San Vicente de Paúl, todo un carácter

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Miguel Pérez Flores, C.M. · Year of first publication: 1996 · Source: CEME.
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Tal es mi fe y tal es también mi experiencia (II, 237)

san vicente de paul1) «San Vicente de Paúl, todo un carácter» es el título de la traducción espa­ñola (1977) de la «Verdadera Vida de san Vicente», escrita por A. Redier en 1947. La alusión al aspecto psicológico es claro. Otros vicencianistas han puesto de relieve algunos rasgos de la psicología de san Vicente, haciendo ver la natu­raleza que la gracia perfeccionó. También san Vicente ha suscitado la curiosidad de los grafólogos’. No pretendemos en este TEMA adentrarnos ampliamente por los vericuetos de la psicología de san Vicente, ni tejer completamente la urdimbre de su carácter. Nos basta insinuar algunos aspectos de su psicología y de su san­tidad. Todos los biógrafos de san Vicente se han preocupado, aunque en grado distinto, de presentarnos a Vicente de Paúl, como hombre y como santo. En reali­dad, no se puede separar el hombre del santo2.

2) La fidelidad que el art. 1 de las Constituciones pide a los misioneros abar­ca todo aquello que san Vicente, hombre, santo y fundador, ofrece: vida, doctrina, instituciones y obras para seguir a Cristo evangelizador de los pobres, es decir, su espíritu. El camino de san Vicente hacia Cristo es el camino del misionero.

Las tentaciones y las purificaciones de san Vicente

No se puede conocer el progreso de una persona …sino después de algún tiempo de tentación (XI, 792).

3) Damos por conocida la biografía de san Vicente. Nuestra reflexión se limita a unos cuantos aspectos. Antes de exponer las virtudes humanas y sobrena­turales de san Vicente, conviene reflexionar sobre sus purificaciones y tentaciones.

4) Jesús tuvo tres serias tentaciones al inicio de su vida pública. Las venció. Podemos imaginarnos lo imposible: ¿qué hubiera sucedido con el plan redentor de Dios, si Jesús hubiera sucumbido a la triple tentación o a la cobardía de no beber hasta las heces, el cáliz de la pasión? Hay momentos en la vida de los hombres en los que se define de alguna manera su futuro. Todos los hombres tienen esos momentos definitivos en los que entran en juego la fidelidad a la llamada de Dios y las consecuencias que de ella se derivan para el futuro de la persona.

5) Las tentaciones a las que nos referimos son las grandes tentaciones, las que si se vencen, vivifican y si se sucumbe ante ellas, matan. Podemos aplicar a las tentaciones lo que san Juan dijo del pecado: no todo pecado es de muerte, pero hay un pecado que causa la muerte, como puede ser el pecado contra el Espíritu Santo (lJn 5, 16). Vicente de Paúl fue tentado y salió purificado de las ten­taciones.

6) Los biógrafos mencionan como tentaciones graves de san Vicente la «acusación de ladrón» por parte del juez de Sore, el proyecto de la «honesta re­tirada» y las dudas «contra la fe» para salvar al célebre doctor (cf. XI, 725-726). La reflexión sobre ciertos acontecimientos de la vida de san Vicente y la lectura atenta de sus escritos permiten intuir otras tentaciones. El P. Dodin habla de la ten­tación del orgullo juvenil (cf. XI, 693), de la ambición y la tentación de la curiosi­dad por la que, según el mismo san Vicente, fue acosado (cf. XI, 514).

7) Las tentaciones que pudieron ser más definitivas, si hubiera sucumbido, fueron la de la ambición por una parte, y la de la «honesta retirada», por otra.

1ª. La ambición. ¿Qué hubiera sucedido si san Vicente, por salir de una situación de pobreza familiar, se hubiera dejado llevar de la ambición de beneficios eclesiásticos, de prebendas y episcopados? Quizás hubiera escalado puestos y logrado vivir desahogadamente, pero se hubiera perdi­do el san Vicente de Paúl que ahora veneramos y admiramos, hubiera dado al traste con su verdadera vocación. Su experiencia le inspiró este anatema: ¡Desgraciado sí, desgraciado el misionero que quiera apegarse a los bie­nes perecederos de esta vida! Pues se verá apresado por ellos, clavado por estas espinas y atado por las ligaduras…! (XI, 773).

2ª. «La honesta retirada». San Vicente habló de ella en la carta que escri­bió a su madre el 17 de febrero de 1610 (cf. I, 88). Los éxitos, así como los fracasos, pueden doblegar al hombre, hacerle que abandone las as­piraciones de ir a más y se contente con lo que ya considera suficiente. ¿No es esta relativa comodidad la causa de la pereza de muchos hombres del estado eclesiástico (cf. VIII, 100) y la que corta toda aspiración y capacidad en concebir grandes y santos ideales por el servicio de Dios? (XI, 398).

Los valores humanos de san Vicente

Poseía un porte grave y benigno. Era de temperamento bilioso y sanguíneo y de una complexión bastante fuerte y robustas.

8) San Vicente estuvo dotado de grandes cualidades, no obstante alguna de sus afirmaciones: Yo soy un ignorante, un estudiante de cuarto (XI,432). Su vida es la mejor prueba de sus dotes. Tampoco careció de defectos. En la primera mitad de su vida, manifestó ser, como ya dijimos, ambicioso y orgulloso.

9) Con la gracia de Dios y el propio esfuerzo, san Vicente tradujo los aspec­tos negativos o ambivalentes de su carácter en valores netamente positivos. Coste nos da un resumen de las cualidades humanas de san Vicente; Hombre de acción y, como tal, activo, dotado de espíritu de iniciativa, audaz, organizador, prudente, sensato, desinteresado, paciente y tenaz’. Ponemos de relieve los siguientes:

. Sensible y abierto

10) El egoísmo que se detecta en los años jóvenes de Vicente se convirtió en una sensibilidad especial ante las necesidades de las personas, especialmente de los pobres. Sus obras apostólicas, su abundante correspondencia y el tono de ella son una muestra de la atención que el santo prestó a los problemas y a las situaciones de las personas. No escatimó tiempo para ello, aunque tuviera que quitar horas al descanso: Le escribí ayer por la noche, durmiéndome (I, 467). Tuvo prisas por contestar. Al P. J. Martín le dijo: Escribo esta carta en plena calle (IV, 227). La gran mayoría de sus cartas son un modelo de atención, sensibilidad y preocupación por la persona, sus problemas y los de sus allegados. Los pobres eran su peso y su dolor’.

11) A la sensibilidad, hay que añadir la apertura ante los problemas de la Iglesia y de la sociedad. Vicente de Paúl fue un hombre con los ojos abiertos a lo que sucedía. Debido a su sensibilidad y apertura se suscitó en él la idea de las fundaciones, la disponibilidad para colaborar a la solución de los múltiples pro­blemas del Estado y de la Iglesia. El doble título de «santo de la caridad» que le ha dado la Iglesia y de «benefactor de la patria» que le dieron sus ciudadanos, es un modo de reconocer su sensibilidad y su apertura ante los problemas y el esfuerzo para resolverlos.

Trabajador

12) San Vicente fue un hombre muy trabajador. Dios le concedió el don de una longevidad lúcida. Tuvo tiempo de hacer muchas cosas. Pero no fue cuestión de longevidad. Supo aprovechar bien el tiempo.

13) Las razones que san Vicente tuvo para trabajar eran las mismas que santo Tomás de Aquino dejó escritas en la Suma Teológica: ganar el sustento, no estar ocioso, mortificar la concupiscencia y socorrer a los otros. Eran razones del orden práctico. La necesidad del trabajo tiene, según san Vicente, raíces teológi­cas, como ampliamente se lo expuso a las Hijas de la Caridad en la conferencia del 28 de noviembre de 1649, al hablarles del amor al trabajo (cf. IX,439).

14) Hay que trabajar porque Dios trabaja incesantemente desde toda la eternidad: conserva el mundo, trabaja en cada criatura, trabaja como el artesano en su taller, como la mujer en sus faenas, como la hormiga, como la abeja. Jesús trabajó. San Pablo trabajó día y noche (cf. RC XI,7) para no ser carga a nadie y se mostró duro con les fieles de Tesalónica que no trabajaban: El que no trabaje que no coma (2Ts 3,10).

15) San Vicente fue duro con los perezosos, humanamente no los aguantaba (cf. XI, 396). Era del parecer de que un sacerdote debe tener más trabajo del que puede hacer (cf. XI, 212). En las Reglas Comunes, estableció que el misionero debe estar siempre útilmente ocupado y evitar la ociosidad, madrastra de las virtudes (cf. RC IV, 5). El lema del misionero debe ser: Totum opus nostrum in operatione con­sistit, que se puede traducir del modo siguiente: lo nuestro es trabajar (XI, 733).

16. La doctrina vicenciana sobre el trabajo sigue siendo válida en todos sus aspectos: el trabajo visto como dolor: Comerás el pan con el sudor de tu rostro (Gn 3,19) o visto como creador: Y díjoles Dios: «sed fecundos, multiplicad y hen­chid la tierra y sometedla» (Gn 1, 28). El trabajo cansa, pero alegra y su fruto satisface; desgasta, pero crea. Desde los orígenes, el hombre fue destinado al tra­bajo y desde entonces, mediante el trabajo, se realiza a sí mismo y cumple la misión de trasformar el mundo.

17) La concepción del trabajo humano ha adquirido con el correr del tiem­po nuevas dimensiones en todos los órdenes: familiar, social, político, económico y moral. El magisterio de la Iglesia, ordinario y extraordinario, ha ilustrado las nue­vas dimensiones del trabajo desde la fe cristiana. Ha insistido en la dignidad del trabajo humano, en su valor santificador, en el derecho al trabajo, en la justa remuneración del mismo y en su humanización.

3º. Organizador

18) A la cualidad humana de ser hombre organizador se añadió la expe­riencia. En Chátillon vio que la caridad no organizada no resolvía el problema de aquella familia pobre. Surgió la idea de la Cofradía de la Caridad para hon­rar a Cristo en la persona de los pobres, sirviéndolos corporal y espiritualmente (cf. X, 568).

19) La inspiración, la llamada, la interpelación pueden surgir cuando me­nos se piensa. Si después no sigue la reflexión, el discernimiento y la organiza­ción, se corre el riesgo de anular el don. Gracias a la organización, se establecen las metas, los métodos, las etapas y las evaluaciones, se hallan los colaboradores y se consiguen los recursos.

Comunicativo

20) La diversidad de personas con las cuales san Vicente se relacionó oral­mente o por escrito durante su larga vida fue amplísima. Se calcula que escribió y dictó unas treinta mil cartas desde 1607 hasta 1660. Trató a toda clase de personas, desde el campesino -que apenas si tenía rostro humano de tanto mirar encorvado hacia la tierra-, hasta el papa, el rey y la reina, cardenales, nuncios, obispos, sacerdotes de prestigio o simples curas de aldea, misioneros y hermanos, hombres de estado, parlamentarios, gentes de leyes, del ejército, grandes damas de la corte, jóvenes aldeanas, pobres, galeotes, dementes, etc.

21) La variedad de asuntos que tocó fue igualmente vastísima, desde la direc­ción de la conciencia hasta los asuntos del Consejo de Conciencia, desde la admi­nistración de los bienes de una comunidad hasta la administración de los bienes personales de los esclavos en Túnez. Se vio obligado a pleitear, a manejar leyes civiles y eclesiásticas. Fue Superior de las comunidades por él fundadas y de otras que se le confiaron, etc. Con todas estas personas, en todos estos campos, san Vi­cente se desenvolvió con soltura y tuvo una palabra que decir o un consejo que dar. De sus relaciones, orales o escritas, merecen destacarse las siguientes facetas:

a) Respetuoso

22) No ofendió voluntariamente a nadie. En todos sus escritos, no encon­tramos ofensa a nadie, aunque sus interlocutores no pensasen como él, ni sintoni­zasen con su modo de ser (Mazarino). ¿Gozó san Vicente del don extraordinario de decir lo que convenía y de callar lo inconveniente? A los misioneros les mandó que no hablaran mal de nadie y que fueran cautos en las cuestiones políticas y de conciencia (cf. RC VIII, 9, 10, 11, 14, 15, 16; IX 9, 10). Obre… lo más cristia­namente que le sea posible con los que nos ponen trabas (I, 220), fue el consejo que dio al P. Du Coudray para tratar a los que se oponían en Roma al proyecto de fundar la Congregación.

b) Pacífico

23) Amante de la concordia y de la paz. San Vicente buscó la unión y la cola­boración para conseguir los fines que consideró un bien para todos. El encuentro con Mazarino, cuando le rogó que se echara al mar para calmar la tempestad, lo hizo por prestar un servicio a Dios, aunque mis pecados me hicieron indigno de ello, según escribió al P. Portail (III, 368). Al P. Pesnel le dijo que no quería entrar en el fragor de las controversias morales y que se limitaba a pedirle a Dios que una los espíritus y los corazones y que ponga paz en su Iglesia (VIII, 79). El P. Congar, en su libro titulado «Verdaderas y falsas reformas de la Iglesia», hace notar que san Vicente, al igual que Olier, reaccionó contra las discusiones porque en ellas se devoraba la caridad que es el corazón de la Iglesia o porque veía en ellas (en las discusiones jansenistas) un juego meramente intelectual y orgulloso’3.

c) Agradecido

24) Alabó el bien y fue agradecido. Abelly nos ha conservado unas pala­bras de san Vicente en las que el mismo santo confiesa tener dos buenas cualida­des: el agradecimiento y el alabar el bien allí en donde lo ha encontrado: Tengo dos cosas en mí que no puedo menos de alabar: el bien y el ser agradecido’4. El éxito de sus amistades estaba en su agradecimiento. Un detalle interesante es que cuando sentía vecina la muerte escribió a uno de sus grandes bienhechores, al Sr. de Gondi: El estado tan achacoso en que me encuentro… mi obligan, ante la duda de lo que pueda ocurrir, a usar la precaución de postrarme en espíritu a sus pies para pedirle perdón por los disgustos que le he dado con mi rusticidad y para agradecerle con toda humildad, como lo hago, esa paciencia tan caritativa que ha tenido conmigo y los inumerables beneficios que nuestra pequeña Congrega­ción y yo en particular hemos recibido de su bondad. Esté seguro, señor, que si Dios quiere seguir dándome fuerzas para rezar, las emplearé en este mundo y en el otro para pedir por Vd. y por todos los suyos… (VII, 373).

d) Magnánimo

25) Todo lo anterior supone la grandeza de alma, el don de la magnani­midad, el que sitúa a la persona ante grandes horizontes y ante los grandes inte­reses de la gloria de Dios, de la Iglesia, de la sociedad, de los pobres y evita que el alma quede sofocada por la envidia. En favor de la magnanimidad y como aviso contra la envidia, dejó a los misioneros el magnífico número 10 del capítu­lo XII de las Reglas Comunes: Reprimiremos con gran cuidado los primeros signos de la envidia…. debemos revestirnos del espíritu de Moisés que, cuando se le pidió que prohibiera profetizar, exclamó: «Dios quiera que todo el pueblo profetice» (Nm 11, 22).

e) Responsable

26. San Vicente fue responsable en todos los asuntos en los que puso su mano. Tomó en serio lo que emprendió hasta recibir la impresión de un versado profesional. No es que tuviera todas las cualidades y en todos los campos, pero supo reflexionar, consultar, discernir, organizar, corregir y no desistir, si el asunto llevaba signos claros de que Dios lo quería. Firmes en el fin y flexibles en los medios, según la máxima de san Francisco de Sales, y usar medios divinos para las cosas de Dios, y el sentir en todo según el sentido y el pensar de Cristo, como dejó escrito en las Reglas Comunes de los misioneros (RC II, 5). Su responsabili­dad ha merecido ponerlo como modelo de los hombres de acción y maestro de los hombres de estado, como lo han hecho Boudignon y Menabrea.

Virtudes sobrenaturales

Es preciso que las virtudes teologales sean las primeras que se impriman en nuestros corazones (XI, 40).

27) En un santo no es difícil encontrar virtudes que imitar y si el santo ha sido además Fundador, Director espiritual y Superior, lo más probable es que tam­bién haya dejado a sus seguidores una doctrina. Tal es el caso de san Vicente. Sin embargo, conviene tener presente que san Vicente no hizo teoría. Más bien transmitió la propia experiencia espiritual envuelta con el lenguaje y con los con­ceptos, entonces en boga.

28) Hoy se prefiere hablar de actitudes fundamentales del cristiano más que de virtudes particularizadas en objeto, en actos, etc. Más que buscar las distindones que existen entre las virtudes, interesa conocer la estructura básica de la persona, cómo queda configurada con relación a los valores de la vida teologal y qué dinamismos son los que actúan en el esfuerzo por identificarse con Cristo.

El valor de san Vicente, modelo del vicenciano, sacerdote o laico, está, no tanto en lo que fue y dijo, sino en lo que le dice hoy. Por eso es importante leer a san Vicente y meditar sobre sus virtudes, desde la sensibilidad espiritual actual.

Entre las actitudes, fruto de la vivencia de las virtudes teologales, señalo las siguientes:

1º. Arraigo en Dios

31) Si en Jesús la religión para con el Padre era una de las virtudes princi­pales, como hemos dicho, lo mismo sucede en san Vicente. Si la vinculación con el Padre hizo que Jesús lo amara, lo sirviera, llevara a cabo su plan de salvación del mundo, aceptara su voluntad, etc., lo mismo hay que decir de san Vicente: desde el arraigo en Dios hay que explicar todo su comportamiento hacia Dios y hacia los pobres. Es conocida la frase de H. Bremond: No fueron los pobres los que lo llevaron a Dios, fue Dios el que lo llevó a los pobres».

32) El arraigo profundo en Dios es una de las vetas vicencianas más fecun­das. San Vicente fue un hombre religioso. Se sintió ligado a Dios. Es el Absoluto y como tal lo vive. Lo que «interesa es la gloria de Dios», «el buen nombre de Dios», «si hacemos las obras de Dios, Dios hará las nuestras», y frases semejantes salieron con frecuencia de sus labios.

33) En el mensaje religioso de san Vicente, está por una parte, la fecundi­dad espiritual y apostólica y, por otra, la fuerza interpeladora al hombre secular, a quien Dios le estorba o le es indiferente. Para san Vicente, no es posible hacer nada sin Dios. A los misioneros les dijo: Y estaremos seguros de que mientras nos enraicemos en este amor y nos basemos en esta esperanza, viviremos siempre bajo la protección del Dios del cielo (RC 11,2).

2º. Continuador de la misión de Cristo

34) Otra de las grandes convicciones de san Vicente fue que Dios le había concedido la gracia de ser continuador de la misión de Cristo. Muchas veces repi­tió que los misioneros eran continuadores de la misión de Cristo. En el prólogo a las Reglas Comunes, escribió: llamados a continuar la misión de Cristo… La idea la repitió, de una manera o de otra, siempre que quiso dar motivos para que los misioneros se comportasen como buenos continuadores de la misión de Cristo.

El vigor de esta convicción: ser continuador de la misión de Cristo, hace que Cristo sea el punto de referencia definitivo. Primero, la persona de Cristo. Cris­to es para san Vicente «todo»: que es nuestro padre, nuestra madre y nuestro todo

(V, 511). Después, hacia la misión de Cristo evangelizador de los pobres. San Vicente se preguntó: ¿No nos sentiremos felices nosotros por estar en la Misión con el mismo fin que comprometió a Dios a hacerse hombre? (XI, 34). Es suficiente pre­guntarnos cómo se comportó Cristo en la realización de su misión evangelizado­ra para deducir una serie de virtudes propias del evangelizador.

3º. Servidor de los pobres

36) No es posible pensar en la misión de Cristo sin pensar en los pobres: He sido enviado a evangelizar a los pobres (Lc 4,1 8). Tampoco es posible pensar en la misión de san Vicente, sin pensar en los pobres. El P. José M2 López Maside ha defendido en su tesis cómo san Vicente llegó a unir vivencialmente a Cristo con los pobres y viceversa: La conformación con Cristo lleva a san Vicente a la unión con Dios en el servicio de los pobres, realiza su conformación a Cristo y la unión con Dios. Así, su vocación se centra en hacer aquello que Jesucristo vino a hacer en la tierra», es decir, evangelizar a los pobres. Se confirma lo dicho con estas palabras de san Vicente: Así pues, padres y hermanos míos, nuestro lote son los pobres, los pobres: «pauperibus evangelizare misit me». ¡Qué dicha, padres, qué dicha! ¡Hacer aquello por lo que nuestro Señor vino del cielo a la tierra y median­te lo cual nosotros iremos de la tierra al cielo (XI, 324).

37) Al considerar a los pobres como Maestros y Señores, los convirtió en libros abiertos. En el rostro de los pobres, se ven los pecados de la humanidad’9. Los males de los pobres: el hambre, el subdesarrollo en todos los campos, la mar­ginación, la explotación de sus vidas, las guerras, etc. demuestran el egoísmo, el orgullo, el dominio injusto, la dureza de los hombres, la injusticia de las estruc­turas sociales, etc. Por otra parte, hay pobres, hoy, como los hubo en tiempo de san Vicente, que enseñan lo que es la verdadera religión (cf. XI, 1 20). Y todos los pobres, por predilección de Cristo son su sacramento, en ellos Cristo se hace presente si los vemos con fe: Dadle vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre (XI, 725).

38) La visión que san Vicente tuvo de los pobres suscitó en él los sentimien­tos más nobles del corazón humano, como son la compasión, la cordialidad, la dulzura, el respeto y hasta la veneración (cf. IX, 915).

4º. Amor a la Iglesia

39) Leyendo a san Vicente, es fácil constatar que fue un verdadero «ecle­siástico», no sólo por el hecho de ser sacerdote y estar dentro del llamado estado eclesiástico, sino por su amor a la Iglesia y su compromiso con ella. Es fácil intuir que el amor a la Iglesia influyó en el comportamiento espiritual y apostólico de san Vicente.

40) El sentido vicenciano de Iglesia hay que verlo principalmente, no exclu­sivamente, en la atención evangelizadora al pueblo (misiones populares) y en la formación espiritual (ejercicios a los ordenandos, conferencias de los martes) y pastoral de los sacerdotes (Seminarios y pequeño método). La primera experien­cia de Iglesia que le afectó profundamente fue predicando la misión en Montmi­rail, cuando el hugonote manifestó que no podía creer que la Iglesia estuviera guiada por el Espíritu Santo, cuando no atendía a los pobres (cf. XI, 727).

41) San Vicente sufrió a causa de los males de la Iglesia. Se lamentó ante la extensión que iba logrando el jansenismo. Escribiendo al P. Dehorgny le dijo: ¡Qué no hemos de hacer por salvar a la esposa de Cristo! (III, 165). Temió por el futuro de la Iglesia en Europa. Al mismo P. Dehorgny le dijo: Tengo mucho miedo de que Dios permita la aniquilación de la Iglesia en Europa, por culpa de nuestras costumbres corrompidas, de tantas y tan diversas opiniones que vemos surgir por todas partes y del escaso progreso que realizan los que se esfuerzan por remediar todos estos males (III, 165).

42) La obra reformadora, que desarrolló san Vicente desde el Consejo de Conciencia, ha permitido decir a más de un historiador que la Iglesia de Francia estuvo en sus manos. Se comprometió responsablemente en la elección de los obispos, abades, canónigos, etc. y en la reforma de las Órdenes religiosas. La formación de los sacerdotes tenía como fin el dar buenos ministros a la Iglesia, porque la iglesia necesita hombres evangélicos que trabajen (III, 181) y porque los malos sacerdotes son sus peores enemigos (cf. XI, 205). Al contrario, con la formación de buenos sacerdotes es como se llega a hacer efectivo el Evangelio (XI, 390-391).

43) De su amor a la Iglesia, surgió en san Vicente el proyecto de ir a las misones ad gentes: Le confieso que siento un gran afecto y devoción, según creo, a la propagación de la Iglesia en los países infieles (III, 37). ¿Quién sería capaz de decir que Dios no nos llama ahora a Persia? No hay que deducirlo del hecho de que no estén llenas nuestras casas: no siempre las que están con más gente dan más fruto (III, 143). La obra misionera de Madagascar fue mimada por san Vicen­te. No se arredró ante las dificultades: ¿Será posible que seamos tan cobardes de corazón y tan poco hombres que abandonemos esta viña del Señor, a la que nos ha llamado su divina Majestad solamente porque han muerto allí cuatro o cinco o seis personas?…¡Bonita Compañía sería la de la Misión si, por haber tenido cinco o seis bajas, abandonase la obra de Diosl (XI, 297 298).

44) A los aspectos antes dichos, hay que añadir el respeto de san Vicente a la jerarquía de la Iglesia, el amor al papa, la obediencia a los obispos, la aten­ción a los párrocos (cf. RC V, 1), el espíritu de colaboración y la aceptación del magisterio de la Iglesia, no obstante que no siempre iba conforme con su expe­riencia: Hay que respetar las órdenes del Concilio como venidas del Espíritu Santo. Sin embargo, la experiencia hace ver que la forma cómo se lleva a cabo respecto de la edad de los seminaristas no da buenos resultados (II, 386). Al Dean de Senlis le escribió diciendo: Si espera que Dios le mande un ángel del cielo para iluminarlo mejor, no lo hará; lo ha enviado a la Iglesia, y la Iglesia reunida en Trento lo envía a la Santa Sede en el asunto de que se trata… (VI, 265).

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