yo esté presen­te; de ser así, le prometo que será una de las primeras cosas que haga a mi regreso, si Dios quiere. Estaría bien que las de esta parroquia (San Lo­renzo) se encontrasen también con las demás, con el fin de que sean uni­formes.»

A propósito de uniformidad, ya desde esta época vemos aparecer esas pequeñas obras maestras que son las «reglas particulares», y el 19 de julio de 1640 (Coste, IX), San Vicente habrá de explicar:

«Ya veis, hijas mías, qué grande es el designio de Dios sobre vosotras, y qué gracia os otorga dándoos, para que los sirváis, a tan gran cantidad de pobres y en tantos diversos lugares. Esto requiere distintas clases de regla­mentos. Las Hermanas de Angers tienen el suyo; hará falta otro para las que sirven a los pobres niños, otro para las que sirven a los pobres del Hospital general, otro para las que los sirven en las parroquias, otro para las de los pobres forzados y aún otro para las que permanecen en la casa, a las que debéis considerar y amar como vuestra familia. Y todas esas re­glas deben apoyarse en la regla general de la que quiero hablaros.»

Más aún que la regla «general» o «común», estas reglas particulares ates­tiguan la estrecha colaboración que en adelante se ha establecido entre San Vicente y Santa Luisa. Su cercanía a las Hermanas y a sus obras, sus cuali­dades femeninas, permitían a ésta, siempre de acuerdo con él, hacer presen­tes muchas convicciones y recomendaciones.

Lo mismo que para las reglas comunes, será preciso esperar al genera­lato del P. Alméras y del P. Jolly, primeros sucesores de San Vicente, así como al generalato de Maturina Guérin (al primero, porque fue reelegida seis veces Superiora General, con los intervalos requeridos por los estatu­tos), para que algunas de esas reglas particulares reciban forma definitiva y se promulguen:

  • reglas para las Hermanas de las parroquias (en las que se encuentra primitivamente la célebre fórmula: «no teniendo ordinariamente por mo­nasterios más que las casas de los enfermos, por celda un cuarto de alqui­ler», etc., que el P. Alméras trasladó a las reglas comunes, I, 2);
  • reglas para las Hermanas de las aldeas, para la maestra de escuela, para las de los Hospicios y Hospitales (con avisos para la Hermana Sirviente, para la que recibe a los enfermos, para las que distribuyen el pan y el vino, para las que cuidan a los enfermos más graves, para las veladoras, para las encargadas del lavadero, para las amortajadoras).

Otros reglamentos parecen haber permanecido en su estado primitivo; por ejemplo, los de los niños expósitos, del Hospital general de París, de los galeotes, sin duda porque esas obras eran de momento muy «particula­res» y en adelante les cupo suertes muy distintas. Así, en 1670, el estableci­miento de los Niños Expósitos fue colocado por el Rey bajo la autoridad de los administradores del Hospital general; las Hermanas permanecieron en el Centro hasta la Revolución, y aún volvieron después de ella hasta 1896, pero su situación era diferente.

En cuanto a los «envíos a misión», evidentemente, son todavía más «cir­cunstanciales». Nos revelan el asombroso conocimiento que tenía San Vi­cente de los lugares, de las situaciones, de las personas (véase Consejo de la Compañía del 20 de junio de 1647 a propósito del Sr. De la Noie, Coste, XIII, 635). Todo ello le inspira, lo mismo que a Santa Luisa, una serie de recomendaciones llenas de realismo, de agudeza psicológica, etc., al mismo tiempo que le da ocasión para insistir en los puntos básicos de la vocación (en su «identidad», diríamos hoy): el don total a Dios para el servicio de los pobres que debe ser preferido a todo, con un amor sencillo y humilde y a partir de una vida fraterna sin fallos: lugar donde rehacer sus fuerzas, para las Hermanas y para los de fuera, testimonio apostólico insustituible, como el mismo Jesucristo nos lo ha dicho.

Corno no me propongo, esta tarde, sino abrir una línea de reflexión en el sentido de que las reglas, tanto las comunes como las particulares, y los «envíos a misión» sean analizados en detalle (lo que puede hacerse de muy diversas maneras: intercambios comunitarios, cursillos, ejercicios, etc., me contentaré con dar algunas ilustraciones, a partir de estos diferentes do­cumentos.

Hace un momento decía que ciertos puntos fundamentales se concretan desde los comienzos de la Compañía y que con el correr del tiempo no ha­cen sino confirmarse y afianzarse. Los Fundadores no dejan de insistir en ellos.

Hablaba, por ejemplo, de la primacía del servicio de los pobres, «de los verdaderamente destituidos de todo y que no tienen otro medio de recibir un servicio», según la expresión de Santa Luisa. El nacimiento de las Hijas de la Caridad dice mucho acerca de esto. Las Damas, por razones fáciles de comprender, servían a los pobres, si así puede decirse, no «a jornada completa» y con mucha frecuencia a través de «personas interpuestas», por­que enviaban a sus criadas a hacer los menesteres más humildes que los pobres necesitaban. Fue entonces cuando se presentó Margarita Naseau (que en cierto sentido podríamos decir fue la fundadora) y la siguieron otras jóvenes de condición modesta. Ellas se encargaron de lo que las Damas en­comendaban a sus criadas, y así se restableció el contacto directo entre los pobres y la Caridad de Jesucristo, en los empleos más bajos. Pero, además, en adelante ya no harán otra cosa: se dedicarán por completo a ello «por estado y por oficio», como decía San Vicente a Ana Hardemont. Su vida no será ya sino servicio a Cristo en los pobres, estará centrada en Jesucris­to a través de los pobres y en los pobres que les representan a Jesucristo, esa vida suya será inseparablemente, como dicen las Constituciones, «ora­ción y servicio, Consagración y servicio, vida fraterna y servicio», siendo su eje unificador Cristo, Manantial y Modelo de toda Caridad, a quien contem­plan, a quien se unen, a quien sirven en los pobres; a quien anuncian y re­velan a los pobres (véanse los avisos de San Vicente a las Hermanas envia­das a Arras, del 30 de agosto de 1656, Coste, XIII, p. 577).

No estará de más toda la agudeza de un gascón para realizar y para ha­cer aceptar semejante revolución, es decir, trasladar la vida consagrada femenina al mundo, bajo la forma de una vida misionera, en el sentido más actual de la palabra: ir al encuentro del Señor presente y operante en la vida y el corazón de los pobres, en cooperación con todas las demás fuer­zas vivas de la Iglesia, pero con un espíritu determinado que es, a su modo, una participación en el espíritu de Jesucristo.

En los «envíos a misión» y en sus cartas, los Fundadores dicen a las Hermanas cómo han de conducirse con los sacerdotes y con los seglares, especialmente con las Damas, con los administradores, el personal, etc.

Explicando el reglamento, el 14 de junio de 1643, San Vicente dice a las Hermanas:

«Aunque os recomiendo la práctica exacta de vuestras reglas y de vues­tra forma de vida, como vuestra obligación principal es el servicio de los pobres, no debéis temer el dejar alguna regla ante las necesidades urgentes de los enfermos, con tal de que se trate de una verdadera necesidad y no de un sentimiento de la naturaleza o de pereza» (Sígueme, IX/1, p. 131).

El 18 de octubre de 1655, explicando los artículos 1, 2 y 3 de las reglas comunes, tiene un pasaje magnífico sobre el fin de la Compañía:

«Debéis saber que entre todas las Compañías que sirven a Dios más es­pecialmente, cada una tiene su fin particular, corno en una república cada profesión tiene su oficio particular: los sastres, los panaderos, los zapate­ros, etc. Así ocurre con las Compañías dedicadas a Dios.

«Los Cartujos tienen como fin principal una gran soledad: están ocultos a los ojos del mundo, de suerte que no se les ve; viven en una continua prisión, por amor de Nuestro Señor. Los Capuchinos tienen como fin propio la pobreza, que practican en sus hábitos, calzado, etc. Han creído que podían honrar la pobreza de Nuestro Señor abrazando ese estado de vida pobre, que, en efecto, le es muy agradable, puesto que bajó del cielo a la tierra para hacerse pobre. ¡Cómo la hubiera abrazado y se la hubiera recomen­dado tanto a la Santísima Virgen y a San José si no le hubiera agradado! Las Carmelitas, que son muy austeras, tienen como fin una gran mortifica­ción. Van descalzas; en Francia llevan a veces sandalias; no sé exactamente cómo hacen aquí; pero en España no llevan ni medias ni zapatos; van des­calzas de pie y pierna, se acuestan sobre un poco de paja o de heno, a pesar del rigor del invierno. Esas religiosas, que son de clase elevada, recién sali­das del mundo, se reducen a eso. Y ¿por qué, Hermanas? Para agradar a Dios, para hacer penitencia y rogar por la Iglesia. Las religiosas del «Hotel­Dieu» —Hospital general—, ya os he hablado de ellas: tienen corno fin prin­cipal trabajar en su propia salvación y en la de los pobres enfermos del hospital. Las de la Plaza Real tienen por fin principal asistir a las pobres mujeres enfermas a las que reciben, y no a los hombres; y porque tales son sus reglas, creen operar su salvación observándola.

«Pero vosotras, queridas Hermanas, Os habas dado principalmente a Dios para vivir como buenas cristianas, para ser buenas Hijas de la Caridad, para trabajar en las virtudes propias a vuestro fin, para asistir a los pobres en­fermos no en una casa solamente, como el «Hotel-Dieu», por ejemplo, sino por todas partes, como hacía Nuestro Señor, que no tenía acepción alguna, porque asistía a todos los que acudían a El. Es lo que nuestras Hermanas empezaron a hacer con los enfermos, asistiéndoles con tanto cuidado; y viendo Dios que lo hacían tan esmeradamente, yendo a buscarlos a sus ca­sas, como lo más frecuentemente hacía Nuestro Señor, se dijo: «Estas her­manas me agradan; han cumplido bien este empleo, voy a darles otro».

«Y fueron, Hermanas, esos pobres niños abandonados que no tenían a nadie que cuidara de ellos; y Nuestro Señor quiso servirse de la Compañía para tal cuidado; de lo que doy gracias a su bondad.

«Como vio, pues, que lo habías abrazado con tanta caridad, se dijo: «Voy a darles otro empleo más». Sí, Hermanas, es Dios quien os lo ha dado sin que pensarais en ello, ni la Srta. Le Gras, ni yo tampoco; porque así es como se hacen las obras de Dios, sin que los hombres lo piensen. Cuando una obra no tiene autor, debe uno decirse que es Dios quien la ha hecho. Pero ¿cuál es ese otro empleo? Es la asistencia a los pobres criminales o forzados. ¡Ah!, Hermanas, ¡qué dicha servir a esos pobres forzados, abando­nados en manos de personas que no tienen ninguna compasión de ellos!»

Todavía quiso dar una nueva ocupación a esas hijas, que es asistir a los pobres enfermos, a los pobres ancianos del Nombre de Jesús y a esas pobres gentes que han perdido la razón… ¡Qué gran favor es para todas las que están ocupadas en eso, tener un medio tan hermoso para prestar servicio a Dios y a Nuestro Señor su Hijo!

«Por tanto, el fin al que debéis tender es honrar a Nuestro Señor Jesu­cristo, sirviéndole en los pobres, en los niños para honrar su infancia, en los pobres necesitados, como en el Nombre de Jesús, y como a aquellas pobres gentes a las que asististeis cuando vinieron a refugiarse a París a causa de las guerras. Así es como tenéis que estar dispuestas a servir a los pobres por todas partes a donde se os envíe: al ejército, como hicisteis cuando se os llamó; a los pobres criminales y, en general, a cualquier lugar en que podáis asistir a los pobres, ya que ese es vuestro fin.

«¡Hermanas mías, qué dicha! Es Dios el que os ha encomendado el cui­dado de sus pobres y tenéis que portaros con ellos con su mismo espíritu, compadeciéndoos de sus miserias y sintiéndolas en vosotras mismas en la medida de lo posible, como aquel que decía: «Yo soy perseguido con los perseguidos, maldito con los malditos, esclavo con los esclavos, estoy afli­gido con los afligidos y enfermo con los enfermos».

«Así es como habéis de portaros para ser buenas Hijas de la Caridad, para ir a donde Dios quiera; si es a Africa, a Africa; al ejército, a las Indias; dondequiera os pidan, ¡enhorabuena!; sois Hijas de la Caridad y tenéis que ir.»

Como vemos, San Vicente tiene la convicción de que es Dios quien ha hecho la Compañía. Insiste con frecuencia en ello como argumento decisivo para la fidelidad. Prácticamente, lo repite cada vez que un grupo de Herma­nas marcha a una nueva misión. Lo que no puede decir es que el Señor ha encontrado en él al servidor atento que ha sabido —como diríamos hoy— leer los signos de los tiempos: como, por ejemplo, los acontecimientos de Gannes-Folleville o de Chátillon, y que ha sabido también dejarse instruir por la experiencia. Testimonio de ello es precisamente la historia de los reglamen­tos, tanto por lo que se refiere a la. Regla Común, que como ya hemos dicho San Vicente no llegó a promulgar, como a las Reglas particulares, en las que —también lo hemos visto— los Fundadores enfocan con extraordinaria pru­dencia las situaciones más diversas. Ese mismo realismo que es el suyo les im­pide separar por poco que fuere la obra de humanización y la obra de evan­gelización, aunque esta última sea siempre el objetivo que no hay que perder de vista (véanse los avisos a las Hermanas enviadas a Metz, 26 de agosto de 1658).

Lo mismo se verificó ya en la fundación de la Cofradía de la Caridad. En la semana siguientes al célebre domingo 20 de agosto de 1617, San Vicente reú­ne a algunas «buenas personas» y les da un embrión de reglamento en fun­ción de las necesidades de los pobres, pero prosigue su observación y su reflexión y, el 26 de noviembre, el Vicario General de Lyon aprueba el regla­mento que habrá de servir de referencia para todos los que en adelante sean redactados, teniendo en cuenta las adaptaciones que exijan las circunstancias. Dichas adaptaciones será con frecuencia Santa Luisa quien las sugiera. Por ejemplo, en mayo de 1630, San Vicente escribe:

«Por lo que hace a las Hermanas de,la Caridad (era el nombre que se daba a los miembros de la. Cofradía: aquí se trata de la de Villepreux), pienso que es conveniente que las reúna usted a todas, les lea el reglamento y trate de que las cosas vuelvan a ser en la práctica conformes a dicho reglamento, que es diferente de los demás porque es el segundo establecimiento» (I, Sígueme, p. 146).

Igualmente, el 2 de abril de 1631:

«Me parece bien lo que me dice de la. Caridad y le ruego que proponga a las Hermanas todo lo que Crea oportuno para ello y que lo determine, tanto lo que me ha escrito usted como lo que luego se le ocurra, y yo le enviaré el reglamento en forma, entre hoy y el domingo» (I, íd., p. 166).

Encontramos un proceso análogo para las Hijas de la Caridad. Un «proyec­to de reglamento para unir a jóvenes y siervas de los pobres a las Hermanas de las Cofradías de la Caridad, en las aldeas» ha llegado hasta nosotros, es­crito de mano de Santa Luisa y corregido por San Vicente. El primer regla­mento propiamente dicho, el que orientará y servirá de apoyo a la vida de las pocas Hermanas reunidas en torno a Luisa de Marillac, el 29 de noviem­bre de 1633, está también escrito por Santa Luisa. Pronto se le introdujeron modificaciones inspiradas por la doble inquietud del servicio a los pobres y de la santificación de las Hermanas. Encuentro, por ejemplo, admirables estas palabras del Sr. Vicente a la Señorita, en 1640, después de la conferencia en la que había anunciado su intención de establecer reglamentos particulares:

«Acabo de leer la distribución del día que me ha mandado usted y la en­cuentro bien. Lo que me hacía ver las cosas de distinta manera, es que no distinguía en mi pensamiento los empleos de las Hermanas. Así es como me parece que quedaría bien: que las de La Chapelle y el Hotel-Dieu lo observen tal como está; las de las parroquias, de los niños y de los galeotes, con las adaptaciones que exigen sus oficios. El reglamento de las Hermanas de las Parroquias está bastante bien especificado: Al final, añada usted algunas líneas para las encargadas de los niños con lo que crea conveniente, y en la de las hermanas para los galeotes, lo que sea propio de ellas; pero para esto será conveniente saber qué es lo que hacen y ponerlo. Prepare usted hoy la de los niños y envíemela; yo procuraré verla esta noche» (II, Sígueme, 95).

Como puede apreciarse, el mismo deseo de fidelidad al «designio de Dios» comunica a los Fundadores una flexibilidad asombrosa y una exigencia de regularidad: debe haber siempre por parte de las Hermanas una referen­cia a la regla general, que han de guardar lo más exactamente posible y no apartarse de ella si no es para servir4nejor, a los pobres.

Cuando llegue el momento de las aprobaciones oficiales por el. Arzobispa­do de París, el 20 de noviembre de 1646 y el 18 de enero de 1655, nos encon­traremos ante un texto de reglamento que, de hecho, es un conjunto de esta­tutos seguidos de las reglas propiamente dichas (en 43 artículos) y de una distribución del día (en 27 artículos), más las reglas particulares. Todo ello será el fruto de una larga reflexión sobre la forma de vida de las Hijas de la Caridad: durante tres siglos, no tendrán prácticamente otra regla de vida. Esta legislación permaneció como algo puramente interno hasta 1954, con algunas aclaraciones o adaptaciones añadidas por los Superiores Generales, como, por ejemplo, los Estatutos del P. Bonnet en 1718.

La jurisdicción del Superior General de la Congregación de la Misión sobre la Compañía de las Hijas de la Caridad, en cuya consecución tanto empeño puso Santa Luisa, las ha mantenido indudablemente en su carácter y en su espíritu propios. En los «envíos a misión», San Vicente suele decir a las Her­manas que se presenten al Obispo para ponerse a su disposición…, pero en calidad de Hijas de la Caridad y concretando bien quiénes son.

La distinción es muy clara entre lo que hoy llamaríamos inserción en la pastoral —campo en el que es completamente normal no emprender nada sin el consentimiento de los ordinarios— y la fidelidad al fin, a la naturaleza y al espíritu del Instituto.

A este respecto, la cuestión de los votos era un punto clave: hubieran po­dido hacer que se equiparara a las Hermanas con religiosas. Por eso, en los «envíos a misión», San Vicente y Santa Luisa les explican con todo detalle lo que deben decir. Se adivina la, preocupación porque no les ocurra lo que a las Hijas de la Visitación, de Francisco de Sales. Hoy ya no hay por qué temer en ese sentido, pero el debate de fondo sigue siendo el mismo, y una justa interpretación de los votos de las Hijas de la Caridad va estrechamente unida con la originalidad de su Instituto en la Iglesia. Dicho de otro modo, esos votos son de un tipo Muy particular, tanto más cuanto que las Hermanas los renuevan todos los años; son esencialmente la sanción de una andadura espiritual que ‘quiere llegar hasta la expresión más perfecta del don total; la confirmación constante y cada vez más profunda de la consagración inicial que hicieron a Dios al ingresar en la Compañía para servir a los pobres. Los Fundadores hablaban de «secularidad»: es decir, nada debe impedir a la Com­pañía responder a las llamadas de los pobres, vengan de donde vengan y de cualquier forma que se presenten.

Esta audacia en la disponibilidad es una de las cosas que más admiramos en los orígenes: ver marchar a las Hijas de la Caridad a los campos de apos­tolado más inéditos y más exigentes, como al ejército, a los galeotes, a los niños abandonados. Pero precisamente la diversidad de reglamentos son la ex­presión de una prudencia que va a permitir unir los empleos más atrevidos con convicciones sólidas y un amor indefectible a la vocación.

Esos reglamentos empiezan siempre por recordar que es Dios quien envía a tal sitio con un fin muy determinado y que, por lo tanto, se trata esencial­mente de responder con fidelidad a su llamada y de corresponder a su gracia, que no ha de faltar. Por ejemplo, con los niños expósitos, se trata de «salvar la vida del cuerpo y la del alma de esos pobres inocentes»:

«la vida del cuerpo se salvará dándoles el alimento y los cuidados necesarios, lo que requiere una atención minuciosa a los detalles referentes a la salud y desarrollo físico. Pero más todavía están ahí las Hermanas para enseñarles a conocer y a amar a Dios: por lo que les acostumbrarán a rezar, cuidarán de darles una educación cristiana desde la primera infancia, los prepararán progresivamente a la vida sacramental, «representándose que la salvación o la pérdida de esos pobres niños dependen de la buena o mala educación que les den».

«Tienen también, en cierto modo, que dejarse evangelizar por ellos, «consi­derando que están obligadas a imitar a esos niños pequeños que son sencillos, humildes y unidos entre sí por la amistad, ya que el Señor nos ha dicho: si no hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos».

«Habrán de cuidar también de no «desplazarlos», no sacarles de su clase dándoles un alma de ricos, de modo que las Hermanas les proporcionarán todo lo que necesiten «como deben hacerlo unas madres pobres».

«Practicarán la justicia con todos, no dando más a uno que a otro, y los amarán indistintamente.

De continuo se recuerda a las Hermanas que aviven la mirada y la llama de la Fe. Refiriéndose a ellas, escribe Santa Luisa desde Bicétre, el 17 de ene­ro de 1648: «El trabajo de nuestras pobres Hermanas de aquí no es imagi­nable.»

Y con palabras que se presienten salidas del corazón, San Vicente anima­ba en estos términos a las Hermanas encargadas de tal obra, el 7 de diciem­bre de 1643:

«Es mucha la dificultad, es cierto, hijas mías; pero ¿dónde no hay dificul­tades? Las hay en todas partes. Cuando estabais en el mundo, ¿no las teníais? Y si todavía estuvierais en él, ¿no las tendríais? ¡Ah!, sí, ciertamente, porque las hay en cualquier situación. Pero en la situación de las que sirven a los niños pequeños, como en cualquier otro ejercicio de caridad, el trabajo y la dificultad van seguidos de una recompensa tan grande, que ha de ser una di­ficultad amada. En el inundo hubierais sido madres, pero no como lo sois ahora, porque esos niñitos pertenecen tan completamente a Dios que bien po­demos llamarlos hijos suyos, ya que nadie más que El ejerce los deberes de padre suyo. Amadas Hermanas, considerad bien esta verdad.

 «Además del mérito y la recompensa que ‘nos otorga al servicio de esos niños —motivo de suyo bastante poderoso para servirles con cuidado y dili­gencia—, ese servicio lleva a veces consigo un gusto, y estoy seguro de que os dais cuenta de que les tenéis cariño. Hermanas, nunca se lo tendréis bas­tante. Estáis seguras de que no ofendéis a Dios queriéndolos mucho, puesto que son sus hijos y que el motivo que os hace estar al servicio de esos pe­queños es precisamente el amor a El. No sería así si hubieseis sido madres en el mundo, porque a menudo el amor natural de las madres a sus hijos es ocasión de pecados; luego tienen grandes pesares y sufren mucho a cuenta de ello. Pero vosotras, hijas mías, seréis madres razonables, si cuidáis de las ne­cesidades de esas criaturitas, las instruís en el conocimiento de Dios y las corregís con justicia acompañada de dulzura. Así es como seréis verdadera­mente buenas madres. ¿Y qué ocurrirá, hijas mías? Que esos niños se acos­tumbrarán de tal manera a la virtud que se sentirán fácilmente inclinados al bien y darán a conocer lo que es el poder de Dios que saca buenos frutos de árboles viciados.

«Llevad, pues, con paciencia y buen ánimo, queridas Hermanas, las peque­ñas dificultades que se encuentran en este ejercicio, porque sé que las hay; pero tened ante todo cuidado de qué apenas empiecen a balbucir, aprendan a pronunciar el nombre de Dios; enseñadles a decir: «¡Oh Dios mío!». Haced ‘que entre ellos hablen de Dios, decidles vosotras mismas algo sobre El, según to que pueden comprender; cuando les dais alguna cosa que les gusta, por buena o por bella, que sepan y reconozcan que es el buen Dios quien se la ha dado.

«Dad gracias a Dios, hijas mías, por haberos escogido para una vocación tan perfecta; rogadle que os dé las gracias necesarias para serle fieles. Yo también se lo pido con todo mi corazón; igualmente le pido para vosotras la gracia de que imitéis a la Santísima Virgen en el cuidado, vigilancia y amor que tenía con su Hijo, para que, como Ella, verdaderas madres y vírgenes al mismo tiempo, eduquéis a esos pobres niños en el temor y el amor de Dios, y que así puedan glorificarle con vosotras eternamente. Es el deseo que for­mulo con todo mi corazón, hijas mías, rogando a Dios que os bendiga. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.»

* * *

Los orígenes de la Compañía de las Hijas de la Caridad son una ilustra­ción la más convincente de estas palabras de San Vicente de Paúl: «El amor es inventivo hasta lo infinito»… ¡Haga el Señor que en este cuarto centenario de su nacimiento nos renovemos todos nosotros en esa misma convicción y en ese mismo espíritu! Como «vicencianos» nos incumbe, más que a otros, la responsabilidad de «rehabilitar» la Caridad, corno decía Mons. Rodhain, por­que es la fuente, el resumen y la cima de la Revelación. Ya sabemos cuánto se la ha caricaturizado y deformado. San Vicente hubiera suscrito con gusto esta afirmación del Concilio:

«… cumplir antes que nada las exigencias de la justicia, para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia; suprimir las causas y no sólo los efectos de los males, y organizar los auxilios de tal forma que quienes los reciben se vayan liberando progresivamente de la dependencia externa y se vayan bastando a sí mismos» (Decreto sobre el Apostolado de los Seglares, n.° 8).

Como dice muy bien Mons. Matagrin en su prólogo al libro de R. Coste (L’amour qui change le monde – El amor que cambia al mundo, Ed. S.O.S., París, 1981):

«La acción caritativa, respuesta inmediata, efectiva y eficaz, individual o colectiva, personal o institucional, corresponde a una triple exigencia:

  • La provoca la situación de urgencia de los que se encuentran en una necesidad que no admite espera;
  • pide Cristo, como expresión particularmente decidora del Amor de Dios, que se inclina espontáneamente hacia los desheredados;
  • es finalmente signo de esa fraternidad que une en Dios a todos los hombres creados a su imagen, llamados a descubrirle como Padre y a reco­nocerse como hermanos.»

Pues tal es el espíritu del Sr. Vicente.

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