La medalla de la Madre: 1. Zoe Catalina Labouré

Francisco Javier Fernández ChentoCatalina LabouréLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Italo Zedde, C.M. · Año publicación original: 1979 · Fuente: CEME.
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1. Zoe Catalina Labouré

Muchos piensan que para hacerse santos hay que tener grandes dotes, ricos talentos, facultades extraordinarias. Una ilusión muy sutil del yo, que todavía no vive en Cristo. Los fariseos no se desacreditan: piden señales ruidosas y brillantes a los ojos de la carne, aunque el espíritu permanezca envuelto en tinieblas. Quien fuese en busca de algo semejante a la persona de Catalina Labouré, iría en vano, y podría decir: Duro es este lenguaje (Jn 6, 60). Catalina no fundó ninguna orden; no hizo estudios superiores -apenas si hizo los elementales-; no jugó papel alguno importante en su comunidad; no llevó a cabo obras brillantes. Casi estamos tentados a decir que no se realizó. Esto no deja de sorprender, a los ojos de quienes miran y no ven, pues Catalina es una hija de san Vicente de Paúl, el santo por antonomasia de la actividad caritativa. Por sus orígenes fue una campesina; vivió como cristiana y maduró al amparo de un Nazaret que abrió para ella esos surcos de vida religiosa, para nosotros tan difíciles de captar, cuánto más de hendir. Aquel tosco hogar de Borgoña, en la aldea de Fain-lesMoutiers, no era precisamente la gloria de Bernini que la había de rodear siglo y medio más tarde. En Fain había otra atmósfera: creábanla las palomas y demás animales domésticos, los rastrillos y las azadas, los barreños de todo tamaño, los telares y sus rústicos hilos, las mesas y arcas de madera, las sillas de paja, todo envuelto por el polvo de la rudeza sencilla y pura. De la pared desnuda podía colgar un crucifijo o una imagen sagrada de las que inspira la austera devoción del pueblo. Dos llares daban fuego para calentar y alimentar a una familia de diez retoños. Catalina veía la octava en la fila. Otra prole no sobrevivió. Poco o nada sabemos de la madre. Era sin duda una gran mu.jer, pues nos dio una santa. El padre había probado el seminario antes de la Revolución; después tornó a las labores del campo. Los Labouré eran gente adicta a la parroquia y devotos de la Virgen María. Catalina vino al mundo el 2 de mayo de 1806, a las 6 de la tarde. Era viernes. En casa recibió el sobrenombre de Zoe, por haber tenido lugar su bautismo en la fiesta de esa santa. Es un nombre que quiere decir vida. Catalina ha venido a engrosar el coro de otros grandes santos coterráneos suyos: san Bernardo era borgoñón; la madre de él vivía no lejos de Faio. Cerca de Fain había asimismo un castillo donde se apareció a Juana de Chantal un sacerdote en el que ella reconoció luego a Francisco de Sales. No podemos menos de asociar este sueño con uno que tendrá Catalina. Dos grandes santos. Francisco de Sales y Vicente de Paúl, llaman en sueños a dos grandes seguidoras suyas. Catalina crece rodeada de tantos hermanos y hermanas, que no ha lugar la sensación de soledad. Mas pronto les sobreviene a todos la orfandad: Catalina y sus hermanos pierden a la madre. María Luisa, hermana mayor de Catalina, deja la casa paterna a los 22 años para hacerse Hija de la Caridad. Catalina demuestra madurez y se revela como mujer hecha y derecha. Se vuelve a la hermana menor, Tonina, y dice, con la ingenuidad de una muchacha precoz: Ahora nos toca a nosotras doy llevar la casa adelante. Con la ausencia de María Luisa, quedan en casa dos mujeres, Tonina y Catalina: todos los demás son hombres. Las dos muchachas ponen manos a la obra. Hay que limpiar, lavar, poner la mesa, remendar, criar más de ochocientas palomas: el palomar es un torreón cuadrangular, cruzado por listones y travesaños que semejan pautas musicales. Hay además gallinas.

Tienen una sirvienta, pero Catalina la despacha pronto, porque se las arregla sola aunque no está sola en modo alguno. Hace la primera comunión a los 12 años. Es muy seria, y se concentra sobre este nuevo misterio. Da el primer paso en un camino que la llevará lejos, por el ocultamiento y la plegaria, hasta la plenitud de fe que caracteriza a los sencillos. Tiene sólo 14 años cuando Tonina se apercibe de que observa los ayunos en viernes y sábados; nadie más lo había notado. El padre se enoja, la hermana da sabios consejos: mas ambos se aplacan pronto, pues ella sabe excusarse: come… sólo que el cansancio le quita a veces el apetito y entonces se contenta con un sorbo de caldo. Así se inicia en la virtud de guardar el secreto. Y no termina ahí todo. Sensiblemente va apoderándose de ella el recogimiento interior: apenas concluye las tareas domésticas, cuando desaparece en algún rincón y, a escondidas, reza. Sobre todo, busca refugio en la iglesia. En ella permanece horas de rodillas, inmóvil -lo cual le ocasiona una dolorosa artritis, que arrastrará toda su vida. Pero no todo el mundo en Fain lo ve de esta manera. Una aldeana deplora que Catalina haqa oraciones demasiado largas y por ello descuide los trabajos. Mas Catalina no se daba punto de reposo: era una devota que creía en las prolongadas oraciones, aun a costa de descuidar los trabajos. Hoy se ha hecho rara esta creencia. Falta clero: la iglesia parroquial de Catalina no está bien servida. Catalina tiene que prescindir del sacerdote en el desarrollo de su piedad personal y eclesial. Va a oír misa a la vecina aldea de Moutiers­Saint-Jean. Allí tienen las Hijas de la Caridad un hospicio, que hace también veces de hospital. El emplazamiento, a lo que parece, fue escogido por el mismo san Vicente. Catalina entra a menudo en la capilla de las hermanas para orar. Entre los 14 y 15 años, Catalina comienza a hablar de vocación. Los testigos aseguran que por ese tiempo es cándida, de ojos azules, muy alegre, con una experiencia y de un tesón muy superiores a su edad. Por entonces la vio su sirvienta subirse a un taburete para abrazar la imagen de María. Cuando Catalina manifiesta al padre el propósito que tiene, él no se aviene: tiene ya una hija religiosa. Y para darse mejor a entender, coloca a Catalina en la fonda que su hijo Carlos ha establecido en París: Carlos sabrá disipar las ideas de esta hermana suya. De hecho se toma en serio la búsqueda de marido para ella. Ella, empero, no se deja distraer de su ocupación interior, ni por los atractivos de la ciudad, ni por las galantes instancias de los pretendientes que son simples albañiles o carpinteros. A los 18 años, y cuando reside en París, tiene un sueño profético. Le parece estar en la iglesia de Fain, en la capilla de la Virgen. Celebra la misa un anciano sacerdote. Cuando termina, hace señas a Catalina para que se acerque, pero ella se asusta, y corre a visitar a un enfermo. El sacerdote sale otra vez a su paso y dice:

Bueno es, hija mía, servir a los enfermos. Ahora me rehúyes, mas un día te sentirás dichosa de acudir a mí.

Catalina despierta: está de nuevo en la fonda, que huele a menestra de cebolla. Más tarde contempla en Chátillon un cuadro de san Vicente de Paúl y exclama: ¡Es el sacerdote que vi en sueños! Da comienzo la vocación profética de Catalina. Opta entonces por escribir a su hermana mayor, María Luisa, que es Hija de la Caridad hace diez años. Catalina tiene ahora 23. María Luisa, que es superiora, responde con un tratado de amor a los pobres y un elogio de la vocación vicenciana. Esta misma carta será reexpedida a su hermana por Catalina años después, cuando María Luisa, cuyo orgullo está herido por una crítica, abandone la comunidad en 1834. Volverá a ella once años después, en 1845. Muere el 25 de julio de 1877, a los siete meses de morir Catalina. En septiembre de 1829, Catalina deja París para ir a una pensión que regenta su cuñada en Chátillon-sur-Seine. Aquí hay otro ambiente. Las pensionistas son muchachas de clase noble. Existe también en Chátillon una casa de Hijas de la Caridad, que es ocasión para que Catalina visite a los pobres. En el recibidor reconoce Catalina la representación del sacerdote visto en sueños. Está resuelta a entrar en las Hijas de la Caridad. El padre reacciona negándole ajuar y dote. Catalina llega a la Casa Madre de las Hijas de la Caridad en París, rue du Bac (entonces 132), el 21 de abril de 1830. Una prima suya ha aportado el dote y un óptimo ajuar. Es el miércoles que precede a la traslación de las reliquias de san Vicente (que tiene lugar el domingo 25 de abril de 1830). Las dos comunidades de padres y hermanas están de fiesta, y Catalina participa con vivo transporte y gran fe.

La superiora de Chátillon resume lacónicamente el postulantado de Catalina en esta nota: Señorita Labouré, hermana de la que es superiora en Castelsarrazin… tiene 23 años. Escribe y lee sola. Su devoción es buena, tiene buen carácter, constitución robusta, ama el trabajo, es muy alegre. Comulga con regularidad todos los días (que en esta época significa mucho). Todavía más sintético es el informe que da la directora del seminario sobre la joven novicia:

Labouré Catalina, nacida el 2de mayo de 1806 en Fain-les-Moutiers, distrito de Semur (Costa de oro). Entró en la comunidad el 21 de abril de 1830. Postulantado en Chatillon-sur-Seitte. Destino al hospicio de Enghien en París, donde ha hecho los votos. Robusta, de talla media. Lee y escribe sola. Su carácter ha parecido bueno. No destaca por su inteligencia y juicio. Es piadosa. Trabaja en mejorarse. Catalina permanecerá toda su vida en el hospicio de Enghien, sirviendo a los ancianos que allí se albergan y cuidando del establo. He aquí sus oficios: trabaja en la cocina cinco años (1831-1836); cuatro en la ropería (hasta 1840); durante 16 años atiende al establo, con vacas que proveen de leche a los pobres y a la comunidad (1846-1862). Catalina misma adquiere la primera vaca en 1846 y registra con precisión la venta de la leche. En 186? se ceba en las vacas una enfermedad, y hay que suprimir el establo. Cuida también de las palomas y de las gallinas, lo que prolonga las ocupaciones de su infancia. Por este tiempo, tal vez en 1836, se confía a ella una sala de asilados. Y en los últimos años de su vida desempeñó establemente el oficio de portera. Tales fueron las ocupaciones de la santa mientras vivió en la tierra. Llamamos a esa vida normal, sencilla, la juzgamos sin esplendor. Mas sus apariencias son engañosas, como las de la familia de Nazaret. La oscuridad de Jesús, María v José durante aquellos treinta años es normal a nuestros ojos, no a los ojos de Dios. Habría que inventar otro vocabulario con los significados opuestos, y llamar resplandeciente a lo oscuro, público a lo oculto y grande a lo pequeño. El vocabulario habitual es mundano y procede del mundo, mientras que el de la fe proviene de Dios, ante quien lo último es lo primero. Sor Labouré guarda toda su vida el secreto de las apariciones. Exteriormente hace la misma vida común de muchas otras Hijas de la Caridad, entregada al trabajo, a la oración, a la adoración interior, a la observancia de las reglas y de una vida disciplinada. Ello no impide que administre sus cargos con exactitud. Lleva las cuentas con una precisión escrupulosa. Así consta en registro que en 1864- ha vendido 313 palomas, y en 1865, 316… Mas ponía ante todo el corazón en servir a los ancianos asilados, que eran sus amos r señores, y de que en realidad lo fuesen, jamás dudó. Así fue como nunca tuvo la holgura necesaria para llegar a leer y escribir correctamente y sus autógrafos están plagados de faltas. Prefirió ponerse al día en el amor a los pobres a descollar en cultura. Su inteligencia, sin embargo, no sufrió mengua. Lenta pero sólidamente, fue adquiriendo la conciencia de no pertenecer a sí misma. Su personalidad no experimentó menoscabo: la doble congregación vicenciana, la propia comunidad, la familia tenían en su responsabilidad un eco muy sensible. Decía: La Virgen Santa no se ha aparecido para mi provecho sino para el de la Compañía y de la Iglesia.

Hubo también momentos trágicos en su vida. En 1871 los comunardos penetraron en la casa de las Hermanas esparciendo la confusión y creando problemas; el desconcierto fue aún mayor con las mujeres de los comunardos. Con este motivo, la santa hubo de comparecer ante un tribunal improvisado, para que confirmara acusaciones contra los revolucionarios. Con gran sorpresa de todos, habló en disculpa de los acusados. También su superiora, sor Dufés, consiguió salvar a dos gendarmes que habían buscado refugio entre las Hermanas. Estas habrían salvado igualmente a otros comunardos en dificultad, a despecho de las instituciones, que ponían a las Hermanas de parte del orden y de la fuerza. Luego los comunardos entraron en casa y pusieron en fuga a la superiora, amenazada de detención y muert, mientras que sor Labouré guardaba la más perfecta calma: en sueños había visto a la Virgen María ocupando el despacho de la superiora, y tomó esto como una señal de protección en un momento de desorden. No deja por eso de distribuir la menestra y la medalla. Lo que más impresiona a nuestra conciencia moderna es el incógnito en que vivió Catalina, pues nadie llegó a averiguar que era la hermana favorecida con las apariciones. Estaba de espectadora, cuando el arzobispo de París aprobaba la medalla y ésta se difundía por todo el mundo, y ni siquiera para defenderla quebrantó el silencio. Rehusó manifestarse en público (Jn 7, 4). Allende esta nota de crónica, apta en cuanto ejemplo de ascesis, se imposta una fe que evoca la perla evangélica. Se declaró esclava y permaneció invariablemente sujeta a la posición que Dios le había asignado, aversa a toda idea publicitaria. ¿No advertimos aquí la postura de Maria en la vida privada y pública de su Hijo`? María le comunicará (osas que no ¡odia decir: no es improbable que se relacionasen con este. Ocasiones de forzar este silencio no faltaron a pesar de todo. El padre Juan-María Aladel, C.M., era su director espiritual y confidente de las apariciones. Un día fue acosado en presencia de Catalina por las preguntas de algunas hermanas que indagaban sobre la medalla y las apariciones. Sor Catalina se unió sin pestañear al coro de las demandantes, como si fuese una extraña a sí misma. En el seminario de las Hijas de la Caridad de París fue colocado un cuadro de las apariciones. Una hermana se dirigió entonces al padre Aladel, mirando a sor Catalina: Esa es ciertamente la Hermana que tuvo las apariciones. El padre Aladel, presa del embarazo, miró a sor Catalina sonriendo y dijo a la hermana: Lo ha adivinado. De ahí dedujo la hermana que Catalina no podía ser, o el padre Aladel no hubiese incurrido en tamaña ingenuidad. Otra hermana habla concluido que la hermana de las apariciones estaba empleada en la vaquería de una casa de París. Fue destinada ella misma a Enghien, junto a sor Catalina. Entonces dijo: Esta no puede ser, porque no me parece bastante mística. Piensa uno en la cocinera del carmelo de Lisieux, quien, al morir santa Teresita del Niño Jesús, no hubiese sabido qué decir de ella. Con todo, no parece que el secreto haya sido tan absoluto, aunque haya estado lejos de ser un secreto a voces. Sí fue secreto absoluto la relación de las apariciones, comunicada al padre Aladel en confesión. Con el permiso de Catalina, Aladel informó al que iba a ser superior general de la Congregación de la Misión, padre Juan-Bautista Etienne, y al arzobispo de París, pero sin revelar el nombre de la vidente. Por París circulaba de hecho el rumor de que la hermana de las apariciones se empleaba en la vaquería de una casa de París. Sor Chavel declaró en el proceso diocesano que, cuando fue destinada a la casa de Enghien, se le dijo que allí estaba la hermana de las apariciones (es en 1858). Una vez en Enghien, la hermana se convenció de que la favorecida era sor Labouré. Aquel mismo año de 1858 fue a ver la capilla de las apariciones un pariente de sor Catalina, Víctor Labouré. Se le mostró el sillón de la capilla y le dijeron: Abrace este sillón porque en él se sentó la Virgen Santa cuando ve apareció a sor Catalina. Y sor Henriot, que entró en Reuilly en 1861, cuenta que los niños apuntaban a sor Catalina diciendo: Esa es la Hermana que vio a la Virgen María.

Antes de 1870, los clérigos de la Congregación de la Misión solían ir a Reuilly, y los más osados entraban al gallinero, pues se decía que allí trabajaba la hermana de las apariciones -nos ha llegado esta noticia a través del padre Pouget, y fue recogida por el padre Coste. Algo, pues, de la verdad había trascendido de algún modo. Pero nadie tenia certeza de ello pues a nadie se descubrió jamás el secreto. El arzobispo de París, monseñor de Quélen, había manifestado el deseo de hablar con la hermana, no al objeto de averiguar su identidad, según promesa, sino que podía ser con el rostro cubierto por un velo. Mas se avino a no intentarlo, por persuasión del padre Aladel, y también él respetó el secreto. Hacia 1835 quiso que se indujese a sor Catalina para que compareciese ante una comisión eclesiástica- pero ella rehusó. El padre Aladel refiere una ulterior negativa a la reiterada demanda: La Hermana apenas si recuerda ya circunstancia alguna de la visión, y todas las tentativas de que suministre información serán, por consiguiente, inútiles. No es un fenómeno extraño. Se repite en otras personas favorecidas con visiones. Teresa de Lisieux vio a la Virgen María cuando experimentó la curación de su infancia: más tarde, su memoria se demostró incapaz de reproducir la evidencia de aquel momento y el episodio se convirtió en fuente de escrúpulos y ansiedades. O bien, como escribe Laurentin, tenemos en Catalina la falta de memoria típica del campesino: No sé, no me acuerdo… Así replica siempre la gente del campo a los curiosos e indiscretos. Además ignoramos las consignas que pudieron acompañar a la aparición. No podemos aplicar indiscriminadamente la lógica de la sinceridad, de la superstición, del conocimiento y del olvido.

En la realidad de la vida cotidiana Catalina estuvo del todo vuelta hacia Dios. De ahí que vaya marcada en ella por el signo de la autenticidad la contemplación de cosas celestiales. Así pudo también poner todo el corazón en el servicio de los ancianos de Enghien: servirles era para ella amor a Jesucristo. Sabía, si era preciso, regañarles, tal vez al día siguiente de acontecer lo que a ello diera lugar. A la hora de la muerte asistíales con afecto y hacía que se reconciliasen. A menudo guardaba para sí el pan ya seco, para que ellos lo tomasen reciente. Su actividad estuvo siempre envuelta en silencio, oración, observancia. Por todo lo demás demostró mucha indiferencia, aunque estaba repleta de ardientes aspiraciones, lo cual nos cerciora del perfecto equilibrio de su espíritu y, sobre todo, de su honda libertad interior. Tenía gustos sencillos, de ahí que supiera tratara los animales. En el lecho de muerte le aconteció apetecer con toda naturalidad una manzana y uvas pasas: su santidad no se veía estorbada por esto. Sabía sacrificar sus deseos por el bien de los demás sin vanidad ni complacencia, para nosotros un arte difícil. Eso érale a ella connatural, pues nacía de un hondo amor a Dios y de un amor muy sencillo a los hombres. Era de este modo siempre dueña de sus acciones y reacciones. En 1876, sor Catalina comienza a decaer físicamente. Decíase que daba muestras de estar perdiendo la cabeza. Sentía cómo se le debilitaba cada vez más el corazón y se agravaban con rapidez el asma y la artritis. Conseguía a pesar de todo sacar fuerzas de flaqueza y estar siempre en su lugar. Era aún asidua en lavar las camisas de los ancianos y limpiar sus vasos de noche, sin mostrar repugnancia ni ostentar virtud. Predijo ella misma que no sobreviviría a aquel año. Notaba que su vida se iba extinguiendo. En noviembre fue a la casa matriz para hacer sus últimos ejercicios. Al regreso de ellos ya no pudo abandonar su estancia. Hacia fines de diciembre pide al padre Chinchon que la confiese, y el día 31 expresa el deseo de recibir el viático y la extremaunción y, aunque no todos los testimonios concuerdan en la fecha, sí convienen en que sor Catalina recibió los últimos sacramentos con gran devoción. Podemos seguir paso a paso su última jornada en la tierra. Sor Dufés, su superiora, recuerda que, por la mañana me dijo que no vería el día siguiente. Amigablemente, me permití contradecirla. Por la tarde va el padre Chevalier a darle una última bendición. -¿No teme morir? –¿Por qué? -repuso- Voy a ver de nuevo a la Virgen Santa. Hacia las cuatro da señales de gran debilidad. A las cuatro y media viene a verla la hija de su hermana Tonina, con dos de sus hijos y una sobrinita. Sor Catalina se despeja y da a los niños confites, y un puñado de medallas a la sobrina. Esta saluda y promete volver. -Si vuelves, me verás -replica la santa- pero yo a ti no, porque habré partido. Hacia las seis pareció que sor Catalina iba a expirar. Se avisa a la superiora. Esta hace encargos para el cielo, pero la santa desbarata, con un sencillo murmullo. las fantasías de estas frases ocasionales. –No sé lo que pasa allá arriba. La superiora insiste: no será necesario formular frases; basta orar mirando al buen Dios. -Si es de esa manera, entonces prometo orar mucho. No se desmentía: moría como todas las demás. Poco después, una hermana le trae medallas, mas se le deslizan sobre el lecho. Ahora sí que expira… No es costumbre de la comunidad, pero se toca la campana. Las hermanas acuden y recitan la recomendación del alma. Catalina había previsto este momento. Hubiera sido deseo suyo que la rodearan 63 Hijas de María para, cada una de ellas, pronunciar una de las 63 invocaciones de la letanía de la Inmaculada. No fue posible. Catalina se une a las oraciones, pero no se oyen sus palabras: muere tan silenciosamente como había vivido… A las siete cae en un sopor soñoliento: no sufre agonía. Señalaron el último momento un leve suspiro y dos gruesas lágrimas. Le son cerrados los ojos. Corre en breve la voz de que ha muerto. Acuden las hermanas de rue du Bac y de todas las demás casas de París. Fue una muerte que no apenó a nadie. Ahora ya no podía guardarse el secreto. Una indecible lectura espiritual se hizo aquel día en aquella comunidad. La superiora, sor Dufés, leyó a sus hermanas el relato de las apariciones de la medalla, que no pudiendo hacerlo a su confesor, sor Catalina había escrito para ella.

Nadie derramó lágrimas sobre la tumba. Una imponente multitud de las hoy pretéritas cornetas daba más sensación de asistir a una alegre procesión que a un cortejo fúnebre. Se acompañaba a la última morada a la humilde campesina de Fain, en espera del 27 de julio de 1947, cuando sea proclamada por la Iglesia Santa Catalina Labouré.

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