Las cartas de Luisa de Marillac a las Hijas de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Autor: Carmen Urrizburu, H.C. · Año publicación original: 2011 · Fuente: Anales.
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santaluisa3El día 15 de marzo de 1660, entre las 11 y las 12 de mediodía, Luisa de Marillac terminaba sus días, a los casi 69 años de edad, después de repartir generosamente sus bendiciones entre sus Hijas de la Caridad. Se cerraba así el ciclo de la vida en esta tierra de una mujer santa. Una mujer pequeña, entrañable, prudente, educada, sabia, amable. La casa quedó inundada de un gran silencio y de una inmensa paz. Las Hijas de la Caridad que acompañaron este supremo acto quedaron entrelazadas por una unión tan fuerte que trascendió la privacidad de aquel modesto rincón familiar, mostrándose evidente para cuantos tuvieron que relacionarse con ellas en los días que siguieron.1 Había elegido la pobreza para poder, en la mayor libertad posible, seguir a Jesucristo y servir con humildad y dulzura a los pobres.2 Había gustado la alegría que encierra el desprendimiento y la dicha que crece en la amistad. El mundo de sus relaciones era amplio. Se había enriquecido con el cariño, el reconocimiento y la confianza de muchas personas. En su interior habían confluido hilos invisibles de afecto que la unían estrechamente a personas diseminadas por toda la geografía de Francia. Entre todas ellas, las más íntimas, Miguel Le Gras, su hijo; Vicente de Paúl, su Director, y sus Hijas de la Caridad.

No había esperado al final de sus días para repartir su herencia. Había llevado el desasimiento de las cosas hasta el más alto grado. Lo tangible, eso que se puede tocar, coger, acariciar con las manos y la mirada, guardar como precioso recuerdo, y que hubiera podido constituir un humilde tesoro, era tan pequeño, tan escaso, tan exiguo, que se hizo casi imperceptible en aquel momento final. Sin embargo muchas personas tenían conciencia clara de «su heredad» que, misteriosamente, permanecía una, entera y, repartida al mismo tiempo. Una heredad exenta de posesión pero que, entonces y a través de los siglos, exige ser atribuida a la persona de Luisa de Marillac. Apoyada en un mínimo soporte material, era de naturaleza espiritual. Se manifestaba en unos pequeños trozos de papel escrito. Un papel cualquiera que, de pronto, el contacto con la pluma de aquella mujer lo transformaba en un papel vivo. Cartas que eran consideradas como «reliquias de su espíritu».3 Porque, «algo» invisible se ocultaba en aquellas pequeñas hojas de papel, muy bien aprovechado, que reivindicaba ser guardado con cuidado, con mimo, con delicadeza para que pudiera mantener su valor a través de muchos siglos. «Algo» invisible latía en lo material del papel y transformaba las palabras escritas en perlas de preciosa sabiduría. La herencia que dejaba Luisa de Marillac en ese momento supremo era el sentido de su vida, su sabiduría de vivir, los valores que habían aquilatado sus decisiones y sus obras, su experiencia de Dios, su modo propio de seguimiento de Jesucristo, su espíritu.

En su habitación, en un viejo cofre, las Hermanas encontraron sus escritos íntimos, a modo de diario personal, en el que a lo largo de los años había vertido su rica experiencia. Había también allí algunas de las cartas más queridas que ella había recibido. Y esparcidas por mil rincones de Francia y Polonia, guardadas con respeto y cariño en carpetas, cajones, cofres o pequeñas arquillas permanecían, silenciosas, las cartas que ella había dirigido a Vicente de Paúl, a las Hijas de la Caridad, a sus familiares, a las Damas, al Abad de Vaux y a todo tipo de personas con quien se relacionaba. Eran verdaderos tesoros escondidos, perlas cultivadas, fuentes de inspiración, semillas de vida, destellos de espíritu.

Parte 1ª: Las cartas, un tesoro que se va descubriendo poco a poco

Aquel día, 15 de marzo, señalaba un final y un nuevo comienzo. Se eclipsaba la presencia física de Luisa de Marillac y comenzaba un modo nuevo de hacerse presente. Hasta entonces, para percibir esa presencia, las personas necesitaban abrir sus sentidos corporales y dejar fluir la estima y el afecto. A partir de entonces se requería un ingenio especial para poder descubrir la irradiación de su nueva presencia a partir de la intuición o de la captación espiritual. Y un registro a través del que podía manifestarse a sus Hijas de la Caridad eran sus catas.

Seguir la pista de esas cartas a lo largo del tiempo ha sido una intermitente tarea que las Compañía ha tenido que acometer en el intento de hacer presente a su Fundadora. Porque, permanentemente, iba percibiendo que aquellas cartas reclamaban su atención. Fue como un largo y lento proceso de descubrimiento que ha conseguido transportar su mensaje hasta nosotros en toda su pureza. Vamos a seguir con interés el camino que un número considerable de sus cartas, fielmente autentificadas y traducidas con el mayor rigor, han recorrido hasta llegar a nosotros.

1º – Si se han conservado esas cartas…

El día 27 de agosto de 1660 Vicente de Paúl contaba a las Hijas de la Caridad de París, reunidas para la elección de las oficialas, la conversación que había sostenido con la señorita Le Gras durante su penúltima enfermedad, cuando charlaban sobre quién podría sucederle al frente de aquella pequeña Compañía. Y les repetía sus palabras. «Yo creo que sor Margarita Chétif sería muy indicada para ello. Es una hermana que ha demostrado mucha prudencia en todo y a la que todo le ha salido bien. Donde está, que es en Arras, ha hecho mucho bien y se ha mostrado muy animosa con los soldados». Y continuaba así: «Porque, hijas mías, se necesita una buena cabe­za, de modo que queda­mos en eso. Yo en esto me atengo a su parecer. Por consiguiente, será superiora, sor Margarita Ché­tif».4

Ella estaba en Arrás con sor Radegunda Lefantín. Por carta, el Sr. Vicente, tras los convencionales saludos, le había indicado sencilla y lacónicamente que volviera a Paris lo antes posible, sin decirle para qué. Un largo viaje y, a continuación, unos días en la Casa Madre, como descansando, conviviendo con las hermanas hasta el 14 de septiembre, fiesta de la Santa Cruz. Ese mismo día, por la tarde, en San Lázaro, Vicente de Paúl presentó a las Hermanas reunidas en torno a él, ante la indecible sorpresa de sor Margarita, a la nueva Superiora de la Compañía. «En nada menos que en recibir tal empleo pensaba yo cuando me llamaron de Arrás: todo estaba hecho ya sin que yo lo pensara. Los de fuera y los de dentro lo sabían y yo, nada».5

Por la mañana del martes, 28 de septiembre, había participado con lágrimas en los ojos en el enterramiento del cuerpo del Sr. Vicente. Sentía una inmensa soledad, un gran dolor. Al anochecer, sor Margarita inmensamente abrumada, cuando se recogió en sentida oración, calificó ese día como de «tristeza muy grande». Y a la vez, despuntaba en su interior un sentimiento positivo, una convicción poderosa: «Es un hermoso motivo para que nos renovemos en el servicio de Dios y para que le seamos fieles más que nunca; y de pedir a Nuestro Señor y a su santa Madre que quieran en adelante ser Ellos nuestros Superiores en lugar de los que nos han quitado».6

Los días siguientes se vio obligada a responder a los retos que se le iban presentando. Lo hacía con serenidad, con sencillez, derrochando mucho amor; y también tomando conciencia de su pequeñez, sintiendo lo difícil que era asumir el liderazgo de aquella original y no tan pequeña Compañía de las Hijas de la Caridad. En Luisa de Marillac veía a una gran mujer, pero… ¿qué podría hacer ella para mantener, vivo y presente en sí misma aquel dinamismo que a ella le impulsaba, aquel espíritu que irradiaba con sola su presencia?

Sor Margarita quería mucho a la Señorita, pero la realidad era que le conocía un tanto superficialmente, como de lejos, como de oídas; no había tenido la oportunidad de convivir con ella un tiempo suficiente como para un conocimiento más profundo. Había entrado en la Compañía el 1 de mayo de 1649.7 A los pocos meses, estaba ya en Chars y volvió a Paris en 1651 para marchar a Serqueux; hasta que en 1656 fue enviada a Arrás. Se habían intercambiado algunas cartas,8 pero en este momento de gran incertidumbre, sentía cierta envidia de las que habían tenido la suerte de convivir mucho más tiempo con la Señorita, de intimar con ella y conocerla mejor.

El día 8 de noviembre en su escritorio, despachando su correspondencia habitual, le tocó el turno de respuesta a una carta recibida de sor Maturina Gérin. Tenía la convicción de que esa era la Hermana que mejor podía conocer a Luisa de Marillac porque había sido su secretaria durante mucho tiempo. Tomó la pluma y dejó correr a su través su caudal de sentimientos:

«Conoce usted mi incapacidad, conoce mis dolencias y debilidades y se da usted cuenta de la función que me encomiendan. Además, sabe usted muy bien que casi no he tenido la ventaja de estar cerca de nuestra difunta Señorita. Esto hubiera sido más adecuado para algunas de las que han tenido esta dicha. Pero Dios hace cosas en las que no hubiéramos pensado y no sabemos por qué. Yo pienso con toda seguridad que lo que quiere enseñarnos es la práctica de la santa humildad y hacernos ver que eso es seguramente lo que espera de nosotras. Creo que usted lo piensa también.

Le ruego que continúe rogando a nuestro buen Dios que se digne ser Él nuestra dirección y la Santísima Virgen nuestra Madre y Superiora. Le ruego, muy humildemente, mi querida hermana, que me haga el favor de enviarme por escrito el resumen de las principales virtudes que ha observado usted en la difunta Señorita, nuestra amada y honorable Madre, especialmente en lo relacionado con el gobierno de las hermanas; esto es con el fin de que yo intente, con la ayuda de Dios, imitarla en lo que pueda. Ya ve la necesidad que tengo de ello, y como Dios le ha concedido a usted la gracia de estar tanto tiempo a su lado, espero poder aprender de usted lo que me sea más necesario. Le ruego, mi querida hermana, que no me rehúse esta caridad de la que tan gran necesidad tengo».9

Sor Maturina estaba sirviendo a los pobres en Belle-Île-en-Mer.10 Acababa de llegar a esa pequeña isla, a 14 kilómetros de la costa, durante el verano. Los comienzos de cualquier fundación siempre han sido difíciles. Ella se encontraba «en el ajetreo del nuevo establecimiento» y «no disponía del tiempo requerido para pensar en muchas cosas que merecerían escribirse en letras de oro, dada su utilidad».11 Pero, al recibir esta humilde carta, se puso a escribir, con una alegre añoranza, todo lo que recordaba y había descubierto en su amistad con la Señorita. Cuando había alcanzado ya un poco más de la mitad de su relato, se detuvo y escribió: «Tardaría mucho en terminar, si quisiera hablar en particular de todos los rasgos de esta caridad suya, que podrán descubrirse también en las cartas escritas por ella o las que mandaba escribir, a cada hermana en particular, o en general. Si se han conservado esas cartas, le servirán a usted, querida hermana, de instrucción, mucho más de lo que yo pueda decirle. Por lo que a mí se refiere, tengo algunas que guardo como reliquias de su espíritu. Pero si se me ordenara desprenderme de ellas, me privaría de este tesoro. Cuando yo tenía la dicha de escribir sus cartas, no consideraba entonces la belleza de sus enseñanzas; pero ahora admiro la diversidad de las mismas. A unas, les inculcaba la observancia de las reglas, a otras el temor de Dios; a aquella, el puro amor de Dios y así sucesivamente.12 Así, a comienzos del año 1661, llegó a manos de sor Margarita una memoria13 amplia de todo aquello que sor Mathurina recordaba y de lo que ella había sido testigo.

2º – El manuscrito Chétif

Cuando llegó a la Casa de las Hijas de la Caridad el correo de Belle-Île, en sor Margarita se despertó una gran curiosidad. Desplegó aquellas hojas con interés y comenzó a leer pausada y atentamente. Con esa Memoria recibía también una llamada y una invitación. Ante sí tenía un retrato de la Fundadora, algunos de cuyos rasgos podía incorporar a su personalidad mediante un trabajo personal que estaba dispuesta a asumir. Pero lo que a sor Mathurina le parecía más efectivo era el encuentro personal de sor Margarita con las cartas que Luisa de Marillac había enviado a las Hermanas.

Y se puso en actitud de búsqueda. Rápidamente escribió a todas las Comunidades para que le enviaran las cartas que las Hermanas conservaban. Cuando esas cartas llegaban a la Casa Madre, sor Margarita o su secretaria las iban copiando cuidadosamente en cuadernos, evitando que en la copia aparecieran los datos que podían identificar, a través de los nombres o los lugares, a las personas que todavía vivían. De esta manera esas cartas quedaban a su disposición para leerlas y releerlas, meditarlas, entrar en la práctica de lo que ellas transmitían y beber en el espíritu que latía en su contenido.

No sabemos si fue la misma sor Margarita o alguna de sus sucesoras quienes agruparon los textos copiados en dos libros que todavía hoy se conservan en París, en los archivos de la Casa Madre de las Hijas de la Caridad y que llevan por nombre «Manuscrito Chétif».14 Este manuscrito contiene 71 cartas. De muchas de ellas se encontraron posteriormente los autógrafos originales y, al establecer una comparación, se ha podido comprobar que se copiaron cartas que había recibido sor Bárbara Angiboust, fallecida en 1658, y que quizá se guardaban ya en la Casa Madre; también las que conservaba su hermana, sor Cecilia Inés Angiboust, dirigidas a ella misma y a la Comunidad que servía a los pobres en el Hospital de Angers; y las de sor Lorenza Dubois, entonces en la Parroquia de San Mederico, en París; y otras más dirigidas a sor Ana Hardemont, sor Juliana Loret, sor Juana Delacroix, etc. Sor Margarita Chétif no tuvo inconveniente en copiar también dos de las suyas. Y, probablemente, sor Maturina Guérin no envió las cartas que poseía por miedo a que, al enviarlas desde tan lejos y con el correo tan poco seguro que había entonces, se perdieran por el camino.15

Ese «Manuscrito Chétif» sirvió de libro de lectura y meditación para sor Margarita, -al menos hasta Pentecostés de 1667, cuando dejó de ser Superiora general-; y quizá también para otras pocas hermanas más que vivían en la Casa Madre y que tuvieron acceso a él. Con el paso del tiempo, podemos suponer que quedó como un objeto de gran valor y, por lo tanto, bien guardado para que no se estropeara. No salió por supuesto del archivo de la Superiora General. Ante la mirada compasiva del tiempo, allí quedó reposando sobre una estantería, dentro de un armario o en un baúl cualquiera, guardando su secreto, acariciado por el polvo leve y volátil, conservando intacta la vida que en él latía, el espíritu que atesoraba.

No sabemos si las cartas originales quedaron también guardadas en la Casa Madre o fueron devueltas a las Hermanas que las prestaron. Es seguro que con el paso del tiempo, aquellas y otras muchas quedaron olvidadas en rincones ignorados entonces. Esparcidas por lugares diferentes, aguardaban silenciosas el momento en el que unos ojos curiosos descubrieran su impresionante valor y una mano inteligente las hiciera llegar definitivamente al archivo de las Hijas de la Caridad.

Esta primera recopilación de las cartas de Luisa de Marillac a las Hermanas es muy importante. Nos habla del cariño y admiración que sentían por la Señorita. Y también del aprecio de los mensajes que habían recibido por escrito en momentos importantes o intrascendentes. Es, además, testigo de la importancia que daban a la formación personal y del tipo de formación que buscaban. Es verdad que sor Margarita no fue del todo fiel al copiar los autógrafos e incluso mutiló alguno y unió en una sola carta trozos de dos o de tres. Forzosamente ella hizo una lectura selectiva. Copiaba para practicar y vivir lo que en ellas se decía. No sabía que siglos después, los lectores de aquel Manuscrito iban a mirarlo con un exquisito sentido de crítica histórica. Sin embargo, aunque carezca de ese rigor científico, todavía hoy tiene vigencia porque, de 35 de las cartas que contiene, no se han encontrado todavía los autógrafos originales y el Manuscrito es la única fuente a través de las que han llegado hasta nosotros.16

Pasaban los años y pasaban también las Hermanas que cuidaban el archivo. Pero allí estaba él, solicitando la atención de quien lo encontraba a su paso. El «Manuscrito Chétif», escondido en lo secreto, exhibía su dignidad porque, desafió las más duras pruebas. Las jornadas de limpieza y las tareas de ordenar que tenían encomendadas las sucesivas secretarias; el registro de los revolucionarios en la mañana del 13 de julio de 1789 a la casa de las Hijas de la Caridad; el desalojo de la vivienda, el 1 de octubre de 1792, cuando un destacamento de soldados llegó con la orden de expulsar a las Hermanas y convertir la casa en cuartel; y los sucesivos traslados de casa en casa hasta llegar a la actual Casa Madre. ¿Qué significaba aquel antiguo y viejo documento? ¿Quién o quiénes tomaron la precaución de tomarlo consigo y guardarlo, a pesar del peligro en que puso la Revolución a las Hijas de la Caridad?

3º – esas preciosas riquezas se van a encontrar, por fin, reunidas

Pasó mucho tiempo. A partir de 1815, tras la caída de Napoleón, sobrevino una época de «restauración». Restauración en lo político con la vuelta al Antiguo Régimen y también lenta restauración en la Compañía de las Hijas de la Caridad. El 28 de junio de ese año las Hermanas se trasladaron desde la casa de la calle Vieux Colombier a la nueva Casa Madre de la calle du Bac. Al día siguiente, el 29 de junio, sor Gaubert, Directora del Seminario, llevó los restos de Luisa de Marillac.17 El día 23 habían llevado ya el cuerpo de San Vicente.18 Se abría un nuevo periodo en la historia de la Compañía. Había que comenzar de nuevo. Y era preciso respetar el ritmo de la vida. Todo fue surgiendo poco a poco, de forma gradual. Eran tiempos de renovación.

Los Superiores generales deseaban motivar y reforzar el despertar carismático y quisieron materializar la presencia de los Fundadores. Era como una vuelta a los comienzos. Lentamente, por lo difícil de la tarea, por la escasez de personas y por la falta de medios económicos, fueron saliendo a la luz documentos de los orígenes. Parecía que había llegado el momento en que se podía descubrir cómo todo aquello antiguo tenía sabor a primer espíritu, a novedad. Lo antiguo era un apoyo para que lo mejor de cada persona pudiera emerger con fuerza. Se tenía la convicción de que «el paso del tiempo hacía olvidar aquello que hubiéramos querido haber grabado para siempre en nuestro corazón«. Y se descubrió que «las más celosas de nuestras Hermanas, sobre todo nuestra venerable Madre, la Señorita Le Gras y nuestra querida sor Mathurina Guérin, habían recogido las conferencias que tuvieron el honor de escuchar desde los comienzos» y que «eran inspiraciones del Espíritu de Dios, palabras de vida». Pero entre los papeles y legajos antiguos aparecieron también algunos «manuscritos que la Señorita Le Gras nos había dejado de su propia mano, muy útiles, impregnados y sazonados del espíritu de San Vicente, ya sean avisos dados a las primeras Hermanas o cartas particulares que ella escribía a las Hijas de la Caridad». Se comprendió ya entonces que «era justo» colocar en su lugar «lo que había dejado la Señorita Le Gras, mujer clarividente, dotada de grandes cualidades y que llegó a tan alto grado de virtud».19

Había sido preciso llegar hasta 1845, ciento ochenta y cinco años después de la muerte de la Fundadora, para que «esas preciosas riquezas se pudieran encontrar reunidas para utilidad de todas». Era el tiempo oportuno. Estaba recién estrenado el superiorato del P. Juan Bautista Etienne y de sor Maria Mazin. Ese año se publicó una obra en tres tomos editada por Adrian Le Clère.20 El primer tomo llevaba por título: «Conferences spirituelles de Saint Vincent de Paul pour les Filles de la Charité». Estaba dividido en cuatro partes. En las tres primeras recogía conferencias y cartas de san Vicente. Las cartas que escribió Luisa de Marillac a las Hermanas estaban localizadas en la cuarta parte y ocupaban desde la página 729 hasta la 754. Eran 63 cartas extractadas del «Manuscrito Chétif» y cada una de ellas iba precedida de un texto a modo de síntesis de su contenido. Y, felizmente, era también la primera colección impresa de las cartas de nuestra Fundadora.

Que se hubieran publicado era un éxito. Y su lectura podía hacer mucho bien. Pero la obra que contenía las cartas de Luisa de Marillac era demasiado voluminosa. Sus libros, demasiado grandes y gruesos como para servir de lectura asidua. Es fácil concluir que la mayoría de las Hijas de la Caridad no tenían fácil acceso a ella y sirvió más para dejar constancia de que las cartas existían que para ser leídas e interiorizadas. Seguramente que se leyeron en común en muchas comunidades de Hijas de la Caridad; pero es difícil creer que esa publicación pudiera permitir a cada Hermana vivir un encuentro personal, reflexivo y meditativo con las cartas de su Fundadora.

Esta primera colección de cartas impresas en lengua francesa fue traducida al español en 1868. Ese año se publicó en Madrid una obra en dos tomos que llevaba por título «Conferencias hechas por San Vicente de Paúl a las Hijas de la Caridad».21 El tomo 2º, de 788 páginas, contenía 44 conferencias de san Vicente sobre la explicación de las Reglas y otros temas, 10 avisos, 126 cartas de San Vicente a diversas personas y, llegando a la página 695, una «Colección de avisos y cartas dirigidos a las Hijas de la Caridad por su venerable Fundadora y primera Superiora, la Señorita Le Gras» con la que terminaba el volumen. Las Hermanas de España, por primera vez en su historia, y 208 años después de la muerte de la Fundadora, podían leer al menos 63 cartas suyas.

4º – Un retrato de vuestra madre tal y como se pintó a sí misma en sus propios escritos

Habían pasado ya dos largos siglos desde la muerte de Luisa de Marillac. Los documentos a través de los cuales las Hijas de la Caridad podían conocer a la Señorita Le Gras eran demasiado escasos. La presencia de Vicente de Paúl, sin embargo, -su biografía y sus conferencias al menos-, ocupaba todo el espacio formativo en que se movían las Hijas de la Caridad. Por su parte también, las personas encargadas de preparar la impresión de obras destinadas a la formación de las Hermanas tenían la firme convicción de que era san Vicente, y sólo él, quien había sido el depositario del espíritu de las Hijas de la Caridad. Según esa manera de pensar, Luisa de Marillac carecía de originalidad y era deudora de ese espíritu. Sin embargo, en la Compañía aleteaba la convicción de que las cartas de la Fundadora guardaban un secreto que había que descubrir, eran un manantial del que se podía beber. Porque muy tímidamente y con cierta torpeza, esas cartas no dejaban de abrirse un camino hacia la luz, no dejaban de ser una llamada permanente para las Hijas de la Caridad.

El día 4 de septiembre de 1878, convocada la Asamblea General de la Congregación de la Misión, con motivo de la muerte del P. Eugenio Boré, fue elegido Superior general el P. Antonio Fiat. Ese mismo año, en febrero, había sido promovido al papado León XIII. La Congregación de la Misión estaba comprometida con la beatificación de Juan Gabriel Perboyre. El P. Fiat era un hombre piadoso, de mucha oración, y colaboró con gusto, no solamente para proseguir la causa del P. Perboyre, sino, también, para que se pudiera introducir la Causa de Beatificación de Luisa de Marillac. Las Superioras generales de entonces, sor María Juhel, sor María Derieux, sor Leónidas Havard, sor María Lamartinie y otras, favorecieron el proyecto con interés y dedicación. Era el tiempo propicio. Y los trabajos para llevar adelante la Causa estimularon más y más la búsqueda de nuevos documentos.

En Bélgica, las Hijas de la Caridad impulsaron la publicación de una obra en cuatro tomos, dos de los cuales iban a recoger las cartas de Luisa de Marillac. Quería ser como un homenaje a su Fundadora. Un grupo de Hermanas se trasladó a la Casa Madre y pudo bucear en los archivos consultando los documentos autógrafos con la ayuda de una Hermana que comenzaba a interesarse por la tarea de rebuscar y guardar autógrafos. La obra, que se editó en 1886 en Brujas (Bruges), la capital de la región belga de Flandes occidental, llevaba por título: «Louise de Marillac, veuve de M. Le Gras».22

El día 15 de octubre de 1886, en la fiesta de santa Teresa, el P. Antonio Fiat,23 firmaba la carta introductoria. En ella decía a los lectores, preferentemente Hijas de la Caridad: «de ese modo, tendréis el verdadero retrato de vuestra venerable Madre, tal como lo conocieron y admiraron sus primeras Hijas, tal como ella misma se había pintado en sus propios escritos». Y añadía que «el fin que nos hemos propuesto al publicar esta obra es que las Hijas de la Caridad conozcan mejor a su Madre y Fundadora, y ayudarles, de ese modo, a penetrarse de su espíritu, conducirlas hasta los orígenes de su Compañía y mostrarles, por las enseñanzas de Luisa de Marillac, que su Comunidad ha sido establecida sobre el fundamento de la humildad, la pobreza, la confianza en Dios y una ciega sumisión a la dirección de san Vicente». La obra, aunque en cuatro tomos, la diseñaron en formato de bolsillo para que, no solamente fuera un libro de comunidad, sino una especie de «manual en el que cada Hija de la Caridad pudiera estudiar, personalmente, el verdadero espíritu de su santa vocación».24

No conocemos el nombre del autor o autora que escribió la Advertencia preliminar, al comienzo del tomo III. En él expresaba que «la veneración no ha cesado de rodear la memoria de Luisa de Marillac y ha sustraído casi 700 cartas a la acción del tiempo y de las revoluciones».25 Y continuaba diciendo cómo las cartas estaban «llenas de rasgos que, por ser trazados a vuelapluma en la familiaridad de una correspondencia íntima, revelan de maravilla la virtud de la sierva de Dios y la parte que le toca tanto en la organización como en el afianzamiento de las obras a las que se consagró bajo la guía de san Vicente de Paúl». La edición constaba solamente de 361 cartas, de ellas, 231 dirigidas a las Hijas de la Caridad. Estaban ordenadas cronológicamente según el criterio que quien preparó la obra, y entre ellas se encontraban también las que se guardan en el «Manuscrito Chétif».

5º – Los «Recueils» de sor de Geoffre

En la Secretaría de la Casa Madre de las Hijas de la Caridad, una Hermana trabajaba sin cesar buscando en las casas más antiguas, y por mil lugares más, documentos autógrafos, identificándolos, ordenándolos, clasificándolos y copiando todo lo que encontraba relacionado con su Fundadora en los archivos públicos y privados. Esta Hermana era sor Marie de Geoffre de Chabrignac. Aquejada de una larga enfermedad, pero dotada de una gran cultura, de inteligencia y habilidad superiores, realizó un admirable trabajo de archivo que ha servido de base a las publicaciones posteriores y no ha perdido actualidad.

Todos los documentos originales autógrafos que pudo encontrar fueron clasificados bajo su dirección en siete gruesos libros, a cada uno de los cuales llamó «recueil», antología, colección:

  • El tomo I (Recueil 1) agrupaba 256 cartas autógrafas dirigidas por Vicente de Paúl a Luisa de Marillac y algunos otros documentos.
  • El tomo II (Recueil 2) contenía 187 cartas autógrafas escritas por Luisa de Marillac a Vicente de Paúl y otras 34 dirigidas a diferentes personas.
  • El tomo III (Recueil 3) guardaba las cartas autógrafas de Luisa de Marillac a las Hermanas. Son 329 cartas manuscritas, algunas de ellas con letra de sor Isebel Hellot y sor Mathurina Guérin, principalmente, pero todas firmadas por Luisa de Marillac.
  • El tomo IV (Recueil 4) agrupaba 99 cartas dirigidas al Abad de Vaux, Vicario general de Angers.
  • El tomo V (Recueil 5) reunía los demás escritos autógrafos de Luisa de Marillac: notas de Ejercicios, meditaciones, pensamientos, reglamentos, conferencias…26
  • El tomo VI (Recueil 6) contenía las castas autógrafas que Luisa de Marillac recibió de las Hijas de la Caridad y otro tipo de personas.
  • El tomo VII (Recueil 7) guardaba los autógrafos de las cartas que las Hijas de la Caridad recibieron de diversas personas.

Las cartas escritas por Luisa de Marillac a las Hijas de la Caridad y que ahora nos interesan, están contenidas en el Recueil 3. Los demás libros contienen cartas que ella escribió tanto a Vicente de Paúl, como a las Hijas de la Caridad u otro tipo de personas; otros escritos que salieron de su pluma; y algunas de las cartas que ella recibió a lo largo de su vida.

La autora de este valioso trabajo añadió notas y varios índices de los que ofrece especial interés el de las fundaciones y las obras que impulsó nuestra Fundadora. Podríamos pensar que, quizá, alguien hubiera concebido el proyecto de hacer una impresión litografiada de los escritos autógrafos que había reunido, pero esa obra nunca llegó a publicarse. Como en tiempos de sor Margarita, una laboriosa e importante tarea quedaba relegada al ámbito de la privacidad de un archivo. Sin embargo, su trabajo fue muy importante y significativo. Por primera vez aparecían cuidadosamente guardados, ordenados y clasificados muchos de los escritos auténticos de Luisa de Marillac. A partir de ahí, los trabajos de investigación se llevarían a cabo con mayor facilidad y se podría dar a conocer de forma más auténtica la figura de la Fundadora de las Hijas de la Caridad.

6º – Lo que debe buscarse aquí es el perfume de la humildad y el encanto de la sencillez

El proceso de beatificación y canonización siguió su curso. Con ese motivo habían aparecido algunas biografías de Luisa de Marillac. Llegó el momento de celebrar con solemnidad su canonización el 11 de marzo de 1934. La figura de esta desconocida mujer iba despertando interés.

En España, el P. Rosendo Castañares, de la Congregación de la Misión, comenzó a preparar una obra que se publicó en 1945, con motivo de la celebración de los 50 años de vocación de sor Justa Domínguez de Vidaurreta. Era una obra en tres tomos, en la que daba a conocer a las Hermanas, entre las 72627 cartas escritas por Luisa de Marillac a diferentes personas, 374 dirigidas a las Hijas de la Caridad. La obra llevaba por título «Cartas y escritos de Santa Luisa de Marillac».28

El mismo autor decía en la introducción que se había propuesto unos fines, además del principal que es la gloria de Dios. Estos eran: «contribuir a honrar y glorificar a santa Luisa de Marillac sacando a luz sus cartas y escritos; contribuir a la edificación de las Hermanas instruyéndolas sobre la historia, usos y costumbres tradicionales de la Compañía y presentándoles para su admiración los sublimes ejemplos de sus hermanas mayores; y tributar a éstas el honor debido a sus asombrosos ejemplos de todas las virtudes; porque bien se merecen aquellas ignoradas y anónimas heroínas de la Caridad que salgan a luz sus nombres y heroicos y sublimes actos de abnegación, desprendimiento y de caridad a favor de los pobres y enfermos».

Esta ha sido una obra muy querida y muy interesante. Para las Hijas de la Caridad de España resultaba ya anticuada la traducción de 1868 y el número de cartas que en ella se publicaba era demasiado reducido. Según el pensamiento del autor ésta era «la colección más completa y ordenada, por contener todas las cartas de la santa conocidas y descubiertas hasta el presente y estar en el lugar que les corresponde por su fecha cierta o probable». Y, verdaderamente, era la publicación hasta entonces más completa y la única enriquecida con interesantes comentarios en sus notas. Decía también que había tenido como fuente la colección de «Recueils» de sor de Geoffre en un libro en folio de 3 páginas de advertencia preliminar, 1197 páginas de texto con los índices y LVI del índice sumario de las cartas. Admirando su espléndida labor, aseguraba que era una «edición magnifica hecha con esmero y gusto y con letra limpia, clara y elegante de varias Hermanas de la casa Generalicia de las Hijas de la Caridad en Paris; no llevaba año pero muy probablemente era de 1888″.29

Pero el mismo autor lamentaba que no había podido consultar directamente, en el archivo de la Casa Madre, los autógrafos de la santa, las cartas a ella dirigidas, y otros documentos, a fin de fijar fechas dudosas, compulsar citas, aclarar dudas, etc. Nuestra guerra civil primero, y la segunda guerra mundial después, se lo habían impedido. De todas las obras publicadas hasta 1945, ésta era la que más explicaciones adicionales presentaba porque el autor pudo realizar un trabajo de investigación que le permitió condensar «los principales datos biográficos, históricos y geográficos de los personajes, hechos o lugares mencionados en las cartas o que se relacionan con ellos».30 Pero, todavía, no era una obra definitiva.

7º – La atractiva figura de nuestra santa madre sale de la oscuridad

Esta fue la intuición que se despertó con viveza en el corazón del P. Slatery cuando tuvo en sus manos un libro para el que tenía que redactar una carta de presentación. Él mismo era testigo del extraordinario efecto que había producido en muchísima gente la lectura de diversas publicaciones sobre Luisa de Marillac. Eran sencillos escritos que habían ido apareciendo en revistas de espiritualidad o de historia, en folletos, estampas, trípticos, etc., durante el tiempo de preparación a la celebración del tricentenario de su muerte. Las mismas Hijas de la Caridad que se habían acercado a aquellas lecturas y que habían escuchado comentarios impregnados de entusiasmo y admiración por su Fundadora, se habían sentido movidas a «vivir siempre más y más de su espíritu».

Pero aquel libro de 1.054 páginas, encuadernado austeramente, con sencillez, significaba para él como el descubrimiento de una silenciosa «fuente que mana». Una primera lectura de aquellos escritos de Luisa de Marillac había producido el mismo efecto que el correr de la niebla dejando al descubierto un bellísimo paisaje. Le parecía que hasta entonces «su fisonomía quedaba envuelta en una especie de niebla y aparecía como desprovista de personalidad. Con feliz sorpresa, hemos descubierto en ella una doctrina espiritual de sólidas bases teológicas, inspirándose sin duda en grandes autores espirituales de su tiempo, pero sabiéndola formular, en su caso, de manera original. Se ha subrayado la profundidad de su vida interior que se alimentaba constantemente en la meditación de los misterios de la vida de Jesús y de María. Y junto a ella, una perfecta sensatez, una gran experiencia de los hombres y de las cosas y una posesión extraordinaria del arte de gobernar»

Se trataba de una obra que llevaba por título «Louise de Marillac. Ses écrits». Sencillamente encuadernado en rústica, con cubierta en discreto color gris, quería ser uno de los gestos conmemorativos de aquel 300 aniversario. Familiarmente se le denominó «el libro gris». Su preparación corrió a cargo de Sor Regnault, por entonces encargada de los archivos. El P. Slatery decía que contenía, con los escritos espirituales, «todas las cartas que se habían conservado de ella» hasta entonces, un total de 727 cartas de las que 383 habían sido enviadas a Hijas de la Caridad. El criterio que se siguió para la ordenación de las cartas es el mismo que había adoptado sor de Geoffre, respetando también la numeración que ella había adoptado. Las cartas que habían aparecido posteriormente las incluyó en el lugar correspondiente, intercalándolas en la numeración y añadiendo las partículas bis, ter o quater en cada caso.

El P. Slatery, creía estar seguro de que «sería el libro de cabecera» para las Hijas de la Caridad. Y añadía: «no podéis más que regocijaros de ver salir de la oscuridad, en la que su humildad la había ocultado, esta atractiva figura de vuestra santa madre. Pero, sobre todo, querréis que los que la conozcan mejor desde ahora, y que la tienen en muy alta estima, la encuentren en las que se honran de ser sus Hijas. Más que nunca, pues, vais a entrar en su escuela. Leed, releed,… será un placer para vuestra inteligencia, pues se disfruta siempre al entrar en contacto con un espíritu superior. Pero sobre todo leed para reavivar vuestro sentido sobrenatural, para renovaros e intensificar vuestro amor a una vocación que santa Luisa tenía en tan alta estima. En estos escritos, tanto como en los de san Vicente, encontraréis la expresión más perfecta de lo que es vuestro espíritu. ¡Cuántas luces os aportará esta lectura! ¡Qué preciosas enseñanzas para vuestra relación mutua! ¡Qué consuelo en las horas más duras de vuestra vida, horas que ella misma conoció y que ayudó a vuestras primeras hermanas a superarlas sin desanimarse!».31

Este «libro gris», editado en Francia, sustituía a la colección publicada en Brujas en 1886 que estaba ya agotada. En las Hermanas, estaba prendiendo con fuerza el interés por conocer el pensamiento de su Fundadora. Y por tanto fue acogido con gozo y satisfacción. No se hizo ninguna traducción al español; las Hermanas de España continuaban leyendo las cartas de Santa Luisa en la traducción que había presentado el P. Rosendo Castañares, en espera, eso sí, de una nueva edición que actualizara el contenido y modernizara la expresión.

8º – En el 350 aniversario del nacimiento de la Compañía

El Concilio Vaticano II pidió a la Vida Consagrada la «vuelta a las fuentes». Las Superioras generales, desde Sor Susana Guillemin, invitaron a la Compañía a emprender un camino hacia los orígenes. Los años 70 del siglo XX fueron especialmente propicios para abordar una tarea seria de investigación vicenciana. Tanto en la Congregación de la Misión como entre las Hijas de la Caridad se despertó un interés por descubrir los documentos auténticos, por acceder a lo original, por asegurarse de que lo que llegaba hasta nosotros procedía directamente de su auténtica fuente. Grupos de Padres y de Hermanas, con preparación adecuada, dedicaron tiempo, entusiasmo, ilusión y energía a la búsqueda de documentos, a la reflexión, al estudio y a la divulgación de lo que iban descubriendo. De esta manera pudimos llegar a un conocimiento mucho más preciso y profundo de Vicente de Paúl y también de Luisa de Marillac.

Por lo que se refiere a nuestra Fundadora, es preciso reconocer la especial importancia del trabajo realizado por sor Elisabeth Chapy y el P. Benito Martínez. Su investigación y la concienzuda reflexión previa a sus publicaciones aportaban nueva luz sobre las cartas de Santa Luisa. Llegó un momento en que se estaba ya en condiciones de aquilatar mucho mejor la más auténtica transcripción de los autógrafos; de establecer una más adecuada ordenación cronológica de los mismos; y de presentar al público lector algunas cartas inéditas.

El momento favorable fue la celebración del 350 aniversario de la Fundación de la Compañía, en tiempos del P. Richard Mc Cullen y de sor Lucía Rogé. El 31 de mayo del año 1983 vio la luz una nueva y de momento última obra que llevaba por título «Sainte Louise de Marillac, écrits spirituels». Se imprimió en Tours, en la imprenta Mame. Y, por comparación con la edición anterior, muchos lo llamamos familiarmente el «libro azul», por el color de sus tapas. Incluye 737 cartas, de las cuales 383 están dirigidas a las Hijas de la Caridad.

Fiel a nuestro estilo, se mantiene una edición sencilla y cuidada a la vez. Está presidida por un grabado de Luisa de Marillac en óvalo, rodeado por la inscripción: «Verdadero retrato de la Señora Le Gras, Fundadora y primera superiora de las Hijas de la Caridad sierva de los pobres enfermos, murió en Paris el 15 de marzo de 1660 a la edad de 68 años». Al pie del grabado aparece este pequeño poema:

Le coeur penetré d’un Saint Zele
Por les membres de Jesus-Christ:
Cette Dame laisse apres elle
Des Soeurs pleins du même Esprit.

Con el corazón repleto de un Santo Celo
por los miembros de Jesucristo,
esta Mujer deja tras de sí
Hermanas llenas del mismo Espíritu.

Le sigue un prefacio escrito por el P. Mc Cullen en el que califica de «feliz iniciativa» esta nueva edición. Afirma que la obra de santa Luisa «no ha sido verdaderamente exhumada del polvo de tres siglos sino hace muy poco tiempo». Ahora es cuando, en realidad, podemos descubrir «lo importante que fue su propia aportación». En la lectura meditativa de cada una de las cartas podremos encontrar «con más fidelidad todavía la expresión de Santa Luisa» y «la expresión más perfecta del espíritu de la vocación». Y concluye deseando que su lectura «guíe a todas las Hijas de la Caridad hacia un servicio cada vez más efectivo de Nuestro Señor Jesucristo y de nuestros amos y señores los pobres».32

Las 737 cartas conservan «el texto íntegro sin agruparlas por temas y sin modificar el francés del siglo XVII.33 Aparecen ordenadas cronológicamente de un modo mucho más riguroso que en las anteriores ediciones, basado en un concienzudo estudio comparativo de otras fuentes y documentos. Y además, cada carta va acompañada de un logotipo que la identifica. Ese logo hace referencia a la catalogación que había comenzado a realizar sor de Geoffre y consiste en la letra «L» (de lettre, carta) seguida de un número.34 Las cartas añadidas en esta edición están también debidamente catalogadas e intercaladas en su lugar cronológico adecuado.

Concluye la obra con un apartado en el que aparecen los autógrafos ordenados por su numeración; un «Lexico» para explicar el sentido de palabras actualmente en desuso o cuyo significado ha sufrido modificación; un índice temático y un índice común.

En el año 1985, la Editorial CEME publicó en español la traducción de esta obra35 en la que trabajó con ilusión y profesionalidad sor Pilar Pardiñas y su equipo de traducción. Queriendo respetar al máximo, no solamente el contenido, sino la forma externa, sin embargo, la editorial tuvo a bien contar con la colaboración del P. Benito Martínez para la adición de notas, -menos de las que se hubiera deseado-, que ayudan a la comprensión del contenido de la carta porque aclaran el significado de expresiones, la identificación de lugares, hechos, etc.

A modo de síntesis

Las cartas de Luisa de Marillac, a lo largo de la historia han sido recopiladas en los volúmenes siguientes:

Nombre de la obra

Lugar/Edición

Idioma

Nº total de cartas

Nº de cartas a las HC

1661-1667 «Manuscrito Chétif»

Casa Madre

Francés

71

71

1845 «Conferences Spiritulles de Vint Vincent de Paúl pour les Filles de la charité»

París

Adrien

Le Clére

Francés

Español en 1868

63

63

1886 «Louise de Marillac, veuve Le Gras»

Brujas (Bélgica)

Impr. Saint Augustin

Francés

361

231

1875-1888«Recueils» de Soeur de Geoffre

Casa Madre

Francés

Más de 649

329

1945 «Cartas y escritos de Santa Luisa de Marillac»

Madrid

Español

726

374

1961 «Louise de Marillac. Ses écrits»

Paris

Impr. P. Kremer

Francés

727

383

1983 «Sainte Louise de Marillac, écrits spirituels»

Tours

(Francia)

Imp. Mame

Francés

Español en 1985

737

383

Parte 2ª: Dejemos que Luisa nos hable hoy en sus cartas

La correspondencia de Luisa de Marillac con las Hijas de la Caridad fue mucho más abundante de lo que podemos imaginar.36 Ella escribió a sus Hijas de la Caridad muchísimas más cartas de las 383 que se han encontrado hasta ahora. Con solo comenzar a leer podemos comprobar que muchas de las que escribió se perdieron sin llegar siquiera a sus destinatarias. Utilizar el correo era la única manera posible entonces de mantener relación con sus Hermanas, en la medida en que las fundaciones fueron alejándose de París. Luisa tenía facilidad para escribir, le gustaba. Sabía expresarse con corrección, sabía transmitir a través de la escritura sus sentimientos y sus ideas, de manera concisa, pero clara. Eso sí, tenía su propio estilo y, como sucede a toda persona, su personalidad y su carácter también quedaron reflejados en su forma de escribir.

Era una mujer que necesitaba comunicar y deseaba compartir. Vivía una rica experiencia humana y espiritual y se sentía impulsada a transmitirla. Quería entrañablemente a aquellas jóvenes y logró de modo admirable que, a través de su correspondencia, se sintieran apoyadas, animadas y queridas también por ella. Tenía el gusto de escribir en particular a cada Hermana. Insistía continuamente en que ellas le escribieran muy frecuentemente; y no se contentaba con que las Hermana Sirviente o una Hermana cualquiera de la Comunidad le diera noticias de las demás. Reiteradamente reivindicaba que fuera cada una de las Hijas de la Caridad quien mantuviera relación directa con ella, -a menos que no supiera escribir-, le mantuviera al corriente de cómo vivía su proceso vocacional, le expresara sus dificultades, le contara sus cosas. Deseaba recibir noticias de las comunidades y de cada una de las Hermanas, «frecuentemente», «lo más a menudo que puedan»y «por extenso». Y sabía que ellas estaban deseando recibir sus cartas llenas de cariño, de ánimo, de noticias, hasta el punto de reconocer que, en momentos concretos, alguna Hermana tiene «sobrados motivos para quejarse de mi tardanza en demostrarle la alegría que he experimentado (al recibir) tan extensas noticias», porque acostumbraba a «expansionar su corazón»con las Hermanas. También se queja cuando las noticias que le dan son escuetas. Porque leer noticias de sus hijas le «causa verdadera satisfacción», repite insistentemente que «le alegra mucho recibir» las cartas y, a lo que le cuentan en ellas les llama «apreciadas noticias».

A través de sus cartas, Luisa fue revelando su identidad, se pintó a sí misma, entregó lo mejor de sí, dejó fluir su espíritu, contagió su carisma, esparció sus convicciones, irradió sus valores y expresó sus ideas. Sus cartas, verdaderamente, son también hoy, una fuente que mana en la que podemos refrescar nuestro ánimo, nutrir nuestro espíritu, lavar impurezas. Por ser un documento de un tiempo concreto, esas cartas tienen añadidos que han perdido significatividad, hablan de costumbres que han pasado, encontramos en ellas algunas ideas caducadas. Pero ellas nos transmiten junto a lo circunstancial, efímero y transitorio, el latido del amor y la resonancia de la experiencia de lo sagrado.

Las cartas nos trasladan al ambiente mismo en que germinó el carisma y nació la Compañía. Dejan entrever el escenario social y religioso, las costumbres del tiempo, la mentalidad de las gentes. A quien siente curiosidad y se siente invitada le permiten un encuentro personal con nuestra Fundadora. A través de su lectura es posible establecer una relación que puede ponernos en sintonía con su experiencia, que puede ir transformando nuestra vida. Y las cartas nos abren también al horizonte de cómo vivían las Hermanas, las dificultades que encontraban, la manera de superarlas, la organización de la Compañía, el estilo de vida, y un largo etcétera que las hace interesantes y atractivas a una mirada atenta.

1º – Una perspectiva del escenario en que germinó nuestro carisma

La intencionalidad que mueve a escribir cartas a Luisa de Marillac delimita de alguna manera el punto de mira a la sociedad en que vive aquella naciente Compañía; y nos abre a la percepción de un escenario concreto en el que se desarrolla el vivir de aquellas primeras Hijas de la Caridad.

Francia es un reino que, en la intención de la política de entonces, liderada por el Cardenal Richelieu, aspira a ser llevado al máximo esplendor entre las potencias europeas. Lo conseguirá rivalizando con la hegemonía de los Habsburgo que reinaban en España y en Centroeuropa, hegemonía que cree poder usurpar. La admiración y el cariño con que los franceses honran a la realeza aparecen reflejados en las cartas. Luis XIV, muy niño, a sus 11 años, es llevado a Paris y el acontecimiento se hace noticia que hay que contar: «Nuestro buen rey llega hoy a Paris lo que llena de alegría todos los corazones». La reina, Ana de Austria, es «buenísima y muy devota» Varios de los lugares en donde las Hermanas sirven a los pobres son fundaciones pedidas por la Reina. Están presentes en Saint Germain-en-Laye y en Fontainebleau y, cuando la corte reside en esos lugares, las Hijas de la Caridad, «gozan la dicha de tener a la bondadosa reina». Pero la distancia social y psicológica entre los reyes y la gente sencilla es tal que unas pobres campesinas sienten rubor cuando han de presentarse ante ellos. Sin embargo, «la virtud y caridad de la Reina infunden confianza a los más pequeños para exponerle sus necesidades». Y, aunque sientan que deben un «respeto hacia su persona», ante la oportunidad de hablar con ella, no tienen que poner «dificultad aunque les inspire temor. Sobre todo no deben dejar de hablarle «con toda verdad» de las necesidades «de los pobres». Pues no siempre los grandes del mundo cumplen sus promesas y a veces pasa demasiado tiempo sin que la Reina se acuerde de entregar a las Hermanas el dinero que ha prometido para el funcionamiento de la Caridad de Fontainebleau. Pero nada puede borrar ese sentimiento colectivo interiorizado desde tiempo inmemorial de veneración, fidelidad, estima, reverencia y honor que, como parte del pueblo francés, sienten hacia la realeza. Y, cuando el peligro acecha, cuando la rebelión amenaza con poner en riesgo la vida del Rey, cuando la inseguridad pone en alerta a los ejércitos franceses, Luisa de Marillac invita a las Hermanas a «pedir por el ejército del Rey» o «la conservación de la persona del Rey». Y desde Polonia, en tiempo de guerra, llegan también noticias solicitando «oraciones para alcanzar de la bondad de Dios la paz en aquel reino, la conservación de la persona del Rey y de la Reina».

El ambiente de la corte, sin embargo, no parece que sea tan ejemplar y las Hermanas han de expresar «modestia y recato en medio de ese gran mundo«; porque «el enemigo puede sembrar cizaña» y «lo conocerán si, durante la estancia de la Corte ahí el trato que han de tener ustedes con las señoras altera, por poco que sea su devoción; si tienen menos cuidado en la observancia de sus reglas, si son menos pacientes y humildes». Las Hermanas tiene que poner cuidado en no «tener demasiada osadía en el hablar con las señoras, tanto las de la Corte como las de su séquito»

Por las cartas va pasando toda una galería de numerosísimas señoras de la Alta Nobleza desde la Señora Goussault, esposa del intendente de finanzas hasta la Señorita Viole pasando por la Duquesa de Ventadur o la Señora Traversay, con las que las Hermanas se relacionan frecuentemente. Pero las Hermanas están con los pobres. Viven dedicadas a mejorar las condiciones de vida en que se encuentran aquellos que más sufren las consecuencias de la pobreza y ellas mismas pertenecen a su mismo estamento social. Y son testigos de las dificultades de surgen de tiempo en tiempo, cuando la economía va mal, en las relaciones de la Nobleza con el pueblo. Las Hermanas de Bernay reciben un día una carta de Luisa de Marillac en estos términos: «Supongo que se emplean siempre en aliviar al pueblo y que no van a contar al Sr. De Bernay las quejas y murmuraciones de la vecindad ya que, como saben ustedes muy bien, esto no sirve para nada más que para agriar; por lo demás, conseguirán ustedes mucho más con una palabra bondadosa que todos los Señores y Funcionarios con sus amenazas».

Por las cartas pasan igualmente las terribles situaciones que viven los pobres. Las Hermanas, especialmente en tiempos de guerras o en otros momentos difíciles, «ven cantidad de miserias que no pueden socorrer». La pobreza que ha dejado la guerra en Paris se hace noticia: «hay parro­quias en las que se cuentan cinco mil pobres, a los que se les da la sopa. En nuestra parroquia damos a dos mil, sin contar los enfermos»; «en casa hacemos cerca de 2.000 raciones para los pobres vergonzantes y lo mismo en los demás distritos». Las cosas se ponen cada vez peor. «La mayoría de las Hermanas de los alrededores de París se han visto obligadas a refugiarse, pero gracias a Nuestro Señor no han recibido ningún daño ni disgusto hasta ahora». Y la pobreza aumenta. «(Si supiera usted las dificultades que hay ahora en París para colocar a nadie! No es creíble. Bien se echa de ver que la guerra ha estado aquí mucho tiempo y que todo el mundo se ha empobrecido. Le aseguro que, al principio de la guerra, se creía que las parroquias iban a tener que devolvernos a las Hermanas; sin embargo, la divina Providencia ha permitido que hubiera más limosnas para los pobres enfermos y vergonzantes que las que nadie se hubiera nunca atrevido a esperar. Parecía también que las Señoras Oficiales (de la Junta) y otras ponían más cuidado en hacerse con trigo para los pobres que para ellas mismas. Lo mismo pasa en otros lugares y Luisa anima a las Hermanas a que «reciban al mayor número de pobres que puedan» y a que «hagan por sus po­bres todo lo que puedan».

También aparecen en las cartas alusión a ceremonias religiosas como los funerales de las Hermanas que suelen hacerse «por la tarde, después de vísperas», llegando a un acuerdo con el señor Cura. «Se canta una vigilia de cuerpo presente» y hay que procurar que «haya seis hachas de media libra cada una y seis cabos de medio cuarterón». «Hacen falta también cuarenta velas para las Hermanas, de dos liardas cada una», y «se precisa una ataúd y una corona de flores blancas».

Eran tiempos en que las peregrinaciones estaban en auge. Un centro de atracción de peregrinos era Vendôme, a 40 Km de Chateaudun, en donde se venera una reliquia de una lágrima de nuestro Señor.

Y existía mucho interés por las medallas. El P. Portail, trajo de Roma medallas abundantes para repartir entre las Hermanas y Luisa se las hace llegar a todas en cualquier lugar en que se encuentren.

En tiempos de la segunda Fronda, el pueblo de París, extenuado, se sentía embargado por la certeza que solo una intervención de Dios podía eliminar el odio del corazón de «los grandes» y detener el horror de la guerra. El arzobispo de París había convocado procesiones especiales en París. El día 11 de junio se celebró la última de ellas, una «hermosa ceremonia para bajar la urna de santa Genoveva» desde su santuario hasta Notre Dame en medio de una inmensa multitud que imploraba el fin de aquel sufrimiento tan horroroso. Asistieron además de una inmensa multitud del pueblo, los príncipes y las cortes soberanas, los miembros del Parlamento con sus ropajes rojos y las demás corporaciones de la ciudad en traje de ceremonia. Nunca se había visto en París más afluencia de gente ni ganta devoción.

El modo de abastecerse de los productos necesarios para la subsistencia es también un tema recurrente en la correspondencia de Luisa con las Hermanas. Así, en Paris, hay «un cerero en la plaza Maubert». En Saint Denis «una peritas buenas, bien sanas» de las que Bárbara envía a Luisa «un cuarterón». En Brienne, pueblecito de Borgoña, hay «manteca derretida a muy buen precio». Y unas «uvas hermosísimas» que Luisa agradece vivamente porque «por falta de dentadura no puede comer las pequeñas». Y también «hilaza un poco cara, que para cuando llega a Paris, «sube mucho». Pero sería bueno enterarse de «cuál es el tiempo mejor para hacer provi­sión de ella, hecha o para hacer, pero mejor ya hecha». Necesitarían de «cuatrocientas a quinientas libras si pudiéramos conseguirla a buen precio y que el porte no resultara demasiado caro». Se teje igualmente «tela de hilaza» y en la Casa Madre no se utiliza «tela de lino más que para tocados y cuellos». Les vendría «muy bien si fuera muy blanda y no demasiado fina». También necesitarían que les enviaran «estopa, de buena calidad, toda la que puedan dar por una libra, sin acomodar». En Bernay, Alta Normandía, tienen «una buena sidra y excelente fruta». De esta localidad y de la cercana Santa María del Monte envían hilo a Paris. No es fácil el traslado y piden ayuda a los mercaderes de Bernay. Y en Fontainebleau compran unas «plumas muy buenas».

El intercambio es mutuo. También Luisa envía a Brienne «azúcar u otras drogas» que las Hermanas le piden. Y «tamarindos», especie de dátiles laxantes junto con algo de dinero que necesitan, en ese momento, –«pístoles», antigua moneda de oro acuñada en España e Italia-; a otras Hermanas «libras», cuando cree conveniente.

Por las cartas circulan abundantes preparados farmacéuticos y recetas para distintas enfermedades. Luisa de Marillac no los aconseja si no los ha probado. Podemos encontrar que, a una Hermana que está muy mal de la vista, «nuestra agua un poco fuerte, no mucho, puede ser excelente para ella»; «habrá que purgarla con frecuencia con una tisana laxante, pero el mejor remedio es un cauterio en la parte posterior de la cabeza». El Orvietán sirve para purificar la atmósfera en tiempos de fiebres malignas. Es un ungüento blando que se toma «por las mañanas» en «una cantidad equivalente al grosor de un guisante». Para el catarro es buena el «agua de cebada con azúcar, un poco caliente, al acostarse». Y para la dolencia (no identificada) de una Hermana es «necesario que se purgue a menudo pero con poca cantidad y que tome todas las mañanas en ayunas un buen vaso de agua de cebada bien cocida aunque muy clara, en la que echará un poco de miel o de azúcar y lo mismo por la noche, aunque distanciado de la cena». El «catolicón» es un purgante muy usado, casi un remedo universal. Tenía un aspecto pastoso y se preparaba con hojas de sen, raíz de ruibarbo y pulpa de tamarindo a las que se añadía miel, jarabe o azúcar. No comviene hacer mucha cantidad porque «es más eficaz cuando está recién hecho».

Los viajes de entonces encerraban grandes dificultades. Las Hermanas utilizaban para sus desplazamientos de entre los medios de transporte normales entonces, los más baratos, salvo en casos excepcionales. Solían hacerse a pie, entre lugares próximos; a caballo o en carreta cuando se quería llegar directamente hasta el lugar del destino y no se encontraba lejos de París. No todas las Hermanas sabían montar a caballo o en burro para poder viajar. Y para viajar a pie, los caminos debían de estar secos; caminar sobre el barro era cansado, peligroso para la salud y en ocasiones, imposible. La diligencia era más cómoda y más cara aunque se utilizaba si llegaba la ocasión. El viaje por agua, en barcazas llevadas por la propia corriente del río o tiradas por caballos desde las orillas, era también frecuente, sobre todo para grandes distancias a lugares cercanos a un gran río. En este caso resultaba normal salvar la distancia del lugar de origen hasta el río bien a pie, en caballo, en carreta o en diligencia. Tanto el barco como la diligencia llevaban un «traqueteo» especial que ocasionaba mareos y malestar, a veces de cierta duración. En cualquier caso, viajar durante el invierno ponía en riesgo la salud de las Hermanas por el gran frío que se pasaba, y las inclemencias del tiempo. Había diligencias mejor acondicionadas en las que se mitigaba el rigor del frío. Cuando era necesario trasladar a alguna Hermana enferma, Luisa aconsejaba hacer el viaje «en dos días para no hacer tan largo el trayecto de una vez». En viajes largos especialmente había que tomar precauciones como «ir siempre juntas» para evitar cualquier abuso por parte de viajeros irresponsables. Es frecuente encontrar en la correspondencia expresiones de gratitud a Dios y de alabanza por haber podido hacer un buen viaje y haber regresado con buena salud.

2º – Algunas facetas de la fisonomía de Luisa de Marillac

Escondida entre la caligrafía, las palabras y los mensajes de sus cartas, va emergiendo a nuestra mirada la fisonomía de esta gran mujer. Su original personalidad se manifiesta dibujada en sus cartas, en lo que dice, en cómo lo dice. A través de una atenta lectura podremos descubrir que:

A. LUISA ES una mujer de recia confianza en Dios, esperanzada

En su pluma hay una constante y agradecida alabanza al Señor. En todo lo que acontece, en todo lo que ella misma y las Hermanas viven encuentra algún motivo para alabar al Señor. Un gran número de sus cartas comienzan con una expresión que la pone de manifiesto. Y en ellas nos transmite que ha logrado construir su casa sobre el sólido fundamento de la confianza en Dios. Así, todo lo que sucede está bien, es decir, tiene sentido, servirá al crecimiento personal, traerá algo positivo al vivir. Porque vive «en Dios».

Su propia experiencia de transformación personal le ha puesto en relación y diálogo existencial con la Providencia de Dios. Con ese cuidado que Dios tiene por todas las personas, ese cuidado repleto de cariño, de solicitud, de amor, de compromiso para que, a pesar de todas las dificultades que uno encuentre, llegue a encontrar una senda que le permita caminar hacia la plenitud. Luisa aprendió a leer todos los acontecimientos de su vida personal en esta clave. Y llegó a saber que Dios va como por delante, anticipándose para evitar cualquier riesgo; que, si los avatares de la existencia juegan en contra de la persona, Él es muy hábil para componer roturas, enderezar caminos y animar a comenzar de nuevo. Por eso, puede expresar su certeza: «seríamos las más ingratas del mundo si no nos confiáramos en ella. Sólo ella es la que debe mantenernos, la que provee a todas nuestras necesidades, especialmente aquellas que la prudencia hu­mana no puede prever ni remediar».

Y expresa su inquebrantable confianza en la seguridad que transmite a las Hermanas de que todo saldrá bien. Porque sabe que Dios será consuelo y fuerza para superar lo difícil, acepta con serenidad lo que es, lo que sucede. Sabe también que «lo que en el momento presente nos causa mucha pena, se convertirá un día en gran consuelo. Esto es completa verdad». Está convencida de que todo sucederá para bien. Cuando los soldados se alojan en Bicêtre y teme que la integridad de las Hermanas y los/as niños/as están en peligro desea «que sus santos ángeles se pongan de acuerdo con los de los Señores que Dios les ha enviado». Y espera «que nuestro buen Dios bendecirá sus desvelos».

Su mirada a las Hermanas está teñida de esta confianza. Las hermanas trabajan bien porque «Dios les comunica fuerzas y valor en todos sus trabajos». «Alaba a Dios por el ánimo que su bondad les comunica». Y pueden tener la confianza de que «su bondad no las abandonará y de que el deseo que tienen de perseverar se cumplirá».

Esta confianza es para ella un tesoro expansivo. Y porque sabe que es un don, le gustaría que sus Hijas de la Caridad entraran en su bondadoso dinamismo, que Dios les diera a «conocer cuán bueno es confiar en Él», animándoles a que le miren «a menudo como hacen los niños con sus padres cuando necesitan algo».

B. La que escribe es una mujer CON RESONANCIA AFECTIVA

Con solo acercarse a la lectura de unas pocas cartas asoma la certeza de que Luisa de Marillac es una mujer que deja resonar su capacidad de sentir, de emocionarse y de querer a las personas. Expresa sus sentimientos con sencillez y naturalidad. Cuando escribe es espontánea y cariñosa. Nada de rigidez, sequedad o expresión carente del latido de la vida.

En la lectura encontramos un amplio abanico de sentimientos: «se congratula», «se regocija», «goza», «se alegra», «tiene un gozo singular», «una singular satisfacción». También «siente pena», «disgusto» y «le duelen» las noticias un tanto adversas. Hay momentos en que está «muy preocupada» por la enfermedad de una Hermana, y porque intuye que otra está mal y no sabe el por qué.

También podemos encontrarnos con sencillas expresiones de su ternura femenina y así añade el final de una carta: «Con toda mi alma desearía estar ahora con ustedes». O escribe a una Hermana «tal como hubiera querido escribirle a una hija mía si la hubiera tenido». Y dice con encantadora ingenuidad «pidan a nuestro amado Señor crucificado me conceda la gracia de amarle mucho».

Luisa es intuitiva, y tiene una extraordinaria empatía. Sabe lo que sienten las Hermanas y se apresura a comenzar la carta expresándoselo para que se sientan comprendidas, para que el lazo de unión se refuerce y se acorte la distancia afectiva entre ellas. Es frecuente encontrar expresiones como «la compadezco mucho en el trabajo que ha tenido en tan diferentes formas», «¡cómo la compadezco en sus dolores!», «tomo parte, de todo corazón en su dolor», «dígale (a una Hermana) que mi corazón es como ella lo desearía en el asunto sobre el que me ha escrito y que sabe muy bien cuanto la quiero», «conozco su corazón y sé que no es tacaño en humillaciones en parecidas situaciones». «El alejamiento de cuerpo no impide la presencia del espíritu entre las personas a las que el Señor ha unido con el lazo de su santo amor que es cada vez más fuerte a medida que va creciendo en nosotros».

La familiaridad y la amistad que quiere mantener entre ella y las Hermanas queda patente al ver su interés porque sepan cuanto se alegran todas al encontrarse: «La esperamos con alegría. No puedo expresarle la alegría que tenemos todas al pensar que la vamos a tener aquí». Le gusta cultivar la amistad entre las hermanas y con ella; y recibir el cariñoso afecto de las Hermanas dando gracias por ello con todo su corazón. Su gusto por la autenticidad le anima a expresar su sentimiento: «Su confianza en hablarme cordialmente me ha consolado más de lo que podría expresarle; así es, querida Hermana, como deben portarse las que Nuestro Señor ha unido con su santo amor. Le ruego crea que mi afecto es recíproco». Sabe que es más fácil crecer, asumir los compromisos y superar las dificultades en esta interacción afectiva mutua y en el cultivo de la unión, el cariño y la simpatía.

También le gusta expresar su cercanía con expresiones como «estoy compartiendo la paz y la tranquilidad de ustedes». Le gusta ser sincera y no se permite disimulos innecesarios ni quiere fingir en lo que dice. En muchas ocasiones aparecen expresiones que refuerzan la intención de que las palabras que escribe reflejen toda la verdad de lo que vive y siente cuando quiere poner de relieve su sincero afecto: «sinceridad de mi corazón», «de corazón y de afecto, soy su Hermana y servidora».

Por fin, escondidos entre sus palabras, encontramos también sencillos rasgos de buen humor. Al enviar a una Hermana su partida de bautismo, exclama con graciosa ironía: «Si ve en ella que su edad es más avanzada de lo que pensaba, tenga en cuenta que lo mismo ocurre con la muerte, pues lo cierto es que se presenta más pronto de lo que creemos».

C. Que sabe EXPRESAR SERENAMENTE SU AUTORIDAD

Podríamos decir que Luisa tiene el don del gobierno. Cuando se dirige a las Hermanas para pedirles algo, su modo es respetuoso, educado, humilde y, si la situación lo requiere, cariñoso. Emplea expresiones como «le ruego», «les exhorto tanto como puedo» o «con todo mi corazón», «le suplico con todo mi corazón», «cuide usted de…».

Constata y confía en que las Hermanas viven realidades de fe. «Dios les infunde valor en la dificultad para ser fieles en lo difícil». Y disfruta en su relación con ellas ayudándoles a descubrir los motivos que tiene para ser felices. Es esta una hermosa actitud que la persona con autoridad expresa hacia los demás. Una mirada positiva y optimista que se refleja en exclamaciones como «¡Qué feliz es usted!», «¡Qué gracia tan grande haber sido elegida para tan santo empleo (penoso)», «(Si supieran lo felices que son por estar en su lugar donde todo contribuye a su perfección, bendecirían a Dios en todo momento por haberlas escogido para este empleo!». «No teman, el Señor será su Todo». De esta manera anima a las Hermanas en sus dificultades invitándolas a tomar conciencia de su situación y ayudándoles a percibir cómo agradan a Dios cuando perseveran en la virtud.

Sabe utilizar recursos pedagógicos adecuados a cada situación. La vida misma de las Hermanas se los brinda. Con motivo de la muerte de una de ellas, anima a otras contándoles «(qué buen recuerdo de virtudes ha dejado! Nuestra Hermana que tenía la dicha de estar con ella nos ha comunicado los consuelos que le ha proporcionado. Estas pobres Hermanas dan testimonio de su fidelidad a Nuestro Señor. Están a quince leguas de Caen, en una zona a la que no llega ningún mensajero, de tal manera que a veces pasan tres meses sin recibir noticia alguna, pues nuestras cartas con frecuencia se han perdido. No obstante, viven como si estuvieran con nosotras; les ruego que den por ello gracias a Dios». Con habilidad va generando en el grupo un estilo dinámico, arriesgado, audaz, que no se paraliza ante lo difícil y que es capaz de suscitar lo heroico. Reza por las Hermanas. Les anima a aceptar la muerte y a vencer la timidez.

Cuando tiene que corregir, constata aquello que debe cambiar y a continuación anima a poner remedio. Y les da estrategias para superarse. «No dudo de que ustedes viven en gran unión, que se comunican una a la otra lo que hacen, que la tolerancia que tienen mutuamente les hace experimentar sus efectos». Con una admirable serenidad expresa su sentir derrochando sinceridad ante lo que considera poco aceptable: «Me he quedado muy sorprendida al saber que se encontraba usted en Angers. Habrá tenido que ser un motivo muy grave. No podía yo imaginar que cometiera tal infidelidad».

Y cuando sabe ya por experiencia que una Hermana es equilibrada y sensata, que vive buscando la Voluntad de Dios, confía en que ella también actuará bien y renuncia a decirle cómo ha de actuar: «haga como entienda que es más conveniente, que siempre estará bien»; y deja los asuntos «a su prudencia, dando por bueno lo que haga».

D. A quien le gusta comunicar noticias, informar y ser informada

Luisa de Marillac es una mujer educada y cordial; le caracteriza una agradable cortesía. En todas las cartas envía saludos a las Hermanas, a los amigos o conocidos, a los bienhechores. A veces son saludos afectuosos, de todo corazón. Da noticias a las Hermanas de sus familiares. Se alegra de las buenas noticias que reciben de la familia. Les cuenta cómo están las jóvenes que han enviado las Hermanas para formarse, cómo están sus familiares. Es agradecida, afectuosa.

Además, sabía que aquel grupo se sentiría más unido si lograban una buena comunicación entre ellas. En casi todas las cartas comunica noticias y pide que se las comuniquen en sus respuestas. Ella da cuenta de la salud de las hermanas, de su muerte y de las disposiciones ejemplares que tiene al morir; de los viajes que las mismas Hermanas o ella misma se ven obligadas a realizar; de la muerte de los familiares; de las obras que tienen que realizar en la Casa Madre, y que ponen en aprieto la economía comunitaria; de la suerte de las Hermanas de otras comunidades, si son queridas por la gente, si lo están pasando mal, etc..

Luisa se da ella misma en las cartas, en detalles de tanta sencillez como cuando cuenta que está enferma y «se cayó hace casi 5 semanas»; o que el trabajo se le amontona porque: «van a ser las dos de la tarde y aún no he comido» (en la Casa Madre se comía a las doce de mediodía), o que no les escribe con la frecuencia que querría» porque «en la medida en que vamos envejeciendo, tanto más aumentan los asuntos» .

Le gusta que las Hermanas le cuenten cosas y cómo viven. «mucho me agradaría que me dijera usted algo de su vida espiritual; si observan con afecto sus sencillas reglas, si se comunican mutuamente, en algún momento del día su oración, si hacen la conferencia los viernes y encuentran tiempo para sus demás ejercicios». Y díganme «Cómo practican la caridad».

3º – Las cartas, un camino hacia nuestras raíces

Las Cartas que Luisa de Marillac dirige a las Hijas de la Caridad, cuando la Compañía comienza su andadura de siglos, se enmarcan en una relación interpersonal, en una correspondencia recíproca y en un diálogo mutuo que quiere cultivar algo más que la necesaria comunicación y la sincera amistad. Esas cartas dan testimonio de la sintonía, que las personas que se relacionan a través del lenguaje escrito, están viviendo en torno a un proyecto común. Las cartas transmiten la evidencia de que ese proyecto es englobante y de que en él queda comprometido todo: la vida de las personas, su crecimiento personal, sus relaciones, su hacer, la manera como se vinculan voluntariamente, el sentido de su existencia, su espiritualidad, su fe. En este sentido, la lectura de estas cartas nos permite hacer un camino hacia el origen del proyecto de vida que, nosotras, las Hija de la Caridad del siglo XXI, estamos llamadas a vivir en plenitud. Leer las cartas que santa Luisa escribió a las primeras Hijas de la Caridad es como abrir el postigo que nos permite entrar en el ámbito sagrado en el que nació, como respuesta a una llamada de Dios, el propósito de dedicar toda la vida, por amor, al servicio de Cristo en los pobres. El estudio personal, la lectura meditativa de esas cartas y la reflexión silenciosa que de ella brota, nos hace entrar en las vías a través de las cuales podemos llegar a ese lugar en donde brota la vida que es raíz, fuente, principio, fundamento de lo que llevamos entre manos y en lo que queremos continuar estando comprometidas.

Encontramos que, todo lo que Luisa de Marillac vierte en su correspondencia con las Hermanas, puede organizarse dentro de unos espacios en los que se desarrollaba la vida de las primeras Hermanas.

A. el ámbito de la vida personal de cada Hija de la Caridad

Luisa presta mucha atención a lo concreto del vivir de cada Hija de la Caridad. Este aspecto le parece importantísimo. Es cada Hermana, en las experiencias que vive, en las opciones que toma, en las virtudes y actitudes que desarrolla, en la fe viva que le anima, quien realiza existencialmente la respuesta a la vocación. Es cada persona la que proyecta, en el medio social en que habita, la forma concreta y el vigor que adopta el carisma en la historia de los hombres. Y, cada persona, al comprometerse significativamente, en interacción con sus Hermanas, la que va dibujando los trazos esenciales que configuran la Compañía. Si la vida personal está vivificada, si posee energía, si es auténtica, aún en medio de las debilidades, contribuye a que el carisma aparezca con mayor atractivo y luminosidad. Si el impulso vital es débil, si el compromiso languidece y el entusiasmo decae, una especie de niebla ensombrece la viveza y la lozanía de ese mismo carisma y las personas pueden quedar «aletargadas en la cobardía».

Acción de Dios en cada Hermana

Desde los comienzos, cuando Margarita Naseau se acercó a ella para servir a los pobres de las Caridades, Luisa de Marillac había sido testigo de que venía movida por una fuerte inspiración del cielo; y lo mismo sucedía en otras muchas que llegaron después. Tenía un don especial para captar la experiencia de la acción de Dios en ella y en otras personas. Y siempre le presta atención. Era evidente: «Dios les da fuerzas y valor» para los trabajos siempre difíciles y costosos que están llamadas a realizar.

Con sus cartas, Luisa pretende que las Hermanas tomen conciencia de esa acción de Dios en ellas y sean fuertes porque, en los momentos más difíciles, «sus fuerzas están por encima de las circunstancias y su amor y su fidelidad a la voluntad de Dios han fortalecido su valor para poder resistir a todos los peligros». Quiere que se animen a cultivar esa experiencia para que esté siempre viva y activa. «Él no nos faltará, hermanas, pero pongamos cuidado en no faltarle nosotras por nuestra poca correspondencia a su amor». Es cuestión de amor, de agrandar el corazón, de ensancharlo a las dimensiones del sufrimiento de los pobres, y de la inmensidad de Dios; es cuestión de amor ardiente, de vivir con el corazón encendido, inflamado «con sus santas llamas, para que (todo el mundo) perciba algunas chispas de ese fuego, a través de la cordialidad y tolerancia. Y de orientar la vida en la dirección de «hacer el bien para agradar a Dios» aunque ese hacer el bien sea difícil, aunque las circunstancias se pongan en contra, aunque no exista ningún reconocimiento de las personas, ni podamos gozar de su compañía y apoyo, porque «la carencia de ayuda exterior por parte de las criaturas nos servirá para avanzar en la perfección del santo amor; porque )saben ustedes, queridas Hermanas, lo que hace Nuestro Señor cuando un alma está abandonada y desprovista de todo consuelo y ayuda de las criaturas, y es al mismo tiempo lo bastante feliz y animosa para hacer de esa situación el uso que acabo de decir? Se complace en ser la amada dirección de tales almas; y aun cuando ella no sintiera esa asistencia, puede estar segura de que Dios no permitirá que haga nada que le desagrade, que es cuanto podemos desear».

No siempre esta experiencia aflora en la conciencia porque «la unión con Dios se opera con frecuencia en nosotras, sin nosotras, en una forma que sólo Dios conoce y no como nos lo queremos imaginar». Con sus propias fuerzas y recursos naturales, la persona no puede conseguir esta experiencia y «mucho nos engañamos cuando nos creemos capaces de ella, y más todavía cuando pensamos poder adquirirla con nuestros propios medios». Hay que pedir ese don, olvidándose de sí misma, «para que podamos alcanzar de Dios la gracia de caminar por las vías de su santo amor, sencillamente, buenamente, sin complicaciones»; «tenemos que simplificarnos mediante el abandono completo a la divina Providencia» para poder «obrar en todo momento por su Espíritu».

Afecto a la vocación y a la Compañía.

A Luisa le gusta que sus Hijas de la Caridad se sientan dichosas, se alegren por haber sido elegidas por Dios, por «haber recibido una de las mayores gracias que Dios pueda conceder a ninguna criatura, cualquiera que sea su condición, al llamarnos a su servicio», para una misión tan grande como es el servicio de Cristo en los pobres. Y les ayuda a cultivar una actitud de agradecimiento por esa alta vocación y de «admirarse con frecuencia». «Deben ustedes estar muy reconocidas por las gracias que Dios les ha concedido al ponerlas en estado de prestarle tan grandes servicios. El medio de hacerse agradables a sus ojos es el de trabajar en ser virtuosas por su santo amor».

Dominio de sí

Modelar la personalidad requiere un trabajo personal sobre sí mismas y tomar el propio carácter, el propio modo de vivir como un campo de trabajo en el que pueden cultivar su auténtico ser, como un taller en el que, con trabajo, pacientemente, se va esculpiendo la persona a imagen de Dios, la humilde sierva de los pobres.

Luisa conduce a las Hermanas hasta un verdadero conocimiento de sí mismas, hasta reconocer los mecanismos más sutiles del actuar. Nada puede ser causa del mal que hacemos sino nosotras mismas. En esto, con frecuencia, reconoce sencillamente que ella aconseja «lo que a mí misma me han dicho en tiempos atrás». Y les ofrece sencillas estrategias. Por ejemplo, les anima a adquirir un sereno dominio de sí mismas, encauzando el flujo del pensamiento que influye poderosamente en el estado de ánimo, y en la fidelidad, manteniendo el control sobre los pensamientos que ayudan y los que perjudican. «No de entrada nunca a ese mal pensamiento que espero ya habrá desechado». «Deben tener por sospechoso todo pensamiento que las lleve a desviarse de los caminos» por los que discurre la propia vocación. Y no «dejarse dominar por el pensamiento de no querer agradar a nadie lo que hace que no se ponga cuidado en ser complaciente con las personas». Porque «están llamadas por Dios para emplear todos sus pensamientos, palabras y acciones en su gloria». También hay que trabajar el campo de las emociones y los sentimientos. «No se deje dominar por el desaliento» en la enfermedad. «Continúen trabajando en renunciar a sus propias satisfacciones, rompiendo sus hábitos e inclinaciones naturales para contentar a Dios sirviendo al prójimo». Y quiere que «pongan atención y cuidado en no aficionarse a cosas que podrían impedir agradar a Dios». Porque, «los espíritus que no tienen firmeza no llegan nunca a formar una base sólida de virtud porque sus devaneos les impiden acostumbrarse a la obediencia, a la humildad, la tolerancia y la práctica de sus reglas».

Le parece esencial dedicar tiempo a un trabajo interior. Para que las actitudes se manifiesten en el exterior, en la conducta, han de tomar forma antes en el interior del alma; han de existir en ese fondo interior de donde surge el comportamiento. El trabajo y las ocupaciones ocupan gran parte del día, y es consciente de ello, pero insiste: «Ya sé que no pueden dedicar mucho tiempo a esto, pero yendo y viniendo pueden hacer muchos actos interiores que les ayuden, y animar a todas las Hermanas a que hagan lo mismo».

Cree también muy «necesario trabajar por adquirir la igualdad de ánimo y la paz interior en todas las circunstancias que puedan presentarse, lo que parece en extremo difícil». Pero les facilita el arduo camino. «Podemos servirnos de dos o tres medios para lograrlo, que nos serán de gran ayuda: es, mis queridas Hermanas, el habituarnos a recibir los motivos de descontento como venidos de la mano de Dios, que es nuestro Padre y que sabe lo que nos conviene. El otro medio es pensar que la tristeza que pueda embargarnos no durará siempre; que apenas hayan transcurrido algunas horas, el sentimiento que nos domine será distinto del actual. Y el tercer medio para conservar la paz en medio de nuestras pequeñas turbaciones, es pensar que Dios ve nuestro estado, que, si amamos ese estado por amor de Él y para cumplir su santísima voluntad, lo que en el momento presente nos causa mucha pena, se convertirá un día en gran consuelo. Y esto es completa verdad». Otro medio es «no dejarse llevar del tedio», «estar muy alegre», «estar alegre, conformándose enteramente con la santísima Voluntad de Dios, sin inquietarse por nada». Y para Luisa, esto es una manera de cuidarse así como «caminar en la presencia del Señor que nos ahorrará muchas penas que nosotros mismos nos acarreamos»

Práctica de las virtudes

«(Ay, queridas Hermanas!, no es bastante ser Hija de la Caridad de nombre, no es bastante estar al servicio de los pobres en un hospital, aunque esto sea para ustedes un bien que nunca podrán estimar suficientemente, sino hay que tener las verdaderas y sólidas virtudes que ustedes saben deben poseer para llevar a cabo esa obra en la que tienen la dicha de estar empleadas; sin ello, Hermanas mías, su trabajo les será casi inútil».

Uno de los trabajos interiores que más necesario es a las Hijas de la Caridad es la práctica de las virtudes. La virtud es en las Hermanas fuerza, vigor, valor, capacidad, ventaja para obrar. Su vocación las lanza a la acción, a la entrega, al cambio social. Pero no a un trabajo inútil, sino a una misión con eficacia de salvación evangélica. Para ello es imprescindible que la acción, el trabajo estén conectados con la energía del Espíritu de Dios, que broten de Él como de su fuente. Esa energía, esa fuerza que les capacita para realizar las acciones que haría el mismo Jesucristo, es su espíritu que consiste en «la humildad, la sencillez y el amor a la Humanidad santa de Jesucristo. Junto a ellas, las Hijas de la Caridad han de cultivar también otras virtudes como «la dulzura», «la tolerancia», «la cordialidad», «la mansedumbre», y «el desprendimiento de todas las cosas, para llegar al puro Amor de Dios».

Si estas virtudes son vivas en cada Hermana, «la pequeña Compañía estará compuesta de otras tantas santas como personas son ustedes. Pero no tenemos que esperar a que sea otra la que empiece; empecemos todas a porfía si algo dejara que desear en el cumplimiento de esas santas prácticas; pero no basta con empezar, es preciso, además, que la que empiece generosamente se diga a sí misma: no quiero cansarme nunca de estas prácticas, aun cuando no viere en las demás igual virtud, cosa que no ha de suceder».

Junto a estas virtudes, hay otras dos que Luisa quiere ver en las hermanas. Una de ellas es la solidaridad. Unas mujeres que elijen vivir al servicio de los pobres, en cercanía a sus condiciones de vida, han de ir creciendo en una solidaridad enraizada en el amor. Se trata de correr la misma suerte, siendo conscientes de cómo se realiza la propia existencia. Anima a cada Hermana a «experimentar en sí misma la necesidad que nuestros amos, los pobres enfermos, tienen de asistencia, de cordialidad y de dulzura». «Es posible que ustedes tengan también parte en su necesidad y ese ha de ser su gran consuelo, porque si estuvieran ustedes en la abundancia, sus corazones no podrían soportarlo viendo sufrir tanto a nuestros Señores y Amos».

La otra es el agradecimiento a Dios, a las personas, y en general a la vida.

B. el ámbito de la Comunidad

Muy pronto, aquellas primeras sirvientas de los pobres de las Caridades habían comenzado a vivir de dos en dos en un pequeño cuarto de alquiler. Pero la vida en común comienza realmente cuando Luisa de Marillac reúne a algunas de ellas, el 29 de noviembre de 1633 en su casa, para que aprendieran las sólidas virtudes. Aquella pequeña comunidad estaba entrelazada con una larga cadena de comunidades cristianas que tenían su origen y su inspiración en la que formó Jesús de Nazaret con los que Él llamó para que vivieran con Él y para enviarlos a predicar. Un poco más tarde, esa comunidad quedó vivificada después de la muerte de Jesucristo con la venida del Espíritu y se convirtió en una comunidad de gran impulso apostólico. Y así era también la comunidad que Luisa animaba. Un grupo de Hijas de la Caridad que se reunían en torno a Jesucristo para aprender de él, para aprender a vivir inspiradas por su Espíritu, para ser enviadas por él a servir a los pobres anunciando que el Reino está cerca y es para ellos. Y esto, asumiendo y superando los mayores riesgos.

En sus cartas, Luisa de Marillac realiza una labor de construcción de esa comunidad, de formación para vivir en común. Para ello, aborda una serie de temas importantes.

Una fraternidad dinámica

El hecho de que las jóvenes que servían a los pobres en las Caridades comenzaran a vivir juntas en casa de la Señorita Le Gras, despertó en Vicente de Paúl y en Luisa de Marillac una mirada nueva hacia aquel pequeño grupo. Ya no eran solo un equipo para un trabajo, una agrupación de sirvientas o un grupo de amigas. Una realidad evangélica de calidad espiritual emergía con fuerza desde la relación que establecieron aquellas jóvenes. Y comenzaron a llamarlas hermanas. Con la misma lógica con la que a los primeros seguidores de Jesucristo comenzaron también a llamarlos hermanos en la aurora del cristianismo. Porque formaban en torno a Él una nueva comunidad conectada con aquellas primeras, vivificada por el Amor que se derramaba en sus corazones y que constituía, a cada una de las jóvenes, en Hija de Dios, en Hija del Amor. «No tener más que una sola voluntad y un solo corazón», «una sola alma», son expresiones salidas de la pluma de Luisa y que nos trasladan, de lleno, al ambiente de las primeras comunidades cristianas.

En realidad, no se trata de vivir juntas, algo que se da por la presencia física de varias personas en un mismo lugar. Las Hijas de la Caridad están llamadas e impulsadas a vivir la mística de una fraternidad dinámica por la experiencia de la unión entre ellas. Una experiencia enraizada en la «unidad» que la «Santísima Trinidad vive en la diversidad de personas» y que anida en ellas en el ámbito de su ser; surge «desde su interior mostrándose exteriormente». Luisa llama a esta experiencia «santa unión», «gran unión», «estrecha unión». Dice que es «fuerte» y un don que «Dios concede», «da», hay que «pedirlo». La unión se establece entre los «corazones» invadidos por el amor que el Espíritu derrama en ellos. Está «constituida», construida por la «caridad de Jesús Crucificado». Y se goza en la mutua «amistad» vivida en ese mismo amor.

Esta unión fraterna es fuente de alegría y se transmite al exterior a través de una serie de virtudes y actitudes que son como las vías por las que circula el amor. Así, cuando Luisa de Marillac escribe, une muchísimas veces la unión a la «cordialidad», la «tolerancia», la «concordia», la «dulzura», la «mansedumbre», la «humildad» y el «afecto». Estas virtudes no son estáticas, no se adquieren un día y ahí están para toda la vida. Es preciso «ejercitarlas», «entrar en la práctica de», porque son «el ejercicio propio» y hay que ser «aficionadas» a ellas. Esta auténtica unión expresada «en palabras y en obras» es un preciado testimonio que ofrece un intenso atractivo a quienes las ven vivir. «Edifica», causa admiración, la gente que la percibe, se siente invadida de sentimientos de piedad y de virtud.

Esta experiencia de unión era propuesta como una realidad a trabajar por las Hermanas. Cuando se hace presente en cualquier comunidad, aparecen también muchas posibilidades para vivir de modo gozoso la relación mutua. Entonces hay tan «buena armonía entre las Hermanas y cada una está contenta con lo que hace la otra». Las «pequeñas antipatías» que pueden surgir sin más, se superan con «comprensión y tolerancia» porque, «de ordinario son sentimientos naturales de los que nos somos dueños» y sabiéndolo, «es posible ganar los corazones con tolerancia y cordialidad». «Si alguna diferencia se da entre los temperamentos naturales, su santo amor se manifiesta en sus corazones».

El «ejercicio» de esa caridad que genera la unión fraterna, «absolutamente necesario, nos lleva a no ver las faltas de los demás con acritud, sino a disculparlas siempre»; «lo que hace que no haya que hablar mal unas de las otras», «guardándose de parcialidades y pequeños entendimientos o concertaciones en grupos, en cosas que van contra la caridad mutua». El «ejercicio» de esa caridad provoca «conversaciones gratas hablando de Dios, de lo que se practica en la Compañía y de las virtudes de las Hermanas» Esta unión capacita a las Hermanas también para tener «deferencia con los sentimientos de las demás y procurar no contradecirse, sino aceptar lo más que puedan el parecer unas de otras». Esta unión provoca esa «mutua comunicación», ese «tener el corazón abierto la una para la otra» de tal manera que la vida de cada Hermana resulta transparente para las otras. Y hasta las más sencillas relaciones cotidianas adquieren un tono agradable cuando la relación interpersonal, el saludo y la despedida se viven con «afabilidad y cordialidad».

Cuando Luisa de Marillac ve vivir a las primeras Hijas de la Caridad de ese modo, estalla en regocijo: «Nunca me regocijaré bastante de la unión que creo reinará entre ustedes».

El papel de la Hermana Sirviente

Una gran mayoría de las cartas de Luisa de Marillac están dirigidas a Hermanas que realizan esta función en la comunidad. En ellas se refleja cómo desempeñan su oficio y cómo han de procurar fundamentalmente que entre las Hermanas «haya una gran unión y tolerancia mutua, y que trabajen juntas en la obra de Dios».

En su manera de concebir la vida fraterna, el servicio de Hermana Sirviente ha de ser «aceptado con humildad«. La Hermana que mejor se conoce a sí misma, la que es consciente de sus cualidades y de sus límites, la que más se aproxima a lo que ella es, en verdad, es la mejor capacitada para ser «servidora» de sus Hermanas. Porque nunca «deben ejercerse los cargos con absolutismo, sino con caridad». En las cartas aparecen algunos rasgos del perfil de su personalidad: ha de estar dispuesta a crecer en actitudes de «tolerancia», «mansedumbre y cordialidad», ejercitando la «paciencia con gran dulzura, condescendencia y discreción». Evitando pequeños o grandes «desaires» y la poca «tolerancia», o un «trato seco». Y practicando el perdón activo y pasivo en los conflictos que surjan, pidiéndolo y otorgándolo con un abrazo y «con el sentimiento verdadero en el corazón».

«No hay que hacerse ilusiones, es preciso que aquellas a quienes Dios ha confiado el cargo de las demás, se olviden por completo de sí mismas en todo», han de ser quienes «tomen la delantera»; han de «ser las primeras en la práctica de las verdaderas y sólidas virtudes de humildad, tolerancia, trabajo y en el exacto cumplimiento de las reglas y prácticas de nuestra Compañía». Han de «animar a las Hermanas a perseverar y a tener entre ellas una paz grande y cordial».

Quien está llamada a llevar a cabo este servicio en la comunidad ha de amar a las Hermanas «como Jesucristo mismo las quiere», llegando al amor como una disposición afectiva, «excitando el amor en el corazón», «de tal suerte que todas estén persuadidas de que son amadas» por ella. Ha de «hacer por las enfermas todo lo que pueda», y «consolarlas» en las dificultades «que puedan tener, por su cordialidad y tolerancia»; «tiene que tener mucha paciencia para proporcionarles» toda la ayuda, el apoyo y la comprensión que necesitan, para lo cual, lo «principal es compartir sus penas y hacerles comprender la importancia de no apartarse de hacer la voluntad de Dios que no cambia nunca sus designios».

La buena armonía comunitaria es un valor que hay que promover y potenciar. Luisa quiere que las Hermanas encuentren ambientes fraternos cálidos. La Hermana Sirviente ha de ser hábil en el manejo de las situaciones y «si ocurriera algún altercado o acritud, desviar hábilmente la cosa sin que se note, para que se mantenga la dulzura y la cordialidad». Es una muestra de respeto, de valoración de la persona, de atención y de cariño, el que las Hermanas estén informadas de todo lo que concierne a la vida de la comunidad. Por eso, indica a las Hermanas Sirvientes que deben «tratar juntas los asuntos» que vayan surgiendo. De esa manera las Hermanas participan en la toma de decisiones, siempre que se dé una implicación de todas, también de la Hermana Sirviente en lo decidido. Porque «la diferencia que hay entre una Hermana Sirviente que dice hagamos y la que se contenta con decir hagan y no echa mano a la obra es grande, porque con la primera orden se pone una en igualdad con sus hermanas, mientras que con la última se sale de la igualdad y del trabajo y se aísla en su autoridad.

La Hermana Sirviente ha de cuidar mucho la relación con sus Hermanas. Porque, el buen ambiente comunitario, la alegría, el contento y la felicidad de las Hermanas se juega en el modo como se establezca la relación. Todos los días encontrará ocasiones para entablar conversación con ellas y ha de cuidar de «acoger con bondad a las que pudieran tener alguna dificultad» en relacionarse con ella, mostrándose «fácilmente accesible a las Hermanas que deseen hablarle». Cuando los caracteres no son afines, ha de «vencerse un poco en sus repugnancias». Y «darles confianza en sus necesidades, sin preferencias por nadie». Vivir es crecer; y una de las facetas de la ayuda fraterna consiste en ayudar a las Hermanas a crecer como personas, a crecer en la virtud, a crecer en la vocación, etc. En la convivencia diaria y familiar puede descubrir lo mejor de cada una de sus Hermanas y también sus fallos.

Una preciosa tarea de la Hermana Sirviente en orientar la mirada de las Hermanas para que tomen conciencia de cuáles son sus cualidades y sus límites. Lo positivo que se está dando en ellas, para cultivarlo y para que crezca; y los fallos, aquello en lo que se ha estancado, lo que no llegan a vivir, lo que no es correcto en su actuar. Ha e situarse ante las Hermanas con tal respeto, interés y afecto que siempre «espere buenos frutos», lo mejor de cada una. Para expresar este orientar la mirada, Luisa emplea el verbo «avertir» o el sustantivo «avertissement», advertir o avisar en español y que significa: fijar la atención de una persona para observar algo, aconsejar, enseñar, prevenir. Para ayudar de esta manera a las Hermanas, ha de «concederles de vez en cuando tiempo para que le hablen en particular», «en el momento en que pueda ser más útil» a cada Hermana. El encuentro entre Hermana Sirviente y Hermana no tiene por qué ser excesivamente largo; «un cuarto de hora» puede bastar. Y como sana estrategia, puede ser buenísimo «no formarse ningún juicio determinado de nuestras Hermanas» «ocultarse a sí misma las faltas que ellas puedan cometer para ponerse, en cambio, a la vista, las suyas propias», y «actuar una misma y enseñar con los hechos, de otro modo, de poco sirven todas las advertencias». Es algo gratificante, «¡Qué feliz será usted, si por sus dulzura y cordialidad en advertir (ayudarles a pensar, a tomar conciencia, a darse cuenta) afablemente a sus Hermanas, puede usted cooperar con la gracia en su perfección! Le ruego con todo mi corazón que lo haga». Pero la discreción es fundamental. «Que nadie pueda percibir por parte de usted lo que las demás le han dicho».

La Hermana Sirviente recibe una misión especial dentro de la comunidad. Una misión que no siempre resulta fácil porque requiere que «se olvide por completo de sí misma», «cargar con el trabajo más duro tanto de espíritu como de cuerpo y aliviar lo más que se pueda a las Hermanas». Luisa sabe que «es una pesada carga», y también que, para llevarla, «Dios da ese talento para gloria suya y bien de nuestras Hermanas».

Práctica de la vida común

La vida común está hecha de detalles, de solicitud, de atención a las Hermanas. «Tener cuidado», «tener gran cuidado de las Hermanas», son expresiones con las que Luisa quiere transmitir la necesidad de que las Hermanas estén presentes unas a otras, con afecto y cortesía. Cuidar los gestos de atención, de respeto, de amistad, es un componente de un estilo de vida cálido, afectuoso y acogedor. El dar gusto, la atención en la enfermedad, la valoración positiva de cada Hermana, la ayuda mutua en el trabajo, el comunicarse mutuamente lo que hacen, el interés sincero y amable por lo que cada una vive, expresado con «cordialidad y afabilidad», son detalles que expresan una amistad sincera, apoyan la fidelidad a la vocación y hacen camino hacia el sentirse a gusto cuando están juntas.

La vida común se fortalece en la corresponsabilidad. «Tratar juntas» todos los asuntos. Cuando los pareceres «son distintos», hacer todas un esfuerzo para «aceptar» los de las otras, «abandonando su propia opinión para seguir la de la Hermana Sirviente como también ella podrá hacerlo en las ocasiones en que no haya ofensa a Dios ni al prójimo». Es necesario que abunde la información mutua que promueve la participación: «Si necesita usted una Hermana más, dígamelo, por favor». Las funciones están repartidas: «Que una de las dos sea la sirviente y la otra la despensera que rinda cuentas a su hermana, para que no hagan nada la una sin la otra, cordialmente».

Estilo de la vida pobre

«Recuerde esta práctica nuestra de que debemos trabajar para ganarnos la vida». «Hay que trabajar porque la holgazanería fomenta el pecado en el alma y la indisposición en el cuerpo». Como los pobres. Para poder estar cerca, para poder vivir entre los pobres, las Hijas de la Caridad han de adoptar su estilo de vida pobre. La pobreza, a imitación de Jesucristo que vivió pobremente, es una opción personal y comunitaria de las Hijas de la Caridad. La austeridad ha de caracterizarlo todo. «En cualquier lugar en que se encuentren, han de practicar siempre la sobriedad tanto en la cantidad como en la calidad de los alimentos». Hay que prestar atención a todos los detalles. «(Cuánto temo los lugares en donde se está con demasiadas comodidades para nuestra condición!».

En cuanto a la vivienda, las directrices son claras: «Tendrá usted cuidado en elegir una vivienda propia para unas pobres muchachas». «Que no haya nada contrario a la sencillez y humildad de las HC y que impida» vivir los valores de la vocación y mantener el estilo austero y pobre.

Cuando son enviadas lejos de Paris, las Hermanas deben mantener esa opción por lo pobre y humilde y han de expresarse con firmeza para mantenerla. «En ese lugar no conocen su forma de vivir pobremente, también en lo que se refiere al alojamiento, no deseen que se las trate de otro modo aunque sólo fuera con poca diferencia; no discutan pero expongan humildemente, con firmeza, con dulzura y con brevedad sus razones».

Pero no siempre las Hermanas, en lugares alejados, podían mantener las convicciones que Luisa les aconsejaba, como pasó por ejemplo en Bernay. Con todo, aunque no sea posible impedir habitar en lugares menos austeros, no deja de resonar en las cartas la misma melodía: «Y )qué le diré de esa hermosa casa en que habitan ustedes? Su profesión de pequeñez y pobreza )no le hace sentir a veces como oleadas de temor? Si así es, quiero creer que hace usted actos de heroica virtud interior y exteriormente, de tal manera que hasta le dará vergüenza presentarse ante la gente, considerándose usted como la menor de todo el lugar, en donde no dispone, en efecto, más que del alimento y el vestido que Dios hace que reciban gratuitamente».

Empleo del tiempo

Tema de suma importancia no solo desde el punto de vista de Luisa de Marillac. También Vicente de Paul insistió muchísimo en sus conferencias. «Emplear bien el tiempo», en las cartas de Luisa de Marillac a las Hermanas, es una expresión con un contenido preciso. El referente al que apunta la palabra bien es el evangelio, el conjunto de valores evangélicos que estaba cristalizando en la vocación de Hija de la Caridad, el carisma. Emplear el tiempo bien no apunta a esa actitud ansiosa de quien quiere aprovechar, generalmente en función de intereses personales o de otro tipo, el tiempo de que dispone para rentabilizarlo mejor, para aprovecharlo y sacarle el mayor partido, y que suele provocar el tan cacareado estrés. No se trata de hacer mucho en poco tiempo. Ni tampoco de servirse del tiempo, -precioso don de Dios-, para enriquecerse en experiencias variadas. «Emplear bien el tiempo» en la correspondencia de Luisa con las Hermanas está en consonancia con aquella máxima evangélica de «Solo una cosa es necesaria» y que se contrapone a la constatación que le precede: «andas inquieta y nerviosa con tantas cosas». La centralidad del seguimiento de Jesucristo y la cualidad de absoluto que tiene para las Hijas de la Caridad la dedicación al servicio de Cristo en los pobres genera un estilo entregado. La atención dispersa, debilita la energía que hay que dedicar a lo único importante, por eso, Luisa escribe con rotundidad: «Creo que no tiene usted tiempo que dedicar a otra cosa ni a otro fin que al servicio de los pobres y que no se le ocurrirá que tiene usted obligación de visitar o escribir a las personas religiosas o a las señoras a menos que haya grande necesidad para ello. Si tuviera usted algo de tiempo de sobra, lo emplearía usted mejor en ganar algunos sueldos trabajando para los pobres o bien en instruir a algún enfermos pobre diciéndole algunas palabras útiles para su salvación».

C. el ámbito del servicio de los pobres

Sin duda, el sustantivo servicio es una de las palabras más abundantes en las cartas que Luisa de Marillac escribe a las Hijas de la Caridad. Las expresiones «servicio de los pobres», «servir a los pobres», se entrelazan a menudo con otras como «servicio de Dios» «servir a Dios» y «servirLE en los pobres». Ser siervas, estar sirviendo, esas son las señas exteriores de identidad de aquellas primeras Hermanas.

Cuando Luisa escribe a las Hermanas y les habla del servicio de los pobres alude a esta experiencia que es íntima y amplia, rica, fecunda, exuberante y contagiosa. Algo mucho más y distinto que el realizar una tarea humanitaria; mucho más que realizar actos de compasión, -y eso ya sería mucho-. Esa experiencia da a luz un modo de vivir entregado. Dedicar toda la vida, por amor, al servicio de los pobres promueve una forma de ser y de expresarse que hace transparente la cercanía de Dios en el mundo de los pobres y que se caracteriza por «estar llenas de una amor fuerte» que las «ocupa suavemente en Dios y caritativamente en el servicio de los pobres». Se trata de «una forma de vida, del todo espiritual, aunque se manifieste en continuas acciones exteriores que parecen bajas y despreciables a los ojos del mundo, pero que son grandes ante Dios». Esa experiencia se nos hace accesible desde distintas vertientes.

Servir a Jesucristo en los pobres

El servicio es la única tarea que tienen las Hijas de la Caridad; es su dedicación exclusiva; es la acción a través de la cual viven un encuentro personal con los pobres; es también la forma privilegiada de entrar en relación con Dios a través de Jesucristo por «haber sido elegidas por Él para servirle en la persona de sus pobres», y «en todo momento les proporciona ocasiones de servirle«. Ser Hija de la Caridad es una vocación específica con una misión concreta. En ella resuena la referencia evangélica, el «cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis».

Para Luisa de Marillac los pobres «son miembros de Jesucristo», «sus queridos miembros». En los pobres nos encontramos con Jesucristo. En esta clave de fe, la relación de cada Hija de la Caridad con Jesucristo está íntimamente entrelazada con la relación que ella establece con cada persona pobre. Y no es posible adoptar otra mirada. «Si nos apartamos, por poco que sea, del pensamiento de que son los miembros de Jesucristo», nuestro modo de estar presentes a los pobres cambia radicalmente. Y cambia también nuestra actitud hacia ellos. La actitud vital centrada en Jesucristo como referente absoluto para cada Hermana, impregna y tiñe con sus mismos tonos la actitud con la que cada Hija de la Caridad se relaciona con los pobres. Y esto, «sin hacer caso de lo que los sentidos puedan decir en contra». Porque es en nuestra relación con Jesucristo en donde aprendemos «el respeto y el honor que debemos a todo el mundo». Enraizada en esta experiencia de encuentro vivo con Jesucristo, muestra mirada se hace contemplativa y se aclara para percibir en los pobres su gran dignidad y para «servirles con devoción, dulzura, tolerancia y humildad»

Los pobres, Señores, Amos y Maestros.

«Los pobres son miembros de Jesucristo y nuestros amos» «Continúe sirviendo a nuestros queridos Señores con gran dulzura, respeto y cordialidad, viendo siempre a Dios en ellos.. La expresión tomada de la tradición de la Iglesia, ha pasado a ser típicamente vicenciana y refleja, de nuevo, la gran estiva, valoración y dignidad que el pobre posee a los ojos de la Hija de la Caridad.

La palabra que utiliza Luisa en sus cartas es «maître» que admite ser traducida por amo, señor y maestro. A veces la escribe con mayúscula y se está refiriendo a Dios que es el absoluto en la vida de la Hija de la Caridad, la realidad mayor, primera, principal, el Dueño, el Señor y el «Rey» de nuestra vida. También la utiliza en sentido sociológico para referirse a los señores con los que tienen que entrar en relación las Hermanas y ella misma. Esos señores ejercían un dominio total en su heredad. Poseían siervos, los cuales les estaban enteramente dedicados, les respetaban, y les profesaban reverencia y afecto. Referida a los pobres, coloca a éstos en la primera referencia existencial, una vez tomada la opción de seguir a Jesucristo en esta forma de vida. De ahí que puede decir a cada hermana que «no tenga dificultad en dejar alguno de sus ejercicios ya para asistir a su Hermana, ya para servir a los pobres por amor de Dios, porque eso es lo que El pide de usted».

Los pobres son «nuestros amos», «nuestros señores», «nuestros amados amos», «nuestros queridos amos» son expresiones que apuntan a un tipo de relación personal marcada por la entrega incondicional, el afecto y el amor de ágape. Hasta se puede decir que la calidad de la relación con Dios puede medirse por la calidad de la relación con los pobres. Por ello, para Luisa, el mayor tesoro de una Hija de la Caridad son los pobres. De ahí que insista «Visítelos usted misma». Es mejor que «se ocupe usted personalmente de ellos».

En esa relación hay que derrochar todas las virtudes, para poder estar en su presencia con esa fuerza y energía que les permita servirles como lo haría Jesucristo. Hay que «trabajar virtuosamente en el servicio de los pobres por amor de Dios» Esas virtudes entran a formar parte del equipaje espiritual de cada Hermana, del modo de ser Hija de la Caridad. Son «la caridad», «la humildad», «la mansedumbre», «la compasión», «la cordialidad», «la bondad», «la amabilidad». «Sean muy afables y bondadosas con sus pobres; ya saben que son nuestros señores a los que debemos amar con ternura y respetar profundamente. No basta con tener estas máximas en la memoria, sino que hemos de demostrarlo con nuestros cuidados caritativos y afables». Hay que desarrollar también otra serie de actitudes y cualidades que enriquecen la personalidad y benefician la relación con los pobres; «el respeto», «la ternura» y la simpatía.

¿Qué haría ahora Jesucristo?

Una vez que esta convicción está firmemente arraigada, surge inmediatamente la respuesta a la pregunta por el cómo servirle. «Es razonable que, pues Dios nos ha distinguido hasta el punto de llamarnos a su servicio, nosotras le sirvamos de la forma que a Él le agrada». En la trayectoria espiritual de Luisa había irrumpido con fuerza la figura de Jesucristo en cuya vida el Padre se había complacido. La vida entera de Jesucristo está marcada por su dedicación a los pobres. Por eso repite «hemos de tener continuamente ante la vista nuestro modelo que es la vida ejemplar de Jesucristo». ¿Qué haría ahora Jesucristo? Imitar a Jesucristo, hacer lo que él hizo, actuar como Él actuaría hoy. He ahí la única «regla» de vida.

Pero una imitación meramente exterior, aunque en momentos determinados sea necesaria, no sirve de mucho porque perpetúa el voluntarismo y no favorece la creatividad. Para poder actuar como Él, hay que estar invadidas por el aletear del mismo «espíritu de Jesucristo sin el cual todo cuanto digamos y hagamos no es más que címbalo que retiñe». Espíritu que unge para anunciar a los pobres la Buena Noticia, que envía a proclamar la libertad a los cautivos, a dar la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos.

Es importante caer en la cuenta de la relación que existe entre el espíritu que anima a una persona y su modo de actuar, su estilo. Es el espíritu el que promueve la acción, el que modela la actitud y el que mantiene el tono en la entrega. Revestirse del espíritu de Jesucristo es la clave para poder servir a los pobres a su estilo. Las virtudes que Luisa de Marillac recomienda a las Hermanas para realizar su servicio son fuerza y energía para la acción y proceden de ese mismo espíritu. Y cuando las recomienda a las Hermanas a veces las nombra sin más y otras veces las evoca acompañadas de la palabra espíritu. Indistintamente habla de servir a los pobres con «devoción, dulzura y humildad», con «tolerancia, «respeto» o «con espíritu de mansedumbre y devoción», «con espíritu de humildad y compasión». Siempre se está refiriendo a actuar con el espíritu de Jesucristo, como él actuaba cuando estaba en la tierra.

La acción social

Por donde pasa una Hija de la Caridad, a pesar de su humildad y sencillez, va dejando su huella. «Están haciendo ustedes maravillosas proezas». La gente que les ve actuar con los pobres perciben cambios a su alrededor. El hacer de las Hermanas aportaba alivio a los pobres, instrucción a las niñas, salud a los enfermos y dignidad a las personas.

La acción de las Hermanas repercute en primer lugar sobre las personas a quienes sirven. Algunos enfermos, al morir, dan testimonio de un cambio en su vida. Otros son conscientes de su curación y valoran la calidad del servicio de aquellas jóvenes. Niñas que nunca podrían soñar con aprender a leer y escribir, algunas de las cuales no sienten mayor interés, aprecian con admiración el cambio que el aprendizaje trae a sus vidas. Los niños abandonados, la mayoría de los cuales moría al poco tiempo de nacer, sobreviven a sus primeros días y meses, van creciendo, aprenden un oficio y pueden organizar su propia familia. Los pobres forzados, condenados a remar en las galeras se sienten curados, atendidos, cuidados y queridos. Algunos ancianos/as, algunos hombres y mujeres enfermas que ya no pueden trabajar en un oficio son invitados a vivir en una casa en donde ven cómo se va reconstruyendo su salud y se sienten útiles por la realización de un trabajo que repercute en bien de todo el grupo. Los enfermos mentales, los soldados heridos en el campo de batalla, las huérfanas… un sinfín de personas reciben el benéfico influjo de aquellas mujeres.

Y la misma sociedad va siendo tímidamente transformada y va avanzando en humanidad en la dirección del Reino de Dios. El actuar de las Hermanas es signo de ese Reino. Un signo humilde, sencillo, limitado pero eficaz. Impulsa una toma de conciencia social y eclesial de que los pobres deben pasar a ocupar el centro. Pero es un actuar «sin brillo y sin ruido», como levadura en la masa.

Esta dimensión social del servicio lleva implícito el dominio de la técnica adecuada a cada tipo de servicio. Por eso, en sus cartas, Luisa nos deja entrever su preocupación porque las Hermanas aprendan todo aquello que en su tiempo se requería para cuidar bien a los enfermos, conociendo perfectamente la técnica para utilizar la «lanceta» y para «sangrar» y «el peligro que presentan las arterias, los nervios y demás». Aprenden también a preparar «medicamentos» en las «boticas» de los grandes hospitales o en sus casas para administrarlos a los enfermos que cuidaban a domicilio. Es conveniente que estos «remedios» o medicamentos «sean comunes» y poner atención para «conservar en buen estado las drogas». De la misma manera, para la instrucción de las niñas, han de aprender cómo «enseñar el catecismo», a hacer «medias de estambre», y «lo que es más importante, la práctica de la virtud». Esta formación la considera importantísima. El aprendizaje es algo activo; aprenden con la práctica y el acompañamiento de Luisa o de otra hermana cualquiera. El interés de las Hermanas por aprender es grande y también la Fundadora lo tiene de enseñar. «Hace algún tiempo,-escribe a una Hermana- el señor Vicente me hablaba de nuestras Hermanas que están dedicadas a la enseñanza, con el deseo de que todas se sirvieran del mismo método; tan pronto como lo sepa con seguridad, no dejaré de comunicárselo». Todas están comprometidas en aprender bien «la forma de servir bien y hábilmente a los pobres».

Pero si Luisa de Marillac es consciente de que el servicio contiene esta dimensión social, orienta la mirada de las Hermanas hacia la globalidad de la experiencia de servicio. Por eso les dice con autoridad: «no es bastante estar al servicio de los pobres» en un lugar cualquiera «hay que tener las verdaderas y sólidas virtudes que ustedes saben deben poseer para llevar a cabo esa obra en la que tienen la dicha de estar empleadas; sin ello, Hermanas mías, su trabajo les será casi inútil». No podemos decir que Luisa de Marillac no buscara la eficacia en el servicio. Sin eficacia no puede haber cambio social.

Un servicio corporal y espiritual

Luisa, a través de las cartas, apoya también la formación de las Hermanas para que el servicio sea de calidad. Un servicio que ha de ser «corporal y espiritual». Si la necesidad que los pobres tenían en aquel tiempo y en aquella sociedad del servicio corporal era grande, Luisa insiste en que las Hermanas «hagan por sus po­bres todo lo que puedan, especialmente en relación con el servi­cio espiritual que les deben».

El servicio es integral. Tiene en cuenta a la persona entera. Porque servir, es «enseñar a vivir» bien. «Enseñar a vivir como buenos cristianos». Las personas verdaderamente pobres tienen necesidad de higiene, alimentos, vivienda; y también tienen necesidad de relación con otros. Acompañar a los pobres en la adquisición de estrategias para llevar una vida con dignidad incluye cultivar actitudes de relación con el entorno, con las personas y con lo trascendente, con Dios. Por eso, servir a los pobres incluye el ayudarles a que encuentren en su vida el referente evangélico, que tengan la posibilidad de asumir los valores del evangelio y logren establecer con Dios una relación que les libere y les conduzca a su plenitud.

  1. SAN VICENTE DE PAÚL, «Obras completas». Ed. Sígueme, Salamanca. Tomo VIII pág. 259.
  2. SANTA LUISA DE MARILLAC, «Correspondencia y escritos». Ed. CEME, Salamanca, 1985. Pág. 671.
  3. «La Compañía de las Hijas de la Caridad en sus orígenes. Documentos» Ed. Ceme. Salamanca. 2003. Pág. 817.
  4. SAN VICENTE DE PAÚL, «Obras completas». Ed. Sígueme, Salamanca. Tomo IX.2, pág. 1244-1245.
  5. «La Compañía de las Hijas de la Caridad en sus orígenes. Documentos» Ed. Ceme. Salamanca. 2003. Pág. 811.
  6. «La Compañía de las Hijas de la Caridad en sus orígenes. Documentos» Ed. Ceme. Salamanca. 2003. Pág. 810.
  7. SAN VICENTE DE PAÚL, «Obras completas». Ed. Sígueme, Salamanca. Tomo V, pág. 389. Y SANTA LUISA DE MARILLAC, «Correspondencia y escritos». Ed. CEME, Salamanca, 1985. Pág. 342.
  8. SANTA LUISA DE MARILLAC, «Correspondencia y escritos». Ed. CEME, Salamanca, 1985. C. 366, 502, 604, 609, 630, 717
  9. «La Compañía de las Hijas de la Caridad en sus orígenes. Documentos» Ed. Ceme. Salamanca. 2003. Pág. 811.
  10. Isla situada frente a las costas de Bretaña, en el departamento de Morbihan. Desde 1572 perteneció a la familia de Gondi y en 1658 fue comprada por Nicolás Fouquet, superintendente de Finanzas, hijo de María de Maupeou, Señora de Fouquet, Dama de la Caridad.
  11. «La Compañía de las Hijas de la Caridad en sus orígenes. Documentos» Ed. Ceme. Salamanca. 2003. Pág. 812-813.
  12. «La Compañía de las Hijas de la Caridad en sus orígenes. Documentos» Ed. Ceme. Salamanca. 2003. Pág. 817.
  13. «La Compañía de las Hijas de la Caridad en sus orígenes. Documentos» Ed. Ceme. Salamanca. 2003. Pág. 812-820.
  14. En los archivos de la Casa Madre de las Hijas de la Caridad se conserva el Manuscrito Chétif. Son dos libros. El tomo 1 contiene las cartas que copió sor Margarita y que se cita habitualmente con las siglas Ms.A Sor Chétif 1. El tomo 2 recoge algunos escritos espirituales de Luisa de Marillac, copiados también por sor Margarita y se cita con las siglas Ms. A Sor Chétif 2.
  15. Cf. CHARPY, Sor Elisabeth, «Sor Margarita Chétif. 1621-1694». En Ecos de la Compañía, 1985, n1 9, págs: 436-437. Ver también SANTA LUISA DE MARILLAC, «Correspondencia y Escritos» Editorial CEME. Salamanca, 1985, pág. 8.
  16. Éstas 35 cartas están publicadas en la última colección de cartas de Santa Luisa de Marillac traducida al castellano en 1985 por la Editorial CEME. Son las cartas 33, 49, 73, 118, 119, 147, 184, 204, 214, 241, 260, 319, 331, 362, 378, 392, 400, 426, 439, 447, 466, 467, 471, 487, 492, 495, 502, 533, 540, 565, 609, 621, 654, 704 y 727.
  17. «Louise de Marillac, veuve de M. Le Gras, sa vie, ses vertus, son esprit». Tomo I. Imprimé par al Société St. Augustin, Bruges, 1886. Pág. 299.
  18. VANDAMME, A. «Le corps de Saint Vincent de Paul». Imprimerie F. Paillart. Abbeville, 1913. Pág. 81.
  19. Todo el texto entrecomillado en cursiva está tomado de «Conferences spirituelles de Saint Vincent de Paul pour les Filles de la Charité. Tome I. Observations préliminaires. Imprimerie d’Adrien Le Clere et Cie. Nouvelle édition. Paris. 1845. Pág. V y siguientes.
  20. La obra lleva por título «Conferences spirituelles de Saint Vincent de Paul pour les Filles de la Charité. Está estructurada en tres gruesos volúmenes. El primero con el título: Conférences spiritualles tenues por les Filles de la Charité, par Saint Vincent de Paúl, leur Instituteur; recuellies de mèmoire par quelques soeurs présentes, et revues par un Prètre de la Congregation de la Mission». El segundo con el título: Circualires et notices. El tercero Conférences des Superieurs Generaux et des Superieures Genrales aux Filles de la Charité. Imprimerie d’Adrien Le Clere et Cie. Nouvelle édition. Paris. 1845. Sabemos que hubo una primera edición de esa obra en 1825 en tres tomos pero, al no haber podido consultarla, no tenemos seguridad de que esa primera edición incluyera también las cartas de Luisa de Marillac.
  21. «Conferencias hechas por San Vicente de Paúl a las Hijas de la Caridad». La obra se editó en Madrid, en la Imprenta de la Esperanza. El tomo I salió a luz en 1867 y el tomo II en 1868.
  22. «Louise de Marillac, veuve de M. Le Gras, sa vie, ses vertus, son esprit». Imprimé par al Société St. Augustin, Bruges, 1886. Es una obra en cuatro tomos. El primero reimprime la biografía de Luisa de Marillac escrita por Gobillon en 1676 y algunos documentos más; el segundo recoge sus pensamientos espirituales y en el tercero y cuarto se publican sus cartas.
  23. La Superiora general de entonces era sor María Derieux
  24. Todo el entrecomillado en cursiva está tomado de «Louise de Marillac, veuve de M. Le Gras, sa vie, ses vertus, son esprit». Imprimé par la Société de Saint-Augustin en Bruges, 1886. Tomo I, págs. III-VIII
  25. Ver «Louise de Marillac, veuve de M. Le Gras, ses lettres». Imprimé par la Société de Saint-Augustin en Bruges, 1886. Tomo III. Pág. V.
  26. SANTA LUISA DE MARILLAC, «Correspondencia y Escritos». Editorial CEME. Salamanca, 1985. Pág. 7.
  27. La obra consta de 771 cartas. El. P. Castañares añade 45 cartas que Luisa recibió de diversas personas.
  28. «Cartas y escritos de Santa Luisa de Marillac cofundadora de las Hijas de la Caridad, traducida del francés, de los autógrafos de la Santa, anotadas y comentadas por el R.P. Rosendo Castañares, de la Congregación de la Misión». Blass, S.A. Tipográfica. Madrid, 1945. Obra en 3 tomos.
  29. El P. Castañares habla de ese libro que le ha servido de fuente y de consulta pero, de momento, no conocemos su localización precisa.
  30. Todo el texto entrecomillado en cursiva está tomado de CASTAÑARES, R. «Cartas y escritos de Santa Luisa de Marillac». Blass, S.A. Tipográfica. Madrid, 1945. Tomo I, págs VII-XVIII.
  31. Todos los subrayados en cursiva de este apartado están tomados de «Louise de Marillac. Ses Écrits. Imp. P. Kremer. París. 1961, Pág. I-III
  32. «Sainte Louise de Marillac, écrits spirituels» Imprimerie-Reliure Mame. Tours, 1983. Pág.V y VI
  33. «Sainte Louise de Marillac, écrits spirituels» Imprimerie-Reliure Mame. Tours, 1983. Pág.VIII
  34. Para la identificación de los Pensamientos, en la última parte del libro, de adopta la letra «A» (de Avis) y el número que le atribuyó sor de Geoffre.
  35. SANTA LUISA DE MARILLAC, «Correspondencia y escritos». Ed. CEME. Salamanca, 1985.
  36. En esta segunda parte voy a omitir las citas porque se harían interminables. Todos los textos entrecomillados y en cursiva son palabras textuales de Luisa de Marillac en sus cartas a las Hijas de la Caridad.

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