Vida del Señor Vicente de Paúl: Capítulo 3

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Jaime Corera, C.M. · Year of first publication: 1988.
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sanvibibliaNo sepultó su vida para siempre en Chatillon el señor Vicente. Esa era su intención, pero con frecuencia el hombre propone y la mujer dispone. Vicente debió de llegar a Chatillon en marzo o abril de 1617. Para Navidad del mismo año estaba de vuelta en casa de los Gondy. El que su estancia en Chatillon fuera tan breve a pesar de su intención debe atribuirse a la pertinacia de una mujer frustrada, Mar­garita de Silly. Solo que esta mujer no se dio cuenta de que el director fugitivo que le venia de vuelta parecía ser, pero ya no lo era, el mismo hombre. Se lo había cambiado Dios. Cuando interviene Dios tampoco la mujer dispone.

El que entre mil aldeas posibles del reino de Francia nuestro hombre aterrizara en esta y no en otra se debió, unía vez más, a Berulle. No fue Berulle quien sugirió a Vicente el abandonar el palacio de los Gondy, pero cuando Vicente le consultó sobre su decisión de hacerlo para dedicarse definitivamente al trabajo parroquial en los campos, a Berulle no le pareció mal la idea, dado el momento sicológico de nuestro hombre, y le encontró por medio de los oratorianos de Lyon y a poca distancia de ella, una parroquia vacante, la de Chatillon-les-Dombes. Aún se recuerda a Vicente de Paúl en Chatillon, que hoy se llama Chatillon-sur-Chala­ronne. La cosa es sorprendente si se tiene en cuenta que la estancia de Vicente en el pueblo no duró más de ocho meses. Se podría pensar que los habitantes de Chatillon han sentido un orgullo histórico bien justificado por quien, aunque fue su párroco por poco tiempo, llegó luego a los altares. Pero es que sentían ese orgullo a los dos o tres años de morir el, y lo recordaban perfectamente con cariño y admiración que expresaron por escrito mas de cuarenta años después de la breve estancia del señor Vicente en la parroquia.

Se merecía una tal memoria y una tal admiración; por la clase de hombre y de sacerdote en que se había convertido a los 37 años, por la cantidad y la calidad del trabajo sacerdotal desarrollado en tan poco tiempo. Considere el lector: conversión al catolicismo por el buen ejemplo de su propia vida de toda una familia de hugonotes que le había recibido como huésped; conversión a una vida seria y solida de varias señoritas preciosas y ridículas; de un noble caballero duelista y fanfarrón, que convirtió su castillo en hospital de pobres a los que serbia con sus propias manos; conversión a una vida regular de seis clérigos concubinarios y jugadores. Añádase a ello la dedicaci6n incansable al confesonario, a la liturgia bien hecha, a la catequesis, a la predicación, a la visita de las familias En el poco tiempo que estuvo en el pueblo aprendió el dialecto de la regi6n «para que apro­vechasen mas sus ministerios», y «se empobreció por sus numerosas limosnas». Empezó a murmurarse en Chatillon que les había llovido del cielo un sacerdote santo. No lo era probablemente aún del todo, pero ya comenzaba a parecerlo de verdad.

Sin embargo, para la trayectoria posterior de la vida de este santo no es lo importante lo que se acaba de decir como síntesis de su actuar en Chatillon, sino lo que queda por decir. Y en esto que queda por decir no es lo importante lo que hizo él, sino lo que Dios hizo que hiciera él. En sus años mozos al joven Vicente le gustaba proponer y disponer. Una de las características fundamentales de este santo fue, y por eso llegó a ser santo, que dejó que Dios propusiera y dispusiera desde Chatillon hasta su muerte. Esto es lo que Dios le propuso en Chatillon sin buscarlo ni planearlo de antemano. Se preparaba para decir misa cuando vinieron a hablarle sobre una familia enferma, muy pobre, que vivía a alguna distancia de la aldea, a la que nadie asistía. Predicó durante la misa con el fuego que solía poner en sus palabras, y con ello movilizó a todo el pueblo. A todo el pueblo a la vez. De manera que cuando él mismo se encaminó hacia la casa se encontró con numerosos grupos de lugareños con sus cestas llenas o vacías que en viaje de ida o de vuelta tomaban la sombra bajo los árboles en el caluroso mediodía de agosto.

Al verlos tuvo otra iluminación. Nunca antes había mostrado dotes de organizador, ni las había necesitado, a decir verdad. Pero aquello saltaba a la vista. Se imponía la necesidad de poner un poco de orden en la generosidad colectiva y un poco ciega de la población, para que la asistencia a la familia necesitada no fuera chaparrón de un día. Lo que necesitaba una familia necesitada, las familias ne­cesitadas de Chatillon, es una organización de las fuerzas disponibles en Chatillon para remediar en lo posible no un día, sino a lo largo del tiempo la necesidad de los que carecen de todo. Esa fue la iluminación. Y esta fue la respuesta: a los muy pocos días el señor Vicente organizó la primera de las muchas organizaciones de las que iba a ser creador y animador a lo largo de su vida.

No tenía nombre lo que fundó el señor Vicente, no tenía nada; no tenía mas que un grupo de ocho mujeres, solteras unas, casadas otras, entre las que se contaban algunas de las preciosas ridículas convertidas poco antes por el párroco. Pero tenía un hombre de Dios al frente y un trabajo definido con claridad: asistir todos los días a los enfermos pobres de Chatillon en sus propias casas, privilegio reservado en aquellos tiempos a las familias ricas, cuidando y alimentando los cuerpos enfermos y preparando las almas para bien morir y para bien vivir. Todo ello «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo», con María como patrona «para gloria del buen Jesús, su hijo». Unas trabajaran con sus manos; otras personas contribuirán con sus bienes. Unas y otras se animaran a perseverar en el ingrato trabajo considerando aquellas palabras del Señor: «Venid, benditos de mi Padre, dulces palabras que oirán los que hayan ayudado a los pobres».

Todo esto dice un breve relato escrito de puño y letra por el mismo Vicente el 23 de agosto de 1617. Hacía mas de siete años que no veíamos su letra, la de la carta a su madre en 1610, al año de su llegada de Roma a París. No parecen dos escritos de la misma persona. No reconoceríamos ahora a aquel sacerdote de treinta años, frustrado y arruinado, que había reducido todos sus ambiciosos ideales a la pequeña ambición de vivir sin problemas junto a su madre, en la oscuridad de la aldea natal y a la sombra de un modesto beneficio eclesiástico. No se reconocería a sí mismo si se recordara a sí mismo tal como era entonces. Pero probablemente ahora ya ni piensa en sí mismo. Ha venido a Chatillon precisamente porque dejó de pensar en sí mismo y se puso a pensar en el pueblo de Dios. Este mismo Dios le hizo encontrarse de bruces en Chatillon con lo más delicado de su pueblo: los pobres que sufren además enfermedad. Vicente se siente llamado, responde de inmediato, moviliza por contagio y organiza a las gentes sensibles y creyentes, bendecidas por Dios Padre porque son capaces de ver en el pobre que sufre la imagen viva de Jesucristo. Su vida va a durar cuarenta y tres años mas, se va a complicar de maneras que el nunca pudo jamás haber sonado; autoridades civiles y religiosas le van a hacer jugar mil papeles que nunca buscó. Pero en la maraña de papeles, de obras, de solicitaciones que le llegan de media Europa, y aún de medio mundo, el señor Vicente va a ser fiel siempre a la llamada que comienza a manifestársele en Folleville y en Chatillon, aunque solo años mas tarde se le manifestará en toda su amplitud: el Señor le envía y le llama, como a su propio Hijo, a evangelizar a los pobres.

Tres meses después del documento mencionado arriba el grupo de mujeres tenga ya un nombre oficial, un reglamento detallado y un reconocimiento de la autoridad eclesiástica que garantizaba y había publica su existencia. Dos cosas descubrió en sí mismo el señor Vicente a lo largo de 1617 como desconocidos y hasta entonces no explotados dones de Dios y cualidades naturales: su capacidad de movilizador y de organizador. Sus dos sermones en Folleville y en Chatillon fueron en realidad dos arengas que movilizaron al pueblo para las dos cosas que más interesan al pueblo: la paz con Dios, la redención del necesitado. La movilización de Folleville en enero de 1617 queda en suspenso y sin organizar hasta un ario después, lo veremos enseguida. La de Chatillon se organiza inmediatamente. En tres meses redacta el señor Vicente el primero de los muchos reglamentos producidos por su genio organizador para dar cuerpo y solidez a sus obras. La que salió de Chatillon, la más antigua, encontró su alma en un reglamento que revela con nitidez que clase de hombre había llegado a ser a sus 37 años y cuáles eran las ideas que iban a regir su vida hasta su muerte a los ochenta.

«La caridad para con el prójimo es una serial infalible de los verdaderos hijos de Dios». No sabríamos decir en que momento de su vida había llegado a descubrir esta verdad que se lee al frente del reglamento, ni cuando empezó a hacer de ella el principio animador de su propia vida. Pero ciertamente ya vive de ella a los 37 años, y no la va a abandonar hasta la muerte. Va a hacer de ella el principio de las muchas obras que aun están por nacer. Y no habrá persona, alta o baja, rica o pobre, anciana o joven que al entrar en contacto con el no aprenda en sus palabras y en sus hechos que mientras que hasta la vida de mas alta oración tiene sus peligros de engaño, la vida de perfección sus riesgos de tantas ilusiones, el mismísimo sacerdocio sus caídas en la corrupción y hasta en la herejía, solo la caridad para con el prójimo es la serial infalible de los verdaderos hijos de Dios. Caridad que ese grupo de señoras y jóvenes, que desean «ser verdaderas hijas suyas», van a manifestar en «uno de los principales actos de caridad como es el de visitar y alimentar a los pobres enfermos». No suelen faltar en el mundo cristiano, ni han faltado nunca en Chatillon «personas caritativas», pero los pobres «a veces han tenido que sufrir mucho mas bien por falta de orden y organización». De manera que esto es lo que hay que poner donde ya existe lo otro. El señor Vicente no va a inventar la caridad. ¿Quién osaría decir tal cosa? El señor Vicente no es más que un pobre discípulo de Jesucristo, el único inventor de la caridad. A la caridad de Cristo que lleva en el alma, el señor Vicente va a añadir de su propia cosecha el orden y la organización. De su propia cosecha: tampoco ésto está bien dicho. Nadie entrenó ni educó a Vicente, de niño o de joven, en las artes de la organización. También eso un buen día le broto en el alma sin saber el cómo ni dónde. Si el amor se lo puso Cristo en el alma, la capacidad de orden y organización fue sin duda infusión del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo esperó su tiempo, como lo hace siempre, como lo hizo en la Encarnación del Verbo, para infundir tal gracia en tal hombre. La iglesia se había tomado antes sus buenos siglos en organizar la práctica de la caridad. Y lo había conseguido, de manera que en el siglo de oro de la fe cristiana, el siglo XIII, la organización de la caridad y de la beneficencia llegó en el mundo cristiano a grados de excelencia que aún no han sido superados en la historia posterior hasta hoy ni en el mundo cristiano ni en el pagano. Pero en los tiempos del señor Vicente esa organización daba señales peligrosas de decrepitud. Las instituciones caritativas funcionaban peor que en tiempos anteriores, los pobres eran más numerosos. Era de suponer que la reserva latente de caridad vendría a ser en su tiempo más o menos como en tiempos anteriores. El papel del señor Vicente fue demostrar que era así efectivamente. Que tiempos que parecían, y lo eran, crueles, frívolos, depredadores, de manera que han podido ser calificados justamente como <el siglo de hierro>, tuvieron, a la vez, una reserva de caridad esperando a quien supiera movilizarla y organizarla. Este fue el verdadero papel histórico de Vicente de Paul: suscitar, organizar y aplicar ordenadamente y con eficacia la caridad que Cristo pone en todo tiempo y en todo siglo, aun en los siglos de hierro, en los corazones cristianos. Este papel por el que el nombre de Vicente de Paúl suena aun hoy comenzó nuestro hombre a vivirlo en Chantillón.

Estas mujeres se reúnen en una Cofradía de Caridad. Ni la idea ni el nombre los ha inventado tampoco el señor Vicente. El mismo conoció un grupo similar con el mismo nombre en el hospital de la Caridad de Roma, y así lo reconoce en el texto del reglamento. Cofradía quiere decir fraternidad; fraternidad cristiana, por supuesto. No se busca sólo, aunque eso es lo que se busca principalmente, que los pobres enfermos sean bien servidos. Interesa vitalmente que ello se haga desde un espíritu netamente cristiano de oración, eucaristía, cultivo incluso intelectual de la fe: se recomienda leer un libro de moda, sólido a la vez, Introducción a la vida devota, publicado solo nueve años antes por un autor de prestigio, Francisco de Sales; ayuda mutua en la enfermedad y en la muerte, reuniones frecuentes, organización democrática y fraternal de la asociación. O sea, una verdadera cofradía en su sentido original y fuerte. Una fraternidad de verdaderas cristianas que se reúnen para asegurar una asistencia ordenada y duradera a todos los enfermos pobres de Chatillon contando sólo con los medios humanos y materiales que se pueden encontrar en Chatillon.

El párroco contribuirá en las reuniones con «una breve exhortación con vistas al progreso espiritual de la compañía», pero no será él quien dirija, gobierne y haga funcionar la cofradía. Esta funciona por sí misma, aunque se vaya el párroco. Fue providencial que fuera así esta primera invención del señor Vicente, pues un par de semanas después de que la autoridad eclesiástica de la diócesis de Lyon diera su visto bueno a la cofradía, su inventor y promotor se marchó de Chatillon para siempre y la dejó sola. No se murió por ello la cofradía. Ha funcionado hasta el día de hoy.

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Quinientos kilómetros no son nada para una mujer que ha perdido al hombre a quien necesita como el aire para la respiración de su alma. El señor de Gondy tenía el título de General de las galeras, una especie de primer almirante para la flota de guerra de barcos movidos a remo que tenía su base en puertos del Mediterráneo, la «Marina de Levante», como la califican los documentos de la época. Este cargo le obligaba a frecuentes y largas ausencias del hogar, que la señora de Gondy lamentaría, pero a las que tuvo que resignarse y acostumbrarse por fuerza mayor.

Pero el director de su alma se había ido sin ninguna obligación impuesta desde fuera, literalmente porque le había dado la gana, sin decir nada, y dejando un portillo abierto a la duda de si no lo habría hecho en parte precisamente para librarse de ella. Al posible orgullo herido, aunque permaneciera esta herida sepultada en el subconsciente. Margarita de Silly unió la convicción de que sin su director se perdía su alma. Para evitarlo, y para traer de vuelta a su casa al capellán fugitivo, esta mujer aparentemente débil movilizó todos los recursos que estaban a su alcance para conseguir en muy poco tiempo lo que parecía imposible: la vuelta del capellán pródigo a su hogar. Le costó, pero lo consiguió. Ni ella ni el capellán se daban cuenta de que todas las tramas no resultaron ser más que medios extraños de los que se valió Dios para sacar a Vicente de la aldea remota y hacer de él una figura de influencia casi mundial en su día, y de fuerte influencia social y eclesiástica en la historia posterior. Pero así hace con frecuencia Dios las cosas cuando Dios dispone.

Estas son las fuerzas que movilizó la que, muchos años después de muerta, Vicente calificaba con respeto en el recuerdo como «la señora generala». Habló a Berulle para que interviniera, a eclesiásticos importantes conocidos de Vicente, al mis­mísimo obispo de París, hermano del general; hizo que sus propios hijos escribieran tiernas cartas; envió a Chatillon a un eclesiástico amigo de Vicente desde los días de su trabajo como capellán en el palacio de la reina Margarita. Ella misma le envió una carta desgarradora en la que entre otras cosas le dice llanamente que le echará en cara ante Dios todo el mal que suceda a su alma y todo el bien que deje de hacer por estar privada de su ayuda. Dice además que el señor general participa de los mismos sentimientos, como así era en efecto, según consta en otra carta que escribió a Vicente el general mismo.

No hay fortaleza que se resista ante un ataque desde tantos frentes diferentes. Aun así Vicente, que desde que dejó para siempre los ímpetus un poco locos de su juventud y conoció a Berulle había tomado la costumbre de consultar para decisiones importantes a personas que él creía más sabias y más sensatas que él mismo, costumbre que mantuvo el resto de su vida, consultó también sobre qué hacer en este caso no a Berulle, a quien ya no volvió a consultar jamás, sino a uno de sus hombres, el superior de la casa del Oratorio de la cercana Lyon. Oída la opinión de éste como si fuera la voz de Dios. Vicente se creyó obligado a despedirse entre lágrimas de sus fieles de Chatillon y poner rumbo a París y a la casa de los Gondy. a donde llegó la víspera del día de Navidad.

(1618)

Casi ocho años más iba a estar el señor Vicente con los Gondy, pero esta vez en una situación muy diferente de la anterior, que había durado casi cuatro años. Seguiría actuando como director espiritual de la señora, pero él no volvía para seguir siendo preceptor de los niños. Este trabajo pasó de común acuerdo a un seminarista, Antonio Portail, a quien Vicente había conocido cuando estuvo de párroco en Clichy, y que con el correr del tiempo se convertiría en su brazo derecho para sus dos obras más importantes. El exigió para sí mismo libertad para dedicarse a misionar a los campesinos de las tierras de los Gondy y para establecer en sus localidades cofradías de la caridad al estilo de la fundada en Chatillon. Al mes exacto de volver a París daba su primera misión y fundaba la primera cofradía en uno de los pueblos de los Gondy. Villepreux. Esto estuvo haciendo hasta la muerte de la señora en 1625, de manera que al morir ella Vicente había misionado todos los poblados de alguna importancia en las tierras de ambos esposos.

Estos ocho años son los más oscuros y peor conocidos en la evolución de la vida interior y la sicología del Vicente adulto. Se sabe con seguridad que la mayor parte de su tiempo estuvo ocupada en las misiones que acabamos de mencionar, excepto por cuatro meses cada año, pues la campaña misionera comenzaba en octubre y terminaba con los primeros calores de junio. Sabemos también con seguridad de otros hechos y actividades que mencionaremos más adelante. De modo que lo que sabemos es suficiente para saber dónde estaba y qué hacía durante estos ocho años casi mes por mes. Sabemos lo que hizo, sabemos hasta cierto punto cómo lo hacía, pero no sabernos casi nada de lo qué pasó en su alma desde su vuelta de Chatillon en diciembre de 1617 hasta que fundó la Congregación de la Misión en 1625-1626. Hay indicios indirectos y externos de un progreso in­defectible y hasta sorprendentemente rápido en santidad y en madurez humana. Como por ejemplo que todo un santo como Francisco de Sales, sutil conocedor de hombres, pensara en Vicente en 1622, cuando éste era aún un sacerdote des­conocido, para el delicadísimo y nada fácil cargo de superior del primer monasterio de la Visitación en París. Sabemos ciertamente hechos, pero, como tuvo que admitir el primer biógrafo, Luis Abelly, que conoció personalmente a Vicente durante muchos años, «la parte principal, la interior y espiritual, nos es desconocida». El Vicente maduro, el que definitivamente se embarcó en el camino de la santidad, se gestó precisamente entre 1618 y 1625. Fuera de un par de indicios reveladores de su interior, que comentaremos en su lugar, la falta de claves para conocer siquiera fuera someramente su evolución espiritual en esos años es total. La evo­lución del señor Vicente en esos años hay que conocerla por sus frutos, o sea, por lo que fue pasando en su vida y fue brotando de sus labios después de 1625.

¿,Cómo sería la primera misión en Villepreux en enero de 1618, dada por un hombre que no sólo no había dado antes ninguna sino que ni siquiera las había visto y no las conocía más que de oídas, como él mismo admitiría en público años después? Ni tampoco las conocían, que sepamos, sus compañeros de misión, que fueron en este caso un doctor en teología y otros dos importantes eclesiásticos de París. No deja de ser curioso que Vicente escogiera invariablemente durante estos años como compañeros de misión a un tipo de sacerdotes que ni por formación ni por los cargos que ocupaban parecerían estar adaptados para trabajar entre campesinos analfabetos. No sabemos en realidad si estas primeras misiones tu­vieron mucho éxito, aunque parece que sí por la historia posterior, ni tampoco sabemos cómo con la experiencia progresiva Vicente fue creando un estilo de misión que posteriormente sí iba a tener un éxito reconocido. Pero el tipo de compañeros elegidos apunta a un aspecto de la misión del señor Vicente que nos parece rigurosamente original en la historia de las misiones populares, aspecto que él sin duda vio desde el principio como fundamental y mantuvo a lo largo de su vida misionera, y además transmitió a sus seguidores. El pueblo campesino es bueno y religioso, el pueblo campesino es muy ignorante de las enseñanzas de la misma religión que vive. Años después, con la autoridad que le daba su larga experiencia de ese pueblo llegaría a decir que «entre esas pobres gentes se encuentra la verdadera religión, una fe viva». De manera que lo que necesita ese pueblo no es un mensaje que les comunique la fe, sino una ins­trucción sistemática en las verdades de la fe y las motivaciones necesarias para vivirla mejor. Lo que necesita, en suma, es catequesis. Para dársela Vicente escoge sacerdotes competentes en el conocimiento de las verdades de la fe, doctores en teología si es posible, e incluso profesores de la Sorbona, la mejor facultad teológica del país. El pueblo sufrido, verdaderamente religioso e ig­norante a la vez, se merece lo mejor, y se le da lo mejor.

Por lo demás la misma estructura general de aquellas misiones revela claramente la intención catequética fundamental de la primitiva misión del señor Vicente. Para conseguir que la gente se confiese puede bastar un buen sermón, como le sucedió en Folleville. Pero para catequizar en profundidad a niños, jóvenes, adultos que sólo pueden recibir la instrucción diaria por la noche, al volver del campo, cuatro semanas pueden ser insuficientes. Y así la misión se prolonga por seis, siete y ocho semanas. El grupo misionero tiene una fecha para comenzar la misión, pero no para terminarla. Se termina cuando parece que la mayor parte de la población, que por supuesto hará su buena confesión general y comunión, haya recibido una instrucción catequética suficiente para ilustrar la fe que viven.

Por ejemplo, el pueblo es devoto de la Virgen María y vive esa devoción sin plantearse problemas teóricos. Pero hay que enseñarle, entre otras muchas cosas, por qué hay que ser devoto de la Virgen María, cómo hay que serlo, cómo no hay que serlo. No hay que adorar, digamos, su estatua, ni adorarle a ella misma. Esto lo sabe cualquier niño católico si está bien instruido en su fe. Por oírlo de la boca de un niño en una de las misiones del señor Vicente, un hereje hugonote, que encontraba en esa devoción la última gran dificultad para dar el paso, dejó su pretendida religión reformada y se convirtió en miembro de la verdadera iglesia.

A la catequesis sistemática dada en la misión Vicente añadía invariablemente la fundación de lo que había inventado en Chatillon, una cofradía de la caridad que resolviera el problema de la asistencia sistemática a los enfermos pobres. Se ha dicho mil veces, tal vez porque sea obvio, y ciertamente porque es así: misión y caridad, estas dos palabras, las dos juntas, resumen muy adecuadamente lo que ha significado la figura de Vicente de Paúl en la historia de la iglesia y en la historia de la humanidad. Se puede fijar con todo rigor el lugar y la fecha en que empezó a ser así en la vida del señor Vicente: finales de enero de 1618, en Villepreux. Tenía a la sazón 38 años mal cumplidos.

Recordemos, pues, que entre 1618 y 1625 la actividad de Vicente de Paúl se centra fundamentalmente en misionar en su peculiar estilo reposado y profundo, con la ayuda ocasional de otros sacerdotes, todos los poblados de algún tamaño, unos cuarenta, de las tierras de los dos esposos Gondy. Pero hizo también en ese tiempo otras cosas y tuvo otras experiencias en esos años, entre las que destacamos una última visita que hizo a su familia en 1623, visita que supone, como veremos, la ruptura definitiva con su pasado, y el conocimiento de dos personas que iban a influir profundamente en la evolución de su santidad, y hasta en su sicología. Estas fueron Francisco de Sales y Luisa de Marillac. Hay otros datos seguros relativos a estos años, datos que también veremos, pero los que hemos mencionado son los más significativos y reveladores para el conocimiento de nuestro hombre.

(1619)

No se sabe con precisión cuándo y cómo se conocieron Francisco de Sales y Vicente de Paúl, pero tampoco importa mucho. El puente que estableció la relación entre los dos fue probablemente el señor de Gondy, quien conocía a Francisco de Sales, dato que sabemos por testimonio del mismo Vicente. El hecho debió de tener lugar no antes del comienzo de 1619, al año de haber comenzado su trabajo de misionero ambulante. Aunque era aún perfectamente desconocido incluso en círculos eclesiásticos no le importó esto a San Francisco de Sales. Le bastó un conocimiento de nuestro hombre de unos pocos meses para que le escogiera entre otros posibles candidatos más sonados y de más prestigio como director del primer monasterio de la Visitación en París.

Francisco de Sales se volvió a su diócesis de Annecy a finales de 1619 y murió tres años después. No se volvieron a ver nuestros dos hombres después de la despedida en París, pero esos pocos meses de conocimiento mutuo fueron para Vicente una experiencia que le marcó a fuego. Una cosa es leer libros sobre la santidad y otra muy diferente verla y oírla en directo. Francisco de Sales era el primer santo cano­nizable que Vicente veía al alcance de la mano. De muchas virtudes era modelo su admirado amigo, pero a Vicente lo que más le impresionó, por contraste con su propio carácter, fue la extremada amabilidad y dulzura de la persona. No era ñoño en manera alguna Francisco de Sales, como a veces se le ha pintado y como a veces se concluye por la engañosa suavidad de su estilo escrito. Casi parecería el caso perfecto del guante de terciopelo que cubre un robusto puño de hierro. Mucha gente se sintió atraída a su dirección espiritual por su atrayente amabilidad y por el suave estilo de su Introducción a la vida devota. Pero sus maneras de dirigir por los caminos del espíritu no tenían nada de blandas. Al alma más santa que le cayó en suerte, la de Juana Francisca Fremiot de Chantal, este hombre que pasa por ser dulcísimo y suavísimo la dirigió en algunos momentos con una dureza sorprendente. Más sor­prendente si se tiene en cuenta que la vida interior de la Chantal no fue exactamente un camino de rosas sino con frecuencia un duro camino de calvario sin consuelo ni luz. Parecería que lo que más necesitaba esta mujer dolorosa era consuelos y dulzuras. Pero la Chantal tenía también su lado de mujer brava y fuerte. En una ocasión Francisco de Sales se creyó en la obligación de dominar su bravura obligándole a comerse un plato de caracoles, bichos que a la Chantal le repugnaban profundamente.

Vicente de Paúl encontró en la dulzura y mansedumbre de Francisco de Sales el ejemplo vivo de que se podía ser así de que siendo así se atraía a las gentes a los caminos de la fe y de la verdadera devoción. Francisco de Sales tuvo a través de sus suaves maneras un éxito increíble en la conversión de protestantes y en la atracción de gentes de todas las clases a las exigencias de una vida verdaderamente devota. Vicente de Paúl aprendió que también él tenía que ser así si quería ser verdadero misionero; que lo necesitaba, pero que no lo era. El más bien tendía a tener un carácter un poco seco, incluso, si se dejaba llevar, hosco. El cronista de la muerte de Vicente nos dice que todos los presentes tenían «los ojos fijos en aquel padre tan amable». Eso lo pudo decir con justicia, porque Vicente era a los ochenta años extremadamente amable, tal vez tanto como Francisco de Sales. Pero aquél lo aprendió de éste, cosa que por otra parte siempre reconoció, aunque le costó muchos años de esfuerzo constante.

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Si el señor de Gondy no hubiera sido general de las galeras, el señor Vicente, plenamente ocupado en sus misiones rurales, ni se hubiera enterado probablemente de la existencia de los seres humanos que sufrían las peores condiciones de vida en la Francia de su tiempo. Estos eran los galeotes, los condenados a mover a fuerza de remos los barcos de guerra de la época. No es sólo que sentado en el duro banco y encadenado a un enorme remo el galeote tuviera que remar a veces hasta la extenuación o incluso hasta la muerte por agotamiento físico. Todo era brutal en su situación. Las causas de la condena a galeras eran a veces irrisorias en relación a tal pena. Insolvencia en casos de pequeñas deudas, por ejemplo, pequeños robos, simple vagabundeo. Por supuesto había también otras causas no tan irrisorias: cautividad en caso de guerra, homicidio, rebelión pública, sedición. Brutales eran también las condiciones de vida en el mismo París mientras después de la condena judicial esperaban su traslado a los puertos de mar: hacinamiento, suciedad, mala alimentación, malos tratos.

En París visitó Vicente por primera vez a los galeotes el mismo año en que empezó su vida de misionero, si por sugerencia del señor de Gondy o por propia iniciativa, no lo sabemos. Pronto se puso a movilizar diversos recursos con vistas a mejorar las condiciones de vida de los galeotes, empezando por el traslado a otro edificio más amplio, más aireado y en general en mejores condiciones que el que se había dedicado hasta entonces, el ominoso edificio conocido como la Conciergerie. Mejoró la alimentación, mejoró la atención médica, mejoró, ¿quién se hubiera atrevido a hacerlo en aquel infierno’?, la atención espiritual. No es leyenda sino riguroso hecho histórico el que la atención del señor Vicente produjera entre los condenados numerosos casos de conversión del pecado a la gracia, de la Reforma a la Iglesia, del mahometismo al cristianismo. Todo ello a través de un medio como la misión que se había inventado el señor Vicente para las aldeas de los alrededores de París y que, debidamente adaptado, resultó ser también eficaz en un medio potencialmente hostil como lo era el de los condenados a galeras. No le faltó a todo ello el equivalente a las cofradías de caridad. Sólo que no fueron éstas sino las mismísimas hijas de la caridad las que atendieron personal y direc­tamente a aquellos pobres infelices, desde el momento mismo en que fueron fundadas unos quince años más adelante.

El señor Vicente siguió preocupándose de los galeotes por sí mismo y a través de los hombres y mujeres que se fueron contagiando de su espíritu. Iba en él, además de su gran corazón, el cumplimiento de una obligación que brotaba de un nuevo cargo, o más bien carga, que no beneficio como los que soñara antaño, que se le vino a añadir a su trabajo de misionero ambulante. Pues tanto agradó al señor de Gondy la actitud del capellán de su casa con los Galeotes que consiguió del rey para él el nombramiento de director de todos los capellanes dedicados a la atención espiritual de los condenados, el título de capellán general de las galeras de su Majestad, «con los mismos honores y derechos de que disponen los demás oficiales de la marina de Levante». Esto sucedía en febrero de 1619, pero ya antes de ser oficialmente nada había hecho un viaje largo a Marsella para ver con sus propios ojos la situación de los galeotes. De este viaje y otros posteriores nació la iniciativa de la construcción de un hospital para los heridos y enfermos del que se encargaron las hijas de la caridad, y del que consta por un testimonio del tiempo que los Galeotes lo miraban «como un paraíso; solamente con entrar en él se les ve sanar de la mitad de sus males».

De manera que este hombre que a comienzos del año 1618 cree haber encontrado una vocación absorbente en la evangelización del mundo campesino se encuentra ese mismo año sin haberlo buscado con un mundo desconocido hasta entonces para él, para el que siente en el fondo de su alma la llamada de Dios. También estos son hijos de Dios, también necesitan pan y evangelio, también son pobres. No los dejaría de su mano y de su corazón hasta la muerte.

(1621)

También son pobres. Basta que lo sean para que Vicente de Paúl se sienta llamado a partir de sus 38 años a hacer algo por ellos. Cuarenta y un años tenía cuando cayó en la ciudad de Macon. Un vistazo a un mapa de Francia hace ver de inmediato lo cerca que está Macon de Chatillon, donde sin duda le hubiera gustado volver a ver a los feligreses que había dejado tres años antes, y lo convenientemente situadas que están ambas en el camino más recto entre París y Marsella, a donde tal vez fue en esa ocasión de visita a los galeotes como capellán general de las galeras. No importa el motivo, pero el hecho es seguro. Lo cuenta y lo comenta él mismo catorce años más tarde a Luisa de Marillac para que no se desanime en sus trabajos en favor de los pobres por las dificultades y críticas que encuentre. El mismo, le dice, fue objeto de burlas cuando intentó arreglar el problema de los pobres en Macon. Todo el mundo se reía de él y le señalaba con el dedo por las calles. Pero cuando llevó a cabo su plan con éxito, tuvo que «salir a escondidas para evitar los aplausos». Lo dice él mismo no para alabarse, sino para animar a Luisa de Marillac. Pero se alaba, cosa totalmente atípica en este hombre, que no lo solía hacer antes de ser santo, ni lo volvió a hacer después que comenzara a serlo.

Tenía Vicente motivos para estar orgulloso de un plan que parecía imposible, pero que le salió perfecto. Una pequeña ciudad como Macon encontró durante muchos años un problema social sin solución en sus aproximadamente 300 mendigos que «vivían en una ignorancia tan profunda de las verdades de la religión, y estaban hundidos en unas costumbres tan criminales que no se les podía ver sin asombro». Al número de mendigos había que añadir alrededor de 200 familias, pobres vergonzantes muchas de ellas, que carecían de lo fundamental para vivir. Esto no era un problema de asistencia benéfica en pequeña escala como el que presentaban las cuatro familias necesitadas v los diez o doce enfermos pobres de Chatillon o de cualquiera de los pueblos de los Gondy. Esto era ya un problema social de grandes dimensiones que presentaba incluso aspectos difíciles de orden público. Habían pensado resolver el problema las autoridades de Macon con una fórmula que se venía probando en otras ciudades francesas y del resto de Europa desde el siglo anterior, los llamados Hospitales Generales, que no erar hospitales propia­mente dichos. Estos últimos recibían en Francia desde la Edad Media el nombre de Hotel-Dieu, y fueron en los siglos medievales centros por lo general bien dotados para la asistencia de los enfermos pobres. Pero ya en tiempo del señor Vicente en las grandes ciudades se habían convertido buen número de ellos en almacenes de enfermos en condiciones pavorosas de hacinamiento.

Los llamados Hospitales Generales eran otra cosa, inventada en el siglo XVI para resolver los problemas producidos por el creciente número de gentes sin trabajo, vagabundos, soldados mutilados o licenciados de las muchas guerras nacionales e internacionales, campesinos expulsados de sus tierras, quienes a falta de medios de vida en el mundo rural acudían a las ciudades con la vana esperanza de en­contrarlos en ellas, o de sobrevivir al menos de la caridad privada o pública, o en el peor de los casos del rabo o del engaño. El Hospital General típico era por un lado hospital para los enfermos pobres, y además taller de trabajos forzados para los sanos. Forzados está bien dicho, pues los pobres sin casa ni medios conocidos de vida eran encerrados a la fuerza, si se dejaban coger, y obligados a un horario rígido de trabajo mal pagado. Veremos al señor Vicente oponerse en su ancianidad a un proyecto monstruoso de Hospital General para resolver el problema de la mendicidad en el mismísimo París. La historia reciente ha calificado con justicia esta drástica no solución del problema pavoroso de la pobreza en el siglo XVII como «el gran encerramiento de los pobres».

Las fuerzas vivas de Macon llegaron a probar la fórmula del Hospital General. Tenían un modelo cercano, el enorme Hospital General de la Caridad, fundado sólo siete años antes en Lyon, ciudad que era a la sazón el mayor centro industrial de Europa, donde el paro y los bajos salarios producían estragos de pobreza entre el pueblo bajo. Pero el experimento de Macon fracasó, como en tantos otros lugares. Providencialmente apareció por aquellos parajes «un sacerdote, capellán del señor general de las galeras», que no era otro que Vicente de Paúl, quien había visto el problema con sólo pasearse por las calles de la ciudad y, por lo que parece, pensó inmediatamente en la manera de resolverlo e incluso presentó a las autoridades municipales un plan detallado para hacerlo. Decimos «por lo que parece», pues lo mismo la rapidez de elaboración del plan que la iniciativa de presentarlo a las autoridades sin que nadie se la pidiera son datos muy poco característicos del obrar del Vicente maduro, aunque sí lo habían sido de su estilo de obrar en su juventud. Hubo en Macon quien lo trató de «temerario y orgulloso, por meterse en cosas que a él no le importaban». Todo esto aparece en las fuentes de información, que son los archivos del Ayuntamiento y del capítulo de la iglesia de Macon.

Estas eran las líneas generales del plan. Se comenzaría por una investigación detallada para conocer con exactitud el número de pobres inválidos, niños y an­cianos, y el de los capaces de trabajar, así como de los pobres vergonzantes. A los incapaces de ganarse la vida por sus propios medios se les daría «todas las semanas lo necesario para vivir; a los que ganan una parte de su sustento se les dará lo que les falte. En cuanto a los muchachos, se les pondrá en algún oficio o bien se construirá un taller para algún trabajo fácil, como el de tejer». Esta última lo había aplicado ya Vicente con éxito a través de algunas cofradías de las fundadas en los pueblos de Gondy. Huelga decir que este plan contaba con su complemento de instrucción y práctica religiosa, de catequesis, misa semanal, confesión mensual. Se prohibió sumariamente la práctica de la mendicidad; se privaba de las ayudas convenidas a quien fuera sorprendido pidiendo limosna en la vía pública.

Los fondos necesarios se recababan de contribuciones voluntarias en especie o en dinero a las que se comprometieron el clero y las gentes pudientes de Macon, de algunos impuestos municipales, de colectas que hacían «todos los domingos las señoritas de la ciudad». El plan funcionó a la perfección, y acabó de inmediato con la mendicidad pública y con la necesidad extrema material en toda la ciudad. «Ya no se veía a nadie asediado en la calle o a la puerta de las iglesias por esos mendigos sanos, que no tienen durante el día más ocupación que la de buscar con qué vivir». En cuanto al aspecto religioso, también mejoró sustancialmente. Tes­timonios del tiempo nos hablan de que los confesores «encontrábamos a ancianos de sesenta años y aún más que nos decían francamente que no se habían confesado nunca; cuando se les hablaba de Dios, de la Trinidad, de la encarnación, todo esto era un lenguaje que no entendían. Pero por medio de esta piadosa Cofradía de la Caridad que fundó el señor Vicente se puso remedio a estos desórdenes y en poco tiempo se atendieron las necesidades de cuerpo y alma de toda aquella muche­dumbre de pobres».

De manera que lo que fundó Vicente en Macon fue otra cofradía, pero ésta en gran escala, con responsabilidad sobre los pobres de toda una ciudad. Funcionó a la perfección, como hemos dicho, y por eso tuvo el señor Vicente que salir de la ciudad a escondidas para evitar los aplausos. Pero la cofradía y todo el plan duraron poco. Las razones de que así fuera hicieron a Vicente revisar profundamente su experiencia de organizador en cuanto a la manera de recaudar los fondos necesarios para mantener las obras de beneficencia. Nunca renunció a hacerlo con aportaciones voluntarias y limosnas libres, como había sido y siguió siendo el caso de las cofradías de la caridad. Pero Vicente de Paúl se dio cuenta muy pronto de que obras sólidas y de cierta envergadura no pueden funcionar duraderamente si no se les asegura una base económica suficiente que no dependa del todo de la gene­rosidad fluctuante de quienes controlan los medios económicos. El plan que diseñó el señor Vicente para Macon funcionó muy bien hasta que a partir de unos diez años más tarde las guerras, la peste y el enfriamiento consiguiente de la caridad general produjeron una drástica reducción de ingresos que acabó con el plan. Volvió a florecer la mendicidad y el hambre, y para resolver el problema unos cincuenta años más tarde, en 1680, veinte años después de muerto el señor Vicente, los ricos de Macon podían haber intentado hacer revivir el plan de Vicente que tan buenos resultados había dado mientras duró, pero no lo hicieron sino que mandaron construir a sus expensas un Hospital General.

La actuación de Vicente en Macon está ciertamente de lleno en línea con lo que fue lo fundamental para él, la evangelización de los pobres, pero resultó ser un hecho casi aislado en el conjunto de su vida. Ocho años después intentó también con éxito en Beauvais un plan parecido al de Macon. Pero en años posteriores Vicente de Paúl pensará a fondo las dificultades y las posibilidades de las obras que se cree llamado por Dios a emprender; parecerá a veces lento en tomar decisiones que los que le rodean consideran obvias y urgentes. Pero, a diferencia de su actuar en Macon, una vez decidido se comprometerá con la obra de que se trate hasta la muerte, o hasta que deje de existir el problema que motivó la obra.

(1622)

Hasta la muerte le duró, sin él quererlo, otro trabajo que no sabemos si aceptó a gusto o a disgusto cuando se lo ofreció Francisco de Sales en 1622, trabajo que quiso dejar de lado más tarde varias veces sin que las autoridades competentes se 1o permitieran. Hemos mencionado la idea que llevaría a Francisco de Sales a ofrecer un tal trabajo a un tal hombre: la calidad humana y el potencial de santidad que Francisco de Sales creyó intuir, y no se equivocó, al conocer a Vicente cuando éste tenía sólo 39 años. Esta tuvo que ser la razón, y no otra, pues ningún otro aspecto de la personalidad de Vicente parecía ser adecuado para ponerlo al frente de un mundo tan delicado y fino como el de un monasterio de la orden de la Visitación. No ciertamente su origen campesino, tampoco su preparación intelec­tual, inferior ciertamente a la del fundador, v menos aún su trabajo de misionero rural o de capellán de galeras. Por lo demás Vicente desempeñó este trabajo con total aceptación por parte de las monjas, quienes fueron las que lograron frustrar los varios intentos de Vicente de dejar el trabajo de director años más tarde.

Varios motivos le llevaron a pensar en dejar la dirección de la Visitación. Habría que destacar como razón principal la mera falta de tiempo en la vida de un hombre que se complicó la vida con obras y actividades en grado increíble, como se irá viendo. Otra razón sería más bien sicológica. A los 42 años, cuando fue nombrado director, los cuatro años previos de actividad como misionero ambulante y capellán de los galeotes habían ciertamente abierto el camino de dedicación al mundo de los pobres que el señor Vicente seguiría hasta la muerte, pero aún no habían marcado con profundidad su conciencia con la convicción de que ése era no sólo su camino, sino su único camino que excluía todo lo que no fuera dedicación pura y simple a la evangelización de los pobres o que no pudiera ser de alguna manera orientado a ella. Ahora bien, el señor Vicente nunca llegó a integrar una actividad como la de director de monjas en su vocación de misionero. Por eso excluyó el que sus propios misioneros se dedicaran a la dirección de religiosas de ninguna clase. Hubo entre ellos quien, deseoso de dedicarse a ello, recibió del fundador una negativa tajante. Y como el misionero le contestara que él, Vicente, sí se dedicaba a la dirección de religiosas, éste le contestó mansamente que efectiva­mente así era, pero que había empezado a hacerlo por orden superior antes de nacer la Congregación de la Misión, que había querido dejar repetidas veces ese trabajo, pero que no se lo habían permitido las autoridades eclesiásticas, en este caso el arzobispo de París. Este le había expedido en 1628 una renovación de su nombramiento de 1622 «por todo el tiempo que nos plazca». Este tiempo se prolongó hasta la muerte de Vicente de Paúl.

No hay indicios de que le pasara por la mente el dejar esta carga en vida de la fundadora, santa Juana Francisca Fremiot de Chantal. Y si le pasó por la mente probablemente no se hubiera atrevido a expresar su intención. Pues la relación de Vicente con la fundadora de la Visitación fue, en fuerte contraste con la que mantuvo con las muchas mujeres que cruzaran su camino, una relación basada en una especie de respeto reverencial en virtud del cual si la fundadora insiste, y lo hace, pues es una mujer de convicciones fuertes y decisiones, Vicente, que también es hombre de convicciones bien pensadas y consultadas> cede ante la opinión de ella, aunque es claro que sin ninguna convicción de que deba hacerlo. No se excluye en la actitud general del señor Vicente ante la Chantal un cierto respeto totalmente extraño a su carácter que a veces bordea incluso los límites de lo cursi en la expresión. Da la impresión de que ante la fuerte personalidad de la Chantal, Vicente no sabe encontrar el tono adecuado para mantener su punto de vista. Por otro lado, aunque fuerza y carácter no le faltaban, todo lo contrarío, no hubiera sido capaz de mantener su punto de vista a costa de un gesto bordeando lo cruel, como el de hacerle tragar a ella un plato de caracoles.

Por ejemplo, en un caso en que discreparon fuertemente sobre la conveniencia de nombrar visitadores canónicos para que se mantuviera la uniformidad y el orden en los diversos monasterios de la Visitación, sometidas a autoridades locales diferentes, prevaleció el criterio de la Chantal de no nombrarlos. Aunque Vicente había estudiado y consultado el asunto con todo detalle, según era su costumbre -tenía entonces sesenta años-, acabo cediendo en una carta de la que citamos literalmente, para que juzgue por sí mismo el lector, por si nuestro juicio en este asunto le hubiera parecido extraño: «No puedo expresarle, mi digna madre, la vergüenza que siento por haber insistido tanto en que usted me respondiera, y el gran deseo que siento de enmendarme… Me someto (a lo que la Chantal le ha escrito) de todo corazón; pienso que es voluntad de Dios, que se da a conocer por la de usted…». Sin embargo sigue la carta exponiendo unos puntos de vista que expresan la opinión del señor Vicente contraria a la de la Chantal, y, como asustado de su atrevimiento a pesar de su confesión anterior de sometimiento y propósito de la enmienda, dice de repente: «¡Jesús!, mi querida Madre, ¿qué estoy diciendo? ¿a dónde se me ha escapado mi espíritu para decirle lo que acabo de decir? Ya veo que aunque someto mí voluntad, no someto el juicio… Sin embargo no tengo ninguna duda de que ello (la opinión de la Chantal) no sea la voluntad de Dios, pues que lo es de nuestra digna madre, a la que honro y quiero más tiernamente que jamás hijo alguno, excepto Nuestro Señor, haya honrado y amado a su madre. Y creo que eso llega hasta tal punta que tenga suficiente estima y amor para repartir a todo el mundo. Y digo esto sin ninguna exageración». No todo lo que suena un poco extraño en esta carta ha de atribuirse a las peculiaridades del estila, tan inclinado a lo barroco, del tiempo. El señor Vicente cuando quería era muy sobrio en su expresión y muy poco barroco.

Hay otro tema más importante en el que Vicente se muestra agradecido a los dos fundadores de la Visitación, aunque estos le hicieron el favor sin saberlo y sin quererlo. En más de una ocasión llega a decir Vicente a las hijas de la caridad que a ellas se les permite hacer lo que no se permitió a las salesas: dedicarse sin los límites impuestos por la clausura a la atención a los enfermos pobres en sus propias casas. De esas palabras y de otros testimonios del tiempo se concluye que la fundación de la Visitación fue un ensayo anticipado y frustrado de lo que años después iban a ser y hacer las hijas de la caridad. Esto se dice y se repite aunque los testimonios en contra de este punto de vista son totalmente abrumadores.

Este es un resumen del caso. Lo mismo san Francisco de Sales que la Chantal tuvieron la intención al fundar la Visitación de darle un fin contemplativo. El nombre de la orden. Visitación de la Santísima Virgen María, no hace referencia en absoluto a la visita a los enfermos, como creen algunos, sino al pasaje evangélico así llamado. En el monasterio original fundado en Annecy dos monjas visitaban efectivamente a algunos enfermos en sus casas durante dos horas cada día. Esto lo hacían sólo cuando les correspondía por turnos mensuales. Las demás permanecían en el monasterio viviendo un ritmo de vida contemplativa y de clausura. Ni siquiera esta actividad limitadísima de atención a los enfermos se les permitió por mucho tiempo. Cinco o seis años duró la experiencia, que terminó por la intervención del obispo de Lyon, que era por cierto amigo de Francisco de Sales, y del mismo papa. Todo esto lo sabía sin duda con detalle Vicente de Paúl. De manera que cuando dice a las hijas de la caridad lo que hemos citado arriba no les puede querer decir que ellas son lo que no se permitió a las monjas de la Visitación, sino que ellas tienen como obligación principal lo que no se permitió hacer a las visitandinas ni siquiera de forma limitada.

Diecinueve años fue Vicente director de los monasterios de la Visitación de París, que llegaron a ser cuatro, en vida de la fundadora. Cuando murió ésta en 1641 Vicente tuvo una última y muy, curiosa experiencia con ese motivo. La veremos en su mo­mento.

(1623)

El cargo de director de la Visitación no impidió que el trabajo principal del señor Vicente siguiera siendo lo que había sido durante cuatro años antes de aceptarlo, las misiones rurales v las misiones a los galeotes. Una de estas últimas le llevó en 1623 a Burdeos, donde estaban fondeadas algunas de las galeras de su Majestad. Pocos meses antes, a finales de 1622, estas galeras habían participado al mando de Gondy en el sitio de La Rochela que acabó con el poder hugonote en esa plaza fuerte. Ya antes de salir de París para la misión tuvo Vicente la idea de una vez terminada ésta acercarse a su aldea natal y visitar a su familia. Aparte de sus sobrinos le quedaban al menos dos hermanos y una hermana, y tal vez su madre. Hacía al menos alrededor de veinte años, o tal vez más, que no había estado en su casa ni visto, que sepamos, a ningún miembro de su familia. Cualquiera hubiera encontrado razonable el que hiciera un tal viaje. Razonable lo encontraron también dos amigos suyos a quienes consultó sobre la conveniencia de ir a ver a su familia. El no se fiaba mucho de sí mismo, pues conocía bien los ímpetus de su corazón, y estaba escarmentado por el ejemplo de otros eclesiásticos a quienes él había visto hacer maravillas lejos de sus tierras, y después de una visita a su familia preocuparse en adelante de tal manera de los asuntos familiares que se hacían inútiles para la gente. «Tengo miedo, me decía -cuenta él mismo un año antes de morir, treinta y seis años después del hecho-, de apegarme de la misma forma a mis parientes».

No se equivocó. El señor Vicente se conocía demasiado bien para fiarse de que los antiguos sentimientos estuvieran ya bien muertos y enterrados. No lo estaban. Estuvo ocho días celebrando con sus familiares; celebrando en plan más religioso que otra cosa, con renovación de promesas del bautismo en la iglesia parroquial de Pouy, peregrinaciones piadosas al cercano santuario de Nuestra Señora de la Buglose, y repetidas advertencias a sus hermanos y sobrinos de que «no esperasen nada de mí, pues aunque tuviera cofres de oro y plata no les daría nada, ya que si un eclesiástico posee alguna cosa se la debe a Dios y a los pobres». Se la debe a Dios y a los pobres: el señor Vicente habla como un santo. Pero, ay, el corazón no va por donde va la lengua. «El día de mi partida sentí tanto dolor al dejar a mis pobres parientes que no hice más que llorar durante todo el viaje, derramando lágrimas casi sin parar». No está mal la confesión para este hombre hecho y derecho de cuarenta y tres años, apóstol de toscos campesinos, capellán de galeotes rudos. Se despide de familiares con quienes no ha tenido relación en veinte años, y se despide de ellos llorando como una niña. «Después de las lágrimas me entró el deseo de ayudarles a mejorar su situación, de darles a uno esto y aquello al otro. Mi espíritu, enternecido, les repartía lo que tenía y lo que no tenía». Tres meses le duró, de vuelta a París, lo que él califica justamente, en eso no se engaña, como «pasión importuna» y «tentación»: el fantasma, que creía muerto, del demonio que persiguió su sacerdocio juvenil. Se libró de él sangrientamente: «Pedí a Dios que me librara de esta tentación, y se lo pedí tanto que por fin tuvo compasión de mí y me quitó estos cariños por mis familiares. Y aunque andaban pidiendo limosna, y todavía andan así, me ha concedido la gracia de confiarles a su providencia».

No volvió Vicente a ver a ninguno de sus parientes en lo que le quedaba de vida, excepto a un sobrino que un buen día apareció por París con la esperanza de que su tío, entonces ya persona ,je famoso, le ayudara a encontrarse un camino en la vida. No encontró el sobrino, contra lo que esperaba, ayuda de ninguna clase en su tío, excepto una pequeña cantidad para ayudarle a pagar los gastos del viaje de vuelta a Pouy. Ni tampoco hizo nada, como no fuera desanimar a sus parientes, para que alguno de sus sobrinos se embarcara, como hizo él, en los estudios sacerdotales para hacer carrera.

Se podría decir que la ruptura del señor Vicente con su familia fue total después de su visita. Aún en su avanzada ancianidad mostraba cierta envidia por el «sacer­dote que lleva a su madre para atenderla en su casa, para devolverle en cierta medida lo que ella le dio». Pero en cuanto a sí mismo se limitó en lo sucesivo a recordar y querer a sus familiares «con un amor espiritual», como él mismo recomendaría después a sus misioneros. Vicente de Paúl deja a los cuarenta y tres años definitivamente atrás una visión de su vida, de su fe y de su sacerdocio que estuvo a punto de desviar por los caminos de la más gris vulgaridad su fuerte personalidad y la abundancia de la gracia de Dios sobre él.

(1624)

Algo más de un año después de aceptar la dirección del primer monasterio de la Visitación en París comenzó a conocer el señor Vicente a la mujer que, a la vez que recibiría de él una influencia decisiva, iba a influir en él más que ninguna otra persona. Esta mujer, Luisa de Marillac, no se parece en nada a la fuerte y brava Chantal, excepto en los agudos sufrimientos interiores que era tan capaz de soportar como ésta. Más bien era a primera vista una especie de Margarita de Silly, mujer que parece perderse por los caminos del espíritu si no se siente guiada con firmeza por una mano fuerte y varonil. Lo más curioso del caso es que la relación comenzó con muy poco entusiasmo por ambas partes. Por parte de Vicente, plenamente sumergido en sus trabajos de misionero ambulante, capellán de galeras y desde hacía algo más de un año director de la Visitación, el encargarse de la dirección espiritual de otra mujer además de Margarita de Silly sólo se podía aceptar como quien no tiene más remedio y por hacer un favor a un amigo. Un amigo fue, en efecto, quien se lo pidió, monseñor Camus, obispo de Belley, director de conciencia desde algunos años antes de Luisa de Marillac. Nombrado obispo siguió ejerciendo de director por correspondencia, medio sin duda lento y torpe en aquellos tiempos. Por el mismo Camus sabemos que el mero envío de una carta de Belley a París o viceversa se demoraba no menos de seis semanas. Camus completaba esta dirección epistolar con diálogos personales en los meses de invierno, tiempo en que solía acudir todos los años a París para asuntos de su diócesis y para predi­caciones. Pero a partir del invierno de 1622-1623 no pudo ir a París y, repetido al año siguiente ese motivo, se decidió a pasarle el trabajo de dirección de Luisa de Marillac a su amigo Vicente, cosa que hizo parece que a finales de 1624 o comienzos de 1625. En cuanto a Luisa de Marillac sabemos por sus escritos personales que unos meses antes de que Vicente comenzara a ser su director lo vio en algún tipo de visión misteriosa y no le gustó ni la persona ni la idea, que alguna voz le sopló al oído, de que aquel iba a ser su director espiritual. No le dijo nada de la visión al señor Vicente, y tampoco éste, suponemos, le diría nada de su poco gusto por la dirección espiritual, aunque en los primeros años le manifestaba de vez en cuando su impaciencia por la excesiva dependencia que mostraba Luisa como dirigida. Pero lo que comenzó sin ningún entusiasmo por parte de ambos se fue convirtiendo a lo largo de unos 36 ó 37 años en una de las relaciones de amistad profunda entre nombre y mujer que, controlando con firmeza y sublimando otras posibles manifestaciones afectivas, más fecunda ha resultado ser en la historia de la Iglesia y aun de la humanidad.

No hay que tomar en broma las visiones de Luisa de Marillac. Su director no tuvo más que una en su vida, como veremos. Pero a Luisa le brotaban las visiones desde joven y con toda naturalidad. Cuando las describe en su inimitable estilo sencillo y en su purísimo francés transparente y sin pretensiones, da la impresión de que el mundo de la visión es tan real para ella como el mundo de cada día. Sin duda lo era. Cuando ve visiones y las describe es evidente que ni se engaña ni nos engaña.

Hija de madre desconocida, y posiblemente de padre desconocido también, aunque parece que lo fue del noble Luis de Marillac, Luisa fue educada de muy niña en un convento de monjas de alta cultura y de alta oración. Ambas cosas asimiló Luisa con naturalidad desde su niñez. Terminada al venirle la adolescencia su estancia de pupila en el convento, pareció que la vocación obvia de una joven así educada y sin padres era otro convento, éste de rigurosa observancia, el de las capuchinas, donde no fue admitida por su salud frágil. No resultó ser tan frágil, pues vivió sus buenos 69 años. Murió unos meses antes que su director. Había nacido once años después que éste, en 1591, de manera que cuando se conocieron por vez primera Luisa tenía alrededor de 33 años. No aceptada en el convento, sus parientes le buscaron un candidato matrimonial de pequeña nobleza, Antonio Le Gras, adecuado para una hija natural y no legitimada de noble, con quien se casó en 1613 y del que tuvo un hijo. El marido murió a finales de 1625.

La primera carta que se conserva de los varios cientos que Vicente escribió a Luisa a lo largo de los 35 años es de un año escaso después de la muerte de Antonio Le Gras, de octubre de 1626. Luisa se le ha quejado en carta previa de que se haya ido sin avisarle a misionar a un pueblo a 28 leguas de París. Esta joven viuda parece repetir y prolongar la figura de Margarita de Silly, muerta el año anterior. Se presenta frágil, escrupulosa e insegura, necesitada de que se decida por ella y se le mande, hasta parece un poco llorona. En suma, el caso típico de mujer que juega a la perfección el papel de figura femenina sometida, necesitada de protección, dependiente y sin personalidad. Vicente de Paúl no parece estar aún por esas fechas dispuesto a quitar tiempo a su trabajo de misionero para dedicarlo a contestar por escrito a esa nueva dirigida que le bombardea con cartas angustiosas que piden ayuda y consejo. «El Señor mismo hará con usted de director», le contesta escuetamente.

Pero las cosas cambiaron pronto. Vicente fue descubriendo en Luisa lo que ella ni siquiera sospechaba que hubiera en sí misma: un alma profunda, aparentemente frágil, pero en realidad capaz del amor total; fuerte y resistente a la vez como el acero. Introvertida en apariencia y perdida en el laberinto de los pequeños problemas de su vida interior, era en realidad mujer totalmente olvidada de sí misma y volcada desde siempre al amor de Dios, y volcada desde los 38 años, ella que era noble y refinada por nacimiento y educación, al trabajo ingrato entre pobres de aspecto repugnante.

Vicente vio todo esto pronto en Luisa de Marillac, amó la imagen viva de Dios en ella, la amó como era capaz de hacerlo este hombre de gran corazón. En los primeros años la pluma de Vicente, que él sabía controlar tan bien con su inteligencia clara, se deja llevar a veces en sus breves cartas a Luisa de Marillac por expresiones que sorprenden por lo tiernas y afectuosas. Con el paso de los años fue reduciendo ascéticamente, hasta suprimirlas del todo, las expresiones de su afecto por Luisa de Marillac. Pero su afecto se hizo con los años más fuerte y más profundo. Su afecto y su admiración por ella. No era después de todo demasiado sorprendente que él mismo, que había nacido en el mundo rural y empezado su vida, según solía repetir en su ancianidad, como pastor de cerdos y ovejas, se desenvolviera con soltura entre los agrios olores y los sucios colores de los medios pobres de París y del mundo rural. Pero ella había nacido en cuna, a pesar de todo, noble, había recibido una educación refinada, sus amistades eran gente bien. Vicente le ayudó a descubrir poco a poco cómo también a ella Dios la llamaba a dedicar su vida de madre viuda a los hijos pobres de Dios a los que nadie quiere, a los condenados a galeras, a los niños abandonados, a los enfermos pobres y a los hacinados en los hospitales. Cómo eso le llevó a dejar sus amistades perfumadas, devotas e ilustradas, y a asociar su vida a campesinas de corazón grande, pero analfabetas y un poco toscas, a las que había que enseñar, y ella lo hizo con paciencia y con amor, a leer, a coser, a curar, a rezar, a vivir juntas sin rivalidad y sin envidias, a amar a todos sin dejarse engañar por nadie en la ciudad pecadora, a ser sirvientas de lo más pobre de París y de Francia. Pero ya antes se había hecho ella misma una sirvienta, ella, miembro de la orgullosa familia de los Marillac, con un tío. Miguel, alta personalidad política que estuvo a punto de ser primer ministro en lugar de Richelieu, y otro tío, brillante mariscal de los ejércitos de su Majestad, casado nada menos que con Catalina de Médicis, prima de la mismísima reina.

Todo esto era muy digno de admiración, y Vicente lo admiraba en ella. Y luego en sus hijas, las hijas de la caridad, en las que fue descubriendo, pues ella y ellas se lo fueron mostrando con toda sencillez y sin pretenderlo en absoluto, una imagen tangible del Cristo vivo que pasó haciendo el bien y dando un poco de esperanza a los pobres oprimidos de los campos de Galilea. Berulle le había introducido en la adoración de la grandeza misteriosa de un Verbo que se hacía hombre por amor a los hombres. En Luisa y en sus hijas de la caridad Vicente empezó poco a poco a descubrir con sorpresa la verdadera imagen encarnada de Jesús de Nazaret nacido de María y venido al mundo sin otro fin que el de anunciar el evangelio a los pobres. Y cuando Luisa murió, su director no pudo menos de exclamar en público refiriéndose a ella: «A veces pensaba delante de Dios y me decía: <Señor, tú quieres que hablemos de tu sierva>, ya que era obra de sus manos. Y me preguntaba: ¿Qué has visto en ella en los 38 años que la has conocido: ¿Qué has visto en ella? Era un alma pura en todo, pura en su juventud, en su matrimonio, en su viudez. ¡Qué hermoso cuadro, Dios mío! ¡Qué humildad, qué fe, qué prudencia, qué buen juicio, y siempre con la preocupación de conformar sus acciones con las de Nuestro Señor!».

Aquella que él había conocido viuda joven, frágil, nerviosa, dependiente y hasta un poco pesada, había llegado a ser una de las reproducciones más fieles que él conociera jamás de la imagen humana de su Dios y Señor.

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Más o menos por el tiempo en que comenzó a dirigir a Luisa de Marillac inició Vicente otra amistad que iba a resultar ser la más extraña en su vida, y que estuvo a punto de terminar, caso único en la historia de sus muchas amistades, de bruces.

Juan Duvergier de Hauranne, conocido en la historia como Saint Cyran, había nacido un año después que Vicente, en Bayona, a muy pocos kilómetros de la aldea de Pouy, en la orilla sur del río Adour que señala el límite entre el país vasco-francés y Las Landas. Era, pues, vasco, mientras que Vicente era gascón. Aunque su primer biógrafo, Abelly, atribuye a Vicente conocimiento, entre otras lenguas, del vasco, puede tenerse el dato como falso. Tal vez supiera alguna palabra que otra por la cercanía de su tierra natal al país vasco, pero nada más. De modo que entre otras razones para la amistad entre nuestros dos hombres pudo influir la cercanía de sus lugares de origen.

Las otras razones posibles ya son más difíciles de imaginar, pues difícilmente se hubieran podido encontrar dos caracteres tan diferentes como los de estos dos hombres. Los unía en la amistad un mismo interés sincero por la reforma de la iglesia, así como el deseo común a ambos de vivir una auténtica vida espiritual y evangélica. Ambos habían sido influidos fuertemente en este aspecto directamente por Berulle. Pero no es nada fácil construir una amistad permanente simplemente sobre la base de ideales comunes si la cercanía de temperamento no proporciona el elemento de sensibilidad necesario en toda verdadera amistad. No es dudoso, sino seguro, que la amistad fue entre los dos bastante íntima y fuerte durante unos diez años, de 1624 hasta alrededor de 1634. También parece seguro que el señor Vicente admiraba el saber teológico de Saint Cyran, muy superior al suyo propio, hasta que empezó a descubrir en sus opiniones ciertos aspectos que a Vicente le parecieron sospechosos. Pero, sinceramente, nos parece excesivo que Vicente escribiera y firmara de su puño y letra un testimonio sobre su amigo que dice así: «lo considero uno de los mejores hombres que he conocido». Aun dando lugar para un poco de retórica en ese juicio no era en manera alguna Saint Cyran una de las mejores personas que había conocido el señor Vicente cuando dicen que escribió eso en 1639. Cuando dicen que escribió eso, pues no es nada seguro que lo escribiera, como se verá en su lugar.

A diferencia de su amigo Vicente, Saint Cyran tuvo desde la niñez medios suficientes para una buena educación, pues procedía de una familia burguesa muy acomodada enriquecida con el comercio. Después de los estudios de hu­manidades con los jesuitas, a los 19 años comenzó estudios en la Sorbona, y luego en Lovaina, donde estudió teología hasta 1604, aunque no en la univer­sidad sino en el colegio de los jesuitas, quienes expresaron su alto aprecio por las brillantes cualidades del estudiante. Volvió a París para otros dos años de estudios. Fue en la segunda estancia en París cuando entró en relación con un estudiante de los Países Bajos, Cornelius Jansenn, conocido como Jansenio. Ambos eran muy capaces para el estudio, obsesionados por el estudio de la teología, insatisfechos de la forma escolástica en que se impartía en las facul­tades de París. Saint Cyran llegó a convencerse de que los profesores de la Sorbona, aun los más respetados, tal un Duval, no podían darle lo que su alma, radical y sedienta de absolutos, ansiaba oscuramente. Creyó que podía conseguir por su cuenta lo que la teología oficial no le daría nunca. Animó a su amigo flamenco a viajar hacia el sur, a su propia casa de Bayona, donde se dedicaron durante siete años al estudio profundo de la Escritura y de los santos padres, en particular de san Agustín. Hacia 1616 Jansenio se despidió de su amigo y volvió a su tierra. Saint Cyran dejó también su casa y se instaló en Poitiers, y fue ordenado sacerdote. El obispo le dio la abadía de Saint Cyran, que le dio el nombre con el que ha pasado a la historia. Pocos años después, sin que se sepa cuándo, Vicente y Saint Cyran se conocieron, y se hicieron amigos sin que se sepa cómo, aunque probablemente a través de Berulle. La amistad fue desde el principio sólida y sincera, hasta el punto de que en sus comienzos, hacia 1624, parece que incluso llegaron a poner en común sus recursos eco­nómicos. Y aunque Saint Cyran nunca vio con excesiva simpatía, como tampoco lo hizo Berulle, el que su amigo fundara la Congregación de la Misión, y aún menos que se trasladara de los Buenos Hijos al priorato de San Lázaro, le prestó ayuda en ambos casos, muy a diferencia de Berulle que se opuso a lo primero con todos los medios a su alcance. Precisamente el traslado de Vicente a San Lázaro en 1632 nos da la fecha precisa. en que los dos hombres dejaron prác­ticamente de verse, según declara el mismo Saint Cyran, por la distancia, pues San Lázaro se encontraba en las afueras de París, mientras que él vivía en el centro de la ciudad, cerca de Notre Dame. Pero lo que pudo llegar a haber producido una ruptura definitiva de la amistad se dio unos pocos años más tarde, en 1637, y por otras razones muy diferentes que veremos en su momento.

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Aunque la amistad y casi posterior ruptura con Saint Cyran han impresionado fuertemente a los historiadores, más importante para la vida del señor Vicente fue otro hecho callado y pequeño que tuvo lugar también probablemente muy al comienzo del año 1624 o tal vez a fines del año anterior. El hecho consistió en unos días de ejercicios espirituales en Soissons, cuyo fruto fue la segunda fundación de Vicente, la de la Congregación de la Misión, al año siguiente.

Sin embargo el hacer esos ejercicios se debió precisamente a que el señor Vicente quiso enfriar sus ganas impetuosas de hacerse fundador. Llevaba unos seis años de misionero ambulante. Como se vio, buscaba para cada misión colaboradores ocasionales bien del clero secular, bien religiosos. De estos últimos eran, por ejemplo, los que le ayudaron a misionar las galeras en Burdeos, dos en cada galera. La señora de Gondy tuvo la idea de hacer de las misiones en sus tierras un trabajo permanente sobre la base económica de una cantidad de libras que quedaba a disposición de quien quisiera asumir el trabajo. Solicitadas a ello, se negaron al menos dos comunidades, la de los jesuitas y la de los oratorianos. Fue entonces cuando sugirió al señor Vicente el que asumiera él mismo ese compromiso junto con algunos de los sacerdotes que colaboraban con él. En otras palabras, aunque tal vez sin decírselo expresamente, le estaba sugiriendo que fundara él mismo un grupo o una cofradía sacerdotal, o algo en fin que tuviera como trabajo fijo el misionar sus tierras y las de su marido.

«Vicente Depaul, hijo de Juan Depaul, nacido en la aldea de Pouy en Gascuña, pastor en su niñez, fundador de la orden de…». La primera vez que la idea resonó en su cerebro le debió de sonar a música triunfal. Eso sí que merecía la pena. ¿Sería eso lo que le esperaba, sería eso el oscuro objeto de los sueños de su juventud, lo que había buscado a tientas y a ciegas, ambiciosamente y hasta un poco locamente? ¿No era eso mejor que ser párroco de Tilh, mejor incluso que ser obispo? Después de todo la mayor parte de los obispos mueren en el anonimato, mientras que la mayor parte de los fundadores… Era mejor no pensarlo; daba hasta un poco de vértigo.

Pero aunque el Vicente de 1624 es la misma persona que en 1604 quiso ser obispo, y está sometido a tentaciones parecidas, ya no es, definitivamente, el mismo. «Cuando, al comienzo del proyecto de la Misión, me encontraba en una preocu­pación mental continua, empecé a dudar si no procedería de la naturaleza o del espíritu del mal. Hice unos ejercicios en Soissons para pedir a Dios que me quitara del alma el placer y la prisa por fundar. Quiso Dios escucharme, y me lo quitó. Quiero mantenerme siempre en esta práctica de no emprender ni hacer nada mien­tras esté en estos ardores de esperanza cuando se me presentan proyectos de grandes obras, por buenas que sean».

Esto lo dejó escrito a los 62 años Sigue estando sometido en esa edad a la tentación de los «ardores de esperanza» ante la visión de grandes obras y de grandes bienes. Pero no cede ante los ardores como cedía en su juventud. Ni cedió tampoco cuando a los 45 años fundó la Congregación de la Misión. Se decidió a hacerlo cuando, después de oraciones, de ejercicios espirituales y de consultar a su amigo y director espiritual André Duval, consiguió dominar su corazón tumultuoso y caer «en las disposiciones contrarias», lo que en su lenguaje parece querer decir: cuando empezó a darle no ardor sino tal vez miedo el embarcarse en una nueva fundación, cuando había tantas en París con las que no se podía contar para una cosa aparentemente tan sencilla como la de dar catecismo a los campesinos.

Se embarcó, sin embargo, en ello, pues nunca fue Vicente ni de joven ni de adulto un hombre que tomara o dejara de tomar decisiones por las dificultades que se le presentaran. Convencido finalmente de que por boca de Margarita de Silly había hablado Dios, al año siguiente, 1625, firmaba con ella y con su marido un com­promiso-contrato para fundar una congregación, cofradía, o lo que fuera, de sacer­dotes para llevar a cabo lo que le había sugerido la señora de Gondy. El contrato aseguraba la subsistencia de un grupo de unos siete sacerdotes. Un año antes, sin duda por mediación de los Gondy, se le había otorgado a Vicente por autoridad del arzobispo de París, hermano de Gondy, la propiedad y el rectorado de un colegio mayor, el de los Buenos Hijos, edificio en no muy buen estado, y tampoco muy grande, pero suficiente para proveer de alojamiento al pequeño grupo de sacerdotes que se suponía estarían dispuestos a asociársele en el trabajo misionero.

Para darle tal propiedad y tal título de rector o principal Vicente necesitaba la licenciatura en alguna de las ciencias impartidas en la universidad. El 7 de febrero de 1624 no parecía tener aún el título en cuestión, pues no lo usa en un documento firmado por él en esa fecha. Sí lo exhibe por primera vez veintitrés días más tarde en otro documento notarial por el que concede a Portail poderes para tomar en su nombre posesión del colegio. Es difícil evitar la impresión de que el título de licenciado en derecho canónico le fue tan regalado como el colegio. Parecería muy difícil que Vicente pudiera haber hecho los estudios necesarios pana conseguir un tal título en los seis años de misionero ambulante que precedieron a su concesión. En cuanto a la asistencia regular a clases, eso hay que excluirlo como imposible. Sí podía haber hecho una y otra cosa en los años de su primera estancia en casa de los Gondy, de 1613 a 1617, pero eso quedaba demasiado lejos de la fecha probable de la concesión del título, 1624. Mousnier, historiador francés que conoce muy bien las instituciones del tiempo, nos asegura que la concesión de muchos títulos de licenciatura precisamente en la facultad de derecho de la Sorbona no dependía siempre de méritos de estudio o de asistencia a las aulas. Se daban por influencias y a veces hasta se vendían sin mayor dificultad. Vicente de Paúl mostrará a lo largo de su vida un conocimiento más que ordinario en cuestiones de derecho civil y canónico. Es evidente que lo ha estudiado y lo conoce. Pero no parece posible que encontrara el tiempo para los estudios universitarios nece­sarios para conseguir el título. Los datos seguros que sabemos de su vida hacen muy difícil, por no decir imposible, imaginarlo de estudiante en la Sorbona.

Como quiera que fuera, el 6 de mayo de 1624 Portail tomó en nombre del señor Vicente Depaul posesión del colegio. Mientras que Vicente seguiría viviendo en casa de los Gondy aún durante algo más de un año, Portail hizo del colegio su morada parece que desde el momento mismo de la toma de posesión. Ahí seguiría viviendo hasta que junto con el señor Vicente se trasladaría a San Lázaro en 1632.

(1625)

Los diversos tanteos y proyectos de la señora de Gondy para encontrar un medio estable de asegurar la evangelización de sus campesinos vinieron a dar en un documento firmado por ambos esposos y por el señor Vicente Depaul el 17 de abril de 1625. Este documento se suele considerar como el acta de fundación de la Congregación de la Misión, aunque no lo es del todo, entre otras razones porque no había en el momento de firmarlo más miembro de tal hipotética congregación que el firmante, Vicente Depaul. Aún así, aunque la idea de lo que iba a ser su congregación cambió mucho con el tiempo sobre lo que él imaginaba en 1625, es sorprendente ver ya en esta temprana fecha la claridad de sus ideas acerca de algunos de los aspectos básicos de su futura congregación.

La idea fundamental es de alcance modesto: Vicente Depaul se compromete en el contrato a encontrar en el plazo de un año a seis sacerdotes que se dediquen exclusivamente «al cuidado del pobre pueblo de los campos», evitando «predicar y administrar los sacramentos» en las ciudades, y en particular a misionar cada cinco años todas las tierras de los Gondy. Misionar quiere decir en este documento «predicar, instruir, exhortar, catequizar y animar a hacer confesión general»; o sea, continuar con e) tipo de misión básicamente catequizadora que Vicente había ido creando él mismo en los últimos siete años. En el documento se reconoce que Vicente «ha adquirido experiencia en dichas misiones», y que Dios las ha bendecido abundantemente. Un trabajo adicional que también se especifica es «la asistencia espiritual a los pobres forzados» de las galeras.

Por su parte los Gondy se comprometen a entregarle 45.000 libras para que de­bidamente invertidas en fincas y otros tipos de rentas, produzcan unos intereses de tos que pueda vivir el grupo de misioneros que se espera crear. La cantidad es en sí misma bastante importante, pero no es fácil dar un equivalente en moneda actual. Calculando un modesto cinco por ciento de intereses, cada uno de los siete componentes del grupo misionero vendría a percibir para su subsistencia unas 320 libras al año, un poco más de lo que percibían la mayor parte de los párrocos de aquel tiempo. Esta generosidad por parte de los Gondy era necesaria si se quería el proyecto, pues el futuro grupo misionero no tenía más medios de subsistencia que ese dinero y el colegio de los Buenos Hijos, que en el momento de la firma era propiedad personal de Vicente de Paúl, y Vicente se comprometía además a no cobrar absolutamente nada a nadie por los trabajos misioneros entre los cam­pesinos. Los Gondy expresan su voluntad de ser reconocidos como cofundadores, cosa que Vicente hizo siempre, pero renuncian expresamente a todo derecho dado por las leyes eclesiásticas a patronos y fundadores a intervenir en el nombramiento de los cargos en el grupo que se constituya. Por su parte Vicente consigue para sí mismo y sus compañeros independencia también en «la gerencia, gobierno y administración de los bienes como cosa propia».

En el documento el grupo recibe el nombre, vago aún, como era también vaga y poco definida la naturaleza jurídica del grupo previsto, de «Compañía, Congre­gación o Cofradía de padres o sacerdotes de la Misión». Nótese de paso que cuando años más tarde, hablando a los miembros de su congregación, atribuye Vicente al pueblo el origen del nombre de «misioneros» o «padres de la misión» en cuanto aplicado a ellos, no tiene en cuenta del todo la precisión de las fechas. El nombre se lo dio él mismo en 1625 antes de que existieran, aunque es fácil imaginar que el pueblo se lo aplicara espontáneamente a él y a sus colaboradores ya antes de fundar la Congregación de la Misión en 1625-1626.

Los sacerdotes que se unieran al señor Vicente debían tener «doctrina, piedad y capacidad» reconocidas, lo cual exigía un cuidadoso trabajo de selección entre los posibles candidatos. En el clero, muy abundante, de aquel tiempo abundaban los ignorantes, los poco piadosos y los nada capaces. La Congregación de la Misión se constituye, pues, como ha sido el caso de casi todas las fundaciones de co­munidades masculinas en la iglesia desde el siglo XVI, en cuerpo de élite. Para dedicarse toda la vida a evangelizar a campesinos y galeotes no vale cualquier sacerdote.

Los que den su nombre a la nueva congregación deberán antes renunciar «a todos los cargos, beneficios y dignidades». El señor Vicente recordará con frecuencia a sus hombres en años posteriores que «no hemos de buscar descanso, contento ni bendiciones más que en la Misión». El superior va a ser el señor Depaul hasta que se muera. Bajo su obediencia y la de un reglamento que se redactará vivirán en común los eclesiásticos que se le unan. En el caso de muerte del señor Vicente elegirán «por mayoría de votos a uno de ellos para superior en lugar de dicho señor Depaul». Esta cláusula revela a las claras que lo que proyectaba Vicente no era en manera alguna un grupa provisional de trabajo sino una institución aún no del todo definida pero estable, y que no dependiera para su existencia de que viviera o no el fundador.

Nótese, por otro lado, que la renuncia a todo cargo, beneficio y dignidad dejaba a un sacerdote secular de aquel tiempo literalmente a la intemperie. Había que tener coraje para renunciar a todos los medios de vida reconocidos por los cánones y fiarse de que el experimento del señor Vicente iba a funcionar. El mismo, que en su juventud anduvo tan obsesionado por los medios de vida y la posesión de dignidades, dio muestras de un coraje verdaderamente radical al fiar su futuro personal y el de su obra a la frágil base de un no muy grande capital en dinero y de un colegio medio en ruinas. Pero aún hizo más. Un año después renunciaba en favor de sus familiares a los pocos bienes heredados de su padre, a la parroquia de Clichy de la que había sido titular desde 1612, y a la propiedad del colegio de los Buenos Hijos en favor de la Congregación de la Misión, cuando ésta ya estaba constituida y constaba de tres miembros además del fundador.

Desnudado y despojado por fin de todo lo que había sido sueño, anhelo y aspiración de sus años mozos, Vicente de Paúl comienza el largo peregrinaje de los 35 años que le quedan de vida sostenido, animado y alimentado sólo por un ideal obsesivo: la evangelización de los campesinos. Para ello asocia a su visión a un grupo de sacerdotes que se llamará con el tiempo escuetamente Congregación de la Misión. La Congregación de la Misión se va a hacer un ente complejo, y sus trabajos van a diversificarse y crecer de maneras y por caminos que él ni sospechaba cuando proyecta fundarla en 1625. Va a ser por otro lado la primera de otras obras de gran envergadura de las que no sabe nada cuando firma el contrato con los Gondy. Su ideal de evangelización de los campesinos no sólo no sufrirá por ello ninguna dilución sino que se ampliará hacia otras clases de gentes pobres en una gran diversidad de obras y de maneras de expresarse. Así como, según solía decir Vicente a sus misioneros en años posteriores, las obras de Cristo son todas ellas obras redentoras, incluso la sed, el sueño y el descanso de Cristo, todas las obras que emprenderá en adelante este discípulo de Cristo estarán destinadas a llevar a cabo bajo mil disfraces un solo ideal: la redención de los pobres.

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Un par de meses después de firmado el contrato falleció Margarita de Silly. Aunque en el contrato de fundación los señores de Gondy expresaban el deseo de que Vicente siguiera «residiendo en su casa como hasta ahora», la muerte de la señora privaba de todo sentido a la estancia de Vicente en casa de los Gondy, mientras que crearía sin duda problemas a su proyecto de reunir y dirigir el grupo de misioneros que se había comprometido a crear. A finales de 1625, con la anuencia del señor de Gondy, quien un año escaso más tarde ingresaría en el Oratorio para ser ordenado posteriormente sacerdote, el señor Vicente abandonaba definitiva­mente la morada de los Gondy. Había pisado por primera vez esa noble casa doce años antes, años que resultaron decisivos para su vida de hombre y de creyente. Vicente conservó gratitud perpetua no sólo a los esposos Gondy sino a toda la familia, gratitud que le costaría cara, lo veremos, en relación al tercero de los hijos, Juan Francisco Pablo, el futuro notorio cardenal de Retz, nacido justamente cuando Vicente entró por primera vez en la casa, y que tenía por tanto doce años cuando Vicente la dejó por segunda vez. La dejó ahora definitivamente, y se fue a vivir con Portail, primero y único hasta el momento de los sacerdotes reclutados para la Misión, al colegio de los Buenos Hijos.

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