San Vicente de Paúl y su entronque hispánico (III)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: José Herrrera, C.M. · Año publicación original: 1963 · Fuente: Anales españoles.
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Artículo tercer0: La fecha del nacimiento

SANVSi el Santo nació el 24 de abril de 1576 o de 1581 es cosa que todavía no está absolutamente averiguada. La primera fecha tiene más de tres siglos y medio de absoluta y total vigenciala sin ninguna competencia. La segunda apenas si tiene medio siglo de casi total vigencia. Con toda imparcialidad pondremos las bases sobre que descansan y luego el lector escoja.

La fecha de 1576.—Está avalada por los siguientes testimonios:

1º Su primer biógrafo, Luis Abelly, amigo y colaborador del Santo durante muchos años y que además, en 1640, veinte años antes de la muerte del Sr. Vicente, siendo Vicario General de Bayona, hizo un viaje a Dax y a Pouy para conocer a la familia de su amigo e indagar los detalles de su infancia. Es cierto que por estas fechas vivían su hermano Bernardo, mayor que él, y sus dos hermanas, que podían sa­ber el año de su nacimiento.

2º Los procesos de canonización y beatificación, la bula de canonización y las lecciones del breviario.

3º Las dimisorias y testimoniales de todas las Órdenes mayores y menores le dan la edad canónica, y la edad ca­nónica era de veinticuatro años, no sólo desde el Concilio tridentino, sino por la legislación protridentina, admitida por la Iglesia de Francia.

4º Todos los historiadores, desde los de primera fila, Collet, Bugaud, Maynard…, hasta los de menos categoría, sin fallar uno—varios centenares– -, aparte de otros documentos oficiales de la Iglesia y de la Congregación.

5º Por fin, las dos inscripciones, grabadas en planchas de plomo, que todavía se pueden ver sobre las cajas interior y exterior en que se guardan sus sagrados despojos, puestas en ella el mismo día de su entierro por orden del P. Almerás, su inmediato sucesor, y en presencia de los Padres y Her­manos que habían convivido con él durante muchos años, sin que ninguno de ellos levantara su voz de protesta. La «La Gaceta de France» del 2 de octubre del mismo año le da la misma edad.

La fecha de 1.581. Tiene a su favor los textos exhumados de su correspondencia y otros documentos publicados por el P. Pedro Coste en su estudio titulado La vraie dale de la naisance de Saint Vicent de Paul, publicado en el «Bulletin de la societé de Borda» en 1922, que luego pasó a su vida típica Monsieur Vincent, en tres tomos, París 1933, saltando de ahí a casi todas las vidas del Santo posteriores a esta publicación.

El 17 de abril de 1628, en su deposición canónica acerca de la heroicidad de las virtudes de San Francisco de Sales, el Santo afirma: «Quadraginta octo aut circiter annos na­tus». El Santo confiesa, pues, tener cuarenta y ocho o cerca de ellos», como traduce Coste el circiter, que en un buen latín sig­nifica «poco más o menos» o «alrededor de ellos». 2 de abril de 1639, en el proceso del abate de Saint Ci­ran, el Santo declara tener los cincuenta y nueve o alrede­dor de ellos.

El 12 de octubre del mismo año escribe a Luis Lebreton: en el próximo mes de abril entraré en mis sesenta años» y el 25 de julio de 1640 escribe a Pedro Escart: «En lugar de ser para mí los sesenta años que tengo, un aguijón más para trabajar en la enmienda de mi vida miserable, me ocurre que adelanto menos, que nunca».

El 21 de noviembre de 1642, en su carta al P. Codoing, alega las «razones» que le suministran «las experiencias de sus sesenta y dos años de vida». El 17 de septiembre de 1649 habla al P. Blatiron de los sesenta y nueve que Dios le viene aguantando sobre la tierra. El 27 de abril de 1655, felicitando a Alejandro VII por su elevación al solio pontificio e­scribe: Hago annum septuagesimun quintum.

En la repetición de oración de 3 de noviembre de 1656 exclama:»¿Qué es nuestra vida, que tan rápidamente pasa? Por lo que a mí hace, ya estoy en mis setenta y seis años y todos ellos no me parecen más que un sueño» (28).

El 6 de enero del 57 dice a las Hijas de la Caridad: «Teniendo ya setenta y seis años, mi vida no puede ser ya muy larga», y el 17 de julio del mismo año les decía: «A medida que avanzamos en edad, estamos obligados a ser más perfectos y yo, que como sabéis, tengo setenta y siete años debo tener más perfección que ningún otro». Al cardenal de Retz el 15 de julio de 1659 le decía: «Al presente estoy en los setenta y nueve años de mi edad».

La solidez de ambas sentencias salta a la vista, cada una de por sí; si no estuviera al lado la contraria sería suficiente para para arrancar el asenso al crítico más exigente; pero una de las dos ha de tener sus fallos. Coste por su parte trata de hallarlos en la tradicional y se esfuerza en desvirtuar los argumentos en que se apoya.

1º En cuanto a la autoridad de Abelly, del P. Almerás y de cuantos intervinieron en el entierro y redacción de su primera vida, Coste trata de anularla, atribuyéndoles un contubernio para envejecerle cinco años más, con el fin de evitar el escándalo que supondría el que su Fundador y Padre, que pasaba por modelo y reformador del clero, apareciera él mismo ordenado anticanónicamente a los diecinueve años e incluso en la censura de irregularidad. Con el mismo fin los testigos de los procesos mantendrían la falsedad de la fecha.

2º El argumento sacado de las dimisorias y testimoniales para Coste carece de valor, porque son documentos de mero trámite y era cosa corriente que los candidatos se ordenaran antes de tiempo y los Obispos estaban acostumbrados a transgredir las leyes canónicas y a expedir documentos amañados.

3º El argumento del consentimiento unánime de los historiadores tiene todavía menos fuerza, porque se han limitado a repetir lo que encontraron en Abelly y en la lápida sepulcral, puesta allí al día siguiente de la muerte del gran Santo. Tal es el resumen de los argumentos de Coste.

Estas explicaciones son a la verdad ingeniosas y en apariencia satisfactorias, pero ofrecen graves inconvenientes.

Y en efecto, es cosa recia, dada la santidad y la ciencia teológica de los autores, atribuirles una falsificación tan solemne, no sólo con engaño efectivo de la posteridad, sino con la intención de producirlo. Lo mismo Luis Abelly que el Padre ­Almerás y no pocos de sus supuestos colaboradores en la falsificación eran eminentes en ambos aspectos y no podían menos de saber que tal falsificación era pecado grave. ¿Lo cometerían a sabiendas de que lo era? iRecia cosa!

Más recio todavía es falsificar el testimonio en el proceso de ­canonización. Una de las primeras formalidades de estos p­rocesos es prestar juramento de decir la verdad. Todo juramento falso es pecado grave. Mucho más grave es emplearlo en estos procesos en que la Iglesia tiene que decidir de la santidad heroica de los que van a poner a la veneración e imitación de los católicos. No se diga que el haber nacido en un año o en otro para nada influye en la santidad de un siervo de Dios, porque en el caso concreto de San Vicente sí altera los datos del problema, ya que en la cronología de Coste el Santo hubiera cometido varios pecados graves, or­denose irregularmente y hubiera dicho su primera misa y no pocas de las siguientes incluso en censura canónica. Desde luego que aun en la hipótesis de Coste, la santidad del fundador de la Misión y la verdad del fallo de la Iglesia quedan a salvo, porque entre la ordenación de San Vicente y el fallo de la Iglesia media la conversión perfecta y cuarenta años de santidad heroica. ¡Grave cosa es el intento y el logro de engañar a la Iglesia. Claro está que aquí no se pone en juego la infalibilidad de la Iglesia, porque se trata de una cuestión de cronología; pero aun en esos datos geográficos, cronológicos e históricos ella está interesada de rodearse de las sumas garantías.

Después de estas observaciones cabe preguntar: ¿poseía Coste los originales de los textos que aduce? ¿Todos dicen exactamente la que Coste ha leído y nos ofrece? ¿No hay en ellos ninguna tachadura? Cuándo el P. Pemartín nos ofrece, conformes con la cronología tradicional, varios de los textos que el P. Coste nos ofrece conformes a la suya, ¿cuál de los dos ha leído bien? ¿Qué dicen exactamente los originales?

En cuanto a lo que dice Coste acerca de la conducta de los Obispos y curias episcopales, puede ser cierto y la histo­ria le apoya, pero sólo en parte, pues no todos obraban así.

Parece difícil que todos los Vicarios Generales, los Obis­pos—tres en total—y los secretarios, en cuatro ocasiones dis­tintas estuvieran todos acordes para estampar sus firmas al pie de nueve documentos en que dan al jovencísimo candidato cinco años más de los que en realidad tenía. Ni se diga que el Obispo de Tarbes, al expedir el certificado de órdenes, se atenía a los datos que le presentaban las dimisorias, porque la diferencia de cinco años se echa de ver en seguida, sobre todo en la edad juvenil. Cierto que el de Perigneux dicen que estaba medio ciego y que el Santo se fue allá para sorprenderle; pero sus ayudantes en la sagrada ceremonia y su secretario, J. Jourdenneau, que en su nombre expide el certificado de presbiterado, ¿estaban también ciegos?

La dificultad sube de punto cuando consta que uno de los Obispos, el propio de San Vicente, Juan Santiago Dusaul, hacía pública profesión e hizo ordenanzas para que ninguno de sus diocesanos se ordenara sin la edad canónica, implantando sobre éste y otros puntos la legislación tridentina.

Efectivamente, Mons. Dusault entró en Dax en el otoño de 1598, con aire y voluntad de reforma. Una de sus prime ras medidas fue convocar un sínodo diocesano, encaminado todo él a imponer a rajatabla las leyes del tridentino. El sí­nodo estaba promulgado en 1599, un año antes de la orde­nación sacerdotal de San Vicente. En las dimisorias otorga das el 13 de diciembre del mismo año «al muy amado hijo Vicente de Paúl», para ordenarse de presbítero por el Arzobispo u Obispo de su elección, se decía que tenía la edad ca­nónica, y esta edad se urgía de un modo especial en el síno­do recién aprobado y promulgado. ¿Es verosímil que estando todavía caliente la firma del sínodo y la ley en la mente de todos, el Obispo de Dax y su lugarteniente dieran una,, dimisorias para que un joven de diecinueve años no cumplidos subiera a la cumbre del sacerdocio, quitando con ello fuerza inicial a la reforma, que quería implantar?

Toda esta argumentación queda reforzada con la conducta del propio Pedro Coste. Cuando trata de probar contra los españoles que San Vicente nació en Pouy, se expresa así: Vicente de Paúl se llama francés, gascón, diocesano de Dax, nativo de Pouy… Igual lenguaje usan los documentos oficiales, las cartas de ordenación, actas de los Reyes, bulas de los Papas, documentos episcopales y otros. En el proceso de beatificación, ningún desacuerdo entre los testigos. Durante tres siglos, entre todos los historiadores, así franceses como españoles, reina sobre este punto la más completa unanimidad.

Todo este párrafo puede aplicarse literalmente a la fecha tradicional de su nacimiento, y si los tales documentos tienen fuerza probatoria en orden al lugar de su nacimiento, ¿por qué la tienen que perder cuando se los alega para probar la fecha tradicional? ¿Desde cuándo acá es lícita la doble medida?

Hay más. De todos los documentos alegados para probar su nacimiento en Pouy, únicamente los tres primeros tienen bastante fuerza probatoria; los demás se limitan a afirmar que es de la Diócesis de Dax o que pertenece a la Diócesis de Dax, que eso es lo que significa la expresión «presbyter aquensis» o «Diócesis Aquensis» aplicados, en esos documen­tos que se alegan, al nombre de Vicente de Paúl. Ahora bien, sacerdote puede ser de una Diócesis o pertenecer a ella porque él y su familia residan en ella o porque se ordena en ella para su servicio. No se sigue, pues, de estos documentos n­ecesariamente que naciera en Pouy; basta que habitualmente viviera en la Diócesis de Dax al ordenarse o que se ordenara para su servicio, como así lo hizo, para que tales presiones sean exactas. En cambio, sí que de ellos, si expresan la verdad, se sigue necesariamente que nació en 1576, porque dicen que tenía la edad legítima, y la edad legítima era la de veinticuatro años y no la de diecinueve. Y si esos documentos dicen verdad cuando dicen que era de la Dióce­sis y de la Parroquia de Pouy, también es lógico que la digan cuando afirman que tenía la edad legítima. Por otro lado los datos que se expresan en esos documentos son verdaderos, ¿por qué únicamente ha de ser falso el dato de su edad?

Los inconvenientes de la cronología de Coste

Aparte de los mencionados, convertir en falsarios a Abelly, al P. Almerás, a los testigos del proceso de beatificación, restar fuerza probativa a documentos oficiales…, séame lícito poner algunos de ellos cuya fuerza es difícil de soslayar.

La cronología de Coste reduce, a un solo año los estudios de San Vicente en el Colegio de Dax. 1) Si San Vicente nació el 24 de abril de 1581 y empezó a estudiar, como él afirma, y Coste admite, hacia los quince años, lo más pronto que fue a Dax fue en el otoño de 1595, con catorce años y medio, según el estilo de Coste. 2) Los certificados de tonsura y órdenes menores fijan la recepción de estas órdenes a 20 de diciembre de 1596, un poco más de un año después de haber empezado a estudiar las primeras letras, porque es seguro que en la aldea natal no había escuela primaria, como no la había en aquella época era casi ninguna aldea, y él mismo asegura que hasta los quince años fue porquerizo. 3) Lo mismo Abelly que Collet, sus más antiguos y autorizados historiadores, nos lo presentan camino de la Universidad in mediatamente después de haber recibido las órdenes menores. 4) Consta ciertamente que el Santo estudió, al menos dos años de gramática, pues se ama reiteradamente «esto liante de cuarto de gramática» expresión que equivale al nuestro de segundo, porque en Francia empiezan por el cincuem, cuatriem, etc.; expresión que no quiere decir que no estudiara más, como pretenden los jansenistas, motejándole de ignorante. Cuando él decía esta frase, ya había pasa do por las Universidades de Zaragoza, Tolosa, Roma y París; pero al menos estudió dos años en Dax. Además fue maestro de los hijos de los señores de Comet, a quienes él llama sus «mecenas». Todo esto no es posible hacerlo en un año ni en dos. Sería un niño demasiado prodigio. 5) Abelly le atribuye nueve años de estudio, de los cuales, cuatro in terno en el colegio de los Franciscanos, y cinco, preceptor (le los hijos del, señor De Comet, sin dejar de asistir a las aulas del colegio. Coste pretende que en 1660, muerto el Santo, cuando empezaron a recoger datos para su biografía, los informadores del Canónigo San Martín estaban muy distantes de los hechos. Pero es de advertir que todavía vivían sus parientes próximos y algunos contemporáneos.

Además Abelly había hecho sus indagaciones para 1640, cuando todavía vivían sus hermanos, alguno como Bernardo mayor que el santo. Es posible que a esa distancia se equivocasen en dos o tres años; pero que se equivocasen en
siete parece duro de admitir. Donde Abelly falla, al parecer, es en el punto de partida para Dax, que él coloca a los doce años no cumplidos. San Vicente nos dice que empezó a los quince años no cumplidos. Es razonable asignar a esa primera etapa de sus estudios siete años, durante los cuales estudió las primeras letras, y los cinco años de retórica, dialéctica y demás ciencias que integraban el trivium y el quatrivium de la época. Con este bagaje ya podía empezar los estudios superiores de teología. Esta conclusión aumenta en fuerza si se tiene en cuenta que dos años más tarde, el 11 de diciembre de 1598, Guillermo de Massiot, bachiller de Derecho pontificio, Canónigo de la catedral de Dax y Vicario General para lo espiritual y temporal, del reverendísimo en Cristo Padre y Señor Juan Santiago Dusault, por la gracia de Dios y de la S. A.», al conceder las dimisorias para el diaconado, en vez dar a Vicente de Paúl, como en las anteriores, el simple título de «amado hijo», le da el de «Dialecto Magistro Vincentio de Paul». Este título de maestro que el bachiller Guillermo de Massiot da a San Vicente de Paúl no es un título de honor ni puro trámite, sino de rango universitario, que nadie lo daba ni nadie se lo arrogaba por propia iniciativa. Ello lo prueba que cuando los documentos presentan al candidato Vicente como sufficientem e idoneum repertum, no expresan tampoco una fórmula de trámite, sino una realidad. ¿Es posible que un jovencito de diecisiete años, con sólo tres años de estudio, contando desde sus primeras letras, haya podido conquistar el título de maestro en una Universidad que no suele otorgarlo sino después de serios estudios? En cambio, supuestos los siete años de Dax, que llegaban hasta la Filosofía inclusive, y otros dos de Teología en la Universidad, desde el 96 al 98, no hay gran inconveniente en que pudiera conquistar el título de maestro. Este título consta que lo tuvo el Santo no sólo por este documento, sino por otros, posteriores a su cautividad en que él se llama y otro le llaman «maestro Vicente de Paúl». De los tres documentos firmados por la Universidad de Tolosa en 1604, ninguno se refiere a él. Resta, pues, que lo ganara y se lo dieran antes del 11 de diciembre de 1598, en que aparece en documento público por vez primera.

Es, pues, claro que todo esto no cabe en un año de Dax y dos de Universidad, o al revés, si se prefiere, como hace Coste, que el Santo hiciera en Dax un curso más después de tonsurado y empezara la Teología en 1597. ¿Se compren­de a un alumno con dos años de primaria y gramática y con tan escasa preparación ir a la Universidad y al cabo de un año salir con el título de maestro ¡Gran prodigio parece!

Por fin, ¿qué decir de la pretendida censura en que incurrió por haberse ordenado antes de tiempo y para cuya absolución fue a Roma en 1600? Los seguidores de la nueva cronología se afirman en su opinión por las palabras que en 1631 escribía San Vicente al P. Ducoudray: «El pensa­miento de que pisaba tierra donde habían estado tan santos y grandes personajes, de tal manera me emocionó, que cuan do hace treinta años estuve en Roma, aunque estaba carga­do de pecados, no pude menos de enternecerme hasta derramar lágrimas». Pero todos sabemos qué entendía San Vicente en 1631 por grandes pecados de su juventud. Uno de ellos, de los más grandes, fue el haberse avergonzado de su padre porque era pobre y cojo. En las muchísimas ocasiones en que las humillaciones ante sus misioneros e Hijas de la Caridad le sabían como una letanía de improperios, nunca hizo la más ligera alusión a esos pecados e irregularidades de que le quieren cargar, a pesar de que las muchas veces que tuvo que hablar del estado de corrupción del clero, le pusieron en el disparadero de hacerlo, y de haber sido cierto, lo hubiera hecho, dada su sed de humillaciones y que le venta muy bien como una experiencia personal, para probar lo que decía. Por otro lado, ¿se comprende que un hombre hecho a esos asaltos de órdenes, a esa censura, a los sacrilegios consiguientes, tuviera un corazón tan tierno que «se enternecí­a hasta las lágrimas», no de arrepentimiento precisamente, Uno de la devoción que le daba el darse cuenta que por aque­lla tierra que pisaba habían andado «tantos santos personajes»?

Mucho menos todavía se comprende esta noticia que nos transmite Abelly, acaso él mismo testigo auricular: «No sé ha logrado saber ni el lugar ni el día de su primera misa; únicamente se le ha oído decir que él tenía tal aprensión ante la majestad de tal acción, enteramente divina, que tembla­ba ante su pensamiento, y no sintiéndose con fuerzas para celebrarla en público, escogió con preferencia decirla en una capilla apartada y solitaria, asistido únicamente de un sacerd­ote y un acólito».

¿Es posible que un jovenzuelo, con sólo cuatro años de estudio a partir de las primeras letras, que toma las órdenes por asalto, enredando a unos y engañando a otros, con una regularidad y una censura sobre su conciencia, y, por tanto, en pecado mortal, tenga tan alta idea de la majestad de esta acción que tiembla ante la idea de no poderla realizar dignamente, y para que nadie le pudiera distraer la celebra en una capilla desértica sin más testigo que un sacerdote y un acólito?

Conclusión

Todas estas razones y los gravísimos inconvenientes y hasta absurdos que se seguirían, de admitir la cronología de Coste, nos impone grandes reservas y ser cautelosos en su admisión y deben acuciarnos a investigar en otras direccion­es.

Una de las direcciones es examinar detenidamente los originales de las cartas y documentos y hasta los procesos de beatificación, por si en ellos hubiera alguna tachadura, raspadura o superposición de fechas. Da lugar a sospechar cierta falsificación el hecho de que, mientras la edición de Coste da elementos para construir su teoría, la edición de Pemartín, con las mismas cartas confirma la cronología tradicional de Abelly. Hay más; en una carta que cita Abelly de 1659, el Santo habla: «De este viejo que ya pasa de ochenta años». A Coste no se le escapa la fuerza de esta cifra; pero dice que debió ser una mala lectura de Abelly o un error del copista, y que la verdadera lectura debe ser: «De este viejo que pasa a los ochenta años, lectura que cuadra muy bien con su teoría de dar a San Vicente setenta y nueve años y medio.

Otra dirección es la investigación del sentido cronológico del Santo y si, a causa de no tenerlo muy seguro, sufrió algún despiste en el cómputo de sus años. Ya sé yo que Coste se esfuerza en probar que no hubo tal despiste. Su razonamiento parece sólido y decisivo; pero se podrían presentar más de media docena de documentos en que el Santo vacila sobre hechos muy concretos de que él fue protagonista y no sabe si hace dos, tres o cinco días, diez o doce meses, o uno o dos años o tres que ocurrieron.

El primer documento que aduce Coste para elaborar su cronología es el testimonio que San Vicente da en el proceso de beatificación de San Francisco de Sales en 1628. Para esta fecha ya tenía el Santo, según Abelly, cincuenta y dos años El, que no sabía determinar si un hecho había ocurrido hacía dos, tres o cinco días, diez o quince meses, uno o dos años, no teniendo partida de nacimiento ni bautismo, al hacer un examen para responder a la pregunta de cuántos años tenía, ¿no pudo sufrir un despiste y rejuvenecerse en cinco años y sobre este error inicial ir luego haciendo la cronología de su edad? Hoy por hoy creo que la cosa sigue todavía sub judice.

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