El señor Vicente, evolución de un santo (VII)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Ahri Juva · Translator: Máximo Agustín. · Year of first publication: 1939.
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corazón7. En casa de «DAME LE MONDE»
1. El París del señor Vicente.- 2.Habita en la calle del Sena; falsa acusación.- 3. Capellán de la reina Margot.- 4. Donación para el Hospital de la Caridad.- 5. Juicios divergentes sobre la vieja reina.- 6. La historia de Margarita de Valois; infancia; Enrique de Guisa.- 7. ‘Las bodas escarlata’; amores.- 8. En Navarra; rebelión y huída.- 9. Divorcio; en París.- 10. Devoción y lujuria; muerte.- 11. «Dame le Monde».- 12. Crisis neurótica de Vicente: tentación.- 13. Las ajenas.- 14. Psicoanálisis.- 15. Cordura del señor Vicente.- 16. Un mundo diferente.- 17. El Hospital en este tiempo.- 18. Sublimación y sadismo – o aptitud positiva.- 19. El asceta destronado y motivos gloriosos.- 20. Los pobres y San Vicente.- 21. Primera conversión.
El París del señor Vicente. La capital de Enrique IV y de sus primeros sucesores en el poder, este París que debía incluir en 1610 a nuestro joven sacerdote, contaba con medio millón de habitantes. Los arrabales, separados de la ciudad, -como en el que fijó su residencia Vicente de Paúl estaban formados por terrenos baldíos, con casas de campo y fundaciones religiosas. En pleno París había campos cultivados y molinos de viento. Calles fangosas, angostas, mal pavimentadas; casas altas y estrechas con su armazón visible, sus balcones y corredores salientes en madera, frontispicios sobre la calle, sus sótanos que se abren como trampas bajo los pies de los transeúntes y cuya abertura estaba cubierta con una sencilla puerta. Muros, restos de antiguos cercos, iglesias góticas, torres almenadas, puentes sobrecargados de casuchas. Arenales desiertos o casas construidas sobre estacas. Los cementerios se llenaban rápidamente. Desde hacía muchos años las muertes violentas habían aumentado de tal forma, que los cadáveres eran enterrados en cualquier lugar y muy superficialmente. La ausencia o la insuficiencia de los servicios de entierro causaban la propagación de enfermedades con una rapidez fulminante. Por todas partes inmundicia y basuras apestosas. Además ¡menudo aire se respiraba en París! Las casas estaban invadidas de chinches; hasta el Louvre estaba invadido. Golfos peligrosos, bandidos de toda especie; los lacayos de las grandes mansiones formaban una raza insolente, armados con su espada y agrupados. –La calle ruidosa, jovial, con mil recodos, recorrida por gruesos caballos, los carromatos, mulos de montar, a los cuales reemplazarán más tarde las carrozas, recorría todos estos barrios de lujo y de pobreza. Por la noche, movida por merodeadores agazapados, las rondas a caballo hacían brillar las llamas de sus antorchas en un alboroto de cascos que alertaban sobre todo a los que se debían esconder.
Habita en la calle del Sena; falsa acusación. El señor Vicente ocupó durante varios años su habitación en la calle Sena. Primero, habiendo perdido su empleo fijo, este trotamundos permaneció durante mucho tiempo tan poco conocido como un buen hombre, hasta que fue acusado de robo por un compatriota, un juez, que moraba con él. La falsedad de esta acusación poco psicológica no tardó en demostrarse, sin que, a pesar de ello, el joven sacerdote quedara muy conmovido. He aquí lo que él cuenta, cincuenta años más tarde, más o menos: «Hay una persona en la Compañía que, habiendo sido acusada de haber robado a su compañero y habiendo sido divulgada en la casa como ladrona, aunque la culpa no fue verdad, sin embargo jamás quiso justificarse, viéndose acusada falsamente: ‘¿te justificarías tú? – ¡Oh, no, dijo ella, dirigiéndose a Dios, es necesario que sufra esto pacientemente’ -. Seis años después, quien había cometido el robo y hallándose a cien leguas del lugar, reconoció su falta, escribió y pidió perdón». Antes de su conversión, el señor Vicente sabía ya tener temple.
Capellán de la reina Margot. La residencia de Vicente se hallaba próxima al palacio de la reina Margarita, divorciada de Enrique IV. Recomendado por un -el señor Dufresne, secretario de la reina, el cual permanecerá amigo fiel durante toda su vida- Vicente llegó a consejero y capellán en esta corte de mala reputación, en 1609. Este cliente de una princesa está, sin embargo, bastante necesitado, como nos lo hace ver en la carta de 1610 dirigida a su madre. – Sin duda se debió a la generosidad de la reina Margarita el cargo eclesiástico que recibió Vicente. Pero este favor no le supuso el enriquecimiento.
Se sabe poco sobre el papel de Vicente en la loca corte de Margot, La reina, dice Bremond, sin duda lo vio con simpatía, puesto que lo conservó durante mucho tiempo como capellán. Al menos ella no lo ha inmortalizado en sus memorias: lejos de pertenecer a la intimidad, que suponen algunos biógrafos, su empleo se parece más a una simple sinecura. Formaba parte de muchos clientes que hormigueaban en la corte. La reina distribuía, desde hacía tiempo, grandes limosnas. Principalmente con motivo de las cuatro fiestas solemnes del año, repartía una moneda de oro a los desdichados, etc.,. El nuevo capellán, creemos, era seguramente el repartidor de tal generosidad. Pero el auténtico repartidos era el relator del Consejo de Estado, un santo laico que hablaba de Dios a la princesa.
Donación para el Hospital de la Caridad. En 1611 Vicente dona una suma considerable al Hospital de la Caridad. Pero el dinero no provenía de la generosidad de la princesa, ni de los bienes del señor Vicente, aunque l donativo fue hecho en su nombre. La suma había pasado por diversas manos y parece haber estado destinada, desde su origen, para un fin de caridad. Vicente sigue estando necesitado.
Juicios divergentes sobre la vieja reina. Es una curiosa escuela en la que han colocado al joven capellán de Margarita, nieta de Francisco I, hija de Enrique II, hermana de los tres últimos Valois, Francisco II, Carlos IX y Enrique III. Famosa en su tiempo por su belleza, divorciada de Enrique de Navarra en 1599, volvió a París en 1605, para vivir, en lo venidero, en bastante buenas condiciones, con quien ella nombra «su padre, su hermano y su rey». Historiadores del tiempo que Vicente pasó junto a ella, la califican como el tipo de vieja coqueta que sabe acomodarse. Algunas eruditas indagaciones sobre la vida de la reina Margot demuestran bien que no se trataba de acomodarse en esta corte de la que Vicente formaba parte. Reinaba una princesa instruida, amante de las artes y las letras, pero que se entregaba a excesos eróticos que se explican únicamente por el pasado de sus experiencias sanguíneas, de intrigas y de amor violado en que había consistido su juventud.
La historia de Margarita de Valois; infancia; Enrique de Guisa. Para comprender la crisis espiritual que sentía el señor Vicente durante el tiempo de su capellanía en la corte de Margarita, es importante conocer el personaje central de ese medio. He aquí el análisis de las circunstancias que le interesaban: la historia natural de «Dame le Monde». El señor Vicente siguió junto a ella un rudo aprendizaje de más de dos años.
Desde su más tierna edad Margarita había sido arrojada en el centro de luchas de poder que oponían católicos, hugonotes y su madre Catalina de Médicis. Su infancia la pasó en las cortes de sus hermanas casadas. Ahí aprendió a orar en capillas deslumbrantes de oro. Francisco II murió pronto. Carlos IX, atleta tuberculoso y apasionado –cuyo destello del lirismo sensual y elegíaco de un Ronsard aplaudía el reino- no fue amado por Catalina. El hermano menor, Enrique, jovial, afeminado y valiente, de costumbres refinadas, era su favorito. Éste desconfía de su madre y encarga a su hermana menor que sea su espía en la corte. Pero los Guisa, viniendo de la Lorena y saltando de poder en poder, necesitan un espía, también ellos. Enrique de Guisa, ídolo de los parisinos, quien debía suceder como jefe de partido a su padre asesinado, corteja a la joven princesa. Ella olvida su deber y el trono, y se deja cazar en la doble trampa de su primer amor. Enrique de Guisa no ve en todo eso más que un simple juego, pero son delatados. Margarita, caída en desgracia, será en adelante una descarriada en la vida.
‘Las bodas escarlata’; amores. La madre buscaba para ella novios de la realeza. Sin embargo, los reyes de España y de Austria se casaron, el de Portugal enloqueció. Catalina luego la casa con Enrique de Navarra, aldeano irremediable, desconocedor del uso de los perfumes, sin riquezas y hereje. Margarita quería negarse a la bendición nupcial: no da el ‘sí’. Fue Carlos quien la obligó a inclinar la cabeza, entregándola así al ‘hombre aborrecido’. ‘Las bodas escarlata’ de la San Bartolomé ahogaban a los hugonotes en sangre. Margarita se despertó en su lecho, para desvanecerse a la vista de los perseguidos muriendo a sus pies. Su marido, después de abjurar, se salvó él solo.
Navarra se aliaba con Francisco, hijo menor de Catalina. Enrique induce con sus ruegos para que Margot descubra el complot. Pero el amigo de Francisco, La Molle, provenzal, bello y refinado, sedujo a la reina de veinte años. Agonizando Carlos, era necesario asegurar el trono a Francisco. La conspiración fracasó; La Molle fue sometido a la más cruel tortura y murió en el cadalso. Por sus vestidos de luto, la hija de Francia se declaraba como amante de un pequeño gentilhombre – inaudito fracaso que debería despertar todas las osadías.
En Navarra; rebelión y huída. Habiéndose sublevado el sur de Francia, Navarra se alejó, pero Margarita permanecía en París. Enrique III fue coronado rey. Margot vivía de nuevo el amor de un joven guerrero, enamorado e infiel. Ayudaron a Francisco a huir. Desde ese momento Margarita estaba casi prisionera y prefirió acordarse de su marido. –Por allá abajo, en el sur, los hugonotes y las mujeres llevaban luto. El rey de Navarra no había olvidado sus inclinaciones de galanteador con toda mujer que no fuera la reina. La reina toma su solución. A pesar de los hugonotes escandalizados, la reina transforma el triste castillo bearnés en una corte de arte y poesía.- De vuelta a París, ventila la corte del rey de Francia, atrayendo a la suya los poetas, artistas y las bellas mujeres sin marido. Enrique, celoso, expulsa a su hermana. – En Navarra, a donde parte de nuevo, los hugonotes con gusto la hubieran ejecutado.
El hermano menor del rey de Francia había muerto y Guisa había muerto y Guisa había proclamado la Liga. Las ciudades se negaban a reconocer a Navarra. Agen, la ciudad de Margot, llave de la Garona, hizo lo mismo. Margot se cobijó allí. Con la hambruna y las epidemias aumentando los muertos, Agen estaba acabada y la reina tuvo que huir. Un capitán, Aubiac, la tomó en su caballo para llevarla a la Alta-Auvernia, donde ella poseía un alcázar. El puente levadizo se levantó como sobre una prisión. Se podría vender la reina muy cara a cada uno de los tres partidos.
Margot cayó enferma; se le proporcionaron los mejores médicos. El joven hijo del boticario la cuidaba. Ya curada, volvió a vivir una nueva inocente infancia. Se sabía rodeada de peligros exasperantes, pero se salvaba olvidándolos. Algunas semanas de embeleso siguieron en la habitación desde donde dominaba el valle. El hombre de Guisa apareció y mató al joven enfermero en los brazos de la reina. No le quedaba a Margot otra esperanza que tomar el castillo. No tenía dinero, pero Aubiac era fiel. Ella hizo envenenar al señor del castillo y Aubiac tomó el mando. El capitán de Guisa volvió y los cazó a los dos. Todos les traicionaban. Margot disfrazó a Aubiac de mujer, pero su huida fue denunciada. Él besó un recuerdo de Margarita y los partidarios del rey lo colgaron por los pies, después lo enterraron medio muerto. Cuando Margarita se escapaba fue hecha prisionera en Usson, especie de nido de águilas en las montañas, el más terrible castillo de Francia. Pero ella estaba viva: lo que se deseaba en Navarra era librarse de su reina. Presagiaba el asesinato, pero después retomaba el ánimo. Sedujo, embaucó a su carcelero, que se fue de allí. Permaneció sola, dueña de la principal fortaleza de Francia, protegida por tres cercos de murallas.
Con dificultad dominó un motín. –Más o menos bien esta madriguera fue convertida en una corte, donde se perdían, de vez en cuando, personas intelectuales. Una soledad de diez y ocho años convirtió a Margot cada vez más excéntrica. Las capillas que bordeaban los terrados de Usson, donde asistía diariamente a misa, le recordaban el amor fiel que había buscado tan inútilmente en el mundo. Rodeándose de monaguillos ironizaba sobre sus amores; de eso escribía un código. Margarita era la benefactora de su entorno y las madres estaban orgullosas, cuando sus hijos conseguían favores cerca de la reina. Enrique III fue asesinado, Guisa murió, Navarra se convertía en rey de Francia. Margarita envejecía y, cada año, estaba más gorda.
9. Divorcio; en París.
Finalmente, la reina aceptó el divorcio. –Instalada en París, conducía una corte tan bulliciosa como en otra época: la vida esplendorosa volvía a comenzar. Poetas como Maynard, Theófilo, Regnier se sentían allí protegidos; los infelices seguían los pasos de la anciana reina. María de Médicis, que le había sucedido como reina, venía a verla, y también le estaba permitido al joven delfín visitarla. Pero ella no encontraba el aprecio, sino solamente la indulgencia y la sonrisa. Deforme, el color estropeado por los productos cosméticos, esta antigua belleza conservaba, a pesar de todo, un algo especial que seducía a los hombres. Su más bello y joven pretendiente le había seguido desde la montaña. Su rival, un lindo paje, lo mató en la carroza al lado de Margarita- probablemente por celos, por esta mujer amada desde hacía tiempo. Ella fue, una vez más, bañada en la sangre de un amante, y el asesino no aceptó ser indultado.
10. Devoción y lujuria; muerte. .Margot se había divertido haciéndose construir un castillo a las orillas del Sena, frente al Louvre, hoy el muelle Malaquais (-«mal acquis»=»mal adquirido»,dice el pueblo en un juego de palabras, pueblo que tanto había gozado al frecuentar el lugar). Ahí, precisamente, fue donde el señor Vicente ejerció como capellán de la reina Margot.-¿Acaso pensaba ella redimir sus numerosos pecados por medio de las abundantes limosnas? Quizá, no, porque no es seguro que considerara sus amoríos como pecado». La cruda franqueza de sus Memorias conserva todavía la pureza de expresión, debida no solamente a la pluma, sino, además, a la fuerza de idealización de su pasión –idealización sintomática regresiva.-En sus jardines acomodó un convento de agustinos. Pero sus ataques de terror aumentaron; se acusaba de crímenes imaginarios.- Enrique IV fue asesinado; la reina no cambiaba.
Pues sí, consideramos un error de ciertos biógrafos quienes afirman que la vieja princesa, cuyo capellán era el señor Vicente, se había convertido definitivamente: «todo marcha como siempre», escribe Malherbe. Hay que tener presente que hasta algunos prelados mezclaban lujuria y devoción: estaban habituados a eso. Jamás una palabra, jamás un pensamiento de recriminación por parte del mismo San Vicente, en los años venideros, hacia Paul de Gondi, prelado galanteador y furioso revoltoso, pero protector de su obra. Algunos biógrafos se engañan al extrañarse –Sólo el berullanismo –del cual hablaremos- como una afilada espada, debió separar los dos campos: el de la devoción caritativa y el del libertinaje. La corte de Margarita no fue berullana.
Vicente de Paúl no supo entrar en el alma de esta devota que ocupaba su recuerdo con besos sellados en sangre. –Habiéndose curado Margot de una enfermedad, María de Médicis organizó una fiesta en su honor. Pero entonces, estamos en 1615- ya no se hizo esperar. Abstraída en santas oraciones, su última manía, -Malherbe nos la presenta- reflexionando sobre su testamento, y esperando su final muy devotamente.- París entero quería contemplar el lujoso lecho de Margarita. Su vida había sido loca, pero su caridad la de una reina.
La psicología moderna constata la conexión de las impresiones de la niñez y de algunas perversiones. Las primeras experiencias amorosas de Margot, culminando en una ‘boda escarlata’, debería unir para siempre, en su alma, amores, intrigas y sangre. He ahí,¡ni por asomo! creemos,- a pesar de la advertencia de ciertos biógrafos- la confesión que escuchó un insignificante y desconocido capellán. Pero éste es, al menos, el ruido, el ambiente mismo que rodeaba a la princesa devota y escandalosa.
11. Señora de sociedad. .Si no existe la casualidad en nuestras acciones, como dice Freud, se debía a una atracción fatal e inconsciente, la que le había llevado a elegir su morada cerca del palacio de Margot a su llegada a París. –Es razonable la impresión de que el señor Vicente no fue requerido por necesidad junto a la ex – reina. Parece que fue recibido, si no por caridad, al menos por condescendencia. De todos modos era una corte en la que el pobre sacerdote entraba sin ser conocido y sin empleo. Este hecho, sin duda, sucedió con algún fin en su futura carrera. Pero ya hemos visto qué gris papel jugaba en la corte el joven sacerdote, sin haber alcanzado aún una santidad bien templada. El burdo ‘bribón’, mote que él mismo se daría más tarde, no figuraba en este ambiente, donde la juventud y la belleza organizaban sus fiestas. Para él, solamente el sentimiento de inferioridad. La Dame le Monde de la leyenda, haciendo alarde de picardía y resplandeciendo de joyas por delante, le volvió la espalda: he ahí nada más que heridas repugnantes y horribles reptiles pululando. Sin embargo es tanto por necesidad como por gusto que el señor Vicente, también, va a rechazar a la Dame le Monde.
12. Crisis neurótica de Vicente: tentación.. Lo cual no ocurriría sin fricciones. Empleado en esta corte sensual, el señor Vicente estaba atormentado por una violenta tentación contra la fe. Esta lucha comenzó hacia 1609 y duró tres o cuatro años. Entonces comenzó el papel de Berulle en la vida de Vicente. Otras personas conocidas de Vicente sufren –o sufrirán a continuación- tentaciones parecidas, a las que pueden seguir explosiones blasfematorias contra Dios y la religión. Un célebre doctor en la corte de Margarita fue uno de ellos. Abelly nos dice que el sujeto no fue liberado de su tentación mas que gracias a la caridad de Vicente, que se ofreció a Dios para sufrir la tentación en lugar del doctor. Ésta fue la causa de la propia crisis de san Vicente. Él mismo nos cuenta con sencillez la tentación de su amigo, como sigue: «Este doctor, pues, encontrándose en tan enojoso estado, se dirigió a mí para manifestarme…que tenía pensamientos blasfematorios horribles contra Jesucristo, y hasta de desesperación, hasta tal punto que se había sentido impulsado a lanzarse por la ventana… Fue necesario dispensarle a Vicente de asistir a la santa Misa y hasta de rezar cualquier oración; tal era su estado que, cuando comenzaba a recitar sólo el Pater noster, le parecía ver mil espectros;…y su imaginación se encontraba tan agostada…a fuerza de hacer actos de retractación de sus tentaciones, que ya no podía hacer ya más. Encontrándose en este lastimoso estado, se le dio el siguiente consejo, que todas cuantas veces volviera la mano o uno de sus dedos en dirección de la ciudad de Roma, o hacia cualquier iglesia, quería, por esta acción, creer todo lo que la Iglesia de Roma creía…Dios, por fin, tuvo piedad de este pobre doctor, el cual, habiendo caído enfermo quedó liberado de todas sus tentaciones instantáneamente». –La tentación del señor Vicente, aunque no fue tan violenta, también fue severa.

  13. Las ajenas. .Otros casos contemporáneos presentan el mismo fenómeno. Santa Luisa de Marillac será perturbada en su fe, no obstante sin ningún síntoma neurótico. María de Vallées, «el Águila» de San Juan Eudes, estuvo poseída durante dos años. El señor Olier, amigo de Vicente, durante más de un año,1639-41, fue probado con penas interiores, con menosprecio hacia Dios y continuo sentimiento de soberbia. Su salud sufrió una recaída. Libre ya de la lucha, su equilibrio no fue perturbado en adelante. Igualmente san Vicente conoció a una religiosa en 1628 de cuya curación milagrosa nos da testimonio: «…hace más o menos seis años en que dicha religiosa era atormentada con una horrible tentación de aversión hacia Dios, maldiciéndolo tantas veces que parecía que lo alababa,…y encontrándose en el coro, se le escuchaba proferir blasfemias y extrañas maldiciones contra Dios. Y como la superiora le mandó hacer ciertos actos para ofrecerlos a Dios, ella le respondió que no tenía otro Dios que el diablo… En varias ocasiones ha estado a punto de matarse, para estar cuanto antes, decía ella, en el infierno, donde quería estar , para poder maldecir a Dios eternamente. Los médicos le hicieron tomar cantidad de medicinas; todo en vano; finalmente la superiora le puso sobre ella el roquete del bienaventurado Francisco de Sales. La curación sobrevino pocos días después. «Después ha tenido, continúa Vicente, un espíritu tan bondadoso y tan fuerte como si no hubiera sufrido ningún mal en el pasado… Ha desempeñado santamente los principales cargos del monasterio y hoy es, todavía, maestra de novicias». En un caso semejante, en 1638, el señor Vicente da pruebas de una comprensión psicológica muy rara para la época: en lugar de echar mano del exorcismo, utiliza el método psicoanalítico muy moderno, en caso de enfermedades espirituales. Aquí la Madre de Port-Royal silencia la intervención de san Vicente. Escribe cartas sobre la curación de la joven por medio de la imposición de algunas imágenes de la Virgen. Después la Madre prohíbe hablar del asunto a causa de la veleidad de sus hijas. Evidentemente, la curación milagrosa no duró mucho: fue más bien el psicoanálisis espontáneo que aplicó san Vicente a la enferma la que, definitivamente, liberó al espíritu de la jovencita. Nos cuente que ella hizo «una confesión general de toda su vida pasada, con la mayor exactitud que jamás he visto, ya que ella empleó en ello tres o cuatro horas en diversas sesiones». El sentido común de que hace gala aquí el señor Vicente se explica por su propia experiencia de la obsesión del alma por el demonio, que es menos un ser que un estado. En efecto, se trata de un fenómeno que causan los problemas sexuales.
14. Psicoanálisis..Estas crisis neuróticas, una forma de reacción de compensación, eran las reacciones de los instintos, cuyas necesidades, quizá desconocidas por el sujeto, no eran consideradas por la sociedad. La posesión por el diablo era una última forma del subconsciente de salvar el equilibrio, cuando el alma se sentía amenazada por un acontecimiento funesto. El solo hecho tan desesperante, sufrido pero sin denominarlo a causa de una educación que encontraba todo en orden, y podía ser racionalizado, era un alivio para el espíritu. Recurriendo a la imagen del diablo es como se podía dominar la situación, cuando, en realidad, se había perdido la orientación… Es necesario ver en las blasfemias de las personas que estudiamos, una reacción catastrófica, una rebelión contra un estado brutalmente contrario a las exigencias de los instintos naturales. –En el caso del señor Vicente, parece que las secuelas del complejo de su infancia, unidas a conveniencias sociales y religiosas de su estado, fueron la causa de la obsesión.
Considerando conjuntamente la personalidad y el medio como base de los fenómenos mentales, es el padre de familia en esta época belicosa, del tipo despótico, quien debe haber jugado un significativo papel en la historia de una joven alma. Estamos muy lejos del ideal caballeresco en la siguiente descripción de un hidalgo del siglo XVII: «tirano con sus súbditos, tramposo en el juego, duelista sin reglas, espadachín insolente»,, o en el retrato del hijo mayor del duque de Epernon, quien maltrataba sin piedad a su distinguida esposa. –Freud ha estudiado una neurosis diabólica, de la que era víctima un artista austriaco del siglo XVII. Este había empeñado su alma al diablo, pero fue librado por Nuestra Señora de Mariazell. Dios, en la historia de las religiones, representando al padre sublimado, tal como era visto en la infancia, Satán parece ser, igualmente, la derivación de las fantasías que tenía el niño respecto a su padre. Analizando con el psicoanálisis la historia oculta del individuo, se observa que las relaciones con el padre deben haber sido ambivalentes, probablemente desde el origen, o en todo caso, desde muy temprana edad. Contenían dos movimientos contradictorios, no solamente el de la ternura y el de la sumisión, sino también el de la hostilidad y el del fanfarrón. El espíritu maligno es imaginado como siendo el antagonista de Dios, y por lo tanto, como muy próximo a Él. Durante los tiempos primitivos de las religiones, es el mismo Dios quien era portador de todos los rasgos terribles, los cuales fueron reunidos a continuación para formar un ser paralelo a Él.
Las sociedades salvajes dan el ejemplo, como en un experimento, de equilibrio mental como consecuencia de la libertad sexual y, por otra parte, los complejos y hasta las neurosis, son el resultado de la represión sexual. La monogamia en la civilización nos da otras pruebas, sin hablar de las que ofrece el ascetismo. La represión total de la sexualidad no tendrá éxito más que en los que han alcanzado el más alto grado de civilización, los cuales gastan la plenitud de su energía en fruto de sublimación social, religiosa, etc., en lugar de malgastarla bajo la forma de sueños, de obsesiones y cosas por el estilo. –Los frutos de la sublimación es lo que representará el señor Vicente, convertido en santo.
15. Cordura del señor Vicente. Su sentido común le ayudará mucho en ello, este sentido común que se revelaría más de una vez ante las supersticiones de la época. Nos permitiremos echar un vistazo sobre este tema. –Las religiosas Benedictinas debieron ser exorcizadas. Pero el señor Vicente recomendó que no fueran los Lazaristas de la localidad quienes aplicaran el exorcismo. Efectivamente, no sólo ‘el engaño’ o ‘la extravagancia, sino más aún la broma, se aprovechaban de la credulidad de las gentes. Aunque la brujería fue desestimada cada vez más por los tribunales y las clases cultas, sin embargo hubo ejecuciones por esta causa, aún en 1634. Con motivo del eclipse de sol , tan temido, en 1654, el santo busca explicación del fenómeno en Gassendi en persona En los lugares donde los misioneros han trabajado, escribe Vicente en una carta, no se han encontrado ni brujos, ni brujas. Había que llevar «a los pueblos a una situación tan buena que los diablos no pudiesen abusar con hechizos, como hacen con aquellos que se pudren en la ignorancia y en el pecado». –Los misioneros de cierta casa estaban turbados cada noche por un ruido subterráneo. El señor Vicente piensa, para explicar el hecho, en personas que querían burlarse de su asombro –habiendo sucedido un caso semejante en San Lázaro-, con unos falsificadores de moneda, que trabajaban en algún sótano. El obispo, su amigo, bien podía asperjarlos con agua bendita, pero, el señor Vicente lo repite, antes había que asegurarse de que los ruidos no venía de los hombres. –»Ne facile credat», ya nos dice el Ritual.
Además, este santo poco supersticioso, se servía con discreción, del don de curar las enfermedades del espíritu, por medio de la imposición de las manos –gracia que compartía con san Francisco de Sales.
16. Un mundo diferente. La prueba de la prolongada tentación de Vicente dio frutos positivos. Lo que despierta su energía, factor que desencadena su acción, fue el hecho de que su «ego» fuera herido en la corte brillante. Más aún, ¿de qué se percató allí el pobre capellán? Vicente, en el encuentro con la Dame le Monde, no pudo quedar exento de ese fenómeno psicológico como es el sentimiento de quien llega el último al valor del objeto. El respeto de sí mismo lo llevó, con mucha más razón, «al polo opuesto». El señor Vicente, convirtiéndose a la santidad, no explica una reacción de la vida libertina, sino un deseo de sobrecompensación del sentimiento de inferioridad, motivo que puede ser tan fuerte como inconsciente. «¿Está usted ansioso de alcanzar gloria? Preguntará mas tarde el señor Vicente a su compañía. ¡Ay! Nos dan las mismas alabanzas que dieron a Jesucristo. ‘Dicen a los misioneros: bienaventurados los vientres que los cargaron’. Cuando se marchan, gritan tras ellos: ‘¡Bienaventurados los pechos que os alimentaron! ¡Oh, cuán felices se sienten sus madres!’». El subconsciente de Vicente agradecía el recibimiento que se había otorgado a una persona «tosca» y «repelente» en diferente lugar al recibido en la jovial corte: es decir, junto al lecho de los miserables que frecuentaba. Éstos fortalecían su alma, humillada entre los grandes, en la autoestima de su ego.
17. El Hospital en este tiempo. Este otro mundo, refugio de un alma desconcertada, se encontraba, lo mismo que la corte, próximo a su residencia –por una nueva casualidad, dirán algunos. Era el Hospital de la Caridad, fundado poco antes por María de Médicis. En este lugar, según nos dice su amigo el secretario, Vicente ayudaba regularmente a los enfermos, él, que sería un día el Padre de las reformadoras de los hospitales.
Más tarde, fantasías sobre el merecimiento acosaban al santo: un san Luis que se entregó a los pobres enfermos, de suerte que esto le sirvió a su propia santificación; todos «los santos, o la mayor parte de ellos, han sido felices al ser agradables a Dios con este servicio». Pero en ello no se trataba más que de la racionalización de los verdaderos motivos. Se trataba en primer lugar, como ya lo hemos visto, de una simple reacción instintiva. Se trataba, después, de la intuición innata de un ‘nosotros’ comprendiendo todas las criaturas. Esta intuición es característica propia de san Vicente de Paúl.
¿Fueron de su propia iniciativa las visitas que hacía Vicente al hospital? O quizá no hacía más que seguir los pasos de otros personajes de la época –un Berulle o del cristiano común- estando ya deseoso de ganar méritos. De esto podemos encontrar bellos ejemplos en toda la antigüedad-. ¿O acaso es la invitación de Francisco de Sales quien le motivó? En su Introducción, el obispo se refiere al ejemplo de san Luis en persona. El señor Vicente, a quien hemos visto insistir sobre este hecho histórico, lo hace probablemente, tanto imitando a su santo amigo, como a las tradiciones siempre vivas según los archivos del Hotel-Dieu. –La inspiración inmediata que, ciertamente, no dejaba indiferente a Vicente, se encontraba, sin embargo, más cercana aún. Entre todas sus limosnas, la reina Margarita era muy generosa con los hospitales. Durante la semana santa los visitaba y les donaba tres o cuatro mil sobrecamas o mantas.
En otros tiempos un hospital pedía las ayudas de toda persona caritativa. La antigüedad conoció los comienzos de las enfermerías, desde Arcagato, cirujano llegado de Grecia. Sin embargo, no fue hasta el siglo IV, por decretos conciliares, cuando se promulgó el deber de los obispos de construir hospitales. Éstos estuvieron asociados a la Iglesia y se llamaban Hotels-Dieu. El debilitamiento de la fe primitiva llevó a la decadencia de los hospitales; pasaron a manos de los laicos, para ocupar un lugar en el sistema feudal. El concilio de Trento reavivó la caridad. Se ha acusado a la Reforma de haber dado a la organización hospitalaria un golpe funesto. Sin embargo, la contra-Reforma, ella misma aprendió de la iglesia protestante a no abandonar a los necesitados.
Los hospitales estaban atendidos por cualquier orden religiosa; pero el personal no cubría todas las necesidades, sobre todo en tiempo de frecuentes epidemias. La sola palabra ‘peste’ paralizaba toda resistencia, y cada enfermedad era sospechosa como la Maldita. A menudo los hospitales no eran más que la antesala de la muerte. Por ejemplo, durante la Fronda, en el Hotel-Dieu de París, siete enfermos reposaban en cada cama. Y todavía, ya finalizados los conflictos, la mejoría de la situación no fue considerable. –Un crítico, en el año 1640, se quejaba del desorden existente en los hospitales. Los capellanes desatendían ordinariamente sus obligaciones. Las religiosas, en algunas casas, cumplían bien con su deber; en otras, no visitaban a los enfermos fuera de los días festivos, encargando el cuidado a guardianes asalariados. –Había hospitales que se caían en ruinas. Bastantes establecimientos dejaban a los enfermos desprovistos de lo necesario; con lo que faltó poco para dejarlos vacíos, permitiendo «destrozos en detrimento del bien de los pobres». Muy a menudo, los guardianes»se aprovechan de la necesidad de los hambrientos y viven cómodamente con la muerte de los enfermos». Generalmente no se rinden cuentas de las ganancias. Los grandes abusos en la administración de los bienes de los hospitales agravaban más aún el estado deplorable de los enfermos Una multitud de hospitales, convertidos en beneficiaros, a menudo a favor de segundones, gozaban de la dispensa de todas las cargas, sin llenar ninguna de las condiciones de su fundación. Y esto, en perjuicio de las poblaciones , que se agotaban por los impuestos para satisfacer la limosna. –Los concilios luchaban, desde Francisco I, contra todas esta miserias, impotentes para obtener una reforma efectiva.
Un cuadro de la escuela holandesa nos presenta un hospital con bellos lechos, con columnas y doseles, con sábanas de una blancura deslumbrante: al menos no se ve ahí la imagen de cómo estaba la situación en la Francia del momento. En 1788, un informe oficial todavía nos da la siguiente descripción de los hospitales franceses: enfermos febriles, heridos, mujeres parturientas, paciente con sarna o con viruela, todos estaban aglomerados junto a la morgue, o en la sala donde se practicaban las disecciones. Los lechos para dos personas, recibían hasta seis, obligados a permanecer de costado. La desesperación, la ira, y el odio se apoderaban de estos miserables, entre los cuales, a veces se encontraban asesinados. Las operaciones se practicaban ante los ojos de los otros enfermos, teniendo en cuenta la forma rudimentaria como se ejercía la cirugía. Las ropas contaminadas las mezclaban con las demás. Sin duda, esta es la descripción de un estado de cosas bastante atrasado. Pero como el pueblo estaba poco sensibilizado frente al sufrimiento, apenas si se había apresurado para exigir reformas. Esto es, sin embargo, lo que iba a realizar el señor Vicente –sin contar la obra de los lazaristas capellanes de los hospitales- con la ayuda de la Hijas de la Caridad en los hospitales que les fueron confiados. «El trabajo allí es grande, asegura el señor Vicente, el descanso breve e interrumpido, la repugnancia asegurada, los reproches y las injurias frecuentes, casi todos los pobres refunfuñando, jamás están contentos y se quejan de forma vulgar, tanto ante las personas caritativas que los visitan, como ante los funcionarios que los gobiernan, a los cuales hasta les dan falsos informes contra los servidores, porque les habían negado cualquier cosa… Éstos son los más duros ejercicios de nuestras pobres Hijas de la Caridad».
El curar ocupa un lugar importante en las narraciones del pasado. Las guerras y los frecuentes ataques llenaban los hospitales de heridos. El más pequeño rasguño podía supurar y traer graves consecuencias. El trato antiséptico de los traumatismos y de las heridas era desconocido y todo pensamiento de higiene no existía. Como bien sabemos, a las personas caritativas les estaba permitido ayudar en los trabajos de los hospitales. Las Damas de la Caridad del señor Vicente, etc.,allí se entregaron con toda naturalidad.
18. Sublimación y sadismo – o aptitud positiva. La práctica de la sublimación de la ‘libido’ debe ser tan antigua como el trabajo en el mundo de las almas atormentadas. El eros platónico actúa con la sublimación, transformando el deseo en aspiraciones espirituales. Obligadamente, el sentimiento, la voluntad se van a descargar de una forma u otra. El misterio de la sublimación se descubre ahí. En el caso de las personas intuitivas –san Vicente lo era- no hablaremos de una «huída» en la sublimación, sino más bien del retiro del alma, evadiendo la de sublimación de la vida.
Si un médico, o una enfermera, subliman las tendencias de sadismo en su vocación, como lo pretende la psicología moderna, no es el caso, propiamente, del señor Vicente a la cabecera de los enfermos. Incluso el sadismo de una Catalina de Siena, inclinado virilmente en realidad, no se trata, a todo mucho, más que de masoquismo inverso. En el fondo, se trata, en ella, de un instinto femenino: el de entrar en la brecha, junto al niño, junto al hombre, junto al prójimo –por un arranque espontáneo, hasta junto al enemigo. Es el efecto de la polarización, sostenido por la intuición de la unión entre las criaturas. Hay muchas mujeres que tienen verdadera pasión por darse a los demás. Las palabras de santa Catalina: «yo quiero sangre»,etc., en la boca de una mujer, contiene menos de agresión sádica cuanto de expresión del instinto de dar, por medio de la virtud de entrar en los sentimientos del otro. Por un tal instinto de entrar en la brecha –instinto secundado, inconscientemente y no a priori, por el deseo del sujeto de deshacer el sentimiento de inferioridad, propio del débil, -la mujer es menos ‘euclidiana’, por decirlo de esta forma, más ‘relativista’ que el hombre.- Por este rasgo, la aptitud para entrar en la brecha, el señor Vicente atestigua el lado femenino de su carácter, facilitando su colaboración con las mujeres en los trabajos que les son propios.
19. El asceta destronado y motivos gloriosos. .El psicoanálisis, poco adulador con el ascetismo, defiende que es una equivocación capital el juzgar a los ascetas como personas muy sencillas: son todo lo contrario. Por medio de la práctica ascética, buscan fundamentar un sentimiento de superioridad; y por la mortificación se dan importancia en todas partes. Sublimando junto a los pobres el fracaso que sufrió en la corte, Vicente tiene la conciencia de ser útil, como san Cristóbal, por medio de los más pobres, al Todopoderoso en persona.
Un san Francisco de Sales se hace encumbrar por su aparente humillación: se pone al servicio del más Alto.-¿Quizá le molestaría imitar a un hombre humilde? ¡Imiten, entonces a un Dios humilde! He ahí el legado de san Agustín a una humanidad, oscilante entre la inspiración de la carne y la del espíritu. «…cuando les golpeaban, dice Vicente en alabanza de los discípulos de Cristo, se sentían vencedores poniendo la otra mejilla». Tales palabras disminuyen el mérito de una humildad que se debe servir también de la energía de los instintos egocéntricos.
Es nuestro amor propio, el que es responsable del aborrecimiento que sentimos por el amor propio del otro: desearíamos que los otros fueran humildes a causa de nosotros, más bien que para ser agradables a Dios. –Si Sócrates no conoce la expresión «humildad», conoce bien su sustancia. La humildad puede ser considerada como la unión misma de la religión y de la moral: El psicoanálisis desliga la humildad, no del servilismo, sino de la piedad. Aristóteles coloca la grandeza del alma entre la arrogancia y la humildad. No correspondía más que al cristianismo, doctrina nacida entre los miserables, el hacer de la humildad la virtud dominante. El monaquismo, finalmente, ve en ella un fin ascético en sí: esta clase de humildad no nos conduce solamente a la sumisión ante la autoridad, sino más aún, al rebajamiento del ego en comparación con todo el mundo; lo cual es orgullo disfrazado. El señor Vicente expresa más de un pensamiento profundo sobre el orgullo oculto.
La psicología confirma que es el motivo espiritual final lo que importa en la sublimación. Nosotros insistimos sobre el hecho de que las necesidades reales espirituales tienen también su dinámica. En la sublimación los valores espirituales recuperan sus derechos, no estando más obstaculizados por el provecho de los instintos egocéntricos, una vez ya perdida la esperanza. No se trata solamente de reconocer los valores espirituales. La misma evolución, aunque es inconsciente, los confirma, aunque sólo sea en la satisfacción maternal de un animal, sabiendo algo sobre la armonía de la Unidad. Los pueblos salvajes observan leyes primitivas sobre el honor de forma espontánea. –A pesar de todo el sentimiento de consideración de sí mismo, hasta el de pureza de intención (Echtheit), estaría socialmente condicionado, esto no es más que la energía de reacción que proviene de esta fuente que favorece el sentimiento de la puesta en valor del ego. La intuición de los valores espirituales puede estar obstaculizada no solamente por los instintos, sino también por la conciencia, sometiéndose al interés. El señor Vicente racionaliza lo mejor que puede, por la cuestión del mérito, sus tendencias espontáneas de altruismo. Pero la intuición de los valores interiores permanece soberanamente libre, con la certeza del sentido que tiene , finalmente, la unidad universal.
No siendo el ascetismo una sucesión de complejos interiores, sino, como ya hemos visto, siendo impuesto por las circunstancias, un San Vicente es muy merecedor de su triunfo de fuerte personalidad, triunfo que le debería costar el heroísmo de toda una vida. –La psicología reconoce de buena gana la importancia real del ascetismo entre los cristianos primitivos, cuando el poder creciente de la Iglesia amenazaba arruinar el ideal cristiano religioso. La vida ascética –madre de la civilización- posee sin duda, todavía, un valor especial: estudiando la vida de los grandes ascetas, tales como Francisco de Asís o Vicente de Paúl, se puede observar, en su conducta, un efecto de polarización, estando avocado o asumido su ascetismo por los horrores del medio. Estas almas sensible –artistas en el dominio de la moral- buscan espontáneamente restablecer el equilibrio de las aspiraciones contemporáneas.
20. Los pobres y San Vicente. Como el final de la edad media se dedicó a venerar los harapos, y hasta la suciedad, como consecuencia del resentimiento de los miserables, el señor Vicente iba a fundar su sistema filosófico y religioso sobre los pobres. La primera que le volvió la espalda fue la Dame le Monde. La visión del horror de los pecados de la reina Margarita le mostró con claridad los peligros de la riqueza y la excelencia de la pobreza.
De esta forma, San Vicente llegaba a fundar la asistencia social sobre una base más durable como no había sido hecho antes de él. Llevando a cabo, por su intuición, los deseo de una época, saca sus fuerzas de sus instintos personales. Sus inclinaciones sociales coinciden con su propensión innata a aliviar la miseria. No debemos olvidar tampoco que, ya el alquimista de las fantasías tunecinas de Vicente , era un hombre bienhechor, y que Vicente se encontró con los pobres enfermos del Hospital de la Caridad, antes de que encontrara a Berulle. La caridad era en él, primaria; una fuerza natural, ella le empuja a la brecha, para llevar remedio. Es ella, la caridad, la que debía, posteriormente, transportar toda la acción de sublimación social de Vicente, ya santo.
Un miembro de las órdenes mendicantes no debía poseer nada. La pobreza positiva e idealista de san Francisco de Asís –pobreza por imitación de Cristo- contrastaba con la pobreza negativa y práctica de santo Domingo –pobreza para asegurar un acrecentamiento de la libertad, para provecho de las almas-. Fueron los franciscanos de Dax quienes ya enseñaron al niño Vicente el amor a la pobreza, en teoría. En París aprende la práctica tan útil. Psicólogo perfecto, sabrá, llegada la ocasión, aconsejar a las almas que va a dirigir, la visita personal a los pobres, para que la visión de sus miserias les mueva a socorrerlos, afirma).
21. Primera conversión. .En el señor Vicente, el antiguo aventurero, la tensión entre el medio y las aspiraciones individuales se había convertido en insostenible. Como consecuencia de esto, hemos podido asistir a su primera conversión, la de su agrado y de su «conducta» («behavior»). Poco a poco, bajo la influencia beruliana, se iba a encadenar, -y finalmente por completo- a la imagen deslumbrante de Cristo, para morir totalmente en su Señor y en su santa Madre.
También Vicente acaba por volver la espalda a la pérfida Dame le Monde, por esta ‘protesta varonil’ de una fuerte individualidad, para reclamar la fidelidad de la Santa Virgen; llegará el día en que no olvidará, que concibió, junto a la reina pecadora y caritativa, el método de la caridad, la elipse bipolar, formada por el pobre, necesitado de recursos, confrontado al rico, necesitado de merecimientos.

 

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