Nuestro ministerio para ayudar a formar al clero diocesano, ayer y hoy

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la MisiónLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Robert P. Maloney, C.M. · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 2000 · Fuente: Fuente: Vincentiana Año 44, nº 3. Mayo-Junio, 2.000.

Al escribir este artículo quiero expresar mi gratitud a la vida y ministerio del P. Mauricio Roche, fallecido recientemente. Su obra, San Vicente de Paúl y Formación de los Clérigos, (Friburgo University Press, 1964), ha sido una fuente muy útil a la hora de tratar de este asunto.


Tiempo de lectura estimado:

A San Vicente le encantaba hablar sobre la formación del clero diocesano, en especial los últimos años de su vida.1 «Al principio,» decía a los cohermanos el 6 de diciembre de 1658, «la Compañía se ocupaba tan sólo de sí misma y de los pobres, pero con el paso del tiempo, Dios nos llamó a colaborar en la formación de buenos sacerdotes, a dar buenos pastores a las parroquias, y a enseñarles cuanto debían saber y practicar.»2 Habla con elocuencia de la importancia de esta obra, que describe en las Reglas Comunes como «casi igual» a la de dar misiones.3 En otras ocasiones llega a hablar de la formación del clero diocesano como igual a las misiones.4 Tan fundamental es la formación del clero diocesano en la mente de san Vicente que la incluye en el fin de la Congregación cuando redacta las Reglas Comunes.5 Nuestras Constituciones de 1984 siguen con todo cuidado a san Vicente en este punto, al ampliar la obra de formación e incluir en ella a los laicos: «El fin de la Congregación de la Misión es seguir a Cristo Evangelizador de los pobres. Este fin se alcanza cuando, fieles a san Vicente, los miembros individual y colectivamente:.. 3º ayudan al clero y a los laicos en su formación y los llevan a una más completa participación en la evangelización de los pobres.»6

Este artículo tendrá por objeto nuestra misión Vicenciana en las tareas de la formación del clero diocesano. Por eso no contemp1ará directamente la formación de nuestros propios seminaristas vicencianos, ni de los laicos. Ambos son temas de importancia, pero que debo reservar para otra ocasión o tal vez para otros escritores. Aquí trataré:

  1. El ministerio de ayuda en la formación del clero diocesano, según lo entendía san Vicente.
  2. Algunos cambios significativos que han tenido lugar entre los siglos XVII y XX.
  3. Algunas reflexiones sobre la formación del clero diocesano hoy.

Al reflexionar sobre este asunto, a uno le resulta asombrosa la lista de los nombres de cohermanos que han servido con fidelidad en este ministerio; entre ellos, Pedro Collet, Pedro-Renato Rogue, Luis José François, Juan Enrique Gruyer, Juan Gabriel Perboyre, Fernando Portail, Guillermo Pouget, Pedro Coste, Raimundo Chalumeau.

I. Formación del clero diocesano como la entendía San Vicente

La visión de san Vicente sobre la formación del clero era amplia y sus compromisos tenían muy facetas. Presentaré brevemente sus trabajos en seis apartados principales: misiones, ejercicios de ordenandos, las Conferencias de los Martes, seminarios, ejercicios para sacerdotes, y el Consejo de Conciencia.

1. Misiones

Aunque se pase a veces este punto por alto, está claro que las misiones fueron la primera obra en la que san Vicente dirigió las energías de la Congregación hacia la formación del clero. Hablando de las misiones, declara Abelly: «Además de todos estos servicios prestados a los laicos, el Sr.Vicente procuraba que sus misioneros hicieran cuanto podían por todo el clero de la zona. A ello destinaba conferencias espirituales, en las que discutía con ellos las obligaciones de su estado, las faltas de que debían guardarse, las virtudes que debían practicar como más convenientes a su estado, y otros temas parecidos.»7

En efecto, los relatos de misiones nos presentan abundantes ejemplos de sacerdotes cuyas vidas cambiaron por la obra de los misioneros. Demuestran claramente que, muy pronto, la formación del clero diocesano fue una gran preocupación de san Vicente, ya que se dio cuenta de la influencia que para bien o para mal podían tener en las vidas de los pobres. Decía a la comunidad que fue su trabajo en las misiones lo que le llevó a valorar la formación de buen clero.

2. Ejercicios de Ordenandos

San Vicente refería a menudo lo mal preparados que estaban los sacerdotes diocesanos de su tiempo. Y no era el único en observarlo. Berulle, Bourdoise, Olier, Eudes, y otros llegaron a la misma conclusión a principios del siglo XVII había una necesidad imperiosa de reformar el clero en Francia.

Como sucedió con otras obras, Vicente decía que nunca pensó en comenzar los ejercicios para ordenandos.8 Pero a ésta seguro que se dio de lleno con todo su corazón. Consideraba a los ordenandos como el depósito más rico y preciado que la Iglesia podía colocar en nuestras manos.»9

Abelly nos cuenta los comienzos de los ejercicios. Agustín Poitier, Obispo de Beauvais pidió consejo a Vicente sobre la reforma de sus propios sacerdotes. Vicente comprendiendo cuan difícil iba a ser cambiar las vidas de aquellos que llevaban largo tiempo ordenados, recomendó que comenzara con los jóvenes. En septiembre de 1628, acompañado de otros dos, Vicente dio unos ejercicios a los ordenandos de Beauvais. Resultaron un éxito. En 1631 comenzaron a llegar ordenandos al colegio des Bons-Enfants para los ejercicios, y luego a San Lázaro. Para 1639 todos los clérigos que vivían en París, fueran de la Diócesis que fueran, tenían como requisito tomar parte en estos ejercicios. Los ejercicios se celebraban seis veces al año hasta 1643 y cinco veces al año después. Se dice que, sólo en París, durante la vida da San Vicente unos 12.000 sacerdotes recién ordenados participaron en los ejercicios para ordenandos.10 Pronto se extendieron de París a muchas ciudades: Richelieu, Nuestra Señora de la Rose en la Diócesis de Agen, Troyes, Angouleme, Reims, Noyon, Chartres, Saintes y otras.11 En Roma, se ofrecieron los ejercicios a título voluntario a partir de 1642. El Papa Alejandro VII, en 1659, mandó que todos los ordenandos tomaran parte en los ejercicios en la casa de los vicencianos.

De quinientos a seiscientos clérigos pasaban cada año por San Lázaro solamente. Sólo habían transcurrido dos años desde los comienzos en París, cuando san Vicente escribía:

Ha sido del agrado de la bondad divina conceder una bendición especial a los ejercicios para ordenandos de una manera que sobrepasa la imaginación. La bendición es tal que todos los que han hecho los ejercicios, o la mayor parte de ellos, llevan la vida de buenos, perfectos eclesiásticos.12

En el Colegio des Bons-Enfants los ejercitantes se veían sometidos a un ritmo casi temible. Se levantaban a las cuatro y media de la mañana para la oración. A las cinco recibían instrucciones para hacer bien la meditación. A las seis recitaban las Horas Menores en común. Seguía una Misa cantada. San Vicente ponía un énfasis especial en la celebración de esta Eucaristía, como modelo para los ordenandos.13 Después de la Misa, se reunían para una conferencia sobre teología de una hora de duración. A continuación se dividían en grupos de diez o doce personas con objeto de discutir el tema de la conferencia. Durante la comida, a las once, escuchaban una lectura de Instrucción para Sacerdotes de Molina. Luego tenían una hora libre para conversar. A esto seguían Vísperas y Completas (en una hora que a buen seguro nos parecerá extraña hoy). A continuación venía una instrucción sobre las ceremonias de la Misa. A las cuatro tomaban parte en otra conferencia de una hora sobre teología. A esto seguían Maitines y Laudes del día siguiente, según la costumbre del tiempo. Luego se cenaba y seguía un período de conversación. A las ocho de la tarde se juntaban para un examen de conciencia y oraciones de la noche. Tras lo cual se observaba el gran silencio y todos se iban a dormir.

Con la ayuda de tres de sus amigos (Nicolás Pavillón, Francisco Perrochel, y Juan Santiago Olier, San Vicente compuso un manual para los ejercicios titulado Entretien des Ordinands. Nunca fue llevado a la imprenta, y del que sólo se conserva copias manuscritas.14 Vicente lo sometió a varios doctores de la Sorbona para ser comentado. Ellos le aseguraron que contenía las materias necesarias para ejercer el ministerio sacerdotal bien.

Puede servir de ayuda aquí presentar de forma gráfica los temas tratados en estos ejercicios.

Conferencias a los Ordenandos

Días Mañana: Teología Moral Tarde
1 Conferencias a los Ordenandos Oración mental: razonespara practicarla, en queconsiste, métodos y me-dios de hacerla.
2 Censuras en particular: excomunión suspensión proscripción, irregularidad. La vocación al estado eclesiástico: qué importante es ser llamado por Dios.
3 El sacramento de la penitencia:su institución, forma, efectos, y cualidades que necesita un confesor para administrarlo bien. El espíritu eclesiástico.La obligación de poseerlo.
4 Disposiciones para recibir el sacramento de la penitencia: contrición, confesión, satisfacción, Indulgencias. Ordenes en general: institución, necesidad, materia, forma. efectos, diferencias, disposiciones necesarias para recibirlas.
5 Leyes divinas y humanas, el pecado en general: división, circunstancias, tipos, causas, efectos, clases y remedios. Tonsura clerical: obligaciones que impone, cualidades requeridas.
6 Los tres primeros mandamientos del Decálogo: deberes del hombre para con Dios, en particular las 3 vìrtudes teologales, la virtud de la religion y sus aspectos. Ordenes menores: definición, materia forma, funciones y virtudes necesarias.
7 Los otros 7 mandamientos en relación con el prójimo. El subdiaconado y las virtudes que le son propias, especìalmente la castidad.
8 Los sacramentos en general. La Confirmación y la Eucaristía como sacramentos. El diaconado y las virtudes propias en particular la caridad para con el prójimo.
9 La Eucaristía como sacrificio; Extrema Unción; Matrimonio. El sacerdocio el conocimiento requerido para cumplir sus funciones dignamente.
10 El Credo de los Apóstoles explicado artículo por artículo según lo que un sacerdote debe conocer con los consejos necesarios para poderlo enseñar. La vida eclesiástica, con vistas a que los ordenandos deben llevar una vida mucho más santa que los laìcos.

De hecho, los ejercicios para ordenandos no siguieron mucho tiempo después de la muerte de san Vicente. Poco a poco fueron ca­yendo en desuso a medida que se extendían los seminarios por toda Francia. Hacia 1668, fecha de la Asamblea General, los cohermanos hablaban de los ejercicios para ordenandos como algo del pasado.15

3. Las Conferencias de los Martes

Vicente sintió la necesidad de algo que fuera más allá que los ejercicios. A partir de 1633, empezó a reunir a los sacerdotes que estaban interesados en su formación permanente. Discutían sobre el crecimiento en la santidad y sobre el ministerio.16 El primer grupo, que se reunió el martes, el 9 de Julio de 1633, discutió sobre «el Espíritu Eclesiástico».

Vicente redactó una norma que regulaba las reuniones y también las vidas de los miembros. El mismo en persona presidía las reuniones, y hacía las advertencias finales.

No era tan fácil ser admitido en este grupo, en el que solamente los que llevaban una vida ejemplar eran admitidos, contándose entre ellos algunos de los más grandes nombres del clero de París por entonces. Una lista redactada el 1 de Octubre de 1660, pocos días después de la muerte de san Vicente, contaba con 40 doctores de la Sorbona, 22 obispos, y numerosos fundadores de Congregaciones religiosas. Aunque las conferencias iban dirigidas hacia el crecimiento en santidad, san Vicente dirigía también a los miembros hacia una vida apostólica muy activa: enseñando el catecismo a los niños, evangelizando e instruyendo a los pobres, prestando cuidados espirituales en hospitales, y dando misiones populares.

Las conferencias de los martes se extendieron a otras ciudades, más allá incluso de las fronteras de Francia. Se tuvieron en al Dauphiné, Languedoc, Saintes, Marsella, Alet, Metz, Angers, Burdeos, Génova y Turín entre otros lugares.

La originalidad da las Conferencias de los martes, y tal vez la razón de su éxito, era triple. En primer lugar, las reuniones se dirigían ente todo al crecimiento espiritual de los participantes, centrándose en una espiritualidad apostólica. En este sentido, se diferenciaban de otras reuniones organizadas por entonces para sacerdotes en Francia e Italia con objeto de estudiar los «casus conscientiae». En segundo lugar, eran semanales. Esto quería decir que los miembros tenían que comprometerse, a un costo considerable, a tomar parte. En tercer lugar, ofrecían un tipo especial de espiritualidad sacerdotal, destinada directamente a la evangelización de los pobres. Dentro de ese contexto, cada miembro conservaba su propia identidad secular, ya que todos eran sacerdotes diocesanos.

Aún dada la originalidad de la estructura de las Conferencias de los martes, es indudable que gran parte del éxito dependía de la presencia personal de san Vicente. Bossuet nos dice: «Vicente era el alma de esta piadosa reunión.»17

De palabra, y con su ejemplo, Vicente comunicaba a los miembros de las Conferencias de los martes su «pequeño método» de predicar. Estaba íntimamente convencido de la necesidad de predicar con toda sencillez y trasmitía este convencimiento a los miembros de su propia congregación y a los seminaristas y sacerdotes diocesanos con quienes y para quienes trabajaba. Sus esfuerzos por reformar la predicación tuvieron con el tiempo gran éxito, como él mismo confesaba. Hablando del pequeño método el 22 de agosto de 1655, observó que, cuando alguien predicaba bien, la gente comentaba: «Predica como un Misionero ¡Oh Salvador!, vos habéis concedido a la pequeña Compañía esta gracia de inspirarle un método que todo el mundo quiere seguir.»18

4. Seminarios

En 1636 san Vicente comenzó una especie de «seminario menor» en los Bons-Enfants, pero no tuvo ciertamente éxito. Se sabe que por 1644 no le entusiasmaba la idea de recibir a jóvenes como candidatos al sacerdocio. Se daba cuenta de que, al menos en Italia y Francia, tales intentos no prosperarían. Los candidatos eran demasiado jóvenes para tener una idea clara sobre su vocación y muy pocos perseveraban.19

Vicente dio un paso más en 1642 cuando empezó a preparar a candidatos adultos para el sacerdocio en el colegio des Bons-Enfants.20 En 1647 había allí 60 hombres preparándose para las órdenes.

Después de Bons-Enfants, se abrieron otros seminarios en Cahors, Saintes, Saint-Méen, Le Mans, Marsella, Tréguier, Agen, Périgueux, Montauban, Troyes, Agde, Meaux, Montpellier y Narbona. Vicente mismo menciona el éxito de la fundación de Cahors en carta dirigida a la Reina de Polonia el 6 de septiembre de 1651:

 

No hace mucho que tenemos seminarios en este reino señora, y sin embargo los progresos son considerables. Uno de los Señores Obispos antes mencionado (Alain de Solminihac, Obispo de Cahors) se dignó escribirme hace poco que se sentía muy consolado de ver a su clero reformado por su seminario establecido tan sólo hace ocho o diez años y dirigido por cuatro sacerdotes de nuestra Compañía.21

La convicción más profunda de san Vicente al erigir seminarios, era que el sacerdote debe ante todo ser virtuoso.22 Además, el sacerdote debe adquirir el conocimiento necesario para las funciones a él asignadas.23 Sus puntos de vista sobre la adquisición de conocimientos era bastante pragmática. Aunque él era culto, no era partidario de la pura teoría. Le preocupaba más que la gente supiera lo que necesitaba saber, que se dejaran de otras materias por las que pudieran sentir curiosidad. Su actitud hacia el estudio se resume claramente en las Reglas Comunes para la Congregación de la Misión: «San Zenón dice, la curiosidad hace reos, no peritos, y según san Pablo: La ciencia hincha. Y esto sobre todo cuando no se atendía a su consejo: No pensar demasiado bien de uno mismo, sino estimarse con sobriedad. Todos nosotros, pero muy especialmente los estudiantes, debemos estar siempre alerta para que ningún deseo desordenado de aprender invada nuestro corazón. Con todo, no debemos pensar en dejar el estudio que se necesita para llevar a cabo bien la obra del misionero, siempre que nuestro fin principal sea adquirir la ciencia de los santos que se enseña en la escuela de la cruz, para que prediquemos sólo a Jesucristo, siguiendo el ejemplo de san Pablo, quién en su carta a los Corintios admitía abiertamente que con ellos no hablaría de otra cosa que de Jesucristo, y éste crucificado.»24

Tenía asimismo ideas muy claras sobre la enseñanza. No quería que los profesores dictaran apuntes, prefería que emplearan un buen autor y explicaran su texto a los estudiantes. Cita cinco textos con nombre propio: Pedro Lombardo en teología, Martín Becanus25 en apologética, Francisco Toledo26, Pedro Binsfeld27, y Martín Bonacina28 en casos de conciencia.

Urge a los estudiantes a que estudien con sobriedad, frenando su curiosidad,29 y humildemente,30 presentándoles el ejemplo de Andrés Duval quien, siendo un doctor muy instruído de la Sorbona mostraba una humildad sorprendente. Resumía sus consejos en una charla a los jóvenes estudiantes que comenzaban la filosofía el 23 de octubre de l658:

Que la filosofía que vais a aprender os ayude a amar y servir al buen Dios aún más que hasta ahora; que os ayude a elevaros hasta él por amor; y mientras estudiáis la ciencia y la filosofía de Aristóteles y os aprendéis todas sus divisiones, que aprendáis la ciencia, y filosofía de nuestro Señor y aprendáis sus máximas las pongáis en práctica, y que lo aprendido no sirva para hinchar vuestro corazón, sino que os ayude más bien a servir mejor a Dios, y a su Iglesia.31

Es importante notar tres características de los seminarios fundados por san Vicente:

1. Eran para los jóvenes que estaban próximos a recibir las órdenes.

2. Por ello, no ofrecían de ninguna manera programa completos de filosofía y teología como los seminarios de hoy.

3. Por su brevedad, tendían a enfatizar lo práctico, en particular cuestiones de teología moral y materias relacionadas con la administración de los sacramentos. San Vicente pone gran énfasis en ofrecer lo que es útil.32 «Por esa razón, la liturgia y la predicación ocupan un alto puesto en su lista de prioridades.

Como tenía gran interés en que la formación del seminario no fuera abiertamente teórica, sino que tuviera una finalidad práctica, Vicente se inclinaba por una especie de aprendizaje. Para lograrlo relacionaba un seminario a una casa de la Congregación, de forma que los que se preparaban para el sacerdocio pudieran unirse a los misioneros y ayudarles en las instrucciones catequísticas.

Como en todas las obras de la Congregación, san Vicente, quería que sus seminarios se establecieran sobre una base financiera sólida. Para ello, unía beneficios a los seminarios, y los proveía de rentas de capillanías, como fuente de mantenimiento. Alguna vez, si bien a regañadientes, aceptaba dinero de los estudiantes por su propio alojamiento.

5. Ejercicios para Sacerdotes

Además de los ejercicios para ordenandos, san Vicente ofrecía también ejercicios espirituales para sacerdotes. De hecho, esta es una de las obras mencionadas en la bula de la fundación de la Compañía, «Salvatoris Nostri.»33 Y es sabido que un gran número de sacerdotes llegaban a San Lázaro cada año para hacer su retiro anual. La casa a menudo se llenaba de ejercitantes que venían de todas partes; esto creaba considerables problemas económicos. Otras casas de la Congregación se convirtieron también en centros de ejercicios para el clero diocesano. Abelly reproduce un número de cartas de sacerdotes y obispos señalando la importancia que estos ejercicios tuvieron en sus vidas.34

San Vicente consideraba estos ejercicios espirituales como complementarios de los que habían hecho los ordenandos, así como de la formación recibida en las conferencias de los martes y en los seminarios. Fundamentalmente, concebía unos ejercicios como un tiempo de formación y renovación permanente. Resume su pensamiento sobre la relación de sus distintas obras en una carta a Luis Lebretán escrita el 3 de febrero de 1641:35

Así se servirá a Dios de esta Compañía: para la gente sencilla, por las misiones; para el clero que está comenzando, por los ejercicios de ordenandos; para los que ya son sacerdotes, no admitiendo a beneficios o vicariatos a nadie que no haya hecho estos ejercicios y se haya instruido en el seminario; y para los que tienen beneficios, por los ejercicios espirituales. Que plazca a la Divina Bondad concedernos su gracia para lograrlo.

6. El Consejo de Conciencia

Mientras pudiéramos considerar este ministerio como un aspecto del carisma personal de san Vicente, más que como una obra de la Congregación, guarda no obstante estrecha relación con la inspiración que legó a los miembros de la Compañía, es decir, que se debían entregar a la formación y reforma del clero.

Vicente prestó sus servicios en este cuerpo administrativo, un tanto selecto, de 1643 a 1652. Comprendió que la reforma del clero en Francia no perduraría a menos que tuviese raíces profundas; la selección de obispos era, por lo tanto, muy importante. En Francia el Concordato de 1516 seguía vigente. Este concedía al rey un papel decisivo en el nombramiento de candidatos para el episcopado y otros altos cargos eclesiásticos. Vicente explica a Guillermo Gallais, superior de Sedán, el 13 de febrero de 164436 que su papel en el Consejo de Conciencia37 le dio una gran oportunidad de influir en cuestiones relativas «al estado religioso y a los pobres.»

Este trabajo, evidentemente, fue difícil para san Vicente. Escribe a Bernardo Codoing en l643: «Nunca he sido más digno de compasión que ahora, ni nunca he tenido más necesidad de oraciones que en mi nuevo puesto. Espero que no sea por mucho tiempo.»38 Se trataba en verdad de un trabajo muy difícil, en un entorno lleno de intrigas políticas. Si bien san Vicente tenía acceso habitual a la reina, también tenía un adversario formidable en el Cardenal Mazarino, quien le consideraba como a uno de sus enemigos.39

II. Cambios significativos que han tenido lugar entre los siglos XVII y XX

Ha habido cambios enormes en la formación sacerdotal entre la época de san Vicente y la nuestra. Aquí, me fijaré sólo en seis.

1. Existen ahora programas bien organizados para la formación sacerdotal en muchos países. Debido a eso los sacerdotes diocesanos están por lo general mucho mejor formados hoy que en el siglo XVII. Las conferencias episcopales en todo el mundo han formulado «Programas de Formación» sacerdotal que han sido aprobadas por la Santa Sede, basadas en la Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis. Estos programas trazan las líneas generales de los requisitos fundamentales para la ordenación del sacerdocio en una serie extensa de títulos que comprenden la preparación humana, espiritual, intelectual, y pastoral de los candidatos. En va rios países, equipos de visitantes evalúan los seminarios a la luz de los criterios contenidos en los «Programas de Formación Sacerdotal.»

2. Con el nivel de la educación del clero diocesano en ascenso, muchos obispos han decidido llevar todo el control de la educación de sus propios candidatos, empleando a sacerdotes diocesanos como directores de formación y profesores. Como resultado, muchos seminarios, anteriormente en manos de miembros de Congregaciones, están ahora dirigidos por el clero diocesano.

3. A partir de los 60, Europa Occidental y Estados Unidos han sufrido un notable descenso en el número de vocaciones al sacerdocio. No es este el lugar para discutir los complejos factores religiosos, sociológicos, económicos y demográficos que han provocado la decadencia en las vocaciones sacerdotales.40 Aquí bastará con decir que la drástica caída de vocaciones ha llevado al cierre de muchos seminarios. Esto ha tenido hondas repercusiones en la Congregación de la Misión ya que, muchos cohermanos bien preparados que llevaban años trabajando en seminarios se han visto de la noche a la mañana sin empleo en el campo para el que estaban preparados. También las Provincias, sin preparación para este cambio súbito, han cedido a veces a la presión por parte de los obispos a enviar a estos cohermanos a equipar las parroquias. Esto ha supuesto, en algunos casos, que se vean dispersados en colocaciones donde viven solos o con muy pocos.41

Mientras el número de vocaciones ha disminuido en Europa occidental, y en Estados Unidos, ha aumentado en otras partes del mundo. La Congregación recibe todavía numerosas peticiones de los obispos de Asia, África, y América del Sur, pidiendo equipos de sacerdotes para encargarse de seminarios, algunos de los cuales tienen gran número de estudiantes, o buscando cohermanos como directores espirituales o profesores. No resulta fácil dar una respuesta afirmativa a tales peticiones, pues los que se encuentran preparados para la formación sacerdotal no conocen la lengua o la cultura del país que llama, ni la vida concreta de la Iglesia para la que los candidatos de allí se están formando. Estos factores hacen que la adaptación sea difícil.

4. Como resultado de los cambios ya mencionados, y otros factores, el papel de la Congregación de la Misión en la formación del clero diocesano ha cambiado notablemente durante las cuatro décadas pasadas. Algunos ejemplos concretos ayudarán a ilustrarlo. En los Estados Unidos, en l963, la Congregación dirigía 12 seminarios diocesanos. Hoy ya no tiene la administración de ninguno y está comprometida en la formación de seminarios diocesanos en unos pocos centros, en los que sirven pequeños grupos de cohermanos.

En Francia en 1955, 54 cohermanos dirigían diez seminarios diocesanos y dos seminarios universitarios. Hoy la Congregación no administra ninguno.42

En Filipinas, en 1960, la Congregación dirigía seis seminarios diocesanos. Hoy sus funciones se han reducido a la presencia de varios cohermanos en el seminario de Cebú.

En Brasil, en los años 60, la Congregación dirigía 14 seminarios mayores y menores. Hoy, varios cohermanos colaboran en la formación del clero brasileño, pero la Congregación, como tal, únicamente tiene responsabilidad en un instituto de filosofía donde estudian seminaristas diocesanos, y otros.43

5. En las cuatro últimas décadas, en especial desde el Vaticano II, se ha reflexionado a fondo sobre distintos ministerios de la Iglesia, incluido el sacerdocio. La enseñanza bíblica sobre el ministerio como servicio, y los muchos ministerios complementarios dentro de la comunidad cristiana ha experimentado un nuevo énfasis. El Sínodo de Obispos celebrado en octubre de 1990 trató de este tema. La exhortación apostólica posconciliar, Pastores Dabo Vobís, (46) refleja de forma casi completa el pensamiento teológico y pastoral contemporáneo sobre el ministerio sacerdotal.

Con el énfasis pos-conciliar sobre el papel del laicado dentro de la Iglesia, los ministerios laicos, y los grupos de voluntarios laicos han conocido un nuevo resurgimiento. Dentro de la familia Vicenciana. por ejemplo, la Sociedad de San Vicente de Paúl, la Asociación Internacional de las Caridades (antes las Damas de la Caridad), y los Grupos de Juventud Mariana Vicenciana han crecido notablemente en las últimas décadas. Solamente estos grupos sobrepasan ya el 1.300.000 miembros. A los cuales si añadimos los grandes grupos de promoción Vicenciana como la Asociación de la Medalla Milagrosa, el número resulta muy alto. Algunos dentro de la Iglesia sugieren que las amplias posibilidades de compromiso en el servicio de los seglares han sido un factor en la decadencia de vocaciones a la vida religiosa. Otros creen que es precisamente de estos grupos de los que pueden surgir vocaciones a la vida religiosa.

6. En la misma Congregación, desde la Asamblea General de 1968-69, un renovado énfasis hacia un contacto directo con los más abandonados ha llevado a una re-evaluación de nuestras obras apostólicas en casi todas las Provincias y como consecuencia a una realineación de las prioridades apostólicas. Los resultados han sido muy positivos. Pero, en ocasiones, en algunos cohermanos, el deseo de trabajar en el servicio directo de los pobres, ha llevado a un rechazo a comprometerse en la obra de los seminarios, o en otras formas de servicio al clero diocesano. Algunos piensan que esto ha dado origen en cierta medida a un cierto «anti-intelectualismo» en la Congregación.

III. Algunas reflexiones sobre nuestro papel en ayudar a la formación del clero diocesano hoy

a. Su lugar en teoría

A nivel teórico, la formación del clero diocesano mantiene su lugar como una obra central fundacional de la Congregación. Nuestras Constituciones determinan claramente que es una de las formas en las que el fin de la Congregación, de seguir a Cristo Evangelizador de los Pobres, se realiza.44 De la misma manera, el Artículo 15 de las Constituciones determina: «La formación de los clérigos en los seminarios, obra de la Congregación desde sus principios, se ha de renovar de forma eficaz donde se necesite. Además, los miembros han de prestar ayuda espiritual a los sacerdotes, tanto en la tarea de su formación permanente, como en promover su celo pastoral. Deberían trabajar para estimular en ellos el deseo de realizar la opción de la Iglesia por los pobres.»

La reunión de Visitadores, celebrada en Bogotá, Colombia, en 1983, trató este tema explícitamente. En la conclusión de la reunión, los Visitadores aprobaron varias propuestas para entregar al Superior General. Entre ellas:

l. La Congregación debería afirmar, y con hechos concretos que la formación del clero sigue siendo hoy una característica de su identidad dentro de la Iglesia. En la escuela de san Vicente, debe ser inventiva y participar en todas las formas de ayuda al clero que existen hoy en la Iglesia.

2. Cada Provincia se esforzará en potenciar este aspecto del fin de la Congregación y en animar a los cohermanos a no abandonar este ministerio vicenciano. En la medida posible, la provincia ofrecerá los medios más apropiados para que los cohermanos puedan responder a las llamadas de las iglesias locales y de las iglesias en países con falta de clero, mediante el trabajo en seminarios y en la formación permanente.

3. Cada comunidad local considerará, en su plan comunitario su propio modo de participar en la formación del clero, dentro del contexto de servicio a la iglesia local y a la amistad sacerdotal.45

En la carta escrita después de esta reunión el 24 de abril de 1983, el Superior General, P. Richard McCullen, observó que, en ese momento, la Congregación tenía la dirección de 11 seminarios mayores, 8 menores, y un pre-seminario. Añadía que otros cohermanos estaban ocupados en la obra de dirección espiritual o enseñanza en seminarios o institutos de estudios eclesiásticos cuya administración no estaba en manos de la Congregación. Advertía también que el número de cohermanos que trabajaban en la formación del clero diocesano había descendido debido a la crisis de vocaciones, a la consiguiente reestructuración de seminarios, y al deseo del clero diocesano de dirigir sus propios seminarios. Pero también se preguntaba si, aparte de estas razones válidas para nuestro menor compromiso en la formación directa del clero, podíamos también haber dejado de renovar nuestra participación en esta obra, de tal forma, que nuestros servicios fueran auténticamente deseados. Añadía que, al propio tiempo, la Congregación continua recibiendo llamadas de los obispos de varios países, en particular de África.46

Las Líneas de Acción de la Asamblea General de 1986 trataron de animar a las provincias a renovar esta obra: «La formación inicial y continua del clero, así como el espíritu de hospitalidad para con ellos, tendrán un lugar preferencial entre los intereses de las provincias, cada una, según sus propias situaciones. Las Provincias realizarán esfuerzos creativos durante los seis próximos años con el fin de encontrar esos medios contemporáneos por los que nuestro ministero en favor del clero, que san Vicente consideraba ‘casi igual’ (RR.CC. XI, 12) al de las misiones, se revitalice.47

En la Asamblea General de 1992, en su reflexión sobre el estado de la Congregación, el P. McCullen se refirió de nuevo al tema de la formación del clero diocesano:

El número de cohermanos en el apostolado de formación de candidatos para el sacerdocio diocesano no ha cambiado en los seis últimos años. El número de seminarios cuya administración está en nuestras manos es pequeño. La contribución a la formación del clero tiende a hacerse por cohermanos en particular, antes que por las comunidades. Dado el impulso de la «Pastores Dabo Vobis» sobre la importancia del seminario como comunidad para la formación de sacerdotes, todo induce a pensar que nuestra Congregación con su experiencia de vida comunitaria junto con el carisma para impartir la formación clerical debería tener un mayor papel en la educación espiritual e intelectual de los futuros sacerdotes del que tiene al presente. Me ha impresionado en ocasiones la fuerza de las convicciones demostrada por algunos Superiores Generales de que, por nuestro carisma, y nuestra historia, somos «expertos» en la obra de la formación sacerdotal. Sigue preocupándome qué deberíamos hacer para lograr una presencia mayor que la que tenemos en este apostolado tan crucial para la renovación de la Iglesia hoy.

Hoy, la Congregación continúa patrocinando un número de programas de seminario donde se forman sacerdotes diocesanos: en Piacenzia y Génova en Italia; en All Hallows en Irlanda; en Gda_sk en Polonia; en Popayán, Garzón, lbague, Inzá, Betel, San Vicente del Caguán, y Restrepo en Colombia; en Cebú en Filipinas; Chongoene en Mozambique; Adelaida en Australia; Curitiba en Brasil; Malang en Indonesia y en las Islas Salomón. Los cohermanos de varios países participan también en programas de seminarios dirigidos por otros para la preparación de sacerdotes diocesanos (ej. en los Estados Unidos, Fiji, Nigeria, Bolivia, Polonia, Bielorusia, Francia, y otros muchos). De igual forma, sirven en universidades que ofrecen programas para la formación sacerdotal (ej. St. John’s Universíty en Estados Unidos, Belo Horizonte en Brasil).

b. Algunos principios generales para renovar esta obra

1. Para revitalizar este ministerio fundacional es crucial que conozcamos las necesidades más urgentes del clero.

Estas variarán de una cultura a otra y de un país a otro. En algunos países, por ejemplo, la fundación y equipamiento de seminarios es todavía de importancia primaria por ser de urgente necesidad. Esto se ve claro por las llamadas que recibimos de obispos que conocen el carisma de la Congregación de la Misión. Pero en otros países las necesidades urgentes del clero pueden ser muy diferentes. ¿Cuáles son?

Podemos llegar a conocerlas sólo por la gente de la Diócesis, por los propios sacerdotes diocesanos, y por los obispos. Esto exige una buena dosis de diálogo. A veces los obispos nos presentarán espontáneamente las necesidades de su clero. Otras, tendremos que preguntárselo. Es interesante advertir que éste es precisamente el modo de proceder de san Vicente al comenzar los ejercicios de ordenandos y al fundar los seminarios diocesanos: conversaba con los obispos, quienes le exponían sus necesidades. Veía las necesidades y les daba respuesta.

2. Al renovar este modo de seguir a Cristo Evangelizador de los Pobres, debemos ser ingeniosos.

No tiene sentido tratar de aliviar necesidades que nadie tiene, ni ofrecer servicios que nadie quiere. Una vez que conozcamos las necesidades reales del clero, debemos reflexionar sobre el modo de abordarlas. Aquí es donde la creatividad es esencial. Hace algunos años un trapense amigo mío trazó un programa para la renovación sacerdotal, que tuvo un éxito notable en los Estados Unidos. Con frecuencia he pensado lo gran «vicenciano» que era el trabajo de este trapense.

En los últimos años se han elaborado también programas creativos para ayudar a los sacerdotes alcohólicos o con problemas psicológicos. Cuando nos enfrentamos a problemas serios, para los cuales no se han hallado soluciones fácilmente, entonces es crucial que se estimule el ingenio.

También puede ser necesario urgir a los obispos para que convenzan a los sacerdotes a dar los pasos concretos y así encarar los problemas que tienen. La realidad es que los sacerdotes, por regla general, participan muy poco en los programas necesarios de formación permanente, ya que desafortunadamente tienen tendencia a creer que su formación se completó hace tiempo.

3. Al desarrollar programas creativos, es importante mantener el diálogo, paso a paso, con los obispos locales.

sto es un corolario a todo lo dicho anteriormente. Estamos hablando en este artículo de la formación del clero diocesano. Es evidente que el obispo tiene total responsabilidad del trabajo de formación en su Diócesis. Nosotros, como miembros de la Congregación, venimos a servir. Quizás el obispo no tenga todas las respuestas en ese punto, pero nosotros tampoco. El diálogo abierto con el obispo local servirá de gran ayuda a la hora de diseñar los programas para la formación del clero, y también para garantizar que el clero participe.

4. Al renovar nuestro trabajo en la formación del clero diocesano, es importante asimismo revitalizar su carácter específicamente vicenciano.

Nuestras Constituciones determinan que, en esta obra, debemos «conducirlos a una mayor participación en la evangelización de los pobres.»48 En otras palabras, si los vicencianos dirigen seminarios, dan ejercicios al clero, o dirigen programas de formación permanente para sacerdotes, deben hacerlo como vicencianos. Los pobres deben tener un lugar especial en todo lo que ofrecemos al clero diocesano. Hoy, esto debe estar más claro que nunca, ya que la Iglesia entera hace profesión explícita de una opción preferencial por los pobres.

Como san Vicente estaba profundamente convencido de que cinco virtudes misioneras eran necesarias en el servicio de los pobres, me parece que éstas deberían tener también un lugar prominente en la formación espiritual y pastoral que ofrecemos al clero diocesano. Sencillez, humildad, dulzura, mortificación, y celo ardiente son elementos irremplazables en la espiritualidad apostólica entre los pobres.

El carisma de Vicente para reunir a los otros, clero y laicos, en el servicio de los pobres, para el trabajo en equipo para la caridad organizada debería también ser una parte de lo que ofrecemos al clero.

5. Al intentar la Congregación renovar esta obra fundacional, debe formar a los miembros que va a emplear.

De hecho, un buen número de provincias envían ya a cohermanos de forma regular, a una formación especializada para este ministerio. Es alentador ver también a las Provincias más jóvenes mandar a sus miembros para ampliar estudios en filosofía, teología, escritura, espiritualidad, derecho canónico, psicología, y programas varios relacionados con la dirección espiritual.

En una época en la que tantos laicos están bien formados, los sacerdotes necesitan un alto nivel de preparación. «Formar a los formadores» constituye un reto muy alto. Una saludable consecuencia de la preparación especializada de los cohermanos para este ministerio es que dota a la propia provincia de notables recursos y eleva el nivel general de cultura de la Congregación.

c. Algunas posibilidades prácticas

Volviendo a los Principios generales mencionados anteriormente, puedo presentar ahora algunas posibilidades prácticas. A través de un diálogo continuo, otras nuevas saldrán a la luz. Destaco unas cuantas a continuación que sirvan de ayuda para que la Congregación reflexione sobre la renovación de este ministerio fundacional.

1. Ejercer el ministerio en seminarios diocesanos en el propio país.

En varios países, como ya se ha dicho, hay todavía una necesidad urgente de este servicio por parte de la Congregación de la Misión. En esos lugares, los obispos están dispuestos a menudo a usar nuestros servicios. A veces nos piden que asumamos total responsabilidad del personal docente y administración de un seminario en su Diócesis. Otras nos piden un equipo que trabaje con otros (sacerdotes diocesanos, miembros de otras comunidades, hermanas, laicos) en la realización de un programa de seminario. También nos piden directores espirituales, profesores, o directores de educación superior para trabajar con los que forman el equipo del seminario. Estas y otras formas de compromiso en los seminarios en su propio país son un modo muy válido de seguir a Cristo, Evangelizador de los Pobres, en particular si llevamos a esta obra la perspectiva de san Vicente.

2. Formar equipos «nacionales» para equipar seminarios diocesanos en otros países.

Cuando recibimos llamadas de obispos de Asia, África, y América Latina, el reto es encontrar el modo de dar respuesta. Una de las formas es encontrar una provincia determinada que ofrezca un equipo. Esta es la pauta, por ejemplo, seguida para fundar el seminario de Chongoene en Xai-Xai en Mozambique, donde la Provincia de Méjico presentó voluntariamente un equipo. Este modelo tiene la ventaja de ofrecer un equipo cuyos miembros se conocen de antemano y quizás hayan trabajado juntos. Naturalmente se enfrentan con la dificultad de adaptarse a una cultura y lengua nuevas, así como una nueva situación eclesial al proponerse servir las necesidades de una Diócesis extranjera.

3. Formar equipos «internacionales» de profesores en seminarios diocesanos de otros países.

En este modelo, el Superior General busca un equipo entre los miembros de varias provincias. Después este equipo entra en un periodo de orientación sobre la cultura y lengua del país y comienza a trabajar en común por primera vez. Este es el modelo seguido en las Islas Salomón (donde todos los miembros del equipo tenían la gran ventaja de saber el inglés ya). Una ventaja de este modelo es que los miembros del equipo aportan una amplia perspectiva de ministerio a una nueva situación, puesto que proceden de culturas variadas. Una desventaja es que pueden tener una visión muy diferente del ministerio y muy variada educación. También tendrán que dar los pasos para llegar a conocerse y conseguir trabajar en equipo.

4. Proveer directores espirituales y confesores.

La Congregación ha proporcionado con frecuencia directores espirituales a los seminario diocesanos. La Provincia de Irlanda, por ejemplo, posee una larga tradición en este sentido en Maynooth y Clonliffe. Obispos de todos los continentes continúan acudiendo a la Congregación en busca de directores espirituales para sus seminarios. Además, cohermanos de numerosas provincias ofrecen sus servicios como confesores y directores espirituales para sacerdotes.

Otra posibilidad es ofrecer directores espirituales a las Diócesis. Algunos obispos están deseosos de tener uno a disposición para sus sacerdotes. La Archidiócesis de Los Ángeles, por ejemplo, estableció recientemente una Casa de Oración para sus sacerdotes. Un equipo de directores espirituales está disponible, con sus miembros presentes allí en días distintos, para atender a los sacerdotes. Uno de los cohermanos de la Provincia de Los Ángeles acaba de cumplir un período de tres años como director espiritual de los sacerdotes de la Diócesis de Tucson. En su ministerio viajaba de un lugar a otro visitando a los sacerdotes de la Diócesis y hablando con ellos en particular.

Desde luego que, para ocuparse en este ministerio, el cohermano. además de estar dotado de los dones personales necesarios, debe poseer una formación nada común como director espiritual.

5. Dar ejercicios a seminaristas y a sacerdotes.

Los obispos buscan con frecuencia a buenos directores de ejercicios. Al comprometernos en este ministerio, es importante que nuestros ejercicios estén muy bien orientados hacia una espiritualidad apostólica para sacerdotes diocesanos. Al mismo tiempo, según se observa en el ministerio de san Vicente deben ir claramente sazonados con nuestro propio carisma, con especial énfasis en la evangelización y servicio de los pobres.

En la Provincia de Irlanda, «Intercesión por Sacerdotes», una forma de retiro ofrecida por el P. Kevin Scallon y Sor Briege McKenna, ha tenido un gran éxito siendo exportado a muchos países.

6. Ofrecer programas de formación permanente para sacerdotes.

Este es un ministerio muy difícil, ya que, según se ha dicho ya, los sacerdotes, por lo general, no están muy inclinados a participar. La creatividad es esencial en la revitalización de este ministerio. En los últimos años varios sacerdotes han logrado desarrollar «talleres ambulantes» de unos días de duración que los obispos han ofrecido con entusiasmo a sus sacerdotes en sesiones de formación permanente. Algunos obispos están convencidos de que, para que lleguen a ser eficaces estas sesiones deben ser obligatorias.

Como los seglares se lamentan a menudo de la escasa calidad de las homilías, y liturgia del domingo, los talleres de predicación y formación litúrgica -temas ambos que san Vicente resaltaba con toda energía- continúan siendo las mayores necesidades del clero.

En varios países cohermanos muy bien formados prestan sus servicios en oficinas diocesanas o nacionales para la formación permanente.

7. Dar misiones populares.

Algunas de nuestras propias misiones populares, haciéndose eco de la visión y práctica de san Vicente, han reconocido la necesidad de dirigirse, no sólo a la gente de una parroquia o área dadas, sino también al clero. Por ello, han incluido, dentro del contexto general de la misión, momentos de diálogo y renovación con y para los sacerdotes de la parroquia, a menudo orientados hacia el ministerio en equipo, tácticas de dirección, animación espiritual, y puesta en marcha de consejos parroquiales.

8. Ofrecer hospitalidad.

En muchos lugares los sacerdotes diocesanos viven aislados unos de otros y experimentan la consiguiente soledad. La Congregación puede conceder un sencillo, pero auténtico, servicio al ofrecerles hospitalidad, y compañerismo. Si nuestras casas les ofrecen la oportunidad de hallar apoyo personal, descanso, quietud, oración, una comida con otros, recreación, o estudio tranquilo, les hemos prestado un servicio auténtico.

La renovación de este aspecto del «fin de la Congregación» es importante en extremo para el bien de la Iglesia, para el servicio de los pobres, y para nuestra propia identidad. El clero tiene necesidades muy urgentes, pero en los últimos años nuestra propia contribución a su formación ha caído en picado. Se necesita una acción resuelta y creativa si vamos a ayudar eficazmente a resolver esta urgente necesidad de la iglesia.

  1. Existe una evolución clara en el pensamiento de san Vicente sobre este asunto. El punto de partida en sus distintas fundaciones fue la evangelización integral de los pobres, pero pronto constató que la formación del clero era esencial si los pobres habían de ser servidos con eficacia de forma permanente; cf. R. Chalumeau, «San Vicente de Paúl y la obra de los Seminarios», en Vicente de Paúl, Evangelizador de los Pobres (Salamanca: CEME, 1973)102. La terminología de san Vicente evoluciona también. En una repetición de oración el 25 de octubre de 1643, san Vicente declaró (SV XI, 55 «Trabajar por la salvación de los pobres campesinos es el elemento esencial de nuestra vocación; todo lo demás es accesorio. Porque nunca nos habríamos comprometido con los ejercicios de los ordenandos, ni con los seminarios diocesanos si no los hubiéramos creído necesarios para ayudar al pueblo y preservar los frutos de las misiones … El 20 de julio de 1550, san Vicente escribe a Filiberto de Brandón, Obispo de Perigueux (IV, 45) «Vos tenéis presente el seminario y nosotros nuestra obligación de dar misiones. Nuestro principal propósito es la instrucción de los campesinos, y el servicio que prestamos al estado eclesiástico es meramente accesorio a aquél.» Sin embargo, hacia 1658 resulta claro que considera la formación del clero como parte del fin de la Congregación.
  2. XI, 390, (Según la versión al castellano de la obra de P. Coste).
  3. RR.CC. XI, 12.
  4. V, 463; VI1, 476.
  5. RR.CC. I,1.
  6. RR.CC. 1, 3º; cf. asimismo, III, 251. Es interesante advertir en todo este primer artículo de las Constituciones tanto su fidelidad al pensamiento de san Vicente como la adaptación de ese pensamiento a las circunstancias contemporáneas. Mientras las Reglas Comunes (1658) hablan de «esforzarse por la perfección, «que tiene cierta resonancia personal, las Constituciones de 1984 hablan de que los Vicencianos «adquieran una santidad propia de su vocación,» lo que hace referencia a un énfasis misionero más activo.

    Mientras las Reglas Comunes hablan de predicar la buena nueva a los pobres «especialmente en las zonas rurales», las Constituciones presentes hablan de trabajar por la evangelización de los pobres, «especialmente los más abandonados dondequiera que estén». Mientras las Reglas Comunes hablan de ayudar «a los seminaristas y sacerdotes en su formación,» las Constituciones hablan da ayudar al clero y a los laicos en su formación llevándolos a una participación más plena en la evangelización de los pobres.»

  7. Luis Abelly. La Vie du Vénerable Serviteur de Dieu, Vincent de Paul (París 1664) Libro II c.I, 15.
  8. SV XI, 327.
  9. SV XI, 327.
  10. José María Román, «La Formación del clero en la tradición Vicenciana, » Vincentiana 27 (1983; n.2) 142.
  11. Abelly, Libro II, 2. Sección 5. 233-237.
  12. SV I, 254.
  13. A lo largo de su vida san Vicente se sintió preocupado por que los sacerdotes celebraran bien la liturgia, en particular la Eucaristía, el Sacramento de la Penitencia, y el Oficio Divino. Cf. SV XI, 787, 96; XI, 604ss.
  14. XI, 577.
  15. Claudio Lacour, «Histoire Générale de la Mission», Annales LXII (1897) 326.
  16. Hoy, en una época en que se pone tanto énfasis en continuar la formación, interesa advertir que ésta fue precisamente la razón para instituir las Conferencias de los martes.
  17. P. Collet, Vie de Saint Vincent de Paul (Ed.1748). T.1, 600.
  18. XI, 191.
  19. SV II. 386; cf. Chalumeau, op. cit., 108.
  20. De hecho, hubo otros intentos menores en Annecy y Alet antes del seminario de Bons-Enfants, pero no tuvieron gran éxito.
  21. SV IV, 241.
  22. SV IV, 123-124; XI, 372-373; VIII.32; IX, 44-45.
  23. SV XI, 50; XI.461; VIII, 32.
  24. RR.CC. XII, 8. Resulta interesante la reacción de san Vicente ante la propuesta de Francisco du Coudray de trabajar en la traducción de la Biblia siriaca al Latín: «Bien sé yo que la traducción será útil para la curiosidad de algunos predicadores, pero no, a mi parecer, para ganar las almas de los pobres a quienes la Providencia de Dios le ha destinado a usted desde toda la eternidad. Debe serle suficiente, señor, que por la gracia de Dios haya dedicado tres o cuatro años a aprender el hebreo y sepa bastante para defender la causa del Hijo de Dios en Su lengua original, y confundir a Sus enemigos en este reino. Imagínese entonces, señor, que existen millones de almas con las manos extendidas hacia usted que le hablan así: ¡Ay! señor du Coudray, vos que habéis sido elegido desde toda la eternidad por la Providencia de Dios para ser nuestro segundo redentor, tenga piedad de nosotros. Nos hallamos sumidos en la ignorancia de las cosas necesarias para la salvación y en los pecados que nunca nos atrevimos a confesar, por falta de vuestra ayuda nos condenaremos seguramente» (SV I, 286).
  25. SV I, 331.
  26. SV II, 474.
  27. SV II, 557.
  28. SV II, 194.
  29. SV XI, 50.
  30. SV XI, 51.
  31. SV XI, 372-373.
  32. SV XI, 227-228.
  33. SV XI, 309.
  34. Abelly, op. cit., Libro II, c. 4, Sección 4, 284-292.
  35. SV II, 127.
  36. SV II, 378.
  37. Para evaluar el papel de san Vicente en la selección de obispos, cf. Pedro Blet, «Vicente de Paúl y el Episcopado de Francia,» Vincentian Heritage (1989; n 2) 102,135.
  38. SV II, 339.
  39. X, 166-167. Estos extractos del diario de Mazarino demuestran la escasa simpatía que sentía por san Vicente.
  40. Los factores demográficos se olvidan con frecuencia a la hora de analizar el declive de vocaciones pero son de extrema importancia. En Italia, por ejemplo, el crecimiento de la población es ahora cero. Cuando las familias tenían seis o siete hijos era más fácil que los padres animaran a uno o dos a entrar en el seminario, pero cuando son uno o dos ya no resultara tan fácil.
  41. Ya no nos cabe sino preguntarnos cuáles habrían podido ser los resultados si estos recursos tan significativos de la Congregación hubieran sido reorientados immediatamente a otros modos de la formación sacerdotal, en otros países donde son todavía grandes las necesidades. Esto, sin embargo, no es tan fácil como parece, ya que los tajantes cambios culturales, y de lengua han de ser tenidos en cuenta al trasladarse de un país a otro.
  42. Cf. A. Sylvestre, Sacerdote de la Misión ¿para que?» Vincentiana XXXIX (N 6; noviembre-diciembre 1995) 369.
  43. Es evidente que en muchos casos factores fuera de nuestro control causaron la salida de la Congregación de los seminarios diocesanos. Con todo, es importante que cada provincia se pregunte con toda valentía si, en algunos casos los obispos, por razones justas, pueden haber deseado vernos marchar.
  44. Juan Pablo II, Pastores Dabo Vobis, Orígenes 21 (16 de abril, 1992; n 45) 717-759.
  45. Vincentiana 27 (1983; n 2) 189-190.
  46. Vincentiana 27 (1983; n 2) 214-215.
  47. Asamblea General de 1986. Líneas de Acción, 11, 29.
  48. C 1, 3o.

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