El testamento de Monsieur Vincent

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Vicenciana, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jaime Corera, C.M. · Año publicación original: 1980 · Fuente: Vicentiana, Roma, 1980, nn. 1-2, pp. 42-57.
Tiempo de lectura estimado:

La conferencia sobre el fin de la Congregación, 6 de diciembre de 1658

La conferencia sobre el fin de la Congregación de la Misión no es un testamento en el sentido usual de reparti­ción póstuma de bienes económicos. San Vicente (en ade­lante nos referiremos a él como MV) no tenía literalmente nada que testar en favor de nadie ni en el momento de la conferencia ni, dos años más tarde, en el momento de su muerte. Más de treinta años antes de la fecha de esta con­ferencia había renunciado por documentos firmados a los últimos bienes de los que era legítimo dueño y poseedor: en 1626, a sus bienes familiares en favor de sus parientes;1 en 1627, al colegio de Bons Enfants en favor de la CM.2

MV no tiene otra cosa que legar a sus oyentes que la in­terpretación de su propia vida. Eso es lo que él quiere que perdure en las manos de sus herederos. Se trata efectiva­mente de un testamento, de un legado definitivo, pues él siente que está a punto de abandonarles por muerte: «Yo me iré muy pronto; mi edad,3 mis enfermedades…» [89 / 395];4 «Yo os advierto… antes de dejaras» [90/396].

El método de análisis

Un texto cualquiera puede analizarse de maneras múlti­ples. Conviene definir desde el principio el método que em­pleamos aquí para que no se espere de este estudio lo que el método no puede dar de sí. El método que vamos a emplear aquí quiere simplemente responder a una pregunta igualmente simple: ¿qué dice este texto? El análisis se limi­tará al texto mismo y no hará por eso referencia alguna a otros textos vicencianos, o a la vida anterior de MV. Menos aún se harán referencias al entorno cultural, económico-social, político o religioso del tiempo del autor del texto.5 Y mucho menos a teorías y esquemas tales como el marxis­mo, el estructuralismo o teoría existencial alguna, sin los que hoy parece imposible explicar adecuadamente cualquier texto histórico. Tampoco vamos a analizar este texto desde el punto de vista teológico, aunque el tema se prestaría fá­cilmente a ello; ni desde el punto de vista literario, aspecto este muy tentador, dada la riqueza expresiva del lenguaje de MV.

En suma, vamos a intentar analizar el texto en sí mismo y por sí mismo. Vamos a mirarlo como si se tratara de un manuscrito desempolvado de las entrañas de algún oscuro archivo, de una pieza de arqueología escrita, para tratar simplemente de ver lo que dice. Esta decisión ascética de li­mitarnos al texto dado nos privará de saber qué puesto ocu­pa esta conferencia en la historia de la humanidad, en la evolución del cosmos, o en el plan de Dios, pero nos ayu­dará probablemente a entender mejor lo que dice.

El texto

El texto que vamos a analizar se encuentra íntegramen­te en Coste XII 73-94 (XI/3 381-398). Existen en la vida de MV que escribió Abelly algunas variantes importantes de este texto,6 variantes que no vamos a tener en cuenta aquí. Por un lado está suficientemente probada la facilidad con que Abelly se atreve a retocar incluso los textos escritos por el mismo MV.7 Por otro lado, y esto es lo important; el hermano Ducournau, escribiente del texto manuscrito,8 no nos ha dado ciertamente una reproducción estenográfica de la palabra de MV,9 pero se ha acercado mucho a ello.10

El contexto

Por fidelidad al método elegido no se tratará aquí del contexto exterior al texto de la conferencia. Dejaremos pues a un lado tanto la dimensión diacrónica (la prehistórica de este texto tanto en la vida de MV cuanto en las circunstan­cias socio-históricas de la sociedad francesa y eclesiástica que condicionan las locuciones de esta conferencia) cuanto la sincrónica, es decir, el momento sicológico y social tanto del mismo MV cuanto de sus oyentes, y de las circunstan­cias que rodean a unos y otros. La definición del contexto que vamos a delinear brotará exclusivamente de un análisis de contenido del texto mismo de la conferencia.

En cuanto al locutor, se trata, según vimos, de un hom-bre que se cree ya muy cerca del final de una vida larga en experiencias y en obras, que quiere resumir esa vida y esas obras en el espacio apretado de 20 páginas, y quiere ade-más asegurar la supervivencia de esas obras en las manos de sus oyentes. Les habla, con mucho calor y mucha fuerza, en la hora de la oración. Quiere hacerles ver la fuerte co-nexión de lo que dice con realidades trascendentes que no se perciben: la obediencia a Dios, el ejemplo de Jesucristo (en adelante: J-C.). Al comienzo de la conferencia les advierte que por esta vez va a dejar de lado el modo coloquial acos-tumbrado; la exposición adopta un tono más bien exhorta-tivo-magisterial como de quien puede hablar con autoridad, y eso a pesar del reconocimiento explícito de la indignidad del locutor [73/3811.

Sus oyentes son en su mayoría sacerdotes colaboradores en sus obras, según aparece abundantemente en el texto, y hermanos para los que hay que leer en francés el texto de las Reglas Comunes (en adelante: RC) que va a comentar. No se nos dice ni cuántos ni cómo son. Pero a través de la lectura del texto se puede percibir con claridad que las ob-jeciones contra lo que él enseña, y que él mismo presenta como hipotéticas («podrá suceder después de mi muerte…» [89/3951) son objeciones vivas que ha oído de labios de al-gunos de sus oyentes [85-89/391-3951. O sea, que parece haber entre ellos quienes no han aceptado en el pasado lo que MV quiere proponer en e,sta conferencia. En cuanto al futuro (en cuanto a los deseos de hacerle caso por parte de todos sus oyentes) es claro por el tono vehemente e in-cluso mordaz que emplea que MV se teme con cierto fun-damento, pues parece conocer bien a sus hombres, que las dificultades que él prevé se darán con toda probabilidad (ver sobre todo [92 último párrafo/397]), y quiere ya desde ahora quitarles toda validez. MV quiere evidentemente que sus oyentes acepten su palabra como definitiva: como defini­dora de un pasado, y como determinante del futuro. Se crea pues una situación de intercambio entre MV y sus oyentes, por la que MV ofrece el texto a cambio de la aceptación por parte de sus oyentes de lo que en el texto se dice. En !a perspectiva de una teoría de la comunicación tendríamos este sencillo gráfico para expresar visualmente lo que aca­bamos de decir:

En resumen: MV busca, a través de la interpretación de su propia vida y de la pequeña historia de la CM hasta ese momento, que ésta se comprometa a hacer en el futuro lo que él enseña en este 6 de diciembre de 1658.

En cuanto al contexto social que se puede extraer del texto que estudiamos, el locutor y los oyentes se encuentran enmarcados dentro de un grupo religioso más amplio de cristianos muchos de los cuales no cumplen con su obliga­ción principal de hacerse perfectos como el Padre celestial [76/384]. Este hecho constituye a los oyentes, por contraste, y al locutor en un grupo de élite señalado expresamente por Dios para llevar a cabo ese fin principal de toda vida cristiana. Hay otros muchos sacerdotes en la Iglesia y en Francia que, como los que oyen a MV, también predican en los pueblos y predican a los pobres. Pero los oyentes de MV se distinguen porque predican sólo a los pobres, y sólo en los pueblos [79-80/387]. Así pues, los oyentes de MV añaden algo nuevo y característico a lo que es usual entre el clero de la Francia de su tiempo. Por otro lado, hay entre el clero del tiempo algunos, o muchos, elementos tales que hay que preguntarse, aun con peligro de escandalizar, si no deben atribuirse a ellos «todos los desórdenes que vemos en el mundo», de manera que MV se atreve a afirmar que «la Iglesia no tiene peores enemigos que los sacerdotes» [86/392].

La dedicación exclusiva y preferencia de la CM se jus­tifica en su urgencia por la ignorancia religiosa de los po­bres, ignorancia que es «casi increíble», y que les pone en situación de condenación eterna [80-81/387-388]. Los po­bres parecen ser muchos, y ciertamente no sufren sólo de ignorancia en la fe. Son pobres en sentido literal, que nece­sitan limosnas, alivio, curación [87-88/393]. Están las po­bres gentes del campo (passim), los locos [88/394], los an­cianos asilados [87/393], los niños abandonados [88/394], los arruinados por la guerra [89/395], aparte de otros po­bres más lejanos en las Indias y en Berbería [90/395].

Ninguna otra cosa significativa acerca del contexto so­cial se encuentra en el texto que estamos estudiando. Por su concentración sobre ellos y su olvido de cualquier otra cir­cunstancia social externa se podría decir que para MV no existe más mundo exterior a la sala de conferencias que el de los sacerdotes y el de los pobres.

La estructura formal de la conferencia

[73-76/381-383] Introducción: lectura y comentario gene­ral a RC I, 1

[76-89/384-390] Cuerpo de la conferencia

[76-79/384-386] tema 1º: trabajar en la propia perfección

[79-83/386-389] tema 2º: evangelizar a los pobres, sobre todo a los del campo

[83-84/390] tema 3º: instruir a los eclesiásticos

[84-89/391-395] contratema: las objeciones

[89-92/395-397] Coda: los peligros del futuro

[93-94/398] Final


La introducción nos dice de entrada que, como se advir­tió arriba, se va a dejar de lado por esta vez el estilo habi­tual de coloquio o «puesta en común», y se va a adoptar un tono «magisterial», por así decirlo. Sigue la lectura de RC I, 1, cuya estructura superficial se podría describir así:

Se advertirá fácilmente el paralelismo que RC I, 1 quie­re establecer entre la figura de J.C. y la de los miembros de la CM. Nótese una pequeña ambigüedad en el uso de los vocablos «fm-medios». En la línea quinta [74/382 línea sép-tima], y también más abajo en la línea 19 [382 líneas 21-22], se llama «medios» a lo que en la línea sexta [382 línea 9] se califica de «fin» («finalidad» en la traducción castellana). La ambigüedad desaparece sin embargo si se examina con cuidado el sentido. El verdadero fin de la CM es imitar a J.-C. como evangelizador («desea imitar al mismo Jesucris-to» [74 primera línea/382 cuarta lineal), y con ese fin debe servirse de los mismos medios de que él se sirvió. Estos me-dios se presentan como el fin inmediato de la CM, fin orde-nado en realidad (como medio) a conseguir el fin que real-mente interesa: la imitación de J.-C. salvador.

Las virtudes de J-C. no se ven como simples adornos sobrenaturales de su alma, sino que son también salvadoras: «virtudes convenientes a un Dios que se ha hecho hombre para ser el ejemplo de las demás hombres» [74/382], lo cual está perfectamente en línea con la primera afirmación de RC I, 1: «Para salvar al género humano, comenzó… a hacer», cosa que J.-C. llevó a cabo «practicando toda clase de virtude,s».

El fin (le dessein [75/383 primera línea] «el propósito-) de la CM es imitar a J.-C.: con-formarse con su manera de ser y de obrar, tratar de adquirir la figura de J.-C., imitar sus acciones e inacciones [76/383]. La consecución de ese fin último se lleva a cabo con la práctica de lo que se pre-senta como el fin (no los fines) inmediato de la CM, un fin que se compone de tres miembros: la dedicación a la pro-pia perfección, la evangelización de los pobres, la formación de eclesiásticos.

Queda aún por señalar un aspecto que no se expone en concreto en ningún sitio, pero que atraviesa claramente toda la introducción. ¿Cómo unas «personas pobres y ruines» [75/383] pueden o se atreven a plantearse un fin tan ele­vado? Se admite de entrada la pobreza de fuerzas para una tal empresa («selon son petit possible», [74 línea segunda/ 383]). Pero además, y esto es lo decisivo, un tal fin no ha si­do escogido por esas pobres personas, sino que ha sido seña­lado por Dios a la CM desde toda la eternidad [74/382].

Cuerpo de la conferencia [76-89/384-390]

Tema 1.°: trabajar en la perfección propia [76-79/384-386]

Este primer aspecto del fin no es típico de la CM, sino común a todos los cristianos. Sólo porque fallan en ello la mayor parte, Dios suscita a algunos para que lo tomen en serio [76/384]. La perfección no se define como un catálogo de virtudes que hay que apropiarse, sino como un modo de ser y un modo de obrar que hay que adquirir progresivamen­te en tres niveles o aspectos: como hombres «razonables», como cristianos, como misioneros [77-78/385]. Un modo de ser, decíamos, y no sólo un modo de obrar, pues es posible obrar como misionero sin ser tal en realidad. Hay que obrar, pero no sin más, sino «en el mismo espíritu» de J.-C. [78/ 385]. Si se carece de perfección propia no se puede ser inter­mediario aceptado por Dios [78/385], ni ayudar verdadera­mente al prójimo en la obra de salvación, pues la perfec­ción es vista en este lugar por MV como un medio necesa­rio («par ce moyen», «de esta forma») para ayudar a los demás [78/386].

Como resumen de este primer tema: ser perfecto es ha­cer bien, hacer como J.-C., los ejercicios interiores del espí­ritu y las obras externas.

Tema 2.°: evangelizar a los pobres, sobre todo a los del campo [79-83/386-389]

Primer motivo: la voluntad de J.-C., quien lo «pide de nosotros», y del Padre eterno, quien «nos destina a lo mis­mo que destinó a su Hijo» («aux desseins de son Fils»). ¿Cuál es el contenido de esta voluntad? Se define con dos ex­presiones que parecen ser equivalentes:

instruir a los pueblos del campo (línea 14/línea 22) = que evangelicemos a los pobres [79/386] (línea 16/ líneas 23-24)

y, por tanto:

instruir a los pueblos = evangelizar
pueblos del campo = pobres

Veremos más adelante en el texto que, con toda clari­dad, no se dan tales equivalencias en el verdadero pensa­miento de MV.

El contenido de este segundo tema, la evangelización de los pobres, es una gran vocación que ciertamente no nos merecemos, que otros podrían hacer mejor, pero que Dios nos ha dado [79/386]. De hecho hay otros que también evangelizan a los pobres y que predican en los campos, pero sólo esta compañía se dedica exclusivamente a ello, eso es lo único que profesa, de manera que lo que la define («cela leur est particulier d’étre», «lo especial suyo») es la dedica­ción exclusiva a los pobres, cosa que también define a J.-C. [80/387].

Segundo motivo: la grandeza de esta vocación. Porque efectivamente esta vocación es una continuación de la del Hijo de Dios, de manera que convierte a los misioneros en instrumentos por los que el Hijo de Dios sigue haciendo en el mundo lo que él empezó a hacer en la tierra [80/387].

Tercer motivo: la necesidad; la ignorancia casi increíble del pobre pueblo en las cosas de la fe, ignorancia que pone en peligro su salvación eterna [80-81/387-388] ; las malas confesiones, con el mismo peligro [82/388-389].11 Dios nos ha enviado para remediar esta necesidad extrema.

MV termina [82-83/389] la exposición de este motivo con un párrafo en el que se percibe con toda claridad la in­tención del locutor que atraviesa toda la conferencia. Este texto no es una mera exposición de hechos o ideas, no es una mera instrucción: es un discurso que busca deliberadamente el asentimiento de los oyentes a lo que se dice en él.12 Así que faltan contra la Regla, que es la que define el fin de la CM:

  • los que no quieren ir a misionar (a los campos);
  • los que habiendo ido alguna vez, no quieren volver por las incomodidades que tal vez encontraron;
  • los que por estar trabajando a gusto en los seminarios no quieren salir de ellos;
  • los que trabajando en algún otro empleo, no quieren ir a misiones.

De todo esto se deduce sin esfuerzo: misionar a las po-bres gentes de los campos es lo principal, porque eso es ayudar a los pobres como lo haría el mismo Señor si estu-viera en la tierra [83/389].

Tema 3.°: formar en ciencia y en virtud a los eclesiás-ticos [83-84/390]

Esta actividad no se daba en el comienzo de la Compañía, pues durante los primeros arios no pensábamos más que «en nosotros y en los pobres»13 [83/390]. Pero al adoptarla no hemos hecho más que seguir los pasos de J.-C., que también se dedicó a ellos. Al hacerlo contribuiremos a «dar buenos pastores a las parroquias». Dios es quien nos ha lla-mado a ello, no se nos ocurrió a nosotros. Empresa, por otro lado, sublime, de la que ciertamente no somos capaces [84/390].

Contratema: las dificultades [84-89/391-395]

Las dificultades que se proponen no se refieren al tema primero (la propia perfección), ni al tercero (la formación de eclesiásticos), sino al segundo: la evangelización de los pobres. De hecho el tema tercero va a aparecer precisamen-te como la primera dificultad contra el tema segundo [85/391]. Como además no se mencionan dificultades contra el contenido del tema primero, se puede deducir sin violentar el contenido semántico del texto que es el segundo tema el que da sentido a todo el texto de la conferencia. En otras, palabras, que el contenido del tema segundo es la clave y resumen del texto que estamos analizando.

A la misma conclusión llegamos en un examen rápido de la longitud material dada por el locutor a la exposición de cada tema. El primero se extiende a lo largo de tres páginas; el tercero recibe una página, mientras que al segundo se dedican cuatro páginas, y esto sin contar las seis páginas de­dicadas a las dificultades que, como queda dicho, se refieren todas a este segundo tema.

Las dificultades son todas «estructurales», es decir, bro­tan de la misma estructura organizada de la CM, que de he­cho se ve envuelta en otras obras que parecen no tener rela­ción, e incluso parecen impedir, la dicha evangelización. En el fondo, pues, se trata de una cuestión capital para la mis­ma CM. Si ésta está en el mundo sólo para evangelizar a los pobres [80/387], ¿por qué hace esto y lo de más allá? Además, el mismo MV se crea con su propio discurso algu­nas de las dificultades propuestas al haber establecido arriba la equivalencia observada: gentes del campo = pobres.

Las dificultades son, según están formuladas en el texto, hipotéticas («Os hablo de todas estas objeciones antes de que se presenten» [89/395]). Pero el tono vivo en que se dicen y su marcado realismo parecen sugerir que se han dado de hecho en el pasado. MV quiere quitarles toda fuer­za para el futuro, y eso es realmente lo que persigue al ex­ponerlas con detalle y hasta con cierta crudeza.

Primera dificultad: la formación de eclesiásticos [85-86/391-392]

Esta dificultad brota precisamente de la existencia de dos fines aparentemente incompatibles entre sí: la dedicación a las misiones rurales por un lado («lo que he venido a ha­cer»), y el encerrarse en una ciudad para formar eclesiásti­cos por otro.

Sed contra:

  • Jesucristo lo hizo;
  • por culpa de los malos sacerdotes reinan el vicio y la ignorancia «entre el pobre pueblo»;
  • los malos sacerdotes son la ruina de la Iglesia.

Adviértase que la dificultad, tal como la ha planteado MV, sigue en pie. Aunque lo que dice MV en contra de la dificultad sea cierto, no es menos fuerte la dificultad. Si uno se dedica con todas sus fuerzas a una cosa, no se puede dedicar a la otra. La aparente inconsistencia se desvanece, sin embargo, si se recuerda lo que dice MV en [83 últimas líneas] y en [84 líneas 8-9/390]: «los animó —a los após­toles— de su espíritu, no sólo para ellos, sino para todos los pueblos», «formar buenos sacerdotes, dar buenos pasto­res a las parroquias». La formación de buenos eclesiásticos es vista en definitiva como ordenada a la evangelización de las gentes.

Segunda dificultad: el servicio a las Hijas de la Caridad [86-87/392]

Dada la definición del fin que el mismo MV ha dado previamente, no se ve por qué esta Compañía tenga que servir a las Hijas de la Caridad.

Sed contra:

  • J.-C. mismo, que también vino al mundo para evangelizar a los pobres y formar sacerdotes, se ocupó también de la dirección de mujeres;
  • nosotros también debemos ayudar a las Hijas de la Caridad a conseguir su perfección en orden a «la asistencia de los pobres».

Tercera dificultad: asistencia corporal-material a los pobres [87-88/393]

La dificultad procede aquí del lenguaje mismo que MV ha usado hasta ahora. Hasta este momento «evangelizar» se ha presentado como locución equivalente a «predicar» o «instruir» (por ejemplo en [79/386]). Ahora bien, la asis-tencia corporal-material no parece compatible con la de evangelizar en el sentido definido.

Sed contra:

  • J.-C. asistió a los pobres en sus necesidades ma-teriales;
  • lo deben por tanto hacer también los sacerdotes;
  • además, y esto es lo decisivo, asistirles en el plano corporal-material es también evangelizar; hacer eso es evangelizar de palabra y de obra [88 segun­da línea/393 fin de página]. Así ha entendido el mismo J.-C. su labor evangelizadora (Veremos es­ta idea con más detalle en el Escolio).

Cuarta dificultad: la asistencia a los locos [88/394]

¿Por qué hacerlo?

Sed contra:

  • J.-C. asistió a los locos y endemoniados;
  • también nosotros debemos hacerlo, pues hacemos profesión de imitarle;
  • no los buscamos nosotros, sino que nos los trae la Providencia.

Quinta dificultad: los niños abandonados [88-89/394]

¿No tenemos ya demasiadas cosas en que ocuparnos? Sed contra:

  • J.-C. nos ha dado ejemplo también en esto;
  • debemos imitarle;
  • se trata de pobres seres abandonados que J.-C. ciertamente no abandonaría.

Sexta dificultad: el trabajo en tierras lejanas, las Indias, Berbería [90/395]

Esta última dificultad aparece como de paso en un pá­rrafo de redacción revuelta (a partir de «Os hablo de todas estas objeciones…» [89/395]) que es en realidad el comien­zo de la Coda (ver más abajo).

Sed contra:

  • J.-C. también envió a sus apóstoles a tierras lejanas.

La frase que termina este párrafo: «No importa; nues­tra vocación es: evangelizare pauperibus», parece a la vista ser simplemente el cierre a la última dificultad. Sintáctica y semánticamente, sin embargo, el «No importa» no parece tener una relación directa con lo que antecede inmediata­mente en el texto. Puede que tengamos aquí un caso en que el escribiente ha abreviado o suprimido algo con las prisas de la redacción tomada a oído. Pero esto es una suposición indirecta y nada segura. En la semántica del texto, tal como éste ha llegado a nosotros, esa frase algo enigmática parece ocupar un lugar claro en el conjunto del discurso. Y su sen­tido parece ser algo así como el de resumen de los sed con­tras de esta larga serie de dificultades. Si estamos en lo cier­to al interpretarlo así, su sentido sería éste: «No importa que tengamos muchas y muy diversas obras, porque todas ellas son obras dirigidas a la evangelización de los pobres. Al llevarlas a cabo, llevamos también a cabo el fin de nuestra vocación».

 

En todas las obras que cita MV se dan unas característi­cas comunes que son precisamente las que las justifican co­mo obras de una compañía que se define como evangeliza­dora de los pobres en imitación de J.-C.:

primera característica: también las ha hecho J.-C.;

segunda característica: no nos hemos buscado nosotros esas obras, sino que nos las ha dado Dios, o bien a través de los que tienen autoridad, o bien a través de su necesidad, necesidad que nos ha hecho ver Dios;

tercera característica: todas ellas son obras ordenadas a la evangelización de los pobres

  • inmediatamente en el plano espiritual (misiones)
  • inmediatamente en el plano corporal (ancianos, asi­lados, locos, socorros de guerra, niños abandonados)
  • mediatamente en el plano espiritual (formación de sacerdotes)
  • mediatamente en el plano corporal (asistencia a las Hijas de la Caridad).

Esta tercera característica se puede expresar con el si­guiente gráfico, que refleja muy claramente la fuerte con­sistencia del pensamiento de MV a pesar de la complejidad de sus obras.

objeto único: evangelización de los pobres en imitación de J.-C.

medios varios: espirituales-corporales, directos-indirectos Coda: los peligros del futuro [89-92/395-397]

La conferencia se dirige hacia su final, pero MV inserta antes una especie de larga coda en que prevé y refuta de antemano una serie de dificultades no de tipo estructural, como las que hemos visto, sino de tipo personal, dificultades que MV se teme con fundamento, dado el calor emocional con que las rechaza, que surgirán sin duda en el futuro. El mero catálogo de expresiones que MV usa para carac-terizar el tipo de misioneros de los que brotarán las dificul-tades es por demás interesante.

espíritus de contradicción
comodones (personnes láches)
espíritus mal nacidos
lobos rapaces
falsos hermanos
falsos profetas
esqueletos de misioneros
espíritus libertinos, libertinos libertinos
gentes comodonas (gens mittonés)
personas que no viven más que en un pequeño círculo (gens qui n’ont qu’une petite périphérie)
espíritus raquíticos (petits esprits)

Impresionante catálogo de horrores, en verdad. No es la pura emoción del discurso, sin embargo, ni su desbordante capacidad expresiva lo que hace a MV desatar este torrente de invectivas hacia los que atentarán en el futuro contra la definición del fin de la Compañía que él ha pretendido fijar para la posteridad. A través de los epítetos vivos y de las lo-cuciones brillantes se pueden advertir dos ideas básicas sobre los males que pueden surgir en el futuro para desviar a la Compañía de su fin. Por un lado, la falta de fidelidad a lo que MV define aquí; la pusilanimidad, la cobardía y la pe­reza por otro. Dos remedios ofrece MV para obviar estas futuras dificultads: primero, la fidelidad a su enseñanza tal como él mismo la ha expuesto en su conferencia («Mante­neos firmes» [92/397]). Y, en segundo lugar, el coraje. Por si las obras enumeradas parecieran excesivas a sus oyen­tes, les advierte que la compañía está ahora (en 1658) en su infancia [92/397]. Pero si Dios quiere aumentarle sus trabajos, le aumentará también sin duda las fuerzas [93/ 398].

Final: «Entreguémonos a Dios, hermanos…» [93-94/ 398].

Escolio: el significado de la expresión «evangelizare pauperibus»

Como ya se advirtió arriba, en el enunciado del segundo tema creemos ver la clave y cifra de este texto de MV. Ahora nos vamos a detener en un análisis más detallado del significado de esta expresión basándonos exclusivamente en los elementos que aparecen en el texto mismo

Poco hay que añadir a lo que ya se dijo sobre el signi­ficado de la palabra «evangelizar» en el texto de la confe­rencia. Inicialmente, ya desde el texto de RC I, 1, evange­lizar se presenta como «predicar el evangelio». La misma actividad evangelizadora de J.-C. se define como una «ins­trucción» en las verdades divinas («instruyendo al pobre pueblo» [75/382]). La primera vez que se menciona la labor evangelizadora de la CM [79, segundo párrafo/386] se dice que consiste en «instruir» a las gentes de los campos Definiciones similares aparecen a lo largo de todo el texto con mucha abundancia.

Pero el mismo MV, que ha empleado estas expresiones sin pararse a delimitar con más detalle su significado, cuan­do quiere definirlo expresamente extiende el contenido de la palabra «evangelizar» mucho más allá del sentido de «enseñar», «instruir» o «predicar». Por ejemplo, en [84/ 391]:

«Se puede decir que ‘venir a evangelizar a los pobres’ no se entiende solamente a enseñar los misterios ne­cesarios para la salvación, sino hacer las cosas predi­chas y prefiguradas por los profetas (o sea) hacer efec­tivo el evangelio».

Y de una manera aún más explícita en [87-88/393], de modo que no vemos necesario añadir nada a lo que MV dice con tanta claridad y precisión:

«De manera que si se encuentran entre nosotros quie­nes piensen que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para aliviarles, para remediar sus ne­cesidades espirituales y no las temporales, respondo que les debemos asistir y hacer asistir de todas las maneras, por nosotros mismos y por otros… Hacer eso es evan­gelizar de palabra y de obra».

El contenido del vocablo «pauperes» en la locución que estamos tratando de analizar presenta aspectos más compli­cados. De la primera vez que se emplea en RC I, 1 como objeto de la actividad evangelizadora de los misioneros sólo se puede deducir que hay otros pobres además de los del campo, pues a los del campo debe ir dirigida preferente­mente («particuliérement», «especialmente») esa actividad [74/382]. El sustantivo «pobre» aparece en muy numerosas ocasiones o bien solo, o bien modificado por un determinan­te (pobres de los campos…). Aparece muy a menudo tam­bién en forma adjetival (pobres gentes, pobre pueblo, pobres enfermos…).14 En cuanto al significado de la palabra cada vez que se emplea en el texto de la conferencia como nom­bre o como adjetivo habrá que ver su contexto inmediato para tratar de descubrir su significado exacto. Aquí vamos a tratar de determinar a quién se refiere en realidad MV en el conjunto de la conferencia cuando define el fin de la CM como dirigido a la evangelización de los pobres.

La primera vez que el mismo MV nos da un equiva­lente del significado de la palabra que estudiamos parece hacerla sinónimo de «gentes del campo» [79/386]:

«instruir = «que evangelicemos a los pueblos del campo» = a los pobres»

Esta impresión se confirma en la página siguiente [80/ 387] al afirmar que la Compañía no debe predicar en las ciudades precisamente porque se dedica a los pobres.

¿Será en verdad equivalente en el pensar de MV el con­tenido de la palabra «pobres» con el de la locución «gen­tes del campo»? Creemos que se puede afirmar claramente que no. ¿Qué significa, pues, la palabra «pobres» en la ex­presión «evangelizare pauperibus»? Se perdonará la aparen­te banalidad de la afirmación, pero creemos que se puede afirmar sin titubeos que para MV la palabra «pobre» signi­fica pobre, y no otra cosa. Y no en el sentido de «lamentable», «digno de conmiseración», o como exclamación com-pasiva, como se podría decir de un rey condenado a muerte: «pobre rey», o de un potentado con cáncer terminal: «po-bre hombre», sino en el sentido que tiene la palabra cuando se usa como sustantivo, o bien como adjetivo detrás del nombre: «hombre pobre», «a los pobres siempre los ten-dréis con vosotros».15

Este análisis nos parece indiscutible en relación a todo el texto de esta conferencia. Añádase además que todas las obras que MV quiere justificar para demostrar que con ellas el fin de la CM se dirigen directa o indirectamente a per-sonas que sólo se pueden calificar como pobres no en el primer sentido de dignos de compasión por su mala suerte, por ejemplo, sino en el segundo: pobres porque sufren ne-cesidades totalmente fundamentales para la vida humana.

Adviértase, finalmente, que la primera definición del fin de la CM en RC I, 1 en cuanto a la evangelización de los pobres se centra de manera preferente en los pobres del campo, pero no excluye a otros («particuliérement á ceux de la campagne», «especialmente a los del campo»). Por el pe-queño portillo que queda abierto por el «especialmente» se cuelan tumultuosamente en la sala de conferencias pobres de todo tipo, los ancianos, los locos, los niños abandonados, los esclavos, para evangelizar a los cuales no se tiene en cuenta su condición de urbanos o rurales. Los ancianos, los locos, los niños son ciudadanos de París.

«Evangelizare pauperibus» significaría, según el texto de esta conferencia que pretende definir expresamente el fin de la CM como interpretación del pasado y como clave del fu­turo, algo así como lo que sigue: trabajar por los que son realmente pobres, por sí mismo o a través de la ayuda que se presta a otros, lo mismo en el plano espiritual, de refe­rencia a Dios, que en el corporal, de bienestar material y de bienes de cultura y de salud. Hacer eso es, como diría MV, «hacer efectivo el Evangelio».

  1. XIII 61.
  2. XIII 208.
  3. Suponiendo su nacimiento en abril de 1580, tenía en el momento de la conferencia algo más de 78 años y medio.
  4. Las cifras entre corchetes se refieren en todos los casos a las páginas del tomo XII de Coste, tomo en que se encuentra la conferencia que estudiamos. También se incluyen separados por una línea inclinada los números de las páginas de la edición española, tomo XI/3.
  5. Si por necesidad se hiciere alguna referencia de este tipo, apa­recerá en este trabajo como nota.
  6. Abelly, 1. 2, cap. 5, p. 2959 ss.; I. 3, cap. 11, secc. 2, p. 127.
  7. XI p. XVIII (XI/3 22).
  8. El manuscrito actual es sólo una copia fiel del original escrito por el hermano Ducournau. Ver XI, pp. XVI-XVII (XI/3 17-18).
  9. XI, pp. XVI-XVII (XI/3 20-21).
  10. Afirmación que nos atrevemos a hacer tanto por razones exter­nas al texto mismo (la indudable veneración que sentía el hermano Du­cournau por las palabras de san Vicente —ver XII 447 (XI/3 21, XI/4 835)— así como el conocimiento del pensamiento del santo adquirido por el hermano durante muchos años en su función de secretario) cuanto por razones internas: cuanto más se familiariza uno con los textos hablados y escritos de san Vicente, tanto más se siente la impresión de que el texto de sus conferencias a partir de 1658 reproduce fielmente (no nos atrevemos a decir que siempre lo hace literalmente) no sólo el pensar sino también su hablar.
  11. No confundir el incidente relatado en el párrafo segundo («J’en al vu…» «Conozco a uno…», p. 389) con el de Gannes-Folleville. Son sin duda diferentes, aunque tienen alguna semejanza. Más de una vez, a las hermanas en IX 59 (IX/1 72); a los misioneros en XI 3 (XI/4 698), relató el santo el incidente de Gannes con toda precisión.
  12. Refiriéndonos a la terminología usual en el análisis de textos, distinguiríamos lo que el texto dice sin más (sentido locucionario) de lo que se percibe a través del texto en la intención del hablante (sentido ilocucionario). El texto de la conferencia está lleno de pistas (el párrafo que comentamos [82-83/389] es abundante en ellas) que revelan con ni­tidez el sentido ilocucionario del mismo texto, o sea, la intención del locutor: convencer a sus oyentes para que éstos lleven a cabo lo que se les dice.
  13. Efectivamente. Recordemos fechas: en enero de 1618 san Vicen-te comienza su vida de misionero ambulante por las tierras de los Gondy. En 1626 se firma el contrato de asociación de los cuatro primeros mi-sioneros (Portail, Du Coudray, La Salle y el mismo Vicente) con el fin exclusivo de dedicarse a las misiones rurales. Dos años después, en 1628, comienza san Vicente sus trabajos en la formación del clero con un primer retiro a ordenandos por sugerencia del obispo de Beauvais. Ver Abelly, 1. 1, cap. 25, pp. 116 ss.
  14. Véase un estudio detallado de este aspecto, en el conjunto de los escritos de san Vicente, en el artículo de John W. Carven, C.M. The Poor, An attempt to fathom the mind of St. Vincent, Vincentiana 1979, 1, pp. 42 ss.
  15. Se advertirá que con esta conclusión nos apartamos claramente de la definición del mismo problema tal como lo expone John Carver en el artículo citado. Ver en particular su conclusión el la página 54: «If I may paraphrase St. Vincent, our Ends is to ernbrace the hearts of men, to do what the Son of God did, to preach the Gospel to needy people, the common folk (Gens grossiers) » (sic). En cuanto al sentido bíblico de la palabra «pobre»: es irrelevante tratar de ese sentido cuando se quiere conocer lo que pensaba en realidad san Vicente. Pudo entender él la cosa de muy distinta manera sin tener en cuenta para nada el sen-tido bíblico que pudiera tener tal palabra en su tiempo. Si además se proyectan sobre san Vicente los descubrimientos de la exégesis moderna, esa es la mejor manera de arriesgarse a no llegar a conocer el significado de textos que se escribieron sin pensar en tal exégesis.

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