François Fournier (1625-1677)

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Autor: Noticias de los Misioneros .
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Nacimiento. –Entrada en la Congregación de la Misión. –Enviado a Agen, luego a Cahors. –Su muerte, 1677.

El Sr. François Fournier, sacerdote de la congregación de la Misión, había nacido en Laval, diócesis del Mans, el 2 de febrero de 1625. Fue recibido el 12 de octubre de 1644, a la edad de diecinueve años, y habiendo muerto el 4 de abril de 1677, fue misionero cerca de treinta y tres años. Estaba bien provisto de los dones de la naturaleza; tenía entre otras una prudencia y un discernimiento admirables y un espíritu tan fácil que son  bien difíciles de ver. No se apuraba por nada, y aunque en su vida haya estado ocupado en asuntos muy importantes, pasaba robándoselos a las ocupaciones que parecían menos considerables, con la misma tranquilidad de espíritu  que si saliera de la oración. Desde su más tierna juventud y durante sus estudios le gustaba la vida oculta y prefería  retirarse aparte en lugar de ir con los demás niños y escolares.

Fue el Sr. Alméras quien le recibió en el seminario, siendo director, y que dijo después que no había creído recibir a seminarista de quien había motivos de esperar frutos considerables como en éste; y como prueba de la estima en que le tenía poco después de ser nombrado superior general, le llamó a su lado para hacerle secretario de la Congregación después de la muerte del Sr. d`Horgny, y le confió su conciencia hasta la muerte.

En las conferencias que se tuvieron sobre las virtudes se dijo que era mejor hablar por vía de negación que por afirmación, y como los que le habían tratado podían decir con verdad que no se había visto nunca ningún defecto, también el cuidado que había tenido siempre de ocultarse hizo que no podían apenas decir ni las prácticas ni las cualidades que han sido las más notables en él y de las que Dios solo ha sido testigo. Lo que se advertía se puede referir a tres cosas que hacen un verdadero retrato de un hombre de comunidad completo en todos los modos como lo era, a saber: 1º humiliter Deo; 2º ordinabiliter sibi; 3º sociabiliter proximo.

En cuanto a lo primero que es un respeto y un anonadamiento ante Dios, ha aparecido en la postura humilde y respetuosa que mantenía en la iglesia al celebrar la santa misa. Aunque no dejó ver nada de extraordinario, sin embargo su rostro todo inflamado, las ceremonias y genuflexiones que hacía con tanta modestia y moderación hacían ver bien con qué humildad y con qué temblor celebraba el gran misterio. Estando en los oficios, mantenía la vista sobre su diurnal o sobre el breviario. Era también una de las cosas que más recomendaba a los seminaristas, siendo director, sobre todo a los que asistían. Al oficio durante la semana, porque, decía él, esto conserva en la presencia de Dios y quita toda ocasión de disiparse y dejarse llevar de la risa. Que si alguno se acusaba de esto, o bien si por debilidad se reía en el capítulo, era entonces cuando  se veía aparecer el respeto y el temor de Dios que tenía; ya que, no pudiendo sufrirlo, ordenaba a veces a todos a la vez, a veces a alguno en particular ir ante Nuestro Señor a la iglesia, pedirle perdón, recitando para ello algunas oraciones..

Cuando recitaba el breviario en particular, era siempre de rodillas y con las manos juntas, sin tener nunca otra postura, por incómoda que fuera; y en su última enfermedad quería que le fueran a buscar el breviario para recitarlo, aún hallándose en el lecho por la fiebre, y no habría dejado de recitarlo si el Sr. Jolly no se lo hubiera impedido. Era tan exacto en este punto cuando gozaba de salud que un día habiendo llevado varios asuntos y no sabiendo por la noche si lo había recitado, mandó subir a su habitación a dos seminaristas que le trataban más que los demás, aunque fueran las ocho cuarenta y cinco, para saber si durante el día o a cierta hora, le hubieran visto diciendo el breviario.

Este gran temor de Dios le llevaba a acusar las menores faltas y a humillarse delante de los seminaristas de lo que él pensaba ser mal ejemplo; y en las humillaciones que ha hecho, se acusaba de no ser exacto en las prácticas del seminario como hablar de paso, se demasiado precipitado. Pero sobre lo que más insistía era que temía, decía él, que queriendo ayudar a los demás a salvarse, él mismo se perdiera. «Ay, señores, yo soy como ese siervo del Evangelio a quien se dice: Serve nequan, ex ore tuo te judico; os digo muchas cosas obligado como estoy a ello, y sin embargo no hago nada por mí. Peri una de las ocasiones en las que se humilló más fue  en el último retiro que celebró son los seminaristas, a finales de setiembre de 1676, seis meses antes de su muerte. Les dijo que no había hecho todavía nada aunque pasaron tres días que estaba en el retiro, que sentía la muerte que se le acercaba a grandes pasos y que no obstante él se creía preparado. Añadió que les rogaba que no se cuidarán de él ni se escandalizaran de las faltas que cometía, y que no debían  dejar de hacer el bien. Dijo además que temía que Dios le castigara por el modo como se comportaba para aliviar a los necesitados, y que aunque tuviera buenas intenciones temía que hubiera demasiada indulgencia, lo que hacía ver su gran bondad. Se vio en él durante este retiro el fuego del amor divino que le quemaba y no hablaba  apenas más que del amor de Dios; las lecturas que mandaba hacer fueron en su mayor parte en este sentido. Ay, Señores, decía, amemos a Dios, amemos nuestras obras con este fuego divino, no hacemos más que reptar.

El Sr. de la Salle que le había dirigido por mucho tiempo dio un testimonio auténtico de la ternura de su conciencia y del temor que tenía de las menores faltas. Las frecuentes confesiones que hizo durante un mes que duró su última enfermedad forman una prueba convincente, así como lo que él deseó que el seminario se pusiera en oración para pedir perdón a Dios por sus pecados, diciendo: averte faciem tuam… y los demás versículos siguientes del salmo Miserere. Había tenido unión con Dios, a la que pocas personas pueden llegar, y lo que más ha encantado de su devociones es que no parecía nada especial y se creyó que tomaba pecho moldearse sobre el Sr. Vicente, cuyo espíritu poseía en abundancia, y sobre san Francisco de Sales, con quien  se ha observado que tenía mucha relación  en cuanto a los rasgos del rostro. Dijo muchas veces a los seminaristas que por lo que se refiere a su dirección, su método era renunciar a sus propias luces. Y en efecto, se ha observado que, cuando se le pedía luz sobre algo, entraba en elevaciones de corazón a Dios con un gran afecto de corazón de su parte, pedir su luz, significaba algún tiempo para decidir lo que se le pedía. Ha dejado escrita esta hermosa frase que practicaba fielmente: en las ocasiones en que la caridad requiere nuestros deberes declararnos sin temor por la verdad.

La segunda cosa se refiere al buen orden que guardaba sea en su persona, sea con respecto a los demás; consigo mismo, ordinabiliter sibi, amaba la regla hasta el extremo; se levantaba siempre el primero del seminario cuando tenía la dirección, es decir que el segundo toque de la campana ya no le encontraba en el lecho. Asistía a los exámenes y demás ejercicios, mientras podía, una vez que sonaba la campana, y uno de sus sufrimientos era ver que alguien  le esperaba cuando el examen había tocado. Su exactitud pareció evidente en su muerte, cuando habiendo deseado que se le hiciera lectura de algún libro, como fueran  después de las ocho y media, dos horas antes de su muerte, para hacer la lectura,  preguntó si las preces de la tarde se habían dicho, y como le dijeran que sí: «Y bueno, respondió, es preciso que nuestro hermano se retire y que pida a Dios por mí; es regla no ocupar a nadie después de las preces de la tarde».

Con relación a los demás, todo el mundo debía cumplir con su oficio exactamente, y se cuidaba de ello, y se le ha visto servir en la antemesa en el refectorio durante la ordenación, y hacer muchas cosas más humillantes de los oficios pequeños del seminario, para los cuales se mostraba tan exacto como en los más grandes.

Cincuenta o cincuenta y cinco seminaristas que había entonces en el seminario cuya dirección, el cuidado que él tenía de los estudiantes y demás asuntos que llevaba por otro lado, siendo uno de los asistentes, no impedían que se acordara de todo lo que se relacionaba con aquellos que le estaban sometidos. Yo sé que teniendo un seminarista  entre otros que tenía mucho espíritu y virtud y que descansaba en él del todo, él se ocupaba de hacerle ir a la ciudad y llevar las cartas cuando hacía falta, como si no hubiera tenido otra cosa en que pensar.

Tenía un apoyo admirable para con los principiantes y una caridad con todo el mundo que hay que haber experimentado para conocerle bien. Se extendía a todos los cuerpos como a las almas, y tan tierno con las menores incomodidades de los otros, como grande era su repugnancia en cuidarse de sí mismo, en lo cual ha imitado a los mayores santos, y es en eso, ordinabiliter sibi, donde se ha de vigilar para no dejarse engañar  por el amor propio que seduce a los amantes de sí mismos, bajo pretextos engañosos y sobre todo que caridad bien entendida comienza por sí mismo; pero con frecuencia se aplica mal este común proverbio.

Por último se puede ver por esta carta de felicitación que el Sr. Vicente de le escribió a Agen el 1 de agosto de 1649, a donde le había enviado cuan sólo era clérigo, que ya entonces era un joven a quien gustaba el buen orden. Pero veamos cómo nuestro venerable fundador le habla por la carta: «Me agrada que ya hayáis visto el seminario de Cahors, y que habiendo sido edificado por el buen orden que habéis observado, hemos resuelto hacerlo en nuestro seminario de Agen. Para ello y la santificación de todas nuestras acciones, suplico a nuestro Señor que os anime con su espíritu. Al ver vuestro corazón tan sincero y tan bien intencionado como es, el mío se ha llenado de gran estima más allá de la que tengo  siempre de vuestra persona. Continuad pues, mi querido hermano, dándoos todo a Dios, procurando la salvación de las almas y trabajando por el pobre pueblo en formar buenos eclesiásticos que deben ser la luz del mundo y los dispensadores de los tesoros del cielo y de la tierra. Pensad un poco en la obligación que contraéis con Dios por haberos elevado a un tan alto empleo; pero recordad que el medio de cumplirlo útilmente está en la desconfianza de vos mismo y de la confianza en Dios, ya que si él necesitara de la asistencia de los hombres para el fruto de sus designios, habría puesto en vuestro lugar a un doctor y a un santo».

El Sr. Fournier se acordó tanto de este consejo de su caritativo Padre que, como ya se ha advertido, su método dentro de su dirección era de renunciar a sus propias luces  para dar lugar a las de Dios; oh, qué bien dispuesto y ordenado está, ordinabiliter sibi. Este es el consejo que ha dejado por escrito en la investigación de las ciencias: no debemos cambiar nada, dice, ni en el modo de instruir a nuestros estudiantes de teología, ni en las opiniones que se les han enseñado en otras partes, que son las opiniones  comúnmente recibidas y enseñadas en las universidades más célebres, y entre todas en la de París.

La tercera cosa que tiene que ver con el prójimo, sociabiliter proximo; esto se entiende de dos maneras, su gran amor por el prójimo, su tren de vida común. En cuanto al prójimo se deben tener en cuanta tres clases de personas: 1º los superiores; 2º los iguales; 3º los inferiores. En cuanto a los superiores he aquí un ejemplo ilustre tomado de una carta que el difunto Sr. Vicente. N. T. H. Padre le escribió el 12 de octubre de 1653, en estos términos: «Ya os he comunicado algo del gozo que había sentido porque os habíais presentado en Agen para asistir al Sr. Edme que tenía al superior enfermo, a pesar del peligro de peste que había en la ciudad y el rechazo que había dado a vuestro apoyo, por preferir privarse de este consuelo a exponer a vuestra persona. Me quedé tan impresionado por esta contestación que se lo comuniqué a la Compañía, e incluso le sometí a discusión quién había hecho un mayor acto en quedarse ahí,  vos o él. Desde entonces, he visto por vuestra carta del 20 de setiembre que vuestra caridad ha prevalecido sobre su resistencia, y que finalmente os fuisteis donde el enfermo para cuidarle y consolarle, lo que contribuirá sin duda mucho a su restablecimiento, de lo que he avisado también a la Compañía para edificación, y debemos recomendar a la divina bondad sociabiliter proximo. Lo que mantendrá a la Congregación en el buen olor en que ha estado y en el que está aún, por la gracia a Dios, no será ni la sublime doctrina ni las opiniones particulares en las materias de ciencia, de antigüedad, de historia ni de cosas parecidas, sino la fidelidad de los que la componen en la práctica de sus reglas con la asiduidad a sus funciones y ejercicios de las virtudes que les son propias sobre todo la sencillez y la humildad; y no podemos ir por un camino más seguro ni más  conforme a nuestro estado que por el que ha caminado nuestro fundador; él se mantenía firme en las costumbres  y sentimientos comunes».

Tenía una gran sumisión del espíritu para con los superiores, y no tenía más razón que decir en las ocasiones: El Sr. Alméras o el Sr. Jolly lo ha dicho, tal era su sumisión a cuanto decían ellos. Lo dejaba todo al momento cuando lo llamaban. No despedía a nadie que tuviera problemas con él, sino cuando le llamaban por parte del Sr. Alméras o del Sr. Jolly. Les hablaba con un respeto tan grande que producía confusión en los otros. Le he visto hablarles con la vista siempre baja, de pie y haciendo inclinaciones casi  a cada palabra como si fuera un niño. Cuando hablaba del último, estando en el seminario, y le nombraba, no dejaba nunca de descubrirse. Pero su exactitud y dependencia en consultarle y pedirle parecer por algo que tenía que ver con las prácticas del seminario han sido sorprendentes; ya que un día, un seminarista que le consultaba para saber si por la mañana  había que esperar  a que su vecino abriera el telón para plegar el suyo, o bien si se podía ir sin esperar, y otras cosas menores,  respondió como lo hacía en ocasiones así. «Ya hablaré al Sr. Jolly», y en efecto, no habría dado un solo paso sin haberle consultado y recibido su pensamiento  como orden de Dios.

En cuanto a los iguales, a saber los sacerdotes antiguos, era cordial y afable para con ellos, y se esforzaba en todo momento y lugar en prestarles los servicios que podía. Siempre que venían a pedirle un compañero cuando era asistente de la casa o director del seminario, les hablaba con tanto respeto que sorprendía,  sin inquietarse por hacer creer, preocupaciones magistrales ni afectadas. Se tomaba la molestia de irles a buscar a los seminaristas que él les nombraba para acompañarlos a la ciudad, y con el fin de no hacerles esperar, él tomaba su sombrero, sus zapatos y su manteo y enseguida iba a cubrir los empleos de estos mismos seminaristas. Además, se ha visto que en las conversaciones desviaba con destreza los discursos inútiles proponiendo algo útil y agradable, pareciendo siempre alegre y contento. Pero desde que se ocupó del seminario, ya no se le vio casi nunca con los sacerdotes antiguos en los recreos, por las muchas ocupaciones que tenía.

Tenía un acceso capaz de encantar a todos los que le hablaban, y sé que personas del mundo que sabían muy poco de la piedad, que le habían hablado, afirmaban que les había encantado su conversación. Pero era mucho más agradable a los que, por su gusto en oír hablar de Dios, podían juzgar de la manera afectuosa con la que él hablaba. Se dice que su temperamento no estaba inclinado a la dulzura, pero siendo así, él lo había corregido de tal forma por la virtud que por cerca de nueve años que tuve la suerte de conocerle y de tratarle, nunca presencié el menor altercado, y la serenidad de su rostro era un indicativo de la de su corazón. Por ello se dice una cosa excelente en su alabanza durante las conferencias que se tuvieron después de su muerte, a saber que era un hombre  sólidamente virtuoso y que su virtud no era incómoda. Eso es algo notable, pues hay pocas personas que tengan virtud sin resultar incómodas al prójimo, no caminando derecho por el medio en el que consiste la virtud verdadera.

En cuanto a los inferiores, aquí es precisamente donde la caridad y la mansedumbre han aparecido en abundancia. Se ha de considerar a los inferiores como sano o como enfermos; o bien estaban enfermos de cuerpo o de espíritu, o eran escrúpulos  o penas de tentaciones contra la vocación. En cuanto a los que tenían salud, ellos testimoniaban tanto afecto a los que iban a encontrarle a la habitación, que cada particular pensaba ser el más querido de él. Bueno, eso era lo que se ganaba el corazón de los seminaristas, teniendo cuidado de ellos, de manera que en la primera visita, no se podía por menos que descubrirle el corazón sin ocultarle nada; y el mejor medio que tuvieran los que hacían el oficios de ángeles guardianes con los nuevos, durante los ocho primeros días, cuando alguno sentía morriña o tentaciones; lo único que les quedaba era que fueran a verle a su habitación, y se ha visto por experiencia que salían muy consolados por verle, y parecían totalmente cambiados. Y dos días antes de su muerte, los dolores de su enfermedad no le impidieron hacer decir a un buen hermano que tenía algún problema de espíritu, que fuera a hablarle, lo que hace ver que ha conservado un espíritu de compasión hacia estas clases de enfermos hasta el último suspiro de su vida.

Rearaba con los seminaristas y los monjes hermanos como con sus iguales, y nunca daba señales de tener prisa y escuchaba todo lo que se quería decir, tan solo cuando el Sr Alméras o el Sr. Jolly le mandaban llamar, y cuando le hablaban tenía siempre el bonete en la mano o sobre la mesa. Pedía a menudo consejo a alguien del seminario de los más sabios y los seguía a menudo. Se cuidaba si la sotana o las demás cosas estaban en buen estado. Que si advertía que hubiera alguna necesidad, él ponía remedio, hasta tal punto que se le vio molestarse en ir a buscar a los hermanos de la zapatería y de la sastrería para ello.

Durante el verano que se debía ir a las grandes recreaciones, si hacía buen tiempo,, al día siguiente, y cuando quería hacer descansar si llovía, iba a informar en cada seminario a los que lo necesitaban, y en el último retiro de 1676, como no se sabía si se podía hacer la peregrinación, fue él mismo a llevar la luz y dar la señal.

No hablo del celo que tenía por el avance espiritual de cada uno; ya se ha visto en las conferencias que dio, cuyo orden admirable sería demasiado prolijo referir; tan sólo se puede decir en ellas brillaba su espíritu por el buen orden y por la claridad de su discurso. Caldeaba las voluntades por el ardor de la suya. Se cuidaba de cada uno, y advertía hasta los menores defectos de sus inferiores, sea en el andar, hablar, el refectorio, la iglesia y los comportamientos en los seminarios, y ha advertido con frecuencia al admonitor en su habitación de los defectos que éste no había visto, remedando, caminando, hablando como aquellos a quienes quería que se avisara, con la idea de dar a entender mejor la deformidad. Era en las comunicaciones donde expansionaba su corazón de una manera particular, pues todos encontraban tanto consuelo al declararle el estado de sus almas que los había que pasaban varias horas seguidas; y él no daba señales de aburrimiento por que se quedaran demasiado tiempo, o porque fueran con demasiada frecuencia a su habitación. Al contrario, él decía muy frecuentemente a sus seminaristas: venid cuando lo queráis, estoy aquí para eso, lo que hacía que algunos iban hasta seis o siete veces, y hasta sucedió que algunos fueran de noche durante el sueño.

Su estilo de corregir, reprender y negar era suave y encantador. A menudo espera a que se humillaran para responder y después de reprender, decía: todos tenemos necesidad de esta virtud, de evitar tal cosa. Cuando no podía conceder lo que se le pedía daba la razón; y una vez entre otras a un seminarista que le había pedido algo que no convenía le dijo; vamos a ver, hermano si estuvierais en mi lugar ¿concederíais esta petición? Haciéndole ver así que estaba mal hacerlo.

En cuanto a los enfermos o los que él creía que tenían alguna incomodidad, él era su proveedor, teniendo cuidado de enviarlos a la enfermería, hablar de ellos cuando era necesario. Enviaba con frecuencia a la enfermería, para saber cómo se encontraban, o también iba él mismo a verlos en los recreos u otros momentos tratando de alegrarlos con algún cuento agradable y útil, pues se esmeraba por cuidar de sus almas tanto como de sus cuerpos, por eso recomendaba a menudo a los que estaban en la enfermería sólo por ligeras incomodidades que guardaran los tiempos de silencia, hicieran la lectura espiritual y algo de oración por miedo a que la debilidad del cuerpo pasara su alma.

Si se cuidaba mucho de los enfermos, ello no impedía que en las charlas no prohibiera la ternura consigo mismo, diciendo que en la sagrada Escritura no se hallaba esta distinción de carnes que se hace solamente por un temor demasiado grande a incomodarse y no dejaba de citar la hermosa sentencia de san Bernardo sobre esto. Para los que tenían penas de espíritu, sea escrúpulos, tentaciones contra la vocación y demás los consolaba  aliviaba con todas sus fuerzas. Un seminarista que quería salirse de su vocación habiendo ido a verle a su habitación le habló de una manera tan impresionante que éste no pudo por menos que echarse a llorar y le refirió una historia agradable para olvidar su pena, y cuando alguien salía le decía: «Oh Dios mío, hay que adorar vuestra Providencia y no fiarnos mucho de nosotros mismos». Cuando alguno recibía malas noticias, este caritativo director decías la santa misa o hacía oraciones en la iglesia para pedir a Dios que preparara el espíritu de aquél a quien quería anunciar tal noticia; luego, después de comer o cenar, le mandaba llamar y conversaba con él  suavemente, tratando de consolarle; luego, tenía sumo cuidado de ver si comía en las comidas siguientes o estaba triste para ayudarle.

La segunda cosa que se puede entender con estas palabras sociabiliter proximo es el tren de vida común que ha llevado siempre aparte de sus incomodidades sea en sus devociones, sea  en su dirección y manera de obrar, que se ha advertido también  que imitaba con la mayor perfección que podía a Nuestro Señor y animaba constantemente a los demás en las conferencias, retiros y comunicaciones, se puede también saber por los cuadernos de resoluciones de los retiros que son casi  todas sobre esto mismo..

Luego se ha advertido una gran devoción por san Carlos Borromeo, diciendo de vez en cuando con trasportes más que extraordinarios que había muerto más joven que él y se había hecho un gran santo.

Según lo hemos visto al principio de esta noticia, el Sr. Fournier había sido enviado, en l649, a la Misión de Agen, que acababa de ser fundada (1648). No era más que clérigo y fue ordenado sacerdote el 25 de setiembre de 1650. Al cabo de nueve años en esta misión, fue enviado a al seminario de Cahors, donde estuvo cinco años.

A causa de su sabiduría y prudencia, san Vicente le había encargado de las hermanas de Cahots, y una carta del Sr. Fournier a la Srta Le Gras nos da a conocer con qué humilde delicadeza cumplió con sus funciones.

Cahors, 21 de diciembre de 16459

«Señorita,

«La gracia de Nuestro Señor esté siempre con nosotros. He recibido con mucha confusión los testimonio de gratitud  que habéis querido darme por los servicios rendidos a vuestras queridas hijas, pues han sido hasta ahora tan poco considerables  que nunca hubiera creído que llegaran a vuestro conocimiento, y si me he tomado la libertad de escribiros en nombre de sor Louyse no ha sido sino para ‘oster’a las personas extrañas el conocimiento de sus penas y no para merecer el honor de vuestro recuerdo del que me siento muy indigno, no obstante, ya que vuestra caridad se me ha adelantado en este encuentro con señales de una entera confianza en la declaración de las disposiciones de estas buenas hijas, y que nuestro muy honorable Padre,  Mons. Vincens, me ha alabado el respeto que me retenía de entrar en sus asuntos, yo trataré en delante de darles todas las asistencias  que me sean posible para mantenerlas en la unión y buena inteligencia que debe haber entre ellas, lo que yo he comenzado a hacer estos días pasados, hablando a cada una en particular sobre este asunto, a fin de poderos asegurar, como lo hago por la presente, buenos sentimientos que todas ellas me han manifestado tener para esta querida visión, de lo cual he recibido un singular consuelo, y abrigo grandes esperanzas de ver  vuestros deseos cumplidos en ellas que están enteramente conformes con los designios de Dios. Suplico a su divina bondad que me dé la gracia de aprovecharme de los ejemplos de su caridad y hacerme digno de ser toda mi vida con un profundo respeto.

«Señorita, vuestro muy humilde y muy obediente servidor. «F. FOURNIER, Indigno sacerdote de la Misión».

Poco después de su nombramiento como superior general, el Sr. Alméras llamó al Sr. Fournier a París donde recibió el oficio de secretario de la Congregación. Fue él  en calidad de tal quien  analizó y puso en orden los documentos enviados a San Lázaro para servir en la historia  de la vida del santo Fundador  de la Misión. La  obra que apareció en 1664 y que ha sido atribuida hasta hoy a Abelly, obispo de  Rodez, era la obra del Sr. François Fournier, como lo atestigua el Sr. Lacour,  superior del seminario de Sens y autor de una historia de la Congregación de  la Misión.

«Los misioneros trabajaron en esta obra remitiendo todas las memorias que podían servir, se rogó a monseñor obispo de Rodez, íntimo amigo del Sr. Vicente y de toda la Congregación, que adoptara este libro y pusiera su nombre para conformarse  a la práctica que había dejado el Sr. Vicente a todos sus hijos de no publicar  libros. Este prelado lo hizo por complacer al Sr. Alméras que se lo pidió, y no  contribuyó apenas de otra forma, como él mismo lo confesó en una  respuesta que se vio obligado a dar a los jansenistas, los cuales, a la vista de los  documentos fastidiosos que se producían contra ellos, se habían lanzado  contra este piadoso obispo, y logró incluso un certificado firmado por el Sr.  Alméras, afirmando que se le habían entregado todas las piezas mencionadas en esta obra. Fue principalmente el Sr. Fournier quien trabajó en ella, aparte de que él poseía bien el espíritu de este digno Fundador, cualidad que era siempre muy propia para escribir bien la vida de un santo personaje, y además estaba dotado de una elocuencia natural para expresar bien sus conceptos, y se advierte en el cuerpo de esta vida un aire de sencillez que es el carácter particular tanto del Sr. Vicente como de su Congregación, y a todo eso unía una manera de expresarse en francés que no era mala para el tiempo».

Otra prueba aunque indirecta, y que no obstante tiene su valor, es que el Sr. Alméras, al enviar a cada casa de la Congregación, la vida de nuestro santo Fundador, no dijo nada de Abelly. Nosotros citaremos aquí su circular.

«Señores y muy queridos hermanos,

Por fin, aquí tienen esta obra, que han deseado tanto y por tanto tiempo esperado; es la vida de Nuestro Muy honorable Padre, el Sr. Vicente, a quien la muerte nos lo había arrebatado hace ya cuatro años; aquí está como por la gracia de Dios resucitado, ustedes le van a ver  actuar como si estuviera todavía en el mundo; sus palabras y sus obras les darán a conocer el primer espíritu de la compañía, del que Dios le había llenado tan abundantemente para comunicárselo y a todos los que vengan después de nosotros. Aquí está, a mi parecer, la gracia más grande que Dios haya podido conceder a nuestra pequeña Congregación, después de aquélla por la cual le dio en sus comienzos el mismo Sr. Vicente para ser su padre y cabeza.

«Éste es uno de los grandes consuelos que pueda recibir; mucho ignoraban el origen y el progreso de la compañía y de sus funciones; y los que ya saben algo aprenderán aquí muchas más que no sabían. Oh, qué edificación al ver tantas buenas obras de diferentes naturalezas, tan útiles al prójimo y a la Iglesia, realizadas por el padre y los hijos! Oh, qué instrucciones y ejemplos recibirán de las virtudes cristianas y eclesiásticas, y en particular de las  que son más convenientes y más propias de los misioneros!

«Y como nos será un gran consuelo y edificación leer esta vida, nos será también un medio muy grande perfeccionarnos en la vida espiritual, y de modo especial en nuestra vocación, cuyo espíritu y máximas veremos tan bien en la práctica junto con el detalle de cantidad de buenos sentimientos y acciones  particulares de virtud; no se podrá ya más dudar de lo que tenemos que hacer y del modo de conducirnos en todos nuestros empleos y en todas las ocasiones particulares; y si los inferiores ven en ella su deber, los superiores y quienes llevan la dirección verán todavía mejor el suyo; sólo tendrán que considerar los sentimientos de de nuestro muy honorable Padre y lo que dijo e hizo en semejantes ocasiones, y esta es su luz y esta su conducta y dirección. Y cada uno de nosotros debe, en estos encuentros, lo que nuestro Padre nos dice lo que san Pablo decía a todos los cristianos: Imitatores mei estote sicut et ego Christi.

«Oh de qué provecho nos servirá esta lectura! Me parece que tres libros nos podía ser suficientes para la piedad y la devoción: la Sagrada Escritura, nuestras Reglas y la Vida de Nuestro Muy honorable Padre. El primero es la regla común de todos los cristianos; el segundo es la regla particular de los misioneros, y el tercero es una explicación más amplia y más particular, y una paráfrasis admirable. No es que yo no estime ni tenga en veneración los demás libros de devoción que podemos leer con gran provecho, sino que quiero decir que esos tres me parecen los más propios y deben ser los más familiares a los misioneros. Leámoslos pues los tres, Señores y queridos hermanos, con gran devoción; leamos bien la vida y las virtudes de nuestro Padre y tratemos de sacar provecho. Tenemos esta ventaja, que si no lo hacemos, no sólo los de dentro sino los de fuera conocerán bien nuestros fallos, pues, habiendo leído los sentimientos, las palabras y las acciones de nuestro Padre, y habiendo conocido el verdadero espíritu de nuestra compañía, ellos distinguirán bien, por nuestros comportamientos, a los hijos ilegítimos de los legítimos de un tan digno Padre, y tendremos en adelante tantos admonitores como personas que hayan leído la Vide del Sr. Vicente. Oh qué ventaja la de vernos ahora en la feliz necesidad de obrar bien o de ser reprendidos por Dios y los hombres! Mas yo espero que sucederá todo lo contrario, y que nuestros corazones estando inflamados por el deseo de imitar a nuestro  Maestro y nuestro Padre y de practicar todas las virtudes de las que nos ha dejado tan bellos ejemplos, todo el mundo dirá: Ésos son los verdaderos hijos del Sr. Vicente, están llenos de su mismo espíritu; ellos obran según sus máximas y conservan siempre sus mismas prácticas; y que de esta manera seremos bendecidos de Dios y del Sr. Vicente en el cielo y de los hombres en la tierra. Por último espero que la compañía siga creciendo cada día en la perfección que Dios pide de ella y que yo le deseo con todo mi corazón, aunque yo sea el mayor impedimento por mis malos ejemplos, y merezca, hace tiempo, ser expulsado de ella: todos mis fallos son bastante visibles por los mismos menos clarividentes, pero lo serán más en adelante en una luz tan grande y en una desproporción tan prodigiosa que se verá entre los trabajos y las virtudes del Padre y la vida inútil, dañosa y escandalosa del hijo,  que no merece más que el nombre de bastardo o de hijo pródigo, y que, no obstante, prosternado en espíritu a los pies de todos ustedes para pedirles perdón por sus equivocaciones pasadas, se toma la confianza, en el deseo que tiene de enmendarse, y decirse en el amor de Nuestro Señor», Señores y hermanos míos, vuestro muy humilde servidor». «ALMÉRAS. Indigno sacerdote de la Misión».

En la segunda edición publicada en 1667 y enviada igualmente a la Compañía, el Sr. Alméras no dijo nada de Abelly, señala las mejoras realizadas en este nuevo trabajo y en su pensamiento como la manera impersonal de designar el origen, «se acaba de publicar», y deja comprender lo que el Sr. Lacour expresa de una manera formal.

A la muerte del Sr. d’Horgny, ocurrida en 1667, el Sr. Alméras le puso como asistente al Sr. Fournier, y aquí está la carta que dirigió a la Compañía para comunicarle su decisión.

«Señor, Le comuniqué hace algunos meses la gran pérdida que toda la Compañía había tenido en la muerte del Sr. d’Horgny; mas para mí en particular ha sido una pérdida muy considerable, ya que era uno de los tres asistentes que me habían sido dados por la asamblea general tenida  después del fallecimiento de nuestro venerable Padre el Sr. Vicente. Pues bien, para remediar esta pérdida que he hecho de un asistente y para elegir otro, según lo mandan las reglas del superior general, he pensado muchas veces, después de la muerte del Sr. Dehorgny, en esta elección: he pesado cuidadosamente y examinado con madurez este asunto, señaladamente durante el retiro que hice el mes de setiembre último, y se lo he encomendado a menudo a Dios, lo he hablado varias veces con mis dos asistentes, y finalmente, teniéndolo todo en cuenta, me he decidido detenido en la persona del Sr. Fournier, que está en nuestra Congregación hace más de veintitrés años, que ejerce  hace algunos años el oficio de secretario de la Congregación y a quien he estimado ante dios idóneo para el de asistente, sabedor de las virtudes y cualidades requeridas para ello. He escrito a los visitadores de nuestras para conocer sus pensamientos, los cuales estando de acuerdo con los nuestros, le he puesto  en el desempeño de este oficio como el tercer asistente del superior general; lo cual le comunico, y soy, en el amor de Nuestro Señor, Señor, vuestro, etc. …»

Al año siguiente tuvo lugar la segunda asamblea general a la que el Sr. Fournier asistió como tercer asistente de la Congregación (el Sr. Thomas Berthe era el primer asistente y el Sr. Edmond Jolly el segundo asistente).

Cuatro años después (1668), el 22 de setiembre de 1672, el día en que se celebraba la fiesta de san Lázaro, el Sr. Alméras entregó su alma a Dios y fue a reunirse en cielo con aquél de quien había sido el discípulo y sucesor.

El Sr. Fournier, en su calidad de secretario de la Congregación, leyó ante la Comunidad reunida el billetito sellado que designaba al Sr. Edmond Jolly como vicario general.

Asistió a la tercera asamblea general en calidad de tercer asistente y de secretario de la Congregación, y en la séptima sesión fue nombrado segundo asistente  y admonitor del superior general, Siete años transcurrieron después del nombramiento del Sr. Jolly. El Sr. Fournier le continuó los buenos servicios prestados al Sr. Alméras, y murió dejando a toda la Compañía el ejemplo de las virtudes de un verdadero misionero.

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