Capítulo III:
Los obispos
El concilio de Trento había señalado con claridad su voluntad de renovar las iglesias diocesanas; ha recordado explícitamente que los obispos no son simples administradores ostentando sus poderes de una delegación del papa, sino doctores de la de, sucesores de los apóstoles, con los poderes ordinarios de sus Iglesias. Son sobre todo las sesiones 23 y 24 las que han aclarado el papel y las funciones del obispo, precisando cada uno de los aspectos de su misión pastoral: «se manda de precepto divino (Juan X,1-16, XXI, 15-17; I Tim: II Tim; Tit. etc.) a todos los que están encargados del cuidado de las almas que conozcan a sus ovejas, ofrezcan por ellas el sacrificio, apacentarla en la predicación de la palabra de Dios, en la administración de los sacramentos y en el ejemplo de las buenas obras, tener también un cuidado paternal de los pobres y de las demás personas miserables y entregarse a todas las cargas pastorales» (Sesión XXIII, c. I)
La gran dificultad de una reforma del cuerpo episcopal procede de la complejidad de la función del obispo: su papel no es solamente espiritual, sino económico, social, político; debe gestionar los bienes de Iglesia, promocionar las obras caritativas, mantener escuelas, hospicios y tribunales… Todas estas tareas le comprometen en difíciles problemas de tesorería. Es dependiente del poder político ya que designado por el rey según las cláusulas del concordato, y vigilado por él en virtud de su calidad de «obispo de lo exterior». Último elemento de contradicción: la política real interfiere a veces en el movimiento de renacimiento pastoral; por eso el parlamento se ha negado siempre a la publicación en Francia de los decretos del concilio de Trento. la renovación del episcopado debía ser , por estas razones, asunto de hombres más que de instituciones.
I –La elección de los obispos
1 –El episcopado francés al comenzar el siglo XVII
Los reyes de Francia tuvieron durante mucho tiempo tendencia a considerar los beneficios eclesiásticos como una «caja de pensiones» cuyo concordato les dejaba el uso. Altos cargos clericales fueron de esta manera ocupados por laicos. Richelieu nota en sus Máximas de Estado: …»no recuerdo haber visto en mi juventud a los gentilhombres y otras personas laicas poseer… no sólo la mayor parte de los prioratos y abadías, sino también parroquias y obispados.» Ciertos obispos no eran sacerdotes ni lo fueron nunca. Así Jean de Saint-Vallier, obispo de Grenoble, Louis III de Lorraine y su sobrino Henri III de Lorraine-Guise, uno y otro arzobispos de Reims sin haber sido ordenados. Henri Bourbon de Verneuil, bastardo de Henri IV, llegó a ser, a la edad de seis años, obispo de Metz y abad de Saint-Germain-des-Prés; no accedió nunca al sacerdocio, conservó sin embargo su diócesis durante cuarenta años, de 1612 a 1652, y acabó por casarse. El arzobispo de Reims, Henri de Guise, citado anteriormente, había sido nombrado a esta sede a la edad de quince años; él la abandonó en 1629 para llevar una existencia llena de hechos de armas y de aventuras galantes. Semejantes abusos, sin ser frecuentes, no son excepcionales; se encuentran también agravados por el hecho de que grandes familias acaban por considerar ciertos obispados como su bien propio y a transmitirlos entre sus miembros como herencias; el arzobispado de París tendió a ser hereditario entre los Gondi, el obispado de Béziers entre los Bonzi, el de Luçon entre los Richelieu. Como, en cada generación, había que conservar este patrimonio, se empujaba hacia la Iglesia a candidatos sin vocación ni preparación. Richelieu –el grande- accedió a la sede de Luçon sin ser todavía subdiácono y sin haber hecho estudios clericales; será más tarde cuando se dé a sí mismo una formación de teólogo.
Estos obispos administraban sus diócesis; no podían ciertamente transmitir el sacerdocio, consagrar las iglesias, bendecir los santos óleos o confirmar, es decir ejercer el poder de orden; pero el poder de jurisdicción subsistía en su plenitud. Algunos de ellos estaban además más ocupados en asuntos temporales que en pastoral. Las guerras habían contribuido también a agravar este estado de cosas. En el siglo XVI, hombres de Iglesia –en particular los cardenales de Lorraine y de Guise- habían militado en la Liga; compromisos semejantes se perpetuaron en el siglo XVII, y Richelieu mismo no dudaba en colocar a prelados, incluso cardenales, a la cabeza de ejércitos de tierra y de mar; él pidió por ejemplo a los obispos de Nîmes, de Albi y de Montpellier que tomaran el mando de los contingentes de sus diócesis contra los Españoles. Al papa que se indignaba al ver a príncipes de la Iglesia promovidos a jefes de ejército, él respondía «que los cardenales debían contribuir al bien público según los talentos que Dios les había dado, y que era imposible que no se emplearan en los cargos militares como en los demás». Se complacía en llamarlos «los prelados de la Iglesia militante.»
Estos son sin duda casos extremos pero los abusos de este género no desaparecieron nunca en el antiguo régimen. No obstante si se mira al episcopado francés en su conjunto y en diferentes momentos del siglo XVII, se ha de constar un progreso creciente en la calidad de los hombres y en su celo pastoral.
2 –Los nombramientos episcopales en el siglo XVII
Este progreso refleja en primer lugar una selección más rigurosa y una elección más reflexiva. Una mutación semejante se explica, no por un cambio sistemático en las instituciones, cuyo concordato de 1516 sigue siendo la línea maestra, sino por una acción constante y profunda de los principios de la Reforma católica. Se aprecia, en este dominio como en los demás, la presión de un hecho de mentalidad; el estado de espíritu postridentino orienta hacia exigencias más estrictas que en otros tiempos y gobernantes tan diferentes como Enrique IV, Richelieu o Luis XIV lo habían sido, en grados diversos, sensibles a esta presión espiritual; ellos lo han demostrado haciendo cada vez con mayor frecuencia intervenir a hombres de Iglesia cualificados en los nombramientos, cada uno de ellos no obstante ha afirmado en sus elecciones su personalidad y su estilo político.
Enrique IV se esforzó en designar a buenos obispos. Encargó al cardenal del Perron, gran capellán de Francia, hacer de su capilla privada una especie de seminario para los futuros jefes de diócesis. Ofreció el episcopado a su confesor, el Padre Coton, a Pedro de Bérulle, a Francisco de Sales a quien quería hacer arzobispo de París, a los diputados del clero que, en 1598, le presentaban quejas sobre los vicios del episcopado, respondía: En verdad, yo reconozco que lo que me habéis dicho es verdad; pero yo no soy el autor de los nombramientos, los males se habían introducido antes de venir yo. Durante la guerra he corrido hacia donde el fuego era más vivo para apagarlo; ahora haré lo que debo en tiempo de paz.» y en 1605, siempre a los diputados del clero: «Me siento gozoso de ver a los obispos que yo he establecido muy diferentes de los del pasado.» La regente María de ¨Médicis se esforzó, a menudo con éxito, en seguir este ejemplo: designó a Denis de Marquemont para la sede de Lyon, a Sébastien Zamet para la de Langres. En cuanto a Richelieu, instauró bastante pronto la costumbre de dejarse guiar por un hombre de Iglesia conocido por su santidad. Solicitó y siguió los consejos del general del Oratorio, Pedro de Bérulle, luego de su sucesor, el Padre de Condren. Los resultados de este procedimiento fueron felices y muchos prelados notables debieron su nombramiento al cardenal ministro: Alain de Solminihac en Cahors, Antoine Godeau en Grasse después en Vence, Jean-Baptiste Gault en Marsella, Félix Vialart en Châlons. La costumbre instaurada por Richelieu fue renovada por Ana de Austria quien creó el consejo de conciencia haciendo entrar en él a Vicente de Paúl; en él siguió diez años de 1643 a 1653 durante los cuales las elecciones fueron excelentes. Poco a poco no obstante, Mazarino consiguió eliminarle para volver a los nombramientos dictados por el interés político.
Esta despreocupación del cardenal ministro con respecto a los valores religiosos provocó la indignación de los artesanos de la Reforma católica. En 1651, durante el exilio de Mazarino, el Sr. Olier escribía a Ana de Austria: «Vos habíais tomado medidas excelentes para la colación de los beneficios y sobre todo para el nombramiento a los obispados, con el fin de dárselos a los más dignos del vuestro reino; vos estáis obligada a ello en conciencia. Dios ha visto, Señora, que eso no se hacía ya, porque se lo permitíais a esa persona (Mazarino) que no tenía ni celo ni la fuerza necesaria para resistirse a las peticiones y a las importunidades: abuso que ha causado al reino de Dios un daño cuya enormidad no conoceréis hasta el día del juicio. Es una simonía la de recompensar en los hijos los servicios que sus padres han rendido al reino…»Vicente de Paúl había podido sin embargo lograr admitir algunos principios que no serán ya transgredidos: los muy jóvenes no podían acceder a sedes episcopales; se necesitaba como mínimo un año de sacerdocio para ser obispo, tener la edad de dieciocho años para recibir una abadía, de dieciséis años para un priorato o un canonicato de catedral, de catorce para una colegial. Tales reglas hablan por sí solas de la amplitud de los abusos. Su instauración permite no obstante datar hacia 1650 el comienzo de la reforma sistemática del episcopado-
Luis XIV puso todo el interés también en escoger buenos obispos: dijo en sus Memorias «que no había nada tan espinoso como estas elecciones en toda la realeza, si es verdad, añade él, , como no hay lugar a duda que lo es, que nuestra conciencia queda comprometida, para que demos demasiado a nuestra inclinación, o al recuerdo de los servicios prestados, o incluso a alguna utilidad presente del Estado, a favor de personas incapaces, o mucho menos capaces que las demás en las que podríamos poner los ojos.»… Se fijaba mucho en la calidad del episcopado, no solamente por razones de fe, sino porque tenía a los obispos como ruedas esenciales en la vida de la nación: el episcopado de la Iglesia galicana formaba parte de las instituciones del Estado. El rey era ayudado además en sus elecciones por el hecho de que los seminarios generalizados en adelante suministraban excelentes candidatos. El reinado de Luis XIV fue, de todos los tiempos modernos, en el que menos contó el nacimiento para el acceso al episcopado: el rey siguió en este terreno las reglas puestas en práctica en la política o en la administración. Se vio así multiplicarse los prelados plebeyos: Vallot, Daquin y Félix, respectivamente obispos de Nevers, Fréjus y Chalons-sur-Saöne, habían salido de la domesticidad de Luis XIV. El obispo de Toul, Anselin, era hijo de la nodriza del rey. En la sede de Agen se sucedieron tres obispos notables pero de humilde nacimiento: Joly, Mascaron, y Hébert; y, en Dax, dos prelados de humilde condición, Descaux y Le Boux. Éste hijo de un barquero, había sido antes barrendero en un colegio; obispo en 1658, fue transferido de Dax a Périgueux: un mediocre calambur afirmó entonces que nacido gueux (pordiosero), Le Boux había vivido gueux y se esperaba de él que perît gueux (pereciera pordiosero) –Périgueux. Ocupó la sede durante veintisiete años.
3 –Los límites de la Reforma.
Hubo pues un progreso cierto y constante en el modo de designar a los obispos en el siglo XVII. ¿Por qué no desaparecieron todos los abusos? ¿Por qué los dirigentes sucesivos no llegaron a imponer exclusivamente candidatos que presentaran las garantías canónicas requeridas? Es que el espíritu tridentino no estaba en condiciones de echar por tierra costumbres viejas de varios siglos. No podía sobre todo modificar las instituciones: la elección de los obispos por el poder civil estaba reglamentada por el concordato de Bolonia, era imposible, incluso con el control de Roma, quitarle su carácter político. La monarquía se declaró por añadidura incapaz de crear un organismo institucional competente, independiente y estable, para el nombramiento de los obispos. El consejo de conciencia tuvo una acción efímera. Bajo Luis XIV, los dos jesuitas confesores sucesivos del rey, el Padre de La Chaise y el Padre Le Tellier, participaron de los beneficios: eran verdaderos ministros sin tener su autoridad ni la responsabilidad. Estos hombres eran muy discutidos y tal vez discutibles; no se atrajeron ni el respeto del personal político ni del clero. En una carta a Luis XIV, Fénelon juzgaba en estos términos al Padre de La Chaise: «En cuanto a vuestro confesor, no es vicioso; pero teme la sólida virtud y sólo le gusta la gente profana y relajada; es envidioso de su autoridad que habéis llevado más allá de todos lós límites. Nunca confesores de los reyes habían hecho solos a los obispos y decidido en todos los asuntos de conciencia; sois el único en Francia, Sire, en ignorar que no sabe nada, que su espíritu es corto y mezquino… Habéis formado de un religioso un ministro de Estado. No entiende de hombres como no entiende de nada. Se la pegan los que le adulan y le hacen regalos.»
Había que contar además con el entorno del rey que imponía o recomendaba a sus candidatos: los ministros Le Tellier o Colbert empujaron hacia el episcopado a los miembros de su familia, lo que respondía a una vanidad o una avaidez personales, pero también a una creencia que existen clases o líneas predestinadas a mandar. Más tarde se añadieron las intervenciones de Madame de Maintenon. De ahí la supervivencia, si no de abusos escandalosos, al menos de imperfecciones. La reforma del episcopado se encuentra pues con obstáculos ideilógicos o prejuicios que reflejan de por sí todo un concepto de la sociedad y de la vida.
II –El obispo en su diócesis
En su diócesis, el obispo no se impone solamente por sus cualidades de doctor o de administrador; por su simple presencia, su modo de vida, su compromiso en las obras, sus relaciones humanas, su irradiación intelectual y espiritual, ejerce una acción apostólica a veces profunda.
1 –El estilo de vida
El estilo de vida depende de la personalidad de los obispos, pero muy evidentemente también de de los recursos de que disponen. Se ha hablado ya de las enormes diferencias entre sedes como Estrasburgo o Cambrai, respectivamente inscritas para 400.000 y 200.000 libras y de miserables obispados como Digne o Vence que aportaban a sus titulares 7.000 libras. Sin embargo fueran los que fuesen sus ingresos, los prelados del Antiguo régimen, aunque fueran plebeyos de origen, manifiestan por su modales en sus cuentas y en la gestión de sus bienes una despreocupación de grandes señores, que llevan de ordinario una existencia que sobrepasa sus recursos. A menudo por otra parte este fasto exterior se acompañaba de un modo de vida personal sencillo y casi escueto. Y es que a sus ojos la representación formaba parte de las conveniencias de su situación temporal, y hasta espiritual: las costumbres y las mentalidades del tiempo les imponían en particular un gran tren de casa. Debían disponer de mesa preparada y un personaje de cierta notoriedad no podía atravesar la ciudad o la provincia sin ser recibido en el obispado. Los príncipes y el propio rey no habrían pensado nunca entrar en otra casa; esta costumbre estaba tan anclada en la vida que, en casi todos los palacios episcopales, existía la «cámara del rey», la de la reina y la de los príncipes. En 1701, el plebeyo Fléchier albergaba en su palacio de Nîmes a los duques de Borgoña y de Berry; algo más tarde recibía con el mismo fasto a la reina y luego al rey de España; aunque de temperamento ascético y reservado respecto de los placeres de la mesa, Fénelon se complacía por igual en los banquetes fastuosos. Los desplazamientos eran ocasiones de un ceremonial parecido; cuando el obispo de Mende se daba cita en los Estados de la provincia, se hacía acompañar de su capellán, de dos ayudas de cámara, de su jefe de comedor, de sus jefes de cocina y de sus ayudantes, de cuatro lacayos, de un pertiguero y de sus mozos de equipajes.
Prelados animados de un celo auténtico por la reforma encontraban difícil librarse de esta propensión a la opulencia: Francisco de La Fayette que gobernó las diócesis de Limoges de 1627 a 1676 se señaló por su regularidad de vida, su exactitud en cumplir sus visitas pastorales, en celebrar los sínodos y las conferencias eclesiásticas. Su caridad no tenía límites y se ejercitaba de buena gana con los más humildes. Pero este obispo tan exacto en sus deberes de estado seguía siendo, por el lujo de su cuadro de vida, un gran señor.
Un importante motivo de preocupación y de actividad es, para estos prelados, la transformación de sus viejas casas, cuya pesadez «gótica» soportan mal; en los últimos decenios del siglo XVII comienzan a construirse los suntuosos palacios episcopales cuyo número se multiplicará en el XVIII. Al palacio se añade casi siempre una morada campestre cómoda: cerca de París, la casa de, de la capacidad de una apequeña celda incluyendo por todo asiento unos sencillos plegables de manera que al leer o al escribir fuera imposible apoyarse Conflans había sido comprada por el arzobispo Harlay que murió allí en 1695. Había mandado trazar los jardines a Le Nôtre; todos sus sucesores intentaron acabar sus encantos y su belleza.
Algunos trataban sin embargo de apartarse de esta tarea mundana: eran los discípulos y o los simpatizantes de Port-Royal. En Beauvais de donde fue obispo de 1652-1679, Nicolás Choart de Buzenval apartaba de sí sistemáticamente toda señal de de lujo o de opulencia. En su habitación un lecho sencillo de lana y un solo mueble. Su casa de campo no se instaló nunca porque el servicio de los pobres absorbía la totalidad de sus recursos «Mientras haya pobres que ayudar, decía, un obispo no debe pensar en el embellecimiento de su casa.» En Alet, bajo el episcopado de Nicolás Pavillon (1537-1677), las condiciones de vida eran más austeras aún. El prelado se contentaba con una habitación exigua, del corte de una pequeña celda incluyendo por todo asiento unos sencillos plegables de manera que al leer o al escribir fuera imposible apoyarse. En la mesa, la comida era de una frugalidad ejemplar: ningún plato raro, nada de caza en particular, se toleraba. El recinto episcopal no contaba pues ni con tiradores, ni perros, ni armas ni otros pertrechos de caza, rastro notable en un tiempo en que este «placer noble» era habitualmente tenido a honra en el alto clero. De paso para Alet, Lancelot, el célebre maestro de las escuelas de Port-Royal, loaba los beneficios de esta austeridad: la caza, advertía él, tiene consecuencias fastidiosas como la disipación de espíritu y la introducción de la buena comida; porque es difícil no comer o hacer comer a los demás lo que se ha matado: sin hablar tampoco del pan que se comen los perros, cuando apenas hay bastante para los pobres. No se ve, concluía él, nada parecido en Alet».
Rasgos análogos se ven, al final del reinado de Luis XIV, en Jean Soanen, obispo de Senez. Pero aquellos eran casos excepcionales que se admiraban como proezas de santidad, sin pretender imitarlas, tan grande era el peso de las tradiciones sociológicas.
2 –El empleo del tiempo de los obispos
Una parte más o menos importante del tiempo del obispo transcurre necesariamente fuera de su diócesis. Si, en virtud de las «libertades galicanas», no se ve obligado a las visitas ad limina, se dirige no obstante de vez en cuando a Roma; por lo general, una vez, raramente dos, en el curso de un episcopado de una quincena de años. Su ausencia dura varios meses; aprovecha esa vacación romana para resolver cuestiones que siguen siendo litigiosas en su diócesis: reforma de órdenes antiguas, estatuto de nuevas congregaciones religiosas… En París, sucedía que participaba en las asambleas del clero de Francia; pero el turno de cada obispo volvía raramente ya que el alto clero disponía tan sólo de un delegado por provincia; él se quedaba siete u ocho meses en la capital- estos periodos ofrecían la ocasión de resolver problemas que, en esta época de imbricación de lo espiritual y de lo temporal, dependían del poder real: por ejemplo el nombramiento a ciertos beneficios, las construcciones de edificios eclesiásticos, la actitud que adoptar frente a los protestantes, la jurisprudencia en vigor en la aplicación del edicto de Nantes. Esta presencia en París le permitía contactar con ministros, secretarios de Estado, intendentes o magistrados; estas relaciones podían facilitar ciertas decisiones. Alguna vez los prelados, los más conocidos por lo menos, eran recibidos por el rey e introducidos en la alta sociedad. Como media, pasaba un obispo en París ocho o nueve meses cada cuatro años, ello no era tiempo perdido, estos contactos eran indispensables al ejercicio de una acción personal en la diócesis. Las actividades extraordinarias absorbían apenas la quinta parte del tiempo útil de un episcopado. Cuando problemas comunes, de orden pastoral o ideológico, como el jansenismo, solicitaban dos diócesis vecinas, los obispos tenían frecuentemente la costumbre de conferenciar regularmente en una ciudad fronteriza, a medio camino de su residencia ordinaria: así el obispo de Verdun, Hippolyte de Béthume, y erl obispo de Châlons, Gaston de Noailles, organizaban encuentros periódicos, bien en Sainte-Menehould bien en Vitry-le-François.
En su propia diócesis, la tarea importante del obispo era la visita de las parroquias; era para él la ocasión de dar la confirmación, de conocer a su clero, de examinar los problemas locales, de predicar. El concilio de Trento había prescrito a los obispos una visita anual de la totalidad de la diócesis, lo que era casi siempre imposible. Para una diócesis mediana –es decir de unas trescientas parroquias, y en una región de circulación bastante fácil, habría necesitado al menos siete u ocho meses consecutivos; los prelados incluso los más celosos no podían pues programar más que tres o cuatro años una visita de conjunto que tenía lugar por lo general en la primavera y que representaba del 15 al 20% de su actividad. En su ciudad residencial, se ocupaban de la administración de la diócesis, pero bastante por encima, ya que disponen de numeroso colaboradores. Algunos reunían cada semana una «congregación», especie de consejo episcopal encargado de examinar los asuntos importantes. Las tareas corrientes no se cumplían directamente por el obispo, sino por intermedio de oficiales; las finanzas eran gestionadas por recaudadores laicos y el obispo no tenía, por otra parte, que preocuparse de pagar el sueldo a sus sacerdotes: todos vivían de un beneficio, sea de modo inmediato, sea por la porción congrua.
Una parte del tiempo del obispo estaba ocupada por ceremonias oficiales; no sólo las grandes celebraciones litúrgicas, sino también las recepciones, las entradas de gobernadores o de intendentes y, en ciertas regiones, la participación en las asambleas en los Estados provinciales. Le quedaban con todo momentos disponibles bastante extensos. Un gran número de prelados leían mucho y mantenían una abundante correspondencia. Algunos se daban a las bellas letras o a la erudición como Henri Sponde en Pamiers, Daniel Hué en Avranches o Bossuet en Meaux. Otros unían a sus cargos pastorales funciones políticas, como Henri de Escoubleau de Sourdis, arzobispo de Burdeos y al mismo tiempo «jefe del consejo del rey en el ejército naval»; otros también, fieles a las costumbres feudales, no dudaban en hacerse episódicamente jefes de guerra. Casi todos no obstante redactan por sí mismo sus mandatos o sus cartas pastorales a menudo muy largas, nutridas de citas; estos textos son de una gran riqueza teológica y espiritual, pero son bastante teóricos y poco avivados por testimonios de fe: los hombres de ese tiempo, creyendo con toda la época clásica que «el yo es odioso», se rebajan raramente a alejarse del plan de los príncipes para descender al detalle íntimo de las «experiencias de vida».
Cuando el obispo no era llamado al exterior ni retenido por obligaciones oficiales, su jornada discurría con la mayor frecuencia según los ritmos austeros que contrastan extrañamente con la opulencia, muchas veces fastuosa, de su marco de vida. Levantado generalmente desde las cinco, presidía a las seis la oración para toda la casa episcopal. A las siete, misa privada en el oratorio particular o en el seminario; a las nueve o diez, misa mayor, celebrada pontificalmente los días de fiesta, en la catedral. El resto del día, aparte de las comidas, estaba ocupado por la meditación de la Escritura, por la lectura de los padres o de alguna obra piadosa, por las audiencias y las recepciones, el examen de las cuestiones administrativas, la visita a los enfermos y a los pobres. Por la noche a las seis, después de vísperas y completas, la cena, la oración en común y la bendición episcopal terminaban la jornada.
3 – Las fuentes de la espiritualidad episcopal.
La variedad de estas tareas implica, para el obispo, una vida espiritualmente alimentada constantemente y renovada; Encuentra en diversas obras los temas y los principios teóricos de su pastoral. Muchos espirituales o teólogos se dedicaron en efecto a definir la misión del obispo.
El Sr. Olier, fundador de San Sulpicio, ha escrito, tras ocho años de experiencia y de reflexión, un Proyecto de la fundación de un seminario, para someterlo a la asamblea del clero de 1651. Este documento no es solamente un texto administrativo, expone una verdadera teología del obispo: éste no es el representante de un simple «poder intermediario», se integra en la economía de la salvación, su autoridad es de origen divino, es de ella de donde dimana toda la pastoral. Entre el obispo y su rebaño existe una paternidad espiritual análoga a la relación del Padre y del Hijo:
«Así como Dios engendra a su Hijo en sí en calidad de Padre, y le lleva todavía en su seno como si fuera su Madre, nutriéndole de la misma sustancia de la que le ha engendrado, así también los Prelados quienes, al igual que Padres divinos en la Iglesia, engendran en su seno a hijos y, como madres, los nutren con la fecundidad de su vida divina…»
Conviene citar también el Manual de la actividad episcopal (Episcopalis sollicitudinis Enchiridion), escrito por Louis Abelly, obispo de Rodez, en 1668. Es una reflexión y una meditación sobre la obra de san Carlos Borromeo que fue arzobispo de Milan de 1563 a 1584 y que ofrece sin duda el ejemplo más completo de una pastoral episcopal concebida en el espíritu tridentino.
Las numerosas cartas dirigidas por san Vicente de Paúl, cuando estaba en el consejo de conciencia, a obispos o a cardenales en el episcopado, constituyen un conjunto de directivas prácticas para la pastoral. Tratan en particular de la organización de las obras caritativas, la creación de las misiones, los medios que poner en acción para fundar un seminario, la puesta en guardia contra ciertos libros como la Frecuente Comunión de Antonio Arnauld. El gran interés de estas cartas está en el hecho de que sus destinatarios eran siempre conocidos del Sr. Vicente, que sabía sobrepasar del estadio teórico de las directivas y prodigar consejos perfectamente adaptados a cada situación particular.
Al final del reinado de Luis XIV, Duguet, uno de los representantes del jansenismo moderado, compuso, a petición de Lescars, obispo de Lavaur, el Tratado de los deberes de un obispo que fue publicado en 1710 y tuvo numerosas ediciones. La obra dedica menos a guiar la acción apostólica en sus modalidades prácticas, que a fortalecer la vida moral de los prelados amenazados con ser solicitados abusivamente por las tareas temporales o el espíritu del siglo.
Tales son, esencialmente, las bases ideales de la pastoral de los obispos. ¿Cómo expresan estos principios en los hombres y a través de la variedad situaciones concretas?
III –La pastoral episcopal
Existen «familias» de obispos constituidas por la orientación y el estilo pastoral impresos en las diócesis. El abate Sicard ha distinguido no hace mucho dos campos en el episcopado: los «administradores de provincias» y los «administradores de sacramentos», es decir los prelados políticos y los prelados evangélicos. Más recientemente el P. Broutin ha extraído, en su notable obra sobre La reforma pastoral en Francia en el siglo XVII, los principios de una clasificación tipológica más profunda de estas familias episcopales en la que se afirman en particular: los espirituales, los administradores, los pastores, los rigoristas discípulos o amigos de Port-Royal…No obstante, más allá de la variedad de este abanico, se instituye una unidad real que tiende a acentuarse a medida que se avanza en el siglo. Ella deriva de causas generales: casi todos los obispos salen del clero secular y reciben una formación parecida en los seminarios y en las universidades, donde conquistan sus grados de doctor en teología o en derecho canónico; el origen social es idéntico para la mayor parte de los prelados que han salido de la nobleza o de la alta burguesía. Por último los medios de la corte se convierten en el semillero ordinario de los obispos;: muchos de ellos han sido capellanes o predicadores del rey, agentes generales del clero.
Este movimiento unitario es tanto más fuerte cuanto que con mucha frecuencia los obispos se dejan «llevar»por la tropa de sus ovejas. Se ve por ejemplo a magistrados pedir la fundación en su ciudad de un colegio de jesuitas; se trata de una necesidad social en una burguesía en vías de desarrollo, pero también del deseo de ver crecer, con la instrucción de los niños, la piedad, el rigor moral y la devoción. Paralelamente se afirma la voluntad espontánea de promover las formas de piedad tenidas en grande por la Reforma católica; tales aspiraciones aparecen por ejemplo en los testamentos y en las fundaciones.
La acción pastoral del obispo se lleva a cabo en diversos dominios.
1 –La condición moral y material de los sacerdotes
Los prelados reformadores se han esforzado en mejorar la condición moral del clero, corrigiendo los abusos advertidos en el curso de las visitas y creando un estilo de vida sacerdotal. Había que entregarse igualmente a la formación intelectual y pastoral de este clero y, para ello: fundar un seminario, es decir construir un cuerpo docente, establecer los planes de estudio, crear bibliotecas, adoptar una teología que a menudo determinará la totalidad ideológica de la diócesis entera.
En principio los obispos no tenían que intervenir en las condiciones materiales de existencia de sus pastores, en particular de los párrocos de provincias, ya que todos, directa o indirectamente, vivían de un beneficio. No obstante algunos prelados, cuidadosos en ajustar las rentas de los párrocos a las necesidades de la vida, se cuidaban en aumentar la tasa oficial de la porción congrua: cuando ésta no sobrepasaba las 200 libras, el obispo de Châlons, Félix Vialart de Herse, decidió, en 1642, elevar esta suma a 300 libras, adelantando la diferencia de sus propios bienes. Algunos años más tarde, por mandato del 8 de agosto de 1656, mostraba a sus diocesanos que la Escritura les hacía un deber de conciencia asegurar una justa subsistencia a sus pastores; en consecuencia imponía a los fieles una tasa, por otro lado módica, instaurando así el principio del «denario del culto». El obispo no se ocupaba a penas más que de los nombramientos, ya que los candidatos eran designados por el patrono; era raro que pudiera, como otorgador, designar a más de la cuarta parte de su diócesis, a veces la proporción descendía a menos de una décima parte, aún así esta elección muy limitada se restringía por la expectativa de los graduados o por la renuncia en la curia de Roma. En general pues los nombramientos se regulaban entre los sacerdotes candidatos y los patronos. Pero, así y todo, los prelados más celosos se esforzaban por intervenir al máximo en estas designaciones: el mismo Vialart de Herse que no tenía más que muy pocas parroquias en su nombramiento supo ganarse la confianza de los otorgantes de beneficios, de modo que la mayor parte acabaron por dejarle dueño de actuar en las vacantes.
¿Qué acción ejercía el obispo con sus sacerdotes? Los recibía poco, sobre todo en las grandes diócesis, y no los veía apenas más que durante las visitas pastorales o los sínodos. A veces también presidía las conferencias eclesiásticas y con frecuencia examinaba él mismo a los ordenandos. Los contactos con los laicos eran más raros todavía. Tienden sin embargo a multiplicarse en la segunda mitad del siglo con ocasión de las visitas. En cuanto al tiempo dedicado a las comunidades religiosas, ha variado según las regiones, y las necesidades locales. Sin duda la mayor parte de las abadías eran ejemplos y escapaban por lo mismo a la jurisdicción episcopal; pero tras las guerras de religión, por razón de la mediocridad intelectual y espiritual del clero secular, los obispos reformadores se han visto llevados a recurrir a los regulares, y conversar con ellos de las relaciones establecidas. A finales de siglo por el contrario, con la constitución de los seminarios y la formación de los sacerdotes seculares, estos lazos se distenderán.
2 –La acción caritativa
Las obras han ocupado, en la vida de los obispos, un lugar considerable, tanto mayor porque muchos de ellos han estado en relaciones estrechas con san Vicente de Paúl quien, miembro del consejo de conciencia, había estado en el origen de su nombramiento; la mayor parte de estos prelados, en la segunda mitad del siglo, , estaban señalados por el espíritu de San Lázaro. Se convirtieron así en organizadores de la caridad, coordinadores de las obras: su realización esencial fue crear o mejorar en su diócesis la oficina de los pobres; ellos suscitaron con frecuencia la asistencia a domicilio y a veces el «encierro» de los indigentes,
El espíritu de caridad de estos obispos se manifiesta no pocas veces por la importancia de sus limosnas. No es excepcional que éstas absorban lo esencial de las rentas episcopales: el obispo de Beauvais, Nicolás Choart de Buzenval cuya sede representaba una renta anual considerable –más de cincuenta mil libras- tenía un presupuesto de limosnas ordinarias de veintisiete mil libras al año; a lo que se añadían sus limosnas extraordinarias, alcanzando en algún caso el total de cuarenta mil libras, y que consistían sobre todo en la entrega de derechos señoriales o en larguezas en favor de los necesitados. Nunca por otra parte, se estimó exento con relación a los pobres por un simple don en dinero, por generoso que fuera: los visitaba en sus casas, en el Hôtel-Dieu, hablando a cada uno, informándose de sus necesidades y consolándole. En invierno, mandaba encender fuego en varias piezas de su palacio; todos los artesanos sin trabajo podían acudir allí; él mismo venía cada día a hablar con ellos de su familia, de sus hijos y de su oficio.
Estas actitudes caritativas no eran el patrimonio de Port-Royal. Se las ve en otros prelados, bajo formas parecidas y a veces idénticas: en Jean-Baptiste Gault que fue obispo de Marsella durante poco tiempo –los últimos meses de su vida (1643) –o en casa de un gran señor como Louis d’Urfé, obispo de Limoges (1676-1695).
Muchos de estos obispos no se contentan además con aliviar a los pobres, intentan curar de la pobreza, apagar la mendicidad. Con este espíritu buen número de ellos militará en la Compañía del Santísimo Sacramento, cuya acción caritativa es una de las preocupaciones esenciales.
3 –El espíritu de las instituciones
La acción de los obispos se afirma también por creaciones de todo género: escuelas, colegios, hospitales. Pero más quizás que en estas iniciativas, la originalidad de su celo evangélico se revela en la trasformación de instituciones antiguas. Las visitas pastorales ofrecen un ejemplo significativo de ello: su existencia era muy antigua pero se habían convertido en simples inspecciones dirigidas por los arcedianos, con exactitud pero sin alcance espiritual profundo. Cada vez más a medida que avanza el siglo, los obispos las consideran como el instrumento privilegiado de la pastoral y como un deber imperioso de su estado. Estas visitas representaban a veces aventuras llenas de peligros, particularmente en las regiones montañosas. Los prelados reformadores de estas diócesis, como Francisco de Sales en Annecy, Le Camus en Grenoble, Soanen en Senez, no dudan a pesar de todo en emprenderlas. Como consecuencia de una accidente que por poco le resulta fatal, Soanen escribía el 18 de junio de 1699 a uno de sus familiares, el Padre Bérard: «Un obispo de rocas, como yo, debe familiarizarse con estos monstruos y sentirse con mucha suerte si Dios quisiera aceptar sus peligros e incluso su muerte por alguna penitencia de sus pecados».
Es hacia 1615, en el momento en que la acción de Borromeo comenzó a penetrar en el episcopado francés, cuando aparecen las señales anunciadoras de una transformación interna de la visita pastoral. Una primera etapa de evolución se refiere al papel de los arcedianos y de los deanes: son visitadores natos, pero su autoridad declina; no pueden por sí mismos delegar sus poderes y deben dar cuenta de sus misiones en la asamblea sinodal, que a su vez está bajo el control del obispo. Por lo demás la preocupación pastoral tiende a superar el control administrativo; así los visitadores deben vigilar para que cada párroco posea un ejemplar de los estatutos sinodales.
Un progreso suplementario se consiguió cuando se afirmó la función litúrgica de la visita. Cada vez má, se reserva el obispo oficiar en ella personalmente. Así el obispo de Langres, Sébastien Zamet, (1615-1655) organiza, con ocasión de sus visitas. lo que él llama «estaciones»: reúnen al clero y a los fieles de varios pueblos; los párrocos, avisados de antemano, preparaban la ceremonia y el obispo despachaba al lugar a varios confesores. Celebraba la misa, predicaba, distribuía la confirmación; los fieles se confesaban y comulgaban. Accesoriamente, el pontífice podía inspeccionar la iglesia pero se lo dejaba por lo común al arcediano o al decano. El tiempo de visita se hace por lo mismo más largo; cuando los arcedianos eran los únicos visitadores, veían generalmente cuatro o cinco parroquias en un día; Le Camus, en Grenoble, se limitaba a dos y con más frecuencia a una sola. Yo repartí mi diócesis en tres, resuelto a visitar cien parroquias cada año, y me quedé un día en cada una», escribía a Caylus en noviembre de 1705. Soanen, cabeza verdad es de una diócesis pequeña, dedicaba habitualmente varios días en la misma parroquia.
Los efectos de este celo pastoral fueron inmediatos; los conocimientos de los párrocos se extendieron y reforzaron. Los fieles en contacto mucho más estrecho con su obispo, conocieron una vida espiritual más intensa, practicaron más regularmente los sacramentos, frecuentaron más asiduamente las cofradías, manifestaron una participación más activa en las devociones nuevas y un respeto acentuado de la ley moral.
Esta visita pastoral mejorada ofrece el ejemplo típico de una institución sublimada por la Reforma tridentina: se inspira directamente en los métodos puestos en práctica por san Carlos Borromeo en su archidiócesis de Milán. La visita transformada en su naturaleza y su finalidad llegó a ser un útil de perfeccionamiento espiritual, una «misión». Pero tuvo otras funciones: marca una reacción contra la «dilución de los poderes diocesanos». Durante mucho tiempo la visita canónica había ofrecido a los pequeños oficiales episcopales el medio de afirmar su poder y de imponer sus decisiones; en el espíritu del concilio de Trento, el obispo recobra la plenitud de su jurisdicción.
El siglo XVII marca un paso en la historia del episcopado: el del obispo gran señor al obispo cabeza espiritual. Esta evolución fue lenta: fue necesario un siglo para permitir al espíritu tridentino penetrar en las instituciones y las mentalidades. La reforma episcopal, a pesar de su amplitud, sigue siendo imperfecta: se encontraba, en efecto, más allá de las dificultades ya invocadas, con dos obstáculos esenciales.
Uno resulta de de las relaciones de lo espiritual y de lo temporal. Es una consecuencia del régimen beneficiario, regulado asimismo por el concordato de 1516, pero que refleja también la mentalidad general de la época. El orden político está ligado a este sistema beneficiario: el rey ve en él el medio de integrar indirectamente los bienes de la Iglesia en el tesoro del Estado; la nobleza y la alta burguesía usan de él para asentar o elevar su situación temporal. Para funcionar perfectamente, un régimen así implicaba una «conversión «de los príncipes cristianos, es decir un respeto un respeto absoluto a las leyes morales de la Iglesia. Los padres del concilio de Trento lo habían tenido muy presente y habían recordado con fuerza en el curso de la sesión 25.
Por otra parte hubo siempre, abierta o latente, rivalidad entre la pastoral de los obispos y la de los regulares la primera tendía a mantener la independencia de las iglesias locales y reforzaba las estructuras galicanas; la según da acentuaba la centralización y desarrollaba el espíritu ultramontano. Al contrariarse, los dos movimientos tuvieron a veces por efecto estorbar la reforma.






