La medalla de la Madre: 2. El relato de las apariciones

Francisco Javier Fernández ChentoCatalina LabouréLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Italo Zedde, C.M. · Año publicación original: 1979 · Fuente: CEME.
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2. El relato de las apariciones

Entraremos ahora en la relación de las principales apariciones con que fue favorecida santa Catalina, sobre todo el texto de la aparición del 27 de noviembre de 1830. Pues desde el tiempo, en que hacía el seminario. Catalina tuvo numerosas apariciones, algunas de las cuales conciernen a la medalla. La misma revelación de esa medalla aconteció, no una vez, sino varias, siendo aún novicia. Limitándonos, pues, a dichas apariciones, destaquemos, de entre ellas, las siguientes:

A fines de abril de 1830, la santa tiene tres visiones del corazón de san Vicente de Paúl -fundador, juntamente con santa Luisa de Marillac, de las Hijas de la Caridad. Ese corazón se le representó, en la octava de la Traslación de sus reliquias, primero blanco, luego rojo, por fin rojo oscuro. La santa interpreta esos colores, primero como símbolo de la inocencia, luego como símbolo de la caridad, finalmente como símbolo y prueba de dolor.

En la noche del 18 al 19 de julio de 1830, entre las 23,30 y las dos, mantiene un largo coloquio con la Virgen María. Mas de él apenas refiere nada la santa. La Virgen María confía a ella una misión en la que están envueltas las dos comunidades vicencianas. El 27 de noviembre de 1830 señala la fecha más importante: acontece la visión de la Medalla Milagrosa. Sobre estas y otras apariciones y sueños de santa Catalina Labouré, tenemos muchos autógrafos de ella, múltiples noticias y otras fuentes. Carecemos de documentos escritos para los primeros dos años de estas apariciones (1830-1831). Todo cuanto, muerta Catalina, se publicó, proviene de su director y confesor, el padre.[. M. Aladel, misionero vicenciano, quien, sin embargo, no dejó una descripción completa de todas las apariciones, especialmente en lo atañadero a los particulares de la medalla; lo que deja es una especie de instantánea: la visión de un cuadro de la Virgen María, extendidas las radiantes manos, que urge a acuñar la medalla y a llevarla con devoción. El libro del padre Aladel, que se publicó anónimo, alcanzó ocho ediciones antes que su autor muriese. Otro vicenciano, el padre J. Chevalier (1810-1899), publicó la novena edición, enriquecida con ulteriores y preciadas noticias. Fundamentalmente, empero, la obra permanecía concebida como libro de devoción. Otros dos misioneros escribieron notables trabajos sobre la medalla: el padre E. Crapez (1878­1949) y el padre L. Misermont (1864-1940). Ambos tuvieron la suerte de participar en el proceso de beatificación de Catalina, y de emplear para sus publicaciones el Sumarium procesual. Sin embargo, no siempre se pueden controlar sus informaciones. Los trabajos sucesivos han tenido siempre que acudir a la obra de estos padres. Existe una reciente (1976) colaboración del conocido mariólogo René Laurentin y el vicenciano padre Roche, quienes con el auxilio de muchos otros misioneros e Hijas de la Caridad, han dado a la estampa dos hermosos volúmenes sobre la medalla y sobre Catalina, con una copiosa documentación histórica. De esta obra se nutre el esbozo que aquí presentarnos, aunque obedeciendo a un sistema particular. Ante todo se traducen los autógrafos de santa Catalina. Mas éstos son a menudo múltiples y muy semejantes entre sí. En lugar, pues, de hacer su sinopsis, hacemos con ellos una especie de cadena que no altera el texto. Se obtiene de este modo una descripción más completa de los hechos y de los testimonios concernientes a las apariciones, con palabras de la santa misma. La visión del corazón de san Vicente precede en algunos meses a la del I W19 de julio de 1830, mas prepara también esa visión y las sucesivas: de ahí que antepongamos su relato, ateniéndonos, de nuevo, a lo referido por la santa. Los escritos autógrafos no ostentan puntuación: ésta debe, pues, proveerse, de ahí que haya pasajes cuya interpretación sea opcional.

Las palabras entre paréntesis son adicionales y miran al esclarecimiento, excepto cuando el contexto hace ver con claridad que son palabras de la santa misma.

a) Aparición del 19 de julio de 1830

Hija mía, el buen Dios quiere encomendarte una misión. He aquí el relato según los escritos de la santa:

Padre mío, desea usted le dé algún pequeño detalle sobre lo que aconteció hace ya 26 años. Creo ser incapaz de hacerlo. Sin embargo, lo intento hacer con toda la sencillez posible. Ruego a María, mi Madre, me recuerde todas sus circunstancias: Oh María, haced que sea para vuestra mayor gloria y la de vuestro divino Hijo.

Comienzo. Llegué (al seminario) el 21 de abril de 1830: era el miércoles que precedió a la traslación de las reliquias de san Vicente de Paúl, y me alegraba de haber llegado para este día de fiesta tan grande. Tenía la impresión de no estar ya apegada a la tierra. Pedía a san Vicente todas las gracias que yo necesitaba, y también por las dos familias, por Francia y por el mundo entero. Parecíame que no estuviesen en necesidad extrema de ellas. En fin, rogué a san Vicente me enseñase lo que debía pedir con fe viva. Cada vez que entraba en la iglesia de San Lázaro (iglesia de los misioneros, en la que se conserva una urna con el cuerpo de san Vicente) experimentaba mucha pena: parecíame encontrar en la comunidad a san Vicente, o al menos que se me aparecía su corazón, cada vez que volvía a San Lázaro. Tenía el dulce consuelo de verlo encima de la pequeña caja donde se exponían las reliquias de san Vicente. Se me apareció tres veces, en tres días consecutivos; blanco, color de carne, para anunciar paz, reposo, inocencia, unión. Luego lo vi rojo-fuego (para indicar) que debía infundir la caridad en los corazones. Me parecía que toda la comunidad debía renovarse y extenderse hasta el último confín del mundo. Por fin lo vi rojo-negro, lo que puso en mi corazón una tristeza que tenía dificultad en superar. No sabía cómo ni por qué esa tristeza se refería al cambio de gobierno. Sin embargo, no pude detenerme a hablarlo con mi confesor; esto me dio una calma muy profunda, distrayéndome de todos mis pensamientos. Luego fui favorecida con otra gracia muy grande. Fue ver a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento, a quien vi durante todo el tiempo del seminario, excepto las veces que dudaba. Entonces, a la vez siguiente, no veía nada, porque quería ahondar, y dudaba de este misterio. Creía engañarme. El día de la Santísima Trinidad, Nuestro Señor se me apareció como un rey, con la cruz sobre el pecho, en el Santísimo Sacramento. Esto sucedió durante la misa en el momento del evangelio. Me pareció como si la cruz destilase sangre bajo los pies de Nuestro Señor. Parecíame que Nuestro Señor hubiese sido despojado de todas sus insignias (caídas) a tierra. Fue entonces cuando tuve los más tristes y negros pensamientos. (O sea) tuve el pensamiento de que el rey de la tierra (=de Francia) caería despojado de todas sus reales vestiduras. De esto tuve muchos pensamientos (diversos) que no sabría explicar, sobre las pérdidas que iban a sobrevenir. Llegó así la fiesta de san Vicente, en cuya vigilia, nuestra buena madre Marta nos dio una instrucción sobre la devoción a los santos, y en particular sobre la devoción a la Virgen Santa, lo que me causó un deseo tan grande de ver a la Santisima Virgen, que me acosté con este pensamiento: Esta misma noche verá a mi buena Madre. Hacía mucho tiempo que deseaba verla. Por fin me dormí. Como nos habían distribuido un trozo de la sobrepelliz de san Vicente, yo lo partí en dos y me tragué la mitad. Y así me dormí, con el pensamiento de que san Vicente me obtendría la gracia de ver a la Santísima Virgen. A eso de las once y media me oí llamar: –¡Sor Labouré, sor Labouré! Desperté y miré hacia el lado de donde oía venir la voz, que era del pasillo (entre las dos filas de camas). Retiro la cortina y veo a un niño vestido de blanco, de unos cuatro a cinco años, que me dice: -Venga a la capilla. Pronto, levántese y venga a la capilla. La Santa Virgen la espera. Al momento me asaltó una duda: Alguien podrá verme! Pero el niño respondió a mi pensamiento: –Esté tranquila, son las once y media y todos duermen. Ande, la espero.

Me apresuré a vestirme y me dirigí hacia el niño, que había permanecido en pie, sin moverse, al extremo del lecho. Me siguió, o más bien le seguí yo a él (yendo) siempre a mi izquierda. y esparciendo rayos luminosos por donde pasaba. Las luces estaban encendidas por dondequiera que pasábamos. Eso me asombraba mucho. Pero me asombré mucho más al entrar en la capilla: la puerta se abrió apenas la tocó el niño con la punta de los dedos. Mi sorpresa fue aún mayor, cuando vi que todas las velas y lámparas estaban encendidas, lo que me recordaba la misa de medianoche (=en Nochebuena). No veía, sin embargo a la Santa Virgen. El niño me condujo al presbiterio, junto al sillón del director, y allí me arrodillé. Como el tiempo (de la espera) me parecía largo, miraba si las hermanas de vela atravesaban la tribuna. Al fin llegó el momento, y el niño me lo hizo saber diciéndome: -¡Ya viene la Santa Virgen. ¡Ahí está’ Oí un rumor como de roce de un vestido de seda que venía de la parte de la tribuna, junto al cuadro de san José, que iba a posarse sobre las gradas del altar, del lado del evangelio, en un sillón semejante (al del) cuadro de santa Ana. Sólo que la Santa Virgen no era la misma figura (que está en el cuadro) de santa Ana. Yo dudaba que fuese la Santa Virgen. Pero el niño, que estaba allí, me dijo: ¡Esa es la Santa Virgen! Me sería imposible decir lo que sentí en aquel momento o lo que ocurría dentro de mí. No estaba segura de ver a la Virgen Santa… Entonces fue cuando aquel niño dejó de hablarme como niño y me habló como hombre fornido, con palabras muy decididas. Entonces, miré a la Santa Virgen y di un salto hacia ella, arrodillándome en las gradas del altar. Puse las manos sobre las rodillas de la Santa Virgen… Aquel fue el momento más dulce de mi vida, y me será imposible decir todo lo que sentí. Me dijo cómo debía comportarme con mi director, y muchas (otras) cosas que no podía decir; el modo de comportarme en las penas: que viniera a echarme a los pies del altar, y lo indicó con la mano izquierda, v allí derramara mi corazón. Allí recibiría todos los consuelos que necesitara. –Hija mía, el buen Dios quiere encomendarte una misión; tendrás muchas penas, pero las superarás pensando que lo haces por la gloria del buen Dios. Conocerás lo que viene del buen Dios. Te atormentarás hasta que lo digas al encargado de guiarte. Te contradirán, pero tendrás la gracia. Nada temas. Di con confianza todo lo que te ocurra. Dilo con sencillez. Ten confianza. No temas. Verás algunas cosas: da cuenta de lo que veas y sientas. Estarás inspirada en la oración: da cuenta de lo que te he dicho y de lo que veas en la oración. Los tiempos son muy tristes. Las desgracias vendrán a abatirse sobre Francia. El trono será derribado. Todo el mundo será sacudido por calamidades de todo género (La Santa Virgen tenía una expresión muy dolorida al decir esto). Pero ven a los pies de este altar, aquí se distribuirán las gracias a todos cuantos las pidan con confianza y fervor. Hija mía, yo gusto de derramar las gracias particularmente sobre la comunidad. Afortunadamente la amo mucho. (Pero) estoy apenada: hay grandes abusos. No se observan las Reglas, la regularidad deja que desear. Hay mucha relajación en ambas comunidades: dilo a quien se encarga de ti; aunque no es superior, dentro de poco tendrá un cargo específico en la comunidad. Debe hacer todo lo posible para que la Regla se ponga de nuevo en vigor. Dile de mi parte que vigile las malas lecturas, la pérdida del tiempo y las visitas. Cuando la Regla vuelva a estar en vigor, habrá otra comunidad que se unirá a la vuestra. No es costumbre, pero yo la amo. Di que la reciban, Dios les bendecirá. Gozarán de una gran paz. La comunidad gozará de una gran paz y se hará numerosa. Pero sobrevendrán grandes desastres. El peligro será grande. Pero no temáis. Di que no tengan miedo. La protección del buen Dios los ampara siempre de modo muy particular, y san Vicente protegerá a la comunidad (la Santa Virgen seguía triste). Pero yo misma estaré con vosotras. He velado siempre por vosotras. Os concederé muchas gracias. Vendrá un momento en que el peligro será tan grande, que todo se creerá perdido. Entonces yo estaré con vosotras.

Tened confianza, tendréis medios de reconocer mi visita, la protección de Dios y de san Vicente sobre ambas comunidades. Tened confianza, no os desalentéis: yo estaré con vosotras en aquel momento. Pero no será lo mismo en otras comunidades: habrá víctimas. (Al decirlo, la Virgen Santa tenía lágrimas en los ojos). Habrá muchas víctimas entre el clero de París. El señor arzobispo morirá (más lágrimas al pronunciar esta frase). Hija mía, la cruz será despreciada, echada por tierra, correrá la sangre por las calles. Se abrirá de nuevo el costado de Nuestro Señor, las calles estarán ensangrentadas. El señor arzobispo será despojado de sus hábitos (a este punto, la Santa Virgen ya no podía hablar, se le pintaba la pena sobre el rostro). Hija mía, me dijo, el mundo entero se sumirá en tristeza. A estas palabras pensaba yo en cuándo sucedería (todo) eso: entendí muy bien: 40 años y diez y luego la paz. Sobre este punto me dijo el padre Aladel: ¿Quién sabe si viviremos usted y yo? Le respondí: Vivirán otros, si no vivimos nosotros.

Recuerdo que un día dije al padre Aladel: La Santa Virgen quiere de usted una misión. Será usted además su fundador y director. Es una compañía de Hijas de María, a la que la Santa Virgen concederá muchas gracias. Se le concederán indulgencias. Las Hijas (de María) serán muy felices. Habrá muchas fiestas. Se celebrará el mes de María con gran solemnidad y será general. Las fiestas serán grandes.

Yo gusto de esas fiestas y concedo muchas gracias.

Se celebrarán también las misas de san José. Habrá mucha devoción. La protección de san José es grande. Habrá mucha devoción al Sagrado Corazón de Jesús… Entonces le pregunté el significado de todas las cosas que había visto, y ella me lo explicó todo. No sé el tiempo que permanecí allí. Lo que sé es, que al desaparecer ella, noté como si algo se apagase, y luego sólo una sombra que se dirigía a la parte de la tribuna por el mismo camino que la había traído. Me alcé de las gradas del altar y observé al niño donde lo había dejado. Me dijo: -Se ha ido. Recorrimos el mismo camino, estando todo iluminado, con el niño a mi izquierda. Yo creía que este niño era mi ángel guardián, que se había hecho visible para conducirme a la Santa Virgen, pues le había rogado que me obtuviese este favor. Estaba vestido de blanco y llevaba una luz milagrosa, o sea, resplandecía de luz. Tenía entre cuatro y cinco años. Volví al lecho a las dos de la mañana, y oí dar la hora, pero ya no me dormí.

b) Aparición del 27 de noviembre de 1830

Que se acuñe una medalla según este modelo… He aquí el texto de la santa

27 de noviembre de 1830. ¡Oh reina, que os sentáis al lado de Dios, escuchad favorablemente mis ruegos! Por vos y por vuestra mayor gloria os ruego me iluminéis y déis fuerzas y valor para obrar por vuestra mayor gloria…! Me parece estar en aquel momento tan deseable para mí, el sábado vigilia del primer domingo de Adviento, día en el que nuestra buena madre Marta nos hizo una plática tan hermosa sobre la devoción a los santos y a la Virgen Santa. Eso me dio un deseo tan grande de ver a la Santa Virgen, que pensé me sería concedida esta gracia. Era tan grande mi deseo, que me convencí de que la vería en su mayor hermosura. Ese mismo día, a las cinco y media de la tarde, durante la hora de la oración, después de (la lectura) del punto de la meditación, o sea, unos minutos después, en medio de un profundo silencio, me pareció oír un rumor, como el roce de un vestido de seda que venía del lado de la tribuna, junto al cuadro de san José. Dirigí la mirada a aquella parte y vi a la Virgen Santa próxima al cuadro de san José. Tenía un globo blanco bajo los pies. Estaba de pie, vestida de blanco, de estatura media, de un aspecto tan bello, que no podría decir su hermosura. Tenía un vestido blanco-aurora intenso, del corte llamado a la virgen, con mangas lisas. Cubríale la cabeza un velo blanco que le caía alrededor hasta los pies; debajo

tenía los cabellos partidos, y por encima una especie de cofia con una pequeña franja, como de dos dedos de ancha, ligeramente apoyada sobre los cabellos. Tenía los pies apoyados sobre un globo, o mejor medio globo, al menos yo no vi más que la mitad. Entre las manos tenía asimismo un globo que representaba el mundo. Tenía las manos a la altura del talle, en actitud muy natural. Sus ojos estaban vueltos hacia el cielo. En aquel momento su rostro era extraordinariamente hermoso, no lo podría describir… Luego de improviso, noté cómo sus dedos se llenaban de anillos con piedras preciosas, a cuál más bella. Unas mayores, otras menores, todas emitían rayos a cual más bello. Estos rayos salían de las perlas mayores en haces más y más grandes, y se extendían cada vez más. De las más pequeñas salían rayos más finos que se extendían más y más hacia abajo. Los rayos que salían de estas joyas me rodeaban con su resplandor por todos lados, y recubrían la parte inferior (de la figura), de suerte que ya no se podían ver los pies. No me sería posible deciros lo que sentí, o sea, los pensamientos y todo lo que entendí en tan breve tiempo: no lograría decirlo. Justo cuando la estaba contemplando, la Santa Virgen bajó los ojos, me miró y oí en el fondo del corazón una voz que me dijo estas palabras: -Este globo que ves representa el mundo entero, especialmente Francia y cada alma particular. Aquí me es imposible describir lo que sentí y vi: hermosura, esplendor, rayos tan bellos… -Los rayos que ves son símbolo de las gracias que derramo sobre quienes me las piden. Estas piedras preciosas de las que no salen rayos, son las gracias que algunos olvidan pedirme. (Así) me dio a entender que la Santa Virgen gusta de que se la invoque, y que es generosa con quienes la invocan, y lo abundante que eran las gracias que concedía a quienes se las pedían, y la gran alegría que siente concediéndolas… Donde estaba yo en aquel momento… no lo sé: estaba repleta de alegría. Alrededor de la Santa Virgen se había formado un marco ovalado, en cuya parte superior (se leían) estas palabras, escritas en letras de oro: ¡OH MARÍA SIN PECADO CONCEBIDA RUEGA POR NOSOTROS QUE RECURRIMOS A TI! Entonces oí una voz que me decía:

Haz que se acuñe una medalla según este modelo: todos los que la lleven, recibirán grandes gracias. Tendrán gracias abundantes todos cuantos la lleven al cuello con confianza. Cuando hube visto esta representación, pareciome que girase, y entonces vi su reverso. Había estado (después de lo anterior) preocupada por no saber lo que debía ir al reverso de la medalla. Al cabo de muchas oraciones, un día, durante la meditación, creí oír una voz que me decía:

La M y los dos corazones son los bastante elocuentes. Todo desapareció como si se apagara, y yo quedé repleta, no sé… no sé de qué, de gozo, de consuelo.

c) Los necesarios complementos

Por los textos de santa Catalina arriba referidos puede verse que no están presentes todos los particulares con que se mostró la medalla en la aparición. De hecho Catalina refería cada vez de viva voz lo que la Virgen María le comunicaba con destino a su director. Se recordará además, que cuando Catalina ponga sus reminiscencias por escrito, ya la medalla es conocida y se ha difundido por todo el mundo. Por el libro del padre Aladel sabemos que el reverso de la medalla muestra una M con una cruz encima y los dos corazones de Jesús y de María debajo. Este es el único particular que proviene del padre Aladel. Se ve, sin embargo, que ni siquiera Aladel se propone hacer un recuento de esos particulares como para una crónica, sino que quiere más bien puntualizar los benéficos efectos que la medalla reporta. Y hace una precisión ulterior: cuando refiere (a orden que María le intima de que acuñe la medalla, dice que ésta se llevará indulgenciée, es decir, bendecida. Tomamos otros particulares del proceso diocesano decretado por el arzobispo de París y dirigido por su vicario general, monseñor Pierre Quentin. Dicho proceso comenzó el 16 de febrero de 1836 y se prolongó a lo largo de 19 audiencias, siendo oídos como testigos sobre todo el padre Aladel, el padre Etienne, el editor

E. Bailly y del fabricante de medallas A. Vachette. Merced a este proceso llegamos a saber detalles útiles, ante todo, para mejor comprender el carácter de Catalina y la difusión de la medalla. Se pregunta allí al padre Aladel por qué guarda la hermana el anonimato. Responde: Por su gran humildad. Se le pregunta si la hermana ha visto la medalla después de su acuñación. Responde que sí, y que la lleva con gran devoción. De nuevo se pregunta al padre Aladel por qué se esperó tanto tiempo antes de ordenar la acuñación. Responde que él, en un principio, no atribuyó al asunto ninguna importancia, y aún había juzgado el relato de la hermana como producto de la imaginación, intentando convencer a la propia hermana de lo mismo. Pero como la visión se repitió aún por dos veces y la hermana insistía en que la Virgen estaba disgustada por el retraso (lo que sólo a él podría concernir), se decidió a dar los pasos conductores y hacer lo que la Virgen deseaba. El proceso o interrogatorio continúa, preciso y minucioso. El padre Aladel confirma todas las noticias de que nos informa su libro. Hay otro particular de la medalla, ausente tanto de los relatos de Catalina como del libro de Aladel, y que nos suministra, en cambio, el testimonio del padre J. B. Etienne, que entonces era ecónomo general de la Congregación de la Misión y más adelante sería superior general de ella. Afirma, pues, en el proceso haber sabido del padre Aladel que la hermana vio, en el reverso de la medalla, una M a la que se superponía una cruz que tenía una barra por base. De hecho, así se muestra en todas las medallas acuñadas bajo el padre Aladel. Este último detalle es confirmado por el informe definitivo de la investigación arriba señalada, en el que monseñor Quentin resume los orígenes de la medalla, sus efectos, y las circunstancias de la visión. Se afirma en este documento que en el reverso de la medalla, la hermana vio la letra M con una cruz superpuesta que tenía una barra por base; bajo la letra M, los corazones de Jesús y de María, pues uno de ellos estaba coronado de espinas, y el otro traspasado por una espada. El informe concluye precisando que las disposiciones de los padres Aladel y Etienne concuerdan plenamente entre sí. No hay, pues, duda alguna sobre los elementos constitutivos del reverso de la medalla: son la M, la cruz, una barra que inserta la cruz en la M y, bajo este conjunto, los dos sagrados corazones. De hecho, todos estos elementos están documentados y atestiguados con precisión. Hoy poseemos un cuidadoso estudio que esclarece ulteriores significados en el simbolismo de la medalla. La barra entre la M y la T es una letra del alfabeto griego, yota o I, monograma del nombre de Jesús. No está vertical, sino horizontal, mas no debe causar estupor; a menudo hallamos esa posición en la numismática de los primeros siglos. Otro tanto acontece con el signo de la cruz, que puede ser asimismo la letra khi del alfabeto griego, monograma del nombre de Cristo. Se repite a lo largo de los siglos el empleo de monogramas semejantes. Agrupados todos ellos significan: La Madre de Jesucristo crucificado, el Salvador.

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