Una comunidad más firme y más sólida

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la MisiónLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Pérez Flores, C.M. · Año publicación original: 1996 · Fuente: CEME.
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La vivencia de los votos

La Compañía es así más perfecta… (X, 397)

1. La primera dimensión es la vivencia de los votos. Podemos concretar esta cuestión en las siguientes preguntas: ¿Hasta qué punto han influido los votos en la vida espiritual, personal, comunitaria y apostólica? ¿Fueron válidas las razones que san Vicente alegó para introducir los votos en la Congregación? ¿Qué fuerza han tenido para resolver las crisis de vocación? La estructura jurídica de los votos, no tan rígida como la de los religiosos, ¿ha creado una mentalidad de fácil dispensa de los mismos? El hecho de considerarse del clero secular, ¿ha favorecido el abandono de la Congregación y ha facilitado el paso al clero secural diocesano?

2. La dimensión vivencial es difícil de analizar y describir. Pertenece en gran parte al ámbito de la conciencia del misionero. En principio, la multitud de misioneros que han perseverado en la Congregación, entregando su vida a Dios, a la Iglesia y a los pobres, obliga a pensar y creer sinceramente, que los votos han sido vigorosos dinamismos espirituales, comunitarios y apostólicos, tal como san Vicente lo pensó y quiso. Lo que sucede es que no conocemos las biografías de la inmensa mayoría de los misioneros. Son poquísimos los biografiados en profundidad.

3. Tenemos signos de épocas más o menos críticas de la vida de la Con­gregación, en las que la inobservancia de las Reglas y la decadencia apostólica nos permiten intuir que la fidelidad a los votos no fue buena. Pero no siempre es fácil señalar las causas de los fallos en la práctica de los votos. Ha habido perío­dos de mal gobierno, de crisis vocacionales colectivas, de normas inactualizadas, etc. que pudieron ser causas u ocasiones, al menos, de infidelidad a los votos.

4. No obstante la dificultad de poder tener un conocimiento de la dimen­sión vivencia) a nivel de las personas, las Circulares de los Superiores Generales y los Decretos de las Asambleas Generales y Sexenales nos pueden insinuar algo de cómo se practicaron los votos en la Congregación, sin poder medir la exten­sión de las faltas contra los votos, denunciadas por los Superiores Generales. Suponemos que, cuando las corrigieron en una Circular dirigida a toda la Con­gregación, era porque afectaban de alguna manera a toda ella o a gran parte de ella, y lo mismo hay que decir cuando exhortaron a la fidelidad, o cuando las Asambleas dieron Decretos sobre la práctica de los votos.

Las circulares de los Superiores Generales

5. A la muerte de los Fundadores, las Comunidades corren el riesgo de per­der el vigor del carisma, al faltar la fuerza de la presencia del Fundador. La solu­ción histórica ha sido invocar al Fundador, a su espíritu y, a la vez, buscar apoyo en las instituciones. Según el parecer de algunos historiadores de la Congrega­ción, este fenómeno se ha dado en ella. El P. Allou, A. es de la opinión de que los superioratos de san Vicente y del P. Alméras fueron años de preparación, naci­miento, consolidación y organización de la Congregación. En los de los padres Jolly, Pierron y Watel de desarrollo y crecimiento, y en el generalato del P. Bon­net, empezó un período de crisis. Otros historiadores han calificado al período que va desde 1737 a 1789, como de relajación y aburguesamiento. Para que la exposición sea ordenada, voy a seguir la división que de la historia de la Congregación ofrece el P. Román, J. Mª.

1. Crisis congregacional (1703-1746)

6. Los períodos que se extienden desde 1703 hasta 1746 se consideran como períodos de crisis eclesial y congregacional. Los Superiores Generales de esta época son el P. Watel (1703-1710), el P. Bonnet (1711-1735) y el P. Couty (1736-1746).

7. La primera circular del P. Bonnet (1711), recién elegido Superior Gene­ral, es muy significativa. Resumió lo que se dijo en la Asamblea General sobre las faltas contra los votos. Denunció los abusos contra la pobreza, como el hacer rega­los, guardar el dinero para sí mismos, retener los estipendios de las misas para conseguir comodidades, objetos curiosos, muebles superfluos. Otros casos denun­ciados fueron el usar camisas de color verde o violeta, o de piel de castor o de lana elaborada, bastones lujosos de gran precio. Más importante fue la denuncia que hizo de la mentalidad reinante, bastante extendida, ce que aquellas faltas no eran contra el voto, sino contra la perfección de la virtud a la que no estaban obli­gados.

8. Condenó fuertemente la opinión de quienes defendían que no había que obedecer a los Superiores locales. En cuanto a la castidad, se limitó a poner en guardia a los misioneros, en el trato con personas de distinto sexos.

9. En la circular de 1724, el primer tema que trató el P. Bonnet fue sobre los votos. Denunció las mismas faltas e hizo referencia al voto de estabilidad. Deseó el P. Bonnet infundir en los jóvenes el amor a la vocación, que no puede ser ni más excelente ni más santa por ser la misma que la de nuestro Señor. Acon­sejó no frecuentar a las personas del mundo que puedan infundir desagrado por este trabajo o sugerir proyectos conducentes a desertar de la vocación.

10. En casi todas las circulares, el P. Bonnet corrigió las faltas contra la pobreza: las pelucas, los vestidos, las borlas de los bonetes como si los misioneros fueran abades o canónigos, claramente contrarios a la sencillez vicenciana. Prohi­bió el tabaco, los viajes inútiles y costosos, el juego, comidas fuera de casa, etc..

11. Su sucesor, el P. Couty, siguió en la misma línea. En la circular del 1 de enero de 1736, prohibió el uso de hebillas de plata en los zapatos, el uso de relojes, los cubiertos y las petacas de plata. Al despedir a los diputados de la Asamblea Sexenal de 1742, se mostró apenado: No dudéis de mi aflicción, les dijo, a causa de las faltas contra la pobreza. El dolor lo manifestó una vez más al iniciar el año de 1744. En cuanto a la obediencia, condenó la independencia de algunos misioneros.

2. Relajación y aburguesamiento (1747-1787)

12. A este período que se extiende desde 1747 a 1787, lo han calificado los historiadores de la Congregación, de relajación y aburguesamiento. Corres­ponde a los Superiores Generales PP. De Bras (1747-1761) y Jacquier (1762-1787). El P. de Bras, elegido Superior General cuando tenía 70 años de edad, siguió corrigiendo los mismos abusos contra la pobreza, que aumentaron, favorecidos por las circunstancias ambientales de mundanización. Entre las faltas, enumeró el juego de cartas, los viajes, el uso de los relojes, usar las cosas como propias y el lujo en los vestidos.

13. La Asamblea General que eligió al P. De Bras ordenó todo lo referente a la pobreza. Los Decretos sobre la pobreza emanadas en la Asamblea General de 1747 son el inicio de una nueva época en la historia del voto de pobreza de la Congregación9. El P. De Bras se dio cuenta de que muchas faltas de pobreza dependían de que los Superiores no satisfacían razonablemente muchas necesi­dades de los miembros de su comunidad. En cuanto a la obediencia, condenó el espíritu de independencia, manifestado en no pedir los permisos debidos.

14. El P. Jacquier (1762-1787) condenó con el estilo solemne del tiempo el espíritu mundano, la vanidad, la sensualidad que se introducía en las comunida­des. En la Circular del 1.1.1765, se admiró de cómo hombres instruidos y quizá severos para con los otros son tan laxos en cuestiones de pobreza. Al enumerar la lista de faltas, citó las habituales: retención del dinero, viajes inútiles, ajuar super­fluo. Avisó contra la relajación: La medidas que se están tomando hoy para refor­mar las comunidades, célebres en otros tiempos por su fervor ¿no quiere decir que ya no son las comunidades de otros tiempos y que existe el temor de degenerar y perder poco a poco el espíritu primero, de dar lugar al espíritu del mundo, de con­vertir en escuelas de pasiones las que antes fueron de virtudes? Puso en guardia sobre el uso de las pelucas, el culto excesivo del cabello y el salir de casa para comer bien». El P. Jacquier planteó, junto a la infidelidad al voto de pobreza, la falta de justicia que también se puede cometer por el mal uso de los bienes de la comunidad y la indebida disposición de los mismos.

3. Alcance de las faltas contra los votos

15. Al final de esta época, nos podemos preguntar sobre el alcance, medi­da y profundidad de tales fallos. Es difícil determinarlo. El tono de las Circulares da a entender que las faltas tenían cierta extensión, pero al mismo tiempo se ve que la observancia de los votos era considerable en muchos misioneros. Los Supe­riores levantaron la voz y actuaron oportunamente contra las faltas, poniendo los remedios a su alcance. El P. Bonnet no dudó en expulsar a uno de sus Asistentes por falta de obediencia a las direcciones de la Iglesia y de los Superiores, a causa del jansenismo. Otros signos de salud eran que las misiones ad gentes se refor­zaron, se mejoró la labor en los Seminarios y siguió aumentado el personal. Entre 1711 y 1735, siendo Superior General el P. Bonnet, fueron admitidos a los votos 940 clérigos y 438 Hermanos. Entre 1762 y 1787 hicieron los votos 1.284 clé­rigos y 414 Hermanos. Otros acontecimientos indican que, no obstante las faltas contra los votos, la Compañía estaba viva, pujante apostólica y comunitariamente. El P. De Bras dio gracias a Dios por haber librado a la Compañía del contagio del siglo, de su vanidad y de su impiedad, y pidió que se conservase el espíritu de san Vicente transmitido por nuestros mayores.

4. El impacto destructor de la Revolución (1787-1800)

16. Durante estos años (1787-1800), la Congregación sufrió las con­secuencias de la revolución francesa e inició la restauración. Al Superior General, P. Cayla de la Garde (1787-1800), le tocó gobernar la Congregación en estos duros años. No es éste lugar de narrar todos los acontecimientos que sucedieron en Francia y que afectaron profundamente a la Congregación. Podemos decir que la Congregación, en Francia, se jugó su existencia. El mismo P. Cayla, después de peregrinar por Europa, se quedó en Roma en donde murió en 1800. La Con­gregación, al igual que las demás comunidades religiosas, fue suprimida y sus miembros se dispersaron. Unos sufrieron el martirio, algunos fueron ahogados, otros deportados, otros desterrados o se autoexiliaron o vivieron escondidos hasta que mejoraron las circunstancias, y otros se dejaron vencer por la maldad de los tiempos. Parece ser que abandonaron el celibato sacerdotal y se casaron unos 40 miembros de la Congregación.

17. En estas circunstancias, ése puede plantear la cuestión de la fidelidad a los votos? No sería justo. Si se puede admirar el heroísmo de algunos, es muy difícil condenar los fallos de los otros. La confusión era grande y los aconteci­mientos imprevisibles.

18. Dejando aparte la vida de los misioneros de Francia, la Congregación vivía y trabajaba en otras naciones: Polonia, Italia, España, Portugal, Isla de Bar­bón y Próximo Oriente, China. El P. Cayla gobernó desde Roma a esta porción de la Congregación. En las Circulares, que escribió desde Roma, se limitó a dar noticias de la Congregación, a exhortar al cumplimiento de las Reglas y a agra­decer a las Provincias, como Italia y España, que habían acogido a los misione­ros huidos de Francia.

5. La restauración frustrada (1800-1827)

19. Durante estos años de 1800-1827, la preocupación del gobierno de los Vicarios Generales franceses —desde la muerte del P. Cayla hasta la elección del P. Wailly en 1827, no hubo Superiores Generales—, fue recoger a los miembros dispersos de la Congregación. En tiempos del P. Verbert, parece que había en Francia unos 100 misioneros. Muchos de ellos, por edad, por los trabajos pasto­rales asumidos en las diócesis, o porque habían perdido el sentido de su perte­nencia a la Compañía, no volvieron a vivir la vida comunitaria en la Congrega­ción. Es claro que para éstos, el voto de estabilidad no tenía fuerza.

20. Los Vicarios Generales italianos se preocuparon de mantener el espíritu de la Congregación en la zona que les correspondía. El P. Sicardi, en la Circular del 1 de enero de 1816, se lamentó de los estragos que había ocasionado la revolución y la comparó a un vendaval venido del norte que ha soplado impetuo­samente sobre un horno y ha encendido una inmensa hoguera. El fuego ha calci­nado a unos, a otros ha agitado y a otros los ha purificado. Clasificó a los misio­neros en varios grupos: los que han abandonado la vocación y no pueden volver; los quepudiendo volver no quieren, los que dicen que la Congregación ha sido suprimida por no se sabe qué decreto de Roma y nada quieren saber de ella. «¡Ay! no han pensado en el voto de estabilidad». Otro grupo lo forman los que han permanecido fieles».

21. El P. Baccari corrigió las faltas contra la pobreza y repitió, como él mismo dijo, las que había corregido mucho antes el P. Bonnet, añadiendo por su parte, la moderación en el uso del café y del chocolate. El P. Baccari se esforzó por conseguir un retorno literal a la práctica de las Reglas en la pobreza y en la obediencia. Los títulos de sus Circulares son muy significativos: Espíritu de la Mis­ión, Espíritu del mundo, Observancia de las Reglas, Oración, Espíritu de humil­dad, Fervor. Buscó, más que fomentar el apostolado, fortalecer la vida espiritual del misionero. Por lo que a los votos se refiere, insistió en superar las des­igualdades en el estilo de vida, fruto del tiempo y de las circunstancias. Dada la pobreza en la que vivían la mayor parte de la comunidades, interpretó razona­blemente la ley de la gratuidad de las misiones».

6. La restauración como vuelta al pasado (1827-1843)

22. El gobierno de los Vicarios Generales se terminó con el nombramiento del P. De Wailly, hecho directamente por el Papa León XII, mediante el Breve «Anteactae temporum vicissitudines», del 16 de enero de 1827, por imposibilidad de celebrar la Asamblea General. Duró poco su generalato. Murió el 26 de octu­bre de 1828. Los planes de restauración, insinuados en su primera circular que­daron truncados. Le sucedió el P. Salhorgne (1826-1836), un anciano de 72 años de edad. En su tiempo, tuvieron lugar la Traslación de las Reliquias de san Vicente y las Apariciones de la Milagrosa a santa Catalina, (1830), augurio de tiempos mejores. Dimitió del cargo el 15 de agosto de 1835. En sus Circulares, insistió en la necesidad de volver al espíritu primitivo, punto de referencia para la aspirada renovación.

23. El último Superior General de esta etapa fue el P. Nozo (1835-1842). Dejamos a un lado los tristes acontecimientos que sufrió desde los principios de su generalato hasta abandonar la Congregación y morir fuera de ella»’. Mientras fue Superior General corrigió algunas faltas contra la pobreza, tales como quedarse con el dinero de las misas y no emplear los réditos de los bienes propios en obras pías, sino en vestir vanidosamente.

24. El período de la historia de la Compañía que va desde la revolución hasta la elección del P. Etienne, como Superior General, ha sido muy importante. Los acontecimientos de la sociedad y de la Iglesia y los propios de la Congre­gación: el saqueo de la Casa Madre, el exilio del P. Cayla en Roma, la dispersión de los misioneros franceses, la fidelidad de unos hasta el martirio y la infidelidad de otros, la pérdida de las obras, el gobierno de la Congregación por los Vica­rios, la donación de la nueva casa por el gobierno francés, llamada el «Pequeño San Lázaro», la traslación de las reliquias de san Vicente, el centenario de su cano­nización, las apariciones de la Virgen, la afluencia de vocaciones, algunas, como la de san Juan Gabriel Perboyre, el martirio del Beato Clet, etc. contribuyeron a la restauración y florecimiento posterior de la Congregación. Naturalmente, el tema concreto de los votos, quedó un poco marginado de la preocupación de los Supe­riores y Vicarios.

7. La restauración como nueva creación (1843-1874)

25. Los historiadores de la Congregación consideran los años 1843-1874 como los años de restauración. Esta etapa la llenó el P. Etienne, elegido Superior General el 8 de septiembre de 1843. Su generalato duró 30 años. En estos años, la Congregación alcanzó cotas espirituales y apostólicas muy altas. El mismo se consideró como el enviado providencial para sacar la Congregación de la pos­tergación en que estaba. En su Circular «Notices sur le rétablissement de la Con­gregation aprés la révolution» (4 de agosto de 1870) da un breve balance de la situación de la Congregación antes de la revolución: En ella recogió la frase que alguien le dijo: ¡Bendita revolución! que nos ha despojado de todos los bienes y nos ha puesto en el camino del deber. La Congregación había caído en el rela­jamiento, en la inobservancia de las Reglas, en el olvido del fin de la Congrega­ción.

26. En la primera Circular del 8 de septiembre de 1843, el P. Etienne se propuso como meta de su gobierno revitalizar el espíritu primitivo de la Congre­gación y poner en práctica las piadosas tradiciones heredadas de nuestros padres. Se sirvió de todos los medios. No podemos decir que fuera creador de nuevas instituciones. Supo adaptar las existentes a las circunstancias; revisó y redactó nuevos Reglamentos y Directorios de los oficios y ministerios; dio nueva vida a las instituciones de gobierno, centralizando en él casi todos los poderes; fomentó la formación de los candidatos, sobre todo, en el Seminario; luchó hasta el exceso por la unidad de la Congregación, según su sensibilidad y su interpreta­ción. El mismo P. Etienne explicó los éxitos alcanzados y sus causas en la Circular de enero de 1870 y en «Notices sur le rétablissment…». Uno de los historiadores más críticos que ha tenido, confiesa que fue un «genio que brilló en el cielo de la Compañían.

27. Dentro del programa de renovación llevado a cabo por el P. Etienne ¿qué lugar ocuparon los votos? La lectura de las Circulares del P. Etienne poseen un tono distinto a las de los otros PP. Generales. Contienen más elementos espi­rituales que casuística. Casi siempre que habló de la pobreza la relacionó con la mortificación y el desprendimiento, sin mencionar el voto de pobreza. Parece que, en general, se inspiró más en las virtudes características del misionero que en las virtudes de los votos.

28. Oportunamente, trató de los votos. Los misioneros le rogaron que en su primera Circular inculcara la necesidad de practicar la pobreza y la mortificación y así lo hizo el P. Etienne. El apóstol debe ser poderoso en palabras y en obras; debe luchar contra las fuerzas del mal y liberarse de todo impedimento. Este es el fundamento de la pobreza. El espíritu de pobreza es la salvaguarda de las demás virtudes. Gran parte de la Circular del 8 de abril de 1851, la dedicó a la pobreza. Trató de los honorarios de las misas, clarificó los distintos casos y mantuvo el prin­cipio de que peca contra la pobreza quien los retiene sin permiso. Aconsejó a los Superiores que fueran «padres de familia» y que supieran dar oportunamente lo necesario, teniendo presente el estilo sencillo de vida del misionero.

29. En esta misma línea, insistió en la sencillez en el comer, en el vestir, en el ajuar, contra el vicio dominante de buscar la vida cómoda. No dudó en tomar medidas poco populares, confiado en el deseo de los Padres y Hermanos de cum­plir las Reglas. Tocó otros muchos puntos relacionados con la pobreza, v.g.: la gratuidad de las misiones, administración de los bienes y dar cuenta de la ad­ministración. Permitió quedarse con cinco estipendios de misas, pero con la condición de que no pasaran de cierta cantidad y que se gastaran en obras de devoción o en pequeños gastos de uso personal.

30. El P. Etienne, insistió y fue muy exigente en la obediencia, muy en con­sonancia con su talante autoritario, del que, desde distintos frentes, se le ha tilda­do. Para él, la obediencia es el fundamento de la vida espiritual, el alma de la comunidad y la fuerza del apostolado. Puso en guardia contra el espíritu de inde­pendencia, propio, según él, de aquellos tiempos. Hizo todo lo posible por refor­zar la autoridad en todos los niveles»’.

8. La consolidación de la obra restauradora (1874-1914)

31. Al P. Etienne, le sucedió el P. Boré. Su generalato duró de 1874 a 1878. Recibió una buena herencia espiritual y apostólica que procuró conservar. Cuando en sus Circulares aludió a la pobreza, después de recordar que la pobre­za es el nudo de la comunidad, según el pensamiento de san Vicente, repitió las exhortaciones del P. Etienne, a vivir un estilo de vida sencillo en la comida, vesti­dos. Corrigió los abusos, a causa de los viajes a la familia, de las vacaciones, y sobre los estipendios de las misas. Puso como ejemplo a las Provincias de Italia, España y Austria. En su segunda Circular (1.1.1876), manifestó el deseo de que todas nuestras casas brillaran por la sencillez, pobreza y limpieza. El distintivo del apóstol es la libertad ante los bienes materiales y la fidelidad al compromiso de vivir pobre, contraído al entrar en la Compañía, al hacer los buenos Propósitos y al emitir los Votos. Planteó la cuestión de lo superfluo. No dio respuesta directa y concreta. Fustigó la tendencia a una interpretación amplia, y al hecho de tener la propia biblioteca, cálices y ornamentos sagrados propios, y hasta un armonio o capilla propia.

32. El P. Fiat sucedió al P. Boré y se mantuvo en el cargo hasta que su áncia­nidad se lo permitió. Fue Superior General treinta seis años (1878-1914). Tuvo la suerte de poder continuar la obra iniciada y madurada en los dos generalatos anteriores, a los que remite con frecuencia. Esto no quita valor a la obra realiza­da por el P. Fiat y a la impronta que ha dejado en la Congregación.

33. Por lo que a los votos se refiere, la primera exhortación del P. Fiat a la práctica de la pobreza apareció en la primera Circular (1.11.1878). Puso de relieve los motivos: imitar a Cristo que se hizo pobre, a san Pablo que se conten­tó con tener lo suficiente, y la necesidad de la pobreza para evangelizar a los pobres. Recordó que la pobreza es liberadora, según la comparación que hizo san Francisco de Sales: Cuando hay un fuego, todas las cosas de la casa se echan por la ventana. Así es la pobreza: un fuego que libera de todo.

34. Las tentaciones contra la pobreza son, según el P. Fiat, el naturalismo (hoy diríamos materialismo). El naturalismo embota el sentido evangélico y misio­nero. El 7 de marzo de 1910, escribió a la Congregación una Circular dedicada toda ella a la pobreza. Motivó su doctrina en el ejemplo de Cristo y en la necesi­dad de la pobreza para la conservación de la Congregación, como más de una vez dijo san Vicente. Se refirió, en primer lugar, al dinero. Recordó que no se puede ni recibirlo, ni usarlo sin permiso del Superior. En segundo lugar, insistió sobre el estilo sencillo de vida y, como siempre, citó la sencillez en el comer y en el vestir. Llegó hasta el detalle de prohibir los sillones fuera de la enfermería. Otro tema fue el traslado de los libros de una casa a otra. Corrigió los abusos de los viajes, las trampas que se hacían con los billetes llamados «circulares». Algunos misioneros se aprovechaban para hacer lo que hoy llamaríamos turismo.

35. Fue enemigo acérrimo contra el tabaco (rapé). Quiso saber si se cum­plía lo mandado por la Asamblea General de 1861; encargó hacer una encues­ta para saber quiénes fumaban y si tenían receta médica. No se conocen los resul­tados. La encuesta lleva fecha de 18 de agosto de 1885.

36. El tema de la obediencia aparece con frecuencia en sus Circulares. La del 7 de noviembre de 1890 está dirigida a los Superiores. Les da buenos conse­jos para que gobiernen bien y faciliten la obediencia. Es necesario que los que mandan se interesen de sus súbditos en todo: en lo espiritual y en lo material. Lo que el P. Fiat expuso, hoy se podría leer a la luz del principio de subsidiaridad. Les ruega que dejen espacios de libertad en la ejecución de los oficios, aunque se reserven el derecho de vigilar y corregir. Con ocasión de la promulgación del Decreto de la Santa Sede, «Lamentabili», exhortó a obedecer al Papa, sabiendo que dentro de la comunidad había algunos que no estaban de acuerdo con las orientaciones pontificias.

37. La Circular del 22 de septiembre está dedicada a la obediencia. Los motivos principales que el P. Fiat expuso son el ejemplo de Jesús, exaltado por san Pablo, la obediencia de san Vicente y la de los primeros misioneros. Con claridad escolástica explicó cómo la obediencia debe ser sencilla, universal, pronta, volun­taria y sin murmurar. Durante el generalato del P. Fiat, se publicaron dos peque­ñas obras para ayudar a la formación de los votos: «Brevia et Decreta considera- te legenda ante emissionem votorum», en 1883, y la «Explanatio votorum quae emittuntur in Congregatione Missionis», en 1909.

9. Entre las dos guerras (1914-1947)

38. La etapa del P. Villette, sucesor del P. Fiat en 1914, se vio perturbada por la guerra del 1914. Tampoco su salud le permitió hacer mucho. Murió en 1916. En este mismo año, la Congregación de Religiosos advirtió a todas las comunidades el número alarmante de dispensas de votos y sugirió algunos reme­dios. En aquel momento, la Congregación no sufría de aquel mal, pero unos años más tarde, el P. Verdier se lamentó de haber tenido que dar 30 dispensas de votos».

39. El P. Verdier asumió el gobierno de la Congregación pocos meses des­pués de acabar la guerra de 1914. Gran parte de las Provincias europeas sufrie­ron a causa de la guerra. Su preocupación mayor, al acabar la guerra, fue cómo reparar los daños sufridos en personas, casas y obras de las Provincias, sacudi­das por los males de la guerra y reiniciar una nueva etapa. Las demás Provincias siguieron su camino, pero algunas, sobre todo, las de origen francés, sufrieron las consecuencias de la falta de personal. El P. Verdier trabajó por la promoción de las vocaciones, tanto de Padres como de Hermanos.

40. Los votos y sus virtudes correspondientes fueron con frecuencia objeto de sus consideraciones. En la circular del 1 de enero de 1919 ofreció a toda la Congregación una reflexión breve, pero sustanciosa, sobre los cuatro votos. Para el P. Verdier, los cuatro votos son como el alma de la Compañía. De ellos recibe energías especiales. Vio la necesidad de mandar bien para facilitar la obedien­cia. Autoridad y obediencia deben hermanarse para encontrar la paz, que es la «tranquilidad en el orden». La autoridad sin obediencia es ineficaz. La obediencia debe gozar siempre de la misma lozanía que tuvo el día en el que se hicieron los votos. Debe ser pronta, generosa, sobrenatural, universal, completa, sin límites. No se debe acudir a los pretextos del clima, de la salud, de la lejanía de los parientes, mucho menos hacer de la obediencia una especie de contrato con la autoridad, poniendo límites en el tiempo, como diciendo, acepto lo que me manda por un año y no más.

41. Meditó sobre la Madame Pauvreté. Sin la práctica de la pobreza, no se pueden atraer vocaciones. Insistió en las faltas que se cometían contra la pobreza; reiteró la prohibición de fumar, por ser falta contra la obediencia, contra la pobre­za y contra la salud. El tema de los viajes fue uno de los que más torturó al P. Ver­dier. Con ocasión del Año Santo de 1925, la Santa Sede pidió a los Superiores Generales un poco de flexibilidad para que los miembros de sus comunidades pu­dieran ir a Roma. El P. Verdier aceptó la invitación, pero con cautelas. Hizo humor de aquellos viajes que clasificó en viajes peregrinationis, divagationis, cursitationis, Con una pizca de ironía dijo: Espero que las indulgencias compensen con creces los gastos y el tiempo perdido en las peregrinaciones. Le parecía ridículo que un misionero se ufanase de haber visto muchas ciudades, muchos monumentos, o por haber recorrido muchos kilómetros. Y añadió: No se olviden de que el Año Santo no es más que uno. Parece que al final de su vida se dio cuenta que la cuestión de los viajes era causa perdida y procuró que causaran los menos daños posibles a la pobreza y a los ministerios. En la Circular de 1 de enero de 1931, manifestó su dolor por las faltas de pobreza porque, según él, no eran pocas, ni leves.

42. En el aspecto jurídico, se planteó la cuestión de la naturaleza de los votos con ocasión de la promulgación del Código de derecho canónico en 1917. El P. Verdier admitió que se hicieran los votos temporales en aquellas Provincias, en las que los Visitadores lo creyeran conveniente. La Asamblea General de 1919 decidió que no se debían hacer votos temporales. Bastó un acontecimiento poco agradable: la discusión de la validez de los votos hechos por un miembro de la Congregación, para que la Santa Sede impusiera los votos temporales. Estos fue­ron introducidos en las Constituciones de 1954.

43. El sucesor del P. Verdier fue el P. Souvay, elegido Superior General en 1933. En la Circular del 1 de enero de 1934, recordó los decretos 643 y 644 que mandan dar a la comunidad lo que supera al estipendio ordinario de las misas, considerado por algunos como «intuitu» personal. Quien tal hace, peca contra la pobreza y la justicia y lo mismo hay que decir de lo que se recibe por trabajos «extraordinarios». En la Circular del 1 de enero de 1937, insistió sobre la práctica de la pobreza, que es el termómetro de la observancia de las demás virtudes y sal­vaguarda de la vocación. Se admiró de cómo algunos misioneros, provenientes de familias pobres, en poco años depositaban cuentas corrientes en los bancos.

44. El P. Souvay también tocó el tema de los viajes. En la Circular del 1 de enero de 1939, planteó la cuestión de la formación en los valores teológicos y morales de los votos, como el mejor remedio a las faltas. Los votos no son una mera promesa que, por una razón cualquiera, puede dejar de ser cumplida; es una promesa hecha a Dios y se caracteriza por su inmutabilidad.

45. El Vicario General, P. Robert, se encargó del gobierno de la Compañía a la muerte del P. Souvay. Su vicariato duró desde 1939 hasta 1947, a causa de la guerra que duró desde 1939 hasta 1944.

10. Síntomas de crisis e intentos de renovación (1947-1968)

46. El norteamericano P. William Michael Slattery fue elegido Superior General en 1947. La segunda guerra europea dejó muchas heridas en las Pro­vincias que la padecieron. Desde el inicio de su gobierno, tuvo que afrontar pro­blemas muy serios en el aspecto económico, como fue el caso sucedido en la Pro­vincia Romana. Ciñéndonos a la cuestión de los votos, el P. Slattery dedicó casi toda la Circular del 1 de enero de 1950 a los cuatro votos de pobreza, castidad, obediencia y estabilidad, proponiéndolos como los mejores medios de santificar dicho año. Después de haber motivado la práctica de los cuatro votos, expuso como medios, la observancia de las Reglas, los Decretos de las Asambleas Gene­rales, la lectura de los Directorios propios de cada oficio. Es, quizá, la Circular en la que más ampliamente se ha tratado de los cuatro votos.

47. Aprovechando la proclamación del dogma de la Asunción de la Virgen, el P. Slattery la propuso como modelo nuestro, en la pobreza, en la castidad y en la obediencia (1.1.1951).

48. Los abandonos que se iban produciendo en la Congregación fueron uno de los motivos por los que dedicó la Circular del 1 de enero de 1952 al voto de estabilidad, centrado en el amor a nuestra vocación. Es también una de las pocas reflexiones amplias que se han hecho de dicho voto.

49. El P. Slattery renunció en la Asamblea General de 1968, cuando se empezaba una nueva época en la historia de la Iglesia y de la Congregación. El P. Slattery, cumpliendo un Decreto de la Asamblea General de 1963, abrió el camino para realizar la renovación de los textos normativos, según lo había pedido el Vaticano II. Los cambios que se dieron en la vida, en las estructuras y ministerios de la Congregación han afectado profundamente a la práctica de los votos.

11. Bajo el signo del Vaticano II. La gran mutación

50. El P. Richardson sucedió al P. Slattery. Durante su generalato (1969­1980) los estudiantados de algunas Provincias quedaron casi vacíos. La crisis sacerdotal llegó al grado más alto, como en las demás congregaciones y dióce­sis. Desde 1965 hasta 1988, han dejado el sacerdocio unos 495 misioneros. La cifra es aproximada porque ha habido sacerdotes misioneros que se han salido sin decir nada y no se sabe cuál es su paradero. El P. Richardson trató este tema en una de sus Circulares que lleva el título: Sobre los que se van».

51. Si el P. Richardson no trató el tema de los votos fue, sin duda, porque, a partir de 1967, todas las Provincias de la Congregación estuvieron reflexionan­do sobre los votos. Fue un asunto discutido en las Asambleas Provinciales y Gene­rales (1968-1969, 1974, 1980). Los puntos de vista, los cambios en la práctica de los votos, principalmente, en el de pobreza, son muy varios. No se tiene la cer­teza de haber conseguido el camino seguro. Los principios constitucionales son generales y sobrios. Las Normas Provinciales contienen disposiciones muy distintas unas a otras. A veces, la lectura de las Normas Provinciales obligan a pensar si se ha tratado del mismo voto de pobreza, o cada Provincia ha creado su propia práctica. Es notable también el silencio casi absoluto que existe en las Normas Pro­vinciales sobre los votos de obediencia, castidad y estabilidad.

52. El P. McCullen, sucesor del P. Richardson a partir de 1980, ha ofreci­do en sus «cartas personales» puntos de reflexión sobre los votos de estabilidad, obediencia, pobreza y castidad en el celibato. Por insinuación de varios Visita­dores, el P. McCullen y el Consejo General enviaron a las Provincias un docu­mento sobre la pobreza para que los miembros, las Comunidades y los Visitadores con sus Consejos, reflexionasen sobre este voto. Muchos Visitadores y miembros de las Provincias se sienten preocupados por la tendencia, no ya a tener cosas necesarias o convenientes, sino a tener siempre más y mejores cosas. El P. McCu­Ilen, en su carta personal de Adviento de 1989, afirmó que la tentación de tener más cosas y cada vez mejores es quizás la tentación más fuerte del mundo con­sumista actual en occidente.

53. La Asamblea General de 1992 ha aprobado un Decreto por el que pide al P. General, P. Maloney, R., el estudio sobre los votos que se emiten en la Con­gregación, dando relieve especial al voto de estabilidad. Con este fin, el P. Malo­ney nombró una Comisión que empezó a trabajar en febrero de 1993. La Ins­trucción de los votos, pedida por la Asamblea General de 1992, fue aprobada en el mes de octubre de 1995 y publicada el 25 de enero de 1996. Por su parte, el P. Maloney, antes de ser Superior General, publicó un libro con el título de «El camino de Vicente de Paúl, Una espiritualidad para estos tiempos al servicio de los pobres». En este trabajo expone las virtudes características del misionero y los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, más el voto de estabi­lidad, teniendo presente la práctica actualizada de dichas virtudes.

12. Algunas reflexiones

54. Sin perder la perspectiva histórica —vivimos en tiempos muy distintos a los que han vivido nuestros antecesores en la Congregación— considero conve­niente hacer algunas breves reflexiones sobre los retazos de la historia de los votos, expuestos anteriormente:

  1. La visión que nuestros Superiores Generales nos han ofrecido es una visión de la práctica personal de los votos, probablemente, teniendo en cuenta casos particulares, más o menos universalizados. No tratan de la pobreza comunitaria en cuanto tal, no aparece una visión comunitaria de los votos, sino más bien personal.
  2. Los votos de pobreza y de obediencia son los más mencionados, y más la pobreza que la obediencia. Casi nada se habla del voto de castidad y tampoco es frecuente la mención del voto de estabilidad.
  3. Los Superiores Generales no nos han ofrecido reflexiones doctrinales amplias sobre los votos. Se han detenido en la corrección de las faltas. Han abundado en la casuística. No se han esforzado en buscar las raí­ces, fuera de las alusiones al ambiente general. La doctrina se mantiene dentro de lo dicho por san Vicente. No hay tampoco una visión teológi­ca de mayores horizontes, si exceptuamos a los Superiores Generales, PP. McCullen y Maloney.
  4. Muchas de las faltas que preocuparon a nuestros antepasados en la Congregación no nos preocupan hoy, al menos en la misma medida, Tenemos otra mentalidad, v.g.: sobre el uso del dinero, sobre la petición de los permisos, sobre los viajes a la familia, sobre el modo de vestir, sobre el trato con las personas de distinto sexo, la entrada de las muje­res en nuestras casas y habitaciones. Muy fuertes han sido los cambios en la obediencia, a la luz del espíritu democrático —yo diría, mejor fra­terno— que se ha introducido en las relaciones entre los Superiores y el resto de la comunidad, los nuevos cauces de participación y correspon­sabilidad, ya vigentes en la mayor parte de las comunidades locales.
  5. Las fuentes principales de las faltas contra la pobreza parecen haber sido:
    • a) La dificultad de adaptarse al progreso del mundo, en cuanto al bie­nestar y a los adelantos técnicos;
    • b) la mundanización, es decir, la tendencia a asumir, sin mayor discer­nimiento, el estilo de vida del mundo;
    • c) La insensibilidad de la comunidad para salir al encuentro de las necesidades reales de los misioneros. De alguna manera, se vieron «obligados» a buscar dinero para sus gastos personales necesarios o, al menos, muy convenientes;
    • d) El retraso de las normas sobre la pobreza y su estancamiento, no obs­tante las nuevas situaciones y las nuevas exigencias que continua­mente estaba afectando a la vida.
  6. Las causas de las faltas de obediencia parecen ser la tendencia natural del hombre a decidir por sí mismo y a la dureza de las consecuencias.
  7. De los peligros contra la castidad, solamente se menciona el que hace referencia al trato con personas de distinto sexo y a que éstas no entren dentro de nuestras habitaciones. El cambio habido en la doctrina sobre la castidad, sobre la sexualidad, sobre las relaciones con el sexo feme­nino y sobre el uso de los medios de comunicación social han creado un nuevo estilo de comportamiento. Nadie duda de la necesidad de una recta comprensión del tema de la castidad y del celibato, y de los medios que se han de poner para ser fieles al voto de castidad.
  8. Los abandonos y salidas de la Congregación ha sido las ocasiones que movieron a hablar de la estabilidad.

Las Asambleas Generales

55. En 1883, se publicó un folleto con el siguiente título: «Congregationis Missionis Brevia et Decreta considerate legenda ante emissionem votorum». En el pequeño libro, se recogen las disposiciones pontificias y los Decretos que se refie­ren a los votos y que conviene que se conozcan antes de comprometerse a las obli­gaciones que dichos documentos imponen. Los Breves pontificios se refieren a la naturaleza de los votos, a la dispensabilidad por el Papa y el Superior General exclusivamente, a la exención de los obispos, a la práctica de la pobreza y a la situación en que quedan los salidos y expulsados.

56. De los citados Decretos de las Asambleas, la mayor parte se refieren a la pobreza. Se expone el criterio a cuya luz trabajó la Asamblea General de 1747 al dar el Código sobre la pobreza en Congregación. Es interesante recordar dicho criterio: nuestra pobreza es según nuestras Reglas y Constituciones, porque nues­tra Congregación no es una comunidad monacal o religiosa, sino más bien cer­cana a los sacerdotes seculares. La Asamblea aprobó 20 disposiciones sobre la práctica de la pobreza, cuando se peca o no se peca. Lo que se puede hacer sin permiso o con permiso del Superior. Sobre los demás votos, solamente se recogen sendos Decretos sobre los votos de castidad, obediencia y estabilidad.

57. Todas estas disposiciones estuvieron vigentes hasta las Constituciones de 1954. En ellas se introdujeron todos aquellos Decretos que se consideraban actuales y en consonancia con las disposiciones del nuevo Código de 1917. La Asamblea de 1947 presentó un texto a la Santa Sede que, sustancialmente, fue aceptado en lo que a los votos se refiere. La novedad principal es la distinción que se hace, tanto en el proyecto de la Congregación como en las Constituciones aprobadas, de lo que obliga por razón del voto y por razón de la virtud».

58. En 1964, el P. Slattery hizo otra nueva compilación de los Decretos de las Asambleas Generales y de las Ordenanzas todavía vigentes. Repitió toda la amplia y minuciosa legislación sobre la pobreza, sobre los bienes temporales, so­bre los viajes, sobre el uso del tabaco, sobre la compra de los vehículos, sobre el uso de la radio y televisión, sobre las pensiones. En el apéndice II, recogió lo esta­blecido sobre la obediencia y pobreza de los que viven habitualmente fuera de una casa de la Congregación. Estas disposiciones son las que han creado la prác­tica de la pobreza en la Congregación, a nivel de norma y de unidad en los dere­chos y obligaciones. Actualmente, tales disposiciones son historia pasada. Las Constituciones y los Estatutos actuales son el punto de partida, y las Asambleas Provinciales las encargadas de concretar la práctica de la pobreza. De todas maneras, tales disposiciones pueden ser una fuente inspiradora de soluciones a los problemas actuales.

59. Como ya dijimos, la Asamblea General de 1992 mandó al P. General que publicara una Instrucción sobre los votos, de un modo especial sobre el voto de estabilidad. En la misma Asamblea, se insistió en la práctica de los votos para ser Hombre Nuevos, que viven en Comunidades Renovadas, para responder bien apostólicamente a las exigencias de la Nueva Evangelización.

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