Dimensión Misionera Del Carisma Vicenciano

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: José Ignacio Fernández Hermoso de Mendoza, C.M. .
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En el escrito que he preparado ofrezco unas consideraciones sobre la dimensión misionera del carisma vicenciano. Dimensión misionera plasmada en buena medida en la misión «ad gentes». Comenzaré con una referencia a Jesucristo y a las primeras comunidades cristianas en cuanto misioneros. Posteriormente concentraré la atención en la misión «ad gentes» llevada a cabo por San Vicente de Paúl.

«He sido enviado para anunciar la Buena Nueva a los pobres»1.

San Vicente afirmaba con insistencia que el misionero más insigne de los todos los tiempos ha sido Jesucristo. El Hijo de Dios, enviado por el Padre, se encarnó en el seno de la Virgen María. Durante su corta vida nos propuso con hechos y palabras su propio proyecto salvífico. Fue ejemplar en todo: «brille así vuestra luz delante de los hombres»2, «alivió a los enfermos, ciegos, cojos y paralíticos»3, perdonó los pecados:- «tus pecados te son perdonados»4 y liberó a los pobres: «he sido enviado para anunciar la Buena Nueva a los pobres»5.

Al mismo tiempo propuso su plan salvífico por medio del anuncio explícito del Reino de Dios: «recorría todas las ciudades, enseñando en las sinagogas y proclamando la Buena Nueva del Reino»6.

Lo más nuclear del mensaje de Jesús se encuentra en dos áreas: la propia identidad humana y divina, hombre y Dios: llamaba «a Dios su Padre, haciéndose así igual a Dio?’7 y su función salvadora: «tanto amó. Dios al mundo que le dio a su único Hijo para que todo el que crea en él…. tenga vida eterna»8, «el que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado tiene vida eterna»9.

Jesús se sirvió de diversos medios para exponer su proyecto. Escogió colaboradores: «venid conmigo y os haré pescadores de hombres y ellos…. le siguieron»10; anunció el Reino a Israel pero al mismo tiempo abierto a otros pueblos: «vayamos, también, a otra parte, a los pueblos vecinos»11; frecuentó muy diversos areópagos: sinagogas, caminos, casas y templo; dio particular relieve a ciertos valores evangélicos:

servicio, mandato nuevo, apertura por la fe al nuevo mensaje, providencia de Díos, nueva justicia, amor práctico a los pobres, valor de la oración. Jesús procedió siempre con libertad profética: » mirad cómo habla con libertad»12; propuso con suma claridad e insistencia una gran utopía, la propia de las bienaventuranzas.

Jesús no fue comprendido. Debido a la maldad de algunos humanos fue crucificado. Sus seguidores lo vieron resucitado y, una vez repuestos del susto y del desconcierto, se emplearon a fondo en el anuncio de Jesucristo.

«No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído»13.

La primeras comunidades cristianas, una vez resucitado Jesús, rodilla en tierra, le reconocieron definitivamente como Señor y Salvador. Dichas comunidades se sintieron liberadas y por lo tanto en deuda con Jesús, el Señor. En la conciencia colectiva de los primeros cristianos fue creciendo la ineludible obligación de anunciarlo a todos los pueblos por medio de la misión sin fronteras: «no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído»14. En línea con la misión iniciada por Jesús, sus seguidores, poco numerosos en los comienzos, anunciaron a Jesucristo con inusitada insistencia y perseverancia. En realidad, la misión «ad gentes» de la Iglesia daba sus primeros pasos.

El proyecto de Jesús y la creciente conciencia misionera de la primera comunidad cristiana quedan reflejados en muy diversos pasajes de la palabra de Dios: «id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado»15. San Marcos, por su parte, nos da cuenta del mandato de Jesús a los Apóstoles: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda criatura»16. Con clara conciencia grupa!, siempre in crescendo, recreada el día de Pentecostés, la primera comunidad cristiana se ponía en estado y en camino de misión. San Lucas refleja una percepción semejante: «Seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea y en Samaría y hasta los confines del mundo»17.

El Apóstol Pedro pone de manifiesto su sentir misionero en las siguientes palabras dirigidas a lo más granado de la iglesia de Jerusalén: «Todos sabéis que ya desde los primeros días Dios me eligió entre vosotros para que por mi boca oyesen los gentiles la palabra de. la Buena Nueva y creyeran «18. También Pablo de Tarso, apóstol de los gentiles, se sintió llamado e identificado con la misión: Dirá a los corintios: «Anunciar el evangelio no es para mí un motivo de gloria; es una obligación que tengo. Y ¡ay de mí si no predicara el evangelio!»19; «me debo a los gentiles y a los bárbaros, a los sabios y a los ignorantes; de ahí mi ansia por llevar el evangelio a vosotros, habitantes de Roma»20.

Corresponsable en orden a la Misión

Recordemos algunas características de la misión llevada a cabo por las primeras comunidades cristianas: la conciencia colectiva de enviados a la misión, la grandiosidad de la obra por realizar y al mismo tiempo la escasez de medios disponibles, la percepción de que un poco de levadura puede fermentar la masa y la apertura a los distintos pueblos y culturas sobrepasando no sin dificultades el ámbito judeo-cristiano.

Llama la atención el ejercicio de la corresponsabilidad en lo concerniente a la misión. Las primeras comunidades cristianas fueron participativas. El peso de la misión recayó sobre un elevado número de personas: los Doce, San Pablo, los discípulos y colaboradores21, los presbíteros22 y los diáconos23, las familias particulares24 e innumerables cristianos de a pie25. San Pablo en la Carta a los Romanos, capítulo 16, nombra una treintena de colaboradores activos. La participación de los laicos en la misión de la Iglesia apostólica fue si duda significativa.

Anunciaban el Kerigma sirviéndose de medios sencillos

Los primeros misioneros cristianos anunciaron con particular insistencia lo más nuclear de la fe cristiana, el kerigma: la muerte y resurrección salvadoras de Jesucristo, su última venida, la confesión de fe en la Trinidad, el bautismo de conversión y los requisitos para pertenecer a la nueva comunidad naciente.

Para evangelizar se sirvieron de medios sencillos a tono con la época y lugar: el anuncio, la catequesis, los escritos, la exhortación, la exposición doctrinal, la comunicación entre las iglesias locales, las visitas de los responsables a las iglesias particulares, la ayuda económica a los pobres, los encuentros comunitarios, el trabajo como forma de inserción en los lugares, la convivencia de los cristianos codo a codo con los paganos, las celebraciones eucarísticas en las casas particulares y los intercambios entre las iglesias recientes y las más antiguas de Palestina. Pero fue sobre todo la ejemplaridad de las primeras comunidades y los valores evangélicos, encarnados en sus propias vidas, lo que repercutió más favorablemente en la expansión misionera26. Sin olvidar, por supuesto, el esfuerzo práctico dado a la inculturación del evangelio en el mundo hebraico y helenístico: «con los judíos me he hecho judío para ganar a los judíos…. con los que están sin ley, como quien está sin ley… me he hecho todo a todos»27.

Conclusión

La misión «ad gentes» de los primeros tiempos ha servido de modelo para la misión «ad gentes» de la iglesia durante dos milenios. Han transcurrido veinte siglos desde que los primeros cristianos, siguiendo el ejemplo y la invitación de Jesús, iniciaron la misión en un mundo particular. Las circunstancias históricas han cambiado. Sin embargo la misión «ad gentes» de los primeros tiempos ha servido de ejemplo y estímulo para todas las misiones posteriores. San Vicente de Paúl valoró en sumo grado la dimensión misionera de Jesús, los Apóstoles y las comunidades cristianas de los primeros tiempos.

Motivos por los que san Vicente impulsó la misión «Ad Gentes»

«Es nuestra toda la circunferencia del mundo»28

San Vicente en 1617 con ocasión de la misión de Gannes-Folleville decidió seguir de por vida a Jesucristo evangelizador de los pobres. ¿De qué pobres? ¿Tal vez de los de París y Francia entera? ¿Acaso también de los pobres de otras latitudes, sin límites de tiempo y lugar?

Las tres fundaciones fundamentales de San Vicente fueron la Cofradía de la Caridad (1617), la Congregación de la Misión (1625) y las Hijas de la Caridad (1633). Estas tres obras nacieron para evangelizar a los pobres y eran por naturaleza misioneras. San Vicente y todos los suyos se emplearon en la evangelización y servicios a los pobres a través de muy diversos ministerios.

El contrato de fundación de la Congregación de la Misión, firmado en París el 17 de abril de 1625, no alude al ministerio de las misiones en el exterior. Tampoco incluye cláusula alguna sobre las misiones «ad gentes» la bula «Salvatoris nostri» de erección de la C. M., promulgada por el Papa Urbano VIII el 12 de enero de 1632. No había llegado la hora de la misión «ad gentes».

A medida que transcurría el tiempo fue cobrando importancia la apertura a todos los pobres, es decir, a la misión extranjera, «ad gentes». De esta manera fue madurando con toda naturalidad lo que ya contenía en germen el carisma del Espíritu Santo recibido por San Vicente y, por lo tanto, la necesidad ineludible de evangelización de los pobres sin límites de tiempo y lugar, en países cercanos y lejanos. El círculo de acción misionera se fue agrandando debido a la fe y a la generosidad del fundador que no conocía fronteras ni límites: «¿Por qué restringirnos entonces a un punto y ponernos límites dentro de una parroquia si es nuestra la circunferencia del mundo?»29.

¿A qué se debió el creciente entusiasmo del santo fundador por la misión «ad gentes»? ¿Qué motivos alimentaron las misiones animadas por San Vicente? A estos y otros interrogantes similares quisiéramos responder a continuación.

En línea con Jesucristo misionero

San Vicente se sintió llamado personalmente a esa misión y contagió a sus seguidores con idénticos afanes en razón de un riguroso seguimiento de Jesucristo, quien afirmó de sí mismo: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva»30. Jesús fue misionero y, por lo tanto, nos corresponde imitarle: «El Hijo de Dios se hizo hombre como nosotros, para que nosotros no sólo fuéramos salvados, sino salvadores como él, a saber, cooperadores con él en la salvación de las almas»31. En consecuencia, el primer motivo que sustenta la misión «ad gentes» de San Vicente es de carácter cristológico. Los vicencianos, humildes seguidores de Jesucristo, prosiguen el mandato del Señor: «Como el Padre me envió, también yo os envío»32. La apertura de Vicente de Paúl a la misión deriva, pues, de la visión cristológica del santo, en la que recobra particular relieve el mandato misionero: «Id por todo el mundo»33.

Dirá el santo: «¡Oh salvador! Nosotros tenernos las mismas credenciales que los apóstoles»34. San Vicente se sentía personalmente interpelado por el mandato del Señor: «Proclamad la Buena Nueva a toda criatura»35. De ahí que se preguntara: «¿Qué quiere decir misionero? Quiere decir enviado, enviado por Dios: a vosotros os ha dicho el Señor: Euntes in mundum universum, praedicate evangelium omni creaturae»36. En consecuencia, la Congregación de la Misión en cuanto tal se debe sentir llamada a anunciar el evangelio por todo el mundo en línea con los pasos y el mandado de Jesucristo.

Urgidos por la caridad

La caridad es en sí misma expansiva y misionera. El fundamento de la caridad se encuentra en Dios mismo: «Dios es amo?’37. Se manifiesta ante todo en la bondad del Padre quien por amor envió a su Hijo al inundo: «El amor le hizo al Padre entregar a su Hijo»38. El misionero no conoce otra forma de actuar que movido por la caridad apostólica. Debe amar a Cristo y a quien él ama: «El estado de misión es un estado de amor… que hace profesión de llevar al mundo a la estima y al amor de nuestro Señor»39. Según San Vicente, el misionero se ha de revestir del amor compasivo y misericordioso. Más aún debe transmitir ese amor de Dios para con Cristo a nosotros. A este propósito dirá el santo: «Hemos sido escogidos por Dios como instrumentos de su caridad inmensa y paternal…. Por tanto, nuestra vocación consiste en ir, no a una parroquia, ni sólo a una diócesis, sino por toda la tierra; ¿para qué? Para abrasar los corazones de todos los hombres, hacer lo que hizo el Hijo de Dios que vino a traer fuego a la tierra para inflamarla de su amor»40.

De nuevo insistirá el santo fundador: «hemos sido llamados para llevar a nuestro alrededor y por todo el mundo el amor de Dios»41. En suma, la caridad sentida y vivida por el santo, fue una de las motivaciones para impulsar la misión «ad gentes». La vertiente misionera brota, pues, como una consecuencia normal de la caridad de Cristo, de la cual estaba revestido San Vicente. Ahí es donde encuentra su razón de ser y su origen la apertura de San Vicente a la misión, a la misión universal.

El 16 de mayo de 1659, disertando en la repetición de oración sobre la indiferencia, decía a los misioneros: «‘Él nos ha escogido a los misioneros como instrumentos de su caridad inmensa y paternal»42. En suma, el misionero participa de la caridad de Cristo, de una caridad que no conoce fronteras43.

Su Santidad tiene derecho a enviarnos

Nos es conocida la reverencia que San Vicente sentía por el Papa, representante de Jesucristo en la tierra. Las misiones no surgían, dirá el santo, debido a nuestro deseo de expansión o por propia elección. Tampoco las hemos solicitado. Los compromisos misioneros eran aceptados en respuesta a la invitación de la Iglesia: «¿No debernos acaso contribuir a la extensión de la Iglesia? Sí, sin duda alguna; así, pues, ¿en quién reside el poder de enviar «ad gentes»? Tiene que residir en el Papa…. Por tanto, si tiene derecho para enviarnos, también nosotros tenemos obligación de ir, si no, su poder sería inútil»44.

Vicente de Paúl repetía este concepto en múltiples ocasiones. Reconocía el papel fundamental que representaba el sucesor de Pedro en lo referente a la misión universal de la Iglesia. Por otra parte, el santo evitaba emprender nuevas misiones si previamente no había recibido una invitación oficial, la «Missio Ecclesiae»: hemos de enviar a «nuestros sacerdotes para la conversión de los infieles; pero eso hay que entenderlo, cuando se tiene una misión legítima»45.

Vicente de Paúl mantuvo frecuentes y respetuosos contactos con Propaganda Fide, consciente de que representaba al Papa en lo tocante a la misión «ad gentes: «Esta Congregación es la que tiene poder para enviar a dichas misiones, ya que el Papa, que es el único que tiene facultades para enviar por todo el mundo, le ha concedido estos poderes … Esta Congregación ha recibido poder del Papa para enviar por toda la tierra, y es la que nos ha enviado a nosotros»46.

El mejor exponente de la apertura de Vicente de Paúl ante las llamadas de la Iglesia es el texto dirigido por el santo al Papa Inocencio X el 28 de agosto de 1650: » Beatísimo Padre, en cualquier parte del inundo en que nos encontremos, estamos sometidos a su autoridad y favor, dispuestos a dirigirnos a cualquier sitio adonde nos envíe Su Santidad, lo mismo que si nos enviase Jesucristo, de quien es Vicario en la tierra»47. En suma, Vicente de Paúl asumió misiones en respuesta a las indicaciones de la Iglesia, con un sentido de pertenencia al cuerpo común; nunca a título personal o al margen de la misión global de la Iglesia.

Para que todos se salven

San Vicente aludía con frecuencia a la universalidad de la salvación. Cristo murió y resucitó por todos. La soteriología, tal como el santo la entendía, en oposición a ciertas posiciones restringidas, afectaba a toda la humanidad. En sí misma estaba relacionada con el anuncio de la Palabra de Dios a todos los pueblos y con el conocimiento de los misterios fundamentales de nuestra fe: la Trinidad y la Encarnación: «Ya sabéis que no hay salvación para las personas que ignoran las verdades cristianas necesarias»48. De ahí la insistencia del santo sobre la necesidad de instruir a todos en las verdades necesarias para la salvación. En los centros académicos los teólogos discutían con frecuencia sobre la necesidad de la fe explícita en Jesucristo o, por el contrario, la suficiencia de la fe implícita.

Por otra parte, los descubrimientos de nuevos pueblos indígenas acentuaron esta clase de controversias. En todo caso, los infieles seguían estando fuera del modo ordinario de salvación inaugurado por Cristo. De ahí la necesidad de la misión «ad gentes». En realidad, uno de los motivos que indujeron a Vicente de Paúl a impulsar la misión «ad gentes» fue su más íntimo deseo de dar a conocer a Jesucristo a los infieles para que éstos, creyendo, alcanzaran la salvación. Esta fue la primera y fundamental motivación: facilitar la salvación eterna a todos los hombres, siguiendo la enseñanza del Apóstol: Dios «Quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad»49.

Dirá san Vicente a los misioneros el 6 de diciembre de 1658: «¿Hay algo más digno en el inundo que instruir a los ignorantes en estas verdades, como necesarias para la salvación?»… tú has enviado a esta Compañía «a los pobres y quieres que ella te dé a conocer a ellos como Dios verdadero, y a Jesucristo como enviado tuyo al mundo, para que, por este medio, alcancen la vida eterna»50.

Esta íntima convicción de San Vicente también motivó el impulso dado por el santo a las misiones «ad gentes». El 22 de marzo de 1648 escribía al P. C. Nacquart recordándole que lo principal es «Que aquellas pobres gentes, nacidas en las tinieblas de la ignorancia de su Creador, comprendan las verdades de nuestra fe»51. Y en carta dirigida a Inocencio X San Vicente aseguraba que de no ordenar sacerdotes nativos, muchos cristianos del extremo oriente se verían obligados a «Vivir y morir sin el socorro de la religión y, por consiguiente, expuestos a la condenación eterna»52. En suma, uno de los fines de la misión es «La gloria de Dios y la salvación de las almas»53.

Temor a que la Iglesia desaparezca en Europa

Se trataba de un motivo circunstancial. El Señor podría trasladar la Iglesia establecida en Europa a otros países a causa de la decadencia provocada por la herejías, las divisiones, las nuevas opiniones54, las costumbres corrompidas y toda clase de desórdenes55. La Iglesia en Europa, según San Vicente, corría peligro.

El 31 de agosto de 1646 escribía al P. Juan Dehorgny: «Le confieso que siento un gran afecto y devoción, según creo, por la propagación de la Iglesia en los países infieles, por temor a que Dios la vaya destruyendo poco a poco aquí y no quede nada dentro de cien años, por culpa de nuestras depravadas costumbres»56. En marzo del año 1647 volvió a expresar idénticos temores: «¿Sabemos acaso si no querrá Dios trasladar la Iglesia entre los mismos infieles, que quizá se encuentran más inocentes en sus costumbres que la mayoría de los cristianos?… Puedo decirle que es este un sentimiento que desde tiempo atrás está haciendo mella en mi alma»57; «¡Qué sabemos nosotros si el buen Dios, irritado por el desorden de los propios hijos de la Iglesia, no tendrá el designio de transferirla a los infieles!»58.

El hecho es más de temer, dado que el «Hijo de Dios ha prometido que estaría en la Iglesia hasta el fin de los tiempos; pero no ha prometido que esta Iglesia permanecería en Francia o en España», «concretamente aquí o allí»59.

Esta situación, en vez de aminorar el celo apostólico del santo, le sirvió de aliciente para dar un mayor impulso a la misión «ad gentes». Ante este temor «son bienaventurados aquellos que pueden cooperar en la extensión de la Iglesia en otros lugares»60. Qué gozo sentirá Dios si en esta situación «se encuentra con algunas personas que se le ofrecen para trasladar a otro sitio, si se puede hablar así, los restos de la Iglesia, o para defender y conservar aquí lo poco que quede»61. San Vicente no se arredró. Las inquietudes y temores se tornaron en nuevas motivaciones misioneras para proseguir las misiones en países lejanos sin abandonar la misión en países de tradición cristiana.

Expansión misionera. En tierras europeas

San Vicente deseó abrir cuanto antes una casa en Roma, centro de la cristiandad. El P. Francisco du Coudray llegó a Roma el año 1631 para gestionar la aprobación de la Congregación de la Misión. Pero fue el P. Luis Lebretón quien años después, el 11 de julio de 1641, recibió el permiso escrito para erigir la casa. A Génova llegó el primer equipo de misioneros al año 1645. Dirigía la expedición el P. Esteban Blatirón. A finales de 1646 San Vicente decidió enviar misioneros a Irlanda, a donde llegaron a comienzos de 1647. En 1651-1653 desembarcaron en Escocia, las Hébridas y Oreadas. En noviembre de 1651 llegó a Polonia la primera expedición de misioneros. Para dirigirlos San Vicente había escogido al P. Lambert aux Couteaux. En 1655 se llevo a cabo la fundación de la casa de Turín. Dirigía el equipo misionero el P. Juan Martín62. No faltó el intento de enviar misioneros a España: a Barcelona (1644)63; a Toledo (1657-1658)64 y a Palencia (1660)65.

La vocación misionera en países europeos quedaba asegurada en vida del fundador.

El régimen de los patronatos

Tras los grandes descubrimientos de nuevos países el Papa encomendó a Portugal (1452) y a España (1493) la evangelización de las tierras descubiertas. Por bulas papales se crearon los Patronatos, cediendo al poder regio una parte importante de las atribuciones que pertenecían a la jurisdición eclesiástica. El rey por su parte contraía la obligación de evangelizar las nuevas ‘posesiones, ofreciendo medios suficientes a la Iglesia. A su vez el poder regio recibía ciertos privilegios, entre los que destaca la potestad de presentar personas para desempeñar cargos eclesiásticos.

El régimen del Patronato produjo efectos positivos y a veces negativos. Para solventar los conflictos entre ambas potestades el 6 de enero de 1622 Gregorio XV, mediante la Constitución «Inscrutabili» creaba la Sagrada Congregación de Propaganda Fide. Pablo VI el 15 de agosto de 1967 modificó el nombre de este dicasterio, llamándolo Congregación para la Evangelización de los Pueblos o Propaganda Fide. En 1622, año de la creación de Propaganda Fide, era canonizado San Francisco Javier.

Las competencias de Propaganda Fide, por delegación del Papa, afectaban al mundo entero, aunque no actuaba en las áreas de los Patronatos. A los misioneros enviados por San Vicente a misiones no les afectó el régimen de los Patronatos, sino el de Propaganda Fide. San Vicente mantuvo frecuentes contactos con este dicasterio romano a propósito de las misiones «ad gentes»66

Crecimiento de las misiones «Ad Gentes» en Francia

A partir del comienzo del S. XVII la misión «ad gentes» recibió un fuerte impulso en Francia. Las misiones extranjeras se convirtieron en una moda. Participaron las órdenes religiosas, los sacerdotes diocesanos e incluso los laicos. La expansión misionera se centró sobre todo en Canadá, las Antillas y el próximo y lejano oriente. San Vicente alude a este clima misionero: «No lo digo sólo por nosotros, sino por los misioneros del Oratorio, de la doctrina cristiana, los misioneros capuchinos, de los misioneros jesuitas…. Ved cómo se van hasta las Indias, al Japón, a Canadá»67. También participaron en las misiones la Congregación del Santísimo Sacramento, la Congregación de Jesús y María y de San Juan Eudes.

El año 1663 Luis XIV aprobó la fundación del Seminario de Misiones Extranjeras, si bien ya desde 1642 se hablaba de la puesta en marcha de dicho Seminario. Esta institución encauzó la aportación misionera del clero diocesano francés. El 24 de abril de 1652 San Vicente escribe al P. Claudio Dufour, destinado a Madagascar: «Ahora vemos incluso cómo muchos religiosos salen de sus claustros, y muchos sacerdotes de su país, para ir a predicar el evangelio a los infieles»68.

No adelantarse a las órdenes de la Providencia

San Vicente esperaba alguna señal de la Providencia antes de aceptar un compromiso misionero. La única misión que el santo solicitó fue la de Arabia: ofreció «mandar a los suyos a dichas Arabias»69. En los casos restantes San Vicente reaccionaba una vez recibida alguna invitación de la Iglesia. En carta a Bernardo Codoing, 7-XII-1641, escribía. «Siento una devoción especial en ir siguiendo paso a paso la adorable Providencia de Dios…. En nombre de Dios atengámonos a ello, con la confianza de que nuestro Señor hará todo lo que él quiera que pase entre nosotros»70.

A Felipe Le Vacher, año 1652, le asegura que ninguna de las obras precedentes «se emprendieron por nuestra cuenta y siguiendo nuestros planes, sino que Dios… las suscitó él mismo casi sin darnos cuenta y se sirvió de nosotros»71. Le aconseja, en consecuencia, que sea paciente y evite la precipitación. Ni siquiera la misión de Madagascar fue fruto de la improvisación: «La Compañía ha sido llamada por Dios a aquel lugar; porque no pensábamos en Madagascar, cuando[/note] vinieron a hacernos esta propuesta»72.

En suma, San Vicente tenía confianza en las disposiciones de la jerarquía, confianza que provenía de una visión de fe, dado que la Iglesia es continuadora de la misión de Jesucristo. En las repetidas invitaciones provenientes de Propaganda Fide el santo vio la llamada de Dios

Misiones propuestas por Propaganda Fide a san Vicente

Monseñor Francisco Ingoli fue el primer secretario de Propaganda Fide (1622-1649). Le sucedieron Domenico Massari (1649-1657) y Mario Alberini (1657-1664). Mantuvieron intercambios frecuentes con San Vicente. En los años sucesivos invitaron al santo a aceptar misiones extrajeras. Las reacciones de San Vicente se fueron sucediendo. El 10 de mayo de 1639 escribe al P. Luis Lebreton: «Admiro la providencia de esa Congregación para las misiones y ruego al soberano pastor y dueño de las misiones que obtenga de allí mucha gloria»73.

Parecida respuesta dio el santo fundador el 1 de junio de 1640 ante una nueva invitación recibida de Monseñor F. Ingoli: «¿Qué quiere que le diga de la propuesta de Monseñor Ingoli? Nada le diré, a no ser que la recibo con toda reverencia y humildad que me es posible, como viniendo de parte de Dios; que haremos todo lo posible para aceptarla»74. A continuación San Vicente nos ofrece una confidencia personal: «Después de lo que he escrito anteriormente he ido a celebrar la santa misa. Se me ha ocurrido el siguiente pensamiento: que, como el poder de enviar ad gentes reside en la tierra únicamente en la persona de Su Santidad, tiene por consiguiente el poder de enviar a todos los eclesiásticos por toda la tierra…. y según este principio, que me parece digno de crédito, le he ofrecido a su divina Majestad nuestra pobre compañía para ir adonde Su Santidad ordene»75.

Se trata de una experiencia espiritual del santo. Al celebrar la eucaristía recibió una iluminación por la que se sintió llamado a abrir su comunidad a la misión universal. San Vicente llegaba por este camino de gracia a la convicción de que las misiones extranjeras eran en parte el destino de la pequeña compañía.

En términos parecidos se expresaba San Vicente el 25 de mayo de 1642 en carta dirigida al P. Bernardo Codoing: «Esta pequeña compañía se ha educado en esta disposición de que dejándolo todo, cuando quiera Su Santidad enviarla a capite ad calcem, irá de muy buena gana»76.

Propaganda Fide invitó a la Congregación de la Misión a enviar misioneros a los siguientes lugares: Brasil (1640), Persia (1640), Extremo Oriente (1644), Túnez (1645), Argel (1646), Salé — Marruecos (1646), Arabia (1647), Madagascar (1648), Canadá (1650), Suecia y Dinamarca (1654) y Líbano (1656).

No siempre fue posible responder positivamente a las propuestas. Fueron aceptadas las misiones de Berbería y Madagascar. A continuación nos referimos a esta última misión.

La misión de Madagascar

San Vicente deseaba abrir su comunidad a la misión universal y, en particular, a la evangelización en países no cristianos. Propaganda Fide buscaba misioneros para los países lejanos. San Vicente por su parte esperaba la hora de la Providencia. En efecto; las señales de la Providencia se dejaron sentir de manera clara el año 1648.

El Nuncio en París, a ruego de la Compañía de Indias, pidió a San Vicente misioneros para la isla de San Lorenzo, reconocida con este nombre por haber sido descubierta por los portugueses el 10 de agosto de 1500, fiesta de San Lorenzo. Escribía San Vicente el 22 de marzo de 1648 al P. Carlos Nacquart: «El Señor Nuncio, por orden de la Sagrada Congregación de la Propagación de la fe, que tiene al Santo Padre por cabeza, ha escogido a la compañía para ir a servir a Dios en la isla de San Lorenzo, llamada por otro nombre Madagascar»77.

San Vicente aceptó un compromiso misionero que en los años siguientes iba a poner a prueba su capacidad y su constancia en mantener una obra de envergadura. Las dificultades de todo género eran enormes.

San Vicente envió seis expediciones

La primera formada por dos misioneros P. Carlos Nacquart y P. Nicolás Gondrée. Salieron de Francia el 21 de mayo de 1648, llegando a Madagascar, tras seis meses de navegación, el 4 de diciembre de dicho año. El P. N. Gondrée murió el 26 de mayo de 1649, quedando solo el P. C. Nacquart, quien falleció el 29 de mayo de 1650.

La segunda expedición estaba formada por tres misioneros, los Padres Santos Bourdaise, Juan Francisco Mousnier y el Hermano Renato Forest. Emprendieron el viaje el 8 de marzo de 1654 y desembarcaron en Madagascar en dos momentos: el P. S. Bourdaise, 11 de agosto de 1654, y el P. J. F. Mousnier y el H. R. Forest dos días después. El viaje duró cinco meses. El P. C. Nacquart había fallecido hacía algo más de cuatro años.

La tercera expedición se hizo a la vela el 29 de octubre de 1655. Los misioneros eran tres: P. Claudio Dufour, P. Nicolas Prevost y Maturino de Belleville. Este último murió en el viaje. El P. C. Dufour, tras siete meses de navegación, desembarcó en Madagascar el 29 de mayo de 1656 y el P. N. Prevost llegó a la isla de Santa María el 13 de junio de ese mismo año. Los dos nutrieron en dicha isla el año 1656.

Cuarta expedición. Formada por los Padres Carlos Boussordec, Francisco Herbron y el Hermano Cristóbal Delaunay, no llegó a su destino a causa de una gran tempestad desencadenada en la desembocadura del río Loira. Mientras tanto el 25 de junio de 1657 había fallecido el P. S. Bourdaise, tras permanecer solo casi un año en Madagascar.

Quinta expedición. La componían el Hermano Cristóbal Delaunay, segunda vez, y los Padres Carlos Leblanc, Ignacio Arnoul, Pascual Desfontaines y Pedro Daveroult. Salieron de Nantes el 14 de marzo de 1658.Tras reparar las averías del barco en Lisboa y hacerse de nuevo a la mar, fueron apresados por un navío español. En agosto y setiembre de 1658 regresaron a Francia.

Sexta expedición y última en vida de San Vicente. La formaban los Padres Nicolás Etienne, Francisco Feydin, Pedro Daveroult, Pascual Desfontaines, estos dos de la expedición anterior, y el Hermano Felipe Patte. Embarcaron el 18 de enero de 1660. Después de no pocas dificultades desembarcaron en la Ciudad del Cabo, donde permanecieron un año. El 14 de marzo 1661 regresaron a Francia, llegando a San Lázaro el 20 de julio. San Vicente había fallecido el 27 de setiembre de 1660, casi un año antes. ‘

En resumen

Los misioneros desplegados fueron veintiuno, pero dado que tres de ellos participaron en diversas expediciones, hay que rebajar el número a dieciocho. Téngase en cuenta que los misioneros de la C. M. eran unos doscientos. De los dieciocho solo siete llegaron a Madagascar, siendo su permanencia en el lugar bastante breve. Ninguno sobrepasó los tres años. La acción misionera en Madagascar duró en vida de San Vicente doce años, de los que solamente hubo misioneros en la isla cuatro años y medio, quedando sin ellos a lo largo de siete años, debido a los intervalos entre la muerte de alguno de los misioneros y la llegada de los siguientes. ¿A qué se debió un resultado humanamente hablando tan exiguo? Sin duda a las condiciones difíciles de la misión, a los escasos medios materiales, a las características geográficas del lugar y a los repetidos naufragios ocurridos en la cuarta expedición78, en la quinta79 y en la sexta y última80.

Puede usted imaginarse la vida que llevan

A las anteriores dificultades se sumaban otras no menos decisivas. La corona francesa el 29 de enero de 1642 había concedido a la Compañía de las Indias Orientales el permiso para conquistar y explotar la isla de San Lorenzo. Entre los colonos se encontraban gentes sin escrúpulos y, en ocasiones, algunos protestantes intransigentes. Algo parecido sucedía con algunos católicos, quienes según el P.C. Nacquart eran: «hombres desvergonzados y viciosos»81, de tal manera que a veces los misioneros pensaron en concentrar sus esfuerzos misioneros en favor de los indígenas, y no de los colonos franceses82.

Otras dificultades surgían de las reacciones violentas de los nativos ante la opresión proveniente de los comerciantes árabes y de los colonos franceses. Los misioneros se vieron a veces afectados. El Padre N. Etienne y el Hermano F. Patte murieron violentamente.

Esto unido al calor del camino

La escasa alimentación y los esfuerzos desmesurados también repercutieron negativamente en la vida de los misioneros. El P. N. Gondrée murió al término de un largo viaje, sin apenas alimentarse: «esto, unido al calor del camino, le causó la enfermedad que lo llevó a la muerte»83. El P. C. Nacquart tras una larga correría se sintió enfermo, falleciendo el 29 de mayo de 1650. El P. J. F. Mousnier murió tras caminar en condiciones difíciles sin disponer de agua potable84. El P. M. Belleville murió durante el viaje de la tercera expedición en la bahía de Sierra Leona. Los Padres C. Dufour y N. Prévost fallecieron a los pocos meses de su llegada a Madagascar, agosto setiembre de 165685.

El P. S. Bourdaise escribió a San Vicente el 19 de febrero de 1657 en términos alarmantes. Aludía a la muerte de los misioneros y por consiguiente a la soledad en la que se veía obligado a vivir: «Han muerto todos sus hijos enviados por usted a Madagascar y he quedado yo solo»86. Quien esto escribía, el P. S. Bourdaise, sobrevivió a sus dos compañeros un año escaso. Afectado por una disentería, fallecía el 25 de mayo de 165787. San Vicente en la repetición de oración del 11 de noviembre de 1658 aludía al P. S. Bourdaise con palabras cargadas de emoción, cuando en realidad hacía diecisiete meses que este misionero había fallecido: «Padre Bourdaise, ¿sigue usted todavía vivo o no? Si está usted vivo. ¡quiera Dios conservarle la vida! ¡si está ya en el cielo, rece por nosotros!»88.

El P. Renato Almerás, sucesor de San Vicente, envió a Madagascar 33 misioneros en los doce años siguientes, de los cuales solo dos regresaron vivos. Ante una situación insostenible el P. R. Almerás clausuró esta misión. No se volvería a reanudar hasta el ario 1896.

Misioneros siempre y en todo lugar

La primera preocupación de los misioneros no fueron las dificultades y los sufrimientos de toda clase. Lo que animaba a los misioneros era un mismo y único objetivo compartido por todos ellos: el anuncio de Jesucristo para la salvación de los paganos y la implantación de la Iglesia.

Llama la atención el hecho de ver a estos hombres evangelizando en toda circunstancia. Se comportaban como misioneros en los viajes interminables, en los puertos y en tierra firme, en la relación con los colonos e indígenas. Los navíos servían de plataforma de evangelización. Anunciaban con sencillez las verdades fundamentales sirviéndose de metodologías apropiadas: catequesis, láminas, devociones y pequeños grupos. Celebraban los sacramentos y durante los viajes por mar se respetaban las fiestas litúrgicas, por ejemplo, la semana santa y la memoria de la Virgen y los santos. Eran misioneros de cuerpo entero en todo tiempo lugar.

No hemos de dudar lo más mínimo

¿Mereció la pena la misión de Madagascar? Vistas las dificultades y los resultados, surgieron en la Congregación de la Misión críticas, desalientos y murmuraciones. Ciertamente los resultados fueron escasos si tenemos en cuenta la muerte prematura de los misioneros y si nos atenemos al número de conversiones y, por lo tanto, al arraigo y crecimiento de la comunidad cristiana. Esto supuesto, algunos misioneros opinaban que convenía desistir e incluso • clausurar dicha misión. San Vicente salió al paso de semejantes opiniones. En repetidas ocasiones manifestó su verdadero espíritu de fe y su tenacidad al defender la continuación de la misión emprendida en Madagascar.

En la repetición de oración del 25 de agosto de 1657 San Vicente a falta de noticias se preguntaba si los misioneros de Madagascar vivían todavía o habían muerto: «Estamos esperando que alguien nos diga cuál es la situación de nuestros hermanos que están allí»89. Prosigue el santo: «Aunque fuese verdad que habían muerto, ¿había que abandonar por eso esta obra, esa tierra que ellos y cuantos les precedieron ya han empezado a roturar? ¡No, Jesús mío, no! ¡Ni mucho menos!»90. En todo caso si, por hipótesis, nos comunican que los misioneros de Madagascar han muerto «no se os ocurra pensar que por ello hemos de abandonar Madagascar»91.

La repetición de oración del 30 de agosto de 1657 fue más conmovedora. El santo, recibidas varias noticias, informa a la comunidad de San Lázaro sobre la muerte de tres misioneros: P. M. Belleville, P. C. Dufour y P. N. Prevost. Quedaba en la misión únicamente el P. S. Bourdaise. San Vicente volvió a defender la misión, invitando a la comunidad a aceptar los designios incomprensibles del Dios y a descubrir el sentido pascual que encerraban aquellos hechos en sí mismos tan dolorosos. Y proseguía: «no hemos de dudar ni lo más mínimo de que la Compañía ha sido llamada por Dios a aquel lugar….¿no es esta una verdadera vocación? Padres y hermanos míos, después de saber esto, ¿será posible que seamos tan cobardes de corazón y tan poco hombres que abandonemos esta viña del Señor… solamente porque han muerto cuatro o cinco o seis personas?»92.

La misión de Madagascar se desenvolvió en medio de grandes dificultades. Fue la piedra angular sobre la que a través de los tiempos se levantaría una gran hazaña misionera. Madagascar se parece a una luz que, levantada en lo alto, ha iluminado a todos los de la casa a lo largo de los tiempos posteriores. A esa luz se han remitido los misioneros vicencianos durante tres siglos. Madagascar es para la Congregación de la Misión y para la entera Familia Vicenciana un paradigma, un lugar teológico del que es posible extraer lecciones provechosas.

Mentalización misionera llevada a cabo por san Vicente

Una misión no se mantiene en pie sin una verdadera mentalización misionera compartida por la comunidad. San Vicente se esforzó por crear en su comunidad un estado de ánimo favorable a la misión ¡ad gentes». Con frecuencia exhortaba a los misioneros a permanecer disponibles para ir adonde Dios quisiera. Disponibilidad que el santo poseía personalmente en sumo grado. Deseaba ir a Madagascar de compañero del primer misionero destinado a dicho territorio93. Al P. Fancisco Herbron , 19-IV-1659, le aconseja que se mantenga: «siempre dispuesto a responder en el caso de que le llamen para ir a un país extraño»94.

Disertando ante los misioneros sobre la indiferencia, 16-V-1659, les decía: «¿Sabéis qué es lo que pienso cuando oigo habla de esas necesidades tan lejanas de las misiones extranjeras? Todos hemos oído hablar y sentimos cierto deseo de ir allá; juzgamos felices al P. C. Nacquart, al P. N. Gondrée, a todos los demás misioneros que han muerto… Efectivamente, son felices porque han salvado sus almas al entregarlas por la fe y por la caridad cristiana»95. En términos parecidos se expresaba el 22 de agosto de 1655: «Pidamos a Dios que dé a la Compañía ese espíritu, ese corazón, ese corazón que nos hace ir a cualquier parte, ese corazón del Hijo de Dios, el corazón de nuestro Señor, que nos dispone a ir como él iría y como él habría ido si hubiera creído conveniente su sabiduría eterna marchar a predicar la conversión a las naciones pobres»96. Y prosigue: «Pidamos todos a Dios este espíritu para toda la Compañía, que nos lleve a todas partes»97.

En la repetición de oración, 17-VI-1657, San Vicente volvió a insistir en idéntico pensamiento: hay que «estar dispuestos y preparados para ir y para marchar adonde Dios quiera, bien sea a las Indias o a otra parte; en una palabra, exponernos voluntariamente en el servicio del prójimo para dilatar el imperio de Jesucristo en las almas»98. Termina el santo con una confidencia personal: «Yo mismo, aunque ya soy viejo y de edad, no dejo de tener dentro de mí esta disposición y estoy dispuesto incluso a marchar a las Indias para ganar allí las almas para Dios, aunque tenga que morir por el camino o en el barco»99.

San Vicente consiguió crear en la Compañía un clima misionero. Contó siempre con voluntarios para cubrir los compromisos asumidos. Incluso los ancianos se ofrecían para ir a las misiones: «Hay algunos ancianos que han pedido que les enviemos allá y que lo han solicitado a pesar de su debilidad. ¡Es que tienen el corazón libre!»100.

La misión exige no poca tenacidad y perseverancia. San Vicente dos años antes de su muerte, en la conferencia sobre el fin de la Congregación de la Misión, 6-XII-1658, sale al paso de algún posible desánimo: «Algunos dirán que es demasiado ambicioso enviar misioneros a países lejanos, a las Indias… pero, Dios y Señor mío, ¿no enviaste tú a Santo Tomás a las Indias y a los demás apóstoles por toda la tierra?»101.

A imitación de los grandes santos y misioneros

San Vicente apelaba con frecuencia al ejemplo de los grandes misioneros: Jesucristo, los Apóstoles, Santo Tomás y San Pablo. Los Apóstoles eran considerados como ejemplos vivos a quienes había que imitar. Ellos anunciaron el evangelio por toda la tierra, culminando su misión con el martirio. Dirá al P. C. Nacquart, 22-III-1648: su vocación es «tan grande y tan adorable corno la de los mayores apóstoles y santos de la Iglesia de Dios»102

San Vicente veía en San Francisco Javier un modelo cercano de vida misionera. Toca a los misioneros imitar el celo de San Francisco Javier103. Aconseja al P. C Nacquart que se revista de las virtudes cristianas y misioneras y que evangelice a la tripulación del barco a imitación de San Francisco Javier104. Le aconseja igualmente que se lleve a Madagascar un ejemplar de la vida y las cartas del Apóstol de las Indias»105.

Los frutos de la misión son seguros, pero a veces no se dejan ver con prontitud: «Pasa mucho tiempo antes de que el labrador pueda ver el fruto de sus trabajos y a veces ni siquiera logra ver toda la abundante cosecha que produjo, su semilla»106. En este punto hay que imitar a San Francisco Javier quien: «no vio en su tiempo los frutos admirables que sus santos trabajos produjeron después de su muerte»107.

El P. C. Nacquart, a imitación de San Francisco Javier, que escribió cartas admirables, también envía a San Vicente y a Propaganda Fide un amplio relato sobre la misión que estaba llevando a cabo108. El P. Nicolás Etienne por su parte pide a San Vicente que le envíe un compañero revestido de las virtudes que adornaron la vida de San Francisco Javier109, quien, por otra parte, tuvo una gran capacidad de adaptación -a las costumbres y lugares misionados110.

En fin, el ejemplo del Apóstol de las Indias, valorado por San Vicente y por los misioneros, les servía de aliciente para proseguir la misión en tierras malgaches.

Reclamaban Hijas de la Caridad

En tiempos de San Vicente quienes partían hacia los campos de misión eran por lo regular sacerdotes .y religiosos. Las religiosas colaboraron en la misión «ad gentes» a partir del S. XIX. Es el caso de las Hijas de la Caridad. Los misioneros de Madagascar con cierta insistencia pedían a San Vicente que les enviara Hijas de la Caridad. El 9 de febrero de 1950 el P. C. Nacquart a fin de atender a las niñas indígenas pide la colaboración de las Hijas de la Caridad: «Será mejor que vengan algunas hermanas de la Caridad, preparadas y sólidas en virtud»111. El P. Francisco Mousnier, 6 de febrero de 1655, cuenta a San Vicente que de paso hacia Madagascar, encontrándose en Nantes, visitó a las Hijas de la Caridad quienes le manifestaron su deseo de «acompañarle o seguirle en algún otro viaje al país bárbaro, si la Providencia divina las llama a ello»112… «bastaría con un par de ellas al principio… y deberían ser de buena salud para el viaje de seis meses por mar»113. Podrían desempeñar diversos oficios: cuidar a los enfermos y formar a las mujeres en habilidades domésticas.

Sor Nicolasa Haran, superiora de Nantes, recibió una carta de San Vicente, firmada el 14 de marzo de 1657, de la que se deduce que dicha Hermana se había ofrecido para ir a Madagascar: «Doy gracias a Dios, sobre todo por esos deseos que usted tiene de ir a Madagascar para servir a Dios»…. «hará usted bien en continuar ofreciéndose a él para ir o para quedarse»114. Esta Hermana fue la tercera superiora general después de Santa Luisa. En febrero del año siguiente, 4-11-1658, Santa Luisa comunicaba a San Vicente que las hermanas oran por la misión de Madagascar115. San Vicente escribe de nuevo a Sor Haran, 12-11-1659, rogándole que en lo concerniente a su trasladado a Madagascar se llene «de paciencia, de prudencia y de bondad»116.

El santo fundador no llegó a enviar Hijas de la Caridad a Madagascar. Pero encendió en ellas la conciencia misionera. En la conferencia del 18 de setiembre de 1655 les dijo: «Así es como habéis de portaros para ser buenas Hijas de la Caridad, para ir adonde Dios quiera, si es a África, a África; al ejército; a las Indias; adonde os pidan»117; «Tenéis que estar en esta disposición de ir a cualquier parte»118. De hecho en tiempo de San Vicente las Hijas de la Caridad no participaron en la misión «ad gentes».

Tareas complementarias del misionero

TESTIMONIO. Corresponde al misionero, según San Vicente, anunciar a Jesucristo ante todo a través del testimonio personal. Aconseja al P. C. Nacquart, primer misionero destinado’ a Madagascar, cultivar: «una fe tan grande como la de Abraham, la caridad de San Pablo, el celo, la paciencia, la deferencia, la pobreza, la solicitud, la discreción, la integridad de costumbres y un deseo de consumirse totalmente por Dios»119. En suma, una serie de virtudes, de tal manera que el ejemplo personal sea el mejor de los sermones a fin de atraer a los paganos. Dirá San Vicente que el P. N. Gondrée era : «humilde, caritativo, cordial y celoso»120. Al P. Felipe Le Vacher le recuerda que a los esclavos se les gana con «la unción de las palabras y con el buen ejemplo»121. El testimonio es la piedra angular de la evangelización.

ANUNCIO. No basta el ejemplo. Es necesario el anuncio explícito de Jesucristo: «Dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el reino de los cielos y que ese reino es para los pobres»122. En carta al P. C. Nacquart San Vicente le recuerda que «lo principal es que, después de esforzarse en vivir con las personas que tenga que tratar en olor de suavidad y de buen ejemplo, procuren que aquellas pobres gentes, nacidas en las tinieblas de la ignorancia de su Creador, comprendan las verdades de nuestra fe»123.

Orientados por San Vicente, los misioneros se servían para anunciar a Jesucristo de todos los medios disponibles en aquella época y lugar. El anuncio de Jesucristo era considerado indispensable en orden a la evangelización.

LA PROMOCIÓN. Se trata de una vertiente de la misión. Lo mismo San Vicente que los misioneros llegados a Madagascar aluden a la promoción de los nativos. El P. C. Nacquart, 9-VII-1950, pide a San Vicente que le envíe Hijas de la Caridad para promocionar a la mujer a base de la enseñanza y de la formación en actividades propias del hogar. También le pide con insistencia que le envíe Hermanos expertos en diversos oficios: cirujanos, sastres, administradores y docentes.124. El P. Santos Bourdaise, 6-11-1655, necesita dos o tres Hermanos, de los que uno o dos sean entendidds en medicina125 y Hermanas para las escuelas126. La promoción en cuanto medio de evangelización fue tenida en cuenta en la misión de Madagascar.

LA INCULTURACIÓN. Jesucristo al encarnarse asumió todo lo humano menos el pecado127. San Vicente aconseja a los misioneros de Madagascar que se adapten a la gente, sirviéndose no de pensamientos rebuscados, sino de ejemplos tomados de la naturaleza: «Procuren que aquellas pobres gentes… comprendan las verdades de nuestra fe, no ya por las sutiles razones de la teología, sino por razonamientos sacados de la naturaleza»128. Eso sin dejar de valorar y aprovechar los semina verbi, «la semilla de cristianos que ya hay en ellos»129, es decir, el conocimiento de Dios que ya poseen: «El misionero no hace más que desarrollar en ellos las señales que Dios ha dejado de sí mismo»130.

En esta dirección se mueve San Vicente cuando con cierta insistencia aconseja a los misioneros el aprendizaje de las lenguas nativas. Dice al P. Carlos Ozenne, superior de Varsovia, 20-XI-1654,: «Pidan a Dios el don de lenguas, corno hacen los padres jesuitas…que aprenden con mucha facilidad las lenguas de los países adonde son enviados»131. Al P. Juan Martín , 22-VI-1657, le manifiesta su alegría al constatar que «el hermano Demortier ha hecho tantos progresos en la lengua»132. En la repetición de la oración, 9-VI-1658, decía San Vicente a la comunidad: «Haréis bien, hermanos míos, en ofreceros a Dios no solamente para ir lejos, como esos grandes hombres, … sino también para aprender bien la lengua»133. El P. C. Nacquart «al cabo de cuatro meses entendía la lengua del lugar y era capaz de empezar a tener el catecismo»134.

El testimonio, el anuncio, la promoción y la inculturación del evangelio fueron vertientes complementarias tenidas en cuenta por San Vicente y los misioneros de Madagascar.

  1. Lc 4, 18
  2. Mt 5, 16
  3. Mt 5, 3
  4. Mt 9, 2
  5. Lc 4, 18
  6. Mt 9, 35
  7. Mt 5, 18
  8. in 3, 16
  9. Jn 5, 24
  10. Mt 4, 18-20
  11. Mc 1, 38-39
  12. Jn 7, 26
  13. Act 4, 20
  14. Act 4, 20
  15. Mt 28, 19-20
  16. Mc 16,15
  17. Act 1, 8
  18. Act 15, 7
  19. 1 Cor 9, 16
  20. Rom 1, 14
  21. Act 11, 29
  22. Act 20, 17
  23. Act 6, 6
  24. Act 18,2
  25. 1 Cor 12, 27-30
  26. Act 2, 42-47; 4, 32-37
  27. 1 Cor 9,20-22
  28. XI, 829
  29. XI, 828-829
  30. Lc 4, 18
  31. XI, 415
  32. Jn 20, 219
  33. Mt 16, 15
  34. XI, 165
  35. Mc 16, 15
  36. XI, 342
  37. 1 Jn 4, 8.16
  38. IX, 143; XI, 535
  39. XI, 736
  40. XI, 553
  41. XI, 554
  42. XI, 553
  43. III, 260
  44. III, 143
  45. IV, 355
  46. XI, 297
  47. IV, 68
  48. X, 387
  49. 1 Tm 2, 4
  50. XI, 388
  51. IV, 257
  52. IV, 579
  53. II, 45
  54. III, 143
  55. III, 165; XI, 205
  56. III, 37
  57. III, 143
  58. V, 398
  59. XI, 244
  60. III, 37
  61. XI, 245
  62. V, 445-446
  63. II, 380, 383, 387, 398
  64. VI 239-240, 268, 327-328
  65. VIII, 259
  66. XI, 297
  67. XI, 55-56
  68. IV, 348
  69. III, 309
  70. II, 176
  71. IV, 499
  72. XI, 296
  73. I, 539
  74. I, 45
  75. II, 45
  76. II, 214
  77. III, 255
  78. XI, 260-264
  79. VII, 173, 195-196
  80. VIII, 488-491
  81. III, 544
  82. III, 540
  83. III, 399
  84. V, 482-483
  85. VI, 211.213
  86. VI, 186
  87. VI, 231
  88. XI, 377
  89. XI, 292
  90. XI, 292
  91. XI, 293
  92. XI, 296-297
  93. III, 260
  94. VII, 435
  95. X, 536
  96. XI, 180
  97. X, 190
  98. XI, 281
  99. XI, 281
  100. XI, 536
  101. XI, 395
  102. II, 256
  103. X, 213
  104. 111,256
  105. III, 260
  106. V, 434
  107. V, 43
  108. II, 500-534
  109. VIII, 485
  110. VIII, 511
  111. III, 541
  112. V, 257
  113. V, 253
  114. VI, 245
  115. VII, 68
  116. VII, 391
  117. IX, 752
  118. IX, 743
  119. III, 256
  120. III, 260
  121. IV, 498
  122. XI, 387
  123. III, 257
  124. III, 541
  125. V, 277
  126. V, 279
  127. Fil 2, 7
  128. III, 257
  129. III, 258
  130. III, 257
  131. V,205
  132. VI, 317
  133. XI, 343
  134. XI, 375

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